Luz de Cobre

La gestión de la crisis

Antonio Lao | 30 de marzo de 2020 a las 18:37

El coronavirus ya es una catástrofe humanitaria de consecuencias incalculables. En los hospitales  se selecciona a los enfermos -qué profunda tristeza- por su esperanza de vida. Las últimas encuestas conocidas aseguran que más de la mitad de los españoles tienen miedo a perder el empleo. Los datos económicos no contienen, lo miremos por donde lo miremos, mejor pinta. Al contrario. El tsunami que se nos avecina no tiene parangón en la historia de este país e, incluso ya se habla de planes Marshall y de la emisión de eurobonos por la Unión Europea. El estado de alarma en el que nos encontramos, que como muy pronto acabará el 11 de abril, muestra a las claras, sin parches que nos suavicen el dolor, cuál es la realidad de este país. Una realidad que comenzó en China en noviembre y la miramos de lejos como si no fuera con nosotros. Una realidad que llegó a la preocupación cuando conocimos los primeros casos en Europa, en España y en Almería. Una realidad que nos ha introducido de lleno en el ojo del huracán, que nos da miedo, que nos atemoriza y nos sume en la alarma, en la misma medida que conocemos el aumento de casos y el número de fallecidos. Y una realidad que nos agarrota, que nos paraliza, cuando ya conocemos a algún amigo o a algún familiar que lucha cada día frente a la enfermedad o, lo más triste, nos notifican que ha fallecido.
Puedo entender que la ola nos ha pillado a todos desprevenidos. Pero no comparto que aquellos que nos dirigen, aquellos que nos administran, no hayan sabido ver a lo que nos enfrentamos cuando teníamos el caso de China o el de la propia Italia a la vuelta de la esquina, para tomar nota y estar preparados para afrontar con garantías la guerra con “el bicho” que se acercaba. Y es aquí donde se me han caído todos “palos del sombrajo”. Es aquí donde me he dado de bruces con la realidad de este país. Es aquí cuando compruebo que al final estamos más cerca del tercermundismo que del mundo desarrollado. Es aquí donde, al margen de la solidaridad de cientos de  miles de españoles, observo como es la vecina de la lado, la amiga de enfrente, la que pone su máquina de coser al servicio de la comunidad para hacer mascarillas, ante las carencias mostradas por quienes nos dicen gobernar.
Mal vamos si aquellos que creemos nos van a sacar del atolladero no paran, un día  sí y otro también, de magnificar el lenguaje, de acercarse más al belicista que al tranquilizador, al guerrero que al educativo. No me serena lo más mínimo, y es para preocuparse, que adaptamos cada día nuestras palabras a la situación que padecemos. Y es que mucho me temo que todavía hoy, cuando se cumplen dos semanas del estado de alarma, el coronavirus va por delante de nosotros en esta carrera infernal, en la que el premio es la salud y la derrota la muerte. No hay medias tintas. Pero quiero ser optimista.

Con los lectores, con las personas, con la provincia

Antonio Lao | 23 de marzo de 2020 a las 19:21

Creo que a estas alturas de la pandemia del coronavirus y con algo más de una semana en “estado de alarma”, todos somos ya conscientes de que la provincia, la región, el país, el mundo atraviesa una situación muy difícil, extrema diría yo. La tormenta perfecta parece que se ha instalado en el planeta. Con los datos que ya conocemos  pienso que la emergencia sanitaria que padecemos no se va a resolver, ojalá fuera así, de la noche a la mañana, ni en las próximas semanas. Todos debemos mentalizarnos y entender que nos espera un trabajo por delante, posiblemente de meses, para retornar a la ansiada normalidad.
Sabemos de la intranquilidad de nuestros lectores, de aquellos que cada día se acercan al quiosco a comprar Diario de Almería o de los que a través de un clic acceden a nuestra web y a nuestras redes sociales. Esa misma intranquilidad es la que yo siento por los efectos de una pandemia que puede causar serios daños en la salud de nuestras familias, en especial en nuestros mayores, en la economía de la provincia, tan dependiente de la agricultura y del turismo, o en el trabajo de aquellos que lo buscan por primera vez.
Desde esta atalaya dominical pretendo  hacerles llegar el compromiso y la responsabilidad de todos cuantos hacemos Diario de Almería para ofrecerles en cualquier circunstancia y en cualquier escenario -el que afrontamos no es precisamente cómodo- desde nuestra web y desde el modelo tradicional de papel, la información más contrastada, la información más verificada, así como las opiniones más rigurosas, criterios médicos y todo aquello de especial relevancia y que tenga que ver con el COVID-19 y sus efectos, que ya los está teniendo y de forma, a veces dolorosa, en las vidas de cada uno de nosotros. Todos nuestros recursos periodísticos, técnicos y empresariales trabajan  cada día, para que ustedes, los lectores, los que están al otro lado, conozcan lo que sucede con la pandemia,  lo que se puede prever que ocurrirá, y de todo lo que nos rodea en esta crisis sanitaria de incalculables consecuencias. Y siempre alejados de las falsas noticias. Como explica Soledad Gallego Díaz, “lo importante en una crisis de un alcance tan formidable como esta es garantizar lo básico a la población: alimentación, energía, telefonía, medicamentos, asistencia sanitaria… y periódicos. Periódicos, digital o papel, que les cuenten lo que sucede y les amplíen la mirada en este encierro obligatorio”. No vamos a renunciar a ni uno solo de nuestros colaboradores para que el alma de Diario de Almería siga siendo información que sepa aunar la crítica, siempre necesaria, con un fuerte sentimiento de comunidad solidaria ante la adversidad que nos invade. Nosotros, quienes hacemos Diario de Almería, y ustedes, nuestros lectores, tenemos desde hace 13 años un vínculo especial. Nos une la provincia. Lo sentimos así y trataremos de no defraudarles.

La imagen exterior del destino turístico

Antonio Lao | 16 de marzo de 2020 a las 13:37

Fue el presidente de la Diputación del Málaga, Francisco Salado, el que el jueves ofrecía en Berlín un dato demoledor, a mi entender, para el destino turístico andaluz: “La imagen que tienen fuera de nuestras fronteras de nuestros hoteles, de nuestras instalaciones, de nuestra oferta, tiene mucho se sesentera y anticuada”.  Cuando la realidad, todos la conocemos, es que las infraestructuras son modernas, optimizadas y a la vanguardia. Mientras el consejero de Turismo y vicepresidente de la Junta, Juan Marín, asentía a tales afirmaciones, un rotundo escalofrío recorría mi cuerpo, a la vez que me planteaba qué podemos estar haciendo mal, para que aquellos que nos visitan lleguen pensando en que somos un destino viejo y cuando se van sus prejuicios iniciales saltan hechos añicos.
Desde los comienzos de este sector como fuente de empleo, desarrollo y modernidad de este país, el trabajo llevado a cabo por todos, -entiéndase administraciones y empresarios- ha sido ímprobo en avanzar en la permanente reforma de las instalaciones, así como en ampliar la oferta para atender los “paladares” más exquisitos de una industria en constante movimiento y en el que los competidores avanzan, si no más que nosotros, si lo suficiente como para poner sobre el tapete los mismos elementos y los conceptos que nuestra industria desarrolla.
Si la desazón inicial por la afirmación turbó mi ánimo, la reflexión posterior me llevó al optimismo, nunca exagerado, pero si moderado, al entender que, a pesar de la imagen podamos transmitir entre aquellos que no nos conocen no es la mejor, lo cierto es que este país, por mil circunstancias que sería prolijo enumerar, ha logrado durante dos años consecutivos batir su propio récord de visitas, estancias, pernoctaciones e ingresos.
Dicho esto, si conviene de forma paralela pararse un momento y pensar que las campañas que una y otra vez hacemos, en la creencia de que llegan a potenciales clientes no deben ser las mejores para alcanzar los objetivos marcados en rojo en las conclusiones y análisis anual.
En mundo tan cambiante como el que nos ha tocado vivir, en el que lo que hoy es dogma mañana es papel mojado, lo mejor es no perder el tren y perfilar cada acción como si fuese la última que hiciéramos en nuestra vida y de ella dependiera el futuro de la humanidad. Cada detalle cuenta, cada aspecto se analiza con lupa y la valoración que se lleven de nosotros aquellos que nos visitan es el mejor de los antídotos contra cualquier virus de los sesenta que ose instalarse en el organismo turístico de nuestra tierra. Y es que pese a campañas, proyecciones, apuestas y demás, la mejor de las publicidades siempre es el boca a boca. Y es ahí donde nos jugamos el futuro. Un futuro del que dependen miles de empleos en toda la comunidad y la renta de muchas familias.

Ábalos ya tiene quien le escriba

Antonio Lao | 9 de marzo de 2020 a las 12:04

Ramón Fernández Pacheco, alcalde de Almería, ha dejado de tener  paciencia con el Ministro de Transporte, Movilidad y Agenda Urbana José Luis Ábalos. El primer edil, conciliador siempre, lo que no significa exigente, ha remitido una carta al máximo responsable de las infraestructuras de este país, en la que solicita una reunión en la que analizar la situación de las obras y proyectos que afectan a la ciudad de Almería, dependientes del Gobierno de España, que se encuentran “en desarrollo o esperan su puesta en marcha”.
Entre los asuntos de interés a tratar referidos por el alcalde en esta misiva, se encuentran la rehabilitación de la Estación de Ferrocarril y su cesión a la ciudad; la llegada de la Alta Velocidad; las obras de integración ferroviaria o la conexión de la autovía A-7 con el Puerto.
Sobre la Estación, el alcalde recuerda que “estas obras, iniciadas en el año 2016, que deberían estar concluidas en febrero de 2019, actualmente están paradas”, desconociéndose a fecha de hoy “los planes y plazos de ejecución de esta obra”, promovida a través del Administrador de Infraestructuras Ferroviarias (ADIF). Evoca en esta actuación la pretendida recuperación para la ciudad de un inmueble, “de los más notables de la arquitectura ferroviaria andaluza y uno de los edificios más singulares, históricos y reconocidos con los que cuenta nuestra ciudad”. Subraya, además, la “especial vinculación de los almerienses con la antigua Estación” y alude a que su rehabilitación y puesta en valor como espacio cultural se convirtió en un “clamor popular”, llegando el Gobierno de España a un “compromiso público” de ceder el inmueble a la ciudad una vez recuperado, todo ello después de “muchos esfuerzos y reuniones” mantenidas por el Ayuntamiento con el Ministerio.
Siempre muy correcto, el primer edil plantea en el escrito mantener “una fluida y productiva relación entre nuestras respectivas administraciones”, emplazando en la solicitud de esta reunión al ministro para “analizar éste y otros asuntos comunes, entre ellos los plazos del Gobierno para la llegada de la Alta Velocidad a la ciudad, las obras de integración ferroviaria o la conexión de la autovía A 7 con el Puerto”.

“El interés común que ambos compartimos por ofrecer respuestas y el propósito dar soluciones a las necesidades de la sociedad almeriense me anima a solicitarle que dicho encuentro se pueda producir en el menor plazo de posible”, concluye Fernández-Pacheco, quien ya espera fechas disponibles en la agenda del ministro para mantener dicho encuentro.  Mucho me temo que hasta que no haya presupuestos no habrá respuesta. Y aún así va a ser difícil(ironía) encontrar fechas para hablar de obras necesarias para Almería, que están en la agenda del Ministerio, pero hay otras que parece que al señor Ábalos le rentan más. Quedamos a la espera

Los precios del agro

Antonio Lao | 2 de marzo de 2020 a las 13:55

Centenares de agricultores se manifestaban el martes en el Polígono La Redonda de El Ejido para protestar por los bajos precios. Una protesta que se repite de forma incesante por todo el país, al entender que la gota que ha colmado el vaso de un sector maltratado por las administraciones, ya ha caído.
Pese a las molestias ocasionadas, difíciles de asumir para quienes las padecen, lo cierto es que a los agricultores les asiste toda la razón. Son muchos años en los que se anunciaba la llegada del “lobo”, al que nadie quería ver, pero lo cierto es que el cánido ya está asentado y parece, si nadie lo remedia, que ha venido para quedarse.
La campaña, allá por donde preguntes no ha sido, no está siendo buena. Al contrario, la mayoría de los agricultores consultados hablan de ella como una de las peores que recuerdan, aunque siempre hay excepciones. Las causas que nos han llevado al agotamiento de un modelo de éxitos son muchas, al igual que los culpables. No se trata a estas alturas de señalar a nadie. Pero lo cierto es que el grado de aguante de un sector con las manos encallecidas, la piel curtida por el sol y harto de sufrir las escarchas mañaneras o la calima del mediodía, ha llegado al límite. No hay mucho más tiempo para seguir poniendo dinero y que otros eslabones de la cadena obtengan beneficios.
De media, poner en producción una hectárea cuesta a un agricultor en torno a los 50.000 euros. Una cantidad que cada año sale de las arcas de los bancos, en forma de préstamos, que hay que pagar con precisión suiza, como los relojes, durante la campaña. Y las cuentas no salen.
Se imaginan la tensión, los riesgos y la decepción de aquellos que han apostado todo a un producto, a dos o a tres y que luego las pizarras se encarguen de romper. Al igual que cualquier atisbo de esperanza en recuperar lo invertido y alcanzar un sueldo digno para cada una de las familias que cada mañana se parte el lomo dentro del invernadero. Con seguridad muchos de ustedes lo desconocen, no aciertan a entender donde está el problema, las causas y el modo de resolverlas.
Demasiada paciencia han demostrado aquellos que nos permiten llenar la nevera cuando vamos al supermercado. Demasiado tiempo han soportado el desprecio de tantos, las críticas de unos pocos y la indiferencia de tantos, cuando debiéramos inclinarnos en señal de respeto ante aquellos que nos dan de comer. Ha llegado la hora de caminar en la senda de las soluciones, del entendimiento, de los precios justos y del respeto. Basta de intermediarios que sólo ponen la mano, no sudan porque permanecen a cubierto del aire acondicionado de la oficina y no padecen las inclemencias climatológicas y los miedos de las tormentas, olas de calor o vendavales. En vuestro ánimo y en vuestro carácter está la solución. No decaigáis.

Aeropuerto Antonio de Torres

Antonio Lao | 17 de febrero de 2020 a las 19:39

Quien recuerda a sus personajes históricos, a aquellos que han llevado tu pueblo o tu ciudad por el mundo, merecen todo mi reconocimiento. Mantener en la memoria a quienes nos precedieron nos honra como ciudadanos y nos eleva en la escala de valores hasta la cima.
Digo esto tras aprobarse en el Pleno del Ayuntamiento, por unanimidad, que el aeropuerto pase a denominarse Antonio de   Torres. Considerado como el padre de la guitarra actual, supone un espaldarazo a una de las personas que  más huella ha dejado y con más durabilidad en el tiempo de cuantos han nacido en la capital.
Con seguridad, no me equivoco, que la iniciativa servirá para que aquellos que nos visiten puedan identificarlo nada más tomar tierra. Antonio de Torres es, posiblemente, más conocido fuera de nuestras fronteras que en su patria chica. Bien es verdad que en los últimos años un buen  número de historiadores y cronistas de la ciudad, entre ellos Antonio Sevillano, han trabajado con denuedo y sin descanso para contribuir al rescate de una figura de relevancia internacional, olvidada por muchos, más de los necesarios, y acomodada en uno de esos baúles para recuerdos que solemos instalar en el desván. Recuerdos que  de vez en cuando, cuando la nostalgia y el paso de los años nos invade, buscamos en la creencia de que fueron mejores, cuando la realidad es que sólo permanece lo bueno instalado en la memoria. De ahí el concepto tan positivista que nos inunda de esos tiempos pretéritos. Desconozco si emulando o no a Barajas que ahora se llama Adolfo Suárez o al inconcluso aeropuerto de Berlín, dedicado a Willy Brandt, ambos grandes dirigentes políticos español y alemán, lo cierto es que la iniciativa que se defendía en la sesión plenaria del lunes es, bajo mi punto de vista, una de las de mayor calado de la actual legislatura. Algunos pueden pensar que no deja de ser un detalle con el padre de la actual guitarra, y hasta es posible que no les falte razón y no se pueda comparar, por ejemplo, con los nuevos accesos a la Alcazaba o la idea del puerto-ciudad. Grandes obras, sin duda, pero un detalle como este quedará recogido para la historia de la ciudad en los libros que se escriban a partir de ahora. Y aquellos que los lean, nuestros nietos o bisnietos, con certeza acudirán a las hemerotecas de su tiempo, comprenderán y pondrán en valor no sólo la iniciativa, sino a la figura que honrará  a la ciudad y a su aeródromo en el futuro.
Los millones de personas que entrarán a la provincia por el aeropuerto Antonio de Torres, o una buena parte de ellos, nada más tomar tierra buscarán en Google su nombre, lo admirarán y en sus cerebros sonarán los acordes de cualquiera de sus guitarras rasgada por las manos de los mejores que las han tocado. Imaginen las notas y deléitense.

Fruit Logistica, los precios y la comercialización

Antonio Lao | 10 de febrero de 2020 a las 19:26

Depende de con quien hables la versión puede diferir. Aunque hay cierto consenso y coincidencia en que la campaña no está siendo de las mejores, según quien exprese su opinión, las matizaciones aparecen y urgen diferencias, pequeños detalles, que profundizan en la disparidad de opiniones que subyacen de un fondo común.
Fruit Logistica, la feria europea de los productos frescos por excelencia, en el corazón de Europa (Berlín) ha puesto de manifiesto, otra vez más, las dificultades por las que atraviesa el sector, a la vez que ha abierto el buzón de las oportunidades para un sector en constante evolución, innovador y capaz de hacer frente a las dificultades, renaciendo, si es necesario, de las cenizas como el Ave Fénix.
La concentración en la capital de hace diez días no fue la misma que se vivió en el mes de octubre. Si entonces los precios de las hortalizas iban a pérdidas, en la actualidad, con el frío instalado en Europa y con  temperaturas a la baja en la provincia, las pizarras están calientes, no tanto como quisieran los agricultores, pero con cifras razonables para lograr beneficios y tratar de tapar los agujeros abiertos en el inicio de la temporada.
El llamamiento a la movilización fue tibio, al igual que la respuesta, con la protesta en la calle, sin aspavientos, con la boca chica y recogiendo rápido que hay que seguir trabajando en el invernadero. Me alegro por los agricultores que la situación haya pasado del negro al gris en tan poco tiempo y con perspectiva de blanco para el mes de febrero.  Las pizarras calientes no significan que los problemas se hayan evaporado. Están ahí y siguen siendo los de siempre. Hay que afrontar la comercialización con otras garantías y con la posibilidad de ser, de verdad, un interlocutor válido frente a las grandes cadenas de supermercados. Desde la administración andaluza parece que se dan los primeros pasos para tratar de vender con una sola voz. La tarea que hay por delante es ardua y compleja, porque no todos están por la labor. A pesar de que el horizonte no está despejado y la competencia global nos rodea, todavía el margen de beneficio es lo suficientemente goloso como para que el inmovilismo permanezca asentado y con escasos visos de emprender el camino.
Pero no queda otra. Estos días en Berlín he comprobado lo importante que es trabajar para vender con una sola voz o nuestros competidores acabarán devorado un sector que ha permitido a esta tierra situarse entre las primeras del país en renta per capita, crecer en población, innovar y desarrollarse como  nunca antes y, lo que es más importante, liderar un sector como el de las hortalizas que nos ha hecho referente mundial. No lo perdamos por entender que el trabajo está hecho. A poco que nos descuidemos los que vienen detrás nos adelantan y nos quedará cara de alelados. No lo duden.

Turismo de calidad o de bajo coste

Antonio Lao | 3 de febrero de 2020 a las 20:06

Concluida la Feria de Turismo de Madrid (FITUR) y vistas y analizadas las tendencias del sector para los próximos años, cada vez estoy más convencido de que la apuesta de Mojácar por el turismo de calidad, por el turismo de familia, por el turismo del descanso o por el turismo de  notable poder adquisitivo no solo era necesaria y acertada, sino que es la única vía entendible para permanecer y crecer como referente, tanto en el panorama nacional como internacional. Por fortuna para los que viven en la población del levante, como para todos aquellos que la visitamos, Ros Mari Cano, alcaldesa, se dio cuenta a tiempo de la necesidad, urgente y perentoria, de regular la avalancha que se avecinaba de celebraciones multitudinarias de despedidas de soltero, tan garrulas como limitadas, en el aspecto pecuniario para la localidad. Limitar este tipo de propuestas en favor de aquellos que ven al municipio como un lugar para descansar, de búsqueda de sol, tranquilidad y sosiego, aderezado, como no, con la diversión común cuando se está de vacaciones, se me antoja uno de las mayores propuestas que el Ayuntamiento está llevando a cabo, de cara a garantizar el futuro de Mojácar como destino de excelencia en el mercado turístico mundial.
Pero huir del turismo descontrolado, de los viajes en autobús con copas incluidas en macrodiscotecas de playa o las borracheras aseguradas por un puñado de euros, entiendo que es el mejor de los argumentos que esgrimir ante los grandes operadores del turismo europeo, para garantizar que aquellos que decidan pasar sus vacaciones en el municipio del levante de Almería, tengan garantizado el descanso, no exento -no nos olvidemos- de la necesaria diversión, que para eso estamos de vacaciones. La prueba del algodón de que se hace lo correcto, que se camina en la dirección acertada, es que aquellos destinos que en los últimos años han vendido el turismo de  borrachera y descontrol, como la fórmula del éxito – me refiero a localidades de la costa catalana o algunas otras de Baleares, han dado un paso atrás, en un intento de recobrar la compostura, la normalidad y, porqué no decirlo, el aumento de ingresos depauperado con propuestas y paquetes que poco tenían que ver con el beneficio y el desarrollo de estas poblaciones. El valor añadido no se quedaba aquí, sino en los lugares de origen. Pero lo que si permanece o se sufre son los destrozos de mobiliarios, los daños en parques y jardines y el reguero de vomitonas y de orina que cada día los trabajadores de la limpieza deben limpiar cuando la mañana acecha y los que se han bebido hasta las fuentes se retiran a dormir la mona a sus hoteles. Mojácar, de ninguna de las maneras, debe caminar en este sentido. La limitación de horarios y el control de locales es y debe seguir siendo la base sobre la que se asiente el futuro que está por venir.

Cañarete y caos de tráfico

Antonio Lao | 27 de enero de 2020 a las 15:03

Si usted vive en Aguadulce o Roquetas, y en menor medida en Vícar, La Mojonera y hasta El Ejido, los compadezco si tienen que coger el coche y venir a Almería o regresar a sus lugares de origen en hora punta. El cierre de la carretera de El Cañarete, por el desprendimiento de una enorme roca hace ya casi un mes, se ha convertido en un verdadero suplicio para los usuarios del coche, un riesgo para la integridad de quienes lo cogemos, por los alcances habituales, y el peor de los escenarios para aquellos que no tengan nervios de acero.
De siete a nueve de la mañana, los accesos a la autovía del Mediterráneo desde Roquetas, Aguadulce o Vícar son una auténtica ratonera, un cepo con dientes afiliados para aquellos que buscamos llegar al trabajo en hora. Si usted no desea llegar tarde, tiene una reunión o lo están esperando, ármese de paciencia, levántese más temprano, mucho más temprano y, sobre todo, no busque atajos para alcanzar su meta más rápido. No los hay.  Y aquellos que crean vislumbrar alguno, se arriesgan a un accidente, nunca deseado, que al final acabará costándole muy caro.
Y mira que la Policía Local trata de hacer las cosas, buscar fluidez y otras zarandajas, pero cuando es imposible no caben paños calientes ni soluciones de cataplasma que no conducen a ningún sitio.
La carretera de El Cañarete es la vía que evita cada día colas en los accesos en la capital. Las ocasiones en las que los desprendimientos, muy comunes, la han cortado, los automovilistas sólo les queda rezar en arameo, mirar al frente y evitar en la medida de lo posible las consecuencias del estrés. Nunca pediré que la vía se abra sin todas las medidas de seguridad. Sería una temeridad por parte de los responsables. Hasta aquí entiendo que permanezca cerrada. Dicho esto, no entiendo el apagón informativo al que el Ministerio de Fomento tiene sometidos a los almerienses que cada día la usaban y a todos aquellos que nos visitan, que admiran un recorrido paralelo al mar, tan espectacular como peligroso. Los desprendimientos, para nuestro martirio, se han convertido en moneda habitual. Es raro el año en el que no nos enfrentamos a uno de ellos y, por fortuna, no hay que lamentar víctimas.
En la situación actual, parece evidente que la actuación de aquellos que gestionan las carreteras no es la que cabe esperar de aquellos que nos gobiernan. La carretera se cerró, perfecto. Pero nunca más supimos de los trabajos que serán necesarios para arreglarla, el tiempo, la inversión y, lo que es más importante, alternativas a las permanentes colas que sufren los usuarios del coche en horas punta, tanto en un sentido como en otro. Colas que parecen no preocupar a nadie más que aquellos que las sufrimos y estamos expuestos cada día a los alcances habituales, en este mes ya van demasiados, aunque no hay que lamentar víctimas. Aleluya.

Almería, para gozarla

Antonio Lao | 20 de enero de 2020 a las 13:34

FITUR (Feria Internacional de Turismo de Madrid) es el mayor escaparate para proyectar al mundo un destino. Quizá, junto con Londres y Berlín, la muestra capitalina reúne en IFEMA a todos los que son, con novedades, propuestas y eventos, además de ser el termómetro perfecto para calibrar como va a ser el año , en un sector básico para el país y principal para una tierra como la nuestra. Almería acude, un año más, junto con el resto de provincias andaluzas, arropada en el paraguas de la Junta de Andalucía. Aunque se corre el riesgo de ser uno más, lo cierto es que, a poco que seamos capaces de diferenciarnos, el objetivo se cumplirá con creces.
El sol y la playa siguen siendo nuestros argumentos principales. Argumentos nada desdeñables para una tierra que tiene 217 kilómetros de costa y 13 municipios bañados por el Mar Mediterráneo. Entendida como cierta esta primera premisa, lo indiscutible es que de forma paralela y gracias al trabajo que durante muchos años han hecho organismos tan serios y comprometidos como el Patronato Provincial de Turismo o los propios empresarios hoteleros, se han abierto nuevos caminos, nuevos senderos a explorar, que ofrecen un complemento perfecto a lo tradicional, a lo común, a una Almería en la que el sol pasa el invierno y mucho más.

A lo largo del año, mes a mes, esta provincia ofrece pruebas sólidas que permiten afirmar que aquellos que un día decidieron pasar sus vacaciones en la provincia repiten.
Gastronomía, turismo de las estrellas, turismo industrial y agrario, rutas por el desierto o nieve en lugares emblemáticos como el Puerto de la Ragua o Calar Alto, son señales suficientes para entender que cada uno de los meses esta tierra es capaz de proponernos razones suficientes como para gozarla. Lo que puede parecer una obviedad, porque lo vivimos estación a estación, mes a mes o día a día, resulta ser una delicia para aquellos que nos visitan. Hace unos años, un conocido empresario hotelero de esta tierra, creía que la provincia no lograría ser un destino pleno los doce meses del, año porque le faltaban dos grados de temperatura más. El tiempo ha transcurrido, y con esto del cambio climático, tan preocupante para algunas cosas, al final está permitiendo a esta esquina del país disponer de un verano no tórrido y de un invierno suave, que permite a los más intrépidos y a los que no lo son tanto, aventurarse en las azules aguas del Mediterráneo por la mañana y subir al frío soportable de La Ragua por la tarde. Si a ello le sumas una de las gastronomías más variadas del país, con platos para chuparse los dedos, no nos debe extrañar que en algunos momentos de temporada alta lleguemos a pensar que ya nos visitan demasiados. Aunque lo cierto, es que aún tenemos posibilidades, sobre todo en los meses valle.

Morir en el centro de salud

Antonio Lao | 13 de enero de 2020 a las 12:58

EL viernes 27 de diciembre  fallecía en el Centro de Salud de Olula del Río un hombre de 76 años, al que llegó en estado de “inconsciencia” y con dificultades para respirar acompañado de su hijo, después de haber esperado unos veinte minutos a ser atendido por un médico. La tardanza en auscultarlo no tuvo nada que ver con una negligencia, ni mucho menos. Simplemente en el centro sanitario en ese momento no había ningún facultativo, al estar atendiendo a otro paciente en uno de los pueblos de la comarca. La familia, como no podía ser de otra manera, presentó la correspondiente reclamación ante el Servicio Andaluz de Salud. La administración autónoma, como corresponde en estos casos, lamentó el suceso y anunció la apertura de una investigación para conocer lo ocurrido.
Ansiosos estamos por conocer los resultados, que esperemos no se demoren mucho tiempo en hacerlos públicos. Pero por lo que vienen denunciado los sindicatos, los propios facultativos y trabajadores de la salud, todo tiene su origen en la falta de personal. Es verdad, que para que una situación como la ocurrida en el Centro de Salud de Olula del Río se produzca tienen que unirse y conjurarse todos los elementos negativos posibles, para hacer coincidir la salida del único médico a otra la localidad con la llegada de un paciente de extrema gravedad.
Lo acontecido en la localidad del mármol igual podría haber tenido lugar en cualquiera de los otros centros sanitarios repartidos por las comarcas almerienses y que, a poco que nos demos una vuelta, hacen una extraordinaria labor, digna de encomio y aplauso. Pero, lamentablemente, lo que no pueden es multiplicarse, como los panes y los peces, para atender los casos que se suceden cada minuto. Si a eso le sumas una población envejecida y período de alta frecuentación, el cóctel que nos encontramos es explosivo.
Un médico de uno de estos centros me confesaba hace unos días la impotencia que sentían ante la acuciante falta de personal, no ya sólo de facultativos y enfermeros, sino de otros trabajadores como celadores, o conductores de ambulancia. Era tal su desesperación, que aseguraba que le habían mandado un celador sustituto para la Navidad que era la primera vez que era contratado y no sabía ni encender el ordenador y, ni mucho menos, conocer el programa informático de trabajo. “Lo cierto -se lamentaba- es que a veces nos dan más tareas de los que tenemos”.
Esta es la situación. Un problema que viene de largo, en el que las carencias se acumulan, las contrariedades se tratan de subsanar en la medida de lo posible, las plantillas no se aumentan todo lo necesario y, en medio, nos encontramos con una desgraciada muerte que ha venido a emborronar un trabajo impecable, en situaciones laborales donde las condiciones no siempre son las óptimas.

Colapso en urgencias

Antonio Lao | 23 de diciembre de 2019 a las 13:16

La salud, como bien más preciado, está siempre en el ojo del huracán. Las cosas se pueden hacer razonablemente bien y, a pesar del esfuerzo y el trabajo, siempre habrá alguien descontento, molesto, maltratado o atendido de forma deficiente. Sirva esta introducción para situar las denuncias sindicales y de particulares en la última semana sobre el servicio que prestan las urgencias de nuestros hospitales. Las imágenes que todos hemos visto parece que no dejan lugar a dudas de que las cosas se pueden hacer mejor, y con seguridad que puede ser así. Sin embargo, no creo necesario mancillar el trabajo de los trabajadores sanitarios y, ni mucho menos, el de los gestores de la sanidad pública.
He vivido, posiblemente en más ocasiones de las que hubiera creído necesarias, la vida en las urgencias de un hospital. Y les puedo asegurar que el trabajo, el trato, el cariño y el esfuerzo de todos los que allí trabajan es posible que no se pueda pagar con otra cosa que no sea el reconocimiento, la dignificación y el emponderamiento de la prestación de un servicio vital para la vida. No olvidemos que estamos a las puertas del invierno, una época en la que el número de enfermos se dispara, aunque bien es verdad que la mayoría no requiere hospitalización. Si es cierto, que cuando percibimos cualquier patología lo más socorrido y rápido es una visita a urgencias. Y llega el colapso. Un colapso que si lo miramos desde el punto de vista sindical, empeñados en más y mejores contratos siempre será extremo. Un colapso, que si lo observamos desde aquellos que gestionan los servicios, se reduce prácticamente a la nada y no va más allá de lo habitual en estas épocas.
Sea como fuere y entendiendo que en el término medio está la virtud, lo cierto es que no debemos rasgarnos las vestiduras más allá de los necesario; no pretendemos llevar la reivindicación al paroxismo y tampoco, claro está, hagamos un seguidismo de las bondades del servicio que se presta como si no fuera, que lo es, supuestamente mejorable.
Unas urgencias que se precien debe ser un servicio dinámico, activo, en ocasiones caótico, pero siempre bajo el hilo conductor de la coherencia, la gestión y el buen hacer. Y en eso, con seguridad, están los responsables sanitarios del hospital Torrecárdenas de Almería. Y la prueba más evidente de que es así llega días después de la denuncia con la vuelta a la normalidad de un servicio complejo e imprevisible, en el que te puedes pasar horas en una cotidianidad rayando el aburrimiento como zambullirte en un frenesí diabólico, en el que por momentos puedes tener la sensación de que el control se te escapa de las manos. Demos pues un voto de confianza, como siempre hemos hecho a los profesionales y a aquellos que los dirigen recomendarles prudencia, paciencia, aguante y pelear por la constante mejora.

Donde vive el olvido

Antonio Lao | 16 de diciembre de 2019 a las 13:58

Impactante y triste imagen. El domingo recorrí uno de los pueblos de la provincia en los que el olvido se ha instalado de forma definitiva. Uno de esos pueblos de la Almería vacía que todos queremos habitar, pero en el que la realidad se impone a los sueños. El silencio se ha alojado, y de que modo, en las calles y plazas, en las casas y en los patios, en la vega y en el campo, en el lavadero municipal y en la torre de la iglesia, en el bar cerrado a cal y canto y en la tienda de comestibles que un día fue y hoy solo alberga una puerta tapiada, unos muros que se caen y un tejado con serio riesgo de derrumbe. En una decena de estos pueblos -no viene al caso el nombre- el cartero ya no llama dos veces incumpliendo la ley y hasta puede que lo entienda. Cuando casi no hay habitantes, las dificultades son extremas para empresas, que aunque sean públicas o semi públicas, los costes se disparan por trabajos de este tipo. Al final es la pescadilla que se muerde la cola. Y en esas estamos, intentando mantener viva la llama de la historia, la llama de un pasado, la llama de miles de vidas que pisaron calles con tradición. Pero la realidad es tozuda, implacable. La condena está ahí, por más que nos empeñemos en evitarla, en prolongar una agonía que nos deja exhaustos a todos.  Pocas cosas son más tristes que acercarte a tu pueblo y percibir que está muerto o casi. Que allí donde jugaste de niño crecen las malas hierbas y el abandono. Que allí donde la infancia forjó un hombre o una mujer sólo queda el recuerdo vago, el recuerdo lejano de aquellos que moldearon una tierra para la eternidad y que al final se ha convertido en yerma y finita.
Ayudas a los autónomos, cajeros para hacer la vida más fácil a quienes quedan, acceso a internet, la búsqueda de niños para que el colegio no cierre, inmigrantes para cultivar las tierras que poco producen, la sequía que lo inunda todo. Costes expansivos e ingresos mínimos para una Almería de interior que grita, ya ronca y sin voz, por permanecer, por quedarse, por no viajar al mundo de la nada, al mundo del olvido, al mundo del silencio. A un mundo de desconchones, de casas abandonadas, de oficios que pasaron.
Y duele. Duele por las almas que transitaron parajes míticos, calles empedradas, y casas encaladas que no eran la Gran Vía, ni los Campos Elíseos, ni Under Linden, ni Time Square, pero eran nuestras calles, nuestra gente, nuestras familias y vecinos. Tiempos de barullo, de trabajo, de recolección. Tiempos de asueto, de noches en la chimenea mirando las llamas, de veranos al fresco buscando estrellas. Y ahora los tiempos son de silencio, de un silencio ensordecedor, en el que la mente divaga por el pasado. Y, curiosidades del destino, a poco que juegues te trasladas a las épocas en los que la vida se abría paso frente a las dificultades, a pesar del olvido, del silencio y el abandono.

María Zamora

Antonio Lao | 10 de diciembre de 2019 a las 14:25

VELLSAM, la firma especializada en soluciones biotecnológicas para el agro, ha cumplido 20 años. Veinte años en los que la empresa familiar, liderada por María Zamora, ha sabido abrirse un hueco en un difícil y complejo mercado a base de trabajo, visión empresarial, investigación y desarrollo y capacidad de gestión. Pero si hay un adjetivo para definir la labor desarrollada a lo largo de este tiempo por su consejera delegada es el coraje. El coraje de una mujer con capacidad empresarial infinita, con una visión del mundo de la industria sólo reservada para unos pocos privilegiados y con una capacidad de hacer piña en torno a una idea, más allá del concepto común y tradicional del empresario, para buscar la meta arropada por quienes comparten proyecto, sueños y liderazgo empresarial.


Conocí a María Zamora cuando trató de abrirse hueco en el mundo de la política. Un hueco que estaba reservado para ella, cuando la mujer en ese mundo era una ‘rara avis’. Hizo lo que pudo, puso todo el empeño, arriesgó incluso más de lo necesario para tratar de trabajar por mejorar la provincia y la ciudad en la que vivía. No se lo pusieron nunca fácil. Al contrario, las zancadillas y los cuchillos en el seno del partido por el que se presentaba -su nombre no viene al caso- eran la moneda con la que se hacía la política de entonces. Con seguridad ni mejor ni peor a la actual, pero en la que no tenían cabida aquellos y aquellas que llegaban a ese mundo a servir y no a hacer carrera. La desintegración del partido del que formaba parte y la desconfianza y la desilusión provocada por la realidad en la que se movía hizo el resto y la llevó a dejarlo. Posiblemente una de las mejores decisiones de su vida.


A partir de aquí comienza la vida empresarial de una licenciada en Magisterio que tenía claro lo que quería hacer, cómo hacerlo, el camino para alcanzar la meta y  el tiempo necesario para llevarlo a cabo. Quizá algo parecido a lo que hace un escritor cuando escribe una novela. Conoce el principio y el final. Y a partir de aquí desarrolla la trama que culminará después de muchas vicisitudes con el libro concluido.
Y en ello está María Zamora y Vellsam. En sus primeros veinte años de vida, con presencia en 36 países, con un mercado interior creciendo, con la mirada puesta en Arabia Saudita y en ampliar mercado en Latinoamérica. Pero los pies siguen anclados en el suelo, atornillados a la realidad de una mujer con las ideas claras, acompañada por un equipo de personas coherente e implicada en el proyecto, y secundada por acciones y secuencias más que meditadas. Y a pesar del éxito empresarial indudable, María sigue pegada a su tierra, a su familia, a sus amigos de toda a la vida, a sus hobbies de siempre. Y todavía hoy, transcurrido este tiempo, sigue soñando con una empresa más grande, más líder, con más empleos y en su provincia. ¿Quién da más

El vertedero y el soterramiento de El Puche

Antonio Lao | 2 de diciembre de 2019 a las 19:09

CIEN mil metros cúbicos de vertidos tienen la culpa. Una cantidad de basura ingente que nuestros sesudos responsables administrativos no tuvieron en cuenta a la hora de adjudicar las obras del soterramiento del paso a nivel de El Puche. Y claro, este simple detalle, (ironía), a los usuarios del ferrocarril nos lleva a prolongar durante casi otro año el tiempo necesario para culminar la obra y ese mismo espacio de tiempo para seguir cogiendo el autobús hasta Huércal para luego subir al Talgo de Madrid, al media distancia con Granada y al convoy que nos une con Sevilla. Tengo la sensación, acusada en muchas ocasiones, de que la compañía trata de echar a los viajeros de la ruta. Y no me extraña, porque hay que tener mucha paciencia, mucha sangre fría y un amor casi platónico por el tren para optar por este medio de transporte. A pesar de la metedura de pata, conscientes o no, aquí a nadie se le ha ocurrido pedir disculpas, ni tratar de arreglar el desaguisado. Se reúne la Comisión Técnica de la Sociedad Almería Alta Velocidad y con toda la cara, sin sonrojarse lo más mínimo, los responsables dan cuenta de los millones de kilos de escombros encontrados, ¡que se sabía estaban allí!, y las dificultades que esto conlleva para continuar las obras sin los modificados correspondientes. Modificados que contemplan, como no podía ser de otra manera, un incremento de la factura que pagamos todos y el malestar de los viajeros que durante no sabemos cuantos meses más van a tener que sufrir el transbordo en autobús desde la capital hasta Huércal de Almería y viceversa.
Con ser preocupante la situación, mostrando el poco o nulo interés que tienen las administraciones que realizan los trabajos por los afectados, se avanza un poco más en el desastre cuando se adjudica una obra  sin conocer con exactitud el tipo de terreno en el que se va a desarrollar y, ni mucho menos, el tiempo aproximado que los trabajadores van a estar en el tajo. Un desastre anunciado y esperado, del que al final sólo quedará la justificación de aquellos que se adjudicaron la obra, las críticas de la oposición por la metedura de pata y poco más.
Para evitar, en la medida de lo posible situaciones e imprevistos como el que nos ocupa, se deben prever multas tanto para aquellos que hablan de un plazo y luego no lo cumplen, claro está con un margen razonable, y también para la administración que no es consciente del daño que provoca en la sociedad. Falta de credibilidad y república bananera pueden ser, sin exagerar, algunos de los calificativos que aquellos que padecemos cada día este tipo de incoherencias. Pero sabiendo que las obras del AVE se adjudicaron hace casi un año, los trabajos no comienzan, y nadie pone el grito en el cielo, pienso que sobra cualquier comentario más allá de la incredulidad y el bananeo.

 

El reparto de la miseria en el agro

Antonio Lao | 25 de noviembre de 2019 a las 14:11

Comenzar felicitando a los agricultores por el éxito de la manifestación del martes en la ciudad. Una concentración que reunió a más de quince mil personas en defensa de unos precios justos para los cultivadores. Hasta aquí nada que objetar. Un empujón, sin duda. Una muestra de unidad por unos intereses comunes y por unos problemas compartidos y de urgente resolución.
Pero lo que debía ser una defensa cerrada, una unión sin fisuras, acabó convirtiéndose en una lucha de egos, en una batalla de siglas, en tensiones innecesarias y en abucheos incontrolados. Argumentos y munición, todos ellos, que un sector con tantas necesidades, en franco retroceso y con serios problemas en los márgenes de beneficios, no se puede permitir.
Volvamos al inicio. Las altas temperaturas de septiembre y octubre en la provincia disparó la producción a niveles no deseados. Si a esto le unimos que tampoco hacía frío en Europa y una planificación de los cultivos escasa, tenemos todos los argumentos para que las comercializadoras tiren a la baja en sus compras. Con el problema encima, como una espada de Damocles sobre las cabezas de los agricultores, un grupo de ellos, independientes, fue capaz de trabajar conciencias y mover voluntades. Le habían ganado por la mano a las habituales asociaciones -huelga nombrarlas- que adocenadas y repanchigadas en sus mundos levantaron las orejas alertadas ante el éxito de un grupo de agricultores que habían osado trabajar al margen de sus redes. A partir de aquí convocatoria de huelga y manifestación en el campo. Una convocatoria necesaria para remover conciencias, alertar de los peligros que se ciernen y, sobre todo, mostrar a Europa la necesidad de cambiar las reglas de juego para un sector que tiene por delante, posiblemente, la mayor de las reconversiones que ha vivido la agricultura de la provincia si quiere sobrevivir en un mundo global. El éxito de la convocatoria fue rotundo, pero los males persisten el primer y el segundo día y en los siguientes. No se trata de hacerse oír y volver a los cuarteles de invierno, de volver a los invernaderos y a seguir cultivando y vendiendo. Hay que avanzar en otras soluciones, que pasan por la implicación de todos los que son eslabones de esta cadena maravillosa que es la agricultura de Almería, capaz de generar miles de empleos y miles de millones en facturación e ingresos.
Y ahí, por más que nos pese, todavía estamos en pañales. Anclados en salvar cada campaña con más o menos ganancias, sin planificar un futuro en el que todas partes de la cadena sean capaces de unirse en la búsqueda de soluciones satisfactorias para todos. Y para ello, por más que nos empeñemos, la solución no es vetar, abuchear o criticar al de al lado. Hay que darle la mano y caminar unidos. Esa debe ser nuestra fuerza.

Encrucijada política

Antonio Lao | 18 de noviembre de 2019 a las 13:50

La gobernabilidad del país es hoy más difícil que antes de las elecciones del domingo pese al preacuerdo PSOE-UP. Los comicios,  lejos de despejar el camino lo han complicado, si cabe, un poco más. Instalados en el cortoplacismo y el tacticismo más obsoleto y trasnochado, los grandes partidos no ven más allá de pasado mañana. No son capaces, espero que lleguemos a tiempo, de visualizar una España en la que quepamos todos, sin estridencias, a la vez que aparquemos a un lado las diferencias para centrarnos en aquello que nos une. Todos los caminos que conduzcan a salidas de tono, estridencias, desacuerdos o luchas por el poder, serán vistos por nuestros enemigos como signos de debilidad. No están los tiempos para mostrar carencias y, ni mucho menos, apostarse en individualismos viejunos, cuando lo que se vislumbra son sociedades abiertas, prácticas y capaces de avanzar en la línea ascendente que los ciudadanos demandamos.
Las amenazas que penden son tan alarmantes y latentes que no logro entender como aquellos que realmente tienen la capacidad de revertir las cosas, se alejan de los estados de lucidez necesarios para afrontar de forma directa, sin ambages y tapujos, las soluciones que la sociedad demanda. Instalados en el yoismo y a la espera de que el adversario mueva ficha, el país lleva tres años encapsulado, con rupturas para respirar, que sólo la fortaleza de una sociedad acostumbrada a vivir sin paracaídas te permite en momentos puntuales. Y es que a pesar de tanta traba y de un espectáculo esperpéntico, que en los libros de historia se estudiará como una de las etapas más lúgubres de la política española, los que jugamos el partido continuamos haciendo crecer al país a un ritmo sostenido superior al 2%, mejorando la imagen de la marca país y situándonos como uno de los referentes internacionales en esperanza de vida, sanidad pública o receptores de turismo, por poner algún ejemplo. Quizá, y atendiendo a esa orfandad instalada e incrustada en todos y cada uno de los poros de nuestra piel de país, hemos sido capaces de aprender a vivir en solitario, atendiendo tan sólo los murmullos o los latidos de nuestros corazones.
Y eso, que en un principio puede considerarse como sinónimo de independencia y libertad, a la larga genera sentimientos de despego y desprotección y acaba por generar depresión. Depresión de sentimiento de país, depresión por echar de menos interés por lo que haces y nostalgia de aquellos tiempos, pasados que creemos de forma errónea que fueron mejores sin ser ciertos, pero que afloran una y otra vez como la lava ardiente de un volcán, arrasando todo cuanto encuentra en su camino. Basta de soldadas huérfanas. Abramos la autopista de la lógica, de la necesidad y del compromiso para alcanzar la meta que añoramos y que está ahí. Sólo hace falta creer en que es posible.

Hay que ir a votar… otra vez

Antonio Lao | 10 de noviembre de 2019 a las 21:20

Los españoles estamos convocados hoy, siete meses después, a las urnas  de nuevo para elegir quienes nos representarán en el Congreso y nos gobernarán los próximos cuatro años. Nada que objetar a lo que supone el ejercicio cumbre de la democracia. Pero claro, es que son las cuartas en un solo año y los ciudadanos si no están cansados, si tienen cierto hartazgo de la incapacidad manifiesta de todos ellos en buscar los acuerdos que nos permitan salir del bucle en el que permanecemos inmersos desde abril.
Es de suponer, aunque es mucho entenderlo como tal, que esta vez los intereses partidistas se aparcarán a un lado y por el bien del país y las instituciones el desbloqueo será un hecho. No las tengo todas conmigo si me ciño a lo escuchado estos días de campaña. Los mensajes de casi todos no invitan al optimismo, aunque una cosa es la campaña y otra la realidad que se van a encontrar los partidos en la media noche de hoy.
Poco o muy poco van a variar los resultados de abril, si nos atenemos a bloques, aunque si buceamos en las encuestas la noche será excelsa para algunos, agridulce para otros y amarga para quienes son vistos por los votantes como “culpables” del desaguisado en el que nos hallamos inmersos.
En Almería la campaña ha sido extraña. En juego seis diputados, de los que cuatro parecen asegurados para los partidos de siempre, PP y PSOE y los dos restantes va a depender mucho de los indecisos. Vox no debe tener problemas en mantener el suyo y Cs lo tiene más complicado. Los caprichos de la Ley D’Hont  permiten que un solo voto permita que uno de los partidos tradicionales se encuentre con tres diputados, veremos quien, o que los de Rivera coticen al alza manteniendo a José Manuel Villegas en su escaño de la Carrera de San Jerónimo.
Escuchándolos estos días, inasequibles al desaliento, me queda un poso envejecido por la escasez de propuestas nuevas con las que alimentar a los votantes. AVE, agua, agricultura y despoblación se vuelven a configurar como ingredientes base con los que cocinar la pócima mágica con la que atraer a los votantes . Y mucho me temo, que el “huele que alimenta” de otras ocasiones se ha quedado en una mala cocción y un sabor alejado de la exquisitez que todos buscamos cuando nos llevamos la cuchara a la boca. Es posible que el cansancio por comer todos los días lo mismo haya hecho mella en los paladares de los votantes y nos encontremos con una notable bajada de participación.
Elemento no recomendable en ningún caso. Acudir a las urnas es el mejor de los argumentos para poder manipular los alimentos, cambiarlos en caso necesario y lo que pudo iniciarse como un cocido acabe siendo un potaje de berza y, si me apuran, hasta unos gurullos.

Guerras del agua, caminos sin retorno

Antonio Lao | 4 de noviembre de 2019 a las 13:10

No sé de qué nos sorprendemos. Que a estas alturas del partido pongamos el grito en el cielo porque aquellos a los que les tocan sus recursos hídricos monten en cólera es habitual, lamentablemente, en una tierra en la que el agua propia no se toca. Eso sí, la de otros, a ser posible mucha y buena, no debe dejar de manar jamás y a un precio barato.
La solidaridad cuando de líquido elemento hablamos, ya sea para abastecimiento o para riego, es un nombre que no está en boca de nadie. Hasta ahora nunca he conocido el caso de que los propietarios de un sondeo, una fuente, un trasvase o un río, por poner algunos ejemplos, los hayan puesto al servicio de la mayoría, como entiendo debe acontecer. Al contrario, las guerras o cismas del agua llegan sin previo aviso. Se sabe como empiezan, pero las consecuencias son imprevisibles. Y es que ser solidario no va con los humanos, avaros y acaparadores cuando de agua se trata. Y el agua, no lo olvidemos, es supervivencia. Y es aquí donde nuestro más primario instinto sale con toda su fuerza. Y como la lava de un volcán se expande quemando todo lo que encuentra a su paso, sin importar qué, quién o quienes son los damnificados.

La polémica de la semana tiene mucho que ver con la sequía. El trasvase del Negratín al Almanzora, cortado por la escasez de precipitaciones en zona alta del Guadalquivir, ha despertado al monstruo del egoísmo, al caballo de la insolidaridad, al animal de la avaricia. ¿Se imaginan que aquellos que nos quitan la sed del Guadalquivir y del Tajo tuvieran la misma actitud que mantenemos con los pozos de emergencia? Mucho me temo que les estamos dando argumentos sólidos para impedir trasvases en el futuro cuando de verdad lo necesitemos. No ha sido una buena idea.
Dicho esto, quiero dejar claro que soy contrario a cualquier esquilmamiento de acuíferos. No podemos permitirnos acabar con los recursos legados por nuestros antepasados en pro de no se que industria agroalimentaria, para beneficio de unos pocos y escasa generación de puestos de trabajo. La sostenibilidad de los recursos debe ser el argumento que debe guiar cualquier actuación, no ya en la zona alta del Almanzora, en cualquiera de nuestras cuencas sobreexplotadas por los excesos reiterados en los últimos lustros, unos propios del desconocimiento y otros, llegados por cultivos que nada o muy poco tienen que ver con la industria agrícola que sustenta nuestro desarrollo.
Meditemos, aunque sea un minuto, en las consecuencias de nuestros actos cuando de agua hablamos. El devenir futuro traerá resultados y acciones que hasta ahora no se han producido, pero que irán por el camino sin retorno propio de una sociedad que mira en exceso hacia adentro y piensa poco en los demás.

Los gobiernos y Almería, sin rubor

Antonio Lao | 28 de octubre de 2019 a las 12:12

El  anuncio del candidato al Senado del Partido Socialista, Fernando Martínez, en el que confirma que las obras del soterramiento del paso a nivel de El Puche están paralizadas es, probablemente, el ejercicio de mayor desahogo político que un Gobierno ha tenido con Almería en los últimos años. Y miren que van muchos, excesivos diría yo. Aquellos que nos gobiernan ya no se molestan en ser ellos los que indiquen los problemas que han llevado a tal desaguisado -para eso creo que está el subdelegado del Gobierno- y dejan el asunto en manos de un candidato al senado, que en estos momentos no deja de ser eso, un candidato. Con el AVE pasa tres cuartos de lo mismo. Casi un año llevamos con las obras de algunos tramos adjudicadas y desconozco si ustedes, que tienen la paciencia de leer esta columna las han visto por alguna parte, porque lo que es yo, quien escribe, por más que me froto los ojos no las encuentro. Ya ni la presión popular de los que aquí habitamos, tampoco es que sea excesiva como para hacerse insoportable, sirve para que las demandas, legítimas, de la provincia sean atendidas de una forma razonable.

En la parte más cercana, en la Junta de Andalucía, las expectativas generadas con el cambio de gobierno se diluyen como un azucarillo en un café caliente. ¿Se acuerdan ustedes de la promesa del presidente de la Junta de descentralizar el Gobierno y traer a Almería la Consejería de Agricultura? Pues nos acercamos al año de gobierno de PP y Ciudadanos en el Palacio de San Telmo y nadie ha dicho nada sobre ello. Y parece que tampoco vaya a suceder en un espacio temporal como es la legislatura. Al contrario, el Centro Andaluz de la Fotografía, que era la migaja que en su día nos tocó dentro del reparto regional de calderilla descentralizada que era la Junta, va a ser dirigido desde Sevilla. Pero no tiemblen ni se escandalicen. Que ya ha dicho la consejera del ramo que nos atenderá, incluso mejor, que hasta ahora se venía haciendo. Y nosotros, obedientes y sumisos, nos lo creemos y a otra cosa. Nos olvidamos también de la Ciudad del Cine, una ocurrencia que alguien tuvo para calmar el ímpetu cinematográfico de esta tierra, pero que llegados al ejercicio cotidiano del poder puede quedar aparcado sin más. Poco o nada cabe esperar de unos y de otros, Gobierno Central y Gobierno de la Junta.

El primero sin presupuestos desde hace casi dos años y el segundo con unas cuentas pírricas para esta provincia, por más que se empeñen los voceros de turno en vendernos el dinero que llega como un maná salvador capaz de sacarnos del secarral de infraestructuras y necesidades que se rompen como arterias, y que nadie acude a taponar. Y mientras, la sociedad civil asiste atónita a lo que acontece, sin más presión que algún fogonazo de plataformas que luchan con denuedo y con poco éxito por avanzar en soluciones.