Un día de playa en San Vito lo Capo

Ulyfox | 29 de agosto de 2014 a las 13:57

Vista general de la magnífica playa de San Vito lo Capo.

Vista general de la magnífica playa de San Vito lo Capo.

No hubo muchos, pero sí algunos señalados en la agenda como lugares y fechas para ir a la playa en nuestra última visita, allá en junio a Sicilia. Uno de ellos era sin duda San Vito lo Capo, indicada por todos como una de las mejores playas de esa isla italiana, allí casi en la punta noroeste, una flecha de rocas y una cumbre que recuerda a ciertas vistas de Gibraltar.

Salimos a visitar San Vito desde nuestra estancia en Trapani (tenemos pendiente hablar de esta curiosa y casi gaditana ciudad costera de sal y atún), más o menos a tres cuartos de hora de carretera, buena parte de ella por la costa. De esta ciudad nos interesaba, ya queda dicho, su playa, una larga media luna de arena dorada y agua increíblemente azul famosa en toda Italia. Siempre me ha llamado la atención la organización de las playas en este país. En muchos lugares es imposible acceder por tu cuenta y libremente. Sólo las más grandes habilitan lugares de instalación libre. En el resto, los espacios están ocupados por instalaciones privadas, de mayo o menor tamaño, en las que tienes que pagar por utilizar sus servicios, muy bien arreglados por otro lado, que suelen llamarse ‘lidos’, denominación que suena a Venecia y a nombres de salas de fiesta en capitales antiguas. Hamacas, sombrillas, duchas, vestidores, suelen ir incluidos en el precio de la entrada, no demasiado caro. Y además, tienen sus restaurantes. Recuerdo alguno especialmente glorioso de calidad, tamaño y servicio en Cefalú. Curiosamente, en San Vito los lidos no tenían restaurante, pero igualmente pudimos almorzar al otro lado de la carretera en la playa.

 

Con un azul infinito.

Con un azul infinito.

Los italianos adoran la playa. Y el ambiente de familias, sombrillas y sonidos les dan un aire a lo Fellini en ‘Amarcord’, como un estilo que nunca morirá. Era finales de junio, en un día entre semana, y estaba llena a rebosar. Y en su casi totalidad eran italianos, parejas con sus niños y sus suegros. Los lidos le dan un aire de uniformidad, puesto que uno se distingue de otro fundamentalmente por el color de sus sombrillas y hamacas.

San Vito lo Capo, junto al pueblo del mismo nombre,es bellísima, y el azul de su agua impresiona incluso a los más curtidos en bañarse en azules. El día empezó soleado pero desde el primer momento se vio que las nubes querían también estar presentes. Primero la más gorda se agarró a la cumbre del gran promontorio y a ella se fueron imantando las demás. Las horas más calurosas transcurrieron en un juego entre claros y grises que proporcionaba una agradable temperatura. Luego, poco a poco, la bruma se fue haciendo la dueña en las alturas.

Pobladísima a finales de junio entre semana.

Pobladísima a finales de junio entre semana.

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Leer el periódico como sea...

Leer el periódico como sea…

 

De un día de playa hay normalmente pocas cosas que contar. Durante los meses de verano aquí en Cádiz, no pisamos la arena. Se nos hace un mundo hacer los preparativos de sombrilla, nevera y sillas y sobre todo la perspectiva de buscar un lugar al coche entre tantos miles. Las cosas del trabajo hacen que sólo dispongamos de tiempo algunos fines de semana, precisamente cuando más gente toma al asalto las playas, cuando el caos y las multitudes se desordenan más. Y por eso anhelamos la tranquilidad de septiembre en las islas griegas. Ahora nos vengaremos. En San Vito, la regulación del aparcamiento en el pueblo y el orden en los lidos hacen que todo sea, curiosamente, más cómodo.

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Al final del día, se retira todo el material de playa.

Al final del día, se retira todo el material de playa.

Cuando el día se hizo demasiado oscuro por las nubes y la hora, cuando el personal de los servicios empezaba a recoger el material de playa, decidimos levantar también nosotros nuestros reales y volver a la salada, hermosa y bien surtida de gastronomía Trápani. Os contaremos próximamente, pero antes, ya mismo, nos vamos a Grecia y Turquía.

Nos vamos hablando. Felices vacaciones a los que empiecen y leve retorno a los que acaben

La punta noroeste de Sicilia es espectacular.

La punta noroeste de Sicilia es espectacular.

 

Erice, en las nubes

Ulyfox | 24 de agosto de 2014 a las 19:53

Hacia Erice, en el teleférico, abajo la soleada Trapani.

Hacia Erice, en el teleférico, abajo la soleada Trapani.

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Dicen las guías que en Erice, ese pueblo medieval amurallado y encaramado a casi 600 metros de altura junto a la costa de Trapani, el día puede empezar soleado y luminoso y sumirse de pronto en la oscuridad más absoluta a causa de las nubes, para terminar siendo un mirador privilegiado para un atardecer clarísimo. Así de cambiante es el tiempo. Lo dicen las guías y lo comprobamos nosotros, que muy dispuestos nos montamos en el práctico teleférico que sube al pueblo desde el extrarradio de Trapani. Allá abajo dejamos el coche alquilado en un aparcamiento de pago doble. Doble porque lo haces en la máquina dispuesta a tal efecto, y porque siempre hay un par de espontáneos vigilantes que se presta a explicarte (?) cómo se echa la moneda y se obtiene el ticket. Al fin y al cabo estamos en Sicilia, la patria de la Mafia, y les dejas un euro de más, no vaya a ser que se lo tomen como un asunto de negocios y nada personal.

Ante la catedral ya se empezó a cubrir el cielo... y los hombros.

Ante la catedral ya se empezó a cubrir el cielo… y los hombros.

El hermoso rosetón de la catedral, visto desde el campanario.

El hermoso rosetón de la catedral, visto desde el campanario.

Sobre los tejados de Erice.

Sobre los tejados de Erice.

Pues eso, que hicimos el espectacular ascenso colgados en la cabina transparente desde el mar y las salinas hasta las alturas de Erice, y desembocamos en la puerta amurallada. Desde el sol tenue hasta la nube más gris pasando por todos los tonos del gris. Entramos en la villa de pasado aragonés y calles de piedra, contemplamos la bella y sobria catedral de definido estilo gótico junto a la alta torre campanario, y la osada vestimenta veraniega que llevábamos se reveló enseguida como muy insuficiente, y un par de pañuelos para los hombros de las damas no bastaron. Yo quizá iba más acalorado porque había subido hasta lo alto del campanario, por una estrecha, retorcida y empinada escalera interior de caracol. De nuevo nos asombramos de la previsión de los otros turistas, que de pronto y en nutridos grupos se abrigaron contra la niebla con estupendas chaquetillas marineras. Nosotros, otra vez, pecamos de meridionales. Todo era ir subiendo las empinadas callejuelas de Erice e ir metiéndonos en la nube, hasta que ya en la plaza principal nos descubrimos rodeados como por una humareda que pasaba rauda. No era humo, sino niebla, una humedad que se metía por todos nuestros desprotegidos poros. El gris nuboso que difuminaba los colores y apagaba los sonidos le daba un aire aún más medieval al sin duda hermoso escenario, más propio de la norteña Toscana que de la sureña Sicilia.

Decoración de una fachada de Erice.

Decoración de una fachada de Erice.

La calle principal de Erice (Corso Vittorio Emmanuelle) sube siempre.

La calle principal de Erice (Corso Vittorio Emanuele) sube siempre.

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Penélope en Erice.

Penélope en Erice.

Habíamos pensado almorzar en alguna terraza o mirador de los que se aparecían ante nuestra vista, pero ciertamente la temperatura y el enjambre turístico en que se convirtió de repente el enclave, que en otros tiempos albergara templos dedicados al carnal culto de la erótica Venus, nos desanimaron un poco. La cosa se limitó a una cerveza muy fría (literalmente) bajo las sombrillas de un local para guiris. No puedo recordar nada muy especial de este pueblo, bonito sí, que figura en todas las recomendaciones sicilianas, pero que no guardaré entre mis cientos de lugares imprescindibles de esta isla singular y única. Tal vez le faltó el sol que habría dejado ver la espectacular costa desde su defensiva altura. Y le sobró humedad, sin duda.

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En una iglesia de Erice

Exterior e interior de una iglesia de Erice.

La niebla empezó a atraparnos en la plaza principal.

La niebla empezó a atraparnos en la plaza principal.

Pareció darnos una tregua...

Pareció darnos una tregua…

 

... pero era una trampa.

… pero era una trampa.

No es un parque centroeuropeo sino siciliano.

No es un parque centroeuropeo sino siciliano.

Compramos algunos recuerdos, hicimos muchas fotos, claro, cumplimos con el recorrido y visitamos iglesias y monasterios en ruinas, pero no nos acercamos al Castillo de Venus, situado en el lado más azotado por el viento y la niebla, que juntos formaban una especie de ducha que arrugaba los folletos y el mapa que nos dieron en la oficina de información, y alisaba los bellos rizos naturales de Penélope. Tal vez si hubiéramos ido hasta la fortaleza construida por los normandos habríamos contemplado ese efecto que los lugareños llaman ‘el velo de Venus’, cuando la bruma envuelve sus torres sobre el risco. Pero no. En lugar de eso, nos dirigimos al teleférico en busca de la cálida costa, allá abajo.

Últimas visiones de Erice.

Últimas visiones de Erice.

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Segesta, un templo en un valle

Ulyfox | 18 de agosto de 2014 a las 14:08

El templo de Segesta, allá arriba, pero en un valle.

El templo de Segesta, allá arriba, pero en un valle.

Fue una parada, pero necesaria, un desvío inevitable. Íbamos de Marsala a Trapani, pero antes de entrar en la capital de la Sicilia occidental, teníamos que ver Segesta, en realidad sólo el templo de Segesta, prácticamente lo único que queda de aquella ciudad antaño grandiosa, enemiga de Selinunte (ver entrada anterior) y cuyos habitantes, los élimos, afirmaban descender de los antiguos troyanos. Esa rivalidad acabó con ella, y ahora sólo (aunque ya quisiéramos) se puede ver ese hermoso templo dórico probablemente nunca acabado, y un poco más arriba, los restos del teatro.

Esplendor del dórico, de nuevo.

Esplendor del dórico, de nuevo.

Hacía un día no totalmente soleado y bastante ventoso y eso tal vez animó a demasiada gente a abandona la idea de una jornada playera y acercarse a ver una de las maravillas del rico pasado siciliano. Y estaba el yacimiento igual que una feria. Pero aun así, encontramos el hueco necesario para hacer fotos en las que pareciera que estábamos solos. No fue fácil, no creáis.  Había que subir por un camino casi sin sombra, y el calor apretaba pese a todo. Parece inevitable pasar sofoco cuando uno visita unas ruinas ¿verdad? Se imagina uno una hilera de columnas y casi empieza a sudar. Normalmente, el calor merece la pena, pero podrían colocarlas en lugares menos desolados. Está Segesta en un valle fértil, no obstante, y se imagina uno que sus habitantes deberían vivir bien, rodeados de feraces campos como los que se ven desde sus bien proporcionadas piedras.

Ante el solitario templo

Ante el solitario templo

Segesta es uno más de los numerosos ejemplos que hay en Sicilia, y repartidos por el sur de Italia, de la grandeza de la que fue llamada Magna Grecia, el producto de la expansión de un pueblo navegante y comerciante que llegó a fundar colonias en Andalucía y que puso también sus pies en la antigua Cádiz. No dejaron por aquí, desafortunadamente, ejemplos como este de Segesta, o los de Selinunte y Agrigento en la propia Sicilia, o en Paestum, allá cerca de Nápoles.

Sabían donde elegir sus ciudades.

Sabían donde elegir sus ciudades.

Tiene la arquitectura griega clásica tres órdenes, como bien sabeis, el dórico, del que este templo de Segesta es un perfecto ejemplo y cuya cumbre está en el Partenón; el jónico, por lo que sea el menos extendido, y el corintio, que fue el que más gustó a los romanos, razón por la cual lo copiaron por todo su imperio durante siglos. Para mí, el dórico es el que más se me asemeja al espíritu griego: sencillo y a la vez perfecto en sus proporciones, nada grandilocuente, directamente bello. Y da para admirarse por el genio de aquellos griegos, que inventaron una forma de construir que pervive hasta nuestros días, que fue copiada durante siglos y que todavía en el XVIII dio origen al neoclásico. Aún hoy, cualquier arquitecto podría colocar un frontón  sobre una puerta o una ventana y a nadie extrañaría. Si no, que se lo digan al catalán Ricardo Bofill, por ejemplo. Ese es el significado de clásico, claro: lo que es eterno y digno de imitación.

Líneas perfectas y milenarias.

Líneas perfectas y milenarias.

Y más líneas perfectas...

Y más líneas perfectas…

 

Veranos, los de antes

Ulyfox | 14 de agosto de 2014 a las 13:28

Sí, pero antes antes. Aquellos de juventud y de infancia, en los que las vacaciones duraban lo mismo que la estación: tres meses. ¿Ahora? ahora es imposible. El trabajo es cada vez más duro, las plantillas más cortas y encima nos dicen que tenemos que dar gracias.

Bueno, que esto es sólo como un intento de disculpa para explicar que hace semanas que no encuentro el momento de seguir con el blog en marcha. Tango pendientes varias entradas sobre el último viaje a Sicilia, descubrimientos asombrosos, y hasta algún que otro remate de cuando la visita a Bilbao en el puente del 1 de Mayo. Quizá, quién sabe, podría haber hallado el tiempo pero no he sabido. Ahora, dentro de nada, quizá esté la cosa un poco más relajadita, y tal vez pueda actualizar la tarea pendiente antes de emprender la maravillosa escapada de cada año a aquel rincón oriental del Mediterráneo donde nació todo. Iremos contando, si nos dejan. Siempre que sigáis ahí, claro.

De repente París

Ulyfox | 13 de agosto de 2014 a las 13:53

Notre Dame de París, 25 de julio de 2014 por la tarde.

Notre Dame de París, 25 de julio de 2014 por la tarde.

Este no fue un viaje pensado como de placer, aunque resultó serlo, porque siempre es el mayor placer combinar trabajo con gusto. Algunos quizá lo sepáis ya: que me tocó un viaje a París, como en los concursos antiguos, a entrevistar a una paisana que es ahora una de las mujeres más poderosas, la alcaldesa de la que ella misma llama una ‘ciudad-mundo’, la gaditana (digámosle cañaílla) Anne Hidalgo.

En la Île de la Cité, centro del centro.

En la Île de la Cité, centro del centro.

Y eso que la cosa empezó con disgusto, cuando me enteré de que tendría que ir y volver a la Ciudad de la Luz en el mismo día, enlazando madrugadas. Gran cabreo inicial, por lo que entendí como racanería empresarial innecesaria, que dio paso casi inmediatamente al lado positivo (soy así, para mi suerte): no tendría que hacer ni un mínimo equipaje. Y la cosa acabó con moraleja peliculera, al fin y al cabo fue casi como Richard Gere en ‘Pretty Woman’, tomar un jet para desayunar, almorzar y cenar en París. Cosas de ricos. Y resultó para los restos como una experiencia ya imborrable, sí. Y agradecí ser del ‘plan antiguo’, cuando en bachillerato el segundo idioma era por fuerza el francés, que pude reverdecer en algún bistrot de vins y en la lujosa antesala del Hotel de Ville (Ayuntamiento de Paris) mientras esperaba a la entrevistada.

Los 'bouquinistes' están siempre a la orilla del Sena.

Los ‘bouquinistes’ están siempre a la orilla del Sena.

Totá: que ahí estaba yo levantándome a las tres y media de la madrugada para coger el avión de las siete menos cuarto desde Sevilla a París, Vueling mediante. Tenía las tarjetas de embarque, estaba tranquilo por la hora. Pero la tranquilidad duró poco. Me dio por entrar desde la Isla en la autopista por Cádiz, y me encontré la primera desagradable sorpresa: ¡el Puente Carranza estaba cerrado! Vuelta de nuevo a San Fernando a una velocidad ya más rápida de lo aconsejado, temiendo durante todo el trayecto perder el avión. No sucedió, pero llegué a la puerta justo cuando se iniciaba el embarque. Prueba superada y cabezazo ligero en el avión.

La evocadora librería 'Shakespeare&Company'.

La evocadora librería ‘Shakespeare&Company’.

Desde el aeropuerto de Orly Ouest es muy fácil llegar al centro de París. Hay un gran mostrador de información en el que un buen número de amables muchachos te informa en casi cualquier idioma. Sólo hay que coger un tren automático lanzadera que pasa cada cinco minutos hasta la estación de metro de Antony, y luego hacer el trasbordo en la línea que transita los lugares más sonados. Yo me permití bajar un par de estaciones antes, en Saint Michel, donde el famoso boulevard estudiantil, a los pies de la Sorbona, para darme el gustazo de pasear hasta el Sena y desayunar baguette con mantequilla y croissant, zumo de naranja y café au lait en una de esas terrazas tan parisinas con sillones de mimbre. Un laaaaaargo desayuno en el que terminar de preparar las preguntas mientras los turistas pasaban apresurados en busca de la cercana Notre Dame, detrás del bateau mouche que hace los paseos por el río, agolpándose en cien idiomas alrededor de los guías, o viendo pasar a las jóvenes parejas muy pegadas atrapadas por el inevitable romanticismo del lugar, aun tan de mañana. Una de ellas se despedía con mil besos después de lo que seguro había sido una noche de amor. Refrené las ganas de disparar mi cámara como un remedo malo de Doisneau.

La antes siniestra Conciergerie, junto al Sena.

La antes siniestra Conciergerie, junto al Sena.

Tenía tiempo: la entrevista era a las tres de la tarde, cuando ya los franceses han almorzado. Así que después del petit déjeuner me dediqué a pasear, la mochila al hombro, la chaqueta sobre el brazo y la cámara de fotos preparada. Y hacía un día espléndido, y al otro lado del Sena se acercaba Notre Dame a cada paso. A este lado se me apareció la preciosa librería Shakespeare&Company con su escaparate verde, y enfrente los puestos de los bouquinistes, los famosos vendedores de libros antiguos y revistas junto al río. Pese al calor, la cola de turistas ante la Catedral desanimaba a visitar el interior, y mucho más la subida a las torres. Cuando pasaba alguien comentó a mi lado en español: “Llevamos más de una hora esperando”. Calculé que le quedaba al menos otra y me admiré de la paciencia de la gente en algunos casos. Rodeé la famosa y novelesca iglesia, paseé por los muelles frente a la antiguamente siniestra y ahora limpísima Conciergerie, convertidos en un remedo de playa con arena pero de baño imposible. Los parisinos parecían disfrutar tomando el sol de la falsa Riviera, refrescándose de vez en cuando con las duchas de agua pulverizada.

La falsa playa de los parisinos en el Sena.

La falsa playa de los parisinos en el Sena.

Una torre de verdad y otra de mentirra.

Una torre de verdad y otra de mentira.

En las puertas del Louvre...

En las puertas del Louvre…

...esplendor barroco.

…esplendor barroco.

La tranquilidad me llevó a las puertas del Louvre, la extrañamente bien conjuntada pirámide de cristal en el patio barroco. Nuevamente deseché la entrada en ese gran almacén de maravillas. Ya era pasado el mediodía y tomé una decisión sabia: me acercaría al Hotel de Ville por la muy comercial y distinguida Rue de Rivoli, y pararía con tiempo a tomar una especie de almuerzo ligero. Eso ocurrió en la Rue des Lavandières Sainte Opportune, una callecita abundante en terrazas, en un bistrot de vins (restaurante de vinos) llamado A la Tête d’Or. Bien, muy bien, los dos huevos cocotte con foie de canard, acompañados con una copa de Beaujolais. Un café con una gota de leche (avec un coup de lait), y ya estaba yo listo para encontrarme con Anne Hidalgo, esa mujer que, cosas del devenir, nació en la misma calle que yo, aunque tres años después, y en la que seguro que nos cruzaríamos de niños. Digo yo, porque la calle Dolores de San Fernando, que en menos de trescientos metros te hace descender de la señorial Plaza del Rey al pobre caño del Zaporito, es un mundo muy pequeño. De la esquina del Zaporito a la Alcaldía de París, vaya salto.

Un almuerzo frugal pero muy francés: huevos cocotte con una copa de Beaujolais.

Un almuerzo frugal pero muy francés: huevos cocotte con una copa de Beaujolais.

Ella apareció con una especie de bambito azul con pequeños dibujos en blanco, y los brazos tan abiertos como su franca sonrisa. Es una mujer atractiva a la que no en vano llaman en su ciudad La Belle de Cadix como la canción de Luis Mariano, popularísima en Francia. Y me recibió con la simpatía con la que se recibe a alguien que viene de tus orígenes. Dos besos francos y una conversación relajada. Lo mejor fue tal vez las historias que me contó de su despacho, los recuerdos de De Gaulle, la foto original de El beso de Robert Doisneau, y las evocaciones de sus calles de La Isla, de sus amigos de esa infancia cuando venía de Francia en vacaciones y descubrió la libertad de jugar en los esteros a coger camarones y cangrejos. Pocos recuerdos tan isleños. Por si no la habéis leído aún, aquí tenéis los tardíos enlaces:   http://www.diariodecadiz.es/article/provincia/1827693/aqui/me/llaman/la/belle/cadix.html

http://www.diariodecadiz.es/article/provincia/1827733/dale/recuerdos/petra/cuando/la/veas.html

El Hotel de Ville, la 'casa' de Anne Hidalgo en París.

El Hotel de Ville, la ‘casa’ de Anne Hidalgo en París.

Dos isleños en París, ante 'El beso' de Doisneau.

Dos isleños en París, ante ‘El beso’ de Doisneau.

Fue un gran rato, cerca de hora y media que la alcaldesa parisino-cañaílla dedicó a hablar de  sus dos vidas, sus dos tierras. El Hotel de Ville tiene una escalera impresionante, hecha para que cada uno que suba o baje comente lo de la grandeur de Francia. Y por ahí bajaba yo tras la entrevista, ya satisfecho y dispuesto a disfrutar de unas hora aún antes de volver al aeropuerto. Lo primero fue dirigirme a la Sainte Chapelle, una joya gótica escondida detrás del Tribunal pero muy merecidamente visitada. La única vez que entré en ella fue algunos años atrás, y en un día nublado, lo que nos impidió disfrutar en su totalidad de la luminosidad de su sorprendente interior totalmente lleno de vidrieras separadas solamente por finas columnas, sin paredes, casi suspendidas en el aire. Y el sol que lucía me hizo desear verla en todo su esplendor. Eso hice, para asombrarme de nuevo, pero no mucho más que la primera vez. La sorpresa se había diluido, pero la sensación se acrecentó con la luz divina.

Paredes de luz en la Saint Chapelle.

Paredes de luz en la Saint Chapelle.

Música para turistas.

Música para turistas.

El resto fue esperar que pasara el tiempo, cruzar puentes, oír acordeonistas puestos para la foto y el dinero del turista, y merendar, de nuevo en una terraza, en la plaza de Saint-André des Arts (¿cómo harán los franceses para poner estos nombres tan bonitos?). Ya más relajado, digamos que con la tópica sensación del deber cumplido, del trabajo realizado, me homenajeé con dos cervezas Leffe y un plato de quesos del país. Elementos que me hacían ver la vida de París como un transcurrir elegante y tranquilo de paseantes y ciclistas civilizados. Si no era así, yo disfruté pensándolo. Ni siquiera saqué el libro: miraba y pensaba, un rato que me hizo sentir único y, en cierta forma, poderoso. Efectos de la cerveza, supongo.

 

La place de Saint-André des Arts, estupendas terrazas.

La place de Saint-André des Arts, estupendas terrazas.

El largo camino de vuelta fue algo más duro, mirado objetivamente. Hasta la una y media de la madrugada no llegué de vuelta a casa, una jornada laboral de 22 horas. Y sin embargo, como diría Marcello Mastroianni, “peor es trabajar…”

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Marsala, más que un vino

Ulyfox | 29 de julio de 2014 a las 1:04

Penélope en Marsala

Penélope en Marsala

Hay nombres que identifican un lugar, un espíritu y quizá miles de historias reales o soñadas. Marsala es uno de esos lugares, y su nombre remite, claro está, a un vino tipo oporto, dulce o seco pero siempre generoso y que acompaña con una salsa a propósito, por ejemplo, a los escalopines: scalopini al marsala es una de las especialidades más suculentas que se pueden comer en esta zona oeste de Sicilia. Ese vino es, como quien dice, un invento otra vez de un inglés, John Woodhouse, que se instaló en el siglo XVIII en la isla proveniente precisamente de Jerez y que se empeñó en hacer un negocio de los vinos locales. Para que llegaran en buenas condiciones a Inglaterra le agregó un chorro de alcohol y así nació el marsala. No mucho más tarde, la Marina inglesa lo adoptó como sustituto del oporto, ya que los marineros ingleses tenían el afortunado derecho de una copa de vino al día. Así se escribe la historia de un éxito. Y el negocio sigue floreciendo hasta hoy, en las ventas de vino y en las visitas a las bodegas.

Jubilados reunidos en la plaza de la República.

Jubilados reunidos en la plaza de la República.

Ambiente de Corpus ante la fachada del Duomo.

Ambiente de Corpus ante la fachada del Duomo.

Y besos de hombre

Y besos de hombre

Pero, naturalmente y como se suele decir, Marsala es mucho más y mucho más antigua que el invento de Woodhouse, y tiene mucho que ver con la historia de nuestro Cádiz. Es decir, que tiene un origen fenicio, y de hecho una de sus joyas son los restos, escasos y necesitados de imaginación, de un barco púnico que se conserva en su Museo Arqueológico, una pieza única. Y tiene muy cerca los restos de Mothia, una antigua colonia que seguía las características de tantas como fundaron los hijos de la mítica Tiro: una isla muy cercana a tierra y unida por una carretera. Y rodeada de salinas, y con una antiquísima tradición de captura de atunes en la zona con una técnica semejante a la almadraba… tantas semejanzas que son extensibles a toda la costa suroeste siciliana. Y tiene, claro, como toda Sicilia, un intenso pasado árabe. De hecho su nombre viene de Marsa Alah (el puerto de Alá)

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La nave púnica, o lo que queda de ella, en el Museo.

La nave púnica, o lo que queda de ella, en el Museo.

La actual Marsala conserva buena parte de su pasado, y aparte de la nave púnica sobrevive en sus cercanía y a duras penas una villa romana medio abandonada, en medio de un parcho archeologico lleno de matojos, y junto a un cine art deco con aire mussoliniano. Pero también ha visto cómo se destruía su casco urbano, sobre todo por los bombardeos de la terrible II Guerra Mundial. No obstante, hay cosas indestructibles como la ligazón de un pueblo a su historia, su economía, su forma de vida. La Piazza della Republica está presidida, como mandan los cánones por la gran fachada del Duomo, barroca pero en realidad acabada en el siglo XX gracias a la generosidad de un emigrante retornado. Y en los escalones del Ayuntamiento, los viejos y los ociosos se reúnen a no hacer nada. Las calles a su alrededor son peatonales, y ello permite el paseo urbano civilizado, a la busca de los numerosos lugares donde comer bien, del patio barroco y de las huellas de Garibaldi, que desembarcó aquí precisamente para comenzar la unificación de Italia.

 

Un cine con aire mussoliniano en Marsala.

Un cine con aire mussoliniano en Marsala.

Entrando por la Porta Nuova.

Entrando por la Porta Nuova.

Dentro...

Dentro…

La Porta Garibaldi, una de las entradas.

La Porta Garibaldi, una de las entradas.

El color ocre es el fondo habitual en las ciudades de esta parte de Sicilia, en fachadas planas o salpicadas de balcones retorcidos. Paseamos, pues. Y descubrimos a la vuelta de una esquina una placita con una iglesia de fachada de columnas salomónicas, y una fuente igualmente recargada. Y vimos una procesión del Corpus, como aquí pero con una custodia mucho más modesta bajo palio, y unas enfermeras vestidas como en la primera guerra mundial. Y comimos escalopines al marsala una noche, y uno de esos antipastos crudos o marinados de mar, tan exquisitos, la otra. Incluso fuimos a la playa y descubrimos los bocadillos de panizas. ¿Conocéis las panizas? Son esa masa antigua de harina de garbanzo revuelta con agua y sal y que una vez solidificada se fríe en finas lonchas. Algo exquisito, fruto de la imaginación de los pobres gaditanos. En Sicilia existen, son iguales y se llaman panelle. Otra coincidencia. Aquí se están perdiendo, pero en esa isla los jóvenes se las comen en bocadillos. Y yo adoro las panizas.

La casa africana del Sátiro

Ulyfox | 13 de julio de 2014 a las 13:26

La catedral de Mazara del Vallo, y plaza de la República.

La catedral de Mazara del Vallo, y plaza de la República.

El aire era limpio y el cielo muy azul. Llegamos a Mazara del Vallo, en el suroeste de Sicilia a una hora de turistas despistados, la verdad, un mediodía luminoso en una ciudad bastante poblada, con unos accesos en coche atestados, desordenados y con un tráfico africano. Los vehículos y los peatones salían, aparcaban y cruzaban por cualquier lado, dejando el mínimo lugar para pasar. La hábil aunque nerviosa Penélope logró hallar un lugar en el que dejar el coche, en lo que parecía una avenida principal que bordeaba el casco antiguo, según recordaba de memoria y por el plano de la ciudad visto en internet. Es llamativa la tranquilidad que se siente cuando uno por fin consigue colocar el automóvil, desprenderse de esta máquina tan útil en tantas ocasiones y que en tantas otras es como un peso que se ansía descargar cuanto antes. Y comenzamos a andar.

Un rincón de la plaza de la República.

Un rincón de la plaza de la República.

 

Dicen que Mazara es la ciudad más africana de la parte más africana de la isla italiana más africana. De hecho, una buena parte de su casco antiguo es conocida como La Kashba, el nombre que se suele dar a los recintos amurallados en el norte de África. Y gran presencia de inmigrantes procedentes de Túnez, tan cerca, acentúa este carácter. Cuando nosotros pudimos pasear por ella, entre el mediodía y la hora de la sobremesa, no pudimos observar esta presencia en unas calles casi desiertas, pero sí la de numerosos comercios con inconfundible aire magrebí. El año pasado se inauguró en ese barrio la Casa Tunisia, como testimonio de esta relación histórica. Descubrimos un barrio laberíntico y poco brillante de color amarillento, salpicado aquí y allá de iglesias y palacios barrocos, iglesias en ruinas donde se celebran bodas, y con muchas calles adornadas o rotuladas con azulejos coloridos, cerámicas que cuentan historias o relatan sucesos relacionados con esas vías, o que proclaman deseos más o menos poéticos. No sé de cuando viene esa costumbre, parece reciente y, en cualquier caso, dan sentido a muchos pasadizos, pequeños vícoli y calles estrechas, los embellecen de una cierta forma ideal, como poniendo un toque presumido en una ciudad modesta dedicada fundamentalmente al mar y la pesca.

Otro rincón.

Otro rincón.

 

De la pesca, ese oficio tan duro y de resultado tan suculento viene una de las joyas de Mazara: el Museo del Sátiro Danzante. Al entrar en la iglesia de San Egidio, que lo alberga ahora, un vídeo cuenta la historia, por partes emocionante, de unos pescadores que en 1997 atraparon en sus redes una pierna de bronce de una estatua griega, mientras faenaban cerca de Mazara. Ellos mismos relatan cómo desde entonces siempre esperaban encontrar el resto de la figura, cosa que ocurrió un año después. “Parecía que estaba esperando durante siglos ser hallada”, relata el capitán. Es verdad que le falta una pierna y un brazo, pero es perfectamente reconocible la actitud de este sátiro bailando como en éxtasis, con el pelo al viento, en lo que se llamaba danza orgiástica. El Museo está dedicado íntegramente a él, obra maestra del periodo clásico y que se cree que procede de un naufragio de un barco que podía hacer el trayecto entre Sicilia, entonces Magna Grecia, y (nuevamente) Túnez. Lamentablemente, no nos dejaron hacer fotos, pero podeis pinchar aquí si quereis haceros una idea: http://www.mazaraonline.it/satiro/museo_satiro_01.htm , aunque nada iguala la experiencia en directo.

Preparativos de una boda en la iglesia en ruinas de los jesuitas.

Preparativos de una boda en la iglesia en ruinas de los jesuitas.

 

En Mazara disfrutamos igualmente de un gran almuerzo, excelente combinación de vino blanco con un antipasto di mare crudo excelso. Si no habéis probado nunca unas cigalas pequeñas abiertas y marinadas suavemente casi al momento creedme que debéis hacerlo aquí. Y lo mismo os digo del gambero rosso, así tal cual, sin cocinar, con un suave toque de cítrico. Delicias que se sumaron al cuscús (otra vez África) de pescado típico de la zona y a la pasta fresca con hueva de atún. Y lo contento que se sale de un almuerzo así: http://www.ristorantelabettola.it/ .

Las calles de Mazara están llenas de azulejos decorados.

Las calles de Mazara están llenas de azulejos decorados.

 

El resto fue, ya os digo, deambular por unas calles casi desiertas por las que de vez en cuando circulaba algún viejo en bicicleta. Es curioso también el gran número de hombre mayores que se mueven lentamente por estas ciudades sobre dos ruedas. Había que andar con cuidado muchas veces. Nos asomamos al puerto, algo así como un brazo de mar que se adentra en el pueblo, lleno de grandes barcos de pesca. En lugares así abunda el óxido, las redes acumuladas y la falta de atractivo arquitectónico. Las casas que asoman a la ribera pasan de cualquier adorno, y recuerdan a algunas partes del Campo del Sur gaditano. Todo muy familiar y en ciertos rincones, casi viñero. Sicilia.

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'Salir del espacio que durante siglos han construido sobre nosotros es el acto más bello que se puede cumplir", dice el azulejo... o algo así.

‘Salir del espacio que durante siglos han construido a nuestro alrededor es el acto más bello que se puede cumplir”, dice el azulejo… o algo así.

Ribera del puerto de Mazara, entre África e Italia.

Ribera del puerto de Mazara, entre África e Italia, con un punto gaditano.

Primera hora de la tarde en Mazara.

Primera hora de la tarde en Mazara.

Cruce de esquinas en la Kashaba de Mazara, con recuerdo a los judíos expulsados de España.

Cruce de esquinas en la Kashaba de Mazara, con recuerdo a los judíos expulsados de España.

Y como estamos en Sicilia, no puede faltar el barroco.

Y como estamos en Sicilia, no puede faltar el barroco.

 

La Casa de Túnez en Mazara, testimonio de una vieja relación.

La Casa de Túnez en Mazara, testimonio de una vieja relación.

Más calles coloridas.

Más calles coloridas.

Y otros colores en la parte nueva...

Y otros colores en la parte nueva…

 

Selinunte, templos sobre el mar

Ulyfox | 5 de julio de 2014 a las 19:57

El templo E de Selinunte, dominando el terreno.

El templo E de Selinunte, dominando el terreno.

Selinunte fue llamada así por los griegos porque la ciudad estaba asentada sobre un campo donde abundaba el apio (sélinon, en griego, tendríais que probar el jirinó me sélino, cerdo con apio, que hago yo, me sale bueno ) En realidad, muchas cosas recuerdan y conmemoran a Grecia en esta costa suroeste de Sicilia, los rótulos de las calles, los nombres de hoteles y restaurantes, los apelativos de los lugares, pero lo que más evoca la gloriosa historia de la Magna Grecia son los hermosos templos dóricos en las ruinas de la ciudad, junto al mar. Y eso, pese a la destrucción que sufrió a manos de los élimos de Segesta (ya hablaremos de ella) y de las de sus aliados, los cartagineses. La borraron de la tierra. Al cabo de los siglos, los arqueólogos pusieron en pie algunas columnas, arquitrabes, frisos y metopas, de manera que ha quedado un conjunto impresionante, para quien se impresione con la historia, aunque mucho de lo hallado se encuentra ahora en el museo arqueológico de Palermo.

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Esplendor del dórico en el templo E de Selinunte.

Esplendor del dórico en el templo E de Selinunte.

Llegamos a Marinella de Selinunte, el destartalado pueblo en cuesta que ha heredado el glorioso nombre pero no la preocupación por la arquitectura de sus antepasados, después del accidentado día que ya hemos contado (es verdad que hace demasiado tiempo, perdón) con el pinchazo en la rueda. La tarde la empleamos en el reconocimiento del terreno y en comprobar el increíble e intenso tráfico que soporta el centro de la población, casi sin aceras, y en cenar en un lugar curiosísimo, el bar Boomerang, con un excesivo y delicioso antipasto de frituras de pescado, que no te deja hueco para el pasto: gambas, pijotas, puntillitas, pulpo, spatola, sardinas… un derroche interminable e inabarcable. Pero hubo gente que se atrevió luego con un plato de espaguetis. Uf.

El tamanño de un capitel derruido...

El tamanño de un capitel derruido…

... y el de las columnas por el suelo.

… y el de las columnas por el suelo.

El día siguiente fue el de la visita a los templos, en realidad un desconsolado montón de ruinas esparcidas por una gran extensión de terreno, excepto un par de impresionantes ejemplos de arquitectura dórica levantados por los restauradores y que son majestuosos. Destaca sobre todos el llamado Templo E, señalado con una letra como todos porque la destrucción fue tal que resulta imposible adivinar siquiera a qué deidad estaban consagrados. Una fachada de columnas impresionantes y, cosa rara y afortunada, en este se puede entrar y al menos imaginar cómo sería esta ciudad en sus tiempos de esplendor. Es imperativo y gozoso rodear su peristilo y apreciar todas las perspectivas según uno se aleja y se acerca a él.

El templo C a lo lejos sobre el mar.

El templo C a lo lejos sobre el mar.

Junto al templo E se encuentran las colosales ruinas de otro que debió ser uno de los más grandes de la antigüedad, con las columnas aún sin el clásico acanalado dóricoacabar derribadas al parecer, además de la acción cartaginesa, por un terremoto. Dan unas ganas enormes de tener dinero y ponerse a levantar de nuevo estas grandes piedras, que parecen estar aguardando la mano salvadora para recuperar siquiera sea un poco de su pasado esplendor.

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Allá a lo lejos, sobre la línea de costa puede verse el templo C, una hilera de columnas recortadas sobre el mar y el cielo, y las murallas de la antigua acrópolis, pero no tuvimos el ánimo suficiente para acercarnos. Preferimos, como viajeros tranquilos, tomarnos con calma esto de la arqueología, sobre todo si hace calor y el recinto empieza a llenarse de grupos de turistas. Tras una granita en el bar del yacimiento, nos retiramos con una emoción clásica más en el corazón.

 

Y tanto por redescubrir...

Y tanto por redescubrir…

Il gommista (seconda parte)

Ulyfox | 24 de junio de 2014 a las 0:53

En el taller del gommista (seconda parte), cerca de Palermo.

En el taller del gommista (seconda parte), cerca de Palermo.

Este es tal vez un caso para el comisario Montalbano. Supongo que el sagaz policía siciliano diría a todo el mundo que no es que hubiera nada raro, pero que preferiría un poco mas de tiempo para estudiar el caso. Os lo cuento.

Habíamos dejado Pepa, Penélope y yo, felices, la ciudad de Cefalú reencontrada y vuelta a admirar. Era relativamente temprano y nos encaminábamos hacia la Selinunte de los templos dóricos junto al mar pero pensando en hacer una parada para admirar el Duomo de Monreale, sus mosaicos bizantinos únicos y su claustro.  Casi desde la salida, la conductora Penélope venía diciendo que notaba que el coche que habíamos alquilado, un estupendo Fiat 500L rojo, se iba para los lados, como si el viento lo empujara. De pronto, un intenso sonido como de roce se hizo presente en el interior del coche. Los tres pensamos y dijimos lo mismo: “¿Ese ruido qué es?”, y al segundo siguiente “¿No habremos pinchado?”.

Era cuestión de paciencia..

Era cuestión de paciencia..

Y es que no lo podíamos creer, aunque lo temíamos. Hace tres años, en nuestra primera visita a Sicilia, alquilamos un coche y la rueda se pinchó. Fue con Avis, y entonces mitad en serio mitad en broma pensamos que la Mafia tenía algo contra esta compañía. Esta vez lo hicimos con Budget, pero no podíamos pensar que nos pudiera ocurrir lo mismo. Paramos el coche en la autovía y salí a comprobarlo ¡y ahí estaba, otro pinchazo en la rueda trasera derecha! ¡no, otra vez no, no podía ser! ¡dos veces alquilamos un coche en Sicilia  y las dos se nos pincha! Eso no era normal, pensamos, y eso nos repetimos el uno al otro, no, no, no: Un tornillo de considerable tamaño asomaba su cabeza entre el dibujo del neumático, y la cubierta aparecía estallada por algunos lados. Increíble.

Pero era lo que había pasado. Dos días antes, la encargada del alquiler en el aeropuerto de Palermo nos había recomendado que extendiéramos el seguro para prevenir cualquier imprevisto en el auto. “Son muchos días”, nos dijo. No le hicimos caso. El caso es que intentamos telefonear a la asistencia técnica, porque la rueda estaba deshecha, pero no hubo forma de contactar con ellos. Ya había empezado la para mí cabalística tarea de cambiar la rueda cuando acertó a pasar por allí una patrulla de la policía italiana de carreteras. Nuestros salvadores. Ellos pudieron contactar con la oficina de Budget ¡que resultó ser una filial de Avis! y prometieron mandarnos una grúa. Y, oh casualidades, de una carretera paralela surgió un grito. Nos volvimos todos y era una grúa, y el gruista gritaba ofreciéndonos ayuda… y nuestras sospechas se agigantaban. Le dijimos que ya estábamos esperando a otro, y pareció conforme.

Al rato apareció el vehículo de la compañía ¡y para mí que era el mismo que nos gritaba desde la otra carretera…! Trámites, papeles y la despedida de los amables policías, con una advertencia: “Non deve pagare niente“. Montamos los tres en la grúa y nos llevaron a un escondido taller de neumáticos. Por el camino, el conductor hablaba con la oficina. Desde allí le decían: “Deve portare la máchina a una oficina vulcanizatora…“, y él respondía “Qué cosa significa oficina vulcanizatora, deve essere il gommista”. La palabra conocida resonó en nuestros oídos. En efecto, recordábamos perfectamente el incidente de hace tres años, cuando algún gommista de Agrigento no quiso atendernos al conocer que debía ser Avis la que respondiera. Aquella vez, al final lo solucionamos por nuestra cuenta buscando uno que sí quiso, y por supuesto pagando nosotros.

...pero entretuvimos la espera a la sombra.

…pero entretuvimos la espera a la sombra.

Esta vez fue mejor. El gommista de Casteldaccia, a 13 kilómetros de Palermo, aceptó trabajar para Avis, usó la rueda de repuesto oficial y no hubo más problemas. Y no tuvimos que pagar nada. Al menos de momento. Mientras trabajaba, tomamos una cerveza y un café en un quiosco estratégicamente situado a la sombra, al otro lado de la calzada. Y charlamos con el encargado, de fútbol, de crisis y de si era normal que los coches se pincharan tanto en Sicilia. Se negaba a aceptar nuestras sospechas de un sabotaje. “Non é di propósito, no, sonno le strade” defendía, achacando el incidente al mal estado de las carreteras. No nos convenció.

La llegada, por la tarde, a Selinunte.

La llegada, por la tarde, a Selinunte.

La cosa acabó, sin más problemas que el considerable retraso que hizo que nos perdiéramos la visita a Monreale. Y lo malo es que ahora no sabemos cuándo lo haremos… Llegamos mucho más tarde de lo previsto a Selinunte, y el agua del Mediterráneo nos calmó. Pero seguimos sospechando que Avis tiene un problema con la Mafia en Sicilia… o lo tenemos nosotros.

Saluti dalla Sicilia!

Ulyfox | 22 de junio de 2014 a las 0:06

Cefalú y su 'cabeza', en la tarde del 18 de junio, desde la carretera.

Cefalú y su ‘cabeza’, en la tarde del 18 de junio, desde la carretera.

Pues sí, estamos en Sicilia de nuevo. La otra noche, mientras cenábamos en la trattoria Nina Principi de Cefalú se oían los ecos de la eliminación mundialista de España en un televisor cercano. No sabíamos cómo iba el partido, así que entre los sabores del tartare de pez espada y el mantecato di riso nos daba igual, como igual fue luego mínimo el disgusto trufado de ridículo. Qué más da: estamos en esta maravillosa isla. Los tres de nuevo recorriendo rincones italianos con ecos griegos y españoles.

En la agradable  sabrosa trattoria Nina Principi, primera cena,

En la agradable sabrosa trattoria Nina Principi, primera cena,

Al día siguiente comentaba con el empleado de un puesto callejero de venta de pizza por trozos, y el hombre (gracias) decía estar triste por que la selección española estuviera fuera del Mundial, y de aquella manera. “Es una selección que ha hecho historia”, decía. Sí, el tiempo pasa. Nosotros llegamos el miércoles a Sicilia, y la primera parada ha sido en un Cefalú ventoso y no por eso menos bello. Estuvimos hace tres años y ya nos maravilló la silueta del Duomo normando, casi una fortaleza con el fondo de La Rocca, ese peñón enorme que recordaba a los griegos una cabeza humana y por eso llamaron a esta ciudad Kefali, es decir ‘cabeza’.

La noche en el puerto antiguo. Faltan las barcas y la película proyectándose para que fuera como en 'Cinema Paradiso'.

La noche en el puerto antiguo. Faltan las barcas y la película proyectándose para que fuera como en ‘Cinema Paradiso’.

Y cómo luce de día...

Y cómo luce de día…

Esta vez no pudimos almorzar en ningún ‘lido’, ni ir a la playa. El día estaba demasiado desapacible. Nos dedicamos a pasear, a rodear La Rocca porque el ánimo no nos llegaba para subir los cientos de escalones hasta su cima, ni pasar por el templo de Diana y hacer la foto que aparece en todas las guías. Me habría gustado, pero a cambio hemos andado con tranquilidad arriba y abajo, hemos almorzado estupendamente en La Locanda del Marinaio, hemos llegado hasta el puerto de los aerodeslizadores, y hemos dormido una pequeña siesta.

Un rincón de Cefalú.

Un rincón de Cefalú.

 

Pensábamos que la señora del Hotel Mediterraneo se acordaría de nosotros y de Pepa (‘María Yosé’ la llamaba ella) pero no. Da igual: sigue siendo un alojamiento agradable, bien situado junto a la estación y muy limpio. Bea, Tamara y Mari Ángeles lo conocieron hace unos meses.

La fachada del Duomo, dorada al atardecer.

La fachada del Duomo, dorada al atardecer.

De nuevo las evocaciones de Totó el de Cinema Paradiso en la Vuchiría y en la playa junto a la Porta Pescara. Volvimos a ver la película de Tornatore algunos días antes de venir, y me quitó la sensación de pastelosa que tuve la primera vez que la vi. Me gustó mucho.

El mar estaba algo furioso el jueves.

El mar estaba algo furioso el jueves.

El fuerte viento que soplaba hizo que el avión de Ryanair que nos trajo desde Sevilla llegara con adelanto. Tenemos una buena relación con esta compañía de tan mala fama. La verdad de nuestra experiencia con ella sólo tiene episodios agradables. Es puntual y como últimamente ha suavizado su política de equipaje de mano, mucho más cómoda. Además, ya no dan tanto la lata con la megafonía. Y qué quieren que les diga: me parece muy divertido ese toque de corneta con el que celebran los aterrizajes. Durante el vuelo, hemos pasado por encima de Argelia  y Túnez. Me han sorprendido los pueblos desparramados por las montañas, derramando sus casas a lo largo de as carreteras. Desde arriba, la montaña argelina parece salpicada de arañas vasculares o de neuronas formando una red en realidad de geografía humana.

La hermosa playa de Cefalú, casi desierta por el mal tiempo.

La hermosa playa de Cefalú, casi desierta por el mal tiempo.

Sí, hemos vuelto porque sabíamos que íbamos a hacerlo, por su gente, por su comida tal vez, quizá porque es tan griega… Y esta vez recorremos la parte este de Sicilia, la más africana, la de Selinunte, Mazara, Marsala la del famoso vino, Trápani… Iremos contando.

Cefalú al mediodía, al fondo el Duomo.

Cefalú al mediodía, al fondo el Duomo.

La otra cara de Cefalú.

La otra cara de Cefalú.

 

 

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