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De Ana Orantes a Juana Rivas

Magdalena Trillo | 30 de julio de 2017 a las 10:30

Cuando Ana Orantes fue asesinada por su marido, la violencia de género no era un problema para la sociedad española. José Parejo la roció con gasolina y la quemó viva a las puertas de su casa. Ana había tenido la osadía de contar en un plató de televisión que llevaba cuarenta años sufriendo malos tratos en silencio. Trece días después, la mató a las puertas de su casa. Fue un 17 de diciembre. En el pequeño municipio de Cúllar Vega. Hace justo veinte años. Aquel día, España despertó del machismo.

Ana Orantes no fue la primera mujer maltratada pero sí la que puso rostro a la violencia de género. La hizo visible y nos obligó a cambiar. A los medios de comunicación, a las instituciones públicas, a las fuerzas de seguridad y a toda la sociedad. En la esfera pública y en la privada; en las ciudades y en los pueblos. Su caso se convertiría en la primera piedra de un complejo camino que desembocó en la Ley Integral Contra la Violencia de Género que el Gobierno de Zapatero aprobó en 2004. Por unanimidad.

Un acuerdo “histórico” como esta semana, trece años después, ha sido el Pacto de Estado con que los nuevos grupos políticos han sacado adelante el primer gran acuerdo de la Legislatura. Y ello pese al inesperado desmarque de última hora de Unidos Podemos evidenciando una absoluta falta de altura política; porque son legítimas sus mayores exigencias y sus dudas sobre la efectividad con que se aplicarán las 266 medidas del plan pero más necesaria aún era la unidad. El simbolismo de la firmeza democrática contra el machismo.

Esta misma semana, Túnez ha aprobado una ley histórica contra la violencia de género que toma de referencia la de Zapatero. En su caso, el punto de partida es más grave aún. Supone un paso trascendental por los derechos de la mujer: los tunecinos ya no podrán violar a una menor y evitar la cárcel casándose con la víctima; el acoso sexual, incluido el verbal, se tipifica y castiga como delito; se podrá denunciar la explotación de niñas en el servicio doméstico; se proclama, por primera vez, que los “ciudadanos y las ciudadanas” son “iguales”.

Tenemos experiencia para saber que las leyes no son suficientes. Por muy progresistas, garantistas y punitivas que sean. Pero son el esqueleto de base que nos pueden permitir avanzar. En la calle, en los colegios y en nuestras casas. El actual Pacto de Estado por la Violencia de Género parte con déficits y con mucha incertidumbre sobre su efectividad pero sería irresponsable quedarse en lo mejorable y no reconocer el salto cualitativo que se produce con un plan transversal que implica a todos los agentes -y en todos los niveles de gestión- y que pone sobre la mesa 1.000 millones para su aplicación en cinco años.

Un plan que cambia, por fin, la consideración de las víctimas -se podrá acreditar la violencia machista aun sin denuncia judicial y prevé que los servicios sociales y sanitarios puedan activar el proceso de protección-, que incluirá asignaturas evaluables y formación especializada a nivel universitario, que reforzará la educación en igualdad en las escuelas, que ayudará a las mujeres maltratadas sin recursos con seis meses de paro, que perseguirá las calumnias en las redes sociales, que pondrá en marcha campañas de concienciación y sensibilización… Más prevención, más formación, más coordinación.

En una entrevista que publicamos hoy, Miguel Lorente, el director de la Unidad de Igualdad de la UGR y uno de los expertos que han trabajado en los últimos seis meses para el desarrollo del Pacto de Estado, advierte que llega “tarde, a la fuerza y desenfocado”. Ciertamente, basta recordar las 600.000 agresiones y las 60 mujeres que son asesinadas de media en España cada año para compartir sus palabras y reconocer que son las trágicas cifras, el año negro que estamos viviendo en 2017, lo que ha constituido el desencadenante del pacto.

Lleva razón también cuando lamenta que nos quedemos en el lado visible del problema, los asesinatos, y no ataje de lleno las causas: el machismo. La normalidad con que todavía toleramos a los maltratadores y hasta los justificamos. Con que minimizamos ciertas conductas. Con que seguimos perpetuando la sociedad patriarcal que constituye el caldo de cultivo de la dominación masculina y la violencia contra las mujeres. ¿Recuerdan su libro Mi marido me pega lo normal?

Pero no son sólo las cifras. De Ana Orantes a Juana Rivas. La madre de Maracena que ha huido con sus hijos para evitar entregarlos a su expareja, un padre condenado por maltrato, está poniendo rostro a la nueva etapa de lucha contra la violencia machista que se está abriendo en la sociedad española sacando a la luz todas las sombras de desprotección, lagunas judiciales y circunstancias “excepcionales” que necesitan una respuesta. Por primera vez se pone un foco en los menores y en la tibieza con que hasta ahora se ha abordado un tema tan sensible como es la custodia de los hijos.

Porque partimos, como recuerda Lorente, de que “un marido maltratador no tiene por qué ser un mal padre”; pero un maltratador siempre es un mal padre. Y un “riesgo” que debería ser tenido en cuenta como un factor determinante para evitar el contacto. Lo vemos, con demasiada frecuencia, en los casos en que los menores son utilizados para hacer daño a la madre, como rehenes de la violencia machista y como víctimas en última instancia de los homicidios.

Son, además, un mal ejemplo. Peligroso. Perpetuador de la violencia. En 2005, Jesús Parejo, uno de los ocho hijos de Ana Orantes, fue detenido en Santa Fe por malos tratos a su pareja. La joven, que tuvo que ser atendida por contusiones en la cabeza y un fuerte dolor en el brazo, confesó a la Guardia Civil que era la tercera vez que le pegaba.

Ese día, una de las hermanas del agresor pidió a la Justicia que actuara con contundencia, que fuera “a la cárcel si tenía que ir” y se ofreció incluso a ayudar a la familia de la víctima. Raquel, que se quitó el apellido de José Parejo cuando asesinó a su madre, recordó que su hermano Jesús también sufrió los malos tratos, que se marchó a los 13 años de casa huyendo de los golpes que su padre le daba a toda la familia… “Quizás fue el ambiente que vivió de niño el que le ha empujado a hacer esto”, dijo entonces.

La presión social, la movilización ciudadana que se ha producido estos días en Granada para apoyar a Juana Rivas, no es una simple corriente de empatía ni inconsciencia. Y no se trata de saltarse la ley. El #YoSoyJuana que vuela en las redes sociales sumando muestras de solidaridad es una llamada de atención sobre el nuevo tiempo en la lucha contra el machismo que tenemos la obligación de abrir.

Porque ni la burocracia ni las zonas grises de la normativa pueden anteponerse a que las leyes sean justas, que se apliquen con sentido común, incluso con humanidad, y que se tengan en cuenta todas las circunstancias.

Porque tan urgente como atajar la violencia de género es actuar con todas las medidas, campañas y cambios legislativos que sean necesarios para acabar con el lado menos visible. Con el machismo.

Sí, hoy #TodosSomosAna. Hoy, #JuanaEstáEnMiCasa. #TodosSomosJuana.

Nosotras

Magdalena Trillo | 5 de marzo de 2017 a las 12:22

No es (sólo) un problema jurídico, de coordinación y de protección. No es (sólo) un problema de falta de recursos. No es (sólo) un problema de las fuerzas de seguridad y de las instituciones. La simiente del machismo, de los 60 asesinatos por violencia de género que cada año se registran en España, está en nuestras casas; en nuestros colegios; en nuestros barrios. Que 2017 haya roto todas las estadísticas con el arranque del año más trágico de la serie histórica no es sólo una escalofriante llamada de alerta sobre el problema más grave que en estos momentos tenemos las mujeres; también lo es sobre la urgencia de revisar los fallos y las lagunas que se han quedado en el camino de la lucha por la igualdad.

El muro al que nos enfrentamos es el de las muertes machistas, pero los pilares se asientan en los márgenes. El estudio sobre violencia sexual que esta semana se ha presentado en Granada nos ha alarmado por la gravedad de las conclusiones tanto como nos ha estremecido e inquietado por lo que se relata entre líneas. El día a día de chicas adolescentes que viven con normalidad, con naturalidad, ser controladas y dominadas por sus parejas. Cómo la frontera entre el amor y el maltrato se desdibuja con la misma facilidad con que los celos, las drogas o el alcohol sirven de excusa para la agresión. Psicológica, física, verbal. Cómo dejamos, incluso, que se cuele el ADN en la incontrolable ecuación que va del sometimiento a la sumisión consentida.

Intentando hacer un ejercicio de prudencia, queriendo redimensionar la crudeza de los resultados, nos preguntábamos esta semana en el periódico hasta qué punto son extrapolables los testimonios del millar de adolescentes de institutos de la capital que han participado en el estudio . La conclusión fue más descorazonadora aún: en una sala de reuniones con cinco mujeres, cuatro teníamos experiencias similares. Nunca lo habíamos denunciado ni le dimos demasiada importancia. Tocamientos, insultos, presiones, acoso… No habíamos sido agredidas físicamente ni violadas y el resto de situaciones y comportamientos que forman parte de lo que hoy se entiende como “violencia sexual” también se quedaban en nuestro caso en los márgenes. Y en el silencio. Incluso en la vergüenza de sentirte culpable. Corresponsable.

Hoy publicamos un resumen del intenso debate que el viernes organizamos en Granada Hoy con un grupo de mujeres con puestos destacados. Aparcamos por un momento las cifras terribles de los asesinatos machistas y, con una inesperada complicidad, tal vez consiguiéramos bucear en esos escurridizos márgenes de la igualdad poniendo sobre la mesa un puñado de realidades, reflexiones y experiencias tan controvertidas y políticamente incorrectas como absolutamente necesarias en una conversación sincera de mujeres sobre mujeres.

techo cristal

En el horizonte está el Día de la Mujer que desde hace medio siglo se celebra cada 8 de marzo a nivel internacional pero también esos diez años que a final de mes se cumplen de la ley con que España se tomó en serio intentar “hacer efectiva” la igualdad que consagra nuestra Constitución.

Por momentos tuvimos que repensar si alguna vez nos habíamos sentido discriminadas -¿de verdad podemos arrebatar a los hombres sus espacios de poder compitiendo de igual a igual?- y cuestionarnos, incluso, si las políticas de conciliación no están provocando un “efecto rebote” y corremos el riesgo de que nos vuelvan a encerrar en la casa… ¿Estaríamos contribuyendo nosotras con nuestra hiperresponsabilidad y nuestros implacables niveles de exigencia?

La Consejería de Igualdad entrega mañana los Premios Meridiana y, en su ya vigésima edición, será un momento excepcional para situar el foco en lo mucho que hemos avanzado si pensamos en nuestras madres y nuestras abuelas y en lo mucho que nos queda por recorrer si pensamos en nuestras hijas. Incluso girando la mirada hacia nosotras mismas, tal vez el mayor desafío no sea muy diferente al de las adolescentes granadinas: no confundirnos y distinguir las trampas de las conquistas. Ser capaces de reorientar el foco a lo aparentemente insignificante. A lo cotidiano. A lo silenciado. A a lo invisible.

Inconscientemente cómplices

Magdalena Trillo | 29 de noviembre de 2015 a las 11:41

Mentira número 1: hay muchas denuncias falsas por violencia machista. ¡Muchísimas! Mentira número 2: cuando una mujer agrede a un hombre, nadie dice nada. Nadie los defiende; nadie se alarma.

En realidad no son mentiras. Son opiniones. Convicciones. Cerradas verdades para quien así lo cree. Que una universitaria de 18 años tome la palabra en clase para lanzar tales denuncias debería alertarnos. Más aún si son demasiados los compañeros que asienten y pocos los que lo rebaten. Más aún si en la antesala de un 25-N, del Día Internacional contra la Violencia de Género, lo que como sociedad sabemos es que el machismo sigue infiltrado en nuestro ADN, que ni las campañas de sensibilización, ni la especialización de las fuerzas de seguridad, ni las iniciativas legislativas, ni la acción judicial han sido suficientes para atajar la violencia y que, lejos de frenar uno de los problemas más vergonzosos que tenemos como país, estamos asistiendo a una corriente de rebote, ideológica y traicionera, que se infiltra y se extiende escondida en peligrosos palabros que revestimos de modernidad cuando nos retrotraen a lo más oscuro de nuestro pasado. Más aún si en nuestro vocabulario se han colado palabras de odio y regresión como “feminazi” y “mangina” (calzonazos) con absoluta normalidad.

En un gélido mes de diciembre, hace ya casi dos décadas, José Parejo apaleó y quemó viva con gasolina a su mujer porque contó en un programa de televisión que la maltrataba: “Nunca he sido nada para él, ni me ha querido. Sólo me ha dado palizas y sinsabores (…) Ahora llegan las navidades y no tengo ilusión por la vida. Estoy como enterrada en vida, y sólo quiero llorar. Yo le pregunto al Señor por qué he tenido que dar con este hombre…”

Lo vio media Andalucía. La granadina Ana Orantes, de Cúllar Vega, certificó su condición de víctima cuando se atrevió a denunciar en Canal Sur lo que tenía que “aguantar en casa” porque tenía once hijos y no tenía independencia económica para poderlo abandonar… A partir de este caso, la lucha contra la violencia de género se convirtió en una cuestión de Estado; en una cuestión social. Los medios dejamos de informar de los asesinatos de mujeres como si fueran un crimen pasional, desterramos el sensacionalismo y la banalidad de las crónicas y empezamos a entender que era inadmisible entrar en el juego de la justificación del agresor. ¿Era “buena gente” pero se le fue la cabeza porque se puso celoso?

En España hay más de 700.000 mujeres que sufren cada año violencia de género y más de 900.000 niños que son testigos de las vejaciones, los insultos y los golpes. En los últimos doce años, 814 mujeres han sido asesinadas por sus parejas. Las cifras que dibujan la violencia machista son necesarias, pero más lo son las historias, los rostros y los nombres que, por ejemplo, esta semana hemos colocado en Granada debajo de decenas de zapatos rojos manchados de sangre a modo de denuncia social y más lo es el ruido con que hemos decidido despertarnos del rutinario minuto de silencio con que despedimos protocolariamente a las víctimas.

El Yo no soy cómplice con que las instituciones han querido extender este año la implicación en la lucha contra la violencia machista a toda la sociedad era necesario. Pero no sólo ellas tienen que quitarse la venda de los ojos para denunciar y evitar su desprecio, sus insultos, sus golpes, su control; no sólo ellos tienen que quitarse la venda de los ojos para “tomar partido” y “actuar”. El machismo no se combate con medias verdades, no se ataja con hipocresía y no se contrarresta con una complicidad entendida, ahora sí, en el sentido más negativo y egoísta de la falsa camaradería.

Porque las cifras y las palabras son importantes, pero más lo son los símbolos en tanto que hablan de lo que sabemos y de lo que ocultamos; de realidades y del subconsciente.

Me explico. Para desmontar la primera mentira con que iniciamos el artículo basta con recurrir a las memorias de la Fiscalía General del Estado: las denuncias falsas representan un 0,010%. Esta lectura, sin embargo, no debería quedarse aquí. Somos cómplices del problema, no de la salida, si no reconocemos que ese 0,01 no debería existir. No deberíamos consentir ni una sola denuncia falsa; no debemos amparar ni proteger a ni una sola mujer que convierta un legítimo movimiento de solidaridad en un deleznable camino para aprovecharse de su pareja. Si no lo decimos así de claro también nosotras, las mujeres. Es una excepción pero esta ahí y también hay que combatirla.

Para refutar la segunda mentira no tenemos más que acudir a los periódicos de hace unos días: una mujer mató a su marido con un martillo y después de ahorcó en el Pumarejo. Diario de Sevilla lo publicó con la misma amplitud y contundencia que cualquier otro crimen machista. La agresora le asestó 159 puñaladas con un cuchillo de cocina de grandes dimensiones. Paradójicamente ocurrió justo en la antesala del 25-N mientras en medio país se preparaban actos y marchas de denuncia contra ellos y, como podrán imaginar, por él no ha habido ni un solo homenaje ni un solo minuto de silencio…

Me pregunto por qué. Es un caso aislado, otra excepción, pero fue una muerte la que hace 18 años nos hizo ver la vergüenza de la violencia machista y (sólo) una muerte debería hacernos pensar si no tenemos que quitarnos también la venda del falso corporativismo para de verdad luchar por una sociedad sin discriminación y sin violencia. Me niego a frivolizar consintiendo que una palabra tan cargada de ideología como “feminazi” se deslice sin consecuencias en las conversaciones cotidianas y las redes sociales pero poco avanzamos como sociedad si no nos quitamos la venda de la hipocresía.

Desde la neurociencia lo tienen más que constatado: pensamos que somos seres racionales pero somos tremendamente emocionales. Un 20% cabeza; un 80% corazón. Por eso triunfan las marcas y los lemas… Por eso es tan distinto lo que decimos de lo que de verdad opinamos… Incluso, de lo que creemos que opinamos.

“Yo no soy cómplice”. Gritémoslo. No lo seamos. Pero tampoco seamos inconscientemente cómplices.

La lista negra de las mujeres

Magdalena Trillo | 9 de marzo de 2014 a las 11:58

Bruselas ha sacado esta semana a España de la lista negra de países al borde del precipicio. Los desequilibrios “excesivos” de hace un año ya no lo son, pero las recetas que nos prescriben no anticipan ningún escenario de luz: nueva subida del IVA -teóricamente para crear empleo- y moderación salarial -más contratos basuras y más precariedad-. Europa hizo el anuncio el mismo día que todos los medios de la UE publicaban los resultados de la mayor encuesta realizada hasta ahora sobre violencia de género, 42.000 entrevistas a mujeres de 28 países que han permitido llenar de números la realidad más preocupante de la lista negra de las mujeres, el machismo. ¿Te han abofeteado? ¿Te han tocado el pecho o el trasero? ¿Te han enviado fotografías porno? ¿Te has visto forzada a mantener relaciones sexuales con penetración? Una de cada tres europeas reconoce haber sufrido algún episodio de violencia física o sexual, más de la mitad han sido acosadas, un 22% ha soportado malos tratos y un 5% violada. Pero la mayoría calla…

En los progresistas países del norte y en los católicos del sur. Porque cuanto más avanzada e igualitaria es la sociedad, mayor es el problema. O más dispuestas estamos a denunciar. El gran logro de este trabajo es que por primera vez se obtienen los datos necesarios para construir un universo de cifras que realmente ocupe y preocupe a nuestros políticos, que sitúe la lucha por la igualdad en la agenda de las instituciones europeas, que la saque de la esfera privada a la pública y que involucre a toda la sociedad.

Después de seis años de crisis obsesionados por los números, creo que podemos dar por lección aprendida que sólo hay algo capaz de imponerse al inmovilismo de la geopolítica: la economía. Sólo cuando se hunden las bolsas y se amenaza con subir el precio del gas situamos en el mapa a Ucrania y Crimea; sólo cuando ponemos precio al independentismo catalán nos tomamos en serio la campaña soberanista… y puede que sólo cuando consigamos convencer con cifras del coste de la desigualdad en nuestros hogares y en la sociedad, en la microeconomía y en la macroeconomía, tengamos una oportunidad.

Lo que nos hemos ganado a pulso durante décadas nos lo están arrebatando por decreto en el BOE y lo estamos perdiendo en los colegios y en las calles. No hace falta un Día de la Mujer para recordar el peso del techo de cristal ni para ser conscientes de que la brecha salarial va más allá de la teórica igualdad que dictan las leyes si es la picaresca, el abuso y las inercias de siglos de sociedad patriarcal lo que manda en el mercado laboral. No son Shakiras presumiendo de los celos de “su hombre” lo que necesitamos en las redes sociales ni tendrían que ser visitas al Registro Mercantil para demostrar que nuestros cuerpos nos pertenecen lo que debería marcar nuestras agendas de movilización. Mucho menos la división.

¿Otra vez la política es el problema en lugar de la solución? El PP se ha descolgado este año de la Plataforma 8 de Marzo y sigo sin saber si es mayor la intransigencia de los colectivos feministas o la intransigencia de Gallardón con su ‘contrarreforma’ decimonónica. Los frentes son muchos, pero cada vez estoy más convencida de que la primera asignatura que deberíamos resolver somos nosotras mismas. Pensaba esta semana en la chica que fue asesinada el año pasado en Granada por su pareja. Se llamaba Ángela, tenía 29 años y acabó con 18 cuchilladas en el pecho. La mató en la cocina mientras fregaba unos platos y ella le contaba que había conocido a alguien… Pero no la mató por “celos”; la mató porque era suya.

Lo primero que no hemos resuelto es nuestra autoestima, nuestra dignidad, nuestro amor propio. Y lo más grave a lo que nos enfrentamos es a la humillación y al sometimiento en silencio. El labio reventado y el moratón en el ojo son el epílogo de años de control. De supuesta ‘normalidad’. De un maltrato que no vemos ni nosotras mismas en una realidad que es mucho más cotidiana, sutil y traicionera que la imagen impactante del puñetazo y los gritos.

Esta tarde voy a ver a mi sobrina y le voy a preguntar qué piensa de Shakira y qué piensa cuando se sienta en un banco del parque con un amigo y miran la luna llena… Conteste lo que conteste, le voy a regalar La vida de las mujeres de Alice Munro. Porque la lista negra también la escribimos nosotras

El arzobispo insumiso

Magdalena Trillo | 1 de diciembre de 2013 a las 11:18

Después de leer las 214 páginas de Cásate y sé sumisa es fácil entender por qué el arzobispo de Granada se niega a retirarlo: cualquiera de sus homilías supera ampliamente lo pretendidamente radical que se considera el libro. Hace casi un mes que este manual católico de la buena esposa desató la polémica y, lejos de amainar, la controversia por la obra con que la periodista italiana Costanza Miriano invita a la mujer a ser “sumisa y obediente” ha saltado al debate político nacional, ha logrado unir a todos los partidos en su contra y hasta ha enfrentado al Gobierno y a la Iglesia. Cientos de ciudadanos se han adherido ya a las plataformas a favor y en contra de la publicación, en las librerías locales no dejan de reponerse ejemplares ante el insólito éxito de ventas y, en portales como Amazon, ya se ha colocado en los primeros puestos del ranking superando a Belén Esteban y al Gran Wyoming.

Este es el nivel. Un best-seller mediocre, escrito en tono de humor, con un lenguaje coloquial y sin mayores alicientes que relatar las experiencias cotidianas de la madre moderna desde la óptica de una mujer católica que defiende el matrimonio de toda la vida, ataca abiertamente el aborto, cuestiona la “trampa” que ha supuesto la emancipación de la mujer y relega su posición al sostenimiento del hogar y el cuidado de los hijos. Una mujer que no entiende los problemas del “cielo de cristal” por los que se preocupan las feministas, que tiene nostalgia de cuando los maridos aparecían a la hora justa en casa preguntando “qué hay de comer” y que siempre tiene un buen consejo de “predicadora” que dar a sus amigas en sus relaciones de pareja: hacerse la tonta y la despistada, no contradecir, darles siempre la razón, obedecerlos… y tener hijos. La mujer sumisa en la cocina y el marido dominante y protector, en la calle.

Lo “inoportuno” y “desafortunado” es el título, como ha confesado hasta el portavoz de la Conferencia Episcopal, pero también el contenido. La periodista, de 42 años y madre de cuatro hijos, arranca el libro con un ¡Mira quién fue a hablar! repleto de frivolidades y continúa con once cartas (a nueve amigas y dos amigos) en las que intercala sus vivencias como madre y esposa con sus ideas fundamentalistas sobre el rol de la mujer y la relación en pareja: va del aborto y el control de la fertilidad a los piojos de los niños, las pizzas pisoteadas y los ríos de zumo de pera; de la necesidad de perdonar la infidelidad del marido a las pepitas de mandarina en el coche, los collares de azabache y la cirugía estética; del alegato de la maternidad como felicidad suprema (“es la primera vocación de la mujer”) a las faldas de Gap con huellas de Nutella y su necesidad de contar con un entrenador personal -a ser posible “Pep Guardiola”-; del Camino de perfección de Santa Teresa a la Oprah Winfrey de los pobres, los consejos de Carrie Bradshaw y el cotilleo del Vanity Fair.

En Italia ya ha vendido más de 70.000 ejemplares desde que se publicó hace dos años y en España, traducido por la editorial Nuevo Inicio creada por el Arzobispado de Granada “como instrumento pastoral”, está teniendo un éxito arrollador. El efecto contagio del ‘cásate y sé sumisa’ lo ha convertido en un auténtico fenómeno viral aunque es cierto -como alegan sus defensores- que buena parte de las críticas y pronunciamientos que se han producido en las últimas semanas son de personas que no lo han leído. “Hay que pasar de la entradilla”, advertía esta semana Gil Tamayo; “cuando se acuse de algo que se especifique la página y el párrafo”, apostillaba monseñor Martínez. Pero el hecho es que, pasando de la entradilla, lo que el lector encuentra va de la nimiedad al despropósito por mucho que el Arzobispado haya querido argumentar que es un “best-seller muy interesante desde el punto de vista cristiano”, tilde la polémica de “ridícula” e “hipócrita”, recuerde que la obra ha sido reconocida como “evangelizadora” por L’Observatore Romano y hasta la propia autora haya tenido que mediar asegurando que su objetivo no era “instigar a la violencia machista” sino “ayudar a recuperar las relaciones de amor”.

Es el título del libro el que invita a la sumisión, ni una sola vez aparece la palabra “igualdad” en la obra, y es también una posición que se defiende y justifica ampliamente en su interior amparándose en una literal interpretación de la carta de San Pablo a los Efesios. Porque Costanza Miriano escribe lo que, como reconoce en la obra, “ni siquiera los curas se atreven a decir ya por temor a ser lapidados por nosotras las mujeres”.

Hay algunos curas, sin embargo, que sí se atreven. Es el caso del arzobispo de Granada, que lleva diez años generando polémicas desde el altar, que salió de Córdoba tras enfrentarse al poderoso presidente de CajaSur Miguel Castillejo en lo que entonces se entendió como “una patada hacia arriba” y que tiene en su curriculum el dudoso honor de ser el primer arzobispo que se sienta en el banquillo de los acusados, la justicia ordinaria de los hombres, por injurias a un canónigo.

Francisco Javier Martínez (Madrid, 1947), hijo de padres asturianos, se licenció en Teología por la Universidad Pontificia de Comillas en 1973 y fue nombrado obispo con sólo 37 años. En una estancia en Alemania conoció el Movimiento Comunicación y Liberación -se convirtió en uno de sus principales introductores y representantes en España- y fue en 1996 cuando vinculó su trayectoria a Andalucía al ser nombrado obispo de Córdoba por Juan Pablo II. Desde su nombramiento en 2003 como arzobispo de Granada ha creado el Centro Internacional para el Estudio del Oriente Cristiano, el Instituto Lumen Gentium y el Instituto de Filosofía Edith Stein y, con un enfoque evangelizador y pastoral, ha puesto en marcha el Centro Cultural Nuevo Inicio con la editorial que acaba de publicar Cásate y sé sumisa y que ya prepara una segunda parte.

Reacio, siempre, a atender a los medios de comunicación (ni una sola entrevista ha concedido a este diario en diez años), el pasado día 15 emitió un duro comunicado en que defendía el valor del libro, negaba que incite a la violencia machista (se está estudiando si se puede exigir su retirada por un delito de apología de la violencia contra la mujer), replicaba que lo que sí favorece los malos tratos es “la legislación que liberaliza el aborto” y situaba toda la polémica en un contexto de cruzada contra él y de campaña contra la Iglesia. Muy cercano al presidente de la Conferencia Episcopal, Rouco Varela, y completamente alejado al clima de aperturismo del nuevo Papa, las posiciones de monseñor Martínez son tremendamente conservadoras, populistas y fundamentalistas, el integrismo propio del movimiento ultracatólico Comunión y Liberación y del Camino Neocatecumenal (los kikos). A nivel interno, los conflictos y el malestar en las parroquias es constante pero nunca ha saltado en estos años de las críticas veladas y los off the record y, de puertas para afuera, son sus palabras las que se llevan los titulares: que vivimos en un “país subsidiado” y plagado de “funcionarios”, que sólo con la “fe en Dios” se puede atajar el problema del paro, que “más peligrosa que Educación para la Ciudadanía es la ciencia para el mundo contemporáneo”, que “el culto a la razón ha terminado en los botellones” o que “matar a un niño indefenso [en alusión al aborto] da a los varones la licencia absoluta, sin límites, de abusar del cuerpo de la mujer”. A ello se une el episodio del traslado forzoso del llamado ‘cura de los senegaleses‘ que levantó en su contra a todo el pueblo de Albuñol o la denuncia de más de un centenar de curas de Granada ante el nuncio del Vaticano por los gastos excesivos de la diócesis.

La polémica del libro es una más. Y, más allá del escándalo que lo ha convertido en un lamentable best-seller, la cuestión ahora es si realmente tiene recorrido la petición de retirarlo a la que ha terminado sumándose la ministra Ana Mato. La realidad es que sería un “ataque a la libertad de expresión” como advierte la Iglesia, la editorial y la propia autora, sería el primer libro censurado desde el fin de la dictadura franquista en España y sería, aunque roce la demagogia, como “censurar a San Pablo“. Desde el punto de vista jurídico, la propia Fiscalía ha reconocido que es un tema complejo y así se entiende también desde el ámbito académico pese a la indignación social que ha suscitado y las alarmas que se ha encendido entre los colectivos feministas y de lucha contra la violencia de género.

Hay quienes comparten el argumento de la libertad de expresión pero siempre que se hubiera publicado por una editorial privada, no desde una institución como la Iglesia que tiene financiación pública. Precisamente, en la última página del libro se incluye el numero de cuenta de un banco y una petición de donativos para colaborar con la editorial del Arzobispado. El siguiente proyecto, Cásate y da la vida por ella, se dirige a los hombres y promete generar tanto revuelo como el dedicado a la sumisión. Primero se invita a la pasividad y luego, si la mujer no es obediente, estará justificado que el hombre la convenza…

Ni esclavas sumisas ni superwomen

Magdalena Trillo | 11 de octubre de 2013 a las 11:04

Una activista del Partido Comunista ha muerto esta semana en Málaga asesinada por su ex pareja. Rosario Gálvez luchó toda su vida por los derechos humanos, salió a la calle para denunciar la violencia de género y se dejó la piel en su barrio, en Ciudad Jardín, para defender la igualdad de la mujer desde los principios y el compromiso de la izquierda. Ni su inteligencia ni su formación la salvaron del machismo. Nunca denunció y nadie de su entorno sospechó que corriera peligro. Dice su hijo que no murió víctima del machismo sino por ser “buena persona”. Todas son buenas personas… Por eso aguantan y por eso callan. Porque es lo que nos han enseñado y porque sería una vergüenza. Me golpea la duda de si ella también subestimó al maltratador, si de verdad no vio las señales que terminaron de madrugada en un ‘arrebato’ de cuchilladas o si fue precisamente ese perfil de activa militante, de vecina ejemplar, lo que le impidió pedir ayuda. ¿Se puede confesar una debilidad? ¿Podemos reconocernos desprotegidas, perdidas, incapaces, después de pasar una vida dando consejos en la arena pública?

Su historia sólo es en apariencia una contradicción. El machismo no entiende de clases, de perfiles sociales ni de edades. Ni siquiera la información y la conciencia social son un antídoto infalible en esta sociedad patriarcal que lleva siglos educando para la sumisión. No lo son en los institutos cuando las adolescentes permiten que sus novios les controlen los móviles, les digan qué ropa ponerse y con quién salir y no lo es cuando lo que narramos a través de las avanzadas tecnologías del conocimiento es el suicidio de una joven frustrada por desamor. También ha ocurrido esta semana: Gabriela Hernández, una estudiante mexicana de 22 años, se ha ahorcado con un pañuelo después de confesar en Facebook su angustia y su infelicidad.

En el último Congreso Nacional de Psiquiatría, el presidente de la Sociedad Española aportaba un dato estremecedor: por primera vez mueren más jóvenes por suicidio que por accidente de tráfico. El profesor Julio Bobes lo achacaba a su “limitada capacidad para asumir la frustración”, los definía como víctimas de las “patologías de la vida cotidiana” y alertaba del aumento de los cuadros ansioso-depresivos. Unan este desalentador retrato a la extrema facilidad para acceder a recursos de autodestrucción y tendrán un cóctel explosivo. Para alienarse, para dejarse someter, para caer en las redes de la violencia de género, para suicidarse… Sí, esa generación de jóvenes que hemos encumbrado como los más preparados de nuestra historia y que, al mismo tiempo, han crecido en la más absoluta y peligrosa sobreprotección.

Las estadísticas, los prejuicios, nos vuelven a confundir. Ni el teórico avance social ni el tan cuestionado sistema educativo nos salva de nosotros mismos, de nuestros miedos y de nuestras inseguridades, ni nos protege de las debilidades y los zarpazos del otro.

El caso de la joven mexicana no es el único. Lo leo en la red social justo cuando estoy inmersa en un thriller político que se va construyendo sobre una inquietante historia de suicidios de chicas turcas. El libro se titula Nieve, lo empecé a leer cuando le dieron el Premio Nobel a Orhan Pamuk y, no recuerdo bien por qué, se me quedó pendiente. Lo rescaté el pasado domingo y llevo toda la semana tan desconcertada como el protagonista, un poeta y periodista exiliado en Alemania que regresa a su país para cubrir unas elecciones, por lo inquietante de las muertes que se deslizan en la rutina de lo cotidiano. Había situado sus tragedias entre las barreras de la pobreza, el retraso sociocultural y el radicalismo religioso pero la verdad es que no difieren de las nuestras: “A nadie se le pasó por la cabeza que aquella muchacha tan religiosa fuera a suicidarse (…) En su última noche, Teslime vio en silencio la serie Marianna, preparó té y se lo ofreció a sus padres, se retiró a su dormitorio, hizo sus abluciones, oró y se colgó del gancho de la lámpara con su propio pañuelo”.

Con la misma apariencia de normalidad que la chica de Veracruz se despidió en Facebook… No se alejan los motivos, ninguna de las dos quería vivir, ni tampoco la lectura de fracaso social que evidencia el absurdo de sus muertes. Ficticia o real, el trasfondo de su final no es otro que nuestra impotencia como sociedad.

Deberíamos empezar por reconocer que no tenemos respuestas para tanta muerte a traición. Ni desde el deslumbramiento del progreso ni desde el falso civismo en que creemos vivir. No hay respuestas absolutas desde el laicismo y tampoco desde la fe. Mucho menos desde la religión si su modo de contribuir a la convivencia es animándonos a ser “obedientes”. Es lo que parece querer enseñarnos ahora el arzobispo de Granada publicando en español el libro Cásate y sé sumisa de la periodista italiana Costanza Miriano. Podría confesarles la indignación que me ha causado leer sobre “abortos confortables en casa” y nostalgias de maridos que se limitaban a preguntar qué hay de comer… Les mentiría. Lo que realmente me ha alarmado son los 70.000 ejemplares vendidos y la ciega convicción del editor sobre las virtudes de la obra.

Es frustrante no tener respuestas pero terriblemente peligroso es creer tenerlas todas.

En las trincheras de la igualdad

Magdalena Trillo | 16 de marzo de 2013 a las 14:34

Al actor Toni Cantó, diputado y portavoz de UPyD en la Comisión de Igualdad, su frívola actividad en Twitter le puede costar el puesto. Debería. Su partido cierra filas pero cada vez son más las voces que consideran inadmisible que un representante público ponga en cuestión décadas de lucha y unidad contra la violencia de género con informaciones manipuladas y erróneas: que “la mayoría de las denuncias son falsas”, “que los fiscales no las persiguen”, que Europa paga 3.200 euros por cada denuncia o que el 70% de los hombres que se suicidan están en proceso de separación.

Su primera respuesta tras incendiar las redes sociales y recibir un aplastante desmentido oficial fue rectificar matando al mensajero: a la fuente, la federación de afectados por las leyes de género, por darle mal los datos; y al canal porque es “muy difícil” expresarse en 140 caracteres. Su segunda reacción ha sido ponerse la careta de víctima: acude a un programa de televisión para lamentar que “el hombre está en desigualdad” y que “no tiene ni siquiera la presunción de inocencia”. “Alguna vez habrá que hablar de esto sin que a uno lo crucifiquen”.

Pero el problema de Toni Cantó, con una carrera política que está construyendo a golpe de excentricidades y salidas de tono, es que ha invalidado con su torpeza y arrogancia la posibilidad de abordar un problema que es real: que hay quienes se aprovechan de la presión mediática y la creciente concienciación ciudadana contra el machismo para sacar partido. Aunque el número sea ínfimo, existen casos de falsas víctimas de maltrato que ponen denuncias contra su agresor para beneficiarse de los privilegios asistenciales que se recogen en la Ley contra la Violencia de Género, para acelerar –y condicionar– un proceso de separación o de divorcio o, incluso, como moneda de cambio para conseguir ventajas en el conflicto matrimonial. Conocerán más de un caso.

Todas las leyes tienen disfunciones y siempre habrá alguien dispuesto a pervertirlas de forma egoísta y ruin. Desde el juego sucio en un conflicto de pareja hasta el fraude y el delito. A finales de año, la Guardia Civil desarticuló en Almería una red que presentaba denuncias por violencia de género para cobrar ayudas. Contactaba con marroquíes para simular ser pareja o agresor de la mujer y les pagaba entre 2.000 y 4.000 euros por interpretar su papel de maltratador. La red les prometía que, cuando la mujer lograra la residencia legal, retiraría la denuncia y la causa se archivaría. En un mes, las falsas víctimas conseguían los papeles y una ayuda de 400 euros.

Es un caso aberrante y excepcional, pero ahí está. Aunque ni políticamente ni mediáticamente ni socialmente podamos hablar del tema. Confieso que me gustaría poder discutir con cierta serenidad –sin que se nos acuse de desagradecidas– sobre los efectos perversos de la política de cuotas: ¿cuántas mujeres están ocupando puestos sin preparación ni capacidad? Tendríamos que preguntarnos por qué igualdad estamos luchando cuando la discriminación positiva de género hace que un hombre que maltrata a su pareja reciba más castigo penal que a la inversa. Deberíamos reflexionar por la escasa efectividad que está teniendo la Ley Zapatero. Porque la frialdad de las estadísticas, por mucho margen de error que contengan, son dramáticas.

La realidad es que, mientras unas mentirosas se aprovechan, hay adolescentes que viven aterrorizadas por sus novios, chicas que siguen callando cuando sus parejas las golpean y mujeres que acaban encontrando la muerte sin haber sido capaces de pedir ayuda. La realidad es que, mientras hay hombres –no sé si muchos o pocos– que sufren las injustas consecuencias de la discriminación positiva, convivimos con violadores y asesinos.

El diputado de UPyD, con sus datos falsos, su vacuo victimismo y sus arrebatos de salvador, ha perdido la oportunidad de abrir un debate serio en el Congreso y, más importante aún, en los medios y en la sociedad. He seguido en los últimos días las reacciones a sus palabras y no sé si aterrarme más con la crucifixión y el linchamiento de unos o la inquisición de otros; de quienes siempre están al acecho para atacar al “virus feminista”. No hay debate; hay revancha, odio, resentimiento. Si los comentarios que hay en las redes son reflejo de nuestra sociedad, sólo puedo concluir que estamos enfermos y que no estamos preparados para desmontar los tabús con que hemos construido esta ficción de igualdad. No desde las trincheras.

La ‘normalidad’ del machismo

Magdalena Trillo | 10 de abril de 2011 a las 11:17

En Ciudad Juárez las chicas ‘desaparecen’ por llevar minifalda. En mi pueblo muchos vecinos siguen pensando que Carmen se ‘buscó’ su muerte. Que el pobre chaval que la asesinó a sangre fría se puso ‘malo’ de celos. Que si ella no se hubiera ido con unos y con otros

Como mi pueblo hay muchos.

Manuel le disparó a bocajarro con una escopeta de caza. Fue en Rute la noche del 12 de septiembre de 2006. La joven, de 16 años, daba un paseo con unas amigas y él la tiroteó porque había puesto fin a su relación. Si no era para él no sería para nadie. La mató porque era suya.

Esta semana ha empezado en Córdoba el juicio contra el homicida. La buscó, apretó tres veces el gatillo y “se quedó quieto, mirándola”. Carmen no falleció ese día; pasó un calvario de tres años de llantos y de dolor. Su muerte, como la de las 70 mujeres que cada año pierden la vida en España a manos de sus parejas, es un “crimen vil y machista”. La víctima no es la culpable y no se puede justificar a quien asesina “porque estaba enamorado”, porque se obsesionó, porque no podía vivir sin ella…

El asesinato de Carmen no es un crimen pasional, no es un problema social oculto y no es un suceso más que sumar a las crónicas del día. Lo era en 1997 cuando Ana Orantes fue rociada con gasolina por su marido después de denunciar malos tratos en televisión. Pero con aquel brutal asesinato de Cúllar Vega algo empezó a cambiar. Los medios, la sociedad, comprendimos el papel que jugábamos para frenar la violencia de género y luchar por la igualdad.

Eso creíamos. Catorce años después llegamos al “posmachismo” y volvemos a reivindicar a los “chicos normales”. Un columnista de El Mundo escribía el jueves que “es normal” que un chico de 21 años “pierda el corazón y la cabeza, el sentido y el mundo de vista, si un día llega a casa y su chica le dice que le va a dejar y que, además, el bebé que espera no es suyo”. “A este chico [un joven rumano que mató a su pareja y lo difundió por webcam] le están presentando como un monstruo y no es verdad. Es un chico normal que se rompió por donde todos podríamos rompernos”.

No es un caso aislado. Ese mismo día, el delegado del Gobierno para la Violencia de Género daba algunos datos que, lamentablemente, confirman que son muchos los Sostres que hay en España: 600.000 hombres justifican el maltrato “en casos puntuales” y tres millones defienden la violencia cuando hay separación. “La libertad de expresión”, advertía Miguel Lorente, “debe tener sus límites porque hay hombres que la utilizan para seguir ejerciendo la violencia”. Y son muchos los que ven la Ley de Igualdad como una ley de privilegios, los que ven a los hombres como víctimas del “hembrismo”; de las “feminazis”.

Unas horas antes, la veterana periodista Rosa María Calaf denunciaba también en Granada la situación de desprestigio y desorientación de la profesión y nos emplazaba a “resistirnos a entrar en el juego del espectáculo”. Ante varios cientos de estudiantes del IES Hermegildo Lanz, recordaba los años en que aún teníamos conciencia de que nuestra labor era “un servicio público”. Ese día, de camino al periódico, me cruzo en la radio con una entrevista a la periodista navarra Judith Torrea, la única extranjera que trabaja en Ciudad Juárez. Está en España presentando un libro que nos debería recordar a todos por qué un día creímos en este oficio.

¿Justificaríamos en un artículo de opinión un asesinato de ETA? ¿Justificaríamos el feminicidio en Ciudad Juárez? No podemos hacer apología del machismo. Y no vale la ficticia y nada creíble disculpa de Pedro J. Ramírez en Twitter. No fallaron los “controles”. Falló la moral y la responsabilidad social del medio. Y sigue fallando la provocación y la pasividad de quienes se creen con derecho a amparar el machismo en la libertad de expresión. Pura impunidad.