Chiringuitos

Antonio Lao | 5 de junio de 2017 a las 12:35

Acercarse a un chiringuito a tomar una cerveza fresca con una buena tapa de sardinas en bañador, con arena incrustada hasta en el carnet de identidad, en chanclas o descalzo, abrasándote las plantas de los pies, es un clásico sin el que no se entendería un buen día de playa. La importancia de este tipo de establecimientos en la costa española, y en la almeriense en particular, los hace imprescindibles y casi habría que declararlos Bien te Interés Cultural (BICI), algo así como se hizo con Toro de Osborne en las carreteras españolas. Queda clara pues la defensa numantina que hago de los chiringuitos, como elementos imprescindibles de la costa española en verano. Incluso voy un paso más allá. Forman parte de nuestra cultura turístico-gastronómico-veraniega. Si no existieran habría que inventarlos.
Pero dicho esto, vayamos a la polémica generada en la última semana en la capital y Mojácar en torno a estos “templos gastronómicos” del pueblo playero. En Almería, el responsable de Urbanismo, Miguel Ángel Castellón, ha llegado a afirmar que para seguir como están, mejor ninguno. Y no le falta razón. La mayor parte de ellos son una especie de aglomerado de maderas, chapas y otros artilugios, que han ido copando y ocupando la playa a su antojo, con la aquiescencia municipal en la mayoría de las ocasiones, respetando poco o nada los intereses de los bañistas y, ni mucho menos, las servidumbres y zonas de paso. Así pues, parece más que comprensible la necesidad de adaptarlos a los nuevos tiempos, a las nuevas circunstancias, que nos hablan de mejorar, no ya los productos que degustamos en ellos, que también, sino las instalaciones, en la búsqueda de una armonía en diseño acorde con la imagen de modernidad y prosperidad que queremos ofrecer a los que nos visitan.
En Mojácar la situación no es mejor. Con criterio, coherencia y a la búsqueda de armonizar la costa y concluir el Paseo Marítimo, la alcaldesa de la localidad, Rosa María Cano, ha presentado la obra que ejecutará en breve y que viene a dignificar uno de los pueblos más hermosos de la costa española y, -pueden visitarlo-, uno de los más cuidados.
Pues bien. En ese intento se ha encontrado con el rechazo de los propietarios – la mayor parte de ellos ocupan lugares y zonas que no le corresponden- y también la de algunos grupos de la oposición que han visto en la polémica un suculento manjar de votos para próximas citas electorales. No les importa nada que no se respete la Ley de Costas. Les importa un pimiento la imagen turística del municipio y, lo que es peor, se alían con aquellos que tratan de incumplir la ley. No es el camino. La solución pasa por acuerdos entre las partes, ya negociando, y por el escrupuloso respeto a lo que marca la legalidad vigente. Otra cosa es sólo populismo.


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