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La preverdad de Paco Cuenca

Magdalena Trillo | 9 de julio de 2017 a las 11:28

La mayor capacidad de innovación que están demostrando los políticos -los viejos y los nuevos- poco tiene que ver con el pragmatismo, la capacidad de gestión, el liderazgo y hasta la visión que deberíamos exigir a quienes asumen el privilegio de ejercer el poder con el teórico pretexto de hacernos la vida un poco mejor. Dentro de los partidos, y poco importa el color, los juegos de intereses y las prácticas endogámicas se replican con la misma intensidad que la inercia y el inmovilismo se apropia de las instituciones. Es el conocido ‘todo cambia para que todo siga igual’. Pero en el fondo, no en las formas. No lo contamos igual. Son las palabras, los matices, los que terminan funcionando como espejo de los verdaderos cambios, esos que pasan desapercibidos entre lo políticamente correcto y lo estratégicamente medido. Es la innovación del lenguaje la que salta al diccionario certificando lo que ya supera lo anecdótico y lo provisional.

Términos como “tuitear” y “guasapear” sirven para identificar a toda una generación tanto como lo ha hecho ya la idea de “posverdad” para poner nombre a toda una era. Las palabras nos ayudan a ver, a entender, por lo que significan y por lo que sugieren, por lo que dicen y por lo que callan. La poética y la retórica, la literatura y la política, no están tan alejadas: en todos los casos jugamos con el lenguaje, lo estrujamos y lo situamos como columna vertebral para un fin determinado. Donald Trump no ha hecho más que poner un foco global sobre algo que ya se había convertido en normalidad: distorsionar la realidad para hacerla encajar con un determinado mensaje. Una mentira, una media verdad, ficción, realidad… Lo más característico de la posverdad es que redibuja el pasado -por eso recurrimos al “pos” para esa verdad que nunca fue-, casi como esa memoria interesada y esquiva que, sin el componente de la malicia, funciona como el photoshop en nuestros recuerdos cotidianos.

En paralelo a la posverdad, se está produciendo otra interesante innovación en política tremendamente contagiosa: la preverdad. El futuro, las expectativas de lo aún posible, nos da un margen extra para inventar. Desde los presupuestos que se construyen sobre cifras maquilladas hasta los “en diferido” que van saltando entre los casos de corrupción y los anuncios de independencia a pie de teatro.

No sé si los psicólogos sociales -justo esta semana Granada ha acogido el congreso internacional de la Asociación Europea- tendrán identificadas estas prácticas con algún término científico más apropiado ni hasta qué punto podríamos hablar en este caso de “trastorno” pero basta bucear en las informaciones periodísticas para comprobar que, en política, es una práctica tan asentada como la posverdad. O más, porque sobre lo que vamos a mentir aún no se ha producido. Me voy a un caso muy reciente y cercano: Paco Cuenca y su proyecto para soterrar el AVE. Anticipadamente pero con poco éxito, la Universidad de Granada le había advertido que no aceptará despojarse de los Paseíllos -de uno de los pocos pulmones verdes en el centro de la capital, para levantar torres con cerca de dos mil viviendas y financiar el proyecto-, desde la oposición lo ven como un “fuego de artificios” y las plataformas y empresarios se siguen debatiendo entre el “todo” y el “ya”.

Pero “hay consenso”. Y es “viable”. Eso asegura el alcalde evitando desvelar sus conversaciones con la rectora en las que no se había movido del “no es no”. Y lo hace con la misma vehemencia con que defendía el jueves un “diálogo”, “transparencia” y “normalidad” de gestión que sólo ve él. Granada recuperaba el Debate de la Ciudad cuatro años después para darse cuenta de que, salvo el pactado desalojo del PP del gobierno local por el caso Nazarí, todo sigue igual. Por inercia. Sin más horizonte que, como en los peores tiempos de Torres Hurtado, subir cada mañana las persianas de la ciudad.

Y pese a todo… felices

Magdalena Trillo | 26 de marzo de 2017 a las 12:07

La puesta en marcha del Metro se vuelve a retrasar (ahora a mediados de mayo, mes y medio extra desde el último compromiso de la Junta), los transbordos no serán gratis salvo la más que improbable reacción del Gobierno financiando el servicio como ya hace en Madrid y Barcelona y el aislamiento ferroviario sigue bloqueando Granada (el 15 de abril podremos celebrar el segundo año de desconexión) ajeno a las mareas amarillas y a las simbólicas movilizaciones en Moreda: las obras en Loja van tremendamente ralentizadas y, si hay soterramiento (otra cuestión es cuándo), será tan low-cost como la solución tercermundista que se está ejecutando en el trazado del Poniente. Y como esa descafeinada estación de viajeros que en su día iba a ser emblemática, iba a llevar el nombre de Moneo y, dialogando con la Alhambra y la Sierra, iba a sumarse a los reclamos turísticos de la ciudad.

La no-sorpresa de la semana ha sido que el Metro (tampoco) estará en funcionamiento para Semana Santa. ¿Con suerte para el Corpus? Los granadinos lo esperaban (ver para creer) y la oposición lo había convertido en una insistente profecía. El consejero ha puesto sobre la mesa las “disfuncionalidades” de las que todos hemos sido testigos en las últimas semanas con las pruebas en blanco (choque incluido) pero lo que subyace bajo su irreprochable propósito de “garantizar la seguridad y la calidad del servicio” es un interrogante de más difícil respuesta: si el nuevo transporte será realmente competitivo. En precio y en tiempo. Si merecerá la pena cogerlo para renunciar al vehículo privado, si será viable para que conviva con los autobuses de la Rober y la LAC (hasta si es un éxito tendrá efectos colaterales sobre las cuentas de la capital) y si moverá a suficientes viajeros desde Albolote hasta Armilla para hacerlo mínimamente rentable.

Hace tiempo (demasiado) que la fatalidad de Granada con las infraestructuras se coló en nuestro ADN. Al mismo nivel (casi) que la malafollá y sin mayores consecuencias que unas oportunas lamentaciones de bar y unas divertidísimas ocurrencias virales en redes sociales: no se pierdan la satírica ‘visión cinematográfica’ del doblador granadino Alfredo Díaz sobre la convivencia con el Metropolitano; medio minuto más elocuente que cualquier posicionamiento editorial.

El humor siempre nos ofrece una salida. Bueno, no siempre. Lo lamentable es que cada vez tengamos más excepciones para refugiarnos en el reconfortante terreno de la irreverencia, el sarcasmo y la provocación. Lo acabamos de ver con la crispación del conflicto sanitario cuando sólo un salto de vértigo al pasado, al mapa hospitalario de 2012, ha calmado la crisis encauzando la desfusión -ojo, que ni será inmediata, ni fácil, ni barata ni lo ‘mejor’ para todos-, pero nos lo advierten también con insistencia las fuerzas de seguridad con la aplicación de la Ley Mordaza y nos lo recuerdan los jueces con procesos y sentencias absolutamente desproporcionadas.

Cuando el humor no funciona, tal vez el mejor recambio sea la prudencia, la paciencia y, sí, también la proporción. Nos hará falta cuando el Ayuntamiento termine de reconocer lo inevitable: una quiebra técnica que terminará abocando a una dura subida de impuestos con tanto coste político para el equipo de gobierno socialista como económico para los bolsillos de los granadinos…

Pero ese marrón aún no toca… Y es que no todo se desliza del gris al negro en Granada. Este fin de semana, la Noche en Blanco ha vuelto a dejar en evidencia que la ‘vida sigue’ a pesar de la política, la economía y hasta la fatalidad. Granada da la bienvenida a la primavera -hasta el buen tiempo es secundario- y se prepara para el aluvión de turistas de Semana Santa con bares y comercios hasta la bandera. La ciudad palpita. Les confieso que el martes, cuando Primark desembarcó en Granada, me emocioné. Decenas de jóvenes vitoreaban al gigante irlandés ¡locos por trabajar! No llevaban pancartas de protesta ni camisetas reivindicativas; zarandeaban globos azules… ¿De verdad que los sesudos investigadores siguen proclamando que los mayores índices de felicidad se registran en Dinamarca o Noruega? ¿Saben acaso dónde se esconde la felicidad?

Encierros que a nadie representan

Magdalena Trillo | 19 de marzo de 2017 a las 10:30

Hace dos años, la llegada de la primavera en Granada era sinónimo de botellón. El cronograma de la movilización juvenil se repetía como un reloj y el único interrogante era si se superaría el récord de participantes de la edición anterior y el número de kilos de basura de la jornada de resaca. Media ciudad paralizada, la circunvalación sumergida en un insufrible colapso y toda España mirando atónita el gran desmadre festivo -autorizado y consentido- al que se sumaban miles de universitarios, adolescentes y menores.

Unas elecciones lo cambiaron todo. El equipo de Torres Hurtado perdió en 2015 la mayoría absoluta y su acuerdo con Ciudadanos para mantener el bastón de mando obligó a la corporación a acabar con el botellódromo. Era una de las líneas rojas de la investidura. Con la operación Nazarí del año pasado, la inesperada pérdida de la Alcaldía por parte del PP y la entrada de los socialistas en el Ayuntamiento, el proceso de desmantelamiento se ha acelerado y, aunque el problema sigue latente con microbotellones esporádicos por la ciudad y un deficitario -por no decir inexistente- programa de ocio alternativo para los jóvenes, basta mirar al macrobotellón que se acaba de celebrar en Toledo para comprobar que la política sí importa. Que la toma de decisiones en el ejercicio del poder tienen consecuencias y que una gestión errática o acertada puede incendiar un problema o sofocarlo.

encierro

Lo hemos visto con el encierro de universitarios en la Facultad de Ciencias y el rebrote de la protesta en Letras. Después de pasar una semana okupando la biblioteca, bloqueando el servicio para más de 2.200 compañeros y profesores, los estudiantes han accedido a orientar sus reivindicaciones por los cauces legalmente establecidos. ¿Los motivos de su “lucha”? Que el B1 sea totalmente gratuito, la “elección democrática del calendario”, la implantación de “baños multigénero” o la revisión del protocolo contra el acoso sexual al entender que no se ha dado solución a los “casos existentes”… Reivindicaciones legítimas, unas más que otras, en algunos casos compromisos ya recogidos incluso en el programa de gestión que está desarrollando Pilar Aranda, pero completamente desproporcionadas y alejadas de una medida tan drástica como un encierro. ¿A quiénes representaban? Ni lo supieron concretar ellos ni lo hemos podido averiguar nosotros.

Y es que (también) las movilizaciones se pueden frivolizar. Por la falta de correlación entre los objetivos y la hoja de ruta de las protestas y por la coherencia misma con que se asume un derecho fundamental de la ciudadanía que está protegido al máximo nivel en nuestra Constitución: ¿Nos encerramos y desencerramos para salir a comer o descansar? ¿Nos ausentamos para asistir a clase para que el profesor de turno no nos penalice en la nota final?

Poco contribuimos a la memoria de quienes han tumbado injusticias a lo largo de la historia, a quienes han logrado irreversibles conquistas sociales, descafeinando ese valioso instrumento democrático que, en sus múltiples estadios de presión, supone la movilización social. Tampoco transformándolo en rutina.

En los años duros de la crisis económica, con los datos alarmantes del paro y la destrucción de empresas, con la implacable política de las instituciones con los recortes y la inhumana espiral de bancos y jueces con los desahucios, muchos nos preguntábamos cómo era posible que no estuviéramos en las calles quemando contenedores. Qué nivel de madurez social había alcanzado la sociedad española, y qué responsabilidad, para no sucumbir a esas imágenes violentas de indignación y de protesta incendiaria que se repetían en otros países como Grecia.

Aunque la fuerza ciudadana es espontánea e incontrolable -ahí está la marea blanca por la sanidad que ha roto en Granada décadas de letargo-, es en la gestión de los despachos, en el gris de la burocracia y en los tiras y aflojas de la negociación donde se juegan los éxitos y los fracasos. Se ha puesto en evidencia con el botellón comprobando que “sí era posible” clausurar el recinto de Hipercor, lo acabamos de ver con la mano izquierda y la extrema paciencia con que el actual equipo rectoral ha hecho frente al sorpresivo encierro de universitarios en Ciencias -y con el pequeño grupo que se atrincheró en Filosofía y Letras- y está por construir en buena parte de las grandes batallas que Granada tiene abiertas.

Me refiero al fin del aislamiento ferroviario y al proyecto de soterramiento low-cost del AVE que Fomento ha puesto esta semana sobre la mesa -en diez días se espera contar con un proyecto técnico y económico “realista” y “viable”- y pienso en la firmeza con que hay que defender que el Metro se ponga en marcha potenciando el transporte público y facilitando un verdadero sistema intermodal que no castigue a los usuarios de la Rober en la capital.

Como en todas las guerras, hay que saber medir las fuerzas y canalizar los efectivos pero también asumir que no todas las batallas se pueden ganar. Es más; hay contiendas en las que una retirada a tiempo es la mejor estrategia y otras en las que el error de cálculo de emprenderlas es el punto de partida. La carrera por la Agencia del Medicamento, por ejemplo, no ha sido más que un fracaso anunciado. Ya el Gobierno se posicionó a favor de Barcelona como alternativa a la opción londinense -la finalmente elegida por Europa cuando se puso en marcha la institución- y lo que ha hecho ahora Madrid no es sólo actuar con coherencia con los criterios iniciales; también contribuye al intento de acercamiento con Cataluña en un momento especialmente crítico de desafío independentista y evita además el desgaste de mediar en el enfrentamiento directo entre Granada y Málaga por coger el relevo de la sede tras el Brexit.

Completamente diferente es el acelerador de partículas, el único proyecto con recorrido y con verdadero potencial que hay de momento en el horizonte de Granada para convertirse en un puntal de desarrollo para la provincia. Una batalla que sí deberíamos ser capaces de afrontar y de ganar. En los despachos. Sin protagonismos ni intereses partidistas. Sin necesidad de tomar las calles.

En los últimos meses hemos visto en Granada cómo el éxito de las mareas -de la blanca sanitaria a la amarilla por las infraestructuras o la morada de la igualdad- ha logrado un respaldo social abrumador y, consecuentemente, una respuesta inequívoca de las instituciones por cambiar el paso y encauzar el malestar. ¿Ahora toca a los encierros como arma de reivindicación? Bien, pero no nos equivoquemos. Tanta legitimidad hay en quien reclama como en quien no acepta el chantaje ni se arrodilla ante causas frívolas, desmedidas o injustas. No todo vale. Tampoco en la movilización. Menos aún en batallas que a nadie representan. Decidamos bien por qué merece la pena luchar.

Vivir del cuento

Magdalena Trillo | 10 de abril de 2016 a las 11:05

Decía Albert Einstein que no entiendes algo si no eres capaz de explicárselo a tu abuela. Sin demasiadas esperanzas de conseguirlo, voy a seguir su consejo y hacer un intento con la gran efeméride que ha marcado la actualidad informativa esta semana en Granada: todo un año de aislamiento ferroviario. Desafiando abiertamente el rigor del saber científico, saltándome la exigencia de seriedad del propio periodismo, voy a recurrir al género predilecto de los abuelos: el cuento. Porque todo comenzó hace mucho, mucho tiempo, allí donde todo es posible…

¿Piedra, papel o tijera? Para explicar por qué Granada acaba de celebrar su privilegiada posición tercermundista en el mapa de Renfe, resultaría sugerente recordar el popular juego infantil. La variación es que en la tormentosa relación de Fomento con nuestra provincia no hay exclusión, se acumulan todos los males: es piedra, papel “y” tijera.

Todo empezó en un lugar del que nadie quiere acordarse. Granada tenía que despertar y decidir que quería formar parte de la exitosa red ferroviaria española de la Alta Velocidad. No era ninguna obviedad. Desde Renfe nos prescribían lo maravilloso que era pasar medio día viajando a Madrid en autobús y el propio proyecto tuvo que superar la travesía del desierto con que esta provincia recibe, siempre, cualquier iniciativa que signifique cambio: debate estéril y enfrentamiento político.

ave zp

Con suerte, el AVE llegará a Granada justo una década después del firme compromiso de ZP!!

Pero se consiguió: nos apuntamos a la modernidad y hasta pusimos fecha del final feliz. Era 2004 y el entonces secretario de Organización del PSOE se mostraba tajante: “En 2007 volveré a Granada para estar con todos vosotros y vendré en un AVE en debidas condiciones: en el que va a hacer José Luis Rodríguez Zapatero”. El compromiso verbal de José Blanco iba escrito en el programa socialista: el AVE, como aún se puede consultar en las hemerotecas locales, estaría en esa legislatura. Ni lo estuvo ni lo está. Ni con gobierno del PSOE ni con gobierno del PP.

ana pastor a7

Inauguración del último tramo de la Autovía del Mediterráneo.

La primera ‘piedra’ en el camino, la compleja orografía de Granada, ya la conocemos por la A-7. Del “tramo de carretera más caro de España” hemos pasado al tramo de ferrocarril más lento de todo el país. Dos puntos han servido para boicotear la infraestructura: el tramo de Loja y la entrada en Granada. La llegada a la capital la resolvimos con una enmienda a la totalidad: adiós al AVE soterrado por La Chana -en la nueva ficción las segundas partes sí son buenas- e inesperada renuncia a la emblemática estación de Rafael Moneo que debía unirse al patrimonio de la ciudad -¿para qué iba a necesitar Granada ensanchar su patrimonio con la insignificante obra de quien acaba de ser galardonado con el Nacional de Arquitectura?-.

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Proyecto para la estación del AVE llevado a cabo por Rafael Moneo… y guardado en un cajón…

En el Poniente seguimos atascados. Después de superar los siete años de crisis que han proporcionado excusas a todos los gobiernos para justificar todo lo (in)justicable en el manejo de las tijera, nos sorprendieron a primeros de año con la críptica versión del “difícil problema administrativo” para admitir el estancamiento de las obras y, de repente, tras más de cien días con Gobierno en funciones en Madrid, la interinidad del Ejecutivo de Rajoy se ha convertido en la excusa oficial del PP.

¿Será una estrategia para mantenernos en vilo? Por más que preguntamos los periodistas, no hay manera de saber qué enigmático papel está torpedeando ahora el proyecto y más misterioso resultará adivinar por qué la solución habría de pasar por que la ministra “en funciones” Ana Pastor tenga que “prevaricar”…

En Cuba Vivir del cuento es el título del programa humorístico más seguido en el país. La verdad de la isla no se cuenta en los telediarios, la relata Pánfilo en grado superlativo. Y supone, cada semana, un momento de catarsis nacional. Me pregunto si el problema en España es que nos falta un Pánfilo que nos cuente, por ejemplo, por qué en 2015 Fomento sólo ejecutó el 57% del presupuesto aprobado para el AVE a Granada y en el eje gallego superó el 120%.

pánfilo

Esta cara (la de Pánfilo) podría ser la de cualquier granadino ante el ‘desafío’ de las infraestructuras… Del enfado hemos pasado a la resignación, a la incredulidad… y al pasotismo!

El 20-D: ¿duermen poco los políticos?

Magdalena Trillo | 18 de octubre de 2015 a las 11:40

Hay que dormir más y hablar menos. El primer consejo lo habrá leído mil veces en la prensa del corazón. Es una respuesta de manual; la explicación “sensata” del famoso de turno cuando el entrevistador cumple tópicos y le pregunta por los secretos de su belleza, de su tez radiante y de su insolente estado de forma. Lo de medir las palabras, exponerse poco y no meter la pata gratuitamente seguro que se estudia en primero de Políticas. La propia ministra Ana Pastor lo recordó este viernes en Granada a cuenta de la A-7 y el AVE: “Para las personas que tenemos responsabilidad política es muy importante tener coherencia, que consiste en hablar poco, hacer mucho y cumplir”.

Pero ya sabemos que los consejos se creen poco y se siguen menos. En demasiadas ocasiones, reconozcámoslo, por fundada desconfianza. La receta del sueño, por ejemplo, siempre me ha recordado a las dietas milagro y siempre he terminado comprobando la sospecha inicial: sin esfuerzo no hay nada que hacer. Esta semana, sin embargo, he vuelto a dudar con la opereta en tres tiempos que nos han ofrecido los políticos: inconscientes declaraciones bomba en el primer acto (ahora las llamamos “desafortunadas” e “inoportunas), intento de explicación-matización en la segunda parte y cierre del bucle en la tercera como una provocadora vuelta a empezar.

Faltan ocho semanas para las elecciones generales y sí, los nervios, se han colado en la precampaña. Mi hipótesis es que duermen poco. Me explico. Las razones no son de belleza sino de rendimiento y lucidez. Y no se argumenta desde el glamour pensando en Gisele Bündchen sino desde la ciencia. Resulta que el sueño profundo, incluso dormir la siesta, puede aumentar la inteligencia. Es el National Geographic quien se ha hecho eco de los resultados de un estudio que se presentó en California durante la convención anual de la Asociación Americana de Psicología sobre el impacto del sueño MOR (movimientos oculares rápidos cuando la fase es más intensa). La psiquiatra Sara Mednick constataba cómo dormir puede ayudar a estimular la memoria y la creatividad y, en un estudio independiente, el profesor de Harvard Daniel Schacter da un paso más y avanza que hasta puede ayudar a “imaginar” y “planificar el futuro mejor”.

margallo montoro

No lo deben saber Montoro ni García Margallo. El titular de Economía, que lleva cuatro años esforzándose en ser uno de los ministros peor valorados por los ciudadanos, se ha superado esta semana con su intempestivo modo de animar a la tropa para el 20-D: a Aznar le ha criticado que se dedique a dar lecciones desde fuera y le ha pedido que “no moleste” -que están “operando”-, a Rodrigo Rato le ha afeado que recurra a ‘black’ para ahorrarse unos miles de euros, al responsable de Exteriores le ha reprochado su “arrogancia intelectual” y, puestos a dar titulares, por qué no proclamar que “hay compañeros que se avergüenzan de ser del PP”. Al día siguiente… que si es un bromista, que si no se explicó bien, que si no se le entendió… Hasta que Margallo se sincera y le devuelve la coz: “Si eres ágrafo y no lees…”.

Todo esto ha sido en los periódicos y en los pasillos. Puro espectáculo. La crisis real del PP se evidenciaba en el País Vasco con la renuncia de su líder, Arantxa Quiroga, o en Granada a escala doméstica con el partido expedientando a la concejal de Urbanismo por cuestionar los compromisos de Fomento y exigir a la ministra que firme un documento garantizando que el AVE llegará soterrado en una segunda fase a la capital.

La ‘rebelión’ vasca se ha maquillado (que no sofocado) en menos de 24 horas recurriendo a uno de los incondicionales de Sáenz de Santamaría, el ministro Alfonso Alonso y presidente del PP alavés, y evidenciando una vez más el peso de la vicepresidenta -dentro y fuera de La Moncloa- frente a una cada vez más cuestionada Dolores de Cospedal -y no sólo por su enemistad con Javier Arenas-.

ana pastor

La minicrisis del PP a nivel local podría zanjarse si es verdad que el futuro del AVE depende de que haya voluntad, diálogo y “consenso” y no es un problema de presupuesto. Tenemos dos meses para comprobarlo. Realmente, pese a la polémica por la contundencia e inoportunidad de las palabras, el trasfondo de lo que han dicho estos días Isabel Nieto y Ana Pastor no es realmente nuevo: la edil del PP, que siempre ha sido crítica en este tema, hace bien en dar la alarma y avisar de que, tras el 20-D, pocos pueden asegurar quién estará al frente de Fomento en Madrid y qué decidirá sobre el millonario proyecto si no hay un documento firmado que “obligue”. Más aún si recordamos los incumplimientos, modificaciones y retrasos que, con todo más que firmado, suelen tener las grandes iniciativas en esta ciudad. Porque, como el Metro nos ha demostrado en los últimos años, una cosa son los compromisos -incluso firmados- y otra bien distinta la realidad.

En paralelo, en público y en privado, la ministra no ha dejado de insistir en esta legislatura en que no tomará ninguna decisión “de espaldas” a la ciudad y sin un respaldo absoluto de todos los grupos. Lo del expediente del PP provincial queda muy mediático -la lectura más certera habría que realizarla en clave interna de partido y recuperar la tesis de la batalla ya poco soterrada del partido con la Plaza del Carmen- pero, siguiendo la instrucción de la propia ministra, sería mucho más rentable ser consecuentes: hablar poco y hacer más. ¿No hay tiempo hasta el 20 de diciembre?

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Si es o no por culpa del insomnio, el caso es que Isabel Nieto nunca ha sido políticamente correcta. Ni lo ha pretendido. Los ejemplos los custodian las hemerotecas pero hay uno reciente especialmente significativo. Me refiero al pasado mes de julio cuando, tras una de las protestas de los vecinos de La Chana, la edil sorprendió a los medios desvelando que a ella no le cogían el teléfono en Fomento ¡desde hace años! y aseguró que el Ayuntamiento remitió en mitad de mandato un convenio al Gobierno para cerrar el compromiso sin que “hasta ahora haya obtenido respuesta”.

A su edad, con poco que pelear y menos que perder, tampoco se desvela Torres Hurtado para quedar bien con sus compañeros. Lo digo por la franqueza con que ha apoyado a su concejal y ha bromeado con las meteduras de pata de unos y otros: “El partido está un poco nervioso. ¿Ha visto lo nerviosos que se ponen todos los candidatos en elecciones? Es como los novios”.

Un taxista me decía esta semana que llega una edad en la que ya no interesa hacer tonterías; que nos volvemos más responsables. Mi teoría es otra. Al menos para los políticos. Bocazas hay siempre, pero creo que hay una edad en la que por fin se liberan de las cadenas de los aparatos, se pierde el miedo y se dice lo que se piensa. Correcto e incorrecto. Miren a Montoro y a Margallo. Para contar ‘divertimentos’ de este tipo merece la pena ser periodista; para leer ‘ataques de sinceridad’ estilo Nieto merece la pena comprar un periódico todos los días.

La política del cangrejo

Magdalena Trillo | 11 de noviembre de 2012 a las 10:20

Me contaba anoche un compañero del periódico una conversación de bar. Diez de la mañana. El café, la chapata y el periódico. En la portada, el lío del AVE. Un cordobés, que lleva una década visitando Granada por motivos de trabajo, había llegado a una conclusión: no es la malafollá lo que define a esta ciudad; es la inercia a la parálisis. “Un paso adelante y siete atrás”. Consulten las hemerotecas y compruébenlo. Imagino que los periodistas no hacemos bien nuestro trabajo cuando no somos capaces de frenar esa insufrible política de declaraciones que está convirtiendo el manido ‘todo es posible en Granada’ en una terrible profecía. Una distracción interesada cuando no hay dinero que invertir ni promesas que vender.

Torres Hurtado todavía vive de las rentas del primer mandato, aquel en el que aún tenía sentido crear una Gerencia de Urbanismo y la gestión de suelo permitía cierto lucimiento. Basta recurrir a la Wikipedia para darse cuenta de lo difícil que va a tener cerrar con brillantez su legado a esta ciudad: ya en el segundo tiempo tienen que recurrir a las obras del Metro (¡de la Junta!) para llenar de contenido su etapa de gobierno y, salvo que la economía dé un vuelco espectacular a partir de 2014, lo único que podrá gestionar estos años es miseria. Y facturas.

Lo confesaba Ana Pastor esta semana en Jaén cuando dio por “inaugurada” la “factura” de la A32 entre Ibros y Úbeda. Ese mismo día, en un encuentro privado con un grupo de periodistas, reconocía la titular de Fomento las estrecheces y malabarismos a los que están obligando los recortes y el control del déficit y advertía del limitado margen con que cuentan no ya para afrontar nuevos proyectos, sino para hacer frente a los comprometidos. En su caso no está ayudando ni la ‘herencia’ recibida (40.000 millones de obras sin pagar) ni la política estrella de las obras públicas: “todos de todo en todas partes”. Rompo el off the record pactado sólo para declarar que, pese al coste mediático y social, hace bien en actuar de “forma preventiva”, si no hay dinero no se pone en la foto ni da el titular, y en seguir dos máximas que deberían estar en el catecismo del político: no mentir y hacer lo que se dice.

Lo que debería preocupar de tal estrategia es la rotundidad con que se posicionó contra las obras faraónicas y los costosos “soterramientos”. Hablábamos del AVE y, a la espera de que los técnicos de Adif y del Ayuntamiento se pongan de acuerdo, me vine de la reunión con una certeza: si vemos llegar en este mandato un tren de alta velocidad a Andaluces, será en superficie. No especularé con operaciones urbanísticas ni me perderé en el laberinto de los argumentos técnicos, pero sí quiero sumarme a los empresarios para denunciar el “hartazgo” que produce esta nueva vuelta atrás. No sé si nos equivocamos antes o ahora, no sé si estábamos perdidos o nos perdemos ahora, pero la política que se impone es la del cangrejo: desandaremos años de trabajo y echaremos por tierra un buen puñado de millones. Cangrejos y más cangrejos. Caminando de lado o hacia atrás, pero nunca hacia adelante.

Esta semana ha sido la Alta Velocidad pero la próxima será un nuevo “imprevisto” en la A-7, la maldición del Centro Lorca, el bloqueo del Nevada e Ikea, la paralización de la Segunda Circunvalación o el freno de la no comenzada Darro-Iznalloz. Recurrentemente, nos distraeremos creando comisiones técnicas que a ningún sitio conducirán, volveremos a hacernos las mismas fotos firmando protocolos de intenciones que –sin dinero- no servirán para nada y nos diluiremos en el pozo de la chistera con ascensores a la Alhambra y funiculares a la Sierra.

En Una soledad demasiado ruidosa, el novelista checo Bohumil Hrabal nos cuenta la historia de Hanta. Lleva treinta y cinco años triturando libros y papel viejo, toneladas de sueños y de saber. El protagonista de esta fábula del amor y la soledad, de la creación y la destrucción, termina escogiendo su caída pero no sin antes iluminarnos por los senderos de Lao Tse, Nietzsche, Kant o Hegel. La cita del filósofo de Stuttgart se la dedico a Granada: “La única cosa aterradora es lo fosilizado, rígido y moribundo. En cambio, la única cosa satisfactoria es cuando un individuo, una sociedad, consigue rejuvenecerse en la lucha, conquistar su derecho a una nueva vida”. Los versos de Sandburg, a quien los quiera escuchar: “Del hombre, al final, apenas queda nada más que el fósforo suficiente para una caja de cerillas”. Su frase del Talmud me la guardo para mí: “Somos como aceitunas, cuando nos chafan sacamos nuestro mejor jugo”.