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No es (sólo) la Capitalidad Judicial

Magdalena Trillo | 14 de mayo de 2017 a las 10:18

Desde Sevilla y Málaga nos miran con condescendencia cuando nos movilizamos contra el aislamiento ferroviario, las penalidades del AVE y el retraso del Metro: la situación de Granada es inaudita, ninguna provincia española habrá sufrido un cúmulo de fatalidades, promesas incumplidas y bloqueo tan largo e inexplicable en toda la democracia. La marea blanca fue una sorpresa para todos, incluidos los protagonistas: la indignación explotó en la calle, se canalizó en las redes sociales y ha tenido consecuencias tangibles en modo de reversión completa de la fusión hospitalaria.

El Juntos por Granada con que hemos empezado a defender la capitalidad judicial no tendría ningún sentido sin estos dos precedentes. Es más, si media España no fuera testigo de los agravios y el maltrato que Granada está recibiendo en sus múltiples guerras -unas buscadas y otras sobrevenidas-, el Parlamento andaluz en bloque no hubiera cerrado filas esta semana (inaudito ver cómo los viejos y nuevos partidos se ponen de acuerdo en algo) para presionar a Madrid y conseguir blindar el TSJA -con fachada y contenido- como símbolo del reparto de poderes que se acordó en los 80 en nuestro Estatuto de Autonomía con artífices de excepción como Rodríguez de la Borbolla y Torres Vela.

Pero basta poner un pie fuera de la forzada división provincial que se inventó Javier de Burgos en el siglo XIX para que nos adviertan de que, “en este caso”, nos equivocamos tomando partido por algo que no es más que “puro corporativismo”; para que nos alerten de que acabamos situándonos al lado de esos señores altivos de las togas que están protagonizando uno de los capítulos más vergonzosos en la historia de la Judicatura de este país con la batalla interna en el Ministerio Fiscal; y para que se muestren más que escépticos sobre el éxito que pueda tener la movilización. ¿Esperamos comprensión y un paso atrás por parte de la misma cúpula que está acusando a sus subordinados de desleales, que está filtrando información comprometida que afecta a investigaciones en curso y que está pidiendo disculpas públicas para defender las meteduras de pata de su Gobierno?

Me cuentan que lo desplazar las nuevas secciones de lo Penal a Sevilla y Málaga, el despiece del TSJA que acabaría por vaciar de contenido el imponente edificio de la Real Chancillería, fue un apaño final de los ministros Zoido y Catalá con el presidente del CGPJ, Carlos Lesmes, en una operación ideada por el magistrado sevillano Antonio Dorado, actual secretario general de Administración de Justicia, que incluso habría tenido el visto bueno del PP -un Moreno Bonilla barriendo (legítimamente) para casa-.

¿Es una cuestión corporativa? ¡Claro! Pero para todos. Es un trampolín profesional para ascender al Supremo -con sus elevados sueldos y sus privilegios- y sí… habría que trabajar en Granada. Pero cualquier magistrado andaluz se puede presentar a las plazas y ganarlas por méritos propios. Otra cuestión, por supuesto, es si los aspirantes de Málaga y Sevilla quieren que les lleven el trabajo a casa…

¿Jurídicamente se sostiene? No tengo ninguna duda -y lo puedo corroborar con el mareo de artículos que ya me han hecho llegar para justificar una decisión y la contraria- que podría tener amparo legal. Aun en el caso de tener que estrujar lo estipulado en el Estatuto andaluz y en los reglamentos pertinentes que lo desarrollan.

¿Técnicamente es defendible? Me dicen que desde noviembre se han registrado 4 apelaciones… Si pensamos en cómo se eternizan las macrocausas -hasta el punto de correr el riesgo de que se prescriban delitos-, en la desesperación con que, año tras año, los responsables de los altos tribunales reclaman más personal y medios técnicos y añadimos la saturación y disfunciones del día a día -esta misma semana se han tenido que aplazar las declaraciones en el caso Serrallo de la mitad del equipo de gobierno de Torres Hurtado porque se cayó el sistema- no pareciera que estemos ante un asunto ni importante, ni oportuno ni urgente.

Es un ataque simbólico. Uno más. Y, si no tiene la mayor importancia, que desde Sevilla y Málaga nos expliquen por qué se movilizan, por qué emiten declaraciones institucionales y por qué construyen frentes de apoyo amparándose en complejas interpretaciones jurídicas y engañosos tecnicismos.

No es (sólo) la Capitalidad Judicial.

A lo grande

Magdalena Trillo | 20 de noviembre de 2016 a las 10:30

Toda la historia de la Humanidad se ha intentado escribir en mayúsculas. Desde las obras faraónicas de la antigüedad hasta la megalomanía de los monumentos y esculturas que, en ciudades de todo el mundo, nos recuerdan la debilidad del hombre por lo grande. Su rendición, calibrada en toneladas de mármol y de hormigón, al viejo pecado de la vanidad.

¿Pero más es mejor? La crisis económica se ha encargado en los últimos años de darnos una dura lección de pragmatismo: no todos los proyectos los podemos valorar al peso; no si hablamos de éxitos y de fracasos. Podríamos recordar casos simbólicos como el aeropuerto de Castellón o la Ciudad de las Artes de Valencia, detenernos en cualquiera de las burbujas que se han ido desinflando a golpe de realidad y, en un plano mucho más escurridizo, cuestionar sin miramientos la contagiosa deriva de crecimiento incontrolado que se ha terminado infiltrando en las instituciones públicas de todo el país.

Granada no es una excepción. Al contrario. La enfermedad del gigantismo la vivimos por partida doble: en dimensión y en tiempo. Tal vez ya no nos acordemos de lo que nos costó librarnos de los conos para poder bajar en autovía a la playa ni de la eternidad que hemos sufrido hasta ver la A-7 terminada. Pero es porque había una sólida razón: eran absolutamente necesarias y, al final, funcionan. En estos momentos, las dos grandes infraestructuras en macha, el Metro y el AVE, comparten una larga década de complicaciones, replanteos y retrasos y una preocupante incertidumbre sobre su utilidad y su viabilidad. Al tranvía lo hemos visto esta semana atravesar en pruebas todo el trayecto subterráneo del Camino de Ronda y circular por el Zaidín -nada más elocuente que el “¡Ya era hora!” con que los vecinos se unieron el jueves a la preinauguración- suscitando una compartida expectativa de optimismo: que se ponga en servicio para Semana Santa y que se cumplan los datos que maneja la Junta sobre el nivel de usuarios y rentabilidad. El caso del AVE es mucho más sombrío: no hay un horizonte en el corto plazo para poner fin al aislamiento ferroviario que sufre la provincia desde hace cerca de 600 días ni un compromiso de fechas por parte de Fomento para la llegada definitiva del tren. Para el proyecto del soterramiento sólo hay buenas palabras y, lo más grave de todo, no está claro que sea un sistema de Alta Velocidad realmente competitivo lo que acabe llegando a la Avenida de Andaluces. Eso sí, a una estación “remozada” que nada tiene que ver con el millonario y majestuoso proyecto que en su día diseñó Rafael Moneo y el equipo de Torres Hurtado se encargó de tumbar porque -en este caso- era “demasiado” para Granada…

El Hospital del PTS va camino de convertirse en un ejemplo de manual sobre cómo convertir un proyecto emblemático para una ciudad en un problema. Después de 14 años de espera, el complejo sanitario abrió sus puertas en verano desencadenando la mayor crisis que probablemente haya sufrido el SAS en Andalucía en toda la Democracia: aunque hasta la Junta reconoce ya los desajustes y errores que se han cometido en el proceso de fusión, la realidad hoy es que Granada tiene uno de los hospitales más grandes de España, uno de los mejor equipados de toda Europa y un monumental clima ciudadano de cabreo que, lejos de amainar, ya se ha contagiado a Málaga y Huelva. ¿Se acuerdan del proyecto? Se trataba de levantar un ‘nuevo Clínico'; de construir un gran hospital -con más de 160.000 metros cuadrados, es la mayor obra civil de Andalucía- para mejorar la asistencia de los usuarios del decadente San Cecilio. Pero la crisis económica, los recortes presupuestarios y la reorganización hospitalaria llegaron después desdibujando la idea inicial y transformando lo que debió ser un éxito -una de esas grandes iniciativas sociales que ayudan a ganar elecciones- en un incontrolable problema.

Frente al PTS, el Centro Nevada abre esta semana sus puertas. Después de 21 años de pleitos, denuncias y líos judiciales, se pone en marcha uno de los gigantes del comercio más grandes de España. Un imponente árbol de Navidad, el más alto de Europa, saluda ya a los miles de visitantes que pasarán cada día por las más de 250 tiendas y establecimientos que integran la oferta comercial y de ocio inicial -los cálculos del promotor son superar los 25 millones al tercer año-. Sobre la inmensidad de los 280.000 metros cuadrados del parque comercial, Tomás Olivo recordaba ayer a los medios que se han invertido 480 millones de euros y que generará más de 7.000 empleos… Sin resentimientos, mirando “hacia adelante”. Lo que no sabemos es cuántos destruirá. Si la riqueza que generará el Nevada Shopping compensará el incierto destino de otros centros como el Serrallo. Porque ahí está el fantasma del Neptuno para generar la duda. Porque el Leroy Merlin acaba de cumplir un año y, a sólo unos cientos de metros de distancia, ya ha cerrado el Akí.

No sólo el pequeño comercio está preocupado. El colapso de tráfico en la zona es ya una rutina para cualquiera que transite por la Ronda Sur. Aunque se han activado algunas medidas de choque para agilizar los accesos, no es difícil intuir la imagen que tendrá la Circunvalación cuando nos sumerjamos en la fiebre consumista navideña. Y el ruido. Y la contaminación. Podríamos compensar pensando que, para primavera, se habrá creado un gran corredor verde en todo el entorno del PTS con más de 2.000 árboles: el parque más grande de Granada. Un nuevo pulmón verde de 117.000 metros cuadrados para lo que está llamado a ser “uno de los espacios de excelencia” de Granada. El consejero de Economía visitaba este viernes la ciudad para conocer junto al alcalde el estado de las obras de urbanización de zonas verdes y espacios libres que se iniciaron en verano una vez superado el desacuerdo entre la Junta y el Ayuntamiento. La previsión final de inversión global en el PTS, con 2.800 profesionales trabajando ya en el centenar de empresas ubicadas en el Campus y en torno a 3.000 en el Hospital, llegará a los 750 millones.

Sobre un Excel, las cifras son incontestables. De todos los proyectos. Para responder la pregunta inicial habrá que esperar y tiene matices. ¿Más es mejor? ¿Grande es sinónimo de éxito? Puede. En comparación con qué y según para quién.

Del 15-M al 16-O

Magdalena Trillo | 23 de octubre de 2016 a las 10:47

Estamos dejando atrás casi una década de implacable crisis económica sin mayores altercados en las calles que un puñado de voluntaristas concentraciones. Nadie se ha puesto a quemar contenedores y en muy pocas ocasiones la violencia -ni física ni verbal- ha trastocado los valores mínimos de convivencia. Con mayor o menor éxito, protestas descafeinadas y manifestaciones de limitado impacto han servido -hasta ahora- como controlada válvula de escape al malestar. A la indignación.

El 15-M empezó todo. Se hizo política en la calle y la calle ha terminado entrando en los plenos y en los parlamentos. Cinco años después, la lectura de la protesta del 16-O de Granada ha de ir mucho más allá del manifiesto cabreo ciudadano que ha provocado una transformación sanitaria de la envergadura de la afrontada en Granada. En la existencia (o no) de recortes y ajustes presupuestarios derivados de la reorganización hospitalaria. De lo oportuno (o no) de la fusión de servicios cuando en otras provincias andaluzas se han plantado y sigue congelado todo el proceso. De lo acertado (o no) del diseño final de un nuevo mapa de atención sanitaria a partir de la puesta en marcha de uno de los hospitales más punteros y mejor equipados de toda España. De lo que debería haber sido un salto cualitativo sin precedentes para una provincia como Granada acostumbrada a bailar entre el agravio y el olvido.

El domingo pasado escuchaba a un policía explicarles a unos turistas qué ocurría en la Gran Vía okupada por una inmensa marea de batas blancas: “Están protestando. Es que les han hecho un hospital muy grande, y muy bueno, y ahora no lo quieren”.

Nada más lejos de la realidad. No es eso. Tampoco es una enmienda integral al sistema sanitario. La sanidad andaluza funciona; la granadina, también. Otra cuestión son los modos del cambio y las consecuencias del cambio. En un complejo cóctel difícil de digerir, está por un lado esa humana resistencia a todo lo que zarandee nuestra acomodada existencia, están los lógicos intereses personales y profesionales de quienes se convierten de repente en piezas móviles del puzle sanitario y está, por supuesto, la inevitable politización. Pero, aun quitando a varios miles de personas por todos estos motivos, todavía nos quedan otros miles a los que deberíamos escuchar cuando reservan una mañana de domingo para salir a la calle.

La magnitud de la protesta del 16-O nos ha sorprendido a todos. Al propio alcalde que cometió el error de no ir dando espacio a la oposición para que cuestione si de verdad defiende los intereses de su ciudad o de su partido, a una Consejería de Salud que no ha tardado ni una semana en congelar todo el proceso, reestructurar el servicio de urgencias, poner un plan de choque para resolver el caos de la gestión de citas y aplazar la mudanza del Materno y a la propia Junta de Andalucía -con Susana Díaz a la cabeza- que ha visto cómo todos los partidos se unían en el Parlamento para exigir un paralización del proceso de fusión.

ahora si

El 16-O no se entiende si no tenemos en cuenta que hablamos justamente de sanidad, de esa bandera de la autonomía andaluza que durante décadas ha sido sinónimo de éxito y de rentabilidad electoral. Tampoco se entendería si no echamos la vista atrás y sumamos al ‘basta ya’ del domingo el clima de crispación que los españoles hemos acumulado en los últimos años con la paulatina degradación de los pilares del Estado del Bienestar. Reconozcámoslo: ni la sanidad ni la educación, ni la universidad ni la cultura, ni los servicios sociales ni las políticas de igualdad han sido ajenas a los recortes, a la asfixia financiera y a las limitaciones presupuestarias. Tampoco en Andalucía.

Pero nos equivocamos si simplificamos esta crisis buscando héroes y villanos. Si no somos capaces, por ejemplo, de admitir la asignatura pendiente que tiene el SAS en Andalucía con la atención primaria: con esos centros de pueblos y barrios que no lucen tanto en las fotos pero son la puerta de entrada al sistema; el principio de la prevención y la buena atención sanitaria o los causantes del caos y el cuello de botella que luego criticamos en los hospitales. Si no nos damos cuenta del avance que está experimentando la sanidad privada en nuestro modelo neoliberal de privilegiados y damnificados a costa de la pública. Si nos preocupamos qué parte hay de acierto de unos y de errores de otros.

No es con dimisiones ni con parches como deberíamos afrontar la lectura de la masiva movilización del domingo pasado. ¿No se podría haber arriesgado algo en el Consejo Asesor -supuestamente llamado a buscar una salida consensuada a la crisis- siendo valientes, generosos y sensibles con las plataformas y los profesionales? ¿Incorporando a voces realmente críticas? ¿La fusión de servicios es irreversible? ¿Es irreversible la reorganización hospitalaria? Salvo la muerte, poco debería ser irreversible… Yo no tengo la respuesta pero son muchos los que opinan que con una hoja de ruta de trabajo a un año, “seria y con recursos”, se puede revisar, restablecer y reajustar lo que se quiera.

Lo que deberíamos analizar es cómo conseguir que la inauguración de un gran hospital como el del Campus sea un avance sin precedentes para la sanidad granadina y no un motivo de crispación. No recurro al 15-M para poner ninguna medalla a quienes desde Podemos y las mareas han llevado aquel espíritu contestatario a las instituciones; tampoco es ningún reconocimiento personalista para quienes -con mayor o menor sobreactuación- han movido los hilos de la movilización del 16-O. Creo que es una forma sencilla y simbólica de reflexionar sobre la trascendencia real de lo que vivimos hace justo una semana por encima de lecturas interesadas, de prejuicios y de estériles disputas numéricas.

spiriman

Reconozco que cuando vi mantear a Spiriman en la cabeza de la manifestación y escuché a la gente pedir “dos hospitales completos” creí estar dentro de una de esas provocadoras viñetas de Martínmorales que se exponen estos días en Puerta Real. Veo sus dibujos censurados y me pregunto si las portadas con que llegamos a los quioscos el lunes hubieran pasado el filtro. Lo bueno de los tiempos líquidos de hoy es que cualquier intento de silenciar, manipular o minusvalorar lo que pasa en la calle está abocado al fracaso. Y al desprestigio. Lo sabemos los medios y lo deberían saber los políticos.

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La ‘verdad’ de las reformas

Magdalena Trillo | 13 de mayo de 2012 a las 17:16

Viuda. Con dos hijos. Limpiadora. De la Chana. Una mañana se encuentra en un autobús dos “tochos de billetes” y los devuelve. Se los había olvidado un chino que viajaba de Madrid a Granada para abrir un negocio en la ciudad.14.000 euros. Lo que ella puede ganar en un largo año de trabajo. Conclusión: todavía hay gente honrada en España. A pesar de los políticos, los banqueros, los jueces y los servidores públicos que, como predica el Rey y no cumple, desconocen por completo qué significa “ejemplaridad”. Yenalia Huertas contaba la historia de Palmira esta semana en Granada Hoy. Desde entonces no dejo de darle vueltas: ¿yo los habría devuelto? ¿Usted qué haría?

Dice el Gobierno que no es momento para la depresión sino para la esperanza. Y nos ‘anima’ con una sorpresiva campaña publicitaria en la que nos cuenta “la verdad de las reformas”, de la educación y de la sanidad frente a las mentiras y el alarmismo socialista… Y sí, después de ver las verdades que ‘venden’ en su web, hay que darle la razón a Wert: lo que tenemos son “prejuicios”. No sustituir a un profesor hasta el décimo día que esté de baja (en Andalucía se había visto como una ‘conquista’ lograr el recambio en 48 horas), aumentar el número de alumnos por clase, obligar a los docentes a impartir más horas –rebajándoles el sueldo y reduciendo las plantillas–, aplicar el ‘tasazo’ en las universidades y endurecer las exigencias para conseguir una beca es el camino para la “excelencia” en la enseñanza.

En la sanidad hablaremos directamente de negocio. Empezamos obligando a los pensionistas a pagar las medicinas, eliminando la tarjeta sanitaria a los ‘sin papeles’ y reduciendo la cartera de prestaciones gratuitas; avanzamos cobrando las muletas, las sillas de ruedas, las prótesis y hasta cinco euros por día de hospitalización como quiere Cataluña y terminamos… haciéndonos un seguro privado y quebrando el sistema nacional de salud. Enfermar, morir, una cuestión de clases. Éstas, por supuesto, no son la verdades del PP sino el resultado de leer la letra pequeña de los decretos…

Si Palmira se hubiera quedado con los 14.000 euros del chino no tendría que preocuparse de enfermar ni hacer cuentas para que sus hijos sigan estudiando. Ella abrió y cerró la pequeña bolsa mil veces y prefirió dormir tranquila. Otros se van a lujosos hoteles en Marbella y pasan la factura al Supremo para que les paguemos sus descansos con nuestros impuestos. Y da igual si es una “minucia” de 6.000 euros, un euro o un millón…

El señor Dívar, el señor Camps, el señor Urdangarin, el señor Rato o el señor Guerrero viven sin el menor remordimiento. ¿Hubieran devuelto ellos el dinero? Efectivamente, lo que le pasa a Palmira, como a la inmensa clase trabajadora de este país, es que tiene prejuicios. Matizo la conclusión inicial: ¡cuánta gente humilde hay honrada en este país!

Como imaginarán, Palmira no aparece en la campaña #laverdad del PP. Tampoco los indignados del 15M que siguen clamado por un “cambio global” en su primer aniversario y mucho menos los ‘yayoflautas’, esos abuelos “cabreados” que lucharon en su día por una España de democracia, libertades y derechos y ahora no están dispuestos a volver al punto de partida. Se pusieron en marcha en Cataluña, casi en la clandestinidad, reinventado los “perroflautas” de Aguirre, y acaban de anunciar el salto a Madrid, Sevilla y Granada.

Prejuicios. Divergencia de criterios. Unos ven las reformas como “garantía de futuro” y otros como involución. Es lo que les pasa a los sindicatos con el abaratamiento del despido, la subida de impuestos, la amnistía fiscal, el copago farmacéutico y la subida de tasas en la Universidad. Ellos también defienden su verdad y por eso han decidido convocar en otoño una especie de referéndum, de moción de censura popular, para que los ciudadanos opinen libremente sobre las reformas.

Entre las verdades de unos y otros, sin olvidar el vídeo que el PSOE está moviendo en Youtube con el cara a cara en el que Rubalcaba ‘vaticinó’ a Rajoy toda su política de recortes, al menos dejaremos de malvivir en ese espejismo de solvencia con el que nos ha engañado nuestro sistema bancario durante más de tres años.

Y ésta sí que es una verdad sin matices. Tanto como el aumento del paro que seguiremos sufriendo este año –pese a la verdad de las reformas–, el incumplimiento del déficit y la caída de la economía española que nos acaba de anunciar Bruselas.

Se acabaron las utopías

Magdalena Trillo | 22 de abril de 2012 a las 9:37

REFORMAS o recortes. Para solucionar deficiencias o para hacer caja. Para ser más competitivos o para contentar a los mercados. ¿Tiene realmente el equipo de Rajoy una hoja de ruta para salir de la crisis o es su gobierno una peligrosa reacción impulsiva a cada bajada del Íbex? ¿Negocia o impone? La improvisación, la descoordinación y las progresivas rectificaciones que han acompañado en los últimos días a la mayor transformación del Estado que se ha planteado en treinta años de democracia sólo tiene una lectura posible: estamos utilizando la crisis financiera para minar la España de las Autonomías y desmantelar la justicia, la sanidad y la educación tal y como las conocíamos hasta ahora: gratuita, igualitaria y universal.

Notas de prensa a las cinco de la tarde que esconden un ajuste extra de 10.000 millones con el que el Ejecutivo invalida su propio presupuesto y confirma su enésimo incumplimiento del programa electoral. Rajoy huyendo por el garaje del Senado para no dar la cara ante los periodistas, el anuncio del copago farmacéutico en una filtración periodística desde México… ¿No eran los socialistas los que tenían problemas de comunicación? La realidad es tozuda: ni bastaba con sacar a Zapatero de La Moncloa para calmar a los inversores ni era suficiente enarbolar la gaviota azul para generar confianza y credibilidad. Ni dentro ni fuera de nuestras fronteras.

Lo comprobamos ‘fuera’ cada mañana cuando nos disputamos con los italianos la prima de riesgo más alta y cercana al rescate; nos lo recuerda el FMI cuando advierte que este año llegaremos al 6% de déficit (no el 5,3 comprometido) y nos alerta del “riesgo financiero” que supone que vivamos más de la cuenta; lo sufrimos al otro lado del Atlántico cuando la señora Kirchner expolia tan alegremente Repsol, aunque sea tras tener que aclarar que es la “presidenta de Argentina y no una patatera”; y decepciona cuando se envilece la campaña electoral francesa con Sarkozy y Hollande atacando a España para ganar votos con el mensaje del contagio y el miedo.

Tampoco ‘dentro’ se puede ser creíble cuando se anuncian medidas para ahorrar 7.000 millones en sanidad sin entregar ni un solo papel a los consejeros que han de aplicarlas, sin aportar una memoria económica que detalle el impacto real del plan de reforma y sin estudios sólidos que expliquen, y justifiquen, que “el sistema no es sostenible” y que es mejor camino cobrar por las medicinas a los pensionistas que reducir la cuenta de resultados de las farmacéuticas.

Sería iluso negar que no hay deficiencias, abusos y hasta despilfarro en nuestra sanidad (3.700 toneladas de medicinas se tiran a la basura al año), pero nadie del Gobierno ha aportado de momento ni una sola prueba de que el polémico ‘repago’ sirva para atajar tales problemas. Más bien al contrario. Nuestros vecinos portugueses, por ejemplo, empezaron a aplicarlo hace 25 años con la misma finalidad y ya han extendido el cobro de los fármacos a las consultas del médico de familia, al especialista y las urgencias sin que se haya reducido el déficit. Hoy, un millón y medio de usuarios lusos no tienen médico asignado y se ven obligados a hacer cola de madrugada a las puertas de los centros de salud para ser atendidos.

El mensaje del Gobierno, obviamente, es diferente: los parados sin prestación no tendrán que pagar por sus medicamentos, los jubilados lo harán según su renta y se acabará con el fraude del turismo sanitario. Todo bondades y equidad. Si en Andalucía, País Vasco y Canarias también gobernara el PP sólo podríamos aplaudir al Gobierno por su disposición a terminar con los “abusos” y poco sabríamos de la letra pequeña. Como la que conocimos el viernes tras la aprobación del decreto-ley: que también se va modificar la ley de extranjería contra los ‘sin papeles’. El padrón no será suficiente para acceder a la tarjeta y, eso sí, ahorraremos 500 millones.

Siempre he pensado que más peligrosas que las mentiras son las medias verdades. Por eso me ha resultado casi valiente escuchar al senador del PP Jesús Aguirre confesar hace unos días que, “pasadas las elecciones”, ya se puede hablar claro sobre la sanidad: “la solidaridad, universalidad o gratuidad son una utopía”. Lleva razón pero se queda corto. Lo que se han acabado en la España de Rajoy son las utopías.