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Entrevista a Alessandro D’Avenia

Agustín Velasco | 18 de abril de 2010 a las 15:16

alessandro

Este blog es una gozada. No sé para el lector, pero para el que lo escribe es un lujo porque me permite poder analizar las historias de primera mano charlando con los autores. Cuando cerré la entrevista con Alessandro D’Avenia, autor de Blanca como la nieve, roja como la sangre me preocupaba cómo entendernos, porque desde el departamento de prensa de Grijalbo me aseguraban que sería él personalmente el que contestaría mis preguntas (habría una intérprete, claro, pero apostaban a que su labor sería mínima). Yo no confiaba tanto en las habilidades de D’Avenia con el castellano, pero me he de quitar el sobrero porque me demostró que tiene un castellano muy bueno y ágil y sólo requirió la ayuda de la interprete un par de veces cuando alguna palabra le fallaba, “¿cómo se dice…?”, algo que me ocurre a mí continuamente en mi propia lengua. Le dije que ojalá toda mi vida de lucha con el Inglés diera frutos como los suyos con el castellano a lo que me respondió que había aprendido el idioma a base de leer libros. Con los miedos disipados me lancé con una de mis preguntas introductorias clásicas que ayudan a abrir camino:

¿Cómo nace esta historia? Como todas las historias nace de un encuentro con la belleza. Como profesor de colegio que da clase a chicos de 14, 15 y 16 años quería dar testimonio de esa belleza que encuentro en la juventud, ofrecer un retrato diferente de la adolescencia alejado de los estereotipos que tenemos de la juventud actual.

Arduo difícil en un momento en que existe un sentimiento generalizado de que asistimos a una generación de jóvenes sin valores. Sí, pero el problema es de los adultos. Si los chicos no tienen esos valores es porque no sabemos transmitírselos. No pretendía poner en valor la juventud frente a los adultos, simplemente darle su sitio a cada uno. Aquí aparecen adultos, los padres y el profesor, que están contentos de ser adultos y felices de poder ayudar al adolescente a conocer y poder estar en la realidad. Al principio de la historia para Leo sus problemas de identidad se reducen a cómo lleva el pelo, pero a lo largo de la novela descubre que hay mucho más.

Me parece muy interesante la forma en que enfocas el personaje de El Soñador [el profesor], que no se obsesiona con ayudar al chico, sino que deja que él vaya buscando sus propias respuestas. En Italia han comparado al personaje con el profesor de El club de los poetas muertos, y no me gusta, es muy diferente. Un profesor tiene que llevar a los alumnos a ser ellos mismos. El Soñador ayuda a Leo a ser más Leo, no a imitar otros modelos.

Mensajes de móvil que no se reciben, cartas que no se llegan a enviar, sentimientos no verbalizados… ¿Es esta también una novela sobre la incomunicación? Sí, básicamente entre generaciones. Los chavales entre ellos se relacionan hoy con más medios, la tecnología es más rápida, tienen más instrumentos. Los adultos solo tiene que decodificar esos mensajes. Mensajes que no arriban… en términos generales para que un mensaje llegue tiene que haber orejas dispuestas a escucharlo.

¿Te ha resultado difícil conseguir una voz narrativa juvenil? Cuando maduramos parece que perdemos ese nexo de empatía con los sentimientos de los jóvenes. Esa fue precisamente la gran batalla de la escritura de este libro, y el regalo que me ha hecho. Para escribir ese personaje me forcé a recordar eventos y sentimientos ya olvidados. Y he tenido la suerte de poder recuperar todos esos sentimientos enterrados.

¿Tus alumnos leyeron han leído la novela? Sí, leyeron la primera versión y me dieron muchos consejos que me ayudaron a mejorar la novela. Por ejemplo, en el primer borrador el personaje de Niko y la liga de futbol casi no existían. Fue uno de los chicos el que me dijo “ese Niko me parece simpático, profe, me interesa conocerle”. También influyeron mucho en el tono de voz narrativa, porque me decía a veces “este razonamiento no es de un chico, sino de un adulto”, y entonces yo sabía que tenía que trabajarlo.

Al final has conseguido narrar un drama sin sentimentalismos facilones. Eso es un misterio. Ten en cuenta que yo trataba de contar una adolescencia fuerte, un momento en que los chicos aman más el reality que la realidad. Rescato sucesos de mi vida muy similares, y para ser honestos no podía jugar con el dolor que había experimentado.

Esta es tu primera novela y en Italia ha sido todo un éxito, ¿te ha resultado vertiginosa esa buena aceptación? Sí, me sorprendió mucho, pero aún más el hecho de que fuera a ser traducida en 14 o 15 países y que se vaya a hacer una película. Esto demuestra una máxima que pongo siempre en práctica, que hagas lo que hagas debes hacerlo bien y poner todo lo que tienes en ello. En mi trabajo como profesor cuido a mis alumnos como si fueran el mundo entero, y esa filosofía aplicada a la hora de hacer la novela parece que ha dado sus frutos.

¿Estás trabajando en una nueva novela? Sí, ya estoy trabajando en un nuevo libro y en el guión de la película.

¿De veras? Hablando con otros escritores que también son guionistas me confiesas que son incapaces de traducir a guión cinematográfico sus historias. Es muy difícil, necesitas la distancia justa y haber escrito la novela no me lo pone fácil. Por eso no lo haré solo y me ayudarán muy buenos profesionales.http://www.youtube.com/watch?v=kllQsrkYOBc&feature=player_embedded

Blanca como la nieve, roja como la sangre

Agustín Velasco | 17 de abril de 2010 a las 15:53

blanca como la nieve1

He de confesar que no soy de los que me dejo arrastrar por los sentimientos cuando leo, pero he de confesar que en la página 218 de Blanca como la nieve, roja como la sangre (ed. Grijalbo) de Alessandro D’Avenia me pillé una llantina de lo más tonta. Vale, soy un hombre del siglo XXI y no me importa confesar estas cosas. Os reto a que os leáis este libro y que después me juzguéis. Bueno, no os reto, os lo recomiendo encarecidamente, leed esta magnífica historia de sentimientos en una edad en que las respuestas a la vida no están matizadas con la resignación y pragmatismo que da la madurez.

Leo, el protagonista,  es un dios, o lo que es lo mismo, un chico de 16 años en un universo muy pequeño repleto de sentimientos muy intensos. ¿O es que acaso tú, que estás leyendo esto, no recuerdas que es eso de tener 16 años? Quizás esboces una sonrisa condescendiente recordando aquel primer amor casi clandestino que encontraste en el patio del instituto; o quizás la melancolía haga mella en ti preguntándote qué fue de esos amigos que eran lo más importante del mundo y de los que no sabes nada desde hace años; o quizás te irrite el reconocer que ahora te tomas los dramas de tus hijos con el mismo estoicismo con que te parecía que tus padres se tomaban los tuyos… Todos hemos estado ahí. Todos lo superamos. Alessandro D’Avenia ha vuelto allí en esta novela con todas las consecuencias, y ha conseguido hacerlo desprendiéndose de todos los vicios de carácter y ánimo que adquirimos con el paso de los años.

Este chico tiene un buen colega (Niko), una amiga del alma (Silvia), un pelo loco en el que radica su poder y su identidad, y una bativespino que le da sensación de libertad. Para que todo sea perfecto sólo ha de ganar una liguilla de fútbol escolar y conseguir que Beatrice, una pelirroja de un curso superior que es la gran quimera de su vida, se dé cuenta de que existe. Pero el destino tiene otros planes para Beatrice y la palabra leucemia vendrá a derrumbar todos los castillos que Leo se hace en el aire con ella.

  • blanca como la nieve2Título: Blanca como la nieve, roja como la sangre
  • Autor: Alessandro D’Avenia
  • Traductor: César Palma
  • Editorial: Grijalbo
  • Páginas: 256
  • Precio: 15,90 €

La opera prima de D’Avenia que no ha sido escrita con palabras sino con emociones y sentimientos. Echando la mirada atrás y haciendo un ejercicio de memoria literaria me atrevería a comparar esta obra (salvando las grandes distancias que las separan) con Donde el corazón te lleve de Susanna Tamaro. La historia de D’Avenia es un piélago de sentimientos pero sin caer en estrategias sentimentalistas prefabricadas. Se detecta sinceridad e inocencia en cada línea. Drama sin sensacionalismo, con un hálito de esperanza como la vida misma. Cómo conseguir esa ‘verdad’ narrativa es un misterio, quizás se deba a que Alessandro es profesor de literatura en un instituto y es un privilegiado observador de esa juventud que consigue retratar en esta obra.

Creo que uno de los principales problemas del autor ha debido ser adentrarse en la psiquis de un adolescente y expresar sus pensamientos desde su realidad, no desde la realidad del autor ya adulto. Entre los recursos que utiliza para ello destaca el modo tan intuitivo de expresar esos sentimientos, que los jóvenes aún, por inexperiencia y falta de reflexión no son capaces de ponerles nombres propios. Él emplea un sistema de colores. Me gustaría explicarlo, pero el autor lo hace mucho mejor de lo que yo pueda hacerlo, ni puedo resumirlo tan bien como el extracto de la nota de prensa que dice:

“El silencio es blanco. De hecho, el blanco es un color que no soporto.  Es que el blanco ni siquiera es un color. No es nada. Una nada sin palabras o sin música. En silencio: en blanco.

Silvia es azul, como todos los amigos de verdad. Contemplo el azul de sus ojos: un mar enel que se puede naufragar sin morir, en cuyo fondo siempre hay paz, incluso cuando hay tormenta en la superficie.

Beatrice es rojo. Tempestad. Huracán que arrastra. Terremoto que te deja el cuerpo hecho trizas. Así me siento cada vez que la veo. Sin el reflejo rojo de su pelo los días me parecen más vacíos. Un día de estos le diré que ella es la persona perfecta para mí… y yo para ella.

El amor es rojo. Rojo sangre. Y sin sangre no hay vida. Siempre me he preguntado por qué el amor y la sangre son del mismo color. Ahora ya lo sé”.

Esta es una novela de amor. Amor de adolescente, puro, de esos que no están contaminados con la racionalidad. Sólo es impulso. Esta es también una novela de la incomunicación: cartas que no llegan a su destino, mensajes de móvil que nunca son leídos, sentimientos que no se confiesan, pensamientos que no se guardan… Y también es una novela de tránsito, del paso del niño al hombre, que se da de bruces con la crudeza de la vida, que toma conciencia de su mortalidad, que comprende que en la vida tiene más sentido da que recibir, que se da cuenta que no hay tanta distancia entre tus padres y tú, y que cuando se hacen las cosas correctas no siempre recibes una recompensa, sino todo lo contrario. Este es un libro lleno de poesía, pero poesía en los sentimientos no en las palabras, y que seguro te hará destapar algún que otro recuerdo que no echabas de menos pero que te preguntarás cómo pudiste dejarlo en el olvido.

Alessandro D’Avenia está muy presente en el relato a través de El Soñador, un profesor suplente que llega una día a la vida de este chico y remueve algo en él, pero sin esfuerzo, sin presión… no es el típico profesor literario o cinematográfico que se obsesiona con ‘salvar’ a sus alumnos. Basta con enseñarles un nuevo camino, el de pensar por ellos mismos, en el que no hay respuestas correctas e incorrectas. A El Soñador le basta dejarles claro que está allí, para lo que necesiten, y que no espera nada de ellos salvo que sean ellos mismos.

Y para colmo tuve la suerte de poder entrevistar al autor… Pero eso mejor para mañana.

Próximamente: Una revolución pequeña (Ed. Lengua de Trapo) de Juan Aparicio-Belmonte

Empezado: La Cúpula del Mundo (Ed. Grijalbo) de Jesús Maeso de la Torre