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Nosotras las conejas

Magdalena Trillo | 19 de noviembre de 2017 a las 9:30

Cualquier chica de pueblo sabe que no se puede provocar. Nos educan para eso. Nos maquillamos a escondidas después de cruzar la puerta –para evitar ese sonrojante “si te caes, te desconchas”– y en más de una ocasión nos hemos tenido que dar la vuelta porque el escote era demasiado grande, el vestido temerariamente estrecho y, con la minifalda, era evidente que nos habíamos quedado sin tela.

Eso fue así en los 80, en los 90… Herencia directa del ultracatolicismo nacional. Luego llegaría el destape, el de verdad, y la paulatina caída de las fronteras físicas y virtuales harían el resto en no más de dos generaciones. Casi anteayer.

¿De verdad nos sorprendemos de que unos jueces, justamente de Navarra, cuestionen que una chica siga viviendo después de ser violada? En muchas casas, y no sólo de pueblo, todavía se evita poner la tele o la radio cuando fallece un familiar. Por respeto. Porque así es y así tiene que parecer.

Criminalizamos las redes sociales pero, en el polémico caso de La Manada, y con independencia de que se admitan como prueba, son las vergonzosas conversaciones en WhatsApp y los vídeos que los jóvenes de Sevilla grabaron para enaltecer su hazaña en los Sanfermines lo que permite evitar que el juicio transcurra en un peligroso cruce de declaraciones. Sexo consentido o violación.

El dilema es el mismo que cuando hace 30 años se dictó la sentencia de la minifalda. La Audiencia de Lérida determinó que una joven de 17 años “pudo provocar, si acaso inocentemente, por su vestimenta”. El Supremo la ratificó dos años más tarde: el empresario fue absuelto de violación (“porque opuso resistencia verbal pero no física”) y fue condenado a una multa de 40.000 pesetas por un delito de abusos deshonestos. Jaime Fontanet le tocó el culo y las tetas porque lo provocó con su jersey ajustado y su minifalda.

Uno de los magistrados reconocería tiempo después que ni leyó el fallo: “Firmé la sentencia, como solemos hacer todos, sin leerla, porque es normal que nos fiemos del magistrado que la redacta”. Se refería, en todo caso, a los términos “anticuados” con los que se había expresado. El fondo lo compartía.

Las estadísticas oficiales hablan de mil mujeres violadas al año y el dato sólo tiene en cuenta los casos que se denuncian, no todos los que se callan por vergüenza. Por miedo a no ser creídas. Nos podemos indignar, pero no sorprender. No si tenemos en cuenta de dónde venimos y lo que ocurre en nuestro entorno. Las polémicas del eurodiputado polaco Korwin-Mikke no son una excepción; son un síntoma: antes del verano ya proclamó en su hemiciclo que las mujeres deberíamos ganar menos dinero que los hombres porque “somos más débiles y menos inteligentes”.

No lo piensa sólo él; en el campo andaluz todavía no hemos conseguido erradicar la discriminación salarial en la campaña de la aceituna. Es que no es lo mismo coger del suelo que varear; efectivamente, es más duro y por eso nos toca a nosotras…

El diputado defiende ahora la sorprendente campaña de su país para fomentar la natalidad advirtiendo que el problema de la caída demográfica en toda Europa tiene una causa evidente: que las mujeres trabajamos y no nos quedamos en casa para procrear. El spot del Ministerio polaco ha costado 700.000 euros y va de conejos. Hacer ejercicio, reducir el estrés, no beber alcohol… y replicar el ejemplo. “Sé de lo que hablo”, dice un conejo en pantalla, “¡mi papá ha tenido 63 hijos!”.

El vídeo podría continuar con la plaga que ha invadido medio campo de golf en Otura y la que ha puesto en jaque las obras del AVE… Lo llamamos “plaga” en lugar de “manada” pero el sentido es el mismo. El de nosotras, pasivas y cosificadas, y de ellos activos y cargados de razón. La conejera del machismo.

En el Festival de Venecia, el mexicano Amat Escalanta ganó el premio como Mejor Director por una perturbadora historia que entrelaza violaciones, homofobia y machismo. La región salvaje –ya está en cine y tv– arranca cuando una mujer desnuda se saca el tentáculo de un alienígena que la acababa de penetrar. Una imagen provocadora; el principio de unas regiones salvajes que ni son pasado ni son ciencia ficción.

Violan lo normal

Magdalena Trillo | 7 de noviembre de 2017 a las 10:20

Veinte años después, el acoso machista de Harvey Weinstein está produciendo una reacción similar a la del caso de Ana Orantes: se acabó el silencio y se acabó la impunidad.

Lo “normal” no es que te manoseen y te den una palmadita cariñosa en el culo; lo “normal” no es que te violen. “No ignoraremos más las manos obstinadas sobre nuestros cuerpos, las amenazas e intimidaciones veladas como coqueteo o el silencio de colegas ambiciosos. No toleraremos más que se nos avergüence”.

Sólo en el mundo del arte, dos mil profesionales han suscrito un manifiesto contra el acoso sexual que concluye con una propuesta de definición. Sí, tan interiorizado está en nuestra sociedad, tan acostumbrados estamos a convivir con el abuso de poder patriarcal, que ni siquiera tenemos claro los límites.

Cuando en los años 80 Miguel Lorente escribió Mi marido me pega lo normal, ya advertía de que corríamos el riesgo de “acostumbrarnos” a los asesinatos machistas del mismo modo que había pasado con los fallecidos en accidente de tráfico. La realidad de fondo era aún más alarmante: la mayoría de las denuncias se presentaban para que el fiscal o el juez le echara una bronca al marido pero sin asumir la gravedad de la situación.

Sólo se asumía que se “sobrepasaba lo normal” cuando a la mujer le clavaban un destornillador en el ojo como le pasó a una vecina de Jaén o era rociada con gasolina y quemada viva como le ocurrió a la granadina cuando en 1997 denunció las agresiones de su marido en televisión. El resto era convivencia, vergüenza y culpabilidad.

El caso de Ana Orantes acabó espoleando la conciencia de la sociedad española como ahora está ocurriendo con el productor norteamericano a escala global: del cine y el arte a la política, las instituciones y las empresas. Desde el clasista Westminster -logrando lo que no se pudo ni con las revelaciones de violaciones continuas por parte del celebrity de la BBC Jimmy Savile- hasta el simbólico Parlamento Europeo pasando por la jet set sevillana con el escándalo del psiquiatra Javier Criado y poniendo contra las cuerdas a intocables de la alfombra roja como Kevin Spacey, Dustin Hoffman, Bill Cosby o Woody Allen.

El revulsivo ya está aquí pero queda lo más difícil: que la normalización no sea incompatible con la racionalización. ¿Le quitamos los Oscar a Spacey? ¿Enterramos en vida a Polanski? Que te acosen y violen no es lo normal pero tampoco podemos acabar situando el foco -como ha pasado en Andalucía- en promover una ley para prohibir, por ejemplo, los piropos. Firmeza, sí, pero prudencia y sentido común también. Como dice Demi Moore, es mejor opinar sin ira.

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