Una de postureo político con el AVE

Antonio Lao | 11 de julio de 2016 a las 11:29

E L tren AVE que un día nos debe unir con Murcia y Madrid ha sido durante la legislatura el tema más recurrente de toda la fauna política que habita en la provincia y la que nos visita. El Gobierno de Mariano Rajoy comenzó con unos presupuestos en los que, en teoría, la inversión en esta magna obra continuaba, aunque la realidad fue comprobar como los operarios tapiaban los túneles construidos, a la espera de tiempos mejores.
Cuatro años y medio han pasado desde entonces y no ha habido mes en los que los trabajos de esta crucial vía de comunicación para la provincia no hayan ascendido al primer plano de la actualidad, ora por un anuncio de obras inmediatas, ora por una crítica de la oposición, ora por la débil presión de la sociedad almeriense, reivindicando la necesidad de continuar con las obras suspendidas y paralizadas.
Lo único cierto a lo largo de los meses es que hemos vivido un tiempo de posturéo, en el que las palabras han estado mas huecas y vacías que nunca, en un intento claro de confundir a los ciudadanos y de darles la carnaza necesaria, ante el impedimento cierto de ver las máquinas trabajando en el tajo.
Entre retirada de tortugas y expropiaciones nos hemos movido estos meses, sin ver jamás el final de la controversia ni tampoco, claro está, un ejercicio cierto de credibilidad, seriedad y compromiso por parte de ninguno de los actores de ese serial venezolano que nos atribula, nos avergüenza y nos eleva al culmen de la indecencia política con los que aquí habitamos. Aquí cada uno llega, cuenta su historia, suelta su perolata, sus buenas palabras, su reivindicación, más o menos acalorada, y se marcha tras las pertinentes fotografías, sus ruedas de prensa, sus comunicados oficiales y sus reuniones de rigor. Postureo y más postureo, juego y más juego, con la justa reivindicación de una sociedad, la almeriense, cansada de oír siempre a los mismos, con las mismas promesas, que jamás llegan a cumplirse, más allá de planteamientos lastimeros, críticas al adversario y flores de la acción propia. Todavía, por más que se insiste, no hemos logrado de nadie, ni de los que gobiernan ni de los que ejercen la oposición, un compromiso cierto de fechas, inversiones y obras que acaben con esta feria de vanidades, este circo meditático, más propio de una república bananera que de un Estado consolidado, serio y riguroso como el que nos dimos todos hace ya casi 40 años.
Lo peor, para concluir, es que esto no ha acabado. Seguirán viajando a esta provincia con las alforjas llenas de promesas que no van a cumplir, de propuestas que depositarán en un saco roto y hasta la próxima. Los almerienses, al parecer, lo soportamos todo con nuestro habitual estoicismo, con nuestra particular socarronería y con el hartazgo silencioso del que hacemos gala y que nos caracteriza. Sea.


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