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Respirar no es vivir

Antonio Lao | 11 de mayo de 2020 a las 19:02

TOMO prestado el título de esta columna del inglés  Alfred Tennyson, uno de los grandes poetas y dramaturgos universales y creador de una nueva expresión lírica que se conoce como “monólogo dramático”. Esta frase de uno de sus poemas, traducida al castellano, claro, viene a reflejar la sensación que, de alguna manera, a todos nos invade con lo que se ha venido en llamar ‘nueva normalidad’. Nueva normalidad para no desplazarte más allá de tu provincia y sólo si tienes una causa justificada. Nueva normalidad para salir a caminar no más lejos de un kilómetro de donde resides. Nueva normalidad para respirar a través de una mascarilla incómoda y ya no le digo si llevan gafas. Nueva normalidad cubriendo las manos con guantes de látex, que con las temperaturas que ya vivimos se convierten en una especie de plastilina lechosa, en la que el talco busca fijarse para no resbalar y lo único que se consigue es la hinchazón de los dedos, -o al menos a mi me lo parece-, reblandecidos por efecto del calor y al borde de que la carne se desprenda, como si de una pata de cerdo al horno, poco hecha, se tratase. Y nueva normalidad para evitar acudir a un bar a tomarse a unas cañas, saludarte con los codos, esquivar cualquier actitud cariñosa y tomar una cerveza quitando y poniéndote la mascarilla. Arriba y abajo como si de un lateral se tratase corriendo la banda en un partido de fútbol.
Respirar no es vivir en unos tiempos en los que se tiene miedo a perder la vida, pero no miedo a morir. Llegados a este punto quiero recordar a Albert Camus, novelista, ensayista, dramaturgo y filósofo francés, aunque nacido en Argelia, quien aseguraba que era preferible “morir de pie que de rodillas”. Y en esas estamos, buscando las fórmulas para no doblar la extremidad inferior, aunque después de algo más de dos meses de encierro, treinta mil muertos y más de doscientos mil infectados, la sensación de arrojar la toalla y dejarte llevar por el hastío y el pesimismo gana enteros en la misma medida que el calor se apodera de los días y casi de las noches en este mayo atípico que nos ha tocado vivir.
No decaigan. No se dejen llevar por el “Inguma” o genio maléfico que tan bien describe Dolores Redondo en su trilogía del Baztan. A ser posible sáquenlo de las profundidades en las que busca instalarse, lo sujetan con fuerza y lo lanzan allí donde el mismísimo Caronte, barquero de Hades, trate de recogerlo. Y como no lleva la moneda necesaria para el paso de la laguna Estigia, deba vagar cien años hasta obtener la benevolencia del timonel que los trasladaría sin cobrar.
Volveremos a la normalidad. A las playas, a los bares, a las tapas, a los conciertos, a las comidas con amigos, a los viajes, al cine… a tantas y tantas cosas que estaban ahí y que éramos incapaces de valorar, que cuando nos las arrebatan vagamos perdidos y sin destino fijo.


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