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Encierros que a nadie representan

Magdalena Trillo | 19 de marzo de 2017 a las 10:30

Hace dos años, la llegada de la primavera en Granada era sinónimo de botellón. El cronograma de la movilización juvenil se repetía como un reloj y el único interrogante era si se superaría el récord de participantes de la edición anterior y el número de kilos de basura de la jornada de resaca. Media ciudad paralizada, la circunvalación sumergida en un insufrible colapso y toda España mirando atónita el gran desmadre festivo -autorizado y consentido- al que se sumaban miles de universitarios, adolescentes y menores.

Unas elecciones lo cambiaron todo. El equipo de Torres Hurtado perdió en 2015 la mayoría absoluta y su acuerdo con Ciudadanos para mantener el bastón de mando obligó a la corporación a acabar con el botellódromo. Era una de las líneas rojas de la investidura. Con la operación Nazarí del año pasado, la inesperada pérdida de la Alcaldía por parte del PP y la entrada de los socialistas en el Ayuntamiento, el proceso de desmantelamiento se ha acelerado y, aunque el problema sigue latente con microbotellones esporádicos por la ciudad y un deficitario -por no decir inexistente- programa de ocio alternativo para los jóvenes, basta mirar al macrobotellón que se acaba de celebrar en Toledo para comprobar que la política sí importa. Que la toma de decisiones en el ejercicio del poder tienen consecuencias y que una gestión errática o acertada puede incendiar un problema o sofocarlo.

encierro

Lo hemos visto con el encierro de universitarios en la Facultad de Ciencias y el rebrote de la protesta en Letras. Después de pasar una semana okupando la biblioteca, bloqueando el servicio para más de 2.200 compañeros y profesores, los estudiantes han accedido a orientar sus reivindicaciones por los cauces legalmente establecidos. ¿Los motivos de su “lucha”? Que el B1 sea totalmente gratuito, la “elección democrática del calendario”, la implantación de “baños multigénero” o la revisión del protocolo contra el acoso sexual al entender que no se ha dado solución a los “casos existentes”… Reivindicaciones legítimas, unas más que otras, en algunos casos compromisos ya recogidos incluso en el programa de gestión que está desarrollando Pilar Aranda, pero completamente desproporcionadas y alejadas de una medida tan drástica como un encierro. ¿A quiénes representaban? Ni lo supieron concretar ellos ni lo hemos podido averiguar nosotros.

Y es que (también) las movilizaciones se pueden frivolizar. Por la falta de correlación entre los objetivos y la hoja de ruta de las protestas y por la coherencia misma con que se asume un derecho fundamental de la ciudadanía que está protegido al máximo nivel en nuestra Constitución: ¿Nos encerramos y desencerramos para salir a comer o descansar? ¿Nos ausentamos para asistir a clase para que el profesor de turno no nos penalice en la nota final?

Poco contribuimos a la memoria de quienes han tumbado injusticias a lo largo de la historia, a quienes han logrado irreversibles conquistas sociales, descafeinando ese valioso instrumento democrático que, en sus múltiples estadios de presión, supone la movilización social. Tampoco transformándolo en rutina.

En los años duros de la crisis económica, con los datos alarmantes del paro y la destrucción de empresas, con la implacable política de las instituciones con los recortes y la inhumana espiral de bancos y jueces con los desahucios, muchos nos preguntábamos cómo era posible que no estuviéramos en las calles quemando contenedores. Qué nivel de madurez social había alcanzado la sociedad española, y qué responsabilidad, para no sucumbir a esas imágenes violentas de indignación y de protesta incendiaria que se repetían en otros países como Grecia.

Aunque la fuerza ciudadana es espontánea e incontrolable -ahí está la marea blanca por la sanidad que ha roto en Granada décadas de letargo-, es en la gestión de los despachos, en el gris de la burocracia y en los tiras y aflojas de la negociación donde se juegan los éxitos y los fracasos. Se ha puesto en evidencia con el botellón comprobando que “sí era posible” clausurar el recinto de Hipercor, lo acabamos de ver con la mano izquierda y la extrema paciencia con que el actual equipo rectoral ha hecho frente al sorpresivo encierro de universitarios en Ciencias -y con el pequeño grupo que se atrincheró en Filosofía y Letras- y está por construir en buena parte de las grandes batallas que Granada tiene abiertas.

Me refiero al fin del aislamiento ferroviario y al proyecto de soterramiento low-cost del AVE que Fomento ha puesto esta semana sobre la mesa -en diez días se espera contar con un proyecto técnico y económico “realista” y “viable”- y pienso en la firmeza con que hay que defender que el Metro se ponga en marcha potenciando el transporte público y facilitando un verdadero sistema intermodal que no castigue a los usuarios de la Rober en la capital.

Como en todas las guerras, hay que saber medir las fuerzas y canalizar los efectivos pero también asumir que no todas las batallas se pueden ganar. Es más; hay contiendas en las que una retirada a tiempo es la mejor estrategia y otras en las que el error de cálculo de emprenderlas es el punto de partida. La carrera por la Agencia del Medicamento, por ejemplo, no ha sido más que un fracaso anunciado. Ya el Gobierno se posicionó a favor de Barcelona como alternativa a la opción londinense -la finalmente elegida por Europa cuando se puso en marcha la institución- y lo que ha hecho ahora Madrid no es sólo actuar con coherencia con los criterios iniciales; también contribuye al intento de acercamiento con Cataluña en un momento especialmente crítico de desafío independentista y evita además el desgaste de mediar en el enfrentamiento directo entre Granada y Málaga por coger el relevo de la sede tras el Brexit.

Completamente diferente es el acelerador de partículas, el único proyecto con recorrido y con verdadero potencial que hay de momento en el horizonte de Granada para convertirse en un puntal de desarrollo para la provincia. Una batalla que sí deberíamos ser capaces de afrontar y de ganar. En los despachos. Sin protagonismos ni intereses partidistas. Sin necesidad de tomar las calles.

En los últimos meses hemos visto en Granada cómo el éxito de las mareas -de la blanca sanitaria a la amarilla por las infraestructuras o la morada de la igualdad- ha logrado un respaldo social abrumador y, consecuentemente, una respuesta inequívoca de las instituciones por cambiar el paso y encauzar el malestar. ¿Ahora toca a los encierros como arma de reivindicación? Bien, pero no nos equivoquemos. Tanta legitimidad hay en quien reclama como en quien no acepta el chantaje ni se arrodilla ante causas frívolas, desmedidas o injustas. No todo vale. Tampoco en la movilización. Menos aún en batallas que a nadie representan. Decidamos bien por qué merece la pena luchar.

Las costuras de Peter Pan

Magdalena Trillo | 2 de octubre de 2016 a las 10:39

Sin saberlo, empecé a escribir este artículo hace una semana en el Crucero del Hospital Real. La Universidad abría oficialmente el curso lectivo con el multicolor ritual de togas y birretes que cada año sepulta en Granada el último suspiro del verano. Dentro, la tradicional jornada de discursos y compromisos hilvanando cifras, obligaciones y deseos; fuera, un puñado menguante y desubicado de manifestantes sin más fuerza que una tira de consignas manidas y un estruendoso altavoz.

Casi al final del acto, las inmensas cortinas que arropaban la tribuna de oradores irrumpían en el acto balanceando el solemne cuadro del Rey que presidía la sala. Ni la rectora ni el consejero se percataron; al otro lado, las decenas de autoridades y políticos que llevaban toda la mañana pegados al móvil levantaron la mirada. Era una señal.

pedro sanchez

Pedro y Susana en Granada. Otros tiempos… en apariencia

Pedro Sánchez había puesto en marcha la operación trinchera. La resaca por el descalabro socialista en las elecciones del País Vasco y Galicia fue una más; sin autocrítica, sin consecuencias, sin revulsivo. El anuncio en la ejecutiva del lunes era una nueva huida hacia adelante: primarias el 23 de octubre y congreso federal en diciembre. Después llegaría su insensato órdago a los críticos para que dimitieran si realmente no iban de farol, las costuras se abrieron con la fulminante aparición de Felipe González acusándole públicamente de haberlo engañado -un líder sin liderazgo y sin palabra- y el desgarro entre pedristas y susanistas llegaría hasta el último de los militantes con un electorado atónito temiendo ya ir a votar por tercera vez en once meses el día de Navidad. Porque no son sólo los socialistas de carné los que siguen, perplejos, la ruptura del PSOE en una tormenta perfecta de crisis: la interna de los rostros, el poder y los sillones, la arrastrada de las ideas y los mensajes de la socialdemocracia europea y la enquistada de un país sin Gobierno.

“Entre el corazón y el cerebro”. Probablemente estas dos sencillas palabras sinteticen todas estas crisis. Lo son cuando Rajoy proclama “yo o el caos”, lo son cuando Pedro Sánchez amenaza “yo o Rajoy” y lo son cuando simplificamos en un esquema de bandos y bandas, de buenos y malos, el escenario de mayor complejidad al que se ha tenido que enfrentar este país en toda la democracia.

El profesor Vila Castellar tituló así su discurso de apertura del año universitario haciendo referencia a la neurociencia afectiva. Pero nada hay más cercano a la política que la psicología… Proféticamente, el último apartado de su intervención parecía escrito para Pedro Sánchez: “Más allá de la supervivencia”. El catedrático nos recordó que fue el Nobel de Medicina Roger Sperry quien certificó que el cerebro no había evolucionado para producir “vida mental” sino para facilitar la “adaptación y la supervivencia” defendiéndonos de los peligros.

El lunes me preguntaba si Pedro Sánchez sería un prototipo de la paradoja neurótica; hoy, tras una semana de suicida caída libre, no: “La idea de supervivencia es difícil de entender cuando las emociones pasan de ser adaptativas a “desadaptativas”. Ocurre en los trastornos de ansiedad cuando las respuestas defensivas dejan de ser protectoras para convertirse en “autodestructivas y fuente de sufrimiento” y ocurre también en los trastornos obsesivo-compulsivos cuando “las reacciones defensivas persisten a pesar de sus consecuencias negativas”. Es lo que David Barlow llama la “sombra de la inteligencia”. Es lo que, aún hoy, los psicólogos clínicos combaten sabiendo lo “difícil” que es el éxito.

En Pedro Sánchez, a la paradoja neurótica de la supervivencia se une un factor genético y ambiental. Lo pensaba la noche del viernes cuando comparecía -autista- ante los medios para decirnos que, si no gana, se va. Prometió, otra vez, un gobierno progresista trasversal alternativo a Rajoy pero no desveló cómo iba a lograr -esta vez- que sumara la aritmética. Ni cómo pensaba sentar en una mesa a Podemos y Ciudadanos con los independentistas de invitados de honor.

Cualquier militante suscribiría su plan si fuera viable. Cualquier votante. Hasta en el PP habrá cientos de españoles que quieran dar una oportunidad de regeneración a su partido colocándolo en la oposición. El problema es que la alternativa no es real. Son palabras y deseos. Populismo y demagogia. Es Pedro Sánchez en el mundo de Peter Pan. Materialmente tal vez no encaje en esa generación sobradamente preparada del baby-boom de los 70 sobre la que tanto se ha escrito; emocionalmente es el paradigma. No sólo lo dice su fecha de nacimiento.

La ola de fusiones llega a la Universidad

Magdalena Trillo | 19 de junio de 2016 a las 11:23

La ola de fusiones llega a la Universidad. El mapa bancario está ya a las puertas de una nueva reestructuración, el inacabable periodo electoral sigue postergando -pero no elimina- el debate sobre la necesidad de adelgazar y redefinir las competencias en la Administración y, si dejamos a un lado hipocresías, intereses y utilizaciones partidistas, la realidad es que el modelo actual de la Universidad española es insostenible. Decirlo así de claro es políticamente incorrecto y una sonora munición para desatar todo un terremoto de confrontación en la opinión pública. Pero es la realidad si de verdad creemos que en la educación como motor de desarrollo personal y social, como instrumento de progreso y convivencia, como arma contra la intransigencia y hasta el fanatismo. Y sería una auténtica irresponsabilidad no admitir que hay un problema estructural, de gobernanza y hasta de aspiraciones, que exige un debate sosegado y una toma de decisiones valiente.

Una campaña electoral no es el mejor momento para ello. O sí. Porque aunque no estemos acostumbrados a que los políticos cumplan ni sus programas ni sus promesas, puede ser una oportunidad para obligarles a posicionarse. El simple hecho de abrir el debate es ya un avance. Esta semana lo ha hecho el rector de la Complutense anunciando que va a eliminar 9 facultades: el campus presencial más grande de España (con 80.000 estudiantes y 5.000 profesores) pasará de 20 a 17 facultades y de 185 departamentos a 80. Una auténtica revolución que hace ahora un año ya lideró la Universidad de Barcelona pasando a diez grandes áreas académicas y dejando el número de departamentos en la mitad.

La polémica reestructuración que la universidad catalana afrontó en 2015 y que Madrid acaba de anunciar es un aviso a navegantes. En una institución tan endogámica, con tantos derechos adquiridos y tantos agentes preguntando ‘qué hay de lo mío’, cualquier atisbo de cambio es sinónimo de conflicto: qué esconde la medida, quiénes pierden y quiénes ganan, cuánto nos ahorramos y para qué y, por supuesto, nada se puede mover en la universidad sin la concurrencia y visibilidad de todos los sectores.

La “racionalización” de la Universidad es un viejo debate de nuestro modelo democrático y autonómico que el ministro Wert consiguió enterrar poniendo a todos en contra y que, de momento, se ha podido ir soslayando gracias al pulmón financiero de las comunidades. Ahora, son dos realidades las que juegan en contra: la débil situación presupuestaria de los gobiernos regionales y la feroz competencia que el mercado libre, la formación online y la globalización están suponiendo en el eslabón inicial de funcionamiento, la captación de alumnos. Sin clientes no hay negocio: ni público ni privado.

En Andalucía hubo un atisbo de debate hace dos años cuando el consejero Sánchez Maldonado se atrevió a plantear cerrar facultades “con clases con dos alumnos”. Decía que tenía más sentido enviarlos a Harvard… Los rectores se le echaron encima, sus propios compañeros de equipo de gobierno y acabó ‘aclarando’ que tal situación “no se da en Andalucía”.

Se apagó el fuego pero no el incendio. El desafío en nuestra comunidad es preguntarnos si se puede construir una Universidad Andaluza suficientemente atractiva para competir con los grandes campus internacionales en docencia y en investigación -en el modelo presencial y en el virtual- y, al mismo tiempo, sea capaz de dar respuestas a los graves problemas de funcionamiento estructural que soportan instituciones como la de Granada… Una Universidad que avance en especialización, que establezca una red de centros complementarios y que contrarreste el boom de centros que ha supuesto el desarrollo autonómico. Como suele advertir la rectora de la UGR, Pilar Aranda, cinco facultades de Derecho en un radio de cien kilómetros no parece muy sostenible.

En Andalucía, la historia del sistema financiero ha sido uno de los mayores fracasos de la autonomía. El reto de la Universidad no plantea menos desafíos: ¿estamos dispuestos a eliminar facultades y suprimir departamentos? Porque, después del ‘ponga una facultad en su ciudad’, es lo que acabará significando repensar y racionalizar la enseñanza superior.

Las universidades tienen dos caminos pero con un mismo final: arriesgar y liderar el proceso o esperar a que lo imponga el mercado cuando deje vacías las aulas.

El feliz epílogo del botellón

Magdalena Trillo | 20 de marzo de 2016 a las 9:59

No importa si decide disfrutar la Semana Santa desde dentro o desde fuera. De procesiones o de bares. La receta es similar: desayune bien cuando se levante, no se le ocurra llevar unos zapatos que le molesten -se pondrá de mal genio-, camine recto con la mirada alta, pida lo que le apetezca y diga lo que piense, no deje para mañana lo que pueda hacer hoy, compense los excesos con algo de ejercicio -hasta los investigadores de la UGR han demostrado con ratones que es mucho más efectivo que hacer dieta-, asegúrese de tener bien ubicados en casa fotos, frases y recuerdos de las personas que le importan y preocúpese de vez en cuando de escribir sobre un papel todo aquello que le haga sentir bien.

Es la (enésima) fórmula de la felicidad. Pensará que lo mismo podría dar estos consejos un psiquiatra que un chamán. Efectivamente. Que poco tienen de originalidad y que lo mismo servirían para un pobre que para un rico, para un español que para un griego, para un albañil que para un oficinista. Otra vez sí. Lo curioso es que forman parte de un decálogo de quien ya es conocido en medio mundo como el “profesor de la felicidad”. Y lo realmente llamativo es que no sólo se ha convertido en el docente con más alumnos de Estados Unidos sino que ha logrado desbancar la exitosa -aburrida y previsible- Introducción a la Economía con su Ciencia de la felicidad.

Tal Ben-Shahar. Emigrante israelí. 45 años. 1.400 alumnos por semestre. Dos best-seller traducidos ya a 25 idiomas. Psicólogo y filósofo. El gurú de la felicidad del siglo XXI. Con su “psicología positiva”, el término académicamente correcto con que diserta en sus clases, Ben-Shahar demuestra a sus estudiantes que se puede ser “feliz en lo global”. Aunque experimentemos dolor, tristeza, desengaño o abatimiento de forma puntual. Aunque alguna vez tengamos que recurrir a un antidepresivo.

La felicidad, dice, es una suma de pequeñas cosas. De vivencias. Porque una persona es realmente feliz cuando “disfruta las emociones positivas” al mismo tiempo que considera que su vida “está llena de significado”. En realidad, es una reflexión tan subjetiva, abierta y relativa que hasta permitiría dar sentido al conocido pragmatismo sarcástico de Groucho Marx. Aquel de “la felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna”…

Que cada cual decida si son tiempos para la trascendencia o para el derrotismo y la incredulidad. De Ben-Shahar podríamos quedarnos con el impagable consejo de los zapatos y con una lección colateral: todo depende más de nosotros mismos de lo que pensamos. Con o sin fortuna, con o sin mansión.

Llevo la reflexión al pantanoso paisaje de la actualidad. Estoy segura de que los vecinos de Arabial fueron tremendamente felices el viernes por la noche por algo casi trivial: la no-Fiesta de la Primavera. Pudieron pasear y dormir. Ayer se levantaron sin tener que esquivar vomitonas, basura ni meadas. 70 agentes para blindar el botellódromo e impedir el desmadre de alcohol con que miles de jóvenes han venido celebrando el cambio de estación en la última década. Sólo ha sido un ensayo, el invento de la Holi Run es una salida exótica más que excepcional pero ha funcionado. Era tan fácil (difícil) como decidir que se acabó.

La verdadera prueba llegará cuando los 60.000 universitarios que ya a mediados de semana habían desaparecido de las aulas anticipando el parón de Semana Santa -la oportunidad-casualidad también entran en juego- vuelvan a la capital y el buen tiempo les atraiga a las calles como un imán. ¿Para hacer botellón? No deja de recordarme estos días la redactora que le ha tocado cubrir el epílogo de la Granada del botellón que hay demasiado dramatismo. Que ella vivió el desmantelamiento en Málaga y que fue sólo eso: un punto y final.

Yo dudo. Pesan los cinco siglos de la Universidad y pesa la tradición. Tanto como la malofollá. Cuando argumento que “Granada es especial” siempre hay alguien que me contesta que en todas las ciudades dicen lo mismo. Discrepo. Las novatadas, por ejemplo, se han prohibido en toda España y en Granada ahí seguimos.

El concejal Luis Salvador, muy en su línea de discreción y falta de protagonismo, dejó perplejos esta semana a los periodistas cuando compareció en rueda de prensa para defender que, si hay algo que se mueve en esta ciudad, es gracias a Ciudadanos. Y al acuerdo de 50 puntos que firmaron antes del verano con el PP para “facilitar la gobernabilidad de la capital”. Incluido, por supuesto, el fin del botellón. Desde luego, no contribuye a matizarlo que el alcalde haya decidido cumplir a rajatabla el papel de “abuelo conciliador” que anunció en su investidura y se pase las semanas confesando que ni sabe ni quiere saber. Ni hace ni quiere hacer.

Ni siquiera firmar la carta de dimisión que su concejal Isabel Nieto le lleva presentando desde diciembre para terminar de una vez con las acusaciones, amenazas y presiones derivadas del ‘caso Serrallo’. Esa historia va más allá de la exigencia de C’s para mantener en stand by la amenaza de moción de censura -¿alguien ve a Luis Salvador y a Paco Cuenca capaces de decidir juntos algo más que tomar un café?- y es mucho más delicada que la del botellón. Empezando porque en el trasfondo subyace el latente duelo Pepe Torres-Sebastián Pérez y hay destacados empresarios de esta ciudad que -en teoría, soterradamente; en la práctica, con sonora exposición- han decidido sumarse a la batalla.

Radiografíen la escena pensando en las enseñanzas de Tal Ben-Shahar. Luis Salvador nunca se ha puesto unos zapatos incómodos -está feliz hasta de conocerse-, el alcalde ha decidido que es hora de ir descalzo, a Sebastián Pérez le aprietan desde que lo desalojaron de la Diputación y a Isabel Nieto le hacen un daño horroroso pero no se los dejan quitar.

Pero no dramaticemos… (Siempre) hay salida. Los de Podemos no tienen la patente del “sonreíd, sí se puede” y nos espera toda una Semana de Pasión para enderezar el camino. Les ayudo sustituyendo la recurrente imagen del botellódromo con que iba a ilustrar el artículo con una relajante imagen junto al mar. Súmele una tostada con buen aceite y elija unos zapatos cómodos.

Del 24-M al 27-M, no todo en la vida es poesía

Magdalena Trillo | 17 de mayo de 2015 a las 11:48

Cuando Rafael Guillén escribió en los 60 Las cimas del jaleo, la “irresponsabilidad de la juventud” le empujó a emprender lo que hoy, con ochentaypocos, valora como un “suicidio literario”: acercarse a Lorca y al tema gitano “con una voz pretendidamente propia”. Sus versos contradicen sus temores y confirman su humildad. Los de entonces, los que dedicó al baile como expresión máxima y genuina de la vida, y los de ahora, los que escribe “para recordarse el que es en cada momento” y somete a ese bucle del eterno retorno del que siempre se ha mostrado militante.

Hace una semana, en el arranque de la campaña electoral, su atrevimiento fue mayor. A sólo unas horas de la pegada de carteles, en un auditorio con muchos políticos (demasiados políticos), se permitió la osadía de hablar del tiempo y de la vida, del amor y de la muerte, de las pérdidas y de los regresos, mientras vibraban los móviles entre los asientos camuflando las alertas de los mensajes y las citas que habrían de protagonizar la esperada carrera del 24-M. Guillén decidió recoger el Premio Lorca con que Granada reconoce por vez primera a un autor local con un recorrido por la historia literaria de la ciudad que transformó en un homenaje compartido a los que fueron y los que son. Un viaje emotivo y necesario en el que elevó aquello de que “todo en la vida es materia poética” asegurando que “no es necesaria tal transmutación porque la misma vida es poesía”.

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El suicidio, en este caso periodístico, será mío: le voy a cuestionar. Acabamos de rebasar el ecuador de la campaña y nada hay más alejado de la vida -la vida misma sí que es política- que la poesía. Cojan los periódicos de la última semana y compruébenlo. Da igual la ciudad en la que vivan. Les detallo el cronograma: polémicas, ataques personales y meteduras de pata que, rápidamente y estratégicamente, se colocan en el foco de la agenda del adversario. Algunos aún se atreven a prometer la luna -¿una playa en el centro de Jerez?-, hay quienes aún pueden sorprender en el BOE con una adelantada lluvia de millones navideña -¿el cheque pensión sí es “sostenible”?-, pero la mayoría se desliza entre propuestas posibilistas intoxicadas de vaguedades y de lugares comunes. El desconcierto sobre los resultados de los comicios del próximo domingo equipara ya a viejos y nuevos con un duelo a cuatro bandas entre los ¿grandes? del bipartidismo y los emergentes del ¿cambio? en el que todas las líneas rojas han quedado supeditadas al tacticismo electoral. ¿Seguro que la ofensiva contra la Alhambra, con toda la artillería desplegada, se traducirá directamente en votos para el PP? ¿Seguro que no tendrá efectos secundarios?

Lo peor de todo es que el clima se contagia. Justo el tono elegiaco que los candidatos de las Municipales han tomado prestado de la poesía de Guillén se ha infiltrado en la campaña a rector en la Universidad. Los comentarios sobre el debate del jueves entre Pilar Aranda e Indalecio Sánchez-Montesinos van de un penoso “es más de lo mismo” a una pregunta con lamentable respuesta: ¿así quieren animar a los estudiantes a votar?

No hay duda de que la decisión de Lodeiro de hacer coincidir las elecciones en la UGR con las locales es consciente, meditada y con argumentos perfectamente defendibles. Las consecuencias, sin embargo, son siempre imprevisibles y los riesgos, evidentes. Ante dos candidatos solventes y con programas sólidos -en grandes líneas muy similares-, corremos el riesgo de sustituir lo que debería ser un irrenunciable debate sobre el futuro de la Universidad por la misma batalla de siempre: la ideológica, la de clichés. Es la estrategia de Indalecio pero Aranda se lo ha puesto muy fácil en el primer envite.

Si lo del victimismo contra el “régimen de poder” sigue sin funcionarle al PP a nivel regional, más arriesgado parecería enarbolar esta bandera ante un elector tan exigente como el universitario. Decir que “no hay libertad para votar” en la UGR, denunciar (sin nombres, sin pruebas) supuestas “amenazas”, “chantajes” y “coacciones” y realizar una durísima enmienda a la totalidad a toda la gestión que se ha realizado en las últimas décadas en el Hospital Real es excesivo y, aquí sin muchas dudas, claramente contraproducente. Habría que preguntarle a los asesores del decano de Medicina si han calibrado bien cuántos votantes están o han estado vinculados a los últimos equipos de gobierno como para sostener una descalificación tan agresiva y generalizada sobre su trabajo. Porque se puede “cambiar” sin romper con todo lo anterior, sin renegar de lo que hoy -de forma manifiestamente imperfecta y con un sinfín de desafíos conocidos y asumidos- es la Universidad.

Es curioso. En el debate electoral nacional son los líderes de Podemos los que apuestan por destrozar puentes -cuestionando incluso, la Transición- y es el candidato de Ciudadanos, Albert Rivera, quien todavía está intentado “explicar” que no dijo lo que dijo cuando descalificó a todos los que no hayan nacido en democracia para construir el futuro de nuestro país y les colocó una mochila de corrupción sobre sus hombros. Su versión políticamente correcta es que los “jóvenes tienen que sumar” pero a mí siempre me generan una enorme desazón las correcciones. De cualquier tipo. Es difícil saber cuál es la verdadera verdad, si la que se dice con espontaneidad o la que se fabrica, si no se pensó entonces o si se ha pensado ahora demasiado calculadamente. El error es tan humano como la rectificación pero admitamos que, en política, es justificadamente sospechoso.

Y lo lamento. Mi edad es similar a la de muchos de los que han decidido levantar un muro entre generaciones -antes y después de la democracia- repitiendo ese maniqueísmo de las dos Españas del que no nos conseguimos librar. Con o sin rectificación, el debate sobre lo nuevo y lo viejo, sean partidos o personas, es necesario por cuanto esconde sobre la actitud de ingratitud y egoísmo con que hemos terminado ennegreciendo la “herencia recibida”. La realidad es que todavía está por saber si los nuevos harán nueva política y si los viejos son capaces de liderar un cambio que se presenta tan urgente y profundo como el que se abordó en la Transición.

Les confieso que, a mí, el vértigo me atrapa con el vacío que van dejando quienes se sitúan al otro lado de la posteridad. Pienso en Ayala. Me acordaba de sus whiskys cuando, unas horas antes de recibir el Premio Lorca, Rafael Guillén me confesaba que se iba a escabulllir de la presión mediática tomando un vermú en Las Titas… Él no se ve en la posteridad pero sí en ese momento de misterio en el que el “canto a lo que se pierde” machadiano ya no se afronta con tristeza sino con sabiduría y con lucidez. Son las personas, es lo que piensan y es lo que escriben… Cuando lo meditan y cuando improvisan… En ocasiones, basta una rutinaria carta, basta un sencillo verso. Lo pueden comprobar sumergiéndose en la correspondencia de Francisco Ayala que su Fundación acaba de publicar con un ambicioso proyecto digital en abierto; empiecen por la carta a Azaña en la que habla de picaresca y granujería, de vividores y de hidalgos, de honestidad…

Para desconectar de la vida que no es poesía, para conectar con la vida que es poesía, prueben con la Balada en tres tiempospara saxofón de Rafael Guillén: “El futuro es pasado que busca otro comienzo”.

De tarjetas black y otras tentaciones

Magdalena Trillo | 21 de diciembre de 2014 a las 11:32

No son ni tres ni cuatro. En la Universidad de Granada circulan más de 200 tarjetas de crédito desde hace cinco años. Controladas con lupa, fiscalizado hasta el último euro, pero circulan. Fue el actual equipo de gobierno quien implantó el sistema para agilizar los pagos a proveedores y facilitar las labores de gestión de los directores de los grupos de investigación, los responsables de departamentos y los decanos. La norma es muy clara: no se pueden abonar partidas de protocolo y representación y, por supuesto, ni un solo gasto personal. Parecía lógico, y así me consta que se recalca cuando se reparten las visas, que una cosa es organizar desplazamientos y asistencias a reuniones científicas o agilizar la compra de material informático y otra bien distinta pasar la compra del supermercado, el tique de la gasolinera o las copas del fin de semana.

El problema, como bien han recalcado esta semana el rector de la UGR, no está en las tarjetas sino en su uso. Pero a esta irreprochable aseveración deberíamos unir un matiz: la tentación. Más de un decano nos confesaba a raíz del escándalo destapado en la Universidad de Cádiz que las rechazó en su momento porque realmente no las necesitaba… o porque prefería no meterse en el bolsillo la posibilidad de gastar 3.000 euros al mes con un gesto tan automático y cotidiano como marcar un numerito. El viejo ejemplo de las armas de fuego; mejor restringir su uso que pagar la consecuencias. El extendido ejemplo de los maletines en las operaciones urbanísticas; mejor esconder la manzana para no caer.

Nadie niega que en la UCA se hayan auditado los gastos pero es una absoluta indecencia conocer la “justificación” de los 880.000 euros que el anterior equipo de gobierno despilfarró durante cinco años con las ‘tarjetas black': 162.019 euros en tres de los restaurantes con más caché de la ciudad; 2.729 euros en gasolina; 1.396 en compras en el Makro… El ex rector disfrutó de una Business Oro con un límite de 30.000 euros al mes, su adjunto no tuvo problemas en usarla en el súper, el vicerrector de Investigación se dio más de un homenaje en fin de semana y la directora de Cooperación cargó alguna que otra compra en Londres.

Todo muy “legal” y “controlado” y, por supuesto, inmoral. Tanto que hasta se llega al ridículo. Y aquí no hablamos ya de tarjetas, sino de dietas y privilegios y de conocer qué se paga de forma ordinaria en las instituciones públicas con nuestros impuestos. ¿Recuerdan el episodio de la bolsa de Doritos con que el PP ejemplificó los “desmanes” de PSOE e IU nada más aterrizar en la Diputación? En la UGR, aseguran que ningún miembro del equipo rectoral tiene tarjetas pero eso no significa que no se realicen gastos en protocolo, en representación institucional y en lo que toque… Y, con o sin visa, lo mismo podríamos decir del resto de instituciones. Lodeiro advierte que no piensa realizar ningún cambio en el sistema de pago con tarjetas porque funciona y porque, en la práctica, resulta la forma más efectiva de controlar este tipo de partidas. Bien. Pero la siguiente pregunta exigible, sin respuesta y extensible a las demás instancias públicas, es conocer la letra pequeña del gasto.

Como ya vimos en el caso de CajaMadrid, se trata de un montante insignificantes si lo comparamos con los millones del rescate bancario o con los presupuestos que mueven al año las instituciones, pero son los más dolorosos para una opinión pública que sólo conoce de sus gobernantes mensajes de austeridad y ajustes de cinturón. ¿Nosotros hemos vivido por encima de nuestras posibilidades o ellos? ¿Se imagina cómo cambiaría su vida con una ‘tarjeta black’? No me diga que no se la pediría para Reyes -legal, eso sí- con la misma ingenua ilusión con que esperamos que mañana nos toque el Gordo.

Donde campa la desvergüenza es en el barro de la opacidad y sólo se cura con grandes dosis de educación cívica… y con mucha luz. Directa y externa. ¿Sabemos qué gastos están pasando nuestros políticos habitualmente con o sin tarjeta? Todavía está por ver hasta qué punto la Ley de Transparencia que acaba de entrar en vigor -y sus réplicas en las siguientes escalas de gobierno- van a servir para atajar estas prácticas abusivas y para imponer la prudencia y la responsabilidad en la gestión pública.

Tal vez no hablemos de estafa, de fraude ni de dinero negro, pero es obvio que no gastamos con la misma alegría con nuestro dinero que con el de los demás y que lo que estamos viendo se parece mucho a lo que desde pequeños hemos aprendido que era robar… La transparencia y la ejemplaridad no deberían ser unas palabras de moda autoexculpatorias en esta España de la corrupción que está dibujando la Audiencia Nacional ni una obligación que llegue -y se vaya- con la crisis; es una necesidad que todos deberíamos compartir si entendemos que es uno de los termómetros más claros de la degradación a la que estamos sometiendo el sistema.

Ni la compra del Ikea ni la bolsa de Doritos hubieran significado nada en un momento de bonanza económica y confianza institucional. La gravedad del escándalo es directamente proporcional al castigo social. Los consejeros de Bankia se llenaron los bolsillos en los años más duros de la crisis, los de los cinco millones de parados, el cierre incesante de empresas, el reparto solidario de alimentos y los suicidios por desahucios; los altos cargos de la UCA han mantenido su tren de vida mientras se recortaban las becas, se perdían profesores en las facultades y se negaban fondos a la investigación. Y no seamos hipócritas. De nada sirve que no invitemos a una copa de vino en una inauguración si por la puerta de atrás nos gastamos mucho más tomando copas con los colegas.

No me refiero sólo a Cádiz. La mayor injusticia de la austeridad que hemos vivido estos años es la doble vara de medir con que se ha estado aplicando; esa misma que siguen los partidos cuando se enfrentan a un caso de corrupción. El sacrificio para nosotros, que hacemos de público obediente en la espartana ceremonia de turno, y la comilona con cargo a fondos públicos para los organizadores y sus ‘amigos'; el recorte en el salario a los trabajadores y los gastos elitistas perfectamente ‘justificables’ para ellos. Y lo triste es que, en la mayoría de los casos, no hay más opción que esperar a un cambio de gobierno -de verdad, no de los mismos que llegan y tapan- para saber qué hicieron con nuestro dinero…

Pues lo bueno en estos momentos, aparte de confiar en que también a los asalariados nos llegue la hora de compartir aquello de que la “la crisis ya es historia”, es que para la siguiente cita en las urnas apenas faltan cinco meses. Mire en su barrio, en su pueblo, en su ayuntamiento de turno. Recuerde con qué casa y coche llegaron y compruebe cómo se van. Mientras funciona -o no- lo de la transparencia y mientras damos -o no- ejemplo, es el instrumento más efectivo con el que podemos sancionar lo que, por muy indecente y aberrante que nos parezca, se escapa en los tribunales.

¡Pero qué injusta y caprichosa es la vida! Nuestro cesto lo dejaron sin manzanas para evitarnos la tentación, ¿y el de ellos?

Elogio del periodismo; elogio de la poesía

Magdalena Trillo | 12 de octubre de 2014 a las 11:00

El viernes conseguí que los 74 alumnos que este año se estrenan como universitarios en Comunicación Audiovisual llevaran un periódico a clase. Uno cualquiera, local o nacional, español o extranjero, de derechas o izquierdas… Casi todos rozan los 18 y, con suerte, han ojeado alguno para ver la cartelera o lo deportes si se han tropezado en casa con él.

Mi reto ahora es que lo lean, que lo destripen… y que lo disfruten. Que lo vuelvan a comprar porque así lo decidan; porque así lo quieran. Estoy empeñada en demostrarles que los periódicos son útiles; en ocasiones provocadores y ácidos y, a veces, hasta divertidos. Las críticas serán demoledoras pero, por encima de vehementes militancias y derivas corporativas, está ese papel de vigilancia, de vertebración y de responsabilidad social que cada día da más sentido a este oficio romántico que muchos están dispuestos a ver amordazado y moribundo. Y no es así. Si hay algo que nos están demostrando estos tiempos de veleidades, de fiebre tecnológica y de pragmatismo funcionalista es que los medios ni tenemos amnesia sobre lo que somos -de lo que ‘debemos’ ser- ni estamos narcotizados.

No todos los años tengo tanta suerte en el inicio del curso para convencerles. La crisis del ébola me lo ha puesto fácil. A Rajoy le ha costado cinco días reaccionar y tendríamos que preguntarnos cuánto hubiera tardado sin la presión mediática dando voz a las protestas de los profesionales y a la indignación popular. Cinco días de desconcierto, de des-información y de bulos alarmistas en las redes sociales son una eternidad. Cinco días en manos de un consejero prepotente y fullero son una provocación. Cinco días de descontrol, con una ministra manifiestamente inepta, son una temeridad.

La gestión del ébola podría convertirte en objeto de tesis doctoral. De momento, ya ha servido para demostrar a mis alumnos que twitter no es una alternativa, que engancharse a la telebasura tiene un precio y que, aunque en España no hay oficialmente prensa amarilla, la realidad es bien distinta…

Lo cierto es que ésta es la parte ‘fácil’. Soy consciente de que el desafío es diario: cada mañana tenemos que convencerle, a usted, de que no tira su dinero cuando llega al quiosco y sabemos que, con cada ejemplar, nos jugamos nuestro prestigio y nuestra credibilidad. Y no sólo en una situación de crisis. Lo más difícil, siempre, es argumentar en positivo. No desde el miedo ni desde la necesidad, sino desde la voluntad.

El viernes, mientras daba clase, en el Aljibe del Rey se fallaba el Premio Lorca. Ya he recortado las páginas que dedicamos a Rafael Guillén para mostrarles el próximo día que el placer de leer no sólo se encuentra en los libros. Y voy a empezar por lo más difícil, por la poesía. Los artículos que ayer dedicábamos al escritor granadino son pura literatura y son, sobre todo, una seductora invitación a penetrar en ese mundo privado e íntimo -al mismo tiempo universal y compartido- que nos destila en cada verso con tanta fuerzacomo el buen whisky; ese que mágica y caprichosamente se quedan los ángeles…

Él no lo sabe, pero, desde que salieron sus obras completas, su mirada incisiva y escrutadora me vigila cuando escribo. Siempre supe que su lugar estaba en el escritorio de la playa, oliendo a mar y a salitre. Rompiendo las cadenas del espacio y del tiempo; obligándome a rendirme a la belleza de la palabra, contagiándome de su pasión por la vida. Así, sencilla, desnuda. Sin artificios. Humilde. Rafael Guillén nunca ha querido “jugar al juego de los premios” pero, con la misma presión que los periodistas, siempre ha sabido que se lo jugaba todo, una y mil veces, ante el exigente lector.

El arte salió un día de los museos y las galerías para meterse en las casas de la gente; muchas veces me pregunto si la poesía nunca haya sabido -o querido- recorrer ese camino… Si no la hemos marginado entre todos renunciando a su mayor virtud, la capacidad de hacernos pensar y sentir, la capacidad de emocionarnos, la capacidad de hacernos sentir vivos. Hace tiempo me dijo un buen amigo que si quería escribir buen periodismo tenía que leer buena poesía. Tal vez sea el mejor consejo que me hayan dado nunca; tal vez sea el mejor consejo que yo pueda dar a muchos adolescentes que sueñan hoy con ser corresponsales, guionistas, cineastas y hasta creadores de videojuegos… Que lean; y que lean poesía.

La Universidad de 2015: ¿Aranda o Lorente?

Magdalena Trillo | 29 de septiembre de 2013 a las 10:46

Estamos en el momento justo de tejer las redes. El rector inauguraba el viernes el curso académico y en los corrillos ya había una protagonista: Pilar Aranda. Les sitúo. Dentro de dos años habrá elecciones en la Universidad y para usted, para su bolsillo y su día a día, tal vez no sean tan decisivas como las municipales o las generales pero sí tan entretenidas. No habrá banderolas ni pegadas de carteles pero sí política. Y trastienda. Mucha trastienda.

La elección no es (sólo) de nombres. Como ha ocurrido en las últimas décadas, tendremos que decidir entre un cambio superficial para que todo siga igual -Medicina con su corralito, los lobbys con sus correspondientes cuotas de poder y el ‘qué hay de lo mío’ como dogma de fe- o un cambio de vértigo que la ponga boca abajo e imponga una modernización profunda en la institución. Operación menor de maquillaje o cirugía mayor; ése es el dilema. Y no será fácil.

Habrá que luchar contra el peso de treinta años de sometimiento y sobreprotección bajo el paraguas de la Junta -el “régimen” que dicen algunos- y tendremos que poner a prueba la maquinaria para saber si somos capaces de impulsar la transformación desde dentro -son muchos los que sostienen que jamás el stablishment promoverá, permitirá, el cambio real- o seguimos atrincherándonos en la tradición, muriendo de rutinas y tedio, a la espera de que nos firmen por decreto una salida. Hacia adelante o hacia atrás.

En Granada, en cualquier universidad española, ser rector en 2015 debería significar cierto grado de bronca con las administraciones y una buena carga de exigencias y reivindicación. Con la Sevilla de turno y con Madrid; gobierne quien gobierne. Ningún candidato que se precie puede presentarse a suceder a Lodeiro sin un discurso de cambio y de transformación. No me refiero tanto a la idea de ruptura como a la necesidad de lanzar un mensaje de optimismo y renovación en estos momentos de crisis en los que se han minado los pilares del sistema educativo.

Son las becas, pero es también el modelo de universidad que queremos -la universidad a la que aspiramos en un escenario tremendamente competitivo y globalizado en el que el sector privado está marcando las reglas del juego- y son también las prioridades y la inversión, el reparto de los recursos por muy escasos que sean. ¡Claro que hay margen para la política! Lo hay cuando la Junta garantiza la revalorización de las pensiones mínimas, se niega a aplicar el copago hospitalario o completa las ayudas de los universitarios que no han logrado el ‘aprobado Wert’ del 5,5. La pregunta es si la Universidad está preparada para el tsunami y si hay alguien con suficiente liderazgo y solvencia para afrontarlo.

Situémonos en los nombres. La candidatura fuerte es la de Pilar Aranda. Con perfil dialogante y ajena a los intereses de los lobbys médicos, Aranda plantearía una campaña “alternativa”, una entrada de aire fresco a la institución y sin excesiva connivencia con el Gobierno andaluz al tiempo que garantizaría que no va a convertirse en un ariete de conflictos. Cercana al PSOE y a la Junta, sería la posible apuesta del actual equipo rectoral si no cuaja la teoría del candidato tapado: en su día se habló de Gómez Oliver pero su salida del equipo de Loderio lo habría dejado sin posibilidades y la duda estaría en ver las opciones reales del actual decano de Derecho, Juan López. Pero, incluso si se mantiene esta posibilidad, 2015 sería el año de Aranda y hay quienes lo ven directamente como vicerrector en su equipo.

La opción de Aranda, que sonaba como primera rectora de la UGR antes incluso de tener la cátedra necesaria para poder optar, es tan potente que no son pocos los que cuestionan que el candidato de la derecha se llegue a presentar en un duelo directo con la aspirante de la izquierda. Hablamos de Indalecio Sánchez, actual decano de Medicina y ‘heredero’ de Antonio Campos. Él vendría a mantener esa vieja tradición de contar con un candidato de Medicina “para perder” pero con fuerza para negociar. Tan potente como la candidatura de Aranda, pero de momento en el aire, es la de José Lorente.

Podría ser un aspirante de consenso capaz de aunar a gran parte de los ‘dinosaurios’ de los grandes centros, al tiempo que contaría con el respaldo del profesorado joven y los estudiantes, recogería buena parte de los apoyos que Rafael Payá tuvo en su día cuando se enfrentó a Lodeiro y vendría a conectar con la etapa del ex rector David Aguilar. Tiene capacidad y criterio para remover los cimientos de la institución, tiene prestigio e intuición para mejorar su reputación pública y lo fundamental: nada debe. Ni a unos ni a otros; no sería el “candidato del régimen”. Son estos sus valores pero también sus puntos débiles: ¿para la gran masa de profesorado de centro-izquierda que integra la UGR sería un salto al vacío? Porque la pregunta sigue siendo una: si la Universidad está dispuesta a hacerse un cierto harakiri para sobrevivir y si habrá alguien que se atreva.

Una Universidad en blanco y negro

Magdalena Trillo | 30 de septiembre de 2012 a las 9:47

LOS universitarios están afinando las vuvuzelas para la apertura oficial del curso que se celebra mañana. El objetivo de unos pocos es boicotear el acto; el malestar y la preocupación por el impacto que los recortes y los problemas de financiación están provocando en la aparente normalidad de la vuelta a las aulas son compartidos. La Universidad, esta universidad, no es viable.

Así de claro no lo dicen los rectores pero lo han de sospechar cuando, después de una semana de tensas negociaciones, no consiguen de la Junta más que un pago de 25 millones “para lo urgente” pese a que la deuda al cierre de 2011 alcanzaba ya los 750 millones; así de claro no lo reconoce el Gobierno andaluz pero lo deja entrever cuando proclama públicamente una defensa a ultranza de la Universidad sin atreverse a garantizar su financiación. Sólo las nóminas están aseguradas: unos 90 millones al mes para el conjunto de la educación superior de la comunidad. El reclamado plan de tesorería, en el aire. De calidad, de investigación y de excelencia, ni hablamos.

El presidente de la Junta abrió oficialmente el curso el viernes en Cádiz entre silbidos, pancartas y gritos de “¡fuera!”. Ni autocrítica ni hojas de ruta. Palabras. Que la Universidad ha de ser “el motor del cambio”, que para salir de la crisis hay que apostar por “más y mejor educación, conocimiento e innovación”, que la inversión en I+D+i es “prioritaria”, que el difícil curso que ahora comenzamos es consecuencia –¿únicamente?– del erróneo camino de la austeridad que está siguiendo Europa y el Gobierno de Rajoy…

El rector de Cádiz no se enredó en los contextos: “Más alumnos, más formación y menos financiación conforman una ecuación imposible (…) La Universidad pública no puede dar más de sí”.

Nuestro rector, en una entrevista que hoy publicamos, traslada una inquietud similar: si la situación es ya asfixiante, aún está por ver lo que vendrá con 2013; tenemos unas buenas infraestructuras investigadoras pero no está claro que las podamos seguir utilizando al mismo ritmo; los grados de Ceuta y Melilla están en el aire por el escaso número de alumnos; las tasas se han subido este año lo mínimo pero tal vez haya que replantearlo en un futuro; los proyectos de los Campus de Excelencia siguen… ¡pero sin presupuesto!

¿Se acuerdan del sueño de Bolonia? Se ha convertido en pesadilla. Queríamos competir con Estados Unidos y Asia desarrollando en Europa un espacio común de universidades que aumentara la movilidad de estudiantes y profesores y mejorara tanto la formación de los titulados como sus posibilidades de encontrar trabajo. Pero a lo que dedicamos nuestros esfuerzos es a la supervivencia.

Se ha avanzado en el continente –ahora todos nos parecemos más en cuanto a la oferta de grados y másteres– pero no el contenido. La Universidad española vive sumida en una exasperante tortura burocrática, apenas se ha avanzado en movilidad (el objetivo era superar el 20% y no llegamos ni al 10%) y el capítulo de la empleabilidad, una falacia.

¿Calidad de enseñanza? En clases con setenta alumnos, sustituir la lección magistral por una enseñanza más activa para el alumno centrada en tutorías y seminarios es una operación titánica. ¿Excelencia en la investigación? Hasta la propia administración se está ‘apropiando’ de los fondos que consiguen los científicos en la empresa para tapar agujeros del gasto corriente. Pregunten en el CSIC: la situación no es crítica; es impresentable. ¿Una universidad competitiva? Ni es capaz de escapar de su endogamia ni sabe siquiera cómo afrontar los problemas estructurales que han contribuido a cultivar esa imagen de outsider de la sociedad…

Sin embargo, no creo que sea justo criminalizarla como la única culpable de la falta de competitividad de todo un país ni cargar sobre ella toda la responsabilidad de la salida a la crisis. Escuchaba esta semana al economista José María O’Kean aseverar con vehemencia que el “sistema educativo en Andalucía es un desastre” y que la Universidad es completamente incapaz de liderar el camino. Hablaba de productividad, de eficiencia, insistía en la imagen de la Universidad como ‘fábrica de funcionarios’ y decía que son las empresas las que tienen que asumir la formación…

Después del sistema financiero, tal vez haya llegado el momento de pinchar la burbuja universitaria, la del apalancamiento y los privilegios, la de los excesos constructivos, la fiebre megalómana y los egos incontrolables, pero no mercantilizándola ni entregándosela, gratis, a los insaciables mercados. Lo único que no es viable es esta universidad; lo que no nos podemos permitir es una universidad en crisis.

Excelentes mediocres

Magdalena Trillo | 22 de agosto de 2010 a las 11:44

HACE 200 años le preguntaron a Napoleón qué pensaba de China. El emperador francés respondió: “Allí duerme un gigante. Dejémoslo que duerma, porque cuando despierte se moverá el mundo entero”. Ese día ha llegado…

En estos momentos, tal vez sea más acertado decir que el culpable del ‘terremoto’ de Occidente sea nuestra propia caída, esos tres años de turbulencias financieras que nos están sacudiendo y que hasta se nos ocurre ‘celebrar’ rememorando la intervención de los grandes bancos de Europa, Estados Unidos y Japón de aquel fatídico 9 de agosto de 2007.

Pero seamos justos. Mientras unos luchamos por recuperar derechos y posiciones perdidas, otros avanzan de manera trepidante. A comienzos de semana, China arrebató a Japón 40 años de hegemonía como segunda potencia económica mundial. Un país oficialmente en desarrollo ha registrado en primavera un PIB de 1,34 billones de dólares y nadie descarta que pueda robar el primer puesto a los americanos.

Un par de días más tarde, el popular ranking de Shanghai constataba el auge de sus universidades. Este año se han colado 34 centros entre los 500 primeros del mundo cuando en 2004 apenas había 16.

Estados Unidos y Gran Bretaña siguen acaparando el ‘top ten’ y las españolas se hunden. Más bien seguimos donde estábamos, en la rutina de la inercia, mientras los demás suben. Ninguna universidad de nuestro país está ya entre las 200 mejores, sólo las de Barcelona, Madrid y Valencia se sitúan entre el 200 y el 400 y, en la cola, las de Granada, Santiago de Compostela y Zaragoza. La de Sevilla, que hace un año formaba parte del ranking, se descuelga.

¿Qué ha ocurrido? Primera interpretación: el ranking no sirve. Ni siquiera está bien hecho. Lo han preparado los chinos para favorecer a sus centros y ahí están los resultados. Segunda interpretación: el ranking no es representativo de nada. Tener, por ejemplo, un premio Nobel no es indicativo de nada. Tercera interpretación: analizándolo bien, no está mal del todo. El tono medio es bastante aceptable…

Dejando a un lado los argumentos reduccionistas, que sólo llevan al absurdo, podríamos preguntarnos: ¿no es significativo saber cuántos investigadores de reconocido prestigio tiene la UGR? ¿Y la cantidad de artículos publicados en las revistas de mayor impacto internacional?

Lo preocupante, lo grave, no es que no estemos en el ‘top’; es que no hay ninguna estrategia para llegar. Más aún. De todo lo que se analiza, no tenemos ni un solo síntoma positivo. No podemos hacer fichajes, no podemos reclutar a profesores de prestigio, no podemos ‘depurar’ el funcionariado… Desde la función pública es complicado alcanzar la excelencia.

Una salida podría ser las alianzas con el sector privado, con centros que tiraran de la propia universidad. Pero esta estrategia, que sí ha funcionado en Cataluña, no termina de cuajar, por ejemplo, en Andalucía.

Es consecuencia de un modelo universitario, pero también político y social. Salvo en deportes, donde marcamos distancias en fútbol, tenis o baloncesto, nuestra tendencia es igualarlo todo, pero por abajo. Sin agravios, es cierto, pero con un riesgo claro: la mediocridad.

Basta mirar las bases de segunda convocatoria de la Estrategia 2015. ¿La teoría? Modernizar las universidades a través de la excelencia docente y científica, internacionalizar el sistema y apostar por la innovación.

¿La práctica? Un ‘poco’ de excelencia para todas y no tener que enfrentarse a las presiones. Pero no todos podemos ser excelentes. No existe la excelencia para todo el mundo. Hay que discriminar. Aunque tenga un coste político. Hay que decidir dónde queremos estar. Fijar las metas, garantizar un sistema público y, a partir de ahí, competir. Sí competir. Aunque sigamos demonizando una palabra que no significa más que aspirar a ser mejores.

Cierto es que no es el mejor momento. Sólo un dato: cómo puede la UGR fichar talentos si tiene que cerrar en agosto para ahorrar y seguir pagando las nóminas…