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El juego de tronos del Constitucional

Magdalena Trillo | 29 de enero de 2017 a las 10:30

Si tomamos como referencia las preocupaciones reales de los españoles, las espontáneas de las tertulias de bar y las cocinadas de los barómetros de opinión pública, la información sobre la renovación del Tribunal Constitucional no debería alcanzar ni la categoría de breve: una noticia especializada de interés parcial restringida a las publicaciones del sector.

Que ocupe portadas de periódicos, minutos de análisis y espacio en prime time tiene una explicación que oscila entre el amarillismo, el morbo mediático y las guerras de poder de los partidos: el juego de tronos en que los políticos (también) han convertido la elección de miembros del Alto Tribunal intentando colocar a personas afines a sus posicionamientos ideológicos y a sus intereses por encima de los criterios de mérito y capacitación que debamos presuponer a los juristas. Y ello en un órgano que es clave en la arquitectura democrática del Estado y que vela, precisamente, por que no sólo se cumplan las reglas del juego que fija la Constitución sino también que se vayan adaptando a las nuevas necesidades.

¿El deterioro y desconfianza de la política está arrastrando la independencia y el prestigio de la Justicia? Del mismo modo que es compartida la convicción sobre el referente que el TC significó en sus inicios, es creciente hoy la opinión sobre su deriva con ausencia de grandes pactos y con continuos votos discrepantes que tienen más que ver con injerencias y cadenas de favores que con planteamientos estrictamente jurídicos.

Que se hagan cábalas sobre el voto de los magistrados ante temas de tremenda trascendencia como el matrimonio homosexual, el aborto, la reforma laboral, la legalización de los partidos abertzales o el actual desafío independentista catalán -integrando en la ecuación quién propuso a cada uno de sus doce integrantes- no es sino el reflejo del inaplazable camino de transparencia -en el fondo y en las formas- que ha de afrontar la institución que ejerce de intérprete suprema de la Carta Magna y máxima garante de nuestros derechos constitucionales.

Su independencia no puede estar en cuestión ni sus integrantes deben ejercer con la sombra de haber sido elegidos primando su vinculación personal y afinidad política -hasta el punto de pertenecer o no al círculo de amigos y conocidos de los partidos (y dirigentes) que los defienden- por encima de su solvencia y experiencia profesional. La razón es sencilla: las instituciones ganan, todos ganamos como sociedad, con la calidad y el prestigio de las personas que las integran.

A esto nada contribuyen las negociaciones, presiones y pulsos que los partidos han mantenido en los últimos meses -sin preocuparse siquiera por disimular- para cubrir las cuatro plazas del TC, incluido el cargo especialmente relevante de la presidencia, que están pendientes de designación desde diciembre. Se molestan cuando se filtran sus maniobras pero es difícil negarlas cuando la realidad constata favoritismos y vetos.

Las opciones del magistrado sevillano Andrés Ollero, diputado del PP por Granada durante 17 años y vinculado a nuestra Universidad, se dan ya prácticamente por enterradas justamente por su duro posicionamiento ideológico y su afinidad al partido del Gobierno. No se trata ya de inclinaciones más o menos progresistas o conservadores sino de trayectorias de ida y vuelta a la política -con responsabilidades y gestión directa- que despiertan los apoyos encendidos de unos y el rechazo absoluto de otros.

Descartado Ollero para presidir el Alto Tribunal en sustitución de Pérez de los Cobos, la disputa parece centrarse ahora entre el exfiscal general del Estado Cándido Conde-Pumpido y el vicepresidente del Supremo Ángel Juanes.

Algunas cabeceras de la prensa nacional daban ya esta semana por acordados los otros tres integrantes: la catedrática de Constitucional y miembro del Consejo Consultivo de Andalucía María Luisa Balaguer, el magistrado del Supremo Ricardo Enríquez y el catedrático de Derecho laboral Alfredo Montoya.

En el episodio andaluz de este particular juego de tronos, Balaguer ha sido la propuesta que finalmente ha presentado el PSOE tras descartarse la posibilidad de respaldar como Comunidad Autónoma un único perfil. En la renovación del TC, una parte viene determinada por la designación del Consejo General del Poder Judicial y otra parte por el Senado a iniciativa de los parlamentos autonómicos.

En Andalucía, el consenso ha sido un espejismo. Lo intentó Ciudadanos con la jurista granadina Begoña Álvarez, valorando que sería respaldada por el PSOE -hace siete años fue consejera durante once meses con el equipo de Griñán- y que podría concitar el respaldo del PP por su perfil marcadamente “técnico” e “independiente”. La formación naranja quería “despolitizar” así el proceso pero terminó desistiendo y no la ha llegado ni a presentar.

Tampoco los socialistas han logrado convencer con su apuesta por Balaguer, catedrática almeriense y experta en Igualdad que probablemente termine colocando Susana Díaz -había división de criterios incluso entre el Parlamento y el partido-, al tiempo que el PP ha mantenido sus preferencias por Ricardo Enríquez y Podemos por la sevillana Ana María Carmona.

A la espera del desenlace final, la conclusión previa parece más que evidente: hacen falta mecanismos de control; y una transparencia real que garantice que las personas que ocupan los puestos son realmente las más idóneas. Que están porque lo merecen. Porque han superado una selección estricta donde primen los méritos por encima del amiguismo. Un proceso que contribuya a reforzar la confianza ciudadana en el Tribunal Constitucional, no el descrédito.

Cuando eligieron, por ejemplo, a la magistrada granadina Inmaculada Montalbán para el Consejo General del Poder Judicial, tuvo que pasar una especie de primarias dentro de su propia asociación. Hay, por tanto, precedentes de instrumentos que se pueden explorar: desde la introducción de filtros de este tipo hasta la reforma radical que propugnan algunos.

El debate sobre la urgencia de revisar el proceso de elección está abierto . Y ese desafío sí está directamente sobre el tejado de los partidos…

Estriptis de transparencia

Magdalena Trillo | 31 de enero de 2016 a las 11:00

Siendo enólogo y fotógrafo, además de provocador ensayista y exuberante escritor, seguro que Mauricio Wiesenthal tiene un concepto bastante preciso de lo que significa la transparencia. La que no lleva letra pequeña; la que tiene que ver con la claridad y la evidencia; la que es contraria al secretismo, a las dudas, a la ambigüedad. El autor catalán, que precisamente acaba de publicar con Acantilado una apasionada y monumental obra sobre Rilke, sobre “el vidente” y sobre “lo oculto”, mañana estará en Granada para conversar con el periodista Alfredo Valenzuela en un nuevo ciclo de Diálogos literarios que ha organizado la UGR en La Madraza. Sería interesante saber qué opina este atípico intelectual “de etiqueta” sobre la transparencia en la vida pública. Sobre la competición de estriptis en que se han sumido las instituciones y los políticos de nuestro país en una absurda y acelerada carrera por recuperar la confianza de los ciudadanos. Sobre lo ridícula e inútil que resulta cuando ni es honesta ni lo pretende.

Dice Wiesenthal que “la verdad de un hombre entregado a un delirio está más cercana al escándalo que a la falsa ejemplaridad burguesa”. Habla del errante y rebelde poeta alemán que deslumbró hace un siglo con sus Sonetos a Orfeo pero su reflexión serviría para cualquiera de los personajes actuales que nos distraen maquiavélicamente con dobles discursos, con dobles varas de medir y con un desconcertante juego de focos que sólo hace límpido y cristalino lo que en cada momento interesa de forma estratégica y calculada.

Yo siempre he desconfiado de las personas que no tienen “delirios”. Del exceso de perfección; de la sobredosis de ejemplaridad. Me despiertan recelos las personas que nunca beben -ni una copa de buen vino-, que no caen ante un coulant de chocolate negro, que no tienen vicios. Grandes o pequeños, cuestionablemente saludables, pero humanos. Y es que la perfección no es más que un ideal, una aspiración, puro misticismo; lo consustancial al hombre es la imperfección. Pasiones. Debilidades.

mauricio
Dice también Wiesenthal que “un crítico sin humor es como un eunuco en un harén”; que “sabe siempre cómo hacerlo mejor” pero no puede “porque no tiene los medios”. ¿Se refiere a pontificar y dar lecciones? Porque es la regla de oro de la política actual… Unos no pueden y otros no quieren.

En realidad, el humor, vinculado a la franqueza, al reconocimiento de las propias limitaciones, al buen talante, a la mano izquierda, no es en realidad más que un síntoma de la transparencia. De la honradez y de la honestidad. Hasta de la lealtad. Y de nada sirve si vivimos castrados. Por acción o por omisión. Y en las mil y una formas en que podemos sucumbir.

Por todo esto me alertan los novedosos estriptis de transparencia. Por lo que tienen de escaparate. Por lo cerca que están de lo farisaico. Porque ocultan más que enseñan; porque arrastran demasiadas incapacidades y complejos y, siendo pragmáticos, porque la primera conclusión de la pasarela de exhibicionismo de los últimos meses es que sirven para muy poco.

Tanto ciega la oscuridad como el exceso de luz. Lo estamos viendo en las negociaciones para investir presidente y formar gobierno. Mucho más operativo sería que pactaran al margen del objetivo de las cámara sin estridencias y sin interferencias. En pro de la transparencia seguimos lo que dicen y lo que hacen, pero también lo que los demás interpretan que dicen y hacen y, tras la correspondiente tormenta de reacciones, lo que parece que han querido hacer y decir. Y todo tan volátil, confuso e inestable que los titulares no se sostienen ni un día.

Con la misma agilidad y contundencia con que el bipartidismo reformó en 2011 el artículo 135 de la Constitución para incorporar el principio de “estabilidad financiera”, puede que terminemos defendiendo ahora modificar el 99. Es el relativo al nombramiento del presidente del Gobierno y puede que hasta agradezcamos la nocturnidad y alevosía del acuerdo del bipartidismo de hace cuatro años si eso significa salir del rocambolesco e insufrible enroque en que están situados los dos líderes de los partidos más votados: Mariano Rajoy no puede y a Pedro Sánchez no lo dejan.

“Si transcurrido el plazo de dos meses, a partir de la primera votación de investidura, ningún candidato hubiere obtenido la confianza del Congreso, el Rey disolverá ambas Cámaras y convocará nuevas elecciones con el refrendo del Presidente del Congreso”. Es el apartado quinto del citado artículo, un texto que ya durante el proceso constituyente fue objeto de controversia y reiteradas modificaciones. Hoy, si en lugar de decir “a partir de la primera votación” fijara “desde la constitución del Congreso”, ya tendríamos fecha tope. Ya no habría unas negociaciones con “luz y taquígrafos” para todos los españoles y otras a puerta cerrada. Ya no tendrían tanto margen los estrategas para dilatar, para distorsionar, para desesperar.

Tengo las mismas tremendas dudas que todos ustedes, que ellos mismos, sobre lo poco que resolverían unas nuevas elecciones, pero es más que evidente que este procés (el español) está a un punto de la inanición. Y no hay nada mejor que un ultimátum (los catalanes nos lo acaban de demostrar) para que todos desvelen sus cartas. Las de verdad. Las últimas.

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Otra opción es darle sentido práctico a eso de que “el Rey reina pero no gobierna”. Aparte de aprenderlo en el colegio, podríamos esperar que también en el papel de la Monarquía haya cierta innovación en un momento inédito como el actual. ¿Terminará Felipe VI proponiendo a Pablo Iglesias a presidente? Mientras Rajoy no tiene apoyos y a Sánchez lo atan los barones, el candidato de Podemos afrontaría los nuevos comicios como presidenciable. ¿No sería más sensato que el Rey volviera a llamar a Rajoy y lo obligara a someterse a la sesión de investidura aun sabiendo que el único objetivo es poner el cronómetro a cero para las próximas elecciones? No sé si puede o debe, ¿pero no sería lo sensato?

No crean que lo de la moda de la transparencia se practica sólo en la liga nacional. Granada lleva meses pidiendo una reunión con Fomento para resolver el conflicto del AVE. El propio alcalde y la concejal de Urbanismo han reconocido públicamente el ninguneo de la ministra de Fomento. Tal vez ese haya sido su error: la transparencia; la sinceridad. Esta semana, de repente, sabemos por un comunicado del PP que Juanma Moreno y Sebastián Pérez se han sentado con Ana Pastor para acelerar la llegada de la Alta Velocidad.

 

Al alcalde lo avisaron del encuentro sus afines de Madrid y se dio por ‘no enterado’. ¿La foto de la transparencia o la foto de la maniobra? Si el interés de los granadinos está por encima del partido, por encima de los políticos, ¿no era esperable que de esa reunión saliese un compromiso serio con Granada? Que ellos expliquen si es normal que el alcalde de la ciudad no estuviera sentado en la mesa. Si no quiso ir, si nadie lo invitó… Yo sólo les planteo una pregunta: ¿no preferirían que no hubiera foto y saber cuándo podremos coger el AVE?

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Paisajes: de Vera Drake a Belén Esteban

Magdalena Trillo | 22 de diciembre de 2013 a las 10:30

Estoy en la autopista y el coche me obedece. No voy a ningún sitio. Todos los sitios pasan a mi lado. Todos los sitios son el mismo sitio. Veo las indicaciones, los rótulos, y veo los edificios en obras con sus grúas, montones de ladrillos, una gasolinera, anuncios: he salido a la calle sin pisar la calle. El ascensor me lleva hasta el lugar donde me espera el coche. Sin saludar a nadie estoy en la autopista… Todo está en movimiento menos yo, que ahora corro por la autopista en dirección a cualquier parte. Corro en ese mundo repleto de motores, con esas casas llenas de motores, en ese paisaje rosaliano en el que es más fácil encontrar un motor que encontrar un amigo.

Mi inhóspita autovía se parece mucho a la autopista de José Carlos Rosales, aunque el poeta nos asegure que “si quisiéramos podríamos levantarnos y volar”, cruzar el cielo “como los pájaros que huyen de la servidumbre del miedo”, y yo piense que mi asfalto huele más a lo apocalíptico de la carretera de Cormac McCarthy. También mi ciudad se parece mucho a esa ciudad vacía en la que nadie persigue a nadie –unos huyen del sol insoportable del verano mientras otros buscan refugio de la soledad del frío– y en la que hay calles con todos sus comercios cerrados, una estación con trenes que ya nunca volverán a moverse y un puente que no es puente. Tanto se parece mi ciudad a su ciudad como mi mundo se parece a ese mundo “que se diría terminado”, ese mundo que tal vez nunca empezó del todo, “que se averió antes de empezar”.

Aprovecho la monotonía de los semáforos para apropiarme de los Paisajes de José Carlos Rosales que Erika Martínez ha reunido en un volumen precioso que acaba de publicar Renacimiento. Lo hago un día parcialmente nuboso. Consciente de la insolencia que debe ser no apagar las noticias de la radio, me deslizo en sus versos para verme como uno de sus buzos incorregibles, ahogada “en vidrios de tristeza que ponen sordo el día”. Las mujeres hemos perdido hoy otro derecho más. El Gobierno por fin cumple algo de su programa electoral: la dura reforma del aborto. Una regresión de treinta años. Nos dice el ministro Gallardón que es “garantista”, que no se nos criminaliza y que, en absoluto, es que se desconfíe de la madurez de la mujer para tomar la decisión de interrumpir el embarazo. Pero lo que encontraremos en el BOE es que sólo hay dos motivos legales a los que nos podemos acoger: violación y riesgo grave para la salud física o psíquica de la madre (después de siete días de reflexión y con dos informes psiquiátricos que así lo avalen). Reconozco que celebro que las menores necesiten permiso para abortar y lo tengan que hacer acompañadas de sus padres, pero nunca entenderé que sea un “triunfo de la vida” traer a este mundo a un niño con graves malformaciones. La ley Gallardón será más restrictiva que la de 1985.

Escucho el avance de la noticia volviendo a casa del trabajo. Me alegro de tener trabajo para pensar que, si alguna vez me ocurre a mí, podré coger un avión para no verme obligada a recurrir a la caridad de las Vera Drake del mundo cuando vuelvan a convertirse en el último eslabón de una situación desesperada. Egoístamente pienso que yo no tendré que poner en riesgo mi propia vida y me hunde la impotencia de saber que poco puedo hacer por las muchas españolas que quedarán expulsadas a la clandestinidad. Otro paso de involución que costará años restaurar porque, si el Partido Socialista vuelve a gobernar algún día en este país, el trabajo que tendrá por delante será inmenso: de la reforma laboral a la educativa, de las tasas judiciales a la ley de orden público, del copago sanitario al IVA cultural. En una misma semana, el aborto y el ‘tarifazo’ eléctrico con la mayor subida en veinte años.

Salgo a la autovía con el periódico del día en el asiento del copiloto. Me falta la chocolatina, pero me da la sensación de que ya está tan viejo y arrugado como el de José Carlos Rosales, con las mismas hojas de historia efímera que hablan “como si el mundo estuviera repleto de palabras y citas, declaraciones rotas, calumnias y traiciones”.

Yo también hace tiempo que miro las montañas de arena sin saber lo que guardan; sin querer saber que son “almacenes de ceniza donde el miedo envejece”. De las cosas que pasan, yo también miro sólo las que me hieren, las que más duelen, las que no valen nada.

Apago la radio y doblo el periódico lamentando el mundo que este ejemplar encerrará en un volumen enorme y pesado de cualquier hemeroteca esperando que sus páginas “se llenen de insectos o galápagos”.

Si pudiera haría caso al poeta y vería las cosas que nos enseñan la otra cara del mundo: “las que pasan sin hacer casi ruido… las que brillan muy poco y nos desvelan la calma de la luz del horizonte, el sosiego de una tarde tranquila, de unos labios sin filo”.

P.D. Si puede regalar, regale un buen libro esta Navidad; lea un buen libro esta Navidad. Vaya a la librería de su barrio o a la biblioteca. No lo compre al peso en el supermercado; Belén Esteban ya ha vendido 100.000 ejemplares con sus “ambiciones”… De momento, el derecho a leer (y a pensar), el derecho a decidir qué leer, todavía nos pertenece.