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El ‘cachondeo’ judicial

Magdalena Trillo | 26 de febrero de 2017 a las 12:03

Hace más de 20 años que Pedro Pacheco provocó un tsunami mediático, e institucional, cuando dijo que “la justicia es un cachondeo”. Era febrero de 1985 y la polémica se circunscribía a la paralización de una orden de derribo de un chalé de Bertín Osborne. Luego, y son muchos los que piensan que con un trasfondo de revancha de los intocables de las togas, llegarían las denuncias por su gestión como alcalde de Jerez, la condena a cárcel, los embargos y su entrada final en prisión por dos casos de enchufismo. Hablamos ya de finales de 2014. La crisis económica empezaba a dar paso a la política y, a golpe de escándalos de corrupción y de cabreo ciudadano, empezaba a imponerse una corriente de máxima ejemplaridad que explicaría, por ejemplo, que la tonadillera Isabel Pantoja acabara entre rejas con una pena por blanqueo de capital inferior a dos años.

Había que reconstruir la deteriorada imagen de la Justicia. Demostrar que la justicia era justa, imparcial e independiente… Y parecerlo. De entrada, la lentitud del sistema, con la insistente llamada de atención de jueces y fiscales por la sobrecarga de trabajo, la saturación de los juzgados y la falta de recursos y personal, en nada contribuye. Ni en el fondo ni en las formas. Por la propia indefensión que provoca -ahí están las quejas constantes de los implicados en el caso de las audioguías de la Alhambra- y por el espacio que abre al linchamiento mediático y a la condena y criminalización social.

Pero este talón de Aquiles del poder judicial, un problema que nuestro país viene arrastrando durante toda la etapa democrática de construcción del Estado de Derecho, no es sino la base de cultivo para ese otro ‘cachondeo’ que discurre estos días en paralelo a los grandes casos de corrupción y alimenta la imagen de descrédito, presiones y politización que con tan poca fortuna denunció el histórico político andalucista.

pacheco

Mientras el ya ex jefe superior de Murcia habla siniestramente de “purga”, acosos y asaltos a viviendas de fiscales Anticorrupción, en Twitter sistematizan con agudeza los atenuantes que se habrán aplicado en el caso Nóos para que Iñaki Urdangarin, el cuñado del Rey, para que pueda seguir escondido en Suiza: no ser rapero ni tuitero ni titiritero. Aun dejando de lado los argumentos estrictamente jurídicos de la sentencia, la decisión de las tres magistradas de la Audiencia de Palma acordada este jueves en la vistilla de medidas cautelares es realmente inquietante: libertad sin fianza y con la única preocupación de comparecer una vez al mes en su refugio alpino.

Hace justo un año que un juez de la Audiencia Nacional ordenó prisión provisional sin fianza para los dos titiriteros granadinos que fueron detenidos por “ensalzar a ETA” en un espectáculo programado para las fiestas de Carnaval en Madrid. Había riesgo de fuga así que permanecieron cinco días en el calabozo; hoy, la causa está archivada y ellos siguen representando sus obras, incluida la de La Bruja y Don Quistóbal. En el caso de Urdangarin no hay riesgo de fuga. Ni posibilidad de que vuelva a delinquir ni de que destruya pruebas… No es de extrañar que su abogado confesara a los periodistas que está “entusiasmado”. Y mucho menos que media España especule ya sobre si al final entrará en prisión; si hay dos varas de medir; si la justicia ni es justa ni lo parece.

titiriteros

Hablar de “cachondeo” no es más que un recurso -no niego que exagerado- para alertar de las disfunciones judiciales, pero admitamos que estamos en un momento en que se ha superado ampliamente lo que podríamos considerar aislado y excepcional.

Que un ex alto cargo de la Junta vaya a presidir el tribunal que enjuiciará a Chaves y Griñán (sus jefes durante 6 años) resulta inadmisible por muy legal que sea y muy honesto y solvente que sea el magistrado… Que hayamos convertido el relevo de plazas en el Constitucional en un ‘mercadeo’ de sillones entre los dos grandes partidos -y sin pudor- poco ayuda a desmentir las “purgas”, las presiones y la politización de la justicia… Que Zoido haya puesto en marcha una operación limpieza en Interior tiene (demasiado) de cloacas y de novela negra.

Títeres sin cachiporra y gatos sin cascabel

Magdalena Trillo | 21 de febrero de 2016 a las 11:05

Podría ser el título de una fábula, las primeras líneas de un relato y hasta un acertijo; encabeza un artículo de prensa por exigencias del guion: de la actualidad. La explicación está en el conocido cuento de los peces de Cortázar. Se titula Axolotl y empieza así: “Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl”.

dibujo

Aunque no lo parezca, los títeres sin cachiporra y los gatos sin cascabel tienen mucho que ver con los peces. Y con las peceras. Y con los callejones sin salida con que esta semana hemos llenado de tinta los periódicos. La explicación la tiene el escritor argentino por las punzadas de realismo mágico que nos asesta en cada uno de los cuentos que integran Final de juego. Porque lo que les propongo, en realidad, es un simple juego: que peguen sus ojos al vidrio del acuario y se atrevan a descubrir que hay una vida diferente, que se puede aprender a mirar de otra manera.

Pero para eso tienen que sentirse un axolotl. Tienen que imaginar a esos bichillos rosados como lo hace Cortázar: conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada, gritando: “Sálvanos, sálvanos”. Entonces podrán sentir la extrañeza de seguir pensando como antes sabiendo que son ustedes los que están al otro lado del acuario; sentir el “horror del enterrado vivo que despierta a su destino”.

La inquietud -y hasta el frío- que me invadió la primera vez que leí el conocido cuento de los peces me persigue intermitentemente desde entonces. Me gusta pensar en los atxolotl cuando estoy confundida -escondida y protegida en mi “angosta y mezquina” pecera- para darme cuenta de que en los laberintos no hay atajos; para recordarme que los finales se pueden distraer pero no hurtar…

Los peces me llevan entonces a los gatos y hay un único mensaje posible -alguien tiene que hacer de ratón y poner el cascabel- y una consecuencia insoslayable: por muy contradictorio que resulte en los tiempos actuales de veleidades, des-compromiso y banalidad, tendríamos que hacer un esfuerzo por reivindicar la valentía más allá de la épica medieval. Como en las viejas y moralizantes fábulas del Libro de los Gatos de Odo de Cheriton. Como en los títeres de cachiporra de Lorca, Falla y Lanz.

Desde la pecera -sin peces- en que está a punto de convertirse el Centro Lorca, podríamos atrevernos a hablar de “chantaje” en lugar de “negociación” para referirnos a la travesía del desierto que están cruzando las administraciones del Consorcio Lorca para cumplir el compromiso que la familia del poeta firmó hace más de una década cuando se afrontó la construcción del imponente edificio de La Romanilla: traer a la ciudad el legado lorquiano.

El problema, digámoslo abiertamente, son los tribunales, los millones sin justificar, la sombra del fraude en la gestión y las acusaciones de malversación de fondos públicos. El legado estaba (casi) embalado para emprender el regreso cuando saltó el escándalo y allí seguirá mientras sea un salvoconducto. Lo del “talante” y el “diálogo” queda muy bien delante de los periodistas pero resuelve poco si las instituciones se convierten en rehenes del proceso judicial y el Centro Lorca en un cortijo.

centro lorca

Laura García-Lorca tendrá en el Centro Lorca una posición de primer nivel -con capacidad de decisión y bien remunerada- pero ahora el escollo es qué hacer con el ‘agujero’… ¿Borrón y cuenta nueva? Inaudito. Mientras, la Granada cultural mira de reojo calculando el nuevo precio que costará recuperar el legado y el impacto que tendrá en el resto de instituciones y actividades de la ciudad con unos presupuestos que son ya irrisorios. Y mientras, el millonario Centro Lorca que debía convertirse en uno de los grandes emblemas de la Andalucía cultural se desfigura sin poder llevar a cabo el ambicioso proyecto comprometido.

A veces, sólo las moralejas, los refranes y los lugares comunes -todo de lo que debería huir el buen arte, la buena literatura, el buen periodismo, la buena política- nos salvan del absurdo. Lo digo por la crisis del Centro Lorca, pero podríamos extenderlo a la crisis del AVE -¿tendrá valentía el PSOE si acaba gobernando en Madrid de paralizar de verdad el AVE hasta que se apruebe el proyecto de soterramiento?- y, tal vez con demasiados intangibles, a la surrealista crisis de los titiriteros por cuanto tiene de torpezas, de intransigencia y de desproporción.

Empezamos judicializando la política y la economía -consecuencia inevitable de la escalada de la picaresca al clientelismo y la corrupción- y ahora le toca el turno a la convivencia situando los tribunales en una inquisición despreocupadamente compartida y consentida y transmutándonos todos en fiscales improvisados. Lo grave es que terminaremos denunciando al vecino del sexto por regar las plantas a deshoras -y hasta las fiestas de fin de curso de los colegios- con la misma vehemencia que exigimos justicia para el emperador de la sonrisa de Vitaldent.

Si el remedio son los títeres sin cachiporra, si el remedio es no provocar, no molestar y no ponerle el cascabel al gato, enfilaremos sin solución al abismo. El eje del debate público no puede ser una continua batalla de libertades y de derechos fundamentales. Entramos en un terreno resbaladizo, íntimo y subjetivo que tiene más que ver con la forma en que cada uno decide vivir, creer y pensar que con la dictadura de lo socialmente correcto que inconscientemente nos estamos imponiendo.

No es casualidad que la Oficina de la Transparencia de la capital, la primera como tal que se ha abierto en el país, esté sirviendo a políticos y funcionarios de lavadero de trapos sucios y de instrumento para el cotilleo. Basta encender la televisión y tropezar con cualquiera de las versiones del programa estrella ‘en tu casa o en la mía’ para entender por qué; para darle la razón a los sociólogos cuando dicen que los medios de comunicación son un reflejo de la sociedad. Y, por supuesto, a la inversa.

Termino el juego: mire la caja tonta e imagine que es una pecera. Tiene que hacerlo como Cortázar: turbado, fascinado, con profunda obsesión. Sin darse cuenta, sentirá su nariz chocar contra el vidrio y verá que hay alguien sentado en su sofá…