El futuro de la Feria

Antonio Lao | 2 de septiembre de 2019 a las 18:55

La Feria concluye hoy con la procesión de la Patrona. Un año más, y van muchos, la decadencia de la fiesta mayor de la capital es evidente. En los próximos días asistiremos, como en otras ocasiones, a debates en la mayoría de ocasiones estériles, porque las decisiones se posponen, llega el mes de agosto, y recuperamos el rasgado de vestiduras y las soluciones apresuradas, sin final concreto y óptimo.
Y no es que el Ayuntamiento y el gobierno de turno no ponga toda la carne en el asador, que la pone. Incluso la mejor de las voluntades y dinero, si no en abundancia, si suficiente. Pero la realidad es que tal y como está concebida la Feria de Almería tiene fecha de caducidad. Con ambigús del mediodía estancados y la noche alejada de las familias y tomada sólo por las atracciones a media tarde y las casetas-discoteca en la madrugada, estamos abocados a un triste final y a dejar el evento en manos de aquellos que nunca quisiéramos que se hicieran cargo de la celebración.
Atrás han quedado los tiempos en los que acudir a la Feria de Almería era una actividad familiar, un ritual, un escenario deseado y esperado. Hoy, para nuestra tristeza, ir al recinto se ha convertido casi en un engorro, en el que la apatía y la falta de atractivo ocupa la mayor parte del espacio. No me atrevería nunca a avanzar soluciones. Además de no ser mi cometido, entiendo que para ello están los sesudos pensadores municipales. Pero si me atrevo a apuntar algunas de las causas en las que yo percibo agotamiento o decadencia. En la Feria del Mediodía nos empeñamos en acabar con el botellón callejero controlado, cuando era uno de los elementos de animación de la fiesta. Y si no que se lo pregunten a los pamplonicas y a San Fermín. Allí nunca tratarían de evitar que los locales del centro no apostaran por el ambiente para animar la fiesta. Aquí, de tanto control y costes, hemos acabado con aquellos que querían arriesgar sus euros en montar ambigús. Este año ha sido triste encontrar menos de media docena y con unas características bastante limitadas.
De la noche se puede decir poco más de lo ya apuntado. Un recinto óptimo, pero muy alejado del centro de la ciudad, junto con los precios desorbitados que tiene montar una caseta, ha terminado con la esencia de una fiesta abierta, almeriense, cercana y animosa como pocas en Andalucía. Recorrer las calles este año sólo me transmitía tristeza, decadencia, desgana y olvido. Una tristeza contagiosa que debe hacer reflexionar a los organizadores, con cuatro años de gobierno por delante, para buscar alternativas capaces de revitalizar unas fiestas que eran la envidia de sus homónimas andaluzas. Una Feria del Mediterráneo que alcanzó cotas de éxito inesperadas y que, probablemente, murió por elevarse como una montaña rusa y descender a velocidades de vértigo y sin solución de continuidad.


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