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Nuestra carrera es la del acelerador

Magdalena Trillo | 26 de noviembre de 2017 a las 13:29

La carrera por la Agencia Europea del Medicamento no era la nuestra y, como se ha visto, tampoco la de Barcelona. Los motivos son diferentes: en el caso de Granada no ha habido una apuesta firme ni política ni institucional más allá del marketing mediático de situarse en la línea de salida -hasta los diputados del PSOE en Madrid apoyaron a Barcelona- y los criterios estratégicos la situaban ya muy por debajo de la opción catalana y sin posibilidades competitivas frente a otros destinos como Ámsterdam o Milán.

¿De verdad estábamos proponiendo ubicar el codiciado organismo en una provincia que lleva más de dos años de aislamiento y que no deja de ver cómo se esfuman congresos internacionales por el bloqueo de las comunicaciones? La casa no estaba en orden para competir.

Técnicamente, Barcelona era la opción. Políticamente era un suicidio. La EMA es uno de los polos de innovación farmacéutica mundial, emplea a 900 profesionales altamente cualificados y mueve a 36.000 visitantes al año. ¿De verdad quería defender España un destino inestable y en profunda crisis, con la carta de presentación de las imágenes del 1-0 y con sus principales empresas y bancos a la fuga, para albergar una institución que buscaba refugio europeo tras el Brexit? Para responder no hay más que recurrir al sentido común.

La carrera de Granada está en el acelerador. El proyecto tiene un nombre casi impronunciable (IFMIF-Dones) y una complejidad científica que no ayudan a venderlo ni mediática ni socialmente, pero se trata de la iniciativa de más recorrido e impacto que se ha situado en la órbita de Granada en las últimas décadas y, también, la que más capacidad de transformación puede tener.

La inversión inicial para el acelerador de partículas se cifra en 400 millones (Gobierno y Junta aportarían 200 y los restantes la UE), crearía más de 9.000 empleos al año y tendría una repercusión en el PIB provincial de 221 millones sólo en la etapa de construcción.

Una pequeña-gran revolución. Si Granada se impone a Croacia cuando la agencia europea Fusion for Energy tome la decisión a comienzos de 2018, se abrirá un horizonte de dos años para definir el proyecto de ejecución, entre 8 y 10 para construir la instalación y 40 prorrogables de explotación.

El complejo de Escúzar se convertiría en un referente europeo, en un laboratorio mundial, para generar nuevas fuentes de energía y avanzar en campos como la tecnología electrónica, la exploración espacial o la medicina. Vendría a ser una suerte de Darmstadt a la española. La pequeña ciudad al sur de Frankfurt alberga desde los años 80 la Agencia Espacial de Operación, la Organización Europea para la Explotación de Satélites y el acelerador de partículas GSI/FAIR.

Proyectos que hacen de imán para nuevos proyectos; empresas que se convierten en polo de atracción; puestos de trabajo que multiplican el empleo. Es la cadena del desarrollo. El tangible. El real. El que poco tiene que ver con el simbolismo de los títulos. César Prados, uno de los ingenieros que trabajan en el acelerador alemán, lo explicaba hace un año con convicción evocando las palabras de su casera: “Con vuestra llegada, la ciudad ha vuelto a recuperar el brillo cultural e intelectual que tenía antes de la guerra”.

Lo más positivo, lo realmente esperanzador del proyecto DONES, es el silencio y la discreción con que camina. Sin sobreactuaciones ni fuegos de artificios. Con lealtad institucional y con cierre de filas entre el empresariado y las administraciones. En el contexto de la Universidad, esta semana ya se ha puesto en marcha una oficina técnica para gestionar los fondos europeos y la propia presidenta de la Junta, Susana Díaz, lo ha situado como proyecto estratégico andaluz en los encuentros que ha mantenido en Bruselas.

Hemos tenido que perseguir la noticia… No es lo habitual en los actuales tiempos de máxima exposición. Pero los focos no son siempre los mejores aliados; no para los temas sensibles de negociación y no para las carreras que de verdad se van a disputar. Confiemos en que sea una señal de que se está trabajando en firme; de que el proyecto DONES sí se puede conseguir.

La explosiva (vieja-nueva) política

Magdalena Trillo | 5 de noviembre de 2017 a las 14:23

Siempre se ha dicho que un periodista vale más por lo que calla que por lo que escribe. En cultura o en deportes, en los casos de las noticias blandas, tal vez sea un principio cuestionable pero les puedo asegurar que ocurre así -en grado superlativo- cuando nos sumergimos en el pantanoso terreno de la política y hay que lidiar hasta la extenuación con la volatilidad de ese mal que llamamos “periodismo de declaraciones”. Les explico: hoy digo tal cosa, mañana tal otra y entre medias arremeto contra los periodistas porque no se enteraron bien, porque me malinterpretaron o, directamente, les acuso de manipular y de mentir. Es gratis.

Ni aun grabando las conversaciones -algo que los móviles nos ha facilitado enormemente- estás libre de tener que dar explicaciones hasta el absurdo, de que pongan en cuestión tu profesionalidad e, incluso, de que te acusen de estar “comprado”. Por unos y por los contrarios en función de la dirección del viento.

“Calumnia que algo queda”. Es un viejo (y sucio) juego de la política que practican los partidos de siempre, y esos que se dicen nuevos aunque se empeñen en seguir sus mismos pasos, del que no nos libramos los medios.

Ahora bien, sería hipócrita plantear que estamos completamente indefensos. Podemos tener la última palabra y utilizar, por ejemplo, este espacio de opinión para contar lo que nuestra ética nos impide a cinco columnas en las páginas de información. No porque no sea verdad sino porque llegó a la Redacción con el sagrado ‘off the record’, porque se desliza entre la frontera de la noticia, el rumor o la intoxicación o porque, como resulta obvio, cualquier negociación sensible, estrategia de presión (¿chantaje?) y maniobra soterrada deja de serlo en cuanto sale a la luz.

No hablo de Cataluña; me refiero a la situación explosiva en que se encuentra la política local. La relación entre Vox y el PP por la situación de los concejales del gobierno de Torres Hurtado imputados en el caso Serrallo (seis de los ocho siguen en activo) echa humo. Aunque la causa tendrá su propio recorrido judicial con independencia de las maniobras políticas de pedir o no la desimputación a la jueza, la razón de fondo no es baladí: ¿interesa de verdad el gesto simbólico de ‘limpiar’ a los concejales para propiciar una moción de censura junto a Ciudadanos contra Cuenca?

Oficialmente sí, todo el PP critica el “desgobierno” socialista y apoya a Rocío Díaz como alcaldesa, pero extraoficialmente es un escenario que torpedearía las posibilidades de Sebastián Pérez para ser el cabeza de cartel en las próximas municipales. Que justo esta semana se haya incorporado a la Diputación Pablo García, mano derecha del presidente del PP, no puede leerse más que en clave electoral: si se produce la remontada de los populares como se espera a nivel interno, ¿Sebas a la Plaza del Carmen y Pablo a la institución provincial?

Para los comicios falta más de un año pero las piezas del tablero de ajedrez hay que situarlas ahora. Es el momento de posicionarse, de hacer méritos y de figurar. Están nerviosos; muy nerviosos. Por momentos, se roza el esperpento y quién sabe si hasta la frontera de lo legal…

Estamos ante un complejo escenario de movimientos preelectorales y “presiones” -en ocasiones contradictorios- que merecería formar parte de algún oscuro y enrevesado capítulo de House of cards: que Ignacio Nogueras, ex del PP, vaya por un lado como dirigente de Vox en Granada y su abogado por otro -incluso contrario- en el procedimiento judicial del caso Serrallo donde están personados como acusación popular resultaría inaudito si no fuera porque es justo lo que acaba de pasar… ¡Mucho más que recurran a terceros, incluidos los periodistas, para estar informados de sus propias actuaciones!

A la espera de ver qué movimientos se concretan entre los socialistas para posicionarse en la próxima ejecutiva local de Paco Cuenca -y si surge la sorpresa, en estos momentos nada probable, de que alguien con opciones plantee disputarle la Secretaría-, donde sobrevuelan los cuchillos es en Podemos. La disputa superficial es si la portavoz de Vamos Granada es Marta Gutiérrez o Pilar Rivas y qué pasa con el controvertido ‘verso suelto’ de Luis de Haro. Pero la guerra de fondo es profunda y tiene que ver con la divergente visión que simbolizan pablistas y errejonistas sobre lo que debe ser la formación morada, cuáles son sus postulados en los grandes temas de Estado, con quién aliarse y, en definitiva, cómo afrontar las distintas citas con las urnas.

La confusión que está marcando su postura en la crisis catalana se puede extrapolar a escala local y, en el caso de Granada, con el factor extra de lo que supone la corriente anticapitalista de la líder regional.

Sintetizando mucho, apunto algunas claves: la postura de confluencia con IU que se defiende a nivel provincial (con José Moreno al frente) es inviable a nivel local con un Alberto Matarán que se retiraría antes de la política que verse en la tesitura de conformar unas listas de alianza con Paco Puentedura (las heridas tras la dura y conflictiva retirada de la política de su madre, Lola Ruiz, tardarán mucho en cicatrizar…)

Que Teresa Rodríguez dirija la formación en modo stalinista tampoco está ayudando a pacificar las aguas y mucho menos que haya un personaje tan polémico e imprevisible como Spiriman como (deseada) cabeza de cartel de una futurible candidatura ciudadana. Aunque estemos en fase de tanteo, es un escenario que se cuela en las quinielas de todos los partidos -y la preocupación es compartida- cuando analizan el horizonte de las municipales de 2019.

Dentro de Ciudadanos, las aspiraciones de Luis Salvador son tan altas que la política local se le queda pequeña -así lo ha dicho alguna vez en público el ahora diputado del partido- y puede que este artículo también… Para empezar, juega en dos tiempos: tiene un plan A en el que ya se ve sustituyendo a Juan Marín a nivel regional y de vicepresidente de la Junta junto a Susana Díaz siempre que se cumpla la subida que apuntan las encuestas para las próximas elecciones autonómicas. Recordemos que la estrategia de Ciudadanos para las nuevas citas electorales es formar parte de las estructuras de gobierno, no sólo apoyar, y la posibilidad del adelanto planea en Andalucía.

Si falla, siempre estará el plan B de volver a encabezar la candidatura de Granada. O no. Porque poder, fama y mujeres es un cóctel explosivo. Más aún cuando discurre entre las cañerías de la política. Y especialmente preocupante si se confirma la denuncia por presunto acoso sexual que una Asociación de Mujeres de Madrid está difundiendo entre los medios y ha elevado incluso al Congreso, al Senado y a la ministra Dolors Montserrat exigiendo que Ciudadanos se retire del Pacto Nacional contra la Violencia Machista por tener entre sus diputados a Luis Salvador…

Media Granada habla del tema, y de la supuesta víctima de Valladolid, pero entre bambalinas… ¿Despecho, campaña de desprestigio, otro lamentable caso de acoso? Estamos en ello. Los acontecimientos nos dirán si se trata de un intento de intoxicación o echamos más gasolina a la explosiva (vieja-nueva) política local.

Clima electoral (pero en la Plaza del Carmen)

Magdalena Trillo | 29 de octubre de 2017 a las 19:02

1. Reprobación: acción de reprobar (dar por malo). 2. Vodevil: comedia frívola, ligera y picante, de argumento basado en la intriga y el equívoco.

No sólo Puigdemont es un artista de la confusión. Lo que se vivió el viernes en la Plaza del Carmen podríamos llevarlo a escena como un auténtico “vodevil de la reprobación” (Puentedura, una vez más, puso la nota lúcida del pleno) aunque donde realmente se sitúa es en la trastienda de la política: el reloj electoral ya está en marcha.

Ninguno de los movimientos, declaraciones, órdagos, presiones y amenazas (no siempre veladas) que se están produciendo delante de los micrófonos -y sobre todo entre bambalinas- pueden explicarse ya sin tener en cuenta el factor político estrictamente partidista.

El horizonte oficial son las municipales de mayo de 2019 pero hay un deadline previo más relevante: si el PP y Ciudadanos van a reeditar su alianza para presentar una moción de censura contra Paco Cuenca y provocar el tercer cambio de gobierno en la capital (acabaríamos con un alcalde por año), deben hacerlo antes del próximo mes de mayo. No es ningún capricho; es un condicionante legal el que impide recurrir a la moción en el último año de mandato.

Tienen, por tanto, seis meses para negociar aquí, pero también en Sevilla y en Madrid, y decidir si están dispuestos a cambiar la baraja meses antes de la carrera electoral. En el PP ya han encargado un sondeo para valorar si tendría más opciones Sebastián Pérez o Rocío Díaz, en el PSOE se está produciendo un sólido cierre de filas en torno a Paco Cuenca -su anuncio de presentarse a las primarias locales y el anuncio de Chema Rueda de no optar a un tercer mandato van en esta línea-, en Ciudadanos se encomiendan a Manuel Olivares conscientes de que el ‘factor Luis Salvador’ desestabilizará cualquier previsión -su inesperada presencia en el pleno del viernes no es casualidad-, desde Vamos Granada no dejan de sorprender con su capacidad para provocar escisiones donde apenas hay qué dividir y en IU, por mucho que pesen los desvelos de los históricos, bastante hacen con mantener las siglas.

La reprobación de Cuenca ha sido tan simbólica, e inútil en el sentido práctico, como la que sufrió en 2012 cuando estaba al frente de la oposición y el propio TSJA tumbó un año después advirtiendo que no se puede “instrumentalizar el pleno” para hacer un juicio político. Pero, aunque ha tenido mucho de postureo, también de tanteo y escenificación, el grupo socialista está solo.

Después de meses extenuantes de negociación, sólo ha sido capaz de sacar una batería de medidas para hacer frente a la ruina municipal cuando se ha acercado a los postulados del PP y ha logrado su abstención. Fue el pasado lunes. El Ayuntamiento ya tiene luz verde para aplicar un duro plan de ajuste -que a nadie gusta- y mañana mismo, por ejemplo, podrá empezar a pagar la mitad de la paga extra que aún debe a los funcionarios.

Pero poco más. La subida del IBI sigue siendo una línea roja para toda la oposición y los presupuestos de 2018, un futurible. Las 100 actuaciones que el alcalde expuso a los grupos para valorar sus 540 días de gestión quedaron en puro voluntarismo.

La realidad es tozuda: 8 concejales socialistas cada vez más alejados de quienes deberían ser sus aliados naturales en la izquierda (los 3 de Vamos y el concejal de IU) y con una pinza creciente en frente que no dejan de apretar los 11 del PP y los 4 de C’s. De momento, lo único que desafía la aritmética son los líos judiciales en los dos bandos. Y aquí también hay movimientos.

Por encima de la situación de Cuenca -parece previsible el archivo-, lo realmente relevante es la imputación de los 8 ediles del PP del gobierno de Torres Hurtado por el caso Serrallo. No es extraño que las presiones sean constantes y que el asunto haya llegado hasta Madrid: si Vox retira su acusación particular, y al margen del recorrido judicial, políticamente se abren nuevos escenarios.

Y es que en las campañas electorales importa cómo se termina, pero es clave cómo se empieza y, sobre todo, con qué relato. Justamente donde estamos ahora. Dónde y con quién. Donde estábamos el viernes cuando, teóricamente, se reprobaba al alcalde.

La Generación X toma las riendas

Magdalena Trillo | 24 de octubre de 2017 a las 9:45

Emmanuel Macron (39 años) en Francia. Justin Trudeau (45) en Canadá. Sebastian Kurz (31) en Austria. Forman parte de la nueva hornada de líderes mundiales que, con más sorpresa que previsión, están tomando las riendas del poder. Por delante de la Sociología o la Ciencia Política, son las grandes marcas y las compañías del sector tecnológico quienes tienen perfectamente estudiado su perfil: son la Generación X.

Nacieron entre la década de los 60 y los 70 y, aunque no son nativos digitales, se mueven en las redes sociales con más solvencia y criterio que sus sucesores (los temidos millennials). Son maduros, proactivos y responsables. Se preocupan por los derechos sociales y su aspiración es tan mundana como disfrutar de la vida, no depender del dinero y ser feliz. Reciclan y ahorran, buscan precios baratos y hacen deporte. Llevan su propia bolsa al supermercado y hacen bricolaje en casa.

Todo esto son pistas para enfocar bien las campañas y venderles mejor. Hablamos de marketing, no de política, pero podríamos. Al final no dejan de ser productos que situamos en el mercado esperando que alguien los compre, que alguien les vote. Las grandes ideas se fabrican en los sofisticados laboratorios electorales; los detalles más cotidianos son los que generan empatía o rechazo. Los que hacen creíble a un candidato o lo tumban.

Ellos están llegando; ellas van en camino. En Nueva Zelanda, la laborista Jacinda Ardern, de 37 años, ha conseguido tumbar al conservador Bill English y será primera ministra gracias al apoyo de Los Verdes, la tercera mujer al frente del país en toda su historia y la mandataria más joven en 150 años. El líder de su partido se hundía en las encuestas y, en julio, apostaron por esta joven desconocida y con carisma que ha remontado en tiempo récord.

Caeríamos en el simplismo si intentamos fijar las expectativas de éxito o fracaso en base al sexo o la edad. Pero es evidente que son tendencias que nos ayudan a unir las piezas del nuevo puzle de poder mundial. Y Rusia también juega: justo esta semana, la presentadora Ksenia Sobchak, de 35 años, hija de un ex jefe de Putin, ha anunciado su carrera a la Presidencia.

Hace tiempo que se ganó el apodo de “la Paris Hilton rusa” y ya la llaman la “candidata del papel cuché”. Desde la oposición la acusan de “querer hacerle el trabajo al Kremlim” y ser “una distracción”. La it girldefiende que está más que preparada para criticar el sistema y reunir las 300.000 firmas de apoyo que necesita… De pequeña Ksiusha no tiene nada.

Las cenas secretas de Federico

Magdalena Trillo | 15 de octubre de 2017 a las 11:04

Cuando hace un par de años salió a la luz el informe que la Jefatura Superior de Policía de Granada redactó en 1965 sobre la muerte de Lorca, el enfoque fue compartido: fue asesinado por “socialista y masón”. Dejando a un lado lo inaudito que supone leer que hay universitarios en Barcelona convencidos de que la Guerra Civil fue un conflicto “entre España y Cataluña”, basta recurrir al lenguaje popular, a la dicotomía de los ‘rojos’ y los ‘azules’, a la teoría de los “dos bandos”, para evidenciar lo abiertas que aún siguen las heridas y reconocer lo mucho que cuesta superar el simplismo y el oportunismo de la causa política.

Del mismo modo que deformamos los recuerdos, sometemos la historia a un continuo ejercicio de distorsión. Pero hay un elemento diferenciador: la intención. La memoria se desdibuja de forma inconsciente y con consecuencias inofensivas; es una respuesta a las limitaciones de la naturaleza humana, a algo tan frágil y traicionero como los recuerdos. El segundo caso, sin embargo, forma parte del juego manipulador de la ideología; de las tensiones del poder y del líquido conflicto que navega entre los sentimientos y las ideas.

Probablemente, si fuéramos capaces de ponernos en la piel del otro, siempre encontraríamos detrás una causa noble de justificación. Incluso una razón prosaica de lo que en cada momento entendemos como lógico y hasta correcto. Tan legítima como la nuestra. Pero inasumible desde la intransigencia de las trincheras.

En este espinoso marco, Federico García Lorca no puede ser más que un mito de la izquierda. Su nombre se ha erigido en símbolo de la represión franquista y su fusilamiento en un antídoto contra el olvido. Y es por ello que todos los meses de agosto, “Lorca somos todos”. Junto al monolito en el que ya sabemos que no está, reforzamos los trazos más adecuados y pertinentes de su retrato y obviamos otros. Innecesarios. Incómodos.

Sorprende que ninguno de sus biógrafos oficiales haya puesto en cuestión el exclusivo trasfondo político de su asesinato. Que, por ejemplo, se hayan pasado por alto las revelaciones que otro poeta, Gabriel Celaya, hace en sus memorias. ¿No era oportuno?

Estando en el exilio, en los años 60, el poeta vasco desveló una confidencia que le hizo el dramaturgo granadino que no debería pasar de anécdota, casi de travesura, si no estuviéramos hablando de Lorca: del mito del poeta universal, de la incomprensible tragedia de su asesinato y de la apropiación ideológica que se ha hecho de su vida, de su obra y de su muerte.

A raíz de una tensa reunión con el líder de la Falange en San Sebastián, Celaya escribe en Poesía y verdad que Federico le confesó que “todos los viernes” cenaba con Primo de Rivera. Cogían un taxi, bajaban las cortinillas -a ninguno de los dos le interesaba que les vieran- y hablaban… seguro que de literatura, de poesía, de la vida… seguro que no de la muerte, de la inminente guerra, de política…

Me cuenta un buen amigo, de una importante familia de esta ciudad cercana a quienes en la Granada cerrada del 36 movían los resortes del poder, que a Federico nunca se le perdonó su homosexualidad; tampoco su éxito. Puede que ni su alegría de vivir. Ni su “risa de arroz huracanado” que diría Neruda…

Me cuenta que su padre siempre cuestionó la causa-efecto del fusilamiento político; que las inquinas, los rencores y el provincianismo de aquellos años también contribuyó. Fue él quien me puso en la pista del libro de Celaya. No lo conocía. En la Facultad de Letras hay un solo ejemplar -no se puede consultar porque está “en encuadernación”- y no aparece citado en las decenas de publicaciones biográficas que se acumulan sobre el poeta.

Federico se lo contó a Celaya entre risas. José Antonio era “un buen chico”. Como lo era su “amigo” vasco José Manuel Aizpurua. No había nada detrás. Sencilla amistad. Inocencia. Bondad. Una “lección” de alguien que confiaba en que el “hombre es siempre humano”, de alguien que creía en la vida. Un pasaje “terrible” y “hermoso” a la vez por cuanto retrata al Federico que se situaba por encima de la ceguera del sectarismo y al lado de la verdad. En su vida y en su obra.

Diálogos posibles

Magdalena Trillo | 8 de octubre de 2017 a las 10:09

La exposición de Pilar Albarracín que se muestra estos días en el Palacio de la Madraza podría verse como un gran bodegón de la política española. Cambian los códigos y la agudeza de quien compone pero se desliza la misma inquietud de los mensajes: la artista sevillana recurre al histrionismo y al humor para sumergirse en el imaginario del typical spanish justo cuando media España cuelga una bandera constitucional en el balcón queriendo contrarrestar las esteladas que ondean en tantas calles de Cataluña.

Toros, tacones y lunares. Los mismos ingredientes que utiliza la familia Martínez de Irujo en la campaña que acaba de poner en marcha, “Orgullosos de ser españoles”, para contagiarnos de su “plena identificación” con los valores de “nuestro gran país”. Los mismos símbolos que sintetizan esa España intransigente y de pandereta con la que quieren romper desde Barcelona. Hace sólo unos meses, las pulseras y las tazas reivindicativas del “orgullo español” me hubieran prevenido y alarmado; hoy las tolero y hasta las valoro por cuanto tienen de antídoto y de alerta.

chorizos

A Albarracín le preocupa abiertamente el machismo, la desigualdad o el sometimiento de la mujer pero no menos que la represión del pensamiento, la manipulación y la falta de comprensión en la sociedad actual; no menos que la “perversión”, el conflicto y el agravio del mundo en que vivimos y que tiende a camuflarse en paraísos aparentes de felicidad. Por eso sus luminosos bordados son trampantojos. Por eso se disputan el espacio unos tacones amenazando con “bailar sobre tu tumba”. Por eso es un afilado alfiler el que hacer emerger los lunares rojos de un inmaculado vestido blanco de volantes.

Sus ristras de chorizos de terciopelo brillan más que los que cuelgan en los desvanes de los pueblos andaluces aderezados con corneta pero cumplen una misma función: permitirnos refugiarnos en las metáforas. A veces punzantes y provocadoras; a veces sutiles e irónicas. Pero siempre precisas y desconcertantes; con más empatía y más carga emocional que cualquier titular de prensa.

Sus “diálogos imposibles”, con un insistente juego de cuchillos haciendo malabarismos en torno a una gota de sangre bordada a modo de flor, dicen más del tacticismo de la política de lo que nos permiten las palabras. Es lo bueno de la poesía visual, que no hay límites, líneas rojas ni fronteras; es lo bueno del arte, que cobra todo su sentido cuando “sale a convencer”, “dialoga con la sociedad” y “conecta con la gente”.

Son palacabezasbras de otro creador sevillano, el pintor Luis Gordillo, que también expone estos días en Granada. Casualidades -o no-. A sólo unos metros de Pilar, en el Museo Guerrero, pareciera que sus grandes Cabezas se ríen de nosotros. De nuestra insignificancia y nuestra torpeza; de nuestra cortedad de miras. Forman parte de su “confesión general”, más de 200 obras que recorren sesenta años de creación artística entre el centro de la Diputación y el Palacio de Carlos V de la Alhambra. Con 83 años, sigue explorando, incorporando nuevos lenguajes y reconociendo que ha tenido que “hacerse viejo” para comprender su profundo enamoramiento, su pasión, por la pintura.

 

Sin buscarlo, Albarracín y Gordillo dialogan en Granada. Con varias décadas de distancia, desde postulados artísticos y estéticos muy diferentes, nos interrogan, nos hacen fruncir el ceño y nos roban una media sonrisa. Nos sorprenden y nos espolean sin dogmatismos ni posiciones prefijadas. Sus creaciones discurren vivas y abiertas como si estuvieran pensadas para fluir en una conversación cotidiana. Y es que los dos beben de la cultura popular pero no la manipulan ni nos la sirven travestida.

A diferencia de la política, del no-arte de la política, su obra es honesta y sincera. Nace del convencimiento. No se trata de acertar ni de ganar pero tampoco de engañar. Eso sí, el arte siempre nos propone un juego: que dialoguemos. Aunque ello suponga sumergirnos en una burbuja con “extractos de fuego y de veneno”. Aunque nos obligue a compartir una “confesión general”.

1-O: ¿Y si lo más rentable es dejarles votar?

Magdalena Trillo | 17 de septiembre de 2017 a las 10:02

El agujero de la capa de ozono se ha detenido y hasta presenta indicios de recuperación. En parte ha funcionado el Protocolo de Montreal que se firmó hace tres décadas -el 99% de las sustancias que destruyen el ozono ya no se emiten a la atmósfera- pero lo realmente paradójico es que también: aunque se ha producido un aumento de la temperatura en la superficie del planeta, también se está registrando un inesperado enfriamiento en la estratosfera con una intensificación de los flujos de las corrientes desde el ecuador hacia los polos. El resultado de las nuevas “dinámicas” es que se inyecta más oxígeno en las capas altas.

¿Y es bueno? Pues no queda nada claro. Los científicos advierten que “no podemos bajar la guardia” porque resultará casi imposible revertir todo lo que ya hemos destruido. Además, si el incremento de la radiación ultravioleta puede afectar gravemente a la salud humana (cáncer de piel, cataratas, debilitamiento del sistema inmunitario…), el “engrosamiento” de la capa de ozono en las latitudes medias y altas (con especial incidencia en los países nórdicos) también puede tener consecuencias negativas por el desplome de los rayos utravioleta.

¿Entonces? Todo dependerá de cómo evolucionen los procesos dinámicos en la atmósfera, el cambio climático y la emisión de los gases invernadero. Hay que estar alerta, investigar y redefinir los modelos; equivocarse y corregir.

En China, la antigua sede atómica 816 se ha convertido en una atracción turística. Los visitantes recorren 20 kilómetros de túneles y bajan 12 pisos para penetrar en las profundidades de las montañas de Fuling, a orillas del río Yangtze, y ser testigos de la recreación de la primera bomba atómica. Contaba el corresponsal de El Mundo esta semana que era una experiencia entre “mágica y santa”; luces de neón y música estremecedora para evocar una “indeleble” página de la historia. Del máximo secretismo ha pasado a ser un motivo de orgullo -y negocio- para el país.

Al igual que en el caso de la capa de ozono, podemos ver la base 816 como un referente para entender “cómo cambia la percepción histórica de lo que se considera una verdad absoluta”, como una muestra del “giro” que se produjo en China cuando firmó el tratado que prohíbe las explosiones nucleares e, incluso, como una lección de presente…

Al sur de la frontera de Corea del Norte, los vecinos de Choerwon viven la escalada de desafíos de Pyongyang como una rutina: “Para qué preocuparse; si lanzan un cohete, no habrá tiempo ni de pensar”.

Relata un enviado especial de La Vanguardia que en todo Seúl se asume el riesgo de un ataque “como quien puede sufrir un accidente”. Con 48.000 habitantes y 30.000 soldados en el paisaje de sus calles, los vecinos de Choerwon han sido capaces de neutralizar el miedo y hasta de convertir el “turismo bélico” en una fuente de ingresos: oleadas de turistas llegan en autocares y en tren desde Seúl al complejo militar de Panmunjon, recorren los túneles que los norcoreanos excavaron en los 70 para invadirles y vuelven por la tarde a casa con gorras y productos de marketing de su experiencia bélica.

En todo Corea del Sur, pensar en la reunificación parece ciencia ficción. Sobre todo para generaciones jóvenes que viven ajenas a la ira de Kim Jong Un. ¿Se puede hacer algo?: “Es imposible. Hay un problema de mentalidad insuperable. Llevan demasiados años de lavado de cerebro”.

Apliquemos esta última reflexión a Cataluña y probemos a mirar el procés al revés: ¿seguro que lo negativo, lo peligroso, es dejarlos votar? La baza de las palabras la enterramos con el recurso de su Estatuto, los interlocutores están quemados (a los dos lados del Ebro) y cualquier escenario de futuro pasaría por “más para Cataluña y menos para los demás”. Hablo de un referéndum con límites, exigencias y garantías; de la reforma de la Constitución.

En la tensa cuenta atrás del 1-O, es un camino inviable pero tal vez sea lo más rentable para el día después. Y bastaría con dejar a un lado la demagogia y el cinismo y contestar a preguntas como ésta: ¿estamos dispuestos, por ejemplo en Andalucía, a que se apruebe un cupo catalán?

Superpolíticos

Magdalena Trillo | 23 de julio de 2017 a las 12:28

Como periodistas y políticos tendemos a converger y a explosionar con la misma intensidad que la energía de átomos, imagino que la precaución es compartida: nunca te fíes de un político/periodista que reniegue del alcohol. No sé si es leyenda urbana, sentido común o maledicencia, pero les puedo asegurar que es una lección obligada desde que nos estrenamos en el oficio como becarios de verano. Y es, en todo caso, una buena metáfora: las debilidades nos hacen humanos; los excesos, aun cuando se presenten en forma de proeza, nos debieran hacer sospechar. Como hacía Nietzsche frente al virtuosismo de Kant y como deberíamos hacer todos frente a sus “superhombres“.

El trasfondo es peligroso. Y es una trampa. Lo estamos sufriendo las mujeres cuando volvemos a echarnos a las espaldas el hogar -las tareas domésticas, la cocina, los hijos, los mayores…- porque ‘podemos’ con todo. Como trabajar -¿votar?, ¿vivir?- era un derecho y lo hemos conseguido, ya podemos permitirnos el lujo de ‘decidir’. Y lo que decidimos es convertirnos en superwomen. Pero sólo en apariencia. Cargadas con una pesada mochila de renuncias y con pies de barro.

Lo llamamos “libertad”. La misma palabra que utiliza la presidenta de Madrid para justificar que este año (tampoco) se va de vacaciones. Cristina Cifuentes se declara una “ferviente defensora de los derechos de los trabajadores”, incluido el referente al descanso estival que recoge el artículo 40.2 de nuestra Constitución, pero siempre que sea “voluntario”, “no obligatorio”. Por eso ella se pasará todo agosto en la Puerta del Sol. Porque no se le ocurre “nada mejor que hacer” y porque no conoce ningún otro sitio mejor “donde estar”.

Ni sus declaraciones ni el debate que se ha suscitado son gratuitos. Es verdad que corremos el riesgo de frivolizar si lo llevamos a la contienda partidista con interesados ataques contra los escurridizos planteamientos sociales y laborales del PP y, por supuesto, si nos colamos en la vida privada de la política madrileña para preguntarnos (incluso compadecernos) cómo es posible que alguien no sepa qué hacer con sus vacaciones. Que se lo pueda permitir y no quiera… Pero no es una polémica “surrealista” si lo situamos en la esfera pública, en la necesaria ejemplaridad que exigimos a quienes asumen responsabilidades de gobierno y por el inevitable eco social que tiene un cargo de su relevancia. ¿Su mensaje es el de la “superpolítica” que no necesita las vacaciones? ¿Situamos ahora el derecho a los 30 días de descanso remunerados al año como un acto de buena voluntad y “generosidad” del empleador?

Tal vez también tengamos que empezar a sospechar, a prevenirnos, ante los políticos “excepcionales” que no se van de vacaciones… Más aún en un país como el nuestro que no ha dejado de perder derechos, conquistas sociales y nivel de vida tras diez años de crisis y recortes en los que nos hemos empeñado en agigantar la brecha de las desigualdades. Y también con trampa: la del pan y el circo; la del fútbol y la corrupción.

En Francia, esta semana Axa Seguros ha aprobado el derecho de los trabajadores a la desconexión digital. No es ‘buenismo’, se recoge en su nuevo convenio colectivo: no tendrán que coger llamadas en su teléfono corporativo ni responder emails de trabajo tras finalizar su jornada. A diferencia de nuestra reforma laboral, esa que tanto le gusta al FMI, la francesa entró en vigor en enero e introducía como novedades las retribuciones “flexibles” y la necesidad de regular el uso de las tecnologías de la comunicación para garantizar, por ley, el derecho a descansar…

En España, esta semana podíamos elegir entre la ‘anécdota’ de Cifuentes, el culebrón del ‘Villarato’, el hartazgo ‘kamikaze’ de los independentistas catalanes y hasta la tragedia del banquero suicida. Incluso, en versión viral, teníamos a Ferrán Adriá estrenando el verano sexista con el primer cartel polémico de la temporada: cuatro espectaculares culos de chicas desnudas invitando a disfrutar de su lujoso restaurante en Ibiza.

Me reafirmo; hay que desconfiar de lo superlativo. Siempre. Sin excepción.

La preverdad de Paco Cuenca

Magdalena Trillo | 9 de julio de 2017 a las 11:28

La mayor capacidad de innovación que están demostrando los políticos -los viejos y los nuevos- poco tiene que ver con el pragmatismo, la capacidad de gestión, el liderazgo y hasta la visión que deberíamos exigir a quienes asumen el privilegio de ejercer el poder con el teórico pretexto de hacernos la vida un poco mejor. Dentro de los partidos, y poco importa el color, los juegos de intereses y las prácticas endogámicas se replican con la misma intensidad que la inercia y el inmovilismo se apropia de las instituciones. Es el conocido ‘todo cambia para que todo siga igual’. Pero en el fondo, no en las formas. No lo contamos igual. Son las palabras, los matices, los que terminan funcionando como espejo de los verdaderos cambios, esos que pasan desapercibidos entre lo políticamente correcto y lo estratégicamente medido. Es la innovación del lenguaje la que salta al diccionario certificando lo que ya supera lo anecdótico y lo provisional.

Términos como “tuitear” y “guasapear” sirven para identificar a toda una generación tanto como lo ha hecho ya la idea de “posverdad” para poner nombre a toda una era. Las palabras nos ayudan a ver, a entender, por lo que significan y por lo que sugieren, por lo que dicen y por lo que callan. La poética y la retórica, la literatura y la política, no están tan alejadas: en todos los casos jugamos con el lenguaje, lo estrujamos y lo situamos como columna vertebral para un fin determinado. Donald Trump no ha hecho más que poner un foco global sobre algo que ya se había convertido en normalidad: distorsionar la realidad para hacerla encajar con un determinado mensaje. Una mentira, una media verdad, ficción, realidad… Lo más característico de la posverdad es que redibuja el pasado -por eso recurrimos al “pos” para esa verdad que nunca fue-, casi como esa memoria interesada y esquiva que, sin el componente de la malicia, funciona como el photoshop en nuestros recuerdos cotidianos.

En paralelo a la posverdad, se está produciendo otra interesante innovación en política tremendamente contagiosa: la preverdad. El futuro, las expectativas de lo aún posible, nos da un margen extra para inventar. Desde los presupuestos que se construyen sobre cifras maquilladas hasta los “en diferido” que van saltando entre los casos de corrupción y los anuncios de independencia a pie de teatro.

No sé si los psicólogos sociales -justo esta semana Granada ha acogido el congreso internacional de la Asociación Europea- tendrán identificadas estas prácticas con algún término científico más apropiado ni hasta qué punto podríamos hablar en este caso de “trastorno” pero basta bucear en las informaciones periodísticas para comprobar que, en política, es una práctica tan asentada como la posverdad. O más, porque sobre lo que vamos a mentir aún no se ha producido. Me voy a un caso muy reciente y cercano: Paco Cuenca y su proyecto para soterrar el AVE. Anticipadamente pero con poco éxito, la Universidad de Granada le había advertido que no aceptará despojarse de los Paseíllos -de uno de los pocos pulmones verdes en el centro de la capital, para levantar torres con cerca de dos mil viviendas y financiar el proyecto-, desde la oposición lo ven como un “fuego de artificios” y las plataformas y empresarios se siguen debatiendo entre el “todo” y el “ya”.

Pero “hay consenso”. Y es “viable”. Eso asegura el alcalde evitando desvelar sus conversaciones con la rectora en las que no se había movido del “no es no”. Y lo hace con la misma vehemencia con que defendía el jueves un “diálogo”, “transparencia” y “normalidad” de gestión que sólo ve él. Granada recuperaba el Debate de la Ciudad cuatro años después para darse cuenta de que, salvo el pactado desalojo del PP del gobierno local por el caso Nazarí, todo sigue igual. Por inercia. Sin más horizonte que, como en los peores tiempos de Torres Hurtado, subir cada mañana las persianas de la ciudad.

CajaGranada-Bankia: de números e intangibles

Magdalena Trillo | 2 de julio de 2017 a las 11:17

En las memorias de Antonio Jara hay dos volúmenes: el que vivió en los años 80 desde la Plaza del Carmen y culminó con el reconocimiento de haber sido “el mejor alcalde de Granada” (con un legado que ha logrado mantener) y el que lo ha llevado a la sexta planta del ‘Cubo’ en la década de mayor incertidumbre y convulsión de este país. Podríamos pensar que el primero es político y el segundo, económico. Nos equivocaríamos: los localismos, los nacionalismos y las guerras de intereses no entienden de muros ni de fronteras. Habrá quien tenga la tentación de sentenciar (ya) que su etapa como alcalde fue sinónimo de éxito y la de gestor financiero, de fracaso. Está por ver: CajaGranada se acaba de subir a bordo de un “transatlántico” que, por primera vez en toda la historia de despropósitos que acumulan las cajas andaluzas, ha apostado por esta comunidad para expandirse y competir.

La historia de CajaGranada en la nueva Bankia está por escribir del mismo modo que están por escribir las memorias de Jara. De todos los Jaras. Del que gobernó la ciudad poniendo los pilares de una Granada moderna y abierta en los albores de la democracia, del que reapareció en 2010 en la esfera pública para tomar las riendas de la vieja La General, del que tuvo que lidiar con una integración en BMN de beneficio más que dudoso, del que intentó (sin éxito) que alguien le escuchara cuando intentó resucitar la opción de Unicaja y del que hoy ve en la marca “CajaGranada” y en el “Cubo” los símbolos de un legado a preservar.

Antonio Jara no tiene miedo a las palabras. No le he visto nunca recurrir a un eufemismo ni eludir una pregunta; ni siquiera un rumor o una intoxicación. Durante meses se ha mantenido en silencio, prudente, a la espera de que culminara la operación de fusión. Lo que toca ahora, cuando todos miran con interrogantes y preocupación al imponente edificio vanguardista de Campo Baeza, es dar la cara. Lo hace con argumentos y con datos. Tiene una libreta negra llena de números y fechas. De reuniones y de llamadas. De instrucciones y de presiones. Como buen profesor universitario, lo anota todo. Es el mejor antídoto contra las propias flaquezas de la memoria y, sobre todo, contra los relatos interesados de otros.

En la entrevista que hoy publicamos hay dos capas bien diferenciadas, la gélida de los números y la intensa de los entresijos que vienen a explicar por qué CajaGranada terminó con un 2,79% en BMN y, ahora, con un 0,19% de Bankia. Por qué fue un fracaso la “gran caja” y después la “caja única”. Por qué Andalucía ha dilapidado la historia de las 14 cajas de ahorro que funcionaban hace treinta años. Por qué la región más poblada de España no tiene un peso real en las finanzas del país…

Pero no hay una respuesta sencilla ni un único culpable. Es verdad que la mala gestión política, las interferencias, la vampirización de las cajas, ha pesado tanto como lo ha hecho la penitencia del ladrillo en los balances financieros. Sería un error, sin embargo, mirar sólo a Sevilla sin reconocer que fue, por ejemplo, el Gobierno de Zapatero el que marcó un ‘no’ rotundo a los “nacionalismos intracomunitarios” -justo cuando las cajas gallegas también se intentaban blindar-, no tener en cuenta el “maltrato” que sufrió BMN en el momento de la reestructuración bancaria -“nos dieron lo justito para no morir”, confiesa Jara- y, por qué no, ser capaces de echar la vista atrás y valorar la gestión que hicieron en su día Julio Rodríguez y Antonio María Claret cuando CajaGranada era una puerta giratoria de lujo para mercadear. Dejémoslo ahí…

Si Bankia termina preservando la posición de Granada en su apuesta por Andalucía, si se cumplen las expectativas de negocio y de expansión, tal vez podríamos mirar esta última operación con optimismo pensando que la larga travesía del desierto ha servido para enterrar el discurso de las emociones y las nostalgias y para imponer la racionalidad económica y la rentabilidad a la gestión en el sector financiero. Puro sentido común.

Asegura Jara que no ha sido Granada quien “le ha dado la espalda a Andalucía”, que no ha sido Granada quien “ha fallado”. En pleno conflicto por mantener el poder judicial, justo cuando se acaba de desactivar un intento sorpresa de Sevilla de competir por la Capitalidad Cultural de 2031, no parece descabellado temer ahora nuevas tentaciones atraídos por el polo político de la capital hispalense y el polo económico de la capital de la Costa del Sol.

No hay duda de que la operación será un buen negocio para Bankia pero aún está por ver si lo será para Granada: porque en la ecuación están los números y también los intangibles. No hablo de intereses personalistas para salir en las fotos del consejo de administración y ni siquiera del futuro de oficinas y de personal cuando las previsiones son de ajustes mínimos -con incentivos- y de expansión. Hablo del simbolismo de la sede y de la preservación de Granada como referente de Bankia en Andalucía en un sentido estrictamente comercial: por el negocio que supone la marca CajaGranada y la imagen del Cubo. No es localismo ni nacionalismo financiero, es márketing y es también, por qué no, una forma inteligente de desembarcar en un territorio. De competir.

Dice Antonio Jara, y nos recuerda que hablamos con un “anciano”, que su futuro en Bankia es “ninguno”… Pero no lo es si pensamos que hay un puñado de acciones que gestionar -por pequeño que sea-, una Fundación que reinventar y los intereses de un territorio por defender. En este punto, mirar atrás y lamentarse sirve de poco. Perderse en el juego de los futuribles, tampoco. Hay una realidad y unas expectativas que cumplir o defraudar. Son justo las páginas que deberán cerrar ese segundo volumen de memorias que están, aún, por escribir.