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La vía Montoro del 155

Magdalena Trillo | 14 de enero de 2018 a las 12:19

El sentido común y la política pocas veces discurren en sintonía. No voy a defender que un fugado de la justicia gobierne Cataluña desde Bruselas, pero sorprende escuchar la vehemencia con que se pronuncian desde Madrid quienes, de facto, ya están gobernando en la Generalitat y quienes lo harían -si pudieran- en las comunidades autónomas hostiles que no dejan de exigir la revisión del modelo de financiación, en los cientos de municipios y diputaciones (incluidos del PP) que se rebelan porque tienen superávit y no pueden invertir -el Gobierno antepone la suicida regla de gasto- y en esos 660 ayuntamientos que se empeñan en incumplir los ajustes de Hacienda.

Aunque, siendo honestos, decir que se gobierna es una exageración. Respiración asistida y un decadente reloj de arena donde ya se ha instalado el deadline electoral. Me refiero, por supuesto, a la segunda vuelta que desde el 21-D planea sobre Cataluña -la quiebra del bloque independentista y la inesperada reconversión de los artífices de la vía unilateral no parece dejar más salida al radicalismo separatista que volver a desafiar la legalidad- pero también a la incertidumbre a nivel nacional con un PP incapaz de gestionar cualquier circunstancia que se salga de la inercia -lo del temporal vía skype desde Sevilla nada tiene que envidiar a la vía plasma desde Bruselas- y, sobre todo, el escenario autonómico que en comunidades como Andalucía se sitúa ya en marzo del próximo año -si no se adelantan a otoño- y el tablero local con las municipales de mayo.

El informe de los servicios jurídicos del Gobierno, apoyado en fundamentos de la ley del Sector Público, del Estatut y del propio Parlament, no sólo sostienen la ilegalidad de la vía telemática y por delegación para la investidura de Puigdemont sino que también cuestionan que se pueda gobernar desde el extranjero. Todo muy claro y atado pero sólo hasta que se diga lo contrario con los artículos precisos de los reglamentos oportunos y acabemos, de nuevo, ante el Constitucional.

La bondad de esta vía, la que llevó a la aplicación del 155, ya la conocemos; tenemos sin embargo todo un terreno por explorar vía Montoro. La de la puerta de atrás. La economía se impone, de nuevo, y sin discrepancias de interpretación. La carta remitida esta semana a los ayuntamientos incumplidores es demoledora: el Ministerio se ha dirigido a 660 alcaldes para pedirles explicaciones. Se habían comprometido a hacer recortes, subir el IBI o eliminar bonificaciones y no lo han hecho. Era la contrapartida de la zanahoria de los fondos de liquidez que el Ejecutivo lleva aprobando desde 2012 -el año más negro de la crisis- dando patadas a la bola de la ruina municipal.

Cuatro folios con una cadencia de amenazas en alarmante crescendo: adiós a las líneas rojas de los servicios básicos y los despidos. Incluso se apunta las medidas más drásticas y coercitivas de la Ley de Estabilidad: la disolución de la corporación. Más ingresos o menos gastos; no hay margen. Y no son sólo palabras: en paralelo, también han remitido una carta a los interventores recordándoles que su “obligación” es exigir el cumplimiento de los objetivos presupuestarios y las normas de morosidad. Que sean “proactivos”.

Granada, una vez más, está en la lista negra. Es la herencia del PP pero es también la situación de “esquizofrenia política” que se ha instalado en la Plaza del Carmen. Es difícil encontrar una forma más lúcida de expresarlo: la operación Nazarí desencadenó el desalojo del equipo de Torres Hurtado y sentó al PP en la oposición con la mitad del grupo pendiente de los tribunales y otra mitad pendiente de qué hay de lo mío; los socialistas se encontraron con el bastón de mando en una de las etapas más ingratas, complejas y de bloqueo que ha podido vivir el Ayuntamiento de la capital; en Vamos Granada no son capaces ni de votar en pleno con un mismo criterio; Puentedura salva los muebles de IU como puede; y en Ciudadanos se unen a la ola de euforia de las encuestas sin mayor responsabilidad que la escuela gallega de dejar el tiempo pasar.

Hasta he llegado a pensar que no sería ninguna tragedia que (des)gobierne Montoro con su particular vía 155.

Nada que rectificar

Magdalena Trillo | 11 de junio de 2017 a las 10:55

Lo que más me ha impresionado siempre del método científico es la normalidad con que los investigadores asumen errores y rectifican. Es más, cuanto más asentado esté el principio, la creencia o el hecho que se desmonta, mayor valor tiene el hallazgo. Desde el origen de la vida y la teoría del caos hasta la aparente insignificancia con que se va transformando nuestro día a día a golpe de invisibles reajustes, refutaciones y descubrimientos cotidianos. Unas veces son las ideas y otras la tecnología; pero en todos los casos es progreso; conocimiento; madurez. Refleja nuestra capacidad como seres humanos para aprender y evolucionar.

Una de las noticias de más impacto de esta semana se ha producido al otro lado del Estrecho: un equipo de antropólogos han sacado a la luz unos fósiles de homo sapiens en Marruecos que cambian la historia de nuestra especie: los huesos datan de hace 300.000 años, constatan que evolucionamos antes de lo que se pensaba y que lo hicimos a lo largo de toda el continente africano, que ya no podemos pensar (sólo) en Etiopía y hablar de una “cuna de la humanidad”.

Me podrían replicar que ‘contradecir’ a los muertos es relativamente fácil, que no es lo mismo refutar a un colega de la universidad de al lado, mucho menos enfrentarte a un lobby -como el que, por ejemplo, acaba de ponerse en marcha para rescatar el aceite de palma-, y hasta me podrían recordar las históricas guerras entre científicos que custodian las hemerotecas. Todo admisible y asumible si ascendemos a un planteamiento ligeramente superior: los humanos no estamos diseñados para corregir. La autocrítica es sinónimo de conflicto. De angustia. De debilidad.

Hace décadas que se estudia en el campo de las Ciencias Sociales. Allá por 1950, el psicólogo Leon Festinger ya propuso la teoría de la “disonancia cognitiva” cuando investigó a un grupo religioso que creía que un platillo volador los rescataría del apocalipsis el 20 de diciembre de 1954. No ocurrió pero tampoco hubo error alguno: Dios había decidido perdonarlos.

Les confieso que, sin este principio, soy incapaz de interpretar buena parte de las otras noticias -supuestamente importantes- que se han producido en los últimos días. A los dos años de la inauguración del Centro Lorca, la cámara acorazada de su legado sigue vacía. El ‘5 a las 5′ se celebró el lunes, con el mismo ritual de todos los años, y al edificio de la Romanilla no ha llegado ni un manojo de dibujos ni un discreto manuscrito. Pero no hay errores, equivocaciones ni responsabilidad; hay una explicación: ¿quién habló del 5 de junio? El anuncio no existió.

Como tampoco existirá la subida del IBI, porque el alcalde ya ha proclamado públicamente que el plan de saneamiento con que los socialistas quieren evitar la intervención de Hacienda “no toca el bolsillo de los granadinos”. Efectivamente, pocos de nosotros sacaremos el dinero de la faltriquera (probablemente nos lo cargarán en la cuenta bancaria) cuando dentro de un año paguemos las facturas con un 4% más de castigo por la herencia recibida del PP -ahora se llama “herida”-, cuando al ejercicio siguiente sigamos socializando las pérdidas asumiendo otro 4% y así hasta en tres ocasiones. Como mínimo.

El precio del autobús no iba a subir hasta que subió -empezando por los 20 centimillos extra del transporte del Corpus- y no resultaría aventurado jugar a los futuribles hasta que entre todos nos convenzamos de que la ruina económica tampoco existió (la de ellos, por puesto, no la nuestra).

Lo más valioso de la disonancia cognitiva es que no entiende de fronteras, de banderas ni de colores. La podemos aplicar en la Plaza del Carmen con la misma contundencia que si damos un paseo hasta La Normal: después de 14 años, en pleno escándalo por la indemnización millonaria al promotor del Nevada, la Junta cesa a la jefa del gabinete jurídico alegando “razones funcionales de organización” -no es ningún “castigo” porque haya habido errores en la gestión del contencioso- y asciende al letrado que llevaba el caso y no fue a la polémica vista de hace un año en la que se fijó la cuantía de la multa -pero no es ningún “premio”, es que tenía el mejor perfil-.

Tan efectiva como si decidimos viajar a Barcelona, Madrid o Londres para analizar el procés catalán, la amnistía fiscal de Montoro o la deriva de Theresa May. No hay errores ni contradicciones. Nadie firma la pregunta del desafío independentista para la creación de la “República” catalana -es puro teatro-, nada importa de una sentencia si no tiene consecuencias palpables -ninguno de los Pujol, Rato, Bárcenas, Granados o Granados que se beneficiaron del indulto del Gobierno tendrán que devolver un euro- y pocas explicaciones hay que pedir a los conservadores británicos sobre unos recortes en seguridad que nunca existieron.

Es menos estresante cambiar los hechos que aceptarlos. Especialmente, si seguimos las evidencias de estudios posteriores demostrando “el aumento del poder y el control personal” que sentimos los humanos cuando nos negamos a rectificar. Nos envalentona. Nos hace fuertes. Advierten los psicólogos -les recomiendo el artículo del New York Times “¿Por qué nos cuesta reconocer los errores?”- que es un efecto a corto plazo; que lo realmente humano es la honestidad y la humildad; que ser obstinado al final muestra a los demás una profunda debilidad del carácter… Pero todo esto es en el mañana, no en el hoy.

Si les suscita alguna duda lo expuesto hasta aquí, piensen en Donald Trump. Es el paradigma. De la disonancia cognitiva y de ese profundo trastorno narcisista de la personalidad que hace unas semanas le diagnosticaron unos investigadores de la Universidad de Granada. No hacía falta un estudio científico. Ni para Donald Trump, ni para el resto de personajes que hilvanan este artículo ni para los muchos que podrían aparecer.