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Allegados y coronavirus

Antonio Lao | 22 de diciembre de 2020 a las 18:49

La pandemia de coronavirus no tiene un sólo aspecto positivo. Por más vueltas que le pretendas dar a la situación y buscar elementos que deriven en propuestas de futuro, con fundamento, no existen. Claro que luego estamos quienes, por defecto, somos capaces de ver la botella medio llena en medio de una tormenta, montados en una piragua y en mitad del océano. Y a fe que hallamos elementos que, por más que nos puedan nublar el juicio o llevar a los demás a rasgarse las vestiduras o llevarse las manos a la cabeza, los encontramos.
Es como una especie de algoritmo que nos hayan implantado en el cerebro para sobrevivir y lo llevamos a la práctica por encima de todo y de todos.
Uno de esos elementos a valorar como indudable, como cierto, ha sido lo mucho que ha crecido nuestro vocabulario en estos 365 días. Palabras nuevas o recuperadas las encontramos a cascoporro, aunque yo me quedo con dos, a lo sumo tres, que nos han permitido incrementar nuestro léxico. Me refiero, por supuesto a coronavirus, la COVID-19, o el “bicho” como se le conoce en lenguaje coloquial. Cualquiera de ellas se ha insertado en nuestro cerebro como una grapa en la madera y ahí quedará, “per secula, secolorum”, aunque este año 2020 pase, la normalidad se recobre y de la pandemia sólo quede una pesadilla o un mal sueño.
No creo que haya un sólo mortal que no haya dicho, expresado, hablado o escrito, en cualquiera de los idiomas que se hablan en la tierra, la palabra coronavirus.
Luego están los vocablos de andar por casa, aquellos que algún iluminado descubre, caso del ministro Illa y su “allegado”. Y ahí estamos todos devanándonos lo sesos para descifrar qué ha querido decir. Porque a día de hoy, y la Navidad está a tiro de piedra, aún no he conseguido saber a quién o a quiénes puedo invitar a la cena de Navidad. Al margen de la definición de la Real Academia Española de la Lengua: “Dicho de una persona: Cercana a otra en parentesco, amistad, trato o confianza”, creo que bastante clara, lo que ahora tengo que definir es si invito a mis allegados, a los allegados de mis allegados y ellos a su vez a los allegados, de los allegados, de sus allegados. Con lo cual puedo montar en casa un Belén en Nochebuena que para sí lo quisiera un jerezano en su zambomba flamenca.
Ironías al margen, lo que apuesto es por la claridad de aquellos que nos tratan de gobernar y que se dejen de gaitas, porque al final están jugando con la vida de todos nosotros. Dicho lo cual y si alguno todavía mantiene alguna duda sobre sus “allegados”, lo razonable es que aplique la lógica, la coherencia y la sensatez. Lo importante no son cuántos nos vamos a reunir en torno a la mesa esta Navidad, sino que el año próximo por estas fechas, los que nos sentemos sigamos siendo los mismos, sin echar a nadie de menos.


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