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¿Seguro que (sólo) hablamos de sanidad?

Magdalena Trillo | 15 de enero de 2017 a las 10:27

Tres meses después del estallido de la crisis sanitaria, Granada volverá hoy a salir a calle con las mismas protestas y exigencias que el primer día. A la espera de comprobar el nivel de éxito de la convocatoria -el fracaso ni se plantea-, todo hace pensar que tendremos una contundente banda sonora de críticas y un buen álbum de fotografías de indignación y cabreo que podríamos intercambiar con cualquiera de las movilizaciones que se han sucedido en estos casi cien días de conflicto.

¿Todo sigue igual? ¿Nada se ha avanzado? Depende de lo que nos interese creer y defender. De entrada, y es algo que debería preocupar más allá de reproches sobre “oportunismos” y de la “utilización partidista” que todos están realizando de la crisis hospitalaria, no es sólo Granada quien coge la bandera de la calle; otras provincias como Huelva, Sevilla y Málaga se han unido a esta creciente y contagiosa marea blanca por una sanidad “digna” y de “calidad”.

Con motivos y connotaciones diversas, es compartido el sentimiento de “deterioro” del sistema sanitario, las críticas al impacto que los recortes han provocado en los servicios y en el personal y el convencimiento de que el gran proyecto de la fusión hospitalaria es un fracaso. Y, por primera vez en tres largas décadas de autonomía, lo que se está poniendo en cuestión es la fortaleza misma y eficiencia del sistema andaluz de salud.

¿Pero las negociaciones están paralizadas? ¿Se está engañando y manipulando? ¿Hay razones para volver a tomar las calles? Si somos honestos, a estas preguntas no podríamos poder contestar. La razón es bien sencilla: no se ha dado un mínimo de margen a los interlocutores -ni confianza, ni legitimidad- para saberlo. La protesta del 15-E parecía escrita en un guion cerrado que nada tenía que ver con lo que ocurriera en los despachos.

Salud ha rectificado. La propia presidenta de la Junta ha asumido los errores y ha dado instrucciones para revertir el proceso. Con absoluta libertad para la toma de decisiones y con partidas presupuestarias suficientes para asegurar que los acuerdos a los que llegue la mesa de negociación se llevarán a cabo. ¿La cuestión, ahora, es que no nos lo creemos?

Si el problema real es la quiebra de la confianza, el cuestionamiento mismo sobre las reglas del juego y el papel que las instituciones ocupan en el tablero democrático frente a la presión de calle -la de las pancartas y la de los hashtag-, el debate sobre los “dos hospitales completos” y la exigencia de una sanidad pública “digna” que garantice la “igualdad de oportunidades” queda completamente desvirtuado en origen.

Y es por ello que parece poco probable que encontremos una salida a un desafío tan complejo como la reordenación del mapa hospitalario de Granada desde dos posicionamientos antagónicos sobre el fondo y la forma que más tienen que ver con el concepto mismo de la política y del sistema de representación que sobre la sanidad.

Es en buena medida lo que se va a dirimir a nivel interno en los partidos con las convenciones y congresos que se irán celebrando a lo largo del año a nivel federal, regional y provincial. Evidentemente, serán disputas de poder pero también de funcionamiento, de concepto y de modelo. En algunos casos, la carrera por el liderazgo focalizará la atención mediática pero es el propio ADN de las organizaciones políticas lo que de forma compartida está en cuestión.

Tal vez sea Podemos donde se está haciendo más visible el choque de trenes sobre lo que significa la vieja y la nueva política en un escenario de teórica normalización donde nada importa la fecha de constitución del partido.

Salvando las distancias, las ponencias que Pablo Iglesias e Iñigo Errejón dieron a conocer el pasado viernes de cara al congreso de Vistalegre 2 bien podrían servir de trasfondo para entender esa otra gran crisis y esos múltiples intangibles que subyacen en el conflicto sanitario de Granada. Hablamos de si los políticos deben ser “activistas” cuando asumen responsabilidades públicas o no; si los partidos, vengan de donde vengan, han de someterse a la “lógica institucional” o seguir en la “senda resistencialista” de las barricadas y las protestas; si queremos partidos “útiles” y pragmáticos o creemos que la “normalización” no hará más que “disolver” el proyecto.

Lo que Iglesias y Errejón argumentan aplicado al futuro de su formación lo podríamos extrapolar a la política misma y hasta al modelo de democracia actual. Cuando el primero alerta de la “politiquería partidista de las medallas” y cuando el segundo advierte de que “sólo si salimos de los golpes de efectos y de ser los enfant terribles de la política” se estará en condiciones de gobernar, bien podríamos pensar en la tensión -¿contradicción?- entre la calle y las instituciones. En la profunda brecha que sigue separando a los representantes y los representados.

¿No es (también) de todo esto de lo que van los posicionamientos de las plataformas y los partidos en la crisis sanitaria? Hace tres meses, la marea blanca que sorprendió a toda España en defensa de la sanidad poco tenía que ver con la política; con los partidos; con su convulsa vida interna. Hoy probablemente sea el elemento que mejor nos ayude a diferenciar unas fotografías de otras. Por quienes están y por quienes se ausentan.

¿Oportunismo? ¿Utilización partidista? Sin duda. Y sin excepciones. ¿Pero seguro que (sólo) hablamos de sanidad?

 

¿Populismo feminista?

Magdalena Trillo | 4 de diciembre de 2016 a las 10:41

Populismo y manipulación. Los periódicos se han convertido en las últimas semanas en improvisadas revistas de la reflexión política; en excepcionales plataformas para situar en el foco público un tema que suele estar restringido a analistas, filósofos o historiadores: la amenaza del populismo. Con la crisis económica convertimos los bares en ateneos de las finanzas y ahora es la crisis política la que se filtra en la agenda mediática y en las conversaciones cotidianas con (pretendidos) análisis sesudos -en parte bienintencionados, en parte interesados- sobre la deriva en que ha entrado nuestro sistema de representación y de valores. La reciente victoria de Donald Trump en EE UU y la muerte del líder cubano Fidel Castro han servido, además, para equiparar el riesgo del radicalismo de derechas con el de izquierdas dando a los dos bandos similares argumentos de confrontación.

¿Pero hay también un riesgo de populismo en los controvertidos movimientos feministas? Si atendemos a la (nueva) crisis en que esta semana ha sumido Pablo Iglesias a su partido, la respuesta no puede ser más que afirmativa. La munición la lanzó el líder de Podemos en un foro de eldiario.es con su torpe reflexión sobre la “feminización de la política” y ha desencadenado una incontrolable espiral de reacciones: desde la izquierda moderada que ha sumado “su verdadero perfil machista” a las tradicionales críticas de “altanería” y “soberbia” hasta quienes han incendiado la polémica equiparando el feminismo con el “machismo de ovarios”.

No voy a entrar en la desafortunada forma en que planteó que la “feminización de la política tiene que ver, más que con la presencia de mujeres en puestos de decisión, con construir comunidad y cuidar” -él mismo llegó a decir que no se reconocía en tales palabras y que no es lo que quiso expresar- sino en el trasfondo de su discurso: la existencia de mujeres en puestos de representación no garantiza que haya una verdadera política feminista.

El sentido común le da la razón; la realidad le da la razón. La presencia de la mujer en puestos directivos es necesaria, pero no es una garantía de nada; las cuotas son un camino irrenunciable; pero claramente insuficiente. Pero para llegar a esta conclusión hay que hacer un duro ejercicio de honestidad y de pragmatismo: guardar las siglas y los intereses partidistas en el cajón y anteponer la evidencia social al juego político.

El gobierno de Susana Díaz podría servir de ejemplo. No son pocas las críticas en los círculos feministas sobre el modo en que la presidenta de la Junta ejerce su poder. Sorprende que sus principales cargos de confianza (tanto en el partido como en el gobierno andaluz) sean hombres y que tampoco se haya producido una apuesta por mujeres para situarse al frente de los principales organismos dependientes de la Junta. Es más, si nos atenemos a las comparaciones, hasta el gobierno de Griñán era mucho más feminista que el de Susana Díaz…

Que se cumplan la “paridad” y con las “cuotas” no significa nada si no se produce en paralelo una apuesta pragmática por situar a la mujer en los principales puestos de decisión -donde realmente se puede medir su impacto es en el día a día del ejercicio del poder- y si no somos capaces de reconocer que también el movimiento feminista tiene sus distorsiones. Me refiero, por ejemplo, a los lobbies feministas que terminan actuando como clubes de amigas admitiendo, excluyendo y rotando en función de filias y fobias.

Nada de lo que acabo de plantear es políticamente correcto. Ni feministamente admisible. Pero no sería responsable reclamar una política activa en defensa de la igualdad si no reconocemos los desajustes del camino.

Podemos arranca la próxima semana en Granada una ruta por todo el territorio nacional para recoger las “demandas de las mujeres” y conseguir que la formación política sea una herramienta efectiva capaz de cambiar el país “de dentro a fuera”… Suena a populismo, sí. Y a oportunismo, sí. Pero admitamos que no es una ocurrencia ni una casualidad. El (verdadero) feminismo necesita un debate sosegado y sincero. Porque el poder hay que ejercerlo desde el poder mismo y desde el simbolismo del poder.

Política ‘on the rocks’

Magdalena Trillo | 3 de julio de 2016 a las 10:32

La política es como el alcohol. Primero te seduce, luego te engancha y, en función del punto de saturación, puede acabar sumiéndote en la más inconsciente complacencia o expulsándote con efecto rebote. Todo depende del qué y del cómo. Son los extremos. En la franja intermedia está el coqueteo. Las burbujas.

No es una metáfora ligera. Que el cava se sirva ahora en una gran copa de balón con mucho hielo no es sólo una moda; tiene que ver con estos nuevos tiempos de inquietud y de experimentación en que vuelve todo lo viejo pero reinventado. Es un momento de sensaciones y de tendencias. De provocación. No hay espacio para los sacrilegios y sí para la novedad compitiendo con el esnobismo, eso que ahora llamamos postureo.

Los productores están obsesionados con identificar los gustos y preferencias del consumidor, adelantarse para acaparar el mercado e, incluso, ser capaces de crear la demanda. El vino, la cerveza y hasta el cava han entrado en un terreno mutante. Cerveza de garnacha negra, champán transmutado en gin-tonic, los sherry wines que regresan a lo vintage y hasta desempolvamos el ritual del vermut para las comidas familiares del fin de semana.

Si a este escenario cambiante y de confusión unimos el adictivo mundo de la coctelería y recalcamos que un factor clave de los nuevos tiempos es la drinkability -todo fácil de beber-, llegamos sin mucha dificultad a la actualidad política: el desconcierto de los partidos con nuestros gustos electorales, los somelliers rompiéndose la cabeza para encontrar el combinado perfecto -al menos el menos malo- y el populismo de lo fácil amenazando con tumbar todo el sistema.

Casi lo único poco interpretable de la resaca del 26-J es que fallaron las encuestas. Otra vez. En Podemos se arrepienten ahora de no haber realizado sondeos propios que pudieran haber atisbado la ilusión del sorpasso para evitar subirse a una ola ficticia de ganadores en un mercado en el que los clásicos siguen aguantando el envite de los emergentes. No hay autocrítica y, puestos a insistir en los errores, no se les ocurre otra cosa que ¡hacer otra encuesta! para saber por qué más de un millón de españoles le han dado la espalda y no ha funcionado su matrimonio de conveniencia con IU.

En las filas socialistas han sido prudentes esta vez evitando calificar de “histórica” su resistencia. Sin embargo, muy en la línea de las divisiones, bandos y guerras internas que el PSOE lleva en su ADN, los movimientos para “reconstruir” el partido han saltado de la escala nacional a la local con la mirada puesta en los congresos que se irán celebrando a la vuelta del verano en cuanto se despeje el puzle del Gobierno -si eso ocurre-.

En Granada, desde luego, no se prevé un cónclave tranquilo. Aunque Teresa Jiménez ha pedido que no se “mezclen” debates, muy en la línea de Susana Díaz cuando advierte que es Pedro Sánchez quien ha perdido en Andalucía (que ella no se presentaba), la realidad es que el PP ha salido fortalecido. En la provincia y en Andalucía. Las elecciones no serán extrapolables a efectos reales de poder pero sí condicionan la vida interna en los partidos. Y el liderazgo o debilitamiento de los equipos. En la capital, por ejemplo, la primera lectura era inevitable: ¿se hundiría el PP por el caso Nazarí? La respuesta era previsible (y sin necesidad de recurrir a las sobrevaloradas encuestas): el coste electoral de la corrupción en España sigue siendo contundente. Ninguno.

Hemos transitado del 20-D al 26-J saturados de política y de sondeos para terminar (casi) igual. Más que mirar a la frutería de Andorra, tal vez lo que nos falte por hacer es una encuesta de las encuestas. Hasta qué punto el clima de opinión que se va dibujando con muestras mínimas, con voto oculto, con medias verdades (o mentiras) y, por supuesto, con respuestas interesadas (¿quién no ha dicho alguna vez que ve los documentales de La 2?) termina condicionando el voto. Está la propia campaña al despiste de los partidos, están los programas electorales de evidente inviabilidad y están los cabezas de cartel que son en sí mismos una contradicción… Pero están sobre todo las expectativas sobre la utilidad final de nuestro voto. ¿Lleva razón Pablo Iglesias? ¡La culpa es de las encuestas! ¿Llevaba razón Susana Díaz? ¡Nos han emborrachado de encuestas!

Manual del postureo

Magdalena Trillo | 17 de enero de 2016 a las 10:59

La palabra no existe (aún) en los diccionarios. La RAE remite, de forma inesperadamente profética, al término chileno “costureo” y sólo la Wikilengua concreta que es un neologismo acuñado recientemente en el contexto de las redes sociales y las nuevas tecnologías “para expresar formas de comportamiento y de pose, más por imagen o por las apariencias, que por verdadera motivación” y nos advierte que en España “somos dados al postureo, a la imagen, al coqueteo, a vender humo”.

Después de convertir a un bebé y a un diputado con rastas en las imágenes para la historia de la barroca, anacrónica y solemne constitución de las Cortes en la undécima legislatura de la democracia española, después de ponerle sonido con la inaudita y afectada preocupación de la malagueña Celia Villalobos por contagiarse de piojos, es fácil constatar que también en este campo nuestros políticos son alumnos avanzados.

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El curso intensivo nos lo han dado esta semana desde Madrid, pero también ha tenido su versión Granada. Unos recurrieron a los niños y otros a las bicis. La instantánea final del postureo local la publicamos este viernes en la primera de Granada Hoy: un exclusivo plantel de cargos socialistas pedaleando al estilo Verano Azul. No descubro todo el making off pero sí les revelo que más de un periodista que cubrió el acto -se inauguraban los primeros carriles bici que conectan la Vega y la capital- llegó a temer por la integridad física de los protagonistas (lo de que nunca se olvida no está tan claro) y hasta fueron testigos de una serie de tomas falsas con la entusiasta disposición de los improvisados ciclistas a repetir escena para que unos compañeros de televisión pudieran grabarlo bien.

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El término postureo es relativamente nuevo (hace años que circula en las redes sociales aunque no se haya popularizado hasta el intenso año electoral de 2015), pero la realidad no. Lo han hecho los políticos desde que salimos de la caverna platónica y lo hemos hecho los humanos desde que nos tambaleamos sobre dos piernas: aparentar, figurar, buscar el reconocimiento de los demás; intentar proyectar una buena imagen de nosotros mismos, ser especiales; dejarnos caer por un bar, por una exposición, por un acto público, con el único fin de que nos vean; mandar un tuit para sorprender a nuestros seguidores; subir un comentario a Facebook esperando impacientes a que nos aplaudan con decenas de ‘Me gusta’.

Son ‘gestos’ de la vida digital e interconectada de hoy que evidencian un juego de pose similar al que podemos encontrar en las paredes de cualquier museo, no muy diferente al que ya practicaban las mujeres tras la Segunda Guerra Mundial pintándose una raya en las piernas para aparentar que llevaban medias. Cambian los tiempos, cambian los códigos, pero no el ADN. ¿No han visto a más de un político dando codazos para salir en la foto? ¿Recuerdan hace dos años el despliegue de políticos del PP bien achuchados para inaugurar una rotonda en Alhendín? ¿Se han preguntado alguna vez de dónde vendrá la fascinación de los ‘de arriba’ por ponerse apellidos compuestos?

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No hay distinciones. No hay límites. Nadie se salva. Los ejemplos sería infinitos. El primer mandamiento del postureo es “aparentar”. En la revista GQ (Gentlemen’s Quarterly), una de las publicaciones más sofisticadas y exclusivas sobre moda y estilo masculino, Javier Girela escribió hace tiempo un artículo a modo de “Manual del postureo” que podría formar parte de la biblioteca (real o puesta) de cualquier político.

Construido a partir de las aportaciones de especialistas del sector y expertos en Comunicación Digital como el profesor José Luis Orihuela (argentino y navarro de adopción), lo que más me ha terminado llamando la atención es la normalidad con que no sólo se justifica sino que se defiende el postureo. Su utilidad real: tenga siempre una frase hecha adecuada para poder opinar de cualquier tema, sed espíritus libres y posturead allá donde vayáis porque no hay normas que seguir, del postureo no escapa nadie… Unisex y atemporal. Hasta las madres pueden ser expertas posturistas: “Cualquier día me voy y no vuelvo. A ver que hacéis…”

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Inicialmente había pensado escribir un artículo duro contra la política de gestos. Quería denunciar que al bebé “Dieguito”, mientras los medios le difuminábamos el rostro para intentar (inútilmente) preservar su identidad, su madre lo exhibía rebajándolo al mismo nivel de “cosa” contra el que las mujeres llevamos décadas luchando; que en la carrera por la igualdad no podemos perdernos ni en artificios ni en hipocresía. Quería recordar el revuelo que se montó hace años cuando José Bono pidió a Miguel Sebastián que acudiera al Congreso con corbata y lamentar que personajes como Villalobos sigan haciendo tanto por la casta y la vieja política. Quería mostrar a nuestros representantes institucionales de Granada todos los grandes proyectos en infraestructuras que siguen esperando algo más que una mañana de paseo en bici.


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Creo que me equivocaba de tono. Que iba a caer en el mismo postureo que pretendía criticar. En la facilidad del reproche público -y socialmente compartido- con argumentos, lo confieso, nada originales.

Lo cierto es que he acabado pensando justo lo contrario. Me ha convencido el argumento de que “no es dañino si somos consciente de ello”. Que, aunque pueda resultar artificial, al final “elegimos lo que queremos del postureo, por lo que termina diciendo algo único y verdadero de nosotros mismos”. Que es un juego y los juegos, con ciertos límites, “no tienen por qué ser malos”. Que al final cualquier cosa que se haga puede ser tachada de postureo, pero “no por eso vamos a dejar de hacerla“. Que vivir con ese miedo sería absurdo.

El matiz, una vez más, surge de la mesura y el sentido común. De evitar que la creciente dependencia de la aprobación de los demás, el bucle infinito de la sociedad actual de ser más, hacer más, vivir más, fingir más, no se convierta en una patología.

Importan las fotos, importa el gesto, cuando dicen mucho más de lo que muestran. El alcalde se sentaba este viernes con el presidente de la Diputación, la delegada de la Junta y los empresarios para evidenciar la unión institucional en un sector tan vital para Granada como el turismo. No lo vimos en la difícil y conflictiva etapa de Martínez Caler pero tampoco lo hemos visto durante los cuatro años en que su ‘compañero’ de partido Sebastián Pérez ha gobernado la provincia. Si hay algo de postureo, bienvenido sea…

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Y bienvenidas las fotos de bicis y bebés si detrás del gesto hay obras terminadas (y útiles) y medidas eficaces que nos beneficien a todos y nos permitan avanzar.

¿Mi voto cuenta?

Magdalena Trillo | 27 de diciembre de 2015 a las 10:42

Si nuestro voto cuenta, el pacto de gobierno en España debería ser posible. A pesar del endiablado sudoku que ha resultado de la jornada electoral, a pesar del postureo con que están afrontando todos los partidos la ‘obligación’ de llegar a acuerdos y a pesar del complejo escenario que han abierto los nuevos e imprevisibles actores que se han sumado al tablero. ¿Pero no trataba de esto la nueva política?

Los españoles hemos votado democracia. En plural, pero democracia. No es ninguna obviedad. Estamos ante el desafío más incierto de las tres últimas décadas porque así lo hemos querido. Y lo hemos decidido desde la “responsabilidad” que se nos pedía. Tal vez no nos demos cuenta, pero España ha sido capaz de canalizar la indignación popular con más democracia, con más participación y con más compromiso. Lo que está ocurriendo en algunos países de ese ‘primer mundo’ que presume de conquistas sociales, libertades y privilegios es que se ha dado vía libre al populismo -y a la intransigencia- con proyectos políticos xenófobos y radicales de peligrosa y creciente aceptación ciudadana.

Puede que no recordemos cuando hace ya cinco años pedíamos a quienes levantaban la voz el 15M que tomaran partido dando una respuesta al cabreo popular a través de los cauces de convivencia que todos los españoles compartimos desde la Constitución del 78. Nos advirtieron que no eran ‘marionetas’ y no lo son. Ya tienen voz y voto. Han cumplido. Quienes acamparon en la Puerta del Sol cruzarán la puerta del Congreso de los Diputados al mismo paso que lo harán quienes hasta ahora habían ocupado todo el espectro ideológico de la derecha, quienes han roto el liderazgo del PP con una propuesta neoliberal de centro -con menor impacto del esperado- y quienes atesoran un siglo de historia como referente de la izquierda -¿lo mantendrán?-.

Más democracia, más participativa, más justa y más real. No lo pide Podemos; lo exigimos los españoles. Sin aventuras. Y con independencia del color de nuestra papeleta.

Si nuestro voto cuenta, debería ser el momento para reformar la ley electoral, para prohibir las puertas giratorias, para cerrar las costuras del Estado del Bienestar que han quebrado siete años de crisis y políticas de austeridad y para consensuar una salida al conflicto soberanista catalán que garantice un modelo estable de convivencia sin enterrar aquel ‘café para todos’ que para Andalucía significó oportunidades e igualdad.

El Centro de Estudios Andaluces acaba de publicar el Ideal Andaluz de Blas Infante. Lo hace cuando se cumplen cien años de la edición original de la obra en la que el ‘padre de la patria andaluza’ esbozaba el corpus teórico de los principios económicos, sociales y políticos que defendió durante toda su vida. Desde su pensamiento universal y cosmopolita, hace un siglo que ya advertía que levantar Andalucía “de su postración” sería obra de Titanes: no era profecía; ha sido el devenir de una región que sigue sometida a prejuicios y agravios con la injusta paradoja de tener que compartir su fortaleza como bastión de la unidad y el equilibrio territorial de España con la debilidad final de ser una nación solidaria, sin egos y sin pretensiones.

Hace más de un siglo que Blas Infante ya hablaba de “regeneración“. Pero desde abajo. Desde lo más simple: “España se desangró en un rudo batallar de siglos tras los fantasmas desvanecidos de un ideal equivocado. A pesar de las cien derrotas, vive en el fondo del alma española un ansia perenne de robusta idealidad”.

No parece que hayamos avanzado demasiado… Tanto que es difícil saber si quedarnos con el sentido trágico del “ideal equivocado”, del mal gobierno, o con la esperanza de la “robusta idealidad”.

No muy diferente lo vio varias décadas antes el pensador granadino Ángel Ganivet. En 2015 también se cumple el 150 aniversario de la muerte del cónsul y diplomático que acabó suicidándose en las heladas aguas letonas de Riga. Desde la agonía, el derrotismo y hasta la depresión existencial con que vivió aquel fin de siglo, su Idearium español sigue siendo una obra de referencia. Filosófica y política: “Cuando los de abajo se mueven, los de arriba se caen”.

Aún no lo sabemos con certeza… Porque lo españoles nos movimos el domingo pero, de momento, los de arriba siguen aferrados al poder. Y todos (tradicionales y emergentes) atrapados en las viejas formas de hacer política.

Lo más provocativo que he leído estos días sobre el 20-D nada tenía que ver con la ‘época política’ que estamos cimentando en España pero lo podríamos extrapolar: “¿Y si las elecciones no fueran la democracia?”. Es el título de uno de los ensayos que integran el libro de Pascual Serrano La culpa es de los libros.

El periodista y ensayista valenciano, fundador de la revistaRebelion.org y asesor de Telesur, profundiza en la tesis del diplomático cubano Ricardo Alarcón sobre el riesgo del “democracímetro“, arremete contra la hipocresía de la “mitificación electoral” cuando mantenemos un sistema “donde unos pocos tienen demasiado y muchos carecen de todo” y alerta de la “farsa” que supone una democracia “representativa” en la que “jamás se aprueban leyes que obliguen a los gobernantes a cumplir las promesas que hicieron, ni se establecen sistemas que impidan revocar los mandatos y se abusa del mecanismo electoral hasta el punto incluso de lograr la “impunidad judicial”.

Mostesquieu frente a Rousseau. La democracia formal que se rinde a las formas y a la “representación como modo de controlar a la muchedumbre” frente a la democracia participativa, a la soberanía popular y a la ley como “expresión de la voluntad general”.

No reflexiona en abstracto: “Los gobernantes españoles se auparon al poder con dinero negro o donado por los bancos y los italianos con leyes inconstitucionales. ¿Dónde queda entonces la legitimidad democrática?” Se refiere a Filesa, a la trama Gürtel, a Luis Bárcenas, a Silvio Berlusconi…

Parte de la respuesta tal vez la hallemos en otra de sus ‘embestidas': “Cuando el mediocre gobierna y el brillante acata”. Cuando mentes infantiloides acaban gobernando el mundo. El Bienvenido MísterChance de Peter Sellers. La “Idiocracia”. La autocrítica necesaria que implica preguntarnos si, teniendo capacidad para más, nos limitamos a mirar con arrogancia al político soportando el atropello. Refugiándonos en el desprecio.

Podríamos coincidir en sus anhelos: los españoles no queremos una democracia de cartón piedra. No queremos meras formalidades de participación, sistemas electorales injustos, campañas manipuladas, incumplimientos impunes y desprecio sistemático de la opinión pública. No es esa la democracia que queremos.

Pero de nada de esto hablan estos días los partidos… Me pregunto si lleva razón el filósofo catalán Salvador Pániker cuando simple y llanamente sentencia: “El defecto nacional es que nadie escucha”. Los españoles hablamos el 20-D. ¿#mivotocuenta?

La navaja de Ockham en política: lo que faltan son sillones

Magdalena Trillo | 25 de octubre de 2015 a las 11:44

El líder de Podemos reconoció hace justo una semana que no le salen las cuentas. Pero que no pasa nada; que lo importante de su programa electoral son los principios a los que se aspira, lo que se pretende conseguir…

No quedó bien ni en televisión. Pablo Iglesias confesó ante cinco millones de españoles lo que muchos intuían: que sus propuestas para el 20-D son una carta a los Reyes Magos; que se pueden prometer pero no se pueden cumplir. En su decadente camino para “asaltar el cielo”, al dirigente (cansado) de la formación morada le falla ya hasta la oratoria. Pero el problema no es exclusivo de Podemos. Es compartido y se contagia.

pablo iglesias

 

Bruselas ya ha advertido al Gobierno contra las ‘alegrías’ con que ha confeccionado los presupuestos de 2016 -su programa, de facto-, del borrador socialista sólo conocemos un avance de su “radical” enmienda a la totalidad -de momento no hay letra (ni grande ni pequeña) que lo sostenga-, la Junta de Andalucía ha tenido que ceder ante Ciudadanos acordando una bajada de impuestos en un verdadero ejercicio de acrobacia financiera y, a nivel local, ya han empezado a saltar las alarmas. O se recauda más o los números no salen.

Estoy mezclando presupuestos y programas (obligaciones y deseos), pero la culpa no es mía. Es lo que tiene convocar unas elecciones generales a diez días de que se cierre el año, con olor a castañas y mazapán, con las cartas (las verdaderas) a sus Majestades de Oriente en los bolsillos y la presión nada buenista de Hacienda sobre nuestras cabezas.

En la Plaza del Carmen se han vuelto a saltar la disciplina de partido y han decidido contarlo. El propio alcalde ha sido el protagonista de este nuevo arrebato de sinceridad cuando ha cargado sonora y directamente contra el Gobierno de Rajoy (su gobierno) por provocar la asfixia económica de la ciudad y, en última instancia, obligar a subir impuestos. La palabra mágica es “revisión” pero la consecuencia es siempre la misma: cuando se desmadran los números rojos, la solución es siempre la misma. Recaudar más. Que lo paguemos usted y yo.

pablo iglesias

El razonamiento es simple: si hay que subir el sueldo un 1% a los trabajadores públicos, devolver la paga extra, empezar a amortizar el crédito que se pidió para afrontar el plan de pago a proveedores y no se pueden pedir nuevos préstamos ni aumentar la deuda por la Ley de Estabilidad Presupuestaria… ¡Pues no es sólo la TG-7 lo que se tambalea! Son los servicios básicos, la gráfica imagen de levantar a diario la persiana de la ciudad, lo que se condiciona. La deuda de 450.000 euros que se ha destapado en la televisión municipal es sólo el principio. En unos días nos contarán el ‘agujero’ de la Rober y, acomódense bien en el sillón, porque es una precampaña a tumba abierta lo que se empieza a dibujar.

En los corrillos de los periodistas hay una teoría: a Torres Hurtado lo han llamado de Madrid y le han dicho que vaya haciendo las maletas, que se coma los turrones y que no vuelva. En este escenario, por qué no pelear hasta el último día por su ciudad, caiga quien caiga, y mucho mejor si a quien se mina es al partido que ha encargado a su jefe y compañero Sebastián Pérez que dirija la campaña del PP a nivel andaluz. ¿Cuanto peor sea el resultado del 20-D para el PP mejor es para Pepe Torres? ¿Es una forma de evidenciar que su desgaste en las municipales no fue propio sino “consecuencia” del castigo de los votantes a las reformas y ajustes de Rajoy?

Deberíamos tener más que dudas sobre el servicio público de la TG-7 pero muy pocas sobre su efecto propagandístico. ¿La dejamos en servicios mínimos justo en la carrera electoral? Sitúe en este contexto el sorpresivo ataque del partido provincial a la concejal Isabel Nieto (en el núcleo duro del alcalde) y calcule opciones.

Porque, aun con fecha de caducidad, el mando lo sigue teniendo Torres Hurtado. Si ‘provoca’ una moción de censura, le abre la puerta de la Alcaldía al socialista Paco Cuenca; si accede a jubilarse no será sin contrapartida y, como imaginará, en ningún caso el relevo será Sebastián Pérez. ¿Juan García Montero candidato de consenso?

torres hurtado

Nada es casual. La tarta es cada vez más pequeña y son más lo que se quedan sin porción. Puede que PP y PSOE se mantengan en los primeros puestos, pero la sangría que se atisba tendrá consecuencias en sus filas. La fuga de apoyos al bipartidismo es creciente y son dos nuevas formaciones las que llaman con fuerza a la puerta.

Bastan dos simples restas: de los 186 diputados que consiguió el PP en 2011 a los 128 que le daba, por ejemplo, hace una semana la encuesta de ABC; de los 110 que logró el PSOE a los 84 que es estiman en la convocatoria de diciembre. Son más de ochenta sillones -¿dos menos en Granada?- los que se esfumarían del reparto para los grandes partidos. Que se sumarían a todos los damnificados que han quedado por el camino tras las municipales y las autonómicas.

Lamentablemente, hemos construido un sistema político y de poder en España que transforma en una auténtica tragedia lo que debería ser normalidad. Estar o no en política debería ser una elección, una oportunidad, no una necesidad. Pero la crítica a los partidos por actuar como agencias de colocación no es baladí. Vemos a diario cómo colocan por la puerta de atrás, gratifican los servicios prestados con las giratorias y terminan cargando con la situación familiar y hasta personal de quienes no tienen otro oficio que ser útil al partido (a nivel orgánico o a nivel institucional). ¿Sabe alguien a qué se puede dedicar Juan Antonio Fuentes después del desbarajuste de TG7? Es un simple ejemplo. Uno de tantos.

A cuenta de los buenos datos de la última EPA, me preguntaba un buen amigo si había analizado bien los datos de nueva contratación. Estaba indignado. Más de 20.000 nuevos empleos se han creado en el sector público. La ex directora de TG7 está ya colocada en los Mondragones. ¿A esto nos referimos?

tg7

Torres Hurtado ha pedido “responsabilidad” a los partidos para aprobar las ordenanzas fiscales porque sólo recaudando más (7 millones estima el concejal de Economía con la revisión del IBI) se pueden cuadrar las cuentas y evitar que se “paralice la ciudad”. Bien, pero la responsabilidad ha de ser compartida. Si de verdad estamos en un momento de gobierno sin ataduras, de ejercicio del poder al servicio de la ciudad (no del partido), deberíamos asumir que no son sólo ajenos los cadáveres que se tendrán que dejar por el camino.

El principio de la navaja de Ockham se ha utilizado en economía, en lingüística, en biología y hasta en música. Deberíamos aplicarlo a la política: “en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable”. No sé si a Pepe Torres lo han llamado de Madrid, pero me quedo con la reflexión más simple: ¿recuerdan aquello de “qué hay de lo mío”?. Son guerras de poder, es política, es economía… pero lo que faltan son sillones. Y sueldos.

La moda hipster en política

Magdalena Trillo | 26 de julio de 2015 a las 10:30

Que lo hipster esté de moda no es casualidad. Que un gobernante se haya atrevido a poner en marcha una web para rectificar ‘oficialmente’ a los medios tampoco. Lo de Versión Original es pretencioso, legítimamente criticable para quienes seguimos creyendo que el buen periodismo no es un espejismo vintage y ha surgido claramente a la desesperada como una clara cortina virtual con la que difuminar el absoluto desconcierto, contradicciones e incoherencia con que los ‘emergentes’ han estrenado poder en las principales ciudades españolas.

Pero, si bien el primer problema de la nueva política es propio, el segundo es inducido. Estratégicamente fabricado. Madrid y Barcelona se han convertido en los dos grandes laboratorios de gobierno hipster para Podemos. Dejando a un lado las siglas y confluencias interesadas con que el partido de Pablo Iglesias ha ido sorteando hasta ahora las diferentes convocatorias electorales, era más que previsible la enorme lupa con que mediáticamente se iba a diseccionar la llegada al poder de la “gente”. Manuela Carmena y Ada Colau tienen más focos sobre su gestión que cualquier alcalde precedente.

Los motivos son también dos: las excesivas expectativas depositadas en el valor del “cambio” -cuando las ideas chocan con el pragmatismo de la burocracia y el inmovilismo de la rutina llega la sobredosis de frustración que, por ejemplo, empieza a sufrir a diario Kichi en Cádiz- y las consecuencias de sus experimentos: después de año y medio reservando la marca de Podemos para “asaltar el cielo” en noviembre, lo que realmente podremos ver en las elecciones generales es hasta qué punto está tocado el bipartidismo y hasta dónde llegarán las amenazas de miedo hacia la “izquierda radical” con el oportuno antimodelo de Grecia todavía en la retina.

El termómetro tendrá una primera lectura nacional, pero también regional y local. La fragilidad con que se han terminado conformando las instituciones tras el 24-M deja abierta la puerta a ruptura de alianzas y mociones de censura que, de cara a la aprobación de los presupuestos de 2016 como instrumento ineludible de gobierno, determinarán la foto política a partir de enero.

En Granada, donde la interinidad de Torres Hurtado está cada vez más difuminada, parece que ocurrirá todo lo contrario: del gélido deadline de noviembre se ha pasado a una resignación generalizada a dejarlo estar. Y no porque Ciudadanos diga que “ahora no toca este debate”, el propio alcalde deslice que su compromiso con el electorado es “para los cuatro años que dura el mandato” y su número dos en el Ayuntamiento y jefe provincial haya decidido no interferir una vez asimilado el duro batacazo de mayo. Los juegos de poder se configurarán, como siempre, a partir de la fortaleza que den las urnas.

Los datos internos del PP hablan ya de clara remontada. Con todo un verano de por medio, el desafío de las catalanas en septiembre y la volatilidad e incertidumbre con que evoluciona la intención de voto, son conscientes de la extrema prudencia con que han de analizar sus datos internos. Aun así, lo que hoy empiezan a vislumbrar es, por un lado, un doble efecto boomerang y dominó del gobierno de los “radicales” en Madrid y Barcelona (de descontento creciente y de impacto contagioso) y una cierta reconciliación con su electorado que confían en transformar en voto masivo tras los tres severos castigos consecutivos recibidos en las convocatorias del último año.

Muchos de los que se quedaron en casa volverán para frenar la previsible alianza PSOE-Podemos y los que se fueron a Ciudadanos, también. Sus datos internos apuntan a una posible pérdida de escaños de casi la mitad en apenas tres meses (de unos 35/40 a apenas 20). Con tal horizonte, y en un escenario de voto donde la actual ley electoral beneficiará ampliamente a populares y socialistas, el partido de Albert Rivera puede que en Andalucía sólo consiga rascar dos escaños (en Málaga y en Sevilla) y deje más que tocadas las altísimas expectativas de la formación en otras provincias como Granada donde precisamente se juega el puesto de congresista Luis Salvador.

El salto al vacío o lo menos malo. De esta forma tan gráfica se ve desde el PP la disyuntiva para las generales y, probablemente, con el mismo sentimiento funcional se terminarán abordando casos abiertos como el de Granada. En resumen, que si los astros no se alinean en contra, a Torres Hurtado no lo moverán tal fácilmente del sillón. Seguro que en este punto termina pensando igual que yo… Tanto para nada. O peor aún: tanto para lo mismo…

Si lo piensan, la nueva política está usando los mismos recursos fáciles que utiliza la industria de la moda: tiramos de catálogo y actualizamos, buceamos en las pasarelas de hace equis años y lanzamos propuestas teóricamente rompedoras que acaban determinando el corte del vestido que estrenará esta noche, el color de la corbata del próximo alcalde y hasta el largo del bañador.

Las modas sociales no son diferentes. Ser hipster, hoy, es volver a lo vintage, lo alternativo y lo independiente. Vestir extravagante, escuchar a Bob Dylan, usar mucho las redes sociales y predicar contra las modas, paradójicamente, creando moda. Los pobres son pobres de verdad; los hipster tienen que tener mucha pasta para (sólo) parecerlo. Las tendencias políticas van por el mismo camino. Pero aquí la preocupación debería ser mayor.

Es la frivolidad y la pérdida de valores lo que se está expandiendo como una imparable mancha de alquitrán. Ahora que tan de moda está Grecia igual no está de más completar alguna tarde estival recurriendo a uno de sus (nuestros) clásicos. ¿Matar a Sócrates? Es el nombre del ensayo que acaba de publicar Gregorio Luri preguntándose por el legado del filósofo griego: ¿estamos en una sociedad donde lo nuevo ha sustituido a lo bueno en el nuevo orden de nuestros valores? Contéstense pensando que es “diálogo” y “debate” como llamamos a lo que hacemos en Facebook…

De avestruces y cacerías

Magdalena Trillo | 31 de mayo de 2015 a las 12:09

Una avestruz de plástico esconde la cabeza en un huevo. Su huevo. A las fotografías de Chema Madoz les ocurre como a las viñetas de prensa: son calambres de realidad. Siempre hay más de lo que parece. Parten de mensajes amables y rutinarias imágenes de la vida cotidiana para desconcertar. Son provocadoras, coquetean con el equívoco y el despiste, nunca son inocentes. Son golpes de poesía, metáforas y paradojas que se transforman en balas de emociones directas a la razón.

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La sala Alcalá 31 de Madrid muestra hasta primeros de agosto la última obra del Premio Nacional de Fotografía con la retrospectiva Las reglas de juego. Madoz experimenta con los objetos pero son iconos de nuestras vidas lo que cuelga de las paredes. Miedos, enigmas y anhelos atrapados en la simplicidad del blanco y negro. La nube que descansa sobre el tronco del árbol -más apacible que aquella otra que enjauló en el infinito del cielo-, la cuchilla que marca las páginas del libro, la corchea que flota en el daiquiri, el dado de la suerte que se derrite sobre el cristal, el collar de perlas preciosas que somete y castiga a modo de impasible horca…

El artista mira a la naturaleza y nos regala poesía visual. La avestruz que ilustra el catálogo es inquietante. Por lo que constata y por lo que sugiere. Es el símbolo de la sociedad contemporánea. De nuestra actitud defensiva y de nuestra incapacidad. Cuando Mariano Rajoy compareció el lunes para analizar los resultados electorales yo no vi al presidente del Gobierno; vi una avestruz protegiéndose en el calor del huevo. Cuando Pedro Sánchez sale triunfante para hablar de pactos y de estrategias, sólo veo una avestruz sobre un huevo que no sabe cómo perforar. Cuando Pablo Iglesias y Albert Rivera irrumpen con mochilas cargadas de condiciones interesadas, de líneas rojas y exigencias partidistas, sólo veo a dos avestruces en busca de un huevo al que poderse encaramar.

El 13 de junio se han de constituir los ayuntamientos en España y, de momento, lo único que tenemos garantizado son los titulares. El PP se ha dejado en las urnas 2,5 millones de votos pero el mensaje oficial es de victoria aun siendo conscientes de que perderán el poder en comunidades clave y, en decenas de ciudades, serán triunfos amargos que no les permitirán gobernar. Se vendan los ojos ante el batacazo con la misma frivolidad con que se niegan a ver la desbandada de barones autonómicos que, ellos sí y contradiciendo a Rajoy, han decidido asumir su responsabilidad tras las elecciones del pasado domingo. El problema, por supuesto, (sólo) es de comunicación… Y lo resuelven con más oscurantismo, con ruedas de prensa sin preguntas -dos días le ha costado al líder andaluz aparecer ante los medios para no decir ni hacer nada sustancial y no admitir que se le interrogara- y con más política del avestruz y en diferido. Ya se reaccionará o no; y ya se contará o no.

La ceguera es compartida. Los socialistas se han puesto el traje de ganadores obviando dos realidades: el millón de votos que han dilapidado en esta convocatoria y el elevado precio que tendrán que pagar en las alianzas de gobierno. Lo de ser un partido “de mayorías” está muy bien como eslogan si en algún momento se cumpliera sobre el papel. No es lo probable.

A los dos grandes, a los del bipartidismo tocado y decadente pero no muerto, hay que reconocerles que al menos mantengan un huevo en el que esconderse. Podemos y Ciudadanos nada tienen de momento que conservar, así que su estrategia es claramente ofensiva y de desgaste. Han salido a cazar; de caza mayor. Atentos si no a los candidatos de Ciudadanos en Málaga y Almería que, con un puñado de votos, ya se han visto alcaldes. O giren la mirada a los movimientos de las marcas blancas de Podemos en su campaña de desalojo del PP.

La caza es un vicio de los viejos partidos que los nuevos asumen aunque sea, como en la obra de Madoz, metafóricamente. En España, si lo piensan, nunca hemos terminado de retratar bien el imaginario de la corrupción, de las presiones y de los juegos de poder. A los maletines negros del gánster norteamericano les faltaba el rifle de caza. Los maletines los hemos actualizado en forma de bolsos de Loewe pero seguimos teniendo una asignatura pendiente con el escenario cinegético. Empezando porque no sabemos si fue antes el huevo o la avestruz. ¿Es la caza la que incita a la corrupción o hay algo en los corruptos que los predispone a cazar? El PP de Valencia, desde la Gürtel a la trama de comisiones que acaba de llevarse por delante al delegado del Gobierno, podría servirnos de muestra de estudio. ¿No se amañan las contrataciones con la misma eficacia haciendo footing o jugando al golf?

En todo caso, ya estamos avisados: si ve a un político de caza, sospeche. La otra caza, la simbólica, puede resultar menos evidente pero es igual de peligrosa. Las cabezas de Griñán y Chaves ya descansan sobre bandejas de plata y ahora toca a nivel local. En Granada, Ciudadanos ha puesto precio al PP para dejar gobernar a Torres Hurtado: la cabeza de su concejal de Movilidad y ‘ejecutora’ de la LAC.

Todos son conscientes de que el nuevo mapa de transporte en la capital ha sido una bomba para el alcalde -la pérdida de votos en los barrios lo ha dejado con un resultado que no se conocía en la capital desde finales de los 80- pero personalizarlo en Telesfora Ruiz peca demasiado de efectismo mediático y de tacticismo político; era uno de los proyectos estrella de un equipo de gobierno (no de un área) y, si hay algo que se le puede reprochar a la edil es haber cumplido con solvencia y rigor el encargo. La LAC gustará más o menos, funcionará mejor o peor, pero se ha ejecutado lo que se decidió. Extraña por tanto que, puestos a pedir cabezas, el grupo de Luis Salvador no haya apuntado a lo más alto.

El futuro de Pepe Torres es, desde el pasado domingo, el que queda completamente desdibujado. La misma noche electoral anunció que, si no conseguía formar gobierno, daría un paso atrás y abandonaría la política. Matemáticamente podría enfrentrarse a una opción de gobierno cuatripartito en torno al socialista Paco Cuenca pero parece más factible una alianza directa con Ciudadanos o, lo más previsible, un gobierno en minoría como lista más votada con la abstención del partido naranja. El coste será alto antes del acuerdo, pero lo realmente duro llegará después cuando haya que gestionar una ciudad con cuatro formaciones en contra.

Como cabeza de cartel, Pepe Torres aseguró a su partido 14 concejales y se quedó con 11. ¿Debería dimitir? ¿Tiene la obligación, como líder del partido más votado, de buscar la estabilidad para Granada? ¿Aguantará? Perdida la Diputación, ¿lleva la regeneración el nombre de Sebastián Pérez como número 2 en las listas de la capital? ¿Podría darse tras las generales de noviembre un escenario de moción de censura que aupara a Luis Salvador como alcalde? Porque muchos recuerdan cuando Antonio Jara se hizo con la Alcaldía en un escenario sospechosamente parecido…

Vuelvo a la imagen de la avestruz. No es un huevo donde se esconde. Es una bola de cristal.

No son unas elecciones de trámite

Magdalena Trillo | 22 de marzo de 2015 a las 12:11

Circula en Youtube un vídeo del juez Calatayud sobre la tiranía de los jóvenes con sus padres más inquietante que cualquier película de Hitchcock. Una imagen doméstica ilustra las contradicciones y el peligroso camino de complejos y sometimiento al que nos ha llevado la implacable sociedad de consumo actual: ¿tiene su hijo mejor móvil que usted?

El mundo de los móviles merecería más de una tesis. A mí me interesa hoy por lo que tiene que ver con la política. Piénselo. A un vendedor de móviles le pedimos lo mismo que a un político: que nos trate con respeto, que no nos engañe y que me mire por nuestros intereses por encima de los corporativos. Sitúe aquí la palabra empresa o la palabra partido. No recuerdo cuántos años llevo con móvil pero nunca hasta ahora había encontrado a ese vendedor ideal. Lo descubrí ayer. Fui a cambiar de modelo consciente de que me volverían a engañar y salí de la tienda, tras soportar más de cuarenta minutos de espera, sin aparato pero contenta. Me explicaron, me orientaron, se pusieron en mi lugar y me ayudaron a tomar la mejor decisión.

Hoy estamos llamados a votar 6,5 millones de andaluces en una jornada histórica. Por lo que supone para nuestra comunidad y por lo que representará para el resto de España. Por muchos matices que apliquemos al extrapolar los resultados, será la mejor fotografía del estado de ánimo de los ciudadanos sobre el funcionamiento de nuestro sistema democrático.

Después de tres décadas entregados al tripartidismo, cinco partidos tienen opciones serias de entrar en el Parlamento andaluz. No es sólo un duelo entre viejos y nuevos, entre los tradicionales y los emergentes. Lo que hoy vamos a decidir en Andalucía es si le damos una nueva oportunidad a la política. Son las primeras elecciones realmente decisivas que se convocan tras el tsunami de desencanto y desafección que ha provocado la nefasta gestión de la crisis y los escándalos de corrupción. Y lo que hoy decidamos en el Sur marcará un punto de inflexión para el sistema de partidos de cara a la convocatoria de las locales de mayo y de las generales de noviembre.

Su voto decidirá hoy si la marca Susana está por encima de la del partido -si la ola susanista es tan potente como se ha visto estos días en las calles-, si el PP merece una oportunidad -se pueden criticar los 33 años del PSOE pero no sin preguntar qué han hecho ellos en este tiempo para dejar la oposición-, si IU está realmente en fase de desintegración y si los nuevos de Podemos y Ciudadanos cumplirán las expectativas de los sondeos.

Son los 109 diputados que ocuparán sus escaños en el Hospital de las Cinco Llagas pero es también el inicio de la transformación del arco político español y es, sobre todo, una prueba de fuego para la estabilidad y la gobernabilidad. No son unas elecciones de trámite. Y de ello da buena fe el desembarco de líderes nacionales que hemos vivido en las últimas dos semanas. Susana Díaz es la dirigente andaluza que ha asumido una responsabilidad más directa en estos comicios. En frente ha tenido a Rajoy, pero también a Alberto Garzón y Julio Anguita, a Pablo Iglesias, a Albert Rivera y a Rosa Díez. La mejor muestra de ello es una simple pregunta: ¿sabe el nombre de sus candidatos?

La solución del primer sudoku electoral de 2015 llegará a partir de las ocho de la tarde cuando cierren los colegios y hayamos llenados las urnas de votos. Para unos será de esperanza y reafirmación, para otros de desencanto y de castigo y para muchos, un cheque de oportunidad cargado de escepticismo que se revisará en mayo y en noviembre.

Unos hablan del voto útil, otros nos alertan sobre el peligro de que “tiremos” nuestro voto y muchos sitúan a los indecisos como los protagonistas de la jornada. Pero todos serán votos útiles por cuanto hablan de la solidez de nuestra democracia y de la normalidad y libertad con que hoy decidiremos el presente y el futuro de Andalucía.

Si hay un mensaje que ha calado en estas dos semanas es que no son unas elecciones cualquiera. Que la responsabilidad que pedimos a los políticos es hoy nuestra: ir a votar.

El factor corbata

Magdalena Trillo | 15 de febrero de 2015 a las 11:43

Hace sólo diez años, más de la mitad de la población española no utilizaba el ordenador, todavía había un 14% que no sabía ni lo que era internet y hasta un 70% confesaba que jamás había enviado un email. Hoy, mi madre compagina los cursos de pintura y cocina saludable con sus primeras clases de informática, acaba de darse de alta en Facebook y está pendiente de activar la tarifa plana en el móvil para sumarse al grupo de WhatsApp que han creado mis sobrinas. Lo mejor de todo es que lo hace con la misma naturalidad con que prepara el relleno de carnaval, hace pestiños para Semana Santa y acumula conservas de tomate en la despensa.

Dice el alcalde de Granada que él ya está muy mayor para esto de las redes sociales y que no se da de alta porque no quiere que ningún ‘negro’ le haga el trabajo. Por supuesto que la edad importa para según qué cosas -ya nos gustaría que no fuera así- pero nos equivocamos si lo situamos como el factor determinante. Cuántos abuelos, por ejemplo, no han vuelto a hacer de padres en estos últimos años por imposición del guión de la crisis. Y a cuántos jóvenes no les estaremos robando los años felices de la adolescencia obligándoles a transitar sin brújula al blanco y negro de la vida ‘real’. Generaciones perdidas, quebradas por la crisis, para las que ha desaparecido el espacio de protección y concesiones que socialmente les habíamos reservado.

Las fronteras de la edad también se han roto y no sólo como consecuencia de la no siempre milagrosa cirugía plástica. Pero ni es un valor en sí misma la dictadura de la juventud como sinónimo de regeneración, ni la madurez es siempre sinónimo de plenitud ni debería ser un impedimento la inevitable senectud para seguir asumiendo responsabilidades profesionales. Lo reivindica, precisamente, Torres Hurtado cuando insiste en presentarse como el mejor candidato del PP para revalidar la mayoría absoluta en la capital y nos reprocha que no dejemos de preguntarle que cuándo se jubila… Después de muchos meses de espera, el viernes logró por fin el beneplácito de Génova para pelear por su cuarto mandato y aún queda por saber si, en estos tiempos de inestabilidad e incertidumbre, el cartel lo encabezará el Torres Hurtado de siempre, el de traje y corbata -y sombrero de fieltro en los soleados días de verano-, o un nuevo producto de los nuevos tiempos fabricado en los laboratorios de imagen de los partidos.

A cien días de las municipales, los socialistas ya han empezado a mostrar sus credenciales lanzando en las redes sociales el vídeo ‘Ya toca Granada. A Paco Cuenca le toca lidiar de actor principal para convencer a los ciudadanos de que el PP no busca más que “el negocio”, que nos “cosen” a impuestos, que son manifiestamente incapaces de gestionar y que “hay que darle la vuelta a Granada”. Todo muy de campaña. ¿Resulta creíble? La vecina a la que le han amargado la vida en su barrio con la LAC, la joven que se va a Alemania a buscar trabajo, el señor que ha tenido que cerrar su negocio… Juzguen ustedes.

Mucho menos preparado, y seguro que más barato, es el vídeo que la candidata de Podemos a la Junta se ha autograbado en la cocina de casa para hablar de otra ‘cocina’, la de las encuestas. Teresa Rodríguez nos recuerda la escasa fiabilidad de las muestras y nos hace preguntarnos hasta qué punto los sondeos reflejan la opinión de los andaluces o son un instrumento para “generar opinión”. Su mensaje es claro: la esperanza de los nuevos partidos como “alternativa de cambio” frente al descrédito de un PP y PSOE en continua caída. Y lo hace mientras hierven unos tomates en una floreada cacerola.

 

Más que entre lo ‘nuevo’ y lo ‘viejo’, podríamos preguntarnos si el dilema está entre lo creíble y lo que no, entre el original y la copia, entre lo auténtico y lo impostado. Del mismo modo que en internet hemos terminado conviviendo los nativos digitales y los emigrados, la política está viviendo una etapa de profunda transición en la que se ha puesto en cuestión tanto el contenido como el continente, tanto las formas como el mensaje.

Pero, ojo, que ni la juventud ni la novedad de los “nuevos partidos” son suficientes para apropiarse del valor de esas “nuevas formas de hacer política” que reclama la sociedad ni pueden erigirse como salvadores presentándose a sí mismos como los “nuevos políticos” que han de liderar el cambio presuponiendo siempre la bondad de lo nuevo y la corrupción de lo viejo.

Les pongo como ejemplo un frívolo caso de corbatas. Jamás pensé que el último revuelo sexista por la indumentaria de un político lo viviríamos a costa del ministro griego de Finanzas. Al mismo tiempo que Pedro Sánchez se vestía de estadista y se clonaba ‘a lo Rajoy’ para firmar un interesado pacto antiterrorista que no se termina de comprender ni entre las filas socialistas, Yanis Varoufakis se paseaba por los elitistas despachos de Europa sin corbata, con vaqueros negros y con camisa azul eléctrico provocadoramente desabrochada y suelta.

varoufakis

¿Les parece irrelevante? Júzguenlo también ustedes. Pero no pierdan de perspectiva hasta qué punto el ‘factor corbata’ es un entretenimiento de crónica social y de pasarela o es un valioso escaparate que nos previene de los farsantes. Porque de lo que hablamos es de lo que se es y de lo que se quiere aparentar. Y porque también es personalidad, incluso liderazgo, ser capaz de decidir si nos ponemos la corbata aunque nos ahogue o nos la quitamos aun sabiendo que nos sentimos desnudos. Más aún en un momento en el que, en la trastienda de la política, la capacidad de influencia y poder de los asesores, de los Pedro Arriola a las Verónica Fumanal, se está convirtiendo en un tema de primera página.

Todo está relacionado. Merkel, por ejemplo, no ha tenido que travestirse de ejecutiva ni cambiar sus criticadas chaquetas para dejar claro quién manda en Europa como no lo tuvo que hacer Thatcher en su día -su pequeño bolso negro de mano fue más que suficiente- para ganarse al apelativo de ‘Dama de hierro’.

En España, hoy podría resultar casi obsceno que a Pablo Iglesias le intentaran copiar la coleta, pero coincidirán en que llega a resultar esperpéntica la obsesión de sus ‘colegas’ por copiarlo y vendernos no sólo lo que no son sino también lo que no piensan. De repente se han vuelto todos muy ‘de calle’, showmen y ultra activos en las redes sociales. Piensen en la repentina faceta televisiva de Pedro Sánchez y recuerden el lamentable episodio de Rajoy eliminando miles de ‘amigos’ en Facebook cuando se descubrió que los 60.000 sorpresivos ‘followers’ digitales con los que amaneció un día eran un engaño tecnológico.

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Ni las monarquías escapan de la fiebre por ‘aparentar’. El rey Felipe acaba de bajarse el sueldo para aumentar el presupuesto de la Corona en nuevas tecnologías y, en Noruega, Mette Marit se ha lanzado al mundo 2.0 dándose de alta en Instagram para mejorar su popularidad. En teoría, se trata de modernizarse y apostar por la transparencia; en la práctica, llega un momento en el que cada vez es más difícil saber a quién creer y qué creer. Y la corbata es mucho más que un trozo de tela.