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‘Son molinos, no gigantes’

Antonio Lao | 10 de diciembre de 2020 a las 20:02

La escritora y periodista Irene Lozano, ahora presidenta del Consejo Superior de Deportes, acaba de publicar el libro “Son molinos, no gigantes”, del cual tomo prestado el título de esta columna. En él se adentra en un tema que me apasiona en los últimos años y es en cómo “las redes sociales y la desinformación amenazan de muerte nuestra democracia”.
A su juicio, y lo comparto en su totalidad, las “nuevas tecnologías de la información han modificado nuestra forma de ver el mundo y condicionado nuestra percepción de la realidad, hecho que se ha traducido en una nueva política, basada en el populismo, que busca la fragmentación, el desgaste y la polarización de la sociedad. Para presentar un relato que sea asumido como propio por la comunidad a la que se dirigen, hacen uso de una estrategia que, en la era de internet, tiene como principal arma la desinformación: bulos y fake news corren sin freno por la red y suponen una grave amenaza para la democracia al situar en el debate público problemas que, a menudo, son inexistentes. El discurso de Donald Trump en Estados Unidos, el de los partidarios del Brexit en el Reino Unido y el de los independentistas desde las instituciones catalanas durante el procés enmascaran la realidad, debilitan el sistema democrático y contribuyen a crear, cada vez más, una sociedad dividida y desinformada. Pero ¿son las redes y los medios los culpables? ¿En qué momento los ciudadanos bajamos la guardia y perdimos la mirada crítica sobre los políticos?  En Son molinos, no gigantes, Irene Lozano analiza en profundidad, desde su posición como política en activo, la crisis de la racionalidad y la comunicación que amenaza la democracia actual, un sistema que no puede sobrevivir sin un conocimiento claro de la realidad por parte de los ciudadanos. Una realidad que el populismo pretende desdibujar para que, “como le ocurrió a nuestro Quijote, confundamos molinos con gigantes”.
El análisis y sus conclusiones no son baladís. Al contrario. En la misma medida que las redes sociales ocupan espacio dejamos de percibir la realidad tal cual es. Los ciudadanos quedamos a merced de aquellos que, con excelente manejo de las  herramientas digitales, son capaces de cambiar la percepción de las cosas y creer cosas impensables. Les pongo un ejemplo. Hay un porcentaje nada despreciable de la población americana, por ejemplo, que piensa que con la vacuna del coronavirus los gobiernos nos van a insertar chips para controlarnos. Ante semejantes despropósitos conviene avanzar en la educación de la verdad. Que no es otra que tratar de dudar de todo, informarse de forma veraz, confirmar por varios medios y fuentes, nunca por uno solo, y dejar de creer que todo aquello que nos cuentan los que ostentan el poder es cierto por naturaleza. Debemos ser críticos sin más. Críticos en la esperanza de que lo que acabe triunfando, con dificultades, sea lo más parecido a la verdad. Sin más.


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