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¿Seguro que (sólo) hablamos de sanidad?

Magdalena Trillo | 15 de enero de 2017 a las 10:27

Tres meses después del estallido de la crisis sanitaria, Granada volverá hoy a salir a calle con las mismas protestas y exigencias que el primer día. A la espera de comprobar el nivel de éxito de la convocatoria -el fracaso ni se plantea-, todo hace pensar que tendremos una contundente banda sonora de críticas y un buen álbum de fotografías de indignación y cabreo que podríamos intercambiar con cualquiera de las movilizaciones que se han sucedido en estos casi cien días de conflicto.

¿Todo sigue igual? ¿Nada se ha avanzado? Depende de lo que nos interese creer y defender. De entrada, y es algo que debería preocupar más allá de reproches sobre “oportunismos” y de la “utilización partidista” que todos están realizando de la crisis hospitalaria, no es sólo Granada quien coge la bandera de la calle; otras provincias como Huelva, Sevilla y Málaga se han unido a esta creciente y contagiosa marea blanca por una sanidad “digna” y de “calidad”.

Con motivos y connotaciones diversas, es compartido el sentimiento de “deterioro” del sistema sanitario, las críticas al impacto que los recortes han provocado en los servicios y en el personal y el convencimiento de que el gran proyecto de la fusión hospitalaria es un fracaso. Y, por primera vez en tres largas décadas de autonomía, lo que se está poniendo en cuestión es la fortaleza misma y eficiencia del sistema andaluz de salud.

¿Pero las negociaciones están paralizadas? ¿Se está engañando y manipulando? ¿Hay razones para volver a tomar las calles? Si somos honestos, a estas preguntas no podríamos poder contestar. La razón es bien sencilla: no se ha dado un mínimo de margen a los interlocutores -ni confianza, ni legitimidad- para saberlo. La protesta del 15-E parecía escrita en un guion cerrado que nada tenía que ver con lo que ocurriera en los despachos.

Salud ha rectificado. La propia presidenta de la Junta ha asumido los errores y ha dado instrucciones para revertir el proceso. Con absoluta libertad para la toma de decisiones y con partidas presupuestarias suficientes para asegurar que los acuerdos a los que llegue la mesa de negociación se llevarán a cabo. ¿La cuestión, ahora, es que no nos lo creemos?

Si el problema real es la quiebra de la confianza, el cuestionamiento mismo sobre las reglas del juego y el papel que las instituciones ocupan en el tablero democrático frente a la presión de calle -la de las pancartas y la de los hashtag-, el debate sobre los “dos hospitales completos” y la exigencia de una sanidad pública “digna” que garantice la “igualdad de oportunidades” queda completamente desvirtuado en origen.

Y es por ello que parece poco probable que encontremos una salida a un desafío tan complejo como la reordenación del mapa hospitalario de Granada desde dos posicionamientos antagónicos sobre el fondo y la forma que más tienen que ver con el concepto mismo de la política y del sistema de representación que sobre la sanidad.

Es en buena medida lo que se va a dirimir a nivel interno en los partidos con las convenciones y congresos que se irán celebrando a lo largo del año a nivel federal, regional y provincial. Evidentemente, serán disputas de poder pero también de funcionamiento, de concepto y de modelo. En algunos casos, la carrera por el liderazgo focalizará la atención mediática pero es el propio ADN de las organizaciones políticas lo que de forma compartida está en cuestión.

Tal vez sea Podemos donde se está haciendo más visible el choque de trenes sobre lo que significa la vieja y la nueva política en un escenario de teórica normalización donde nada importa la fecha de constitución del partido.

Salvando las distancias, las ponencias que Pablo Iglesias e Iñigo Errejón dieron a conocer el pasado viernes de cara al congreso de Vistalegre 2 bien podrían servir de trasfondo para entender esa otra gran crisis y esos múltiples intangibles que subyacen en el conflicto sanitario de Granada. Hablamos de si los políticos deben ser “activistas” cuando asumen responsabilidades públicas o no; si los partidos, vengan de donde vengan, han de someterse a la “lógica institucional” o seguir en la “senda resistencialista” de las barricadas y las protestas; si queremos partidos “útiles” y pragmáticos o creemos que la “normalización” no hará más que “disolver” el proyecto.

Lo que Iglesias y Errejón argumentan aplicado al futuro de su formación lo podríamos extrapolar a la política misma y hasta al modelo de democracia actual. Cuando el primero alerta de la “politiquería partidista de las medallas” y cuando el segundo advierte de que “sólo si salimos de los golpes de efectos y de ser los enfant terribles de la política” se estará en condiciones de gobernar, bien podríamos pensar en la tensión -¿contradicción?- entre la calle y las instituciones. En la profunda brecha que sigue separando a los representantes y los representados.

¿No es (también) de todo esto de lo que van los posicionamientos de las plataformas y los partidos en la crisis sanitaria? Hace tres meses, la marea blanca que sorprendió a toda España en defensa de la sanidad poco tenía que ver con la política; con los partidos; con su convulsa vida interna. Hoy probablemente sea el elemento que mejor nos ayude a diferenciar unas fotografías de otras. Por quienes están y por quienes se ausentan.

¿Oportunismo? ¿Utilización partidista? Sin duda. Y sin excepciones. ¿Pero seguro que (sólo) hablamos de sanidad?

 

¿Populismo feminista?

Magdalena Trillo | 4 de diciembre de 2016 a las 10:41

Populismo y manipulación. Los periódicos se han convertido en las últimas semanas en improvisadas revistas de la reflexión política; en excepcionales plataformas para situar en el foco público un tema que suele estar restringido a analistas, filósofos o historiadores: la amenaza del populismo. Con la crisis económica convertimos los bares en ateneos de las finanzas y ahora es la crisis política la que se filtra en la agenda mediática y en las conversaciones cotidianas con (pretendidos) análisis sesudos -en parte bienintencionados, en parte interesados- sobre la deriva en que ha entrado nuestro sistema de representación y de valores. La reciente victoria de Donald Trump en EE UU y la muerte del líder cubano Fidel Castro han servido, además, para equiparar el riesgo del radicalismo de derechas con el de izquierdas dando a los dos bandos similares argumentos de confrontación.

¿Pero hay también un riesgo de populismo en los controvertidos movimientos feministas? Si atendemos a la (nueva) crisis en que esta semana ha sumido Pablo Iglesias a su partido, la respuesta no puede ser más que afirmativa. La munición la lanzó el líder de Podemos en un foro de eldiario.es con su torpe reflexión sobre la “feminización de la política” y ha desencadenado una incontrolable espiral de reacciones: desde la izquierda moderada que ha sumado “su verdadero perfil machista” a las tradicionales críticas de “altanería” y “soberbia” hasta quienes han incendiado la polémica equiparando el feminismo con el “machismo de ovarios”.

No voy a entrar en la desafortunada forma en que planteó que la “feminización de la política tiene que ver, más que con la presencia de mujeres en puestos de decisión, con construir comunidad y cuidar” -él mismo llegó a decir que no se reconocía en tales palabras y que no es lo que quiso expresar- sino en el trasfondo de su discurso: la existencia de mujeres en puestos de representación no garantiza que haya una verdadera política feminista.

El sentido común le da la razón; la realidad le da la razón. La presencia de la mujer en puestos directivos es necesaria, pero no es una garantía de nada; las cuotas son un camino irrenunciable; pero claramente insuficiente. Pero para llegar a esta conclusión hay que hacer un duro ejercicio de honestidad y de pragmatismo: guardar las siglas y los intereses partidistas en el cajón y anteponer la evidencia social al juego político.

El gobierno de Susana Díaz podría servir de ejemplo. No son pocas las críticas en los círculos feministas sobre el modo en que la presidenta de la Junta ejerce su poder. Sorprende que sus principales cargos de confianza (tanto en el partido como en el gobierno andaluz) sean hombres y que tampoco se haya producido una apuesta por mujeres para situarse al frente de los principales organismos dependientes de la Junta. Es más, si nos atenemos a las comparaciones, hasta el gobierno de Griñán era mucho más feminista que el de Susana Díaz…

Que se cumplan la “paridad” y con las “cuotas” no significa nada si no se produce en paralelo una apuesta pragmática por situar a la mujer en los principales puestos de decisión -donde realmente se puede medir su impacto es en el día a día del ejercicio del poder- y si no somos capaces de reconocer que también el movimiento feminista tiene sus distorsiones. Me refiero, por ejemplo, a los lobbies feministas que terminan actuando como clubes de amigas admitiendo, excluyendo y rotando en función de filias y fobias.

Nada de lo que acabo de plantear es políticamente correcto. Ni feministamente admisible. Pero no sería responsable reclamar una política activa en defensa de la igualdad si no reconocemos los desajustes del camino.

Podemos arranca la próxima semana en Granada una ruta por todo el territorio nacional para recoger las “demandas de las mujeres” y conseguir que la formación política sea una herramienta efectiva capaz de cambiar el país “de dentro a fuera”… Suena a populismo, sí. Y a oportunismo, sí. Pero admitamos que no es una ocurrencia ni una casualidad. El (verdadero) feminismo necesita un debate sosegado y sincero. Porque el poder hay que ejercerlo desde el poder mismo y desde el simbolismo del poder.

Estriptis de transparencia

Magdalena Trillo | 31 de enero de 2016 a las 11:00

Siendo enólogo y fotógrafo, además de provocador ensayista y exuberante escritor, seguro que Mauricio Wiesenthal tiene un concepto bastante preciso de lo que significa la transparencia. La que no lleva letra pequeña; la que tiene que ver con la claridad y la evidencia; la que es contraria al secretismo, a las dudas, a la ambigüedad. El autor catalán, que precisamente acaba de publicar con Acantilado una apasionada y monumental obra sobre Rilke, sobre “el vidente” y sobre “lo oculto”, mañana estará en Granada para conversar con el periodista Alfredo Valenzuela en un nuevo ciclo de Diálogos literarios que ha organizado la UGR en La Madraza. Sería interesante saber qué opina este atípico intelectual “de etiqueta” sobre la transparencia en la vida pública. Sobre la competición de estriptis en que se han sumido las instituciones y los políticos de nuestro país en una absurda y acelerada carrera por recuperar la confianza de los ciudadanos. Sobre lo ridícula e inútil que resulta cuando ni es honesta ni lo pretende.

Dice Wiesenthal que “la verdad de un hombre entregado a un delirio está más cercana al escándalo que a la falsa ejemplaridad burguesa”. Habla del errante y rebelde poeta alemán que deslumbró hace un siglo con sus Sonetos a Orfeo pero su reflexión serviría para cualquiera de los personajes actuales que nos distraen maquiavélicamente con dobles discursos, con dobles varas de medir y con un desconcertante juego de focos que sólo hace límpido y cristalino lo que en cada momento interesa de forma estratégica y calculada.

Yo siempre he desconfiado de las personas que no tienen “delirios”. Del exceso de perfección; de la sobredosis de ejemplaridad. Me despiertan recelos las personas que nunca beben -ni una copa de buen vino-, que no caen ante un coulant de chocolate negro, que no tienen vicios. Grandes o pequeños, cuestionablemente saludables, pero humanos. Y es que la perfección no es más que un ideal, una aspiración, puro misticismo; lo consustancial al hombre es la imperfección. Pasiones. Debilidades.

mauricio
Dice también Wiesenthal que “un crítico sin humor es como un eunuco en un harén”; que “sabe siempre cómo hacerlo mejor” pero no puede “porque no tiene los medios”. ¿Se refiere a pontificar y dar lecciones? Porque es la regla de oro de la política actual… Unos no pueden y otros no quieren.

En realidad, el humor, vinculado a la franqueza, al reconocimiento de las propias limitaciones, al buen talante, a la mano izquierda, no es en realidad más que un síntoma de la transparencia. De la honradez y de la honestidad. Hasta de la lealtad. Y de nada sirve si vivimos castrados. Por acción o por omisión. Y en las mil y una formas en que podemos sucumbir.

Por todo esto me alertan los novedosos estriptis de transparencia. Por lo que tienen de escaparate. Por lo cerca que están de lo farisaico. Porque ocultan más que enseñan; porque arrastran demasiadas incapacidades y complejos y, siendo pragmáticos, porque la primera conclusión de la pasarela de exhibicionismo de los últimos meses es que sirven para muy poco.

Tanto ciega la oscuridad como el exceso de luz. Lo estamos viendo en las negociaciones para investir presidente y formar gobierno. Mucho más operativo sería que pactaran al margen del objetivo de las cámara sin estridencias y sin interferencias. En pro de la transparencia seguimos lo que dicen y lo que hacen, pero también lo que los demás interpretan que dicen y hacen y, tras la correspondiente tormenta de reacciones, lo que parece que han querido hacer y decir. Y todo tan volátil, confuso e inestable que los titulares no se sostienen ni un día.

Con la misma agilidad y contundencia con que el bipartidismo reformó en 2011 el artículo 135 de la Constitución para incorporar el principio de “estabilidad financiera”, puede que terminemos defendiendo ahora modificar el 99. Es el relativo al nombramiento del presidente del Gobierno y puede que hasta agradezcamos la nocturnidad y alevosía del acuerdo del bipartidismo de hace cuatro años si eso significa salir del rocambolesco e insufrible enroque en que están situados los dos líderes de los partidos más votados: Mariano Rajoy no puede y a Pedro Sánchez no lo dejan.

“Si transcurrido el plazo de dos meses, a partir de la primera votación de investidura, ningún candidato hubiere obtenido la confianza del Congreso, el Rey disolverá ambas Cámaras y convocará nuevas elecciones con el refrendo del Presidente del Congreso”. Es el apartado quinto del citado artículo, un texto que ya durante el proceso constituyente fue objeto de controversia y reiteradas modificaciones. Hoy, si en lugar de decir “a partir de la primera votación” fijara “desde la constitución del Congreso”, ya tendríamos fecha tope. Ya no habría unas negociaciones con “luz y taquígrafos” para todos los españoles y otras a puerta cerrada. Ya no tendrían tanto margen los estrategas para dilatar, para distorsionar, para desesperar.

Tengo las mismas tremendas dudas que todos ustedes, que ellos mismos, sobre lo poco que resolverían unas nuevas elecciones, pero es más que evidente que este procés (el español) está a un punto de la inanición. Y no hay nada mejor que un ultimátum (los catalanes nos lo acaban de demostrar) para que todos desvelen sus cartas. Las de verdad. Las últimas.

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Otra opción es darle sentido práctico a eso de que “el Rey reina pero no gobierna”. Aparte de aprenderlo en el colegio, podríamos esperar que también en el papel de la Monarquía haya cierta innovación en un momento inédito como el actual. ¿Terminará Felipe VI proponiendo a Pablo Iglesias a presidente? Mientras Rajoy no tiene apoyos y a Sánchez lo atan los barones, el candidato de Podemos afrontaría los nuevos comicios como presidenciable. ¿No sería más sensato que el Rey volviera a llamar a Rajoy y lo obligara a someterse a la sesión de investidura aun sabiendo que el único objetivo es poner el cronómetro a cero para las próximas elecciones? No sé si puede o debe, ¿pero no sería lo sensato?

No crean que lo de la moda de la transparencia se practica sólo en la liga nacional. Granada lleva meses pidiendo una reunión con Fomento para resolver el conflicto del AVE. El propio alcalde y la concejal de Urbanismo han reconocido públicamente el ninguneo de la ministra de Fomento. Tal vez ese haya sido su error: la transparencia; la sinceridad. Esta semana, de repente, sabemos por un comunicado del PP que Juanma Moreno y Sebastián Pérez se han sentado con Ana Pastor para acelerar la llegada de la Alta Velocidad.

 

Al alcalde lo avisaron del encuentro sus afines de Madrid y se dio por ‘no enterado’. ¿La foto de la transparencia o la foto de la maniobra? Si el interés de los granadinos está por encima del partido, por encima de los políticos, ¿no era esperable que de esa reunión saliese un compromiso serio con Granada? Que ellos expliquen si es normal que el alcalde de la ciudad no estuviera sentado en la mesa. Si no quiso ir, si nadie lo invitó… Yo sólo les planteo una pregunta: ¿no preferirían que no hubiera foto y saber cuándo podremos coger el AVE?

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La nostalgia del cambio

Magdalena Trillo | 1 de febrero de 2015 a las 11:17

Elija el “cambio” que más le interese, póngale el rostro que más le apetezca y vaya pensando a quién votar el 22 de marzo. Tanto hemos prostituido y distorsionado la palabra que todo cabe en seis caracteres: la derecha que quiere acabar el “régimen socialista” con la “oportunidad de cambio” que representa Juanma Moreno, los ‘susanistas’ que se encomiendan al indiscutible liderazgo de su secretaria general para esquivar el declive de sus propias siglas sin que se note que son los ‘mismos’ los que llevan tres décadas gobernando en Andalucía, los damnificados de IU que han visto cómo Podemos se apropiaba de su programa, de sus militantes y de su espacio electoral al mismo tiempo que eran ‘desahuciados’ de San Telmo y, por supuesto, los ‘extremistas’ de Podemos a los que se intenta demonizar como un peligroso virus capaz de frenar la esperanzadora recuperación mientras ellos, con su “marcha por el cambio”, vuelven a demostrar a pie de calle que tienen el apoyo de la gente.

La pregunta que muchos analistas se hacen estos días es si Pablo Iglesias despierta la misma ola de simpatía y complicidad ciudadana que en los 80 logró aquel jovencísimo Felipe González que, con su pelo desenfadado, sus pantalones de campana y su chaqueta de pana, surgió de Suresnes suscitando tanto temor en la esfera empresarial como hoy desata ‘El coletas’ en los mercados. Porque entonces también eran radicales, provocadores e ilusos. La dosis de mercadotecnia tal vez fuera menor pero también la sociedad española era otra. Si tenemos en cuenta el cambio generacional, el letargo de entonces y la sobreexposición mediática de ahora, puede que lleguemos a una radiografía muy similar.

Y seamos realistas. En frente de Pablo Iglesias no está Pedro Sánchez, está Susana Díaz. Hacía demasiado tiempo que los socialistas no recibían el calor de la calle y el motivo es sólo uno: esa ‘fontanera’ felizmente embarazada que tan nervioso ha puesto al PP. Los selfies se unen a besos y abrazos (¿no va a coger la gripe con tanta exposición?) haciendo más nítida la respuesta. La presidenta lo sabe. Es su mejor encuesta. Ha conectado con los andaluces y está convencida de que va a tener ‘su’ oportunidad. El ‘efecto Susana Díaz’ es tan potente en cualquier pueblo de nuestra comunidad como lo es el ‘efecto Podemos’ en las ciudades. Si la astucia y la estrategia es un valor en política, ella va tan sobrada como Pablo Iglesias de oratoria.

Esta misma semana volvió a demostrarlo en Fitur cuando se unió con exultante naturalidad a la comitiva real y luego no cayó en la ‘trampa’ que le habían preparado en el stand de Granada: nada de desplantes, le zampó dos efusivos besos a Sebastián Pérez, hizo campaña en territorio hostil y allí los dejó… Unas horas antes, era el propio presidente del Gobierno el que despertaba del “letargo invernal” -Susana Díaz casi le contestó en directo a las acusaciones de que va a utilizar Andalucía de “trampolín” para disputarle La Moncloa- para despejar el camino a su ¿sólo “prometedor”? candidato para Andalucía.

Pero, sinceramente, no sé si le ayudó o se lo puso más difícil. Juanma Moreno todavía no ha convencido ni a los suyos de que es el cabeza de cartel que necesitan cuando tienen que enfrentarse a una líder nata y convencer de que la oposición en nuestra comunidad ni está en manos de la juez Alaya ni necesita que se la hagan desde Madrid.

Después del espoleo de Aznar, tal vez haya entendido Rajoy que va tener que bajar a la arena política, tomar decisiones -¿cuánto más tienen que esperar ¡los suyos! para saber si están dentro o fuera de la partida?- y explicar mucho mejor si en su hoja de ruta realmente está la opción de victoria. Sigo sin ver razones claras para el adelanto, pero bienvenida sea la campaña si logramos que aflojen el cinturón, que nos ‘animen a votar’ restituyendo algo de lo perdido y nos devuelvan la ilusión de creer que un cambio real es posible.

Cuando Felipe González protagonizó la ‘movida’ de los 80, los que hoy se disputan la batuta de la transformación estarían estrenando la EGB. A todos nos interesa que 2015 sea un año para sumar, no para restar, y que el ‘cambio’ que todos enarbolan vaya más allá del relevo generacional. Sin la volatilidad de la moda y sin la nostalgia de lo que fue.

Quiénes son los moderados

Magdalena Trillo | 25 de enero de 2015 a las 10:06

Grecia no es España pero son múltiples las pistas que hoy nos llegarán desde Atenas sobre el incierto escenario político que acecha a Europa tras siete años de larga crisis y suicida austeridad. El pueblo helénico acudirá a las urnas para decidir si planta cara a la Troika y entrega las riendas del país al Podemos del sur: 9,8 millones de ciudadanos podrán elegir entre 18 partidos y 4 coaliciones aunque son sólo 7 las formaciones que tienen opciones reales de entrar en el Parlamento. El favorito es el Pablo Iglesias griego. Alexis Tsipras, al frente de Syriza, estrenará el intenso año electoral que viviremos en 2015 y que, con toda seguridad, transformará el actual mapa ideológico europeo entre el ascenso ‘ultra’ y el fin del bipartidismo. Las presidenciales griegas arrancan hoy a las 7 de la mañana y luego le tocará el turno a Reino Unido, Francia, Suecia y, por supuesto, España. La economía y la política migratoria, marcada por el fantasma yihadista, serán claves en un momento de desconfianza y descontento generalizado.

El izquierdista Tsipras busca una mayoría absoluta que le permita gobernar en solitario y lograr que “la democracia vuelva al país donde nació”, “recuperar la autonomía en Europa” y “restaurar la dignidad del país”. Innegable el populismo del que ya se ve como primer ministro pero no tan extremista como se ha dibujado a ese carismático estudiante que, desde sus revolucionarios primeros años dentro del Partido Comunista, ha tenido un ascenso meteórico para situarse como líder de la oposición y gran esperanza de cambio. Y ello a pesar de las muchas turbulencias que sus propuestas sobre la deuda y el euro han desatado en los mercados y el miedo que ha infundido en los socios de la UE alineados a Berlín.

La realidad es que la cercanía al poder atempera con tanta fuerza como su pérdida lleva a la radicalización. Al mismo tiempo que Tsipras ha ido moderando su discurso, similar al giro emprendido por Podemos en España, el conservador Samarás ha virado a la derecha, ha endurecido el tono y se ha refugiado en la campaña del miedo. Con una afonía tal vez profética sobre su propio futuro, ha terminado los mítines advirtiendo de que “Tsipras quiere convertir Grecia en Corea del Norte“. Al frente de Nueva Democracia, sufridor del quebradizo bipartito que se ha despeñado tanto como lo han hecho en las encuestas sus socios socialistas de Pasok, asegura que continuará con las reformas estructurales, pero promete poner fin al rescate y una progresiva bajada de impuestos.

Toda Europa mira a Tsipras y a Samarás pero tal vez lo más interesante se juegue en un escalón inferior. Dejando de lado la inevitable y estable cuota de los neonazis de Aurora Dorada, la llave de gobierno en un escenario sin mayoría absoluta la puede tener To Potami. Los moderados. Son los últimos en llegar. El partido de Stavros Theodorakis nació en marzo con el objetivo de unir a todos los descontentos de centroderecha y centroizquierda y sorprendieron en las Europeas con dos escaños. El Río, traducido al español, fue fundado por un popular presentador de televisión ajeno a la “casta” con un discurso que recuerda mucho a los argumentos esgrimidos por UpyD y Ciudadanos en el tablero nacional: clases medias, profesionales liberales y voto urbano son el ‘público’ al que pretenden convencer con un programa electoral proeuropeo y cosmopolita que se ha diseñado más para pactar que para gobernar. Y ya han anunciado que están dispuestos a “sentarse a hablar” con cualquiera que no busque “una vuelta al dracma”.

En España, si como ya ha decidido Susana Díaz “es la hora de los andaluces“, la primera oportunidad para castigar y premiar la tendremos el próximo 22 de marzo, dos meses antes de las municipales y a casi un año de las generales. Aquí sí hablamos de un adelanto electoral en toda regla -la convocatoria de Mas y Junqueras en Cataluña para septiembre ha terminado pareciendo un retraso- y aquí sí podremos pulsar la caída real del bipartidismo y el empuje de las nuevas formaciones.

La presidenta lo anunciará previsiblemente mañana y, no nos engañemos, claro que el trasfondo es político y electoral. ¿Algunos comicios no lo son? Será por el “interés de Andalucía” pero lo que sostiene y justifica cualquier convocatoria es estrategia y oportunidad. Con unos presupuestos aprobados, la percepción de “inestabilidad” es más que relativa y, por supuesto, subjetiva. Si el pánico al descalabro electoral no se hubiera apoderado de IU, más comprensible resultaría que las asperezas y discrepancias se hubieran limado en los despachos como se ha hecho hasta ahora. Pero los tiempos electorales son otros y, evidentemente, por mucho que descoloque al resto de partidos, es el PSOE quien tiene en estos momentos la potestad y legitimidad de convocar elecciones.

No tengo tan claro, sin embargo, que el adelanto vaya a beneficiar a los socialistas. Serán los primeros en recibir los mensajes de indignación popular y no deberían descartar que las dificultades del bipartito actual se multipliquen por tres o por cuatro con un PSOE y PP alejados de la mayoría absoluta y pendientes del éxito final de Podemos, UpyD o Ciudadanos y el hundimiento -o no- de una Izquierda Unida manifiestamente molesta con el adelanto a la que será aún más complicado contentar.

Obviamente, los resultados tendrán consecuencias más allá del escenario regional. Si Pedro Sánchez está acosado por la sombra de Susana Díaz, Rajoy no se libra de las amenazas de Bárcenas y la presión de Aznar: ¿Dónde está el PP? ¿Aspira realmente a ganar? Los populares sabían que la convención nacional iba a ser ‘movida’ pero tal vez no previeron la dura irrupción del ex presidente espoleando a los dirigentes del partido y reclamando un rearme ideológico.

Volvamos a Grecia. No serán lo mismo pero se parecen: unos virando a la derecha azuzando la campaña del miedo, otros prometiendo el cambio desde la izquierda y todos disputándose “la virtud del centro”. Justo esta idea enmarca el primer capítulo de la serie danesa Borgen, una más que adictiva propuesta televisiva que arranca con la proclamación de la moderada Birgitte Nyborg como primera ministra tras tumbar todas las encuestas y que tiene al temible Maquiavelo de asesor de cabecera: “El príncipe no debe tener más objetivo ni pensamiento que el de la guerra y sus reglas y disciplinas”, “El príncipe ha de saber que es más importante ser temido que amado”.

La pregunta que yo me haría en España, pero también en Andalucía y por supuesto en Granada, es dónde están los moderados. Es decir, qué partido, qué líder, será capaz de apropiarse del mensaje de la prudencia y la moderación y convencernos -o no- de que “la virtud está en el centro”.

Presunción de culpabilidad

Magdalena Trillo | 2 de noviembre de 2014 a las 10:16

Lo bueno de la doctrina católica, esa que con tanta vehemencia siguen desde la derecha y tanto protege la izquierda cuando gobierna, es que siempre deja una salida honrosa a los pecadores. Lo recordarán de los obligados años de catequesis: examen de conciencia, acto de contrición, confesión de los pecados, propósito de enmienda y penitencia. Superados los escalones del purgatorio, no hay que pasar la vergüenza pública de pedir perdón, se evita la ‘pena del telediario’ y no hay que soportar una estancia entre rejas para aspirar a la salvación. Por muy grave que sea el comportamiento, de pensamiento, palabra, obra u omisión, la Iglesia resetea nuestra conciencia.

Entre el escándalo de la nueva ‘trama Gürtel’ que se ha destapado esta semana en Madrid y el ex ministro Acebes dando explicaciones al juez por la caja B del PP, el presidente del Gobierno no ha tenido más remedio que reconocer lo que el resto de españoles ya sabíamos: la indignante corrupción política que soporta el país. Pero dice Rajoy que “no hay impunidad”. ¿No? Tal vez lo pueda defender en ese reino de los cielos que los grandes partidos no tienen ni idea de cómo blindar ante el ‘asalto’ que planea Podemos, pero es bastante más que discutible en el terrenal. Bastaría con calcular quiénes están realmente en prisión -otro debate es en qué condiciones de exclusividad y por cuánto tiempo- y cuantificar cuánto dinero se ha recuperado hasta ahora del saqueo, la estafa y la extorsión.

En apenas seis meses, la Policía Nacional ha abierto 1.100 investigaciones contra la delincuencia económica. Un simple dato que sumar al mapa de la corrupción, esa ‘nueva España política’ repleta de reventones chorizos que circula por las redes y que no deja de ser reflejo de sus excesos (ellos sí que han vivido por encima de sus posibilidades) y de nuestro propio fracaso colectivo.

Siempre que se produce una tragedia, desde los accidentes aéreos y ferroviarios a la crisis del ébola, concluimos que ha habido una inesperada concatenación de errores. Todo lo que podía salir mal salió mal. Aplíquenlo a los corruptos: la obsesión por el lujo y la riqueza, el fatídico ejemplo de éxito del ‘listo’ del vecino y, sobre todo, la oportunidad. Falla la persona y fallan los controles. La tentación los hace a todos un poco más iguales.

Los partidos llevan meses contraponiendo a la ira ciudadana promesas de transparencia y regeneración. Palabras vacías sobre palabras vacías. Ahora toca pedir perdón y clamar por la refundación… el propósito de enmienda… Hay hasta quienes están dispuestos a renegar de su propio nombre e identidad (Valls quiere eliminar la palabra “socialista” del partido en Francia) o diluirse bajo el paraguas de unas siglas mejor vistas como planea IU con Ganemos. Pero, allí y aquí, siguen siendo palabras y estrategias electorales. Intenciones poco creíbles. Hemos transformado el “y tú más” en el “y yo más” para seguir jugando a la dialéctica. Ya no se sostiene aquello de que “todos no somos iguales” del mismo modo que hemos transformado la presunción de inocencia en la presunción de culpabilidad: todos sospechosos hasta que demuestren lo contrario.

¿Es una irresponsabilidad clamar que “todos son iguales”? Tal vez. Pero el riesgo de quiebra es mayor si siguen sin escuchar. Y no sólo los que acabarán en el Soto del Real como ocurrió el viernes con el ex consejero madrileño Francisco Granados. También los pequeños. Porque tanta ira suscitan los de los paraísos fiscales como los que se dedican al trapicheo. También hay que acabar con la corrupción de poca monta, con las puertas giratorias de recolocación, con los favoritismos y el enchufismo en las instituciones, con los facturas infladas y las facturas falsas, con las comidas de amigotes que pagamos usted y yo… Hagan la prueba y piensen en su entorno: ¿Cuántos casos de desmanes conocen de cerca? ¿A cuántos aprendices de corruptos?

Pero no todo está perdido. Hoy mismo publicamos un amplio informe sobre el control de los gastos de representación en las cajas y administraciones locales que parece llevarnos a un escenario de esperanza tras la expiación: no hay tarjetas de uso discrecional y se audita hasta el último euro. Seguro que hay rendijas, pero los controles y la actitud han cambiado. No gracias a ellos; por nosotros. Bienvenidos los ciudadanos que no ‘pasan’ de la política y están ejerciendo un implacable papel de ‘quinto poder’.

Mapas a ninguna parte

Magdalena Trillo | 21 de septiembre de 2014 a las 12:30

Dice José Carlos Rosales que escribir es como construir una habitación para que el lector coloque sus muebles, sus recuerdos, sus fronteras… En su último poemario nos invita a transitar por los territorios como buzos incorregibles, por los físicos y por los anímicos, por los del tiempo y los del espacio, sin saber muy bien si vas o vienes, si es un aire revuelto y huracanado el que guía tus pasos o una brisa leve que nunca lograría agitar una bandera: “El aire de los mapas depende del que mira y los que miran mapas ven más de lo que miran, a veces son capaces de saber el futuro, futuro imaginario, parecen quiromantes, imaginan países, movimientos de tropas o de nubes, el lugar donde estuvo la gloria falseada”.

Siempre he pensado que con los poemas ocurre como con las canciones, como con el arte, nos los apropiamos, los reinventamos y decidimos su sentido y su significado como quien confecciona un traje a medida. Nosotros, los lectores, el público, y los sesudos críticos que publican kilos de papel diseccionando hasta el último suspiro del creador. Y el aire de los mapas ha llegado a las librerías justo cuando cuatro millones de escoceses acudían a las urnas para decidir si cambiaban el suyo, si levantaban una frontera de las de verdad, con aduanas y aranceles, que volviera tangible esa otra invisible e imprecisa que llevaban trescientos años cruzando.

Me temo que estoy leyendo poesía ‘contaminada’ de política, de lecturas interesadas de la historia y de irresistibles cantos de sirenas… Los escoceses han dicho no y toda Europa ha respirado. En España el Gobierno de Rajoy ya tiene su coartada y el de Artur Mas, también. Todos ganan y todos pierden, como en las elecciones. Con una ingeniería de oratoria tan críptica y oportunista como la de los balances económicos, los presupuestos y los repartos de fondos autonómicos. Nadie lo entiende y todos ven lo que quieren ver.

Estoy segura de que al poeta granadino, cansado como se declara de “tanto fraude histórico y moral”, jamás se le ocurriría conectar la pureza de sus mapas con esta época de falsificación y espectáculo en la que los políticos también se han lanzado a cruzar cualquiera frontera sumándose al infoentertainment como improvisados actores en un escenario que va de la sátira al ridículo. No sé si la llamada del líder socialista a Sálvame es valentía o despropósito, si es un símbolo de los nuevos tiempos o es un intento desesperado de ganar a ese Pablo Iglesias que todos denostan y todos parecen querer imitar en la resbaladiza arena del populismo.

En mi ‘habitación’, como ven, cabe la política y la poesía. Y la imaginación. Y, por qué no, el divertimento. Ese mismo que destila la última obra de Milan Kundera. Si lo recuerdan por La insoportable levedad del ser no dejen de leer La fiesta de la insignificancia; “porque la insignificancia, amigo mío, es la esencia de la existencia. Está con nosotros en todas partes y en todo momento…” Se lo podríamos recomendar al Artur Mas quiromante para que no se pierda en sus mapas de ficción y no nos arrastre, para que aprenda a reconocer la insignificancia y “a amarla en toda su evidencia, en toda su inocencia, en toda su belleza”.

Porque es otro personaje más atrapado en las nadas cotidianas de la comedia humana que construye el escritor checo para reírse de los tics de nuestra época y denunciar, también, el totalitarismo. Hace mucho que lo escribió Albert Camus en El primer hombre: “Lo que los nacionalistas inesperados disputaban a las otras nacionalidades no eran el dominio del mundo o los privilegios del dinero, sino el privilegio sobre la servidumbre”.

Veo en su gran obra inconclusa un demoledor tratado sobre la búsqueda de la moral y la verdad desde la insignificancia pobreza: esa que sólo entiende de nombres comunes; esa que se une a la ignorancia y “vuelve la vida más dura”; esa que “no se elige pero puede conservarse” como una “fortaleza sin puente levadizo”; esa que hace de los hombres “seres sin nombre y sin pasado”.

En la maleta que este verano llevé a Escocia iba el libro de Camus. Sobre sus palabras yo también he construido mi ‘habitación’. Pero con las variaciones de este hoy de pobreza, de cuerpo y de espíritu, tan implacable la real como amarga la sentida, que apenas nos deja tiempo para darnos cuenta de que los mapas, a veces, no llevan a ningún sitio. De que los mapas, a veces, son faros sin luz que nos llevan al sitio equivocado.