Pueblos vacíos, donde habita el silencio

Antonio Lao | 10 de abril de 2019 a las 19:27

Miles de personas, convocadas por La Revuelta de la España Vaciada de 90 plataformas y 23 provincias se manifestaban la semana pasada en Madrid para reivindicar soluciones urgentes para que el medio rural “no agonice”. Este fin de semana en Serón se celebran unas jornadas con la misma intención: un intento más por alzar la voz en defensa de una forma de vida, lamentablemente, en retroceso.
El problema viene de lejos, no es nuevo. Las soluciones, complejas, han entrado de lleno en la campaña electoral, en un intento de llamar la atención y encontrar alternativas al deterioro progresivo de la vida rural, la pérdida de población y todo lo que ello conlleva: menos servicios, carencia de infraestructuras, cierre de tiendas y comercios, ausencia de niños, población envejecida y un largo etcétera, capaz de generar la más profunda de las tristezas y desolación. Ver como el lugar donde naciste, donde formaste una vida, se apaga es la mayor de las angustias y pesar. En Almería más 70 pueblos, de los 103 que la conforman, corren serio riesgo de despoblación. Algunos, a la vuelta de una década pueden ser localidades fantasmas o sólo habitadas los fines de semana con suerte. Entre las iniciativas para tratar de mitigar esta ruina, la Diputación de Almería ha puesto en marcha un programa de ayuda a autónomos que quieran mantener sus empresas en alguna de estas localidades. Con ser importante, mucho me temo que no es suficiente. Hace falta algo más que esto para tratar de fijar la población a lugares en los que no ha nacido un niño en décadas, donde los jóvenes emigran en busca de trabajo y el paisaje diario no va más allá del bar abierto sólo algunos días de la semana y la soledad y el silencio lo inundan todo.
En alguna ocasión ya he escrito que casa en la que un mayor se muere es una casa que se cierra. Este es el aterrador panorama que se dibuja en el interior de una tierra hermosa como es Almería y que hoy, en su interior, es pasto de las bolinas en días de viento, del deterioro de las viviendas cerradas a cal y canto y la maleza adueñándose de los campos que un día fueron fértiles y que hoy son tomados por las alimañas. Caminar por cualquiera de ellos tiene ese sabor agridulce que produce el desgaste, mezclado con el regreso de la naturaleza en toda su extensión. La amalgama de ambos elementos conjuga sensaciones contrapuestas, plagadas de recuerdos, inundadas de almas serenas y rabia contenida por no haber sido capaces de taponar el sangrado permanente de vida, que se desgaja a jirones camino de la civilización que hoy nos atenaza, nos inunda y nos incita a dejar el pasado para vivir en el paisaje urbano en el que encuentras todo a solo un clic o a la vuelta de la esquina. Es la sociedad que nos toca y posiblemente en la que nos gusta vivir, distante de aquella en la que ya habita el olvido.


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