Los hermanos de Cristo

Enrique Bellido Muñoz | 15 de junio de 2016 a las 11:04

Hermanos de cristoEl pasado domingo, escuchando la epístola de San Pablo a los Gálatas (Ga 1,11-19) sobre su visita a Jerusalen, volvió a llamar la atención al oído la frase “solo encontré a Santiago, el hermano de Jesús”.

Y es que, desde pequeños, siempre se nos ha mostrado a la Sagrada Familia con tres miembros, Jesús, María y José, y en modo alguno se nos planteaba la posibilidad de que existiesen más, como hermanos de Jesús.

El Dogma de la Virginidad Perpétua de la Madre de Dios, definido en el Concilio de Letrán, en el 649, bajo en pontificado del Papa San Martín I, en estos términos,   “Si alguno, de acuerdo con los Santos Padres, no confiesa que María Inmaculada es real y verdaderamente Madre de Dios y siempre Virgen, en cuanto concibió al que es Dios único y verdadero -el Verbo engendrado por Dios Padre desde toda la eternidad- en estos últimos tiempos, sin semilla humana y nacido sin corrupción de su virginidad, que permaneció intacta después de su nacimiento, sea anatema”, determinaba la doctrina de la Iglesia Católica en el sentido de que María sólo tuviese un hijo, Cristo y su Maternidad, por tanto, sólo fuese divina, como ya recogió en el 431 el Concilio de Éfeso.

Sin embargo, los Evangelios de Marcos (6,3 ss) o Mateo (13 54-55) y los Hechos de los Apóstoles, recogen las figuras de los hermanos de Cristo, que parece ser eran cuatro varones (Santiago, José, Simón y Judas) y dos hembras (de cuyos nombres no se habla en el Evangelio pero Hegesipo nomina como Salomé y Susana)

¿Eran realmente hermanos de padre y madre, de José y María?

Hay opiniones que dicen que sólo eran hermanastros, hijos de un matrimonio previo de José, si bien otros estudiosos del tema rechazan esta versión por la nula presencia de ellos en las primeras etapas de la vida de Jesús.

Hay quienes argumentan que el término hermano era mucho más amplio en su concepto y abarcaba también a otro tipo de parientes como puedan ser los primos. Otros autores afirman que no cabe tal interpretación, bajo el prima del griego del Nuevo Testamento que tiene términos específicos para denominar a primos y parientes.

Lo cierto es que tales hermanos, primos o hermanastros, en sus primeros momentos no creían en Jesús e incluso, en compañía de María, intentaron disuadirle de su ministerio  (Mateo 12, 46 ss). Sin embargo consta que se produjo un cambio en ellos tras la crucifixión, ya que en Pentecostés tanto María como los hermanos de Jesús ya formaban parte de la comunidad judeo-cristiana de Jerusalen (Hechos 1, 14).

Es más, Santiago presidió en Jerusalen un concilio, en torno al año 49, en el que se abrió la puerta a la nueva fe a los no judíos, y fue linchado en el año 62 por una turba de judíos integristas.

En cualquier caso, éste de los hermanos de Jesús representa un episodio más de la biografía, no siempre claramente definida, de un personaje de indudable trascendencia para la Humanidad que, fuese o no el Hijo de Dios, marcó el camino de una nueva religión y de un nuevo modelo de sociedad que ha llegado hasta nuestros tiempos aún a pesar de las Iglesias que lo han transmitido.

Echa uno en falta que frente a las evidencias que parece ser mostró Jesús sobre su divinidad a sus apóstoles y quienes le rodeaban, a lo largo de sus tres años de ministerio, no nos hayan llegado datos biográficos más concretos de toda su existencia, narrados por personajes distintos a quienes fueron sus apóstoles.

Ello nos somete, en muchas ocasiones, al ejercicio de la fe, el cual se enfrenta, también con frecuencia, al de la racionalidad.

De cualquier manera nos queda una doctrina, no siempre bien explicada a lo largo de los siglos por la Iglesia, que ha determinado, por mucho que les pese a algunos, el fenómeno religioso, social y cultural posiblemente más importante de nuestra Era, el Cristianismo.

Profundizar en él y en sus raíces es tarea de todos quienes estemos interesados en la historia del hombre. Ponerlo en valor es tarea compleja pero necesaria para una sociedad que muestra escaso interés por los valores morales.

 

 

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