Precios de saldo para viajar en Talgo

Antonio Lao | 16 de julio de 2019 a las 9:35

Soy optimista por naturaleza. De ahí que valide el dicho de que “no hay mal que por bien no venga”. Viene esto a cuento de la agresiva política de la compañía Renfe con los precios del Talgo que nos une dos veces al día, en ambos sentidos, con la capital del reino. La presión mediática, reconozco que ha debido ser insoportable en determinadas ocasiones, ha llevado a la compañía ferroviaria a actuar de oficio y tratar de recuperar algo del prestigio perdido bajando precios y duplicando cabezas tractoras en el tren Talgo que nos acerca a Madrid cada día en tan sólo, y remarco el adverbio, siete horas. ¡Ahí es nada!
Aquellos en los que el tren forma parte de nuestro ADN, que lo hemos vivido como forma de transporte desde que tenemos uso de razón, nos duele al extremo la permanente dejadez a la que nos han sometido aquellos que nos gobiernan desde tiempos inmemoriales. Con la excusa de un AVE que sigue siendo una ilusión, dejaron hace ya muchos lustros de inyectar fondos en la línea hasta Linares, convirtiéndola más en una reliquia de bajo coste que en el símbolo de la modernidad y desarrollo de una provincia como la nuestra, innovadora, creadora de riqueza y emprendedora.
Ahora, cuando el número de pasajeros se ha reducido a la mitad en pocos años y cuando todos los usuarios abominan de la lentitud, las averías y la desidia hecha convoy, llega la compañía prestadora del servicio y nos va a permitir viajar hasta Madrid por el módico precio de 25 euros. La medida no es que llega tarde, es que llega a destiempo. No aporta mucho a un panorama desolador y de abandono, a veces pienso que premeditado por aquellos que ejercen el gobierno, para dejar morir de inanición lo que en su día, y tan sólo ha pasado algo más de un siglo, fue un símbolo de modernidad y compromiso. Un símbolo que hoy aquellos que ejercen el gobierno permiten con nocturnidad y alevosía dejarlo morir como si de un paciente terminal se tratase. Y es que no hay nada peor que tener soluciones y no aplicarlas. Engañar al paciente con falsas promesas que nunca llegan, para que el paso del tiempo sea el juez guillotinador, que sólo deja caer la cuchilla sin remedio de continuidad.
Y es ahí donde nos movemos, entre el quiero y no puedo infinito, que como el hampster gira en la rueda buscando una salida imposible. Y mientras permanecemos instalados en la sospecha de qué tren nos pueden quitar con la llegada del AVE a Granada o cómo presionamos para que el tiempo de viaje se reduzca en unos minutos que no van más allá de un titular de periódico. Porque al final, por mucho que nos duela, la realidad es tozuda, inflexible y rotunda: un tren del siglo XIX, para una sociedad avanzada del XXI, con infraestructuras obsoletas y material casi de desecho.


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