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Las machistas del bikini

Magdalena Trillo | 17 de junio de 2018 a las 11:00

Un tórrido verano como el que ya asoma, Ryanair se jugó una condena judicial por una campaña “demasiado caliente” con seis espectaculares azafatas posando en bikini en sugerentes posturas de provocación sexual. Se titulaba “Tarifas al rojo vivo ¡Y la tripulación también!” y, oficialmente, se vendió como una acción solidaria para ayudar a una asociación polaca dedicada al cuidado de niños con fibrosis quística.

La jueza de Málaga que tuvo que lidiar con la denuncia por publicidad sexista -la Audiencia Provincial ratificó la sentencia el año pasado- dejó bien claro que no se trataba ni de machismo, ni de feminismo ni de puritanismo. Se había utilizado el cuerpo femenino de una forma burda y grosera enmascarando un fin que nada tenía que ver con la realidad. Con “Las chicas de Ryanair” se le había dado una patada a la Ley de Publicidad “utilizando a la mujer como un objeto de reclamo con una clara connotación discriminatoria y vejatoria”.

campaña Ryanair

Hace sólo unos meses una campaña impulsada por una agencia de Ámsterdam para Suistudio dio la vuelta al machismo situando a un grupo de mujeres vestidas con exclusivos trajes de chaqueta sobre hombres completamente desnudos sin rostro, sin nombre, sin valor. Eran meros objetos de decoración. Ellas dominaban; los sumisos eran ellos. Se daba un paso más, polémico y valiente, en uno de los campos que más juega en el filo de la navaja entre lo políticamente correcto y lo necesariamente creativo.

En #WomenNotObjects, la campaña lanzada por la publicista norteamericana Madonna Badger contra la cosificación de la mujer en la publicidad, no hay controversia. Es dura y efectiva -se ha convertido en una de las acciones con más recorrido e impacto mediático- pero no nos sitúa frente al espejo de nuestras contradicciones como acaba ocurriendo con la provocadora iniciativa de la marca holandesa: en una de las imágenes, el muñeco de un hombre se cuelga del tanga de una de las modelos como si fuera a quitárselo; en otras son pisoteados y humillados.

El revuelo en Instagram fue inmediato: “brillante” o denunciable. “Si esto fuera al revés, con la mujer sobre el sofá y el hombre sobre ella, los grupos de feministas saltarían con sus críticas. ¡Esta doble moral tiene que terminar!”.

suistudio

Amparado en la ola feminista que ha resurgido con el movimiento #MeToo, la actual Miss América anunció hace unos días que se sumaba a la corriente de presión para eliminar del popular concurso el tradicional pase en traje de baño con tacones: “El certamen representará a una nueva generación de líderes femeninas, su empoderamiento y talento, su impacto social y su trayectoria de becas académicas”. Bien. ¡Idílico! Pero entonces digamos abiertamente que suprimimos el concurso de belleza, denunciemos abiertamente su frivolidad -aunque desfilen con burka- y atrevámonos a reconocer el negocio que hay detrás.

¿De verdad vamos a defender un concurso de misses diciendo que la belleza está en el interior? ¿Y alguien sabe eso cómo se mide? En aras de ese feminismo de trinchera que tanto se acerca al conservadurismo, continuemos el debate y decidamos si también nos cargamos los desfiles de lencería -¿sólo el de mujeres o también el de hombres?- e, incluso, demos un paso más y hagamos una llamada a todas las mujeres para que este verano se planten en las playas renunciando al bikini -enseñamos demasiado y nosotras mismas contribuimos a que se nos cosifique- y optando por un traje de baño mucho más discreto como es el bañador.

Lo realmente alarmante de todo esto es que empecemos a callarnos, a autocensurarnos, para no desentonar. Apenas hay polémica. Pocos están dispuestos a ‘jugársela’ lanzando una piedra contra el muro feminista y, en España, los organizadores de Miss España ni siquiera se han arriesgado a pronunciase sobre el tema; mucho menos a decidir si se subirán a la ola de corrección y también suprimen el pase en bañador.

bikini

No es un debate frívolo ni menor. En los 60, el bikini fue un símbolo de liberación para la mujer. Todavía en los 80, siendo yo una niña, mi padre me prohibía ir en bikini a la piscina pública del pueblo. Conseguí comprarme uno cuando empecé a independizarme como periodista y todavía hoy ni me atrevo a hacer topless. Aunque las grandes firmas de moda llevan un par de temporadas revitalizando el bañador -tendencias, no más-, me gusta pensar que hay algo heroico en ‘decidir’ ponerme lo más minúsculo -hay bañadores mucho más sensuales que muchos bikinis- sólo para evidenciar mi (pequeña) victoria.

Me meto de lleno en la polémica: no defiendo a las ardientes chicas de Ryanair – por encima de la cosificación, me cabrea la hipocresía de la empresa alegando el fin solidario- y, sinceramente, me ha parecido espectacular la iniciativa de la marca holandesa -por los modelos de infarto (¿no es correcto que lo digamos nosotras?)- y por la agudeza del mensaje.

Cuando se estrenó Full Monty, uno de los primeros lugares de España que copiaron la iniciativa de los stripers masculinos fue Granada. Me tocó cubrirlo para la agencia Efe y lo mantengo en la memoria como una de las experiencias más divertidas y rompedoras de aquellos años. Sencillamente, lo disfruté. Fueron objetos -deseables- sobre un escenario por una buena causa.

Probablemente no debería escribirlo. Y justo por eso lo hago. Porque es aquí donde debería empezar el feminismo. En ser libres para opinar.

El mal de fondo -evitar conflictos e intentar quedar bien sin preocuparnos del coste- no es diferente al que subyace en las recetas populistas con que queremos resolver algunos de los problemas más graves a los que nos enfrentamos como sociedad. Pensemos en la inmigración. ¿De verdad estamos compitiendo por ver quién acoge a más?

No voy a entrar en la batalla política entre el oportunismo de los gestos y los riesgos del efecto llamada. Me quedo en el día a día. ¿Quienes hoy abren sus puertas les van a dar techo y comida durante tres años? ¿También un trabajo para que se integren, puedan dejar de ser ilegales y cojan nuestra nacionalidad?

Disculpen la dosis de pragmatismo y de realidad, ¿ustedes contratarían al subsahariano que lleva años vendiendo pañuelos en el semáforo de la esquina? ¿Contrataría a alguna de las mujeres embarazadas que llegan en patera para que la ayude en casa? Podrían replicarme que caigo en la demagogia y que con el Aquarius, por ejemplo, nos enfrentamos a una situación humanitaria de excepción. Bien.

Pero no mutilemos el debate. Seamos capaces de opinar y, sobre todo, de hacernos todas las preguntas; también las que no tocan. Eso la publicidad, aunque escueza, lo sabe hacer muy bien. Hablar de “machistas del bikini” es, efectivamente, un oxímoron y debería ser una contradicción. Pero no lo es.

Nosotras

Magdalena Trillo | 5 de marzo de 2017 a las 12:22

No es (sólo) un problema jurídico, de coordinación y de protección. No es (sólo) un problema de falta de recursos. No es (sólo) un problema de las fuerzas de seguridad y de las instituciones. La simiente del machismo, de los 60 asesinatos por violencia de género que cada año se registran en España, está en nuestras casas; en nuestros colegios; en nuestros barrios. Que 2017 haya roto todas las estadísticas con el arranque del año más trágico de la serie histórica no es sólo una escalofriante llamada de alerta sobre el problema más grave que en estos momentos tenemos las mujeres; también lo es sobre la urgencia de revisar los fallos y las lagunas que se han quedado en el camino de la lucha por la igualdad.

El muro al que nos enfrentamos es el de las muertes machistas, pero los pilares se asientan en los márgenes. El estudio sobre violencia sexual que esta semana se ha presentado en Granada nos ha alarmado por la gravedad de las conclusiones tanto como nos ha estremecido e inquietado por lo que se relata entre líneas. El día a día de chicas adolescentes que viven con normalidad, con naturalidad, ser controladas y dominadas por sus parejas. Cómo la frontera entre el amor y el maltrato se desdibuja con la misma facilidad con que los celos, las drogas o el alcohol sirven de excusa para la agresión. Psicológica, física, verbal. Cómo dejamos, incluso, que se cuele el ADN en la incontrolable ecuación que va del sometimiento a la sumisión consentida.

Intentando hacer un ejercicio de prudencia, queriendo redimensionar la crudeza de los resultados, nos preguntábamos esta semana en el periódico hasta qué punto son extrapolables los testimonios del millar de adolescentes de institutos de la capital que han participado en el estudio . La conclusión fue más descorazonadora aún: en una sala de reuniones con cinco mujeres, cuatro teníamos experiencias similares. Nunca lo habíamos denunciado ni le dimos demasiada importancia. Tocamientos, insultos, presiones, acoso… No habíamos sido agredidas físicamente ni violadas y el resto de situaciones y comportamientos que forman parte de lo que hoy se entiende como “violencia sexual” también se quedaban en nuestro caso en los márgenes. Y en el silencio. Incluso en la vergüenza de sentirte culpable. Corresponsable.

Hoy publicamos un resumen del intenso debate que el viernes organizamos en Granada Hoy con un grupo de mujeres con puestos destacados. Aparcamos por un momento las cifras terribles de los asesinatos machistas y, con una inesperada complicidad, tal vez consiguiéramos bucear en esos escurridizos márgenes de la igualdad poniendo sobre la mesa un puñado de realidades, reflexiones y experiencias tan controvertidas y políticamente incorrectas como absolutamente necesarias en una conversación sincera de mujeres sobre mujeres.

techo cristal

En el horizonte está el Día de la Mujer que desde hace medio siglo se celebra cada 8 de marzo a nivel internacional pero también esos diez años que a final de mes se cumplen de la ley con que España se tomó en serio intentar “hacer efectiva” la igualdad que consagra nuestra Constitución.

Por momentos tuvimos que repensar si alguna vez nos habíamos sentido discriminadas -¿de verdad podemos arrebatar a los hombres sus espacios de poder compitiendo de igual a igual?- y cuestionarnos, incluso, si las políticas de conciliación no están provocando un “efecto rebote” y corremos el riesgo de que nos vuelvan a encerrar en la casa… ¿Estaríamos contribuyendo nosotras con nuestra hiperresponsabilidad y nuestros implacables niveles de exigencia?

La Consejería de Igualdad entrega mañana los Premios Meridiana y, en su ya vigésima edición, será un momento excepcional para situar el foco en lo mucho que hemos avanzado si pensamos en nuestras madres y nuestras abuelas y en lo mucho que nos queda por recorrer si pensamos en nuestras hijas. Incluso girando la mirada hacia nosotras mismas, tal vez el mayor desafío no sea muy diferente al de las adolescentes granadinas: no confundirnos y distinguir las trampas de las conquistas. Ser capaces de reorientar el foco a lo aparentemente insignificante. A lo cotidiano. A lo silenciado. A a lo invisible.