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Círculos de confianza: de Cebrián a John Jiang

Magdalena Trillo | 19 de febrero de 2017 a las 13:53

He radiografiado la Primera página con que Juan Luis Cebrián pone orden a su trayectoria como periodista y revela las confidencias, sobresaltos y tensiones que se han vivido en la redacción de El País en algunos de los momentos políticos más trascendentes de la historia reciente de España. Les confieso que resulta apasionante sentir la presión de la rotativa durante el golpe de Estado del 23-F -con las siete ediciones que el diario llegó a publicar-, conocer los off the record sobre los inicios de la aventura de Jesús Polanco para crear su gran emporio, asumir que el “periodismo de investigación” es en realidad “de filtración” y, con mayor morbo aún, que te revelen llamadas de presidentes de Gobierno a las dos de la madrugada, cenas intempestivas, negocios y contranegocios.

Pero poco más. Su insistencia en parecer humilde y huir del egocentrismo -del ‘yo, yo y yo’ con que construye todo el relato- no sólo lo contradicen; también presentan certeramente a quien llega a reconocer que no puede seguir escribiendo -acaba de publicar la “primera parte” de sus memorias- porque no puede. Porque contar lo que ha venido después de dejar la dirección del periódico entraría en conflicto con las empresas a las que ahora se debe. Porque ahora ya no defiende las palabras sino las finanzas. Porque sus segundas memorias no serán, seguro, “la vida de un periodista”.

cebrian

Aquí es donde se rompe el “círculo de confianza”. Tomo prestado el título de un capítulo de otro libro sobre periodismo que, éste sí, lleva semanas acompañándome y provocándome. Lo firma otro periodista de su generación, Josep Carles Rius, pero con menos ínfulas y más fundamentos. Con revelaciones realmente valientes -inquietante el capítulo sobre la prensa catalana y el Pujolismo- y un enfoque de “reconstrucción” y desafío hacia un oficio “más independiente y libre”. ¿Ese que colisiona con los intereses de las compañías?

Y lo hago por un doble motivo. Por un lado, porque me sirve para insistir en que no todos los periodistas son iguales, que no todos los periodistas lo son todo el tiempo y que no todo lo que etiquetamos como periodismo es periodismo. No es ninguna paradoja; tiene que ver con ese cambio de paradigma que estamos viviendo animados por los hooligans virtuales que nos prescriben contra todo lo que suena a tradicional y nos evitan el esfuerzo de pensar por nosotros mismos, de posicionarnos, de implicarnos.

El segundo motivo va más allá del oficio: la quiebra de la confianza explica cómo la “explosión del periodismo” tiene que ver con la revolución tecnológica tanto como con la rebelión democrática de los ciudadanos y viene a conectar con ese movimiento de activismo (clickactivism) que empieza a subyacer en buena parte de las crisis -grandes y pequeñas, locales y globales- que nos recuerdan a diario la fragilidad de los escenarios en que nos movemos.

Desde la guerra de Donald Trump contra los medios “deshonestos” -se refiere, por supuesto, a los que hacen su trabajo y no le aplauden a cualquier coste- hasta los conflictos que van de lo rutinario a lo doméstico. Pensemos si no qué parte de nuestra opinión sobre el caso Nóos está fundamentada en los argumentos jurídicos de la esperada sentencia de la Audiencia de Palma y qué parte en el espectáculo, los prejuicios y los climas de opinión construidos ad hoc. O quedémonos en el caso Nazarí y haga la prueba de posicionarse en un bando -y luego en otro- para comprobar hasta qué punto cambian sus argumentos para condenar y para salvar. Cómo las víctimas de repente son verdugos y cómo las manos negras entran y salen de la causa en direcciones opuestas.

Probablemente sin pretenderlo, quien parece querer ilustrarnos sobre todo esto del “círculo de la confianza”, sobre el valor mismo de la confianza, es el empresario chino que ha cogido el testigo al frente del Granada CF tras la ‘era Quique Pina’. El viernes tuve la oportunidad de conocerlo y, aunque es una evidencia que habría mucho que cuestionar sobre su estrategia deportiva, sus postulados vitales son menos rebatibles: la clave -nos reveló que es una “cualidad de los chinos”- es “saber aguantar”. “No perder nunca la confianza”. Ni “la esperanza”. Esforzarse siempre en “buscar una salida”. Confianza y esfuerzo.

chino

No difiere demasiado la “confianza” cotidiana y vital de la que habla John Jiang, aun admitiendo lo demasiado que la une a la superstición, de esos “círculos de confianza”, casi talibanes, que cada vez determinan más lo que pensamos y lo que somos. Tal vez lo más sugerente, y lo que mejor conecta estas reflexiones aparentemente alejadas, sea la volatilidad con que la confianza se quiebra y se torna en desconfianza -no perdamos de perspectiva que aquí entran más en juego los sentimientos que la razón- y el “círculo de confianza” se transmuta en una red de limitaciones y de opresión.

mark

El dueño de Facebook ha publicado una carta fijando la hoja de ruta de la red social para los próximos años. Mark Zuckerberg quiere utilizar la “inteligencia artificial contra el terrorismo” y situar la plataforma, más que como una compañía tecnológica, como “una comunidad de personas a nivel global” capaces de “velar por la paz, las eliminación de desigualdades y el avance científico”. Todo ello sin ser capaces, por ejemplo, de poner coto a los “contenidos fake” que inunda la red y construyen climas de sentimiento y opinión sobre rumores, presentimientos y mentiras que nada tienen de virtual cuando su impacto final puede ser determinar el sentido del voto en unas elecciones.

La confianza es, al final, un factor determinante -absolutamente influenciable y voluble- que todos acabamos incluyendo en nuestros algoritmos vitales. Para comprar un producto en el supermercado, para poner un canal televisivo, para elegir a un alcalde o para colocar un ‘me gusta’. Pienso en Juan Luis Cebrián, pienso en el empresario chino, y sólo puedo preguntarme cómo es posible que (al menos hoy) me genere más confianza el segundo que el primero…

De la marea blanca a la amarilla: el quinto poder

Magdalena Trillo | 12 de febrero de 2017 a las 12:35

Cuando hace quince años Ignacio Ramonet denunciaba la “marea negra” de la mentiras y arremetía contra los medios de comunicación que se habían aliado con los grandes poderes económicos y políticos -dejándose contaminar por el neoliberalismo y olvidándose “dar voz a los sin-voz”-, la fuerza del “quinto poder” que el periodista y escritor situaba en el terreno de la ciudadanía no era más que un borrador. Casi una utopía. Sus reflexiones funcionaban en los foros académicos, especialmente en los más críticos contra lo que más tarde llamaríamos “casta”, pero nada hacía presagiar que movimientos globales como la  español fueran a dejar casi en un plano de prudencia la dureza de sus planteamientos y temores.

He vuelto a leer el artículo que publicó en 2003 y se quedó corto: “La información, debido a su explosión, su multiplicación, su sobreabundancia, se encuentra literalmente envenenada por todo tipo de mentiras, por los rumores, las deformaciones, las distorsiones, las manipulaciones”. La batalla que acaban de emprender los nuevos gigantes de la comunicación contra las noticias falsas es una primera toma de conciencia -¿irá más allá del márketing?- sobre un problema sistémico que, paradójicamente, no entiende ni de fronteras ni de muros en la convulsa ‘era Trump’. Al contrario. Buena parte de su éxito radica en la permeabilidad de los sistemas de información de los propios Estados y en la inconsciencia de todos nosotros cooperando con el ‘lado oscuro’ a golpe de descargas impulsivas y de los inocentes ‘sí acepto’ con que regalamos nuestro ADN a cualquier postor.

Las crisis de los últimos años, todas ellas, han acentuado las conclusiones de entonces pero en el diagnóstico habría que introducir nuevos factores y nuevos actores. Me refiero al “quinto poder”. A sus contradicciones y al doble filo que supone la presión ciudadana actuando de contrapoder y ¿suplantando a los medios, a los políticos, a las instituciones? El “no nos representan” comenzó como un grito de rebeldía contra el descrédito de las administraciones pero ha terminado minando la autoridad de quienes históricamente han ejercido el papel de mediadores: los profesores, los políticos y los periodistas. En cada eslabón de la cadena de esta (otra) crisis -peligrosamente invisible y transversal- hay errores, pecados y excesos compartidos pero también propios. Porque no es sólo el color lo que diferencia a las mareas; y porque no hay dos problemas iguales ni una solución clonable.

La movilización sanitaria contra la fusión hospitalaria ha situado a Granada como ejemplo nacional del quinto poder. El idealista. El que inunda las calles y consigue documentos firmados en las mesas de negociación. Spiriman ha puesto rostro al cansancio y a la indignación y ha sabido reactivar el sentimiento de agravio que los granadinos parecemos preservar de generación en generación. Pero el fenómeno del ‘Yeah’ tiene un contexto, unos protagonistas y una cartera de razones y de emociones que no son exportables. No lo fue en su día cuando en Guadix intentaron subirse a la ola de la marea blanca y se pondrá a prueba hoy cuando Granada salga a la calle “en defensa del AVE” y contra el aislamiento ferroviario. No sólo los políticos se retratarán esta mañana cuando secunden las pancartas o se refugien en los tediosos argumentarios de los partidos para esquivar la foto. También lo haremos nosotros, los medios. Y también ustedes, los ciudadanos.

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No hay un Spiriman de amarillo que canalice y lidere el cabreo y, por muy perjudicial que sea para la economía de la provincia, para el sector empresarial, para el turismo, el empleo o la movilidad, las fibras sensibles son otras. Sin cuestionar la “injusticia” que supone para Granada su historia tercermundista en infraestructuras, y aun cuando los organizadores apelen a nuestro “orgullo” y “dignidad”, cada movilización tiene su historia y su intrahistoria.

Puede que en este caso también haya mucho de impotencia heredada y aprendida -como los sevillanos que beben Cruzcampo porque lo han visto en casa y nosotros nos aferramos a la Alhambra- y una doble confluencia de factores: no es la salud lo que está en juego -los ranking también hay que aplicarlos a las preocupaciones- y, siendo honestos, ni los turistas han dejado de venir, ni los empresarios de trabajar ni nosotros de viajar.

Es verdad que, con la sanidad, los medios hemos ido a remolque de la gente. Nos sorprendió. Nos costó calibrar la envergadura del problema y no ha sido fácil digerir la tensión e intereses contrapuestos en estos difíciles cien días de protestas, envites y dimisiones. Pero creo que sería injusto no reconocer el esfuerzo que se ha realizado y el posicionamiento militante que hemos adoptado -con excepciones, por supuesto- recuperando nuestro papel como aliados de los ciudadanos y contrapoder de las instituciones. Justo lo contrario que denunciaba Ramonet. Los periodistas, los medios, nos hemos puesto del lado de la gente, no en defensa de los intereses de las empresas. Y lo hicimos en su día con la Marea Amarilla aunque no estaba media España mirando. Y lo seguiremos haciendo hoy porque realmente es una cuestión de justicia. De dignidad.

Sinceramente, creo que la batalla no está entre los viejos medios y los nuevos. Son decisiones editoriales, es compromiso y es rigor. Hablamos de construir un nuevo periodismo que dé respuesta a unos retos diferentes, hable el mismo idioma que la gente y sea capaz de establecer alianzas actualizando esos principios de independencia, honestidad y objetividad que históricamente han marcado la profesión. Que no es fácil es una obviedad, pero no tanto reconocer que no podemos hacerlo solos. Porque el “quinto poder” no es exclusivo de los ciudadanos como nunca fue el “cuarto poder” una prerrogativa sin límites de los medios de comunicación. Tal vez sea la lección más sólida que deberíamos aprender de las mareas: compartir, aliarnos, sumar. Democratizar, también, el éxito de las alianzas.

¿Después de la catarsis sanitaria?

Magdalena Trillo | 5 de febrero de 2017 a las 12:40

Rectificación. Reinicio. Catarsis. Salud ha necesitado más de cien días para atreverse a aplicar cirugía mayor a la crisis hospitalaria que se desató en octubre con la puesta en marcha -y el consecuente caos- del Hospital del PTS, que se ha contagiado con una inesperada virulencia a media comunidad autónoma y que ha hecho saltar por los aires la bandera andaluza del Estado del bienestar. Lo que se ha vivido esta semana en el Parlamento ha sido una enmienda a la totalidad con un relevo completo del equipo negociador, dimisiones en cascada y una vuelta atrás al origen de todo: el decreto que en 2014 aprobó el SAS con la peligrosa letra pequeña del ahorro y los recortes.

Pero el sujeto real de esta reflexión no es “Salud”. Ni siquiera la “Junta”. Es “Susana Díaz”. Con la presión imparable de la calle, con el altavoz firme de las plataformas críticas y con la interesada instrumentación política de los partidos; inmersos además en una profunda convulsión para renovar proyectos y liderazgos. Todo está conectado.

Spiriman poli

Ha sido un golpe de efecto necesario. En la formalidad de los gestos y en el fondo. Pero finalmente precipitado -hay quienes ven en el desembarco de Pedro Sánchez en Sevilla, con su halo de víctima del aparato, el detonante último- y con un horizonte incierto. ¿Había que ceder tanto? Y lo más importante: ¿será efectivo? Los profesionales calculan que, si a partir del martes sí hay una negociación constructiva y se alcanza un acuerdo que consiga el beneplácito de las plataformas críticas -Spiriman parece virar ya la estrategia de la marea blanca por los tribunales-, se tardará más de un año en recuperar cierta normalidad.

Hay además un escenario que sigue siendo tabú: el futuro del Materno. Es una línea roja compartida. Porque aquí no hay consenso ni lemas efectistas que aúnen las posturas: está la opción del hospital monográfico que pretendía seguir los pasos de los centros de referencia del país o la vuelta atrás en el marco de los “dos hospitales completos” con fórmulas abiertas por estudiar.

Tres escenarios confluyen en la crisis: el profesional, el institucional y el político. Y ninguno de los tres supone una cuestión menor. En apenas unas horas, la Junta ha certificado la muerte del modelo de gestión sanitaria que, por encima de desajustes y recortes, vendría a apuntalar la fortaleza de uno de los sistemas más completos y garantistas de España y ha dejado completamente abierto el debate sobre lo que en la práctica significa la derogación del decreto de fusión en toda la comunidad autónoma y, en el caso de Granada, la vuelta a los dos hospitales.

A Susana Díaz no le queda ya más cortafuego que el consejero y la carrera por refundar el PSOE, con la irrupción de Patxi López y la resurrección de Pedro Sánchez para disputar las primarias, no ha hecho más que desbaratar los tiempos pausados que había previsto la gestora colocándola en una situación doblemente comprometida donde es difícil valorar si, como máxima responsable de la Junta, le perjudica más el conflicto en el SAS para disputar la secretaría general de los socialistas o es la incertidumbre sobre su futuro en Madrid lo que la está dañando en el cuerpo a cuerpo parlamentario. Que el PP haya recortado distancias en intención de voto según el último Egopa y que la sanidad se haya situado entre las principales preocupaciones de los andaluces son vasos comunicantes de una misma crisis.

En las tragedias de Aristóteles, pasiones y miedos se conjugaban ancestralmente en su idealizado camino de catarsis y purificación. Con el atrevimiento de Freud y el psicoanálisis, empezamos a hablar de “desbloqueo” conectando el efecto “súbito” del método catártico con una promesa de impacto duradero. Hoy, puede que la catarsis no sea más que un placebo. Asumida la rectificación y el reinicio -con “humildad” o sin ella-, todos estos interrogantes están por escribir en la crisis sanitaria. Casi en la misma casilla de partida y con la misma hoja quebrada que la crisis socialista; esa sobre la que habrá de volver cuando en Podemos digieran (o no) su tsunami y compartan el doloroso foco de la refundación.

Porque los críticos siguen implacables. Y los efectos colaterales han sobrepasado ya el tablero de juego de la sanidad.

El juego de tronos del Constitucional

Magdalena Trillo | 29 de enero de 2017 a las 10:30

Si tomamos como referencia las preocupaciones reales de los españoles, las espontáneas de las tertulias de bar y las cocinadas de los barómetros de opinión pública, la información sobre la renovación del Tribunal Constitucional no debería alcanzar ni la categoría de breve: una noticia especializada de interés parcial restringida a las publicaciones del sector.

Que ocupe portadas de periódicos, minutos de análisis y espacio en prime time tiene una explicación que oscila entre el amarillismo, el morbo mediático y las guerras de poder de los partidos: el juego de tronos en que los políticos (también) han convertido la elección de miembros del Alto Tribunal intentando colocar a personas afines a sus posicionamientos ideológicos y a sus intereses por encima de los criterios de mérito y capacitación que debamos presuponer a los juristas. Y ello en un órgano que es clave en la arquitectura democrática del Estado y que vela, precisamente, por que no sólo se cumplan las reglas del juego que fija la Constitución sino también que se vayan adaptando a las nuevas necesidades.

¿El deterioro y desconfianza de la política está arrastrando la independencia y el prestigio de la Justicia? Del mismo modo que es compartida la convicción sobre el referente que el TC significó en sus inicios, es creciente hoy la opinión sobre su deriva con ausencia de grandes pactos y con continuos votos discrepantes que tienen más que ver con injerencias y cadenas de favores que con planteamientos estrictamente jurídicos.

Que se hagan cábalas sobre el voto de los magistrados ante temas de tremenda trascendencia como el matrimonio homosexual, el aborto, la reforma laboral, la legalización de los partidos abertzales o el actual desafío independentista catalán -integrando en la ecuación quién propuso a cada uno de sus doce integrantes- no es sino el reflejo del inaplazable camino de transparencia -en el fondo y en las formas- que ha de afrontar la institución que ejerce de intérprete suprema de la Carta Magna y máxima garante de nuestros derechos constitucionales.

Su independencia no puede estar en cuestión ni sus integrantes deben ejercer con la sombra de haber sido elegidos primando su vinculación personal y afinidad política -hasta el punto de pertenecer o no al círculo de amigos y conocidos de los partidos (y dirigentes) que los defienden- por encima de su solvencia y experiencia profesional. La razón es sencilla: las instituciones ganan, todos ganamos como sociedad, con la calidad y el prestigio de las personas que las integran.

A esto nada contribuyen las negociaciones, presiones y pulsos que los partidos han mantenido en los últimos meses -sin preocuparse siquiera por disimular- para cubrir las cuatro plazas del TC, incluido el cargo especialmente relevante de la presidencia, que están pendientes de designación desde diciembre. Se molestan cuando se filtran sus maniobras pero es difícil negarlas cuando la realidad constata favoritismos y vetos.

Las opciones del magistrado sevillano Andrés Ollero, diputado del PP por Granada durante 17 años y vinculado a nuestra Universidad, se dan ya prácticamente por enterradas justamente por su duro posicionamiento ideológico y su afinidad al partido del Gobierno. No se trata ya de inclinaciones más o menos progresistas o conservadores sino de trayectorias de ida y vuelta a la política -con responsabilidades y gestión directa- que despiertan los apoyos encendidos de unos y el rechazo absoluto de otros.

Descartado Ollero para presidir el Alto Tribunal en sustitución de Pérez de los Cobos, la disputa parece centrarse ahora entre el exfiscal general del Estado Cándido Conde-Pumpido y el vicepresidente del Supremo Ángel Juanes.

Algunas cabeceras de la prensa nacional daban ya esta semana por acordados los otros tres integrantes: la catedrática de Constitucional y miembro del Consejo Consultivo de Andalucía María Luisa Balaguer, el magistrado del Supremo Ricardo Enríquez y el catedrático de Derecho laboral Alfredo Montoya.

En el episodio andaluz de este particular juego de tronos, Balaguer ha sido la propuesta que finalmente ha presentado el PSOE tras descartarse la posibilidad de respaldar como Comunidad Autónoma un único perfil. En la renovación del TC, una parte viene determinada por la designación del Consejo General del Poder Judicial y otra parte por el Senado a iniciativa de los parlamentos autonómicos.

En Andalucía, el consenso ha sido un espejismo. Lo intentó Ciudadanos con la jurista granadina Begoña Álvarez, valorando que sería respaldada por el PSOE -hace siete años fue consejera durante once meses con el equipo de Griñán- y que podría concitar el respaldo del PP por su perfil marcadamente “técnico” e “independiente”. La formación naranja quería “despolitizar” así el proceso pero terminó desistiendo y no la ha llegado ni a presentar.

Tampoco los socialistas han logrado convencer con su apuesta por Balaguer, catedrática almeriense y experta en Igualdad que probablemente termine colocando Susana Díaz -había división de criterios incluso entre el Parlamento y el partido-, al tiempo que el PP ha mantenido sus preferencias por Ricardo Enríquez y Podemos por la sevillana Ana María Carmona.

A la espera del desenlace final, la conclusión previa parece más que evidente: hacen falta mecanismos de control; y una transparencia real que garantice que las personas que ocupan los puestos son realmente las más idóneas. Que están porque lo merecen. Porque han superado una selección estricta donde primen los méritos por encima del amiguismo. Un proceso que contribuya a reforzar la confianza ciudadana en el Tribunal Constitucional, no el descrédito.

Cuando eligieron, por ejemplo, a la magistrada granadina Inmaculada Montalbán para el Consejo General del Poder Judicial, tuvo que pasar una especie de primarias dentro de su propia asociación. Hay, por tanto, precedentes de instrumentos que se pueden explorar: desde la introducción de filtros de este tipo hasta la reforma radical que propugnan algunos.

El debate sobre la urgencia de revisar el proceso de elección está abierto . Y ese desafío sí está directamente sobre el tejado de los partidos…

Populismo mediático

Magdalena Trillo | 22 de enero de 2017 a las 10:07

Que todo el stablishment mediático tiemble con la llegada de Trump a la Casa Blanca es una señal. Que Obama se despida salvando a la soldado Manning y defendiendo el papel de la “prensa libre”, también. Pero la guerra que el republicano mantiene con los medios desde la campaña electoral va mucho más allá del análisis sectorial que podría realizarse de sus filias y fobias con las principales cadenas y periódicos del país. Va más allá incluso de la era de la Posverdad que el ya nuevo presidente de Estados Unidos ha instaurado con un manejo de las redes sociales que parece retrotraernos a los años perversos del periodismo de Ciudadano Kane.

Para Europa, para la mayoría de las democracias occidentales, la globalización no ha sido más que sinónimo de colonización. De asimilación del modelo de vida americano. De pérdida de valores y tradiciones, de lo propio, de lo autóctono, en beneficio de una mal entendida modernidad. Viaje a cualquier lugar del mundo y lo comprobará: encontrará una coca-cola y una bandera de EEUU. Es una simplificación pero también un icono elocuente del proceso que se proyectó con la gran industria del cine y los intocables conglomerados de la comunicación para terminar infiltrándose en el mundo líquido de las redes sociales. El imperio de Rupert Murdoch, al margen del escándalo de las escuchas que provocó el cierre de News of the World, ha sido una pieza estratégica. Y aquí importa por un doble motivo: por la fascinación mutua que se profesan Murdoch y Trump -clave en la victoria electoral- y por lo que supone News Corporation como símbolo del periodismo sensacionalista. Del populismo mediático.

TVE acaba de estrenar un documental sobre “la verdad del cotilleo” que destapa las artimañas y bajezas de los tabloides británicos que rinden los principios de la profesión a una consigna: “todo por una exclusiva”. Si es de sexo, más. Y, si afecta a un político o personaje público de primer nivel, con cifras indecentes. La información -historias humanas lo llaman- es puro mercadeo. Y la realidad es que venden periódicos, millones cada mañana. Con unas cifras impensables para cualquiera de las grandes cabeceras españolas, francesas o alemanas. Es el negocio del amarillismo que nació hace más de un siglo con el popular Yellow Kid y se instaló en Reino Unido pontificando una estructura de poder capaz de quitar y poner gobiernos.

En la alianza Trump-Murdoch, hay un postulado compartido -y contagioso- que sostiene sus éxitos: el público, las audiencias, los votantes, tienen lo que quieren. Pero denunciar a Trump por ser “un mentiroso” y lamentar la velocidad y consistencia con que se propagan las noticias falsas es quedarse muy corto de la realidad. Jason Stanley, profesor de Filosofía de Yale, lo enfoca desde la perspectiva de la propaganda política y el riesgo que supone para las democracias modernas. En su libro How propaganda works muestra la vigencia de esas fórmulas estereotipadas y sencillas que apelan al amor y al odio, al bien y al mal, que tenemos asociadas a regímenes totalitarios sin darnos cuenta de que son las cañerías por las que terminamos circulando en un momento de máxima desinformación en la red, con públicos ávidos de escándalos y unos medios obsesionados por los rankings y los clicks.

Es la victoria del engaño y la manipulación a través de argumentos que apelan a los sentimientos, que juegan con el miedo y que discurren entre líneas con discursos demagógicos cargados de reduccionismo. ¿Pero son esas las historias por las que estamos dispuestos a pagar? ¿Las que al final nos interesan? Uno de los reporteros británicos a los que entrevistan en Todo por una exclusiva lo explica con una simplicidad alarmante: “Vosotros no vendéis periódicos porque no contáis historias que interesen a la gente”. Las portadas que defiende son voraces, provocadoras, irreverentes. Son los diarios más criticados en todo el mundo… Y los más leídos.

La incertidumbre de la era Trump tiene muchas aristas. Pero las más peligrosas son las menos evidentes. Las que entran en nuestras vidas sin que nos demos cuenta. Como esa coca-cola que bebemos por inercia.

¿Seguro que (sólo) hablamos de sanidad?

Magdalena Trillo | 15 de enero de 2017 a las 10:27

Tres meses después del estallido de la crisis sanitaria, Granada volverá hoy a salir a calle con las mismas protestas y exigencias que el primer día. A la espera de comprobar el nivel de éxito de la convocatoria -el fracaso ni se plantea-, todo hace pensar que tendremos una contundente banda sonora de críticas y un buen álbum de fotografías de indignación y cabreo que podríamos intercambiar con cualquiera de las movilizaciones que se han sucedido en estos casi cien días de conflicto.

¿Todo sigue igual? ¿Nada se ha avanzado? Depende de lo que nos interese creer y defender. De entrada, y es algo que debería preocupar más allá de reproches sobre “oportunismos” y de la “utilización partidista” que todos están realizando de la crisis hospitalaria, no es sólo Granada quien coge la bandera de la calle; otras provincias como Huelva, Sevilla y Málaga se han unido a esta creciente y contagiosa marea blanca por una sanidad “digna” y de “calidad”.

Con motivos y connotaciones diversas, es compartido el sentimiento de “deterioro” del sistema sanitario, las críticas al impacto que los recortes han provocado en los servicios y en el personal y el convencimiento de que el gran proyecto de la fusión hospitalaria es un fracaso. Y, por primera vez en tres largas décadas de autonomía, lo que se está poniendo en cuestión es la fortaleza misma y eficiencia del sistema andaluz de salud.

¿Pero las negociaciones están paralizadas? ¿Se está engañando y manipulando? ¿Hay razones para volver a tomar las calles? Si somos honestos, a estas preguntas no podríamos poder contestar. La razón es bien sencilla: no se ha dado un mínimo de margen a los interlocutores -ni confianza, ni legitimidad- para saberlo. La protesta del 15-E parecía escrita en un guion cerrado que nada tenía que ver con lo que ocurriera en los despachos.

Salud ha rectificado. La propia presidenta de la Junta ha asumido los errores y ha dado instrucciones para revertir el proceso. Con absoluta libertad para la toma de decisiones y con partidas presupuestarias suficientes para asegurar que los acuerdos a los que llegue la mesa de negociación se llevarán a cabo. ¿La cuestión, ahora, es que no nos lo creemos?

Si el problema real es la quiebra de la confianza, el cuestionamiento mismo sobre las reglas del juego y el papel que las instituciones ocupan en el tablero democrático frente a la presión de calle -la de las pancartas y la de los hashtag-, el debate sobre los “dos hospitales completos” y la exigencia de una sanidad pública “digna” que garantice la “igualdad de oportunidades” queda completamente desvirtuado en origen.

Y es por ello que parece poco probable que encontremos una salida a un desafío tan complejo como la reordenación del mapa hospitalario de Granada desde dos posicionamientos antagónicos sobre el fondo y la forma que más tienen que ver con el concepto mismo de la política y del sistema de representación que sobre la sanidad.

Es en buena medida lo que se va a dirimir a nivel interno en los partidos con las convenciones y congresos que se irán celebrando a lo largo del año a nivel federal, regional y provincial. Evidentemente, serán disputas de poder pero también de funcionamiento, de concepto y de modelo. En algunos casos, la carrera por el liderazgo focalizará la atención mediática pero es el propio ADN de las organizaciones políticas lo que de forma compartida está en cuestión.

Tal vez sea Podemos donde se está haciendo más visible el choque de trenes sobre lo que significa la vieja y la nueva política en un escenario de teórica normalización donde nada importa la fecha de constitución del partido.

Salvando las distancias, las ponencias que Pablo Iglesias e Iñigo Errejón dieron a conocer el pasado viernes de cara al congreso de Vistalegre 2 bien podrían servir de trasfondo para entender esa otra gran crisis y esos múltiples intangibles que subyacen en el conflicto sanitario de Granada. Hablamos de si los políticos deben ser “activistas” cuando asumen responsabilidades públicas o no; si los partidos, vengan de donde vengan, han de someterse a la “lógica institucional” o seguir en la “senda resistencialista” de las barricadas y las protestas; si queremos partidos “útiles” y pragmáticos o creemos que la “normalización” no hará más que “disolver” el proyecto.

Lo que Iglesias y Errejón argumentan aplicado al futuro de su formación lo podríamos extrapolar a la política misma y hasta al modelo de democracia actual. Cuando el primero alerta de la “politiquería partidista de las medallas” y cuando el segundo advierte de que “sólo si salimos de los golpes de efectos y de ser los enfant terribles de la política” se estará en condiciones de gobernar, bien podríamos pensar en la tensión -¿contradicción?- entre la calle y las instituciones. En la profunda brecha que sigue separando a los representantes y los representados.

¿No es (también) de todo esto de lo que van los posicionamientos de las plataformas y los partidos en la crisis sanitaria? Hace tres meses, la marea blanca que sorprendió a toda España en defensa de la sanidad poco tenía que ver con la política; con los partidos; con su convulsa vida interna. Hoy probablemente sea el elemento que mejor nos ayude a diferenciar unas fotografías de otras. Por quienes están y por quienes se ausentan.

¿Oportunismo? ¿Utilización partidista? Sin duda. Y sin excepciones. ¿Pero seguro que (sólo) hablamos de sanidad?

 

¿Populismo feminista?

Magdalena Trillo | 4 de diciembre de 2016 a las 10:41

Populismo y manipulación. Los periódicos se han convertido en las últimas semanas en improvisadas revistas de la reflexión política; en excepcionales plataformas para situar en el foco público un tema que suele estar restringido a analistas, filósofos o historiadores: la amenaza del populismo. Con la crisis económica convertimos los bares en ateneos de las finanzas y ahora es la crisis política la que se filtra en la agenda mediática y en las conversaciones cotidianas con (pretendidos) análisis sesudos -en parte bienintencionados, en parte interesados- sobre la deriva en que ha entrado nuestro sistema de representación y de valores. La reciente victoria de Donald Trump en EE UU y la muerte del líder cubano Fidel Castro han servido, además, para equiparar el riesgo del radicalismo de derechas con el de izquierdas dando a los dos bandos similares argumentos de confrontación.

¿Pero hay también un riesgo de populismo en los controvertidos movimientos feministas? Si atendemos a la (nueva) crisis en que esta semana ha sumido Pablo Iglesias a su partido, la respuesta no puede ser más que afirmativa. La munición la lanzó el líder de Podemos en un foro de eldiario.es con su torpe reflexión sobre la “feminización de la política” y ha desencadenado una incontrolable espiral de reacciones: desde la izquierda moderada que ha sumado “su verdadero perfil machista” a las tradicionales críticas de “altanería” y “soberbia” hasta quienes han incendiado la polémica equiparando el feminismo con el “machismo de ovarios”.

No voy a entrar en la desafortunada forma en que planteó que la “feminización de la política tiene que ver, más que con la presencia de mujeres en puestos de decisión, con construir comunidad y cuidar” -él mismo llegó a decir que no se reconocía en tales palabras y que no es lo que quiso expresar- sino en el trasfondo de su discurso: la existencia de mujeres en puestos de representación no garantiza que haya una verdadera política feminista.

El sentido común le da la razón; la realidad le da la razón. La presencia de la mujer en puestos directivos es necesaria, pero no es una garantía de nada; las cuotas son un camino irrenunciable; pero claramente insuficiente. Pero para llegar a esta conclusión hay que hacer un duro ejercicio de honestidad y de pragmatismo: guardar las siglas y los intereses partidistas en el cajón y anteponer la evidencia social al juego político.

El gobierno de Susana Díaz podría servir de ejemplo. No son pocas las críticas en los círculos feministas sobre el modo en que la presidenta de la Junta ejerce su poder. Sorprende que sus principales cargos de confianza (tanto en el partido como en el gobierno andaluz) sean hombres y que tampoco se haya producido una apuesta por mujeres para situarse al frente de los principales organismos dependientes de la Junta. Es más, si nos atenemos a las comparaciones, hasta el gobierno de Griñán era mucho más feminista que el de Susana Díaz…

Que se cumplan la “paridad” y con las “cuotas” no significa nada si no se produce en paralelo una apuesta pragmática por situar a la mujer en los principales puestos de decisión -donde realmente se puede medir su impacto es en el día a día del ejercicio del poder- y si no somos capaces de reconocer que también el movimiento feminista tiene sus distorsiones. Me refiero, por ejemplo, a los lobbies feministas que terminan actuando como clubes de amigas admitiendo, excluyendo y rotando en función de filias y fobias.

Nada de lo que acabo de plantear es políticamente correcto. Ni feministamente admisible. Pero no sería responsable reclamar una política activa en defensa de la igualdad si no reconocemos los desajustes del camino.

Podemos arranca la próxima semana en Granada una ruta por todo el territorio nacional para recoger las “demandas de las mujeres” y conseguir que la formación política sea una herramienta efectiva capaz de cambiar el país “de dentro a fuera”… Suena a populismo, sí. Y a oportunismo, sí. Pero admitamos que no es una ocurrencia ni una casualidad. El (verdadero) feminismo necesita un debate sosegado y sincero. Porque el poder hay que ejercerlo desde el poder mismo y desde el simbolismo del poder.

El precio de la paz social

Magdalena Trillo | 6 de noviembre de 2016 a las 11:45

A qué precio estaría dispuesto a venderse? De la literatura al cine, de la historia a la filosofía, es una constante en las preocupaciones humanas el dilema ético y moral que significa poner precio a nuestra voluntad: por un voto o una firma; para garantizar nuestro silencio o por hablar; por un soplo o por un pendrive; por quedarnos en casa o por salir a la calle a protestar… En unos casos lo llamamos compromiso y capacidad de decisión y en otros, coqueteando en la sinuosa frontera de la legalidad, recurrimos a la extendida ecuación capitalista que pone en circulación euros, prebendas y privilegios según mercado.

La segunda parte del conflicto, qué precio estaríamos dispuestos a pagar, se desliza en la parte contraria del tablero -conjugando los mismos riesgos y sucumbiendo a idénticas debilidades- en una escala volátil que siempre va de la razón al corazón. Aunque en los dos campos hay un abismo entre el enriquecimiento ilícito, el fraude o el cohecho y lo que hasta podríamos entender como el cumplimiento de un deber, al final termina importando muy poco si hablamos de lo material o de nuestra vanidad.

Siempre he pensado que Chaves y Griñán se sentarán en el banquillo de los acusados -el juez ya ha abierto juicio oral por el caso de los ERE- por un exceso de deber. De responsabilidad. Por estrangular la burocracia y someterla al pragmatismo social. Por esquivar los procedimientos para salir bien en la foto. No es ninguna frivolidad -tampoco una justificación- ni pretendo minimizar el fraude millonario que ha supuesto el escándalo de los ERE para las arcas andaluzas. Y mucho menos restar importancia a la red de estafadores y comisionistas que aprovecharon los atajos para enriquecerse desencadenando el mayor quiebro de fondos públicos de nuestra historia reciente. Pero tal vez deberíamos recordar que cuando se puso en marcha la controvertida partida 31-L de los presupuestos autonómicos (lo que derivaría en el famoso fondo de reptiles), Andalucía vivía unos años convulsos de conflictividad laboral. Eran tiempos de pancartas, encierros y barricadas. De crisis y de despidos. ¿Qué precio tenía entonces la paz social?

Me lo pregunto ahora, en plena crisis sanitaria en Granada, justo al día siguiente de ver cómo la Junta de Andalucía ha entregado a los manifestantes la cabeza de la persona que eligió hace cuatro años para llevar a cabo las dos misiones que están en el origen de las protestas: acometer la fusión hospitalaria y poner en marcha el nuevo complejo asistencial del PTS. ¿Ha fracasado? ¿No ha cumplido las instrucciones de Salud? Desde la movilización masiva del 16 de octubre en las calles de la capital, media España sabe que en Granada hay un grave problema con la gestión hospitalaria; desde la movilización de ayer, que pretendía librarse en las redes sociales y que acabó con 35.000 personas en las calles, a la otra mitad le habrá llegado el eco de que veinte días después sigue sin resolverse.

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¿El relevo de Bayona es un precio suficiente? La destitución se produce en mitad de la crisis. Era previsible su relevo, él mismo lo esperaba, pero tal vez no como contrapartida y medida de presión para suavizar las protestas. No debe ser casualidad que el anuncio se produjera justo en la víspera de la concentración organizada para ayer y sólo unas horas después de que el titular de Salud detallara los incrementos del presupuesto de su área para 2017 con un capítulo dedicado a la consolidación y mejora de la situación de los profesionales del SAS.

La Consejería de Salud quiere cambiar el rumbo de la negociación, recuperar la interlocución y dar un golpe de efecto poniendo el reloj a cero y sin líneas rojas. Oficialmente no culpan al gerente del conflicto -le agradecen, de hecho, su labor al frente del Complejo Hospitalario- pero tampoco hay autocrítica ni se establecen cauces valientes para liderar el diálogo y responder, por mucha demagogia, manipulación e intereses que haya detrás, a lo que ya se ha convertido en una corriente de opinión: que Granada ha perdido en el proceso; que ha estrenado el hospital mejor equipado de España para acabar teniendo peor asistencia sanitaria. Y, si nunca tuvo “dos hospitales completos”, ahora sí los quiere... Sólo faltaba la avería técnica que se registró esta semana en las instalaciones del Campus para imprimir pátina de verdad a la idea del “caos” hospitalario.

La nueva gerente, la doctora Cristina López, no tendrá los cien días de rigor para darle la vuelta al conflicto; probablemente ni diez. El objetivo más inmediato no es fácil: conseguir que la reconozcan como interlocutora y lograr un mínimo de margen para tomar medidas que vayan más allá del parcheo y de experimentos con efecto boomerang como el cuestionado Consejo Asesor. El objetivo último, la paz social, nada tiene que ver con lo que ha sido hasta ahora. Fue la Primavera Árabe y lo están siendo en España las mareas. Las instituciones han perdido el control y los medios de comunicación el papel de intermediarios. Las verdades y medias verdades comparten el mismo espacio que los rumores, las mentiras y las intoxicaciones y a la misma distancia del ciudadano: un simple click. Tal vez la utópica democratización de las redes sociales también era esto: que la paz social ya no tiene precio.

Políticos, jueces y payasos: ¿quién es quién?

Magdalena Trillo | 30 de octubre de 2016 a las 12:50

Podría referirme a la fractura de una formación centenaria como el PSOE que ha terminado envuelta en la bandera de la disciplina de partido para seguir pareciendo un partido, podríamos pensar en los más de 300 días de espectáculo mediático que hemos necesitado en España para acabar claudicando ante un Gobierno tristemente parecido al que se hubiera podido conformar hace un año y podríamos preguntarnos a qué nuevo callejón nos lleva que sean los mismos políticos los que parece que nos representan cuando se sientan en el hemiciclo y, “legítimamente”, decidan no representarnos cuando se movilizan a las puertas del Congreso para protestar por el transcurso de un juego en el que ya son juez y parte.

No son paradojas de la alta política; son contradicciones intrínsecas al momento de transición que estamos viviendo. Y no es sólo en Madrid o Cataluña donde supuran las heridas. El pleno del pasado viernes en Granada sólo puede entenderse desde el diván de la confusión y la incertidumbre, de la ausencia de determinación y los temores con que estamos caminando en lo que tal vez tenga más que ver con una tremenda crisis finisecular de valores, de conceptos y de estructuras que con un coyuntural choque de trenes entre la vieja y la nueva política. Lo que se tambalea es el modelo. Y no es una enmienda al 78; es la constatación de que la vida misma ha cambiado en las plazas y los bares sin que las lámparas de araña y las alfombras rojas de los templos públicos se hayan percatado siquiera.

¿Políticos y jueces se han intercambiado los sillones? Hace años que Félix de Azúa decretó la “muerte del arte”, no dudó en certificar el fin de la literatura en su Autobiografía de papel y hasta se atrevió a situar al periodismo como el “rompeolas de todos los géneros” en lo que podríamos ver ya como una descomposición en cadena de lo conocido, lo aprendido y lo socialmente aceptado.

Reconozco que no sabría decir qué fue antes: si la politización de la justicia o la judicialización de la vida pública. Pero desde la perspectiva de los efectos no es relevante: no hay ni una sola macrocausa o complejo proceso de corrupción en nuestro país que no arrastre la sombra de la utilización partidista, las sospechas de presiones y las crecientes dudas sobre si los viejos principios de objetividad, imparcialidad y honestidad son compatibles con el gran hermano de sobreactuación, superficialidad y alarmante mediocridad con que estamos descafeinando nuestras sobrevaloradas democracias.

paco cuenca

En lo que ocurrió el viernes en la Plaza del Carmen, transmutada en ese teatro con fachada, actores y personajes que hace décadas retrató Erving Goffman con sus teorías sobre la dramaturgia social, tiene mucho que ver el poroso y escurridizo debate sobre los muros y las fronteras que nunca hemos resuelto. De las físicas y las imaginarias. En sentido estricto y en sentido figurado. Sobre cuáles queremos levantar y cuáles derrumbar. Sobre cuáles son útiles y cuáles peligrosas. Podríamos verlo como una transposición de la “muerte de los géneros” que, como en la literatura, también decidimos abrazar los medios de comunicación pensando que estábamos innovando -sin darnos cuenta de que acabaríamos metiéndonos todos en un peligroso círculo de pseudoinformación- y resulta una manera sorprendentemente eficaz de analizar buena parte de las crisis y escándalos que nos sobresaltan a diario.

El conflicto de las puertas giratorias no existiría, por ejemplo, si hubiéramos dejado clara cuál es la frontera entre lo público y lo privado y tampoco nos veríamos sumidos en un constante dilema ético (cuando no deriva en fraude) si los políticos aprendieran a diferenciar lo que es el partido y lo que es la institución cuando llegan al poder. Igual ocurriría con los casos de financiación ilegal (con la Gürtel a la cabeza) si siguiéramos aquel consejo tan sano de diferenciar lo propio y lo ajeno y escándalos como el de las tarjetas black con todo un ‘ex’ del FMI confesando ante un juez que no tenía muy claro cuál era su nómina.

La crisis de esta semana en Granada con la imputación de Paco Cuenca por un juzgado de Sevilla -se investiga a una decena de altos cargos a raíz de una denuncia sindical por unos contratos de su etapa como delegado de Economía de la Junta- no escapa de esta disyuntiva. El interrogante es muy sencillo: ¿es corrupción o estamos ante una presunta irregularidad administrativa? ¿Es un caso penal o debería esclarecerse por la vía de lo contencioso?

La estabilidad misma del gobierno local depende de la respuesta. Hasta tal punto que, en otro ejercicio de malabarismo teatral, toda la oposición convirtió el viernes el pleno municipal en un severísimo juicio al alcalde. Con la firmeza que no se ha conseguido en ninguna de las infructuosas comisiones de investigación que se han llevado a cabo hasta ahora en Andalucía. Llegando a lo que históricamente no ha logrado España en toda su etapa democrática: que los políticos asuman responsabilidades políticas con independencia del camino judicial.

Ahora juzgamos en los plenos y hacemos política en los juzgados. Más que un avance parecen los primeros acordes de un réquiem. Aunque también confuso. Sin saber de qué. Sin atisbar hacia dónde.

Que hasta los McDonalds haya tenido que esconder a Ronald para no asustar a los niños tal vez sea más que un símbolo… Lo llaman clown sights (avistamientos de payasos) y creepy clowns (payasos terroríficos). Los payasos ya no hacen gracia; ahora asustan. Los populares bufones han salido a las calles con navajas, hachas y hasta motosierras para sembrar el terror.

payasos

Podríamos pensar que es cine. Deberíamos estar hablando de Pennywise, Horny o Krusty. Pero no. No están en la pantalla, ni en los libros ni en la imaginación. Ni siquiera es algo esporádico circunscrito a Halloween. En Texas y Alabama se han tenido que cerrar algunos colegios por denuncias vecinales. En Suecia ya se ha registrado algún herido…

La frontera entre el divertimento y la violencia también la hemos tumbado. Como la fiesta y el drama. Como el vodevil y la tragedia. Y todavía está por ver si no sentamos a un payaso en el despacho oval de la Casa Blanca. Si no es un réquiem, se le parece…

La máquina del fango

Magdalena Trillo | 16 de octubre de 2016 a las 10:47

Marina Martín no es una delincuente. Cuando hace año y medio fue detenida en su casa de Chauchina, delante de sus hijos, no estaba tan claro. Llegó a dormir en el calabozo y le llegaron a poner las esposas. La ahora directora del Legado Andalusí es uno de los 24 dirigentes andaluces del Servicio Andaluz de Empleo (SAE) que han estado implicados en la llamada pieza política de los Cursos de Formación. La juez Bolaños lo ha archivado esta semana. Dice que no hubo “nada” delictivo. Critica a la Fiscalía Anticorrupción y al PP por la teoría de la red clientelar y hasta carga contra la UCO de la Guardia Civil por dar pie a todo el proceso judicial. Argumenta que pudo haber irregularidades administrativas, no delitos de prevaricación ni malversación. Que los funcionarios no recibieron órdenes para beneficiar a empresas afines al PSOE. Que es “inverosímil”, que carece del “más mínimo rigor” e, incluso, advierte “errores” en los atestados.

La política socialista confesaba a este diario la sensación “agridulce” que le ha producido el carpetazo del caso. Por cómo se produjo, por lo que ha supuesto para su familia y, aunque no lo dijera, porque ningún titular podrá compensar hoy la sombra de culpabilidad -el “algo habrá hecho”- que la ha perseguido durante todo este tiempo. En pocos casos una resolución judicial de exoneración, nunca una rectificación periodística, es capaz de superar la máquina del fango que termina moldeando una opinión pública basada en la desconfianza, los prejuicios y la sospecha. Un clima social de espectáculo basado en ráfagas de televisión, opiniones de tertulia y titulares sensacionalistas que desencadenan operaciones policiales igualmente alarmantes.

Pero no es (sólo) la judicialización de la vida pública y la necesidad de preservar la presunción de inocencia lo que debería llevarnos a la autocrítica -sin excepciones entre todos los que compartimos la cosa pública-y a la reflexión. También los efectos de la “olla de grillos digital”, del circo mediático, que discurre entre rumores y miserias en una agresiva “deslegitimación del adversario” en la que no hay líneas rojas. Es el “fango” al que aludía Umberto Eco en una de sus últimas entrevistas, las cañerías de intoxicación sobre las que hace un año montó un programa Salvados sentando a discutir a políticos y a periodistas, el estado de permanente narcotización en que nos movemos como audiencias teóricamente bien informadas.

En su conversación con Jordi Evole, el escritor italiano se quedaba corto en el descarnado retrato que realizaba sobre las bajezas que comparten el periodismo y el poder. Porque no es sólo la vida pública y privada lo que hemos desdibujado sacando a flote los trapos sucios y porque no se trata (sólo) de que baste para desacreditar a alguien con decir que “ha hecho algo”. Es la sagrada y exigible frontera entre los hechos y los rumores lo que se ha fracturado; es el dicho periodístico de que “la realidad no te estropee un buen titular” lo que hemos convertido en cotidiano.

En la misma línea que Eco, el ensayista Hernández Bustos disertaba este viernes en una tribuna sobre el “periodismo fantasma” que equipara “verdad y falsedad”, que nos lleva a consumir por igual “información real y pseudohechos disfrazados de noticia” y nos obliga a engullir opiniones prêt-à-porter.

Es otra provocadora forma de acercarse a las tesis del fango que, sin embargo, también deja en un segundo plano el efecto de degradación que se provoca cuando la máquina funciona en sentido contrario y lo revuelve todo. Cuando minimiza los escándalos.

En este clima de confusión y de (nada democrática) equiparación de casos, la distorsión se produce por exceso y por defecto. Ocurre cuando la lavadora se pone en marcha y metemos seda y vaqueros en el mismo tambor. Es entonces cuando podemos argumentar que hay cientos de Pacos Correa por toda España -¿con sus angulas, su “casa” en Génova y sus Jaguar?-, cuando perseguimos por igual a quien se salta el IVA que a los saqueadores de las tarjetas black y cuando terminamos comprendiendo los abusos sexuales de un candidato a la Casa Blanca y hasta fijando niveles de gravedad -una joven ha llegado a decir que no le hubiera importando si Donald Trump sólo se hubiera propasado tocándole el pecho…-

Decimos los periodistas que “todo es susceptible de ser una doble página o un breve”, pero justamente para aprender a discernirlo está el oficio. Y el criterio. Y hasta el sentido común. Todo es relativo y no lo es.