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Ozymandias

Cayetano García de la Borbolla | 10 de abril de 2013 a las 13:14

Yo soy Ozymandias, rey de reyes:
¡Contemplad mis obras, oh poderosos, y desesperad!”
No queda nada a su lado. Alrededor de las ruinas
de ese colosal naufragio, infinitas y desnudas
se extienden las solitarias y llanas arenas

Estos son los versos finales del famoso poema de Shelley Ozymandias. Posiblemente algunos de ustedes no sepan que Ozymandias era el nombre griego del faraón Ramsés II, y en este poema Shelley glosa lo efímero de la gloria, puesto que de las grandezas de Ramsés no quedaba nada, excepto montañas de arena.

No puede decirse lo mismo de Margaret Thatcher recientemente fallecida. Sus obras nos envuelven y abruman en pleno fragor de la crisis. La dama de hierro fue la Juana de Arco de lo que ha venido a llamarse “liberalismo económico” , un sistema que groso modo se basa en que los ricos paguen cada vez menos impuestos y están sometidos a cuantas menos normas mejor, amén de privatizar las propiedades públicas. Este credo, nacido en las universidades del Medio Oeste Americano se fue imponiendo en América en los años 70, y encontró en Mrs. Thatcher a su apóstol en Europa.

En 1979 el Reino Unido tenía uno de los sistemas de bienestar más desarrollados del mundo, a su vez la Comunidad Económica Europea iba avanzando poco a poco, desarrollando sus instituciones, tras absorber al Reino Unido, Dinamarca e Irlanda en 1973, Albión tenían voluntad de agregarse por fin al continente. En 1990 cuando fue sustituida por el advenedizo John Major, en Gran Bretaña los servicios sociales estaban muy deteriorados, la carga impositiva recaía sobre la clase media, los sindicatos no tenían prácticamente influencia, y la Unión Europea se enfrentaba a un bloqueo británico cada vez que se pretendía avanzar en la unidad. Entre ambas fechas se produjo el final de la transición de una economía industrial a otra de servicios financiada en parte con el petróleo del Mar del Norte.

En efecto, las primeras consecuencias del tsunami de recortes y privatizaciones que vivieron los británicos a partir de 1979 fueron un aumento exponencial de la tasa de paro, y el descontento, hasta que llegaron el petróleo y cuatro petulantes milicos argentinos, que so pretexto de recuperar unas islas perdidas le dieron a la premier británico el mayor subidón de popularidad que un mandatario podría soñar. – cierto es que Lady Iron de paso les hizo un gran favor a los argentinos librándoles de sus espadones- Tras el varapalo de Suez en 1956, los británicos habían renunciado a las aventuras militares en el exterior. La trifulca de Las Malvinas les motivó tanto que desde entonces el Reino Unido es un asiduo adlátere de los Estados Unidos cada vez que se presenta una acción militar en ultramar. Con Thatcher el Reino Unido giró la vista al otro lado del Atlántico y revitalizó la “relación especial” . Displicentes con Europa y aplacientes hasta el servilismo con los EEUU. Oponiéndose a Schengen , la Constitución europea y la moneda única, no puede decirse que el Reino Unido esté desde entonces muy interesado en la construcción europea, más allá de cobrar su famoso “cheque”.

En 2013 al escribir estas líneas sufrimos una UE europea esclerótica y unos mercados desregulados, seguro que doña Margarita pudo morir satisfecha al ver como su credo se había impuesto en todo el orbe occidental, aceptándose como dogma de fe que el liberalismo y la desregulación son inherentes al desarrollo económico.

MODIFICADOS CAÑÍ

Cayetano García de la Borbolla | 26 de febrero de 2013 a las 12:43

Hoy publica el diario El Mundo la noticia de que una reciente sentencia del Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas ha rechazado los tres recursos interpuestos por España contra la reducción de los Fondos Europeos de Desarrollo Regional (FEDER) en los años noventa porque cometió irregularidades en su adjudicación de forma “sistemática”  Se trata del enésimo varapalo que da Bruselas a nuestro sistema de contratación pública.

Por otro lado no pasa un día sin que surjan nuevos escándalos de corrupción, ligados a la financiación ilegal de los partidos políticos, mediante exacciones que, en numerosos casos, pagaban los concesionarios de obra pública a los adjudicadores de  las obras.

Al espectador externo le resulta un tema sorprendente que, dentro de un ámbito que se supone transparente como la contratación pública, se de con tanta frecuencia “la mordida”, y, enseguida, surgen opiniones de todo tipo en cuanto a las causas que la favorecen y los modos más eficaces de combatirla. No quiero entrar en discursos sobre el alma y el ser de los españoles,  sobre si como dice The Economist, nuestra cultura de raíz católica favorece la tolerancia a las corruptelas; pero sí creo oportuno llamar la atención sobre determinadas estructuras legales que sin duda posibilitan, o cuando menos,  crean un entorno favorable al convoluto.

Existe una institución genuinamente española, como la mantilla, el gazpacho o la jota aragonesa: el modificado de contrato, sesuda creación de los tecnócratas del tardo franquismo ( es del año 1965), y como tantas otras cosas, incorporado a nuestro sistema actual, ya saben, aquello tan manido de la ley a la ley, o que todo cambie para que todo siga igual.

El modificado, en román paladino es la facultad que se concede a la administración para alterar los términos en los que se adjudicó una licitación administrativa, eso tan conocido en este país de adjudicar una obra por cien millones y que acabe costando ciento cuarenta;  y que pese a numerosos requerimientos  por parte de las instituciones europeas, nuestros gobernantes se han resistido a eliminar (Spain is different). El modificado, es una de las causas de que en palabras del profesor Sosa Wagner, la contratación del sector público en España “se asemeje a  un pantano donde campan a su aire las inmunidades del poder”, o sea, que gracias entre otras cosas al modificado, es más fácil acumular veintidós millones de euros en Suiza, como quien no quiere la cosa. Al final, terminando el año 2011 se decidió limitarlo, ante la postura firme de la UE de no cofinanciar los modificados de contratos: “si queréis un sistema de contratación castizo, pagadlo vosotros” vinieron a decirnos.

La ley de Contratos, que ha sufrido DOCE modificaciones en sus escasos cuatro años y medio de vigencia, intenta tras su última reforma  pasar del carácter ordinario y normal de la modificación contractual, a una naturaleza más estricta ¿Se está consiguiendo? ¿Es más difícil  ahora “echarse un sobrecito”? Pues que quieren que les diga… El modificado,  tabú para los europeos, sigue existiendo, aunque restringido, en una norma que todavía tiene significativas ambigüedades. España en esto sigue siendo diferente.