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Vivir es arriesgar

Antonio Lao | 18 de mayo de 2020 a las 19:14

Desde el lunes 11 de mayo la provincia ‘vive’ y ‘disfruta’ de la nueva normalidad. Es lo que hay. Aunque para muchos se queda muy lejos, lejísimos, de nuestra cotidianidad quebrantada en febrero. ¡Qué lejos queda! ¿Verdad?
Estamos instalados en un confinamiento impuesto y autoimpuesto. Convivimos con el miedo a la COVID-19. Se ha alojado en nosotros, penetrando hasta los tuétanos. Nos ha invadido de tantas maneras y por tantos frentes que, por más positivos que pretendamos ser, el cerebro te catapulta hacia la prudencia, la paciencia y el bajo riesgo, en la misma manera que un polluelo sale del nido, bate las alas, trata de alzar el vuelo y observando el abismo regresa a la seguridad de su refugio. Mañana será otro día, se dice.
En la misma medida que nos ofrecen los datos del día, por fortuna cada vez más alentadores, -a pesar de que doscientos muertos diarios es como un 11-M cada jornada-, nos inoculan la prudencia. Tratan por todos los medios de provocar en cada uno de nuestros cerebros un estado de vigilancia, de acecho, de alerta, que a poco que sientas algo de debilidad te arrastra la corriente del abismo, los rápidos inabordables por tu barcaza y, como los caracoles, regresas a la parrilla de salida que no es otra que el caparazón de tu casa. Ese lugar, que en los algo más se sesenta días que llevamos confinados, se ha convertido en la cueva inexpugnable, en la caja fuerte más segura de cualquier banco. Pero vivir no es eso, vivir es arriesgar. Vivir es regresar, con la sensatez necesaria, a los tiempos en los que la seguridad parecía un bien ganado para siempre y del que jamás se podía dudar.
No estaría demás que los gobiernos, los que hemos puesto nosotros y los organismos internacionales que nos suministran información, lo hiciesen sin dudas y con claridad. Porque lo único que ha dejado claro esta pandemia es que afecta mucho más a aquellos que pasan de los 70 años, lo que me  permite afirmar que ser mayor es malo para la salud. Pero dicho esto, convendría de forma paralela conocer los porcentajes de mortalidad por décadas hasta llegar a los recién nacidos, para tener un  cabo al  que agarrarse, en el caso de que tratemos de arriesgar para vivir.
Conociendo las consecuencias de nuestros actos y los riesgos reales a los que nos enfrentamos, quizá, sólo quizá, seamos capaces de situarnos en un estadio de “nueva normalidad” en el que retomemos la vida, algo tan simple con la vida. Pero ya les digo, que mientras no recuperemos las grandes concentraciones de conciertos, asistir al fútbol con normalidad y tomarnos una tapa apiñados en el bar de moda, como humanos valoraremos cada paso, cada gesto. Viviremos sí, pero alejados del desenfreno, de la pasión, de la fuerza y la adrenalina que supone el riesgo. Mientras el virus esté ahí, no lo correremos.


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