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El padre de los turcos (I)

Cayetano García de la Borbolla | 1 de abril de 2013 a las 11:17

Mustafá, siguiendo las costumbres de los turcos de su época no tenía apellido. nació en Salónica, entonces corazón del enfermo de Europa, donde se hablaba ladino, griego y también algo de turco. Allí Los judíos vivían con los judíos, los griegos con los griegos y los turcos con los turcos.

Era hijo de un funcionario de rango medio aficionado al alcohol, y de una devota musulmana medio analfabeta con profundos ojos azules. En el Imperio los turcos tenían su vida ordenada por el Califa y el Corán, que les decía como y cuando trabajar, como y cuando comer, como y cuando dormir y como vestir, así había sido y así sería por siempre según la voluntad de Dios, como machaconamente repetían los muchachos en las madrasas.

Mustafá, no fue a la madrasa, aprendió sus primeras letras en una escuela secular judía, mientras sus vecinos memorizaban interminables versículos del Corán. Era la época en la que los japoneses empezaban a comer carne y a usar corbata, los congoleños morían a cientos extrayendo caucho para el Rey Leopoldo, y el Sultán intentaba crear un ejercito a la europea, importando rifles pero no ideas.

Al niño, de profundos ojos azules como su madre, le encantaban los uniformes a la europea de los nuevos militares otomanos, y al quedar huérfano de padre ingresó en la academia militar. Allí, entre palo y palo, desarrolló una gran habilidad en las matemáticas y un alto nivel de exigencia consigo mismo. Sus profesores le pusieron un mote, Kemal, (el perfecto). Era orgulloso y gritón, solitario y autoritario.

En la academia empezó a frecuentar las sociedades secretas que proliferaban en el ejército, por lo que al graduarse, fue enviado a Damasco, como sucedía con otros oficiales inquietos, con el fin de evitar problemas. Allí fundó su propia sociedad “Patria y Libertad”, donde defendían la idea de una nación turca bajo los ideales e la revolución francesa, pero en Damasco sólo había árabes con la cabeza llena de versículos del Corán que no querían saber nada de Patria ni de libertad. También había algunos franceses, pero se dedicaban a traficar con palanganas de zinc y telas baratas de Lyon, mirando a los nativos con condescendencia. Kemal pasaba calor y bebía raki, avergonzado de lo que veía.

Llegó la revolución, y el gobierno de los “jóvenes turcos” , y comenzó una sucesión de guerras donde se fue desmembrando lo que quedaba del Imperio. En esas guerras Kemal fue ascendiendo y forjando un cierto desapego hacia el sacrificio de vidas humanas en batalla.

El orgulloso, gritón y autoritario oficial de los ojos claros era ya un personaje en el ejército cuando un nacionalista serbio prendió la mecha del quemadero donde se iban a convertir en ceniza los milenarios imperios del este de Europa. En la guerra llegó a Pachá (general) y vió como la Sublime Puerta se disgregaba bajo la presión de los tiempos y el dinero de los ingleses. Después de la guerra una nueva confrontación contra las potencias ocupantes, que acabó con el sultanato y lo aupó a la presidencia de la República. Los turcos dejaron de tener Sultán y tuvieron padre.