Un reino de otro mundo, o no

Ulyfox | 17 de febrero de 2015 a las 13:21

La plaza de San Pedro de Roma, en el día de Año Nuevo.

La plaza de San Pedro de Roma, en el día de Año Nuevo.

Pues sí, el día de este último Año Nuevo fuimos a ver al Papa. Estábamos en Roma y entendimos que había que hacerlo, nos apetecía hacerlo. No es que seamos especialmente creyentes, más bien poco. Bueno, más bien nada y más bien descreídos. Pienso más bien, como el inmortal Perich, que la religión ayuda a resolver problemas que no existirían si no existiera la religión. Pero las audiencias públicas del Papa en la plaza de San Pedro forman parte de los atractivos de la Ciudad Eterna, y hay que reconocer que Francisco le ha dado un interés nuevo a este espectáculo coral.

El Papa Francisco, en el Angelus de Año Nuevo en Roma.

El Papa Francisco, en el Angelus de Año Nuevo en Roma.

Una corta, y barata, carrera en taxi nos libró del frío y nos dejó a los pies de la Via della Conciliazione, esa recta y un poco mussoliniana avenida que conduce a la imponente plaza de San Pedro. Ya había mucha gente allí a esa hora cercana al Angelus, y un río humano se dirigía hacia la apabullante fachada de la basílica, atraída por ese imán que es la gran cúpula de Miguel Ángel. La corriente estaba formada por gente suelta, familias, parejas, pero también numerosos grupos organizados como en un desfile, uniformados y con bandas de música, banderas, pancartas y todo tipo de adornos distintivos de su adscripción cristiana y nacional, conjuntos venidos de los cinco continentes y unidos seguramente por lo que se llama una sola fe. Había un aire de alegría, tal vez la que tienen los que están convencidos de que su camino es el correcto. Según se mire y según los momentos, es envidiable esa seguridad.

Hay varias formas de seguir las palabras del Papa en San Pedro.

Hay varias formas de seguir las palabras del Papa en San Pedro.

Como llegamos con tiempo, hubo ocasión de impresionarse y admirar la enorme y equilibrada plaza, introducirse por la Columnata elíptica y simétrica que diseñó Bernini para ‘abrazar’ a los fieles a su llegada, y buscar la ventana por donde habría de asomar Francisco a dar su discurso y rezo del Angelus. Esto fue fácil: era aquella tan pequeña de cuyo alféizar colgaba un gran tapiz rojo, o púrpura o como quiera que se llame ese color tan vaticano.  Por allí apareció en medio de la ovación, puntual como el anuncio del ángel del señor que anunció a María que nos hacía levantarnos de los pupitres en aquel colegio de La Salle todos los mediodías lectivos. No entendí muy bien lo que dijo, y eso que me defiendo bastante bien en italiano, pero estábamos más pendientes de la reacción de la gente, de las fotos, del ambiente, de los gritos conjuntados de un extraño grupo detrás nuestro, que felicitaban al Papa “¡Auguriiiii!”. Creo que habló de inmigrantes y esclavitudes modernas, como siempre con un tono progresista. Es una lástima que todo ese poder de millones de personas unidos por una fe no haya sido dirigido muchas veces en el sentido adecuado. Habría sido imparable una creencia basada en el amor si ese hubiera sido su norte irrenunciable.

La impresionante Columnata de Bernini.

La impresionante Columnata de Bernini, por dentro.

Me quedo con la hermosa imagen que puede provocar el genio humano, esté tocado o no por lo divino, con ese culmen del talento que es la Basílica de San Pedro, con la belleza eterna de los órdenes arquitectónicos clásicos, el dórico, el jónico, el corintio, aún utilizados después de siglos, con la matemática razón puesta al servicio de la estética, o tal vez sea a la inversa, reversa o viceversa. Con la Columnata, con sus 140 estatuas de santos, y hasta con el remate excéntrico de dos mocetones robustos de la Guardia Suiza, guardianes bien terrenales de un reino que dijo ser de otro mundo.

La multitud se encamina a San Pedro por la Via della Conciliazione.

La multitud se encamina a San Pedro por la Via della Conciliazione.

Algunas de las 140 estatuas colocadas sobre las 140 columnas de la plaza.

Algunas de las 140 estatuas colocadas sobre las 140 columnas de la plaza.

 

Dos integrantes de la Guardia Suiza en el Vaticano.

Dos integrantes de la Guardia Suiza en el Vaticano.

La lluvia en vacaciones

Ulyfox | 13 de febrero de 2015 a las 13:32

Nubes negras sobre Mykonos.

Nubes negras sobre Mykonos.

 

Dicen que el invierno también es bonito. Que la lluvia es romántica (yo creo que sólo en Midnight in Paris de Woody Allen) y que el frío tiene su encanto. No logro sentir la emoción de ese supuesto encanto invernal. Concedo la sorpresa infantil que nos provoca la nieve, sobre todo a los que no podemos verla más que en películas o en viajes, dos formas de fantasía. Pero para mí la vida humana plena nació con el calorcito, o en todo caso con la suave templanza de la primavera, que a fin de cuentas es la esperanza del buen tiempo. No en vano la civilización occidental nació en aquel rincón cálido del Mediterráneo extendido hacia el Oriente. Y por eso, tal vez, el ser humano empezó a serlo en África.

La lluvia sobre el puerto de Mykonos.

La lluvia sobre el puerto de Mykonos.

Por eso, el mal tiempo en vacaciones tiene ese punto de mala suerte, de inesperado paréntesis en el disfrute. Lo soportamos porque al ocurrir en verano siempre esperamos que sea una cosa pasajera, y que el sol termine reclamando, y conquistando su territorio natural. En esas ocasiones, hasta le podemos encontrar su mijita de gracia, con los turistas en chanclas y ropa ligera corriendo sorprendidos por el agua y el viento fresco. Estas pasadas vacaciones de septiembre, un mes propicio a que el invierno haga incursiones preparatorias, la lluvia, y en algunos casos un inesperado frío, nos visitó en casi todas las etapas del viaje a nuestro lado oriental de Europa, por otra parte bendecido con un buen tiempo en general. Nos ocurrió en la sorprendente y de moda Milos, nos volvió a ocurrir de manera torrencial en el Este de Creta, en el paraíso de Kato Zakros cuando estábamos en la playa. Christóforos, el jovial dueño de la maravillosa taberna Nostos, nos aseguró que hacía 17 años que no llovía de esa manera.

Pero en Mykonos la belleza siempre vence.

Pero en Mykonos la belleza siempre vence.

Era más normal en Estambul, tan visitada por la lluvia, donde el agua insistente en los dos últimos días nos fastidió dos veces una prevista visita al lado asiático de la impresionante ciudad. Pero le encontramos también la belleza a la silueta humedecida de la Mezquita Azul, y agradecimos más el tranquilo refugio del Museo de los Mosaicos, y el descubrimiento del vecino y precioso barrio de Cankurtaran, con sus casas de madera y colores, casi un barrio suizo o nórdico.

El inusitado chaparrón en Kato Zakros.

El inusitado chaparrón en Kato Zakros.

Sólo en la preciosa y blanca isla de Paros el cielo permaneció azul todo el tiempo. Pero en nuestra amada Mykonos de final de septiembre, el agua ya no tuvo piedad. Ni siquiera nos permitió visitar nuestra playa favorita, Paranga, ni degustar los estupendos mejillones de su Taberna Tassos. Pero claro, es que en Mykonos la amabilidad de la familia del Hotel Damianos, los abrazos de nuestros amigos y la belleza de su capital, Hora, siempre vencen. Incluso a las más terribles tormentas y nubes amenazadoras.

La frecuente lluvia en Estambul.

La frecuente lluvia en Estambul.

Cuando escampa en el barrio de Cankurtaran de Estambul.

Cuando escampa en el barrio de Cankurtaran de Estambul.

 

Bajo el signo de la antigua Roma

Ulyfox | 6 de febrero de 2015 a las 13:08

En el patio del Museo Capitolino.

En el patio del Museo Capitolino.

 

Uno puede o no emocionarse ante los vestigios desvencijados o extraordinariamente conservados del mundo antiguo. La inteligencia, la sensibilidad y las ganas son particulares. De acuerdo, pero resulta difícil pensar que alguien normal pueda pasar indiferente ante la riqueza arqueológica de ciudades como Roma, que fue varias veces capital del mundo terrenal y desde hace casi dos milenios capital espiritual universal. Es posible que entre el gentío multitudinario que estos pasados Nochevieja y Año Nuevo invadía la Ciudad Eterna, entre los grupos que caminan apresurados tras el paraguas levantado del guía, entre las bandas de jóvenes y no tanto que esgrimen como una nueva arma de disuasión los palos de selfies, es posible que entre todos ellos haya mucha gente a la que le da igual estar pisando el mismo suelo que hollaban los emperadores, centuriones, patricios y plebeyos de la capital del Imperio, pero incluso ellos sentirán un microsegundo el peso ineludible de la historia.

El antiguo mercado de Trajano, un auténtico centro comercial en la Roma antigua.

El antiguo mercado de Trajano, un auténtico centro comercial en la Roma antigua.

Era la tercera vez que visitábamos Roma y sentíamos que se triplicaba, al menos, el gusto de estar allí, en medio del transcurrir imparable de los siglos humanos. Sí, porque aquello era el Foro donde se gobernaba el mundo, era el Coliseo donde se divertían todas las clases sociales con la cruel representación de la vida, era el Teatro de Marcello para la comedia y la tragedia, era el Ara Pacis para brindar por la paz del siglo de Augusto, era la huella del genio humano inmortal de aquellos genios de lo práctico y lo bello, en los bronces y mármoles del Museo Capitolino, en la arquitectura indestructible del Panteón, en la desmesura de los mausoleos imperiales como el que ahora se llama Castel Sant’Angelo.

El arco de Vespasiano, en los Foros Imperiales.

El arco de Settimio Severo, en el Foro romano.

Hay miles de razones para ir y volver a Roma, las siguen desde hace cientos de años millones de personas, todos los caminos del corazón llevan a ella. Aquel centro telúrico que inventaron los romanos sigue atrayendo multitudes que desafían al frío invierno. Aquellos hombres y mujeres de toga y túnica, de legiones y espectáculos sangrientos, de legisladores que marcaron el mundo son los responsables de esta atracción. Hay miles de razones, pero entre ellas, es la más importante el legado en ruinas brillantes de aquellos fundadores.

 

El Foro Romano.

El Foro Romano.

“Ver Roma y después morir” dice el dicho romano para halagar las bellezas de este lugar. Es mejor, pienso yo, ver y volver a ver Roma siempre.

El Coliseo, en la tarde del 31 de diciembre de 2014.

El Coliseo, en la tarde del 31 de diciembre de 2014.

 

Visión nocturna y fría del Arco de Constantino.

Visión nocturna y fría del Arco de Constantino.

 

El Castel Sant'Angelo, antiguo mausoleo de Adriano, y el puente del mismo nombre sobre el Tíber.

El Castel Sant’Angelo, antiguo mausoleo de Adriano, y el puente del mismo nombre sobre el Tíber.

 

El impresionante interior del Coliseo.

El impresionante interior del Coliseo.

 

El gentío ante el Arco de Tito.

El gentío ante el Arco de Tito.

 

El Espinario, maravilloso bronce en los Museos Capitolinos.

El Espinario, maravilloso bronce en los Museos Capitolinos.

 

La Loba Capitolina, símbolo de la antigua Roma.

La Loba Capitolina, símbolo de la antigua Roma.

 

La estatua ecuestre de Marco Aurelio, otra de las joyas del Museo Capitolino.

La estatua ecuestre de Marco Aurelio, otra de las joyas del Museo Capitolino.

 

 

Cerca del Teatro Marcello.

Cerca del Teatro Marcello.

 

Ante el Ara Pacis, prodigio de la escultura romana.

Ante el Ara Pacis, prodigio de la escultura romana.

Esas mañanas

Ulyfox | 1 de febrero de 2015 a las 13:37

Por la mañana temprano en Parikia.

Por la mañana temprano en Parikia.

Hay que pillarlas al vuelo, asomarse al balcón y atraparlas con la cámara. No ocurren siempre, pero todos los que vivimos junto al mar lo sabemos. Más en vacaciones, en las que el clima se adueña de una buena parte de nuestros planes diarios. Te despiertas temprano en Grecia, porque el sol madruga más que nadie en esas latitudes y echas un vistazo porque seguramente el día anterior el viento sopló demasiado fuerte o las nubes impusieron con más fuerza de la deseada su mancha blanca o gris sobre el azul protector. Y de pronto ves, aún con la somnolencia de esa hora, el espectáculo, la imposible inmovilidad del mar. En qué cabeza cabe que tal cantidad de agua, que empieza donde tú ves y acaba al otro lado del planeta, represente para los madrugadores esa foto fija. La superficie, que ayer era gris y salpicada de olas es un espejo y una cama que apenas se abre un momento para que la surque una barca. La estela parece una perezosa onda, despreocupada y ansiosa por volverse a calmar. El blanco de las embarcaciones brilla encendido por un sol que se despierta.

Así de azul.

Así de azul.

Y el atardecer en la bahía de Parikia.

Y el atardecer en la bahía de Parikia.

Siempre hay, ay, un momento en el que antes que el viento aprecias la leve vibración en esa superficie. Y sabes que ya no será lo mismo durante el día, que instantes después, las banderolas, las enseñas empezarán a moverse, y así permanecerán hasta que, seguramente, al retirarse el sol de nuevo, el atardecer vuelva a reproducir, ahora en gris y violeta, la misma escena. Entre aquel primer momento y este último habrán pasado todas las cosas inútiles que ocurren en una jornada de vacaciones, pero son esas dos certezas las que harán que tus ojos recuerden esa fecha como inolvidable. Estas fotos ocurrieron en Paros, este pasado septiembre, desde nuestro balcón en el Hotel Irene de la capital, Parikia.

Desayunos frente al mar.

Desayunos frente al mar.

Felicidades, Grecia, y fuerza y suerte…

Ulyfox | 26 de enero de 2015 a las 13:19

Una iglesia bizantina, una mezquita y la Acrópolis al fondo, en la plaza Monastiraki de Atenas.

Una iglesia bizantina, una mezquita y la Acrópolis al fondo, en la plaza Monastiraki de Atenas.

Lo primero fue una gran alegría. Podéis felicitarme, como ya ha hecho algún amigo. Estoy contento por Grecia, y por los griegos. Me alegro siempre que los pueblos deciden tomar la palabra enfrentándose al miedo. Sobre todo cuando los que intentan meter el temor en el cuerpo son los mismos que nunca han tenido motivo para temer nada, para sentirse amenazados: los poderosos siempre tienen armas.

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Ha vencido la izquierda en Grecia, pero sobre todo creo que ha vencido la capacidad de ilusionarse, la esperanza en que el futuro puede depender de nosotros, y que siempre tenemos que reivindicar el derecho a equivocarnos. Hasta ahora nos han dicho “no os equivoquéis, dejadnos decidir a nosotros, que no nos equivocamos nunca”. Ahora los griegos han tomado su derecho al error, por encima de todos los que no son griegos y reclamaban para ellos la única visión certera del futuro de su y nuestro amado país.

La escondida y popular taberna Platanos, en pleno centro de Atenas.

La escondida y popular taberna Platanos, en pleno centro de Atenas.

Lo primero fue una gran alegría. Lo segundo, llamar a nuestra amiga de Atenas y comprobar que ella también estaba contenta. Lo tercero será escribir a tantos amigos en la Hélade (stin Ellada) y desearles suerte y fuerza. En nuestros numerosos y gozosos viajes a Grecia, antes y después de esta inmisericorde austeridad impuesta, nunca he sentido que los griegos me deban nada. Siempre he notado cuanto les debemos. Ya no hablo de la Europa que heredó de aquellos grandiosos seres la filosofía, el teatro, la arquitectura, el arte, la poesía, la escultura, el concepto clásico del equilibrio entre la razón y la belleza para avanzar ¡la democracia! Hablo de nosotros propiamente, de Penélope y de mí, que les debemos tantas horas, tantas vivencias, tantas alegrías, tantos sabores frente al mar, tantos atardeceres, tantas risas, tantas conversaciones, tantos proyectos, tantos amigos, tantos descubrimientos, tanta calma y tanta agitación.

Fachada clásica de la Universidad de Atenas.

Fachada clásica de la Universidad de Atenas.

No sé si el cambio de rumbo en Europa hacia la solidaridad que nunca se debió abandonar ha comenzado en Grecia ayer domingo. Sé que algo ha cambiado. Tal vez sólo el comienzo de un camino en el que la gente le diga a los supuestos expertos económicos que también el pueblo, soberano, tiene algo que decir cuando se decide sobre sus vidas. Nadie manda sobre el pueblo. Ahora, tendrán que preguntarle, al menos. Esa es la grandeza de la democracia. Por cierto, un invento griego.

El Museo Arqueológico Nacional, lleno de tesoros, y ante el cual Alexis Tsipras celebró su victoria.

El Museo Arqueológico Nacional, lleno de tesoros, y ante el cual Alexis Tsipras celebró su victoria.

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Cruceros a nuestra manera

Ulyfox | 24 de enero de 2015 a las 1:14

La salida al amanecer de la isla de Koufonisia.

La salida al amanecer de la isla de Koufonisia.

Lo primero que desaconsejamos cuando alguien nos pregunta por la forma de viajar a Grecia es que lo hagan en un crucero. No suelen hacernos caso. Bueno, es la libertad, pero un crucero por las islas griegas suele incluir muchísimas horas en el barco y muy pocas para conocer apresuradamente la isla. Hemos visto riadas de cruceristas recorriendo aprisa calles de Mikonos, cuestas de Santorini, murallas de Rodas, mientras a su lado o a su espalda el sol les gritaba quédate.

La escala en Schinousa.

La escala en Schinousa.

Por contra, y aunque parezca una contradicción, adoramos los barcos, amamos los trayectos entre islas, disfrutamos con los embarques y desembarques, con las llegadas a los puertos, las decenas de amarres y desamarres que hemos vivido en multitud de islas, los madrugones y las llegadas en plena noche a embarcaderos de todos los tamaños, nos integramos en el ajetreo, nos reímos con las viejas que se cuelan en las colas con habilidad increíble y que son capaces de coger el mejor sitio para hacer el viaje a pierna suelta. Las islas griegas se comunican todas, pero no siempre es fácil ni frecuente el enlace, las rutas pueden parecer ilógicas, y fuera de temporada pueden desaparecer. Pero son siempre emocionantes los trayectos, sean calmados o agitados. La mayor emoción suele proporcionarla el hecho de confeccionártelo tú mismo. Así nos movemos entre islas, creando nuestro propio crucero según el ánimo, el tiempo y las ganas.

Otra escala en Iraklia.

Otra escala en Iraklia.

Han sido muchos los viajes que hemos hecho así a las islas griegas. Y fue también así el pasado año, de Milos a Creta, de Paros a Koufonisia, de Koufonisia a Paros, de Paros a Mikonos, con la compañía Blue Star, nuestra estrella azul. Viendo salir el sol, haciendo escalas en las pequeñas Schinousa e Iraklia, en la fértil Naxos, recibiendo y despidiendo gente, como los hijos de la mar.

Embarque multitudinario masivo en Milos.

Embarque multitudinario nocturno en Milos.

 

El viaje empezó demasiado temprano, tal vez.

El viaje empezó demasiado temprano, tal vez.

No tenemos nada contra los cruceros, como no tenemos nada contra los viajes en grupo. Las posibilidades deben ser muchas para que cada uno elija la que más le gusta. Pero a nosotros dadnos la libertad de encontrar y perder, de intentar y fallar, de enmendar y mejorar que tiene el llegar a una oficina naviera, mirar los horarios y calcular tiempos y mareas, imaginar desayunos cuando abran los bares de a bordo, buscar el mejor lado para contemplar el perfil de aquella isla a lo lejos, y, sobre todo, la libertad de decidir que ese día no vamos a coger ningún barco porque vamos a esperar la noche en aquella mesa de aquella taberna, frente al muelle de Paros para ver cómo se acercan y se alejan las luces de los apresurados, grandes navíos con horario. Y mañana ya veremos.

Solo un vistazo a la bella Naxos.

Solo un vistazo a la bella Naxos.

Colas para embarcar en Naxos.

Colas para embarcar en Naxos.

 

La isla paraíso

Ulyfox | 20 de enero de 2015 a las 13:43

 

Un brindis desde Koufonisia.

Un brindis desde Koufonisia.

Un rincón de Koufonisia, desde nuestro apartamento.

Un rincón de Koufonisia, desde nuestro apartamento.

Ahora que el viento azota, y el frío cala y la luz es incapaz de traspasar las nubes, ahora os quiero ofrecer este rayo de esperanza en la felicidad posible de unos días, esa que es creíble en pocos sitios pero probable, siempre, en una isla en verano. “Cada uno tiene su paraíso”, sostiene Penélope, y no es un secreto que el nuestro particular está en las islas griegas. No en todas, pero sí repartido en muchas. En las grandes pero abarcables con el corazón como Creta, en las escogidas como Simi, en las turísticas como Mikonos, Santorini o Rodas, en las evocadoras como Corfú, en las exquisitas y pueblerinas como Paros, en las minúsculas y recorribles a pie como Halki. O Koufonisia, una de las perlas repartidas alrededor de Naxos conocidas como las Pequeñas Cícladas.

Una de las dos calles de Koufonisia, por la mañana.

Una de las dos calles de Koufonisia, por la mañana.

Koufonisia tiene apenas unos 300 habitantes permanentes, una anchura máxima de tres kilómetros, se puede cruzar fácilmente de un lado a otro en poco más de media hora, y se rodea en aproximadamente hora y media. Doy por supuesto que en julio y agosto todo esto se puede convertir en un infierno turístico, pero después del 15 o el 20 de septiembre, su maravilla azul y ocre queda como un verdadero paraíso casi en exclusiva para ti. Así ha sido este pasado verano, en el que la tranquilidad sin masas se sumó a un tiempo espléndido y nos sentimos mimados por el viento del norte llamado meltemi, tan inclemente otras veces.

Habíamos visitado Koufonisia hacía una quincena de años, cuando aún estábamos en nuestros inicios del enamoramiento por Grecia, y contribuyó con su transparencia y casi virginidad al crecimiento del idilio. Hemos conocido ahora una isla una mijita más dotada, más diseñada, un apreciable y digno enriquecimiento de la acogida al turista, y sine embargo, en la época en que la hemos visitado, mucho más atractiva. El último día, todos parecíamos habernos puesto de acuerdo para marcharnos. La camarera del estupendo restaurante ‘Gastronauta’ nos preguntaba a todos los clientes con aire compungido si también nosotros nos íbamos a la mañana siguiente.

Penélope ante el mar de Koufonisia.

Penélope ante el mar de Koufonisia.

Alquilamos tres noches de un muy mejorable apartamento, en Christina’s House, situado sin embargo en una inmejorable ubicación, en un extremo del pueblo, con vistas al mar por las dos terrazas. Pero con una limpieza y estado general muy descuidados. Bueno, los amaneceres y atardeceres nos compensaban de esto. Encontramos en la isla la elegancia que se adquiere con la calma, el señorío de la ausencia casi absoluta de vehículos a motor, la clase que se demuestra al ir andando a todos sitios, el placer de una cocina natural y en algunos lugares escogida e imaginativa.

Mesas a la espera de clientes.

Mesas a la espera de clientes.

En aquellos lejanos tiempos, sólo se podía llegar a las Pequeñas Cícladas desde Naxos, en el heroico y cabeceante transbordador ‘Skopeliti’, divertido si no te importa hacer toda la travesía al borde del mareo. En la actualidad, los grandes ferris ya atracan en sus diminutos puertos, conectan con Atenas y muchas islas y son capaces de desembarcar cientos de personas en un solo viaje. Nosotros llegamos casi de madrugada, el encargado de los apartamentos nos esperaba con un desvencijado coche, emprendimos un viaje de un minuto, y nos acomodamos para tres noches.

El frente marítimo del pequeño y único pueblo.

El frente marítimo del pequeño y único pueblo.

En los dos siguientes días poco teníamos que hacer: bajar a desayunar al pueblo, disponer nuestros improvisados tiestos de playa y andar a la busca del mejor rincón donde asentarlos y disfrutar de un agua como pocas. En Koufonisia no hay hamacas en las playas, y sólo un par de tabernas fuera del casco principal, pero casi cualquier lugar que linde con el mar es apto para bañarse, desde el arenal que sirve de plaza del pueblo, junto al muelle hasta la más lejana e impresionante playa de Pori, una herradura casi perfecta de arena blanca y mar esmeralda, justo detrás de un hueco natural que llaman Piscina, muy frecuentado por los barcos de excursiones. Esa fue nuestra ocupación durante dos jornadas transcurridas con la sonrisa en la boca. Al atardecer volvíamos al apartamento, nos adecentábamos lo justo para no quitarnos el aire de robinsones felices, y salíamos a cenar, porque el tamaño de Koufonisia pueblo no da ni para un paseo que merezca ese nombre. Así que era mejor la sobremesa, la conversación en la mesa al aire libre, las ojeadas a la calle feliz en la noche veraniega, y la charla tal vez con el dueño del restaurante, uno de esos cocineros empeñados en conservar los sabores dotándolos de una presencia nueva. Algo así como la isla al final del verano.

Tantas playitas como esta...

Tantas playitas como esta…

 

Baño de turistas en las piscinas naturales.

Baño de turistas en las piscinas naturales.

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Oportunidades para el baño sobran.

Oportunidades para el baño sobran.

Verde o azul, transparente

Verde o azul, transparente

 

El mejor final de la jornada.

El mejor final de la jornada.

 

Noche en la calle.

Noche en la calle desde nuestra mesa en el ‘Gastronauta’.

Ya sabéis, hay que ir en septiembre, y guardar el secreto.

Última visión de Estambul

Ulyfox | 10 de enero de 2015 a las 21:51

Un puesto en el Bazar Egipicio.

Un puesto en el Bazar Egipicio.

Una calle del barrio de Sultanahmet.

Una calle del barrio de Sultanahmet.

Para entendernos, digamos que hay ciudades inmortales y otras eternas. París, Nueva York, Barcelona, Amsterdam, Praga, Londres… podrían ser de las primeras. Nacieron una vez, hace muchos o pocos siglos, y parece que se quedarán siempre por aquí, que ningún terremoto físico o histórico será capaz de hacerlas desaparecer. Otras como Roma o Atenas parecen haber existido siempre, como si antes de ellas no hubiera habido ciudades, como si ellas hubieran inventado la urbe, la polis, casi como si hubieran sido la cuna del hombre moderno. Y luego está Estambul, nacida para resumir diríamos. Un encuentro aún vivo entre los seres humanos de todas las procedencias y épocas, un lugar en el que aún se pueden ver formas de vivir ancestrales a la vez que se asiste al alumbramiento de lo más moderno. Algo para no perderse.

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Al abrigo quizá de su extraordinario crecimiento, los barrios cercanos al aeropuerto semejan altos distritos financieros occidentales, y sus amplias avenidas marítimas acercan en poco tiempo del ajetreo de su visitado aeródromo hasta la cercanía de las murallas de Teodosio, transitando con fluidez junto al mar de Mármara. En una punta los patriarcas ortodoxos griegos repiten ritos bizantinos mientras en la otra los imanes más integristas dirigen el rezo, y en el lado opuesto los comerciantes judíos venden y compran oro, más allá el Hotel Pera Palace trae recuerdos de artistas y escritores en sus esquinas de aire europeo. A su sombra, cuestas abajo, los anticuarios exponen su mercancía en un limpio barrio de apariencia indefinible. Y por todo alrededor transbordares hiperactivos surcan, recorren, bordean y atracan sin descanso en las aguas del Bósforo y el Cuerno de Oro.

El opulento palacio Dolmabaçe, junto al Bósforo.

El opulento palacio Dolmabaçe, junto al Bósforo.

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Pasamos cinco días extraordinarios allí, entre el asombro y el disfrute, descubriendo al tiempo que nos reconocíamos en piedras antiguas, minaretes, arcos y puentes. Nosotros, siendo.

Puestos de kebab en la zona de Taksim.

Puestos de kebab en la zona de Taksim.

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Desaparecido en la gran belleza

Ulyfox | 8 de enero de 2015 a las 20:23

Fuente en el patio del Palazzo Nuovo, en el Capitolio romano.

Fuente en el patio del Palazzo Nuovo, en el Capitolio romano.

Desde que la vi en el cartel de La gran belleza, la desconcertante y hermosa película de Sorrentino, me apasionó esa colosal escultura de indudablemente un dios reclinado. Digo yo que será Neptuno o Poseidón, porque tiene una caracola en su mano derecha y está acompañado de peces. Y me preguntaba dónde estaría escondida en la eterna, inabarcable, embriagadora Roma. La he encontrado, en un recién acabado viaje a la capital italiana, donde pasamos el fin de año y unos cuantos días más, y que iremos contando a los lectores que todavía me quedan pese a la inconstancia de mi escritura. Digamos que en esta ocasión tengo algo más de justificación, ya que se nos olvidó el ordenador desde donde acostumbro a contar algunas cosas en estas escapadas a nuestra vida real.

La escultura, ante la que se sienta en el cartel el gran actor Toni Servillo en un supuesto sofá de mármol, está en el patio del Palazzo Nuovo, el lugar por donde se acaba la visita a los Museos Capitolinos, llenos de valiosísimas obras de todos los tiempos. El hallazgo fue sin quererlo, por casualidad, no sabía que estaba ahí. La imaginaba en una secreta estancia de alguno de los palacios que recorre el personaje Gambardella en buena parte de la película. No figura como destacada en las guías, no al nivel del Gálata moribundo, o del Espinario, o de la Loba Capitolina, o de la impresionante estatua ecuestre de bronce de Marco Aurelio, pero me proporcionó más alegría que ninguna de estas obras maestras capitales en esa corta visita. Y ahí os la comparto, por si os llega como a mí. Ya de regreso, salute e buon anno!

 

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Un puente para que pasen cosas

Ulyfox | 8 de enero de 2015 a las 18:37

Pescadores junto al puente Gálata, la mezquita de Rustem Pasá, la de Suleimaniye...

Pescadores junto al puente Gálata, la mezquita de Rustem Pasá, la de Suleimaniye…

Si hay una ciudad en este mundo donde la vida no muere, esa  es Estambul. En los bazares, en los mercados, en el ajetreo de los siempre repletos muelles. Sólo la llegada de la noche aplaca las calles comerciales. Si hay un lugar en esa ciudad donde la vida fluye siempre, ese es el puente Gálata, la vía que cruza el Cuerno de Oro, ese brazo de mar que se desgaja del Bósforo hacia el norte y que divide la antigua Constantinopla de lo que fue Pera, el barrio genovés y luego asentamiento de diplomáticos y artistas europeos durante el Imperio Otomano.

El puente concentra en sus alrededores terminales de transbordadores, de autobuses, pescadores, gente que entra y sale, que embarca y desembarca, turistas y lugareños. Y casi todos hacen una parada ante los puestos flotantes, dorados y brillantes donde los empleados dispensan cada día miles de bocadillos de caballa asada (balik ekmek), un sabroso y barato tentempié. Recuerdo nuestra primera vez en Estambul. Entonces comprábamos los bocadillos sobre la barandilla del muelle, alargando el brazo para cogerlo directamente de la mano del asador. Ahora, pasado el tiempo, ya no tienes que arrancarte las espinas de la boca, ni estirar el brazo. Junto a los barcos, sobre el muelle, unas casetas con luces y adornos recargados dispensan civilizadamente el producto a una cola de clientes, que luego se sientan en banquetas y disponen de mesitas. Y la caballa llega en filetes y desespinada. El progreso.

Un narguile con un té bajo el puente Gálata.

Un narguile con un té bajo el puente Gálata.

Eso ha cambiado, pero no ha variado la aglomeración ni el ambiente, ni los alrededores vigilados por las cúpulas y minaretes de las mezquitas, por la imponente Torre Gálata que levantaron los genoveses al otro lado, ni la acumulación de restaurantes y cafés de todos los precios bajo la calzada del puente. Toda la ciudad pasa por él. Es posible disfrutar de casi medio día parando a mirar desde una orilla, empapándose del paisaje humano, cruzando por arriba, dando la vuelta por debajo, volviendo a subir, tomando un té y fumando un narguile aromatizado mientras esperas a que el día caiga.

Algunas escenas frente a los puestos flotantes de bocadillos de caballa.

Algunas escenas frente a los puestos flotantes de bocadillos de caballa.

La Torre Gálata al fondo, sobre la que se dibuja la proa de uno de los barcos de caballas.

La Torre Gálata al fondo, sobre la que se dibuja la proa de uno de los barcos de caballas.

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Arriba y abajo del puente Gálata.

Arriba y abajo del puente Gálata.

Puestos flotantes de bocadillos de caballa en el Cuerno de Oro.

Puestos flotantes de bocadillos de caballa en el Cuerno de Oro.

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