Magdalena Trillo | 3 de febrero de 2013 a las 10:03
Esta semana he recordado por qué hace veinte años quise ser periodista: se pueden cambiar las cosas. La verdad no es absoluta, pero tampoco lo es la impunidad. No estamos adocenados ni dormidos. Ni nosotros ni los ciudadanos ante los que tenemos la obligación de responder; esa calle que nos vigila en las redes sociales compartiendo -no supliendo ni usurpando- el papel de ‘voz de los sin voz’ que tradicionalmente hemos desempeñado. La salud de la democracia, de nuestro sistema de libertades, se sigue calibrando en los medios de comunicación. También su decadencia y su decrepitud; también las vanidades, irresponsabilidades e incluso fragilidad con que a veces participamos en este perverso juego de control, presiones, poder y contrapoder. Pero la grandeza de este sistema es, precisamente, que cada actor esté a la altura de su papel. Con sus errores y sus aciertos. Hay que gobernar para salir de la crisis, pero también hay que hacer oposición e informar con absoluta independencia.
El estallido social que se temía con la sangría del paro se está desatando por la corrupción. Los papeles de Bárcenas no son una causa general contra el PP ni las protestas en las sedes del partido son un acoso antidemocrático. No es conspiración y no es persecución. Son dudas legítimas sobre la gestión de un partido político y sobre la “honorabilidad” de unas personas que están en el Gobierno. No es un movimiento para desestabilizar el país. Es la esencia misma de la democracia. Son derechos, libertades y obligaciones constitucionales.
Aunque algunos quieran pensar que la prensa es como el carnicero, que “mata por la noche para comer al día siguiente lo que ha matado”. Lo decía Balzac hace más de un siglo y muchos lo estarán pensando estos días: “El periodismo es una fuerza ciega, sorda, perversa, rebelde, sin moralidad, sin tradición, sin objetivos concretos y dignos”. Pero es, y así lo reconocía el infatigable novelista francés, “la fuerza que lo mueve todo, la única que tiene el poder suficiente para derribar”.
Dolores de Cospedal lo vivió el jueves cuando tuvo que salir ante los medios a ‘sujetar las velas’ de todo el partido. Se inmoló políticamente. Su discurso, milimétricamente planificado, se quebró con las primeras preguntas de los periodistas. Pese a la pretendida contundencia de sus palabras y el redundante “limpio, claro y transparente” que aplicó a las cuentas del PP, suscitó más inquietud que certezas. La negativa tajante de veracidad a los apuntes contables publicados por El País, una supuesta Caja B de financiación, se convirtió en parcial y terminó provocando una tremenda ola de indignación (#quesevayantodos, #Rajoydimisión, #volvemos1f) que apenas tardaría unas horas en convertirse en caceroladas con gigantescos sobres a modo de pancarta por todo el país. Granada no fue una excepción.
En los tribunales, el proceso avanza implacable. La justicia está cumpliendo su papel sin miramientos ni excepciones difícilmente justificables en un Estado de Derecho. En paralelo a la instrucción del caso Bárcenas y el caso Gürtel, el Fiscal General ha considerado que “hay indicios” para investigar y que está dispuesto a llamar al propio presidente del Gobierno si es necesario. Anticorrupción acaba de anunciar que citará a los ex tesoreros Bárcenas y Lapuerta y al ex diputado Jorge Trías para esclarecer el presunto pago de sobresueldos a la cúpula del PP. Si es dinero negro y hay fraude, lo dictamirá un juez; si todo es ‘limpio’ y legal, también.
Políticamente, el escenario se tambalea. El “caiga quien caiga” inicial se ha convertido en un cierre de filas. Hace cuatro años Rajoy dijo que no había una trama de corrupción “en el PP” sino “contra el PP” y puso la mano en el fuego por el ex senador. Se quemó. Ayer, tras la reunión de urgencia del comité ejecutivo, evitó mencionar su nombre, se demarcó de la cuenta en Suiza de los 22 millones e insistió en la teoría de la conspiración. Habló de “papeles apócrifos” y de “manipulación”. “Es falso”, enfatizó en varias ocasiones tajante, seco, enfadado. “Son infamias que ahora se disfrazan de presuntas, que dan pie a toda clase de infundios e inflaman el fariseísmo más descarado”.
Pero lo que nos pidió el presidente del Gobierno fue un acto de fe. No tiene crédito suficiente para ello. Las palabras de los políticos, sus promesas, están terriblemente devaluadas. Tal vez podamos creerlo a él pero no depositando una fe ciega en toda la estructura de dirección de un partido, el de ahora y el de hace dos décadas. Fue demasiado osado, innecesariamente arriesgado. Coincido con Rajoy al pensar que “las cosas se pueden cambiar”, pero no hablamos de lo mismo. No, si no se entiende la crítica y exigencia de transparencia que está reclamando la sociedad española. No, si su defensa es un ataque contra los medios, contra la oposición y contra quienes expresan en la calle su cabreo y perplejidad.
Magdalena Trillo | 14 de octubre de 2012 a las 8:58
Pirómanos o incendiarios. Estoy pensando en el alcalde de Otura y en el ministro de Educación. Y mi única duda sobre sus intensas trayectorias prendiendo fuegos es si sufren un trastorno enfermizo e irrefrenable por el espectáculo o es premeditada diversión. Puro teatro. Cada uno a su escala, no podemos negarles su capacidad para romper la asfixiante monotonía de rescates y ajustes con que, machaconamente, nos amenazan. Pero el respiro tiene un elevadísimo coste para ellos mismos, para los suyos y para quienes asistimos con absoluto desconcierto a la función. Sólo le faltaba a la política, ese creciente tercer gran problema de los españoles, que la atizaran desde la frivolidad y la irresponsabilidad. De lo inaudito a lo grotesco. De la farsa a la provocación.
A Ignacio Fernández-Sanz lo conocí en su anterior ‘crisis matrimonial’. En aquella ocasión fue con el secretario municipal. Una mañana se presentó en mi despacho con su jefa de prensa y, muy educadamente, me habló de venganzas y vendettas, lamentó la manera “interesada” en que se estaba “manipulando la realidad” –unas denuncias por irregularidades en la gestión que continúan en fase de investigación– y me ‘sugirió’ cómo podíamos informar “más rigurosamente”… Un encantador de serpientes. Luego vendría la ‘crisis matrimonial’ con la interventora y esta semana ha estallado por los aires todo su equipo. Hoy, de baja por prescripción médica, sigue manteniendo su acta de concejal pero ha renunciado a su cargo como regidor y, supuestamente, ha puesto fin a su etapa política. Digo “supuestamente” porque con Fernández-Sanz nunca se sabe y hasta el presidente del PP ha temido buena parte de la semana que el díscolo militante estuviera dispuesto a ‘acabar’ con las botas puestas.
Desde la oposición, el PSOE ha cuestionado la “autoridad” del PP para zanjar la crisis en Otura (Fernández-Sanz pretendía gobernar en un duetto con su primer teniente de alcalde y el resto de ediles en la bancada de la oposición) e incluso, denunciando la “tibieza” con que Sebastián Pérez ha pilotado el asunto, ha lanzado sospechas sobre la “comprometida información” que pudiera manejar Fernández-Sanz sobre la financiación del partido de su anterior etapa como gerente. Sin pruebas que avalen o refuten tales acusaciones, repasando la semana de despropósitos y a la espera de que continúe el espectáculo con más líos judiciales –que los habrá–, lo que parece más que evidente es que hay personajes (ningún partido está a salvo de sus versos sueltos) que se bastan a sí mismos para provocar un incendio. Sin preludios; sin contextos; sin control.
La escaleta de la semana es reveladora. Lunes: a primera hora de la mañana comparece Fernández-Sanz en el Hotel Nazaríes (no en la sede del partido) y anuncia que seguirá en el cargo aunque seis miembros de su equipo hayan renunciado a sus actas tras denunciarle por facturas irregulares en el plan de pago a proveedores; pasadas las ocho de la tarde, y tras tres días de silencio en el PP, la secretaria general comparece ante los medios y le da un ultimátum: o dimite o se enfrenta a un expediente disciplinario y a la expulsión. Martes: Fernández-Sanz desafía al partido y se aferra al sillón. Tiene el respaldo del partido local y la “legitimidad” de las urnas. Miércoles: rueda de prensa de urgencia a las seis de la tarde; en la sede del PP. El aún alcalde de Otura aparece arropado por todo su equipo y anuncia que se va, pero por baja médica; tiene problemas de corazón. Jueves: la promesa debía cumplirse a las ocho de la mañana; no lo hace. Cambia otra vez la dirección del viento. Se queda solo para gobernar Otura. En el acto del Pilar de la Guardia Civil es el centro de todos los corrillos. Hasta seis horas fueron necesarias para ‘convencerle’. La última función debe ser este martes con el nombramiento en pleno del nuevo alcalde (se perfila Pedro Cabanillas) y el paso a la retaguardia de Fernández-Sanz. Sólo en teoría. Los pirómanos son imprevisibles; los incendiarios más.
De la penúltima del ministro Wert, su patriótica intención de “españolizar” a los alumnos catalanes, han terminado hablando hasta el Rey y Rajoy el Día de la Hispanidad: ¡Pobre Wert! Más bien ¡pobre país! A Fernández-Sanz, por ley, no se le puede arrebatar el acta de concejal ni se le puede impedir que un día renazca de sus cenizas con un partido independiente y recupere el sillón; al ministro peor valorado del Gobierno, el que lleva meses trabajando contra la educación y contra la cultura, sí se le puede cesar. ¿También esperamos a que pasen las elecciones para apagar este fuego? En política, tan incendiario se es por acción que por omisión.
Magdalena Trillo | 15 de julio de 2012 a las 8:29
Somos títeres de Europa. Lo puede hacer Rajoy o lo puede hacer un Monti a la española. Esta es la parte que el Gobierno no reconoce y que explica todas y cada una de las duras, dolorosas y “obligadas” medidas que ha tomado en los últimos meses hasta desembocar en el “mayor recorte” de la democracia: la injusta e ineficaz subida del IVA que jamás haría, tajo al subsidio del paro, adiós a la extra de Navidad de los funcionarios, supresión de la deducción por vivienda, eliminación del 30% de los concejales (520 sólo en Granada), nueva tijera de 600 millones en los ministerios, bocado en el IRFP de los autónomos, reducción de las ayudas al alquiler para jóvenes… Así hasta alcanzar un ahorro de 65.000 millones en dos años. Un hachazo histórico, ¿inevitable?, que se suma al polémico copago sanitario y al hundimiento de las inversiones; que llegará a los 125.000 millones con los ajustes iniciados en la etapa de Zapatero y que vuelve a golpear a las clases medias -cada vez más empobrecidas y sin capacidad para reactivar la economía-, funcionarios, parados o dependientes. La vida más cara y los sueldos más bajos. De la peluquería a la funeraria. De los cines a las bibliotecas. De la floristería a los museos.
Si obviamos la risa nerviosa y cínica de algún que otro ministro, el bochornoso aplauso con que la bancada popular vitoreó este miércoles el severo ajuste y el vergonzoso “que os jodan” de la diputada del PP Andrea Fabra, el escenario que dibujó Rajoy habría que calificarlo de tenebroso. En diciembre, todos los periódicos españoles publicamos una impactante fotografía de la ministra italiana de Trabajo explicando los recortes. Lloraba. En España, con o sin herencia recibida, seguimos la fiesta del orgullo patrio. Lo celebramos. Pero acierta más Antonio Jara en su diagnóstico de tinieblas que el presidente del Gobierno recurriendo a Ortega y Gasset: “Sólo cabe progresar cuando se piensa en grande y sólo es posible avanzar cuando se mira lejos”. La triste realidad es que ni progresamos ni avanzamos; sólo cumplimos dudosas instrucciones en un creciente escenario de desconfianza.
En España, lo apuntaba el presidente de CajaGranada, llevamos tres años inmersos en un proceso de ajuste “acelerado, casi frenético y escasamente ordenado”. Improvisado. Hablaba Jara de la reconversión financiera y de sus “consecuencias imprevisibles” pero aplíquenlo a la economía, a la política, a sus vidas. ¡Veinte reformas nos faltan hasta final de año! Presentaba el informe Eseca en la enésima jornada negra de previsiones financieras: Andalucía seguirá destruyendo empleo hasta 2013 y la tasa de paro alcanzará el 35%. Uno de cada tres andaluces estará sin trabajo dentro de un año. Tenebroso, sí. Siniestro. Porque lo más desolador del paquete de medidas es su cuestionable impacto para el crecimiento de la economía y el empleo. Al menos en el corto plazo. Al menos “en esta España”. Justo lo que siguen gritando los mercados e inversores con su incesante castigo a la deuda soberana.
“Nada será igual que antes de esta crisis”, lamentaba Jara. Nada es ya igual. Había mucho que “aprender y rectificar” y sigue habiéndolo. Empezando por mostrar un poco de respeto a los ciudadanos a los que se exige esfuerzo, una y otra vez, sin tener muy claro para qué. Sabiendo, certeramente, que es el precio del rescate a los bancos y rezando para que, después del verano, lo que hoy es pérdida de soberanía e intervención ‘blanda’ no sea total y, en el mejor de los casos, nos permitieran convocar elecciones anticipadas sin colocar una marioneta tecnócrata al frente del Gobierno.
No nos equivoquemos; sí hay alternativa pero es así de dura. La partitura para evitar que España acabe intervenida deja poco margen de interpretación. Recuerdo las ojeras y palidez de Zapatero y preocupa ya en su entorno la delgadez de Rajoy. Si en los últimos años hemos tenido sobradas muestras de que el poder corrompe, ahora sabemos que perjudica gravemente la salud… En un curso de verano de la Universidad, el profesor Delgado Padial disertaba precisamente esta semana sobre los efectos nocivos del empleo precario y el paro, de los riesgos psicosociales de la crisis, la incertidumbre y el miedo al futuro, las consecuencias del estrés crónico laboral… El síndrome de estar quemado. Quemados, sí. Gobernantes y goberrnados. Jodidos, sí. Pero unos más que otros… Señorías, al menos no aplaudan… Anoche me volví a enardecer con el #queosjodan de Fabra. Estaba viendo Margin Call y era justo lo que clamaba insolente un tiburón de Wall Street.
Magdalena Trillo | 13 de mayo de 2012 a las 17:16
Viuda. Con dos hijos. Limpiadora. De la Chana. Una mañana se encuentra en un autobús dos “tochos de billetes” y los devuelve. Se los había olvidado un chino que viajaba de Madrid a Granada para abrir un negocio en la ciudad.14.000 euros. Lo que ella puede ganar en un largo año de trabajo. Conclusión: todavía hay gente honrada en España. A pesar de los políticos, los banqueros, los jueces y los servidores públicos que, como predica el Rey y no cumple, desconocen por completo qué significa “ejemplaridad”. Yenalia Huertas contaba la historia de Palmira esta semana en Granada Hoy. Desde entonces no dejo de darle vueltas: ¿yo los habría devuelto? ¿Usted qué haría?
Dice el Gobierno que no es momento para la depresión sino para la esperanza. Y nos ‘anima’ con una sorpresiva campaña publicitaria en la que nos cuenta “la verdad de las reformas”, de la educación y de la sanidad frente a las mentiras y el alarmismo socialista… Y sí, después de ver las verdades que ‘venden’ en su web, hay que darle la razón a Wert: lo que tenemos son “prejuicios”. No sustituir a un profesor hasta el décimo día que esté de baja (en Andalucía se había visto como una ‘conquista’ lograr el recambio en 48 horas), aumentar el número de alumnos por clase, obligar a los docentes a impartir más horas –rebajándoles el sueldo y reduciendo las plantillas–, aplicar el ‘tasazo’ en las universidades y endurecer las exigencias para conseguir una beca es el camino para la “excelencia” en la enseñanza.
En la sanidad hablaremos directamente de negocio. Empezamos obligando a los pensionistas a pagar las medicinas, eliminando la tarjeta sanitaria a los ‘sin papeles’ y reduciendo la cartera de prestaciones gratuitas; avanzamos cobrando las muletas, las sillas de ruedas, las prótesis y hasta cinco euros por día de hospitalización como quiere Cataluña y terminamos… haciéndonos un seguro privado y quebrando el sistema nacional de salud. Enfermar, morir, una cuestión de clases. Éstas, por supuesto, no son la verdades del PP sino el resultado de leer la letra pequeña de los decretos…
Si Palmira se hubiera quedado con los 14.000 euros del chino no tendría que preocuparse de enfermar ni hacer cuentas para que sus hijos sigan estudiando. Ella abrió y cerró la pequeña bolsa mil veces y prefirió dormir tranquila. Otros se van a lujosos hoteles en Marbella y pasan la factura al Supremo para que les paguemos sus descansos con nuestros impuestos. Y da igual si es una “minucia” de 6.000 euros, un euro o un millón…
El señor Dívar, el señor Camps, el señor Urdangarin, el señor Rato o el señor Guerrero viven sin el menor remordimiento. ¿Hubieran devuelto ellos el dinero? Efectivamente, lo que le pasa a Palmira, como a la inmensa clase trabajadora de este país, es que tiene prejuicios. Matizo la conclusión inicial: ¡cuánta gente humilde hay honrada en este país!
Como imaginarán, Palmira no aparece en la campaña #laverdad del PP. Tampoco los indignados del 15M que siguen clamado por un “cambio global” en su primer aniversario y mucho menos los ‘yayoflautas’, esos abuelos “cabreados” que lucharon en su día por una España de democracia, libertades y derechos y ahora no están dispuestos a volver al punto de partida. Se pusieron en marcha en Cataluña, casi en la clandestinidad, reinventado los “perroflautas” de Aguirre, y acaban de anunciar el salto a Madrid, Sevilla y Granada.
Prejuicios. Divergencia de criterios. Unos ven las reformas como “garantía de futuro” y otros como involución. Es lo que les pasa a los sindicatos con el abaratamiento del despido, la subida de impuestos, la amnistía fiscal, el copago farmacéutico y la subida de tasas en la Universidad. Ellos también defienden su verdad y por eso han decidido convocar en otoño una especie de referéndum, de moción de censura popular, para que los ciudadanos opinen libremente sobre las reformas.
Entre las verdades de unos y otros, sin olvidar el vídeo que el PSOE está moviendo en Youtube con el cara a cara en el que Rubalcaba ‘vaticinó’ a Rajoy toda su política de recortes, al menos dejaremos de malvivir en ese espejismo de solvencia con el que nos ha engañado nuestro sistema bancario durante más de tres años.
Y ésta sí que es una verdad sin matices. Tanto como el aumento del paro que seguiremos sufriendo este año –pese a la verdad de las reformas–, el incumplimiento del déficit y la caída de la economía española que nos acaba de anunciar Bruselas.
Magdalena Trillo | 29 de abril de 2012 a las 17:17
Es la primera vez que el director del Festival de Música y Danza de Granada no es elegido por consenso. Corrijo: sin consenso, con bronca institucional, con indignación entre los profesionales y con perplejidad en la ciudad. Por la forma y por el fondo. Porque la elección ha sido una farsa. Un concurso teóricamente público, abierto y ajustado al código de buenas prácticas que ha terminado en sainete con preludio adivinatorio y epílogo de desprestigio incluidos. La crónica de un candidato anunciado. Sólo así se puede entender la ausencia de aspirantes de primer nivel para dirigir el Festival y la ‘desmotivación’ que ha habido entre los profesionales del sector para participar en una convocatoria absolutamente politizada donde el actor principal ha aprovechado más de una rueda de prensa para ‘venderse’ y sus valedores para hacer campaña. ¿Ninguno de los directores y gestores de los grandes festivales de teatro, música y danza de Europa estaba interesado en vincular su trayectoria a Granada? No. No si creen, saben, que el puesto tiene nombre y apellidos.
La versión oficiosa que empieza a circular ante los crecientes corrillos de “incredulidad” y “preocupación” por la decisión del Consejo Rector de elegir como director a Diego Martínez, tal y como había ‘pronosticado’ hace meses el Ayuntamiento, es que ha sido “lo menos malo”. Pero ni ha sido una ‘operación’ de un día ni era desconocido el interés, legítimo por otro lado, de situar al frente del festival más importante de Granada a una persona afín al gobierno municipal y al PP. Ayer mismo me recordaban que fue Juan García Montero quien ‘trajo’ a Martínez de Úbeda con la idea de que fuera el relevo de Carlos Magán en la OCG cuando estalló la crisis de gestión en la orquesta. Entonces, hace ya más de cuatro años, se optó por José Luis Jiménez –con enorme acierto, por cierto– y el aspirante a gerente terminó recalando en el Archivo Falla con una visibilidad y remuneración mucho menos golosa que la prevista.
El momento de mover ficha llegó el pasado mes de octubre cuando, tras doce años como director, Enrique Gámez anunciaba su marcha: no pasó ni una semana y Martínez, funcionario y profesor de música, era el candidato mejor posicionado. El del PP. Porque el proceso se ha dilatado lo suficiente para poder elegirlo de la manera más pragmática y operativa: sumando votos. Ayuntamiento (PP) y Diputación (PP) ya contaban desde el 20-N con el apoyo del Ministerio y sólo tenían que esperar al 25-M para incorporar a la Junta. Ni siquiera el revés electoral en el Gobierno andaluz ha alterado su hoja de ruta. Aunque la Junta aporta más de 700.000 euros y la Diputación, por ejemplo, 128.000, todas las instituciones tienen los mismos votos: dos. Una simple operación aritmética confirma el acuerdo no unánime de la elección.
El pasado martes –justo el día en que finalizaba el contrato del director saliente– se puso sobre la mesa la posibilidad de dejar desierto el concurso y seguir contando con Gámez –la edición de este año está completamente cerrada– a la espera de recomponer la situación. La propuesta fue rechazada de forma tajante por el Ayuntamiento y se acabó arriesgando por “lo menos malo”.
Imagino que ha de ser duro para el propio ‘ganador’ llegar a un festival sabiéndose candidato de un partido, objeto de conflicto institucional y tras un proceso que ha enmascarado un nombramiento a dedo. A mí me queda una duda, por qué nadie ha impugnado el concurso, y una desazón: entre la vorágine de la crisis y el bloqueo de las tres elecciones que hemos sufrido en menos de un año, tal vez nos hayamos confiado (todos) y seamos corresponsables por no exigir las ‘buenas prácticas’ prometidas, despolitizando la elección e imponiendo un mínimo de ética y rigor con un jurado de expertos.
La realidad es que la página de Gámez ya está cerrada y la de Diego Martínez abierta. Por la solidez y solvencia del equipo de profesionales que lo hacen posible, por la propia estabilidad e imagen del Festival y por Granada, ojalá sea un acierto su designación. Ojalá el fondo justifique la forma y ojalá dentro de unos años nadie tenga que mirar con nostalgia y lamentar que el Festival de Granada, con mayúsculas, se haya degradado en un festival “municipal” más. Uno de tantos. Los momentos excepcionales exigen decisiones excepcionales, pero el camino de la excepcionalidad a la mediocridad es cada vez más corto. A Diego Martínez, toda la suerte del mundo.
Magdalena Trillo | 11 de marzo de 2012 a las 11:43
En dos semanas, Andalucía celebrará las elecciones más disputadas, abiertas y decisivas de toda la democracia. Todas las encuestas, incluida la que hoy publicamos los nueve periódicos de Grupo Joly, apuntan en una misma dirección: la ola de cambio que los españoles iniciaron hace un año en los ayuntamientos y consolidaron el 20 de noviembre en las generales aupando a Mariano Rajoy a La Moncloa se puede llevar por delante tres décadas de gobierno socialista. Javier Arenas, a la cuarta, emprende la campaña como virtual ganador. Nunca lo ha tenido tan cerca.
Ni la subida de impuestos ni la movilización contra la reforma laboral y los recortes dan suficiente oxígeno al Ejecutivo de José Antonio Griñán para invertir las expectativas de voto. Pero sí para minar la amplitud de la victoria. La incógnita, una vez más, se traslada al escenario de pactos. Si la movilización ‘popular’ será lo bastante contundente como para alcanzar la mayoría absoluta y, en caso contrario, si el PP podrá desactivar un gobierno entre PSOE e IU recurriendo al diputado con el que, según nuestro sondeo, UPyD irrumpiría en el Parlamento.
Los de Arenas inician el partido con un “ganamos, pero no os confiéis” y los de Griñán con un “podemos ganar”. El PP está “al borde” de la mayoría absoluta pero el PSOE recorta distancias; IU crece como aglutinadora de los ‘descontentos’ del PSOE y UPyD se posiciona como “llave” de gobierno. El ‘ahora Andalucía’ del PP se enfrenta al ‘camino seguro’ de los socialistas. Arenas defiende que “Andalucía tiene derecho a conocer un gobierno distinto” y Griñán advierte que lo que está en juego son dos modelos: “El cambio ya está aquí y es involución”.
Es verdad que el clima de cambio está en la calle -Andalucía y Asturias completarían la España azul de Rajoy a la espera de las autonómicas del País Vasco de 2013- pero también el clima de preocupación por el enorme poder que tendrían los populares con una oposición prácticamente borrada y arrinconada de las instancias de gobierno. El gran dilema: 30 años de gobierno en Andalucía es excesivo; pero todo el país en manos del PP también es excesivo. Desgaste Gobierno vs. desgaste Griñán. Y los dos son relativos: habrá que ver si la crudeza de los ajustes se lleva por delante la ilusión en el PP para remontar la situación económica y no perder de vista que, en contradicción con las expectativas de voto, Griñán se mantiene como el líder mejor valorado y el PSOE como el partido que genera más confianza.
En este punto, la siguiente incógnita del 25-M, los primeros comicios que se convocan separados de otra cita electoral desde 1990, es la participación, es decir, el ‘grueso’ de la abstención. Porque, por encima de los programas de una austera campaña en la que ni ha habido cintas que cortar ni habrá promesas que incumplir, lo que prevalece es el hartazgo y el pesimismo. Mucho pesimismo.
El mensaje de Rajoy ha calado: las cuentas del país son un desastre y no hay señales que indiquen la salida a corto plazo. “Estamos peor que hace un año y vamos a peor”, confiesan los andaluces en el sondeo de Commentia para Grupo Joly. Y no es casualidad que Arenas arrancara la carrera electoral declarando que su “enemigo no es el PSOE sino el 31% de paro en Andalucía”.
Detrás del paro y la crisis, lo más desesperanzador de los sondeos es que sean los propios políticos los que vuelvan a aparecer como la principal preocupación de los ciudadanos y, a continuación, la corrupción. El cortijo andaluz. El amiguismo, el clientelismo. El fantasma de los ERE, el calvario de Griñán. Una terrible desconfianza hacia la clase política y una creciente preocupación por la “corrupción y el enchufismo“.
Precisamente por ello, de la acritud y vileza de la campaña dependerá en buena medida el éxito o fracaso de estas elecciones. No el éxito de los candidatos; el éxito mismo de la democracia. Que los andaluces nos levantemos dentro de dos semanas y tengamos motivos para participar. Para mí, este es el verdadero dilema del 25-M: si estarán a la altura nuestros políticos para convencernos con razones y argumentos, no desde el miedo ni la crispación, para ir a votar.
Magdalena Trillo | 6 de noviembre de 2011 a las 9:26
Súmate al cambio. No conozco a nadie de los (muchísimos) que van a votar al PP el próximo 20 de noviembre que vaya a leerse las 214 páginas de su programa electoral ni se preocupe de destripar las 407 propuestas con que prometen sacarnos del paro, cumplir el déficit, bajar los impuestos y reactivar la economía metiendo la tijera “a todo” menos a las pensiones, la sanidad y la educación. Y de poco servirá cómo contraataquen quienes militan en el Pelea por lo que quieres, Rebélate o Reinicia y quieren convertirse en una solución renegando de su propia gestión o apropiándose de la indignación popular. Por encima de lemas y de operaciones de mercadotecnia, el sentimiento que hay en la sociedad española es uno: no gusta lo que hay y las expectativas de que pueda mejorar con quienes hoy (sí) nos representan van del pesimismo a la depresión. Hará falta mucho más que un cambio de gobierno para salir del túnel pero reconozcamos que el PP se ha ganado a pulso su oportunidad.
Llevamos meses viéndolo en las encuestas y en las calles. Siempre se ha dicho de los programas que están para no cumplirlos; el del PP es mucho más innovador: resulta tan ambiguo y tan de banda ancha que permitirá a Rajoy gobernar acatando las directrices europeas (pese a su efusiva proclama de “seremos el país que fuimos, respetado y no mandado”) sin salirse ni un milímetro de sus compromisos electorales. Tal vez no necesitaba tanta ingeniería de léxico para ganar; sí para hacer historia. Concediendo un mínimo de fiabilidad al último barómetro del CIS, las incógnitas del 20-N se sitúan en dos escenarios: si Rajoy podrá enterrar de una vez la sombra de Aznar logrando los mejores resultados del PP en toda su historia y si el hundimiento del PSOE se llevará a Rubalcaba por delante. Diecisiete puntos de diferencia (190-195 escaños para el PP, 121-116 para el PSOE) que difícilmente podrán hacer tambalear esos ocho millones de indecisos a los que se aferran los socialistas para “pelear” por la remontada.
El debate de mañana entre Rubalcaba y Rajoy no será sino morbo. Un duelo de corbatas y poses; un asunto de apariencias, sudores y luces. Estaremos atentos a las salidas de tono, las meteduras de pata y el ingenio de los oradores. Como en una pelea de gallos, nos divertiremos viendo quién acorrala a quién y, al día siguiente, amenizaremos los desayunos con las clásicas quinielas de vencedores y vencidos. Poco más. Cuesta creer que haya algún español que decida su voto mañana –y mucho menos que lo cambie–; resulta difícil pensar que haya un trasvase directo de votos por la campaña; y parece más que improbable que se repita la hazaña socialista de 1996 en la que González casi gana dándole la vuelta a las encuestas. Entonces no había cinco millones de parados, los bancos aún no se habían apropiado de nuestros sueños y el capitalismo más inmoral no había ganado la batalla a la democracia.
Para Andalucía, para Granada, la verdadera campaña se juega a partir del 21 de noviembre. El vuelco electoral para marzo lo vaticina ya el sondeo del CIS: Arenas conseguiría la mayoría absoluta que necesita para romper tres décadas de hegemonía socialista y, en Granada, las encuestas ratifican lo que el equipo de Sebastián Pérez baraja, apagando la euforia con cierta dosis de prudencia, desde hace semanas: 5 diputados y 2 para el PSOE. La misma intención de voto que refleja el barómetro que publicamos hoy todos los diarios de Grupo Joly: el ocaso del granero socialista. Debacle. Histórica. Sin matices.
Veo los mensajes de campaña en otras comunidades (Duran i Lleida llama a “bombardear democráticamente las urnas”) y me entristece pensar que aquí se vote mirando atrás y en otras regiones construyendo su futuro. El País Vasco busca más victorias en clave de libertad; los catalanes están llamados a las urnas “con el corazón y la cabeza” pero “pensando en la cartera” –el ansiado pacto fiscal– y en Andalucía, lo realmente histórico, es que no se haya producido un relevo en el poder en más de tres décadas de democracia. No son los ERE; es la salud del propio sistema. No son los programas, los candidatos ni la campaña: es el enfermo andaluz.
Magdalena Trillo | 23 de octubre de 2011 a las 9:24
Zapatero es el problema; el PP, la solución. Hace cinco meses que los populares arrasaron en las municipales anticipando lo que será el resultado del 20-N y, probablemente, del vuelco electoral que se vivirá en Andalucía en marzo. En Granada, Torres Hurtado amplió su victoria y, por primera vez en tres décadas de democracia, la Diputación se vestía de azul. Empleo e infraestructuras iban a ser la prioridad. El crecimiento económico y el desarrollo, la razón del cambio. Sebastián Pérez se comprometió a gobernar “para todos los municipios” sin revanchas ni favoritismos, desde la austeridad y la transparencia. Era entonces difícil disentir con el dirigente del PP cuando clamaba aquello de “no nos resignamos a seguir siendo, ni un minuto más, los primeros en lo malo y los últimos en lo bueno”.
Acaban de cumplirse los primeros cien días de gobierno del PP en la institución provincial y denuncian los socialistas que sólo ha habido “parálisis en la gestión, sobredosis de oposición y clientelismo”… En tres meses no se pueden cambian las dinámicas de 33 años, pero reconozcamos que a todos nos gustaría empezar a ver acuerdos, proyectos y, por insignificante que sea, algún resultado de su política. Menos sacudida de alfombras y más gobierno en positivo.
Y digámoslo abiertamente: una cosa es conectar con el electorado y ganar elecciones y otra muy distinta gobernar, gestionar. Sobre todo si confluyen varias circunstancias: la crisis no entiende de banderas ni de colores, lo que hay que administrar es miseria (el propio Rajoy ha advertido que llegará a la Moncloa en el momento más crítico de nuestra historia) y la ilusión de que Europa nos saque del pozo se difumina por el camino. Cuando dejemos de ser “región de convergencia” en 2014 se cortará buena parte de las ayudas que han servido de salvavidas a los gobiernos central y autonómico para sus grandes proyectos, la reforma anunciada de la Política Agraria Común terminará de hundir el campo andaluz y, aunque insistamos en mirar a la Europea rica, cada vez estamos más cerca de la pobre. Contagiados por Grecia y su quiebra.
Pero volvamos a Granada y unamos a este envoltorio macroeconómico los dramáticos datos de paro, renta y riqueza, el retraso histórico en las infraestructuras y el irresoluble aislamiento de la Costa, la comarca con más potencial. En este contexto, la estrategia del PP es efectista electoralmente pero también peligrosa. No podrá esconderse en la confrontación cuando gobierne en todos los niveles de la administración y tendrá que responder con acciones –no con promesas– a esa esperanzadora complicidad que ahora está mostrando con Granada.
Me surgen varias preguntas: ¿Será capaz Rajoy en menos de cuatro meses (de las elecciones nacionales a las andaluzas) de demostrar que el PP es la solución a la economía y al paro? ¿Si no hay desgaste de la derecha antes de marzo y se impone el PP a la segura alianza de la izquierda andaluza, conseguirá Arenas los millones para las obras del Metro? ¿Logrará que el AVE llegue a Granada con la Estación de Moneo terminada? ¿Vencerá a la caprichosa orografía del litoral y veremos acabada la A-7? ¿Convencerá a Europa para que el Corredor pase por la costa granadina y malagueña? ¿Tendrá dinero para el ascensor a la Alhambra pero no para el Teatro de la Ópera o Cines del Sur? ¿Habrá recortes en educación y sanidad como ensayan las comunidades ‘afines’?
Aparte de apelar a la nefasta gestión socialista, ¿qué hará entonces el PP de Granada? No podrá recurrir a la política del agravio. En realidad, no valdrá la política; lo que piden los ciudadanos son salidas y soluciones. Gestión honesta y eficaz. Acuerdos y dinero encima de la mesa. ¿Serán capaces de mirar hacia adelante?¿Están preparados para pagar el precio de gobernar?
Rubalcaba, González y Griñán están hoy en Atarfe en un acto central de precampaña. Los socialistas no dan por perdido el Gobierno central, al menos confían en amortiguar la derrota, y mucho menos el de la Junta. Pero los nubarrones son inmensos: en política, el PP les saca demasiados puntos de ventaja y, en gestión, tienen a medio país escéptico y al otro medio en contra. Ellos ya están pagando el precio de gobernar…
Magdalena Trillo | 28 de agosto de 2011 a las 9:21
Los políticos nos siguen tomando el pelo. No es nuevo, lo sé. Pero esta semana nos han dado pruebas vergonzosas de ello. Y lo han hecho con un pacto de mesa camilla que suena más a república bananera que a una democracia europea y moderna con más de treinta años de supuesta madurez. En tres días y medio, los dos grandes partidos (PSOE y PP) han llegado a un acuerdo para reformar la Constitución. Sin debate, de espaldas a los ciudadanos y sin explicaciones que convenzan sobre la efectividad de la medida: ¿con la modificación del artículo 135 salimos de la crisis?, ¿se creará empleo?, ¿crecerá la economía?, ¿nos dejarán tranquilos los mercados?, ¿nos aplaudirá Merkel?
Mi respuesta es no. Pero aun reconociendo que el fondo sea discutible, y hasta defendible, la pregunta que deberíamos hacernos a continuación produce una desazón y una desconfianza insalvable en quienes nos gobiernan: cómo es posible que la reforma constitucional sea el único asunto que haya puesto de acuerdo a Zapatero y Rajoy, incluso con diligencia, en estos cuatro agónicos años de legislatura en los que España se ha visto duramente golpeada por la crisis y hasta por el recelo de nuestros ‘colegas’ europeos.
Cuando en otros países se han cerrado pactos de Estado entre los grandes partidos en política económica y financiera, aquí hemos visto a un PP obsesionado con llegar a Moncloa, atizando los temores del rescate y con un único mensaje: las urnas. Primero el “adelanto electoral” y ahora “el adelanto del adelanto electoral”. A partir del 20-N, tendremos tiempo de comprobar si su hoja de ruta tiene algún efecto sobre brokers y especuladores. Una agenda, por cierto, que nada empieza a tener de oculta si tenemos en cuenta cómo se la ha ido apropiando Zapatero con sus anuncios de los viernes tras el consejo de ministros. Hagan memoria: abaratamiento del despido, jubilación a los 67, recorte de las pensiones, rebaja en el sueldo de los funcionarios, adiós al cheque-bebé, nada de tocar ni a la banca ni a los ricos y, ahora, apuesta por el empleo precario y temporal con la excusa de rebajar el paro.
La segunda lección de esta semana produce más tristeza aún. No se puede disentir. No hay debates de puertas afuera y, parece, que tampoco de puertas adentro. ¿Ser crítico es ser desleal? La misma tarde del martes, cuando empezaron a ‘arder’ las redes sociales con los primeros argumentos en contra de la reforma constitucional, el aparato del PSOE se puso en marcha: demasiado ruido; había que bajar el tono. La propia Elena Valenciano, directora de campaña de Rubalcaba, salió públicamente al día siguiente llamando a filas y, justo mañana, en la víspera de la votación que ha de consagrar la reforma exprés, la plana mayor del PSOE ha convocado a barones, ejecutiva y diputados para explicar la letra pequeña del acuerdo entre Ferraz y Génova y asegurarse de que no habrá fugas… Rubalcaba deberá emplearse a fondo, porque su única arma es el contenido de la Ley Orgánica que se ha negociado de manera paralela para no fijar los límites del déficit en la CE. Teóricamente, su gran aportación después de haberse quedado “desnudo”, como decía esta semana el diputado Pérez Tapias, ante el inesperado anuncio de Zapatero. No lo tendrá fácil. Son muchos los que se posicionan a favor del referéndum, muchos los escépticos y algunos los que, sencillamente, tachan el pacto de “esperpéntico” y “surrealista”, de auténtico “disparate”, una “involución constitucional”.
Del resultado de estas reuniones, de las movilizaciones que ya han convocado el Movimiento 15-M, IU y los sindicatos, y del debate del martes en el pleno del Congreso podremos extraer la tercera lección: si habrá coherencia o se impondrá la disciplina de voto. A los indecisos les recomendaría que leyeran la sentencia del Caso Nevada donde el juez realiza una profunda disertación sobre las obligaciones –éticas y también legales– de los cargos públicos elegidos en sufragio. “No es admisible que se amparen en una actuación automática y siguiendo las directrices de otros para votar favorablemente”. Una responsabilidad, advierte el juez, que está “por encima de la obediencia debida al partido”. ¿Lo estará en este caso? Por integridad, por respeto a los ciudadanos que seguimos yendo a votar.
Magdalena Trillo | 14 de agosto de 2011 a las 10:01
César Molina se hizo artista por casualidad. Un día se acercó con un amigo a una chatarrería y comprendió que aquellas montañas de piezas metálicas debían ser el principio de todo. El desvirgamiento, un cuadro con unas bragas de su madre metidas en una escayola, fue un aviso previo que, unos años antes, no supo escuchar. El azar, y las letras torcidas de la vida, tumbaron sus sueños de ser futbolista y le desvelaron el camino para convertirse en creador. En artista del reciclaje. No es Chillida, pero su obra empieza a cotizar y a hacerse un hueco en Lisboa, Roma o Lyon. No es un artesano; no es un fabricante de granadas gigantes para colocar en las rotondas de la ciudad.
Esta semana ha vuelto al desguace. Allí reposan los restos de su obra Principio de incertidumbre junto a radiadores desvencijados y kilos de hierro y acero. El Ayuntamiento de Albolote ha aprovechado la tranquilidad de agosto para deshacerse de la obra que hasta hace unos días daba la bienvenida al municipio uniendo el polígono con el pueblo. La encargó en 2006 el anterior equipo de gobierno (PSOE) con un presupuesto de 70.000 euros. El PP ganó las elecciones al año siguiente y el proyecto quedó paralizado. Con la mayoría absoluta que logró en mayo ya no había ningún futuro que consensuar. La obra, a la basura. De forma arbitraria y unilateral. Sin comunicárselo al autor. Sin explicaciones públicas. Poder absoluto corrompido absolutamente. ¿Política, estética, ignorancia, incultura?
Recurro a un amigo experto en creación contemporánea y me recuerda cuando Duchamp colocó un retrete en medio de una exposición para fijar la mirada intelectual del arte sobre una pieza cotidiana: “Le robó la cotidianeidad y la convirtió en obra de arte porque expresó un debate intelectual: el de su propia significación. ¿Qué es el arte? Lionello Venturi le respondió que arte es todo aquello que los historiadores o los críticos dicen que es arte… Y, cuando reprodujo la Gioconda doce veces y la tituló 12, mejor que una, debatía también sobre arte y la pieza única”.
No tarda ni medio minuto en conectar la “salvajada” de Albolote con la famosa exposición Entartete Kunst de Goebbels. Arte degenerado hacía referencia a la creación moderna prohibida por los nazis y menospreciada por “no alemana”. Sancionaban a los artistas, les prohibían exhibir y vender su obra y terminaron por reunirla en una colectiva que itineró por Alemania y Austria ridiculizando a quienes se alejaban de lo tradicional y no exaltaban los valores de la sangre y la tierra.
Desde luego, la pieza de César Molina que ahora yace en el desguace nada tiene que ver con el “arte heroico”, la raza, el militarismo ni la tradición. Puede gustar más o menos, pero es difícil contradecir a quienes tildan la actuación municipal de “fascista” –¿alguien puede justificar que una institución democrática destruya arte?– y a quienes recuerdan que este PP que ha tirado a la chatarra la escultura es el mismo que se enfrenta a una ciudad para defender el valor de una estatua que rinde homenaje a Primo de Rivera.
Pienso en la impotencia del artista de Albolote. Aparte de exigir una indemnización, le propondría que volviera a la chatarrería. Que recogiera las piezas ultrajadas, una a una, como quien recompone las quebradizas hojas de un ramillete de flores secas del cementerio, y que volviera a crear. Ahora la llamaría Principio de intransigencia. Esa misma intransigencia que alimenta las actitudes fascistas y da alas, como la estatua de Bibataubín, al radicalismo. Lo pensaba esta semana leyendo los comentarios en la Red a la noticia falsa sobre Marruecos y la Alhambra. Rabat no exige la mitad de los ingresos del monumento nazarí pero a muchos les gustaría… No es casualidad que la última encuesta sobre inmigración advierta que ya más de la mitad los andaluces piensa que es “negativa, innecesaria y excesiva” y no es casualidad que sean los magrebíes uno de los colectivos que más “desconfianza” generan. Muchos borrarían nuestro pasado de mestizaje del mismo modo que borrarían la memoria histórica. Intransigencia. Sin principio; sin final.