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De Ana Orantes a Juana Rivas

Magdalena Trillo | 30 de julio de 2017 a las 10:30

Cuando Ana Orantes fue asesinada por su marido, la violencia de género no era un problema para la sociedad española. José Parejo la roció con gasolina y la quemó viva a las puertas de su casa. Ana había tenido la osadía de contar en un plató de televisión que llevaba cuarenta años sufriendo malos tratos en silencio. Trece días después, la mató a las puertas de su casa. Fue un 17 de diciembre. En el pequeño municipio de Cúllar Vega. Hace justo veinte años. Aquel día, España despertó del machismo.

Ana Orantes no fue la primera mujer maltratada pero sí la que puso rostro a la violencia de género. La hizo visible y nos obligó a cambiar. A los medios de comunicación, a las instituciones públicas, a las fuerzas de seguridad y a toda la sociedad. En la esfera pública y en la privada; en las ciudades y en los pueblos. Su caso se convertiría en la primera piedra de un complejo camino que desembocó en la Ley Integral Contra la Violencia de Género que el Gobierno de Zapatero aprobó en 2004. Por unanimidad.

Un acuerdo “histórico” como esta semana, trece años después, ha sido el Pacto de Estado con que los nuevos grupos políticos han sacado adelante el primer gran acuerdo de la Legislatura. Y ello pese al inesperado desmarque de última hora de Unidos Podemos evidenciando una absoluta falta de altura política; porque son legítimas sus mayores exigencias y sus dudas sobre la efectividad con que se aplicarán las 266 medidas del plan pero más necesaria aún era la unidad. El simbolismo de la firmeza democrática contra el machismo.

Esta misma semana, Túnez ha aprobado una ley histórica contra la violencia de género que toma de referencia la de Zapatero. En su caso, el punto de partida es más grave aún. Supone un paso trascendental por los derechos de la mujer: los tunecinos ya no podrán violar a una menor y evitar la cárcel casándose con la víctima; el acoso sexual, incluido el verbal, se tipifica y castiga como delito; se podrá denunciar la explotación de niñas en el servicio doméstico; se proclama, por primera vez, que los “ciudadanos y las ciudadanas” son “iguales”.

Tenemos experiencia para saber que las leyes no son suficientes. Por muy progresistas, garantistas y punitivas que sean. Pero son el esqueleto de base que nos pueden permitir avanzar. En la calle, en los colegios y en nuestras casas. El actual Pacto de Estado por la Violencia de Género parte con déficits y con mucha incertidumbre sobre su efectividad pero sería irresponsable quedarse en lo mejorable y no reconocer el salto cualitativo que se produce con un plan transversal que implica a todos los agentes -y en todos los niveles de gestión- y que pone sobre la mesa 1.000 millones para su aplicación en cinco años.

Un plan que cambia, por fin, la consideración de las víctimas -se podrá acreditar la violencia machista aun sin denuncia judicial y prevé que los servicios sociales y sanitarios puedan activar el proceso de protección-, que incluirá asignaturas evaluables y formación especializada a nivel universitario, que reforzará la educación en igualdad en las escuelas, que ayudará a las mujeres maltratadas sin recursos con seis meses de paro, que perseguirá las calumnias en las redes sociales, que pondrá en marcha campañas de concienciación y sensibilización… Más prevención, más formación, más coordinación.

En una entrevista que publicamos hoy, Miguel Lorente, el director de la Unidad de Igualdad de la UGR y uno de los expertos que han trabajado en los últimos seis meses para el desarrollo del Pacto de Estado, advierte que llega “tarde, a la fuerza y desenfocado”. Ciertamente, basta recordar las 600.000 agresiones y las 60 mujeres que son asesinadas de media en España cada año para compartir sus palabras y reconocer que son las trágicas cifras, el año negro que estamos viviendo en 2017, lo que ha constituido el desencadenante del pacto.

Lleva razón también cuando lamenta que nos quedemos en el lado visible del problema, los asesinatos, y no ataje de lleno las causas: el machismo. La normalidad con que todavía toleramos a los maltratadores y hasta los justificamos. Con que minimizamos ciertas conductas. Con que seguimos perpetuando la sociedad patriarcal que constituye el caldo de cultivo de la dominación masculina y la violencia contra las mujeres. ¿Recuerdan su libro Mi marido me pega lo normal?

Pero no son sólo las cifras. De Ana Orantes a Juana Rivas. La madre de Maracena que ha huido con sus hijos para evitar entregarlos a su expareja, un padre condenado por maltrato, está poniendo rostro a la nueva etapa de lucha contra la violencia machista que se está abriendo en la sociedad española sacando a la luz todas las sombras de desprotección, lagunas judiciales y circunstancias “excepcionales” que necesitan una respuesta. Por primera vez se pone un foco en los menores y en la tibieza con que hasta ahora se ha abordado un tema tan sensible como es la custodia de los hijos.

Porque partimos, como recuerda Lorente, de que “un marido maltratador no tiene por qué ser un mal padre”; pero un maltratador siempre es un mal padre. Y un “riesgo” que debería ser tenido en cuenta como un factor determinante para evitar el contacto. Lo vemos, con demasiada frecuencia, en los casos en que los menores son utilizados para hacer daño a la madre, como rehenes de la violencia machista y como víctimas en última instancia de los homicidios.

Son, además, un mal ejemplo. Peligroso. Perpetuador de la violencia. En 2005, Jesús Parejo, uno de los ocho hijos de Ana Orantes, fue detenido en Santa Fe por malos tratos a su pareja. La joven, que tuvo que ser atendida por contusiones en la cabeza y un fuerte dolor en el brazo, confesó a la Guardia Civil que era la tercera vez que le pegaba.

Ese día, una de las hermanas del agresor pidió a la Justicia que actuara con contundencia, que fuera “a la cárcel si tenía que ir” y se ofreció incluso a ayudar a la familia de la víctima. Raquel, que se quitó el apellido de José Parejo cuando asesinó a su madre, recordó que su hermano Jesús también sufrió los malos tratos, que se marchó a los 13 años de casa huyendo de los golpes que su padre le daba a toda la familia… “Quizás fue el ambiente que vivió de niño el que le ha empujado a hacer esto”, dijo entonces.

La presión social, la movilización ciudadana que se ha producido estos días en Granada para apoyar a Juana Rivas, no es una simple corriente de empatía ni inconsciencia. Y no se trata de saltarse la ley. El #YoSoyJuana que vuela en las redes sociales sumando muestras de solidaridad es una llamada de atención sobre el nuevo tiempo en la lucha contra el machismo que tenemos la obligación de abrir.

Porque ni la burocracia ni las zonas grises de la normativa pueden anteponerse a que las leyes sean justas, que se apliquen con sentido común, incluso con humanidad, y que se tengan en cuenta todas las circunstancias.

Porque tan urgente como atajar la violencia de género es actuar con todas las medidas, campañas y cambios legislativos que sean necesarios para acabar con el lado menos visible. Con el machismo.

Sí, hoy #TodosSomosAna. Hoy, #JuanaEstáEnMiCasa. #TodosSomosJuana.

El efecto llamada de la violencia

Magdalena Trillo | 10 de octubre de 2010 a las 21:26

RESPONSABILIDAD. Tal vez sea la palabra que mejor defina la firmeza y la efectividad con que España está afrontando –al menos hasta ahora– la lucha antiterrorista. La responsabilidad de nuestros políticos, de nuestras instituciones, de los medios de comunicación y hasta de la opinión pública.

Ayer se cumplió el décimo aniversario del asesinato de Luis Portero a manos de tres pistoleros de ETA. En el acto de homenaje organizado el jueves en la Real Chancillería, la viuda del que fuera fiscal jefe del TSJA rechazó de plano cualquier negociación con la banda y abogó por derrotar a los criminales “con las armas de la ley y del Estado de derecho”. Sólo pidió justicia; responsabilidad.

Aunque resulte una obviedad, la carrera democrática contra la violencia, contra cualquier tipo de violencia, es inseparable del compromiso ético y profesional de todos los que terminan ‘interviniendo’ en el proceso. También de los periodistas.

Y por ello no ha de extrañar el largo debate que siempre ha suscitado el tratamiento del terrorismo entre quienes defienden la libertad de información y quienes alertan de cómo los medios pueden convertirse en altavoces de los violentos. El efecto llamada.

Ocurría con los casos de suicidio –por eso en la prensa se ha silenciado históricamente– y ahora salta el debate a las muertes por violencia machista. En este caso, el planteamiento no debería centrarse tanto en el hecho de informar (hay investigaciones recientes que constatan cómo los medios contribuyen a reducir la mortalidad por violencia de género ejerciendo un efecto protector) sino en cómo lo hacemos. Porque no es un crimen pasional, no fue un mal día y no es un caso aislado. No podemos ser indulgentes ni buscar sinrazones que expliquen cómo se rompe la supuesta “normalidad” de una relación.

No es menos criminal porque sea anciano, porque tenga educación ni tampoco porque todo el barrio lo vea como un vecino excepcional. Es un asesino (no “presunto” si ha confesado la autoría) o es un homicida.

Ni la edad, ni la piedad, ni la misericordia, como advertía esta semana la consejera de Igualdad, pueden justificar una muerte. Lo decía por el hombre de 82 años de Málaga que ha matado a su esposa para evitar ir a una residencia. Ella estaba impedida en una silla de ruedas y él acababa de ser operado de la cadera. Era un “pacto” para morir juntos… Pero él está vivo; ella, muerta. Asfixiada con una almohada (es una de las hipótesis que investiga la Policía) y con dos puñaladas en el pecho.

Las noticias no provocan más muertes –nadie decide asesinar sólo por verlo en la tele– pero sí pueden producir cierto efecto repetición y actuar como desencadenante.

Pueden ser parte del problema si es a la mujer a la que presentamos como responsable. Si disculpamos al agresor porque está celoso, obsesionado o perdidamente enamorado. Si estigmatizamos al maltratador como psicópata o monstruo olvidando la espiral de violencia que siempre hay detrás del machismo. Si convertimos los asesinatos en “un caso más” y los volvemos rutina.

El último informe de la ONU es alarmante: tres de cada cuatro mujeres en el mundo han sufrido alguna vez en su vida violencia machista. Tienen el rostro de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez, de las violadas en la República del Congo o en Haití y tienen el rostro, también, de las 53 que ya han muerto este año en España a manos de sus parejas… La última, Catalina.

Hay que hablar de violencia, escribir sobre violencia para hacerla visible y no ampararla con la impunidad del silencio. Hay que huir del morbo y del sensacionalismo, aunque se vendan menos periódicos y no se ‘aproveche’ el tirón para subir audiencias. Hay que animar a la reflexión y, como en la lucha contra el terror, reclamar justicia. Debemos militar en la responsabilidad.

Muerte en la carretera

Magdalena Trillo | 2 de marzo de 2009 a las 15:27

La muerte de Conchi sólo iba a engrosar las listas negras de fallecidos en accidente de tráfico; un número más en esas estadísticas anónimas en las que la imprudencia, el descuido o el azar marcan el fin de una historia y sólo generan el dolor justo. Sólo para quien queda huérfano, para quien ha de esconder un cuadro para olvidar una sonrisa rota, para quien se ve obligado a cambiar de casa si quiere enterrar una vida de recuerdos. Los demás, con suerte, tal vez dediquemos un minuto a pensar que es una persona, como nosotros, como nuestra familia, quien acaba de ser anulada como un simple número; un número cuya validez no es más que conformar una política de éxitos y fracasos.

La muerte de Conchi no iba ser en el periódico más que una nota breve, cuatro líneas de información para denunciar un nuevo siniestro en la carretera. Una nueva tragedia para la que hemos desarrollado hasta un lenguaje especial, frío, distante, exacto, que nos permite contar la noticia sin hacer demasiadas preguntas y sin implicarnos más de la cuenta.

Reducimos una vida a unas iniciales, una edad y una descripción del tipo “natural de Canarias” y “afincada en Lanjarón”, casada y sin hijos. En el kilómetro número tal de la Autovía de la Costa ocurrió el lamentable suceso. Fue atropellada. Ahí acabó su historia.

Hay veces en las que nos atrevemos, incluso, a especular… Se habría sentido mal y, tal vez mareada, se bajó un momento en el arcén para tomar aire. Sin saber muy bien cómo, llega la muerte. Parece fortuito. Su marido, del que se había divorciado hacía unos meses, seguía estando ahí. Pese a sus cerca de 70 años, tal vez seguía siendo ese chaval del que un día se enamoró. No puede haber espacio para el odio ni el rencor. Cuanto menos, el recuerdo y el deber de una vida compartida.

En la muerte de Conchi, seguramente fue ese ‘deber’ lo que dejó la puerta abierta al machismo. Jamás denunció. En su presunto asesinato, nada tuvo que ver la imprudencia ni el azar. El que había sido conductor de guaguas cuando vivían en Canarias la arrolló varias veces con su coche en mitad de la carretera. La mató porque era suya…

Era quien aún le hacía las tareas domésticas y seguía guisándole pese a que vivían en diferentes casas, quien accedió a acompañarle a Granada para que no fuera solo al médico. Y es justo esta persona inútil, incapaz de vivir su propia vida, quien manejaba los hilos de Concepción. El machismo ha hecho que su historia no haya quedado en un simple breve. Días de luto en su pueblo y banderas a media asta. Al menos por unos minutos, gente de aquí y de allá habrá parado un momento su vida para pensar que era una buena mujer y que no merecía ese triste final.

Pero la tiranía y la frialdad de los números se repetirá. Los titulares a cinco columnas con que se ha narrado su tragedia se olvidarán dentro de nada. Su muerte será una más en esas 121 que se contabilizaron el año pasado.

Y nosotras volveremos a confiar. Pensaremos que nuestra pareja, o la de nuestra mejor amiga, o la de la vecina con quien apenas cruzamos unas palabras, no tiene tanta sangre fría. Los machistas y los asesinos siempre son otros. Nos confiaremos y esperaremos a leer en el periódico el siguiente zarpazo de la violencia. Y seguiremos aguardando. Confiadas.

Violencia por imitación

Magdalena Trillo | 9 de febrero de 2009 a las 22:23

ENGAÑA a su esposa, le tiende una trampa y la asesina con una radial… Le propina un bastonazo en la cabeza con tanta fuerza que le ocasiona la muerte… Sufre una bajada de azúcar y ‘decide’ acuchillar a su bebé de quince meses…

Decenas de mujeres sufren cada día la violencia machista, la población inmigrante continúa siendo objeto de ataques xenófobos en el centro de Granada, los médicos son agredidos por pacientes y familiares en las consultas, los docentes son insultados y maltratados por sus alumnos… Demasiada escalada de violencia para una sociedad supuestamente avanzada. Demasiados episodios cotidianos. ¿Agredimos por imitación?

Los expertos insisten una y otra vez en los peligros perversos de la ficción: estereotipos y patrones que promocionan la violencia y casi reducen a la ridiculez los valores de respeto y convivencia. Es la cultura del odio. Hace unos días publicaba la revista PLoS One los resultados de una investigación llevada a cabo por un equipo de científicos británicos en la que se descubrían las zonas del cerebro donde se genera la animadversión.

A través de las resonancias magnéticas realizadas a un grupo de diecisiete voluntarios, se observaban las zonas concretas del cerebro que se activan cuando un individuo siente rechazo hacia otro. A partir de aquí, los profesores Semir Zeky y John Romaya logran identificar ‘el circuito del odio’.Y también del amor. Porque, curiosamente, las zonas en las que residen estos dos sentimientos coinciden plenamente. Lo dice el refrán: del amor al odio sólo hay un paso…

Sin embargo, el comportamiento neurológico sí que difiere: cuando se trata del amor, se desactiva parte de la corteza cerebral relacionada con el juicio y el razonamiento (los enamorados siempre ‘pierden la razón’), pero en el caso del individuo que agrede, que golpea, que asesina, siempre es consciente de lo que hace. Se mantiene la plena conciencia. Odio que se ‘aprende’. Agresiones que se ‘copian’. Violencia que se ejerce con plena conciencia.

¿No podría darse un paso más para interferir este tipo de ‘pasiones’? Bastaría con recurrir a la ‘estadísticas del odio’ para justificar que se abra el debate. Desde el origen, desde las células madre. Granada, tal vez, tenga algo que aportar. Algo más que estadísticas.