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Clima electoral (pero en la Plaza del Carmen)

Magdalena Trillo | 29 de octubre de 2017 a las 19:02

1. Reprobación: acción de reprobar (dar por malo). 2. Vodevil: comedia frívola, ligera y picante, de argumento basado en la intriga y el equívoco.

No sólo Puigdemont es un artista de la confusión. Lo que se vivió el viernes en la Plaza del Carmen podríamos llevarlo a escena como un auténtico “vodevil de la reprobación” (Puentedura, una vez más, puso la nota lúcida del pleno) aunque donde realmente se sitúa es en la trastienda de la política: el reloj electoral ya está en marcha.

Ninguno de los movimientos, declaraciones, órdagos, presiones y amenazas (no siempre veladas) que se están produciendo delante de los micrófonos -y sobre todo entre bambalinas- pueden explicarse ya sin tener en cuenta el factor político estrictamente partidista.

El horizonte oficial son las municipales de mayo de 2019 pero hay un deadline previo más relevante: si el PP y Ciudadanos van a reeditar su alianza para presentar una moción de censura contra Paco Cuenca y provocar el tercer cambio de gobierno en la capital (acabaríamos con un alcalde por año), deben hacerlo antes del próximo mes de mayo. No es ningún capricho; es un condicionante legal el que impide recurrir a la moción en el último año de mandato.

Tienen, por tanto, seis meses para negociar aquí, pero también en Sevilla y en Madrid, y decidir si están dispuestos a cambiar la baraja meses antes de la carrera electoral. En el PP ya han encargado un sondeo para valorar si tendría más opciones Sebastián Pérez o Rocío Díaz, en el PSOE se está produciendo un sólido cierre de filas en torno a Paco Cuenca -su anuncio de presentarse a las primarias locales y el anuncio de Chema Rueda de no optar a un tercer mandato van en esta línea-, en Ciudadanos se encomiendan a Manuel Olivares conscientes de que el ‘factor Luis Salvador’ desestabilizará cualquier previsión -su inesperada presencia en el pleno del viernes no es casualidad-, desde Vamos Granada no dejan de sorprender con su capacidad para provocar escisiones donde apenas hay qué dividir y en IU, por mucho que pesen los desvelos de los históricos, bastante hacen con mantener las siglas.

La reprobación de Cuenca ha sido tan simbólica, e inútil en el sentido práctico, como la que sufrió en 2012 cuando estaba al frente de la oposición y el propio TSJA tumbó un año después advirtiendo que no se puede “instrumentalizar el pleno” para hacer un juicio político. Pero, aunque ha tenido mucho de postureo, también de tanteo y escenificación, el grupo socialista está solo.

Después de meses extenuantes de negociación, sólo ha sido capaz de sacar una batería de medidas para hacer frente a la ruina municipal cuando se ha acercado a los postulados del PP y ha logrado su abstención. Fue el pasado lunes. El Ayuntamiento ya tiene luz verde para aplicar un duro plan de ajuste -que a nadie gusta- y mañana mismo, por ejemplo, podrá empezar a pagar la mitad de la paga extra que aún debe a los funcionarios.

Pero poco más. La subida del IBI sigue siendo una línea roja para toda la oposición y los presupuestos de 2018, un futurible. Las 100 actuaciones que el alcalde expuso a los grupos para valorar sus 540 días de gestión quedaron en puro voluntarismo.

La realidad es tozuda: 8 concejales socialistas cada vez más alejados de quienes deberían ser sus aliados naturales en la izquierda (los 3 de Vamos y el concejal de IU) y con una pinza creciente en frente que no dejan de apretar los 11 del PP y los 4 de C’s. De momento, lo único que desafía la aritmética son los líos judiciales en los dos bandos. Y aquí también hay movimientos.

Por encima de la situación de Cuenca -parece previsible el archivo-, lo realmente relevante es la imputación de los 8 ediles del PP del gobierno de Torres Hurtado por el caso Serrallo. No es extraño que las presiones sean constantes y que el asunto haya llegado hasta Madrid: si Vox retira su acusación particular, y al margen del recorrido judicial, políticamente se abren nuevos escenarios.

Y es que en las campañas electorales importa cómo se termina, pero es clave cómo se empieza y, sobre todo, con qué relato. Justamente donde estamos ahora. Dónde y con quién. Donde estábamos el viernes cuando, teóricamente, se reprobaba al alcalde.

Paco Cuenca vs. Francisco Cuenca

Magdalena Trillo | 7 de mayo de 2017 a las 11:30

Entre el notable alto y el suspenso rotundo. El examen que hoy hacemos a Paco Cuenca en su primer año como alcalde revela lo subjetiva, escurridiza y volátil que es la política. Y los políticos. Lo contradictorias y líquidas que pueden llegar a ser las opiniones; y hasta los hechos. No sólo recurro a Zygmunt Bauman para compartir el desasosiego que genera el mundo etéreo e interesadamente parcial en que nos movemos; también para constatar que, para lo único que nos sirve el retrovisor mcluhaniano, es para dejarnos llevar por la nostalgia de ese pasado robusto que sigue desprendiendo solidez. Esa “retrotopía” de la que habla el pensador polaco -Seix Barral publica dos ensayos póstumos a final de mes- invirtiendo por completo los valores con que hasta ahora habíamos identificado el futuro y el pasado…

No crean que me he perdido en los pantanosos terrenos de la filosofía; hablo de rutinas. De intentar entender el día a día. Hace justo un año que los socialistas desalojaron al PP de la Plaza del Carmen tras el escándalo de la operación Nazarí: un año de Paco Cuenca con el bastón de mando; un año sin Torres Hurtado en la Alcaldía.

La radiografía precisa de su primer año de mandato la pueden encontrar en la entrevista con que hoy abrimos el periódico, en el análisis que escribió el propio alcalde para nosotros -se publicó el viernes coincidiendo con el día de su toma de posesión- y, en forma de prisma plural, en las visiones que realizan los grupos municipales, los partidos y los responsables de las principales instituciones y organizaciones de la ciudad. Ahí está la fotografía de Granada en el ecuador del mandato; las luces y las sombras; los aciertos, los desafíos y los errores.

No les sabría decir si ha superado el examen. Como podrán imaginar, las notas son tan parciales y tendenciosas, por exceso y por defecto, que invalidan cualquier media. Realmente creo que el único que se ha puesto una calificación con honestidad ha sido el propio alcalde: un 7. Un notable raspado que habla del esfuerzo empleado y de la dificultad del camino que aún le queda por recorrer. Tan prudente que resulta creíble.

Yo voy a quedarme en los márgenes. En esa gestión colateral de símbolos y gestos que, al final, puede resultar más sincera y contundente que la de las juntas de gobierno. Especialmente, si tenemos en cuenta la precariedad con que está gobernando, el trabajo titánico que supone sacar cualquier iniciativa adelante y el peso de la moción de censura con que la oposición le recuerda que son 8 concejales en un Ayuntamiento de 27.

Pues bien, la consecuencia mundana más visible del terremoto político que puso a Granada en el mapa nacional de la corrupción -y que ha tenido sus últimos coletazos en el convulso congreso provincial del PP- es tan insignificante como reveladora: Paco ya no es Paco; ahora es “Francisco”. En su momento tuvo que guardar su colección de foulard para rebajar las maliciosas críticas de “postureo” y “frivolidad” y ahora, tras doce intensos meses de actividad institucional, le ha tocado jugar en la cancha de lo estéticamente correcto. Y previsible. No es una cuestión menor. Porque aquí es donde nace el “Francisco Cuenca” de traje y corbata que parece levantarse cada mañana para cumplir un único mandamiento: quedar bien.

Esto lo podríamos aplicar a los suyos -incluidos sus intentos de navegar entre los bandos que se disputarán la secretaria provincial del PSOE después del verano-, a nivel institucional -pese a que en más de una ocasión termina vampirizando las iniciativas en que colabora y siempre termine en el espacio central de las fotos- e, incluso, a los adversarios. Porque, aunque ahora se vea a sí mismo encabezando todas las grandes movilizaciones de protesta, incluso la sanitaria a la que jamás fue, la realidad es que sólo ha elevado el tono a Madrid y de forma puntual por el AVE.

Tal es su empeño en la Granada amable que “sonríe” que esta misma semana hemos asistido a una verdadera reinvención del concepto de botellón: las Cruces no se podían desmadrar; había que quedar bien con la ciudad… y así ha sido. ¿Se imaginan los titulares en su medio de cabecera hace un año con Torres Hurtado de alcalde? No entro en detalles, sólo me mojo y me atrevo a ponerle nota a su anti-política de comunicación: suspenso.

Y esto no se explica ni recurriendo al pensamiento líquido y voluble de Bauman…

La ‘factura’ del botellón

Magdalena Trillo | 30 de abril de 2017 a las 10:05

A un alcohólico no se le puede tentar. Y Granada todavía coquetea con la bebida. Lo suficiente para saber que el abismo siempre acecha a la irresistible distancia de un sorbo; que la tentación no entiende de controles ni de ordenanzas. Menos aún en una ciudad herida que nunca se ha rehabilitado del todo. El equipo de Torres Hurtado acabó con el desmadre de alcohol en las calles pero lo llevó al botellódromo; erradicó un problema generando otro. El actual alcalde, Paco Cuenca, ha cumplido el compromiso de clausurar el recinto de Arabial pero ni ha avanzado en la prometida alternativa de ocio para los jóvenes ni se han apagado los rescoldos de la resaca.

A sólo unos días de que se cumpla un año de su llegada a la Plaza del Carmen, los socialistas han decidido recuperar las barras para el Día de la Cruz. Lo hacen al mismo tiempo que el Ayuntamiento de Córdoba, desbordado por sus fiestas de los patios, copian la anterior hoja de ruta de prohibición, mano dura y sanciones. Justo cuando Motril ve reproducido el esquema de la Granada del botellón y anuncia multas de hasta 24.000 euros. Olvidando que antes del botellódromo fueron las Cruces… Que las postales de los enfrentamientos callejeros, los comas etílicos y las quejas vecinales por el ruido se empezaron a tomar en las primaveras festivas de mayo.

Este miércoles se podrá beber en tres puntos concretos de la capital. De 12.00 a 22.00 horas. Ni un minuto más. “Todo estará bajo control”. Argumenta Paco Cuenca que quiere “reactivar la vida de la ciudad” en un día tan importante que había perdido su “referencia de carácter nacional”. No sé si quiere decir que es una pena que Granada no tenga la publicidad de los telediarios nacionales abriendo los informativos con batallas campales y las calles convertidas en un estercolero. Me pregunto, además, qué opinará el sector hostelero: si tan mal plan era irse de Cruces tomando unas cervezas en las barras legales de los escasos bares de la ciudad y si tan pocas terrazas hay ya -invadiendo medio centro histórico- para que sea necesario crear nuevos espacios de “disfrute”.

Me aseguran en la Redacción que el 99% de los granadinos estarán de acuerdo con el alcalde; que las Cruces eran la mejor fiesta de Granada, pese a la deriva de los últimos años; y que la solución (“fácil”) nunca debió ser “cargársela”. Es, en todo caso, un experimento incontrolable. Probablemente me guíe la desconfianza, pero también la prudencia y el pragmatismo. Lo conecto, por ejemplo, con la convulsa semana política que estamos cerrando. Tanto el PP como Ciudadanos ponen el foco en la “nefasta gestión económica”, en lo poco que se están resolviendo los grandes problemas de esta ciudad, para criticar el primer aniversario del equipo del PSOE en el Ayuntamiento y mantener viva la amenaza de la moción de censura.

Granada vuelve a ser aquí un laboratorio a escala local de lo que ocurre en Madrid. La moción contra Rajoy con que ha irrumpido Podemos nace fallida por lo mismo que el órdago contra Cuenca: porque no hay alternativa -el nuevo auto de la jueza del caso Serrallo imputando a todo el equipo de Torres Hurtado es demoledor-. Y porque, siendo coherentes con lo que ha ocurrido en los últimos años, los temas épicos que debían mover montañas no pasan factura en las urnas. La indignación se alimenta cada mañana a golpe de cotidianidad: una multa por aquí, un atasco por allí, un indolente vuelva usted mañana, un cabreo inesperado sorteando un vómito en la puerta de casa…

Este domingo vuelve Spiriman para mantener la presión a la Junta en la reorganización hospitalaria. Podríamos pensar que, después de lo que Granada ha logrado en Salud, el golpe a la ciudad como capital judicial de Andalucía a beneficio de Málaga y Sevilla debería ser un polvorín. Permítanme que lo dude… Son ellos y somos nosotros. Porque la chispa salta por los motivos más insospechados y con consecuencias imprevisibles.

Teniendo en cuenta que a Torres Hurtado no le quitaron el bastón de mando los granadinos -y que el PP ya está cerrando las heridas internas del congreso activando el reloj electoral de 2019-, tal vez lo prudente sea no despertar el monstruo del botellón. Salvo que sea una factura buscada y demos credibilidad a quienes defienden que la moción de censura le interesa más a Paco Cuenca que a Sebastián Pérez.