Morir en el centro de salud

Antonio Lao | 13 de enero de 2020 a las 12:58

EL viernes 27 de diciembre  fallecía en el Centro de Salud de Olula del Río un hombre de 76 años, al que llegó en estado de “inconsciencia” y con dificultades para respirar acompañado de su hijo, después de haber esperado unos veinte minutos a ser atendido por un médico. La tardanza en auscultarlo no tuvo nada que ver con una negligencia, ni mucho menos. Simplemente en el centro sanitario en ese momento no había ningún facultativo, al estar atendiendo a otro paciente en uno de los pueblos de la comarca. La familia, como no podía ser de otra manera, presentó la correspondiente reclamación ante el Servicio Andaluz de Salud. La administración autónoma, como corresponde en estos casos, lamentó el suceso y anunció la apertura de una investigación para conocer lo ocurrido.
Ansiosos estamos por conocer los resultados, que esperemos no se demoren mucho tiempo en hacerlos públicos. Pero por lo que vienen denunciado los sindicatos, los propios facultativos y trabajadores de la salud, todo tiene su origen en la falta de personal. Es verdad, que para que una situación como la ocurrida en el Centro de Salud de Olula del Río se produzca tienen que unirse y conjurarse todos los elementos negativos posibles, para hacer coincidir la salida del único médico a otra la localidad con la llegada de un paciente de extrema gravedad.
Lo acontecido en la localidad del mármol igual podría haber tenido lugar en cualquiera de los otros centros sanitarios repartidos por las comarcas almerienses y que, a poco que nos demos una vuelta, hacen una extraordinaria labor, digna de encomio y aplauso. Pero, lamentablemente, lo que no pueden es multiplicarse, como los panes y los peces, para atender los casos que se suceden cada minuto. Si a eso le sumas una población envejecida y período de alta frecuentación, el cóctel que nos encontramos es explosivo.
Un médico de uno de estos centros me confesaba hace unos días la impotencia que sentían ante la acuciante falta de personal, no ya sólo de facultativos y enfermeros, sino de otros trabajadores como celadores, o conductores de ambulancia. Era tal su desesperación, que aseguraba que le habían mandado un celador sustituto para la Navidad que era la primera vez que era contratado y no sabía ni encender el ordenador y, ni mucho menos, conocer el programa informático de trabajo. “Lo cierto -se lamentaba- es que a veces nos dan más tareas de los que tenemos”.
Esta es la situación. Un problema que viene de largo, en el que las carencias se acumulan, las contrariedades se tratan de subsanar en la medida de lo posible, las plantillas no se aumentan todo lo necesario y, en medio, nos encontramos con una desgraciada muerte que ha venido a emborronar un trabajo impecable, en situaciones laborales donde las condiciones no siempre son las óptimas.

Colapso en urgencias

Antonio Lao | 23 de diciembre de 2019 a las 13:16

La salud, como bien más preciado, está siempre en el ojo del huracán. Las cosas se pueden hacer razonablemente bien y, a pesar del esfuerzo y el trabajo, siempre habrá alguien descontento, molesto, maltratado o atendido de forma deficiente. Sirva esta introducción para situar las denuncias sindicales y de particulares en la última semana sobre el servicio que prestan las urgencias de nuestros hospitales. Las imágenes que todos hemos visto parece que no dejan lugar a dudas de que las cosas se pueden hacer mejor, y con seguridad que puede ser así. Sin embargo, no creo necesario mancillar el trabajo de los trabajadores sanitarios y, ni mucho menos, el de los gestores de la sanidad pública.
He vivido, posiblemente en más ocasiones de las que hubiera creído necesarias, la vida en las urgencias de un hospital. Y les puedo asegurar que el trabajo, el trato, el cariño y el esfuerzo de todos los que allí trabajan es posible que no se pueda pagar con otra cosa que no sea el reconocimiento, la dignificación y el emponderamiento de la prestación de un servicio vital para la vida. No olvidemos que estamos a las puertas del invierno, una época en la que el número de enfermos se dispara, aunque bien es verdad que la mayoría no requiere hospitalización. Si es cierto, que cuando percibimos cualquier patología lo más socorrido y rápido es una visita a urgencias. Y llega el colapso. Un colapso que si lo miramos desde el punto de vista sindical, empeñados en más y mejores contratos siempre será extremo. Un colapso, que si lo observamos desde aquellos que gestionan los servicios, se reduce prácticamente a la nada y no va más allá de lo habitual en estas épocas.
Sea como fuere y entendiendo que en el término medio está la virtud, lo cierto es que no debemos rasgarnos las vestiduras más allá de los necesario; no pretendemos llevar la reivindicación al paroxismo y tampoco, claro está, hagamos un seguidismo de las bondades del servicio que se presta como si no fuera, que lo es, supuestamente mejorable.
Unas urgencias que se precien debe ser un servicio dinámico, activo, en ocasiones caótico, pero siempre bajo el hilo conductor de la coherencia, la gestión y el buen hacer. Y en eso, con seguridad, están los responsables sanitarios del hospital Torrecárdenas de Almería. Y la prueba más evidente de que es así llega días después de la denuncia con la vuelta a la normalidad de un servicio complejo e imprevisible, en el que te puedes pasar horas en una cotidianidad rayando el aburrimiento como zambullirte en un frenesí diabólico, en el que por momentos puedes tener la sensación de que el control se te escapa de las manos. Demos pues un voto de confianza, como siempre hemos hecho a los profesionales y a aquellos que los dirigen recomendarles prudencia, paciencia, aguante y pelear por la constante mejora.

Donde vive el olvido

Antonio Lao | 16 de diciembre de 2019 a las 13:58

Impactante y triste imagen. El domingo recorrí uno de los pueblos de la provincia en los que el olvido se ha instalado de forma definitiva. Uno de esos pueblos de la Almería vacía que todos queremos habitar, pero en el que la realidad se impone a los sueños. El silencio se ha alojado, y de que modo, en las calles y plazas, en las casas y en los patios, en la vega y en el campo, en el lavadero municipal y en la torre de la iglesia, en el bar cerrado a cal y canto y en la tienda de comestibles que un día fue y hoy solo alberga una puerta tapiada, unos muros que se caen y un tejado con serio riesgo de derrumbe. En una decena de estos pueblos -no viene al caso el nombre- el cartero ya no llama dos veces incumpliendo la ley y hasta puede que lo entienda. Cuando casi no hay habitantes, las dificultades son extremas para empresas, que aunque sean públicas o semi públicas, los costes se disparan por trabajos de este tipo. Al final es la pescadilla que se muerde la cola. Y en esas estamos, intentando mantener viva la llama de la historia, la llama de un pasado, la llama de miles de vidas que pisaron calles con tradición. Pero la realidad es tozuda, implacable. La condena está ahí, por más que nos empeñemos en evitarla, en prolongar una agonía que nos deja exhaustos a todos.  Pocas cosas son más tristes que acercarte a tu pueblo y percibir que está muerto o casi. Que allí donde jugaste de niño crecen las malas hierbas y el abandono. Que allí donde la infancia forjó un hombre o una mujer sólo queda el recuerdo vago, el recuerdo lejano de aquellos que moldearon una tierra para la eternidad y que al final se ha convertido en yerma y finita.
Ayudas a los autónomos, cajeros para hacer la vida más fácil a quienes quedan, acceso a internet, la búsqueda de niños para que el colegio no cierre, inmigrantes para cultivar las tierras que poco producen, la sequía que lo inunda todo. Costes expansivos e ingresos mínimos para una Almería de interior que grita, ya ronca y sin voz, por permanecer, por quedarse, por no viajar al mundo de la nada, al mundo del olvido, al mundo del silencio. A un mundo de desconchones, de casas abandonadas, de oficios que pasaron.
Y duele. Duele por las almas que transitaron parajes míticos, calles empedradas, y casas encaladas que no eran la Gran Vía, ni los Campos Elíseos, ni Under Linden, ni Time Square, pero eran nuestras calles, nuestra gente, nuestras familias y vecinos. Tiempos de barullo, de trabajo, de recolección. Tiempos de asueto, de noches en la chimenea mirando las llamas, de veranos al fresco buscando estrellas. Y ahora los tiempos son de silencio, de un silencio ensordecedor, en el que la mente divaga por el pasado. Y, curiosidades del destino, a poco que juegues te trasladas a las épocas en los que la vida se abría paso frente a las dificultades, a pesar del olvido, del silencio y el abandono.

María Zamora

Antonio Lao | 10 de diciembre de 2019 a las 14:25

VELLSAM, la firma especializada en soluciones biotecnológicas para el agro, ha cumplido 20 años. Veinte años en los que la empresa familiar, liderada por María Zamora, ha sabido abrirse un hueco en un difícil y complejo mercado a base de trabajo, visión empresarial, investigación y desarrollo y capacidad de gestión. Pero si hay un adjetivo para definir la labor desarrollada a lo largo de este tiempo por su consejera delegada es el coraje. El coraje de una mujer con capacidad empresarial infinita, con una visión del mundo de la industria sólo reservada para unos pocos privilegiados y con una capacidad de hacer piña en torno a una idea, más allá del concepto común y tradicional del empresario, para buscar la meta arropada por quienes comparten proyecto, sueños y liderazgo empresarial.


Conocí a María Zamora cuando trató de abrirse hueco en el mundo de la política. Un hueco que estaba reservado para ella, cuando la mujer en ese mundo era una ‘rara avis’. Hizo lo que pudo, puso todo el empeño, arriesgó incluso más de lo necesario para tratar de trabajar por mejorar la provincia y la ciudad en la que vivía. No se lo pusieron nunca fácil. Al contrario, las zancadillas y los cuchillos en el seno del partido por el que se presentaba -su nombre no viene al caso- eran la moneda con la que se hacía la política de entonces. Con seguridad ni mejor ni peor a la actual, pero en la que no tenían cabida aquellos y aquellas que llegaban a ese mundo a servir y no a hacer carrera. La desintegración del partido del que formaba parte y la desconfianza y la desilusión provocada por la realidad en la que se movía hizo el resto y la llevó a dejarlo. Posiblemente una de las mejores decisiones de su vida.


A partir de aquí comienza la vida empresarial de una licenciada en Magisterio que tenía claro lo que quería hacer, cómo hacerlo, el camino para alcanzar la meta y  el tiempo necesario para llevarlo a cabo. Quizá algo parecido a lo que hace un escritor cuando escribe una novela. Conoce el principio y el final. Y a partir de aquí desarrolla la trama que culminará después de muchas vicisitudes con el libro concluido.
Y en ello está María Zamora y Vellsam. En sus primeros veinte años de vida, con presencia en 36 países, con un mercado interior creciendo, con la mirada puesta en Arabia Saudita y en ampliar mercado en Latinoamérica. Pero los pies siguen anclados en el suelo, atornillados a la realidad de una mujer con las ideas claras, acompañada por un equipo de personas coherente e implicada en el proyecto, y secundada por acciones y secuencias más que meditadas. Y a pesar del éxito empresarial indudable, María sigue pegada a su tierra, a su familia, a sus amigos de toda a la vida, a sus hobbies de siempre. Y todavía hoy, transcurrido este tiempo, sigue soñando con una empresa más grande, más líder, con más empleos y en su provincia. ¿Quién da más

El vertedero y el soterramiento de El Puche

Antonio Lao | 2 de diciembre de 2019 a las 19:09

CIEN mil metros cúbicos de vertidos tienen la culpa. Una cantidad de basura ingente que nuestros sesudos responsables administrativos no tuvieron en cuenta a la hora de adjudicar las obras del soterramiento del paso a nivel de El Puche. Y claro, este simple detalle, (ironía), a los usuarios del ferrocarril nos lleva a prolongar durante casi otro año el tiempo necesario para culminar la obra y ese mismo espacio de tiempo para seguir cogiendo el autobús hasta Huércal para luego subir al Talgo de Madrid, al media distancia con Granada y al convoy que nos une con Sevilla. Tengo la sensación, acusada en muchas ocasiones, de que la compañía trata de echar a los viajeros de la ruta. Y no me extraña, porque hay que tener mucha paciencia, mucha sangre fría y un amor casi platónico por el tren para optar por este medio de transporte. A pesar de la metedura de pata, conscientes o no, aquí a nadie se le ha ocurrido pedir disculpas, ni tratar de arreglar el desaguisado. Se reúne la Comisión Técnica de la Sociedad Almería Alta Velocidad y con toda la cara, sin sonrojarse lo más mínimo, los responsables dan cuenta de los millones de kilos de escombros encontrados, ¡que se sabía estaban allí!, y las dificultades que esto conlleva para continuar las obras sin los modificados correspondientes. Modificados que contemplan, como no podía ser de otra manera, un incremento de la factura que pagamos todos y el malestar de los viajeros que durante no sabemos cuantos meses más van a tener que sufrir el transbordo en autobús desde la capital hasta Huércal de Almería y viceversa.
Con ser preocupante la situación, mostrando el poco o nulo interés que tienen las administraciones que realizan los trabajos por los afectados, se avanza un poco más en el desastre cuando se adjudica una obra  sin conocer con exactitud el tipo de terreno en el que se va a desarrollar y, ni mucho menos, el tiempo aproximado que los trabajadores van a estar en el tajo. Un desastre anunciado y esperado, del que al final sólo quedará la justificación de aquellos que se adjudicaron la obra, las críticas de la oposición por la metedura de pata y poco más.
Para evitar, en la medida de lo posible situaciones e imprevistos como el que nos ocupa, se deben prever multas tanto para aquellos que hablan de un plazo y luego no lo cumplen, claro está con un margen razonable, y también para la administración que no es consciente del daño que provoca en la sociedad. Falta de credibilidad y república bananera pueden ser, sin exagerar, algunos de los calificativos que aquellos que padecemos cada día este tipo de incoherencias. Pero sabiendo que las obras del AVE se adjudicaron hace casi un año, los trabajos no comienzan, y nadie pone el grito en el cielo, pienso que sobra cualquier comentario más allá de la incredulidad y el bananeo.

 

El reparto de la miseria en el agro

Antonio Lao | 25 de noviembre de 2019 a las 14:11

Comenzar felicitando a los agricultores por el éxito de la manifestación del martes en la ciudad. Una concentración que reunió a más de quince mil personas en defensa de unos precios justos para los cultivadores. Hasta aquí nada que objetar. Un empujón, sin duda. Una muestra de unidad por unos intereses comunes y por unos problemas compartidos y de urgente resolución.
Pero lo que debía ser una defensa cerrada, una unión sin fisuras, acabó convirtiéndose en una lucha de egos, en una batalla de siglas, en tensiones innecesarias y en abucheos incontrolados. Argumentos y munición, todos ellos, que un sector con tantas necesidades, en franco retroceso y con serios problemas en los márgenes de beneficios, no se puede permitir.
Volvamos al inicio. Las altas temperaturas de septiembre y octubre en la provincia disparó la producción a niveles no deseados. Si a esto le unimos que tampoco hacía frío en Europa y una planificación de los cultivos escasa, tenemos todos los argumentos para que las comercializadoras tiren a la baja en sus compras. Con el problema encima, como una espada de Damocles sobre las cabezas de los agricultores, un grupo de ellos, independientes, fue capaz de trabajar conciencias y mover voluntades. Le habían ganado por la mano a las habituales asociaciones -huelga nombrarlas- que adocenadas y repanchigadas en sus mundos levantaron las orejas alertadas ante el éxito de un grupo de agricultores que habían osado trabajar al margen de sus redes. A partir de aquí convocatoria de huelga y manifestación en el campo. Una convocatoria necesaria para remover conciencias, alertar de los peligros que se ciernen y, sobre todo, mostrar a Europa la necesidad de cambiar las reglas de juego para un sector que tiene por delante, posiblemente, la mayor de las reconversiones que ha vivido la agricultura de la provincia si quiere sobrevivir en un mundo global. El éxito de la convocatoria fue rotundo, pero los males persisten el primer y el segundo día y en los siguientes. No se trata de hacerse oír y volver a los cuarteles de invierno, de volver a los invernaderos y a seguir cultivando y vendiendo. Hay que avanzar en otras soluciones, que pasan por la implicación de todos los que son eslabones de esta cadena maravillosa que es la agricultura de Almería, capaz de generar miles de empleos y miles de millones en facturación e ingresos.
Y ahí, por más que nos pese, todavía estamos en pañales. Anclados en salvar cada campaña con más o menos ganancias, sin planificar un futuro en el que todas partes de la cadena sean capaces de unirse en la búsqueda de soluciones satisfactorias para todos. Y para ello, por más que nos empeñemos, la solución no es vetar, abuchear o criticar al de al lado. Hay que darle la mano y caminar unidos. Esa debe ser nuestra fuerza.

Encrucijada política

Antonio Lao | 18 de noviembre de 2019 a las 13:50

La gobernabilidad del país es hoy más difícil que antes de las elecciones del domingo pese al preacuerdo PSOE-UP. Los comicios,  lejos de despejar el camino lo han complicado, si cabe, un poco más. Instalados en el cortoplacismo y el tacticismo más obsoleto y trasnochado, los grandes partidos no ven más allá de pasado mañana. No son capaces, espero que lleguemos a tiempo, de visualizar una España en la que quepamos todos, sin estridencias, a la vez que aparquemos a un lado las diferencias para centrarnos en aquello que nos une. Todos los caminos que conduzcan a salidas de tono, estridencias, desacuerdos o luchas por el poder, serán vistos por nuestros enemigos como signos de debilidad. No están los tiempos para mostrar carencias y, ni mucho menos, apostarse en individualismos viejunos, cuando lo que se vislumbra son sociedades abiertas, prácticas y capaces de avanzar en la línea ascendente que los ciudadanos demandamos.
Las amenazas que penden son tan alarmantes y latentes que no logro entender como aquellos que realmente tienen la capacidad de revertir las cosas, se alejan de los estados de lucidez necesarios para afrontar de forma directa, sin ambages y tapujos, las soluciones que la sociedad demanda. Instalados en el yoismo y a la espera de que el adversario mueva ficha, el país lleva tres años encapsulado, con rupturas para respirar, que sólo la fortaleza de una sociedad acostumbrada a vivir sin paracaídas te permite en momentos puntuales. Y es que a pesar de tanta traba y de un espectáculo esperpéntico, que en los libros de historia se estudiará como una de las etapas más lúgubres de la política española, los que jugamos el partido continuamos haciendo crecer al país a un ritmo sostenido superior al 2%, mejorando la imagen de la marca país y situándonos como uno de los referentes internacionales en esperanza de vida, sanidad pública o receptores de turismo, por poner algún ejemplo. Quizá, y atendiendo a esa orfandad instalada e incrustada en todos y cada uno de los poros de nuestra piel de país, hemos sido capaces de aprender a vivir en solitario, atendiendo tan sólo los murmullos o los latidos de nuestros corazones.
Y eso, que en un principio puede considerarse como sinónimo de independencia y libertad, a la larga genera sentimientos de despego y desprotección y acaba por generar depresión. Depresión de sentimiento de país, depresión por echar de menos interés por lo que haces y nostalgia de aquellos tiempos, pasados que creemos de forma errónea que fueron mejores sin ser ciertos, pero que afloran una y otra vez como la lava ardiente de un volcán, arrasando todo cuanto encuentra en su camino. Basta de soldadas huérfanas. Abramos la autopista de la lógica, de la necesidad y del compromiso para alcanzar la meta que añoramos y que está ahí. Sólo hace falta creer en que es posible.

Hay que ir a votar… otra vez

Antonio Lao | 10 de noviembre de 2019 a las 21:20

Los españoles estamos convocados hoy, siete meses después, a las urnas  de nuevo para elegir quienes nos representarán en el Congreso y nos gobernarán los próximos cuatro años. Nada que objetar a lo que supone el ejercicio cumbre de la democracia. Pero claro, es que son las cuartas en un solo año y los ciudadanos si no están cansados, si tienen cierto hartazgo de la incapacidad manifiesta de todos ellos en buscar los acuerdos que nos permitan salir del bucle en el que permanecemos inmersos desde abril.
Es de suponer, aunque es mucho entenderlo como tal, que esta vez los intereses partidistas se aparcarán a un lado y por el bien del país y las instituciones el desbloqueo será un hecho. No las tengo todas conmigo si me ciño a lo escuchado estos días de campaña. Los mensajes de casi todos no invitan al optimismo, aunque una cosa es la campaña y otra la realidad que se van a encontrar los partidos en la media noche de hoy.
Poco o muy poco van a variar los resultados de abril, si nos atenemos a bloques, aunque si buceamos en las encuestas la noche será excelsa para algunos, agridulce para otros y amarga para quienes son vistos por los votantes como “culpables” del desaguisado en el que nos hallamos inmersos.
En Almería la campaña ha sido extraña. En juego seis diputados, de los que cuatro parecen asegurados para los partidos de siempre, PP y PSOE y los dos restantes va a depender mucho de los indecisos. Vox no debe tener problemas en mantener el suyo y Cs lo tiene más complicado. Los caprichos de la Ley D’Hont  permiten que un solo voto permita que uno de los partidos tradicionales se encuentre con tres diputados, veremos quien, o que los de Rivera coticen al alza manteniendo a José Manuel Villegas en su escaño de la Carrera de San Jerónimo.
Escuchándolos estos días, inasequibles al desaliento, me queda un poso envejecido por la escasez de propuestas nuevas con las que alimentar a los votantes. AVE, agua, agricultura y despoblación se vuelven a configurar como ingredientes base con los que cocinar la pócima mágica con la que atraer a los votantes . Y mucho me temo, que el “huele que alimenta” de otras ocasiones se ha quedado en una mala cocción y un sabor alejado de la exquisitez que todos buscamos cuando nos llevamos la cuchara a la boca. Es posible que el cansancio por comer todos los días lo mismo haya hecho mella en los paladares de los votantes y nos encontremos con una notable bajada de participación.
Elemento no recomendable en ningún caso. Acudir a las urnas es el mejor de los argumentos para poder manipular los alimentos, cambiarlos en caso necesario y lo que pudo iniciarse como un cocido acabe siendo un potaje de berza y, si me apuran, hasta unos gurullos.

Guerras del agua, caminos sin retorno

Antonio Lao | 4 de noviembre de 2019 a las 13:10

No sé de qué nos sorprendemos. Que a estas alturas del partido pongamos el grito en el cielo porque aquellos a los que les tocan sus recursos hídricos monten en cólera es habitual, lamentablemente, en una tierra en la que el agua propia no se toca. Eso sí, la de otros, a ser posible mucha y buena, no debe dejar de manar jamás y a un precio barato.
La solidaridad cuando de líquido elemento hablamos, ya sea para abastecimiento o para riego, es un nombre que no está en boca de nadie. Hasta ahora nunca he conocido el caso de que los propietarios de un sondeo, una fuente, un trasvase o un río, por poner algunos ejemplos, los hayan puesto al servicio de la mayoría, como entiendo debe acontecer. Al contrario, las guerras o cismas del agua llegan sin previo aviso. Se sabe como empiezan, pero las consecuencias son imprevisibles. Y es que ser solidario no va con los humanos, avaros y acaparadores cuando de agua se trata. Y el agua, no lo olvidemos, es supervivencia. Y es aquí donde nuestro más primario instinto sale con toda su fuerza. Y como la lava de un volcán se expande quemando todo lo que encuentra a su paso, sin importar qué, quién o quienes son los damnificados.

La polémica de la semana tiene mucho que ver con la sequía. El trasvase del Negratín al Almanzora, cortado por la escasez de precipitaciones en zona alta del Guadalquivir, ha despertado al monstruo del egoísmo, al caballo de la insolidaridad, al animal de la avaricia. ¿Se imaginan que aquellos que nos quitan la sed del Guadalquivir y del Tajo tuvieran la misma actitud que mantenemos con los pozos de emergencia? Mucho me temo que les estamos dando argumentos sólidos para impedir trasvases en el futuro cuando de verdad lo necesitemos. No ha sido una buena idea.
Dicho esto, quiero dejar claro que soy contrario a cualquier esquilmamiento de acuíferos. No podemos permitirnos acabar con los recursos legados por nuestros antepasados en pro de no se que industria agroalimentaria, para beneficio de unos pocos y escasa generación de puestos de trabajo. La sostenibilidad de los recursos debe ser el argumento que debe guiar cualquier actuación, no ya en la zona alta del Almanzora, en cualquiera de nuestras cuencas sobreexplotadas por los excesos reiterados en los últimos lustros, unos propios del desconocimiento y otros, llegados por cultivos que nada o muy poco tienen que ver con la industria agrícola que sustenta nuestro desarrollo.
Meditemos, aunque sea un minuto, en las consecuencias de nuestros actos cuando de agua hablamos. El devenir futuro traerá resultados y acciones que hasta ahora no se han producido, pero que irán por el camino sin retorno propio de una sociedad que mira en exceso hacia adentro y piensa poco en los demás.

Los gobiernos y Almería, sin rubor

Antonio Lao | 28 de octubre de 2019 a las 12:12

El  anuncio del candidato al Senado del Partido Socialista, Fernando Martínez, en el que confirma que las obras del soterramiento del paso a nivel de El Puche están paralizadas es, probablemente, el ejercicio de mayor desahogo político que un Gobierno ha tenido con Almería en los últimos años. Y miren que van muchos, excesivos diría yo. Aquellos que nos gobiernan ya no se molestan en ser ellos los que indiquen los problemas que han llevado a tal desaguisado -para eso creo que está el subdelegado del Gobierno- y dejan el asunto en manos de un candidato al senado, que en estos momentos no deja de ser eso, un candidato. Con el AVE pasa tres cuartos de lo mismo. Casi un año llevamos con las obras de algunos tramos adjudicadas y desconozco si ustedes, que tienen la paciencia de leer esta columna las han visto por alguna parte, porque lo que es yo, quien escribe, por más que me froto los ojos no las encuentro. Ya ni la presión popular de los que aquí habitamos, tampoco es que sea excesiva como para hacerse insoportable, sirve para que las demandas, legítimas, de la provincia sean atendidas de una forma razonable.

En la parte más cercana, en la Junta de Andalucía, las expectativas generadas con el cambio de gobierno se diluyen como un azucarillo en un café caliente. ¿Se acuerdan ustedes de la promesa del presidente de la Junta de descentralizar el Gobierno y traer a Almería la Consejería de Agricultura? Pues nos acercamos al año de gobierno de PP y Ciudadanos en el Palacio de San Telmo y nadie ha dicho nada sobre ello. Y parece que tampoco vaya a suceder en un espacio temporal como es la legislatura. Al contrario, el Centro Andaluz de la Fotografía, que era la migaja que en su día nos tocó dentro del reparto regional de calderilla descentralizada que era la Junta, va a ser dirigido desde Sevilla. Pero no tiemblen ni se escandalicen. Que ya ha dicho la consejera del ramo que nos atenderá, incluso mejor, que hasta ahora se venía haciendo. Y nosotros, obedientes y sumisos, nos lo creemos y a otra cosa. Nos olvidamos también de la Ciudad del Cine, una ocurrencia que alguien tuvo para calmar el ímpetu cinematográfico de esta tierra, pero que llegados al ejercicio cotidiano del poder puede quedar aparcado sin más. Poco o nada cabe esperar de unos y de otros, Gobierno Central y Gobierno de la Junta.

El primero sin presupuestos desde hace casi dos años y el segundo con unas cuentas pírricas para esta provincia, por más que se empeñen los voceros de turno en vendernos el dinero que llega como un maná salvador capaz de sacarnos del secarral de infraestructuras y necesidades que se rompen como arterias, y que nadie acude a taponar. Y mientras, la sociedad civil asiste atónita a lo que acontece, sin más presión que algún fogonazo de plataformas que luchan con denuedo y con poco éxito por avanzar en soluciones.

La despoblación rural

Antonio Lao | 14 de octubre de 2019 a las 12:07

Almócita ha sido estos días el epicentro para visualizar la grave despoblación que padece el interior de la provincia y amplias zonas del país, en especial las dos Castillas, Galicia, Extremadura y Aragón. La lenta agonía en la que muchos de nuestros municipios están inmersos me deja un poso amargo difícil de digerir, cuando la mayor parte de mi infancia y juventud la vivi en un pueblo.
No es la primera vez  que trato de poner negro sobre blanco las causas que nos han llevado a este extremo. Escucho y trato de comprender los argumentos que los expertos esgrimen una y otra vez en multitud de foros y jornadas y lo cierto es que todos, sin excepción, con la mejor de las intenciones, tratan de exponer alternativas, aunque luego plasmarlas y ejecutarlas es harina de otro costal.
Aplaudo, como no podía ser de otra forma, las subvenciones que la Diputación Provincial de Almería ofrece a quienes se instalen en alguno de los municipios con más problemas de despoblamiento; entiendo de forma positiva que se instalen cajeros automáticos en aquellos en los que los bancos o cajas hace años que desistieron y cerraron oficinas; lamento que lugares como Tahal se haya quedado sin colegio, lo que acelerará el cierre de más y más viviendas hasta convertirlo en un pueblo fantasma y aseguro, por más que mi corazón y mi alma me transmitan latidos en sentido contrario, que el camino emprendido hacia el final de muchos de nuestras villas es irreversible. Con seguridad lo único visitable a posteriori serán los cementerios y sólo hasta que la última generación que habitó allí también pase a mejor vida.
En su último libro “El Latido de la Tierra”, la escritora Luz Gabás hace una seria reflexión que suscribo en su totalidad. No se trata de mantenerse anclado en el pasado o adaptarse a los nuevos tiempos. La solución pasa por avanzar y hacer comprender a quienes nos gobiernan que aquellos que han elegido vivir en el campo, el 25% de la población de esta provincia, debe  tener las mismas posibilidades de aquellos que estamos asentados en la costa, zonas de mayor aglomeración urbana.
Pero no nos engañemos. En una sociedad como la actual, donde el trabajo es la base sobre la que se asienta el futuro, difícilmente los municipios van a cobrar vida cuando en ellos subsisten nuestros mayores con sus pensiones , los agricultores agarrados al antiguo Plan de Empleo y los inmigrantes que llegan a cuidar ancianos o a cultivar pequeñas porciones de tierra de aquellos que ya no pueden mantenerla digna. Y así, hagamos los congresos y las jornadas que queramos, el camino tiene un final. Un final, eso sí, nostálgico de quienes visitan sus moradas de nacimiento y triste cuando las ven derruidas y abandonadas, vacías y con las señales del paso del tiempo en sus muros.

La provincia y el 10 de noviembre

Antonio Lao | 7 de octubre de 2019 a las 12:03

Por obra y gracia de aquellos que nos gobiernan y su falta absoluta de empatía, los españoles volvemos a las urnas el 10 de noviembre. Entre detractores y partidarios nos hemos movido estos seis meses, en los que volveremos a votar por tercera vez, -la segunda para elegir un Parlamento-, capaz de lograr una investidura y alejar, de una vez por todas, el fantasma de la provisionalidad. Provisionalidad instalada entre nosotros desde hace ya demasiado tiempo, aunque por fortuna muy poco tiene que ver en nuestro devenir cotidiano. Aún así, la persistencia de la anomalía acabará por pasarnos factura y será entonces cuando aquellos que miran para otro lado tratarán, con la complicidad de todos, de parchear o poner paños calientes a lo inevitable.
En la provincia de Almería la eventualidad tampoco afecta a la vida cotidiana. Los sectores económicos que tiran de nuestro Producto Interior Bruto -agricultura, turismo e industria del mármol- resisten como pueden los impactos de una sociedad convulsa, alejados y sin esperar más ayuda que la que ellos mismos se proveen. Los nubarrones que se ciernen sobre una economía acostumbrada a mil avatares y a sobrevivir en la marabunta internacional podrían atemperarse con un gobierno fuerte y en un país donde el tiempo se aproveche en lo verdaderamente importante y no en banalidades fugaces y de escaso recorrido.
Del envoltorio que permite avanzar en el desarrollo y hacerlo más fácil mejor ni hablar. Aún así, poco cabe esperar de las grandes obras que necesita esta tierra y que están por comenzar, continuar o finalizar. Poca prisa se dieron aquellos que paralizaron el AVE y menos aún la tienen quienes hoy dirigen los destinos del país. Confirmaron la fecha de 2023 propuesta por el ministro de Fomento del Gobierno popular y, desde entonces, se han dado pasos en la dirección correcta, pero pasos sobre el papel y poco más. Lo importante, que son las máquinas en el tajo, siguen sin acometer los trabajos y tal y como está la economía parece que pueden tardar en hacerlo. El agua es otra de las claves del futuro de esta tierra. No tenemos noticias del desbloqueo de la desaladora del Almanzora y tampoco de la conclusión de los trabajos anunciados como la autovía del agua. Y mientras, la sequía acecha y el grifo del Negratín, si no llueve, se puede cerrar en breve, al igual que el del Tajo-Segura.
Con estos mimbres, la provincia vota el 10 de noviembre para elegir a aquellos y aquellas que nos representarán en Madrid y que, en teoría, van a defender en la capital del reino nuestros intereses. A ellos, pues, debemos exigirles propuestas concretas y compromisos ineludibles, en la misma medida y en paralelo a como ellos nos piden acudir a las urnas. El tiempo del contrato en blanco acabó, para dar paso a leer hasta la letra pequeña.

El AVE de nunca acabar

Antonio Lao | 30 de septiembre de 2019 a las 11:45

La nueva convocatoria electoral ha despertado la voracidad y el apetito de los partidos políticos. Las obras del AVE son, una vez más, el plato elegido por unos y otros para tratar de arañar votos, en la creencia de que culparse de forma mutua del enorme fracaso que significa, que cinco años después de paralizarse los trabajos y tapiar los túneles, los pasos que se han dado no van más allá de la licitación de obras o la adjudicación de algún tramo. Todo muy vistoso, pero la realidad es que aún no hay una sola máquina trabajando en un proyecto que permanece adormilado por más que aquellos que gobiernan o los que ahora hacen oposición traten de despertarlo para jugar con él, en la partida de ajedrez que se han convertido las elecciones del 10 de noviembre. Creo que ha llegado el momento de decir basta. De no acumular más decepciones con una fecha, 2023, que todos sabemos de forma cierta que no se va a cumplir. Es tiempo de rebelarse contra quienes un día sí y otro también tratan de jugar con los sentimientos de los almerienses, con nuestro ego más o menos desarrollado y con nuestras aspiraciones, lícitas por otra parte, de exigir que nos dejemos ya de mentiras y pérdidas de tiempo para acoger y albergar realidades y hechos concretos, que nos alejen de la palabrería hueca y vana a la que acostumbran los advenedizos y los recién llegados al mundo de la política cortoplacista y mentirosa.
La provincia de Almería y los que aquí habitamos merecemos algo más. Sentimientos más nobles, realidades constatables y máquinas en el tajo. Todo lo que no sea eso, hay que llevarlo a la bolsa de los desperdicios, al cajón de sastre en el que cabe todo lo que no tiene valor.
Cinco años sin obras es demasiado tiempo para albergar alguna esperanza de que las apuestas y las promesas que escucharemos en los próximos días nos van a conducir por los railes de la esperanza, por la vía de la velocidad alta con la que en tantas ocasiones los que vivimos en esta esquina de la provincia hemos soñado para desterrar, de una vez por todas, el sentimiento de olvido, de lejanía y de desprecio, si me apuran, con el que nos despachan cuando los escuchamos.
Creo llegado el momento de no conformarnos con todo lo que nos digan, de evitar dar por válidas las palabras de quienes dicen buscar el interés general y están más preocupados por el suyo propio o el del partido al que pertenecen. Elementos, si me apuran, comprensibles, pero alejados de lo que en realidad necesita Almería.
El AVE es el sueño de una tierra noble, la certeza de una lucha emprendida en los últimos años del siglo XX  y la pantomima más grande que ha tenido lugar en los años que llevamos de siglo XXI. Un futuro incierto, una realidad muy cuestionable y un fracaso, con todas las letras, de quienes dicen defender y trabajar por nuestros problemas.

Gota fría, la hora de las ayudas

Antonio Lao | 23 de septiembre de 2019 a las 13:01

Pasada la gota fría llega la hora de la valoración de daños, de las visitas precipitadas de dirigentes políticos y de la administración, de las promesas, de los anuncios de planes Marshall, del maná caído del cielo después de la tormenta. Nada que objetar.  El paisaje después de la Dana era dantesco. Además de lamentar la muerte de una persona, las imágenes aéreas mostraban desolación y más desolación. Ha llovido lo mismo que en todo un año y en solo unas horas. La definición que más se puede acercar a lo sucedido la daba el presidente de la Diputación, Javier Aureliano García, que con acierto aseguraba que “había carreteras cortadas porque, literalmente, ya no existen” o los turistas alojados en el camping de Cabo de Gata y su angustiosa llamada de socorro para que los rescataran.
Pasado lo peor y cuando el sol luce para secar lodos, las máquinas se afanan en devolver la normalidad a una tierra dañada y los agricultores buscan la póliza de seguros que pueda compensar sus pérdidas, aquellos que la tienen, nos encontramos con la aprobación por parte de la Junta de las primeras ayudas para los afectados, a la espera de que puedan llegar más. No le anduvo a la zaga el presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, aunque más cauto, solicitaba paciencia ante una posible declaración de zona catastrófica mientras aprobaba en Consejo de Ministros partidas para tal fin. En situaciones dramáticas como la que viven los afectados, la prisa siempre es mala consejera. Pero eso hay que explicárselo a aquellos que no pueden entrar a sus viviendas porque siguen anegadas, a los miles de afectados por los daños en carreteras o a los agricultores que han visto sus plantaciones de hortalizas, iniciada la campaña, que deben comenzar de nuevo, solicitar nuevos créditos o esperar a la primavera para tratar de recuperar algo de lo mucho perdido.

Evaluados los daños llega la hora de actuar más allá de la palmadita en la espalda inicial, de la visita de cortesía o de la promesa apresurada. Ahora que los medios se retiran y que el silencio se impone y cada uno llora su pena, es el tiempo de que la presión permanezca para que aquellos compromisos confirmados y aprobados, de manera más o menos alegre, no caigan en saco roto. No es la primera vez, y tampoco será la última,  que los tiempos de la administración para ayudas no caminan a la misma velocidad que las necesidades, perentorias en la mayoría de los casos, de aquellos que han visto como sus ilusiones y su futuro han quedado truncados por la gota fría. Es la hora de acelerar trámites, de buscar los recursos allí donde se encuentren y de trabajar por recuperar la normalidad perdida. Una normalidad que aquellos que llegan a un invernadero y lo ven en el suelo no van a tener hasta transcurrido mucho tiempo. Y sin la llegada del dinero, no será posible.

Los pueblos vacíos

Antonio Lao | 18 de septiembre de 2019 a las 18:02

Llega septiembre y el silencio se instala, cruel a veces, en la Almería vacía. El tiempo del regreso de los emigrantes o sus hijos acaba y las puertas de las viviendas se cierran hasta el próximo verano. Con suerte la Navidad traerá un espejismo de habitabilidad y bullicio, pero no más allá de la Nochebuena. Y es que, por más que nos empeñemos en dar vida a los muertos, las resurrecciones son cosa sólo de la Iglesia o de las películas de Semana Santa.
El año ha sido duro, muy duro para aquellos municipios que se apagan como la mecha de una vela sin cera. Los pocos habitantes que van quedando, casi todos mayores, se van yendo sin que nadie ocupe sus viviendas. Las puertas se cierran, con un quejido frío, triste, doloroso en la mayor parte de las ocasiones y con la mirada perdida de aquellos que aún permanecen impasibles viendo transcurrir el tiempo a la espera de su turno.
En la calle principal ya no está Manuel, que dedicó su vida a cultivar parras de uva de Ohanes hasta que la sequía de los ochenta y los precios bajos le hicieron desistir. Alcanzó la jubilación como pudo en el Plan de Empleo y ha vivido hasta los 95 en su pueblo. Nunca quiso abandonar su casa, a pesar de que su mujer, Purificación murió hace veinte años. La casa ya está cerrada.
Carmen era su vecina. Han vivido toda la vida puerta con puerta. Ella se dedicaba a vender pescado que una furgoneta les traía cada día de la plaza de la capital. Su marido murió hace diez años y ella acaba de ingresar en una residencia. El Alzheimer ha podido con sus recuerdos y casi con su vida. Nunca volverá a ser ella. La casa ya está cerrada.
Rosa se ha resistido hasta el último momento. Perdió a su padre hace 17 años y a su madre hace seis meses. Ella ya es mayor y necesita ayuda. Durante el último medio año ha sido atendida por una cuidadora que ha decidido regresar a su país. Desde la semana pasada es una más en una residencia de mayores. A regañadientes se va y dolida porque sabe que no volverá. La casa ya está cerrada.
José Luis trabaja en la Renfe, conductor de Talgo volvió al pueblo porque sus padres, jubilados, decidieron regresar allí donde se habían criado. Compró vivienda, la rehabilitó y ha tratado de permanecer hasta que la enfermedad de ambos lo ha hecho desistir. El pueblo, por más que sea un sitio para vivir con tranquilidad, ya no es para él. La casa ya está cerrada.
Pequeñas historias de gente anónima, de vecinos de la Almería vacía en cada uno del más de medio centenar de municipios de la provincia que corren serio riesgo de desaparecer. Seguro que ustedes conocen muchas similares. Todas ellas con el mismo denominador común: personas mayores que mueren y casas que se cierran. No hay vida, todo se abandona. Silencio. El viento sopla. Más silencio.

Caso Gabriel, información veraz y sensacionalismo

Antonio Lao | 9 de septiembre de 2019 a las 12:54

Hoy, comienza en la Audiencia Provincial de Almería el juicio a Ana Julia Quezada por el asesinato del pequeño Gabriel, de ocho años de edad. En la vista oral, que salvo sorpresa de última hora será pública, los que asistan y un jurado popular conocerán las versiones de unos y otros y los datos científicos objetivos en torno al crimen del hijo de Ángel y Patricia.
El 26 de agosto las Asociación Profesional de la Magistratura (APM), Jueces y Juezas para la Democracia y la Asociación Judicial Francisco de Vitoria, con un enorme criterio, emitían un comunicado en el que abogaba, ante la inminente celebración de la vista oral por el presunto asesinato del niño Gabriel Cruz,  por evitar el “circo mediático”. Además, pedía que los medios no hicieran “espectáculo” de un caso, obviamente cargado de sensibilidad y elementos emocionales. La recomendación no tiene nada que objetar. Es más, me parece obvia y de sentido común. Sin embargo, tengo la sensación de que la citada asociación mezcla “churras con merinas” en su argumentario. Dan casi por hecho que todos los que hacen información jurídica, los  periodistas que cubren noticias en tribunales o investigan casos que tienen repercusión legal trabajan en esos medios o programas que se emiten fuera de las franjas informativas, en canales de televisión o en digitales. Programas que tienen una manifiesta inclinación a buscar titulares  sensacionalistas o la búsqueda clics en las web, aunque poco o nada tengan que ver con la realidad. Vamos, que tienen una falta de rigor manifiesta.

En Almería, Andalucía o España hay medios, secciones y periodistas muy competentes y especializados en información judicial, que informan con pulcritud y veracidad, respetando los derechos de los ciudadanos a ser informados y el derecho a l honor y la presunción de inocencia a quien corresponda. La existencia de organizaciones profesionales como la Asociación de Comunicadores e Informadores Jurídicos (ACIJUR) es buena prueba de ello, organizando recurrentes encuentros entre los informadores y los operadores jurídicos y programando cursos de formación en materia legal para sus socios. Aprovechando un juicio mediático como este, me temo que la asociación de jueces trata de “dirigirnos”, de mostrarnos el camino, como si aquellos que cada día trinchamos la información no conociéramos nuestro oficio. Se imaginan ustedes que los periodistas, o cualquiera de las asociaciones o medios que nos representan, tratara de dirigir o insinuar el camino que deben seguir los jueces ante la responsabilidad que tienen por delante al juzgar. Sería una temeridad, por  no decir una idiotez. Así pues, y ante lo que se avecina, les pediría a los lectores que sepan separar el grano de la paja, la información cierta y fidedigna de las noticias falsas y el sensacionalismo. La tarea no es fácil, pero inténtenlo.

Marihuana y enganches ilegales

Antonio Lao | 2 de septiembre de 2019 a las 18:57

Primer paso serio para luchar contra los enganches ilegales de luz para el cultivo de marihuana. Gobierno, Junta, Ayuntamiento de la capital, compañía suministradora y policía nacional y local se sentaban a finales de julio en la misma mesa para tratar de poner freno a un problema que viene de lejos y al que, hasta ahora, nadie ha querido o ha podido poner coto.
Sonroja leer titulares como el que publicábamos el 31 de julio, en el que se asegura que el 80% del consumo eléctrico que se produce en barrios como Los Almendros o El Puche es fraudulento. El dato es de la propia compañía Endesa. Para evitar cortes sólo pueden aumentar la potencia en la red para minimizar daños a aquellos vecinos que pagan de forma religiosa sus recibos cada mes y padecen de forma continuada apagones en sus domicilios.
No seré yo el que cuestione esta reunión y los resultados que sobre el papel salían de ella. Al contrario, aplaudo que por una vez las administraciones, junto con las fuerzas de seguridad y la empresa, sean capaces de poner negro sobre blanco la situación que se vive en estas zonas de la capital. Por poner un ejemplo: de las 2.900 viviendas que hay en Pescadería tan sólo 1.780 tienen contrato de suministro. Una situación, a todas luces insostenible por más tiempo, que deja en no muy buen lugar a aquellos que deben velar por el respeto y el cumplimiento de la ley.
Como les decía trato de no cuestionar el primer paso que se ha dado para poner freno a un problema que va a más. Sin embargo, me van a permitir que deje sobre el papel algunas de las preguntas que, leyendo la información de Victoria Revilla, me quedan sin respuesta. La primera, y creo que es la base sobre la que se debe asentar el resto, son los motivos por los que hasta ahora las partes implicadas no han puesto todos los medios necesarios para atajar de raíz la gangrena que desangra al herido. Ha debido ser la presión popular, la de los propios vecinos hartos de cortes de suministro, los que han hecho para todos los implicados insoportable la situación. Tengo la sensación de que durante demasiado tiempo se ha mirado para otro lado. La segunda es una duda. Y es de dónde se va a sacar más dinero y más fuerzas de seguridad, promesa salida de la reunión y los motivos por los que hasta ahora eso no se ha hecho. Y a partir de aquí la conclusión a la que llego, y que me cuesta asumir como cierta. Y es el temor, serio temor, a que las cosas sigan igual que hasta ahora, con cambios mínimos. Sería triste que la única pretensión haya sido buscar un titular más o menos llamativo para tratar de tranquilizar a los afectados y poco más. Si hay resultados seré el primero en felicitar a las partes, a aquellos que tienen la obligación de acabar con el problema. Caso contrario, seguiré aquí para recordar cada día los enganches ilegales, los cortes de luz y el sufrimiento de los vecinos.

El futuro de la Feria

Antonio Lao | 2 de septiembre de 2019 a las 18:55

La Feria concluye hoy con la procesión de la Patrona. Un año más, y van muchos, la decadencia de la fiesta mayor de la capital es evidente. En los próximos días asistiremos, como en otras ocasiones, a debates en la mayoría de ocasiones estériles, porque las decisiones se posponen, llega el mes de agosto, y recuperamos el rasgado de vestiduras y las soluciones apresuradas, sin final concreto y óptimo.
Y no es que el Ayuntamiento y el gobierno de turno no ponga toda la carne en el asador, que la pone. Incluso la mejor de las voluntades y dinero, si no en abundancia, si suficiente. Pero la realidad es que tal y como está concebida la Feria de Almería tiene fecha de caducidad. Con ambigús del mediodía estancados y la noche alejada de las familias y tomada sólo por las atracciones a media tarde y las casetas-discoteca en la madrugada, estamos abocados a un triste final y a dejar el evento en manos de aquellos que nunca quisiéramos que se hicieran cargo de la celebración.
Atrás han quedado los tiempos en los que acudir a la Feria de Almería era una actividad familiar, un ritual, un escenario deseado y esperado. Hoy, para nuestra tristeza, ir al recinto se ha convertido casi en un engorro, en el que la apatía y la falta de atractivo ocupa la mayor parte del espacio. No me atrevería nunca a avanzar soluciones. Además de no ser mi cometido, entiendo que para ello están los sesudos pensadores municipales. Pero si me atrevo a apuntar algunas de las causas en las que yo percibo agotamiento o decadencia. En la Feria del Mediodía nos empeñamos en acabar con el botellón callejero controlado, cuando era uno de los elementos de animación de la fiesta. Y si no que se lo pregunten a los pamplonicas y a San Fermín. Allí nunca tratarían de evitar que los locales del centro no apostaran por el ambiente para animar la fiesta. Aquí, de tanto control y costes, hemos acabado con aquellos que querían arriesgar sus euros en montar ambigús. Este año ha sido triste encontrar menos de media docena y con unas características bastante limitadas.
De la noche se puede decir poco más de lo ya apuntado. Un recinto óptimo, pero muy alejado del centro de la ciudad, junto con los precios desorbitados que tiene montar una caseta, ha terminado con la esencia de una fiesta abierta, almeriense, cercana y animosa como pocas en Andalucía. Recorrer las calles este año sólo me transmitía tristeza, decadencia, desgana y olvido. Una tristeza contagiosa que debe hacer reflexionar a los organizadores, con cuatro años de gobierno por delante, para buscar alternativas capaces de revitalizar unas fiestas que eran la envidia de sus homónimas andaluzas. Una Feria del Mediterráneo que alcanzó cotas de éxito inesperadas y que, probablemente, murió por elevarse como una montaña rusa y descender a velocidades de vértigo y sin solución de continuidad.

Imagina el Centro Andaluz de la Fotografía

Antonio Lao | 2 de septiembre de 2019 a las 18:53

Triste el espectáculo que hemos vivido estos días con el futuro del Centro Andaluz de la Fotografía (CAF) en entredicho. El cese de su director, Rafael Doctor, ha derivado en una sucesión encadenada de declaraciones, afirmaciones, desmentidos y errores varios, en torno a este emblemático centro, que me dejan un enorme poso de dudas e incertidumbres, que aquellos con los que he hablado no han sido capaces de despejar, o no han querido.
Sea como fuere, lo único claro que me ha quedado, por el momento, es que no va a cambiar de nombre, aunque pasa a depender de la Agencia Andaluza de Instituciones Culturales. El futuro que le espera creo que es una incógnita, incluso para los nuevos gestores de la administración andaluza. Hagamos un poco de historia para comprender de qué hablamos y su significado para esta provincia. En el reparto de la tarta de organismos de la Junta de Andalucía, Almería, como casi siempre, recibió poco menos que la pedrea. Mientras Granada, por ejemplo, se quedaba con el TSJA, aquí nos obligaron a conformarnos con un pequeño “chiringuito” cultural, que quienes lo han dirigido a lo largo de su historia lo han prestigiado  a nivel nacional e internacional, pese a que los fondos de los que ha dispuesto han sido siempre escasos.
Aquí han expuesto los mejores de la fotografía nacional e internacional. Memorable fue en su día el proyecto Imagina. Una  apuesta que dejó un poso con excelente sabor, que luego no se supo aprovechar en toda su extensión. Aún así, la voluntad de los dirigentes del CAF ha mantenido con vida un organismo, seamos claros, que no es un centro de grandes visitas ni de exposiciones multitudinarias.
Pero es nuestro CAF, muestro referente, nuestro asidero para hacer nuestra la Junta y el de la administración autonómica para aseverar, qué paradoja, que Almería es algo más que la provincia más alejada de la sala de mandos de San Telmo.
Y en esas estamos cuando llega el cese de un director a mitad de su mandato, que acaba de traer a Almería una exposición en la que participa Pedro Almodóvar y viene a inaugurarla.
Desde Cultura han tomado la decisión de prescindir de él en este momento. Desconozco quien asesora a estos insignes gestores andaluces, porque no se puede hacer tan mal. En los hechos y en las formas, lo cual no quiere decir que no estén en su derecho de rodearse de cargos de confianza en los que crean. Pero entiendo que en materia de Cultura, además de confianza , hay que apostar por la sabiduría, por la proyección, por el buen hacer y por la ayuda económica. Ninguno de estos elementos, por desgracia, ha sido tenidos en cuenta por quienes llegan, dicen, para cambiar las cosas a mejor. Eso esperamos, aunque mal empezamos si se usa la guillotina a destiempo.

La carga de hierro de Alquife

Antonio Lao | 2 de septiembre de 2019 a las 18:50

La mina de Alquife está más cerca hoy que ayer de volver a ser explotada. Una posibilidad cierta que nos debe satisfacer, pues significará revitalizar una de las comarcas más deprimidas de nuestra vecina Granada como es el Marquesado de Zenete. Almería, en este proceso tiene mucho que decir. Sin la colaboración de los puertos de la provincia, para exportar el mineral de hierro, la vuelta al trabajo de los mineros se dificulta en extremo.  Analizado el proyecto y viendo su desarrollo, entiendo que se cumplen con todas las garantías medioambientales, para que los trabajos se desarrollen sin influir, en nada, en la cotidianidad del puerto, -Carboneras-, desde el que el hierro se cargará en buques hasta su lugar de destino. Con todos los parabienes administrativos, desde la Autoridad Portuaria no se puede hacer otra cosa que dar el okey. Pero las cosas no son tan fáciles. En Carboneras entienden que los permisos ambientales no recogen todas las garantías, por lo que en los últimos meses asistimos a una movilización, sin precedentes, para evitar que el puerto sea el lugar desde el que se carguen en buques los miles de camiones que, con toda probabilidad, van a comenzar a llegar desde la mina granadina.
Entiendo la postura de la asociación, aunque no comparto como se han cerrado en banda a que la localidad sea el lugar desde el que se produzca el embarque. El puerto de Carboneras le ha dado y le está dando mucho al pueblo. Es posible que sin él, la localidad no fuera tal y como lo conocemos hoy.  No se puede, ni se debe, tratar de evitar este tráfico marítimo terrestre porque sí. Aquí lo importante, y el papel de la asociación es básico, es que se respeten todas las medidas, que se esté vigilante para que, ante cualquier problema, se atienda y solucione con eficacia. Pero de ahí a impedir que el candado del desarrollo se cierre tercia un abismo. Claro que vistos algunos precedentes, como la negativa de la capital a que sea el puerto local el que desarrolle la actividad, se puede pensar, no sin cierta razón, que los “parias” deben ser otros más solícitos y hasta más acostumbrados a convivir con el transporte de mercancías problemáticas por el puerto. Ahora, cuando todo apunta a que la apertura de la mina no es una quimera, sino un hecho constatable, todos, sin excepción, deben poner de su parte para no cercenar un proyecto que apunta en la buena dirección para la vecina comarca granadina y Almería en materia de empleo, del que no estamos sobrados. Eso sí, desde la administración hay que ser inflexible en el cumplimiento de la normativa española y europea en materia de medio ambiente y que las empresas que desarrollarán los trabajos se crean, de verdad y por escrito, que nadie va a bajar la guardia o va a ser laxo en su control diario y permanente. Con estos mimbres hay que seguir trabajando.