Archivos para el tag ‘democracia’

El padre de los turcos II

Cayetano García de la Borbolla | 4 de abril de 2013 a las 12:55

Ataturk y el nuevo alafabeto.

Corría el año 1923 cuando se facturó el Sultán a la isla de Malta. Por aquellos tiempos un fantoche con sobrepeso se había hecho el amo de Italia, y otro, de tendencias sicópatas había fracasado en su intento de dar un golpe en Munich. La guerra había dejado una gran inestabilidad en Europa.

Kemal soñaba con un país civilizado, culto y limpio, y gobernaba un país analfabeto, polvoriento y supersticioso, dominado por la religión. En Kastamonu el corazón de Anatolia ataviado un sombrero panamá y ropa europea, dio su famoso discurso en el que expuso su declaración de intenciones “ No puedo aceptar la presencia en Turquía de gente primitiva y que es capaz de considerar beneficiosa, material o espiritualmente , la guía de los ulemas. La república truca no puede ser una país de clérigos, el verdadero orden es el orden de la civilización. Para ser un ciudadano es necesario interiorizar los requerimientos de la civilización”. Lo primero iba a ser el laicismo.

De un día para otro el niño que no había ido a la madrasa suprimió el califato, el corazón del Islam suní, más de mil años después de haber sido instituido por los sucesores de Mahoma bajo el mandato del propio Dios. Kemal, que había mandado de vuelta al agua a los ingleses en Gallipolli, truncando la carrera del mismo Winston Chruchill, no se iba a arredrar ante un mandato divino. El mismo día se estableció por primera y única vez en un país islámico un sistema laico de enseñanza.

Los imanes, alfaquíes, jeques, ulemas, derviches y demás barbudos le lanzaron condenas y anatemas, pero el presidente, hombre orgulloso y autoritario, se limitó a tomarse una copa de raki a su salud. A sangre y fuego reprimió la revuelta de unos fanáticos religiosos kurdos. Por las noches seguía bebiendo, un tanto decepcionado por el poco entusiasmo de sus compatriotas, mientras diseñaba nuevas medidas. La espiral modernizadora chocaba muchas veces con la realidad de la calle, por eso se dictaron normas sobre vestimenta, para que al menos estéticamente, el aspecto fuera “civilizado”. Se prohibieron, túnicas, turbantes, babuchas, fez y velos, y se cambiaron por zapatos (con tacón o sin él) ,cuellos, corbatas y sombreros flexibles.

Se estableció la separación de poderes, el sufragio universal y la igualdad ante la ley. Por supuesto se acabó con la Sharia, sustituyéndola por el derecho civil suizo, con lo cual las mujeres pasaron de ser objetos a ser sujetos, e incluso pudieron votar antes que en muchos países occidentales. Los comerciantes del bazar, ahora ataviados con cuello duro y corbata, fumaban sus pipas de agua y jugaban al back gamón mientras veían todo con mucho escepticismo.

En pleno frenesí reformador se decidió cambiar al alfabeto, y adoptar el latino. Se consideraba que la grafía árabe dificultaba el aprendizaje. Para tener una nación ilustrada y civilizada, en un páis con un 80% de analfabetos y que sólo editaba libros de religión, había que utilizar un alfabeto práctico, simple y fácil de aprender. Así el 1 de enero de 1929 los turcos, independientemente de su edad, fueron enviados a la escuela para aprender de nuevo a leer y a escribir. Indirectamente se dificultaba el acceso a los textos religiosos escritos en alfabeto árabe.

Mustafá, el niño que no tenía apellido, en fin, les dio a los turcos el derecho a tener apellido, y a él se lo dieron sus compatriotas: Ataturk, padre de los turcos. Seguramente lo celebraría con una copa de raki.

Mustafá Kemal Ataturk murió de cirrosis en 1938. El desencuentro entre la realidad y el deseo le llevo a beber más de la cuenta. Hoy los turcos le veneran aparentemente, pero llevan años votando (hombres y mujeres, gracias a la democracia que él cimentó) en contra de las corbatas y a favor de los velos y los turbantes.

El padre de los turcos (I)

Cayetano García de la Borbolla | 1 de abril de 2013 a las 11:17

Mustafá, siguiendo las costumbres de los turcos de su época no tenía apellido. nació en Salónica, entonces corazón del enfermo de Europa, donde se hablaba ladino, griego y también algo de turco. Allí Los judíos vivían con los judíos, los griegos con los griegos y los turcos con los turcos.

Era hijo de un funcionario de rango medio aficionado al alcohol, y de una devota musulmana medio analfabeta con profundos ojos azules. En el Imperio los turcos tenían su vida ordenada por el Califa y el Corán, que les decía como y cuando trabajar, como y cuando comer, como y cuando dormir y como vestir, así había sido y así sería por siempre según la voluntad de Dios, como machaconamente repetían los muchachos en las madrasas.

Mustafá, no fue a la madrasa, aprendió sus primeras letras en una escuela secular judía, mientras sus vecinos memorizaban interminables versículos del Corán. Era la época en la que los japoneses empezaban a comer carne y a usar corbata, los congoleños morían a cientos extrayendo caucho para el Rey Leopoldo, y el Sultán intentaba crear un ejercito a la europea, importando rifles pero no ideas.

Al niño, de profundos ojos azules como su madre, le encantaban los uniformes a la europea de los nuevos militares otomanos, y al quedar huérfano de padre ingresó en la academia militar. Allí, entre palo y palo, desarrolló una gran habilidad en las matemáticas y un alto nivel de exigencia consigo mismo. Sus profesores le pusieron un mote, Kemal, (el perfecto). Era orgulloso y gritón, solitario y autoritario.

En la academia empezó a frecuentar las sociedades secretas que proliferaban en el ejército, por lo que al graduarse, fue enviado a Damasco, como sucedía con otros oficiales inquietos, con el fin de evitar problemas. Allí fundó su propia sociedad “Patria y Libertad”, donde defendían la idea de una nación turca bajo los ideales e la revolución francesa, pero en Damasco sólo había árabes con la cabeza llena de versículos del Corán que no querían saber nada de Patria ni de libertad. También había algunos franceses, pero se dedicaban a traficar con palanganas de zinc y telas baratas de Lyon, mirando a los nativos con condescendencia. Kemal pasaba calor y bebía raki, avergonzado de lo que veía.

Llegó la revolución, y el gobierno de los “jóvenes turcos” , y comenzó una sucesión de guerras donde se fue desmembrando lo que quedaba del Imperio. En esas guerras Kemal fue ascendiendo y forjando un cierto desapego hacia el sacrificio de vidas humanas en batalla.

El orgulloso, gritón y autoritario oficial de los ojos claros era ya un personaje en el ejército cuando un nacionalista serbio prendió la mecha del quemadero donde se iban a convertir en ceniza los milenarios imperios del este de Europa. En la guerra llegó a Pachá (general) y vió como la Sublime Puerta se disgregaba bajo la presión de los tiempos y el dinero de los ingleses. Después de la guerra una nueva confrontación contra las potencias ocupantes, que acabó con el sultanato y lo aupó a la presidencia de la República. Los turcos dejaron de tener Sultán y tuvieron padre.