Archivos para el tag ‘Periodismo’

Círculos de confianza: de Cebrián a John Jiang

Magdalena Trillo | 19 de febrero de 2017 a las 13:53

He radiografiado la Primera página con que Juan Luis Cebrián pone orden a su trayectoria como periodista y revela las confidencias, sobresaltos y tensiones que se han vivido en la redacción de El País en algunos de los momentos políticos más trascendentes de la historia reciente de España. Les confieso que resulta apasionante sentir la presión de la rotativa durante el golpe de Estado del 23-F -con las siete ediciones que el diario llegó a publicar-, conocer los off the record sobre los inicios de la aventura de Jesús Polanco para crear su gran emporio, asumir que el “periodismo de investigación” es en realidad “de filtración” y, con mayor morbo aún, que te revelen llamadas de presidentes de Gobierno a las dos de la madrugada, cenas intempestivas, negocios y contranegocios.

Pero poco más. Su insistencia en parecer humilde y huir del egocentrismo -del ‘yo, yo y yo’ con que construye todo el relato- no sólo lo contradicen; también presentan certeramente a quien llega a reconocer que no puede seguir escribiendo -acaba de publicar la “primera parte” de sus memorias- porque no puede. Porque contar lo que ha venido después de dejar la dirección del periódico entraría en conflicto con las empresas a las que ahora se debe. Porque ahora ya no defiende las palabras sino las finanzas. Porque sus segundas memorias no serán, seguro, “la vida de un periodista”.

cebrian

Aquí es donde se rompe el “círculo de confianza”. Tomo prestado el título de un capítulo de otro libro sobre periodismo que, éste sí, lleva semanas acompañándome y provocándome. Lo firma otro periodista de su generación, Josep Carles Rius, pero con menos ínfulas y más fundamentos. Con revelaciones realmente valientes -inquietante el capítulo sobre la prensa catalana y el Pujolismo- y un enfoque de “reconstrucción” y desafío hacia un oficio “más independiente y libre”. ¿Ese que colisiona con los intereses de las compañías?

Y lo hago por un doble motivo. Por un lado, porque me sirve para insistir en que no todos los periodistas son iguales, que no todos los periodistas lo son todo el tiempo y que no todo lo que etiquetamos como periodismo es periodismo. No es ninguna paradoja; tiene que ver con ese cambio de paradigma que estamos viviendo animados por los hooligans virtuales que nos prescriben contra todo lo que suena a tradicional y nos evitan el esfuerzo de pensar por nosotros mismos, de posicionarnos, de implicarnos.

El segundo motivo va más allá del oficio: la quiebra de la confianza explica cómo la “explosión del periodismo” tiene que ver con la revolución tecnológica tanto como con la rebelión democrática de los ciudadanos y viene a conectar con ese movimiento de activismo (clickactivism) que empieza a subyacer en buena parte de las crisis -grandes y pequeñas, locales y globales- que nos recuerdan a diario la fragilidad de los escenarios en que nos movemos.

Desde la guerra de Donald Trump contra los medios “deshonestos” -se refiere, por supuesto, a los que hacen su trabajo y no le aplauden a cualquier coste- hasta los conflictos que van de lo rutinario a lo doméstico. Pensemos si no qué parte de nuestra opinión sobre el caso Nóos está fundamentada en los argumentos jurídicos de la esperada sentencia de la Audiencia de Palma y qué parte en el espectáculo, los prejuicios y los climas de opinión construidos ad hoc. O quedémonos en el caso Nazarí y haga la prueba de posicionarse en un bando -y luego en otro- para comprobar hasta qué punto cambian sus argumentos para condenar y para salvar. Cómo las víctimas de repente son verdugos y cómo las manos negras entran y salen de la causa en direcciones opuestas.

Probablemente sin pretenderlo, quien parece querer ilustrarnos sobre todo esto del “círculo de la confianza”, sobre el valor mismo de la confianza, es el empresario chino que ha cogido el testigo al frente del Granada CF tras la ‘era Quique Pina’. El viernes tuve la oportunidad de conocerlo y, aunque es una evidencia que habría mucho que cuestionar sobre su estrategia deportiva, sus postulados vitales son menos rebatibles: la clave -nos reveló que es una “cualidad de los chinos”- es “saber aguantar”. “No perder nunca la confianza”. Ni “la esperanza”. Esforzarse siempre en “buscar una salida”. Confianza y esfuerzo.

chino

No difiere demasiado la “confianza” cotidiana y vital de la que habla John Jiang, aun admitiendo lo demasiado que la une a la superstición, de esos “círculos de confianza”, casi talibanes, que cada vez determinan más lo que pensamos y lo que somos. Tal vez lo más sugerente, y lo que mejor conecta estas reflexiones aparentemente alejadas, sea la volatilidad con que la confianza se quiebra y se torna en desconfianza -no perdamos de perspectiva que aquí entran más en juego los sentimientos que la razón- y el “círculo de confianza” se transmuta en una red de limitaciones y de opresión.

mark

El dueño de Facebook ha publicado una carta fijando la hoja de ruta de la red social para los próximos años. Mark Zuckerberg quiere utilizar la “inteligencia artificial contra el terrorismo” y situar la plataforma, más que como una compañía tecnológica, como “una comunidad de personas a nivel global” capaces de “velar por la paz, las eliminación de desigualdades y el avance científico”. Todo ello sin ser capaces, por ejemplo, de poner coto a los “contenidos fake” que inunda la red y construyen climas de sentimiento y opinión sobre rumores, presentimientos y mentiras que nada tienen de virtual cuando su impacto final puede ser determinar el sentido del voto en unas elecciones.

La confianza es, al final, un factor determinante -absolutamente influenciable y voluble- que todos acabamos incluyendo en nuestros algoritmos vitales. Para comprar un producto en el supermercado, para poner un canal televisivo, para elegir a un alcalde o para colocar un ‘me gusta’. Pienso en Juan Luis Cebrián, pienso en el empresario chino, y sólo puedo preguntarme cómo es posible que (al menos hoy) me genere más confianza el segundo que el primero…

Populismo mediático

Magdalena Trillo | 22 de enero de 2017 a las 10:07

Que todo el stablishment mediático tiemble con la llegada de Trump a la Casa Blanca es una señal. Que Obama se despida salvando a la soldado Manning y defendiendo el papel de la “prensa libre”, también. Pero la guerra que el republicano mantiene con los medios desde la campaña electoral va mucho más allá del análisis sectorial que podría realizarse de sus filias y fobias con las principales cadenas y periódicos del país. Va más allá incluso de la era de la Posverdad que el ya nuevo presidente de Estados Unidos ha instaurado con un manejo de las redes sociales que parece retrotraernos a los años perversos del periodismo de Ciudadano Kane.

Para Europa, para la mayoría de las democracias occidentales, la globalización no ha sido más que sinónimo de colonización. De asimilación del modelo de vida americano. De pérdida de valores y tradiciones, de lo propio, de lo autóctono, en beneficio de una mal entendida modernidad. Viaje a cualquier lugar del mundo y lo comprobará: encontrará una coca-cola y una bandera de EEUU. Es una simplificación pero también un icono elocuente del proceso que se proyectó con la gran industria del cine y los intocables conglomerados de la comunicación para terminar infiltrándose en el mundo líquido de las redes sociales. El imperio de Rupert Murdoch, al margen del escándalo de las escuchas que provocó el cierre de News of the World, ha sido una pieza estratégica. Y aquí importa por un doble motivo: por la fascinación mutua que se profesan Murdoch y Trump -clave en la victoria electoral- y por lo que supone News Corporation como símbolo del periodismo sensacionalista. Del populismo mediático.

TVE acaba de estrenar un documental sobre “la verdad del cotilleo” que destapa las artimañas y bajezas de los tabloides británicos que rinden los principios de la profesión a una consigna: “todo por una exclusiva”. Si es de sexo, más. Y, si afecta a un político o personaje público de primer nivel, con cifras indecentes. La información -historias humanas lo llaman- es puro mercadeo. Y la realidad es que venden periódicos, millones cada mañana. Con unas cifras impensables para cualquiera de las grandes cabeceras españolas, francesas o alemanas. Es el negocio del amarillismo que nació hace más de un siglo con el popular Yellow Kid y se instaló en Reino Unido pontificando una estructura de poder capaz de quitar y poner gobiernos.

En la alianza Trump-Murdoch, hay un postulado compartido -y contagioso- que sostiene sus éxitos: el público, las audiencias, los votantes, tienen lo que quieren. Pero denunciar a Trump por ser “un mentiroso” y lamentar la velocidad y consistencia con que se propagan las noticias falsas es quedarse muy corto de la realidad. Jason Stanley, profesor de Filosofía de Yale, lo enfoca desde la perspectiva de la propaganda política y el riesgo que supone para las democracias modernas. En su libro How propaganda works muestra la vigencia de esas fórmulas estereotipadas y sencillas que apelan al amor y al odio, al bien y al mal, que tenemos asociadas a regímenes totalitarios sin darnos cuenta de que son las cañerías por las que terminamos circulando en un momento de máxima desinformación en la red, con públicos ávidos de escándalos y unos medios obsesionados por los rankings y los clicks.

Es la victoria del engaño y la manipulación a través de argumentos que apelan a los sentimientos, que juegan con el miedo y que discurren entre líneas con discursos demagógicos cargados de reduccionismo. ¿Pero son esas las historias por las que estamos dispuestos a pagar? ¿Las que al final nos interesan? Uno de los reporteros británicos a los que entrevistan en Todo por una exclusiva lo explica con una simplicidad alarmante: “Vosotros no vendéis periódicos porque no contáis historias que interesen a la gente”. Las portadas que defiende son voraces, provocadoras, irreverentes. Son los diarios más criticados en todo el mundo… Y los más leídos.

La incertidumbre de la era Trump tiene muchas aristas. Pero las más peligrosas son las menos evidentes. Las que entran en nuestras vidas sin que nos demos cuenta. Como esa coca-cola que bebemos por inercia.

Política y periodismo en Serie B

Magdalena Trillo | 10 de enero de 2016 a las 10:34

Nunca nos hemos puesto de acuerdo políticos y periodistas sobre la identidad del asesino. Me refiero al culpable de presentar como esperpento y vodevil la actualidad informativa de nuestro país: políticos huyendo por el garaje para no ser ‘cazados’ por la prensa, periodistas convertidos en paparazzi para intentar contar a sus lectores si se repetirán las elecciones en Cataluña, frívolas quinielas sobre el ¿imposible? gobierno de España que saltan del movedizo pantano de las líneas rojas al inocente escenario de los deseos sin otro sustento que la rumorología. No lo sabemos nosotros y, probablemente, no lo sepan ellos. Parece de broma. Un día pontifican, al día siguiente sopla poniente y al tercero recogen velas. Las líneas rojas ya son verdes, naranjas o moradas y ya se puede negociar.

Ahora lo llaman “explorar”. Política en versión boy scout. El sugestivo “puro teatro” con que hace meses retratábamos el desafío soberanista está transmutando en aberración. Y con riesgo de contagio. Artur Mas ni supo llegar ni ha sabido irse y el capítulo de Mariano Rajoy está work in progress. De momento, y a la espera de que algún partido se saque de la chistera una ‘solución a la española’, tan poco viable parece el pacto ‘a la alemana’ que quiere forjar el PP como la gran coalición progresista ‘a la portuguesa’ con que contraatacan los socialistas.

“Lo que la actualidad juzga negro resulta, a veces, en la lejanía, blanco como la nieve”. Lo escribió Ortega y Gasset y, con más dureza, no hace tanto que lo reinterpretó Gregorio Marañón: “La vida hoy es acción pura, sin el noble contrapeso de la razón. Y a esa acción sin freno y sin tope nos empuja el exceso de información, la información de los hechos secundarios a los que da la actualidad falsa categoría”. La tendencia a “pintar el mundo del revés” que el pensador madrileño atribuye a la prensa. Los periódicos sometidos a ese “monstruo anormal de la actualidad” con un preocupante defecto de visión: “La incapacidad de apreciar el verdadero color y las dimensiones exactas de las cosas”.

Estas reflexiones sirven al catedrático emérito Enrique de Aguinaga para tejer su particular tratado sobre las “aberraciones periodísticas” que publica en el último número de la revista de la FAPE. Sin ánimo de cuestionar ni limitar la autocrítica, olvida el profesor de la Complutense que cuando la actualidad tiene que ver con la política -¿y al final no todo es política?- cada vez está más confuso quién es el asesino y quién el cómplice; dónde empieza y dónde termina la espiral de la aberración y por culpa de quién. Porque no se puede sostener el compromiso y la honestidad informativa sobre la volatilidad e incertidumbre que hoy definen la escena pública. Y mucho menos sobre el tacticismo con que se está afrontando.

La clave no es otra que saber si el drama es sobrevenido o buscado. Si la política líquida que tanto nos preocupa es una consecuencia del 20-D porque los españoles no supimos votar (¿de verdad vamos a permitir que nos endosen el papel de verdugos?), porque los protagonistas no desempeñaron bien su papel o porque nadie ahora lo está sabiendo gestionar (¿no hemos aprendido suficiente con Cataluña sobre la frustración final de la clonación electoral?).

Que una cuarta parte de los estadounidenses vea ya la televisión en el baño parece una metáfora de nuestro tiempo. El triunfo de la serie B. Sin estrellas ni historias fabulosas. Con personajes corrientes, complejos y contradictorios. Ya ni siquiera tenemos nostalgia de los héroes. Huimos de los estereotipos y buscamos la normalidad de la vida, del sentido común, en la televisión. Porque es fiable. Porque es creíble.
Cuando se cumplen 50 años de A sangre fría, la célebre novela de Truman Capote que supuso el germen del Nuevo Periodismo, deberíamos volver a preguntarnos cuál es el nuevo periodismo de hoy tanto como cuál es la nueva política de hoy. A veces pienso que estamos volviendo a invertir los papeles. Hace medio siglo lo hicimos desde la literatura y ahora toca recurrir al audiovisual… Lo real discurre líquido en su móvil; con la ficción nos despertamos a diario. Lástima que nos hayamos quedado atrapados en la serie B.

Saliendo del amario

Magdalena Trillo | 8 de noviembre de 2015 a las 11:26

La palabra es horrible pero es la más precisa: “animalistas“. Hace referencia al creciente movimiento social en defensa de los derechos de los animales, pero tiene demasiado en común con esas otras que hablan de justo lo contrario: “animalismo”, “animaladas”… No hay una sola noticia de política, economía, cultura, turismo o deporte que esta semana haya generado más entusiasmo entre los lectores de Granada Hoy que el anuncio del ingreso en prisión de un joven por matar a un perro lanzándolo por la ventana.

Lo contaba Yenalia Huertas con intencionada exactitud: el tipo, con antecedentes por agresiones domésticas y un historial penal que constata su “tendencia a la violencia contra todo ser vivo”, se coló en la casa de su madre por el balcón, la llamó “puta”, “guarra” y “drogadicta”, se fue directo a por su perro, lo estampó contra la pared y lo tiró por la ventana. Ocurrió hace justo un año en Dúrcal y el juez de lo Penal número 1 de Granada acaba de sentenciar que la condena de ocho meses de prisión que le impuso en su momento debe cumplirla.

En los periódicos hemos sobrevivido durante siglos sin saber muy bien qué opinaban ustedes de nuestro trabajo. No me refiero al plano académico ni profesional sobre las grandes funciones del periodismo, nuestra responsabilidad social o el contradictorio papel de los medios como cuarto poder. Me refiero al día a día. A la cotidianidad con que, página a página, se eligen unos temas y se descartan otros, a la rutina con que decidimos que unos vayan a doble plana y otros en un breve y al debate con que terminamos confeccionando esa portada final que, a modo de puerta a la actualidad, les invita a pasar.

Si hasta ahora nos conformábamos con darles voz en ese pequeño y limitado espacio que son las Cartas al director, la realidad de la era digital nos ha brindado un valioso ejército de fuentes dispuesto a colaborar pero también nos ha despertado del perezoso privilegio de sabernos propietarios de la información. Y no sólo tenemos que competir con ustedes a la hora de contar historias, sino que también tenemos que pagar el precio de su atención sintiéndonos constantemente vigilados. ¿No creen que ocultar una metedura de pata o saltarse las reglas del juego ya no es tan sencillo?

Les cuento todo esto porque quiero confesarles que también en los medios estamos cambiando. El día que publicamos la información del perro, el debate era si abrir el periódico con el (de nuevo) drama del paro o saltarnos el guión y apostar por la decisión de un juez sobre un tema ‘menor’ que ¿tal vez se pudiera ver como frívolo? ¿sensacionalista? Sin olvidar, además, que seguimos viviendo en una sociedad en la que pegar o abandonar a un perro sigue estando consentido, sigue siendo normal y en muchos lugares ni siquiera está mal visto.

Dicen los colectivos animalistas que la sentencia del juez Píñar “pone fin a la impunidad”. En la redacción nos preguntábamos si no será que también los animalistas están saliendo del armario. Porque una simple sentencia puede reflejar un “cambio de mentalidad” en los jueces, pero por extensión en la sociedad y, por supuesto, en los medios. También los periodistas queremos salir del armario y romper con ese viejo periodismo prepotente e inmovilista que se veía por encima de la gente y en posesión absoluta de la verdad.

Una de las claves es, sin duda, el compromiso. Como profesionales, como personas. Hacia nosotros mismos y hacia lo que nos rodea. Tal vez debamos agradecer a la crisis que nos haya lanzado a un abismo tan profundo que hayamos entendido que no hay otro camino que el rearme moral. El “civismo”. También esta palabra es traicionera. Nos recuerda que somos “personas” pero se parece demasiado a esa otra que evidencia lo resbaladiza que es la hoja que nos separa del fracaso social. El preocupante repunte que se está registrando de casos de maltrato intrafamiliar, jóvenes que chantajean, humillan, intimidan y hasta agreden a sus padres, no es más que una señal.

El fiscal de Menores Rogelio Muñoz, encargado de coordinar a nivel andaluz la persecución de los delitos de odio, lo advertía ayer en este mismo periódico: es muy duro denunciar a un hijo pero hay conductas “que no se deben permitir,” que no se deben “ocultar”. Por mucha vergüenza que nos dé, por mucho dolor que nos produzca, hay que salir del armario. De todos los armarios. Un día la víctima puede ser un perro y otro día…

Periodismo y literatura: elogio de la edad de piedra

Magdalena Trillo | 11 de octubre de 2015 a las 11:10

Mujer. Periodista. De las buenas. De las de edad de piedra. De las que escriben desde las entrañas y con coraje rompiendo los muros porosos que separan la realidad de la invención. De las que piensan que no es un oficio sino una forma de vida. Una europea con un nombre tan difícil de pronunciar como su país: Belarús, esa Rusia blanca, esa tierra “ignota e ignorada aún por descubrir”, que nos presenta en el ensayo con que anticipa sus Voces de Chernóbil.

Me pregunto si traiciono los valores de su creación, si mancho de economía canalla la grandeza de sus historias, conectándome a internet y diluyendo en un comercial ebook una de las obras de referencia de la Nobel de Literatura de este año. Mientras las grandes editoriales reaccionan al (de nuevo) sorpresivo designio de la Academia Sueca, en menos de un minuto y por poco más de siete euros tengo entre mis dedos las crónicas de Svetlana Alexijevich para satisfacer mi curiosidad.

ESPAÑA NOBEL LITERATURA

En el mundo digital no hay esperas. Todo está inquietantemente previsto y diseñado. Hace casi un año que Randon House digitalizó la obra de la bielorrusia advirtiendo que, tras reconocimientos como el Kapucinsky de Polonia, el Nacional del Círculo de Críticos de Estados Unidos o el de la Paz de los libreros alemanes, era una “firme candidata al Nobel de Literatura”. Lo es. Alexijevich ya tiene el galardón más importante de las letras a nivel mundial por el “monumento al valor y al sufrimiento en nuestro tiempo” que significa su obra.

Al escribir estas líneas sólo me ha dado tiempo a ojear uno de sus libros. Ni por escritora ni por periodista la conocía y, por supuesto, no tenía nada de ella en mi biblioteca. Ni en la que coge polvo ni en la digital. Aunque lo intuya, todavía no sé qué sentido exacto tienen la noria y los alambres que ilustran la portada ni el paisaje difuminado del fondo. Menos aún por qué la periodista habla de “crónica del futuro” cuando va a regresar a las trágicas explosiones de abril de 1986. La catástrofe ocurrió hace treinta años. ¿Nos quiere decir que pudo ser ayer? ¿Que puede volver a ser mañana?

Cuando Alexijevich escribió sus crónicas sobre “la tierra de los muertos”, su “admiración de la tristeza” y sus monólogos sobre las lombrices, el terror antiguo, los “despojos andantes”, el “soldado mudo” o “la libertad y el deseo de una muerte corriente” tal vez recurriera a un simple bolígrafo y un bloc de notas. Lo mismo haría unas décadas antes John Hersey para levantar su también monumental Hiroshima poniendo rostro a las víctimas de las bombas atómicas de 1945. Los reportajes del periodista, que se publicaron inicialmente en la revista The New Yorker, se transformaron de inmediato en “un texto clásico por su humanidad e intensidad”, por la forma de “conmover las conciencias”, y probablemente igual ocurra con la obra de la bielorrusa. Las historias de Hersey las leí en papel y las de la Alexijevish las estoy iluminando con tinta digital. ¿Realmente importa?

En estos tiempos convulsos de incertidumbres, de tormenta digital, reconocer la grandeza del periodismo con el Nobel de las Letras es una forma de tumbar esa otra frontera con que se insiste en separar la escritura en mayúscula de la literatura de la escritura en minúscula de los periódicos. Porque el muro es tan artificial e interesado como el que se construye y destruye en torno a la lectura electrónica.

Comparto con el pensador italiano Roberto Casati que debemos tomar conciencia contra el “colonianismo digital” que avanza peligrosamente en la industria del libro y en el sistema educativo y, completamente convencida, me sumo al racional y documentado “elogio del papel” que lanza en su último libro rechazando la “verdad absoluta” en que ha derivado la espiral tecnológica. Pero sin ser por ello ludita, sin fobia alguna a la modernidad y sin nostalgias anacrónicas por la edad de piedra. ¿Seguro que estamos ante el fin del libro de papel? ¿Seguro que está condenado a desaparecer?

 

Curiosamente, en las antípodas del papel digital, lo último que acaban de patentar en el sector editorial es un soporte ecológico y respetuoso con el medio ambiente que se fabrica a partir de polvo de piedra -con carbonato cálcico extraído del yeso y el mármol- sin necesidad de recurrir a agua, árboles ni cloro… Un “papel piedra” (stone paper) resistente, exclusivo y aterciopelado que se crea con un ahorro de un 50% de energía y necesita un 30% menos de tinta

stone paper

 

Otro producto de la resbaladiza edad de piedra que más pareciera tener que ver con ese “internet de papel” que acaba de cumplir 120 años, un desconocido “Mundaneum” que dos juristas belgas pusieron en marcha en 1895 a modo de motor de búsqueda de la humanidad, de Google y Wikipedia de papel que idearon a pico y pala recopilando 12 millones de fichas con referencias bibliográficas en 15.000 cajones de bellos armarios de madera de castaño. ¡Lo viejo y lo nuevo es tan relativo!

mundaneum

A Casani lo que de verdad le importa es la atención; ahí lleva razón. En el laboratorio de innovación del New York Times analizaron hace unos años nuestra forma de acceder a los contenidos en las páginas webs y daba miedo. No se trata de enfrentar la lectura líneal y jerárquica contra la navegación hipertextual, autónoma y personalizada; el mapa era un absoluto caos. El tiempo de detenimiento en los sites, ridículo.

Todos los inicios de curso hago el experimento entre el centenar de aspirantes a comunicadores que ingresan en la UGR y el resultado es aplastantemente creciente: consumimos contenido a golpe de “me gustas”, pasamos de los medios tradicionales y de las webs clásicas para dejarnos llevar por las recomendaciones de Twitter y las actualizaciones de Flipboard y terminamos sacralizando Facebook como el gran templo de la información. Píldoras aleatorias con un valor más que cuestionable. Preocupante.

Se plantea John Williams en Stoner si hemos convertido las universidades en un “sanatorio”, en “una casa de reposo, para los enfermos, los ancianos, los infelices y los incompetentes en general”. Podríamos debatir mucho sobre ello… pero seríamos más honestos si no ciñéramos la crítica a la universidad -no deja de ser un engranaje más reflejo de los nuevos tiempos- y la lleváramos a nuestra ciudad, a nuestro barrio, a nuestras calles digitales y, en definitiva, a nuestra apreciada y buscada forma de vida cómoda y artificial…

Nada hay más distante entre las singulares historias -vidas- de quienes surcan las obras de Hersey y Alexijevich y la cotidianidad del profesor que protagoniza la última novela de Williams. Sin embargo, sobre lo mediocre y lo corriente emergen los mismos valores, la misma humanidad. Me recuerda aquel día a día aparentemente anodino que narraba Alice Munro, última escritora premiada con el Nobel de Literatura -sólo 13 lo han logrado en más de cien años de historia del galardón-, en La vida de las mujeres.

Realmente, cuando Alexijevich ideó su “novela colectiva”, cuando creó su particular género literario situando al hombre corriente en el centro de su “novela de voces”, no hizo otra cosa que buen periodismo. Del que se hace reposado y hay que consumir reposado. Del que mueve y conmueve. Del que puede soportar tanto el papel digital como el papel piedra porque nace de la conciencia y el compromiso.

Todos los premios conllevan una insoportable feria de frivolidades y vanidad. Pero bienvenidos sean si nos animan a detenernos y nos recuerdan que al colonialismo hay que ponerle freno. No sólo al tecnológico; también al de los atajos y la vida acomodaticia que amenaza con ahorrarnos hasta el esfuerzo de prestar atención… De sentir y de pensar. Después, elijamos cada uno con libertad y responsabilidad si queremos una vida corriente, una muerte corriente. Será nuestra elección.

Matar al mensajero

Magdalena Trillo | 3 de mayo de 2015 a las 10:10

La información secreta vende. Suscita morbo. Curiosidad. Una exclusiva atrae tanto como un cuchicheo en un ascensor. Cuanto más protegido, mayor interés. Recuerden, por ejemplo, los cables de Wikileaks. Ya a finales del siglo XIX, el magnate irlandés lord Northcliffe levantó todo un imperio mediático -murió antes de los 60, agotado, siendo dueño del Times- siguiendo una máxima que se ha mantenido como referencia en las escuelas de Periodismo: noticia es aquello que alguien, en algún lugar, quiere ocultar. Noticia, por tanto, es lo que alguien no quiere que se cuente. Lo demás, decía el en su día conocido como el ‘Napoleón de la Prensa’, es publicidad. Lo demás, podríamos completar, es propaganda.

Por naturaleza, por vocación, los periodistas somos cotillas… A los periodistas nos encantan los secretos. Pero no cualquier secreto, no sin verificar y no a cualquier precio. Actuamos siguiendo una ética profesional, respondemos a unos principios deontológicos y publicamos con una clara conciencia sobre nuestra responsabilidad social. Hay excepciones, por supuesto, pero de todo este trasfondo se ha olvidado el ministro de Justicia cuando esta semana rescataba el debate para lanzar una amenaza velada a los medios: multar a quienes publiquen filtraciones para “garantizar la confidencialidad” de las instituciones judiciales.

Puedo compartir con Rafael Catalá su preocupación por las filtraciones, en especial, por las revelaciones de sumarios que pueden afectar a la presunción de inocencia y atentar contra otros derechos fundamentales como la intimidad y el honor. De hecho, estamos ante uno de los grandes -y recurrentes- debates en el sector periodístico: la legitimidad -e incluso legalidad- de los medios utilizados para conseguir una noticia; hasta qué punto su valor informativo y su interés han de prevalecer sobre el método de obtención. De la revelación de secretos a la quiebra del ‘off the record’. Dónde están los límites cuando se trata de cumplir y garantizar el derecho ciudadano a la información y el principio constitucional de la libertad de prensa.

El debate es tan sensible y complejo que no se entiende el momento en el que el Gobierno lo plantea -a un mes de las municipales y poco más de medio año de las generales-, la forma claramente interesada en que lo afronta -con decenas de casos judiciales por corrupción lastrando las expectativas electorales del PP- y la aparente frivolidad con que se posiciona contra el ‘mensajero': el ministro asume con irresponsable ligereza que es difícil identificar y castigar a quienes filtran -pese a que las propias leyes recogen el castigo para quienes revelen secretos- y resuelve el conflicto proponiendo sanciones a los medios. Una vez más, el camino fácil de la persecución y la penalización que el Ejecutivo de Rajoy insiste en convertir en fórmula mágica de gobierno.

Precisamente hoy, los periodistas celebramos el Día Mundial de la Libertad de Prensa en un momento de evidente retroceso de la profesión por el impacto de la crisis económica en la industria periodística pero también por el desconcierto e incertidumbre con que estamos afrontando los retos de la profesión. Son alarmantes las amenazas reales contra las que seguimos luchando (24 compañeros asesinados y 348 encarcelados sólo en lo que va de año) pero también las veladas. Internet y las redes nos han distraído prometiéndonos una democratización informativa que no es real. La mordaza en la era digital es igual de peligrosa que lo ha sido siempre, pero mucho menos evidente. Los ciudadanos nos hemos desarmado ante el espejismo de libertad que nos ha regalado el ciberespacio obviando cómo gobiernos e instituciones desarrollaban sofisticados sistemas de control y de manipulación.

Ni siquiera en las rutinas del oficio estamos a salvo. Lo vemos a diario con reprochables dinámicas como las ruedas de prensa sin preguntas o la propaganda enlatada con que nos torpedean sin que seamos capaces de conformar una postura unida de rechazo y rebelión. El debate en torno al periodismo es apasionante; el de las multas y a quién multar, mucho más. Pero no únicamente para ‘matar al mensajero’.

Las costuras de Cuba (I)

Magdalena Trillo | 12 de abril de 2015 a las 10:30

Desde el Malecón habanero le siguen gritando a los “señores imperialistas” que no les tienen “absolutamente ningún miedo”. Desde Washington, el deshielo anunciado todavía no se ve en las tiendas, tampoco en gasolineras y mucho menos en las pantallas de los móviles.

En Cuba todo es complejo. Imprevisible. El será es un puede y el es, un tal vez. Ya he aprendido que lo único seguro es que todo es inseguro. El futuro aquí se escribe en condicional pero no encuentro la crispación, los miedos y la frustración del retrato en negro que nos llega a España envuelto en resentimiento. Hay problemas, muchos. Hay pobreza, como en cualquiera de nuestras ciudades. Hay desafíos, todos. Pero ni siquiera es un país de grises, es un país radiante de colores intensos. De esperanzas y de oportunidades. Es un país extremadamente tranquilo, alegre y hospitalario, con una capacidad infinita de autocrítica y una inesperada facilidad para reírse de sí mismo. Que La Habana es Cádiz con más negritos, que Cádiz es La Habana con más salero, no es sólo una canción.

Hablo de la gente, no de política. Es la Andalucía de América. Me han invitado a impartir un seminario sobre Periodismo en la Universidad Central ‘Marta Abreu’ de Las Villas, en la Cuba profunda, en la tierra elegida del Che Guevara, y no hago más que hallar paralelismos. El sol de los puertos, el dulzor del guarapo, el sabor de la guayaba… Es la canción de Carlos Cano y es mucho más. Es el trinar altivo del sinsonte que te anuncia el despertar del día, las sábanas blancas colgadas en los balcones y es la brisa húmeda que acaricia los penachos de las palmas al atardecer. Son nuestras historias de agravios entre provincias, son las eternas quejas por las infraestructuras de comunicación (aquí sí que son un problema mayúsculo) y son los estereotipos con que nos castigan nuestros ‘amigos’ del norte. Sí, los mismos que luego buscan nuestras playas, nuestras quisquillas y nuestro ron.

El New York Times pontifica sobre los desafíos que conllevará el desbloqueo al mismo tiempo que se ultiman los preparativos para la histórica Cumbre de las Américas de Panamá, los cubanos cierran filas con Venezuela y las empresas americanas afilan las calculadoras para evaluar los riesgos y oportunidades de las potenciales inversiones en la isla. 12.000 millones en la próxima década. A tres horas de vuelo, Cuba será para Estados Unidos lo que España es para Europa. Planean pasar de medio millón de viajeros en 2014 a dos millones en 2017; a siete dentro de veinte o treinta años.

De momento, el cuento de la lechera. Lo del papeleo y el ‘vuelva usted mañana’ se lo enseñamos bien los españoles. Como la devocionaria afición al fútbol. Me entero de la humillación del Granada CF ante el Real Madrid por un grupo de profesores desplazados a la provincia de Villa Clara para realizar unas acreditaciones de carreras. Coincido con ellos en la residencia de Los Sauces. Primero el saludo. Luego, la nacionalidad. Irremediablemente después, el pésame. Ni siquiera sabía que se vieran en directo los partidos de la liga española. Estarán incomunicados, pero a Ronaldo se le ve en tiempo real. Y Sara Carbonero también crea escuela en esta Universidad…

Dos horas de cola cuesta salir ya del aeropuerto de La Habana cualquier día de afluencia de vuelos. Ahora son los controles del ébola, pero la realidad es que Cuba no está preparada para recibir el profético aluvión de turistas con que ya cuentan a los dos lados del ‘desbloqueo’. Aunque ya no tengan que fabricar jabón de sosa cáustica para ganarse unos pesos ni inventarse unos zapatos con la goma de las ruedas gastadas del tractor como tuvieron que hacer en su particular crisis. La de los 90. Mientras nosotros vivíamos la feliz burbuja del ladrillo ellos descubrían que eso de ser una potencia del petróleo había sido un espejismo. Tan frágil como la misma URSS. Ellos terminaron de ‘medio’ pagar el precio de su osadía cuando nosotros despertábamos de nuestra pesadilla de hormigón.

Si sobrevivieron entonces, sobrevivirán ahora. Nadie lo duda. Pero la sensación de vacío tal vez sea mayor. No ayuda la falta de transparencia. ¿Después de Fidel? Basta con darse una vuelta por las facultades para percatarse de que hay potencial. Informar sin recurrir al catalejo sigue siendo una odisea pero hay jóvenes universitarios que sueñan con ser buenos periodistas. Que madrugan para aprender, que trasnochan para deslumbrar con su irreverencia y su talento en el festival de teatro de su Universidad y que aprovechan las soleadas mañanas del domingo para medirse jugando al béisbol. Jóvenes que se dan besos furtivos como en cualquier campus español y que aguardan, pacientes, a que la vieja guardia les dé “chance” y les permitan coger las riendas del país.

Están preparados, muy preparados, y tienen millones de ideas para transformar su mundo aun sabiendo que lo que primero les espera es la precariedad. Esa misma que empuja cada año a miles de jóvenes españoles a ‘fugarse’ al extranjero. El vértigo es compartido. Hace medio siglo que se atrevieron a pintar la Universidad “de negro, de obrero y de campesino” siguiendo la revolucionaria consigna del Che y tal vez ahora tengan que idear la forma de “quitar las viejas cerraduras”, de “cambiar los muebles de la casa” y de cambiar el color a las paredes “sin dañar la estructura”. Lo canta Tony Ávila. Me pasa el disco una profesora de Periodismo de la Facultad de Humanidades y me emplaza al día siguiente para visitar el Mausoleo que Santa Clara le ha dedicado a su héroe más internacional. Casualidades de la vida, uno de los primeros regalos que me hicieron cuando era becaria fue un dibujo del guerrillero que todavía hoy me intimida inquisitivo en la pared de mi escritorio.

Nada de lo que hay que arreglar en Cuba tiene fácil costura. Pero por qué no atreverse, ya, a empezar a tejer. A enmendar, por ejemplo, el papel de los medios acudiendo a uno de los suyos. A José Martí: “La prensa debe ser coqueta para seducir, catedrática para explicar, filósofa para mejorar, pilluelo para penetrar, guerrera para combatir. Debe ser útil, sana, elegante, oportuna, valiente en cada artículo. Debe verse la mano enguantada que lo escribe y los labios sin manchas que lo dictan. No hay cetro mejor que un buen periódico”.

No difiere demasiado del aquel “prefiero periódicos sin gobierno a gobierno sin periódicos” que Jefferson defendió hace tanto, a tantos kilómetros de distancia, al otro la de la negociación. Lástima que la historia se olvide, se reinterprete, tan interesada y tan caprichosamente, a los dos lados del Malecón.

Regeneración, de verdad y en plural

Magdalena Trillo | 14 de diciembre de 2014 a las 9:00

Para un periodista, la mejor oportunidad de conversar de verdad con un político es cuando se va. Ya no hay off the record, son ellos los que hablan -no el asesor, ni el jefe de prensa ni el jefe- y son capaces de pronunciarse sobre cualquier tema con una sinceridad que puede ir de la irreverencia a la catarsis. Lo hacen sin la disciplina del partido, sin el encorsetamiento del cargo y sin la presión de quien espera una puerta giratoria para poder culminar su vida laboral.

No todos los que se van disfrutan de este desahogo. Quienes no han conocido otro oficio que la política no pueden más que aferrarse al sillón, a cualquier sillón, para salir adelante. No les queda otra salida que saldar los favores prestados, confiar en que responda alguna de las ‘amistades’ engrasadas y conseguir que el partido no se olvide de ti, que cumpla lo prometido y que te agradezca los servicios prestados con un puesto cómodo y bien remunerado alejado de los focos mediáticos. En una empresa pública, en una fundación, en un consejo asesor… Conocerán muchos ejemplos de estos peligrosos trasvases entre la esfera pública y la privada, más sonoros y visibles a medida que ascendemos en responsabilidad. En la práctica, ninguno de ellos sirve para conversar de verdad con un periodista, es decir, para desnudarse ante la opinión pública. Siguen debiendo demasiado y todavía esperan más.

Sólo los que se van sin atajo son realmente libres para desprenderse del paracaídas de los partidos y atreverse a decir lo que piensan. No es necesario perder las formas, pero imagino que la misma transparencia que percibimos los periodistas se traslada a los ciudadanos. Vuelven a ser creíbles. Lo pensaba esta semana leyendo la entrevista a María Escudero que hoy publicamos tras anunciar que pone fin a su trayectoria pública. Lo primero es que tiene dónde volver: es psicóloga forense y no ha perdido el tiempo en los últimos años, poniéndose al día con un máster que le permitirá llegar con el mismo nivel de exigencia y cualificación con que se fue; lo segundo es que es una decisión pensada, madurada, que ha tomado sobre unas convicciones y unos principios y no sobre una frustración, una espantada ni un adiós obligado.

Hace unos meses se rumoreó mucho sobre la posibilidad de que compitiese en las primarias con Paco Cuenca para ser la candidata socialista a la capital; para entonces la decisión estaba más que tomada. Quienes la conocemos sabemos lo que le ha costado no huir del rifirrafe bronco de la política municipal como ya nos habían acostumbrado sus compañeros de partido. Si ha llegado hasta el final es porque ha situado por encima de su desesperación el compromiso que firmó con los ciudadanos y su propio prestigio en un oficio al que se entregó hace 25 años cuando aún era noble y “enganchaba” más que corrompía. Habla de un equipo de gobierno “decepcionante” y de unas prácticas “predemocráticas” porque es educada… Y porque, a pesar de sus arrebatos y de sus malas pulgas, se contiene…

A la contestación interna que sufre Pedro Sánchez responde invocando un “liderazgo colectivo”, a Susana Díaz la salva porque de verdad lo cree, a Paco Cuenca le da una oportunidad y con Podemos es más que prudente. Si ha habido un momento incierto en la política española, y eso lo sabe IU cuando regala sus siglas, el PSOE cuando se debate entre las denuncias de plagio y la OPA hostil y el PP cuando suma las plazas que perderá en los próximos comicios si no ata la mayoría absoluta, es ahora. En este ahora en el que, mientras las encuestas confunden más que aciertan, los analistas derrapan y los medios nos despistamos entre las crisis propias y las ajenas -sobrevenidas y buscadas-, los otro día bufones se autoproclaman salvadores de la patria al estilo del Pequeño Nicolás. No son (sólo) temas de altura como la ruptura o no del candado de la Constitución y el conflicto territorial, el precio de la supuesta recuperación económica o las trampas de la bajada del paro, son cuestiones mucho más mundanas como la perplejidad por ver a nuestra televisión pública colocando ante el paredón al líder de Podemos (¿defendiendo su corralito? ¿el del Gobierno de turno?) o escuchar a Sáenz de Santamaría decir que el caos que hay montado en España con los sueldos públicos es irrelevante porque no hay tiempo para gastar… ¿De verdad dijo eso?

España necesita un despegue real, pero también un tratamiento intensivo de psicoanálisis que imponga una regeneración real. Tan de verdad como esas conversaciones que tanto echamos de menos los periodistas. La regeneración no servirá de nada si en el ADN del político no está entender por propia convicción que es una profesión como otra cualquiera que tiene un principio y un fin -aquello de que más importante que saber llegar es saber irse-, que se tienen privilegios pero también responsabilidades y que la cosa pública no es la cosa propia sin necesidad de recurrir a Barrio Sésamo. Tampoco servirán de nada las nuevas medidas de transparencia si no las llevamos a las comunidades, las diputaciones y los ayuntamientos y si no conseguimos aplicarlas con la misma contundencia con que las ‘vendemos’. Evidentemente, a ningún sitio llegaremos cargados de tabúes, populismo, márketing e hipocresía.

¿Es real la propuesta de Podemos de que los alcaldes ganen como máximo 1.800 euros? ¿Lo mismo que recibía Errejón con su beca fantasma en la Universidad de Málaga? ¿Así queremos que sean los mejores, los más eficientes, los que ocupen los puestos públicos? ¿Así queremos que sean útiles?

Siempre me he preguntado por qué no podemos aspirar los españoles a tener responsables públicos con talento. Sí, talento. No hablo de aplicar el ‘índice h’ cuando no lo cumplen ni los rectores de la universidad española -alegrémosnos de que entre los ‘magníficos’ de verdad esté el de la UGR- pero sí de abordar con naturalidad lo que significa la competitividad y de asumir como legítima la ambición. Esa que se exige en el mundo de la empresa sabiendo que todo en esta vida tiene un precio. ¿Da la sensación de que la pelea, ahora, está en ver quién cobra menos? Nos volvemos a equivocar de debate. Si creemos que la regeneración es vital, defendámosla pero no nos engañemos. Si no queremos gobernantes mediocres, gestores mediocres, es evidente que habrá que pagarlos. Pues empecemos por admitirlo si de verdad queremos cambiarlo.

De verdad y en plural. Me refiero a nosotras… Mañana nos reunimos en Sevilla una treintena de mujeres con altas responsabilidades en empresas e instituciones en el primer Foro Internacional de Directivas, un encuentro que ha organizado la Universidad Loyola de Andalucía y Mujeres&Cía para hablar sobre el liderazgo femenino. Les sonará a lobby… ¿Y? Regenerar significa remover lo viejo, transformar para mejorar y, por supuesto, sumar. Y en esa suma deberíamos estar nosotras. Pero también aquí de verdad, sin hipocresías y sin complejos. El desafío no es de cuotas; es compartido.

Elogio del periodismo; elogio de la poesía

Magdalena Trillo | 12 de octubre de 2014 a las 11:00

El viernes conseguí que los 74 alumnos que este año se estrenan como universitarios en Comunicación Audiovisual llevaran un periódico a clase. Uno cualquiera, local o nacional, español o extranjero, de derechas o izquierdas… Casi todos rozan los 18 y, con suerte, han ojeado alguno para ver la cartelera o lo deportes si se han tropezado en casa con él.

Mi reto ahora es que lo lean, que lo destripen… y que lo disfruten. Que lo vuelvan a comprar porque así lo decidan; porque así lo quieran. Estoy empeñada en demostrarles que los periódicos son útiles; en ocasiones provocadores y ácidos y, a veces, hasta divertidos. Las críticas serán demoledoras pero, por encima de vehementes militancias y derivas corporativas, está ese papel de vigilancia, de vertebración y de responsabilidad social que cada día da más sentido a este oficio romántico que muchos están dispuestos a ver amordazado y moribundo. Y no es así. Si hay algo que nos están demostrando estos tiempos de veleidades, de fiebre tecnológica y de pragmatismo funcionalista es que los medios ni tenemos amnesia sobre lo que somos -de lo que ‘debemos’ ser- ni estamos narcotizados.

No todos los años tengo tanta suerte en el inicio del curso para convencerles. La crisis del ébola me lo ha puesto fácil. A Rajoy le ha costado cinco días reaccionar y tendríamos que preguntarnos cuánto hubiera tardado sin la presión mediática dando voz a las protestas de los profesionales y a la indignación popular. Cinco días de desconcierto, de des-información y de bulos alarmistas en las redes sociales son una eternidad. Cinco días en manos de un consejero prepotente y fullero son una provocación. Cinco días de descontrol, con una ministra manifiestamente inepta, son una temeridad.

La gestión del ébola podría convertirte en objeto de tesis doctoral. De momento, ya ha servido para demostrar a mis alumnos que twitter no es una alternativa, que engancharse a la telebasura tiene un precio y que, aunque en España no hay oficialmente prensa amarilla, la realidad es bien distinta…

Lo cierto es que ésta es la parte ‘fácil’. Soy consciente de que el desafío es diario: cada mañana tenemos que convencerle, a usted, de que no tira su dinero cuando llega al quiosco y sabemos que, con cada ejemplar, nos jugamos nuestro prestigio y nuestra credibilidad. Y no sólo en una situación de crisis. Lo más difícil, siempre, es argumentar en positivo. No desde el miedo ni desde la necesidad, sino desde la voluntad.

El viernes, mientras daba clase, en el Aljibe del Rey se fallaba el Premio Lorca. Ya he recortado las páginas que dedicamos a Rafael Guillén para mostrarles el próximo día que el placer de leer no sólo se encuentra en los libros. Y voy a empezar por lo más difícil, por la poesía. Los artículos que ayer dedicábamos al escritor granadino son pura literatura y son, sobre todo, una seductora invitación a penetrar en ese mundo privado e íntimo -al mismo tiempo universal y compartido- que nos destila en cada verso con tanta fuerzacomo el buen whisky; ese que mágica y caprichosamente se quedan los ángeles…

Él no lo sabe, pero, desde que salieron sus obras completas, su mirada incisiva y escrutadora me vigila cuando escribo. Siempre supe que su lugar estaba en el escritorio de la playa, oliendo a mar y a salitre. Rompiendo las cadenas del espacio y del tiempo; obligándome a rendirme a la belleza de la palabra, contagiándome de su pasión por la vida. Así, sencilla, desnuda. Sin artificios. Humilde. Rafael Guillén nunca ha querido “jugar al juego de los premios” pero, con la misma presión que los periodistas, siempre ha sabido que se lo jugaba todo, una y mil veces, ante el exigente lector.

El arte salió un día de los museos y las galerías para meterse en las casas de la gente; muchas veces me pregunto si la poesía nunca haya sabido -o querido- recorrer ese camino… Si no la hemos marginado entre todos renunciando a su mayor virtud, la capacidad de hacernos pensar y sentir, la capacidad de emocionarnos, la capacidad de hacernos sentir vivos. Hace tiempo me dijo un buen amigo que si quería escribir buen periodismo tenía que leer buena poesía. Tal vez sea el mejor consejo que me hayan dado nunca; tal vez sea el mejor consejo que yo pueda dar a muchos adolescentes que sueñan hoy con ser corresponsales, guionistas, cineastas y hasta creadores de videojuegos… Que lean; y que lean poesía.

Las cuerdas se rompen

Magdalena Trillo | 4 de mayo de 2014 a las 7:23

También los periodistas tenemos nuestro Día Mundial. Es el 3 de mayo. Lo declaró la Unesco hace casi 25 años y, como empieza a ocurrir con ese inagotable listado de efemérides para celebrar todo lo celebrable, su principal objetivo no es otro que recordarnos la enorme brecha que hay entre lo que tenemos y lo que ‘deberíamos’ tener. Este año, el mensaje conjunto con la ONU recalca algo tan básico como que el periodismo es “necesario” para que la sociedad esté “bien informada” y que “sólo puede haber buen gobierno cuando los periodistas tienen libertad para examinar, escrutar y criticar las políticas y las actuaciones”.

Son dos obviedades que no lo son. Y no sólo por culpa del sistema. Para empezar, deberíamos reivindicar que para estar “bien informados” hace falta “buen periodismo” y no toda la propaganda y el espectáculo que envolvemos con la etiqueta de un oficio que prostituimos y descafeinamos a diario. Porque ni todo lo que filtramos bajo el paraguas del periodismo lo es ni todos los que se dicen ‘periodistas’ lo son. Puede que el caso más extremo sea el de las tertulias políticas de televisión, pero también es el más revelador. Opinadores a sueldo que gritan e insultan para animar el debate, provocar su expulsión del plató y subir las audiencias. Las premisas son dos: brevedad y show. No sé hasta qué punto son ciertos los datos que leía hace poco pero marean: entre 1.500 y 3.000 euros por participar en La Noria, 600 euros en La Sexta Noche, de 300 a 600 en Las Mañanas de Telecinco, entre 600 y 1.000 en 59 segundos de TVE… Dicen que a Pedro J. le llegaron a pagar hasta 6.000 por unos minutos de gloria…

El problema de alcance de los tertulianos VIP no es lo que cobran sino el precio final de lo que dicen; el que pagamos todos, directa e indirectamente, sin necesidad de hacer zapping en el sofá. Es un juego peligroso con papeles bien definidos. Podríamos argumentar que los medios son libres de programar basura y usted es libre para apagar el televisor pero no siempre está tan claro cuándo nos están utilizando, cuándo manipulando y cuándo intoxicando y confundiendo con desinformación. Los españoles tenemos mil motivos, seguro que legítimos y justificables, para indignarnos y protestar. Pero hay una parte de esa creciente crispación social que está salpicando en las calles como burbujas de una olla a presión que parece salida del laboratorio mediático.

No hay periodismo sin libertad pero, parapetados tras esa libertad, no podemos aprovechar nuestra posición de privilegio para atizar la tensión social. Y tampoco para presentarnos como víctimas en un ejercicio de oportunismo barato. Los políticos también deberían tener su Día Mundial y plantearse las mismas reflexiones que nosotros: ¿qué culpa tenemos unos y otros de que una mujer le dé un puñetazo en la cara a Pere Navarro, a González Pons le lancen huevos a la cabeza y a Dani Alves le tiren un plátano en el campo de fútbol? ¿Cuánto estamos alimentando unos y otros el monstruo de la violencia, del populismo, de la xenofobia? ¿En qué medida nos estamos aprovechando?

No voy a perderme en si estos tres casos, producidos en un intervalo de horas, son una coincidencia o son algo más. El caso es que, más allá de las responsabilidades directas e individuales de los actos en sí, no deberíamos tener ninguna duda en denunciar lo que ocurrió y preocuparnos por el clima de agresividad en que se produjo. Pues se equivocan. El debate se ha convertido en un circo. Los aficionados se manifiestan pero para defender al joven que lanzó el plátano frente al “linchamiento de los medios” y, en el caso del político catalán, la disputa no es otra que ver quién saca más partido al asunto; quién es más víctima y más culpable o quién se aprovecha más del golpe y criminaliza mejor al ‘otro’.

A menos de un mes de las elecciones europeas, y con la vía del soberanismo catalán completamente tapiada, habría que recuperar a Descartes para clamar aquello de “soy atacado, luego existo”… Tremendamente peligroso y tan irresponsable como dar cancha al radicalismo político, mediático, social. La prudencia no vende; la mesura tampoco. Pero el precio de subir el voltaje es uno y es compartido: romper las cuerdas que tejen, que sostienen, la convivencia. Hay políticos en Ucrania a los que ya han tiroteado por la calle. Le ocurrió al alcalde de Járkov el lunes pasado. De espaldas, cuando paseaba en bici.

En toda escalada de tensión siempre hay un peldaño que subir y, antes de sumar espectadores, de contar votantes, deberíamos ser conscientes de a dónde conduce.