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El estado al que hemos llegado

Cayetano García de la Borbolla | 17 de noviembre de 2014 a las 10:02

¿Qué esperaban? Después de seis años cargando en las espaldas de la gente corriente los efectos de años de desperdicio del dinero público, de los rescates de las cajas de ahorro y de los agujeros negros de la corrupción, me cuesta creer que haya gente que se sorprenda del éxito de partidos como Podemos y su mensaje “antisistema”, y ello ¿por qué? Se preguntan, sin saber que la respuesta como siempre, está en el interior: los fervientes comulgantes del ultraliberalismo económico que nos llevan gobernando desde hace más de treinta años saben que uno de los postulados fundamentales de ese capitalismo salvaje que tanto les gusta es que nada es gratis.

Si nuestros padres de la patria dejaran de citar con fruición a Winston Churchill, y ampliaran su espectro de proverbios , hubieran caído en la cuenta de lo que ya advertía Lincoln hace ciento cincuenta años: “Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo”. Es obvio que un sistema que condena al paro a un veintiséis por ciento de su población, y unos jóvenes que lo sufren en un porcentaje superior al cincuenta por ciento debe suscitar poco interés en pro de esa conservación por parte de ese ejército de excluidos a los que se deprecia y culpabiliza por su situación.

Si a eso se le suma que los privilegiados del sistema han perdido el respeto a las clases populares, declarando cómo Mónica Oriol -que despreció a todos esos jóvenes sin formación- “que no valen nada” y para los que reclamó una rebaja del salario mínimo interprofesional, hoy fijado en 645,30 euros mensuales, muy inferior a lo que es estila en países de nuestro entorno, resulta un estado de crispación que debemos agradecer que se desahogue exclusivamente en las urnas.

El panorama en cualquier caso no tiene visos de mejorar, con un partido del gobierno, cuyo logotipo, como ha dicho algún cronista estaría mejor representado por un avestruz que por una gaviota, y un PSOE que lleva años en fuera de juego, autodestruido por su tenaz aplicación del principio de Peter.

Ya dijimos aquí en su día que la mayoría de los postulados políticos en los que se basa el estado de bienestar fueron elaborados por los gobiernos liberales de Asquith en el Reino Unido, gobierno del que formaba parte el ídolo de la conservaduría europea Winston Churchill. Eran tiempos en los que los privilegiados del sistema tenían un cierto pudor para con lo menos favorecidos, y sobre todo les tenían algo de miedo.

En efecto, la definitiva eclosión del Estado Social tiene lugar tras la Segunda Guerra Mundial, con una Europa en ruinas devastada por la furia de los totalitarismos, ocupada en un tercio de su extensión por los ejércitos soviéticos y con una ciudadanía que había adquirido conciencia de sus derechos sobre el Estado después de los sacrificios efectuados en los dos conflictos mundiales. En este contexto se impusieron definitivamente las tesis de los laboristas ingleses plasmadas en los informes elaborados por Lord William Beveridge (barón Beveridge de Tuggal), informes que, siguiendo la tradición empírica inglesa, plantearon la necesidad de evolucionar hacia un mundo socialmente más justo, lo que evitaría la recaída en los conflictos provocados por la tentación totalitaria que siempre subyace en la desigualdad extrema.

Sobre estas ideas se desarrollaron lo que en Francia llamaron “los treinta gloriosos”, unos años en lo que se consolidaron las clases medias y se redujo la desigualdad, como nunca había sucedido en la historia de la humanidad. Pero los tanques rusos se fueron, cayó el muro, y por primera vez en doscientos años los privilegiados perdieron el miedo, comenzaron a dejar de pagar impuestos y el bienestar empezó a batirse en retirada.

En efecto, el problema actual no es tanto de gasto, como nos repiten constantemente nuestro gobernantes, sino de falta de ingresos: quienes tienen que pagar no lo hacen, y el coste del sistema esta soportado por los trabajadores asalariados y la clase media, soporte que evidentemente excede de sus posibilidades, por ello entiendo que resulta fundamental establecer un sistema fiscal que sea verdaderamente efectivo, el actual no lo es.

Los impuestos a pesar de su mala prensa son el precio de la civilización, lo que permite tener un país del que sentirse orgulloso, que no expulse a nadie del sistema y con educación y sanidad eficaces. Ya se que eso le suena a muchos a milongas, no se preocupen, para esos también existen otros argumentos: los impuestos son lo que las empresas deben pagar por tener mercados eficaces y seguridad jurídica, lo que el millonario debe abonar para que su ciudad no se convierta en un sitio en el que a su hijo no lo secuestren al salir del colegio y le manden un meñique ensangrentado pidiendo un rescate, lo que en definitiva le permite disfrutar de sus riquezas. Por favor, grandes multinacionales, paguen, paguen impuestos, sino porque es lo justo, háganlo por miedo, pero paguen.

Parta terminar permítanme que traiga un divertido episodio de la historia que considero adecuado al tema: Santarem, Portugal, madrugada del 25 de abril de 1974, el capitán Salgueiro Maia, cabecilla del golpe que iba a derribar la infame dictadura portuguesa pronunció una arenga a sus tropas antes de salir a tomar Lisboa: “ Señores míos, como todos saben, hay varias formas de Estado: el Estado social, el Estado corporativo, y el estado al que hemos llegado. Ahora, en esta noche solemne, vamos a acabar con el estado al que hemos llegado. Así que el que quiera venir conmigo, que sepa que nos vamos para Lisboa y terminamos con esto. Quien quiera venir, que salga fuera y forme. Y el que no, que se quede”. Y es que a veces llega el momento histórico de terminar con el estado al que hemos llegado

¡Mariano muévete!

Cayetano García de la Borbolla | 25 de junio de 2013 a las 11:08

Resulta raro que un periódico de información general como es El País abriera ayer su sección de opinión con un editorial sobre la llamada “burbuja del fútbol”, una metáfora que en los últimos meses se ha vuelto recurrente para describir el estado actual de nuestra liga profesional de balompié. A qué punto está llegando la dimensión del problema futbolístico que ya, hasta los diarios serios, reclaman una acción política decidida que afronte una reestructuración de un sector en el que, como se dice en el artículo, diecinueve equipos de los cuarenta y dos que componen la LFP han pasado por el instrumento legal del concurso de acreedores.

La cuestión es que, como casi siempre, estos análisis de los profanos llegan tarde –no digamos la actuación de los políticos, que todavía ni siquiera han empezado a informarse sobre el problema- Para los que conocemos el mundo futbolístico y hablábamos de burbuja hace un par de años, la metáfora más adecuada ahora sería la de una nube tóxica que sucede al estallido de la burbuja, y que amenaza con contaminar y destruir en el sistema.

Pero ¿cómo se ha llegado a esto después de que el Estado planteara el Plan de Saneamiento del año 1992? Pues básicamente haciendo omisión de los deberes de control que correspondían al Consejo Superior de Deporte, desde el primer momento de la constitución de las Sociedades Anónimas Deportivas, acto que fue una verdadera merienda de negros, salvo honrosas excepciones, y que propició la entrada de directivos cuyo único fin de enriquecerse a costa de los aficionados al deporte.

La norma de estos apandadores fue no pagar a las Instituciones Públicas por sistema, además de establecer complicados entramados societarios para desviar las comisiones y exacciones ilegales que obtenían de un mercado inflado artificialmente para poder robar más y mejor. Todos salían ganando a costa del estado y de los aficionados: los jugadores cobraban más aunque una parte de su salario fuera para pagar la mordida a los dirigentes, los comisionistas a lo suyo, y los directivos trincando por aquí y por allá.

Un pacto de silencio ha rodeado al fútbol desde 1992, directivos que cobran parte de las fichas sobredimensionadas de la plantilla, mediante sociedades residenciadas en paraísos fiscales, comisiones de traspasos elevadísimas, inflación de representantes innecesarios, todo a costa del sufrido aficionado, y del gobierno, que renunciaba a exigir coactivamente los tributos, dejando tras veinte años de mirar para otro lado, un panorama aterrador.

En efecto, la deuda de los clubes con Hacienda y la Seguridad Social ha devenido en un problema nacional dado su montante, lo que parece que por fin ha conseguido que se platee exigir a las SAD una cierta diligencia en el cumplimiento de sus obligaciones (como cada hijo de vecino, vaya). Hasta parece que a la AEAT no le tiembla el pulso a la hora de perseguir a megaestrellas mundiales, y desde luego hay que constatar que su posición en los concursos de acreedores está siendo más firme, pero evidentemente esto no es suficiente, en un estado próximo al colapso financiero.

Mientras, los dos colosos de nuestro fútbol, Madrid y Barça siguen acrecentando su posición de privilegio, lo que hace que desde la capital (políticos y medios) no se aprecie la podredumbre del modelo: con los equipos medianos, asfixiados por la deuda y dejando escapar a su mejores jugadores con destino a ligas extranjeras, y los modestos directamente desapareciendo o en trance de hacerlo. No es la primera vez ni será la última que desde aquí se demanda, urge que el gobierno tome la iniciativa y proceda a reformar el deporte profesional en España, elaborando de una vez por todas una Ley de Sociedades Anónimas Deportivas, reglamentando el reparto de derechos televisivos y estableciendo su serio y riguroso sistema de control sobre las finazas de los equipos. O eso, o en poco tiempo nos quedamos sin fútbol. ¡¡¡Mariano, muévete!!!

La caída de los dioses

Cayetano García de la Borbolla | 25 de abril de 2013 a las 7:12

Escribo esto tras la paliza recibida por el Real Madrid ayer en Dortmund, que se suma a la goleada encajada por el Barcelona la noche anterior. Los dioses de nuestro fútbol, nuestros gigantes, que se pasean por la liga española sin ninguna oposición gracias a su privilegiado trato por parte de los operadores televisivos y la prensa han sido humillados por parte de dos equipos que representan un modelo de gestión diametralmente opuesto al de nuestra liga. ¿Puede representar estas derrotas el principio del fin de la burbuja Madrid-Barcelona? ¿O es simplemente, como dicen algunos bromistas, la consecuencia de un protocolo secreto firmado entre Merkel y Rajoy para ablandar las condiciones de los rescates?

Ciertamente a cualquier observador neutral le tiene que llamar la atención la distorsión económica y competitiva acaecida en los últimos años en el seno de nuestra Liga de Fútbol, con un injusto sistema de reparto de ingresos procedentes de derechos televisivos. En la actualidad, el R. Madrid y el Barcelona cobran sólo entre ellos dos por el concepto de ingresos televisivos , el 77,3 % de la masa de todos los equipos de la Liga Alemana, y el 57 % de la tarta de la tele de la liga española. Es evidente que esto genera un perverso círculo vicioso en el que los dos clubes son cada vez más ricos a costa del resto, a pesar de que su participación en la competición deportiva es imprescindible para la generación de los ingresos.

Esta situación es además fomentada por los operadores televisivos, a los que les resulta mucho más simple adoctrinar al televidente en el consumo de dos grandes clubes , sin prestar atención al resto de los que concurren a la competición, y de esta manera, controlando a dos gigantes, controlar de facto la totalidad del sistema. ¿Podríamos estar ante un supuesto de falseamiento de la libre competencia? Lo cierto es que la posición competitiva de los equipos pequeños es cada vez más endeble, con verdadero riesgo de desaparición, ya que para sostener el ritmo de los denominados grandes, deben incurrir en gastos por encima de sus posibilidades, lo que les conduce necesariamente a vender por el precio ofrecido los derechos televisivos como único mecanismo para garantizar su supervivencia económica. De este modo, la negativa a aceptar el precio actual no es una opción, pues ello conllevaría, inevitablemente, la imposibilidad de competir en el fútbol profesional.

Y estas estamos, con una estructura que tiende a fosilizar las clasificaciones, consagrando un statu quo en el que los grandes son cada vez más grandes y más ricos, batiendo años tras años records de puntuación y goles a favor; y los pequeños, son cada vez más pequeños, más pobres y más endeudados, dándose el caso de que van cayendo uno tras otro en concurso de acreedores. Es obvio que el mercado del fútbol está distorsionado… Menos mal que han llegado los alemanes y, también a ellos, les han puesto firmes

Los jinetes del dogma

Cayetano García de la Borbolla | 24 de abril de 2013 a las 12:36

Supongo que a estas alturas todos conocen la historia. Si no fuera tan trágico sería bastante cómico: Resulta que dos prestigiosos economistas de Harvard, Rogoff y Reinhart (R&R), publicaron en 2009 un libro “Esta vez es diferente” en el que acababan concluyendo que el crecimiento se debilita si la deuda pública supera el umbral del 90%, independientemente de las concretas circunstancias del país o de la época. Las tesis de la pareja de profesores R&R vinieron como anillo al dedo en un momento (2009) en que acababa de colapsar el primer país de la zona euro, Grecia. La austeridad ya no era un dogma, tenía soporte científico.

Al final todo se ha acabado pifiando por un error al utilizar el Excel, herramienta que R&R emplearon para desarrollar sus series estadísticas. Desacreditado el estudio “científico”, la austeridad vuelve a ser lisa y llanamente un dogma, despojada de mayores pretensiones; lo cual, dicho sea de paso, no creo que constituya mayor problema para los actores principales de este sainete.

Es lo que tiene encarar un estudio con la respuesta en el zurrón: uno siempre acaba llegando a donde quiere llegar . Al que esto escribe, seguidor de Karl Popper (padre del falsacionismo, y liberal de los de verdad, que tuvo que salir najando de la Viena nazi), le molesta bastante el bastardeo que ha alcanzado el término “liberal” en manos de ciertas personas tan dogmáticas y anti humanistas como los economistas que actualmente dirigen la vida de los europeos. El liberalismo, profundamente humanista y escéptico no tiene nada que ver con esta cerrazón dogmática y deshumanizada que nos tratan de imponer para beneficio de los más fuertes.

Es cierto que es difícil luchar contra la tradición: Europa continental ama el dogma, y en especial los países del Sur, los PIGS. Quizás sea la herencia católica, quizás el puritanismo protestante, lo cierto es que la historia de nuestro continente, encadena sucesivos dogmatismos con sus correspondientes voceros, Savonarola, Ignacio de Loyola, Saint Just, Robespierre, Marx, Lenin, Mussolini, Hitler . En esto, hay que reconocerlo, los anglosajones son mucho más pragmáticos.

En la actualidad, sufrimos nuestro propio dogma: No es cierta la afirmación de que con la caída del muro cayeran las utopías, nosotros estamos padeciendo la de nuestro siglo: el mercado, que ha dejado de ser un mero instrumento del estado para convertirse en un Moloch al que se tienen que someter en cuerpo y alma los europeos. Como antes lo fue la Santísima Trinidad, el papado, La Salud Pública, la clase obrera, la patria o el Führer. En el fondo es la misma historia de siempre: si expiamos los pecados (vivir por encima de nuestras posibilidades) y llevamos una senda justa y correcta (prescindir del gasto público, del estado de bienestar, bajar los impuestos a los acaudalados subirlos a la clase media) alcanzaremos nuestro destino manifiesto: el paraíso, el lebensraum o como le quieran llamar. La verdad es una, el camino es recto y el final del arcoiris está a la vuelta de la esquina…. para nosotros, porque los que controlan el cotarro están ya allí. Es sorprendente que este cuento tantas veces repetido en Europa, con ligeros cambios, siga calando tan fácilmente.
En algo si hemos ganado, los tiempos han evolucionado y a los disidentes ya no se les quema en la hoguera o se les manda a un campo de concentración, simplemente se les condena al ostracismo ideológico, sin considerar siquiera la posibilidad de tener en cuenta sus ideas, que están expulsadas de la vida pública de un modo radical. Los liberales de verdad son totalmente ignorados, y no hay opción política alguna que defienda la existencia de un capitalismo que defienda los derechos de los débiles. Pruebe a votar a un partido que proponga un cambio en las reglas de juego de la Unión Europea, no existe ¿no?. En el campo contrario, cualquier opúsculo que sostenga tesis en apoyo de la necesidad de someter todo al imperio del beneficio económico alcanza eco inmediato. Si el admirado John Stuart Mill levantara la cabeza…

El caso es que veces se olvida que las cosas no funcionan por que sí. En cada época histórica el Estado tiene que solucionar una serie de cuestiones mínimas, exigencias de su tiempo. Si no lo hace, el sistema deviene ineficiente y acaba implosionando: los estados autoritarios europeos del siglo XIX tenían que mantener un ejército fuerte, un proletariado sumiso y una colonias extensas; los estados de corte soviético una policía política cruel y un proletariado temeroso; los estados democráticos surgidos tras el derrumbe de los anteriores en 1945 tienen que sostener un estado de bienestar sólido y generoso, porque en ello reside su razón de ser, y si el Parlamento y el Mercado –sus mecanismos fundamentales- no son capaces de proporcionarlos, se corre un serio riesgo de colapso. El parlamento (la casta política) y el mercado son medios, no fines en sí.

Como dice un amigo, ¿quién le iba a decir a un archiduque austriaco en 1914 o a un general soviético en 1984 que su mundo se acabaría en un lustro y que lo que él consideraba sólido y seguro iba a devenir en nada en poco tiempo, pasando de estar en la cúspide del sistema, a ser un paria?. Que no les ciegue la codicia, protejan el sistema, ni yo ni mis lectores vamos a salir perdiendo si esto se va a pique, ahora usted, tiburón de la inversión, desde luego que sí. ¿ Quién le asegura que lo que ahora es una próspera fortuna amasada especulando con la deuda pública acabe convertida en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada?

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Hablemos de fútbol

Cayetano García de la Borbolla | 11 de abril de 2013 a las 6:43

Pues sí, por fin, más de dos meses después de empezar a colaborar en Diario de Sevilla, voy a dedicar un artículo al fútbol, pero no al próximo derby sevillano, sino a la que algunos llaman la burbuja del fútbol que tiene todos los visos de estar próxima a explotar.

Recapitulando, los clubes de fútbol tienen acumulada una deuda con hacienda de 690,40 millones de euros, respecto de los cuales 535,80 corresponden a la primera división. No hay que olvidar que los equipos de fútbol profesionales fueron obligados en 1992 a transformarse en Sociedades Anónimas Deportivas en un intento, a todas luces fracasado veinte años después, de implicar a los dirigentes en una mayor responsabilidad a la hora de gestionar. Este dato -la deuda con Hacienda- resulta especialmente doloroso en estos tiempos de crisis.

Y es que el criterio ha brillado por su ausencia en estos años, en un negocio bañado en oro por las televisiones, y sumido en una absoluta carrera hacia el abismo: los dirigentes, espoleados por sus hinchadas -que en muchas ocasiones han pecado de connivencia ante los desmanes, jaleando hasta la extenuación a los apandadores- fueron directos a por el fichaje más caro, las comisiones más elevadas, y el más enrevesado entramado contractual para poder desviar fondos a paraísos fiscales. Lo sorprendente de esto es que las mafias se instalaron al frente de los clubes de fútbol en muchos caso sin invertir un sólo euro, y en otros con la connivencia de las administraciones locales que asumieron el desembolso del capital social, para luego abstraerse de la gestión del patrimonio de sus vecinos. El resultado son plantillas sobredimensionadas en tamaño y coste, futbolistas devengando sueldos que jamás podrán pagarse, y lo que es más grave, una indecente deuda tributaria.

Como tantas cosas en este país se trata, básicamente, de un problema político. El órgano encargado del control el Consejo Superior de Deportes ha hecho una dejación total en sus funciones, y los organismo públicos Hacienda y Seguridad Social han otorgado un vergonzante trato de favor a los equipos, tan evidente, que hasta ha sido objeto de una investigación por parte de la Comisión Europea, la cual ha puesto de manifiesto que dichas prácticas son incompatibles con la libre concurrencia del mercado. Todo ello sin mencionar que las directivas de las flamantes Sociedades anónimas Deportivas se han llenado de facinerosos, hombres de dudosa moral que, en palabras se su propio representante, el ínclito Javier Tebas de al LFP no dudan en amañar resultados de partidos o mercadear con las comisiones de los fichajes.

Es incuestionable que el marco regulatorio actual está obsoleto, no tanto, en mi opinión porque el modelo de sociedades mercantiles sea per se malo, si no por la falta de instrumentos de control sobre las mismas, y por la renuencia política a establecer sanciones ejemplares a los incumplidores.

Los equipos de fútbol, aunque estén constituidos como sociedades mercantiles tienen un caudal inmaterial que supera en mucho sus fondos propios. Debido a esta especial naturaleza sería interesante que el gobierno asumiera de una vez por todas el compromiso de redactar una Ley de Sociedades Anónimas Deportivas estableciendo claramente las líneas rojas entre las que se debe mover la vertiente económica del deporte, con mecanismos de control eficaces, y garantizando el derecho de los aficionados a seguir disfrutando del equipo de sus amores.

Ozymandias

Cayetano García de la Borbolla | 10 de abril de 2013 a las 13:14

Yo soy Ozymandias, rey de reyes:
¡Contemplad mis obras, oh poderosos, y desesperad!”
No queda nada a su lado. Alrededor de las ruinas
de ese colosal naufragio, infinitas y desnudas
se extienden las solitarias y llanas arenas

Estos son los versos finales del famoso poema de Shelley Ozymandias. Posiblemente algunos de ustedes no sepan que Ozymandias era el nombre griego del faraón Ramsés II, y en este poema Shelley glosa lo efímero de la gloria, puesto que de las grandezas de Ramsés no quedaba nada, excepto montañas de arena.

No puede decirse lo mismo de Margaret Thatcher recientemente fallecida. Sus obras nos envuelven y abruman en pleno fragor de la crisis. La dama de hierro fue la Juana de Arco de lo que ha venido a llamarse “liberalismo económico” , un sistema que groso modo se basa en que los ricos paguen cada vez menos impuestos y están sometidos a cuantas menos normas mejor, amén de privatizar las propiedades públicas. Este credo, nacido en las universidades del Medio Oeste Americano se fue imponiendo en América en los años 70, y encontró en Mrs. Thatcher a su apóstol en Europa.

En 1979 el Reino Unido tenía uno de los sistemas de bienestar más desarrollados del mundo, a su vez la Comunidad Económica Europea iba avanzando poco a poco, desarrollando sus instituciones, tras absorber al Reino Unido, Dinamarca e Irlanda en 1973, Albión tenían voluntad de agregarse por fin al continente. En 1990 cuando fue sustituida por el advenedizo John Major, en Gran Bretaña los servicios sociales estaban muy deteriorados, la carga impositiva recaía sobre la clase media, los sindicatos no tenían prácticamente influencia, y la Unión Europea se enfrentaba a un bloqueo británico cada vez que se pretendía avanzar en la unidad. Entre ambas fechas se produjo el final de la transición de una economía industrial a otra de servicios financiada en parte con el petróleo del Mar del Norte.

En efecto, las primeras consecuencias del tsunami de recortes y privatizaciones que vivieron los británicos a partir de 1979 fueron un aumento exponencial de la tasa de paro, y el descontento, hasta que llegaron el petróleo y cuatro petulantes milicos argentinos, que so pretexto de recuperar unas islas perdidas le dieron a la premier británico el mayor subidón de popularidad que un mandatario podría soñar. – cierto es que Lady Iron de paso les hizo un gran favor a los argentinos librándoles de sus espadones- Tras el varapalo de Suez en 1956, los británicos habían renunciado a las aventuras militares en el exterior. La trifulca de Las Malvinas les motivó tanto que desde entonces el Reino Unido es un asiduo adlátere de los Estados Unidos cada vez que se presenta una acción militar en ultramar. Con Thatcher el Reino Unido giró la vista al otro lado del Atlántico y revitalizó la “relación especial” . Displicentes con Europa y aplacientes hasta el servilismo con los EEUU. Oponiéndose a Schengen , la Constitución europea y la moneda única, no puede decirse que el Reino Unido esté desde entonces muy interesado en la construcción europea, más allá de cobrar su famoso “cheque”.

En 2013 al escribir estas líneas sufrimos una UE europea esclerótica y unos mercados desregulados, seguro que doña Margarita pudo morir satisfecha al ver como su credo se había impuesto en todo el orbe occidental, aceptándose como dogma de fe que el liberalismo y la desregulación son inherentes al desarrollo económico.

El padre de los turcos II

Cayetano García de la Borbolla | 4 de abril de 2013 a las 12:55

Ataturk y el nuevo alafabeto.

Corría el año 1923 cuando se facturó el Sultán a la isla de Malta. Por aquellos tiempos un fantoche con sobrepeso se había hecho el amo de Italia, y otro, de tendencias sicópatas había fracasado en su intento de dar un golpe en Munich. La guerra había dejado una gran inestabilidad en Europa.

Kemal soñaba con un país civilizado, culto y limpio, y gobernaba un país analfabeto, polvoriento y supersticioso, dominado por la religión. En Kastamonu el corazón de Anatolia ataviado un sombrero panamá y ropa europea, dio su famoso discurso en el que expuso su declaración de intenciones “ No puedo aceptar la presencia en Turquía de gente primitiva y que es capaz de considerar beneficiosa, material o espiritualmente , la guía de los ulemas. La república truca no puede ser una país de clérigos, el verdadero orden es el orden de la civilización. Para ser un ciudadano es necesario interiorizar los requerimientos de la civilización”. Lo primero iba a ser el laicismo.

De un día para otro el niño que no había ido a la madrasa suprimió el califato, el corazón del Islam suní, más de mil años después de haber sido instituido por los sucesores de Mahoma bajo el mandato del propio Dios. Kemal, que había mandado de vuelta al agua a los ingleses en Gallipolli, truncando la carrera del mismo Winston Chruchill, no se iba a arredrar ante un mandato divino. El mismo día se estableció por primera y única vez en un país islámico un sistema laico de enseñanza.

Los imanes, alfaquíes, jeques, ulemas, derviches y demás barbudos le lanzaron condenas y anatemas, pero el presidente, hombre orgulloso y autoritario, se limitó a tomarse una copa de raki a su salud. A sangre y fuego reprimió la revuelta de unos fanáticos religiosos kurdos. Por las noches seguía bebiendo, un tanto decepcionado por el poco entusiasmo de sus compatriotas, mientras diseñaba nuevas medidas. La espiral modernizadora chocaba muchas veces con la realidad de la calle, por eso se dictaron normas sobre vestimenta, para que al menos estéticamente, el aspecto fuera “civilizado”. Se prohibieron, túnicas, turbantes, babuchas, fez y velos, y se cambiaron por zapatos (con tacón o sin él) ,cuellos, corbatas y sombreros flexibles.

Se estableció la separación de poderes, el sufragio universal y la igualdad ante la ley. Por supuesto se acabó con la Sharia, sustituyéndola por el derecho civil suizo, con lo cual las mujeres pasaron de ser objetos a ser sujetos, e incluso pudieron votar antes que en muchos países occidentales. Los comerciantes del bazar, ahora ataviados con cuello duro y corbata, fumaban sus pipas de agua y jugaban al back gamón mientras veían todo con mucho escepticismo.

En pleno frenesí reformador se decidió cambiar al alfabeto, y adoptar el latino. Se consideraba que la grafía árabe dificultaba el aprendizaje. Para tener una nación ilustrada y civilizada, en un páis con un 80% de analfabetos y que sólo editaba libros de religión, había que utilizar un alfabeto práctico, simple y fácil de aprender. Así el 1 de enero de 1929 los turcos, independientemente de su edad, fueron enviados a la escuela para aprender de nuevo a leer y a escribir. Indirectamente se dificultaba el acceso a los textos religiosos escritos en alfabeto árabe.

Mustafá, el niño que no tenía apellido, en fin, les dio a los turcos el derecho a tener apellido, y a él se lo dieron sus compatriotas: Ataturk, padre de los turcos. Seguramente lo celebraría con una copa de raki.

Mustafá Kemal Ataturk murió de cirrosis en 1938. El desencuentro entre la realidad y el deseo le llevo a beber más de la cuenta. Hoy los turcos le veneran aparentemente, pero llevan años votando (hombres y mujeres, gracias a la democracia que él cimentó) en contra de las corbatas y a favor de los velos y los turbantes.

El padre de los turcos (I)

Cayetano García de la Borbolla | 1 de abril de 2013 a las 11:17

Mustafá, siguiendo las costumbres de los turcos de su época no tenía apellido. nació en Salónica, entonces corazón del enfermo de Europa, donde se hablaba ladino, griego y también algo de turco. Allí Los judíos vivían con los judíos, los griegos con los griegos y los turcos con los turcos.

Era hijo de un funcionario de rango medio aficionado al alcohol, y de una devota musulmana medio analfabeta con profundos ojos azules. En el Imperio los turcos tenían su vida ordenada por el Califa y el Corán, que les decía como y cuando trabajar, como y cuando comer, como y cuando dormir y como vestir, así había sido y así sería por siempre según la voluntad de Dios, como machaconamente repetían los muchachos en las madrasas.

Mustafá, no fue a la madrasa, aprendió sus primeras letras en una escuela secular judía, mientras sus vecinos memorizaban interminables versículos del Corán. Era la época en la que los japoneses empezaban a comer carne y a usar corbata, los congoleños morían a cientos extrayendo caucho para el Rey Leopoldo, y el Sultán intentaba crear un ejercito a la europea, importando rifles pero no ideas.

Al niño, de profundos ojos azules como su madre, le encantaban los uniformes a la europea de los nuevos militares otomanos, y al quedar huérfano de padre ingresó en la academia militar. Allí, entre palo y palo, desarrolló una gran habilidad en las matemáticas y un alto nivel de exigencia consigo mismo. Sus profesores le pusieron un mote, Kemal, (el perfecto). Era orgulloso y gritón, solitario y autoritario.

En la academia empezó a frecuentar las sociedades secretas que proliferaban en el ejército, por lo que al graduarse, fue enviado a Damasco, como sucedía con otros oficiales inquietos, con el fin de evitar problemas. Allí fundó su propia sociedad “Patria y Libertad”, donde defendían la idea de una nación turca bajo los ideales e la revolución francesa, pero en Damasco sólo había árabes con la cabeza llena de versículos del Corán que no querían saber nada de Patria ni de libertad. También había algunos franceses, pero se dedicaban a traficar con palanganas de zinc y telas baratas de Lyon, mirando a los nativos con condescendencia. Kemal pasaba calor y bebía raki, avergonzado de lo que veía.

Llegó la revolución, y el gobierno de los “jóvenes turcos” , y comenzó una sucesión de guerras donde se fue desmembrando lo que quedaba del Imperio. En esas guerras Kemal fue ascendiendo y forjando un cierto desapego hacia el sacrificio de vidas humanas en batalla.

El orgulloso, gritón y autoritario oficial de los ojos claros era ya un personaje en el ejército cuando un nacionalista serbio prendió la mecha del quemadero donde se iban a convertir en ceniza los milenarios imperios del este de Europa. En la guerra llegó a Pachá (general) y vió como la Sublime Puerta se disgregaba bajo la presión de los tiempos y el dinero de los ingleses. Después de la guerra una nueva confrontación contra las potencias ocupantes, que acabó con el sultanato y lo aupó a la presidencia de la República. Los turcos dejaron de tener Sultán y tuvieron padre.

Mi artículo del domingo en Diario de Sevilla

Cayetano García de la Borbolla | 18 de marzo de 2013 a las 18:45

http://www.diariodesevilla.es/article/opinion/1483146/nostalgias/la/europa/ojival.html

Bankia C.F.

Cayetano García de la Borbolla | 12 de marzo de 2013 a las 13:49

El Juzgado de lo Contencioso Administrativo nº3 de Valencia ha anulado los avales que en su día la Generalitat de Valencia, a través del Instituo Valenciano de Finanzas, prestó a la Fundación del Valencia CF para poder asumir el aumento de capital llevado a cabo en el año 2009. De esta manera Bankia, ante el impago del crédito, se ha convertido en el accionista de referencia del Valencia CF. Dicho de otro modo, parte de sus impuestos, y de los míos han ido a parar a la tesorería del equipo Ché.

Que una caja pública y el Instituto Valenciano de Finanzas tengan entre su actividad ayudar en la ampliación de capital de un equipo de fútbol es grave, si esto se da en dos instituciones (Bankia y la Generalitat) que han tenido que ser rescatadas con dinero de todos los españoles en estos duros tiempos de recortes, le entran ganas a uno de quemar algo más que unas fallas el día de San José.

Esto es un ejemplo más del delirante panorama en que se encuenta el futbol español como consecuencia de un defectuoso marco normativo, agravado por la tolerancia y/o connivencia de unos políticos populistas respecto de unos gestores que en el mejor de los casos son unos desahogados, acostumbrados por norma a no pagar a Hacienda ni a la Seguridad Social.

Urge que el gobierno redacte una nueva Ley de Sociedades Anónimas Deportivas, en la que se establezca un régimen claro de responsabilidades y sanciones para los incumplidores, y sobre todo que a los politicos no les tiemble el pulso a la hora de imponerlas, aunque pierdan un puñado de votos.

De todas formas, a los hinchas de los clubes que sufrieran ese duro régimen disciplinario por el que abogamos, para el caso de que el equipo de sus amores se viera abocado a la desaparición como consecuencia de sus incumplimientos, siempre le quedaría seguir al Bankia CF, el verdadero equipo de todos.