Luz de Cobre

Vivir es urgente

Antonio Lao | 25 de enero de 2021 a las 19:43

Línea de Fuego es la última novela de Arturo Pérez Reverte.  En ella el escritor  nacido en Cartagena nos aproxima la parte humana de la Guerra Civil española. Un conflicto seguramente olvidado por las generaciones actuales, en especial por aquellos que tratan de emponzoñar de manera “partidista y miserable” muchos de los discursos que nos inundan y nos ahogan en la actualidad. La intención del autor de Alatriste o  Falcó es que cuando el lector lleve “cien páginas leídas no le importe a qué bando pertenecían los personajes de su novela, todos ellos jóvenes en el frente, que perdieron la guerra, independientemente del lado en el que estuvieran”. Porque, recuerda, fue común a ambos bandos la facilidad con la que echaban la carne al matadero. La batalla del Ebro, de hecho, ocurrida en julio de 1938, es la más emblemática y la más sangrienta, con 20.000 muertos, del “choque de carneros” que fue la Guerra Civil española.
Por oscuro que pueda ser este episodio, que lo es, al leer la novela no he podido evitar hacer una traslación con la situación que estamos viviendo con la pandemia de coronavirus y cómo la sociedad española y quienes nos gobiernan la estamos llevando en el día a día.
Vivir es urgente y aquellos que dictan las leyes, las órdenes y los decretos, se han enzarzado en una maraña de compromisos, declaraciones, mentiras, medias verdades y falsedades de las que ya no pueden escapar. La tela de araña tejida en torno a la muerte, al luto y a la indecencia supera cualquier camino que nos lleve a la normalidad.  Recuperar la coherencia o el criterio ya es un episodio imposible y un capítulo por escribir. Tanta inmundicia en pos de un rédito electoral cercano hace complejo cocinar un menú degustación en el que los comensales, los ciudadanos, se levanten de la mesa con la sonrisa puesta y con una generosa propina en el platillo de la cuenta del camarero.
Tengo la desagradable sensación de que nadie, o casi nadie, está por la labor de coordinar una respuesta común, establecer un mínimo de prioridades y discurrir por la senda de una batalla mucho más dura y cruenta que la del Ebro. Si aquella, costó miles y miles de vidas, la que libramos en este ya casi año contra el coronavirus, se acerca a pasos agigantados a los cien mil (cifras no oficiales, claro). Es tanta la urgencia en vivir, en recuperar la normalidad y siento tan lejano el quórum necesario para afrontar con garantías de éxito la lucha contra un enemigo  invisible, que no me atrevo a pronosticar el fin. Tan sólo taponamos la herida cuando sangra y ponemos el parche para que la vía de agua no hunda el barco, pero el avance es tan paupérrimo y negruzco que bajar los brazos es más que una opción. “Es lo malo de estas guerras. Que oyes al enemigo llamar a su madre en el mismo idioma que tú”, como recoge Reverte en la contra de su novela.

Tercera ola de coronavirus. No aprendemos

Antonio Lao | 18 de enero de 2021 a las 19:10

Entre los propósitos de Año Nuevo, y también los de diciembre, quizá debiera haber estado aprender responsabilidad. Atrás deben quedar aquellos tradicionales que perduran en nosotros un suspiro y que en menos que canta un gallo se diluyen en el limbo de los incumplimientos. Que si ir al gimnasio; que si comer más sano; que si perder peso; que si dejar un buen vino sólo para ocasiones especiales y no para casi todos los días… ¡Qué pereza! Consciente de que la mayoría, por no decir todos los voy a incumplir, convendría avanzar en criterio, en cordura y en sensatez y sólo conjugar frases en las que la cualidad de la responsabilidad perdure y se manifieste sobre cualquier otro argumento que me azuce a romper el pacto conmigo mismo.
Y es que en diez meses de pandemia hemos pasado del confinamiento a la nueva normalidad. De la primera a la segunda ola y, sin apenas solución de continuidad, ya nos envuelve la tercera. La causa, por más vueltas que pretendamos objetar, no es otra que nuestra falta de responsabilidad. Una cualidad inherente, o no, a los seres humanos y que en la situación de pandemia en la que nos encontramos brilla por su ausencia. Me cansa sobremanera escuchar cada día bobada tras bobada sobre la culpabilidad que tienen quienes nos gobiernan en la situación que soportamos. Me aburre la falta de argumentos o la multitud de ellos que esgrimen quienes no son capaces de avanzar más allá de sus propias narices, aunque las tengan como Pinocho, y no sean aptos de ir más allá de ver la mota en el ojo ajeno y no la viga en el propio.
Me apena como ser humano, que cada vez que somos capaces de tener controlado el virus, con enorme esfuerzo y restricciones, desde las administraciones se abra la mano para que la economía respire y como borregos vayamos en manada en busca del despiporre, creyendo -desconozco con qué razones- que el virus ha pasado y la normalidad se extiende allende los mares. Falso. Todo falso. No alcanzo a comprender que tropecemos una y otra vez en la misma piedra, sin solución de continuidad.

Caminamos entre bofetadas, entre cuchillas afiladas en forma de virus, a la espera de que una de ellas te de el zarpazo en forma de contagio para lograr un aprendizaje rápido, sin necesidad de acudir a la mejor academia. Lo triste y preocupante no es como la necedad se apodera de nosotros y es capaz de adueñarse y marcar el camino sino que, producto de esa ilógica de la que hacemos gala con terquedad, bobería y obstinación, lo único, o casi, que deja traslucir es la línea más recta hacia la muerte. Porque el virus, queramos o no aprenderlo, sigue ahí. Permanece acechando, como ave rapaz, a la espera del más mínimo error para clavar sus garras y no soltar la presa hasta que deje de respirar. Un ruego, traten de aprender la lección. No hay que estudiar mucho.

Voltear la pandemia

Antonio Lao | 11 de enero de 2021 a las 19:11

Nueve meses después del fatídico marzo que nos cambió la vida, nos encerró a todos y asumimos la mascarilla, el gel hidroalcohólico y la distancia social como un hecho consumado, todavía me pregunto si hemos sido capaces de voltear o doblegar la pandemia o es ella quien nos mantiene “la pierna encima para que no levantemos cabeza” (Jorge Berrocal Gran Hermano 1)
Este tiempo ha dado para tanto, que se me antoja complejo discernir qué aspectos y cuáles no tienen, de verdad, valor para ser merecedores de ser tenidos en cuenta y cuáles hay que olvidar y encerrar en el cuarto oscuro de nuestra memoria.
Lo que si tengo claro es que nadie, por más que se empeñen en vendernos lo contrario, ha sido capaz de “cuadrar el círculo”, como se dice de forma coloquial, para mantener el virus a raya. Con lamento afirmo que nos hemos pasado todo el tiempo tirándonos los trastos a la cabeza por lo mal que lo hace el que tenemos enfrente y la buena gestión que mantenemos los que estamos a este lado. Falso.
A estas alturas de la película y cuando parece, sólo parece, que atisbamos algo de luz al final del túnel comprobamos que aquellos que se las prometían felices, o casi, como pueden ser los alemanes, acaban de decretar en la práctica un confinamiento duro para que la enfermedad no quede fuera de control.
Por contra, aquellos que como los españoles, hemos sido triturados hasta el extremo, criticados sin descanso, juzgados sin tribunales previos y llevados al patíbulo un día sí y otro también, mantenemos la cabeza bajo el agua, pero aún nos queda impulso para sacarla de cuando en vez para respirar.
¿Qué nos deja la experiencia de nueve meses? Una sola verdad. Nadie, absolutamente nadie tiene la varita mágica para doblegar un virus que se ha instalado entre nosotros y que sólo la vacuna parece con la fuerza necesaria de contenerlo, limitarlo y permitir que la vida vaya de forma lenta, progresiva y sobre seguro, recobrando la normalidad. Lamento, con pesar, que hayamos perdido gran parte de nuestros esfuerzos en combatir al contrario, al compañero, al vecino, al oponente. No hemos sido capaces de unirnos como la ocasión requería. El enemigo es formidable y en nueve meses sólo hemos abierto grietas, vías de agua, por las que se ha colado una y otra vez.
Dicho lo cual, me mantengo firme en mis convicciones positivas. La fortaleza de los humanos es tal que saldremos reforzados de todo cuanto hemos vivido. Aunque las roturas permanentes del consenso, la coherencia y la unidad de acción nos llevan al retraso de la normalidad, al endeudamiento y a una división compleja de resolver, cuando el oponente no es quien tiene el arma siempre en posición de fuego, sino el que trata de arrimar el hombro igual que tú.

Vamos mejor o tan mal no estamos

Antonio Lao | 11 de enero de 2021 a las 19:07

Cada año, cuando finaliza, nos entretenemos en elegir cuál ha sido la palabra con la que se recordará el tiempo que termina. En 2020 el Oxford English Dictionary no ha sido capaz de optar por una de ellas. Ya en algún artículo anterior hablaba de  algunas  de ellas como coronavirus, allegado, distancia social, mascarilla (mascareta en catalán, por si me leen allí), confinamiento… Muchos vocablos y todos o casi todos relacionados con el gran tema del año que ha terminado y que, mucho me temo, del que acabamos de estrenar.
Aunque lo cierto es que confío que cuando 2021 toque a su fin hayamos sido capaces de sumar alguna que no tenga relación con la enfermedad que nos ha acogotado este tiempo. Una enfermedad a la que parece, sólo parece, comenzamos a cercar, como si de una batalla vikinga se tratase. Armados con vacunas de la compañía que ustedes prefieran, pero con la suficiente capacidad para voltear un problema sanitario que nos ha dejado a todos exhaustos. Si hemos de ser optimistas deseo que la palabra final, la que todos hayamos usado hasta cansarnos, tenga un carácter más festivo, económico tampoco me importaría si estuviera relacionada con el crecimiento y salida de la crisis o deportiva si ganamos la Eurocopa de fútbol o Rafa Nadal es capaz de volver a levantar la Copa de los Mosqueteros, o lo que es lo mismo, un nuevo Roland Garros.
Tenemos motivos para ser positivos y tener esperanza en el futuro que nos aguarda. Las dosis de vacuna llegan por miles,  como ríos que caminan hacia el mar, para  los hombres y mujeres que habitamos este planeta. Pese a los agoreros, que haberlos haylos, cuentan con todas las garantías sanitarias para derrotar a un formidable enemigo, apostado en cada rincón de nuestra vida, y a la espera de contagiarnos como es el virus. Pero ahí están ellas, distribuyéndose por el mundo como canales de lava, dispuestas a ejercer su trabajo, que no es otro que asestar a la COVID-19 el golpe definitivo que todos esperamos como el maná ‘quitahambres’. Y como de lo que se trata es de ser positivos, de imaginar la botella medio llena, quiero creer que vamos mejor y que no estamos tan mal. A pesar de tanto dolor, de tanto luto en blanco y negro como nos deja el año que se ha marchado, aún nos ha permitido recuperar elementos perdidos, olvidados, que con la vorágine diaria y la soledad de la sociedad del XXI, hemos recuperado. Hablo de los amigos, de las tertulias, de la familia, de la vida tradicional,  la de siempre, la auténtica, la alejada de los focos y los flashes e instantáneas, que eran solo eso, momentos en la inmensidad del universo. No nos hemos podido tocar, pero la tecnología y la ciencia ha hecho su trabajo. La primera permitiendo que sigamos conectados y unidos y la segunda,  dándonos en tiempo récord una vacuna que nos devolverá la normalidad, no la nueva normalidad.

Un año para olvidar

Antonio Lao | 28 de diciembre de 2020 a las 18:43

En cuatro días concluye un año para olvidar. 365 días que empezaron con normalidad, aunque los primeros casos de coronavirus ya barruntaban lo que se nos venía encima, y que a partir de marzo se truncó como jamás hubiésemos imaginado.
Aunque lo importante es la salud, no me cabe la menor duda,  el tiempo que ha pasado ha dejado tras de sí tanto dolor, tristeza y luto, que va a ser extremadamente difícil pasar página, pese a las excelentes perspectivas que se abren con la vacuna. La COVID 19 ha segado en la provincia de Almería casi 300 vidas, más de 20.000 personas han pasado el virus y las secuelas las arrastramos todos nosotros.
Al margen del problema sanitario, si es que podemos ponerlo a un lado, 2020 quedará en nuestra memoria como el año en que tuvimos que aprender a vivir de otra forma. Un tiempo en el que nos dimos de bruces con una realidad insospechada y no esperada y a la que nos adaptamos, todavía hoy, como vamos pudiendo.
Un año en el que el teletrabajo se instaló en nuestras vidas, los ERTEs han llegado casi para quedarse y en el que la crisis, ya muy perceptible a pesar de las ayudas del Estado, se otea en un horizonte cercano, con consecuencias imprevisibles.
Esta tierra, el sureste de la península ha soportado mejor que otros muchos territorios la losa que se nos ha venido encima. La agricultura, un sector denostado y al que tanto esfuerzo ponen cada día miles de almerienses, con pírricas ayudas de los gobiernos regionales, nacionales y europeos, se convirtió de la noche a la mañana en clave y básico. Sin los hombres y mujeres del campo, aquellos que fueron a trabajar cada día incluso en los momentos más críticos de la pandemia, han sido capaces de alimentar a Europa de productos básicos, aunque los precios no hayan acompañado todo lo que cabría esperar.
Aún hoy la agricultura camina en el filo de esa delgada cuchilla que es la competencia y la distancia gubernamental, dando el callo jornada tras jornada, adaptada a las normativas de seguridad y soportando críticas infundadas de aquellos que desconocen al sector.
De otras carencias provinciales mejor no hablar. Los fondos, escasos siempre, se han dedicado a otras prioridades, por lo que no es el momento de poner negro sobre blanco incumplimientos rancios como son las comunicaciones, las obras de la Alta Velocidad o la urgente solución a los problemas de escasez de agua crónicos que padecemos.
Todos ellos se han pospuesto para el año que comienza en cuatro días. Un año en el que la esperanza de la vacuna nos permite mirar con cierto optimismo, al que le tenemos fe, aunque ya les digo que no depositen toda la que les pueda quedar y no hayan gastado, porque se avecinan aún jornadas, semanas y meses duros. Esto no ha acabado.

Allegados y coronavirus

Antonio Lao | 22 de diciembre de 2020 a las 18:49

La pandemia de coronavirus no tiene un sólo aspecto positivo. Por más vueltas que le pretendas dar a la situación y buscar elementos que deriven en propuestas de futuro, con fundamento, no existen. Claro que luego estamos quienes, por defecto, somos capaces de ver la botella medio llena en medio de una tormenta, montados en una piragua y en mitad del océano. Y a fe que hallamos elementos que, por más que nos puedan nublar el juicio o llevar a los demás a rasgarse las vestiduras o llevarse las manos a la cabeza, los encontramos.
Es como una especie de algoritmo que nos hayan implantado en el cerebro para sobrevivir y lo llevamos a la práctica por encima de todo y de todos.
Uno de esos elementos a valorar como indudable, como cierto, ha sido lo mucho que ha crecido nuestro vocabulario en estos 365 días. Palabras nuevas o recuperadas las encontramos a cascoporro, aunque yo me quedo con dos, a lo sumo tres, que nos han permitido incrementar nuestro léxico. Me refiero, por supuesto a coronavirus, la COVID-19, o el “bicho” como se le conoce en lenguaje coloquial. Cualquiera de ellas se ha insertado en nuestro cerebro como una grapa en la madera y ahí quedará, “per secula, secolorum”, aunque este año 2020 pase, la normalidad se recobre y de la pandemia sólo quede una pesadilla o un mal sueño.
No creo que haya un sólo mortal que no haya dicho, expresado, hablado o escrito, en cualquiera de los idiomas que se hablan en la tierra, la palabra coronavirus.
Luego están los vocablos de andar por casa, aquellos que algún iluminado descubre, caso del ministro Illa y su “allegado”. Y ahí estamos todos devanándonos lo sesos para descifrar qué ha querido decir. Porque a día de hoy, y la Navidad está a tiro de piedra, aún no he conseguido saber a quién o a quiénes puedo invitar a la cena de Navidad. Al margen de la definición de la Real Academia Española de la Lengua: “Dicho de una persona: Cercana a otra en parentesco, amistad, trato o confianza”, creo que bastante clara, lo que ahora tengo que definir es si invito a mis allegados, a los allegados de mis allegados y ellos a su vez a los allegados, de los allegados, de sus allegados. Con lo cual puedo montar en casa un Belén en Nochebuena que para sí lo quisiera un jerezano en su zambomba flamenca.
Ironías al margen, lo que apuesto es por la claridad de aquellos que nos tratan de gobernar y que se dejen de gaitas, porque al final están jugando con la vida de todos nosotros. Dicho lo cual y si alguno todavía mantiene alguna duda sobre sus “allegados”, lo razonable es que aplique la lógica, la coherencia y la sensatez. Lo importante no son cuántos nos vamos a reunir en torno a la mesa esta Navidad, sino que el año próximo por estas fechas, los que nos sentemos sigamos siendo los mismos, sin echar a nadie de menos.

Vivir y sobrevivir

Antonio Lao | 14 de diciembre de 2020 a las 18:48

Vivimos tiempos duros, económicamente desastrosos, con nóminas, quien la tiene, a la baja. Tiempos en los que para la gran mayoría el reto no va a ser cómo vivir, sino como sobrevivir. Si algo nos ha dejado la pandemia -no creo que sea bueno, pero ahí está- es que todos, sin excepción nos hemos adaptado a tirar hacia adelante con mucho menos de lo que disponíamos hace tan sólo un año.
Anclados y cobijados en la sociedad del bienestar, con sus altibajos, la colectividad  de hasta principios de año se las prometían muy felices, con una economía en crecimiento sostenido, con prestaciones dignas y progresos que empezaban a hacernos olvidar la crisis de 2007. Ahora, sólo nueve meses después, la quiebra de Lehmans Brothers y la debacle del ladrillo, nos parece un juego de niños comparado con lo que soportamos.
Visto con la distancia necesaria y no sin grandes dosis de pragmatismo, lo cierto es que en los tiempos que corren, lo que se prioriza por encima de todo es la salud, el bienestar de la familia y el de los que te rodean. Lo que hace un año nos parecía de vital importancia, por necesario, aunque superfluo, hoy se ha convertido en una baratija de la que pasamos con amplitud, sin que ello nos suponga más allá que un mal paso.
Con menos se puede ser mucho más feliz. Y es que no vive en la opulencia quien más tiene, sino quien menos necesita. Un dicho popular con el que nos hemos topado y adaptado con cierta normalidad o la fuerza. Vete tú a saber. El caso es que aquí estamos tratando de sobrevivir a etapas de angustia, tristeza y soledad con la mejor de las sonrisas.
Acogotados por disponer de todo cuanto podíamos soñar, la existencia tiende a convertirse en una banalidad desoladora. Y como bien define el periodista y escritor Jonh Carlim, “si ganar mucho dinero y tener muchas posesiones es lo que te define, saber que otro tiene más te amarga la vida”. Tener todo cuanto deseas puede llegar a ser hasta desolador. No lo llegas a valorar. Lo importante es realizar cosas, como ir a comer a un restaurante, y tener el placer de comprender y saber que es un extra que no puedes permitirte todos los días. Ya la pandemia de mierda que estamos viviendo ha sido capaz, de sopetón, sin que aquellos que pretenden educarnos en la solidaridad, el ahorro, la familia, el amor por los demás…de enseñarnos un camino más fácil, más acorde con el mundo que nos rodea. Aunque ganemos menos, el gasto es tan pírrico que la percepción te deja un poso de tranquilidad que, con seguridad, en otros momentos jamás habrías entendido o compartido. Hoy, lo importante, no es dónde voy a ir de vacaciones, en qué restaurante voy a comer, qué vino degustaré o qué último modelo voy a disfrutar. Hoy, lo importante es la vida. Nada más.

‘Son molinos, no gigantes’

Antonio Lao | 10 de diciembre de 2020 a las 20:02

La escritora y periodista Irene Lozano, ahora presidenta del Consejo Superior de Deportes, acaba de publicar el libro “Son molinos, no gigantes”, del cual tomo prestado el título de esta columna. En él se adentra en un tema que me apasiona en los últimos años y es en cómo “las redes sociales y la desinformación amenazan de muerte nuestra democracia”.
A su juicio, y lo comparto en su totalidad, las “nuevas tecnologías de la información han modificado nuestra forma de ver el mundo y condicionado nuestra percepción de la realidad, hecho que se ha traducido en una nueva política, basada en el populismo, que busca la fragmentación, el desgaste y la polarización de la sociedad. Para presentar un relato que sea asumido como propio por la comunidad a la que se dirigen, hacen uso de una estrategia que, en la era de internet, tiene como principal arma la desinformación: bulos y fake news corren sin freno por la red y suponen una grave amenaza para la democracia al situar en el debate público problemas que, a menudo, son inexistentes. El discurso de Donald Trump en Estados Unidos, el de los partidarios del Brexit en el Reino Unido y el de los independentistas desde las instituciones catalanas durante el procés enmascaran la realidad, debilitan el sistema democrático y contribuyen a crear, cada vez más, una sociedad dividida y desinformada. Pero ¿son las redes y los medios los culpables? ¿En qué momento los ciudadanos bajamos la guardia y perdimos la mirada crítica sobre los políticos?  En Son molinos, no gigantes, Irene Lozano analiza en profundidad, desde su posición como política en activo, la crisis de la racionalidad y la comunicación que amenaza la democracia actual, un sistema que no puede sobrevivir sin un conocimiento claro de la realidad por parte de los ciudadanos. Una realidad que el populismo pretende desdibujar para que, “como le ocurrió a nuestro Quijote, confundamos molinos con gigantes”.
El análisis y sus conclusiones no son baladís. Al contrario. En la misma medida que las redes sociales ocupan espacio dejamos de percibir la realidad tal cual es. Los ciudadanos quedamos a merced de aquellos que, con excelente manejo de las  herramientas digitales, son capaces de cambiar la percepción de las cosas y creer cosas impensables. Les pongo un ejemplo. Hay un porcentaje nada despreciable de la población americana, por ejemplo, que piensa que con la vacuna del coronavirus los gobiernos nos van a insertar chips para controlarnos. Ante semejantes despropósitos conviene avanzar en la educación de la verdad. Que no es otra que tratar de dudar de todo, informarse de forma veraz, confirmar por varios medios y fuentes, nunca por uno solo, y dejar de creer que todo aquello que nos cuentan los que ostentan el poder es cierto por naturaleza. Debemos ser críticos sin más. Críticos en la esperanza de que lo que acabe triunfando, con dificultades, sea lo más parecido a la verdad. Sin más.

Presupuestos, millones y el papel que lo aguanta todo

Antonio Lao | 30 de noviembre de 2020 a las 20:03

Nos las prometemos la mar de felices al comprobar como en los Presupuestos Generales del Estado para 2021, aún por aprobar, figura una partida casi estratosférica para continuar con las obras del AVE entre Murcia y Almería. La apuesta, cercana a los 700 millones de euros, debe congratularnos sobremanera, pues parece que de una vez y para siempre desde el Gobierno de la nación se apuesta de forma clara por la provincia y el por el desarrollo de una infraestructura prometida para el 2005 y que hoy, quince años después, avanza a paso de tortuga. Nos prometen que ese cansino caminar se volverá ágil y grácil como el de las liebres perseguidas por los galgos.
¿Debemos creer todo cuanto nos prometen, en una obra de vital importancia para las comunicaciones futuras de la provincia?. La respuesta es clara y no admite ambages: No. Con seguridad más de uno/a, al leer mi conclusión, pondrá el grito en el cielo. Y lo entiendo. Pero tengo mis razones para ser un incrédulo.
La primera es que aún los presupuestos no han sido refrendados en el Congreso, aunque parece que todo apunta a que pasarán el trámite con los votos necesarios. Aun siendo así, a nadie se le escapa, ni a los que tratan una y otra vez de meternos la “burra de culo” -los de ahora y los de antes- que es imposible invertir en un año esa cifra de dinero. Les remito a los murcianos, que esperan desde hace quizá más años que nosotros que el ansiado tren circule por las vías de la comunidad y todavía no hay fecha cierta para que las composiciones lleguen a la estación pimentonera.
No dudo de la buena intención de aquellos que apuestan de forma clara por el tren en Almería, pero son tantas y tantas las decepciones y las mentiras con las que me he encontrado en los últimos 20 años, que deben entender mis reticencias a asentir y sentarme a esperar que las obras fluyan desde el papel a la realidad como por arte de magia. Quien espere algo similar ya puede cerrar la carpeta y echarse una siesta casi eterna. No va a suceder.
Sólo con dar una vuelta por los trabajos comprobamos que, efectivamente, se está en el tajo. Pero aquellos que de verdad observen, comprobarán que la velocidad  no es de crucero. Al contrario. Las obras no están paradas, que no lo están, pero la percepción es que no hay prisa. Y es que las empresas concesionarias de los tramos, reciben el dinero con cuentagotas y en la misma medida avanzan en su desarrollo.
No es mi intención ser un aguafiestas, ni mucho menos. Tampoco chafar la esperanza de aquellos que ya se ven en los vagones y circulando a doscientos por hora. Pero, por ahora, va a ser que no. Y ese por ahora tiene, como mínimo, un horizonte, allá en lontananza, de al menos un lustro. Pero ya saben que el papel es capaz de aguantarlo todo. No le pesa la tinta en el blanco inmaculado.

El valor de las muertes de la pandemia

Antonio Lao | 23 de noviembre de 2020 a las 14:01

No doy crédito. Cuando la segunda ola golpea de nuevo, sin piedad, y el número de muertes en algunas comunidades, caso de Andalucía, es superior al pico del mes de marzo, siento un enorme desgarro interior al entender el escaso valor y la poca importancia que damos al drama que nos acorrala, al reguero de tristeza y dolor que nos envuelve y al escaso valor que damos a la muerte que nos rodea.
Cada día enterramos una media de 300 personas víctimas de la pandemia y aún hoy, casi un año después del primer caso  que conocimos en Almería, seguimos discutiendo cómo hacer las cosas, quién tiene las competencias y, lo que es peor, el modo de afrontar con algo de garantías el cerco a un virus que se expande sin fin, en la misma medida que relajas las medidas de contención. Tengo la misma sensación que podía tener el general que protagoniza la novela de Gabriel García Márquez, “El otoño del Patriarca”, cuando se encuentra solo en su palacio enfrentándose a la muerte.
…había sido cuando menos lo quiso… se había cebado en la falacia y el crimen, había medrado en la impiedad y el oprobio y se había sobrepuesto a su avaricia febril y al miedo congénito… había sabido desde sus orígenes que lo engañaban para complacerlo… pero aprendió a vivir con esas y con todas las miserias de la gloria a medida que descubría en el transcurso de sus años incontables que la mentira es más cómoda que la duda, más útil que el amor, más perdurable que la verdad…”.
Y ahí estamos nosotros, los ciudadanos, siendo los generales desahuciados, olvidados por los gobernantes empeñados en dirimir otras batallas, otras guerras, otros mundos, que nada o muy poco tienen que ver con el que nos ocupa. La insensibilidad es tan atroz, tan cruel, que zanjamos el valor de la vida con una simple cifra. No vamos más allá porque no queremos o porque hemos sido capaces, que triste, de dejar a un lado, de obviar aquello que suponga para nosotros más carga emocional de la que ya soportamos. Cuarenta mil muertos en España, casi doscientos en Almería, tienen más valor que cualquier otro dato con el que cada día nos bombardean. Porque aquellos que no tienen en cuenta a sus muertos, que los arrinconan en los cajones de la despensa de la memoria, están condenados como el propio general de la novela de García Márquez a la soledad futura, al olvido presente y al dolor futuro.  Por el bien de la sociedad en la que vivimos, se hace necesario identificarse con el dolor ajeno para tener cerca las armas con las que enfrentar el propio y el colectivo que tratamos de apartar como sea de nuestros dominios. Si no lo hacemos, alejamos valores de principios y de nobleza que van concatenados y unidos al ser humano. Todo lo demás es rebajarnos a la bobería y a la locura que, por desgracia padecen más de los que quisiéramos.

Diario, 13 años con Almería

Antonio Lao | 17 de noviembre de 2020 a las 18:30

Nunca antes en los últimos cien años la sociedad, tal y como la conocemos, estuvo en peligro. La pandemia de coronavirus, que ha dejado en la provincia ya casi 200 muertos y miles de contagiados, ha puesto patas arriba  cualquier previsión razonable que se hiciera en enero. El confinamiento y posterior estado de alarma nos deja tantas secuelas, tantas carencias, tantas vidas rotas, que ni en el peor de nuestros sueños seríamos capaces de imaginar lo que se nos avecinaba.  Pocos son los que han sido capaces de abstraerse del cataclismo, que en forma de tsunami nos ha arrastrado a todos. Aún así, me resisto a creer que tanta dificultad, tanto dolor y tanta incertidumbre no sea capaz de traernos cosas nuevas. Lo recoge muy bien el escritor Javier Sierra en su último libro ‘El mensaje de Pandora”.  De las situaciones más complejas surgen tantas oportunidades nuevas que, con seguridad, no vamos a ser capaces de abarcarlas en el espacio-tiempo de la recuperación. El vaso siempre tiende a estar lleno, porque el ser humano se reinventa en la misma medida que lo acogotan las fuerzas del dolor que tratan de imponerse en paisajes como el que vivimos: arbitrario, sombrío y en negro.  La amplia gama de colores que tenemos por delante están ahí para alcanzarlos con la mano, por encima de las dificultades y haciendo frente a la incertidumbre, al acoso de la COVID-19 y a una economía que se tiñe de luto en la misma medida que los afectados por el virus buscan el oxígeno reparador y el medicamento que nos permita abrir los pulmones a la vida. La pandemia nos ha embestido en un mundo dominado por la mentira, bajo el dominio de la posverdad. Un término acuñado en 2010 por el bloguero David Roberts, y que define con claridad que vivimos en una época caracterizada por el fomento de las emociones, muy fácilmente manipulables por las redes sociales. Es por ello que, sin desdeñar el duelo por los muertos o el sufrimiento de los enfermos, es preciso recordar que la verdad es una de las víctimas de la enfermedad que nos abruma”. Algunos atribuyen la frase a Esquilo y otros a un senador estadounidense. Pero lo cierto es que  “la primera víctima de la guerra es la verdad”. Alejemos cuanto podamos a los nigromantes, visionarios y toda esta ralea, que sólo buscan dinero fácil llegado del dolor y la muerte. Es por ello que cuando cumplimos 13 años, me permita recordarles que sigan apoyando el periodismo serio, la información veraz y responsable y el criterio de los profesionales. Huyan de aquellos Ramonets de manta y mercadillo que les vendan duros a cuatro pesetas. Sencillamente no existen. Beban de periódicos  que, como Diario de Almería, busca la realidad de las cosas y todos los puntos de vista para que ustedes, que como yo, estemos siempre alerta y con miedo por lo que tenemos encima, se acuesten conociendo la verdad. Ni más ni menos.

Salud, dinero y amor

Antonio Lao | 9 de noviembre de 2020 a las 18:50

La pandemia de coronavirus sigue imparable su avance en el mundo, con especial virulencia en Europa. A España, hasta hace unas semanas en el punto de mira, se han sumado de forma peligrosa miles de contagios en Francia, Alemania, Gran Bretaña, Bélgica o Portugal. Aquellos que hasta hace unos días creían haber controlado el virus no han tenido más remedio que adoptar drásticas medidas. El confinamiento ya es una realidad que nos rodea, nos comprime y nos acogota con la misma intensidad que lo hacía en el mes de marzo. Quizá la única diferencia, si pretendemos ser positivos, es que aún el número de fallecidos no se le acerca ni de forma remota, pero si seguimos así no les extrañe que los alcancemos y lo superemos en las próximas semanas. Parece claro que la estela de destrucción y muerte que la COVID-19 deja a su paso es un reguero tan enorme, una mancha de tantas dimensiones que parece complejo hoy decir si vamos a ser capaces de doblegar su fuerza e intensidad. Pero en esta segunda ola sabemos mucho más de nuestro enemigo, lo conocemos mejor. Y en particular cómo se transmite: por contacto interpersonal próximo, ya sea físico o por aerosoles. Es evidente que hoy por hoy la única forma de someter la curva es el distanciamiento social, el confinamiento, las restricciones y limitar la proximidad física entre humanos y sobre todo los contactos cercanos. La experiencia nos dice que en junio, con estas medidas, logramos andar un notable camino. No hay otra forma de frenar el avance, se diga lo que se diga,  mientras no exista una vacuna probada y eficaz. Pero aquí es donde se planea el gran dilema dramático y complejo de resolver: ¿Prioridad a la salud o a la economía? Si no se cierran actividades físicamente interactivas, se acelera la pandemia, según la lógica de redes. Y si se cierran, interrumpiendo la conexión en esas redes, pasamos de la pandemia a la anemia económica y social. De ahí los titubeos constantes de las políticas públicas. Abrimos un poco, cerramos un poquito, abrimos más, cerramos de repente, desconcertando a mucha gente, sembrando la ruina en miles de pequeñas empresas y suscitando el paro temporal o permanente de millones de trabajadores, mientras las familias agotan sus ahorros, se retrae el consumo y se profundiza la crisis. Pero esta disyuntiva es cierta realmente. Miremos a China. Ellos primero resolvieron el problema de la salud y ahora están creciendo por encima del 5%. Así que parece evidente que sin salud no hay dinero. Aquellos que han ido demasiado rápido, tratando de parchear un camino plagado de baches, han comprobado que el asfalto se parte con suma facilidad y volvemos al inicio. La ansiedad no es buena consejera. Con la enfermedad no hay atajos y aquellos que los cogen tardan muy poco en regresar a la casilla de salida. Con menos salud, no hay dinero y tampoco amor.

¿Truco o trato?

Antonio Lao | 4 de noviembre de 2020 a las 18:24

Todavía hoy me emociona que toquen a mi puerta en la antesala de Todos los Santos y aparezcan una decena de chiquillos disfrazados como aquellos del “Truco o Trato”. Sí, ya sé que es una fiesta pagana y que en mi niñez no se pasaba de la representación de Don Juan Tenorio, de José Zorrilla, en el único canal de televisión que existía y de unas castañas asadas, frutos de otoño, en la chimenea siempre encendida de la casa de mis padres. Lo cierto es que la fiesta de Halloween, una de las celebraciones más populares en los Estados Unidos e importada por el resto del mundo, convierte a los niños en los grandes protagonistas. Para ellos, es una ocasión más para disfrazarse, maquillarse y divertirse provocando miedo entre los amigos y vecinos.
Con el Trick or treat (truco o trato), los pequeños juegan y se distraen en la comunidad donde viven, al desplazarse de puerta en puerta para conseguir caramelos o juguetes.
Suena bien, ¿verdad?. Pues en esa línea, pero con un tono verborreico, insultón, ramplón y a veces rayando la baja catadura moral, aquellos que nos representan en el Congreso de los Diputados debatían la moción de censura de VOX. La economía se hunde y la sanidad vuelve a desbordarse, pero la política española se regalaba una nueva sesión de fuegos de artificio, según palabras de Antoni Puigverd. Aquellos que tuvimos la valentía, porque hay que tenerla, de estar pegados a la televisión o a la radio para escuchar a los contendientes, nos quedó un poso de amargura, rabia contenida y decepción, sobre todo decepción, al ver que quienes deben velar por los intereses del país, de un país que se desangra sin remedio, lastrado por la crisis del coronavirus y una economía en rojo, trataban de dilucidar sus diferencias, que no las de la gente de a pie, con la palabra putrefacta, a veces soez y en la mayoría de los casos hueca, vacía de contenido y cargada de mentiras, para tratar de alcanzar al contrario, ya que no es posible un duelo al sol, avanzando seis pasos en dirección contraria, desenfundar y disparar el Colt sujeto a la pernera.
Vox intentó aprovechar la debilidad de un PP afectado por los sumarios judiciales y por la inconsistencia de Casado. En un momento tan dramático, Casado ha mantenido una tremenda hostilidad hacia el Ejecutivo. Podía haber ofrecido ayuda, no para favorecer al minoritario Gobierno de Sánchez, pero sí para ser útil a la sociedad española, que lo está pasando muy mal. Abanderando la negación, Casado logró inevitablemente desbordar a Abascal y compañía, portadores genuinos de hostilidad.  En el otro lado, Sánchez e Iglesias a lo suyo, frotándose la manos, pero vacías de contenidos y propuestas. Por no tener, no tenemos todavía ni unos presupuestos para los vientos huracanados que soplan. Las opciones, como en Haloween: Un disfraz y truco o trato.

Merece la pena tener esperanza

Antonio Lao | 26 de octubre de 2020 a las 12:57

Cadena Perpetua es una de esas películas de culto para los amantes del cine carcelario. Para mí  va más allá. Es un filme que a uno le devuelve las ganas de vivir. Te carga las pilas. Posiblemente pueda que incluso sea más sencillo. La última semana zapeando tuve la oportunidad de reencontrarme con la cinta que protagoniza Tim Robbins (Andy Dufresne) y Morgan Freeman (Red). A medida que el filme avanza sientes un irrefrenable deseo por ver qué ocurre, con un poco más de esperanza, como lo explica Adrián Massanet.  En su seno se haya una de las elegías más intensas que se recuerdan en torno a la búsqueda de la libertad personal y espiritual, algo ansiado por la mayoría de los hombres, aunque quizá muchos ni lo sepan. Pero ‘Cadena Perpetua’ es mucho más que eso.   Este relato nos acerca a un convicto acusado de un delito que no ha cometido, y que pasará dos décadas en la cárcel, durante las cuales conocerá a una serie de personajes. Con uno de ellos, Red, iniciará una amistad duradera y profunda, enriquecedora y estimulante para ambos, una amistad en torno a una serie de temas mayores, como lo son la esperanza, la redención, la fraternidad, empeñarse en vivir o empeñarse en morir. Casi nada.
Los fotogramas, uno a uno, me trasladaron de inmediato a la situación que atravesamos. La pandemia que nos asola, nos acogota y nos mantiene casi prisioneros en medio de una segunda ola, que desconocemos como acabará. Cada uno de ellos, en especial aquellos en los que el protagonista Andy (Tim Robbins), consciente de que su amigo Red (Morgan Freeman), ya está institucionalizado y tiene serio riesgo de quitarse la vida si sale del penal y se enfrenta solo al mundo después de 40 años entre rejas, le habla de la esperanza como motor, como pieza básica y elemental que nos mueve. La mirada atónita de Red, que no entiende nada, lo lleva al final a salvarse, a evitar perecer producto de la incomprensión y la desubicación del nuevo mundo que se encuentra en la calle. Y en esas estamos. Casi institucionalizados por una pandemia que se alarga y que no tiene fecha de caducidad. El coronavirus  no sólo se lleva por delante la vida de muchos de nuestros seres queridos, sino que ha sido capaz de inocularnos el virus de la depresión, de la tristeza, de la falta de objetivos a los que enfrentarse y que dan salsa a nuestro devenir cotidiano. ¡No se dejen llevar por el vacío!. ¡Alejen de sus pensamientos cualquier atisbo de tristeza o depresión!. La insertan en una botella, la cierran y fluyan por el río de la esperanza. La vida sigue. Está aquí para modificarla a nuestro antojo, aunque en la situación que nos ocupa pudiera parecer que se agota como la llama de un mechero al que sueltas el pulsador. Falso. Aferrémonos, con todas nuestras fuerzas a la esperanza… es algo bueno y las cosas buenas nunca mueren.

El desierto comercial del casco histórico y el centro

Antonio Lao | 19 de octubre de 2020 a las 17:59

Aquí, en Almería, cuando se trata de culpar a alguien lo más fácil es arremeter contra las instituciones que nos gobiernan. Da igual el color político. La responsabilidad de todos los males, y hasta de la muerte de Manolete si me apremian, la tiene el alcalde de turno, el presidente de turno o el recién elegido responsable de la comunidad de vecinos de tu bloque si me apuran. Aquí, nadie asume su parte alícuota de responsabilidad y se descarga, con la misma facilidad que te cambias de bragas y calzoncillos, (ejemplo de ambos sexos por aquello de la paridad), todo el peso de la culpabilidad en los demás.
El desierto comercial del centro de las ciudades y de los cascos históricos es un tema complejo y recurrente. Es conocer que cualquiera de las grandes multinacionales cierra un local o el bar más pequeño,  baja la persiana, porque el dueño se jubila, y ponemos el grito en el cielo con la misma facilidad que un hooligan descarga su adrenalina contra el árbitro, cuando tu equipo recibe un penalti, a todas luces clamoroso, pero que tu ves injusto porque la pasión te ciega.
El centro de Almería es un ejemplo más del despoblamiento que padecen los cascos históricos de la mayor parte de las ciudades medianas. La falta de aparcamientos, el envejecimiento de la población, el aumento progresivo de las compras on line y unos alquileres desorbitados son algunas de las causas que han sembrado en todos nosotros un desasosiego difícil de contener. El concepto de ciudad tal y como la concebíamos hace tan sólo una década poco o nada tiene que ver con el actual. Y si no actuamos rápido, con coherencia y con cierta picardía, -no lo voy a negar-, el casco histórico de la capital se va a parecer, a poco que nos descuidemos, a la imagen de aquellas películas del lejano oeste en el que el viento soplaba, nadie en las calles, y las matas se arremolinan guiadas por el vendaval. Desolación y tristeza.
Pero todavía estamos a tiempo. Urge un plan en el que todos los sectores implicados arrimen el hombro. Los primeros los propietarios de locales. La época de las vacas gordas acabó. Y por más que esperen, el maná de las grandes multinacionales nunca volverá. Les es más fácil instalarse en un centro comercial nuevo, cómodo y en el que se aseguran el tránsito de miles de personas.
Se hace necesario pues, un cambio de modelo que pasa por la peatonalización, por la instalación de pequeños comercios típicos y cercanos, gastronomía tradicional y un ambiente humano capaz de atraer a aquellos que se fueron, que no lo deseaban, pero a los que las condiciones leoninas de los alquileres y el mal estado de viviendas y calles han sacado a guarrazos, muy a su pesar. Estamos a tiempo. No nos diluyamos en debates de barra de bar, obviando lo importante, que no es otra cosa que la vida de la ciudad.

La política como obstáculo

Antonio Lao | 13 de octubre de 2020 a las 17:27

Muchos de los que rigen nuestros destinos tengo la impresión de que desconocen cual es su papel en la sociedad. Entiendo que los hemos elegido para que nos gobiernen, para que resuelvan o al menos traten, de encontrar soluciones a nuestros problemas. Y, ¿saben lo que encuentro?: bronca, politiqueo de barra de bar, disputas vacías, regate corto, bulos, intento de engañar a los ciudadanos y el “y tú más” como eslogan de la incapacidad, la incoherencia, falta de sensatez y el criterio.
Atrás quedaron los tiempos en que se hacía política con el objetivo de solucionar los problemas de la sociedad, de los ciudadanos. Lejos permanecen las épocas de pactos, en la que la suma de voluntades buscaba el bien de todos. Ya ni me acuerdo de la conjunción de programas y apuestas comunes, que desde la discrepancia, trataban de alcanzar el objetivo común.
Se ha impuesto, mal que me pese, la mentira “disfrazada de nada” que diría Javier Sampedro en tiempos convulsos, posiblemente los más complejos que nos ha tocado vivir. Y es que nadie, o casi nadie, entiende la pandemia que nos acecha como la voluntad más del dolor o la expresión más triste de una sociedad acorralada por el virus.
Al contrario, nos encontramos con políticos de tres al cuarto, Ramonets de manta y mercadillo, en el que el único objetivo es dañar al contrario, con la intención   exclusiva de arañar un puñado de votos en las urnas.
Pocos o ninguno piensa en el bien común como base sobre la que sustentar un gobierno. Aquí lo único que interesa es la planificación al milímetro de los encuentros entre unos y otros, para dinamitar los pocos puntos en común alcanzados a las primeras de cambio.  No se respetan los asintomáticos, ni los enfermos y qué decirles de los muertos que el coronavirus se ha llevado por delante. Detrás hay miles de familias que han visto como no podían despedirse de los suyos y, lo que es más doloroso, que nadie se ha preocupado de su estado, su bienestar o su futuro.
Aquí, mal que nos pese, lo único que permanece es la falta de escrúpulos. Se han convertido en canallas. Los sentimientos son ajenos a cualquier estado de gobierno, con tal de medrar y escalar un peldaño en el escalafón de la mierda. Un escalafón que cultivan con esmero quienes critican todo cuanto hace el oponente, el enemigo, el contrincante…, sin ser capaces de poner sobre la mesa alternativas válidas a lo poco que se está haciendo.
El verano se ha acabado y la COVID-19 ni se ha acabado ni  ha expirado. Al contrario. Y mientras llega la vacuna, me produce verdaderos escalofríos el otoño que se nos avecina. Los casos se multiplicarán, los uniremos a la gripe y resfriados y los medios, como siempre, escasos. El infierno en versión terrenal.

Segunda ola y confinamiento

Antonio Lao | 5 de octubre de 2020 a las 17:46

Tanto hemos invocado al lobo y tantas veces lo hemos despreciado, que cuando llega y nos acosa temblamos de miedo y desconocemos como actuar. La segunda ola de la COVID-19 ya está aquí. Nos acorrala, nos sorprende, nos acogota, nos cierra todas las salidas y, aún así, o somos unos inconscientes o hemos perdido el miedo a una enfermedad todavía desconocida y que en la provincia ha dejado ya más de cien muertos. El lobo del coronavirus muestra los dientes y babea como nunca ante lo que tiene por delante. Y las víctimas, todos nosotros, ‘nos hacemos el sueco’ tratando de mantener una normalidad impostada, que nada tiene que ver con lo que siempre hemos vivido y hemos olvidado, aunque tratamos de fingirla.
La segunda ola ya está aquí. Todas las magnitudes confirman lo que ya barruntábamos en verano. Nos las prometíamos felices tostándonos al sol, en la terracita del bar, en la barra del chiringuito y en el agua salada de unas playas únicas. Tanta era la ‘nueva normalidad’, que por más que nos advertían dejamos de lado el miedo para adentrarnos en el túnel de lo conocido y a la espera que la fiera diera el zarpazo.
Y lo ha dado. Tanto que el número de casos se ha multiplicado de forma exponencial, hasta el extremo que en muchos momentos he llegado a pensar que nos acercamos de forma peligrosa a un nuevo confinamiento. Entiendo que no va a ser total, que pueden darse por barrios en la capital y los pueblos más grandes y general en las localidades más pequeñas y golpeadas por la pandemia.
Sea como fuere, lo cierto es que perturba, y de qué manera, los avances que se han dado y logrado con tanto esfuerzo. Quizá por ello se hace más necesario que nunca la concienciación, la insistencia en el respeto a las normas sanitarias establecidas y que tan buen resultado dieron durante el confinamiento, para alejar el fantasma del regreso a las casas y las calles vacías que tanto daño y miedo han generado desde abril a junio.
La película de terror, en la que la vida se extingue y sólo quedan los restos de una humanidad en pasado, debe evitarse a toda costa. Lograrlo pasa porque las administraciones, todas sin excepción, actúen con la coherencia y la unidad requerida y que de ellos se espera. Y la más importante, que nosotros, los ciudadanos, seamos capaces de cumplir a rajatabla, sin ambages y flexibilidad, las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y los sanitarios, que tan buenos resultados han logrado. No seremos libres o no recuperaremos la normalidad hasta que se logre la inmunidad de grupo o que una vacuna nos devuelva al añorado pasado en el presente. Y eso, por más que nos empeñemos en ahuecar el ala u obviar la pandemia, sólo se logra con el compromiso de todos. Ni más, ni menos.

El Cañarete, la historia interminable

Antonio Lao | 28 de septiembre de 2020 a las 17:22

La carretera que une Almería con Aguadulce es, posiblemente, una de las rutas más hermosas por las que conducir un coche. Conocida como El Cañarete era la vía principal que unía la capital con Málaga, la Nacional 340. El antiguo camino que nos metía en todos los pueblos y que llegó a ser insoportable transitarlo por el tráfico. Todo cambió cuando la A-7 permitió sacar los vehículos de las ciudades y pueblos y acabar con las colas interminables y con el peligro, siempre latente, en las vías urbanas.
El Cañarete quedó, inaugurada la autovía, como la mejor de las alternativas para unir Almería con Aguadulce y, si me apuran con Roquetas y Vícar. Una posibilidad de descongestionar el tráfico y de dejar a la localidad turística a tiro de piedra de la ciudad. Una oportunidad bien aprovechada, pues fuimos miles los almerienses que decidimos vivir en Aguadulce, buscando precios de las viviendas más razonables, la tranquilidad de un pueblo con todos los servicios y el mar como argumento sólido.
El paso de los años ha confirmado que aquellos que optaron por este itinerario  acertaron. Sin embargo, la que es la vía de acceso principal con la ciudad, se ha convertido de un tiempo a esta parte en una pesadilla. Como ocurre siempre en estos casos, desde el Ministerio de Fomento se han ocupado poco o nada del mantenimiento. Un reasfaltado en los últimos 30 años y alguna capa de pintura a los túneles y pare usted de contar. Pero la naturaleza es caprichosa. Cuando se tocó la montaña para ampliar este camino y luego para la autovía, explosiones controladas incluidas, comenzaron los problemas. La caída de rocas a la calzada se ha convertido en algo recurrente y habitual en los últimos años, aunque sólo en contadas ocasiones ha sido necesario cortar la vía.
Cubrir con tela metálica, de la barata, la montaña fue un recurso que ha dado a la administración y a los automovilistas una seguridad impostada que ahora se ha demostrado inútil y peligrosa. No culpo a quienes han estado al frente de la responsabilidad en los últimos años de lo ocurrido. Pero es evidente que en sus declaraciones no han estado afortunados. Recuerdo todavía al ex-subdelegado Andrés García Lorca lanzar sus dardos hacia las cabras montesas y más reciente al actual, Manuel de la Fuente, implorar espaciar la salida de casa para evitar las colas.
Sea como fuere y al margen de declaraciones vanas y vacías de contenido, urge una inversión seria de la carretera, con un proyecto real y de calado que acabe con los desprendimientos. Es preferible que la vía siga cortada a que ocurra una desgracia. Eso sí, debemos conocer con celeridad los planes de inversión, el coste y el tiempo de obras. Y, de forma paralela, evitar los colapsos de tráfico, con controles y ayuda a los que cada día se sitúan en las colas, con un serio riesgo de accidente.

El Paseo peatonal, sí

Antonio Lao | 22 de septiembre de 2020 a las 18:10

Málaga, León, Granada Vitoria, San Sebastián, Sevilla, Toledo… Podría enumerar un buen número más de ciudades en las que la peatonalización del centro no es un concepto surgido anteayer, hace un año o una década. Al contrario. Los proyectos y su posterior ejecución se larvaron y ejecutaron, con criterio, en el último tercio del siglo XX o en los inicios del XXI. He tenido la oportunidad de pasear por el centro de León, desde el Ayuntamiento hasta la Catedral o por la calle Larios de Málaga, por poner dos ejemplos, y les puedo asegurar que el cambio, a mejor en movilidad bien merece el esfuerzo inversor que los consistorios respectivos han hecho.
En todos ellos, si echas mano de la hemeroteca, te encuentras desde el inicio con la oposición, en algunas ocasiones con más vehemencia que en otras, de los comerciantes del lugar, con los automovilistas y si me apuran hasta del último jubilado que disfruta sentado en alguno de los bancos de la acera observando el discurrir del tráfico rodado.
En la capital llevamos años buscando la cuadratura del círculo que nos lleve a la peatonalización de gran parte del casco histórico, incluido el Paseo y calles adyacentes. Se hizo un esfuerzo interesante con los fondos de la recuperación de la crisis de 2007, que nos trajo ejemplos criticados y luego alabados como la calle Reyes Católicos.
Aprovechando la pandemia, desde el Ayuntamiento se ha hecho un experimento en el Paseo, con el cambio del tráfico en algunas calles y dejando un sólo carril desde Puerta de Purchena a la Plaza Emilio Pérez. He escuchado opiniones para todos los gustos, a favor y en contra. En el caso que nos ocupa, pese a los problemas iniciales, creo que ha sido un buen laboratorio para conocer cómo afectará en el futuro la peatonalización de toda la arteria el tráfico de la ciudad. Ahora de lo que se trata es de avanzar con decisión un paso más. Entiendo que hay que seguir dialogando con las partes afectadas, comerciantes, automovilistas, bares, restauración… Pero en la misma medida apostaría porque se tomen decisiones encaminadas a afrontar la obra con la máxima celeridad posible, en la búsqueda de la movilidad sostenible.
Los centros de la ciudades deben ser de los viandantes, para mostrarnos en todo su esplendor las zonas más antiguas, los cascos históricos. Así podremos conjugar la recuperación del comercio de proximidad y compartirlo con las nuevas formas de ocio y restauración que encontramos en ciudades similares a la nuestra, en las que la presencia en la calle es una constante y un modo de vida. No nos distraigamos en disputas inútiles. Afrontemos el reto. Estoy convencido de que a la larga la satisfacción será generalizada, incluso la de los detractores más empedernidos.

Enmascarados

Antonio Lao | 14 de septiembre de 2020 a las 17:35

La mascarilla se ha convertido en una prenda más. Ha llegado para quedarse en nuestro atuendo. Las podemos encontrar de mil formas y colores. Y a ser posible tratamos de que vayan a juego con lo que llevamos puesto. Si bien es verdad que el objetivo no es otro que limitar el posible contagio por coronavirus, no lo es menos que hemos hecho de ellas un complemento más.
Decía John Carlin en uno de sus últimos artículos que “el fetichismo de la mascarilla es lo que nos distingue a los españoles del resto de Europa”. Y debe ser cierto porque somos, con diferencia, el único país en los que todos vamos enmascarados. Tanto, que es complicado en multitud de ocasiones reconocer  a los amigos con los que has quedado. Miras en derredor y sólo ves un enjambre humano, por las calles, en los bares, en las playas, haciendo senderismo. Da igual el lugar, que la mascarilla se ha unido a nosotros como un apéndice más. Y está bien.
Sólo de vez en cuando te encuentras por la calle algún despistado, un olvidadizo o un disidente que ha decidido no usarla por no creer en los beneficios que reporta. También sabe que se arriesga a una fuerte multa. Y es que hemos fiado gran parte de la lucha contra la COVID-19 a la mascarilla y en su poder aislante frente a los virus. Y debe ser así.
Es una oportunidad para alejar de nosotros gran parte de nuestros miedos y nuestros temores. Pero lo cierto es que el cumplimiento del mandato de nuestros gobernantes, con el asesoramiento de los técnicos, no nos ha impedido que seamos el país europeo en el que más casos se están produciendo. Todo lo contrario que otras naciones europeas, en las que el uso de la prenda es mucho más laxo y menos respetado. Suecia, por ejemplo, nunca ha llevado las prohibiciones al extremo. No se confinaron, no cerraron los bares, la gente siguió en los parques, los niños en las escuelas y no les ha ido mal. Siguen siendo un modelo de control de la pandemia, aunque a mediados de julio hubo una especie de repunte que nos llevó a pensar que iban a convertirse en uno más dentro de la manada de casos de dolor, sufrimiento, muerte y destrucción económica que nos asola a todos. Pero no ha sido así.
Aquí seguimos con la cara tapada, con el argumento sólido de que nos ayuda a la prevención. Pero también puede ser como dice el doctor Pedro Cavadas que “es más nocivo el resultado del mal manejo de las medidas para combatirlo que el virus en sí mismo, ya que es de baja mortalidad y que no ha sido el virus, sino la respuesta lo que ha provocado un empobrecimiento en España”.
Sea como fuere, seguimos asidos a la agarradera de la vacuna y al final del año como el momento en el que nos desprenderemos del famoso y triste complemento. Espero que pronto llegue el día que lo veamos como una reliquia del pasado.