La flor roja

Agustín Velasco | 29 de agosto de 2011 a las 20:53

Los libros de Nevsky Prospects, editorial especializada en literatura rusa, son verdaderos libros-joya. Al menos La flor roja de Vsévolod Garshín es una verdadera joya. La editorial se ha arriesgado a dar formato de libro a este relato corto ilustrándolo con el maravilloso trabajo de la artista Sara Morante. El resultado es un volumen de 80 páginas que no puede ser más conmovedor.

La flor roja fue escrita en 1883 y es un inquietante relato sobre la locura y la obsesión, con golpes de humor que brillan con fuerza dentro del patetismo que envuelve a toda la situación que narra. El argumento es sencillo: la historia de la obsesión de un interno de un hospital psiquiátrico ucranio que atribuye la fuente de todos los males a tres flores rojas que crecen en el patio de la institución. Pero si bien el argumento es sencillo la psicología inherente a la narrativa de Garshín es profunda, y el realismo con que se introduce en la psique del pobre loco es conmovedor. Quizás porque Garshín no tuvo que hacer un esfuerzo de ponerse en la piel del loco, ya que él mismo pasó por varios hospitales psiquiátricos en los últimos años de su corta vida.

  • Título: La flor roja
  • Autor: Vsévolod Garshín
  • Ilustraciones: Sara Morante
  • Traducción: Patricia Gonzalo de Jesús
  • Editorial: Nevsky Prospects
  • Páginas: 80
  • Precio: 13 €

La reseña biográfica que la editorial hace del autor es la siguiente:

Vsévolod Mijáilovich Garshín (1855-1888) nació en una familia de militares de la nobleza. Su educación se vio interrumpida por la guerra de 1876 contra los turcos, en la que luchó como voluntario. Recibió una herida en la pierna y comenzó a escribir durante su convalecencia. En 1880 comenzó a dar muestras de inestabilidad mental, que condujeron a que lo encerraran en una serie de hospitales mentales. En 1888 se suicidó en San Petersburgo. Su producción literaria al completo es bastante limitada, y consiste en unos veinte relatos cortos y varios artículos periodísticos. Sin embargo, como prosista se merece un lugar a la altura de sus contemporáneos más prolíficos: sus relatos sobre la guerra son comparables a los de Tolstói, y su ficción de corte psicológico está a la altura de la de Dostoievski. Además, Turguénev lo consideraba su sucesor.

Pero nada puede explicar mejor a Garshín que la mirada que Ilia Efimovich Repin captó en su retrato de 1884 (arriba).

No solo toca elogiar sin ambages las ilustraciones en blanco, negro y rojo con las que Sara Morante ha traducido en lenguaje gótico el complejo universo de la insania que se relata en el libro; sino que hay que aplaudir la traducción de Patricia Gonzalo de Jesús por haber hecho un trabajo tan accesible de un idioma tan complejo como el rujo que en muchas ocasiones queda artificial al traducirlo (este no es el caso).

Desde que tengo este libro lo he leído en tres ocasiones. No te cansas, y no pierde chispa de efecto al releerlo. Es más, estoy seguro que todo el que lo compre se verá impelido a volver a comprarlo para regalarlo, pues es verdaderamente, como dije al principio, una joya.

Próximamente: La puerta de Audrey (ed. La Factoría de Ideas) de Sarah Langa

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