Agustín Velasco | 10 de julio de 2012 a las 14:53
Tendría unos 18 años cuando descubrí a Hemingway y su El viejo y el mar. Me sentí fascinado por la figura del gran novelista y vividor. Supongo que aquel efecto es fruto de la corta edad. Con los años lo he ido desmitificando y dándome cuenta que es un producto muy americano, personaje autoconstruido con dotes de autopublicista intuitivo, aunque no le quito en absoluto su valor como novelista. Ha sido muy agradable reencontrarme con él de nuevo transcurridos los años y profundizar en otra de sus facetas, la de periodista, revelándome a un joven escritor con ambición y las ideas muy claras.
En Sobre París (ed. Elba) de Ernest Hemingway se recopilan algunos de los artículos que escribió para The Toronto Star Weekly del 4 de febrero de 1922 al 22 de diciembre de 1923. En plena resaca de la I Guerra Mundial el joven Hemingway ejerce de ‘peculiar’ cronista de la vida y la política francesa, abordando temas tan dispares como la moda importada de Londres de incorporar gorriones disecados en los sombreros de las señoras al papel decisivo que empezaba a adoptar el bien organizado Partido Monárquico de Francia.
Título: Sobre ParísEn estos textos escuetos, resolutivos y llenos de ironía y sentido del humor, encontramos el germen del Hemingway literato que pasará a la posteridad. En ellos la fascinación que ejerce París sobre él, en la que no se siente americano en tierra extraña sino como un peculiar insider conocedor de los secretos de ese París oculto a los ojos del turista, se mezcla con el espíritu crítico que precisamente esa cualidad de estar (en París) pero no ser (parisino) le confiere.
Hay textos realmente hilarantes, como el del vendedor de alfombras, digno del mejor sketch cómico de la televisión; los hay curiosos como el análisis que abre esta recopilación de textos de cómo poder vivir en París con 1000 dólares anuales gracias al tipo de cambio; los hay escandalosos como el que desvela la manera en que los periódicos franceses venden sus páginas a los Gobiernos; etc… Hemingway no se siente precisamente indulgente con la actitud del turista americano que se deja saquear por los pícaros parisinos, de taxistas coercitivos a camareros arrogantes. También evidencia una profunda desilusión por cómo la paz ha cambiado esos lugares que en guerra le parecieron mágicos. Os recomiendo el penúltimo artículo donde compara la vida nocturna de ciudades europeas como París, Berlín o Madrid, a la que tilda (esta última) de “aburrida”.
Si al principio del libro comencé minusvalorando las cualidades de Hemingway como periodista, pronto me di cuenta que sus textos contienen una magia muy especial que eleva el género a un nuevo estatus, como lo hiciera amos más tarde Capote, Mailer, Talese…
Os dejo con una frase lapidaria que pone punto final al libro y que verbaliza perfectamente ese sentimiento del extranjero que se ve lejos de familia y amigos en días que tradicionalmente se comparten con estos: Nadie sabe lo que es la Navidad hasta que siente que la pierde en tierra extraña.
Agustín Velasco | 28 de mayo de 2012 a las 17:33
Esta es una de esas novelas de pellizco en el estómago, de las que te causan repulsa y a la vez te mantienen enganchado. Repulsa porque no te puedes parapetar ante la excusa de la ficción al contemplar el lado más desagradable de la naturaleza humana. Los personajes más desagradables de esta obra existen en realidad, quizás no estos concretamente, pero está claro que las invenciones del autor son un reflejo muy cercano de lo que nos rodea (aunque no queramos verlo en ocasiones). Por eso, en cuanto te metes de lleno en la historia, sabes que no tienes el salvavidas de los happy endings implícitos en la mayoría de la narrativa comercial. Aquí no puedes tener tan claro que al final los buenos ganan y los malos reciben su castigo, porque está tan apegada a la realidad que en seguida desechas todas esas reglas artificiales que nos hace la lectura cómoda y agradable.
Busca mi rostro (ed. Plaza & Janés) de Ignacio del Valle es por tanto un libro muy incómodo pero realmente excelente. Una historia trepidante con la que recorres medio mundo de la mano de la ex-fotógrafa de guerra Erin Sohr en una enfebrecida búsqueda, tanto personal como del criminal de guerra Víktor, un espeluznante paramilitar serbio que la cámara de Erin capta por casualidad tras la explosión en Nueva York de un artefacto en un local vinculado a la actividad de la mafia rusa. Los otros dos personajes principales del lado “bueno” de esta cruenta historia son los policías neoyorquinos Daniel Isay y Sailesh Mathur, para los que Del Valle crea una arquitectura emocional y circunstancial tremendamente rica que los dota de una humanidad raramente percibida en personajes tipos como son los policías.
Título: Busca mi rostroEs sorprendente el nivel de detalle y documentación que despliega el autor a lo largo de toda la trama: lo mismo se mete en aguas profundas de corrupción política, como en ciénagas movedizas de tráfico de armas y drogas, sin olvidar todo ese background histórico, las guerras balcánicas, que ya parece en muchos casos muy lejano e irreal. Escenarios descritos tras lo que solo ha podido ser una constatación empírica y cercana de los mismos; modus operandi de las organizaciones mafiosas investigados hasta los más mínimos detalles; y una ambientación histórica de las vergonzosas guerras balcánicas que desmembraron la antigua Yugoslavia muy trabajada. Después dirán que el oficio del escritor es fácil.
Ignacio del Valle crea una novela de gran tonelaje en la mejor tradición de Forsyth o Ira Levin, dejándonos pasajes de gran maestría como el relato de Slavenka sobre el caso de Goran.