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Los jinetes del dogma

Cayetano García de la Borbolla | 24 de abril de 2013 a las 12:36

Supongo que a estas alturas todos conocen la historia. Si no fuera tan trágico sería bastante cómico: Resulta que dos prestigiosos economistas de Harvard, Rogoff y Reinhart (R&R), publicaron en 2009 un libro “Esta vez es diferente” en el que acababan concluyendo que el crecimiento se debilita si la deuda pública supera el umbral del 90%, independientemente de las concretas circunstancias del país o de la época. Las tesis de la pareja de profesores R&R vinieron como anillo al dedo en un momento (2009) en que acababa de colapsar el primer país de la zona euro, Grecia. La austeridad ya no era un dogma, tenía soporte científico.

Al final todo se ha acabado pifiando por un error al utilizar el Excel, herramienta que R&R emplearon para desarrollar sus series estadísticas. Desacreditado el estudio “científico”, la austeridad vuelve a ser lisa y llanamente un dogma, despojada de mayores pretensiones; lo cual, dicho sea de paso, no creo que constituya mayor problema para los actores principales de este sainete.

Es lo que tiene encarar un estudio con la respuesta en el zurrón: uno siempre acaba llegando a donde quiere llegar . Al que esto escribe, seguidor de Karl Popper (padre del falsacionismo, y liberal de los de verdad, que tuvo que salir najando de la Viena nazi), le molesta bastante el bastardeo que ha alcanzado el término “liberal” en manos de ciertas personas tan dogmáticas y anti humanistas como los economistas que actualmente dirigen la vida de los europeos. El liberalismo, profundamente humanista y escéptico no tiene nada que ver con esta cerrazón dogmática y deshumanizada que nos tratan de imponer para beneficio de los más fuertes.

Es cierto que es difícil luchar contra la tradición: Europa continental ama el dogma, y en especial los países del Sur, los PIGS. Quizás sea la herencia católica, quizás el puritanismo protestante, lo cierto es que la historia de nuestro continente, encadena sucesivos dogmatismos con sus correspondientes voceros, Savonarola, Ignacio de Loyola, Saint Just, Robespierre, Marx, Lenin, Mussolini, Hitler . En esto, hay que reconocerlo, los anglosajones son mucho más pragmáticos.

En la actualidad, sufrimos nuestro propio dogma: No es cierta la afirmación de que con la caída del muro cayeran las utopías, nosotros estamos padeciendo la de nuestro siglo: el mercado, que ha dejado de ser un mero instrumento del estado para convertirse en un Moloch al que se tienen que someter en cuerpo y alma los europeos. Como antes lo fue la Santísima Trinidad, el papado, La Salud Pública, la clase obrera, la patria o el Führer. En el fondo es la misma historia de siempre: si expiamos los pecados (vivir por encima de nuestras posibilidades) y llevamos una senda justa y correcta (prescindir del gasto público, del estado de bienestar, bajar los impuestos a los acaudalados subirlos a la clase media) alcanzaremos nuestro destino manifiesto: el paraíso, el lebensraum o como le quieran llamar. La verdad es una, el camino es recto y el final del arcoiris está a la vuelta de la esquina…. para nosotros, porque los que controlan el cotarro están ya allí. Es sorprendente que este cuento tantas veces repetido en Europa, con ligeros cambios, siga calando tan fácilmente.
En algo si hemos ganado, los tiempos han evolucionado y a los disidentes ya no se les quema en la hoguera o se les manda a un campo de concentración, simplemente se les condena al ostracismo ideológico, sin considerar siquiera la posibilidad de tener en cuenta sus ideas, que están expulsadas de la vida pública de un modo radical. Los liberales de verdad son totalmente ignorados, y no hay opción política alguna que defienda la existencia de un capitalismo que defienda los derechos de los débiles. Pruebe a votar a un partido que proponga un cambio en las reglas de juego de la Unión Europea, no existe ¿no?. En el campo contrario, cualquier opúsculo que sostenga tesis en apoyo de la necesidad de someter todo al imperio del beneficio económico alcanza eco inmediato. Si el admirado John Stuart Mill levantara la cabeza…

El caso es que veces se olvida que las cosas no funcionan por que sí. En cada época histórica el Estado tiene que solucionar una serie de cuestiones mínimas, exigencias de su tiempo. Si no lo hace, el sistema deviene ineficiente y acaba implosionando: los estados autoritarios europeos del siglo XIX tenían que mantener un ejército fuerte, un proletariado sumiso y una colonias extensas; los estados de corte soviético una policía política cruel y un proletariado temeroso; los estados democráticos surgidos tras el derrumbe de los anteriores en 1945 tienen que sostener un estado de bienestar sólido y generoso, porque en ello reside su razón de ser, y si el Parlamento y el Mercado –sus mecanismos fundamentales- no son capaces de proporcionarlos, se corre un serio riesgo de colapso. El parlamento (la casta política) y el mercado son medios, no fines en sí.

Como dice un amigo, ¿quién le iba a decir a un archiduque austriaco en 1914 o a un general soviético en 1984 que su mundo se acabaría en un lustro y que lo que él consideraba sólido y seguro iba a devenir en nada en poco tiempo, pasando de estar en la cúspide del sistema, a ser un paria?. Que no les ciegue la codicia, protejan el sistema, ni yo ni mis lectores vamos a salir perdiendo si esto se va a pique, ahora usted, tiburón de la inversión, desde luego que sí. ¿ Quién le asegura que lo que ahora es una próspera fortuna amasada especulando con la deuda pública acabe convertida en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada?

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