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Me bajo del tranvía

Enrique Bellido Muñoz | 23 de mayo de 2012 a las 12:07

Ya se los anuncio. Me bajo, salto del tren -¿qué digo del tren?-, no, del tranvía, del esperpéntico tranvía de nuestra democracia.

Me importa un bledo, sí, un bledo, que los oficialistas del sistema, mejor aún, los oficinistas del sistema, me tachen de reaccionario.

Ya quisieran todos ellos, desde el primero al último representante de todos y cada uno de los partidos políticos que sientan sus reales en nuestras instituciones, gozar de la salud democrática que yo disfruto y que, por ello, sufro.

¿He dicho quisieran? Que va. No lo quieren, si no otro gallo nos cantaría. Les resulta mucho más cómodo y productivo seguir siendo como son, simples manipuladores del sentimiento democrático, al que prostituyen a diario obteniendo de este ejercicio pingües y sucios beneficios.

Los que están arriba porque dirigen este negocio en el que se han convertido los partidos políticos en España y el ejercicio del poder, y los que están abajo por carecer de capacidad o arrestos para tener criterio propio o hacerlo valer.

Porque, ¿no nos dirán ahora que no es nuestro sistema de partidos, aquello en lo que han convertido la utopía de la democracia participativa, el que ha generado la situación en la que nos encontramos?

Ahora dicen que los mercados, que la indolencia de la banca o los oscuros intereses de los especuladores son los causantes de nuestras desgracias, pero se callan que ellos, nuestros gobiernos de todo nivel, tenían la responsabilidad de controlar aquellos mercados, fiscalizar la banca y poner coto a la especulación.

Es más. Son los propios partidos políticos, todos ellos, desde la izquierda que ahora se dice plural a la derecha, quienes han pretendido, a veces con éxito, introducir sus garras en los mercados, hacerse con el poder de la banca –ahí está el descalabro total del sistema de cajas de ahorros, parasitadas por unos y otros sin excepción- y confraternizar con el especulador permitiendo esa explosionada burbuja inmobiliaria basada, simplemente, en la especulación que del suelo se ha venido haciendo desde ayuntamientos y comunidades autónomas.

La solución: pagar entre todos lo que han generado sólo unos pocos que, además, se han beneficiado de ello.

Por ello que me apee de este medio de transporte y recorra mi camino por mi cuenta, convencido de que no vale la pena pagar un billete tan caro para que ni te lleven a tu destino y, por el contrario, terminen descarrilándote y llenándote de magulladuras.

El discurso de Rubalcaba

Enrique Bellido Muñoz | 12 de julio de 2011 a las 9:46

No creo, tan siquiera, que Alfredo Pérez Rubalcaba tenga la oportunidad de encabezar la candidatura del PSOE a las próximas generales.

La situación económica del país es tal que muy posiblemente su antecesor se vea obligado a desprenderse de los “trastos” de Presidente, dejando al país y a su partido en una situación de ruina económica y moral tal que hasta el mismo Rubalcaba, como cómplice directo de las políticas desarrolladas por los socialistas en los últimos ocho años, haga mutis por el foro.

Por ello que su discurso ante el comité federal del PSOE y los aplausos que le acompañaron en el mismo, no representaran sino un canto de sirena, un brindis al sol, de toda una generación de políticos, no sé si socialistas, socialdemócratas o vaya usted a saber qué, que ven como han de agarrarse a un clavo ardiendo, tienen que acogerse a una reliquia del pasado, ante la ausencia de argumentos con los que defender la secuencia de errores que han situado a España en su declive actual.

Un brindis al sol de quien dice ahora contar con la piedra filosofal que remedie todos nuestros males y al que no le ha importado –con la coreografía de los asistentes al acto- incluso dejar en evidencia a quien lo situó como su mano derecha, en un ejercicio más de la descomposición interna que se vive en el seno de la orgánica socialista.

Fue el discurso, efectivamente, del desprecio a las políticas de Zapatero, con el más solemne descaro de quien ha sido portavoz de las mismas y cooperador necesario en ellas.

El discurso del antes y el después como si no existiese una nítida línea de continuidad entre lo pasado y lo que podría quedar por venir en el caso de que el ex ministro de Felipe González y Rodríguez Zapatero alcanzase su objetivo.

Y, no podía ser de otra forma, todos aquellos que ahora ostentan un cargo en la dirección del partido y aspiran a seguir ostentándolo en el futuro, se deshacían en elogios hacia el nuevo candidato y su retórica, conocedores, como lo son, de las dificultades para recolocar a muchos de los que en municipales y autonómicas se vieron desmontados en las urnas de sus poltronas.

Se ha dicho del discurso de Pérez Rubalcaba que recuperaba  los fundamentos socialdemócratas del nuevo PSOE. Nada más lejos de la realidad.

El alegato que hizo contra la banca, el que planteó contra el patrimonio, no recuerda sino a lo más rancio del viejo socialismo que hundía sus raíces en la lucha contra el capitalismo.

¿O es que Rubalcaba no ha sido cómplice de la propia banca en sus años de bonanza y lo ha seguido siendo hasta ayer con las medidas que admitió secundar de la Unión Europea?

Y en cuanto a su guerra personal contra el patrimonio, le aflora la demagogia al candidato. No debe ser tarea de un Gobierno perseguir los bienes patrimoniales legítimamente alcanzados, sino potenciar esa clase media que poco a poco España va perdiendo, en base a establecer las bases para que los empresarios recuperen la capacidad emprendedora, generen nuevamente puestos de trabajo y las arcas públicas ingresen impuestos de toda la sociedad.

Ilusionar a quienes tienen sus expectativas políticas por los suelos no debe ser difícil, a tenor de cómo sus compañeros de partido le hacían coro.

Hacerlo con los ciudadanos de a pie resulta mucho más complejo. Mucho más ahora que la prima de riesgo española llega a niveles insólitos, las bolsas bajan y las esperanzas de crear nuevos empleos se desvanecen.

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