Presupuestos del Estado y el respeto perdido

Antonio Lao | 17 de abril de 2017 a las 17:43

Los almerienses nos hemos acostumbrado a poner la otra mejilla cuando nos abofetean. Una actitud pacifista, poco gratificante y con escasas repercusiones en forma de aguinaldos. Esta forma de ser, que debe tener encantados a aquellos que nos gobiernan, sean del signo de que sean, permite, por ejemplo, que el ministro de Fomento venga a Almería, no traiga nada, lo escuchemos con educación, se marche y hasta la próxima. Este talante, verbigracia, hace que la inversión en los Presupuestos Generales del Estado para el año en curso, si el Gobierno es capaz de sacarlos adelante, sea más que paupérrima, y que nadie se mueva o alce la voz para atajar tanta tomadura de pelo, tanto engaño y tanto olvido.
Esta conducta, más propia de pueblos avanzados y sin necesidades aparentes, acarrea que el Ministerio de Fomento destine dos millones de euros a la Alta Velocidad, dinero que no se gastará, y que permitamos que los distintos representantes del Ejecutivo en Almería sean capaces de sentarse frente a los ciudadanos, defender la calderilla de inversión, sin ponerse colorados, y que los dejemos escapar con una sonrisa.
Este ánimo de quienes habitamos en la provincia es capaz de soportar que haga cinco años que la desaladora que se construía en Villaricos fuese anegada por las aguas -ya se construyó en una zona inundable- y que no encontremos un sólo euro para culminar los trabajos en las cuentas de 2017. Lo contrario lo hayamos en nuestra vecina Murcia, cuyos agricultores hartos de tomaduras de pelo, son capaces de juntar 400 tractores y tomar la capital, colapsarla y exigir un compromiso de la ministra Isabel García Tejerina, para buscar soluciones a la escasez de agua que padece esa tierra, que es la misma sed que nosotros soportamos desde hace décadas.
Este porte almeriense tiene ante sí el reto, la oportunidad, de decir ¡basta ya! a que nos tomen por el “pito del sereno” y no somos ni capaces de ponernos de acuerdo. No tenemos ni la fuerza, ni la valentía de convocar una gran manifestación, alejada de ideologías, sólo reivindicativa, para alzar la voz ante tanta ignominia, ante tanta carencia, ante tanto ostracismo, ante tanto vacío inversor como llevamos padeciendo más de una década.
Cuando se trata de dar un paso al frente también tenemos ese miedo reverencial, ese respeto hacia el prójimo, en la creencia que algún hada madrina se apiadará de nosotros y nos sacará del atolladero. Una creencia errónea que sirve a los pillos para seguir instalados en el pedestal del poder, sabedores de que aquí la paciencia nunca se agota; de que aquí somos capaces de levantarnos una y otra vez, afrontar el gran desafío de la innovación y el desarrollo, pero no tenemos el más mínimo interés por parar los pies a aquellos que nos han perdido el respeto.


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