Celebración capital

Ulyfox | 29 de octubre de 2014 a las 2:01

La Gran Vía, y debajo, la plaza de Callao y la calle Princesa.

La Gran Vía, y debajo, la plaza de Callao y la calle Princesa.

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Ha sido con un motivo lleno de 30 razones, una por año, al menos, un aniversario, 30 causas que celebrar, ya sabéis. Y nos fuimos a Madrid el fin de semana. Siempre nos ha gustado la capital, desde aquellos lejanos años de carrera, aquellos jardines de la Complutense que no he vuelto a visitar. Muchas veces es Madrid una parada de horas para nuestros viajes, muchas veces ha sido estancia corta, lo suficiente para ver a los amigos y repasear antiguos pasos, asombrarnos de los cambios, perdernos en las calles que yo creía conocer después de cinco años de estudios. Mucha gente prefiere Barcelona, y sin embargo yo me siento comodísimo en Madrid.

No sé si sabéis qué plaza es esta.

No sé si sabéis qué plaza es esta.

Y nos fuimos a Madrid, a homenajearnos y homenajearla con lo más genuino. Intentamos un restaurante moderno y premiado, Diverxo, imposible por las reservas. Y nos dijimos ¿qué nos apetece en realidad? y nos contestamos: un buen cocido madrileño. Ahí apareció la taberna La Bola como recomendación de experto tan reputado como Peluso y corroboración de quienes viven allí desde siempre.

El Hotel Victoria, entre las plazas del Ángel y de Santa Ana.

El Hotel Reina Victoria, entre las plazas del Ángel y de Santa Ana.

Una colorida Plaza del Ángel.

Una colorida Plaza del Ángel.

Es tan fácil llegar a Madrid ahora en tren… recordé aquellos viejos tiempos de expresos y rápidos de doce horas. Ahora te plantas en el centro en poco más de tres horas y media, y con una gran calidad de asientos. Apenas el rato de repasar el periódico, echar una cabezadita y tomar algo y apareces en la siempre sorprendente Glorieta de Atocha, antaño gris de scalextric y abandono, hoy espléndidamente abierta y casi acogedora. Observé con cierta extraña alegría que el Ministerio de Agricultura, el Hotel Mediodía e incluso el Hospital ahora Museo Reina Sofía tienen ahora colores y claros. Me alegré al comprobar la supervivencia de El Brillante, de sus bocadillos y sus sándwiches que tantas cenas proveyeron, aunque se han producido las evitables muertes del bar Iris y el Agustín (inolvidables morcillas de arroz para el hambre de estudiante). Casi, casi como si fuera ayer en la noche de ese viernes contemporáneo.

Aquí se imprimió por primera vez el Quijote. Un respeto.

Aquí se imprimió por primera vez el Quijote. Un respeto.

Llegamos de noche, a un Hotel Paseo del Arte ( http://www.hotelpaseodelartemadrid.com/ ) abarrotado. Bastante bien. Enfilamos, como tantas lejanas veces, calle Atocha arriba, para entre las demasiadas tiendas asiáticas nuevas, reconocer aún la ornamentada placa que conmemora que en aquella casa de la esquina estuvo la imprenta donde se hizo la primera edición del Quijote. Reverencia. Arriba, plaza del Ángel del Café Central, plaza de Santa Ana de cervecerías rebosantes y recuerdos toreros, excelente Natural Beer, asombro por la abundancia, el Teatro Español con caras célebres en sus carteles. Y luego paseo por plaza Mayor en busca del Mercado de San Miguel, centro gastronómico que nos pareció, aun su fama, bastante artificial, un poco rota la huella en mi memoria de su arquitectura de hierro decimonónica en mis deambulares estudiantiles por el barrio de los Austrias, entonces todavía un Madrid en el que se podía respirar el aire zarzuelero o galdosiano. Fue la primera noche.

Las limpias fachadas ahora de la calle Arenal.

Las limpias fachadas ahora de la calle Arenal.

El Palacio de Oriente...

El Palacio de Oriente…

Escena en la plaza de Oriente...

Escena en la plaza de Oriente…

La plaza de la Villa...

La plaza de la Villa…

El sábado era el día. Primer turno en La Bola, es decir a la una y media de la tarde. Con tiempo para repasar antes, a la luminosa luz de este otoño, lo que entrevimos de noche. Con un desvío al Callejón del Gato a mirarnos en los espejos deformantes donde el Valle Inclán que me acompañó en Madrid vio nacer el esperpento con los ojos de Max Estrella. Que ya no son los mismos espejos, pero nos valen también para la reverencia. Con una extensión a la zona de Ópera y Palacio de Oriente, peatonalizados y tomados por los viandantes ociosos y los artistas o vividores urbanos. Aire de gran ciudad con tono amable.

El homenaje esperpéntico a Valle Inclán en los espejos del Callejón del Gato.

El homenaje esperpéntico a Valle Inclán en los espejos del Callejón del Gato.

Azulejos en las tabernas del centro.

Azulejos en las tabernas del centro.

Es La Bola ( http://www.labola.es/  ) una taberna centenaria, bella de fachada roja e interior de maderas oscuras, con camareros en blanco y negro, bien alimentados y discretamente chistosos, expertos en servir y explicar la forma de comer el cocido, sabroso y recordable, en sus tres vueltas: la sopa, los garbanzos con repollo, y la carne, con sus salsas y su ritual lento. El establecimiento ofrece una interesante posibilidad, la de pedir cocidos individuales en olla, así que nos permitimos pedir aparte un arroz a la madrileña, que no es sino este cereal hecho en el caldo y con la carne del cocido. Y lo mejor que se puede decir es que no sabemos si estaba mejor el arroz o el plato primitivo. Dos horas de disfrute tradicional, con un vino tinto de la casa bastante agradable, sus cafés, su sorbete y su aguardiente final por cuenta de la casa, por un precio muy arreglado. Os lo recomiendo desde ya como fuente de inagotables recuerdos. Me hablaron también de otro sitio, Malacatín, pero ya os digo que es imposible coger un sábado de aquí a febrero.

Ante uno de los templos del cocido madrileño.

Ante uno de los templos del cocido madrileño.

Disfrutando.

Disfrutando.

La Bola, una hermosa taberna madrileña.

La Bola, una hermosa taberna madrileña.

Lo recomendable después de esto dicen que es una siesta, pero preferimos no caer en la tentación ni librarnos del mal, y para reposar el banquete nos metimos en un cine de Callao (estupenda ‘Relatos salvajes’), y luego paseamos por la calle Preciados, Puerta del Sol, aún tuvimos ganas de merendar churros en la agigantada Churrería San Ginés… sólo nos faltó acudir al espectáculo de Lina Morgan para cumplir con el decálogo del antiguo provinciano que visitaba la capital. Disfrutamos, qué queréis que os digamos. Como lo seguimos haciendo cuando esa noche nos reunimos con amigos eternos, viejos camaradas de la Facultad por cuyas risas no pasan los años como los calendarios no muerden nuestras ganas de vernos, contarnos, asombrarnos, relatarnos, abrazarnos ni planear futuros encuentros. Por los siglos de los siglos.

Al cine en Callao.

Al cine en Callao.

Churros en San Ginés.

Churros en San Ginés.

Y sí, fuimos al Prado para despedirnos de Madrid al día siguiente, para saludar también a El Bosco, a Velázquez, a Goya… para seguir echándolos de menos en nuestro duro invierno de esta tierra eternamente aprendiza y muchas veces ignorantemente arrogante.

Despedida con arte, en El Prado.

Despedida con arte, en El Prado.

 

Aniversario

Ulyfox | 24 de octubre de 2014 a las 1:48

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Bueno, qué os puedo contar. Son 30 años y no conviene darle publicidad. A fin de cuentas, son cosas privadas, lugares secretos e intransferibles, raciones para compartir como mucho entre dos, una cama de matrimonio, habitaciones dobles, asientos juntos en el avión por favor, fumador pasivo, ¿hoy viene usted solo?, dos cafés con leche aquí, dío kafedes elinikús glikús allí, tú pides yo te llevo las bolsas, ponte a mi izquierda por favor, vale, agárrame la mano y no tengas miedo, aún llenas los huecos de mis manos, ¿tú estás bien?, dos butacas en el pasillo y por la parte de arriba, Silvio y Pablo al principio, Aquileas y Stelios siguen, sí, un balcón al puerto, yo antes no comía tanto pan, tú planeas yo llevo los planos, esos dos nos caen bien, ya sabes a quién le dejarás tu herencia, ¿y si nos vamos de aquí?, yo creo que deberíamos comprarlo, ¿podremos hacerlo algún día? hagamos cálculos ¿treinta años más? es físicamente posible, lo mejor la comida tradicional, nunca un crucero por las islas griegas ¿qué ponen bueno en el cine? ¿llamamos a los Molina? tenemos que ir a Murcia, a Bilbao, a León, qué tristes esos domingos de trabajo, sí, claro que nos tiene que tocar algún día la lotería, qué bien te cae esa camiseta esmanguillá, mira a la cámara, el domingo haré arroz negro, qué brillo más bonito en los ojos, dos chupitos de orujo, de hierbas no, blanco, ¿por qué no ahora? ya falta menos para las vacaciones, te acompaño no hace falta te acompaño, llevamos algo cada uno, ¿quieres una cerveza? hoy llegaré tarde, ve comiendo, de verdad, ¿tienes el diario? eso no es nada, seguro, yo te aparco el coche, ya hace mucho que no comemos pasta, no, nada, sólo quería hablar contigo un rato…

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Esos dos rincones

Ulyfox | 17 de octubre de 2014 a las 13:10

Penélope en Mandrakia

Penélope en Mandrakia

 

Sí, los dejamos pendiente el otro día. Más colores, de los miles e intensos que tiene Milos en sus aguas, sus playas, sus casas, sus montañas, sus antiguas calderas volcánicas. Eran otro par de ejemplos de syrmata, esas casas que los pescadores utilizan a medias para alojar sus aparejos y sus barcas cuando el mal tiempo, excavadas en la roca y con puertas pintadas de un verde, rojo o azul intensos, diría yo que de los restos de pintura que no gastan en sus barcos. Así que esta entrada es casi simplemente para dejar constancia de que existen también otros ejemplos, aparte del excelso de Klima, de este tipo de arquitectura pedestre y rupestre, bellamente pobre.

Barcas en Mandrakia.

Barcas en Mandrakia.

Se trata de Mandrakia, en el norte de la isla, apenas un rincón de huecos con puertas rectangulares. Un recurso de los pescadores que ahora atrae a los turistas, tanto para hacer la foto como para comer en el restaurante que hay arriba, junto a la blanca iglesia y frente a un mar amplio y extremadamente azul. Es el Medusa, de justa fama, creemos por la pinta que tenían los platos que iban saliendo, pero en el que nosotros sólo tomamos un café.

Una vista parcial de Firopótamos.

Una vista parcial de Firopótamos, cercada por el azul.

El otro lugar es Firopótamos, de bello nombre y aún más bella vista. La sorpresa aparece después de la penúltima curva de una sinuosa carretera que muere inevitablemente allí, donde todo se acumula: de nuevo la iglesia blanquísima con sus dos pequeñas torres y su cúpula, las casas que se trepan unas a otras, la pequeña playa fácilmente atestada y otra más pequeña aún, casi privada y que estaba ocupada felizmente en ese momento por una única pareja con un bebé. Casi el día de playa ideal para ellos, a los que nadie molestaba en su rincón de colores y su orilla amiga.

El mar calmado llega a las 'syrmata'.

El mar calmado llega a las ‘syrmata’.

 

El único inconveniente es el de su misma belleza: su pequeñez aunada con la insistencia de la gente de llegar con el coche hasta la misma orilla. No queríamos ni imaginarnos lo que sería aquel lugar sombreado por los taranges en un día de agosto. A principios de septiembre, y con su encanto casi intacto, nos sirvió para un baño refrescante y una cerveza de relax en la pequeña cantina móvil, antes del almuerzo en Tripiti. Y cientos de fotos, claro.

Una pequeña playa doméstica al lado.

Una pequeña playa doméstica al lado.

Un rincón para tomar un refrigerio.

Un rincón para tomar un refrigerio.

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Dos detalles de una playa casi privada en Firopótamos.

Dos detalles de una playa casi privada en Firopótamos.

 

Playas de Milos

Ulyfox | 14 de octubre de 2014 a las 0:33

Una de las ensenadas de Papafragas.

Una de las ensenadas de Papafragas.

Amar las playas no es una opción. O te gustan, o las odias o las soportas, y todo eso porque sí. Nosotros las amamos, pero en cierta manera, como en una forma de amor destilada por las experiencias, los gustos y los años y que se puede resumir en pocas palabras, quizás: azul, transparente, calma, comodidad, servicios, tabernas. Y con esos términos quizá estamos definiendo las playas de las islas griegas. Sin embargo, muchos de nuestros amigos se extrañan cuando les contamos que nos pasamos el verano, aquí, con la arena y el agua que tenemos en Cádiz, sin pisar sus playas, que reúnen muchos de esos requisitos. Pero tienen una dificultad casi insalvable: sólo podemos ir algunos fines de semana, y entonces se convierte en una odisea, empezando por el aparcamiento… en fin, que no vamos.

Una vista general de Paleochori, la gran playa.

Una vista general de Paleochori, la gran playa. Abajo, Achivadolimni

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Pero en Grecia sí, claro, una de las múltiples y sentidas razones de nuestra insistencia en ir son sus playas. Y por eso también mucha gente va a Milos, por la espectacularidad de sus costas, por sus aguas, por sus formaciones rocosas, por el entorno volcánico… Sin duda, sin duda. Y Milos tiene una gran colección de playas, decenas de ellas. Aunque es verdad que pueden llamar así a una franja de arena o una colección de guijarros de apenas veinte metros de longitud y que presentan una relativa o gran dificultad para su llegada, bien porque hay que trepar o descender con cuidado o porque son tan salvajes que hay que dejar el coche muy lejos y hacer un camino polvoriento o seco bajo el sol. Y nosotros fuimos en septiembre, pero en pleno agosto debe ser difícil encontrar donde aparcar e incluso hacerse con un sitio en tan pequeños rincones. Porque, no lo olvidéis, Milos está de moda.

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Tres imágenes de la playa de Firopótamos.

Tres imágenes de la playa de Firopótamos.

Es imposible no apreciar la belleza salvaje de playas como Firiplakas, donde las rocas volcánicas parecen que mudan de color en cada mirada; o la rareza de las ensenadas inverosímiles de Papafragas; o lo aventurero de bañarse en Tsigrado tras deslizarse por cuerdas y cuestas… pero es demasiado trabajoso para quienes ya deseamos más bien la comodidad de la taberna tradicional a mano o el supremo placer de que te sirvan la cerveza directamente en la hamaca, facilidades éstas de las que están bien surtidas tantas playas griegas.

 

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Agia Kiriakí, azul y muy bien preparada.

Agia Kiriakí, azul y muy bien preparada.

Tsigrado, la de difícil acceso.

Tsigrado, la de difícil acceso.

Por eso, después de hacer el recorrido fotográfico por lugares como Sarakiniko, Agia Kiriaki o Tsigrado, lo que nos apetecía era la taberna O’Xamos! y su playa de Papinikou, tan junto a Adamas, tan bien surtida de confort doméstico. Las grandes playas están al sur, y todas son recorridas por los numerosos barcos que hacen las concurridas excursiones marítimas. Por no hacerla nos perdimos la popular Kleftiko, llena de farallones, cuevas y ensenadas… pero es que cada vez soportamos peor ir en grandes grupos.

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La salvaje y volcánica Firiplaka.

La salvaje y volcánica Firiplaka.

Papinikou es mucho más modesta, apenas unos metros de arena entre el agua y la carretera, sombreada en buena parte por los taranges, pero tiene un atento e incansable servicio de camarera todo el día, y allí el mar se serena como si estableciera contigo una conversación amigable en la que entras y sales, escuchas y abres la boca cuando te apetece. Allí asentábamos nuestros reales, con dos toallas horteras y baratas que compramos para la ocasión, porque no nos preocupaba ocultar nuestra condición de turistas: una especie de Barbie y una bandera griega fueron nuestras enseñas desde que llegamos a Milos, y allí nos acompañaron en nuestro recorrido por Creta, Paros, Koufonisia y Mikonos, y allí quedaron. Y tal vez, seguro, alguien las habrá heredado.

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En la doméstica Papikinou, junto a Adamas, sentamos nuestros reales.

En la doméstica Papikinou, junto a Adamas, sentamos nuestros reales.

 

Oda a un huevo frito

Ulyfox | 7 de octubre de 2014 a las 13:57

Huevo frito con su pan, en la taberna O' Xamos de Adamas.

Huevo frito con su pan, en la taberna O’ Xamos de Adamas.

La taberna O! Xamos, como para no disfrutar...

La taberna O! Xamos, como para no disfrutar…

Creo, disculpen la ignorancia, que en sus Odas Elementales, Pablo Neruda no dedicó ninguna a un huevo frito, y eso que las tiene dedicadas al ajo, a la alcachofa, al vino, a la tristeza… incluso a Stalin. Pero, creo, ninguna al huevo frito. Y eso es sin duda porque no ha estado en la isla de Milos ni en la Taberna O! Xamos, donde te preparan un huevo frito con su pan incorporado inolvidable. Con esta presentación no tienes que preocuparte de mojar: cortas, y el pan, una deliciosa rebanada artesana y natural, se va impregnando poco a poco de la yema. Si a eso le acompañas la calidad del producto el plato resulta inmejorable ni siquiera por las mejores manos del mejor chef mundial. Puro sabor, antiguo y reconfortante, reconciliador con el paisaje, con el paisanaje y con tu propio apetito. Si sois de la cofradía del huevo de campo, ahí tenéis una posible sede.

Además del huevo, 'pitarakia' y cabrito guisado.

Además del huevo, ‘pitarakia’ y cabrito guisado.

Una de las sorpresas de Milos, que no es que vaya a figurar entre nuestras islas griegas favoritas pero es muy curiosa, es lo extraordinariamente bien que se come. En muchas ocasiones nos recordó a Creta por la sencillez y buena calidad de su cocina tradicional, e incluso por la forma de trabajarla, muy apegada a la tierra y el mar cercanos. Nos parecieron exquisitas las pitarakia, una variante isleña de las empanadillas de queso, las tiropitakia tan frecuentes en toda Grecia. Y la forma en que presentan también ese pan seco con queso, aceite, tomate y alcaparras, es decir el típico dakos cretense. Para sorpresa sublime, la que nos dieron en el restaurante Enalion del pueblo de Pollonia, con unos mejillones abiertos simplemente con un poco de vino y hojas de limón. Excelsos. El encargado nos dijo: es muy fácil, las hojas de limón le dan un sabor potente pero suave, el vino blanco y … very important, que los mejillones sean muy frescos. Claro.

'Dakos', mejillones con hojas de limón y 'taramosalata' en el Elaion de Pollonia.

‘Dakos’, mejillones con hojas de limón y ‘taramosalata’ en el restaunrante Enalion de Pollonia.

Tuvimos unas muy buenas experiencias en varios lugares, aparte de los nombrados, que deberíais apuntar por si vais alguna vez por Milos: Kynigos y Mikros Apoplous en Adamas, Ayyelikí en Tripiti, cerca de Plaka, y nos quedamos con ganas de probar el Archontoula allí mismo. Pero a donde más volvimos fue al simpático, precioso y sabroso O! Xamos, en la tranquila y doméstica playa de Papikinou, muy cerca de Adamas. Por razones evidentes.

Y ahora, boquerones en vinagre, patatas gratinadas con queso, huevas de erizos y más 'pitarakia' en Kynigos de Adamas.

Y ahora, boquerones en vinagre, patatas gratinadas con queso, huevas de erizos, ensalada de lentejas y más ‘pitarakia’ en el Kynigos de Adamas.

 

Klima, los colores de Milos

Ulyfox | 3 de octubre de 2014 a las 13:50

Vista general de Klima, en la isla de Milos.

Vista general de Klima, en la isla de Milos.

No debía de vivirse muy a gusto en este lugar en los tiempos difíciles, aquellos en que Milos era una isla de mineros y pescadores. En Klima, fascinante rincón de blanco y colores, modelo de mimetización y adaptación del hombre a su medio de trabajo, ahora los turistas vamos buscando el encanto que le encontramos a los pueblecitos de pescadores de las islas griegas: casas encaladas con puertas pintadas con pintura de barco, y de ahí esos colores (chrómata, en griego, claro) que estallan tan bien en las fotos desde que la desaparecida Kodak inventó su sistema, el mar lamiendo los umbrales inexistentes, y decenas de miniembarcaderos individuales. Son las llamadas syrmata, esas viviendas de pescadores típicas de esta isla, y que existen también en otros lugares como Mandrakia o Firopótamos, aunque no con esta abundancia. Pero en aquellos tiempos duros, no tan lejanos, en los que el turismo no daba de comer en Milos, debía de ser difícil ser habitante de estas aldeas, comunicadas sólo por mar o por caminos enrevesados y empinados, y azotadas por los temporales, aquellos años en los que el mar debía adueñarse más de una vez de los hogares, tan asomados al agua.

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Otra vista, hacia el otro lado.

Otra vista, hacia el otro lado.

Ahora, en cambio, casi estaría por asegurar que quienes aún tienen su casa aquí, la vivienda en la planta alta, el almacén para los barcos y los aparejos en la baja, o quienes las alquilan para temporadas en verano, son unos privilegiados. Excepto en las horas puntas del día, en las que los turistas invaden su estrecho muelle para retratar esta singular visión, como uno de los recuerdos más buscados de la isla, o los barcos de excursiones asedian el enclave desde el mar, debe de ser un lugar bastante tranquilo y privado: el baño mañanero o al atardecer a un paso en unas aguas limpias, la cocina a mano y las sillas y sofás siempre dispuestos. Además, si estás acostumbrado a moverte por la estrecha y serpenteante carretera que te comunica con la capital y el puerto de Adamas, lo tienes todo a una distancia casi insignificante.

Unas niñas afortunadas.

Unas niñas afortunadas.

En el rato que pasamos allí pudimos ver familias disfrutando del mar, otras dentro de las casas en actitud que aparentaba reposo después de una buena comida, y otras que llegaban a una de las casas con un cargamento de utensilios y víveres que hacían adivinar una o varias noches de cenas a la luz de la luna y frente al mar. Sobre todo, y por lo visto, estas syrmata y su entorno deben de ser una especie de paraíso vacacional para los niños, que, digan lo que digan, disfrutan mucho más chapoteando y jugando a cazar cangrejos o a simular ser pescadores que frente a una pantallita. O simplemente, gran enseñanza, aprendiendo a aburrirse en las largas horas de siesta de los mayores. Como en los míticos veranos azules de aquella otra pantalla más gorda.

Penélope entre colores.

Penélope entre colores.

Nosotros, es decir Penélope, maniobró en la bajada por la difícil aunque corta carretera para dejar el coche alquilado aparcado en la difícil posición en la que suelen dejarlo los nativos. Bueno, no tanto, porque ellos se acercan más a la orilla. Pasamos junto a algún resto de muralla y miramos hacia arriba para divisar Plaka, la alta y blanca capital. Y echamos de menos, qué raro, la existencia de al menos un café en el lugar. Quizá sea mejor así, pero nos extrañamos de que estos griegos, tan aficionados, no hayan puesto una taberna o al menos unas mesas sobre uno de estos muelles, tan bonitos, recogidos y protegidos. Quizá sea mejor, sí, y el lugar, tan mágico, deba permanecer así de privado. Que miremos y no toquemos.

Y más colores.

Y más colores.

 

Debajo, Klima, y arriba el caseríode Plaka.

Debajo, Klima, y arriba el caserío de Plaka.

 

El hogar de Venus

Ulyfox | 30 de septiembre de 2014 a las 21:29

El lugar donde fue hallada la Venus de Milo, en Milos...

El lugar donde fue hallada la Venus de Milo, en Milos…

... y la placa que lo recuerda.

… y la placa que lo recuerda.

No había nadie en el escondido lugar, a unos metros por debajo del camino que conducía al teatro griego de Klima, la antigua y espléndida ciudad de la que apenas quedan ese teatro con una vista imponente sobre el mar Egeo y unos restos de poderosa muralla. En ese sitio sombrío (y fresco) bajo un árbol modesto y junto a unas piedras que antes fueron muro, un pastor encontró una escultura de mármol de Paros que asombra al mundo desde un salón parisino, pintado con relajante color. En un rincón de Milos apareció esa espléndida representación de Afrodita, y al poco tiempo, ya unas manos expertas y seguramente ventajistas la llevaron al Louvre para que a partir de ese momento fuera conocida en todo el orbe, y estudiada en todos los libros como La Venus de Milo.

Afrodita, o la Venus de Milo, en su sala del Louvre.

Afrodita, o la Venus de Milo, en su sala del Louvre.

Allí está, y si queréis verla en el Museo más famoso de la Tierra tendréis que soportar multitudes a su alrededor, una auténtica estrella del arte, admirada como obra maestra incluso por los millones de personas que no saben donde está Milos ni lo que significa el arte clásico griego. Sin embargo, allí en su patria chica (y tan chica) sólo queda de ella un modesto cartel en el camino y, más abajo, triscando un poco, una placa conmemorativa hecha de mármol, ese mismo material tan cicládico y tan duro que los griegos supieron hacer suave y sugerente.

El discreto cartel en el camino.

El discreto cartel en el camino.

No todo lograron llevárselo a la Europa que entonces se creía (y aún sigue haciéndolo) más civilizada que quienes modelaron nuestra civilización. En ese descuidado rincón sombrío lleno de hojas, de musgo y de ramas muertas, que debe de ser helado y aún más solitario en invierno, aún queda la emoción del hallazgo y de la cuna.  Y supongo que el orgullo de los pobres, más o menos enterrado.

Un teatro griego bien situado.

Un teatro griego bien situado, en la antigua Klima en Milos.

 

Un dragón sobre Milos

Ulyfox | 27 de septiembre de 2014 a las 18:25

Penélope viendo atardecer en Plaka.

Penélope viendo atardecer en Plaka.

Milos no deja de ser una isla griega, y a las islas griegas mucha gente va a ver atardeceres. En todas ellas, sobre todo en las Cícladas infinidad de lugares, locales, bares y restaurantes se publicitan como sitios donde ver atardecer. Estoy pensando en la caldera de Santorini, en la Pequeña Venecia de Mikonos, en los barcos que salen a esa hora desde el puerto de La Canea, en la Portara de Naxos… En Milos, el observatorio oficial para contemplar lo que los griegos llaman iliovasílema está en las alturas de Plaka, la antigua capital de la isla, un primoroso pueblo blanco de calles cubiertas por buganvillas y trazado laberíntico. Y allí está el Café Utopía, que se llena a la hora de atardecer en verano.

El dragón, digo yo, que voló al atardecer.

El dragón, digo yo, que voló al atardecer.

Estar allí a esa hora supone un ejercicio de cálculo, puesto que no hay que ser meteorólogo para saber que el atardecer no tiene horario fijo. El cálculo consiste en estar al menos tres cuartos de hora antes, o una hora, para que la fila primera del café, la que está situada casi a pico sobre la ladera, tenga al menos un hueco, porque las demás mesas no están ni mucho menos tan bien situadas, aunque la merma del bello espectáculo no es muy grande. Nosotros fuimos muy bien orientados por Voula, la atenta encargada del Villa Zampeta, y conseguimos una localidad de primera para el ocaso.

Mosaicos ante una iglesia de Plaka.

Mosaicos ante una iglesia de Plaka.

Plaka en las alturas de Milos,

Plaka en las alturas de Milos,

El palco es hermoso, privilegiado: sillas cómodas y música clásica tranquila para contemplar una función que se repite desde millones de años, que llenaba de terror a nuestros primeros antepasados homínidos y que ahora fascina a los turistas. Los del Café Utopía tuvieron, al menos, la delicadeza de no aplaudir cuando el sol emitió su último rayo de ese día de primeros de septiembre.

 

El suelo de una calle en Plaka.

El suelo de una calle en Plaka.

Fue hermoso, fue apacible y fue diferente, porque desde un rato antes de la puesta de sol una gran nube se instaló sobre el islote de enfrente que daba profundidad a la escena. Y no hizo falta entregarnos a ese fascinante y divertido juego infantil de encontrar parecidos a las nubes: para mí aquello, con la luz dorada de esa hora, era claramente un dragón, con sus alas, su cola y su cabeza, rodeado de fuego. Y si no lo era, a ese juego jugué durante un montón de minutos, mientras la luz fue perdiendo brillo y ganando misterio y en el Café Utopía el público seguía con un casi silencioso respeto el desarrollo de la función. Hasta el siguiente día.

 

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El casco urbano de Plaka.

El casco urbano de Plaka.

Promesa en firme

Ulyfox | 22 de septiembre de 2014 a las 19:54

Interior de la mezquita Suleymaniye, en Estambul.

Interior de la mezquita Suleymaniye, en Estambul.

Llevamos los ojos y el equipaje llenos de lugares, amigos, sabores, momentos de casi un mes de viaje. Lluvias y soles, luces de todos los colores y todos los olores, roces de multitud y soledades de horizonte. Demasiadas cosas tal vez para aislarse un momento y ponerse a escribir. Está habiendo conversaciones, canciones de Xilouris y Theodorakis a dúo inesperadas, el despacho transparente de un imán en Estambul, encuentros con el Mediterráneo más amistoso imaginable, navegaciones de amanecida y noches frías de aeropuerto. Y muchas fotos, de las cuales tal vez la más hermosa fue la que no pudimos hacer.

Todo irá cayendo, está prometido. Pero tal vez ya para el regreso, cercano y tampoco temido.

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Sarakiniko, cartel de Milos

Ulyfox | 12 de septiembre de 2014 a las 0:22

Vista de la playa de Sarakiniko.

Vista de la playa de Sarakiniko.

Rodeada de blanco.

Rodeada de blanco.

Para cosas como esta es para las que mucha gente viene a Milos. Para acudir a ver la playa de Sarakiniko. Bañarse en ella es ya algo más complicado. En realidad, es sólo un trocito de arena, dos pasos, unos metros en los que el mar se adentra en la tierra, rodeado de piedras blancas que reflejan el sol de una manera casi tortuosa. Y tiene que soportar la visita de centenares de personas en verano, grupos de turistas de todas las nacionalidades que se sienten atraídos por esta rareza: rocas erosionadas por el viento, de un blanco casi inmaculado, con las formas que el capricho del viento modela.

En el fondo es una playita.

En el fondo es una playita.

Aunque con un camino lunar.

Aunque con un camino lunar.

Tuvo que ser un gusto venir a esta playa cuando Milos no estaba de moda. Ser de los primeros y pocos en asombrarse. Ahora es una excursión y una fila de gente, algunas de las cuales desafían las leyes de la natural tendencia que tiene el ser humano al confort, y se tiran frente al sol sin una mínima sombra. Y eso significa MUCHO calor en esta sartén de piedras que reflejan la luz del mediodía.

Los turistas la tomamos al asalto.

Los turistas la tomamos al asalto.

Tomando el sol en cualquier lado.

Tomando el sol en cualquier lado.

 

Pero es hermoso, sin duda.

Pero es hermoso, sin duda.

Pero es, admitámoslo, asombroso el paisaje. Casi como una Capadocia en el mar, pasto para fotos y para posados estrambóticos de turistas captores de imágenes. Es espléndido cómo la naturaleza se mostró de pródiga con Milos, y cómo ahora esta isla torturada durante siglos, saca ahora rentabilidad de lo que la hizo sufrir. Bienvenido sea, y aprovechemos para hacer fotos.

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