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El cortijo de la Alhambra

Magdalena Trillo | 9 de enero de 2018 a las 10:00

El escándalo saltó en la Navidad de 2005. Mar Villafranca no llevaba ni un año al frente de la Alhambra cuando tuvo que hacer frente a un legado envenenado: la Policía Autonómica detenía a dos personas por una “trama fraudulenta” en la venta de entradas y el control de accesos. El sumario terminó engrosando 90.000 folios, se llegó a imputar a más de 70 personas entre funcionarios, guías turísticos y empresas del sector, y se puso en cuestión la etapa final de quien durante dos décadas había ejercido de sultán de la Alhambra.

Los nueve años de instrucción del juez Miguel Ángel del Arco fueron tan polémicos como las irregularidades que se investigaban por lo mucho que se dilató (algunos implicados hasta fallecieron) y por la munición que supuso para la batalla política: el PP lleva toda la etapa autonómica denunciando que el PSOE maneja la Alhambra como su “cortijo”, se cuestiona el uso que la Junta realiza del dinero que se recauda (el “se lo lleva Sevilla” es un clásico electoral) y, en la trastienda, son insistentes las sospechas sobre el desvío de fondos para financiar el partido.

Todo en la Alhambra se vive en exceso. Y con misterio. Lo expresaba hace unos días el propio presidente del TSJA reconociendo que “un año excede el plazo razonable para dictar sentencia” y se ratificó ayer cuando, de repente, volvió a quedar sin fecha el anunciado pronunciamiento de la Sección Segunda de la Audiencia.

Antes y después del caso Alhambra, los delirios de grandeza y las “inercias de los siglos” han marcado buena parte de la historia del monumento. Ya en 1985 una auditoría sacó a la luz el absoluto descontrol en la gestión. Revilla se estrenó de “comisario” sólo unos días después de que el delegado de Cultura descubriera en un cajón 20 millones de pesetas. Se hablaba de un sistema de funcionamiento “medieval”, con contratos a dedo, sobresueldos y prebendas. No había contabilidad oficial, pero sí una cuenta oculta en el Banco de Granada…

Hace dos veranos, Villafranca se vio obligada a abandonar su puesto de sultana. El proyecto para construir un gran Atrio desató una inaudita polémica que empañó su gestión y acabó siendo víctima de otro escándalo judicial: las irregularidades detectadas en el servicio de audioguías -otra causa que aún sigue en instrucción-. Reynaldo Fernández, el actual director, se resiste de momento a heredar el puesto de sultán en la Colina Roja. Perfil bajo y pragmatismo. Tal vez sea su mayor acierto si consigue mantenerse al margen del culebrón judicial.

Parcheando la cultura

Magdalena Trillo | 27 de marzo de 2011 a las 11:14

La ministra de Cultura no sólo es sensible con los autores y sus dificultades para sobrevivir en la era del pirateo y las descargas ilegales. También lo es con los empresarios del toreo. Al nuevo varapalo que ha supuesto esta semana la sentencia de la Audiencia Nacional anulando el canon digital se une su cruzada para rebajar el IVA de los espectáculos taurinos. Dos proyectos que nada tienen de relación entre sí salvo la prioridad que conforman en la agenda de Sinde y la constatación que suponen sobre la debilidad y las incongruencias de la política cultural española.

El nuevo escenario de consumo digital pide a gritos un debate profundo y una reorientación de todas las medidas legislativas y políticas con las que, sin éxito alguno, el Gobierno ha ido parcheando el problema hasta ahora. Quienes defienden la Ley Sinde argumentan que no es la solución pero que es la única posible. ¿Una chapuza mejor que no hacer nada?

No se trata de invocar el gratis total, pero sí habría que advertir, por ejemplo, que no se puede cobrar por un producto digital el mismo precio que por uno impreso; que no es lo mismo robar que copiar y que la solución final no puede ser, una vez más, endosar un nuevo coste al consumidor final. Y, por mucho que presionen, habría que recordar también a las grandes compañías de telecomunicaciones, a las operadoras y a los gigantes de Internet que no pueden seguir explotando gratis los contenidos, la información, las creaciones… ajenas.

La lucha contra la piratería requiere educación, información y mucha pedagogía. Hace falta una legislación fuerte, protectora y ajustada a las nuevas realidades de producción, distribución y consumo digital, pero no se puede realizar exclusivamente desde la represión.

Como siempre, por delante de los políticos va la sociedad y la gente con sentido común… El otro día descubrí 24symbols.com, el ‘spotify’ de los libros. Una plataforma para leer y compartir libros digitales que funciona en cualquier dispositivo de lectura con conexión a Internet (eReaders, smartphones, iPad), con consumo gratuito mediante publicidad. Un ejemplo (hay muchos más) y, al mismo tiempo, una constatación de que hay soluciones que no atacan a unos para defender a otros.

Los toros no dejan de ser sinónimo de polémica… Tan difícil es llegar a un acuerdo sobre el espectáculo (¿arte?) del toreo como conciliar los intereses de autores e internautas. Publicaba esta semana Expansión que Cultura va a presentar un proyecto a Economía para rebajar al 8% el IVA de las corridas (ahora es el general del 18%). Nada que objetar si no fuera por el agravio que supondría: los editores de ebook llevan años reclamando una rebaja de la fiscalidad similar a la de las publicaciones en papel (4%) y, en el sector del mercado del arte, la situación es crítica. Los representantes de las principales asociaciones españolas de las artes visuales alertaban hace un mes en Madrid del impacto que está teniendo la crisis, reclamaban “medidas urgentes” de apoyo al sector y proponían actuaciones específicas como una moderación en los recortes presupuestarios, la puntualidad en los pagos, inversiones del 1% Cultural, una Ley de Mecenazgo con máximas desgravaciones o un IVA Cultural para el mercado del arte…

¿Nos dedicamos a colocar en una balanza los toros frente a los libros o el arte? La excepción cultural no es una opción en España, es una necesidad. Es urgente diseñar un policía cultural coherente que dé una respuesta coherente a los diferentes sectores y trate la cultura como lo que es: una fuente de riqueza y un pilar de desarrollo para los pueblos. El escenario digital no ha hecho más que recordarnos que llevamos décadas poniendo parches y tratando la cultura como una ‘maría’ de la gestión pública.