La naturalidad del cáncer

Enrique Bellido Muñoz | 3 de junio de 2016 a las 10:26

cancerHace poco más de dos años me diagnosticaron un cáncer de colon. Pasé por cuatro intervenciones quirúrgicas y seis meses de quimioterapia. Después de ese tiempo me encuentro perfectamente, desempeñando mi trabajo habitual y haciendo una vida normal en todos los sentidos.

Tristemente no sucede igual en todos los casos, en los que el cáncer, una enfermedad como cualquier otra que podamos adquirir o simplemente transportar en nuestros genes, termina por anular la funcionalidad de nuestros órganos provocando la muerte.

Los avances han sido enormes en este campo médico. Tanto los diagnósticos como los quirúrgicos, radiológicos o farmacocinéticos, hasta tal punto que tal vez un día la ciencia consiga controlar esta enfermedad.

Pero, siendo ello así, no lancemos las campanas al vuelo, ni nos sintamos, tampoco, víctimas de la enfermedad. Asumamos que sólo somos unos miembros más de la Naturaleza, sometidos, como toda ella, a multitud de factores de todo tipo que, indefectiblemente, terminan actuando sobre nosotros hasta provocarnos algo tan natural como es la muerte.

Se podrá dominar el cáncer -ya hay un equipo de investigadores de la Universidad de Maguncia trabajando en la vacuna universal contra la enfermedad-, se evitará la muerte por lesiones cerebro vasculares o cardiológicas, se logrará combatir al ébola o a la klebsiella, pero tras ello irán apareciendo nuevos procesos que, afortunadamente, harán posible la renovación de la especie.

Es cierto que quienes hemos padecido o padecemos esta enfermedad necesitamos aplicar importantes dosis de positivismo a nuestra existencia -también quienes padecen otras distintas-, pero ese positivismo no debe sustentarse sobre la idea de superación de la enfermedad, algo difícilmente previsible en muchas ocasiones, sino sobre la realidad de nuestra propia vida, los valores positivos que la misma nos ha aportado a nosotros  y también a los demás, y la naturalidad de la muerte, que a veces llega “demasiado pronto”, como también sucede en otros órdenes de la naturaleza, pero que no por ello deja de ser natural.

Para quienes impliquen a Dios en todo este proceso de la vida y la muerte, tal vez les resulte más fácil afrontarlo. En los casos en los que eso no suceda, no debiera representar obstáculo alguno  reconocer que nuestro ciclo vital está sujeto a las leyes de la Naturaleza íntimamente interconectadas con nosotros mismos. Nacemos porque el azar así lo quiso, vivimos desde una libertad condicionada también por el azar y debemos morir, indefectiblemente, a veces porque el azar así lo decidió.

No nos agobiemos, tampoco,  por aquello que dejemos tras de nuestra ida. La resolución de la inmensa mayoría de todo ello escapa a nuestras manos y habrán de ser otros quienes lo afronten. La Naturaleza nos obliga a defendernos a todos y, desgraciadamente, no es dulce con todos.

La experiencia del cáncer es una experiencia de dolor. De dolor físico y de dolor psíquico, que hemos de afrontar con los recursos que tenemos a nuestra disposición, pero que no debe desestructurar nuestras vidas ni en el presente ni de cara al futuro.

Sé que según avanzamos en edad aceptamos como más natural el proceso de la muerte y que, del mismo modo, nos cuesta mucho trabajo admitir las consecuencias del cáncer en personas jóvenes y no digamos ya en niños. Por ello que debamos redoblar nuestra capacidad de autoayuda y de apoyo al enfermo en el segundo de los casos, a fin de no trasladarle nuestra propia ansiedad y minimizar la que ellos puedan padecer.

El cáncer no es una enfermedad maldita. Es, simplemente, una enfermedad más, ligada, como las demás, a la existencia natural del hombre y de la que los propios hombres somos en muchos casos cómplices en su aparición.

Aceptémosla, tratémosla y superémosla aunque sólo sea en la fractura psicológica que pueda provocarnos, porque, sobre la física, son menores nuestras posibilidades de control.

Y para quien desee profundizar en el tema le recomiendo este estudio de la Universidad Santo Tomás de Colombia : “El cáncer como metáfora de muerte o como opción para resignificar la vida: narrativas en la construcción de la experiencia familiar y su relación con el afrontamiento del cáncer de un hijo menor de edad1

 

 

 

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