Premio a un recuerdo

Ulyfox | 10 de junio de 2015 a las 13:04

El magnífico Teatro Romano de Mérida, que forma parte del literario recuerdo.

El magnífico Teatro Romano de Mérida, que forma parte del literario recuerdo.

Le acaban de dar el premio Princesa de Asturias a un recuerdo mío. Dicen Leonardo Padura y viajo de pronto a un lugar que no tiene nada que ver con Cuba, ni con México ni con Rusia. Tiene más que ver con el Imperio romano. Fue una noche de otoño hace más de tres años cuando conocí a Padura, una noche en la que andaba vagando por Mérida en busca de una lectura que compensara mis olvidos. Entonces dimos con la librería Punto Aparte, abierta milagrosamente cerca de las nueve. Su amabilísima y dispuesta propietaria me recomendó El hombre que amaba a los perros, del ahora premiado, y nunca se lo agradeceré bastante. Porque ayudó en las noches de aquel viaje y porque me descubrió al autor. Un libro delicadísimo y a medias entre la ficción y la historia, con el asesinato de Trotsky de fondo, que en realidad es la vida de su asesino Ramón Mercader. Gracias a aquella librera por el libro, y al jurado del Princesa de Asturias por el recuerdo.

 

Un pequeño lugar fundamental

Ulyfox | 27 de mayo de 2015 a las 12:56

El luminoso y sencillo claustro del Monasterio de La Rábida.

El luminoso y sencillo claustro del Monasterio de La Rábida.

La blanca silueta del monasterio, en un cuidado entorno.

La blanca silueta del monasterio, en un cuidado entorno.

Otra vista exterior del monasterio, con la entrada de la iglesia.

Otra vista exterior del monasterio, con la entrada de la iglesia.

Sí, la Historia, así con mayúsculas, muchas veces requiere de circunstancias, lugares o acontecimientos minúsculos. Me vienen a la mente sitios como el rincón lleno de maleza donde apareció la Venus en Milo; la habitación pequeña en la que nació Isabel la Católica, el teatrito isleño donde empezaron las Cortes, una colina ateniense que alumbró la democracia, la imprenta donde se editó el Quijote en Madrid, la casita donde nació Kafka en Praga, una roca en Quíos donde supuestamente enseñaba Homero, la plaza de La Bastilla en París, el aula donde enseñaba Machado en Baeza, o esa cueva en Patmos donde San Juan alucinó tanto que escribió el Apocalipsis…

El interior de la pequeña iglesia mudéjar de La Rábida.

El interior de la pequeña iglesia mudéjar de La Rábida.

Nosotros hemos conocido, hace sólo unos días (bueno, Penélope ya lo conocía) uno de esos lugares pequeños donde ocurren cosas fundamentales: La Rábida. Ya lo sabéis todos, ese convento franciscano donde Cristóbal Colón encontró refugio para su cansancio y sus ideas en los brazos y las mentes entregadas de sus moradores, que al final fueron sus principales valedores, con Antonio de Marchena a la cabeza, para que pudiera convencer a los Reyes Católicos con sus no tan locas ideas acerca de las Indias, la redondez de la tierra y esos viajes fantásticos a mundos sólo imaginados.

Frescos de Vázquez Díaz, a la entrada del monasterio.

Frescos de Vázquez Díaz, a la entrada del monasterio.

El claustro mudéjar del Monasterio.

El claustro mudéjar del Monasterio.

El lugar está cuidado, muy cuidado, y rebosante de sensaciones. Tal vez demasiado limpio para que el visitante pueda sentir el paso y el peso de la historia. Alguna telaraña evocadora, alguna losa desgastada que evocara cansados o pertinaces paseos, alguna huella de humedad venida de la imponente marisma o traída en alguna de las carabelas de allende los mares, algún desconchón en las blancas o rosas paredes, por no hablar de algún aroma de cocina de puchero conventual, le vendrían bien al propósito de situar al visitante en aquel momento crucial de la historia de España y del mundo. Sí queda en cambio claro que aquella gesta increíble, grandiosa, comparable a pocas en el devenir de las relaciones planetarias, tuvo su origen en un humilde rincón andaluz, de cal, ladrillo y canto, como uniendo todas las culturas que en la península habitaron. No hay allí, ni lo había, lujos ni grandes salones regios. Tampoco los había en todo el Reino, aún heredero de una pobre alcurnia castellana y antes de que los oros de América inundaran este lado del Atlántico. El monasterio se puede visitar casi como el que visita un cortijo, con dos sencillos y hermosos claustros, que aquí es solo el pomposo nombre que los monjes dan a sus patios. La audioguía que te dan con la entrada te ambienta con su música antigua y te ayuda a comprender el momento histórico, y todo transcurre plácido, como un cuento que sabemos que no tuvo un final feliz.

 

Ventanas sobre el claustro mudéjar.

Ventanas sobre el claustro mudéjar.

Me gustaron especialmente los claustros (siempre me enamoran estos espacios abiertos pero cerrados, debe de ser el alma de monje no consumado que me acompaña) y el emplazamiento en la colina, sobre las marismas, como un símbolo inevitable de encuentro y partida de horizontes abiertos. No me emocionarion los frescos del pintor Daniel Vázquez Díaz. Al exterior quizá le sobra el aire conmemorativo que se le ha querido dar, incluyendo esa columna tan alta. Tal vez habría sido más acertado acentuar lo pequeño, o más bien la paradoja que supone que algo tan grande viniera a ser concebido en este rincón. Le pegaba más, creo yo, el espíritu poético de que el visitante tuviera que buscar el convento en un paraje humilde y escondido. Cosas mías.

La restaurada Columna del IV Centenario, cerca del monasterio.

La restaurada Columna del IV Centenario, cerca del monasterio.

Luego, sí, cumplimos con el rito de visitar las tres carabelas, que no pueden quitarse de encima ese aspecto de réplica pero cumplen también su función didáctica y, por qué no, turística. El paisaje marismeño se ve a lo lejos perturbado por las evidencias industriales y portuarias, pero eso ya…

La réplica de las tres carabelas de Colón, en el muelle de las Carabelas.

La réplica de las tres carabelas de Colón, en el muelle de las Carabelas.

Qué se nos ha perdido en Huelva

Ulyfox | 20 de mayo de 2015 a las 13:50

Escena vespertina en la Plaza de las Flores de Isla Cristina.

Escena vespertina en la Plaza de las Flores de Isla Cristina.

 

La verdad es que pensábamos que nada se nos había perdido en Huelva. Es más, amigos y compañeros siempre nos han dicho que no nos perdemos nada, cuando hasta hace poco comentábamos que no habíamos estado nunca, que era de los pocos lugares que no conocíamos. Si acaso, de paso hacia Portugal, alguna parada en la Sierra, en una cafetería de autovía, hace tantísimos años en Ayamonte poco antes de tomar la barca para cruzar hacia Vilareal de Santo Antonio cuando era el único medio de hacerlo. Así que eso pensábamos también, que nada había que lamentar por no haber estado nunca en Huelva. Pero si os soy sincero, últimamente barruntaba que ciertos paisajes, ciertos horizontes de arenas y marismas me habrían de gustar, y, por supuesto, ciertos moluscos y crustáceos de fama mundial.

Frente a la playa de Isla Cristina, en la punta del Caimán.

Frente a la playa de Isla Cristina, en la punta del Caimán.

 

Así que a este reclamo por fin decidimos acudir hace un par de semanas, y reservamos dos noches de hotel en Isla Cristina, que da nombre a pesquerías, conservas y especies marinas de prestigio. El objetivo gastronómico estaba claro. El Barceló Isla Cristina no nos decepcionó, si entendemos por esto que era justamente lo que esperábamos: un lugar pensado y realizado para vacaciones en familia, todo incluido con piscinas rebosantes, actuaciones toda la tarde y animación del tipo que no decaiga y que los niños no se aburran mientras los padres pueden vigilar desde sus mesas, o ni vigilar siquiera, que eso queda en manos de los animosos monitores. No precisamente indicado para nuestros gustos, pero apto por limpieza, servicios y ubicación. Olvídense del encanto.

Barcos pesqueros en el muelle de Isla Cristina.

Barcos pesqueros en el muelle de Isla Cristina.

Isla Cristina se nos reveló como un lugar conocido, como otros pueblos marineros de nuestra zona, pero con la fortuna de contar aún con una importante actividad pesquera. De hecho es la primera flota de Andalucía en su género. Y eso se agradece en las cocinas, en los bares y en los restaurantes. El casco urbano presenta la esperable anarquía del centro y la en cierta forma artificial ordenación de las afueras. Limpio, sí, y lleno de luz como corresponde a la Costa en la que está enclavado. Sus muelles sorprende por la acumulación de barcos con olor a faena. Paseamos un rato, pasando antes por la lejana y arenosa playa, en un paisaje de ríos, caños, esteros y salinas muy familiar para dos nativos de San Fernando. Desembocamos en la plaza de las Flores, pequeña, pueblerina y con niños jugando. Tomamos una cerveza en la terraza del Casino, con un espacio interior de aire antiguo claramente desaprovechado. La noche fue la búsqueda del producto local, y tenemos que decir que acertamos plenamente con la recomendación de una de las recepcionistas del hotel. No muy lejos, un restaurante sin muchas pretensiones, el Aqua, nos deleitó con unas gambas muy frescas, unas coquinas sabrosas aunque algo arenosas, y unas pijotas de hacerles reverencias. El buen vino del Condado, en este caso Marieta, acompañó todo a la perfección. Excelente.

En el muelle de la Isla del Moral.

En el muelle de la Isla del Moral.

La mañana del segundo día tuvo un objetivo casi idéntico: a la búsqueda de mojama y atún de la conservera local Usisa y un salto a mediodía hacia la Isla del Moral, un poblado de pescadores al otro lado del río Carreras, un agradable paseo que se hace a bordo de un gracioso barco de nombre más bien pretencioso: ‘Ferry’ El Pelón. En diez minutos estábamos en el otro lado. Con calor y a pie nos acercamos al poblado, un conjunto de casas y restaurantes de pescados. Esta vez cayó un arroz caldoso a la marinera, con un preludio de las inevitables y amistosas coquinas (gordas y fresquísimas) y una pimentá con melva. Más vino del Condado y más gracias a la vida por la comida a un precio más que aceptable en El Chiringuito III.

Regreso y conversación en el 'ferry' el Pelón.

Regreso y conversación en el ‘ferry’ el Pelón.

La vuelta dio para una animada aunque resignadamente tópica conversación sobre esa situación que Rajoy no ve con uno de los pasajeros, camarero de uno de los chiringuitos, de regreso a su casa tras la faena, y que también le pega al flamenquito y al Carnaval.

Ahí, con ese aire marismeño, en el muelle Martínez Catena de Isla Cristina.

Ahí, con ese aire marismeño, en el muelle Martínez Catena de Isla Cristina.

El día acabó sin más historia con una cena en el bar Cristina, a base de ya imagináis qué. Y con la conclusión de que, desde luego, sí nos habíamos estado perdiendo algo por no conocer Huelva. Quién sabe, es probable que repitamos con algún otro pueblo no muy tarde. Por si hubiera algo más que pudiéramos encontrar sin haberlo perdido.

El río Carreras, frente a Isla Cristina.

El río Carreras, frente a Isla Cristina.

 

Mariscando las excelentes coquinas en la marisma.

Mariscando las excelentes coquinas en la marisma.

La causa de tanta riqueza.

La causa de tanta riqueza.

A por atún y a ver Trapani

Ulyfox | 12 de mayo de 2015 a las 13:20

Vuelvo a Sicilia ahora, a destiempo y recuperando imágenes y palabras que extravié durante varios meses, por unas palabras de las viajeras Tamara, Bea y Mariángeles. Estuvieron en la impresionante isla hace un año y volvieron encantadas y deseosas de más. Disfrutaron con los templos de Agrigento, con la maravilla singular de Siracusa, con los colores de Taormina, con el encanto pueblerino y balneario de Cefalú. Les quedó, como a nosotros la primera vez, la parte oeste de la tierra que antes fue parte importante de la Magna Grecia. “Tengo muchas ganas de conocer Trapani”, me dijo Tamara, y yo recordé en ese mismo instante el aire tan gaditano y africano que tiene esa zona, tan reconocible.

El Palazzo Senatorio, al final del barroco Corso Vittorio Emanuele.

El Palazzo Senatorio, al final del barroco Corso Vittorio Emanuele.

Es la provincia de Trapani un paisaje de mares y salinas, de cocina en la que el atún rojo (tonno rosso) capturado con una forma de pesca casi calcada a la de la almadraba gaditana es el rey en platos crudos, a la plancha o cocinado con pasta. La misma luz, el sirocco tan parecido al viento de levante nuestro que nos recibió el primer día, las fachadas barrocas de iglesias y palacios, la historia de pasadas y duraderas dominaciones españolas, el pasado fenicio, las procesiones y las  imágenes (los misteri) de la Semana Santa traídas por una cofradía andaluza, hacen de Trapani y sus alrededores un lugar extraña y reconfortantemente familiar para los gaditanos.

Puesto de sombreros en la calle principal de Trapani.

Puesto de sombreros en la calle principal de Trapani.

La misma sensación vuelve a ser tremenda cuando se asoma uno a la fachada marinera de la ciudad y ve aparecer ante sus ojos una copia del Campo del Sur, aunque esta vez mirando más bien hacia el norte.

¿Habrá fachada marítima más gaditana fuera de Cádiz?

¿Habrá fachada marítima más gaditana fuera de Cádiz?

No tiene el oeste la exuberancia artística y paisajística del Oeste. Aquí la vida aparenta haber sido siempre más dura, como más expuesta a los vientos atlánticos, que no son tales puestos que quedan muy lejos, más allá de las columnas de Hércules que tantos marinos atravesaron saliendo de aquí mismo. Aquí en el Oeste siciliano la vida es más africana, casi magrebí, y la cocina repite ingredientes como el cuscús y los pistachos, tan orientales, huellas de invasiones, conquistas e incursiones piratas. Todo parece venir del mar o de allende sus aguas, como vino también el general Garibaldi, cuando empezó con su desembarco en Sicilia la unificación de Italia y el inicio del régimen liberal y republicano que tan bien retrató el conde de Lampedusa con su Gatopardo, la gran novela que describió el cambio de sistema con una frase genial y mil veces repetida: lo nuevo consistía en “cambiar algo para que todo siga igual”.

Algo así como el Campo del Sur mirando al norte.

Algo así como el Campo del Sur mirando al norte.

 

Turistas descansando en el Palazzo Senatorio.

Turistas descansando en el Palazzo Senatorio.

 

Una de las muchas fachadas barrocas en Trapani.

Una de las muchas fachadas barrocas en Trapani.

 

La plaza Garibaldi, con la estatua del gran unificador italiano.

La plaza Garibaldi, con la estatua del gran unificador italiano.

 

Los 'Misteri' de Trapani, en espera de su salida del Viernes Santo.

Los ‘Misteri’ de Trapani, en espera de su salida del Viernes Santo.

 

Aires barrocos italianos en la calle.

Aires barrocos italianos en la calle.

 

Vista de Trapani, desde las alturas de Erice.

Vista de Trapani, desde las alturas de Erice.

El atún siciliano, tal cual y con la sal rosa del Himalaya.

El atún siciliano, fino, en crudo y con la sal rosa del Himalaya.

Foto de una 'almadraba' siciliana, la 'mattanza', en el restaurante.

Foto de una ‘almadraba’ siciliana, la ‘mattanza’, en el restaurante.

 

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En un extremo de Roma

Ulyfox | 29 de abril de 2015 a las 13:16

En los jardines de la Villa d'Este romanos.

En los jardines de la Villa Borghese romana.

Por aquel barrio, al norte de Roma, aparentemente alejado está la Villa Borghese, ese gran parque que antes fue jardín privado de una poderosísima familia, como ocurre en tantas otras zonas de la capital italiana, y de toda Italia en general. Nunca habíamos llegado hasta allí, no sé muy bien por qué, en nuestras anteriores visitas. Pero allí estábamos, en nuestro último día de nuestra estancia invernal en la Citá Eterna. Allí, andando por el parque, dirigiéndonos al precioso mirador del Pincio, uno de tantos desde los que suponemos que los grandes ricos de la Roma clásica o renacentista miraban el mundo de la gente inferior y de paso, algo así como sus posesiones terrenales.

La vista es realmente espléndida, y a los pies del Pincio la enorme Piazza del Popolo, lugar de las grandes citas ciudadanas, presidido por el enorme obelisco egipcio, uno de tantos que trajeron los romanos de sus centenarias excursiones a su vasto imperio. A lo lejos, el Vaticano y debajo, como siempre, iglesias y más iglesias, con la hermosa imagen de las dos gemelas de Santa María dei Miracoli y Santa María al Montesanto, genial puerta y remate a la concurrida, comercial y espléndida Via del Corso.

Había mucha gente esa mañana de enero, todavía en plenas fiestas de Año Nuevo. Los cafés rebosaban glamour y dinero. Comenzaban las rebajas además, y los romanos se habían echado a la calle. Al atardecer, prácticamente no se podía andar ni por la calzada. Pero antes, fue agradable observar esta señorial zona, seguramente residencia de gente muy acomodada, quién sabe si alguno de esos aristócratas o grandes burgueses con palacios, con resabios de dolce vita.

Serenidad en una mañana de enero.

Serenidad en una mañana de enero.

 

Vista de la Piazza del Popolo y de Roma, desde el mirador del Pincio.

Vista de la Piazza del Popolo y de Roma, desde el mirador del Pincio.

El precioso mirador del Pincio, desde abajo.

El precioso mirador del Pincio, desde la Piazza del Popolo.

 

Las iglesias gemelas de Santa María dei Miracoli y del Montesanto. en la Piazza del Popolo.

Las iglesias gemelas de Santa María dei Miracoli y del Montesanto. en la Piazza del Popolo.

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¿Véis lo que os digo?

Ulyfox | 26 de abril de 2015 a las 20:06

Vista panorámica de Pefki, el pueblo cretense donde tenemos nuestro trocito.

Vista panorámica de Pefki, el pueblo cretense donde tenemos nuestro trocito.

Ya sé, ya lo sé, que hablo mucho de Creta, que digo que es la mejor tierra del mundo, que proclamo que su gente es maravillosa, que publico que la tierra cretense es recia y hermosa, y natural y auténtica. Pues bien, me he sentido, nos hemos sentido tremendamente respaldados en nuestra pasión por este documental que pdéis ver si pincháis en este enlace y tenéis la paciencia de dedicar casi una hora a verlo y disfrutarlo. Nosotros, además, lo entenderéis, nos hemos emocionado:

http://www.rtve.es/alacarta/videos/grandes-documentales/grandes-documentales-islas-griegas-creta/3105182/

 

Anteriormente habíamos visto otro capítulo de esta misma serie, el dedicado a las islas Cícladas, ya sabéis: Santorini, Mikonos, Paros… y la emoción fue parecida. Me gusta esta serie porque ignora las postales turísticas y va a retratar a las personas en su ambiente, en su trabajo, en sus alegrías, en sus durezas, en sus sentimientos. Con alguno de los que salen aquí hemos hablado nosotros, lo hicimos cuando estuvimos recorriendo Creta para la guía: fue con Stefanakis, el constructor de liras y laúdes, en el maravilloso pueblo montañero de Zaros, el auténtico mantantial de Creta a los pies del monte Psiloritis. Y hemos sentido no haber hablado con todos y cada uno de los protagonistas. Pero os juro que mucha gente es así en esa isla, como dice el documental, la auténtica cuna de Europa. Allí, donde tenemos quizá nuestro futuro

 

La vida sana

Ulyfox | 19 de abril de 2015 a las 13:58

Ancianos a la puerta de los cafés en Arhanes, Creta.

Ancianos a la puerta de los cafés en Arhanes, Creta.

Esto ya lo sabíamos, sin saberlo:

http://www.elmundo.es/espana/2015/04/07/552271eeca4741811f8b457c.HTML

 

Se trata de que la vida sana, la vida humilde y los alimentos naturales son fuente de salud. Quizá también, quién sabe, que la falta de ambiciones desmesuradas, la ausencia de objetivos inhumanos de poseer quién sabe cuántas cosas, de ignorantemente saber de casi todo, de supuestas conversaciones a través de pantallas, de prisas y exigencias sin sentido, puede hacer al ser humano casi inmortal o despreocupadamente mortal.

O tal vez el secreto sea ser consciente de los años que se tienen encima, y no querer ser el joven de 80 años que pintan los anuncios de agencias de viajes o de seguros. Esa mentira de que la vida no cambia aunque se sea mayor. Claro que cambia, y no tiene que ser a peor. Estamos hartos de ver cómo en las islas griegas (no hemos estado en Icaria) los viejos hacen vida de viejos, que no quiere decir estar muertos: se ocupan lentamente de una taberna con pocos clientes, cuidan pausadamente de un huerto pequeño, cobran en la caja de los supermercados, se sientan a las puertas de los cafés charlando lo justo con sus numerosos compañeros de tertulia silenciosa. No suspiran por ir a un crucero o porque sus hijos los saquen de paseo al centro comercial, y se prestan sonrientes a la foto del turista.

Tal vez por eso, porque a partir de ciertos años pasan la vida lentamente, la muerte también les llegue a paso de anciana.

La vida sana en el puertecito de Naussa, en la isla de Paros.

La vida sana en el puertecito de Naussa, en la isla de Paros.

A vueltas con el arte

Ulyfox | 5 de abril de 2015 a las 22:43

La escalera de salida de los Museos Vaticanos.

La escalera de salida de los Museos Vaticanos.

Esta también era una de las fotos buscadas. Dentro de los Museos Vaticanos se pueden hacer, pero no en la Capilla Sixtina. De todas formas, qué fotografía se puede hacer que refleje ese derroche desatado de arte, ese torrente de un Miguel Ángel sin más amarre que su genio único. Así que lo mejor es guardarse obligatoriamente la cámara, y en todo caso disparar cuando uno enfila la salida después de un paseo forzosamente ligero por este compendio inabarcable que tantos Papas reunieron, pagando lo mejor de la pintura, la escultura o la decoración de todas las épocas.

Y a la salida, esa larga escalera de caracol para descender de nuevo a la realidad mientras la cabeza le da vueltas a todo lo que acaba de ver, ese remolino de sensaciones que es el Vaticano dentro del vértigo placentero que es Roma.

Me gusta

Ulyfox | 5 de abril de 2015 a las 21:28

Sin falsas ni modestas ínfulas de crítico de la red, selecciono por el natural método del me agrada-no me agrada los pocos blogs que consulto. Algo que debería ser pecado mortal (para los antiguos, ahora este calificativo no significa nada si no sabemos que existen los veniales) en un supuesto bloguero. Supongamos que un bloguero es alguien que está, si no todo el día, al menos casi todos los días pendiente de meter entradas, dar opiniones, escudriñar el mundo a su manera. Convengamos entonces que no soy un bloguero, que carezco de la disciplina o el tiempo (o las dos cosas) necesarios para ello. Y también debería leer muchos blogs, escribir comentarios y teclear muchos ‘megusta’ en esa pestañita colocada al efecto. Bien, ya sabéis que no. Entonces, ya que tenéis a bien leerme, os confesaré que sólo disfruto de verdad de dos de esos artilugios virtuales, por lo bien escritos, por lo emocionantes, por la capacidad de comunicarme cosas. Estoy seguro de que hay miles más, igual de buenos. Pero, como los amigos, son pocos los buenos, mirado esto por supuesto desde el punto de vista más subjetivo posible.

Leer uno de ellos es casi una actividad endogámica, tanta es la afinidad que siento, aunque el estilo y la actitud sean tan diferentes. Lo habéis adivinado, es el blog del irreverente, apasionado, odioso muchas veces, auténtico siempre y brillante Lobeli (llamadlo Lovely) http://www.lobeli.net/ . Igual os admito que puede ocurrir que la pasión me quite el conocimiento, vale, es amigo. Pero en sus escritos no parte peras con nadie, y eso tiene el valor que tiene. Lo mismo por eso tiene tantos lectores, que lo sienten como su portavoz arriesgado.

El otro es una delicia de buena escritura, serena pero que puede llegar a irónica, culta sin ser pretenciosa, de alguien que disfruta de la vida a pesar de todo, me parece. Es una amiga también, pero esta es una amistad sin práctica, como un espíritu hermano al que no hace falta ver para sentir cercano. Últimamente nos visitamos poco, pero sé que cada encuentro es como volver a empezar, sin gasto, sin roce, sin visos. Figura, como el anterior, en la columna de la derecha entre mis blogs favoritos: Ampharou (http://www.ampharou.com/ ). Si no habéis pinchado nunca ese nombre, no sabeis lo que os estais perdiendo: esas esquinas de la vida que es necesario que alguien nos señale.

Ya veis que no son muchos. Ocurre como con las mujeres, que no es necesario amarlas a todas para saber que es imprescindible amar a alguna. Así que, aunque sea por hoy, permitidme este par de recomendaciones, hoy que he vuelto a disfrutar de ellos.

Un paseo nutritivo e instructivo

Ulyfox | 28 de marzo de 2015 a las 19:17

 

Ante el Puente Colgante de Portugalete.

Ante el Puente Colgante de Portugalete.

Llovió pero no mucho, no mucho para lo que se supone que es el País Vasco. Sí, por momentos el paseo se vio azotado por el viento y la lluvia, pero pasó pronto. No era desde Santurce a Bilbao, pero sí por toda la orilla anduvimos desde Portugalete hasta Algorta, comprobando que el primero tiene un casco antiguo pequeño y con sabor, que “no hay en el mundo puente colgante más elegante que el de Bilbao, porque lo han hecho los bilbainicos que son muy ricos y resalaos”, según aprendí de pequeño en una película muy triste que creo que se llamaba El otro árbol de Guernica. El puente de Portugalete, que permite salvar elegantemente la ría en su barca suspendida, es patrimonio de la humanidad, y me parece que merece serlo, con su estampa férrea, industrial y ciertamente airosa.

Arriba y abajo, dos panorámicas del Puente.

Panorámica del Puente.

En la barca cruzamos hasta Las Arenas, que como a muchos supongo me suena a equipo señero de fútbol. Y nos pusimos a pasear, como nos habían recomendado muchos de nuestros conocidos, siguiendo la orilla, pasando por Getxo, con su borde marítimo lleno de casonas veraniegas de la gran burguesía financiera y comercial de finales del siglo XIX y principios del XX, elevadas a su máximo esplendor llegando a Neguri, ese barrio con aire inglés por el que debieron andar en aquel tiempo mayordomos, ayudas de cámara, jardineros y chóferes a centenares. No importaba que lloviznara, cesó muy pronto.

Las mansiones de Getxo frente al mar.

Las mansiones de Getxo frente al mar.

A cada trecho, en el paseo, pequeños paneles describen las características e historias de las residencias más señaladas, muchas de ellas con aire de castillo o palacio. Resulta una caminata la mar de instructiva. Nosotros, además, íbamos con el destino fijo de almorzar en el puerto viejo de Algorta, donde nuestros amigos y anfitriones vascos nos habían recomendado recalar a la hora de comer. “Hay muy buenos sitios, pero si podéis id a Casa Carola, Karola Etxea”, nos encareció Verónica. Claro, no la íbamos a desobedecer, aunque antes nos propinamos un txakolí con pintxo en una taberna junto a las barcas.

El esplendor antiguo de las mansiones de Neguri.

El esplendor antiguo de las mansiones de Neguri.

Más ejemplos de una burguesía de verdad.

Más ejemplos de una burguesía de verdad.

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Subiendo un poco las cuestas del puerto viejo por el acantilado encontramos el restaurante. Precioso interior en azul y manteles blancos, y grandiosa carta de pescado y marisco. Nos regalamos un txangurro de categoría, cocinado con arte, unas almejas gordas y sabrosas, un calamar en su tinta dulce como la vida en vacaciones y unas cocochas de bacalao con su pilpil justo, no bañadas. Cedimos a la tentación y repetimos estas últimas, las mejores que hemos comido, exquisitas y suaves. No fue barato, no podía serlo, pero el placer no tiene precio.

Calles del puerto viejo de Algorta.

Calles del puerto viejo de Algorta.

Un extraordinario almuerzo en el Karola Etxea.

Un extraordinario almuerzo en el Karola Etxea.

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