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Encierros que a nadie representan

Magdalena Trillo | 19 de marzo de 2017 a las 10:30

Hace dos años, la llegada de la primavera en Granada era sinónimo de botellón. El cronograma de la movilización juvenil se repetía como un reloj y el único interrogante era si se superaría el récord de participantes de la edición anterior y el número de kilos de basura de la jornada de resaca. Media ciudad paralizada, la circunvalación sumergida en un insufrible colapso y toda España mirando atónita el gran desmadre festivo -autorizado y consentido- al que se sumaban miles de universitarios, adolescentes y menores.

Unas elecciones lo cambiaron todo. El equipo de Torres Hurtado perdió en 2015 la mayoría absoluta y su acuerdo con Ciudadanos para mantener el bastón de mando obligó a la corporación a acabar con el botellódromo. Era una de las líneas rojas de la investidura. Con la operación Nazarí del año pasado, la inesperada pérdida de la Alcaldía por parte del PP y la entrada de los socialistas en el Ayuntamiento, el proceso de desmantelamiento se ha acelerado y, aunque el problema sigue latente con microbotellones esporádicos por la ciudad y un deficitario -por no decir inexistente- programa de ocio alternativo para los jóvenes, basta mirar al macrobotellón que se acaba de celebrar en Toledo para comprobar que la política sí importa. Que la toma de decisiones en el ejercicio del poder tienen consecuencias y que una gestión errática o acertada puede incendiar un problema o sofocarlo.

encierro

Lo hemos visto con el encierro de universitarios en la Facultad de Ciencias y el rebrote de la protesta en Letras. Después de pasar una semana okupando la biblioteca, bloqueando el servicio para más de 2.200 compañeros y profesores, los estudiantes han accedido a orientar sus reivindicaciones por los cauces legalmente establecidos. ¿Los motivos de su “lucha”? Que el B1 sea totalmente gratuito, la “elección democrática del calendario”, la implantación de “baños multigénero” o la revisión del protocolo contra el acoso sexual al entender que no se ha dado solución a los “casos existentes”… Reivindicaciones legítimas, unas más que otras, en algunos casos compromisos ya recogidos incluso en el programa de gestión que está desarrollando Pilar Aranda, pero completamente desproporcionadas y alejadas de una medida tan drástica como un encierro. ¿A quiénes representaban? Ni lo supieron concretar ellos ni lo hemos podido averiguar nosotros.

Y es que (también) las movilizaciones se pueden frivolizar. Por la falta de correlación entre los objetivos y la hoja de ruta de las protestas y por la coherencia misma con que se asume un derecho fundamental de la ciudadanía que está protegido al máximo nivel en nuestra Constitución: ¿Nos encerramos y desencerramos para salir a comer o descansar? ¿Nos ausentamos para asistir a clase para que el profesor de turno no nos penalice en la nota final?

Poco contribuimos a la memoria de quienes han tumbado injusticias a lo largo de la historia, a quienes han logrado irreversibles conquistas sociales, descafeinando ese valioso instrumento democrático que, en sus múltiples estadios de presión, supone la movilización social. Tampoco transformándolo en rutina.

En los años duros de la crisis económica, con los datos alarmantes del paro y la destrucción de empresas, con la implacable política de las instituciones con los recortes y la inhumana espiral de bancos y jueces con los desahucios, muchos nos preguntábamos cómo era posible que no estuviéramos en las calles quemando contenedores. Qué nivel de madurez social había alcanzado la sociedad española, y qué responsabilidad, para no sucumbir a esas imágenes violentas de indignación y de protesta incendiaria que se repetían en otros países como Grecia.

Aunque la fuerza ciudadana es espontánea e incontrolable -ahí está la marea blanca por la sanidad que ha roto en Granada décadas de letargo-, es en la gestión de los despachos, en el gris de la burocracia y en los tiras y aflojas de la negociación donde se juegan los éxitos y los fracasos. Se ha puesto en evidencia con el botellón comprobando que “sí era posible” clausurar el recinto de Hipercor, lo acabamos de ver con la mano izquierda y la extrema paciencia con que el actual equipo rectoral ha hecho frente al sorpresivo encierro de universitarios en Ciencias -y con el pequeño grupo que se atrincheró en Filosofía y Letras- y está por construir en buena parte de las grandes batallas que Granada tiene abiertas.

Me refiero al fin del aislamiento ferroviario y al proyecto de soterramiento low-cost del AVE que Fomento ha puesto esta semana sobre la mesa -en diez días se espera contar con un proyecto técnico y económico “realista” y “viable”- y pienso en la firmeza con que hay que defender que el Metro se ponga en marcha potenciando el transporte público y facilitando un verdadero sistema intermodal que no castigue a los usuarios de la Rober en la capital.

Como en todas las guerras, hay que saber medir las fuerzas y canalizar los efectivos pero también asumir que no todas las batallas se pueden ganar. Es más; hay contiendas en las que una retirada a tiempo es la mejor estrategia y otras en las que el error de cálculo de emprenderlas es el punto de partida. La carrera por la Agencia del Medicamento, por ejemplo, no ha sido más que un fracaso anunciado. Ya el Gobierno se posicionó a favor de Barcelona como alternativa a la opción londinense -la finalmente elegida por Europa cuando se puso en marcha la institución- y lo que ha hecho ahora Madrid no es sólo actuar con coherencia con los criterios iniciales; también contribuye al intento de acercamiento con Cataluña en un momento especialmente crítico de desafío independentista y evita además el desgaste de mediar en el enfrentamiento directo entre Granada y Málaga por coger el relevo de la sede tras el Brexit.

Completamente diferente es el acelerador de partículas, el único proyecto con recorrido y con verdadero potencial que hay de momento en el horizonte de Granada para convertirse en un puntal de desarrollo para la provincia. Una batalla que sí deberíamos ser capaces de afrontar y de ganar. En los despachos. Sin protagonismos ni intereses partidistas. Sin necesidad de tomar las calles.

En los últimos meses hemos visto en Granada cómo el éxito de las mareas -de la blanca sanitaria a la amarilla por las infraestructuras o la morada de la igualdad- ha logrado un respaldo social abrumador y, consecuentemente, una respuesta inequívoca de las instituciones por cambiar el paso y encauzar el malestar. ¿Ahora toca a los encierros como arma de reivindicación? Bien, pero no nos equivoquemos. Tanta legitimidad hay en quien reclama como en quien no acepta el chantaje ni se arrodilla ante causas frívolas, desmedidas o injustas. No todo vale. Tampoco en la movilización. Menos aún en batallas que a nadie representan. Decidamos bien por qué merece la pena luchar.

A lo grande

Magdalena Trillo | 20 de noviembre de 2016 a las 10:30

Toda la historia de la Humanidad se ha intentado escribir en mayúsculas. Desde las obras faraónicas de la antigüedad hasta la megalomanía de los monumentos y esculturas que, en ciudades de todo el mundo, nos recuerdan la debilidad del hombre por lo grande. Su rendición, calibrada en toneladas de mármol y de hormigón, al viejo pecado de la vanidad.

¿Pero más es mejor? La crisis económica se ha encargado en los últimos años de darnos una dura lección de pragmatismo: no todos los proyectos los podemos valorar al peso; no si hablamos de éxitos y de fracasos. Podríamos recordar casos simbólicos como el aeropuerto de Castellón o la Ciudad de las Artes de Valencia, detenernos en cualquiera de las burbujas que se han ido desinflando a golpe de realidad y, en un plano mucho más escurridizo, cuestionar sin miramientos la contagiosa deriva de crecimiento incontrolado que se ha terminado infiltrando en las instituciones públicas de todo el país.

Granada no es una excepción. Al contrario. La enfermedad del gigantismo la vivimos por partida doble: en dimensión y en tiempo. Tal vez ya no nos acordemos de lo que nos costó librarnos de los conos para poder bajar en autovía a la playa ni de la eternidad que hemos sufrido hasta ver la A-7 terminada. Pero es porque había una sólida razón: eran absolutamente necesarias y, al final, funcionan. En estos momentos, las dos grandes infraestructuras en macha, el Metro y el AVE, comparten una larga década de complicaciones, replanteos y retrasos y una preocupante incertidumbre sobre su utilidad y su viabilidad. Al tranvía lo hemos visto esta semana atravesar en pruebas todo el trayecto subterráneo del Camino de Ronda y circular por el Zaidín -nada más elocuente que el “¡Ya era hora!” con que los vecinos se unieron el jueves a la preinauguración- suscitando una compartida expectativa de optimismo: que se ponga en servicio para Semana Santa y que se cumplan los datos que maneja la Junta sobre el nivel de usuarios y rentabilidad. El caso del AVE es mucho más sombrío: no hay un horizonte en el corto plazo para poner fin al aislamiento ferroviario que sufre la provincia desde hace cerca de 600 días ni un compromiso de fechas por parte de Fomento para la llegada definitiva del tren. Para el proyecto del soterramiento sólo hay buenas palabras y, lo más grave de todo, no está claro que sea un sistema de Alta Velocidad realmente competitivo lo que acabe llegando a la Avenida de Andaluces. Eso sí, a una estación “remozada” que nada tiene que ver con el millonario y majestuoso proyecto que en su día diseñó Rafael Moneo y el equipo de Torres Hurtado se encargó de tumbar porque -en este caso- era “demasiado” para Granada…

El Hospital del PTS va camino de convertirse en un ejemplo de manual sobre cómo convertir un proyecto emblemático para una ciudad en un problema. Después de 14 años de espera, el complejo sanitario abrió sus puertas en verano desencadenando la mayor crisis que probablemente haya sufrido el SAS en Andalucía en toda la Democracia: aunque hasta la Junta reconoce ya los desajustes y errores que se han cometido en el proceso de fusión, la realidad hoy es que Granada tiene uno de los hospitales más grandes de España, uno de los mejor equipados de toda Europa y un monumental clima ciudadano de cabreo que, lejos de amainar, ya se ha contagiado a Málaga y Huelva. ¿Se acuerdan del proyecto? Se trataba de levantar un ‘nuevo Clínico'; de construir un gran hospital -con más de 160.000 metros cuadrados, es la mayor obra civil de Andalucía- para mejorar la asistencia de los usuarios del decadente San Cecilio. Pero la crisis económica, los recortes presupuestarios y la reorganización hospitalaria llegaron después desdibujando la idea inicial y transformando lo que debió ser un éxito -una de esas grandes iniciativas sociales que ayudan a ganar elecciones- en un incontrolable problema.

Frente al PTS, el Centro Nevada abre esta semana sus puertas. Después de 21 años de pleitos, denuncias y líos judiciales, se pone en marcha uno de los gigantes del comercio más grandes de España. Un imponente árbol de Navidad, el más alto de Europa, saluda ya a los miles de visitantes que pasarán cada día por las más de 250 tiendas y establecimientos que integran la oferta comercial y de ocio inicial -los cálculos del promotor son superar los 25 millones al tercer año-. Sobre la inmensidad de los 280.000 metros cuadrados del parque comercial, Tomás Olivo recordaba ayer a los medios que se han invertido 480 millones de euros y que generará más de 7.000 empleos… Sin resentimientos, mirando “hacia adelante”. Lo que no sabemos es cuántos destruirá. Si la riqueza que generará el Nevada Shopping compensará el incierto destino de otros centros como el Serrallo. Porque ahí está el fantasma del Neptuno para generar la duda. Porque el Leroy Merlin acaba de cumplir un año y, a sólo unos cientos de metros de distancia, ya ha cerrado el Akí.

No sólo el pequeño comercio está preocupado. El colapso de tráfico en la zona es ya una rutina para cualquiera que transite por la Ronda Sur. Aunque se han activado algunas medidas de choque para agilizar los accesos, no es difícil intuir la imagen que tendrá la Circunvalación cuando nos sumerjamos en la fiebre consumista navideña. Y el ruido. Y la contaminación. Podríamos compensar pensando que, para primavera, se habrá creado un gran corredor verde en todo el entorno del PTS con más de 2.000 árboles: el parque más grande de Granada. Un nuevo pulmón verde de 117.000 metros cuadrados para lo que está llamado a ser “uno de los espacios de excelencia” de Granada. El consejero de Economía visitaba este viernes la ciudad para conocer junto al alcalde el estado de las obras de urbanización de zonas verdes y espacios libres que se iniciaron en verano una vez superado el desacuerdo entre la Junta y el Ayuntamiento. La previsión final de inversión global en el PTS, con 2.800 profesionales trabajando ya en el centenar de empresas ubicadas en el Campus y en torno a 3.000 en el Hospital, llegará a los 750 millones.

Sobre un Excel, las cifras son incontestables. De todos los proyectos. Para responder la pregunta inicial habrá que esperar y tiene matices. ¿Más es mejor? ¿Grande es sinónimo de éxito? Puede. En comparación con qué y según para quién.

¿Y si ahora nos gusta la LAC?

Magdalena Trillo | 28 de junio de 2015 a las 9:23

No es una pregunta trampa aunque sí parcial. La Línea de Alta Capacidad (LAC) con que el equipo de Torres Hurtado rompió la soporífera rutina de su último mandato cumple un año sin que hayamos sido capaces de hacer una radiografía exacta sobre su impacto real en la ciudad más allá de la nostalgia de muchos por los viejos autobuses y la resignación de la mayoría por soportar un sistema que, teóricamente, debía hacernos la vida más fácil y reducir los niveles de ruido y contaminación.

Entre los 21.456 granadinos que hace un mes negaron su voto a Torres Hurtado pasándose a Ciudadanos o quedándose en casa había una buena legión de usuarios de la LAC. Es el coste de gobernar de espaldas a la ciudad; cinco concejales menos. Un hundimiento electoral que ha supuesto una verdadera enmienda a la totalidad a la política de rodillo que el PP ha practicado durante doce años. El correctivo, sin embargo, ha sido más contundente en los barrios que en el centro.

El moderno autobús azul que hoy atraviesa la ciudad funciona. Y empieza a gustar. Los conductores ya no tienen que ejercer de psicólogos improvisados a las 8 de la mañana para calmar a los viajeros cabreados ni dedicar media jornada con cara de suplicio a explicar el nuevo mapa de transporte. Cada tres minutos un autobús; el principal eje de movilidad del casco histórico, despejado; un decibelio menos de ruido en Gran Vía y, lejos de destruirse empleo, un compromiso cumplido de reubicación de los trabajadores ‘sobrantes’ de las antiguas líneas y una promesa de consolidación de puestos que se hará efectiva en otoño.

La ciudad, una parte de la ciudad, la ciudad de los ‘privilegiados’ del centro, ha mejorado. Pero hay una asignatura que sigue pendiente: los desesperantes transbordos que sufren los vecinos de los barrios. Se soslayó el problema en noviembre con la incorporación de tres nuevas líneas atravesando la capital pero el PTS quedó descolgado y la Estación de Autobuses también. Granada, esa Granada que va más allá de La Caleta y el Palacio de Congresos, esa Granada que no tiene sentido si no es en conexión con los 31 municipios del Cinturón, esa Granada que estará obligada a reinventarse con la inminente puesta en funcionamiento del Metro y la llegada del AVE, sigue esperando una salida coherente y eficaz a la movilidad. ¿Alguien está pensando ya en cómo responder a esa Granada real que nada tiene que ver con los intereses de poder del mapa electoral?

Miopía. Con los grandes problemas pasa como con los grandes momentos de la vida; los valoras de verdad cuando ya han pasado. Cuando no se puede volver atrás y no es posible rectificar. En unos casos para evitarlos y en otros, los menos, para apreciarlos. Y somos inopinadamente obstinados. La corrupción, por ejemplo, no es el cáncer de la política de hoy. Con poquísimas excepcionales, lo que hoy estamos juzgando en los tribunales -y en la calle- es la nefasta gestión y los comportamientos delictivos que, al amparo de las instituciones públicas, se han realizado durante los años del ‘boom’ económico. La acción (o inacción) de hoy, la de la austeridad suicida, la que está fulminando a las clases medias, la que nos está empobreciendo y ensanchando la desigualdad social, la que nos está hurtando nuestros derechos más fundamentales, es tan líquida como el tiempo.

Todo se complica, además, cuando a la miopía le sumas un punto de inconsciencia y la peligrosa provisionalidad que se ha instalado en esta sociedad volátil y frenéticamente acelerada del todo para ayer. Equivocamos los debates; llegamos tarde a los debates. Nos pasa a los periodistas; le pasa hasta al Papa… La revolucionaria encíclica sobre el medio ambiente no dice nada que los científicos no hayan escrito hace una década en las revistas de impacto de su sector. Sin tanto eco, por supuesto. Que la guerra de las futuras generaciones será por el agua, por los recursos naturales…; que tenemos la mitad de los continentes convertidos en pestosos vertederos; que, con consecuencias “catastróficas”, estamos viviendo por encima de las posibilidades del planeta… Es mucho más que una ficción y evidencia cómo el riesgo de gobernar es doble y contradictorio: la acción conlleva una responsabilidad pero la apatía también.

Si volvemos a la LAC, es evidente que lo más rentable para el PP (políticamente hablando) hubiera sido no abordar la transformación del transporte a un año de las elecciones. Con la misma vehemencia con que se justifica Rajoy cuando se ve obligado a tomar cualquier decisión, el alcalde siempre recuerda que la LAC es consecuencia del imperativo de cumplir la Ley de Economía Sostenible y reducir un 20% los gases invernadero. Bien. Pero, admitiendo la disculpa de la no-iniciativa y dejando en el aire si la solución era la LAC, ¿se ha conseguido algo?

Pues no lo sabemos. Enarbolamos la bandera de la transparencia, pero para que la practiquen otros. Ha costado semanas de persecución -y una solicitud oficial en el registro por parte de una periodista de este diario- que el equipo de gobierno haga pública su declaración de bienes y con la LAC todo está envuelto en un tremendo misterio. No tenemos datos rigurosos sobre el primer año de funcionamiento y mucho menos de futuro. No sabemos cuánto ha terminado costando y, lo realmente preocupante, no está nada claro que sea sostenible. Sí, la palabra de moda para decir que igual Granada no se la puede permitir… Me cuentan que en agosto se habrá agotado el presupuesto de todo el año. La propia Rober ya tuvo que presentar alegaciones a las cuentas municipales de 2015 y, si se confirman estas sospechas, tal vez el debate que nos aguarde tras las vacaciones no sea por qué calle deban pasar los autobuses ni hasta dónde llegar sino cómo financiar el sistema.

La parte que faltaba a la pregunta inicial es justamente ésta: ¿Y si ahora nos gusta la LAC y no la podemos pagar? No lo sabremos hasta que ocurra; hasta que se haya producido (otro) agujero financiero y se desate el conflicto con la empresa adjudicataria. Es un debate de desgaste que no encaja en el ambiente de “buen rollito” que se ha impuesto en el Ayuntamiento de la capital. Me lo decía esta semana un concejal de la oposición preocupado por esas dinámicas de comisiones, reuniones, diálogo y “todo se va a estudiar” que, al más estilo Mariano, puede terminar aniquilando por dilación y aburrimiento cualquier toma de decisión.

Hay un trasfondo: el alcalde se ha propuesto ganar a pulso su continuidad y el examen llegará a finales de noviembre con las elecciones generales. Votaremos al próximo presidente del Gobierno pero la lectura que se realizará en la capital será local. Si el PP ha rectificado, si ha recuperado la confianza de los granadinos con su nuevo tono de humildad, si Pepe Torres merece una prórroga hasta final de mandato… Tanto es así que el alcalde ya se ha embutido en el traje de regidor honorífico. Va a los actos con áurea institucional y, sobreprotegido por los suyos, no se mete en charcos… Esta semana ni le dejaron contestar a los periodistas ante las denuncias de manipulación y acoso laboral en TG7. Se juegan mucho, sí; el cuarto mandato. Pero el precio no debería ser convertir la transparencia en una opereta y el gobierno en un ejercicio de teatro amateur.

¿A qué aspira Granada?

Magdalena Trillo | 22 de febrero de 2015 a las 22:12

Simplificando mucho, el problema del Atrio que Álvaro Siza ha diseñado como gran puerta de entrada a la Alhambra es que es mucho proyecto para Granada. ¡Otra vez! Ya nos pasó con la grandiosa estación del AVE que el Gobierno socialista encargó a Rafael Moneo en 2009 para resarcir a la ciudad por tantos años de comunicaciones tercermundistas y promesas incumplidas y, sólo un poco después, lo tendríamos que volver a vivir con el Teatro de la Ópera de Kengo Kuma, aquel espectacular Granatum con el que el arquitecto japonés ganó hace siete años el concurso de ideas que culminó un interminable debate sobre si Granada necesitaba o no un gran espacio escénico. Al final dijimos ‘sí’ pero la realidad nos corrigió.

Los dos proyectos están en un cajón. Los dos se plantearon con ambición y los dos han sucumbido a la crisis y a las propias dinámicas destructivas de esta ciudad. El AVE se ha descafeinado por el camino y nada tienen que ver los 570 millones que iban a invertirse en la Estación Mariana Pineda con el parcheo que se está realizando en estos momentos en Renfe para recibir un tren low cost, sin soterramiento en La Chana y con una más que cuestionable velocidad. Bien es cierto que, esta vez, llegará. Con un alto precio para Granada -¿alguien confía en que el proyecto sea a medio plazo reversible’-, pero llegará. Y casi al mismo tiempo que lograremos terminar las obras malditas de la A-7 y veremos el Metro empezar a funcionar.

El vanguardista edificio de Kengo Kuma, un arriesgado proyecto que nada más darse a conocer se convirtió en un referente arquitectónico para profesionales y alumnos, se concibió como una granada abierta a la Vega que coqueteaba en la distancia con la Alhambra y Sierra Nevada, dialogaba con el Parque de las Ciencias y el Museo de la Memoria y dotaba a la ciudad de un auditorio con 1.500 localidades técnicamente preparado para poder programar espectáculos de primer nivel de teatro, danza y, por fin, ópera. No era (sólo) un proyecto para ser contemplado; era un proyecto para ser “experimentado”.

Esta semana nos contaban que técnicamente no está muerto, que está en fase de “supervisión” en la Consejería de Cultura y que, incluso, podría rescatarse si se consiguen unos fondos europeos que están pendientes de consignación. Por Sevilla, de momento, no quieren ni oír hablar de Kengo Kuma. Si los 45 millones que se destinarán en cinco años al Atrio han conseguido despertar el fantasma del turista ‘mochilero’ y hasta IU se ha posicionado en contra después de firmar un convenio para financiarlo (el mal de la incoherencia no es exclusivo de socialistas y populares), imagínense lo que podríamos armar si recuperamos el Granatum del japonés y no sólo pensamos en construirlo sino también en mantenerlo y en programar.

Pero, sinceramente, una cosa es la prudencia y la tan reclamada “sostenibilidad” y otra bien distinta la miopía. ¿No tenemos ya bastantes chapuzas en Granada? ¿No nos fustigamos lo suficiente viendo la actividad del faraónico aeropuerto de la Costa del Sol con su casi centenar de conexiones internacionales? ¿No nos lamentamos del salto que Málaga ha dado en su oferta cultural con los millonarios proyectos museísticos que su alcalde (también del PP) ha sacado adelante en plena crisis y nos empezamos a preocupar por si aquí, también, perdemos liderazgo?

¡En qué quedamos! Debería dar miedo pensar qué nueva polémica nos vamos a enredar en los próximos meses cuando Granada culmine las grandes infraestructuras que nos han tenido ocupados en la última década. La línea marítima a Melilla promete pero, sin duda, resultará más jugoso -y mediático- lanzarse sobre la Colina Roja. O sobre la Sierra. Me niego a defender que es algo consustancial al ADN del granadino. Y menos ahora… que hasta los científicos han desmontado el asentadísimo mito de que la alta montaña multiplica las posibilidades de sufrir un infarto.

Nada puede haber en el ambiente de esta Granada que siempre ha sabido cautivar viajeros y fascinar hacia fuera para que, de puertas adentro, nos repleguemos y no seamos capaces siquiera de permitirnos el lujo de tener aspiraciones. Y no hablo de dibujar castillos en el aire; hablo de empezar resolviendo nuestro problema de autoestima y falta de visión. Hablo de tener personalidad para saber hacia dónde queremos que camine Granada sin copiar al de al lado ni entrar en insufribles disputas de agravios. Hablo de lograr un mínimo consenso político y social para saber por qué vamos a luchar. Hablo de no acomodarnos pidiendo el ‘café para todos’ en todas las escalas.

¿De verdad no queremos subir a la Alhambra cualquier noche de verano del Festival y terminar la velada tomando unas copas en la terraza del restaurante que ha diseñado Álvaro Siza? ¿No nos gustaría llegar a un parking decente sin doblarnos un tobillo al salir del coche? ¿No preferirán los turistas hacer cola para comprar una entrada sin mojarse cuando llueve, helarse de frío o morirse de un sofoco? Nos equivocamos de debate si lo reducimos a oportunismos (e inoportunismos) electorales. Puede -y debe- haber discusión pero atrevámonos, por una vez, a no pensar a la defensiva y hagámoslo con un planteamiento constructivo. Se puede entender que ni la estación de Moneo ni el Teatro de Kengo Kuma hayan sido proyectos asumibles en momentos de durísimos recortes. Pero el de Alvaro Siza, al menos en teoría, se podría afrontar: ¿no sentiriamos envidia si el proyecto si se hubiera planteado para Málaga?

Aunque sorprende la intensidad del revuelo cuando hace más de cuatro años que se aprobó el proyecto y se dio a conocer, entendamos que es ahora, en el momento en el que nos recuerdan que (éste sí) se va a ejecutar y vamos al detalle de la obra, cuando toca el turno de la polémica…

Desde el punto de vista arquitectónico, pocas voces lo cuestionan. La envergadura de la actuación y la financiación es otro tema. Y, por supuesto, en el trasfondo siempre está el recurrente debate sobre el aislamiento de la Alhambra y el agrio cuestionamiento a la política de gestión actual. Del “no sostenible” y el “disparate” al miedo de convertir el monumento en una “isla” para turistas.

Dicen que perjudicará a los hosteleros: ¿alguna vez dejarán de quejarse nuestros empresarios del sector turístico?, ¿alguna vez les oiremos confesar que les va bien? Dicen que es un “exceso” cuando hay tantas necesidades de inversión cultural en Granada y cuando la propia Junta de Andalucía está recortando inversiones de mayor necesidad social: ¿estaríamos con este debate si no se hubiera convocado el 22-M y faltaran menos de tres meses para las municipales? Dicen que “no es el momento”: ¿alguien sabe cuándo es el momento de que nos pongamos de acuerdo en algo en esta ciudad?

Estaría bien empezar preguntándonos, -y contestando con honestidad-, si saben los políticos, si saben los responsables institucionales, si sabemos nosotros, a qué aspiramos.

Burbuja verde

Magdalena Trillo | 25 de mayo de 2014 a las 10:32

No son los 10.000 millones extra que se ha comido la Alta Velocidad Española, pero son casi 300 para un solo proyecto. A la espera de que la Junta se lo comunique formalmente al Ayuntamiento de la capital, ya sabemos a cuánto ha ascendido el desfase presupuestario en la mayor obra pública que se ha promovido en Granada en la última década: más del doble. Terminar el Metro de Granada supondrá una inversión total de 558 millones de euros frente a los 276 que se consignaron en 2006. No parece que detrás del coste final haya maletines delictivos ni corrupción, pero la consecuencia es similar: una sobredosis de contención y de realidad que obligará a renunciar en el futuro a cualquier obra de envergadura por muy necesaria y justificada que esté.

Los esfuerzos, económicos y de gestión, se centrarán ahora en terminar lo empezado (nada fácil si pensamos que la modificación en la zona de Renfe todavía no tiene ni proyecto técnico) y en procurar que el transporte público, emblema de la ‘apuesta’ del Gobierno andaluz por Granada, pueda funcionar antes de las elecciones autonómicas. Desde esta semana, lo que era más que previsible es ya oficial: se descartan nuevas líneas. Si el pragmatismo llevó en sus inicios a tumbar la idea municipal de llevar el Metro por el casco histórico soterrando por San Juan de Dios, los apuros presupuestarios de ahora y el intenso quebradero de cabeza que está suponiendo culminar la infraestructura sitúan en el escenario de lo irrealizable tanto la conexión con el aeropuerto que tan vital se consideró en su día -cuando era realmente internacional y el tráfico de pasajeros no dejaba de aumentar- como la ampliación de la línea hacia otros municipios del Cinturón.

Siendo escépticos, ni siquiera está muy claro que el Metro pueda empezar a circular con normalidad, que se cumplan las expectativas de uso, que ayude a reducir los atascos y que conviva con esos autobuses de alta capacidad que atravesarán la capital desde finales de junio. La Junta asegura que tiene estudios que garantizan su viabilidad pero nadie los ha visto nunca. Y ello a pesar de la insistencia con que los hemos reclamado desde los medios y de las negras advertencias que salen de la Plaza de la Carmen recordando la vía muerta en que ha quedado el Metro de Jaén.

De las obras faraónicas en infraestructuras estamos pasando a la era del transporte verde low cost. La nueva ‘moda’ es la bici y el autobús. La Junta ha aprobado una inversión millonaria para habilitar carriles bici en toda Andalucía, la Universidad ya ha anunciado que será la apuesta para el Campus de Cartuja y esta misma semana hemos sabido que la alternativa a “no más líneas de Metro” es el autobús. Tal vez no seamos muy efectivos con las soluciones, pero nadie podrá cuestionar la capacidad de innovación con las palabras. A la LAC (Línea de Alta Capacidad) le acaba de salir un competidor: el BRT (Bus Rapid Transit). Lo anunció el martes el delegado de Fomento explicando que se trata de autobuses de alta capacidad que usan carriles exclusivos con prioridad de paso y paradas de plataformas que ya funcionan en ciudades como París, Nantes o Estambul.

Lo que inquieta de los proyectos que ahora se barajan es no saber si hay una planificación seria, coherente y viable detrás, si hay (o habrá ) consenso y si no corremos el riesgo de inflar una nueva burbuja; aunque sea verde. ¿Han hablado la Junta y el Ayuntamiento para coordinar la LAC, el Metro, los carriles bici, el futuro BRT y el AVE si llega algún día? ¿Alguien tiene un plan para Granada que vaya más allá de ‘su’ mandato y supere el color de ‘su’ sillón?

No es un tema menor. Les pongo el ejemplo de Dinamarca. Los ‘andaluces del Norte’ aparecen en el último Informe Mundial de la ONU como los ciudadanos más felices del mundo. Y no es por casualidad. Tienen el nivel de corrupción más bajo del planeta, un salario mínimo de 2.000 euros al mes, trabajan lo justo (164 horas menos al año que los españoles) y apenas hay paro. En su ‘mundo feliz’ se compite lo preciso, no importa tanto lo que se gana como lo bien que se gaste y hay mucho tiempo libre. A las cuatro no hay nadie en la oficina y no pierden tiempo en desplazamientos. Su transporte público es tremendamente eficaz y más de la mitad de los viajes en la capital se hacen pedaleando… Medir la felicidad es muy subjetivo, pero es evidente que también se construye disfrutando de las pequeñas cosas… De un paseo en bici sin riesgo de ser atropellado, de un buen vino y un rayo de sol, de un día sin atascos…

Granada 2015

Magdalena Trillo | 22 de septiembre de 2013 a las 17:51

La mitad de los españoles sufre dolor de cabeza más de quince días al mes. La migraña provoca ansiedad, puede ser el desencadenante de la depresión e incapacita para desarrollar las tareas más cotidianas; domésticas y profesionales. Las bajas por cefalea llegan a una media de ocho días al año: 2.000 millones de pérdidas por absentismo y caída de la productividad. Introduzco estos últimos datos de la Sociedad Española de Neurología consciente de que son los únicos realmente relevantes para un país que se ha empeñado en saltar del suicidio a la euforia a la velocidad que sube el Ibex y baja la prima de riesgo. Si nos guiamos por la escaleta de los telediarios, coincidirán conmigo en que los días aciagos de jaquecas están más que justificados.

La mitad de los granadinos sufre dolor de cabeza más de quince días al mes. Así se infiere con la extrapolación de la estadística y así lo habrá constatado usted sin necesidad de recurrir a mayores alharacas científicas. Pero si los expertos ya han demostrado cómo la crisis económica ha contribuido a incrementar esta dolencia, aún no he leído ningún artículo que constate lo que debería ser una obviedad: cómo afecta a nuestra salud -física y mental- la inoperancia, indecisión y trastornos de nuestros políticos; cómo nos perjudica la crisis de la política.

La principal consecuencia se llama desconfianza. Ni los creemos ni tenemos motivos para ello. No cuando son sus palabras, compromisos y promesas los que se invalidan y traicionan de forma sistemática en nombre de las “circunstancias”. ¿Recuerdan cuando Rajoy aseguró que jamás tocaría la educación, la sanidad y las pensiones? Lean los periódicos de la última semana; estamos en el ecuador del mandato y nada ha quedado a salvo de su programa electoral.

Incredulidad, escepticismo… Se ha convertido en uno de los baluartes de la denostada Marca España, pero también de la Marca Granada. Y, lamentablemente, lo hemos aprendido por la vía de los hechos. Por eso es tan difícil que nos creamos las buenas noticias. Hace justo una semana, en el acto de conmemoración del décimo aniversario de Granada Hoy, pedía a nuestros políticos que nos ayudaran a construir Granada, a construir Andalucía, dándonos la oportunidad de despertar a nuestros lectores con buenas noticias. Esta semana las hemos tenido y me produce una tristeza inmensa constatar cuánto nos cuesta creer. Desconfiamos los propios periodistas. Ponemos titulares a cinco columnas con la incertidumbre de saber si algún día se cumplirán; con el desasosiego de recordar que, hasta ahora, nunca fueron verdad.

La Granada de 2015 que se nos ha prometido debería llevar a la esperanza. Imagínenla. El Metro funcionando de Albolote hasta Armilla, la Autovía del Mediterráneo completamente operativa y el AVE a Madrid en 2:45 horas, a Sevilla en dos horas y a Málaga en 58 minutos. El tren no llegará a la vanguardista estación de Moneo que un día osamos soñar ni habrá variante en Loja -no hasta que no haya consenso y dinero- pero reconozcamos que lo que se nos anuncia será un revulsivo para las comunicaciones de esta provincia. Hasta el alcalde de la capital ha reculado en su cruzada por llevar la estación al Cerrillo de Maracena y quiere promover el acuerdo partiendo “desde cero”. No nos equivoquemos, Torres Hurtado sigue convencido de que la mejor propuesta para la ciudad es que el AVE llegue a la rotonda de Europa pero está dispuesto a negociar. Eso es mucho. Muchísimo.

Tan de cuento que no nos los creemos. La propia concejal de Urbanismo pedía este jueves un “convenio” para que todo conste por escrito. Otro convenio porque, tal y como le recordaron en rueda de prensa, ya había uno firmado sobre la Alta Velocidad, el soterramiento del tren en La Chana y la construcción de la estación en Andaluces que nunca se ha cumplido. Ya saben, las circunstancias. Papel mojado. Tan irreal como puede ser esa Granada que hoy se nos dibuja porque, si los políticos no se creen entre sí (ni los del mismo partido), menos razones tendremos los demás para confiar.

¿No tienen ya dolor de cabeza? Elijan entre el paracetamol y el ibuprofeno e introduzcan en toda esta historia el único elemento que, de momento, podría hacernos creer: las elecciones. En 2015 tendremos municipales, generales y quién sabe si autonómicas. Tras cuatro años grises de paro, regresión social y agonía, después del previsible descalabro de las europeas del año que viene, superado el momento bálsamo de las volátiles bajadas de impuestos y a la espera de conocer el enésimo capítulo del quebradero de cabeza catalán, los partidos tendrán que convocarnos a las urnas con mucho más que palabras. Tal vez el efecto elecciones sea lo único capaz de imponerse, de salvarnos, de la maldición de las circunstancias.

Universiada, ¿por qué no?

Magdalena Trillo | 9 de octubre de 2011 a las 8:28

En el Centro Lorca aún no sabemos en detalle ni cuánto dinero falta para terminar el edificio. La comisión técnica ha concluido esta semana el informe prometido pero no se dará a conocer hasta que se presente al Consejo Rector; de momento, sin fecha. Las obras del Metro siguen empantanadas y la financiación se complica ahora un poco más: la Junta no puede avalar el crédito de 260 millones que iba a ‘salvar’ la infraestructura y sólo queda la esperanza de ver reflejados en sus presupuestos de 2012 los 130 millones que exige Europa para liberar la inversión. Mientras tanto, malabarismo financiero y desesperación.

El AVE, por más que ajusto los plazos, no logro verlo en Granada en 2013 como quieren los socialistas. Como mínimo en 2014 y, por supuesto, sin estación. Más aún cuando el Ayuntamiento ya ha advertido que no va a seguir acudiendo a reuniones para hacer el “paripé” y que esperará a que Rajoy gobierne en Madrid y Arenas en la Junta para resolver sus grandes proyectos. No obviaré que esta misma semana Fomento ha adjudicado el primer tramo de la variante del AVE por Loja y que la Junta ha aprobado una partida de 30 millones para el Metropolitano. Pero seamos realistas; no es suficiente. Sólo falta que Bruselas anuncie oficialmente que el Corredor Ferroviario no pasará por la Costa de Granada para sumirse en la depresión. Aunque parece difícil, aún queda la esperanza de que no se quede en Cartagena –como filtraba esta semana un diputado de CiU– y llegue hasta Algeciras pasando por el interior de la provincia. Sería, al menos, medio fracaso.

Si a la radiografía de grandes proyectos enquistados sumamos los retrasos de la A-7, recordamos que el Teatro de la Ópera ya duerme el sueño de los justos, que la crisis ha cortado las posibilidades de inversión millonaria que prometía el Milenio, sólo nos queda llorar. O rezar.

Como soy optimista y algo escéptica con las intercesiones divinas, no voy a hacer nada de ello. Busco un resquicio de ilusión y, cosas de la vida, lo encuentro en la Universiada. Los culpables tienen nombre: Aurelio Ureña y Pablo Luque. Me han convencido. ¿Síndrome de Estocolmo? Tal vez. Después de dos horas de conversación, y de someterlos al tercer grado (informativamente hablando), me pongo la camiseta.

Aparte de fotos de familia y buena voluntad, pocas realidades se han logrado en los dos años que ya han trascurrido desde que Bruselas designara a Granada como sede de la competición. La vuelta del verano sólo ha traído malas noticias: la escandalosa pérdida de una subvención europea, el retraso en el pago del canon exigido por la FISU y la dimisión del hasta ahora consejero delegado, Francisco Sánchez Montes. Siendo sincera, la situación era tan crítica que el titular que esperaba para noviembre (fecha clave porque termina el plazo para pagar las cuotas) es que la Federación se replanteaba la designación y buscaba otra ciudad para acoger los juegos.

Ahora creo que hay una oportunidad. Está difícil, muy difícil, pero hay margen. Hace veinte días que Ureño y Luque se pusieron al frente del proyecto y no me pregunten cómo pero, a pocas semanas del 20-N, ya se han reunido con los interlocutores directos de las cuatro administraciones organizadoras y ya están viendo sobre planos cómo “redimensionar” la Universiada para garantizar la celebración de las pruebas con el menor coste posible (reorientando las infraestructuras previstas para que sean un legado deportivo viable para la ciudad y explotable para la iniciativa privada) y cómo lograr que tenga el mayor impacto posible en la generación de riqueza en la región y en la proyección de Granada como destino turístico y deportivo de primer nivel.

Parten con cierta ventaja: al margen de penalizaciones, es a nuestros políticos a quienes ya no les queda margen para asumir el ridículo y la imagen de incompetencia que supondría otro fiasco. De momento, la Universiada es el único acontecimiento deportivo internacional que hay convocado en 2015. No es el Mundial de Fútbol, no nos sacará de la pobreza ni será la solución para los cien mil parados granadinos, pero es lo que hay. Por qué no empezar creyéndonoslo.

Encuestas

Magdalena Trillo | 27 de febrero de 2011 a las 11:53

Torres Hurtado podría irse hoy de vacaciones y volver al día siguiente de las elecciones para contar cuántos concejales más cambian de bando en la Plaza del Carmen. Sin quitarse el sombrero. Sin necesidad de programa, mítines ni carteles. Al estilo durmiente de Rajoy.

Dicen los socialistas que hay partido, pero habría que preguntarles si todos juegan con la misma camiseta. Sería una buena explicación para los titulares catastróficos de la semana. Y para el espectacular resultado electoral del 22-M que vaticina una supuesta encuesta interna del PP: los populares ampliarían aún más la mayoría absoluta subiendo de 16 a 18 concejales, el PSOE se daría un batacazo cayendo a los 6 (ahora tiene 9) e IU remontaría con 3. Un escenario ficticio que nada tiene de cierto (me aseguran en el PP que no tienen encuestas locales ni saben de dónde salen estos números que no dejan de circular), pero que nada tendría de descabellado.

Visiblemente indignado lo advertía el miércoles el compañero Agustín Martínez en el informativo de Granada Televisión: “Paco Cuenca debe estar pensando en tirarse por el Tajo del Pollero”. No seremos alarmistas, pero hay que reconocer que no le ayuda demasiado al candidato socialista desayunarse el mismo día con el bloqueo sine die del Centro Lorca (con reproches incluidos entre Junta y Gobierno) y la amenaza de las constructoras del Metro de abandonar las obras y dejar toda la capital empantanada. Y todo gracias a los ‘suyos’.

En los dos casos se pueden discutir culpables e introducir matices, pero hay dos realidades: en seis meses no han sido capaces de encontrar una salida al problema de financiación del edificio de La Romanilla y las adjudicatarias del Metropolitano están desde agosto sin cobrar. Las catorce UTEs, las decenas de subcontratas (muchas a punto de la quiebra) y los cientos de trabajadores y familias que viven del Metro. Por mucha utilización electoralista que se esté haciendo de los temas (que la hay), es difícil no coincidir con el PP cuando habla de “nefasta gestión”. Y, desde luego, no parece que se pueda admitir como excusa que el problema de liquidez es compartido…

Si unos y otros siguen ayudando en la misma dirección, el desgaste de la marca PSOE agrava la derrota socialista y no hay sorpresas en las comarcas de Loja, Guadix o Motril, el equipo de Torres Hurtado y Sebastián Pérez aumentará su porcentaje de votos en la capital y en el cinturón y la Diputación cambiará de signo tras más de tres décadas de gobierno socialista. Precisamente, el Barómetro que hoy publicamos todos los diarios de Grupo Joly constata el avance del PP en toda la comunidad (se sitúa ya en 10,2 puntos de ventaja sobre el PSOE) y refleja también que donde los socialistas están peor es en Andalucía oriental.

En Granada, el que se ha puesto ahora a remar a contracorriente es Blanco, dándole más color político que nunca a las vías del AVE y con un talante resolutivo capaz de trastocar el escenario para las autonómicas y generales. Sueñen: la Autovía del Mediterráneo en funcionamiento, la Alta Velocidad a punto de llegar, el Metro terminado, el Centro Lorca abierto… Todo lo que hoy es ciencia ficción.

Tan ficción como dar ya por vencedores a Arenas y Rajoy. Si a los logros ‘locales’ de aquí y allá le vamos sumando cierta recuperación económica, un respiro en las cifras del paro, la estabilización del sistema financiero, el saneamiento en las administraciones, el fin de ETA… no deberíamos descartar que Griñán pueda sostenerse al frente de la Junta y hasta Carme Chacón o Rubalcaba tenga alguna posibilidad de mantener La Moncloa. Aunque sea en el Estado del Medioestar que diría Llamazares.

Foro de alcaldes

Magdalena Trillo | 7 de junio de 2009 a las 12:59

CUANDO el próximo día 16 Torres Hurtado presida el Debate sobre el Estado la Ciudad para dar cuenta de su gestión en el ecuador del mandato, nadie podrá criticarle que no ha puesto en marcha uno de sus promesas electorales más destacadas: la convocatoria de un consejo de alcaldes que empiece a dar forma a la Granada Metropolitana. El siguiente lunes 22 de junio, a las 19.00 horas, están convocados los 24 alcaldes del Cinturón para dar forma al famoso Foro de Alcaldes; ese ‘consejo de ilustres’ que Torres Hurtado anunció cuando no llevaba ni cien días en el gobierno municipal, que rescató el pasado mes de julio al hacer balance de su primer año al frente del Ayuntamiento de la capital y que ahora retoma con hechos y no con palabras ni buenas intenciones.

¿Tarde? Al menos, con el tiempo suficiente de intentar llevarlo a la práctica en este mandato (habrá que ver en todo caso la respuesta de los regidores metropolitanos de uno y otro bando) y con la certeza de que son pocos los momentos en los que se ha vivido un clima de mayor consenso. Al ambiente de cooperación en turismo, ahora quieren sumarse los responsables de Cultura y Patrimonio y hasta Griñán desembarca en Granada con el espíritu ‘abierto’. No queda al margen ni el Cierre del Anillo.

A pie de calle, entre los fondos anticrisis ZP y el Plan de Excelencia Turística, el Ayuntamiento tiene media ciudad en obras -en estos momentos se están ejecutando más de 50 proyectos de forma simultánea en toda la ciudad- y va cumpliendo con compromisos y promesas que, dada la situación de asfixia financiera del municipio, es poco probable que hubieran visto la luz. Incluso, se puede permitir dar alas al Corpus con propuestas ‘solidarias’ dirigidas a los parados que, si bien tienen sus detractores, también tienen su público. Y, por supuesto, sus electores; que son muchos.

En este punto de la película, no parece descabellado que Torres Hurtado fije por fin su ‘salto’ al Área Metropolitana. Analizando las ‘agendas del consenso’, la de hace dos años y la de ahora, resulta sorprendente comprobar que no todo está tan estancado como parece. Es el caso del Metro (con la excepción del polémico tramo del Zaidín), del AVE, del proyecto de la Ronda Este y de los dos grandes retos planteados en Cultura: el Centro Lorca abrirá sus puertas en la primavera del próximo año y el espacio escénico ya está en manos del arquitecto. Incluso hay temas nuevos como el Milenio que, resuelto el impulso a la Universiada y el Mundobasket, se sitúan en primera línea de la negociación.

Bien es cierto que, como en cualquier agenda, hay puntos que no hay manera de tachar. Menciona el alcalde en su carta el POTAUG y los “Servicios Básicos Municipales”. Dice que deben quedar fuera de la batalla política y que “requieren del máximo consenso posible”. Nos preguntamos si tal espíritu incluye, por ejemplo, el servicio de bomberos o el apoyo al programa de vuelos low cost…

Y es que, en una reunión de 25 ‘ilustres’ -con sus respectivos y grandes egos-, no todo puede ser figurar y pedir; también habrá que escuchar y ceder. ¿Estarán preparados nuestros alcaldes? Razones hay más que suficientes. Lo dice Torres Hurtado cuando habla de mejorar la “calidad de vida de nuestros vecinos”. Empezaremos por dar un voto de confianza a todos.

Ciudadanos con fronteras

Magdalena Trillo | 9 de febrero de 2009 a las 23:38

LOS ciudadanos han hecho el área metropolitana y estúpidas barreras administrativas lo impiden”.  Podría parecer que esta aseveración procede de un radical antimunicipalista. Nada más lejos. Me lo decía el otro día el ex alcalde Jesús Quero cuando nos sorprendíamos de las muchas cosas que tenemos en común y de lo poco que nos entienden las administraciones: somos vecinos de Ogíjares, compramos en el mismo súper, llevamos el perro al mismo veterinario, nos desplazamos a Pulianas para ir a Media Markt, recorremos media ciudad si hace falta para encontrar un buen vino y no se nos caen los anillos si hay que ir a Atarfe para asistir a buen un concierto…

 

Aunque no esté de moda, la realidad te obliga a ser cada día un poquito más “jacobino”, sobre todo, porque la famosa autonomía municipal se está convirtiendo en una rémora para nuestro bienestar…  Recuerdo la cara que se me quedó el día que fui al cine en Kinépolis y se me ocurrió coger un taxi: “Señorita, baje cincuenta metros hasta que llegue al término municipal de Granada y entonces la recojo”. ¿Perdón?

 

Hace años que vivo con la convicción de que hay un desfase tremendo entre lo que necesitamos los ciudadanos y los que nos ofrecen los ayuntamientos. E imagino que esto mismo le ocurre a los miles de ciudadanos que viven más allá del ‘territorio Torres Hurtado’… Y a la inversa. Empezando, por ejemplo, por el propio alcalde, que es vecino nuestro aunque siga votando en la capital. (Por cierto, yo también quiero. Trabajo en Granada, consumo en Granada, pago mis multas de tráfico en Granada… ¿por qué no puedo votar en la capital?)

 

Nuestros alcaldes siguen empeñados en copiarse unos a otros y ofrecer todos lo mismo. Es la carrera de la clonación. ¿Tú construyes un teatro? Pues yo también. ¿Una piscina cubierta? ¿Un polideportivo? ¿Una sala de fiestas? ¡Un momento…! ¿Para qué quiero yo un teatro en mi pueblo si luego no hay dinero y acaban enseñándonos a hacer ganchillo? Peligros acaba de inaugurar su espacio escénico por todo lo alto. Magnífico. Pero ¿cómo lo van a llenar de contenido? Basta echar un vistazo a la programación de los teatros de la capital y contar los espacios infrautilizados de la provincia para hacerse una idea… 

 

Puestos a pedir, prefiero pasar de ‘un teatro en cada pueblo’ y apuntarme a la línea del Metro: que no se quede en Armilla, que llegue a todos los municipios de la zona Sur, que vaya al aeropuerto…

Lo malo de estos planteamientos es que uno empieza y no acaba. Al menos no lo hace donde las carreteras advierten que termina la provincia de Granada. Cuando veo los líos entre Málaga y Córdoba por la Capitalidad de 2016, sólo me alegro de una cosa: de que Granada se haya mantenido al margen.

 

Porque, pensándolo bien, me apunto al Metro y también al Ave. Con la Alta Velocidad funcionando, ni siquiera me haría falta un Gran Teatro en Granada. Podría ir a la Maestranza, o al Central, o al Cervantes… Y a un partido de fútbol a la Rosaleda, a una exposición al Picasso o al Thyssen… Y todo sin salir de Andalucía. Bueno, siempre que Andalucía siga siendo Andalucía y no ese ‘reino separatista oriental’ que ahora nos quieren vender. ¿Más “qué hay de lo mío”? ¡No por favor!