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¿Seguro que (sólo) hablamos de sanidad?

Magdalena Trillo | 15 de enero de 2017 a las 10:27

Tres meses después del estallido de la crisis sanitaria, Granada volverá hoy a salir a calle con las mismas protestas y exigencias que el primer día. A la espera de comprobar el nivel de éxito de la convocatoria -el fracaso ni se plantea-, todo hace pensar que tendremos una contundente banda sonora de críticas y un buen álbum de fotografías de indignación y cabreo que podríamos intercambiar con cualquiera de las movilizaciones que se han sucedido en estos casi cien días de conflicto.

¿Todo sigue igual? ¿Nada se ha avanzado? Depende de lo que nos interese creer y defender. De entrada, y es algo que debería preocupar más allá de reproches sobre “oportunismos” y de la “utilización partidista” que todos están realizando de la crisis hospitalaria, no es sólo Granada quien coge la bandera de la calle; otras provincias como Huelva, Sevilla y Málaga se han unido a esta creciente y contagiosa marea blanca por una sanidad “digna” y de “calidad”.

Con motivos y connotaciones diversas, es compartido el sentimiento de “deterioro” del sistema sanitario, las críticas al impacto que los recortes han provocado en los servicios y en el personal y el convencimiento de que el gran proyecto de la fusión hospitalaria es un fracaso. Y, por primera vez en tres largas décadas de autonomía, lo que se está poniendo en cuestión es la fortaleza misma y eficiencia del sistema andaluz de salud.

¿Pero las negociaciones están paralizadas? ¿Se está engañando y manipulando? ¿Hay razones para volver a tomar las calles? Si somos honestos, a estas preguntas no podríamos poder contestar. La razón es bien sencilla: no se ha dado un mínimo de margen a los interlocutores -ni confianza, ni legitimidad- para saberlo. La protesta del 15-E parecía escrita en un guion cerrado que nada tenía que ver con lo que ocurriera en los despachos.

Salud ha rectificado. La propia presidenta de la Junta ha asumido los errores y ha dado instrucciones para revertir el proceso. Con absoluta libertad para la toma de decisiones y con partidas presupuestarias suficientes para asegurar que los acuerdos a los que llegue la mesa de negociación se llevarán a cabo. ¿La cuestión, ahora, es que no nos lo creemos?

Si el problema real es la quiebra de la confianza, el cuestionamiento mismo sobre las reglas del juego y el papel que las instituciones ocupan en el tablero democrático frente a la presión de calle -la de las pancartas y la de los hashtag-, el debate sobre los “dos hospitales completos” y la exigencia de una sanidad pública “digna” que garantice la “igualdad de oportunidades” queda completamente desvirtuado en origen.

Y es por ello que parece poco probable que encontremos una salida a un desafío tan complejo como la reordenación del mapa hospitalario de Granada desde dos posicionamientos antagónicos sobre el fondo y la forma que más tienen que ver con el concepto mismo de la política y del sistema de representación que sobre la sanidad.

Es en buena medida lo que se va a dirimir a nivel interno en los partidos con las convenciones y congresos que se irán celebrando a lo largo del año a nivel federal, regional y provincial. Evidentemente, serán disputas de poder pero también de funcionamiento, de concepto y de modelo. En algunos casos, la carrera por el liderazgo focalizará la atención mediática pero es el propio ADN de las organizaciones políticas lo que de forma compartida está en cuestión.

Tal vez sea Podemos donde se está haciendo más visible el choque de trenes sobre lo que significa la vieja y la nueva política en un escenario de teórica normalización donde nada importa la fecha de constitución del partido.

Salvando las distancias, las ponencias que Pablo Iglesias e Iñigo Errejón dieron a conocer el pasado viernes de cara al congreso de Vistalegre 2 bien podrían servir de trasfondo para entender esa otra gran crisis y esos múltiples intangibles que subyacen en el conflicto sanitario de Granada. Hablamos de si los políticos deben ser “activistas” cuando asumen responsabilidades públicas o no; si los partidos, vengan de donde vengan, han de someterse a la “lógica institucional” o seguir en la “senda resistencialista” de las barricadas y las protestas; si queremos partidos “útiles” y pragmáticos o creemos que la “normalización” no hará más que “disolver” el proyecto.

Lo que Iglesias y Errejón argumentan aplicado al futuro de su formación lo podríamos extrapolar a la política misma y hasta al modelo de democracia actual. Cuando el primero alerta de la “politiquería partidista de las medallas” y cuando el segundo advierte de que “sólo si salimos de los golpes de efectos y de ser los enfant terribles de la política” se estará en condiciones de gobernar, bien podríamos pensar en la tensión -¿contradicción?- entre la calle y las instituciones. En la profunda brecha que sigue separando a los representantes y los representados.

¿No es (también) de todo esto de lo que van los posicionamientos de las plataformas y los partidos en la crisis sanitaria? Hace tres meses, la marea blanca que sorprendió a toda España en defensa de la sanidad poco tenía que ver con la política; con los partidos; con su convulsa vida interna. Hoy probablemente sea el elemento que mejor nos ayude a diferenciar unas fotografías de otras. Por quienes están y por quienes se ausentan.

¿Oportunismo? ¿Utilización partidista? Sin duda. Y sin excepciones. ¿Pero seguro que (sólo) hablamos de sanidad?

 

Fake News: de la mentira al deseo

Magdalena Trillo | 27 de noviembre de 2016 a las 12:08

Los teóricos de la Comunicación lo diagnosticaron hace décadas: creemos lo que queremos creer. Buscamos la forma de relacionarnos con quienes reafirman nuestra forma de pensar y de ver la vida y huimos del conflicto intelectual -porque desgasta, estresa, debilita- como no lo hacemos del enfrentamiento físico… Saber cómo se forma la opinión pública, cómo se construyen esas corrientes de pensamiento que acaban teniendo resultados tangibles en forma de (imprevisibles) resultados electorales, encontrar el modo de influir en esos climas de motivación que ponen y quitan gobiernos, que crean tendencias y las entierran, que te convierten en un héroe o te destruyen es un viejo objeto de estudio del ámbito académico que el desconcertante Mundo Digital ha transmutado en un verdadero quebradero de cabeza para todos. En la esfera pública y en la privada. A nivel cotidiano y profesional.

¿Cómo ha ganado Donald Trump? ¿Por qué funcionaron las mentiras del Brexit? ¿Qué ocurrió en el referéndum de Colombia? No tenemos que irnos tan lejos para sentirnos aturdidos y confusos: ¿Qué está pasando con la sanidad granadina? ¿Cómo después de cuatro años de intenso trabajo para consensuar un plan de reorganización hospitalaria, de repente, es todo un desconcertante caos? ¿Después de una inversión millonaria en equipamientos tenemos peores infraestructuras sanitarias? ¿La asistencia ha dejado de ser buena de un día para otro? ¿Es verdad que las aseguradoras y la sanidad privada están aprovechando para vivir su pequeña burbuja de éxito?

Unos hablan de recortes, de fallos y de ataque a la sanidad pública y otros deslizan la larga sombra de los intereses corporativos y la pérdida de privilegios. A diferencia del alcalde de Granada, que un día se coloca la camiseta de los manifestantes y a la mañana siguiente se apunta al discurso de la Junta, es más que evidente que no se puede estar en los dos bandos; no al cien por cien y no en primera línea. Porque es un tema demasiado sensible para ponerse de perfil -para entonar el ‘ni sí ni no ni todo lo contrario’-, porque la respuesta nunca será categórica -para eso es nuestra opinión- y porque tan legítimo resulta posicionarse en la parte baja del pantone de grises como en la alta.

En todo caso, la indefinición de Paco Cuenca -ese intento de quedar bien con todos aun cuando representan posiciones enfrentadas- resulta casi una anécdota en un tema de calado y complejidad como éste. Lo que realmente debería alarmar es la pasividad y la incapacidad con que la Administración, no sólo la sanitaria, está afrontando el nuevo escenario de juego que han impuesto las redes sociales. No voy a caer en la fácil simplificación de clamar “¡es la comunicación estúpido!”, pero empecemos admitiendo que hay un tremendo problema de explicación y de comunicación.

No puede circular un bulo en las redes sociales y que la Junta, lenta, ineficaz y sometida a la tiranía del centralismo sevillano, tarde tres días en reaccionar; porque lo que era un conato se habrá convertido en todo un incendio. No se puede celebrar una reunión de cinco horas para buscar puntos de encuentro y que no haya nadie esa misma noche en la parte oficial intentado colocar su mensaje; porque al día siguiente, la aséptica y protocolaria nota de prensa no tendrá más destino que la papelera digital. No se pueden anunciar medidas para mejorar las disfunciones detectadas tras la apertura del nuevo Hospital del PTS y que luego no haya manera de saber cuáles son. Porque el miedo a informar se convierte en parálisis y se da la razón a quienes denuncian el “oscurantismo” de la Administración.

A los medios de comunicación, especialmente a la prensa, nos pasó en los 90. Llegó internet y miramos para otro lado. Lo subestimamos; pasaría como una moda o nos reinventaríamos como ya hicimos cuando llegó la radio y la televisión. Las consecuencias las vivimos hoy: batallando a diario contra los gigantes de internet para defender nuestro papel en la gestión de la información y viéndonos obligados a demostrar, a diario y ante nuestras propias audiencias, que no todo vale, que no cualquiera es periodista, que no todo es verdad porque alguien lo publique y que no siempre las noticias que deseamos leer se corresponden con la realidad.

Lo llaman fake news; falsas noticias. En el ámbito audiovisual hay toda una tradición que se llegó a desarrollar incluso como un género específico: el “falso documental”, el mockumentary. ¿Recuerdan la polémica que se montó con el provocador programa de Jordi Evole sobre el 23-F? En estos casos se juega con la ficción y la realidad; en las fake news damos un paso más para convertir una mentira en verdad y expandirla a escala planetaria como una auténtica corriente de opinión.

¿Es mentira la crisis sanitaria? En absoluto. Si fuese un bulo que la sanidad granadina tiene problemas, y graves, no habríamos visto hace un mes a más de 40.000 personas en las calles defendiendo un sistema público de calidad como lo volveremos a ver hoy exigiendo “dos hospitales completos”. Otra cuestión distinta es diagnosticar hasta qué punto está enferma y determinar cuál es la hoja de ruta para hallar una salida. Pero no caigamos en la dicotomía de lo blanco y lo negro. Definamos, decidamos, qué son los dos hospitales completos y negociémoslos. Siendo conscientes de que se ha diluido el control del mensaje, que se han transmutado la reglas del juego, que hay nuevos e incontrolables actores y que son otros quienes marcan los tiempos. No es un escenario amable para negociar pero es el que hay. Y a todos nos interesa que se asuma cuanto antes y que haya resultados. Las fake news, ese peligroso concepto de la posverdad, ya circula solo.