¿Como no enamorarse de Sintra?

Ulyfox | 4 de febrero de 2018 a las 20:41

El Palacio da Pena justo antes de su entrada.

El Palacio da Pena justo antes de su entrada.

Volvimos, por tercera vez en nuestras vidas, hace año y medio a Sintra.
Es inevitable. La belleza atrae, y Sintra fue concebida, diseñada y arreglada para gustar. Desde el enclave boscoso con avaricia, y accidentado de una manera civilizadamente salvaje, hasta sus fachadas de aire centroeuropeo de postal. Porque en Sintra se da el efecto ideal de la obra humana, que es cuando el trabajo del hombre mejora el de la naturaleza. La ciudad portuguesa, a un tiro de tren de la capital Lisboa, está rodeada, acosada amablemente, es decir cortejada, por los bosques y los montes que la favorecen con un microclima casi tropical. Y en medio de esa corte de pretendientes se encajó para dejarse querer. Desde que nació, seguramente creada por un dios amable y generoso, y desde que los reyes, nobles y comerciantes portugueses la dotaron como a ninguna, el cortejo se mantiene amable, gozoso y se diría que a ratos tierno, como esas historias que a todos nos gustan, lo confesemos o no.

El Palacio da Pena, desde su interior.

El Palacio da Pena, desde su interior.

Tal vez por todo eso, y por algo que no se pensaba siquiera en los remotos tiempos en que los iberos tenían allí sus lugares de culto o los árabes construyeron el altivo Castelo dos Mouros, las redes sociales y el turismo masivo, Sintra se encuentra en estos tiempos más asediada que nunca. No era así cuando fuimos por segunda vez hace más de 15 años, ni por supuesto la primera vez, hace yo qué sé cuánto, probablemente casi 30. Es natural, nadie va a los sitios feos si no es por equivocación. Ahora, durante el día en las fechas clave, la villa es un hervidero de gente; turistas de toda condición suben y bajan por sus callejas adoquinadas, hacen cola esperando el autobús que los sube hasta el increíble Palacio da Pena o para adentrarse en los monumentos, y abarrotan los restaurantes y tiendas de recuerdos. Tienen motivos, todo lo que se ve, ya sea a pocos pasos o lanzando la vista a los picos y los valles verdes, es hermoso: los edificios románticos que la hicieron parecer una aldea alpina allá por el siglo XIX, los palacios llamados quintas, rodeados de jardines exuberantes; las residencias reales como el Palacio Nacional con sus cónicas, e icónicas, chimeneas.

Sintra recobra la tranquilidad al atardecer.

Sintra recobra la tranquilidad al atardecer.

El verde entorno da a Sintra un aire centroeuropeo.

El verde entorno da a Sintra un aire centroeuropeo.

El Palacio da Pena, situado en unas alturas delirantes, es una locura absoluta de un arquitecto alemán por encargo del marido de la reina María II, como un castillo encantado que hubieran trasplantado desde los bosques y lagos de Baviera hasta Portugal, pintado en colores amarillos o rojos, lleno de almenas, pasadizos y estancias suntuosas. No hace falta que os lo describa, está en todos los folletos, postales y guías. Sí os puedo confesar que desde que uno entra por el arco que rodea el castillo siente una alegría casi infantil por el derroche de imaginación libre, por esa reinterpretación casi alucinada de una fortaleza medieval de cuento. Es de suponer que se inventó así para solaz de los reyes, y ahora nos dejamos llevar y disfrutamos como niños, democratizando el disfrute a cambio del precio de la entrada. Bien está.

La plaza principal de Sintra.

La plaza principal de Sintra.

De noche, cuando los autobuses turísticos huyen raudos hacia sus hoteles en Lisboa o en algún centro playero cercano, o hacia el crucero atracado en el estuario del Tajo, pocos visitantes permanecen en el pueblo. Sintra recupera entonces su aspecto y su aire de localidad portuguesa, inevitable, y quizá voluntariamente, melancólica, aumentada por la asidua niebla crecida con la altura y los bosques. Y también así es, tal vez más aún, inevitablemente bella.

El palacio Real de Sintra, con sus características chimeneas.

El palacio Real de Sintra, con sus características chimeneas.

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Pueblos de Samos

Ulyfox | 28 de enero de 2018 a las 20:58

Penélope, ante una vista de Vourliotes sobre el valle.

Penélope, ante una vista de Vourliotes sobre el valle.

 

Teníamos ganas de recorrer Samos, la verde. Sabíamos de sus pueblos, no olvidábamos Kokkari en la costa noroeste ni Manolates en el interior, al final de una carretera infame y tortuosa. Hacía ya 17 años de aquella vez, y la verdad es que pensábamos que habrían cambiado, lo que en nuestras enamoradas mentes era lo mismo que empeorado. Pero no.

Dedicamos un día, pues, a comprobarlo, o sea a disfrutarlo. Y si ya conocíamos Manolates de aquella lejana vez, entonces nos dejamos de lado Vourliotes, muy cerca. Tras arreglar el alquiler del coche en Pythagorion, nos dirigimos en primer lugar a este. Y, una vez dejada la carretera costera, ya desde lejos nos gustó la apariencia de Vourliotes, una mancha blanca alargada, dejada caer sobre una ladera verde, y dominando desde una considerable altura el valle que se deslizaba hasta el mar. Un paisaje feliz, diríamos.

Una típica casa de Vourliotes.

Una típica casa de Vourliotes.

 

Debía de ser muy temprano, porque cuando nos adentramos andando en las viejas calles de Vourliotes, después de dejar el coche convenientemente lejos, aún no había mucho turista paseando. El pueblo es poco más que una placita casi cuadrada en la que cabe apenas la terraza sombreada de una preciosa taberna coloreada y de la que salen varios callejones estrechos y coloridos. Uno de ellos, sobre todo, es el que escogen los paseantes por las fachadas de balcones y marcos de ventana de madera pintados en colores sobrios o llamativos.  En los maceteros e incluso el pavimento de algunos de ellos también han dejado algunos anónimos artistas populares su huella de pintura.

Café, taberna y tienda de recuerdos, todo en uno

Café, taberna y tienda de recuerdos, todo en uno

El campanario de una iglesia de Vourliotes.

El campanario de una iglesia de Vourliotes.

 

Llaman la atención sobre todo algunas casas por una disposición casi perfecta de puertas, ventanas y aleros de los tejados. Aunque se ve una voluntad clara de atraer al turismo con su tipismo, se percibe igualmente un rasgo de autenticidad en los vecinos que arreglan sus hogares o simplemente almuerzan en sus puertas, compartiendo un plato. Milagrosamente se diría que Samos se está salvando de la llegada masiva y arrasadora de los visitantes en tropel, y mantiene un aire que muchos dirían decadente, pero que yo prefiero llamar acogedor. Nos encantó.

La gran taberna en la pequeña plaza.

La gran taberna en la pequeña plaza.

Un café griego para poder seguir el camino por Samos.

Un café griego para poder seguir el camino por Samos.

 

A media mañana, el turista nórdico ya estaba almorzando, pero para nosotros era aún la hora de un café griego, ese reconstituyente negro y dulce. Se diría que alimenta. Así que esa fue la señal para hacer una parada y poco después continuar en dirección Manolates.

Penélope, ante una casa de Vourliotes.

Penélope, ante una casa de Vourliotes.

 

Manolates conserva la carretera infernal en la que a ratos parece imposible sortear los árboles que la bordean y oscurecen, pero eso no lo salva de atraer gran cantidad de gente que seguramente van en busca de sus cuestas y sus vistas y su placita estrecha y alargada ocupada por dos tabernas, y precedida por una calle en la que destacan varias tiendas de recuerdos y productos de la zona, todas con ventanas traseras de vistas privilegiadas sobre el valle y las montañas. Era todo como lo recordábamos, pero con mucha más gente y necesarias tiendas. En la comparación, esta vez fue vencedor Vourliotes.

Manolates, también visitado por los turistas.

Manolates, también visitado por los turistas.

Vista del mar Egeo, desde la altura de Manolates.

Vista del mar Egeo, desde la altura de Manolates.

Un alto en Manolates, en la calle Manolaki. ;)

Un alto en Manolates, en la calle Manolaki. ;)

Habitantes de Manolates, echando la siesta.

Habitantes de Manolates, echando la siesta.

Poco antes del almuerzo en Kokari.

Poco antes del almuerzo en Kokari.

 

Kokari, en cambio, permanecía invicta en la cima, en ese saliente que se adentra en el mar como queriendo acercarse a Turquía, con esa misma roca que divide al pueblo en dos, al oeste la playa de guijarros y al este ese pequeño y estrecho paseo frente al mar lleno de restaurantes y cafés como es casi obligado en Grecia. Es el pequeño, inalterado balneario frecuentado por rubios visitantes, lejos de ruidos turísticos de otra especie, pero en el que no falta la oferta típica. Como de otro tiempo, en este.

El paseo marítimo de Kokari, al atardecer.

El paseo marítimo de Kokari, al atardecer.

Flores en el suelo de Vourliotes.

Flores en el suelo de Vourliotes.

Vista de Kokari desde Vourliotes.

Vista de Kokari desde Vourliotes.

 

Toulouse, se diría que es perfecta

Ulyfox | 6 de diciembre de 2017 a las 17:34

La Plaza del Capitole, el Ayuntamiento de Toulouse.

La Plaza del Capitole, el Ayuntamiento de Toulouse.

Sí, los viajes también te dan para comprender cosas simples o para plantearte dilemas innecesarios. Por ejemplo, hay veces que las ciudades famosas se merecen su fama, otras en las que te defraudan de manera lamentable, y otras menos en que su visita supera las expectativas que se tienen de ellas. Todo es tan relativo como le parezca al visitante.

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El exterior y el impresionante interior de la Basílica de Saint Sernin.

El exterior y el impresionante interior de la Basílica de Saint Sernin.

Pero Toulouse no admite dudas, Toulouse es una de las reinas de Francia, una reina bella, imperial, imponente. Grande y hermosa, próspera y se diría que presumida con toda la razón del mundo. Tiene un gran río, el Garona, es la capital del Canal du Midi y el centro de la industria aeronáutica y espacial europea. Con una gran y rica historia, todo ese conjunto se respira a cada paso. Si le sumamos el aire del cercano Mediterráneo, Toulouse desprende una luz culta y alegre, y al ingenuo que la pisa por primera vez se le aparece como la ciudad perfecta.

 

La rue de Taur, llena de color.

La rue de Taur, llena de color.

Siguiendo los pensamientos de ese ingenuo, digamos que es de una perfección que apabulla, por sus monumentos, por su gran plaza central presidida por el Capitol, un edificio que es una exageración como Ayuntamiento; por el largo y verde paseo junto al Garona que hace cívicos a los peatones; por el aire estudiantil que no la deja envejecer; por la imaginación arquitectónica de su basílica de Saint Sernin;

por esa alegría del ‘palmeral’ de columnas que sostiene de manera increíble la bóveda aérea y gótica de la iglesia de los Jacobinos (Jacobins); por sus terrazas tan francesas; por las larguísimas calles de fachadas rojas; por el recuerdo de tantos españoles que encontraron un lugar libre donde vivir y dejar sus apellidos después de la Guerra Civil.

El Pont Neuf, sobre el Garona.

El Pont Neuf, sobre el Garona.

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No cometáis el error de someteros a la tarea de elegir qué lugar, qué plaza, qué rincón de Toulouse os gusta más. Es el conjunto, y esa luz que puede tener la ciudad al lado del Pont Neuf cuando el sol ejecuta los largos atardeceres de primavera; tal vez ese es el resumen de un sitio en el que, a poco que uno sea ingenuo, diría que se juntaron todas las virtudes y se embellecieron todos los defectos que el ser humano pueda tener, para hacer un lugar de convivencia donde soportarse lo mejor posible. Si se me permite la ingenuidad.

Samos, donde nació Pitágoras

Ulyfox | 23 de noviembre de 2017 a las 18:25

Pythagorion, desde el balcón del hotel Hera II.

Pythagorion, desde el balcón del hotel Hera II.

Volver a esos lugares de los que guardas un gozoso recuerdo entraña peligros, sobre todo el de la decepción. Esta suele significar que el tiempo ha pasado de la peor manera, o para ese lugar o para ti. O tal vez para los dos. Pero con Grecia nos ocurre lo contrario. Por norma, solemos acompañar nuestros reencuentros con islas o ciudades con el comentario favorable: “Pues lo he encontrado mejor”. En estos años hemos aconsejado a mucha gente que viajara allí, o bien directamente, o bien porque de tanto oírnos hablar de aquella tierra a muchos les ha venido el impulso de la visita. Siempre digo que el viaje a la Hélade es siempre un viaje al interior de uno mismo y si uno vuelve insatisfecho de allá, a lo mejor simplemente es que ese paisaje interior no es muy satisfactorio. Estas palabras merecen, por supuesto, el crédito que les deis a las de un enamorado.

La isla de Samos, desde el avión que nos traía de Salónica.

La isla de Samos, desde el avión que nos traía de Salónica.

El caso es que teníamos ganas de volver a Samos, la grande y verde, aunque quemada, isla del Egeo Norte que recordábamos de 17 años atrás. Y este año nos venía bien en el itinerario pensado, así que dimos el salto en avión desde Salónica hasta la isla natal de Pitágoras. Este nació en la antigua ciudad de Samos, que hace unas décadas cambió su nombre al mucho más reconocible de Pythagorion, en honor de su grande y sabio hijo predilecto. En ese hermoso pueblo costero ubicamos durante cinco días nuestra base, en el hotel Hera II, que lleva en su nombre también el de otra de sus habitantes más ilustres, la diosa Hera. Estas cosas pasan en Grecia, que pasa uno de la mitología a la realidad más matemática en un abrir y cerrar de ojos.

 

El puerto de Pythagorion, en una mañana de septiembre.

El puerto de Pythagorion, en una mañana de septiembre.

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El monumento a Pitágoras, el hijo más conocido de Samos, en el puerto.

El monumento a Pitágoras, el hijo más conocido de Samos, en el puerto.

El hotel es limpio y sus dueños tan amables como acostumbran los griegos. Situado en la parte más alta del pueblo, nos tocó una habitación con la vista soñada, con todo el casco urbano y el puerto a nuestros pies.

Las calles escalonadas de Pythagorion necesitan de un buen almuerzo para afrontarlas.

Las calles escalonadas de Pythagorion necesitan de un buen almuerzo para afrontarlas.

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De Pythagorion teníamos los mejores recuerdos, y esta vez también, esta vez se cumplió de nuevo de una manera curiosa. A simple vista no ha cambiado gran cosa. Ahí sigue ese puerto lleno de barcos deportivos con cuyos dueños pareces compartir la cena o el café de la tarde o el martini de aperitivo, de tan cerca como están. Quizá simplemente hay más yates ahora. Ahí están también la cantidad de bares y restaurantes donde sentarse mirando al mar y sobre el ajetreo del paseo vespertino. Permanecen las calles de trazado cuadricular y bordillos blanqueados con casas bajas y arboladas al estilo inequívocamente griego. Siguen ahí todavía las cuestas increíbles hacia lo alto y, al oeste, las ruinas de la antigua Samos como un claro histórico antes de llegar a la zona de hoteles frente a la playa. Si acaso, puede haber crecido el número de establecimientos hoteleros, pero la unidad del pueblo no está rota. Y el tipo de turismo semeja ser el mismo, parejas y grupos de amigos nórdicos de edad mediana, de aspecto y comportamiento tranquilos.

Un café frente a los barcos, el momento más relajante.

Un café frente a los barcos, el momento más relajante.

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No es Samos, de las más cercanas a Turquía, una isla atestada, a pesar de su belleza. Tiene una gran y rica historia, y restos arqueológicos muy importantes para atestiguarlo, unas playas de ensueño, un vino famoso desde la antigüedad y, esto casi no habría que decirlo, la excelente comida de la que se puede disfrutar en Grecia.

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La noche de Pythagorion también ofrece hermosos atractivos.

La noche de Pythagorion también ofrece hermosos atractivos.

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Y de todo esto se hablará, Zeus mediante, en los próximos días.

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Descubrimiento milagroso de un mosaico

Ulyfox | 21 de noviembre de 2017 a las 14:44

El singular mosaico con el Pantocrátor en la iglesia de Osios David de Salónica.

El singular mosaico de la Teofanía en la iglesia de Osios David de Salónica.

A veces la vida simple te brinda oportunidades sencillas e inolvidables. Como en Salónica a finales de agosto. Paseábamos por la parte alta (Anópolis)  más antigua de la capital de Macedonia. Todas las guías decían que por allí perdida entre la maraña del barrio casi turco se encontraba una joyita del arte bizantino, la iglesia de Osios David. Efectivamente, no fue muy fácil encontrarla. Había que estar pendiente de los cartelitos escritos en blanco sobre fondo rojo que en Grecia indican los sitios monumentales. Pero tras virar a derecha e izquierda, subir y bajar alguna que otra pendiente, atravesamos una pequeña cancela y aparecimos en un patio cuadrado en el que, bajo el sencillo porche blanco de columnas y tejado, se sentaban una mujer mayor y un hombre joven, junto a una puerta no demasiado monumental.

Tras saludar con el obligado ‘kalimera’ el joven entendió que queríamos visitar la iglesia y nos franqueó la entrada apartando una pesada cortina y entrando con nosotros. No había nadie más, y empezó a contarnos la historia del recinto. Se trata del templo cristiano más antiguo de Salónica, nada menos que del siglo V, y se aprecia a simple vista lo primitivo de su construcción. Nada más entrar, unos maravillosos frescos de los siglos XII y XIII que cuentan el nacimiento y la infancia de Cristo. Sobre esa visión a muchos ratos ingenua pero siempre de gran calidad pictórica, el hombre nos explicó detenidamente las diferencias entre las representaciones católicas tradicionales y las ortodoxas, resaltando muchas veces que el dogma es el mismo, pero las tradiciones difieren. Así, la Virgen aparece aquí acostada y cansada tras el parto, mientras que la figuración ‘romana’ la representa con el niño en brazos como si no hubiera pasado nada. San José se representa siempre con aspecto meditabundo y preocupado. Tenía razones el santo varón…

La pieza maestra es un mosaico del siglo V extraordinario. Se trata de la Teofanía (aparición como Dios) de Cristo y presenta muchos rasgos singulares, siendo el más llamativo de ellos que Jesucristo aparece sin barba, como un hombre joven. O tal vez como una mujer, dicen otros, ya que la comunidad que llevaba ese recinto en aquella época era un grupo de monjas… Sea como sea, es hermoso. Cristo aparece en un óvalo que se asemeja a un ojo humano, justo en el centro de lo que sería el iris, y a su alrededor los cuatro evangelistas con los animales que los representan según la tradición.

El mosaico estuvo durante siglos oculto tras un yeso con el que lo taparon durante la dominación otomana y fue, digamos ‘milagrosamente’, redescubierto tras un terremoto que a principios del siglo XX hizo caer la capa de estuco. Nosotros lo descubrimos en silencio, escuchando con deleite las explicaciones a cambio de una pequeña cantidad, solos en la iglesia, durante más de media hora, con un intercambio de preguntas y respuestas. Salimos después de casi una hora y aún disfrutábamos de la experiencia mientras bajábamos las cuestas camino hacia el mar de Salónica.

Sithonia, una Grecia verde y azul

Ulyfox | 19 de noviembre de 2017 a las 22:59

Una vista de Neos Marmaras.

Una vista de Neos Marmaras.

 

Nuestra intención es, tal vez, conocer toda Grecia. No por puro afán acaparador ni coleccionista, sino porque cada vez que damos con un territorio, una gente, un aire nuevo dentro de ese país, comprobamos que nos gusta igual que el resto. Por eso lo de nuestro periplo de este año por el Norte desconocido, y por eso seguirán otros años regiones como el Pilion, por ejemplo, donde habitan los centauros.

Playas casi vírgenes rodeadas de verde.

Playas casi vírgenes rodeadas de verde.

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El caso es que nuestra visita a Macedonia y algo de Tracia debía incluir una escapada a las playas, claro. Y nos fijamos en la península Calcídica, Halkídki para los griegos. No sé si habéis reparado en ella. Es ese gran trozo casi cuadrado que se adentra en el mar al noreste de Grecia, justo debajo de Salónica, y del que salen como tres largos dedos. No son un destino turístico popular fuera de la zona, pero son tres dedos frondosos, llenos de bosques, montes y extraordinarias playas. El más occidental, llamado península de Casandra, es el más frecuentado por los turistas griegos, antes, y a los que se han sumado reciente y masivamente los de los países balcánicos más cercanos, Bulgaria y los de la antigua Yugoslavia, Serbia sobre todo. El dedo central es la península de Sithonia, un pequeño paraíso aún visitable en temporada baja aunque no puedes huir de los serbios. El saliente más oriental es muy especial: está ocupado en su mayor parte por una especie de república eclesial independiente, gobernada por los monjes ortodoxos, la península del Monte Athos, el Monte Sagrado para los griegos, con más de una decena de grandes monasterios, frente al mar o en el montañoso y boscoso interior. Se necesita un permiso, que hay que pedir con meses de antelación, para poder entrar en ella, y sólo puedes hacerlo si eres del género masculino. Las mujeres lo tienen prohibido. Esa quedará para otra ocasión, quién sabe.

Las rocas blancas de Karidi, tomadas por los turistas.

Las rocas blancas de Karidi, tomadas por los turistas.

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Esta vez, elegimos Sithonia, la situada en medio. En esta península verde y de extraordinarias playas, el único pueblo que merece tal denominación es Neos Marmaras, un puertecito turístico en una pequeña bahía, con unas pendientes enormes y un urbanismo un tanto destartalado, pero que como casi todos los puertos griegos termina teniendo un cierto encanto. El paseo marítimo lleno de restaurantes y bares le otorga esa categoría de acogedor, y es un excelente lugar para tenerlo de base desde donde visitar la península. Ahí pasamos tres noches.

Nos alojamos en Haus Roula, unos apartamentos que debe ese nombre híbrido entre alemán y griego al hecho de que sus dueños trabajaron y vivieron muchos años en Alemania. Cuando llegamos, al hijo mayor nos lo encontramos en la puerta, con apuntes y libros de su recién estrenado curso de español. La familia es agradable y el apartamento, aunque pequeño, estaba limpio. Y el precio, imbatible.

Bañarse frente al Monte Athos, una emoción especial.

Bañarse frente al Monte Athos, una emoción especial.

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Y a eso nos dedicamos. En el primer día nos acercamos a la playa más próxima al pueblo. Los dos siguientes, a bordo de nuestro coche alquilado visitamos en una jornada la costa oeste de la península, y en la siguiente, la parte este del litoral, aquí siempre con la imponente silueta de 2.033 metros de altura del Monte Athos al otro lado del mar. Los dos días tuvimos tiempo de asombrarnos del verdor y la frondosidad de los bosques que nos acompañaron todo el camino.

Esas cenas al atardecer...

Esas cenas al atardecer…

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En la costa oeste hay algunas concentraciones hoteleras, aunque nada que se pueda llamar masificación, frente a las playas. La más popular de estas es la de Kalamitsi, un enjambre de hamacas y sombrillas en una media luna de arena casi perfecta y con un agua que, más que invitarte a entrar, te abraza cuando entras. Cientos, tal vez miles de parejas rubias con dos o tres hijos invadían el espacio. Hubo un momento de angustia cuando un padre y una madre recorrieron durante largos minutos la playa de un lado a otro gritando el nombre de su hijo extraviado, con el rostro desencajado. Cuando las llamadas desesperadas de “¡Mathia, Mathia!” cesaron al aparecer el pequeño pareció como si un suspiro de alivio generalizado ordenara tranquilidad a todos los que estábamos allí. A pesar del gentío, pasamos unas cuantas horas en la hamaca, y hasta almorzamos allí mismo sobre la arena. Un gran servicio.

Al día siguiente, dedicamos el día a litoral este de Sithonia, lleno de calas verdes y azules: Panagia, Fteroti, Lagonisi frente a un paisaje de islotes; Karidi, con sus formaciones rocosas blancas, donde tuvimos un divertido encuentro en un restaurante con el encargado Nikos Karambelas, futbolista griego que jugó varias temporadas en España y que dijo ser muy amigo de Barral, el jugador isleño que milita en el Cádiz; la llamada Orange Beach. Para los que amamos Grecia y los escritos de Patrick Leigh Fermor y Robert Byron tenía una emoción especial bañarse mirando al Monte Athos. Tal vez un día…

Las veladas las pasamos cenando al atardecer en los restaurantes sobre el mar, con buen vino, buen pescado y buenos precios. Todos ellos, elementos que nos reafirman en nuestra teoría y práctica de que las vacaciones-vacaciones se deben pasar en Grecia.

 

‘Kazánema’, el tiempo de raki en Creta

Ulyfox | 3 de noviembre de 2017 a las 19:23

En estos días me invade la nostalgia de algo que nunca he vivido: a finales de octubre y primeros de noviembre, es decir ahora, se celebra en todos los rincones de Creta la fiesta familiar de destilación del raki. El raki es una especie de licor equivalente al aguardiente u orujo español o la grappa italiana, o el eau de vie francés. Es decir, un destilado del hollejo, lo que queda de la uva después del prensado para el vino y que se guarda fermentando durante un par de meses. Anda alrededor de los 35-40 grados y en Creta es como un pasaporte a la amistad, se toma a todas horas del día, se ofrece al visitante, al invitado, se regala a mansalva en restaurantes y cafés. Puedes pasar semanas en la isla bebiendo raki y no pagando nunca por él. Sirve de aperitivo, de desayuno, de merienda y como sustituto del vino en las comidas. Como el cien por cien de lo que se consume en Creta es de producción natural, no suele dar problemas estomacales ni de resaca al día siguiente. Yo diría que incluso los cura, pero para afirmar eso hay que tener la fe cretense que uno tiene en los milagros del raki. Pero es que yo he visto esos milagros. Y os voy a contar uno de ellos, saltándome el orden cronológico de nuestro último viaje de un mes a Grecia.

 

El comienzo de la cena, con Sofía, Kyriakos, Mijalis y María.

El comienzo de la cena, con Sofía, Kyriakos, Mijalis y María.

 

Al llegar a Creta, a mediados de septiembre, hicimos una parada en Sitia, al este de la isla, con la casi única intención de reencontrarnos con Sofía y María, dos profesoras griegas a las que habíamos conocido en primavera cuando acudieron con sus alumnos a un campamento de intercambio de estudiantes, aquí en Alcalá de los Gazules. Un amigo nuestro responsable de la granja escuela donde se celebró nos avisó sabiendo de nuestra pasión cretense. Y pasamos una jornada campestre estupenda, charlando de Creta y de Cádiz con las dos. Así que era obligado (y muy deseable) devolver la visita. La primera noche Sofía nos preparó una cena deliciosa, inolvidable y laboriosa que no sé cómo le pagaremos algún día. Para la segunda, nos reunimos con unos amigos suyos en un rakádiko (local especializado en servir raki con mezes, algo así como las tapas). Y ahí viene lo que decía: yo andaba maluquillo del estómago, quizá por los sabrosos excesos de la noche anterior, y afronté con cierta prevención la noche.

En la mesa del Oinodeion, que así se llamaba el estupendo sitio, nos esperaban, además de Sofía, su marido Kyriakos, un sonriente hombre que insistía en que le llamáramos Domingo, el equivalente a su nombre en español, y sus amigos Mijalis y María (otra María diferente). Decidí la inmersión inmediata en Creta, desafiando mi malestar con una apuesta fuerte: hoy cenaríamos sólo con raki. No llevé la cuenta, es imposible en una mesa cretense en la que te van sirviendo conforme se acaba el vaso. El raki era buenísimo, suave, con un cierto dulzor, perfecto para beber. Y fueron cayendo platos cretenses buenísimos, en la animada charla que mantuvimos en nuestro precario inglés y el mucho más modesto griego. Todos hacíamos esfuerzo por entendernos, y con el raki era más fácil.

Pasaron así más de cuatro horas de cena y conversación en los que la bebida no dejó de correr. La hospitalidad cretense se mostró de nuevo: no nos dejaron pagar un euro. En la parte final de la fiesta se sumaron a la mesa el propietario del rakádiko, Dimitris, y su hijo Kostas, y su mujer, la cocinera, artista de la que lamento mucho no recordar el nombre. Eran parientes de María. Por su cuenta, ellos aportaron más raki y platos a la mesa, y abundantes postres, unas uvas sultana buenísimas. “Las mejores para hacer raki”, nos dijo Dimitris, que de esto sabe. El que tomamos durante toda la noche estaba hecho por él. Dimitris es hombre dado a la broma, y ahí nos encontramos en un terreno familiar. En un momento dado, terminamos cantando a coro una hermosa canción cretense Apojeretismós (Separación): “Mesopélaga armeniso, ki ejo plori ton kaimó, ki ejo tin agapi prima ki albouro ton jorismó…“, es decir algo así como “En medio del mar navego, y tengo por proa la pena, por vela tengo el amor y por mástil la separación…”, una preciosidad escrita por un grande: Kostas Moundakis.

Al final de la fiesta se añadieron el dueño del rakádiko, Dimitris, su hijo Kostas y su mujer.

Al final de la fiesta se añadieron el dueño del rakádiko, Dimitris, su hijo Kostas y su mujer.

Dimitris me habló de que, a la vuelta de poco más de mes y medio, se celebraba en Creta el kazánema, una explosión de fiestas familiares y vecinales en la que los congregados se reunían alrededor del kazani, el caldero donde se calienta el hollejo fermentado para que destile el precioso brebaje. Él produce anualmente unos 5.000 litros de raki. Mijalis también lo hace, pero sus cantidades son más modestas: unos cien litros. Y con ese alegre asunto por excusa se pasó a la invitación directa: “Tenéis que venir en esas fechas, a finales de octubre, hay fiesta por todos lados, y todo el mundo bebe el raki nuevo, y come de todo… yo mismo os invito para cuando podáis”. Pero esa es la clave, ¿cuándo podremos?. Hay dos fechas que figuran en nuestra agenda pendiente con Creta: las que corresponden a la Pascua ortodoxa, que es la gran fiesta griega, mucho más que la Navidad, y el Kazánema, la destilación del raki.

Esa nostalgia de lo no vivido brotó de nuevo hace unos días, cuando Sofía me envió las fotos de su particular kazánema. Allí en Exo Mouliana, en casa de Mijalis y María, en un pueblo de la grandiosa montaña cretense, cerca de Sitia se reunieron los amigos para destilar y probar el raki fresco elaborado en alambique de cobre. No pudimos estar allí, pero en cierta forma sí lo hicimos, y nos renovamos a nosotros mismos la promesa: el año que viene, a final de octubre. Ojalá. Pero aún nos cabe una esperanza pequeña, la próxima semana Sofía visitará San Fernando para otro de esos intercambios, y quién sabe, a lo mejor tiene un detalle en su maleta…

 

Preparación del raki (kazánema), hace unos días en casa de Mijalis.

Preparación del raki (kazánema), hace unos días en casa de Mijalis, con el montaje del alambique.

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Me faltaba contar el milagro. Efectivamente, al día siguiente, después de no sé cuántos vasos de raki, mi estómago estaba perfecto, mucho mejor que el día anterior. Entonces comprendí la anécdota que me contaba Sofía cuando nos conocimos. Ella no es cretense, sino de Atenas. Cuando llegó al instituto donde trabaja ahora en Sitia, observó que había botellas de raki por todas partes en las dependencias de los profesores ¡e incluso en los cajones de las mesas, en las propias aulas! “¿Pero esto cómo puede ser, esto es normal?” preguntó a sus compañeros, medio escandalizada. Uno de ellos lo contestó: “Naturalmente, lo hacemos por prescripción médica”.

Xanthi, a medias con Turquía

Ulyfox | 31 de octubre de 2017 a las 22:34

La mezquita en el barrio alto de Xantthi.

La mezquita en el barrio alto de Xantthi.

 

Por momentos nos parecía estar en Mostar, aunque faltaba el esbelto puente otomano símbolo de la ciudad bosnia. Pero en realidad llegamos a Xanthi, en el norte griego que ya casi es Bulgaria y que puede tocar con la punta de los dedos tierras turcas, aún más a oriente que Kavala, atraídos por un nombre misterioso con ecos de los libros de Patrick Leigh Fermor: los pomacos. Son estos una minoría étnica relativamente abundante en Bulgaria y presente en territorio griego sobre todo en esta ciudad y alrededores. Su religión es musulmana y su lengua, el turco. Su origen es remoto y no está todavía certificado. Algunos estudiosos dicen que son descendientes de los primitivos tracios y que en un momento dado se hicieron musulmanes para huir de las represalias cuando la zona pasó a ser dominada por el Imperio Otomano. En la Grecia actual, prefieren llamarlos griegos de religión musulmana antes que turcos para combatir un permanente sentimiento a modo de nacionalismo.

Mansiones griegas

Mansiones griegas

Casas turcas cerca del barrioi pomaco.

Casas turcas cerca del barrio pomaco.

Preparando los locales para la gran fiesta

Preparando los locales para la gran fiesta

Fachadas de color pastel en el casco antiguo.

Fachadas de color pastel en el casco antiguo.

La animación empieza a mediodía en Xanthi.

La animación empieza a mediodía en Xanthi.

El caso es que en Xanthi, un pueblo precioso de las estribaciones de los montes Ródope, hay pomacos. La población está dividida, quizá todavía a consecuencia de la discriminación. En el barrio bajo, aunque la mayoría de las casas tienen aspecto turco, abundan las mansiones de estilo neoclásico, antiguas viviendas de potentados del tabaco, producto cuyo cultivo constituyó la principal fuente de riqueza del pueblo. Muchos de estos palacios están convertidos hoy en museos o edificios públicos.

Una gran mansión tabaquera.

Una gran mansión tabaquera.

El paseo por el centro histórico necesita pronto de buenas piernas, puesto que el trazado asciende poco a poco del barrio más bajo, mayoritariamente griego ortodoxo hasta el barrio alto en el que suena la llamada del muecín desde el minarete de la pequeña y antigua mezquita. Por aquí los niños corretean y se gritan unos a otros en turco, mientras se pueden observar las numerosas parabólicas dirigidas hacia un punto cardinal que luego nos dijeron que era el Este, desde donde viene la señal de la televisión turca. La sensación era extraña puesto que parecía posible pasar en un segundo de un país a otro

El resaturante Palia Poli.

El resaturante Palia Poli.

Un establecimiento de gyros (kebab).

Un establecimiento de gyros (kebab).

Nosotros llegamos el primer viernes de septiembre, justo la víspera del inicio del Festival del Casco Antiguo, durante una semana llena las calles de actuaciones musicales y espectáculos. Por la tarde, una multitud comenzó a fluir subiendo desde la parte moderna, más llana, hasta las plazas y callejuelas empedradas. En poco tiempo, todas las terrazas estaban llenas y en la plaza alta un espectáculo con dj y luces animaba a los más jóvenes. Escaparates y vitrinas de los locales hosteleros iluminaban las animadísimas esquinas. Grupos de jóvenes, familias enteras parecían haber venido a invadir el pueblo, y el aspecto de fiesta mayor daba a todo el conjunto un aire alegre y jovial.

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Era imposible dar un paso tranquilamente y por un largo rato creíamos que no lograríamos cenar en ningún lado. Todo lleno y la gente no parecía dispuesta a dejar la sobremesa de manera rápida. Al final, casi en el sitio de comida más alejado del centro histórico, aunque ya cerca del hotel, logramos encontrar un lugar, básicamente un asador, donde tomarnos unas tsoutsoukakia y  una ensalada de tomate. Suficiente para una cena no muy exigente. Al mediodía sí, al mediodía comimos estupendamente en el precioso restaurante Palia Poli

Por esas zonas netamente balcánicas los límites, las fronteras y las lenguas han cambiado históricamente, digamos que siguen cambiando, fruto de tanta guerra, tanta dominación y tanto vaivén que por fuerza obligan a la gente a mantener sus tradiciones, para no caerse. Al menos hasta ahora, porque seguro que todo eso caerá muy pronto ante otra dominación: la de la comunicación, los móviles y las redes sociales.

 

Kavala, llegando al límite

Ulyfox | 29 de octubre de 2017 a las 20:19

Vista general de Kavala.

Vista general de Kavala.

 

En realidad, si mirábamos desde la terraza de nuestra habitación y veíamos la animación al atardecer, o si paseabas por el barrio antiguo de Panagia, camino del castillo, o pasabas bajo los arcos del impresionante acueducto que construyó Solimán el Magnífico, todo en el aire te hacía creer que estabas en un puerto turco. Pero Kavala está en Grecia todavía, aunque para llegar a ella tuvimos que cruzar casi toda Macedonia para asomarnos a las puertas de Tracia. Sí, aunque era la bandera griega de la cruz y las barras blanquiazules la que ondeaba allí arriba, en la torre del homenaje, nos habría parecido normal que en su lugar estuviera la turca de fondo rojo, la luna menguante y la estrella de cinco puntas, como si estuviéramos a orillas del Bósforo y no frente a la isla de Tasos.

 

Vista de los tejados de Panagia, desde el castillo.

Vista de los tejados de Panagia, desde el castillo. Al fondo, la isla de Tasos.

El acueducto de Kamares, mandado construir por Solimán el Magnífico.

El acueducto de Kamares, mandado construir por Solimán el Magnífico.

Pero de todas formas, el aspecto de la segunda ciudad de Macedonia tras Tesalónica es otomano, en las casas y en el conjunto urbano. No en vano, hace sólo poco más de cien años, hasta 1912, todavía pertenecía a Turquía y bajo su dominio estuvo 550 años. Por otro lado, el norte de Grecia tiene unos aromas diferentes del mundo de las islas, tan mediterráneo. Aquí todo parece más balcánico, sin dejar de ser totalmente helénico. Incluso el carácter de la gente parece más cerrado. El idioma es el mismo, la comida es idéntica, y sin embargo algo, mires hacia donde mires todo te lleva más a los Balcanes que al Egeo.

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Trazas indudablemente otomanas en el casco histórico de Kavala.

Trazas indudablemente otomanas en el casco histórico de Kavala.

La joya de Kavala, además de la vista de su puerto y del frente marítimo abarrotado de turistas, es su barrio antiguo amurallado, que lleva por nombre Panagia, algo así como el barrio de la Virgen, aunque en su trazado se conservan tanto iglesias como mezquitas. Aquí desembarcó San Pablo y, para completar la enriquecedora mezcla, el castillo lo construyeron los venecianos. En realidad, es como un resumen de la historia de Grecia en los últimos siglos.

Estuvimos sólo una jornada en Kavala, el último día de agosto. El calor era notable y a las horas en que más pegaba decidimos hacer la visita al casco viejo en lugar de acercarnos a una playa, que era a lo que invitaba la temperatura. Calles empedradas, turistas turcos y balcánicos y casas otomanas con la característica planta alta en voladizo fue lo que encontramos. Tras la ardua subida, lo agradable fue una bajada trufada de hermosas visiones, fachadas de colores vivos y recuerdos de pachás y sultanes a cada paso.  Un paseo tan largo como para que cuando vinimos a tomar un tentempié en el Paseo Marítimo fuera ya una hora tardía.

Al atardecer, la azotea del hotel brindaba una vista magnífica e ideal para un largo café frappé, tan griego…

Esperando el café en el atardecer de Kavala.

Esperando el café en el atardecer de Kavala.

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El final del día lo puso una caminata por el enorme paseo marítimo, peatonalizado en horas nocturnas, y una espléndida cena en el restaurante Apikos, donde tomamos una de las mejores tsousoukakia (albóndigas alargadas en salsa de tomate, a la manera de Esmirna) que nunca hemos probado. Y qué os vamos a decir: el precio era ridículo.

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Cita a solas con Filipo

Ulyfox | 21 de octubre de 2017 a las 17:55

Solitaria ante la tumba de Filipo II de Macedonia.

Solitaria ante la tumba de Filipo II de Macedonia.

Extrañamente, ante un testigo de la historia tan grande como ese no había nadie. El resto del museo, dispuesto y organizado modélicamente bajo el túmulo de las Tumbas Reales de Vergina, estaba lleno por un grupo de turistas, pero nadie había bajado una pequeña escalera de madera tras una abertura mediana para contemplar la tumba de Filipo II, el rey que hizo grande a Macedonia y gran estratega militar. Solos nosotros dos emocionados ante la puerta tenuemente iluminada. Casi daban ganas de rezar frente a las dos columnas falsas y el friso levemente coloreado. “Aquí estuvo Alejandro despidiendo para siempre a su padre” era obligado decir. Como pareció obligado saltarse la prohibición expresa y robar una foto para siempre. Con perdón.

Ante el túmulo de las tumbas reales de Vergina.

Ante el túmulo de las tumbas reales de Vergina.

Estábamos en Vergina, la capital de Macedonia, aquel reino que los atenienses consideraron bárbaro y ante el que, por no seguir los consejos preventivos de Demóstenes en sus Filípicas, tuvieron que rendirse en el campo de batalla para cambiar definitivamente la historia de Grecia y del mundo. Casi a continuación de su gran victoria, el rey macedonio Filipo fue asesinado y su hijo Alejandro, proclamado soberano de todos los griegos, prefirió emprender una campaña de conquista sin fin hasta su muerte en un lejano punto de su enorme imperio. La gesta sin parangón de Alejandro el Grande, Magno, O Megas, empezó y acabó con él. La cultura griega se extendió como nunca, pero tras su desaparición se dividió en un gran número de reinos, muchos de los cuales al cabo del tiempo fueron conquistados por los romanos… la Historia.

En Vergina, dentro del túmulo que alberga varias tumbas, todo era emocionante: el recuerdo de Filipo, la riqueza de los ropajes, armaduras, vajillas y adornos encontrados, la belleza de la pintura mural que se conserva… pero sobre todo estremecen las palabras del arqueólogo Manolis Andrónikos, que descubrió e investigó el el yacimiento, impresas en uno de los paneles del museo. En ellas, el investigador describe sus hallazgos con expresiones en las que se puede sentir el temblor de su voz por lo que iba encontrando y por la manera en que las coincidencias históricas le iban llevando a la conclusión de que realmente estaba ante la tumba del gran Filipo.

Restos de Pella, ciudad natal de Alejandro el Grande.

Restos de Pella, ciudad natal de Alejandro el Grande.

Disfrutamos un buen rato en ese museo, didácticamente montado con una luz tenue que realza el brillo del oro y la plata de urnas, diademas y adornos. Y sentí no tener el arrojo suficiente para fotografiar también la armadura de Filipo. Realmente, aunque muchos datos indican que es el lugar de descanso eterno del rey macedonio, aún no se ha podido determinar con absoluta certeza que así sea. Pero da igual. Para nosotros, algo que no fuera ciertamente su espíritu no podría provocar esa sensación real.

 

Una pared del palacio real en el nuevo museo de Pella.

Una pared estucada del palacio real en el nuevo museo de Pella.

 

Después de rendir homenaje al padre nos trasladamos a Pella, la que luego fue capital también de Macedonia y que tuvo el honor de ser la cuna de Alejandro. Los restos arqueológicos de la antigua ciudad tienen el encanto de los campos yermos en los que la Historia ocurrió. Unas cuantas columnas se elevan al cielo, unos pocos preciosos mosaicos parecen descuidados y lo que queda de unos baños públicos más abajo le dan realismo y realeza. No son la muestra arqueológica más bella de Grecia, pero tienen al lado un museo reluciente, flamante, con cientos de piezas maestras. Para mí, lo mejor era la distribución tan moderna del recinto y la exposición de ajuares funerarios de nobles guerreros macedonios.

Cascos y armas macedonios dentro de ajuares funerarios hallados en Pella.

Cascos y armas macedonios dentro de ajuares funerarios hallados en Pella.

Es imposible permanecer impasible. Miles de años después, la huella de grandes personajes está frente a ti. Así que contentos como pocas veces, nos dirigimos a nuestra siguiente parada, el pueblo de Veria, en el que pudimos hacer poco más que cenar (muy bien, por cierto) y dormir para continuar al día siguiente nuestro gran periplo griego, este año más grande que nunca.

Ajuar de la tumba de un noble guerrero de Pella.

Ajuar de la tumba de un noble guerrero de Pella.

 

Mosaico de 'La caza del ciervo' en una de las casas de Pella.

Mosaico de ‘La caza del ciervo’ en una de las casas de Pella.

 

Estatua del hijo más ilustre de Pella, Alejandro el Grande, en el centro del pueblo.

Estatua del hijo más ilustre de Pella, Alejandro el Grande, en el centro del pueblo.