Luz de Cobre

Un hotel en Los Genoveses

Antonio Lao | 6 de julio de 2020 a las 11:38

Miles de firmas y, con seguridad, pueden llegar a ser cientos de miles, muestran su rechazo a la construcción de un hotel de cuatro estrellas en el entorno de la playa de Los Genoveses, en el corazón mismo del Parque Natural de Cabo de Gata. No voy a ser yo, no lo esperen, quien busque argumentos para justificar lo que parece ser un despropósito. Y más después de la vuelta de tuerca verde que se impone en la vieja Europa tras la pandemia de coronavirus. Si no respetamos aquellos parajes de los que aún hoy disfrutamos, alejados de la intervención de la mano del hombre estamos abocados a la destrucción de la especie y a nuestro fracaso como humanos racionales.
Dicho esto, si querría insistir en algunos aspectos menos ecologistas y que sin duda me granjearán la enemistad de la ‘casta’ verde instalada. Comprendo la actitud de la alcaldesa del municipio, quien desde el primer momento dejó claro que si cumple con la legalidad establecida, no era necesario argumentar en otro sentido. Y es que en todo esto el gran perjudicado es el término municipal de Níjar.
Cuando se declaró el espacio Parque Natural, el entonces alcalde, Joaquín García Fernández, se lamentaba de los escasos recursos que recibiría el municipio y de los grandes esfuerzos que habrían de realizar para que la zona se convirtiera en lo que hoy es, un espacio protegido, admirado y reconocido a nivel internacional.
El bueno de Joaquín no entendía que el valor añadido turístico de la provincia se quedase en municipios turísticos y hoteleros como Roquetas, Mojácar o la propia capital y que su término municipal fuese tan sólo el escenario del idilio de la tierra, el desierto, el hombre y el mar. Debe ser muy duro ver como los ingresos pasan y desarrollan el pueblo del al lado, o al vecino y tú, actor protagonista, sólo te resta mirar y si te ‘obligan’ aplaudir.
Quizá haya llegado el momento de insistir en la necesidad de conservar, de mantener intacto el espacio, pero compensando a aquellos que aportan el valor añadido y no reciben si un solo céntimo por ello.
Y luego, claro está, nos encontramos con los talibanes de uno y otro lado. Talibanes al fin y al cabo, capaces de denunciar el atropello, como si lo hubieran hecho los políticos, cuando la realidad es que son los técnicos los que deciden aplicando las leyes de las que nos hemos dotado. Y les aseguro que aquellos que ahora han dado el visto bueno a la rehabilitación del cortijo son los mismos, o casi, que a lo largo de los últimos años han ido dando pasos en esa senda y que ya estaban trabajando con el anterior gobierno. Pero a la hora de buscar culpables o rédito político ya saben que a eso no nos gana nadie. A primera fila y a ver quien grita más alto para tratar de hacer ruido mediático, no porque nos importe el espacio natural, que sí, sino porque destruyes al enemigo.

Carlos Ruiz Zafón

Antonio Lao | 29 de junio de 2020 a las 17:23

Tristeza. Dolor. Rabia. Pesar. Carlos Ruiz Zafón nos dejaba la semana pasada y con él se iba un fragmento de literatura, una porción de libro olvidado en un anaquel. Un instante mágico de la literatura española actual que todos absorbimos con deleite cuando nos sumergimos en la saga de La Sombra del Viento. Zafón se ha ido a su mítico Cementerio de los Libros Olvidados, aunque su obra permanecerá entre nosotros. Sus lectores se cuentan por millones.
“Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él”, señala uno de los personajes literarios creados por Zafón, el señor Sempere, a su hijo Daniel mientras le descubre el secreto del Cementerio de los Libros Olvidados.
La Sombra del Viento ambientada en la Barcelona gótica y en un imaginario Cementerio de los Libros Olvidados, me devolvió el amor por la lectura. Esa sensación que rara vez aparece cuando tienes un libro en la mano, que no puedes dejar de leer, pero tampoco quieres que se acabe y lo pospones lo que puedes. Le siguieron El juego del ángel (2008) y El prisionero del cielo (2011). En 2016 publica El laberinto de los espíritus, la cuarta y última entrega de la saga iniciada con La Sombra del Viento.
La lectura de la obra de Ruiz Zafón me permitió soñar con una Barcelona que desconocía, una Barcelona que a raíz de este trabajo inició rutas guiadas por lugares para muchos desconocidos y que luego Ildefonso Falcones continuó con La Catedral del Mar. La Sombra del Viento abrió en mí el deseo irrefrenable por ver los escenarios reflejados en la novela desde otro punto de vista. Un fórmula excepcional que me ha permitido después recorrer Vitoria de la mano de Eva García Sáinz de Urturi y su trilogía de La Ciudad Blanca o Dolores Redondo con la del Batzan, o Ken Follet y la suya del siglo XX. Llegas a Berlín y percibes el miedo, la desesperación, la angustia de los judíos y la esperanza del fin de la Segunda Guerra Mundial y lo sueñas en un barrio como Mitte. Y qué decir de Dan Brown y el Código Da Vinci y París o Inferno, una más de la saga de Robert Langdon y Florencia. Todas y cada una de las ciudades tiene su Cementerio de Libros Olvidados. Toda y cada una tiene el sello inconfundible de Carlos Ruiz Zafón. El autor que me hizo ver las novelas desde otro punto de vista. Ese que te traslada desde el sillón de tu casa a un mundo desconocido y por descubrir más allá de la normalidad. Hoy, casi veinte años después de La Sombra del Viento y del veneno que logró inocular en mí sigo releyendo algunos pasajes de vez en cuando y conservando algunas palabras  como “Luz de Cobre”, título de esta columna semanal y de mi blog. Porque esa luz se ha apagado, pero como un farol Daniel Sempere siempre la mantendrá incandescente.

Nueva y vieja normalidad

Antonio Lao | 22 de junio de 2020 a las 17:31

Si es usted de los que le gustaría volver a confinarse, bienvenido al club. Son muchos, somos muchos, los que hemos recuperado cierta normalidad en nuestras vidas y cuando te giras y vuelves la cabeza te das cuenta de que has regresado a lo que tenías, a la misma vida monocromática de antes, al blanco y negro con escasas variaciones. Vamos, que está usted situado en lo que se conoce como el ‘síndrome de la cabaña’, un término acuñado por el periodista Isaac Rosa, que con seguridad tiene poco de científico, pero si alberga demasiados pensamientos y sentimientos que a poco que nos paremos y miremos en derredor los percibimos reflejados en los rostros de quienes nos acompañan en esta nueva cotidianidad. Lo cierto es que al vivir en esa burbuja de confort que ha sido nuestra casa, nuestra cabaña, hemos dejado aparcadas, -llamémosles así-, algunas de nuestras actividades que nos hacían sentir imperfectos, débiles, vulnerables, siempre con miedo a recorrer la cuerda tensa de funambulista que es nuestra existencia. Y claro, cuando nos sentamos para hacer balance de cómo era nuestra vida en el mes de febrero y como es en el mes de junio, con el verano ya soplando calor y sudor en nuestros cogotes, descubrimos que la nueva normalidad es la vieja normalidad, aunque con pequeños detalles que no van más allá de la mascarilla, la distancia social respetada, el gel de manos para desinfectarte y poco más. El resto es la “vida de mierda” en la que parece o creemos que estamos instalados de forma permanente y que se había convertido en la lanzadera de nuestra felicidad y que ahora, visto con  sorna, vemos que sigue siendo la misma de hace cuatro meses; la misma que vamos a disfrutar -nunca diría padecer- el resto de nuestra existencia. La misma que debemos valorar de forma positiva, sin dobleces, con quejas por supuesto, con lamentos en alguna que otra ocasión, pero una vida plagada de buenos momentos que antes no sabíamos valorar y que ahora, confirmo, a buen seguro que tampoco lo haremos.  Ya no nos alivia pensar que somos más libres, como antes; que no vamos a dedicar ni un solo momento del día a pensar en el coronavirus, como antes; que podemos abrazar a nuestros familiares, aunque sea con los codos y con distancia, como antes y que, por fortuna, nos hemos liberado de la soledad extrema que ha cohabitado con nosotros este tiempo de pandemia. Pues con todo, ya les digo que recuperar la normalidad, la vieja normalidad, tan sólo nos ha alegrado el minuto que ha pasado cuando se ha cambiado de una fase a otra. Así somos los humanos. Regresamos, mal que nos pese, a esa normalidad antigua, a esa normalidad plagada de trampas, a esa normalidad fuera de la cabaña. A la vida, en definitiva, a una vida con mil y un problemas, pero a la vida. Y a mí, que quieren que les diga, me parece mucho y maravillosa.

Residencias de ancianos, la gran insidia

Antonio Lao | 15 de junio de 2020 a las 18:42

La pandemia de coronavirus ha sido la tormenta perfecta para los centros en los que viven mayores. Encerrados, con una población extremadamente vulnerable y, como se ha visto a posteriori, sin medios para combatirla. No es de extrañar, por tanto, que ahora, cuando todo parece más calmado, que no concluido, que en el decreto de la denominada “nueva normalidad” las residencias deban estar coordinadas con el sistema sanitario tras el estado de alarma. “Nuestra madre estuvo agonizando (en la residencia) sin oxígeno toda la semana. La afirmación es de Mari Carmen  Porcel, cuya progenitora fallecía el 24 de marzo. Pese a que empezó a presentar los primeros síntomas el día 14, no fue trasladada de la residencia donde vivía al Hospital General hasta el día 22, cuando ya quedaba poco o nada que hacer por su vida. “La ambulancia tardó 6 horas en venir” explica su hija. Las declaraciones, recogidas por La Vanguardia la semana pasada, muestran la vulnerabilidd de un sistema que creíamos funcionaba, con algún sobresalto, pero ahí estaba prestando un servicio valioso a la sociedad. “Alguien se pensó que teníamos capacidad de respuesta. Y no, no la teníamos”. Las palabras son de  Andrés Rueda, quien preside una de las pocas asociaciones de directivos de centros asistenciales que hay en España (Ascad) y describe de este modo “la impotencia y la rabia” que embarga todavía a muchos trabajadores de residencias de ancianos tras el desastre de la Covid-19. Y un tercer testimonio, de la hija de una paciente ingresada en Torrecárdenas, en este caso no de coronavirus, pero que muestra la situación en la que terminan sus días muchos ancianos. “Hacía tres meses que no podíamos ver a mi madre. Nos llamaron para decirnos que había sufrido un ictus y la hemos trasladado en ambulancia hasta el hospital. Pensamos que estaba en las mejores manos y no era así. Está muy delgada y en gran parte de su cuerpo se acumulan llagas. No la han cuidado como creímos cuando la ingresamos. Estos casos y otros muchos similares a este, describen la situación en el interior de los geriátricos, donde la capacidad para responder a la epidemia ha sido escasa, por no decir nula. Y es que estos centros no son hospitales. Nunca lo han sido a pesar de que, desde la aprobación de la ley de Dependencia en el 2006, se han especializado en acoger a personas con cuadros clínicos complejos. Pero no lo han sido en España ni en otros muchos países. Y la prueba es que más de la mitad de los fallecidos en los Países Bajos o en Francia se han producido en centros de este tipo. La pandemia ha puesto sobre la mesa una dramática situación, en la que muchos casos acabarán en los tribunales. Con ser dolorosos ya son pasado. Lo que hay es que sentar las bases para que nunca más vuelva a producirse una situación como la vivida. Un país serio, moderno y responsable no se lo puede permitir.

No tenemos ni idea del virus

Antonio Lao | 8 de junio de 2020 a las 18:57

A estas alturas de la pandemia creo que ha quedado claro que no tenemos ni idea de como actúa el virus. Es posible que para los optimistas y aquellos que creen en la ciencia y en sus efectos beneficiosos, probablemente conozcamos algunos aspectos del ‘bichito’. Pero tengo la sensación de que si algo ha quedado patente en este tiempo es que estamos a su merced y que es una fuerza, como tantas otras de la naturaleza, que desconocemos. Bien es verdad que a lo largo de este tiempo nos hemos puesto a trabajar en serio. Bueno unos más que otros. Los científicos laboran a marchas forzadas en la búsqueda de una vacuna milagrosa, que espera ser una realidad en 2021. Pero no está tan claro que sea así, cuando sólo hay 29 para otras tantas enfermedades y en el caso del SIDA, después de 35 años, aún no hay un remedio eficaz más allá de los cuidados paliativos, de evitar la muerte de los afectados o de que tengan una vida más o menos digna. Pero seamos positivos. En estos casi cien días lo que realmente ha funcionado, y bien, ha sido el confinamiento como fórmula mágica para evitar los contagios y reducir la presión de los enfermos en los hospitales. Y lo hemos logrado. No me cabe la menor duda. Pero a cambio nos enfrentamos a  una crisis económica de consecuencias apocalípticas, de la que desconocemos las consecuencias que tendrá en la vida de las personas. Y luego están los resultados de los diferentes ‘métodos’ para controlar la enfermedad que se han puesto en marcha. Modelo español, el más duro posiblemente de cuantos se han aplicado;  modelo alemán, el país con menos muertes; modelo sueco, dejar que el patógeno circule a su libre albedrío para provocar una rápida inmunidad frente a la enfermedad; modelo negacionista, tipo Reino Unido, Estados Unidos o Brasil, en el que los fallecidos y la saturación de los hospitales les ha llevado a tener el honor, ¡qué horror!, de ser los países que encabezan el ranking de afectados y de fallecidos. No tenemos la varita mágica y tampoco podemos guiarnos por lo que nos cuentan. En Alemania, país desarrollado, hay menos de diez mil muertos, teniendo 83 millones de habitantes. Parece  el éxito de un país desarrollado y de que las cosas se han hecho bien. Y es posible. Pero en Grecia, casi olvidado y puteado durante tantos años por su déficit, el número de fallecidos no llega a los doscientos. Siendo pobres, malos gestores y todos aquellos adjetivos que ustedes quieran, verán que no les ha ido mal. Como tampoco a África,  zona del planeta en la que creíamos que la COVID-19 los iba a diezmar. Falso. Pocos afectados y pocas muertes, a pesar de que allí los confinamientos, los hospitales, las mascarillas y todo lo que ustedes quieran ni están ni se les espera. Resumo y concreto: No tenemos ni idea del virus, pero si nos ha descubierto la fragilidad del ser humano y que somos mortales.

Vuelve el fútbol, llega la ‘Nueva Normalidad’

Antonio Lao | 1 de junio de 2020 a las 17:23

Llega  la ‘Nueva Normalidad’ con toda su fortaleza. La Fase 2 ha acabado por romper todos los muros invisibles, pero intocables, que nos habían encerrado como en un zoológico durante casi 80 días y hemos pasado a la fase vacacional, a la fase safari. Aunque todavía no podemos viajar con libertad a otras provincias, si es cierto que hemos tomado la calle, los bares y los comercios como si no hubiera un mañana. Desconocemos lo que puede pasar en unas semanas y vamos a aprovechar este tiempo con la intensidad que merece. Hemos soltado a la fiera y se ha desbocado, con matizaciones, mucho más de lo que pensábamos.
Y es que si había un elemento para definir que las aguas vuelven a su cauce, con responsabilidad y criterio, sí, pero a su cauce, es que el fútbol regresa en unos días. Ya vemos que los periódicos hablan de entrenamientos, de fichajes, de competición. Es verdad que no va a ser como antes, porque por ahora no va a haber público en los estadios. Pero, a quién le importa esto si vamos a ser capaces de sentarnos frente al televisor y poder ver un partido tras otro como hasta que se nos ponga cara de balón. Decía que hay fronteras, la provincial, que no se cruzan todavía, pero eso importa menos, si casi todos los días de la semana las distintas cadenas van a inundar nuestro salón de partidos, de jugadas polémicas, de árbitros que no han sido justos. Vamos a poder desplumar al “trencilla” de turno como si fuera un pavo americano por el Día de Acción de Gracias.
‘Nueva Normalidad’ de los niños en la calle, de las risas en los parques, de las cervezas en las terrazas, de los baños en las playas. ‘Nueva Normalidad’ trufada de fútbol para olvidar que hemos estado ochenta días más cerca del infierno que nunca en nuestras vidas. Porque todos los indicadores apuntan a que el virus remite, incluso son cada vez más las voces que alejan un posible rebrote en otoño. Y aunque así  fuera, la COVID-19 nos va a pillar pertrechados, más preparados, con los hospitales a punto, con las mascarillas en los cajones y con las despensas llenas porque somos previsores.
Conocemos que en salud vamos a estar preparados, pero no tenemos tan claro que la situación económica se vaya a corregir al alza en la misma medida que ha descendido al purgatorio en estos tres meses. ¡Y qué importa! El verano está ahí con toda su grandiosidad, con todo el positivismo que acarrea, con días interminables, con jornadas maratonianas de terrazas, chiringuitos, arena y agua salada. Verano con mayúsculas, en el que todo es posible y hasta los buenos deseos se cumplen. Y sí, aunque no lo crean, además vamos a tener fútbol casi todos los días por televisión. El mejor síntoma, la prueba del algodón de que recuperamos nuestras vidas. Y qué mejor forma de convencernos de ello que ver uno, dos, tres o hasta cuatro partidos cada día. Los habrá. Sáciense.

La gestión del miedo

Antonio Lao | 25 de mayo de 2020 a las 18:24

La pandemia de coronavirus nos deja cada día muchas dudas y una sola certeza: vivimos en la época del miedo. Miedo a percibir que no respiramos bien y podamos estar contagiados. Miedo a salir a la calle, tocar un pomo de una puerta, llegar a casa y dejar la COVID-19 campar a sus anchas donde mora tu familia. Miedo de aquellos que rigen nuestros destinos a ser acosados y cuestionados por su gestión de la crisis y miedo de aquellos que cada día tratamos de contar lo que sucede a cuestionar el miedo, como dice el escritor Jonh Carlin. Porque es tan delgada la línea de confort en la que nos movemos que, en realidad, a poco que se desplace más allá de un grado caemos en pánico, aterrados, como si de un tsunami se tratase y sin lugar para guarecernos.
A poco que mires en derredor encuentras motivos para entrar en estado de pavor. Hemos estado confinados dos meses y los muertos han sido tantos que casi nos hemos olvidado de contar. Hemos estado encerrados y han dejado de enseñarnos las morgues comunes y el dolor de las familias para que no pensemos, para que no nos planteemos la crudeza de una enfermedad que llega, te cubre con su manto, y a jugar a la ruleta rusa con tu vida. Están tratando de inmunizarnos contra el dolor de la pérdida de miles de seres queridos sin enseñar a una sola familia, o a muy pocas, que nos cuenten su caso. También es cierto que tratamos de alejar de nosotros todo aquello que signifique pena, dolor o tristeza. Mientras estamos sanos nuestro cerebro jamás te acerca a la realidad de los hospitales, a la realidad del sufrimiento. No estamos hechos para ello y nos vacunamos, -esta si está inventada-, para sacudirnos todo lo que tenga que ver con el dolor.
Pero cuando esto pase vendrá la rabia. La rabia que ya ocupa parte de las calles de aquellos que no llegan a fin de mes. De aquellos que deben acercarse a un comedor social, con gorra y gafas de sol para soportar la vergüenza, a recoger un plato de comida para ellos y sus familias. De aquellos que, inmersos en un ERTE, contienen la respiración hasta ver que ocurre cuando esto pase. Porque esa es otra. Ya nos inoculan en vena cuánto va a caer el PIB, cómo van a ser los recortes y hasta el número de nuevos agujeros que habrá que hacer al cinturón para tratar de que los pantalones no acaben en los tobillos. Pero si al final, y después de meses de zozobra, de vidas perdidas, de trabajos acabados, nos encontramos con que el riesgo de morir de coronavirus es más bajo del que nos han grabado a sangre y fuego, este tiempo de encierro nos habrá robado el alma y una época que ya nunca podremos recuperar, inmersos como estamos en un mundo de zombis, movidos por el viento de los gobernantes, que nos llevan de un lado a otro según sople Poniente o Levante. Y mientras tanto, lo único que permanece, mal que nos pese, es el miedo.

Vivir es arriesgar

Antonio Lao | 18 de mayo de 2020 a las 19:14

Desde el lunes 11 de mayo la provincia ‘vive’ y ‘disfruta’ de la nueva normalidad. Es lo que hay. Aunque para muchos se queda muy lejos, lejísimos, de nuestra cotidianidad quebrantada en febrero. ¡Qué lejos queda! ¿Verdad?
Estamos instalados en un confinamiento impuesto y autoimpuesto. Convivimos con el miedo a la COVID-19. Se ha alojado en nosotros, penetrando hasta los tuétanos. Nos ha invadido de tantas maneras y por tantos frentes que, por más positivos que pretendamos ser, el cerebro te catapulta hacia la prudencia, la paciencia y el bajo riesgo, en la misma manera que un polluelo sale del nido, bate las alas, trata de alzar el vuelo y observando el abismo regresa a la seguridad de su refugio. Mañana será otro día, se dice.
En la misma medida que nos ofrecen los datos del día, por fortuna cada vez más alentadores, -a pesar de que doscientos muertos diarios es como un 11-M cada jornada-, nos inoculan la prudencia. Tratan por todos los medios de provocar en cada uno de nuestros cerebros un estado de vigilancia, de acecho, de alerta, que a poco que sientas algo de debilidad te arrastra la corriente del abismo, los rápidos inabordables por tu barcaza y, como los caracoles, regresas a la parrilla de salida que no es otra que el caparazón de tu casa. Ese lugar, que en los algo más se sesenta días que llevamos confinados, se ha convertido en la cueva inexpugnable, en la caja fuerte más segura de cualquier banco. Pero vivir no es eso, vivir es arriesgar. Vivir es regresar, con la sensatez necesaria, a los tiempos en los que la seguridad parecía un bien ganado para siempre y del que jamás se podía dudar.
No estaría demás que los gobiernos, los que hemos puesto nosotros y los organismos internacionales que nos suministran información, lo hiciesen sin dudas y con claridad. Porque lo único que ha dejado claro esta pandemia es que afecta mucho más a aquellos que pasan de los 70 años, lo que me  permite afirmar que ser mayor es malo para la salud. Pero dicho esto, convendría de forma paralela conocer los porcentajes de mortalidad por décadas hasta llegar a los recién nacidos, para tener un  cabo al  que agarrarse, en el caso de que tratemos de arriesgar para vivir.
Conociendo las consecuencias de nuestros actos y los riesgos reales a los que nos enfrentamos, quizá, sólo quizá, seamos capaces de situarnos en un estadio de “nueva normalidad” en el que retomemos la vida, algo tan simple con la vida. Pero ya les digo, que mientras no recuperemos las grandes concentraciones de conciertos, asistir al fútbol con normalidad y tomarnos una tapa apiñados en el bar de moda, como humanos valoraremos cada paso, cada gesto. Viviremos sí, pero alejados del desenfreno, de la pasión, de la fuerza y la adrenalina que supone el riesgo. Mientras el virus esté ahí, no lo correremos.

Respirar no es vivir

Antonio Lao | 11 de mayo de 2020 a las 19:02

TOMO prestado el título de esta columna del inglés  Alfred Tennyson, uno de los grandes poetas y dramaturgos universales y creador de una nueva expresión lírica que se conoce como “monólogo dramático”. Esta frase de uno de sus poemas, traducida al castellano, claro, viene a reflejar la sensación que, de alguna manera, a todos nos invade con lo que se ha venido en llamar ‘nueva normalidad’. Nueva normalidad para no desplazarte más allá de tu provincia y sólo si tienes una causa justificada. Nueva normalidad para salir a caminar no más lejos de un kilómetro de donde resides. Nueva normalidad para respirar a través de una mascarilla incómoda y ya no le digo si llevan gafas. Nueva normalidad cubriendo las manos con guantes de látex, que con las temperaturas que ya vivimos se convierten en una especie de plastilina lechosa, en la que el talco busca fijarse para no resbalar y lo único que se consigue es la hinchazón de los dedos, -o al menos a mi me lo parece-, reblandecidos por efecto del calor y al borde de que la carne se desprenda, como si de una pata de cerdo al horno, poco hecha, se tratase. Y nueva normalidad para evitar acudir a un bar a tomarse a unas cañas, saludarte con los codos, esquivar cualquier actitud cariñosa y tomar una cerveza quitando y poniéndote la mascarilla. Arriba y abajo como si de un lateral se tratase corriendo la banda en un partido de fútbol.
Respirar no es vivir en unos tiempos en los que se tiene miedo a perder la vida, pero no miedo a morir. Llegados a este punto quiero recordar a Albert Camus, novelista, ensayista, dramaturgo y filósofo francés, aunque nacido en Argelia, quien aseguraba que era preferible “morir de pie que de rodillas”. Y en esas estamos, buscando las fórmulas para no doblar la extremidad inferior, aunque después de algo más de dos meses de encierro, treinta mil muertos y más de doscientos mil infectados, la sensación de arrojar la toalla y dejarte llevar por el hastío y el pesimismo gana enteros en la misma medida que el calor se apodera de los días y casi de las noches en este mayo atípico que nos ha tocado vivir.
No decaigan. No se dejen llevar por el “Inguma” o genio maléfico que tan bien describe Dolores Redondo en su trilogía del Baztan. A ser posible sáquenlo de las profundidades en las que busca instalarse, lo sujetan con fuerza y lo lanzan allí donde el mismísimo Caronte, barquero de Hades, trate de recogerlo. Y como no lleva la moneda necesaria para el paso de la laguna Estigia, deba vagar cien años hasta obtener la benevolencia del timonel que los trasladaría sin cobrar.
Volveremos a la normalidad. A las playas, a los bares, a las tapas, a los conciertos, a las comidas con amigos, a los viajes, al cine… a tantas y tantas cosas que estaban ahí y que éramos incapaces de valorar, que cuando nos las arrebatan vagamos perdidos y sin destino fijo.

Optimismo o pesimismo

Antonio Lao | 4 de mayo de 2020 a las 18:38

No vivíamos en los mejores tiempos. Las cifras macroeconómicas mostraban una ralentización perceptible, un avance claro de los nacionalismos, una seria crisis de identidad europea pero, de pronto, todo se convirtió en peor. La llegada de la Covid-19 ha traído de vuelta el mundo sombrío de Dickens: “lo teníamos todo y no teníamos nada”; el “invierno de la desesperación” se impuso a la “primavera de la esperanza”.
Y así es como viven muchos  la epidemia del coronavirus, según los sondeos que cada día se van conociendo en los distintos países de nuestro entorno. Francia, por ejemplo, figura como uno de los que mira con mayor pesimismo y desconfianza la pandemia, mientras Gran Bretaña y Alemania muestran una visión más confiada y optimista de la gestión de sus respectivos gobiernos.  Franceses y españoles confían menos en su gobierno que los alemanes y británicos.  España se sitúa en una posición intermedia, aunque más cerca de Francia. Una encuesta realizada a primeros de abril por Sciencies PO, el prestigioso Instituto de Estudios Políticos de París, brinda una imagen comparativa del estado de ánimo de los ciudadanos de Francia, Alemania y Reino Unido ante la Covid-19, según recogía La Vanguardia del pasado domingo.  Y es que, a poco que oteemos nuestro alrededor, el horizonte que se dibuja es sombrío, no negro, pero tenebroso, casi de habitación del pánico. No hay, la verdad, muchos motivos para el optimismo. Al contrario. Sólo ver a Fernando Simón cada día dando “el parte” diario de la pandemia dan ganas de bajar el telón y no mirar la película. Ojos hundidos, cazadora de cremallera a la que se le ha dado mucho uso y barba de días sin arreglar, dibujan un escenario de película de miedo que mejor no mirar.
Pero ese no debe de ser el objetivo. El planteamiento debe ir más por la primavera de la esperanza de la que habla Charles Dickens que del invierno de la desesperación. A poco de que seamos capaces de recapitular, pensar con calma, ante nosotros se abre un futuro por descubrir. Un futuro diferente, desconocido, casi virgen, en el que las oportunidades llegarán en la misma medida que el oso descubre un panal de miel. Cada día que pasa es uno menos que resta para descubrir ese verano en el que el sol saldrá para todos y acabará con el negro-luto que nos ha ocupado estos dos meses. Como escribe Sabina, el coronavirus quedará en nuestra memoria colectiva como “una mala gripe que había que pasar”. Volveremos a los bares, a los restaurantes, a las playas, a los conciertos, a la reuniones interminables de amigos… a la cotidianidad que no valorábamos porque la dábamos por conquistada, pero que hoy parece el plan soñado para una larga jornada de verano, en el que la vida transcurre de forma plácida mirando las olas romper en cualquiera de nuestras playas. Sean optimistas, ya queda un día menos.

Reparto de culpas y culpables

Antonio Lao | 27 de abril de 2020 a las 18:45

En tiempos de pandemia y cuando la solidaridad de los ciudadanos está muy por encima de aquellos que nos gobiernan cabría preguntarse entre quiénes repartimos la culpa y quiénes son los culpables. Decía Al Pacino- John Milton  que “la culpa es como un saco de ladrillos: solo hay que descargarlo”. Y en ese mundo de arenas movedizas, de ciénagas plagadas de cocodrilos y caimanes nos movemos. Acechando la pieza días, semanas y meses si es necesario con tal de capturarla y al zurrón. No importa si estamos en periodo de veda o no, o si tiene serio riesgo de extinción. El caso es acechar y matar, cual vulgar raposo, que no se conforma nunca con comer, sino en cobrarse el máximo número de piezas. Logrado el objetivo, ya medito después si soy o no capaz de acabar con el banquete sin compartir nada con el resto.
En el mundo que nos ha tocado vivir los dos últimos meses, en el que de verdad hemos sabido quienes merecen la pena y  los que no; quienes son prescindibles y cuales necesarios, muy pocos de los que ostentan el gobierno han estado a la altura de las circunstancias y de lo que se esperaba de ellos.
Repito, aunque ya lo he dicho en alguna ocasión, que llegamos al menos una semana tarde. El Estado de Alarma debió aplicarse mucho antes, conocedores como éramos de la situación que vivía Italia. Dicho esto, puedo entender que un país como el nuestro, en el que la calle es como la sala de estar nuestra casa, iba a ser complejo y difícil aplicar y que se cumpliera un estado de confinamiento como el que estamos inmersos, si realmente los ciudadanos no veían los riesgos sanitarios que ahora conocemos.
Con el coronavirus golpeando con dureza, me cuesta mucho entender que quienes hemos elegido para llevar las riendas del país, los que gobiernan y los que hacen oposición, no sean capaces de avanzar en un proyecto común para afrontar la salida del precipicio, a ser posible, sólo con algunas magulladuras, pequeños golpes y algún que otro arañazo.
El reparto de culpas y los culpables están ahí. Y seremos todos, aquellos que tenemos la posibilidad de quitar y poner, de ejercer nuestro derecho, los que calibremos cómo han gestionado quienes ejercer el poder y cuánto han ayudado los que tratan de ocuparlo. Pese a los bulos, la permanente desinformación que unos y otros tratan de transmitir a través de medios de dudosa reputación e información veraz, lo cierto es que cuando estemos en la playa tostándonos al sol -será pronto, no lo duden-, o tomando una cerveza en la terraza de un bar, otearemos el horizonte y en ese reparto de culpas y culpables los situaremos en una balanza y el fiel caerá del lado de los solidarios, de los que sumaron. Y la derrota en aquellos que trataron de forma indecente de hacernos comulgar con ruedas de molino.

Cuando nos reencontremos

Antonio Lao | 20 de abril de 2020 a las 18:57

Comienzo esta semana haciendo referencia a uno de los pasajes del libro “Todo esto te daré” de Dolores Redondo, premio Planeta y autora de la Trilogía del Baztán, francamente recomendable. No se trata, no es mi intención, de desmenuzar la trama, pero si viene al caso para situaciones que se pueden derivar cuando nos reencontremos.
“No, no conocía a los empleados de la agencia, dudaba de que fuese capaz de recordar el nombre de más de tres, pero había sido aquella mañana, mientras buscaba en la agenda el teléfono de su agente, cuando se había dado cuenta de hasta que punto había vivido como un idiota mirando al mar. Había dejado que Álvaro cargase con su porción de realidad, la que corresponde a cada ser humano, a cada vida, y Álvaro había cargado con la de los dos, preservándole, manteniéndole a salvo como si fuese alguien especial, un genio o un retrasado”.
Y en esas estamos. En un proceso de cambios tan vertiginoso que de pronto hemos de dejar a un lado vivir como idiotas, oteando el horizonte, a la espera de que otros se impregnen de realidad y solventen nuestras cuitas. La realidad ha llegado para quedarse. El fin de los tiempos en los que casi todos nos llegaba hecho ha pasado a mejor vida y enfrentamos una época en la que, conscientes de la debilidad del ser humano, se acabaron los arropes para dormir, apagar la luz y cerrar la ventana para que no entre frío o la sobreprotección para evitar un resfriado común.
Cuando nos reencontremos nada o casi nada será igual. Nos miraremos con el deseo de los abrazos y los besos y no seremos capaces de acercarnos a más de dos metros, conscientes del miedo atroz que el coronavirus a inoculado en todos nosotros. El pánico ha superado los límites conocidos, hasta ser capaces de escribir carteles en los bloques, en los que sabemos vive una cajera de supermercado, un médico o un agricultor, y los conminamos a marcharse para evitar contagios. El colmo del despropósito, del egoísmo y de la intransigencia. Son válidos para darnos de comer cada día, para curarnos si la enfermedad nos asola, pero los queremos lejos cuando el miedo absurdo y el racismo más atroz se adueña de nosotros, inundando de maldad hasta los tuétanos.
Cuando nos reencontremos es posible que nuestra capacidad de relacionarnos permanezca intacta, aunque la lluvia fina caída a lo largo del encierro nos ha empapado cada poro de la piel y los inunda de recelos, de miedos, de cielos nublados amenazando tormenta para hacer frente al más elemental de los instintos del hombre: la supervivencia.
Cuando nos reencontremos no habrá una mano amiga que nos mantenga a salvo y seguiremos a merced de la COVID-19, si una vacuna milagrosa no es capaz de burlarlo, reírse en su corona y alejarlo aunque sea a base de salivazos.

Criterio, responsabilidad y certeza contra el virus

Antonio Lao | 13 de abril de 2020 a las 19:24

La pandemia de coronavirus nos ha embestido en un mundo dominado por la mentira, bajo el dominio de la posverdad. Un término acuñado en 2010 por el bloguero David Roberts, y que define con claridad que vivimos en una época caracterizada por el fomento de las emociones, muy fácilmente manipulables por las redes sociales. Tal y como recoge el articulista de La Vanguardia, Antonio Puigverd “es por ello que, sin desdeñar el duelo por los muertos o el sufrimiento de los enfermos, es preciso recordar que la verdad es una de las víctimas de la enfermedad que nos abruma”. Algunos atribuyen la frase a Esquilo y otros a un senador estadounidense. “La primera víctima de la guerra es la verdad”.
Cómo será de grave la situación en la que nos encontramos, que hasta he visto en las últimas semanas que algún gobierno autonómico e incluso el estatal ha alertado de una situación que crea alarma entre la población y eleva el nivel de estrés, ya muy alto, que padece la ciudadanía confinada en sus casas desde hace ya cuatro semanas. A través de las redes sociales, cualquiera que ustedes usen, o los seudo diarios digitales creados sólo con el objetivo de servir a un amo determinado y concreto, revolotea como las moscas en la miel con todo tipo de falsedades sobre la COVID-19 y sobre la gestión que el Gobierno central, el autonómico, los provinciales o los ayuntamientos están llevando a cabo. Cada día recibo en mi correo, en cualquiera de los grupos de Wasap en los que estoy o de particulares -se sorprenderían ustedes de algunos de ellos y quienes lo remiten- todo tipo de conspiraciones judéo masónicas sobre el origen del virus, curas milagrosas y curanderos cercanos a Merlín dispuestos a ofrecernos toda su sapiencia para acabar de un plumazo con el bichito. Y claro, con un miedo tan libre y tanta necesidad de creer, no les extrañe que muchos ciudadanos de buena fe los hagan suyos y hasta pongan en marcha cualquiera de los miles de remedios caseros con los que curanderos de tres al cuarto tratan de hacer su agosto en tiempos de dificultad. Frente a todo esto, el único remedio posible, cierto, real, tangible es la serenidad que el periodismo serio, con rigor, creativo y veraz ofrece. No hay otra vacuna contra la efervescencia de las redes y el amarillismo, cuyo único objetivo es confundir y obtener beneficios y réditos políticos y económicos provocados por la confusión. Nos hemos zambullido de lleno en un mercado persa, en el que los pícaros florecen como los tulipanes en primavera. Es hora de que nos aferremos a la verdad, como la única arma -además de la investigación médica- de vencer la pandemia que nos asola y de la que parece que, con el criterio, la independencia y el rigor científico vamos a ser capaz de salir. Alejemos cuanto podamos a los nigromantes, visionarios y toda esta ralea, que sólo buscan dinero fácil llegado del dolor y la muerte

La pandemia que no vimos venir

Antonio Lao | 6 de abril de 2020 a las 18:51

Del cuatro al siete de febrero, el sector agrícola de Almería se desplazó a Berlín. Fruit Logistica mostraba ya, en parte, lo que se avecinaba. Para entrar en la Feria debías firmar un documento en el que confirmases que no habías estado con una persona de riesgo. Ya había frascos con desinfectantes por doquier y las distancias en los stands se empezaban a respetar. Un mes después tuve la oportunidad de volver a la capital alemana. La Feria de Turismo se había suspendido, en España los casos de coronavirus no llegaban al medio millar, pero en las calles sonaba una especie de “run-run” que podía adelantar lo que se nos venía encima. Nadie, absolutamente nadie, pero ni en España ni en el resto del continente, era consciente de lo que hoy estamos padeciendo. A pesar de los datos cada vez más alarmantes que llegaban desde China e Italia, en España se tardó en reaccionar y en percibir la magnitud de los contagios locales. Pareciese como si la cosa no fuera con nosotros, que estábamos hechos de otra pasta o, peor aún, que la superioridad de occidente para situaciones adversas estaba por encima de cualquier “bichito” que osara u osase molestarnos.
El día 8 de marzo salimos a las calles a manifestarnos por la igualdad de la mujer como si no hubiera un mañana y, posiblemente, nos dimos los últimos besos y  abrazos que vamos a recibir en muchos meses. El futuro inmediato, que les voy a decir a ustedes, es una incógnita, pero el pasado más reciente es para  temblar.
El coronavirus no solo ha matado ya a miles de personas en China, Italia o España, sino que ha desbordado una y otra vez, como si de un martillo pilón se tratase, las previsiones de las autoridades. Sólo se han cumplido los presagios más oscuros. Ya el primer fin de semana, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, admitía que se avecinaba “la ola más dura, la más dañina” de la pandemia. Y el lunes las noticias ya hablaban de 462 fallecidos en 24 horas —una cifra que casi se duplicaría el viernes—, de decenas de muertes en residencias de ancianos y de una gran morgue improvisada por el Ejército en un centro comercial de Madrid. La semana no había hecho más que empezar, y el país se había rendido por fin a una evidencia que había intentado no mirar de frente desde hacía mes y medio.
Hoy, cuando se cumple la cuarta semana de confinamiento las muertes siguen siendo muchas, demasiadas, datos demoledores que nos van a marcar durante décadas. Es verdad que la curva parece descender, el número de contagios baja a un ritmo razonable y la luz se vislumbra al final del túnel. Nos quedan kilómetros de oscuridad aún que recorrer. La salida va a ser dura, muy dura. Y una vez que estemos fuera nos daremos de bruces con otra realidad, la económica, también crítica. Pero seguiremos ahí, vivos para contarlo.

La gestión de la crisis

Antonio Lao | 30 de marzo de 2020 a las 18:37

El coronavirus ya es una catástrofe humanitaria de consecuencias incalculables. En los hospitales  se selecciona a los enfermos -qué profunda tristeza- por su esperanza de vida. Las últimas encuestas conocidas aseguran que más de la mitad de los españoles tienen miedo a perder el empleo. Los datos económicos no contienen, lo miremos por donde lo miremos, mejor pinta. Al contrario. El tsunami que se nos avecina no tiene parangón en la historia de este país e, incluso ya se habla de planes Marshall y de la emisión de eurobonos por la Unión Europea. El estado de alarma en el que nos encontramos, que como muy pronto acabará el 11 de abril, muestra a las claras, sin parches que nos suavicen el dolor, cuál es la realidad de este país. Una realidad que comenzó en China en noviembre y la miramos de lejos como si no fuera con nosotros. Una realidad que llegó a la preocupación cuando conocimos los primeros casos en Europa, en España y en Almería. Una realidad que nos ha introducido de lleno en el ojo del huracán, que nos da miedo, que nos atemoriza y nos sume en la alarma, en la misma medida que conocemos el aumento de casos y el número de fallecidos. Y una realidad que nos agarrota, que nos paraliza, cuando ya conocemos a algún amigo o a algún familiar que lucha cada día frente a la enfermedad o, lo más triste, nos notifican que ha fallecido.
Puedo entender que la ola nos ha pillado a todos desprevenidos. Pero no comparto que aquellos que nos dirigen, aquellos que nos administran, no hayan sabido ver a lo que nos enfrentamos cuando teníamos el caso de China o el de la propia Italia a la vuelta de la esquina, para tomar nota y estar preparados para afrontar con garantías la guerra con “el bicho” que se acercaba. Y es aquí donde se me han caído todos “palos del sombrajo”. Es aquí donde me he dado de bruces con la realidad de este país. Es aquí cuando compruebo que al final estamos más cerca del tercermundismo que del mundo desarrollado. Es aquí donde, al margen de la solidaridad de cientos de  miles de españoles, observo como es la vecina de la lado, la amiga de enfrente, la que pone su máquina de coser al servicio de la comunidad para hacer mascarillas, ante las carencias mostradas por quienes nos dicen gobernar.
Mal vamos si aquellos que creemos nos van a sacar del atolladero no paran, un día  sí y otro también, de magnificar el lenguaje, de acercarse más al belicista que al tranquilizador, al guerrero que al educativo. No me serena lo más mínimo, y es para preocuparse, que adaptamos cada día nuestras palabras a la situación que padecemos. Y es que mucho me temo que todavía hoy, cuando se cumplen dos semanas del estado de alarma, el coronavirus va por delante de nosotros en esta carrera infernal, en la que el premio es la salud y la derrota la muerte. No hay medias tintas. Pero quiero ser optimista.

Con los lectores, con las personas, con la provincia

Antonio Lao | 23 de marzo de 2020 a las 19:21

Creo que a estas alturas de la pandemia del coronavirus y con algo más de una semana en “estado de alarma”, todos somos ya conscientes de que la provincia, la región, el país, el mundo atraviesa una situación muy difícil, extrema diría yo. La tormenta perfecta parece que se ha instalado en el planeta. Con los datos que ya conocemos  pienso que la emergencia sanitaria que padecemos no se va a resolver, ojalá fuera así, de la noche a la mañana, ni en las próximas semanas. Todos debemos mentalizarnos y entender que nos espera un trabajo por delante, posiblemente de meses, para retornar a la ansiada normalidad.
Sabemos de la intranquilidad de nuestros lectores, de aquellos que cada día se acercan al quiosco a comprar Diario de Almería o de los que a través de un clic acceden a nuestra web y a nuestras redes sociales. Esa misma intranquilidad es la que yo siento por los efectos de una pandemia que puede causar serios daños en la salud de nuestras familias, en especial en nuestros mayores, en la economía de la provincia, tan dependiente de la agricultura y del turismo, o en el trabajo de aquellos que lo buscan por primera vez.
Desde esta atalaya dominical pretendo  hacerles llegar el compromiso y la responsabilidad de todos cuantos hacemos Diario de Almería para ofrecerles en cualquier circunstancia y en cualquier escenario -el que afrontamos no es precisamente cómodo- desde nuestra web y desde el modelo tradicional de papel, la información más contrastada, la información más verificada, así como las opiniones más rigurosas, criterios médicos y todo aquello de especial relevancia y que tenga que ver con el COVID-19 y sus efectos, que ya los está teniendo y de forma, a veces dolorosa, en las vidas de cada uno de nosotros. Todos nuestros recursos periodísticos, técnicos y empresariales trabajan  cada día, para que ustedes, los lectores, los que están al otro lado, conozcan lo que sucede con la pandemia,  lo que se puede prever que ocurrirá, y de todo lo que nos rodea en esta crisis sanitaria de incalculables consecuencias. Y siempre alejados de las falsas noticias. Como explica Soledad Gallego Díaz, “lo importante en una crisis de un alcance tan formidable como esta es garantizar lo básico a la población: alimentación, energía, telefonía, medicamentos, asistencia sanitaria… y periódicos. Periódicos, digital o papel, que les cuenten lo que sucede y les amplíen la mirada en este encierro obligatorio”. No vamos a renunciar a ni uno solo de nuestros colaboradores para que el alma de Diario de Almería siga siendo información que sepa aunar la crítica, siempre necesaria, con un fuerte sentimiento de comunidad solidaria ante la adversidad que nos invade. Nosotros, quienes hacemos Diario de Almería, y ustedes, nuestros lectores, tenemos desde hace 13 años un vínculo especial. Nos une la provincia. Lo sentimos así y trataremos de no defraudarles.

La imagen exterior del destino turístico

Antonio Lao | 16 de marzo de 2020 a las 13:37

Fue el presidente de la Diputación del Málaga, Francisco Salado, el que el jueves ofrecía en Berlín un dato demoledor, a mi entender, para el destino turístico andaluz: “La imagen que tienen fuera de nuestras fronteras de nuestros hoteles, de nuestras instalaciones, de nuestra oferta, tiene mucho se sesentera y anticuada”.  Cuando la realidad, todos la conocemos, es que las infraestructuras son modernas, optimizadas y a la vanguardia. Mientras el consejero de Turismo y vicepresidente de la Junta, Juan Marín, asentía a tales afirmaciones, un rotundo escalofrío recorría mi cuerpo, a la vez que me planteaba qué podemos estar haciendo mal, para que aquellos que nos visitan lleguen pensando en que somos un destino viejo y cuando se van sus prejuicios iniciales saltan hechos añicos.
Desde los comienzos de este sector como fuente de empleo, desarrollo y modernidad de este país, el trabajo llevado a cabo por todos, -entiéndase administraciones y empresarios- ha sido ímprobo en avanzar en la permanente reforma de las instalaciones, así como en ampliar la oferta para atender los “paladares” más exquisitos de una industria en constante movimiento y en el que los competidores avanzan, si no más que nosotros, si lo suficiente como para poner sobre el tapete los mismos elementos y los conceptos que nuestra industria desarrolla.
Si la desazón inicial por la afirmación turbó mi ánimo, la reflexión posterior me llevó al optimismo, nunca exagerado, pero si moderado, al entender que, a pesar de la imagen podamos transmitir entre aquellos que no nos conocen no es la mejor, lo cierto es que este país, por mil circunstancias que sería prolijo enumerar, ha logrado durante dos años consecutivos batir su propio récord de visitas, estancias, pernoctaciones e ingresos.
Dicho esto, si conviene de forma paralela pararse un momento y pensar que las campañas que una y otra vez hacemos, en la creencia de que llegan a potenciales clientes no deben ser las mejores para alcanzar los objetivos marcados en rojo en las conclusiones y análisis anual.
En mundo tan cambiante como el que nos ha tocado vivir, en el que lo que hoy es dogma mañana es papel mojado, lo mejor es no perder el tren y perfilar cada acción como si fuese la última que hiciéramos en nuestra vida y de ella dependiera el futuro de la humanidad. Cada detalle cuenta, cada aspecto se analiza con lupa y la valoración que se lleven de nosotros aquellos que nos visitan es el mejor de los antídotos contra cualquier virus de los sesenta que ose instalarse en el organismo turístico de nuestra tierra. Y es que pese a campañas, proyecciones, apuestas y demás, la mejor de las publicidades siempre es el boca a boca. Y es ahí donde nos jugamos el futuro. Un futuro del que dependen miles de empleos en toda la comunidad y la renta de muchas familias.

Ábalos ya tiene quien le escriba

Antonio Lao | 9 de marzo de 2020 a las 12:04

Ramón Fernández Pacheco, alcalde de Almería, ha dejado de tener  paciencia con el Ministro de Transporte, Movilidad y Agenda Urbana José Luis Ábalos. El primer edil, conciliador siempre, lo que no significa exigente, ha remitido una carta al máximo responsable de las infraestructuras de este país, en la que solicita una reunión en la que analizar la situación de las obras y proyectos que afectan a la ciudad de Almería, dependientes del Gobierno de España, que se encuentran “en desarrollo o esperan su puesta en marcha”.
Entre los asuntos de interés a tratar referidos por el alcalde en esta misiva, se encuentran la rehabilitación de la Estación de Ferrocarril y su cesión a la ciudad; la llegada de la Alta Velocidad; las obras de integración ferroviaria o la conexión de la autovía A-7 con el Puerto.
Sobre la Estación, el alcalde recuerda que “estas obras, iniciadas en el año 2016, que deberían estar concluidas en febrero de 2019, actualmente están paradas”, desconociéndose a fecha de hoy “los planes y plazos de ejecución de esta obra”, promovida a través del Administrador de Infraestructuras Ferroviarias (ADIF). Evoca en esta actuación la pretendida recuperación para la ciudad de un inmueble, “de los más notables de la arquitectura ferroviaria andaluza y uno de los edificios más singulares, históricos y reconocidos con los que cuenta nuestra ciudad”. Subraya, además, la “especial vinculación de los almerienses con la antigua Estación” y alude a que su rehabilitación y puesta en valor como espacio cultural se convirtió en un “clamor popular”, llegando el Gobierno de España a un “compromiso público” de ceder el inmueble a la ciudad una vez recuperado, todo ello después de “muchos esfuerzos y reuniones” mantenidas por el Ayuntamiento con el Ministerio.
Siempre muy correcto, el primer edil plantea en el escrito mantener “una fluida y productiva relación entre nuestras respectivas administraciones”, emplazando en la solicitud de esta reunión al ministro para “analizar éste y otros asuntos comunes, entre ellos los plazos del Gobierno para la llegada de la Alta Velocidad a la ciudad, las obras de integración ferroviaria o la conexión de la autovía A 7 con el Puerto”.

“El interés común que ambos compartimos por ofrecer respuestas y el propósito dar soluciones a las necesidades de la sociedad almeriense me anima a solicitarle que dicho encuentro se pueda producir en el menor plazo de posible”, concluye Fernández-Pacheco, quien ya espera fechas disponibles en la agenda del ministro para mantener dicho encuentro.  Mucho me temo que hasta que no haya presupuestos no habrá respuesta. Y aún así va a ser difícil(ironía) encontrar fechas para hablar de obras necesarias para Almería, que están en la agenda del Ministerio, pero hay otras que parece que al señor Ábalos le rentan más. Quedamos a la espera

Los precios del agro

Antonio Lao | 2 de marzo de 2020 a las 13:55

Centenares de agricultores se manifestaban el martes en el Polígono La Redonda de El Ejido para protestar por los bajos precios. Una protesta que se repite de forma incesante por todo el país, al entender que la gota que ha colmado el vaso de un sector maltratado por las administraciones, ya ha caído.
Pese a las molestias ocasionadas, difíciles de asumir para quienes las padecen, lo cierto es que a los agricultores les asiste toda la razón. Son muchos años en los que se anunciaba la llegada del “lobo”, al que nadie quería ver, pero lo cierto es que el cánido ya está asentado y parece, si nadie lo remedia, que ha venido para quedarse.
La campaña, allá por donde preguntes no ha sido, no está siendo buena. Al contrario, la mayoría de los agricultores consultados hablan de ella como una de las peores que recuerdan, aunque siempre hay excepciones. Las causas que nos han llevado al agotamiento de un modelo de éxitos son muchas, al igual que los culpables. No se trata a estas alturas de señalar a nadie. Pero lo cierto es que el grado de aguante de un sector con las manos encallecidas, la piel curtida por el sol y harto de sufrir las escarchas mañaneras o la calima del mediodía, ha llegado al límite. No hay mucho más tiempo para seguir poniendo dinero y que otros eslabones de la cadena obtengan beneficios.
De media, poner en producción una hectárea cuesta a un agricultor en torno a los 50.000 euros. Una cantidad que cada año sale de las arcas de los bancos, en forma de préstamos, que hay que pagar con precisión suiza, como los relojes, durante la campaña. Y las cuentas no salen.
Se imaginan la tensión, los riesgos y la decepción de aquellos que han apostado todo a un producto, a dos o a tres y que luego las pizarras se encarguen de romper. Al igual que cualquier atisbo de esperanza en recuperar lo invertido y alcanzar un sueldo digno para cada una de las familias que cada mañana se parte el lomo dentro del invernadero. Con seguridad muchos de ustedes lo desconocen, no aciertan a entender donde está el problema, las causas y el modo de resolverlas.
Demasiada paciencia han demostrado aquellos que nos permiten llenar la nevera cuando vamos al supermercado. Demasiado tiempo han soportado el desprecio de tantos, las críticas de unos pocos y la indiferencia de tantos, cuando debiéramos inclinarnos en señal de respeto ante aquellos que nos dan de comer. Ha llegado la hora de caminar en la senda de las soluciones, del entendimiento, de los precios justos y del respeto. Basta de intermediarios que sólo ponen la mano, no sudan porque permanecen a cubierto del aire acondicionado de la oficina y no padecen las inclemencias climatológicas y los miedos de las tormentas, olas de calor o vendavales. En vuestro ánimo y en vuestro carácter está la solución. No decaigáis.

Aeropuerto Antonio de Torres

Antonio Lao | 17 de febrero de 2020 a las 19:39

Quien recuerda a sus personajes históricos, a aquellos que han llevado tu pueblo o tu ciudad por el mundo, merecen todo mi reconocimiento. Mantener en la memoria a quienes nos precedieron nos honra como ciudadanos y nos eleva en la escala de valores hasta la cima.
Digo esto tras aprobarse en el Pleno del Ayuntamiento, por unanimidad, que el aeropuerto pase a denominarse Antonio de   Torres. Considerado como el padre de la guitarra actual, supone un espaldarazo a una de las personas que  más huella ha dejado y con más durabilidad en el tiempo de cuantos han nacido en la capital.
Con seguridad, no me equivoco, que la iniciativa servirá para que aquellos que nos visiten puedan identificarlo nada más tomar tierra. Antonio de Torres es, posiblemente, más conocido fuera de nuestras fronteras que en su patria chica. Bien es verdad que en los últimos años un buen  número de historiadores y cronistas de la ciudad, entre ellos Antonio Sevillano, han trabajado con denuedo y sin descanso para contribuir al rescate de una figura de relevancia internacional, olvidada por muchos, más de los necesarios, y acomodada en uno de esos baúles para recuerdos que solemos instalar en el desván. Recuerdos que  de vez en cuando, cuando la nostalgia y el paso de los años nos invade, buscamos en la creencia de que fueron mejores, cuando la realidad es que sólo permanece lo bueno instalado en la memoria. De ahí el concepto tan positivista que nos inunda de esos tiempos pretéritos. Desconozco si emulando o no a Barajas que ahora se llama Adolfo Suárez o al inconcluso aeropuerto de Berlín, dedicado a Willy Brandt, ambos grandes dirigentes políticos español y alemán, lo cierto es que la iniciativa que se defendía en la sesión plenaria del lunes es, bajo mi punto de vista, una de las de mayor calado de la actual legislatura. Algunos pueden pensar que no deja de ser un detalle con el padre de la actual guitarra, y hasta es posible que no les falte razón y no se pueda comparar, por ejemplo, con los nuevos accesos a la Alcazaba o la idea del puerto-ciudad. Grandes obras, sin duda, pero un detalle como este quedará recogido para la historia de la ciudad en los libros que se escriban a partir de ahora. Y aquellos que los lean, nuestros nietos o bisnietos, con certeza acudirán a las hemerotecas de su tiempo, comprenderán y pondrán en valor no sólo la iniciativa, sino a la figura que honrará  a la ciudad y a su aeródromo en el futuro.
Los millones de personas que entrarán a la provincia por el aeropuerto Antonio de Torres, o una buena parte de ellos, nada más tomar tierra buscarán en Google su nombre, lo admirarán y en sus cerebros sonarán los acordes de cualquiera de sus guitarras rasgada por las manos de los mejores que las han tocado. Imaginen las notas y deléitense.