Luz de Cobre

El valor de las muertes de la pandemia

Antonio Lao | 23 de noviembre de 2020 a las 14:01

No doy crédito. Cuando la segunda ola golpea de nuevo, sin piedad, y el número de muertes en algunas comunidades, caso de Andalucía, es superior al pico del mes de marzo, siento un enorme desgarro interior al entender el escaso valor y la poca importancia que damos al drama que nos acorrala, al reguero de tristeza y dolor que nos envuelve y al escaso valor que damos a la muerte que nos rodea.
Cada día enterramos una media de 300 personas víctimas de la pandemia y aún hoy, casi un año después del primer caso  que conocimos en Almería, seguimos discutiendo cómo hacer las cosas, quién tiene las competencias y, lo que es peor, el modo de afrontar con algo de garantías el cerco a un virus que se expande sin fin, en la misma medida que relajas las medidas de contención. Tengo la misma sensación que podía tener el general que protagoniza la novela de Gabriel García Márquez, “El otoño del Patriarca”, cuando se encuentra solo en su palacio enfrentándose a la muerte.
…había sido cuando menos lo quiso… se había cebado en la falacia y el crimen, había medrado en la impiedad y el oprobio y se había sobrepuesto a su avaricia febril y al miedo congénito… había sabido desde sus orígenes que lo engañaban para complacerlo… pero aprendió a vivir con esas y con todas las miserias de la gloria a medida que descubría en el transcurso de sus años incontables que la mentira es más cómoda que la duda, más útil que el amor, más perdurable que la verdad…”.
Y ahí estamos nosotros, los ciudadanos, siendo los generales desahuciados, olvidados por los gobernantes empeñados en dirimir otras batallas, otras guerras, otros mundos, que nada o muy poco tienen que ver con el que nos ocupa. La insensibilidad es tan atroz, tan cruel, que zanjamos el valor de la vida con una simple cifra. No vamos más allá porque no queremos o porque hemos sido capaces, que triste, de dejar a un lado, de obviar aquello que suponga para nosotros más carga emocional de la que ya soportamos. Cuarenta mil muertos en España, casi doscientos en Almería, tienen más valor que cualquier otro dato con el que cada día nos bombardean. Porque aquellos que no tienen en cuenta a sus muertos, que los arrinconan en los cajones de la despensa de la memoria, están condenados como el propio general de la novela de García Márquez a la soledad futura, al olvido presente y al dolor futuro.  Por el bien de la sociedad en la que vivimos, se hace necesario identificarse con el dolor ajeno para tener cerca las armas con las que enfrentar el propio y el colectivo que tratamos de apartar como sea de nuestros dominios. Si no lo hacemos, alejamos valores de principios y de nobleza que van concatenados y unidos al ser humano. Todo lo demás es rebajarnos a la bobería y a la locura que, por desgracia padecen más de los que quisiéramos.

Diario, 13 años con Almería

Antonio Lao | 17 de noviembre de 2020 a las 18:30

Nunca antes en los últimos cien años la sociedad, tal y como la conocemos, estuvo en peligro. La pandemia de coronavirus, que ha dejado en la provincia ya casi 200 muertos y miles de contagiados, ha puesto patas arriba  cualquier previsión razonable que se hiciera en enero. El confinamiento y posterior estado de alarma nos deja tantas secuelas, tantas carencias, tantas vidas rotas, que ni en el peor de nuestros sueños seríamos capaces de imaginar lo que se nos avecinaba.  Pocos son los que han sido capaces de abstraerse del cataclismo, que en forma de tsunami nos ha arrastrado a todos. Aún así, me resisto a creer que tanta dificultad, tanto dolor y tanta incertidumbre no sea capaz de traernos cosas nuevas. Lo recoge muy bien el escritor Javier Sierra en su último libro ‘El mensaje de Pandora”.  De las situaciones más complejas surgen tantas oportunidades nuevas que, con seguridad, no vamos a ser capaces de abarcarlas en el espacio-tiempo de la recuperación. El vaso siempre tiende a estar lleno, porque el ser humano se reinventa en la misma medida que lo acogotan las fuerzas del dolor que tratan de imponerse en paisajes como el que vivimos: arbitrario, sombrío y en negro.  La amplia gama de colores que tenemos por delante están ahí para alcanzarlos con la mano, por encima de las dificultades y haciendo frente a la incertidumbre, al acoso de la COVID-19 y a una economía que se tiñe de luto en la misma medida que los afectados por el virus buscan el oxígeno reparador y el medicamento que nos permita abrir los pulmones a la vida. La pandemia nos ha embestido en un mundo dominado por la mentira, bajo el dominio de la posverdad. Un término acuñado en 2010 por el bloguero David Roberts, y que define con claridad que vivimos en una época caracterizada por el fomento de las emociones, muy fácilmente manipulables por las redes sociales. Es por ello que, sin desdeñar el duelo por los muertos o el sufrimiento de los enfermos, es preciso recordar que la verdad es una de las víctimas de la enfermedad que nos abruma”. Algunos atribuyen la frase a Esquilo y otros a un senador estadounidense. Pero lo cierto es que  “la primera víctima de la guerra es la verdad”. Alejemos cuanto podamos a los nigromantes, visionarios y toda esta ralea, que sólo buscan dinero fácil llegado del dolor y la muerte. Es por ello que cuando cumplimos 13 años, me permita recordarles que sigan apoyando el periodismo serio, la información veraz y responsable y el criterio de los profesionales. Huyan de aquellos Ramonets de manta y mercadillo que les vendan duros a cuatro pesetas. Sencillamente no existen. Beban de periódicos  que, como Diario de Almería, busca la realidad de las cosas y todos los puntos de vista para que ustedes, que como yo, estemos siempre alerta y con miedo por lo que tenemos encima, se acuesten conociendo la verdad. Ni más ni menos.

Salud, dinero y amor

Antonio Lao | 9 de noviembre de 2020 a las 18:50

La pandemia de coronavirus sigue imparable su avance en el mundo, con especial virulencia en Europa. A España, hasta hace unas semanas en el punto de mira, se han sumado de forma peligrosa miles de contagios en Francia, Alemania, Gran Bretaña, Bélgica o Portugal. Aquellos que hasta hace unos días creían haber controlado el virus no han tenido más remedio que adoptar drásticas medidas. El confinamiento ya es una realidad que nos rodea, nos comprime y nos acogota con la misma intensidad que lo hacía en el mes de marzo. Quizá la única diferencia, si pretendemos ser positivos, es que aún el número de fallecidos no se le acerca ni de forma remota, pero si seguimos así no les extrañe que los alcancemos y lo superemos en las próximas semanas. Parece claro que la estela de destrucción y muerte que la COVID-19 deja a su paso es un reguero tan enorme, una mancha de tantas dimensiones que parece complejo hoy decir si vamos a ser capaces de doblegar su fuerza e intensidad. Pero en esta segunda ola sabemos mucho más de nuestro enemigo, lo conocemos mejor. Y en particular cómo se transmite: por contacto interpersonal próximo, ya sea físico o por aerosoles. Es evidente que hoy por hoy la única forma de someter la curva es el distanciamiento social, el confinamiento, las restricciones y limitar la proximidad física entre humanos y sobre todo los contactos cercanos. La experiencia nos dice que en junio, con estas medidas, logramos andar un notable camino. No hay otra forma de frenar el avance, se diga lo que se diga,  mientras no exista una vacuna probada y eficaz. Pero aquí es donde se planea el gran dilema dramático y complejo de resolver: ¿Prioridad a la salud o a la economía? Si no se cierran actividades físicamente interactivas, se acelera la pandemia, según la lógica de redes. Y si se cierran, interrumpiendo la conexión en esas redes, pasamos de la pandemia a la anemia económica y social. De ahí los titubeos constantes de las políticas públicas. Abrimos un poco, cerramos un poquito, abrimos más, cerramos de repente, desconcertando a mucha gente, sembrando la ruina en miles de pequeñas empresas y suscitando el paro temporal o permanente de millones de trabajadores, mientras las familias agotan sus ahorros, se retrae el consumo y se profundiza la crisis. Pero esta disyuntiva es cierta realmente. Miremos a China. Ellos primero resolvieron el problema de la salud y ahora están creciendo por encima del 5%. Así que parece evidente que sin salud no hay dinero. Aquellos que han ido demasiado rápido, tratando de parchear un camino plagado de baches, han comprobado que el asfalto se parte con suma facilidad y volvemos al inicio. La ansiedad no es buena consejera. Con la enfermedad no hay atajos y aquellos que los cogen tardan muy poco en regresar a la casilla de salida. Con menos salud, no hay dinero y tampoco amor.

¿Truco o trato?

Antonio Lao | 4 de noviembre de 2020 a las 18:24

Todavía hoy me emociona que toquen a mi puerta en la antesala de Todos los Santos y aparezcan una decena de chiquillos disfrazados como aquellos del “Truco o Trato”. Sí, ya sé que es una fiesta pagana y que en mi niñez no se pasaba de la representación de Don Juan Tenorio, de José Zorrilla, en el único canal de televisión que existía y de unas castañas asadas, frutos de otoño, en la chimenea siempre encendida de la casa de mis padres. Lo cierto es que la fiesta de Halloween, una de las celebraciones más populares en los Estados Unidos e importada por el resto del mundo, convierte a los niños en los grandes protagonistas. Para ellos, es una ocasión más para disfrazarse, maquillarse y divertirse provocando miedo entre los amigos y vecinos.
Con el Trick or treat (truco o trato), los pequeños juegan y se distraen en la comunidad donde viven, al desplazarse de puerta en puerta para conseguir caramelos o juguetes.
Suena bien, ¿verdad?. Pues en esa línea, pero con un tono verborreico, insultón, ramplón y a veces rayando la baja catadura moral, aquellos que nos representan en el Congreso de los Diputados debatían la moción de censura de VOX. La economía se hunde y la sanidad vuelve a desbordarse, pero la política española se regalaba una nueva sesión de fuegos de artificio, según palabras de Antoni Puigverd. Aquellos que tuvimos la valentía, porque hay que tenerla, de estar pegados a la televisión o a la radio para escuchar a los contendientes, nos quedó un poso de amargura, rabia contenida y decepción, sobre todo decepción, al ver que quienes deben velar por los intereses del país, de un país que se desangra sin remedio, lastrado por la crisis del coronavirus y una economía en rojo, trataban de dilucidar sus diferencias, que no las de la gente de a pie, con la palabra putrefacta, a veces soez y en la mayoría de los casos hueca, vacía de contenido y cargada de mentiras, para tratar de alcanzar al contrario, ya que no es posible un duelo al sol, avanzando seis pasos en dirección contraria, desenfundar y disparar el Colt sujeto a la pernera.
Vox intentó aprovechar la debilidad de un PP afectado por los sumarios judiciales y por la inconsistencia de Casado. En un momento tan dramático, Casado ha mantenido una tremenda hostilidad hacia el Ejecutivo. Podía haber ofrecido ayuda, no para favorecer al minoritario Gobierno de Sánchez, pero sí para ser útil a la sociedad española, que lo está pasando muy mal. Abanderando la negación, Casado logró inevitablemente desbordar a Abascal y compañía, portadores genuinos de hostilidad.  En el otro lado, Sánchez e Iglesias a lo suyo, frotándose la manos, pero vacías de contenidos y propuestas. Por no tener, no tenemos todavía ni unos presupuestos para los vientos huracanados que soplan. Las opciones, como en Haloween: Un disfraz y truco o trato.

Merece la pena tener esperanza

Antonio Lao | 26 de octubre de 2020 a las 12:57

Cadena Perpetua es una de esas películas de culto para los amantes del cine carcelario. Para mí  va más allá. Es un filme que a uno le devuelve las ganas de vivir. Te carga las pilas. Posiblemente pueda que incluso sea más sencillo. La última semana zapeando tuve la oportunidad de reencontrarme con la cinta que protagoniza Tim Robbins (Andy Dufresne) y Morgan Freeman (Red). A medida que el filme avanza sientes un irrefrenable deseo por ver qué ocurre, con un poco más de esperanza, como lo explica Adrián Massanet.  En su seno se haya una de las elegías más intensas que se recuerdan en torno a la búsqueda de la libertad personal y espiritual, algo ansiado por la mayoría de los hombres, aunque quizá muchos ni lo sepan. Pero ‘Cadena Perpetua’ es mucho más que eso.   Este relato nos acerca a un convicto acusado de un delito que no ha cometido, y que pasará dos décadas en la cárcel, durante las cuales conocerá a una serie de personajes. Con uno de ellos, Red, iniciará una amistad duradera y profunda, enriquecedora y estimulante para ambos, una amistad en torno a una serie de temas mayores, como lo son la esperanza, la redención, la fraternidad, empeñarse en vivir o empeñarse en morir. Casi nada.
Los fotogramas, uno a uno, me trasladaron de inmediato a la situación que atravesamos. La pandemia que nos asola, nos acogota y nos mantiene casi prisioneros en medio de una segunda ola, que desconocemos como acabará. Cada uno de ellos, en especial aquellos en los que el protagonista Andy (Tim Robbins), consciente de que su amigo Red (Morgan Freeman), ya está institucionalizado y tiene serio riesgo de quitarse la vida si sale del penal y se enfrenta solo al mundo después de 40 años entre rejas, le habla de la esperanza como motor, como pieza básica y elemental que nos mueve. La mirada atónita de Red, que no entiende nada, lo lleva al final a salvarse, a evitar perecer producto de la incomprensión y la desubicación del nuevo mundo que se encuentra en la calle. Y en esas estamos. Casi institucionalizados por una pandemia que se alarga y que no tiene fecha de caducidad. El coronavirus  no sólo se lleva por delante la vida de muchos de nuestros seres queridos, sino que ha sido capaz de inocularnos el virus de la depresión, de la tristeza, de la falta de objetivos a los que enfrentarse y que dan salsa a nuestro devenir cotidiano. ¡No se dejen llevar por el vacío!. ¡Alejen de sus pensamientos cualquier atisbo de tristeza o depresión!. La insertan en una botella, la cierran y fluyan por el río de la esperanza. La vida sigue. Está aquí para modificarla a nuestro antojo, aunque en la situación que nos ocupa pudiera parecer que se agota como la llama de un mechero al que sueltas el pulsador. Falso. Aferrémonos, con todas nuestras fuerzas a la esperanza… es algo bueno y las cosas buenas nunca mueren.

El desierto comercial del casco histórico y el centro

Antonio Lao | 19 de octubre de 2020 a las 17:59

Aquí, en Almería, cuando se trata de culpar a alguien lo más fácil es arremeter contra las instituciones que nos gobiernan. Da igual el color político. La responsabilidad de todos los males, y hasta de la muerte de Manolete si me apremian, la tiene el alcalde de turno, el presidente de turno o el recién elegido responsable de la comunidad de vecinos de tu bloque si me apuran. Aquí, nadie asume su parte alícuota de responsabilidad y se descarga, con la misma facilidad que te cambias de bragas y calzoncillos, (ejemplo de ambos sexos por aquello de la paridad), todo el peso de la culpabilidad en los demás.
El desierto comercial del centro de las ciudades y de los cascos históricos es un tema complejo y recurrente. Es conocer que cualquiera de las grandes multinacionales cierra un local o el bar más pequeño,  baja la persiana, porque el dueño se jubila, y ponemos el grito en el cielo con la misma facilidad que un hooligan descarga su adrenalina contra el árbitro, cuando tu equipo recibe un penalti, a todas luces clamoroso, pero que tu ves injusto porque la pasión te ciega.
El centro de Almería es un ejemplo más del despoblamiento que padecen los cascos históricos de la mayor parte de las ciudades medianas. La falta de aparcamientos, el envejecimiento de la población, el aumento progresivo de las compras on line y unos alquileres desorbitados son algunas de las causas que han sembrado en todos nosotros un desasosiego difícil de contener. El concepto de ciudad tal y como la concebíamos hace tan sólo una década poco o nada tiene que ver con el actual. Y si no actuamos rápido, con coherencia y con cierta picardía, -no lo voy a negar-, el casco histórico de la capital se va a parecer, a poco que nos descuidemos, a la imagen de aquellas películas del lejano oeste en el que el viento soplaba, nadie en las calles, y las matas se arremolinan guiadas por el vendaval. Desolación y tristeza.
Pero todavía estamos a tiempo. Urge un plan en el que todos los sectores implicados arrimen el hombro. Los primeros los propietarios de locales. La época de las vacas gordas acabó. Y por más que esperen, el maná de las grandes multinacionales nunca volverá. Les es más fácil instalarse en un centro comercial nuevo, cómodo y en el que se aseguran el tránsito de miles de personas.
Se hace necesario pues, un cambio de modelo que pasa por la peatonalización, por la instalación de pequeños comercios típicos y cercanos, gastronomía tradicional y un ambiente humano capaz de atraer a aquellos que se fueron, que no lo deseaban, pero a los que las condiciones leoninas de los alquileres y el mal estado de viviendas y calles han sacado a guarrazos, muy a su pesar. Estamos a tiempo. No nos diluyamos en debates de barra de bar, obviando lo importante, que no es otra cosa que la vida de la ciudad.

La política como obstáculo

Antonio Lao | 13 de octubre de 2020 a las 17:27

Muchos de los que rigen nuestros destinos tengo la impresión de que desconocen cual es su papel en la sociedad. Entiendo que los hemos elegido para que nos gobiernen, para que resuelvan o al menos traten, de encontrar soluciones a nuestros problemas. Y, ¿saben lo que encuentro?: bronca, politiqueo de barra de bar, disputas vacías, regate corto, bulos, intento de engañar a los ciudadanos y el “y tú más” como eslogan de la incapacidad, la incoherencia, falta de sensatez y el criterio.
Atrás quedaron los tiempos en que se hacía política con el objetivo de solucionar los problemas de la sociedad, de los ciudadanos. Lejos permanecen las épocas de pactos, en la que la suma de voluntades buscaba el bien de todos. Ya ni me acuerdo de la conjunción de programas y apuestas comunes, que desde la discrepancia, trataban de alcanzar el objetivo común.
Se ha impuesto, mal que me pese, la mentira “disfrazada de nada” que diría Javier Sampedro en tiempos convulsos, posiblemente los más complejos que nos ha tocado vivir. Y es que nadie, o casi nadie, entiende la pandemia que nos acecha como la voluntad más del dolor o la expresión más triste de una sociedad acorralada por el virus.
Al contrario, nos encontramos con políticos de tres al cuarto, Ramonets de manta y mercadillo, en el que el único objetivo es dañar al contrario, con la intención   exclusiva de arañar un puñado de votos en las urnas.
Pocos o ninguno piensa en el bien común como base sobre la que sustentar un gobierno. Aquí lo único que interesa es la planificación al milímetro de los encuentros entre unos y otros, para dinamitar los pocos puntos en común alcanzados a las primeras de cambio.  No se respetan los asintomáticos, ni los enfermos y qué decirles de los muertos que el coronavirus se ha llevado por delante. Detrás hay miles de familias que han visto como no podían despedirse de los suyos y, lo que es más doloroso, que nadie se ha preocupado de su estado, su bienestar o su futuro.
Aquí, mal que nos pese, lo único que permanece es la falta de escrúpulos. Se han convertido en canallas. Los sentimientos son ajenos a cualquier estado de gobierno, con tal de medrar y escalar un peldaño en el escalafón de la mierda. Un escalafón que cultivan con esmero quienes critican todo cuanto hace el oponente, el enemigo, el contrincante…, sin ser capaces de poner sobre la mesa alternativas válidas a lo poco que se está haciendo.
El verano se ha acabado y la COVID-19 ni se ha acabado ni  ha expirado. Al contrario. Y mientras llega la vacuna, me produce verdaderos escalofríos el otoño que se nos avecina. Los casos se multiplicarán, los uniremos a la gripe y resfriados y los medios, como siempre, escasos. El infierno en versión terrenal.

Segunda ola y confinamiento

Antonio Lao | 5 de octubre de 2020 a las 17:46

Tanto hemos invocado al lobo y tantas veces lo hemos despreciado, que cuando llega y nos acosa temblamos de miedo y desconocemos como actuar. La segunda ola de la COVID-19 ya está aquí. Nos acorrala, nos sorprende, nos acogota, nos cierra todas las salidas y, aún así, o somos unos inconscientes o hemos perdido el miedo a una enfermedad todavía desconocida y que en la provincia ha dejado ya más de cien muertos. El lobo del coronavirus muestra los dientes y babea como nunca ante lo que tiene por delante. Y las víctimas, todos nosotros, ‘nos hacemos el sueco’ tratando de mantener una normalidad impostada, que nada tiene que ver con lo que siempre hemos vivido y hemos olvidado, aunque tratamos de fingirla.
La segunda ola ya está aquí. Todas las magnitudes confirman lo que ya barruntábamos en verano. Nos las prometíamos felices tostándonos al sol, en la terracita del bar, en la barra del chiringuito y en el agua salada de unas playas únicas. Tanta era la ‘nueva normalidad’, que por más que nos advertían dejamos de lado el miedo para adentrarnos en el túnel de lo conocido y a la espera que la fiera diera el zarpazo.
Y lo ha dado. Tanto que el número de casos se ha multiplicado de forma exponencial, hasta el extremo que en muchos momentos he llegado a pensar que nos acercamos de forma peligrosa a un nuevo confinamiento. Entiendo que no va a ser total, que pueden darse por barrios en la capital y los pueblos más grandes y general en las localidades más pequeñas y golpeadas por la pandemia.
Sea como fuere, lo cierto es que perturba, y de qué manera, los avances que se han dado y logrado con tanto esfuerzo. Quizá por ello se hace más necesario que nunca la concienciación, la insistencia en el respeto a las normas sanitarias establecidas y que tan buen resultado dieron durante el confinamiento, para alejar el fantasma del regreso a las casas y las calles vacías que tanto daño y miedo han generado desde abril a junio.
La película de terror, en la que la vida se extingue y sólo quedan los restos de una humanidad en pasado, debe evitarse a toda costa. Lograrlo pasa porque las administraciones, todas sin excepción, actúen con la coherencia y la unidad requerida y que de ellos se espera. Y la más importante, que nosotros, los ciudadanos, seamos capaces de cumplir a rajatabla, sin ambages y flexibilidad, las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y los sanitarios, que tan buenos resultados han logrado. No seremos libres o no recuperaremos la normalidad hasta que se logre la inmunidad de grupo o que una vacuna nos devuelva al añorado pasado en el presente. Y eso, por más que nos empeñemos en ahuecar el ala u obviar la pandemia, sólo se logra con el compromiso de todos. Ni más, ni menos.

El Cañarete, la historia interminable

Antonio Lao | 28 de septiembre de 2020 a las 17:22

La carretera que une Almería con Aguadulce es, posiblemente, una de las rutas más hermosas por las que conducir un coche. Conocida como El Cañarete era la vía principal que unía la capital con Málaga, la Nacional 340. El antiguo camino que nos metía en todos los pueblos y que llegó a ser insoportable transitarlo por el tráfico. Todo cambió cuando la A-7 permitió sacar los vehículos de las ciudades y pueblos y acabar con las colas interminables y con el peligro, siempre latente, en las vías urbanas.
El Cañarete quedó, inaugurada la autovía, como la mejor de las alternativas para unir Almería con Aguadulce y, si me apuran con Roquetas y Vícar. Una posibilidad de descongestionar el tráfico y de dejar a la localidad turística a tiro de piedra de la ciudad. Una oportunidad bien aprovechada, pues fuimos miles los almerienses que decidimos vivir en Aguadulce, buscando precios de las viviendas más razonables, la tranquilidad de un pueblo con todos los servicios y el mar como argumento sólido.
El paso de los años ha confirmado que aquellos que optaron por este itinerario  acertaron. Sin embargo, la que es la vía de acceso principal con la ciudad, se ha convertido de un tiempo a esta parte en una pesadilla. Como ocurre siempre en estos casos, desde el Ministerio de Fomento se han ocupado poco o nada del mantenimiento. Un reasfaltado en los últimos 30 años y alguna capa de pintura a los túneles y pare usted de contar. Pero la naturaleza es caprichosa. Cuando se tocó la montaña para ampliar este camino y luego para la autovía, explosiones controladas incluidas, comenzaron los problemas. La caída de rocas a la calzada se ha convertido en algo recurrente y habitual en los últimos años, aunque sólo en contadas ocasiones ha sido necesario cortar la vía.
Cubrir con tela metálica, de la barata, la montaña fue un recurso que ha dado a la administración y a los automovilistas una seguridad impostada que ahora se ha demostrado inútil y peligrosa. No culpo a quienes han estado al frente de la responsabilidad en los últimos años de lo ocurrido. Pero es evidente que en sus declaraciones no han estado afortunados. Recuerdo todavía al ex-subdelegado Andrés García Lorca lanzar sus dardos hacia las cabras montesas y más reciente al actual, Manuel de la Fuente, implorar espaciar la salida de casa para evitar las colas.
Sea como fuere y al margen de declaraciones vanas y vacías de contenido, urge una inversión seria de la carretera, con un proyecto real y de calado que acabe con los desprendimientos. Es preferible que la vía siga cortada a que ocurra una desgracia. Eso sí, debemos conocer con celeridad los planes de inversión, el coste y el tiempo de obras. Y, de forma paralela, evitar los colapsos de tráfico, con controles y ayuda a los que cada día se sitúan en las colas, con un serio riesgo de accidente.

El Paseo peatonal, sí

Antonio Lao | 22 de septiembre de 2020 a las 18:10

Málaga, León, Granada Vitoria, San Sebastián, Sevilla, Toledo… Podría enumerar un buen número más de ciudades en las que la peatonalización del centro no es un concepto surgido anteayer, hace un año o una década. Al contrario. Los proyectos y su posterior ejecución se larvaron y ejecutaron, con criterio, en el último tercio del siglo XX o en los inicios del XXI. He tenido la oportunidad de pasear por el centro de León, desde el Ayuntamiento hasta la Catedral o por la calle Larios de Málaga, por poner dos ejemplos, y les puedo asegurar que el cambio, a mejor en movilidad bien merece el esfuerzo inversor que los consistorios respectivos han hecho.
En todos ellos, si echas mano de la hemeroteca, te encuentras desde el inicio con la oposición, en algunas ocasiones con más vehemencia que en otras, de los comerciantes del lugar, con los automovilistas y si me apuran hasta del último jubilado que disfruta sentado en alguno de los bancos de la acera observando el discurrir del tráfico rodado.
En la capital llevamos años buscando la cuadratura del círculo que nos lleve a la peatonalización de gran parte del casco histórico, incluido el Paseo y calles adyacentes. Se hizo un esfuerzo interesante con los fondos de la recuperación de la crisis de 2007, que nos trajo ejemplos criticados y luego alabados como la calle Reyes Católicos.
Aprovechando la pandemia, desde el Ayuntamiento se ha hecho un experimento en el Paseo, con el cambio del tráfico en algunas calles y dejando un sólo carril desde Puerta de Purchena a la Plaza Emilio Pérez. He escuchado opiniones para todos los gustos, a favor y en contra. En el caso que nos ocupa, pese a los problemas iniciales, creo que ha sido un buen laboratorio para conocer cómo afectará en el futuro la peatonalización de toda la arteria el tráfico de la ciudad. Ahora de lo que se trata es de avanzar con decisión un paso más. Entiendo que hay que seguir dialogando con las partes afectadas, comerciantes, automovilistas, bares, restauración… Pero en la misma medida apostaría porque se tomen decisiones encaminadas a afrontar la obra con la máxima celeridad posible, en la búsqueda de la movilidad sostenible.
Los centros de la ciudades deben ser de los viandantes, para mostrarnos en todo su esplendor las zonas más antiguas, los cascos históricos. Así podremos conjugar la recuperación del comercio de proximidad y compartirlo con las nuevas formas de ocio y restauración que encontramos en ciudades similares a la nuestra, en las que la presencia en la calle es una constante y un modo de vida. No nos distraigamos en disputas inútiles. Afrontemos el reto. Estoy convencido de que a la larga la satisfacción será generalizada, incluso la de los detractores más empedernidos.

Enmascarados

Antonio Lao | 14 de septiembre de 2020 a las 17:35

La mascarilla se ha convertido en una prenda más. Ha llegado para quedarse en nuestro atuendo. Las podemos encontrar de mil formas y colores. Y a ser posible tratamos de que vayan a juego con lo que llevamos puesto. Si bien es verdad que el objetivo no es otro que limitar el posible contagio por coronavirus, no lo es menos que hemos hecho de ellas un complemento más.
Decía John Carlin en uno de sus últimos artículos que “el fetichismo de la mascarilla es lo que nos distingue a los españoles del resto de Europa”. Y debe ser cierto porque somos, con diferencia, el único país en los que todos vamos enmascarados. Tanto, que es complicado en multitud de ocasiones reconocer  a los amigos con los que has quedado. Miras en derredor y sólo ves un enjambre humano, por las calles, en los bares, en las playas, haciendo senderismo. Da igual el lugar, que la mascarilla se ha unido a nosotros como un apéndice más. Y está bien.
Sólo de vez en cuando te encuentras por la calle algún despistado, un olvidadizo o un disidente que ha decidido no usarla por no creer en los beneficios que reporta. También sabe que se arriesga a una fuerte multa. Y es que hemos fiado gran parte de la lucha contra la COVID-19 a la mascarilla y en su poder aislante frente a los virus. Y debe ser así.
Es una oportunidad para alejar de nosotros gran parte de nuestros miedos y nuestros temores. Pero lo cierto es que el cumplimiento del mandato de nuestros gobernantes, con el asesoramiento de los técnicos, no nos ha impedido que seamos el país europeo en el que más casos se están produciendo. Todo lo contrario que otras naciones europeas, en las que el uso de la prenda es mucho más laxo y menos respetado. Suecia, por ejemplo, nunca ha llevado las prohibiciones al extremo. No se confinaron, no cerraron los bares, la gente siguió en los parques, los niños en las escuelas y no les ha ido mal. Siguen siendo un modelo de control de la pandemia, aunque a mediados de julio hubo una especie de repunte que nos llevó a pensar que iban a convertirse en uno más dentro de la manada de casos de dolor, sufrimiento, muerte y destrucción económica que nos asola a todos. Pero no ha sido así.
Aquí seguimos con la cara tapada, con el argumento sólido de que nos ayuda a la prevención. Pero también puede ser como dice el doctor Pedro Cavadas que “es más nocivo el resultado del mal manejo de las medidas para combatirlo que el virus en sí mismo, ya que es de baja mortalidad y que no ha sido el virus, sino la respuesta lo que ha provocado un empobrecimiento en España”.
Sea como fuere, seguimos asidos a la agarradera de la vacuna y al final del año como el momento en el que nos desprenderemos del famoso y triste complemento. Espero que pronto llegue el día que lo veamos como una reliquia del pasado.

Regreso de vacaciones, la crisis se agrava

Antonio Lao | 7 de septiembre de 2020 a las 17:27

Cuando marchas de vacaciones tienes la sensación de que alejas, aparcas por un tiempo los problemas y te zambulles en la burbuja de la felicidad. Es algo así como cuando visitas un parque temático y durante toda una jornada vas de una zona a otra, de atracción en atracción, de espectáculo en espectáculo y al acabar la jornada ya vives dentro de la ficción, que te ha enganchado de tal manera que eres incapaz, o no quieres, salir de ella. Entiendo, por tanto, al hidalgo caballero de la triste figura, Don Quijote de la Mancha, que llega a perder el juicio y el raciocinio de tanto leer libros de caballerías, tan habituales en su época.
Pero por más que pretendas alargar la burbuja, alejar de ti todo aquello que te recuerde a la normalidad, a la vida, lo cierto es que el tiempo de asueto pasa y la cruda realidad te da de bruces en septiembre, sin solución de continuidad. Se ha estrellado frente al moreno inmaculado y playero del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez; al del presidente de la Junta o del último alcalde de uno de los 103 pueblos de la provincia. La “nueva normalidad” llegó tan preñada de buenas voluntades, de normas que seguir para recuperar nuestra vida, que nosotros, incautos, nos las creímos desde la “a” hasta la “z”, necesitados como estábamos de dejar atrás los tiempo de alarma, los meses de encierro y los días de miedo y preocupación por los nuestros y nosotros mismos. Julio y agosto, en especial este últimos mes, nos hemos tomado todas y cada una de las peticiones que los servicios sanitarios nos hacían por el pito del sereno. Hemos salido como si no hubiera un mañana, sin pensar en que la virus seguía habitando entre nosotros. Y ahí tenemos las consecuencias.
Los rebrotes ya han quedado atrás para dar paso a un incremento de la transmisión más que preocupante. Un incremento que no se esperaba hasta el mes de octubre y que lo hemos dilapidado en poco menos de dos meses. Sólo un aspecto positivo, que tiene que ver con el número de fallecidos. Por fortuna los contagiados que acaban muriendo son muchos menos que en los meses del estado de alarma.
Por delante tenemos un otoño al que hay que temer. Inicio de las clases presenciales en los colegios y en la universidad; como en años anteriores colapso de las urgencias, si es que ya no lo están, con la llegada de los resfriados y la gripe. ¿Y qué hemos hecho durante este tiempo por evitar lo inevitable? Nada o casi nada. La COVID-19 ya forma parte de nuestras vidas. Hemos aprendido a convivir con la enfermedad y sólo rezamos para tratar de que no seamos uno de los afectados. Por lo demás,  normalizamos nuestra existencia, nos alejamos del dolor de aquellos que lo padecen y miramos para otro lado cuando a nuestro alrededor los contagios se multiplican como los panes y los peces, pero no para alimentar a los hambrientos, sino para sembrar muerte y destrucción.

Desubicados

Antonio Lao | 31 de agosto de 2020 a las 17:02

Con el fin del confinamiento parecía que todo volvía a la normalidad. Que el paréntesis de tres meses que el virus nos obligó a todos a hacer en nuestras vidas iba a ser eso, sólo un paréntesis. Pero no. Nada ha acabado. Además de los efectos psicológicos, que sin duda ha provocado en todos nosotros, lo cierto es que a medida que pasan los días tengo la sensación de que mis peores presagios se cumplen. Los brotes y rebrotes amenazan con devolvernos al estado de shock que la alarma provocó en nosotros en marzo.
Cuando todavía no hemos tenido  tiempo material para recuperar la normalidad, ‘nueva normalidad’ que hemos dado en llamar ahora, miras el mapa provincial, regional y nacional, y ya ni les digo el mundial, y todo tiende a oscurecerse en la misma media que el número de casos se multiplica. La cotidianidad, aquella que nos hemos dado y que no valorábamos por normal, a veces triste, en muchas ocasiones aburrida y sólo en contados casos electrizante, no quiere imponerse víctima de nuestros errores. Porque hasta que no haya una vacuna (los datos cada día son más esperanzadores) somos nosotros y sólo nosotros los que podemos luchar contra la COVID-19, instalado en nuestras vidas, pegado a nosotros como una garrapata a un perro, incapaz de desprenderse hasta que no ha hecho todo el daño que le ha sido posible.

Nuestra existencia se ha convertido en una contradicción tan brutal, en un verano tórrido y extraño, en el que la noria nos ha envuelto en su círculo del que somos incapaces de salir. Y es que si confinamos, no vivimos y si no lo hacemos, el riesgo de perecer víctimas del bicho se multiplica de forma exponencial. Lo mires por donde lo mires tenemos tantas papeletas para lograr el premio gordo de Tánatos que sólo con pensarlo te dan ganas de no jugar un solo boleto. Y no jugar es confinar, quedarte en casa, no trabajar y encerrarte en una burbuja impenetrable de la que tampoco, ya les aseguro, puedo confírmales que saldremos indemnes. Y es que ni el metro y medio, ni la mascarilla, ni los geles. Nada, absolutamente nada, nos garantiza que no habrá contagio. Porque usted cumple las normas, pero desconoce lo que hacen aquellos con los que trata a diario. Así que tratemos de ponernos en manos de la ciencia, valoremos su utilidad, y sonriamos cuando conocemos que cualquiera de las vacunas en fases de experimentación, Moderna, Oxford, la china y aquellas otras, doce en nuestro país,  que aún no están en fases avanzadas, sean capaces de sacarnos de este atolladero, de este sin vivir en el que estamos inmersos. Llegados hasta aquí sólo les recomiendo paciencia, un mar de prudencia y como los camaleones, seamos capaces de adaptarnos al mundo que nos llega, que ni de lejos se parece al que teníamos, pero al que debemos amar porque es el que nos ha tocado vivir.

Sociedad infantilizada

Antonio Lao | 31 de agosto de 2020 a las 12:18

El coronavirus toma estos días de nuevo la iniciativa en la provincia. Los rebrotes se suceden. Parece que se aplican las medidas adecuadas, pero lo cierto es que la sensación que se percibe desde fuera es que estamos a un paso de un nuevo confinamiento, aunque sea parcial y en zonas determinadas. Tengo la sensación, y ahí coincido con el escritor Antoni Puigverd que una “especie de destino catastrófico nos persigue y nos arrastra hasta el precipicio”.
La alegría que se percibió en las calles cuando superamos todas las fases y volvimos a lo que se llamó “nueva normalidad”, que por cierto ya no se ve por ninguna parte, nos ha llevado a dar lo peor de nosotros, con preocupantes muestras de inconsciencia y frivolidad que, lo mires por donde lo mires, no tiene ningún sentido ni razón de ser.
Las causas son variopintas: Llevábamos tanto tiempo confinados que la apertura ha sacado lo peor de nosotros mismos. Es como si se hubiera perdido el miedo al virus y la costumbre de vivir con él, de compartir la vida con el bicho, sea una realidad que nadie niega. ¡Que Dios nos coja confesados!. Puede que la cosa no tenga solución y este sea el camino que nos espera en los dos años, mínimo, que vamos a tener que convivir con la COVID-19.
La política populista de los líderes de países de nuestro entorno es posible que pueda alimentar la fortaleza de los ciudadanos que entienden que el goteo permanente de casos, de ingresados en los hospitales y fallecimientos sea un mal menor que hay que soportar.
Mis coincidencias con el escritor catalán llegan al extremo de compartir sus opiniones en torno a lo que él llama “una sociedad infantilizada, a la que se le ha negado la posibilidad de entender la distancia que va de desear una cosa a conseguirla, no se le puede pedir contención o conciencia de la gravedad de la pandemia”.
Y a la hora de buscar culpables, porque debe haberlos, se me haría harto complicado cargar las tintas sobre alguien en concreto. Lo cierto es que vivimos en un tiempo en el que aquello que pretendemos siempre está al alcance de la mano. El esfuerzo individual y colectivo hoy es una entelequia, una especie de utopía con más o menos seguimiento, que algunos se empeñan en pregonar, pero lo cierto es que la realidad es otra, muy distinta y en nada equiparable a esos objetivos que puede preconizar un país sano, una sociedad prudente y ciudadanos y ciudadanas convencidos de que el éxito común es el de cada uno.
Sea como fuere, tengo mis dudas de que la pandemia pueda corregir y modificar los hábitos de quienes no han sido capaces de desprenderse del infantilismo, para adentrarse en la responsabilidad, en el criterio, el bien común y las salidas conjuntas del atolladero, como el que nos encontramos en la actualidad.

El agua desalada y su precio

Antonio Lao | 31 de agosto de 2020 a las 11:55

El Pleno del 7 de julio aprobaba, parece que de forma definitiva, poner casi a pleno rendimiento la desaladora de la capital. Una planta, de enorme inversión, que lleva funcionando a ralentí demasiados años. El motivo no ha sido otro que el ‘miedo’ de las distintas corporaciones a afrontar la notable subida del recibo del agua que supondrá, hasta de un 20% en 2022.
Entiendo que el equipo de gobierno del Ayuntamiento de la capital ha sido valiente en sus planteamientos. Capaces, con la oposición del PSOE, Podemos y Ciudadanos, de avanzar en la senda ecológica y medioambiental sostenible que demanda la sociedad en la que vivimos. No podemos, seguir extrayendo agua de los pozos de Bernal y esquilmar cada día un poco más los acuíferos. Hemos de ser conscientes que cada año llueve menos en la provincia y las extracciones crecen y crecen. El resultado final, creo, que parece más que evidente.
De ahí que no comprenda a los que cada día tratan de darnos lecciones medioambientales. Apuntan al objetivo de acabar con el histórico déficit hídrico de la provincia y luego cuando se pone sobre la mesa la posibilidad de ahorrarnos extraer de ellos una cantidad importante de hectómetros cúbicos, su oposición es frontal.
Puedo entender que sea necesario buscar la fórmula que permita a aquellos que menos tienen encontrar o se busque algún tipo de bonificación. Es un planteamiento social que debe ser atendido por quienes rigen los destinos municipales. Pero no comparto, insisto, que los que han hecho de la bandera verde su razón de ser, se nieguen a reducir las extracciones de los acuíferos del Poniente, aunque el bolsillo de las familias de la ciudad deba ser tocado un poco más.
Es importante, además, que la capital, que acaba de superar los 200.000 habitantes, sea autónoma en lo que a abastecimiento de agua en los hogares se refiere. Con seguridad a ningún gobernante del Poniente se le ocurriría cortar el suministro de estos sondeos. Pero si gran parte de la comarca ya se abastece de la desaladora construida en Balanegra, en aras de conseguir la regeneración de los yacimientos subterráneos de agua, con su consiguiente coste, nadie en su sano juicio puede pretender que los vecinos de Almería mantengan las extracciones por un precio más bajo. Un recibo más asequible está muy bien, pero en la sociedad del primer tercio del siglo XXI que nos ha tocado vivir, se precisa caminar en soluciones medioambientales sostenibles y una de ellas es tratar de ahorrar agua de las entrañas de la tierra y obtenerla de la desalación. Para aquellos que busquen justificación en la contaminación por salmuera de este tipo de plantas, aclararles que la opción siempre es más válida que la de secar, en el término literal de la palabra, los ríos y bolsas de agua subterráneas.

Testar, seguir, aislar y cuarentena

Antonio Lao | 27 de julio de 2020 a las 17:15

CADA vez que Maria van Kerkhove, directora técnica de la OMS sobre Covid-19, dice “it’s not just the handwashing” (“no es sólo lavarse las manos”), los periodistas que siguen sus ruedas de prensa ya saben que  la frase siguiente dirá es “it’s the comprehensive approach” (“es la estrategia integral”). El texto, del periodista especializado enSalud de La Vanguardia Josep Corbella, define con claridad meridiana cuáles son los pasos a seguir para tratar de no contagiarse del virus.
La OMS lo ha dicho tantas veces que su director general, Tedros Adhanom, reconoció el 29 de junio que “puedo ser como un disco rayado diciendo exactamente la misma cosa, pero la misma cosa funciona: testar, seguir, aislar y poner en cuarentena a los casos. Esto lo deben hacer los gobiernos. En segundo lugar, la higiene de manos para cada persona; por supuesto, mascarillas; y el resto de cosas que se pueden hacer –la distancia social– a escala individual”.
Esta estrategia integral es la que está funcionando en Vietnam, Singapur, Corea del Sur, Nueva Zelanda, Islandia, Alemania, Uruguay… En todos los países que están conteniendo con éxito la epidemia. No hay ninguna otra manera de actuar contra el virus que haya sido eficaz.
Lo que ha fallado aquí, y me da mucho miedo, es la parte que, según Tedros, “deben hacer los gobiernos”: la detección precoz, el seguimiento de los contactos, el aislamiento de los casos positivos y la cuarentena de los posibles casos secundarios. Desde el 25 de marzo la OMS ha instado repetidamente a los países a poner a punto sus sistemas sanitarios para detectar y contener rebrotes. Y en España eso deja mucho que desear. Si bien es cierto que durante los meses de confinamiento se ha avanzado de forma notable en lo básico, lo cierto es que con la llegada del verano, y ahí está el sindicato SATSE para recordarnoslo, se vuelven a cerrar camas y no se ocupan las bajas de vacaciones, como si aquí un bicho llamado coronavirus ya pasase de nosotros, cuando la realidad es que a poco que nos descuidemos campa a sus anchas y tensa la cuerda hasta el límite de romperse. Y lo peor de todo es que aún hoy son muchos los ciudadanos que han creído que la veda se ha abierto para mucho tiempo y que los riesgos, si no han pasado, quedan minimizados. Falso. La realidad siempre supera nuestros deseos. A poco que no guardamos las distancias de seguridad, no usamos la mascarilla y nos lavamos menos las manos, la COVID-19 nos acecha y nos caza como si de una liebre se tratase, cogida por el lazo al salir de su cubil. De ahí la necesidad, perentoria, de testar, seguir y aislar y, si es necesario cuarentena, pero para ello son precisos todos los medios al alcance de quienes ejercen el gobierno. Si no es así esta batalla tiene un ganador y, por mal que nos pese, no van a ser los humanos. Dejaremos de ser los protagonistas.

Mascarilla, guantes, gel y nueva normalidad

Antonio Lao | 20 de julio de 2020 a las 18:27

La vida es una novela que ya sabemos como termina: al final el protagonista muere. Así, que lo más importante no es como acaba nuestra historia, sino cómo vamos a llenar nuestras páginas. Pues la vida, igual que una novela tiene que ser una aventura. Y las aventuras son las vacaciones de la vida. Es el final del último libro de Joël Dicker, “El Enigma de la habitación 622”. Sin develar nada de la historia, me ha parecido el mejor de los principios  para iniciar mi cita dominical con ustedes, en la que trataré de arrojar alguna luz, siempre sin base científica, sobre la “nueva normalidad” en la que ya nos movemos y  nuestro idilio, necesario, con la mascarilla, con los guantes de látex y con el gel hidro alcohólico. Un idilio que tiene toda la pinta, por nuestro bien, de permanecer y extenderse en el tiempo hasta que la vacuna nos libere de la COVID-19, el maldito bicho que nos acogota cada día, durante el confinamiento y después, sin que seamos capaces de ir más allá de cuidarnos, de atender a los demás y de tratar de  prolongar, como afirma Dicker, nuestra existencia finita lo más posible.
Los tres elementos que dan título a este artículo se me antojan esenciales para ir llenando nuestras páginas diarias, nuestro tránsito por la vida, sin más altibajos que los propios de la existencia. Alejémonos de las heroicidades y cumplamos, de forma estricta, los consejos que cada día tratan de inculcarnos para mantener la “nueva normalidad” más allá del confinamiento, con la posibilidad de salir con los amigos, acudir al trabajo o poder darnos un baño en el mar, en este tórrido verano, que nos mantiene en permanente tensión y que poco o nada se parece a aquellos de hace un año y que se nos antojan tan  lejanos en el tiempo.
La vida es una aventura. Una aventura que nosotros escribimos cada día, a la que no dábamos importancia por normal, por cotidiana, por común incluso, y que ahora sujetos de pies y manos por los grilletes y las esposas del coronavirus amenaza con estallar, haciendo añicos todo cuanto ocurre a nuestros alrededor, en nuestro entorno, sin que podamos hacer mucho por evitarlo. Pero está en nuestra mano cumplir con los detalles de la mascarilla, del gel o de los guantes y un esfuerzo por mantener la distancia para convertir esta pesadilla en una aventura propia del mejor Indiana Jones y salir victoriosos de una guerra que no vemos, pero que acecha ahí, en cada gotita de saliva, respiración entrecortada o sudación, para convertir la mejor de las  peripecias en una pesadilla sin final, en la que los protagonistas seamos nosotros, con una pléyade de actores secundarios contagiados que al final, más pronto que tarde, se convierten en protagonistas no deseados de un thriller de terror. Mantengamos la aventura viva, que como bien dice Jöel Dicker, son las vacaciones de la vida.

Los rebrotes

Antonio Lao | 13 de julio de 2020 a las 18:32

Los rebrotes por la COVID-19 se han convertido en el coco de la nueva normalidad. El miedo a volver al pasado se ha incrustado en nuestro ADN y no hay forma de sacarlo. Claro que siempre los hay valientes, insensatos y escasamente precavidos. Mientras que la gran mayoría cumplimos normas y nos alejamos del riesgo, entendiendo que la vida nos puede ir en ello, y nos va, los hay que han asimilado el regreso a la normalidad como un ‘despiporre’, en el que todo vale, para tratar de recuperar lo perdido en tiempos de confinamiento.
No crean que se toman todas las precauciones, ni se cumplen las normas. Si bien es cierto que, por ejemplo, cuando acudes a un bar a tapear te encuentras las mesas separadas. Pero en esto que te llega el camarero con la mascarilla, poco menos que en el cuello, haciendo de fular y respirándote en el cogote.
Bayeta en mano y en la otra una especie de líquido amarillo, se supone que para desinfectar. Y lo hace. Trata de espolvorearlo un poco, pero apenas caen unas gotas. Es el momento de la aljofifa, que la observes como la observes parece que de tantas bacterias como acumula va a echar a andar de un momento a otro. Comienza la tarea, limpia la mesa, retira la consumición anterior y con las mismas inicia el trabajo en las sillas. Y es entonces cuando el cuerpo se te revuelve, comienzas a regurgitar y tratas de serenarte para evitar el vómito. Miras a tus acompañantes y dudas si sentarte y que Dios reparta suerte o sales huyendo despavorido para que no te alcance ni uno solo de los virus y bacterias que haya por allí. Decides quedarte. Todo sea por echar un rato con los amigos, que hace mucho que no has visto. Claro está que la consumición no permites que la vacíen en ninguno de los vasos y sólo te falta desinfectar con gel hasta el cuello de la botella. De las  tapas ni les hablo. Saben bien, llegan bien presentadas porque has visto que las cocinan separados de la barra por un cristal. Aún así no las tienes todas consigo. Pagas  con tarjeta y sin rozar la máquina y sales casi corriendo a tu casa, a tu cabaña, a ese remanso de paz y seguridad que te ofrece el hogar.
Miedo a los rebrotes existe, algunos lo pregonan y aplican todos los protocolos de seguridad y otros añadidos que se inventan para alejar un posible contagio, pero la realidad es que la “nueva normalidad” es la normalidad de siempre, los mismos bares y restaurantes de siempre, las fiestas de siempre, los besos y los abrazos de siempre. Y es que la mayoría ha perdido el miedo al contagio. Ya no es una prioridad.  Ha pasado a un segundo plano. Creemos que no va a volver a golpear y buscamos argumentos, todos los habidos y por haber, para convencernos de que si no somos inmunes poco nos falta. Y mientras cada día aparecen nuevos casos y el riesgo de confinamiento se acerca de forma real y peligrosa. Tengan cuidado.

Un hotel en Los Genoveses

Antonio Lao | 6 de julio de 2020 a las 11:38

Miles de firmas y, con seguridad, pueden llegar a ser cientos de miles, muestran su rechazo a la construcción de un hotel de cuatro estrellas en el entorno de la playa de Los Genoveses, en el corazón mismo del Parque Natural de Cabo de Gata. No voy a ser yo, no lo esperen, quien busque argumentos para justificar lo que parece ser un despropósito. Y más después de la vuelta de tuerca verde que se impone en la vieja Europa tras la pandemia de coronavirus. Si no respetamos aquellos parajes de los que aún hoy disfrutamos, alejados de la intervención de la mano del hombre estamos abocados a la destrucción de la especie y a nuestro fracaso como humanos racionales.
Dicho esto, si querría insistir en algunos aspectos menos ecologistas y que sin duda me granjearán la enemistad de la ‘casta’ verde instalada. Comprendo la actitud de la alcaldesa del municipio, quien desde el primer momento dejó claro que si cumple con la legalidad establecida, no era necesario argumentar en otro sentido. Y es que en todo esto el gran perjudicado es el término municipal de Níjar.
Cuando se declaró el espacio Parque Natural, el entonces alcalde, Joaquín García Fernández, se lamentaba de los escasos recursos que recibiría el municipio y de los grandes esfuerzos que habrían de realizar para que la zona se convirtiera en lo que hoy es, un espacio protegido, admirado y reconocido a nivel internacional.
El bueno de Joaquín no entendía que el valor añadido turístico de la provincia se quedase en municipios turísticos y hoteleros como Roquetas, Mojácar o la propia capital y que su término municipal fuese tan sólo el escenario del idilio de la tierra, el desierto, el hombre y el mar. Debe ser muy duro ver como los ingresos pasan y desarrollan el pueblo del al lado, o al vecino y tú, actor protagonista, sólo te resta mirar y si te ‘obligan’ aplaudir.
Quizá haya llegado el momento de insistir en la necesidad de conservar, de mantener intacto el espacio, pero compensando a aquellos que aportan el valor añadido y no reciben si un solo céntimo por ello.
Y luego, claro está, nos encontramos con los talibanes de uno y otro lado. Talibanes al fin y al cabo, capaces de denunciar el atropello, como si lo hubieran hecho los políticos, cuando la realidad es que son los técnicos los que deciden aplicando las leyes de las que nos hemos dotado. Y les aseguro que aquellos que ahora han dado el visto bueno a la rehabilitación del cortijo son los mismos, o casi, que a lo largo de los últimos años han ido dando pasos en esa senda y que ya estaban trabajando con el anterior gobierno. Pero a la hora de buscar culpables o rédito político ya saben que a eso no nos gana nadie. A primera fila y a ver quien grita más alto para tratar de hacer ruido mediático, no porque nos importe el espacio natural, que sí, sino porque destruyes al enemigo.

Carlos Ruiz Zafón

Antonio Lao | 29 de junio de 2020 a las 17:23

Tristeza. Dolor. Rabia. Pesar. Carlos Ruiz Zafón nos dejaba la semana pasada y con él se iba un fragmento de literatura, una porción de libro olvidado en un anaquel. Un instante mágico de la literatura española actual que todos absorbimos con deleite cuando nos sumergimos en la saga de La Sombra del Viento. Zafón se ha ido a su mítico Cementerio de los Libros Olvidados, aunque su obra permanecerá entre nosotros. Sus lectores se cuentan por millones.
“Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él”, señala uno de los personajes literarios creados por Zafón, el señor Sempere, a su hijo Daniel mientras le descubre el secreto del Cementerio de los Libros Olvidados.
La Sombra del Viento ambientada en la Barcelona gótica y en un imaginario Cementerio de los Libros Olvidados, me devolvió el amor por la lectura. Esa sensación que rara vez aparece cuando tienes un libro en la mano, que no puedes dejar de leer, pero tampoco quieres que se acabe y lo pospones lo que puedes. Le siguieron El juego del ángel (2008) y El prisionero del cielo (2011). En 2016 publica El laberinto de los espíritus, la cuarta y última entrega de la saga iniciada con La Sombra del Viento.
La lectura de la obra de Ruiz Zafón me permitió soñar con una Barcelona que desconocía, una Barcelona que a raíz de este trabajo inició rutas guiadas por lugares para muchos desconocidos y que luego Ildefonso Falcones continuó con La Catedral del Mar. La Sombra del Viento abrió en mí el deseo irrefrenable por ver los escenarios reflejados en la novela desde otro punto de vista. Un fórmula excepcional que me ha permitido después recorrer Vitoria de la mano de Eva García Sáinz de Urturi y su trilogía de La Ciudad Blanca o Dolores Redondo con la del Batzan, o Ken Follet y la suya del siglo XX. Llegas a Berlín y percibes el miedo, la desesperación, la angustia de los judíos y la esperanza del fin de la Segunda Guerra Mundial y lo sueñas en un barrio como Mitte. Y qué decir de Dan Brown y el Código Da Vinci y París o Inferno, una más de la saga de Robert Langdon y Florencia. Todas y cada una de las ciudades tiene su Cementerio de Libros Olvidados. Toda y cada una tiene el sello inconfundible de Carlos Ruiz Zafón. El autor que me hizo ver las novelas desde otro punto de vista. Ese que te traslada desde el sillón de tu casa a un mundo desconocido y por descubrir más allá de la normalidad. Hoy, casi veinte años después de La Sombra del Viento y del veneno que logró inocular en mí sigo releyendo algunos pasajes de vez en cuando y conservando algunas palabras  como “Luz de Cobre”, título de esta columna semanal y de mi blog. Porque esa luz se ha apagado, pero como un farol Daniel Sempere siempre la mantendrá incandescente.