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La ola de fusiones llega a la Universidad

Magdalena Trillo | 19 de junio de 2016 a las 11:23

La ola de fusiones llega a la Universidad. El mapa bancario está ya a las puertas de una nueva reestructuración, el inacabable periodo electoral sigue postergando -pero no elimina- el debate sobre la necesidad de adelgazar y redefinir las competencias en la Administración y, si dejamos a un lado hipocresías, intereses y utilizaciones partidistas, la realidad es que el modelo actual de la Universidad española es insostenible. Decirlo así de claro es políticamente incorrecto y una sonora munición para desatar todo un terremoto de confrontación en la opinión pública. Pero es la realidad si de verdad creemos que en la educación como motor de desarrollo personal y social, como instrumento de progreso y convivencia, como arma contra la intransigencia y hasta el fanatismo. Y sería una auténtica irresponsabilidad no admitir que hay un problema estructural, de gobernanza y hasta de aspiraciones, que exige un debate sosegado y una toma de decisiones valiente.

Una campaña electoral no es el mejor momento para ello. O sí. Porque aunque no estemos acostumbrados a que los políticos cumplan ni sus programas ni sus promesas, puede ser una oportunidad para obligarles a posicionarse. El simple hecho de abrir el debate es ya un avance. Esta semana lo ha hecho el rector de la Complutense anunciando que va a eliminar 9 facultades: el campus presencial más grande de España (con 80.000 estudiantes y 5.000 profesores) pasará de 20 a 17 facultades y de 185 departamentos a 80. Una auténtica revolución que hace ahora un año ya lideró la Universidad de Barcelona pasando a diez grandes áreas académicas y dejando el número de departamentos en la mitad.

La polémica reestructuración que la universidad catalana afrontó en 2015 y que Madrid acaba de anunciar es un aviso a navegantes. En una institución tan endogámica, con tantos derechos adquiridos y tantos agentes preguntando ‘qué hay de lo mío’, cualquier atisbo de cambio es sinónimo de conflicto: qué esconde la medida, quiénes pierden y quiénes ganan, cuánto nos ahorramos y para qué y, por supuesto, nada se puede mover en la universidad sin la concurrencia y visibilidad de todos los sectores.

La “racionalización” de la Universidad es un viejo debate de nuestro modelo democrático y autonómico que el ministro Wert consiguió enterrar poniendo a todos en contra y que, de momento, se ha podido ir soslayando gracias al pulmón financiero de las comunidades. Ahora, son dos realidades las que juegan en contra: la débil situación presupuestaria de los gobiernos regionales y la feroz competencia que el mercado libre, la formación online y la globalización están suponiendo en el eslabón inicial de funcionamiento, la captación de alumnos. Sin clientes no hay negocio: ni público ni privado.

En Andalucía hubo un atisbo de debate hace dos años cuando el consejero Sánchez Maldonado se atrevió a plantear cerrar facultades “con clases con dos alumnos”. Decía que tenía más sentido enviarlos a Harvard… Los rectores se le echaron encima, sus propios compañeros de equipo de gobierno y acabó ‘aclarando’ que tal situación “no se da en Andalucía”.

Se apagó el fuego pero no el incendio. El desafío en nuestra comunidad es preguntarnos si se puede construir una Universidad Andaluza suficientemente atractiva para competir con los grandes campus internacionales en docencia y en investigación -en el modelo presencial y en el virtual- y, al mismo tiempo, sea capaz de dar respuestas a los graves problemas de funcionamiento estructural que soportan instituciones como la de Granada… Una Universidad que avance en especialización, que establezca una red de centros complementarios y que contrarreste el boom de centros que ha supuesto el desarrollo autonómico. Como suele advertir la rectora de la UGR, Pilar Aranda, cinco facultades de Derecho en un radio de cien kilómetros no parece muy sostenible.

En Andalucía, la historia del sistema financiero ha sido uno de los mayores fracasos de la autonomía. El reto de la Universidad no plantea menos desafíos: ¿estamos dispuestos a eliminar facultades y suprimir departamentos? Porque, después del ‘ponga una facultad en su ciudad’, es lo que acabará significando repensar y racionalizar la enseñanza superior.

Las universidades tienen dos caminos pero con un mismo final: arriesgar y liderar el proceso o esperar a que lo imponga el mercado cuando deje vacías las aulas.

Ir a misa mejora la salud

Magdalena Trillo | 29 de mayo de 2016 a las 12:23

Ir a misa todas las semanas prolonga la vida. Lo asegura un grupo de científicos tras realizar un amplísimo trabajo de campo con casi 75.000 enfermeras de Estados Unidos durante 16 años. Los resultados se acaban de publicar en la revista Jama Internal Medicine poniendo cifras a los efectos saludables de la espiritualidad: asistir a los oficios religiosos de forma habitual reduce un 27% el riesgo de muerte por enfermedad cardiovascular y un 21% por efecto del cáncer. Exactamente. Ni más ni menos. Ir a misa más de una vez a la semana supone un 33% menos de riesgo de morir frente a quienes nunca pisan un templo; acudir semanalmente rebaja el riesgo un 26% y, si suavizamos ligeramente la práctica, los beneficios caen al 13%.

Los científicos, investigadores de la Harvard Chan School of Public, han dedicado casi dos décadas a conocer la dieta y el estilo de vida de las norteamericanas. La información sobre el estudio la publicaba hace unos días el periódico Abc y, si superamos la perplejidad del titular, contenemos el escepticismo por la contundencia y la precisión de las conclusiones y descendemos a la letra pequeña, los resultados terminan conectando más con lo terrenal que con lo divino. Tienen que ver con los efectos del apoyo social, con el menor consumo de tabaco, con la baja propensión a sufrir depresión y ataques de ansiedad y con la elevada preocupación por el cuidado de la salud que tiene un colectivo tan especial como el de las enfermeras. Todas de raza blanca, de alto nivel socioeconómico y perfectamente integradas en su comunidad. En resumen, que ni el estudio se puede generalizar ni podemos perder de perspectiva que sólo las personas sanas pueden ir a misa; que las verdaderamente enfermas se tienen que quedar en casa o en el hospital…

Les confieso que recorté el artículo con la idea de hacer una crítica despiadada sobre un tema que realmente me preocupa: que se dediquen fondos y esfuerzos a investigaciones que rozan lo ridículo. Lo absurdo. Les animo a que buceen en las notas de prensa que emiten los gabinetes de las universidades españolas y a que consulten los listados de los proyectos que reciben financiación pública relacionados con la investigación y hasta con la innovación. Llevo años, sin éxito, intentado descubrir los criterios. Encontrarán iniciativas sorprendentes, valiosísimas, y verdaderas estupideces. No hablo del incuestionable coste de la ciencia básica ni defiendo el pragmatismo por encima del conocimiento; hablo de cuando se cruzan intereses que nada tienen que ver con la ciencia, con el saber, con el progreso. Trabajos que responden al márketing institucional, a la propaganda, al proselitismo, casi al mismo nivel que las campañas políticas se diluyen en el espectáculo. Ni siquiera entro en la mediocridad y el camino fácil -la vida fácil- que no deja de comer terreno a ese difícil principio de excelencia que se supone entre las paredes de una universidad. Hablo del sentido común, de proporcionalidad y hasta de coherencia.

Decía esta semana el consejero de Economía que habría que hacer un “pacto de Estado” -ese que nostálgicamente pedimos para todos los grandes temas que luego lanzamos a la arena de la confrontación política y electoral- para eliminar la “patética burocracia” que sufren los investigadores. Para acabar con el “infierno” del papeleo. Cualquiera que conozca el mundo de la Aneca lo firmaría sin leerlo. Pero no es sólo el continente lo que requiere cirugía en la Universidad; también el fondo. El siempre polémico y cuestionado impacto de los ranking y el irresoluble debate sobre la financiación suelen acaparar el tenue debate público sobre el modelo de educación superior. Pero hay otro plano que nos debería preocupar casi más: qué se enseña, sobre qué se investiga, qué aporta la Universidad.

En la misma carpeta en que guardé la noticia de Abc coloqué un artículo sobre dos jóvenes emprendedores de California, de una start up de San Francisco, en Silicon Valley, capaces de convertir el agua en vino en sólo 15 minutos. “Recreamos vinos desde cero, sabor a sabor, combinando los compuestos en su nivel preciso. Sin levadura, sin fermentación, con control infinito del sabor y del aroma”. Hace dos años, los medios ya se hacían eco de una “máquina milagrosa” que fabricaba vino en tres días -el asunto quedó en una campaña de crowdfunding para recabar financiación para su comercialización- y son varios los vídeos de Youtube que van del divertimento de los experimentos caseros a las reminiscencias bíblicas de las bodas de Caná.

Quería criticar que en PlayaGranada, en uno de los rincones más turísticos de la costa, en la zona más exclusiva de Motril, en zona verde, hayan decidido construir una iglesia cuando no hay ni una franquicia de supermercado… Luego he pensado en lo fresquito que se estará allí dentro cuando lleguen los días tórridos de julio y, al final, me ha podido la superstición: ¿y si fuera verdad lo de las misas y la salud? Mi madre siempre me lo decía de pequeña: mientras estés en la iglesia no estarás haciendo otras cosas. Ella pensaba en los novios, las discotecas y el alcohol -amenazas más que reales para la “salud” de una adolescente- y yo me pregunto hoy si al final todo tiene su tono, su sentido y su contexto.

Hablando sobre su nueva novela, El azar y viceversa, Felipe Benítez Reyes advierte contra las actitudes de “solemnidad” que no llevan más que a la “grandilocuencia” y el “tremendismo”. “La vida”, reflexiona en una entrevista en la revista Mercurio, “es fascinante y a menudo puede resultar terrible, pero también es bastante absurda y ridícula. Si prescindimos del humor, le mutilamos la mitad”. ¿Quién soy yo, adicta a la coca-cola, para criticar entonces a quienes quieran beber vino sintético? ¿Quién soy yo para cuestionar si es más importante alimentar el cuerpo que el alma?

Me lo pregunto cuando media aristocracia europea hace las dos cosas asistiendo a la boda de la hija del duque de Wellington, Charlotte Wellesley, con el multimillonario colombiano Alejandro Santo Domingo en la pequeña Iglesia de la Encarnación de Íllora por el capricho de la novia…

Me lo pregunto después de ver a Pablo Iglesias hacerse fan del Papa, a los políticos catalanes comprando la paz social con los okupas radicales, a las feministas socialistas guerrear contra las feministas de Podemos por una charla sobre sexo, amor y porno, a Carmen Thyssen quejándose de lo “difícil” y de la “responsabilidad” que es “ser rico”. ¿Usted sabría ponerle el tono?

Al otro lado

Magdalena Trillo | 13 de marzo de 2016 a las 10:30

Al otro lado del Atlántico, a diez mil kilómetros de distancia, las tijeras aún funcionan. Las festivas. Las que cortaban cintas inaugurales en la España del boom. Las que fueron símbolo del exceso para luego transmutarse en marca de la austeridad. El vino y los canapés tampoco se han desterrado (aún) de los actos oficiales. Ni siquiera en la Universidad. Una profesora de la UAM acaba de presentar una selección de su obra reciente en la Casa de la Primera Imprenta de América, en el casco histórico de la Ciudad de México, y las autoridades no cabían en la foto. La exposición se titula (Re)apariciones y participan alumnos de la Unidad de Cuajimalpa de la Universidad Autónoma Metropolitana.

En la sede de la institución, entre imponentes rascacielos de grandes firmas internacionales, una maqueta con el millonario proyecto de ampliación de la UAM nos recuerda que en América Latina se siguen poniendo ladrillos. Piedras que conectan con el pasado milenario del país azteca con la misma fuerza que hablan de un futuro de oportunidades. Piedras que nada tienen que ver con las que quiere levantar Donald Trump a lo largo de toda la frontera.

Populismo y corrupción. Protestas y reivindicaciones. Recortes. Son las mismas noticias y no lo son. Los refugiados en Europa, las primarias en USA, la telenovela del ‘Chapo Guzmán’… En el viejo DF, también el 8 de marzo es jornada de manifestación en las calles, de colapso de tráfico y de pancartas. Como en cualquier ciudad española, como en cualquier rincón de la civilizada Europa.

A este lado, sin embargo, la bajada del precio del petróleo es motivo de preocupación: el Gobierno de Peña Nieto empieza a hablar tímidamente de recortes, de todo lo que se salvará y no se tocará. Ahora están en la fase de convencer, a los de dentro y a los fuera, de que “no hay crisis”; sólo una ligera “desaceleración”… No voy a contradecir lo que ni siquiera cuestiona la oposición, pero ¿recuerdan la etapa última de Zapatero?

Sorpresivamente, en este viaje no me hablan de Cataluña cuando les confirmo que soy extranjera; de la patria España. En un café de barrio, me felicitan por sentar en el banquillo a una infanta, bromean con la que hemos “armado” en las últimas elecciones y hasta me han llegado a preguntar si al final va a ser el Rey quien solucione la papeleta nombrando presidente. Me desconcierto primero por la locura del comentario, pero lo valoro después. ¿Se imaginan? Nos cargaríamos los pilares de nuestra democracia constitucional, pero nos ahorraríamos continuar el espectáculo de los últimos meses y hasta el gasto de una nueva campaña.

Aunque es un comentario sarcástico, confieso que, dado el nivel de bloqueo y la incapacidad que todos los partidos están demostrando para resolver nuestra endemoniada votación del 20-D, tal vez la salida esté en un camino hasta ahora insondable. Distinto al menos al gomoso chicle que no dejan de estirar políticos y tertulianos en un bucle infinito de redundancias y obviedades. Si la solución para todo es “innovar”, por qué no atrevernos –de verdad– en política.

Y no me refiero ya a la compleja crisis de gobierno. Pienso en el día a día de cualquier institución. Deberíamos alarmarnos si lleva razón una dirigente granadina que hace sólo unos días me sintetizaba con esta elocuencia lo que para los nuevos políticos está suponiendo la nueva política en las nuevas instituciones: “Trabajar tres veces más para hacer tres veces menos”. Cinco largos meses de reuniones han necesitado en la Plaza del Carmen para acordar pintar de azul dos autobuses de barrio, permitir que crucen la Gran Vía con paradas complementarias a la LAC (desde hoy) y evitar cientos de transbordos a los usuarios.

Ahora es el turno del botellódromo y ya nos hemos podido deslumbrar con las aportaciones de algún profesor de la UGR diciendo que “tomar alcohol” forma parte de la idiosincrasia de los granadinos y de nuestro pasado más glorioso… Al margen de estos regalos de lucidez, admitamos que (sólo) porque ya no hay rodillo en el gobierno local lo estamos debatiendo pero preparémonos a continuación para las reuniones –diálogo y negociación lo llaman– que serán necesarias si es que son capaces de decidir algo. Algo que no suponga endosarle a otros el problema; algo que no conduzca a un callejón sin salida.

Podría ayudar creer que nada es inamovible. Que nada tiene que ser como parece que es; como algunos quieren que sea. Las noticias al otro lado del Atlántico son las mismas y no lo son. Me pregunto qué pasaría si pudiéramos sacudir un diario, dejar que cayeran las letras, las fotos, los titulares y lo recompusiéramos de nuevo sin prejuicios. Sin condicionantes previos. Sin patrones aprendidos. Como quien hace un collage. Como las reapariciones de Alejandra Osorio.

Pero para eso hay que situarse, de verdad, al otro lado. Ligero de equipaje.

La Universidad de 2015: ¿Aranda o Lorente?

Magdalena Trillo | 29 de septiembre de 2013 a las 10:46

Estamos en el momento justo de tejer las redes. El rector inauguraba el viernes el curso académico y en los corrillos ya había una protagonista: Pilar Aranda. Les sitúo. Dentro de dos años habrá elecciones en la Universidad y para usted, para su bolsillo y su día a día, tal vez no sean tan decisivas como las municipales o las generales pero sí tan entretenidas. No habrá banderolas ni pegadas de carteles pero sí política. Y trastienda. Mucha trastienda.

La elección no es (sólo) de nombres. Como ha ocurrido en las últimas décadas, tendremos que decidir entre un cambio superficial para que todo siga igual -Medicina con su corralito, los lobbys con sus correspondientes cuotas de poder y el ‘qué hay de lo mío’ como dogma de fe- o un cambio de vértigo que la ponga boca abajo e imponga una modernización profunda en la institución. Operación menor de maquillaje o cirugía mayor; ése es el dilema. Y no será fácil.

Habrá que luchar contra el peso de treinta años de sometimiento y sobreprotección bajo el paraguas de la Junta -el “régimen” que dicen algunos- y tendremos que poner a prueba la maquinaria para saber si somos capaces de impulsar la transformación desde dentro -son muchos los que sostienen que jamás el stablishment promoverá, permitirá, el cambio real- o seguimos atrincherándonos en la tradición, muriendo de rutinas y tedio, a la espera de que nos firmen por decreto una salida. Hacia adelante o hacia atrás.

En Granada, en cualquier universidad española, ser rector en 2015 debería significar cierto grado de bronca con las administraciones y una buena carga de exigencias y reivindicación. Con la Sevilla de turno y con Madrid; gobierne quien gobierne. Ningún candidato que se precie puede presentarse a suceder a Lodeiro sin un discurso de cambio y de transformación. No me refiero tanto a la idea de ruptura como a la necesidad de lanzar un mensaje de optimismo y renovación en estos momentos de crisis en los que se han minado los pilares del sistema educativo.

Son las becas, pero es también el modelo de universidad que queremos -la universidad a la que aspiramos en un escenario tremendamente competitivo y globalizado en el que el sector privado está marcando las reglas del juego- y son también las prioridades y la inversión, el reparto de los recursos por muy escasos que sean. ¡Claro que hay margen para la política! Lo hay cuando la Junta garantiza la revalorización de las pensiones mínimas, se niega a aplicar el copago hospitalario o completa las ayudas de los universitarios que no han logrado el ‘aprobado Wert’ del 5,5. La pregunta es si la Universidad está preparada para el tsunami y si hay alguien con suficiente liderazgo y solvencia para afrontarlo.

Situémonos en los nombres. La candidatura fuerte es la de Pilar Aranda. Con perfil dialogante y ajena a los intereses de los lobbys médicos, Aranda plantearía una campaña “alternativa”, una entrada de aire fresco a la institución y sin excesiva connivencia con el Gobierno andaluz al tiempo que garantizaría que no va a convertirse en un ariete de conflictos. Cercana al PSOE y a la Junta, sería la posible apuesta del actual equipo rectoral si no cuaja la teoría del candidato tapado: en su día se habló de Gómez Oliver pero su salida del equipo de Loderio lo habría dejado sin posibilidades y la duda estaría en ver las opciones reales del actual decano de Derecho, Juan López. Pero, incluso si se mantiene esta posibilidad, 2015 sería el año de Aranda y hay quienes lo ven directamente como vicerrector en su equipo.

La opción de Aranda, que sonaba como primera rectora de la UGR antes incluso de tener la cátedra necesaria para poder optar, es tan potente que no son pocos los que cuestionan que el candidato de la derecha se llegue a presentar en un duelo directo con la aspirante de la izquierda. Hablamos de Indalecio Sánchez, actual decano de Medicina y ‘heredero’ de Antonio Campos. Él vendría a mantener esa vieja tradición de contar con un candidato de Medicina “para perder” pero con fuerza para negociar. Tan potente como la candidatura de Aranda, pero de momento en el aire, es la de José Lorente.

Podría ser un aspirante de consenso capaz de aunar a gran parte de los ‘dinosaurios’ de los grandes centros, al tiempo que contaría con el respaldo del profesorado joven y los estudiantes, recogería buena parte de los apoyos que Rafael Payá tuvo en su día cuando se enfrentó a Lodeiro y vendría a conectar con la etapa del ex rector David Aguilar. Tiene capacidad y criterio para remover los cimientos de la institución, tiene prestigio e intuición para mejorar su reputación pública y lo fundamental: nada debe. Ni a unos ni a otros; no sería el “candidato del régimen”. Son estos sus valores pero también sus puntos débiles: ¿para la gran masa de profesorado de centro-izquierda que integra la UGR sería un salto al vacío? Porque la pregunta sigue siendo una: si la Universidad está dispuesta a hacerse un cierto harakiri para sobrevivir y si habrá alguien que se atreva.

Una Universidad en blanco y negro

Magdalena Trillo | 30 de septiembre de 2012 a las 9:47

LOS universitarios están afinando las vuvuzelas para la apertura oficial del curso que se celebra mañana. El objetivo de unos pocos es boicotear el acto; el malestar y la preocupación por el impacto que los recortes y los problemas de financiación están provocando en la aparente normalidad de la vuelta a las aulas son compartidos. La Universidad, esta universidad, no es viable.

Así de claro no lo dicen los rectores pero lo han de sospechar cuando, después de una semana de tensas negociaciones, no consiguen de la Junta más que un pago de 25 millones “para lo urgente” pese a que la deuda al cierre de 2011 alcanzaba ya los 750 millones; así de claro no lo reconoce el Gobierno andaluz pero lo deja entrever cuando proclama públicamente una defensa a ultranza de la Universidad sin atreverse a garantizar su financiación. Sólo las nóminas están aseguradas: unos 90 millones al mes para el conjunto de la educación superior de la comunidad. El reclamado plan de tesorería, en el aire. De calidad, de investigación y de excelencia, ni hablamos.

El presidente de la Junta abrió oficialmente el curso el viernes en Cádiz entre silbidos, pancartas y gritos de “¡fuera!”. Ni autocrítica ni hojas de ruta. Palabras. Que la Universidad ha de ser “el motor del cambio”, que para salir de la crisis hay que apostar por “más y mejor educación, conocimiento e innovación”, que la inversión en I+D+i es “prioritaria”, que el difícil curso que ahora comenzamos es consecuencia –¿únicamente?– del erróneo camino de la austeridad que está siguiendo Europa y el Gobierno de Rajoy…

El rector de Cádiz no se enredó en los contextos: “Más alumnos, más formación y menos financiación conforman una ecuación imposible (…) La Universidad pública no puede dar más de sí”.

Nuestro rector, en una entrevista que hoy publicamos, traslada una inquietud similar: si la situación es ya asfixiante, aún está por ver lo que vendrá con 2013; tenemos unas buenas infraestructuras investigadoras pero no está claro que las podamos seguir utilizando al mismo ritmo; los grados de Ceuta y Melilla están en el aire por el escaso número de alumnos; las tasas se han subido este año lo mínimo pero tal vez haya que replantearlo en un futuro; los proyectos de los Campus de Excelencia siguen… ¡pero sin presupuesto!

¿Se acuerdan del sueño de Bolonia? Se ha convertido en pesadilla. Queríamos competir con Estados Unidos y Asia desarrollando en Europa un espacio común de universidades que aumentara la movilidad de estudiantes y profesores y mejorara tanto la formación de los titulados como sus posibilidades de encontrar trabajo. Pero a lo que dedicamos nuestros esfuerzos es a la supervivencia.

Se ha avanzado en el continente –ahora todos nos parecemos más en cuanto a la oferta de grados y másteres– pero no el contenido. La Universidad española vive sumida en una exasperante tortura burocrática, apenas se ha avanzado en movilidad (el objetivo era superar el 20% y no llegamos ni al 10%) y el capítulo de la empleabilidad, una falacia.

¿Calidad de enseñanza? En clases con setenta alumnos, sustituir la lección magistral por una enseñanza más activa para el alumno centrada en tutorías y seminarios es una operación titánica. ¿Excelencia en la investigación? Hasta la propia administración se está ‘apropiando’ de los fondos que consiguen los científicos en la empresa para tapar agujeros del gasto corriente. Pregunten en el CSIC: la situación no es crítica; es impresentable. ¿Una universidad competitiva? Ni es capaz de escapar de su endogamia ni sabe siquiera cómo afrontar los problemas estructurales que han contribuido a cultivar esa imagen de outsider de la sociedad…

Sin embargo, no creo que sea justo criminalizarla como la única culpable de la falta de competitividad de todo un país ni cargar sobre ella toda la responsabilidad de la salida a la crisis. Escuchaba esta semana al economista José María O’Kean aseverar con vehemencia que el “sistema educativo en Andalucía es un desastre” y que la Universidad es completamente incapaz de liderar el camino. Hablaba de productividad, de eficiencia, insistía en la imagen de la Universidad como ‘fábrica de funcionarios’ y decía que son las empresas las que tienen que asumir la formación…

Después del sistema financiero, tal vez haya llegado el momento de pinchar la burbuja universitaria, la del apalancamiento y los privilegios, la de los excesos constructivos, la fiebre megalómana y los egos incontrolables, pero no mercantilizándola ni entregándosela, gratis, a los insaciables mercados. Lo único que no es viable es esta universidad; lo que no nos podemos permitir es una universidad en crisis.

Excelentes mediocres

Magdalena Trillo | 22 de agosto de 2010 a las 11:44

HACE 200 años le preguntaron a Napoleón qué pensaba de China. El emperador francés respondió: “Allí duerme un gigante. Dejémoslo que duerma, porque cuando despierte se moverá el mundo entero”. Ese día ha llegado…

En estos momentos, tal vez sea más acertado decir que el culpable del ‘terremoto’ de Occidente sea nuestra propia caída, esos tres años de turbulencias financieras que nos están sacudiendo y que hasta se nos ocurre ‘celebrar’ rememorando la intervención de los grandes bancos de Europa, Estados Unidos y Japón de aquel fatídico 9 de agosto de 2007.

Pero seamos justos. Mientras unos luchamos por recuperar derechos y posiciones perdidas, otros avanzan de manera trepidante. A comienzos de semana, China arrebató a Japón 40 años de hegemonía como segunda potencia económica mundial. Un país oficialmente en desarrollo ha registrado en primavera un PIB de 1,34 billones de dólares y nadie descarta que pueda robar el primer puesto a los americanos.

Un par de días más tarde, el popular ranking de Shanghai constataba el auge de sus universidades. Este año se han colado 34 centros entre los 500 primeros del mundo cuando en 2004 apenas había 16.

Estados Unidos y Gran Bretaña siguen acaparando el ‘top ten’ y las españolas se hunden. Más bien seguimos donde estábamos, en la rutina de la inercia, mientras los demás suben. Ninguna universidad de nuestro país está ya entre las 200 mejores, sólo las de Barcelona, Madrid y Valencia se sitúan entre el 200 y el 400 y, en la cola, las de Granada, Santiago de Compostela y Zaragoza. La de Sevilla, que hace un año formaba parte del ranking, se descuelga.

¿Qué ha ocurrido? Primera interpretación: el ranking no sirve. Ni siquiera está bien hecho. Lo han preparado los chinos para favorecer a sus centros y ahí están los resultados. Segunda interpretación: el ranking no es representativo de nada. Tener, por ejemplo, un premio Nobel no es indicativo de nada. Tercera interpretación: analizándolo bien, no está mal del todo. El tono medio es bastante aceptable…

Dejando a un lado los argumentos reduccionistas, que sólo llevan al absurdo, podríamos preguntarnos: ¿no es significativo saber cuántos investigadores de reconocido prestigio tiene la UGR? ¿Y la cantidad de artículos publicados en las revistas de mayor impacto internacional?

Lo preocupante, lo grave, no es que no estemos en el ‘top’; es que no hay ninguna estrategia para llegar. Más aún. De todo lo que se analiza, no tenemos ni un solo síntoma positivo. No podemos hacer fichajes, no podemos reclutar a profesores de prestigio, no podemos ‘depurar’ el funcionariado… Desde la función pública es complicado alcanzar la excelencia.

Una salida podría ser las alianzas con el sector privado, con centros que tiraran de la propia universidad. Pero esta estrategia, que sí ha funcionado en Cataluña, no termina de cuajar, por ejemplo, en Andalucía.

Es consecuencia de un modelo universitario, pero también político y social. Salvo en deportes, donde marcamos distancias en fútbol, tenis o baloncesto, nuestra tendencia es igualarlo todo, pero por abajo. Sin agravios, es cierto, pero con un riesgo claro: la mediocridad.

Basta mirar las bases de segunda convocatoria de la Estrategia 2015. ¿La teoría? Modernizar las universidades a través de la excelencia docente y científica, internacionalizar el sistema y apostar por la innovación.

¿La práctica? Un ‘poco’ de excelencia para todas y no tener que enfrentarse a las presiones. Pero no todos podemos ser excelentes. No existe la excelencia para todo el mundo. Hay que discriminar. Aunque tenga un coste político. Hay que decidir dónde queremos estar. Fijar las metas, garantizar un sistema público y, a partir de ahí, competir. Sí competir. Aunque sigamos demonizando una palabra que no significa más que aspirar a ser mejores.

Cierto es que no es el mejor momento. Sólo un dato: cómo puede la UGR fichar talentos si tiene que cerrar en agosto para ahorrar y seguir pagando las nóminas…