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La Generación X toma las riendas

Magdalena Trillo | 24 de octubre de 2017 a las 9:45

Emmanuel Macron (39 años) en Francia. Justin Trudeau (45) en Canadá. Sebastian Kurz (31) en Austria. Forman parte de la nueva hornada de líderes mundiales que, con más sorpresa que previsión, están tomando las riendas del poder. Por delante de la Sociología o la Ciencia Política, son las grandes marcas y las compañías del sector tecnológico quienes tienen perfectamente estudiado su perfil: son la Generación X.

Nacieron entre la década de los 60 y los 70 y, aunque no son nativos digitales, se mueven en las redes sociales con más solvencia y criterio que sus sucesores (los temidos millennials). Son maduros, proactivos y responsables. Se preocupan por los derechos sociales y su aspiración es tan mundana como disfrutar de la vida, no depender del dinero y ser feliz. Reciclan y ahorran, buscan precios baratos y hacen deporte. Llevan su propia bolsa al supermercado y hacen bricolaje en casa.

Todo esto son pistas para enfocar bien las campañas y venderles mejor. Hablamos de marketing, no de política, pero podríamos. Al final no dejan de ser productos que situamos en el mercado esperando que alguien los compre, que alguien les vote. Las grandes ideas se fabrican en los sofisticados laboratorios electorales; los detalles más cotidianos son los que generan empatía o rechazo. Los que hacen creíble a un candidato o lo tumban.

Ellos están llegando; ellas van en camino. En Nueva Zelanda, la laborista Jacinda Ardern, de 37 años, ha conseguido tumbar al conservador Bill English y será primera ministra gracias al apoyo de Los Verdes, la tercera mujer al frente del país en toda su historia y la mandataria más joven en 150 años. El líder de su partido se hundía en las encuestas y, en julio, apostaron por esta joven desconocida y con carisma que ha remontado en tiempo récord.

Caeríamos en el simplismo si intentamos fijar las expectativas de éxito o fracaso en base al sexo o la edad. Pero es evidente que son tendencias que nos ayudan a unir las piezas del nuevo puzle de poder mundial. Y Rusia también juega: justo esta semana, la presentadora Ksenia Sobchak, de 35 años, hija de un ex jefe de Putin, ha anunciado su carrera a la Presidencia.

Hace tiempo que se ganó el apodo de “la Paris Hilton rusa” y ya la llaman la “candidata del papel cuché”. Desde la oposición la acusan de “querer hacerle el trabajo al Kremlim” y ser “una distracción”. La it girldefiende que está más que preparada para criticar el sistema y reunir las 300.000 firmas de apoyo que necesita… De pequeña Ksiusha no tiene nada.

El cuchillo del carnicero

Magdalena Trillo | 11 de agosto de 2013 a las 9:50

Dentro de 124 años el litoral mediterráneo sufrirá un colapso total. La predicción es de Greenpeace y, salvo que sus hijos y nietos guarden los periódicos de los últimos días, nadie podrá comprobar si es verdad. Ladrillo y más ladrillo sobre el mosaico de sombrillas que hoy serpentea la costa granadina. El informe de los ecologistas no deja espacio al optimismo: Destrucción a toda costa 2013. Calculan el impacto invasor que tendrá la nueva ley, analizan las tendencias de ocupación y fijan su Día D. El litoral morirá en el año 2137, ni el 2136 ni el 2138… ¿Recuerdan a Bill Gates profetizando la muerte del papel? ¿Se olvidaron ya de la apocalipsis del calentamiento global? ¿De los brotes verdes? ¿Del fin del mundo? Llegará, o no, y siempre podremos recurrir a las “circunstancias” del yo orteguiano para justificar los desaciertos. El programa electoral que se pisotea, los cálculos de crecimiento que no se cumplen, las previsiones para salir de la crisis que volvemos a poner a enfriar…

Empiezo a pensar que el gran problema de nuestro tiempo es nuestro tiempo mismo: nos movemos con soltura diseccionando el pasado, nos desbordamos de entusiasmo escribiendo el futuro pero nada sabemos del presente. Explicaciones y estimaciones sin que nadie nos diga qué hacer hoy. Una sencilla -o no tan sencilla- cuestión de tiempos verbales.

Para el futuro, siempre lo supo la vieja sirena, no cabe más que “avanzar y estrellarse”. Unos lo hacen con números; otros, con palabras. Ciertas o fabricadas. Hace más de un siglo que el World de Pulitzer y el Journal de Hearst cocinaron su propia guerra en Cuba con el desastre del Maine y nada hemos aprendido. Daban miedo esta semana las portadas de algunos diarios que se dicen ‘serios’ azuzando el conflicto de Gibraltar. Sensacionalismo. Puro amarillismo. Peligrosa irresponsabilidad.

El pasado, por contra, se ha convertido en nuestra debilidad: pasado el tsunami, todos sabios. Del último ‘tratado’ sobre la crisis escribía precisamente hace unos días Enric Juliana en La Vanguardia a cuenta del nuevo best-seller de los economistas: Por qué fracasan los países. Daron Acemoglu y James A. Robinson abordan el origen del poder, la prosperidad y la pobreza, y acuñan un nuevo término, las “élites extractivas“. La “calidad de las instituciones políticas”, la política misma, sería la clave para situar a un país entre el bienestar y la pobreza. Ni geografía, ni demografía, ni historia, ni religión: un país con élites inclusivas, capacitadas y capaces, podrá prosperar; un país en manos de élites egoístas, extractivas, centradas en la obtención de sus propios beneficios, retrocederá. Apliquen esta tesis a la España de los escándalos y entenderán muchos porqués.

Una inmensa investigación la suya, sí, pero que nada nos dice de hoy… Por eso, más provocadora y sugerente que el libro de moda entre los economistas, me ha parecido la última obra del ensayista de moda: Antifrágil. El libanés Nassim Nicholas Taleb critica a los académicos que buscan el porqué de las cosas y nada hacen para prevenirlas (harvardiano-soviéticos los llama) y arremete contra tantos planificadores sociales, analistas financieros, economistas y políticos (fragilistas) que se dedican a medir las cosas, a hacer estadísticas, a buscar términos medios con el microscopio en lugar de preocuparse por cómo actuar.

El escenario, nos ejemplifica Taleb, es que actuamos como pavos a los que, siendo alimentados por el carnicero, les diera por preguntar a los expertos qué comerán al día siguiente. Ellos harían sus estadísticas, sus predicciones sobre la calidad, el aporte calórico… hasta el Día de Acción de Gracias en que el carnicero saca el cuchillo. Lo habríamos anticipado todo menos lo que en realidad importa. Y el problema no es sólo que sus fórmulas nos privan de aquello que podría ayudarnos, sino que tienen efectos secundarios. Ahí están las recetas de la crisis -dosis incorrectas que nos impiden inmunizarnos, sobredosis que nos dejan sin defensas- y aquí estamos…

Es entonces cuando Taleb nos sorprende con su reveladora teoría sobre la antifragilidad, sobre las “cosas que prosperan si se exponen a la volatilidad y al desorden”, a las que les encanta la aventura, la incertidumbre y el azar. Habla del “genio humano” que surge de la dificultad, de cómo es mucho más difícil gestionar la abundancia que la escasez, de cómo nos acomodamos construyendo entornos estériles y seguros perdiendo de vista todo lo que nos haría florecer, de lo importante que debería ser incorporar la información que nos dan los errores, el dolor, en lugar de protegernos cimentando nuestra propia fragilidad.

¿Qué hacer hoy? Para empezar, recurrir a quienes de verdad han arriesgado su dinero, se han expuesto y han salido triunfantes para sacar unas cuantas conclusiones; preguntar a quienes saben el camino y no a quienes lo dicen saber. La cuestión sigue siendo el presente. Poco importa si todo va bien hasta que el carnicero saca el cuchillo o todo va mal porque el carnicero ya sacó su cuchillo.