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El estado al que hemos llegado

Cayetano García de la Borbolla | 17 de noviembre de 2014 a las 10:02

¿Qué esperaban? Después de seis años cargando en las espaldas de la gente corriente los efectos de años de desperdicio del dinero público, de los rescates de las cajas de ahorro y de los agujeros negros de la corrupción, me cuesta creer que haya gente que se sorprenda del éxito de partidos como Podemos y su mensaje “antisistema”, y ello ¿por qué? Se preguntan, sin saber que la respuesta como siempre, está en el interior: los fervientes comulgantes del ultraliberalismo económico que nos llevan gobernando desde hace más de treinta años saben que uno de los postulados fundamentales de ese capitalismo salvaje que tanto les gusta es que nada es gratis.

Si nuestros padres de la patria dejaran de citar con fruición a Winston Churchill, y ampliaran su espectro de proverbios , hubieran caído en la cuenta de lo que ya advertía Lincoln hace ciento cincuenta años: “Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo”. Es obvio que un sistema que condena al paro a un veintiséis por ciento de su población, y unos jóvenes que lo sufren en un porcentaje superior al cincuenta por ciento debe suscitar poco interés en pro de esa conservación por parte de ese ejército de excluidos a los que se deprecia y culpabiliza por su situación.

Si a eso se le suma que los privilegiados del sistema han perdido el respeto a las clases populares, declarando cómo Mónica Oriol -que despreció a todos esos jóvenes sin formación- “que no valen nada” y para los que reclamó una rebaja del salario mínimo interprofesional, hoy fijado en 645,30 euros mensuales, muy inferior a lo que es estila en países de nuestro entorno, resulta un estado de crispación que debemos agradecer que se desahogue exclusivamente en las urnas.

El panorama en cualquier caso no tiene visos de mejorar, con un partido del gobierno, cuyo logotipo, como ha dicho algún cronista estaría mejor representado por un avestruz que por una gaviota, y un PSOE que lleva años en fuera de juego, autodestruido por su tenaz aplicación del principio de Peter.

Ya dijimos aquí en su día que la mayoría de los postulados políticos en los que se basa el estado de bienestar fueron elaborados por los gobiernos liberales de Asquith en el Reino Unido, gobierno del que formaba parte el ídolo de la conservaduría europea Winston Churchill. Eran tiempos en los que los privilegiados del sistema tenían un cierto pudor para con lo menos favorecidos, y sobre todo les tenían algo de miedo.

En efecto, la definitiva eclosión del Estado Social tiene lugar tras la Segunda Guerra Mundial, con una Europa en ruinas devastada por la furia de los totalitarismos, ocupada en un tercio de su extensión por los ejércitos soviéticos y con una ciudadanía que había adquirido conciencia de sus derechos sobre el Estado después de los sacrificios efectuados en los dos conflictos mundiales. En este contexto se impusieron definitivamente las tesis de los laboristas ingleses plasmadas en los informes elaborados por Lord William Beveridge (barón Beveridge de Tuggal), informes que, siguiendo la tradición empírica inglesa, plantearon la necesidad de evolucionar hacia un mundo socialmente más justo, lo que evitaría la recaída en los conflictos provocados por la tentación totalitaria que siempre subyace en la desigualdad extrema.

Sobre estas ideas se desarrollaron lo que en Francia llamaron “los treinta gloriosos”, unos años en lo que se consolidaron las clases medias y se redujo la desigualdad, como nunca había sucedido en la historia de la humanidad. Pero los tanques rusos se fueron, cayó el muro, y por primera vez en doscientos años los privilegiados perdieron el miedo, comenzaron a dejar de pagar impuestos y el bienestar empezó a batirse en retirada.

En efecto, el problema actual no es tanto de gasto, como nos repiten constantemente nuestro gobernantes, sino de falta de ingresos: quienes tienen que pagar no lo hacen, y el coste del sistema esta soportado por los trabajadores asalariados y la clase media, soporte que evidentemente excede de sus posibilidades, por ello entiendo que resulta fundamental establecer un sistema fiscal que sea verdaderamente efectivo, el actual no lo es.

Los impuestos a pesar de su mala prensa son el precio de la civilización, lo que permite tener un país del que sentirse orgulloso, que no expulse a nadie del sistema y con educación y sanidad eficaces. Ya se que eso le suena a muchos a milongas, no se preocupen, para esos también existen otros argumentos: los impuestos son lo que las empresas deben pagar por tener mercados eficaces y seguridad jurídica, lo que el millonario debe abonar para que su ciudad no se convierta en un sitio en el que a su hijo no lo secuestren al salir del colegio y le manden un meñique ensangrentado pidiendo un rescate, lo que en definitiva le permite disfrutar de sus riquezas. Por favor, grandes multinacionales, paguen, paguen impuestos, sino porque es lo justo, háganlo por miedo, pero paguen.

Parta terminar permítanme que traiga un divertido episodio de la historia que considero adecuado al tema: Santarem, Portugal, madrugada del 25 de abril de 1974, el capitán Salgueiro Maia, cabecilla del golpe que iba a derribar la infame dictadura portuguesa pronunció una arenga a sus tropas antes de salir a tomar Lisboa: “ Señores míos, como todos saben, hay varias formas de Estado: el Estado social, el Estado corporativo, y el estado al que hemos llegado. Ahora, en esta noche solemne, vamos a acabar con el estado al que hemos llegado. Así que el que quiera venir conmigo, que sepa que nos vamos para Lisboa y terminamos con esto. Quien quiera venir, que salga fuera y forme. Y el que no, que se quede”. Y es que a veces llega el momento histórico de terminar con el estado al que hemos llegado

Los jinetes del dogma

Cayetano García de la Borbolla | 24 de abril de 2013 a las 12:36

Supongo que a estas alturas todos conocen la historia. Si no fuera tan trágico sería bastante cómico: Resulta que dos prestigiosos economistas de Harvard, Rogoff y Reinhart (R&R), publicaron en 2009 un libro “Esta vez es diferente” en el que acababan concluyendo que el crecimiento se debilita si la deuda pública supera el umbral del 90%, independientemente de las concretas circunstancias del país o de la época. Las tesis de la pareja de profesores R&R vinieron como anillo al dedo en un momento (2009) en que acababa de colapsar el primer país de la zona euro, Grecia. La austeridad ya no era un dogma, tenía soporte científico.

Al final todo se ha acabado pifiando por un error al utilizar el Excel, herramienta que R&R emplearon para desarrollar sus series estadísticas. Desacreditado el estudio “científico”, la austeridad vuelve a ser lisa y llanamente un dogma, despojada de mayores pretensiones; lo cual, dicho sea de paso, no creo que constituya mayor problema para los actores principales de este sainete.

Es lo que tiene encarar un estudio con la respuesta en el zurrón: uno siempre acaba llegando a donde quiere llegar . Al que esto escribe, seguidor de Karl Popper (padre del falsacionismo, y liberal de los de verdad, que tuvo que salir najando de la Viena nazi), le molesta bastante el bastardeo que ha alcanzado el término “liberal” en manos de ciertas personas tan dogmáticas y anti humanistas como los economistas que actualmente dirigen la vida de los europeos. El liberalismo, profundamente humanista y escéptico no tiene nada que ver con esta cerrazón dogmática y deshumanizada que nos tratan de imponer para beneficio de los más fuertes.

Es cierto que es difícil luchar contra la tradición: Europa continental ama el dogma, y en especial los países del Sur, los PIGS. Quizás sea la herencia católica, quizás el puritanismo protestante, lo cierto es que la historia de nuestro continente, encadena sucesivos dogmatismos con sus correspondientes voceros, Savonarola, Ignacio de Loyola, Saint Just, Robespierre, Marx, Lenin, Mussolini, Hitler . En esto, hay que reconocerlo, los anglosajones son mucho más pragmáticos.

En la actualidad, sufrimos nuestro propio dogma: No es cierta la afirmación de que con la caída del muro cayeran las utopías, nosotros estamos padeciendo la de nuestro siglo: el mercado, que ha dejado de ser un mero instrumento del estado para convertirse en un Moloch al que se tienen que someter en cuerpo y alma los europeos. Como antes lo fue la Santísima Trinidad, el papado, La Salud Pública, la clase obrera, la patria o el Führer. En el fondo es la misma historia de siempre: si expiamos los pecados (vivir por encima de nuestras posibilidades) y llevamos una senda justa y correcta (prescindir del gasto público, del estado de bienestar, bajar los impuestos a los acaudalados subirlos a la clase media) alcanzaremos nuestro destino manifiesto: el paraíso, el lebensraum o como le quieran llamar. La verdad es una, el camino es recto y el final del arcoiris está a la vuelta de la esquina…. para nosotros, porque los que controlan el cotarro están ya allí. Es sorprendente que este cuento tantas veces repetido en Europa, con ligeros cambios, siga calando tan fácilmente.
En algo si hemos ganado, los tiempos han evolucionado y a los disidentes ya no se les quema en la hoguera o se les manda a un campo de concentración, simplemente se les condena al ostracismo ideológico, sin considerar siquiera la posibilidad de tener en cuenta sus ideas, que están expulsadas de la vida pública de un modo radical. Los liberales de verdad son totalmente ignorados, y no hay opción política alguna que defienda la existencia de un capitalismo que defienda los derechos de los débiles. Pruebe a votar a un partido que proponga un cambio en las reglas de juego de la Unión Europea, no existe ¿no?. En el campo contrario, cualquier opúsculo que sostenga tesis en apoyo de la necesidad de someter todo al imperio del beneficio económico alcanza eco inmediato. Si el admirado John Stuart Mill levantara la cabeza…

El caso es que veces se olvida que las cosas no funcionan por que sí. En cada época histórica el Estado tiene que solucionar una serie de cuestiones mínimas, exigencias de su tiempo. Si no lo hace, el sistema deviene ineficiente y acaba implosionando: los estados autoritarios europeos del siglo XIX tenían que mantener un ejército fuerte, un proletariado sumiso y una colonias extensas; los estados de corte soviético una policía política cruel y un proletariado temeroso; los estados democráticos surgidos tras el derrumbe de los anteriores en 1945 tienen que sostener un estado de bienestar sólido y generoso, porque en ello reside su razón de ser, y si el Parlamento y el Mercado –sus mecanismos fundamentales- no son capaces de proporcionarlos, se corre un serio riesgo de colapso. El parlamento (la casta política) y el mercado son medios, no fines en sí.

Como dice un amigo, ¿quién le iba a decir a un archiduque austriaco en 1914 o a un general soviético en 1984 que su mundo se acabaría en un lustro y que lo que él consideraba sólido y seguro iba a devenir en nada en poco tiempo, pasando de estar en la cúspide del sistema, a ser un paria?. Que no les ciegue la codicia, protejan el sistema, ni yo ni mis lectores vamos a salir perdiendo si esto se va a pique, ahora usted, tiburón de la inversión, desde luego que sí. ¿ Quién le asegura que lo que ahora es una próspera fortuna amasada especulando con la deuda pública acabe convertida en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada?

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