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Las costuras de Peter Pan

Magdalena Trillo | 2 de octubre de 2016 a las 10:39

Sin saberlo, empecé a escribir este artículo hace una semana en el Crucero del Hospital Real. La Universidad abría oficialmente el curso lectivo con el multicolor ritual de togas y birretes que cada año sepulta en Granada el último suspiro del verano. Dentro, la tradicional jornada de discursos y compromisos hilvanando cifras, obligaciones y deseos; fuera, un puñado menguante y desubicado de manifestantes sin más fuerza que una tira de consignas manidas y un estruendoso altavoz.

Casi al final del acto, las inmensas cortinas que arropaban la tribuna de oradores irrumpían en el acto balanceando el solemne cuadro del Rey que presidía la sala. Ni la rectora ni el consejero se percataron; al otro lado, las decenas de autoridades y políticos que llevaban toda la mañana pegados al móvil levantaron la mirada. Era una señal.

pedro sanchez

Pedro y Susana en Granada. Otros tiempos… en apariencia

Pedro Sánchez había puesto en marcha la operación trinchera. La resaca por el descalabro socialista en las elecciones del País Vasco y Galicia fue una más; sin autocrítica, sin consecuencias, sin revulsivo. El anuncio en la ejecutiva del lunes era una nueva huida hacia adelante: primarias el 23 de octubre y congreso federal en diciembre. Después llegaría su insensato órdago a los críticos para que dimitieran si realmente no iban de farol, las costuras se abrieron con la fulminante aparición de Felipe González acusándole públicamente de haberlo engañado -un líder sin liderazgo y sin palabra- y el desgarro entre pedristas y susanistas llegaría hasta el último de los militantes con un electorado atónito temiendo ya ir a votar por tercera vez en once meses el día de Navidad. Porque no son sólo los socialistas de carné los que siguen, perplejos, la ruptura del PSOE en una tormenta perfecta de crisis: la interna de los rostros, el poder y los sillones, la arrastrada de las ideas y los mensajes de la socialdemocracia europea y la enquistada de un país sin Gobierno.

“Entre el corazón y el cerebro”. Probablemente estas dos sencillas palabras sinteticen todas estas crisis. Lo son cuando Rajoy proclama “yo o el caos”, lo son cuando Pedro Sánchez amenaza “yo o Rajoy” y lo son cuando simplificamos en un esquema de bandos y bandas, de buenos y malos, el escenario de mayor complejidad al que se ha tenido que enfrentar este país en toda la democracia.

El profesor Vila Castellar tituló así su discurso de apertura del año universitario haciendo referencia a la neurociencia afectiva. Pero nada hay más cercano a la política que la psicología… Proféticamente, el último apartado de su intervención parecía escrito para Pedro Sánchez: “Más allá de la supervivencia”. El catedrático nos recordó que fue el Nobel de Medicina Roger Sperry quien certificó que el cerebro no había evolucionado para producir “vida mental” sino para facilitar la “adaptación y la supervivencia” defendiéndonos de los peligros.

El lunes me preguntaba si Pedro Sánchez sería un prototipo de la paradoja neurótica; hoy, tras una semana de suicida caída libre, no: “La idea de supervivencia es difícil de entender cuando las emociones pasan de ser adaptativas a “desadaptativas”. Ocurre en los trastornos de ansiedad cuando las respuestas defensivas dejan de ser protectoras para convertirse en “autodestructivas y fuente de sufrimiento” y ocurre también en los trastornos obsesivo-compulsivos cuando “las reacciones defensivas persisten a pesar de sus consecuencias negativas”. Es lo que David Barlow llama la “sombra de la inteligencia”. Es lo que, aún hoy, los psicólogos clínicos combaten sabiendo lo “difícil” que es el éxito.

En Pedro Sánchez, a la paradoja neurótica de la supervivencia se une un factor genético y ambiental. Lo pensaba la noche del viernes cuando comparecía -autista- ante los medios para decirnos que, si no gana, se va. Prometió, otra vez, un gobierno progresista trasversal alternativo a Rajoy pero no desveló cómo iba a lograr -esta vez- que sumara la aritmética. Ni cómo pensaba sentar en una mesa a Podemos y Ciudadanos con los independentistas de invitados de honor.

Cualquier militante suscribiría su plan si fuera viable. Cualquier votante. Hasta en el PP habrá cientos de españoles que quieran dar una oportunidad de regeneración a su partido colocándolo en la oposición. El problema es que la alternativa no es real. Son palabras y deseos. Populismo y demagogia. Es Pedro Sánchez en el mundo de Peter Pan. Materialmente tal vez no encaje en esa generación sobradamente preparada del baby-boom de los 70 sobre la que tanto se ha escrito; emocionalmente es el paradigma. No sólo lo dice su fecha de nacimiento.

Como decíamos ayer

Magdalena Trillo | 4 de septiembre de 2016 a las 10:55

Llevan razón: el título de la columna no invita a leer. No cuando hemos superado el ecuador del año con ‘más de lo mismo’. En stand by. Sumidos en un inaudito bucle de no-noticias y sin expectativas de salida. Al contrario. Lo más sorprendente del impasse vacacional es que ha tenido un efecto regresión. Fracasó la utopía de la gran coalición, fracasó Pedro Sánchez con su solemne ‘pacto del abrazo’ y ha fracasado Rajoy con su distopía posibilista. ¿Y ahora?

Les sintetizo los escenarios: 1. Que las elecciones vascas y gallegas del 25 de septiembre provoquen una convulsión en los partidos y a Rajoy le dejen formar un gobierno de mínimos. 2. Que el PP se inmole y proponga un candidato alternativo que ponga en marcha la legislatura. 3. Que los barones socialistas den un paso adelante y eliminen el fantasma de las urnas obligando a su líder a dejar pasar. 4. Que volvamos al fallido intento de gobierno a tres bandas entre rojos, morados y naranjas -y el apoyo puntual de los nacionalistas- con el enésimo intento de Pedro Sánchez de ser presidente con la estrategia del mestizaje. 6. Que haya un pacto de urgencia para reformar la ley electoral y evitar que las terceras elecciones sean el 25 de diciembre -iríamos a votar el 18 y se acortaría una semana la campaña-. 7. Que se apruebe una reforma de mayor calado que cambiara por completo las reglas del juego: nueva cita electoral pero con segunda vuelta. A las urnas el 25-D pero con una seguridad: al estilo americano o francés, la última palabra la seguiremos teniendo nosotros.

En este rápido estado de la cuestión, sería incapaz de fijar una progresión de probabilidad. Hasta sería arriesgado aventurar si hay una salida distinta a lo que ya parece estar escrito: terceras elecciones el día de Navidad con un resultado similar al 20-D y 26-J y vuelta a los despachos. Vuelta a empezar.

En los manuales no escritos del articulismo, las primeras columnas de septiembre se reservan a los retos y novedades del inicio de curso. Pero nada se dice de años como éste en que no hay nada que iniciar. Ni siquiera que reiniciar. Menos aún cuando es todo un país el que ha quedado bloqueado, noqueado, rehén, de una suerte de Cofradías del Santo Reproche. Lamentablemente, no son los poéticos 19 días y 500 noches de Joaquín Sabina; son muchos más: son meses viviendo de la inercia. Son 300 días sin gobierno; son 500 días de aislamiento ferroviario.

Lo relaciono porque todo tiene relación. Y porque gracias a la Física sabemos que el movimiento pendular no es infinito. España ha funcionado -al margen de si bien o mal- porque había un presupuesto, esa misma hoja de ruta que da oxígeno a las autonomías y a los ayuntamientos. Desde este verano, lo que tenemos es un cerrojazo contable con consecuencias en cadena. De Madrid al último de nuestros pueblos. Los recientes datos macroeconómicos dicen que España “va bien” sin Gobierno. Al otro lado de este revival aznariano están los informes que advierten de que se está creando una nueva burbuja inmobiliaria y avisan de lo frágil que es vivir en el mundo feliz del turismo. Sin caer en la tentación de comprar al PP su tesis de “ellos o el caos”, debería bastar con recurrir a la sabiduría popular para inferir que “todo tiene un límite”. También el desgobierno.

Granada va a salir del verano mucho peor que estaba. Una provincia sin AVE y sin trenes empeñada en alejar la posible solución. Una capital sumida en viejos y nuevos atascos – el nudo en la Ronda Sur con la apertura del hospital del PTS y el Centro Nevada en otoño será monumental-, con previsibles dudas sobre la puesta en funcionamiento del Metro y con la certeza de que la LAC llegó para quedarse… que no podemos “tirar los autobuses al río”.

A falta de comprobar si el final de la era del botellódromo es el inicio de la era del microbotellón, a la espera de saber si de verdad llegará el legado de Lorca y pendientes de conocer la letra pequeña del Eje de Desarrollo, Granada no deja de ser un laboratorio a escala local de la inestable y compleja política que se vive en Madrid. No se pueden levantar las persianas sin presupuestos. Hasta la más insignificante decisión de gasto e inversión forma parte de un engranaje superior. Podemos plantarnos en un tren chárter en la capital de España para protestar por el aislamiento ferroviario pero poco avanzaremos si no hay dinero sobre la mesa. La triste y fría realidad de los números. Como decíamos ayer…

Refundación en cascada

Magdalena Trillo | 14 de febrero de 2016 a las 11:16

Hace casi una década que Sarkozy se atrevió a proponer la “refundación” del capitalismo. El mundo que se había levantado sobre la caída del Muro de Berlín, creyendo que la democracia y el mercado arreglarían por sí solos todos los problemas, había llegado a su fin. Languidecía la utopía de la sociedad del bienestar. Lo mismo que la falacia de la autorregulación. Había que reconstruir todo el sistema financiero internacional “partiendo de cero”. Había que refundar el capitalismo sobre bases éticas. Sobre el valor del esfuerzo, el trabajo y la responsabilidad. Había estallado la crisis.

Del sueño nos despertó entonces Lehman Brothers y ahora tal vez lo haga de la “recuperación” la caja negra del Deutsche Bank. Y los ‘cocos’. No es nostalgia infantil; son un tipo sofisticado de preferentes que responden al anglicismo “contingent convertible bonds” y que, con rentabilidades altísimas y “estables” de hasta un 8%, han estado respondiendo estos años a la insaciable avaricia de unos y a la irrefrenable ingenuidad de otros. Rastreando sobre el tema, localizo un artículo de Juan Ramón Caridad en la prensa especializada ironizando sobre la capacidad del homo economicus para tropezar “más de dos veces” con la misma piedra -una vez más, todo es seguro hasta que deja de serlo- y termina con todo un aforismo: “No hay más sordo que el que no quiere oír”.

Vivimos en una absoluta contradicción. Justo la semana en que los científicos han demostrado que somos capaces de “oír el cosmos”, después de tardar todo un siglo en ser capaces de detectar en un laboratorio la última de las grandes predicciones de Einstein sobre la Teoría de la Relatividad, constatamos la existencia de las ondas gravitaciones para tal vez inferir que, de momento, son otras las perturbaciones, las supernovas y los agujeros negros de los que nos tenemos que preocupar.

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Todo está interconectado. El hallazgo de los investigadores del MIT, que comienza con dos agujeros negros de 29 y 36 veces las masa del Sol “bailando un vals” hasta que se fusionaron hace 1.300 millones de años cuando la vida pluricelular colonizaba la Tierra, será uno de los grandes hitos científicos de la década por el cambio de paradigma que supone y por la “nueva puerta” que nos abre al Universo. Porque a la forma de mirarlo que heredamos de Galilleo le hemos sumado una sorpresiva manera de oírlo… Ciertamente, ¿no es un problema de visión el que arrastra hoy, no ya el capitalismo, sino el modelo mismo de democracia imperfecta que seguimos mitificando obviando las ondas que nos hablan de sus fallos y su fragilidad? ¿No es un problema de no saber escuchar el que tienen los políticos con la ciudadanía, los aparatos de los partidos con sus bases? ¿No es a bailar, buscando pareja a la desesperada, a lo que nuestros no-líderes se han dedicado desde el 20-D?

El espacio-tiempo importa en política y economía tanto como en la ciencia. Les pongo un ejemplo más cercano: la historia de los titiriteros sería diametralmente diferente si el paisaje no fuera Madrid y el tempo no lo marcara Manuela Carmena y los irreverentes de la coleta. Entre el exceso judicial y la distorsión mediática, dos insignificantes actores de los círculos del 15-M se han convertido en excusa para una instrumentalización política y una burda manipulación que, más que sobre un delito de apología del terrorismo y de incitación al odio, se sostiene sobre una inaudita cadena de errores.

El público infantil no era su público pero tampoco un teatro público municipal era su sitio. No debieron ser contratados de igual modo que ellos nunca debieron subir el telón. ¿Dónde empieza y termina la responsabilidad? ¿Nueva política? En Baleares se daba la consigna de contratar a Urdangarín y “no preguntar” y no parece un mensaje muy diferente el que se está lanzando desde quienes, de momento, ni siquiera han sabido llegar.

Unos lo llaman “regeneración” y otros “limpia” y “refundación” pero, como en las ondas gravitacionales de Einstein, lo que empezamos a gestionar ahora es el eco de los agujeros negros pasados.

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En el PP ya se ha puesto el reloj a cero para reconstruir el partido de arriba abajo. El tiempo institucional de Rajoy acabó el día que le dijo ‘no’ al Rey para la investidura y la incontrolable tormenta de corrupción que azota al partido no puede tener más recorrido que una progresiva asunción de responsabilidad. Tanto es así que, entre la militancia, se extiende la convicción de que sólo podrá salvarse el PP y volver a recuperar la confianza del electorado si la convulsión es absoluta. En este contexto, ocupar la oposición es un paso hasta necesario para rearmar al partido y situarlo con posibilidades de gobierno para dentro de dos años.

Al día siguiente de las elecciones nacionales, no pocos dirigentes del PP daban ya por seguro que gobernaría Pedro Sánchez -en la historia de este país la izquierda ha gobernado siempre que ha podido por muy difícil que haya sido la aritmética del pacto- e incluso se atrevían a vislumbrar el plazo de vigencia del pacto: 2018. El PSOE resistiría este año y podría gobernar en 2017 prorrogando presupuestos. Entonces se acabaría su aventura y sería un tiempo más que suficiente para que un PP “renovado” recuperara el poder.

En las filas socialistas se hará de abajo arriba, con debate y con puertas abiertas pero el resultado no diferirá demasiado. En este caso no es el pasado el que marcará el movimiento sino un futurible. La investidura de Pedro Sánchez como presidente del Gobierno determinará el grado de convulsión -¿vuelta a los dos bandos con pedristas y susanistas?- y la intensidad de las turbulencias locales.

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En Granada están garantizadas en cualquier escenario: a las ondas nacionales se une un creciente malestar con la gestión de Teresa Jiménez al frente del partido con una crítica de “desintegración” compartida y con dos recientes puntos de inflexión: el intento de colocar a Manuel Pezzi en la Alhambra y la decisión de situar a Elvira Ramón como cabeza de lista al Congreso.

Aunque hace ya seis años Álvarez de la Chica le entregó la secretaría general “gratis” -nadie de su equipo se salvó y son muchos los que siguen sin entender el ostracismo al que se relegó a valores del partido como Martínez Caler, Jesús Huertas o Juanma Fernández-, es su gestión “personalista” y de “camarilla” actual la que ya se critica abiertamente y se sitúa en la base de la actual fractura del partido. Ahora vivimos una aparente normalidad pero la batalla por la Diputación fue un aviso a navegantes y una antesala de la tormenta que se desatará después del verano cuando se celebre el congreso provincial.

Para conocer la intensidad de las ondas, tendremos que esperar a que Jiménez desvele si optará a la reelección, si intentará una operación de continuidad y, sobre todo, saber los nombres y posicionamientos finales de quienes ya hoy están moviendo los hilos del cambio. Pero es más que evidente que el ruido se oirá.

A derecha y a izquierda, con diferentes puntos de partida y de llegada, la refundación será en cascada y ya está en marcha.

Estriptis de transparencia

Magdalena Trillo | 31 de enero de 2016 a las 11:00

Siendo enólogo y fotógrafo, además de provocador ensayista y exuberante escritor, seguro que Mauricio Wiesenthal tiene un concepto bastante preciso de lo que significa la transparencia. La que no lleva letra pequeña; la que tiene que ver con la claridad y la evidencia; la que es contraria al secretismo, a las dudas, a la ambigüedad. El autor catalán, que precisamente acaba de publicar con Acantilado una apasionada y monumental obra sobre Rilke, sobre “el vidente” y sobre “lo oculto”, mañana estará en Granada para conversar con el periodista Alfredo Valenzuela en un nuevo ciclo de Diálogos literarios que ha organizado la UGR en La Madraza. Sería interesante saber qué opina este atípico intelectual “de etiqueta” sobre la transparencia en la vida pública. Sobre la competición de estriptis en que se han sumido las instituciones y los políticos de nuestro país en una absurda y acelerada carrera por recuperar la confianza de los ciudadanos. Sobre lo ridícula e inútil que resulta cuando ni es honesta ni lo pretende.

Dice Wiesenthal que “la verdad de un hombre entregado a un delirio está más cercana al escándalo que a la falsa ejemplaridad burguesa”. Habla del errante y rebelde poeta alemán que deslumbró hace un siglo con sus Sonetos a Orfeo pero su reflexión serviría para cualquiera de los personajes actuales que nos distraen maquiavélicamente con dobles discursos, con dobles varas de medir y con un desconcertante juego de focos que sólo hace límpido y cristalino lo que en cada momento interesa de forma estratégica y calculada.

Yo siempre he desconfiado de las personas que no tienen “delirios”. Del exceso de perfección; de la sobredosis de ejemplaridad. Me despiertan recelos las personas que nunca beben -ni una copa de buen vino-, que no caen ante un coulant de chocolate negro, que no tienen vicios. Grandes o pequeños, cuestionablemente saludables, pero humanos. Y es que la perfección no es más que un ideal, una aspiración, puro misticismo; lo consustancial al hombre es la imperfección. Pasiones. Debilidades.

mauricio
Dice también Wiesenthal que “un crítico sin humor es como un eunuco en un harén”; que “sabe siempre cómo hacerlo mejor” pero no puede “porque no tiene los medios”. ¿Se refiere a pontificar y dar lecciones? Porque es la regla de oro de la política actual… Unos no pueden y otros no quieren.

En realidad, el humor, vinculado a la franqueza, al reconocimiento de las propias limitaciones, al buen talante, a la mano izquierda, no es en realidad más que un síntoma de la transparencia. De la honradez y de la honestidad. Hasta de la lealtad. Y de nada sirve si vivimos castrados. Por acción o por omisión. Y en las mil y una formas en que podemos sucumbir.

Por todo esto me alertan los novedosos estriptis de transparencia. Por lo que tienen de escaparate. Por lo cerca que están de lo farisaico. Porque ocultan más que enseñan; porque arrastran demasiadas incapacidades y complejos y, siendo pragmáticos, porque la primera conclusión de la pasarela de exhibicionismo de los últimos meses es que sirven para muy poco.

Tanto ciega la oscuridad como el exceso de luz. Lo estamos viendo en las negociaciones para investir presidente y formar gobierno. Mucho más operativo sería que pactaran al margen del objetivo de las cámara sin estridencias y sin interferencias. En pro de la transparencia seguimos lo que dicen y lo que hacen, pero también lo que los demás interpretan que dicen y hacen y, tras la correspondiente tormenta de reacciones, lo que parece que han querido hacer y decir. Y todo tan volátil, confuso e inestable que los titulares no se sostienen ni un día.

Con la misma agilidad y contundencia con que el bipartidismo reformó en 2011 el artículo 135 de la Constitución para incorporar el principio de “estabilidad financiera”, puede que terminemos defendiendo ahora modificar el 99. Es el relativo al nombramiento del presidente del Gobierno y puede que hasta agradezcamos la nocturnidad y alevosía del acuerdo del bipartidismo de hace cuatro años si eso significa salir del rocambolesco e insufrible enroque en que están situados los dos líderes de los partidos más votados: Mariano Rajoy no puede y a Pedro Sánchez no lo dejan.

“Si transcurrido el plazo de dos meses, a partir de la primera votación de investidura, ningún candidato hubiere obtenido la confianza del Congreso, el Rey disolverá ambas Cámaras y convocará nuevas elecciones con el refrendo del Presidente del Congreso”. Es el apartado quinto del citado artículo, un texto que ya durante el proceso constituyente fue objeto de controversia y reiteradas modificaciones. Hoy, si en lugar de decir “a partir de la primera votación” fijara “desde la constitución del Congreso”, ya tendríamos fecha tope. Ya no habría unas negociaciones con “luz y taquígrafos” para todos los españoles y otras a puerta cerrada. Ya no tendrían tanto margen los estrategas para dilatar, para distorsionar, para desesperar.

Tengo las mismas tremendas dudas que todos ustedes, que ellos mismos, sobre lo poco que resolverían unas nuevas elecciones, pero es más que evidente que este procés (el español) está a un punto de la inanición. Y no hay nada mejor que un ultimátum (los catalanes nos lo acaban de demostrar) para que todos desvelen sus cartas. Las de verdad. Las últimas.

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Otra opción es darle sentido práctico a eso de que “el Rey reina pero no gobierna”. Aparte de aprenderlo en el colegio, podríamos esperar que también en el papel de la Monarquía haya cierta innovación en un momento inédito como el actual. ¿Terminará Felipe VI proponiendo a Pablo Iglesias a presidente? Mientras Rajoy no tiene apoyos y a Sánchez lo atan los barones, el candidato de Podemos afrontaría los nuevos comicios como presidenciable. ¿No sería más sensato que el Rey volviera a llamar a Rajoy y lo obligara a someterse a la sesión de investidura aun sabiendo que el único objetivo es poner el cronómetro a cero para las próximas elecciones? No sé si puede o debe, ¿pero no sería lo sensato?

No crean que lo de la moda de la transparencia se practica sólo en la liga nacional. Granada lleva meses pidiendo una reunión con Fomento para resolver el conflicto del AVE. El propio alcalde y la concejal de Urbanismo han reconocido públicamente el ninguneo de la ministra de Fomento. Tal vez ese haya sido su error: la transparencia; la sinceridad. Esta semana, de repente, sabemos por un comunicado del PP que Juanma Moreno y Sebastián Pérez se han sentado con Ana Pastor para acelerar la llegada de la Alta Velocidad.

 

Al alcalde lo avisaron del encuentro sus afines de Madrid y se dio por ‘no enterado’. ¿La foto de la transparencia o la foto de la maniobra? Si el interés de los granadinos está por encima del partido, por encima de los políticos, ¿no era esperable que de esa reunión saliese un compromiso serio con Granada? Que ellos expliquen si es normal que el alcalde de la ciudad no estuviera sentado en la mesa. Si no quiso ir, si nadie lo invitó… Yo sólo les planteo una pregunta: ¿no preferirían que no hubiera foto y saber cuándo podremos coger el AVE?

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Los ninja entran en política

Magdalena Trillo | 24 de enero de 2016 a las 10:32

La España que a diario retratan los compañeros de El Mundo Today empieza a parecerse peligrosamente a la España real. Al menos a la que ‘oficialmente’ recogemos en los periódicos que aún imprimimos en pesadas rotativas del siglo XIX: Felipe VI se reúne con Donatello, de las Tortugas Ninja, en su ronda de consultas; Mariano Rajoy llama a la Generalitat haciéndose pasar por un imitador de Rajoy (no ha conseguido hablar con Puigdemont porque éste tiene la agenda muy apretada); Podemos pide al PSOE que ponga pendientes a varios diputados a cambio de un pacto; Urdangarin responderá a las preguntas del fiscal escribiendo las respuestas en billetes de 500 euros; La CUP buscará a un informático para que reinicie el procés.

Son parodias y no lo son. Es un diario online satírico, con contenidos “totalmente humorísticos y ficticios”, hasta que la realidad demuestra todo lo contrario. Pienso en la sesión intensiva que nos ofrecen todos los años desde Cádiz con su carnaval, en el éxito viral que consiguen las publicaciones más irreverentes, los comentarios más mordaces, y me pregunto si alguien habrá escrito ya una tesis sobre cómo el humor nos ha salvado a los españoles. De nuevas guerras y de nosotros mismos. De nuestros sueños excesivos y de nuestros complejos suicidas.

Siempre he desconfiado de las personas que no tienen sentido del humor y siempre he creído que, al mismo nivel que la libertad, debería estar el derecho al ridículo. A provocarlo y a sufrirlo. Digo todo esto por la portada del periódico nacional que el viernes colocó a Pedro Sánchez saludando a una tortuga ninja (con un antifaz sospechosamente morado) y el revuelo que se organizó al segundo en Twitter a cuenta de los ‘medios serios’ españoles…

portada ninja

Y lo digo por el atrevimiento de los periodistas de una radio catalana para llamar a Mariano Rajoy haciéndose pasar por el presidente de la Generalitat. ¿Lo criticamos o lo defendemos? Porque cómo iban a prever en Abc el “inédito” giro de las negociaciones de investidura para formar gobierno que se produciría sólo unas horas más tarde con el líder de Podemos rompiendo la partida y el cabeza de lista del partido ganador diciéndole al Rey que se lo va a pensar mejor… Y cómo iban a esperar los bromistas de Ràdio Flaixbac que un político que lleva años huyendo de los focos y que mantiene los filtros como jefe del Ejecutivo en funciones iba a terminar poniéndose al teléfono…

En el manual del ‘buen periodista’ estaba el principio no escrito de no frivolizar con los temas importantes lo mismo que sentenciaba el refranero popular que “no se juega con las cosas de comer”. El tiempo verbal no lo tengo claro. No sé si podemos mantenerlo en la Sociedad Espectáculo de hoy y ante una Generación Márketing que respira “oxígeno, nitrógeno, argón, ácido carbónico y… publicidad”. Y propaganda. Y puro entretenimiento. No sé si es compatible con esa Generación TIC que ya ha asumido que no puede vivir al margen del mundo tecnológico de Internet, pero tampoco ser inmune a su juego.

Hace tiempo que el ‘gaming‘ dejó de estar restringido al mundo de los videojuegos. Hablar del “plasma” de Rajoy resulta prehistórico cuando, desde las universidades y desde la industria, se coquetea ya con la profecía de avatares construidos, prácticamente idénticos a personas fallecidas y copias de seguridad de nuestro cerebro subidas a la nube (no lo dice un chamán sino el director de ingeniería de Google, Ray Kurzweil, el mismo experto en inteligencia artificial que sorprendía en los 90 vaticinando la expansión exponencial de Internet).

Cuando ‘revolucionarios’ como Nicholas Negroponte, el visionario del MIT MediaLab que habló hace más de treinta años de pantallas táctiles, libros electrónicos y teleconferencias, sitúan en el terreno de lo factible que dentro de poco podamos aprender idiomas “con tan sólo tomar una pastilla”, llegando a nuestro cerebro a través del “torrente sanguíneo” y recurriendo a “nanorobots”.

Poco importa si son una secuela de los cómic de los 80 los ninja que se cuelan en la política o una imagen desde nuestro móvil en formato tridimensional. No me quedo tanto en la trascendencia de la broma como en la preocupación por el impacto final del ruido de desinformación que fluye en los medios y en las redes sociales. No sé si las hojas nos dejan ver el bosque. Si estamos destruyendo la forma intuitiva en que hasta ahora habíamos sido capaces de distinguir un buen libro de un panfleto, una noticia a cinco columnas de un breve, el artículo de un buen columnista del comentario insustancial de un youtuber quinceañero.

Todo está al mismo tamaño en el ciberespacio. A la misma distancia de nosotros. Perfectamente estandarizado. Me da la sensación de que hemos situado toda nuestra vida en una línea plana sin altibajos. Tal y como leemos en internet.

Un artículo de Vila-Sanjuán me puso el otro día en la pista de unos interesantes estudios realizado por el profesor californiano Jackson Bliss sobre el efecto que están teniendo las pantallas y las nuevas formas de acceder a los contenidos: “Leemos de manera cada vez más impaciente, con el afán de reafirmar nuestro sistema de creencias, buscando argumentos claros y concisos”. Impacientes por opinar, sumidos en la dispersión y con un creciente “efecto de amnesia” que nos lleva a olvidar no sólo las características de lo que hemos leído, sino también dónde y quién lo escribió.

Pero el envoltorio importa. Importa que la foto de Pedro Sánchez con Donatello en Fitur circule anodina por Twitter o aparezca en la portada de un periódico con el tendencioso titular de “Amistades peligrosas”. Importa qué y cómo leemos porque al final es nuestra ventana al mundo -físico y digital- y el pilar mismo de nuestro sistema de valores. Juguemos pero sabiendo que jugamos, a qué jugamos y con quién.
El viernes unos alumnos me preguntaron en clase por la portada ninja. Un grupo denunciaba que era una burda manipulación periodística -ni siquiera se habían percatado que todo surgió por una inocente foto en Fitur- y otro, hasta que la vieron perplejos en el kiosko digital, defendía que era una broma en las redes del estilo El Mundo Today. Juguemos pero siendo conscientes de que el interlocutor sabe que jugamos. Importa el qué tanto como el quién, el cómo y el para qué.

El factor corbata

Magdalena Trillo | 15 de febrero de 2015 a las 11:43

Hace sólo diez años, más de la mitad de la población española no utilizaba el ordenador, todavía había un 14% que no sabía ni lo que era internet y hasta un 70% confesaba que jamás había enviado un email. Hoy, mi madre compagina los cursos de pintura y cocina saludable con sus primeras clases de informática, acaba de darse de alta en Facebook y está pendiente de activar la tarifa plana en el móvil para sumarse al grupo de WhatsApp que han creado mis sobrinas. Lo mejor de todo es que lo hace con la misma naturalidad con que prepara el relleno de carnaval, hace pestiños para Semana Santa y acumula conservas de tomate en la despensa.

Dice el alcalde de Granada que él ya está muy mayor para esto de las redes sociales y que no se da de alta porque no quiere que ningún ‘negro’ le haga el trabajo. Por supuesto que la edad importa para según qué cosas -ya nos gustaría que no fuera así- pero nos equivocamos si lo situamos como el factor determinante. Cuántos abuelos, por ejemplo, no han vuelto a hacer de padres en estos últimos años por imposición del guión de la crisis. Y a cuántos jóvenes no les estaremos robando los años felices de la adolescencia obligándoles a transitar sin brújula al blanco y negro de la vida ‘real’. Generaciones perdidas, quebradas por la crisis, para las que ha desaparecido el espacio de protección y concesiones que socialmente les habíamos reservado.

Las fronteras de la edad también se han roto y no sólo como consecuencia de la no siempre milagrosa cirugía plástica. Pero ni es un valor en sí misma la dictadura de la juventud como sinónimo de regeneración, ni la madurez es siempre sinónimo de plenitud ni debería ser un impedimento la inevitable senectud para seguir asumiendo responsabilidades profesionales. Lo reivindica, precisamente, Torres Hurtado cuando insiste en presentarse como el mejor candidato del PP para revalidar la mayoría absoluta en la capital y nos reprocha que no dejemos de preguntarle que cuándo se jubila… Después de muchos meses de espera, el viernes logró por fin el beneplácito de Génova para pelear por su cuarto mandato y aún queda por saber si, en estos tiempos de inestabilidad e incertidumbre, el cartel lo encabezará el Torres Hurtado de siempre, el de traje y corbata -y sombrero de fieltro en los soleados días de verano-, o un nuevo producto de los nuevos tiempos fabricado en los laboratorios de imagen de los partidos.

A cien días de las municipales, los socialistas ya han empezado a mostrar sus credenciales lanzando en las redes sociales el vídeo ‘Ya toca Granada. A Paco Cuenca le toca lidiar de actor principal para convencer a los ciudadanos de que el PP no busca más que “el negocio”, que nos “cosen” a impuestos, que son manifiestamente incapaces de gestionar y que “hay que darle la vuelta a Granada”. Todo muy de campaña. ¿Resulta creíble? La vecina a la que le han amargado la vida en su barrio con la LAC, la joven que se va a Alemania a buscar trabajo, el señor que ha tenido que cerrar su negocio… Juzguen ustedes.

Mucho menos preparado, y seguro que más barato, es el vídeo que la candidata de Podemos a la Junta se ha autograbado en la cocina de casa para hablar de otra ‘cocina’, la de las encuestas. Teresa Rodríguez nos recuerda la escasa fiabilidad de las muestras y nos hace preguntarnos hasta qué punto los sondeos reflejan la opinión de los andaluces o son un instrumento para “generar opinión”. Su mensaje es claro: la esperanza de los nuevos partidos como “alternativa de cambio” frente al descrédito de un PP y PSOE en continua caída. Y lo hace mientras hierven unos tomates en una floreada cacerola.

 

Más que entre lo ‘nuevo’ y lo ‘viejo’, podríamos preguntarnos si el dilema está entre lo creíble y lo que no, entre el original y la copia, entre lo auténtico y lo impostado. Del mismo modo que en internet hemos terminado conviviendo los nativos digitales y los emigrados, la política está viviendo una etapa de profunda transición en la que se ha puesto en cuestión tanto el contenido como el continente, tanto las formas como el mensaje.

Pero, ojo, que ni la juventud ni la novedad de los “nuevos partidos” son suficientes para apropiarse del valor de esas “nuevas formas de hacer política” que reclama la sociedad ni pueden erigirse como salvadores presentándose a sí mismos como los “nuevos políticos” que han de liderar el cambio presuponiendo siempre la bondad de lo nuevo y la corrupción de lo viejo.

Les pongo como ejemplo un frívolo caso de corbatas. Jamás pensé que el último revuelo sexista por la indumentaria de un político lo viviríamos a costa del ministro griego de Finanzas. Al mismo tiempo que Pedro Sánchez se vestía de estadista y se clonaba ‘a lo Rajoy’ para firmar un interesado pacto antiterrorista que no se termina de comprender ni entre las filas socialistas, Yanis Varoufakis se paseaba por los elitistas despachos de Europa sin corbata, con vaqueros negros y con camisa azul eléctrico provocadoramente desabrochada y suelta.

varoufakis

¿Les parece irrelevante? Júzguenlo también ustedes. Pero no pierdan de perspectiva hasta qué punto el ‘factor corbata’ es un entretenimiento de crónica social y de pasarela o es un valioso escaparate que nos previene de los farsantes. Porque de lo que hablamos es de lo que se es y de lo que se quiere aparentar. Y porque también es personalidad, incluso liderazgo, ser capaz de decidir si nos ponemos la corbata aunque nos ahogue o nos la quitamos aun sabiendo que nos sentimos desnudos. Más aún en un momento en el que, en la trastienda de la política, la capacidad de influencia y poder de los asesores, de los Pedro Arriola a las Verónica Fumanal, se está convirtiendo en un tema de primera página.

Todo está relacionado. Merkel, por ejemplo, no ha tenido que travestirse de ejecutiva ni cambiar sus criticadas chaquetas para dejar claro quién manda en Europa como no lo tuvo que hacer Thatcher en su día -su pequeño bolso negro de mano fue más que suficiente- para ganarse al apelativo de ‘Dama de hierro’.

En España, hoy podría resultar casi obsceno que a Pablo Iglesias le intentaran copiar la coleta, pero coincidirán en que llega a resultar esperpéntica la obsesión de sus ‘colegas’ por copiarlo y vendernos no sólo lo que no son sino también lo que no piensan. De repente se han vuelto todos muy ‘de calle’, showmen y ultra activos en las redes sociales. Piensen en la repentina faceta televisiva de Pedro Sánchez y recuerden el lamentable episodio de Rajoy eliminando miles de ‘amigos’ en Facebook cuando se descubrió que los 60.000 sorpresivos ‘followers’ digitales con los que amaneció un día eran un engaño tecnológico.

rajoy

Ni las monarquías escapan de la fiebre por ‘aparentar’. El rey Felipe acaba de bajarse el sueldo para aumentar el presupuesto de la Corona en nuevas tecnologías y, en Noruega, Mette Marit se ha lanzado al mundo 2.0 dándose de alta en Instagram para mejorar su popularidad. En teoría, se trata de modernizarse y apostar por la transparencia; en la práctica, llega un momento en el que cada vez es más difícil saber a quién creer y qué creer. Y la corbata es mucho más que un trozo de tela.

Lo políticamente correcto

Magdalena Trillo | 8 de febrero de 2015 a las 17:28

Todos sabemos que en el decálogo del ‘buen político’ no está decir la verdad. No lo llaman mentir sino “estrategia” y, teóricamente, nunca hay mala fe detrás del incumplimiento de las promesas sino un buen puñado de “circunstancias” que les impiden hacer frente a sus compromisos, algunos errores de cálculo sobrevenidos que empañan la gestión y unos cuantos ‘chorizos’ infiltrados en sus filas que “injustamente” los desacreditan.

Si todos sabemos que un político no se puede permitir el lujo de decir la verdad, mucho menos en campaña electoral. Y el objetivo es evidente: no dar pistas al adversario, no mostrar debilidades y convencer a los futuros votantes de que son la mejor opción. ¿Cómo nos van a pedir que confiemos si ni ellos mismos se lo creen?

Porque también sabemos, o deberíamos saber, que el fin último de la política es el poder: la máxima es salir a ganar y, por supuesto, ocupar el sillón de mando. Luego vendrá aquello de que se hace por el interés general, que su vocación es la del servicio público y que se van a dejar la piel por los ciudadanos. Por usted y por mí.

Todo esto se rompió esta semana cuando el secretario de Participación Interna de Podemos dijo en un programa de radio que su partido no tiene expectativas de acceder al Gobierno en Andalucía. ¡Revuelo monumental! Se lanzaron como lobos desde todos los partidos y también se le contestó desde dentro. La candidata andaluza, Teresa Rodríguez, apenas tardó unos minutos en corregir la ‘novatada’ de su compañero con un tuit: “Quienes conocemos esta tierra y tenemos aquí los pies, la cabeza y esperanzas, sabemos que no sólo podemos, sino que debemos ganar Andalucía”. Luis Alegre rectificó esa misma mañana y se ha pasado toda la semana tirando de ‘manual': el recurrente que se había expresado mal… Que se refería a que las encuestas no les dan como vencedores para las autonómicas del 22 de marzo en Andalucía -sí en otras comunidades como Madrid, Valencia o Asturias-, que afrontan la cita con “humildad” pero también con “ambición” y que, como ya demostraron en las Europeas de hace un año, “¡sí se puede!” porque son un partido nacido “para ganar”.

El dirigente de Podemos termina refugiándose en lo políticamente correcto, en lo previsible, con el tono falso de los mítines y eslóganes fabricados de campaña. A mí, sinceramente, me había gustado más el primer Luis Alegre, el criticado como principiante e inexperto, el que osó romper el ‘pacto’ del interés partidario admitiendo en público lo que la formación de Pablo Iglesias sabe a nivel interno y sabemos todos: que Andalucía es su plaza más difícil y que, a la espera de más sorpresas el día electoral, no es probable que el 22-M se conviertan en la primera fuerza en nuestra comunidad.

Nunca he entendido por qué los políticos nos tienen que proteger callando lo que no interesa (a ellos, claro), diciendo lo que no es y prometiendo lo que nunca cumplirán. Cierto es que ganaríamos mucho si antes de hablar tuvieran claro qué quieren decir. Más aún si consiguieran que, desde el mismo partido, partieran los mismos mensajes sin importar el interlocutor ni dónde vive el votante. Es una regla básica en periodismo que nunca pondremos un buen titular ni escribiremos una buena noticia si no tenemos previamente bien definido lo que queremos contar; un mal titular siempre es reflejo de una mala historia.

En política, a esto se llama incoherencia y, lamentablemente, tenemos demasiados ejemplos de ello. ¿No es una contradicción que Pedro Sánchez se manifieste partidario de alcanzar grandes pactos de Estado con el PP y unas horas más tarde diga su portavoz que, más allá de la lucha contra el yihadismo, no hay nada que acordar porque las diferencias son “abismales”? Porque qué bien debería sonar la propuesta del líder socialista de imponer un mínimo de sensatez y estabilidad en Educación si no se percibiera detrás un interés claramente electoral que choca con ese intento de adoctrinamiento que ha marcado la gestión educativa en este país durante toda la democracia.

Desconcierto e intereses partidistas. Tampoco he entendido nunca por qué los políticos no pueden movilizar a los indecisos siendo honestos, desarmar al adversario con discursos constructivos y en positivo y entusiasmar al electorado siendo realistas. Por qué no se pueden asumir los errores y conectar con los votantes sin cambiar de discurso cada media hora. El confuso escenario de alianzas postelectorales que se avecina tal vez sea la mejor muestra de lo difícil que es escribir un titular, montar un discurso, cuando no se sabe qué decir. Por no destapar las cartas y por no reconocer que todo dependerá de lo que más interese, de lo que sea más necesario cuando, con los datos definitivos en la mano, haya que valorar hasta dónde se puede presionar y hasta dónde renunciar.

Números y pragmatismo. Si el bipartidismo está tan roto en España como aventuran todos los sondeos, más importante que el programa sería conocer las intenciones de los partidos para el día después. Susana Díaz ha entrado fuerte en precampaña -ya está de periplo por toda Andalucía con actos institucionales por la mañana y de partido por la tarde- asegurando que ni pactará con el PP ni lo hará con Podemos. ¿Seguro? Lo enfatizó el jueves en Granada cuando respaldó a Paco Cuenca como candidato socialista a la Alcaldía de la capital y le marcó el camino: ganar “bien” para gobernar sin necesidad de alianzas. ¿De verdad cuentan con tal horizonte? La prudencia, y el desconcierto que ha supuesto la irrupción de Podemos torpedeando el actual sistema de partidos y fagocitando a Izquierdo Unida, ha dejado en un sueño la aspiración de la “mayoría absoluta” y ahora el reto no es otro que una “mayoría suficiente”.

Y aquí tenemos a los que nos prometen estabilidad para “avanzar al doble de velocidad” que el resto de comunidades (PSOE), los que nos previenen de experimentos intentado montarse en la ola de la recuperación (PP), los que buscan nuestra complicidad para romper “tres décadas de monopolio socialista” y “corrupción” (Podemos) y los que nos aseguran un verdadero gobierno de izquierdas llamando a la puerta de los “desencantados” (IU). Sumemos otras opciones más minoritarias como Ciudadanos, UpyD y hasta el irrelevante Partido Andalucista y encontrará esa difícil radiografía que se vislumbra este intenso año electoral con dos corrientes en tensa disputa por el poder: PP y PSOE intentando mantener posiciones y todos los demás esperanzados en desmontar el tablero.

El primer experimento se ensayará en Andalucía pero reconozcamos que el laboratorio más imprevisible se está fraguando en Madrid y que será en las municipales cuando comprobemos el impacto real de las sopas de siglas, los pactos y las alianzas que resultarán imprescindibles para el gobierno -o desgobierno- en cientos de pueblos y ciudades de toda España. Y ya veremos entonces, en un escenario absolutamente inédito en nuestra democracia, si lo que hasta ahora ha sido políticamente correcto sigue funcionando.

Mapas a ninguna parte

Magdalena Trillo | 21 de septiembre de 2014 a las 12:30

Dice José Carlos Rosales que escribir es como construir una habitación para que el lector coloque sus muebles, sus recuerdos, sus fronteras… En su último poemario nos invita a transitar por los territorios como buzos incorregibles, por los físicos y por los anímicos, por los del tiempo y los del espacio, sin saber muy bien si vas o vienes, si es un aire revuelto y huracanado el que guía tus pasos o una brisa leve que nunca lograría agitar una bandera: “El aire de los mapas depende del que mira y los que miran mapas ven más de lo que miran, a veces son capaces de saber el futuro, futuro imaginario, parecen quiromantes, imaginan países, movimientos de tropas o de nubes, el lugar donde estuvo la gloria falseada”.

Siempre he pensado que con los poemas ocurre como con las canciones, como con el arte, nos los apropiamos, los reinventamos y decidimos su sentido y su significado como quien confecciona un traje a medida. Nosotros, los lectores, el público, y los sesudos críticos que publican kilos de papel diseccionando hasta el último suspiro del creador. Y el aire de los mapas ha llegado a las librerías justo cuando cuatro millones de escoceses acudían a las urnas para decidir si cambiaban el suyo, si levantaban una frontera de las de verdad, con aduanas y aranceles, que volviera tangible esa otra invisible e imprecisa que llevaban trescientos años cruzando.

Me temo que estoy leyendo poesía ‘contaminada’ de política, de lecturas interesadas de la historia y de irresistibles cantos de sirenas… Los escoceses han dicho no y toda Europa ha respirado. En España el Gobierno de Rajoy ya tiene su coartada y el de Artur Mas, también. Todos ganan y todos pierden, como en las elecciones. Con una ingeniería de oratoria tan críptica y oportunista como la de los balances económicos, los presupuestos y los repartos de fondos autonómicos. Nadie lo entiende y todos ven lo que quieren ver.

Estoy segura de que al poeta granadino, cansado como se declara de “tanto fraude histórico y moral”, jamás se le ocurriría conectar la pureza de sus mapas con esta época de falsificación y espectáculo en la que los políticos también se han lanzado a cruzar cualquiera frontera sumándose al infoentertainment como improvisados actores en un escenario que va de la sátira al ridículo. No sé si la llamada del líder socialista a Sálvame es valentía o despropósito, si es un símbolo de los nuevos tiempos o es un intento desesperado de ganar a ese Pablo Iglesias que todos denostan y todos parecen querer imitar en la resbaladiza arena del populismo.

En mi ‘habitación’, como ven, cabe la política y la poesía. Y la imaginación. Y, por qué no, el divertimento. Ese mismo que destila la última obra de Milan Kundera. Si lo recuerdan por La insoportable levedad del ser no dejen de leer La fiesta de la insignificancia; “porque la insignificancia, amigo mío, es la esencia de la existencia. Está con nosotros en todas partes y en todo momento…” Se lo podríamos recomendar al Artur Mas quiromante para que no se pierda en sus mapas de ficción y no nos arrastre, para que aprenda a reconocer la insignificancia y “a amarla en toda su evidencia, en toda su inocencia, en toda su belleza”.

Porque es otro personaje más atrapado en las nadas cotidianas de la comedia humana que construye el escritor checo para reírse de los tics de nuestra época y denunciar, también, el totalitarismo. Hace mucho que lo escribió Albert Camus en El primer hombre: “Lo que los nacionalistas inesperados disputaban a las otras nacionalidades no eran el dominio del mundo o los privilegios del dinero, sino el privilegio sobre la servidumbre”.

Veo en su gran obra inconclusa un demoledor tratado sobre la búsqueda de la moral y la verdad desde la insignificancia pobreza: esa que sólo entiende de nombres comunes; esa que se une a la ignorancia y “vuelve la vida más dura”; esa que “no se elige pero puede conservarse” como una “fortaleza sin puente levadizo”; esa que hace de los hombres “seres sin nombre y sin pasado”.

En la maleta que este verano llevé a Escocia iba el libro de Camus. Sobre sus palabras yo también he construido mi ‘habitación’. Pero con las variaciones de este hoy de pobreza, de cuerpo y de espíritu, tan implacable la real como amarga la sentida, que apenas nos deja tiempo para darnos cuenta de que los mapas, a veces, no llevan a ningún sitio. De que los mapas, a veces, son faros sin luz que nos llevan al sitio equivocado.