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El efecto placebo del ‘me gusta’

Magdalena Trillo | 14 de noviembre de 2017 a las 11:14

Lo llaman porno-miseria. Me lo contaba un universitario chileno que cursa un máster de Periodismo en Granada: ya en los años 70, un grupo de documentalistas colombianos firmó un manifiesto contra la utilización mercantilista de la representación de la pobreza en el cine. La explotación de la miseria al servicio del mercado europeo y anglosajón con ejemplos tan elocuentes como Slumdog Millonaire.

Lo cierto es que, con la pequeña-gran pantalla del móvil en nuestros bolsillos, un me gusta es suficiente para limpiar el sentimiento de mala conciencia. Una cara de espanto, un torrente de risa y una catarata de lloro tienen más recorrido que los nuevos 240 caracteres de Twitter. Es la ilusión de ayudar a las víctimas desde el sofá de casa; la esencia del crowdfunding y de las campañas masivas de solidaridad, aunque en demasiadas ocasiones lo compartamos sin ni siquiera tomarnos antes la molestia de leer.

Puede que todo no sea más que un efecto colateral del síndrome del impostor, esa epidemia de inseguridad con que los humanos nos debatimos entre la aspiración de tener una vida mejor y el estigma que sigue implicando el pecado de fracasar.

No sólo los grandes intelectuales, creadores y famosos temen que el mundo descubra que son un fraude. Cuando en 1978 las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes diagnosticaron el “fenómeno del impostor” se limitaron a retratar lo que cualquiera de nosotros ha sentido en alguna ocasión: ser un farsante. El antídoto no es otro que revestirnos de una apariencia de humildad -me ayudaron, estuve en el sitio oportuno en el momento oportuno, tuve suerte…- para amortiguar la caída.

Las redes sociales no han hecho más que proporcionarnos una férrea máscara con la que blindarnos de nuestros miedos y reconstruir nuestro retrato público (la vieja teoría del doble yo) rompiendo las fronteras entre la realidad que nos acecha y la ficción que casi no nos atrevemos a anhelar. ¿Me lo merezco realmente? ¿Se lo merecen ellos? La pregunta podría ser tan válida en lo alto de la escalera como en el fondo. Que un ensayo como Las virtudes del fracaso se haya convertido en un best-seller en Francia no es casualidad. Desde un ángulo crítico y literario, lo que hace Charles Pépin no es más que diagnosticar el síndrome del impostor -somos unos fracasados y nos van descubrir- y llegar al origen del efecto apaciguador del me gusta. Puro remordimiento: ser culpables, generosos, altruistas o solidarios aunque aún ni siquiera sepamos por qué.

Antes de hablar, rebobina

Magdalena Trillo | 12 de septiembre de 2017 a las 10:34

Su “burrada” en las redes sociales le ha costado el trabajo, está “hundida” y hasta dice sentir “miedo” cuando va por la calle. Todo, producto de un “calentón”: nada más terminar un debate televisivo, entró en Facebook, llamó “perra asquerosa” a Inés Arrimadas y le deseó que la “violaran en grupo”. En cuestión de horas pasó de linchadora a linchada. Ajusticiamiento social y despido ejemplarizante.

El mensaje que Rosa María Miras escribió contra la diputada de Ciudadanos fue una auténtica “salvajada” -así lo describe ella misma confesando que está “avergonzada“- pero el efecto boomerang de sus insultos no ha sido menos desmedido. Por encima de los excesos de unos y otros, tal vez estemos ante una señal de que lo que es (debería ser) la “inteligencia colectiva”.

El caso Arrimadas ha vuelto a poner el foco sobre el viejo debate de los límites de la libertad de expresión -en un espacio tan líquido como las redes sociales en el que se navega de forma inconsciente y se confunde lo público y lo privado-, sobre la asignatura pendiente de acotar jurídicamente el delito de incitación al odio en la red -por cuanto se amplifica el daño a la víctima- y, de forma colateral, sobre la frágil situación en que se encuentran los trabajadores frente a las empresas como consecuencia de nuestro peligroso exhibicionismo.

Por el ingenuo uso que hacemos de las redes sociales y por la sensación de protección e impunidad que implica el falso anonimato. Porque lo que hacemos, lo que decimos, aun en momentos extremos, tiene consecuencias. No sólo legales, sociales y, como acabamos de ver con la empleada de Badalona, laborales. También vende. Para quienes “azuzan la jauría” desde los medios y para los propios náufragos del escurridizo ciberespacio que consiguen mejorar su posicionamiento, ganar seguidores y ensanchar sus círculos de influencia.

El linchamiento público siempre fue popular y rentable. El de toda la vida y el que nos facilita el móvil. Tanto como la tentación de pontificar y de dar lecciones. Aunque para ninguno de los dos desenfrenos hay una receta mágica ni una única respuesta, no es en el derrotismo donde deberíamos situarnos. Unos estudiantes de Madrid han ganado un concurso europeo desarrollando un nuevo emoticono para combatir el acoso, el odio y la intolerancia en las redes: rewind, antes de hablar rebobina. Es una pequeña, tal vez insignificante aportación, pero Rosa María Miras, por ejemplo, hoy tendría trabajo…

El precio de la paz social

Magdalena Trillo | 6 de noviembre de 2016 a las 11:45

A qué precio estaría dispuesto a venderse? De la literatura al cine, de la historia a la filosofía, es una constante en las preocupaciones humanas el dilema ético y moral que significa poner precio a nuestra voluntad: por un voto o una firma; para garantizar nuestro silencio o por hablar; por un soplo o por un pendrive; por quedarnos en casa o por salir a la calle a protestar… En unos casos lo llamamos compromiso y capacidad de decisión y en otros, coqueteando en la sinuosa frontera de la legalidad, recurrimos a la extendida ecuación capitalista que pone en circulación euros, prebendas y privilegios según mercado.

La segunda parte del conflicto, qué precio estaríamos dispuestos a pagar, se desliza en la parte contraria del tablero -conjugando los mismos riesgos y sucumbiendo a idénticas debilidades- en una escala volátil que siempre va de la razón al corazón. Aunque en los dos campos hay un abismo entre el enriquecimiento ilícito, el fraude o el cohecho y lo que hasta podríamos entender como el cumplimiento de un deber, al final termina importando muy poco si hablamos de lo material o de nuestra vanidad.

Siempre he pensado que Chaves y Griñán se sentarán en el banquillo de los acusados -el juez ya ha abierto juicio oral por el caso de los ERE- por un exceso de deber. De responsabilidad. Por estrangular la burocracia y someterla al pragmatismo social. Por esquivar los procedimientos para salir bien en la foto. No es ninguna frivolidad -tampoco una justificación- ni pretendo minimizar el fraude millonario que ha supuesto el escándalo de los ERE para las arcas andaluzas. Y mucho menos restar importancia a la red de estafadores y comisionistas que aprovecharon los atajos para enriquecerse desencadenando el mayor quiebro de fondos públicos de nuestra historia reciente. Pero tal vez deberíamos recordar que cuando se puso en marcha la controvertida partida 31-L de los presupuestos autonómicos (lo que derivaría en el famoso fondo de reptiles), Andalucía vivía unos años convulsos de conflictividad laboral. Eran tiempos de pancartas, encierros y barricadas. De crisis y de despidos. ¿Qué precio tenía entonces la paz social?

Me lo pregunto ahora, en plena crisis sanitaria en Granada, justo al día siguiente de ver cómo la Junta de Andalucía ha entregado a los manifestantes la cabeza de la persona que eligió hace cuatro años para llevar a cabo las dos misiones que están en el origen de las protestas: acometer la fusión hospitalaria y poner en marcha el nuevo complejo asistencial del PTS. ¿Ha fracasado? ¿No ha cumplido las instrucciones de Salud? Desde la movilización masiva del 16 de octubre en las calles de la capital, media España sabe que en Granada hay un grave problema con la gestión hospitalaria; desde la movilización de ayer, que pretendía librarse en las redes sociales y que acabó con 35.000 personas en las calles, a la otra mitad le habrá llegado el eco de que veinte días después sigue sin resolverse.

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¿El relevo de Bayona es un precio suficiente? La destitución se produce en mitad de la crisis. Era previsible su relevo, él mismo lo esperaba, pero tal vez no como contrapartida y medida de presión para suavizar las protestas. No debe ser casualidad que el anuncio se produjera justo en la víspera de la concentración organizada para ayer y sólo unas horas después de que el titular de Salud detallara los incrementos del presupuesto de su área para 2017 con un capítulo dedicado a la consolidación y mejora de la situación de los profesionales del SAS.

La Consejería de Salud quiere cambiar el rumbo de la negociación, recuperar la interlocución y dar un golpe de efecto poniendo el reloj a cero y sin líneas rojas. Oficialmente no culpan al gerente del conflicto -le agradecen, de hecho, su labor al frente del Complejo Hospitalario- pero tampoco hay autocrítica ni se establecen cauces valientes para liderar el diálogo y responder, por mucha demagogia, manipulación e intereses que haya detrás, a lo que ya se ha convertido en una corriente de opinión: que Granada ha perdido en el proceso; que ha estrenado el hospital mejor equipado de España para acabar teniendo peor asistencia sanitaria. Y, si nunca tuvo “dos hospitales completos”, ahora sí los quiere... Sólo faltaba la avería técnica que se registró esta semana en las instalaciones del Campus para imprimir pátina de verdad a la idea del “caos” hospitalario.

La nueva gerente, la doctora Cristina López, no tendrá los cien días de rigor para darle la vuelta al conflicto; probablemente ni diez. El objetivo más inmediato no es fácil: conseguir que la reconozcan como interlocutora y lograr un mínimo de margen para tomar medidas que vayan más allá del parcheo y de experimentos con efecto boomerang como el cuestionado Consejo Asesor. El objetivo último, la paz social, nada tiene que ver con lo que ha sido hasta ahora. Fue la Primavera Árabe y lo están siendo en España las mareas. Las instituciones han perdido el control y los medios de comunicación el papel de intermediarios. Las verdades y medias verdades comparten el mismo espacio que los rumores, las mentiras y las intoxicaciones y a la misma distancia del ciudadano: un simple click. Tal vez la utópica democratización de las redes sociales también era esto: que la paz social ya no tiene precio.

El factor corbata

Magdalena Trillo | 15 de febrero de 2015 a las 11:43

Hace sólo diez años, más de la mitad de la población española no utilizaba el ordenador, todavía había un 14% que no sabía ni lo que era internet y hasta un 70% confesaba que jamás había enviado un email. Hoy, mi madre compagina los cursos de pintura y cocina saludable con sus primeras clases de informática, acaba de darse de alta en Facebook y está pendiente de activar la tarifa plana en el móvil para sumarse al grupo de WhatsApp que han creado mis sobrinas. Lo mejor de todo es que lo hace con la misma naturalidad con que prepara el relleno de carnaval, hace pestiños para Semana Santa y acumula conservas de tomate en la despensa.

Dice el alcalde de Granada que él ya está muy mayor para esto de las redes sociales y que no se da de alta porque no quiere que ningún ‘negro’ le haga el trabajo. Por supuesto que la edad importa para según qué cosas -ya nos gustaría que no fuera así- pero nos equivocamos si lo situamos como el factor determinante. Cuántos abuelos, por ejemplo, no han vuelto a hacer de padres en estos últimos años por imposición del guión de la crisis. Y a cuántos jóvenes no les estaremos robando los años felices de la adolescencia obligándoles a transitar sin brújula al blanco y negro de la vida ‘real’. Generaciones perdidas, quebradas por la crisis, para las que ha desaparecido el espacio de protección y concesiones que socialmente les habíamos reservado.

Las fronteras de la edad también se han roto y no sólo como consecuencia de la no siempre milagrosa cirugía plástica. Pero ni es un valor en sí misma la dictadura de la juventud como sinónimo de regeneración, ni la madurez es siempre sinónimo de plenitud ni debería ser un impedimento la inevitable senectud para seguir asumiendo responsabilidades profesionales. Lo reivindica, precisamente, Torres Hurtado cuando insiste en presentarse como el mejor candidato del PP para revalidar la mayoría absoluta en la capital y nos reprocha que no dejemos de preguntarle que cuándo se jubila… Después de muchos meses de espera, el viernes logró por fin el beneplácito de Génova para pelear por su cuarto mandato y aún queda por saber si, en estos tiempos de inestabilidad e incertidumbre, el cartel lo encabezará el Torres Hurtado de siempre, el de traje y corbata -y sombrero de fieltro en los soleados días de verano-, o un nuevo producto de los nuevos tiempos fabricado en los laboratorios de imagen de los partidos.

A cien días de las municipales, los socialistas ya han empezado a mostrar sus credenciales lanzando en las redes sociales el vídeo ‘Ya toca Granada. A Paco Cuenca le toca lidiar de actor principal para convencer a los ciudadanos de que el PP no busca más que “el negocio”, que nos “cosen” a impuestos, que son manifiestamente incapaces de gestionar y que “hay que darle la vuelta a Granada”. Todo muy de campaña. ¿Resulta creíble? La vecina a la que le han amargado la vida en su barrio con la LAC, la joven que se va a Alemania a buscar trabajo, el señor que ha tenido que cerrar su negocio… Juzguen ustedes.

Mucho menos preparado, y seguro que más barato, es el vídeo que la candidata de Podemos a la Junta se ha autograbado en la cocina de casa para hablar de otra ‘cocina’, la de las encuestas. Teresa Rodríguez nos recuerda la escasa fiabilidad de las muestras y nos hace preguntarnos hasta qué punto los sondeos reflejan la opinión de los andaluces o son un instrumento para “generar opinión”. Su mensaje es claro: la esperanza de los nuevos partidos como “alternativa de cambio” frente al descrédito de un PP y PSOE en continua caída. Y lo hace mientras hierven unos tomates en una floreada cacerola.

 

Más que entre lo ‘nuevo’ y lo ‘viejo’, podríamos preguntarnos si el dilema está entre lo creíble y lo que no, entre el original y la copia, entre lo auténtico y lo impostado. Del mismo modo que en internet hemos terminado conviviendo los nativos digitales y los emigrados, la política está viviendo una etapa de profunda transición en la que se ha puesto en cuestión tanto el contenido como el continente, tanto las formas como el mensaje.

Pero, ojo, que ni la juventud ni la novedad de los “nuevos partidos” son suficientes para apropiarse del valor de esas “nuevas formas de hacer política” que reclama la sociedad ni pueden erigirse como salvadores presentándose a sí mismos como los “nuevos políticos” que han de liderar el cambio presuponiendo siempre la bondad de lo nuevo y la corrupción de lo viejo.

Les pongo como ejemplo un frívolo caso de corbatas. Jamás pensé que el último revuelo sexista por la indumentaria de un político lo viviríamos a costa del ministro griego de Finanzas. Al mismo tiempo que Pedro Sánchez se vestía de estadista y se clonaba ‘a lo Rajoy’ para firmar un interesado pacto antiterrorista que no se termina de comprender ni entre las filas socialistas, Yanis Varoufakis se paseaba por los elitistas despachos de Europa sin corbata, con vaqueros negros y con camisa azul eléctrico provocadoramente desabrochada y suelta.

varoufakis

¿Les parece irrelevante? Júzguenlo también ustedes. Pero no pierdan de perspectiva hasta qué punto el ‘factor corbata’ es un entretenimiento de crónica social y de pasarela o es un valioso escaparate que nos previene de los farsantes. Porque de lo que hablamos es de lo que se es y de lo que se quiere aparentar. Y porque también es personalidad, incluso liderazgo, ser capaz de decidir si nos ponemos la corbata aunque nos ahogue o nos la quitamos aun sabiendo que nos sentimos desnudos. Más aún en un momento en el que, en la trastienda de la política, la capacidad de influencia y poder de los asesores, de los Pedro Arriola a las Verónica Fumanal, se está convirtiendo en un tema de primera página.

Todo está relacionado. Merkel, por ejemplo, no ha tenido que travestirse de ejecutiva ni cambiar sus criticadas chaquetas para dejar claro quién manda en Europa como no lo tuvo que hacer Thatcher en su día -su pequeño bolso negro de mano fue más que suficiente- para ganarse al apelativo de ‘Dama de hierro’.

En España, hoy podría resultar casi obsceno que a Pablo Iglesias le intentaran copiar la coleta, pero coincidirán en que llega a resultar esperpéntica la obsesión de sus ‘colegas’ por copiarlo y vendernos no sólo lo que no son sino también lo que no piensan. De repente se han vuelto todos muy ‘de calle’, showmen y ultra activos en las redes sociales. Piensen en la repentina faceta televisiva de Pedro Sánchez y recuerden el lamentable episodio de Rajoy eliminando miles de ‘amigos’ en Facebook cuando se descubrió que los 60.000 sorpresivos ‘followers’ digitales con los que amaneció un día eran un engaño tecnológico.

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Ni las monarquías escapan de la fiebre por ‘aparentar’. El rey Felipe acaba de bajarse el sueldo para aumentar el presupuesto de la Corona en nuevas tecnologías y, en Noruega, Mette Marit se ha lanzado al mundo 2.0 dándose de alta en Instagram para mejorar su popularidad. En teoría, se trata de modernizarse y apostar por la transparencia; en la práctica, llega un momento en el que cada vez es más difícil saber a quién creer y qué creer. Y la corbata es mucho más que un trozo de tela.

En automático

Magdalena Trillo | 26 de octubre de 2014 a las 10:00

Lo humano es estar a la defensiva. Siempre. En alerta. Rechazar que nos manipulen e indignarnos ante la más mínima sospecha de que nos quieran intoxicar, influir, persuadir… Por eso resulta tan sorprendente la ligereza con que dejamos a cualquier aparato que decida… y hasta piense por nosotros. Se supone que la tecnología nos debería hacer la vida más fácil, ¿pero anulando nuestra identidad?

No es tecnofobia; al contrario. Si algo nos ha enseñado la revolución digital es a incorporar los avances con normalidad y aprovechar las ventajas de lo nuevo por encima de los trastornos de estar a la última. Dejamos, sin embargo, que Google nos diga lo que tenemos que buscar, saber y casi que pensar; recibimos con aparente tranquilidad los mensajes emergentes que nos prescriben dónde viajar, qué vino beber y hasta qué zapatos comprar y terminamos permitiendo a Facebook que nos señale quiénes han de ser nuestros amigos.

Por mucho que conozcamos la lógica de los algoritmos que hay detrás, estamos ante una peligrosa invasión de nuestra intimidad, de nuestra privacidad, que no sólo consentimos con ingenuidad sino que también la incentivamos cuando nos ‘desnudamos’ en las redes subiendo todo tipo de datos.

Seguro que piensa que estas cosas le ocurren a los otros, no a usted. Pues preocúpese porque puede que esté sufriendo el síndrome de la tercera persona. Siempre ha habido niños a los que cargar las culpas y ahora tenemos máquinas y un sinfín de innovaciones sobre las que justificar nuestros pecados y, por supuesto, nuestra irresponsabilidad.

Ese mismo síndrome debe estar afectando a Rato y Blesa cuando confiesan en los tribunales que “todo estaba mal” pero que serán otros quienes deban explicar el saqueo en Caja Madrid; que ellos sólo “aceptaron, consintieron y propiciaron” -así lo dice el juez- porque pasaban por allí… Como el Jaguar que ‘pasaba’ por el garaje de la ministra de Sanidad, como los millones fantasmas que no dejan de perseguir a los Pujol…

Deberíamos estudiar si el punto insolente de ignorancia que se ha puesto de moda para explicar cualquier fechoría y corruptela en nuestro país es un efecto pernicioso de la tecnología, de su uso intensivo e irracional. Si hemos atorado tanto nuestro cerebro que nos hemos adormecido, hemos puesto nuestras vidas en automático y hemos terminado perdiendo la perspectiva de lo real. Aunque reconozcamos que en unos casos parece más buscada que sobrevenida.

Lo que ya está científicamente comprobado es cómo la tecnología ha mermado nuestras capacidades más básicas. Por ejemplo, la orientación. Confíe su destino al GPS y acabará tan perdido como los esquimales canadienses de la isla Igloolik. Los cazadores inuit han estado miles de años atravesando estepas de hielo y ventiscas sin perderse ni sufrir accidentes, hasta que se han apuntado a los mapas y avances digitales. Los antropólogos de Ottawa ya han demostrado cómo están perdiendo su innata aptitud. Algo muy parecido a lo que ya le ocurre a los pilotos -hay estudios sobre la merma de sus habilidades para tripular por culpa de los ordenadores inteligentes- y a lo que empezamos a sufrir todos sometidos a los estímulos y distracciones de los teléfonos y tabletas que llevamos hasta al baño. El último informe sobre la adicción de los jóvenes a las nuevas tecnologías es alarmante: en apenas un año, los dispositivos móviles han triplicado los casos en Granada.

Y no sólo hablamos de biología; el talento también se resiente. El ensayista Nicholas Carr lo escribe en su último libro Atrapados: cómo las máquinas se apoderan de nuestras vidas cuando alerta de cómo nos “embrujan” las tecnologías ingeniosas, cómo lo adoptamos todo muy rápido pensando que es muy ‘cool’ -y que nos descargará de trabajo -y no nos damos cuenta de que estamos transformando nuestra propia forma de actuar en el mundo. Un dato revelador: los médicos de atención primaria dedican entre un 25% y un 55% de su tiempo a mirar la pantalla en lugar de examinar al paciente…

El pensador norteamericano no entra en reflexiones morales pero debería. Unos nos dejamos engañar sin darnos cuenta y a otros les sirve para fabricar su coartada y escurrir el bulto. Lamentablemente, Rato llevaba razón: en la crisis, en cualquier crisis, no todos pierden; siempre hay unos pocos que ganan.

Demasiada democracia

Magdalena Trillo | 31 de marzo de 2013 a las 12:16

Tiene 30 años y los últimos seis se los ha pasado enterrado en un cibercafé enganchado a los videojuegos. Sólo sale del búnker para comprar comida rápida y darse una ducha. Duerme sobre el teclado. Se llama Li Meng y vive en Changchun. Un periodista del diario Beijing Times que intentó entrevistarlo advierte que apenas pudo arrancarle unas palabras: explicaba que ganaba unos 2.000 yuanes al mes con los videojuegos -ganando bonos virtuales y revendiéndolos por dinero real a aficionados europeos y americanos- y que el alquiler del ordenador apenas le suponía unos 500. ¿Negocio y diversión? Desahuciado de la vida a petición propia. Hasta el año 2009, China luchaba contra la adicción a internet en centros especiales de rehabilitación y aplicaba el electrochoque como uno de los métodos de tratamiento de este “trastorno mental”.

Ciudadanos obedientes, sumisos y formateados que no hagan muchas preguntas. Que no cuestionen los marcos de referencia ni sacudan las estructuras de poder y de autoridad. Li Meng podría ser un prototipo extremo de esta sociedad de adoctrinamiento y control que Noam Chomsky esboza en una entrevista que circula estos días por las redes sociales. “¿El objetivo de la educación es la deseducación?”. El filósofo y activista norteamericano reflexiona sobre el sistema de enseñanza pero sus palabras cobran todo el sentido si pensamos en la política y en la vida: ¿El objetivo de la democracia es la des-democracia?

Li Meng sería el ciudadano perfecto para las Merkel del mundo si pagara religiosamente sus impuestos, se dejara rescatar y cada cuatro años fuera capaz de despegar la vista de la pantalla para ir a votar al régimen de turno. Máxima productividad, mínima conflictividad. Una sociedad de borregos a los que poder confiscar la mitad de sus ahorros para tapar los agujeros de los bancos, dar una lección de moralidad a los traficantes de euros y seguir engrasando un sistema cuya mayor virtud es haberse desprendido de todos sus complejos: de lo que se ha tratado siempre es de robar a los pobres para dárselo a los ricos. El ‘corralito’ de Chipre es el modelo. Y no pensando en los ‘paraísos’ de Luxemburgo o Malta (cuanto más nos aseguran que no son Chipre más se les parece) sino en los tradicionales vividores del Sur. Todos nosotros. Los que seguimos llenando los bares en Semana Santa.

El pensador de Filadelfia recuerda la inquietud en los gobiernos que ya se produjo en los 60 con el activismo de jóvenes demasiado libres y demasiado independientes. ¡Ni la escuela, ni la universidad ni la iglesia habían cumplido su papel! Entonces se publicó un estudio alertando de la “crisis de la democracia”: ¡Había demasiada democracia! Y el dilema sigue siendo el mismo: ¿queremos jóvenes que entrenen para pasar exámenes o que aprendan a depender de sí mismos?, ¿queremos individuos inconformistas que desafíen lo vigente y crucen fronteras o peones al servicio de las estructuras de poder?, ¿queremos ciudadanos creativos e independientes o personas que aumente el PIB? Porque, necesariamente, no significa lo mismo. Y no lo significa desde la Ilustración.

Apelamos a la crisis de la economía pero lo que está en crisis es la democracia, por exceso y por defecto. La democracia que seguimos tirando por la alcantarilla de los mercados y la democracia que invocamos para colocar títeres en los gobiernos que no desafíen el stablishment. ¡Demasiada democracia cuando es una excusa para exigir responsabilidades a los otros y eludir las propias! ¡Demasiada democracia si es un refugio para jugar a los cromos con los sillones de las alcaldías mientras nos damos golpes en el pecho con grandilocuentes anuncios de pactos que a nada comprometen! ¡Demasiada democracia si la utilizamos para levantar nuevos muros y seguir fabricando ciudadanos de primera, de segunda, de tercera…! Mil euros quiere Londres que depositemos al pisar el aeropuerto de Heathrow como fianza para asegurarse de que no nos aprovechamos de su sistema sanitario y su ‘paraíso’ de servicios sociales. ¡Demasiada democracia si es una forma de disfrazar la des-democracia!