Ana, la cocinera del comedor de Abla

Antonio Lao | 12 de marzo de 2012 a las 12:46

Estamos tan preocupados por el día a día, por las grandes cuestiones que pensamos van a cambiar el mundo o, al menos, el curso de las cosas, que cuando la vida, de verdad, te golpea, sales tan noqueado que reaccionas siempre a destiempo.
La muerte de Ana, la cocinera del comedor escolar de Abla a manos de su hija, me ha dejado un sabor amargo, lo más parecido a la tuera. Una alerta del 112 me daba la primera noticia. Un suceso desgraciado más, pensé. Cuando llevas en esto años y años tratas de poner una coraza de por medio  para que las cosas te afecten sólo lo necesario. Al poco un buen amigo me decía quién era: Ana, la cocinera del comedor escolar. la mujer que durante años preparó la comida para cientos de niños que entonces, como yo, tuvimos que emigrar del colegio de nuestro pueblo a otro centro más grande para mejorar las condiciones educativas.
Ana era todo virtud, todo genio si me apuran, pero de una bondad exquisita. Nos trataba, a todos, como si de sus hijos se tratase. No desperdiciaba ocasión para obligarnos a comer, lo que nos gustaba y lo que no era santo de nuestra devoción. Fueron aquellos años difíciles, los del final de la dictadura y el comienzo de la incipiente democracia.  Años en los que la abundancia no era lo común y en los que una ración doble de dulce de membrillo como postre era la mayor de las delicias que un niño obtenía tras un primer y segundo plato, siempre abundantes.
Eran años en los que los cien niños que comíamos en el comedor del colegio Joaquín Tena Sicilia de Abla lo hacíamos desesperados para aprovechar las dos horas del mediodía, hasta el inicio de las clases de la tarde -entonces las había- para disfrutar de las instalaciones del centro.
Jugar al fútbol, a canicas, a chapas, a baloncesto -cuando alguien se llevaba un balón- y a pelear con el agricultor que tenía su finca paralela al campo, era una delicia. Cada dos pos tres el balón salía por encima de la valla que nos protegía y el propietario de las tierras, Juan creo que se llamaba, se empeñaba en quitarnoslo, argumentando que le dañábamos las habas, los guisantes o las lechugas, que también las había que cultivaba. El agua nunca llegó al río. Ana siempre estuvo allí para poner paz.


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