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Los líderes se disputan el ‘efecto efecto’

Magdalena Trillo | 24 de julio de 2018 a las 12:00

líderes políticos

Poco varían los sondeos -por muy rigurosos y oficiales que sean- con cualquier encuesta casera que podamos hacerjunto a la barra del bar o el calor de la barbacoa… En todos casos se confirma la volatilidad de las opiniones de los ciudadanos en cuanto a intención de voto, preferencias políticas, principales preocupaciones y, sobre todo, expectativas.

He revisado mi hemeroteca y tengo publicados varios artículos con supuestos efectos que han tenido una vida más que efímera. Totalmente volátiles y sujetos a la actualidad del momento. Sólo en las últimas semanas hemos visto cómo se difuminaba el ‘efecto Rajoy’ nada más abandonar La Moncloa dando paso al nacimiento del ‘efecto Sánchez’ con la llegada del PSOE al poder

Del ‘efecto Iglesias’ ya ni nos acordamos y lo curioso ahora es cómo Albert Rivera y Pablo Casado se disputan el ‘efecto’ nuevo líder en el espectro ideológico de la derecha.

Como apunto en el artículo de este domingo de #LaColmena, “las encuestas caseras son un divertimento tremendamente revelador”: El efecto Casado a pie de barbacoa

El legado de Lorca, por qué ahora sí

Magdalena Trillo | 1 de julio de 2018 a las 20:56

El legado de Lorca ya está en Granada. Dejando a un lado la maldición de las infraestructuras -con la Autovía a la Costa, la A-7 y el AVE hemos escrito algunas de las páginas más descorazonadoras de este país-, probablemente sea la noticia que más se ha resistido en la última década, que más quebraderos de cabeza ha provocado y que más despropósitos ha sumado por el camino.

Todos los anuncios sobre la llegada del patrimonio lorquiano, esos más de 5.000 manuscritos, cartas, libros y fotografías que recorren la vida y obra del poeta de Fuente Vaqueros, se han incumplido sistemáticamente. A golpe de fatalidades, de imprevistos y hasta de conjuros. La política ha tenido mucho que ver -sobre los porqués del fracaso llevamos quince años escribiendo- pero también las personas.

No me refiero (sólo) a la cualificación y el talento de quienes han estado gestionando el proyecto (seamos generosos presuponiéndolo) ni a los nefastos efectos de las cuotas cuando distorsionan el propio proyecto (poco importa si son geográficas, de sexo, de familias o de clases). Me refiero al factor humano. A la sensibilidad, a la predisposición y a la mano izquierda de los protagonistas. En las fotos oficiales y en la trastienda de la negociación.

Primero fuimos fieles a nuestra historia de eternas polémicas deshojando la margarita sobre dónde y cómo construir un gran centro que permitiera reconciliar a Granada con su poeta más universal, luego llegó el impacto de la crisis con el retraso de las obras, después irrumpieron los desencuentros entre las administraciones y, justo cuando parecía que todo se había enderezado, nos despertamos con el escándalo del fraude del exsecretario de la Fundación Lorca. Un tremendo lío.

El resultado han sido tres años de surrealismo. El Centro Lorca se abrió en el verano de 2015 sin los fondos lorquianos y con una programación a medio gas sumida en la desconfianza y la sospecha. El contrapunto se ha vivido en la Plaza del Carmen con los partidos políticos pivotando entre el oportunismo y los reproches, en los despachos de los funcionarios con informes jurídicos y auditorías y en el cada vez más popular escenario de los tribunales: en los juzgados de Madrid con el caso de Juan Tomás Martín, en la cuenta atrás de Torres Hurtado con las duras amenazas a la familia y ahora con toda la oposición aprobando en pleno recurrir a la Fiscalía para ver si ha habido “irregularidades” en el proceso.

Me viene a la mente la parábola sobre el amor, la muerte y la frustración con que Federico debutó en el teatro (y fracasó). El maleficio dela mariposa: el amor y la muerte marcaron su vida y la frustración parece inseparable de su figura. El viernes, a las puertas del centro de La Romanilla, Laura García-Lorca se mostraba confiada en terminar de una vez con la “sombra” que se ha ceñido estos años sobre su familia. Unos días antes, reconocía en una entrevista con este diario los “errores de comunicación” que han ido acrecentando la crisis lorquiana pero insistía en que ni son “un clan” ni han intentado bloquear el proyecto; todo lo contrario.

laura

Que el legado duerma ya en la cámara acorazada debería ser la prueba. Un punto y aparte. Pero no lo escribo convencida. Dependerá de lo que hayamos aprendido en esta larga travesía y de las personas. Ocurrió cuando Pepe Guirao tomó las riendas de la Fundación Lorca. Destensó, explicó y acercó posturas. Nos convenció a los medios y convenció a las instituciones. Antes del pinchazo del ministro Màxim Huerta y su nombramiento exprés como titular de Cultura, muchos lo situábamos en la gerencia del Centro Lorca. Más que una opción era un deseo pero lo que hay ahora es una preocupante incógnita.

¿Guirao ha sido el artífice? Ha sido clave en esta última etapa al mismo nivel que el alcalde Cuenca y el consejero Vázquez, como lo han sido siempre Laura García-Lorca y Andrés Soria -por mucho que a algunos les moleste- y como lo fueron en su día Torres Hurtado y García Montero. No pongo siglas. (Al menos yo) no estoy en campaña.

El síndrome del granadino (y no es la malafollá)

Magdalena Trillo | 24 de junio de 2018 a las 9:50

Llevo más de una hora pensando en el título de este artículo. Sé lo que quiero contar pero no consigo decidirme si escribirlo en negativo o en positivo. La primera opción es la más tentadora: Los granadinos contra Granada. Parte de la crítica (entre la constructiva y la enfermiza), se crece con la tesis del agravio y alcanza el clímax cuando introducimos el ingrediente de la fatalidad.

Ganivet se suicidó; Ayala se exilió; a Lorca lo asesinamos. Por debajo de estos grandes nombres, Granada tiene una larga historia de cadáveres que han terminado alimentando ese lugar común de que “nadie es profeta en su tierra”. Se dice en muchas ciudades; aquí es verdad.

Lo pensaba el viernes en el arranque del Festival de Música y Danza cuando le hacían el traje a su nuevo director: “Justito, justito”; “¿Este programa y esta orquesta para un concierto inaugural?”. En el patio de butacas el interés por saber dónde estaba sentada Anne Igartiburu eclipsaba los planteamientos artísticos pero no los políticos. Pablo Heras-Casado lo tendrá difícil.

Todavía no se han cerrado las heridas por el cambio de gobierno en Madrid cuando ya se ha activado en todos los partidos el modo electoral previendo que Susana Díaz disolverá la legislatura en otoño. La excusa, el relato, ya se ha puesto sobre la mesa: la crisis de la financiación.

Pedro Sánchez renuncia a reformar el modelo autonómico y da una bofetada a Andalucía optando por los acuerdos bilaterales con las comunidades: ¿para eso se ha llevado a la exconsejera Montero a Madrid?, ¿tan difícil era enfriar el tema creando, por ejemplo, una comisión?, ¿de verdad pensamos que Andalucía conseguirá los 4.000 millones en que se ha cifrado la infrafinanciación a costa de Cataluña, Madrid o País Vasco?

El clima importa y, lamentablemente, las páginas de cultura cada vez están menos alejadas de las de política. Los críticos harán sus críticas, pero Heras-Casado tendrá que pasar un doble examen: el del programa y el del ‘regreso’ a su ciudad natal. Se ha reservado el concierto inaugural, ha tenido la osadía de renunciar al éxito seguro de los Beethoven y Wagner que tanto nos gustan y ¡hasta ha impregnado de rojo el logo del Festival!

Es un director de éxito, tiene una trayectoria más que acreditada y, aunque caiga en la frivolidad, reconozcamos que tiene su tirón que sea el marido de una de las presentadoras de televisión más conocidas de este país. Pero vuelvo al dilema de base: al final no está muy claro si la ecuación resultante es positiva o negativa.

A mí me gustó el concierto. Mucho. Me atrajo la fuerza con que dirige Heras-Casado. Si lo medimos en aplausos, al público también. ¿Suficiente para hablar de éxito? Pues dependerá de los escurridizos intangibles que en una ciudad como Granada terminan contaminándolo todo.

Es el mismo juego de contradicciones que Blanca Li llevó anoche al Generalife con su montaje de Diosas y demonias. Tan diferentes, tan compenetradas. Enfrentadas unas veces, camufladas otras. Cuando todavía está en la memoria su espectacular montaje de Poeta en Nueva York, otra granadina se ha unido este año a Heras-Casado en la apertura del Festival. ¿Se lo perdonamos?

Hace tres temporadas, Granada hasta fue capaz de saldar la avinagrada deuda que tenía pendiente con Rafael Amargo y, desde hace unos años, otro grande de la escena, el tenor José Manuel Zapata, también se pasea con cierta soltura por su ciudad.

Me gustaría pensar que algo está cambiando. Que no vamos a esperar a que no estén para reconocer y rectificar. Que salieron de Granada para triunfar, pero no huyendo sino construyendo un camino que, necesariamente, debía ser de ida y vuelta. Este planteamiento nos lleva a la segunda opción del titular: Los granadinos con Granada.

Los ingredientes que lo sostienen no son tan populares: nos obliga a ser generosos, a enterrar prejuicios e, incluso, a tener fe. Y nada de esto se puede prescribir… En este punto de indecisión, mi única seguridad es lo que todos sabemos: que debe haber algo en el ambiente que moldea el ADN del granadino. Y no es (sólo) la malafollá…

Un golpe de timón con mano izquierda

Magdalena Trillo | 10 de junio de 2018 a las 11:50

vogue

En la imagen final del nuevo Gobierno, la que ha devuelto el rojo a Moncloa, la que viene a continuar la foto de ZP y sus ministras en Vogue, las mujeres son mayoría. Sí. Histórico. Pero más aún que en la etapa de Zapatero cuando sorprendió con el primer equipo paritario de nuestra historia. Pedro Sánchez redobla el gesto y el fondo. Estamos ante el primer Ejecutivo realmente feminista en la democracia europea. Sin cuotas de género (curiosamente son algunos de ellos los que chirrían), sin componendas territoriales y sin concesiones partidistas. Ni siquiera a los valedores que despejaron el camino de la moción.

Lo cierto es que las expectativas eran tan bajas, tan conectadas con la idea de emergencia y de provisionalidad, que el golpe de efecto se ha multiplicado convenciendo hasta a la oposición. Pero llevamos una semana situando el foco en el número, en lo cuantitativo, cuando lo realmente relevante se sitúa entre bastidores. Ha sido todo un golpe de timón con mano izquierda. Inteligente y audaz. Inesperado.

Parece incuestionable el papel clave que José Luis Ábalos, sombra de Pedro Sánchez y nuevo titular de Fomento, ha tenido en la estrategia de alianzas para conseguir la caída del PP; para torpedear lo que en 2015 y en 2016 fue un muro de hormigón de líneas rojas. Pero el punto de calidad lo ponen ellas. Fue Carmen Calvo la hacedora del difícil acuerdo para la aplicación del 155 en Cataluña y ha sido Margarita Robles quien ha hilvanado y cosido la moción de censura. En el retrato final, Pedro Sánchez está haciendo justo lo contrario de quien se presupone rehén de la ambición y del poder: rodearse de las mejores.

Se pueden equivocar, podrán defraudar, pero no hay ni una sola ministra florero y no son ninguna ‘maría’ sus responsabilidades. Al contrario. Es un misil de capacidad y de solvencia el que ha reventado el techo de cristal. Las dudas las ponen ellos. El ministro astronauta se ha llevado los mejores titulares, también los memes, pero todos miran de reojo a sus mandos intermedios -los secretarios de Estado- para saber si tranquilizarse o preocuparse. La apuesta de Grande Marlaska roza lo inescrutable y el fichaje de Màxim Huerta, la extravagancia.

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Es verdad que todo está por demostrar -los que parten como valores seguros no se libran del fracaso y no deberíamos subestimar que haya alguna remontada de éxito- pero el mensaje inicial que se ha lanzado con la elección del periodista televisivo no justifica el esperado Ministerio de Cultura de un gobierno socialista. Dicen que Elvira Lindo rechazó la cartera, que Banderas también se negó, que… ¿Justo cuando hay que dar un paso adelante el mundo de la cultura se repliega?

Es, en todo caso, un gobierno para gobernar. Decía Pedro Sánchez que su máxima iba a ser “escuchar, dialogar y consensuar”. Con 84 diputados, un PP atrincherado en el Senado y unos presupuestos heredados, la actividad del BOE está por ver pero, en la gestión de coste cero, hay partido. Me recordaba una compañera esta semana que en Granada fue precisamente con el débil gobierno del tripartito cuando se aprobó el PGOU, uno de los documentos más complejos de la vida municipal. En el Corpus, los socialistas celebraban el regreso a Moncloa tomando prestado el ‘sí se puede': con 8 y con 80…

Por mucho que escueza en el PP, Cuenca será el alcalde que traiga el legado de Lorca y salga en la foto con Sánchez cuando el AVE llegue por fin a Granada. Si Madrid consigue el deshielo con Cataluña, sienta las bases del nuevo modelo de financiación, corrige lo más contestado de la ley mordaza y la reforma laboral y sitúa la igualdad (de verdad) como eje transversal de gestión, ya se podría justificar en un año todo un mandato de cuatro.

Entre bastidores se encuentra, además, una segunda lectura de todos estos movimientos, gestos y mensajes: la de partido y la electoral; pacificación a nivel interno y remontada social. Había una oportunidad y, de momento, se ha decidido aprovechar con pragmatismo y astucia, con un sexto sentido y con mucha mano izquierda. No son cualidades exclusivas de las mujeres, pero ahí están ellas: en la sombra y en la foto.

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La caída de los jueces

Magdalena Trillo | 5 de junio de 2018 a las 10:30

La juez Alaya ha decidido salir de su ostracismo mediático sin contemplaciones: gravísimas acusaciones contra la Junta, inauditos reproches al PP y furibundos ataques a sus compañeros. Basculando entre el victimismo y la heroicidad, denuncia presiones políticas y judiciales para apartarla de las grandes causas de corrupción en Andalucía. Acusa y difama a la vez. Todo sin pruebas.

En Lugo, la magistrada María Jesús García Pérez hace de pitonisa en su tiempo libre. Ya fue expedientada por ir al juzgado con su gato y ahora es el CGPJ el que ha abierto una investigación para esclarecer la rareza de que se dedique a echar las cartas del Tarot por 20 euros. Su jefe se confiesa incapaz de calificar lo que, cuanto menos, le parece “peculiar”.

Desde Granada, el jurista Carlos Castresana, conocido por su etapa como fiscal anticorrupción al frente de investigaciones como la de Gil o Pinochet, ha lanzado una dura denuncia sobre la connivencia de jueces, fiscales, políticos y empresarios, que ha removido los cimientos del complaciente sistema judicial.

En estos momentos lleva media docena de causas que afectan al anterior gobierno de Torres Hurtado (PP) y su diagnóstico inicial es demoledor: “En Granada los casos se atascan por el gran poder de los imputados”. Asegura que la situación “está muy extendida” y que no se denuncia porque los propios abogados tienen condicionadas sus carreras, sus despachos, sus clientes… Una ley del silencio que se convierte en un burladero protector.

Preguntémonos, por ejemplo, cómo es posible que todas las grandes causas de corrupción en este país (del caso Serrallo en Granada a la trama de la Gürtel) hayan sido impulsadas por ciudadanos anónimos que han terminado siendo presionados y perseguidos… Pensemos si no lleva razón Castresana cuando ve un Poder Judicial “escuálido” y “muy manipulado” porque “así interesa” al resto de poderes. Y reflexionemos sobre una realidad: en la mayoría de los casos no es el enriquecimiento del político lo que suele estar detrás, sino la financiación irregular de los partidos. “El delito electoral -dice- es el gran desconocido”. Corruptos y corruptores. Otra pieza del puzle que a nadie le interesa remover…

Son historias variopintas, diferentes, pero todas ellas transmiten una imagen de la Justicia muy alejada de la sobriedad institucional que se le presupone. Podríamos replicar que se trata de “manzanas podridas” y de “casos aislados”, pero nos engañaríamos si pasamos por alto el cáncer que supone un corporativismo a cualquier precio.

El mundo de ayer

Magdalena Trillo | 3 de junio de 2018 a las 10:00

Cuando Pedro Sánchez vino a Granada Hoy casi no había excusa para una entrevista: era diputado del PSOE en el Congreso, ni siquiera había decidido presentarse a las primarias -Pérez Tapias ya había dado el paso- y en su discurso se conjugaba con igual fluidez el respeto a los grandes referentes de su partido -de Felipe González y Alfonso Guerra a Ernest Lluch y Javier Solana- con una entusiasta admiración al modo cercano de hacer política y al sólido liderazgo que Susana Díaz había logrado forjar en Andalucía -parecía sincero- y una férrea convicción de que el futuro del socialismo tenía que venir de abajo, de la regeneración y el cambio que debía impulsar la cantera.

Fue en junio de 2014. Hace justo cuatro años. Me lo presentó Jesús Quero sin que ninguno atisbáramos entonces ni la travesía del desierto que a Pedro Sánchez le tocaría vivir dentro de su partido ni el tsunami que iba a azotar todo el sistema político español: desde el naufragio del bipartidismo hasta la fractura territorial con la ofensiva de los catalanes pasando por la abdicación del Rey. Entonces el debate era si sería bueno crear una ley orgánica que permitiera al Rey Juan Carlos dar un paso atrás… La preocupación era la crisis y la incipiente precarización del mercado laboral… El desafío era que la gente viera el PSOE como “una alternativa real a las políticas del PP”.

Lo que más me ha sorprendido de la entrevista es que hoy podríamos publicarla y tendría actualidad. Ese Pedro Sánchez que se ha especializado en renacer una y otra vez de sus cenizas no ha cambiado de discurso. Quienes le siguen (y han creído en él incluso cuando no estaba de moda) destacarían su coherencia, su infinita paciencia y su capacidad de resistencia; quienes no se tomarían con él ni un café no verían más que vacuidad y frivolidad. Ciertamente, lo más importante en política, en la vida, son las expectativas. Todo es movedizo sin un horizonte de partida y de llegada. Sin un contexto y unas coordenadas que nos ayuden a entender y a relativizar. A los personajes y a los acontecimientos.

¿España hoy está mejor que ayer? ¿Lo estará mañana? ¿Salimos de las tinieblas o nos precipitamos al abismo? Podemos elegir. Solo necesitamos un contexto (la pregunta clave sería respecto a qué) y unas expectativas (para qué). Y en este punto todo se nubla y se vuelve relativo.

Con una enorme preocupación por la incertidumbre y la inestabilidad que abre un cambio tan abrupto de Gobierno, un buen amigo me recordaba esta semana las lecciones de Stefan Zweig en El mundo de ayer. Temía que el desafío independentista conduzca a España a un proceso de balcanización y, tal vez pensando en los nulos referentes de hoy, me recordaba que Roma fue grande gracias a los viejos; no a las urgencias de los jóvenes. Era el César quien la hacía grande, pero era la sapiencia del Senado quien acababa manteniendo el imperio cuando saltaba la semilla de la destrucción que lleva aparejada el ímpetu, la vanidad y la ambición de la juventud.

Lo realmente diferencial y sintomático del escenario actual es que El mundo de ayer de Stefan Zweig, que fue capaz de retratar con serenidad la convulsión y los desvaríos de la Europa del siglo XX, hoy se sucede en cuestión de horas. ¡Si ni los más pedristas creían el viernes que la moción de censura iba a prosperar!

Son tiempos complejos, extraños y caprichosos. Pero si somos capaces de abstraernos del fatalismo ibérico y de la urgencia de la inmediatez, tal vez podamos aferrarnos a esa misma incertidumbre que nos quema para darnos una oportunidad. No digo ya al nuevo gobierno, me refiero a nosotros mismos permitiéndonos el lujo de ser (excepcional y comedidamente) optimistas. Lo dijo el propio Rajoy antes de abandonar el hemiciclo y desearle “suerte” a su sucesor en La Moncloa: egoístamente, es a España a quien le interesa que funcione y, sobre todo, que no se estrelle…

Urnas en diferido

Magdalena Trillo | 29 de mayo de 2018 a las 10:00

La pregunta no es qué -volvemos a las urnas sí o sí- sino cuándo, cómo, con qué coste y con qué protagonistas. De momento, lo único seguro es que todos los escenarios son complejos, que todos tienen más sombras que luces y que ninguno nos salva de volver a sumirnos en la insoportable travesía de ingobernabilidad que sufrimos con las elecciones de 2015.

Aunque “echar a Rajoy” se ha convertido en un objetivo transversal tras la demoledora sentencia de la Gürtel -inaudito si recordamos las líneas rojas que se levantaron hace dos años para formar gobierno-, tenemos demasiados precedentes para no pensar que sería una ingenuidad dar por muerto al líder del PP y mucho más subestimar a sus votantes.

Las encuestas recogen tendencias pero no votos y basta recordar el Brexit o los fallidos sondeos de los sorpassos para enfrentarnos a la dura realidad: las urnas pueden ser la solución -al menos una salida al bloqueo- o pueden ser una encerrona -pensemos en Cataluña o miremos en Italia el explosivo cóctel de populistas de izquierdas y de derechas haciendo como que gobiernan-.

¿Una moción de confianza? Para alguien como Rajoy que hace sólo unos días se veía con “ánimo” para seguir dos años más y hasta para repetir, recurrir a este instrumento democrático significaría tomar la iniciativa y asumir que ha perdido la legitimidad para gobernar cuando ni siquiera se da por aludido por la corrupción. No es viable.

¿La moción de censura? Era la única hoja de ruta transitable para Pedro Sánchez pero resulta igual de peligrosa si prospera -con el altísimo precio de los independentistas- como si fracasa y debilita aún más al (supuesto) líder de la oposición. Porque, bajo los grandilocuentes discursos con que nos distraen estos días todos los partidos, lo que hay es cálculo electoral.

Ciudadanos no se esconde: quiere elecciones y las quiere ya. Pero se olvida de que en 54 días son muchas las páginas que pueden distorsionar la fotografía de los sondeos y, sobre todo, pasa por alto que ni tienen estructura de partido ni tienen equipo para gobernar. Lo de fichar a independientes y aplicar sofisticados métodos de selección vende muy bien, pero la realidad es mucho más exigente e impredecible.

En sus filas ya hay quienes reconocen que tanto poder, y tan rápido, los puede llevar al borde del abismo. Ese mismo que, al otro lado del tablero, acorrala a un PP que parece soñar con una comparecencia exprés de su presidente: con tele de plasma si hace falta, pero anunciando elecciones en diferido (el tiempo suficiente para calmar las aguas y sacar partido a los recién aprobados PGE) y situando a Núñez Feijóo como candidato. ¿Demasiado para Rajoy?

Políticos insomnes

Magdalena Trillo | 22 de mayo de 2018 a las 10:00

Estrés y ansiedad. Pérdida de atención y malestar general. Disminución del rendimiento laboral. Nerviosismo e irritabilidad. Esto es lo que le pasa a la gente normal cuando sufre de insomnio. La propia OMS lo ha llegado a catalogar como enfermedad, es la patología más común entre los trastornos del sueño y se convierte en toda una epidemia a las puertas del verano cuando confluyen los efectos de las alergias con la astenia primaveral.

¿A los políticos les influye igual? Sí y no. Porque pocas veces tiene relación el plano que nos enseñan con el que hay, lo que dicen con lo que piensan y, sobre todo, lo que predican con lo que practican. Lo realmente curioso se produce cuando conectamos la neuroquímica con la ideología y asociamos las inclinaciones políticas con las actitudes vitales de los ciudadanos.

Lo acaba de hacer un compañero de La Vanguardia arrojando más luz sobre la enloquecida deriva de la esfera pública que cualquier encuesta del CIS: los votantes del PSOE son los que peor duermen y más se deprimen; los de Ciudadanos son los que más se automedican; los afines a Podemos son los que más recurren a tratamientos alternativos y los soberanistas, los que se declaran más felices y sueñan mejor.

Es un problema de insomnio pero también de falta de coherencia. Y de miopía. Con permiso del certero diagnóstico de “aprovechategui” que le endosó Rajoy, Albert Rivera nos dio este domingo una sugerente clave para interpretar el desnortado tablero partidista: ponernos gafas. El PP, por ejemplo, debe verlo todo negro: no hay ni una sola encuesta que lo salve de una agónica caída acentuada por el fango de la corrupción, los másteres fantasmas y las crecientes críticas de inmovilismo e incapacidad.

Los socialistas se han estancado en el gris: se cumple justo un año de las convulsas primarias en el PSOE con un Pedro Sánchez replegado y a la defensiva. No hay líder ni liderazgo. Lo “decisivo en los toros” será “la faena del matador” -dice Page- pero no ayuda que los banderilleros no preparen el terreno para “rematar”. ¿Nos extraña que sus votantes se sientan tristes?

Podemos va de marrón en marrón -justo cuando en Madrid más se tambalea la derecha, hacen de pirómanos y convierten un problema personal en una cuestión nacional de “dignidad” y de descrédito- y, mientras los independentistas siguen viviendo en Cataluña su particular cuento rosa de República, la formación naranja se apropia de todo el fulgor del arcoíris. “Recorriendo España yo no veo rojos y azules, veo españoles”. Lo ha escrito Rivera en Twitter pero es otra cosa lo que quiso decir: ve votantes de Cs. De todos los colores. Medicados y felices.

El síndrome de la Operación Nazarí

Magdalena Trillo | 20 de mayo de 2018 a las 10:00

Despilfarro y ausencia de control en el gasto público. Inversiones “totalmente improductivas”. Actuaciones que responden a intereses y caprichos individuales por encima de las necesidades colectivas. Saqueo. Derroche.

Podríamos pensar que estamos fotografiando los años del boom del ladrillo. Y de la Gürtel. Y de los ERE. Sólo en parte. Son las conclusiones a las que llegan 35 catedráticos de Derecho Financiero y Tributario de todo el país después de analizar la evolución de su especialidad en el último medio siglo. Los juristas se reunieron este viernes en la Facultad de Derecho y bautizaron su diagnóstico como Declaración de Granada.

Hablan de “involución”, arremeten contra Hacienda por tratar a los contribuyentes como “súbditos” y critican el desmedido “afán recaudatorio” de la Administración. A nivel fiscal, constatan lo que se ha convertido en la seña de identidad de nuestro fallido Estado de las autonomías: la desigualdad y discriminación que sufrimos, también a la hora de rendir cuentas, en función del lugar de residencia. Injusticia financiera e insolidaridad tributaria.

Seguro que usted, como yo, se siente vigilado por Hacienda. Y perseguido. Y se cabrea cuando el Gobierno aprueba una amnistía fiscal -esas que nunca llegan al ciudadano de a pie y que nunca cumplen sus objetivos- con tanta intensidad como cuando se anuncia un indulto. Porque es la impunidad de unos pocos frente al control de la mayoría. Y porque no hay justicia social y ahora nos advierten de que tampoco la hay fiscal.

Lamentablemente, esta Declaración de Granada tendrá el mismo recorrido que la firmada hace unos años a nivel político -los socialistas impulsaron en el verano de 2013 su propuesta de reforma de la Constitución hacia un Estado federal- buscando una salida al conflicto territorial. Los males de fondo son compartidos y las posibles soluciones son una utopía; no porque no sean viables sino porque estamos en un país incapaz de llegar a acuerdos -y cuando se alcanzan, como el Pacto de Estado contra la Violencia de Género, no se ejecutan-, con las instituciones rehenes de los intereses de los partidos y los políticos distraídos con las encuestas y con la bola de cristal del adelanto electoral.

Para empezar, los catedráticos reconocen que el “mal uso de los fondos públicos no justifica de ninguna manera cualquier forma de objeción fiscal”. Es decir, que ni el derroche ni el despilfarro tiene consecuencias para Hacienda. Tampoco lo tiene la parálisis. Sobre este tema no se pronuncian los expertos pero resulta igual de alarmante: los fondos públicos están para ejecutarse, no para devolvernos o dejarlos dormir en un cajón.

Estamos ante una normalización del mal gobierno que debería preocuparnos más incluso que los casos de corrupción. Y es que por los delitos se termina pagando -o al menos se debería-, pero no por la incompetencia y la inacción. En Granada, por ejemplo, podríamos verlo como una derivada sofisticada del vuelva usted mañana. Estoy pensando en Urbanismo, un área clave que vendría a funcionar como un barómetro de la salud del Ayuntamiento. La Asociación de Constructores ha arremetido esta semana contra el equipo de gobierno por tener más de 40 millones de inversión bloqueados. Denuncian el “atasco” y los retrasos inasumibles en la concesión de licencias.

Siempre está la explicación de la sobrecarga de trabajo, la falta de personal, la complejidad de los proyectos… pero también hay intangibles. Aunque médicamente no está diagnosticado, seguro que podríamos encontrar alguna fobia que aplicar a los técnicos y funcionarios -sobre todo a sus jefes- que lidian a diario con el papeleo más sensible.

Lo voy a llamar el Síndrome de la Operación Nazarí. En realidad, los constructores no han hecho más que poner cifras y voz a una situación de la que se habla en corrillos desde hace tiempo: en Granada no se mueve un papel. Buena parte de los funcionarios están trabajando para la UDEF y tampoco ayuda que cualquier informe o expediente mínimamente conflictivo acabe bajo llave… Los excesos de los que habla la Declaración de Granada son un problema, pero no hacer nada no es una solución.

Paco Cuenca: dos años de un mandato de transición

Magdalena Trillo | 6 de mayo de 2018 a las 10:00

El 5 de mayo de 2016, el candidato socialista a la Alcaldía de Granada consiguió 16 votos favor -un respaldo sin fisuras de todos los partidos a excepción del PP- y Rocío Díaz quedó sin opciones de relevar a Torres Hurtado para culminar el cuarto mandato de los populares en la Plaza del Carmen. De forma inesperada, en un contexto de transición, Paco Cuenca cogió el bastón de mando en una ciudad todavía abierta en canal por la crisis de la operación Nazarí y puso fin a la etapa más extensa y controvertida del gobierno local con un compromiso explícito por abrir ventanas, levantar alfombras y gestionar desde el “diálogo” y la lealtad hacia el resto de grupos con la máxima “responsabilidad” y “transparencia”.

Hoy, dos años después, no es difícil vaticinar que el PSOE correría el riesgo de quedarse (casi) solo en la votación: sus 8 concejales frente a los 11 del PP y los 4 de Ciudadanos. Puede que los socialistas consiguieran atraer a su causa al nuevo edil tránsfuga Luis de Haro y, tal vez, invocando los nostálgicos y cada vez más frágiles principios de la necesidad de unión de la izquierda, lograran la abstención de Paco Puentedura (IU) y de las dos concejales de Vamos Granada. Aunque más por estrategia, para levantar un muro contra la derecha (la vieja y la nueva), que por confianza hacia el equipo de Cuenca.

Luis Salvador ya lo advirtió en el tenso pleno de investidura con que el PSOE desembarcó en el gobierno de la capital tras la era Torres Hurtado: ni eran tiempos de reeditar experiencias fallidas como el ‘tripartito’ de Moratalla ni se extendía un cheque en blanco a los socialistas. El primer año sirvió para afrontar buena parte del catálogo de exigencias de estos particulares socios en la sombra -la formación naranja ha pivotado cómodamente en toda España con su decisión de facilitar gobiernos pero no desgastarse gobernando- con actuaciones concretas como el cierre del botellódromo, con contrapartidas efectistas como la dimisión del diputado de Deportes Mariano Lorente y con un compromiso de profunda regeneración política y económica en la gestión municipal que se ha ido diluyendo en un quiero y no puedo.

Por la minoría de unos y las zancadillas de otros, pero también por una incapacidad manifiesta para llegar a acuerdos. El equipo de Cuenca lleva dos años gestionando la ciudad con los presupuestos del PP -si ya es difícil que los políticos cumplan los programas electorales, más lo es si no se puede contar ni con un escenario propio de ingresos y gastos- y con una herencia endemoniada de crisis económica y financiera que mantiene a Granada como objetivo preferente del Ministerio de Hacienda para su intervención. A pesar de ello, del difícil punto de partida, resulta paradójico que una de las principales quejas en los grupos de la oposición -sin excepción- sea la intransigencia del equipo de gobierno, su afán de protagonismo y su inexplicable opacidad en la gestión.

Ruina municipal, falta de entendimiento en el día a día, choques más o menos velados con otras instituciones -incluidas las gobernadas por el PSOE- y continuos sobresaltos judiciales… También sorprende que la auditoría prometida para esclarecer el oscuro urbanismo de la última década se esté realizando con más solvencia en los tribunales que en las dependencias municipales y la personación en las diferentes causas que acorralan al anterior equipo del PP -es el caso Nazarí, pero es también el Serrallo, Casa Ágreda, la gestión irregular en TG7 y los contratos fantasma en Emucesa- no superen un perfil bajo de aparente obligatoriedad de estar simplemente para saber más que para actuar y para liderar el esclarecimiento de los casos en beneficio de la ciudad.

Se podría valorar que no se haya querido hacer leña del árbol caído, que se hayan separado los intereses partidistas de la responsabilidad institucional, pero no son pocos los que cuestionan (dentro y fuera de las filas socialistas) la poca contundencia con que se están enfrentando a procesos que apuntan a perjuicios millonarios.

Decía este viernes el alcalde que Granada ha recuperado “normalidad”, “tranquilidad” y la “confianza” de los ciudadanos en su ayuntamiento. “Una nueva etapa sin trampas”, tal vez, pero con ausencia de autocrítica y con un legado limitado si tenemos en cuenta que estamos ya en la cuenta atrás de las próximas municipales.

Lo más relevante que ha ocurrido en la ciudad en los últimos meses ha sido la puesta en marcha del Metro y la reversión de la fusión hospitalaria -sin un protagonismo directo por parte de la capital- y entre lo que está por venir se vislumbran luces -la llegada del legado de Lorca sigue su hoja de ruta para ser una realidad antes del 30 de junio- pero también sombras: por mucho que se presente como un éxito la gratuidad de los transbordos entre autobuses y Metro, aún está por ver que se pueda llevar a cabo la “revolución” del mapa de transporte anunciada -tampoco aquí se ha logrado el acuerdo con los grupos- y, sobre todo, anticipar si terminará sumando votos o los acabará restando.

En este punto, en este horizonte político de absoluta incertidumbre, podríamos situar, por ejemplo, el reforzamiento de Paco Cuenca dentro del PSOE asumiendo las riendas de la agrupación de la capital -si no gana lo suficiente dentro de un año para pactar y gobernar, el camino previsible apunta al Congreso o el Senado más que a la bancada de la oposición- y con esas mismas expectativas de que el juego está totalmente abierto podríamos leer los efusivos abrazos que esta misma semana se daban Luis Salvador y Sebastián Pérez en la cruz de Regina Mundi…