Kastellorizo, el refugio del Mediterráneo

Ulyfox | 17 de octubre de 2018 a las 0:39

Kastellorizo a veces  no parece real.

Kastellorizo a veces no parece real.

 

No hace tanto que hemos vuelto, pero no de las vacaciones, sino de nuestra vida allí, en Grecia. Aún conservamos una leve huella del sol del Egeo en nuestra piel, muy leve a la vista pero muy profunda en nuestra dermis (ay, esa lengua griega). Como las capas de cal que acumulan desde hace siglos las casas de las Cícladas deben ser las capas que nuestro cuerpo ha ido añadiendo durante las dos décadas y media que hace que visitamos la eterna Hélade, sin cansarnos. Cada año acudimos a que nos den esa lámina protectora que necesitamos para andar el resto del año. El color se va, pero os juro que la imprimación permanece.

Así que aquí estamos, por supuesto haciendo planes ya para el año que viene, de nuevo lamentando que esta vez tampoco hayamos podido extender nuestra estancia hasta alcanzar, a finales de octubre, las fiestas de destilación del raki en Creta, con nuestros amigos. Brindaremos por ellos en pocos días, porque algo de ese elixir sí que nos hemos traído. Para compartir, por supuesto, porque, si no, no tiene sentido.

Recién aterrizados en el aeropuerto de Kastellorizo.

Recién aterrizados en el aeropuerto de Kastellorizo.

Este año el periplo ha sido largo e intenso, un mes lleno de descubrimientos y de reencuentros como pedía Kavafis, de norte a sur y de este a oeste del privilegiado país griego que tanto amamos. Aterrizamos una noche en Rodas el 1 de septiembre y, después de una espléndida cena tardía en la Taberna Nireas y de unas pocas horas de sueño, nos embarcamos en un avioncillo de camino a la isla de Kastellorizo, un diminuto trozo griego a un tiro de piedra de la costa turca, a poco más de media hora en barco desde la bella Kas. El amanecer nos pilló tomando tierra en el aeropuerto de Kastellorizo, una pequeña pista entre riscos. Y a partir de ese momento, tres hermosos días en los que estirar el tiempo, que ya por sí solo tendía a estirarse allí.

La vista desde la habitación del Hotel Kastellorizo.

La vista desde la habitación del Hotel Kastellorizo.

Casi lo primero que hicimos nada más llegar y tomar posesión de la habitación en el hotel que lleva el mismo nombre de la isla (habíamos estado allí también hace lo menos 15 años), fue darnos un baño en el puerto, a pie del hotel, mientras los amables propietarios nos preparaban un café con un dulce casero. La mañana era luminosa, el viento estaba en calma, la temperatura ideal… creo que en estas tres frases he definido la perfección.

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Café y baño para empezar el periplo griego en el puerto de Kastellorizo.

Café y baño para empezar el periplo griego en el puerto de Kastellorizo.

Kastellorizo (derivado del nombre que le pusieron los italiano Castello Rosso, y también llamada Megisti o Meisti por griegos y turcos, es poco más que un puerto precioso, con algunas (cada vez más) casas rehabilitadas, y en cierta forma salvada de la desaparición por el turismo, escaso pero entusiasta. Llegó a tener 15.000 habitantes y a ser una de las escalas más importantes entre Turquía y Chipre. Ahora son tres centenares escasos las personas que residen permanentemente en la isla, después de la despoblación que sufrió en el pasado siglo, sobre todo con la emigración a Australia. En la actualidad, muchos de los hijos de aquellos que se fueron están volviendo y rehabilitando sus viviendas. En realidad es un paraíso de tranquilidad y aguas azules con casas neoclásicas de todos los colores alrededor de los muelles. Ser australiano y heredar una casa en Kastellorizo debe de ser el guión soñado para una de esas películas, tan placenteras, de reivindicación de la vida sencilla. Por la ladera de la montaña que asciende hasta el aeropuertos se esparcen muchas casas en ruinas a la espera de esa mano salvadora. Es curioso que en el tratado con Turquía que acordó el traspaso a Grecia de la isla se especifica que Kastellorizo volverá a ser turca si la población baja de 150 habitantes. Si existió alguna vez ese peligro, parece que ahora se ha conjurado.

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El día y la noche en un rincón del puerto.

El día y la noche en un rincón del puerto.

Aparte del puerto natural, en forma de U, en el que se concentran la mayoría de los edificios, la isla tiene un par de monasterios (uno de ellos en las alturas tras un agotador camino hacia el aeropuerto) y nada más. Ni siquiera tiene playas, aunque los lugareños le han dado ese apelativo a un recodo en un islote con una capilla, una cantina y unas plataformas con hamacas: la playa de Agios Georgios, es decir San Jorge. El agua es transparente, eso sí. Sus principales monumentos son el castillo turco en ruinas, una mezquita en un saliente precioso del puerto y una tumba licia excavada en la roca, de las que tanto abundan en la costa turca opuesta. Entonces, ¿por qué ir a Kastellorizo? Nosotros lo hicimos la primera vez tras ver la película Mediterráneo de Giuseppe Salvatores, y lo mismo hicieron miles de italianos. Si no habéis tenido la ocasión, buscadla. Es como una obra sencilla y, al menos para nosotros, emocionante. La acción transcurre allí, con un destacamento italiano durante la Segunda Guerra Mundial de protagonista, aparte de los habitantes del pueblo. ¿Por qué volver? Porque fuiste una primera vez y no se te olvida.

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Ante una de las casas protagonistas de la película ‘Mediterráneo’.

Paseos y baños por el puerto, la mejor actividad.

Paseos y baños por el puerto, la mejor actividad.

Así que realmente no hay mucho que hacer: pasear por el precioso puerto, contemplar cómo la luz de las diferentes horas incide en las casas, cenar junto a los muelles, caminar hasta la cercana bahía de Mandraki y darse un chapuzón, ver ahí mismo como las tortugas se alimentan de peces, almorzar en la taberna unas gambas de Symi, pequeñas y deliciosas, subir o intentarlo al menos hasta el monasterio en la montaña y tomar fotografías, acercarse a la ‘playa’ de Agios Georgios, visitar la tumba licia… y sentir el extraño e insólito placer de sentirte dueño de tu tiempo. Impagable.

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La tumba licia de Kastellorizo, la única en Grecia.

Unas gambas de Kastellorizo, un vaso de tsipouro enla bahía de Mandraki...

Unas gambas de Kastellorizo, un vaso de tsipouro enla bahía de Mandraki…

Dar una pequeña caminata hasta la tumba licia, ver tortugas en Mandraki...

Dar una pequeña caminata hasta la tumba licia, ver tortugas en Mandraki…

Visitamos hace más de una quincena de años Kastelorizo por primera vez. Éramos cuatro turistas, y más de la mitad italianos. Ahora hay nuevos hoteles, más restaurantes y bares en los muelles y, sobre todo, varias excursiones diarias desde Turquía que llenan durante las horas centrales del día la capital y única población de la isla. Pero el espíritu permanece. “Para los que andan huyendo” decía la dedicatoria de la película de Salvatores… Pues eso.

Kastellorizo, desde la montaña

Kastellorizo, desde la montaña

El encantador rincón de Agios Georgios. Una capilla, una taberna, una playita...

El encantador rincón de Agios Georgios. Una capilla, una taberna, una playita…

La mezquita del pasado otomano aún domina un extremo del puerto.

La mezquita del pasado otomano aún domina un extremo del puerto.

La fachada de Orvieto

Ulyfox | 8 de octubre de 2018 a las 14:40

La fachada principal de la catedral de Orvieto, encendida con el sol poniente.

La fachada principal de la catedral de Orvieto, encendida con el sol poniente.

 

Orvieto tiene un nombre precioso. Con su origen, claro, en el periodo etrusco, esos misteriosos y apasionantes antecesores de los romanos, como muchas otras ciudades de la Italia histórica, en Toscana y Umbría sobre todo. Fue tan importante y tan antigua que los romanos ya la llamaron Urbis Vetus, es decir, Ciudad Antigua, y de ahí su denominación actual. Además de la historia de su nombre, hay veces en que una ciudad, un pueblo, se resumen en unos pocos metros cuadrados de monumento, en una fachada imponente; en el caso de Orvieto, la de su catedral.

La vista de Orvieto desde la lejanía.

La vista de Orvieto desde la lejanía.

Desde muchos kilómetros antes, viniendo del interior, la silueta de Orvieto se puede divisar en lo alto de una gran roca y ya desde esa distancia destaca la figura de su Catedral, un edificio que empezó como románico, se continuó como gótico y culminó como maravilla. Hay obras que merecen por sí solas el desplazamiento. ¿Habrá iglesias en Italia? ¿Habrá oratorios, catedrales, basílicas únicas y magistrales? La de Orvieto es única. Las hay parecidas, es verdad, y además no muy lejos, en Siena el Duomo recuerda mucho a esta. No sabemos lo que la hace única, pero es muy posible que sea una causa que se repite todos los días desde hace siglos: el sol se pone y le da de lleno a esa hora, mágica como pocas. Debe de ser Orvieto uno de los pocos lugares en los que esa moda, la de ver atardecer, se ejercita de espaldas al sol. La gente se aposta a esa hora ante la Iglesia, y no mira el ocaso, y eso que Orvieto ofrece un mirador privilegiado a la Toscana circundante. La gente se pone a mirar la fachada, porque entonces se incendia y los colores de sus mosaicos, las sombras de sus relieves, los reflejos de sus dorados son más cálidos, mágicos dirían otros. El resto del día hay más luz, pero es más dura, menos matizada, más cruel incluso.

Visión nocturna.

Visión nocturna.

Nosotros, por poco no alcanzamos a verlo por culpa de la intrincada y retorcida red de carreteras de la Italia campestre interior. En realidad, el fenómeno estaba acabando cuando llegamos ante la obra maestra. No importa, entonces el aire era más rosado y la admiración fue absoluta.

En las calles de Orvieto, Penélope y Pepa.

En las calles de Orvieto, Penélope y Pepa.

Rodeada de tantas hermanas hermosas, no es Orvieto tan visitada como sus vecinas de Toscana, pero tiene como muchas de estas extraordinarias poblaciones de Umbría numerosos atractivos, calles de piedra, murallas, un ingente pasado etrusco, iglesias, arcos y callejas escondidas, palacios de antiguos nobles y burgueses riquísimos, y muchas galerías, pozos y túneles que siempre ha facilitado la piedra porosa sobre la que se asienta. Es un sitio extraordinario, y además, todo hay que decirlo, de los lugares donde mejor comimos. No recuerdo el nombre del restaurante, pero sí un lardo (tocino) sobre tostadas, una pasta con tomate y una coda alla vaccinara (rabo de ternera guisado) exquisita.

El paisaje de Umbría, desde lo alto de Orvieto.

El paisaje de Umbría, desde lo alto de Orvieto.

A pleno sol.

A pleno sol.

Recordadlo, Toscana es hermosa, llena de lugares imposibles de conocer todos en unas vacaciones normales, pero si podéis no os olvidéis de Umbría, de Orvieto.

 

El centro de Orvieto. La Piazza de la República.

El centro de Orvieto. La Piazza de la República.

 

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El Palazzo del Popolo, en la plaza del mismo nombre.

El Corso Cavour, con la Torre del Moro al fondo, otro de los emblemas de Orvieto.

El Corso Cavour, con la Torre del Moro al fondo, otro de los emblemas de Orvieto.

De nuevo en el camino

Ulyfox | 31 de agosto de 2018 a las 14:46

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Estamos a unas horas de emprender un nuevo viaje, cuando la inmensa mayoría ya tiene su maleta a bordo para emprender el camino de regreso. Hay mucho de sentirse especial en estas fechas cuando oye uno por todas partes eso del comienzo del curso, el final de las vacaciones, la vuelta al cole, la operación retorno… y por el contrario uno va de salida, de ilusión, de comienzo.

Así es, nos vamos. En un día estaremos en Grecia. Esta vez, el mes entero, de paso por Rodas, Kastellorizo, Symi, Nysiros, Tilos, Creta, Paros y Mykonos, si no se me olvida nada. Treinta días de reencuentros y hallazgos, otra vez. Y no nos cansamos. Este verano creo que hemos hecho varios adeptos más a la causa filohelénica. Varios amigos a los que hemos asesorado en sus viajes y que, si hay que creerlos, han estado encantados. ¡Qué nos van a contar a nosotros!

En principio no pensábamos hacer todo el mes en Grecia. Queríamos haber visitado antes, unos diez días por ejemplo, Austria y tal vez Suiza. Hallstat era el pueblo objetivo de Penélope. Precioso, con sus casitas, sus tejados, su iglesia de campanario agudo… todo al lado de un lago bucólico y romántico. Tan perfecto, pero tan dificultoso de llegar que al final cejamos en nuestro empeño. Recordamos también en esos días de preparación nuestra visita a Alsacia de hace un par de años, y lo mismo: todo tan perfecto, las flores y los jardines tan ordenados, las casas tan bien pintadas, que nos parecía que debajo debía esconder alguna película de terror, exagerando, claro.

Pero además, las noticias de estos últimos meses sobre la deriva xenófoba de esas regiones europeas, el miedo y el odio al extranjero que se está propagando por allí… que nos decidimos a ‘castigarlos’ a nuestra pequeña e insignificante manera: nos vamos con los que nos gustan, con los que son nuestra familia prácticamente, el Sur. Y ahí pensamos estar un mes, disfrutando del mar, los paisajes, la comida, la bebida, el aceite, las noches mediterráneas.

Así somos, qué le vamos a hacer.

Hasta la vuelta y que empecéis bien el curso

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Bañados en ocre

Ulyfox | 31 de agosto de 2018 a las 14:31

El acantlado de ocre de Roussillon.

El acantlado de ocre de Roussillon.

El ocre es un color, eso lo sabe todo el mundo. El ocre es también un paisaje, y no sólo sobre un lienzo. En ocre también se puede bañar uno si visita ciertos pueblos de Provenza y pasea ciertos senderos hasta acabar, si uno no anda listo, teñido en ese tono amarillento y rojizo a la vez, llamémosle carmesí. Puede llegar a ser incluso un medio de vida para comunidades enteras. Es un mundo, pequeñito pero singular, que se puede resumir en unas cuantas calles de un casco antiguo: el del pueblo de Roussillon.

 

El pueblo de Ruossillon, desde sus exteriores.

El pueblo de Ruossillon, desde sus exteriores, y algunas vistas de sus calles

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Este es un punto rojo en el mapa de Francia que durante muchos años vivió precisamente de la explotación de sus minas de ocre y de su comercialización para ser utilizado en pinturas y cerámicas. Como una mina artística, podríamos decir. Aún hoy, el pueblo aprovecha en buena parte esta estela colorida. En sus afueras se encuentra el Sentier (sendero) des Ocres, con dos recorridos que se pueden hacer en aproximadamente media o una hora y que consisten en un paseo con algunas pendientes y pasarelas entre pinares y castañares, pero sobre todo por paisajes de barrancos que se podrían llamar lunares o marcianos, con el mineral de ocre en la superficie. Un goce sorprendente en el que no dejar de disparar la cámara, sobre todo si el día es soleado y todas las tonalidades del ocre se mezclan como en un cuadro puntillista o impresionista. Mucho cuidado hay que poner en no llevar prendas blancas porque pueden quedar teñidas para siempre.

La combinación de colores en los Ocres de Roussilon.

La combinación de colores en los Ocres de Roussilon.

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Pasear por el sendero es un auténtico baño de color.

Pasear por el sendero es un auténtico baño de color.

Mucho más ordenada es la paleta en el caserío de Roussillon. Allí, una normativa municipal obliga a los vecinos a pintar sus fachadas en cualquiera de las aproximadamente 40 tonalidades del ocre. La imagen del conjunto es hermosa, incluso aumentada si la lluvia o el sol degradan de manera natural los colores de las casas. Por eso andar por las calles es una sorpresa en cada esquina. Al final del pueblo, un poco antes del sendero se encuentra el Conservatoire des Ocres et de la Couleur, que no es más que un centro y taller artístico en donde además el visitante puede aprenderlo todo sobre el ocre, su historia y sus aplicaciones.

Un recuerdo impresionista e imborrable.

Un recuerdo impresionista e imborrable.

Roussillon se encuentra en la comarca de los pueblos de montaña del Luberon, y muy cerca de localidades muy visitadas por sus bellezas, como Gordes y Bonnieux, esa Provenza escondida y alejada, pero no demasiado como para hacerla inaccesible, de imanes turísticos tan importantes como Aviñón y Aix en Provence. Los campos de lavanda florecidos en verano y las viejas abadías románicas y góticas entre colinas verdes aumentan su atractivo. Y el baño de color está asegurado.

 

Toscana escondida

Ulyfox | 3 de agosto de 2018 a las 18:30

Vista general de Pitigliano, sobre la roca.

Vista general de Pitigliano, sobre la roca.

Bueno, no está tan escondida. Ya casi no hay lugares escondidos en este planeta, sobre todo si hablamos de países tan turísticos como Italia, o cualquier otro europeo. Es verdad que nosotros buscamos esos rincones, tan atractivos como los más famosos y seguramente mucho más auténticos, aunque eso siempre es relativo: solo los autóctonos saben lo que es auténtico. Nosotros, los forasteros, sólo podemos hablar de lo que nos parece. En cualquier caso, nosotros siempre vamos buscando lo (que nos parece) bello. Y esos pueblecitos del interior de la Toscana nos lo parecían.

Calles del interior de Pitigilano.

Calles del interior de Pitigliano.

Pitigliano y Sorano, esos son sus nombres. Pueblos fuertes, amurallados, uno por su misma situación sobre una roca y el otro por un modesto muro casi invisible, pero con hermosa puerta y todo: lo que para nosotros significa escondido. Los había encontrado, en su afán explorador sobre los mapas, Penélope, que más parece muchas veces merecer el nombre de Ulises. Se encontraban en nuestro camino previsto desde que debíamos desembarcar en Porto Santo Stefano y la brillante ciudad de Orvieto, la de reluciente catedral. Apenas dos paradas, dos altos agradables para llegar a buena hora.

Pacita de Pitigliano.

Pacita de Pitigliano.

Un poco antes de mediodía llegamos a Pitigliano, y la silueta hermosa de su caserío antiguo nos recibió desde una curva de la carretera. Preciosa imagen, antigua estampa de piedra rubia, tejados rojos y la imprescindible torre del Duomo dominándolo todo. Hacía calor, en las calles no había mucha gente a esa hora canicular, apenas unas cuantas personas que como nosotros buscaban pasear por la escasa sombra que permitía un sol casi en todo lo alto. Cuestas, alguna iglesia pequeña escondida en una plazuela que casi no merecía ese nombre, una judería oscura a la que llaman Pequeña Jerusalén, un Duomo modesto con una torre fortificada, y a la entrada, para dulcificar el camino, una fuente de mármol travertino en una plaza amplia con vistas al valle. A su lado un impresionante palacio, el de los Orsini, la familia que era dueña de los contornos, supongo. Comimos en Pitigliano, porque en Italia las horas de almuerzo son increíblemente tempranas para nosotros, y no lo hicimos de manera especialmente memorable. La renombrada trufa parecía haber perdido su aroma. Ni mal ni bien.

La catedral de Pitigilano.

La catedral de Pitigliano.

 

La Fontana delle Sette Canelle.

La Fontana delle Sette Canelle.

 

Fachada del palacio Orsini.

Fachada del palacio Orsini.

La siguiente parada, entre carreteras estrechas y sinuosas, estaba en Sorano. Aquí, tras la sobremesa, el calor apretaba, y el paseo se acompañó con uno de esos helados en los que los italianos son unos maestros. El pueblo dormía la siesta o acababa de despertar en el caso de algunos pocos que abrían sus tiendas. Si en el caso de Pitigliano las fachadas eran de un gris como enfoscado sin lucir, en Sorano abundaba el color toscano, esos tonos pasteles tan identificativos. Parecía tener como… más clase, para entendernos. Una roca enorme en el centro del pueblo alberga una torre señorial. Desde su altura se domina todo el contorno, y parece tener una conexión visual evidente con el castillo al otro lado. Alrededor, todo es un bosque frondoso. El paseo por sus calles deja la sensación de una agradable tarea de sube y baja que se realiza sin esfuerzo, y como si al acabarla hubieras aprendido algo, sin poder indicar muy bien lo que es.

Vista del castillo y parte del caserío de Sorano.

Vista del castillo y parte del caserío de Sorano.

De esta manera, a lo tonto, ya estábamos en el pomeriggio, esa hora de la primera tarde de nombre tan maravilloso en italiano. No estábamos demasiado lejos de Orvieto, pero no contábamos con la intrincada red de carreteras de esa zona llena de pueblecitos. Atravesamos algunos preciosos, nos perdimos en otros cuyo nombre no recuerdo, extraviamos algunos cruces, de manera que llegamos casi a punto de perdernos la brillante luz de la fachada de la catedral de Orvieto al atardecer. Por poco…

Pero esa es ya otra historia.

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Dos imágenes del interior de Sorano.

Dos imágenes del interior de Sorano.

 

Getaria, el norte sonriente

Ulyfox | 6 de julio de 2018 a las 12:27

La kale Nagusia de Getaria.

La kale Nagusia de Getaria.

 

Habría parecido increíle, pero la gente se despojó de los chaquetones, algunos hasta de los jerseys. Era el norte de España a principios de enero, pero de pronto hacía un calor impropio y lucía un sol alegre. El mar seguía encabritado, rociando con una neblina de color de fumata blanca toda la línea de costa, y sin embargo las nubes se habían apartado propiciando que el azul fuera más azul y en la tierra el verde, más intenso. Estábamos llegando a Getaria en mañana de domingo,  así que no estábamos precisamente solos, porque al olor de sus parrillas y al reclamo de las calles pétreas y marineras de esta milenaria villa guipuzcoana, cientos de familias y grupos nos congregamos como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, como en una procesión civil que bajaba por la calle Mayor (kale Nagusia) desde el monumento a Elkano hasta el puerto de aromas sublimes.

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Exterior e interior del Museo Balenciaga.

Exterior e interior del Museo Balenciaga.

Pero nosotros habíamos preferido subir antes, tomar las empinadas escaleras, afortunadamente automáticas, hasta el magnífico Museo Balenciaga, en la parte alta de la población. Pensábamos antes de verlo, y lo confirmamos tras la visita, que era un lugar imprescindible de la visita a este puerto histórico y tan alejado de nuestro Sur natal. Casi no sabíamos nada de la vida y la obra de este genio de la costura aparte de su conocidísima importancia, pero el centro, tan moderno en concepción y presentación, nos hizo disfrutar del trabajo y la sabiduría que hay detrás de algo tan aparentemente sencillo como son trozos de tela pensados y dispuestos de determinada manera por el trabajo de la aguja y el hilo. Si el ilustre marinero Juan Sebastián de Elcano le dio la vuelta al mundo es indudable que su paisano de varios siglos después le dio más de una al mundo de la moda. Un museo para disfrutar.

Entrada al casco antiguo de Getaria.

Entrada al casco antiguo de Getaria.

Luego todo fue rodar cuesta abajo mirando balconadas, retorciendo calles y rozando la iglesia de San Sebastián, tan doblemente alta, para desembocar en el muelle con el apetito dispuesto y, afortunada y previsoramente, con mesa reservada en uno de los atestados asadores. Kokotxas, almejas y rodaballo, claro, como una maravillosa obligación gastronómica a la que nuestro educado paladar respondió devolviendo los platos casi limpios al fregadero. Txakolí de allí mismo para acompañar, y para alegrarnos el ánimo con el que nos dirigimos hacia el Ratón, el promontorio que debe su apodo a la forma que recuerda al roedor, y con el que jugamos a esquivar las bravas olas como los niños que nunca dejaremos de ser.

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Las parrillas de Getaria, el mejor lugar para un buen rodaballo a la brasa.

Las parrillas de Getaria, el mejor lugar para un buen rodaballo a la brasa.

 

Era casi imposible encontrar mejores ingredientes para un día de vacaciones en ese Norte tan amado y al que algo habremos dado también para que nos quiera tanto, así de pronto como un amor repentino después de haber pasado décadas sin saber de él. No nos faltó ni la pizca de emoción por la carretera nocturna con las olas rociando el coche. A punto estuvieron de no dejarnos pasar, pero la llegada al hotel se pudo hacer para encontrar la serenidad y el descanso después de un día de emociones suaves.

El Ratón de Getaria, el promontorio que domina el paisaje costero de Getaria.

El Ratón de Getaria, el promontorio que domina el paisaje costero de Getaria.

 

Isla de Giglio, la mar de Toscana

Ulyfox | 21 de mayo de 2018 a las 10:16

Vista de Giglio Porto, desde el ferry.

Vista de Giglio Porto, desde el ferry.

Volver a Italia se nos está haciendo tan habitual casi como volver a Grecia. Es imposible la comparación, nunca podrán igualarse en nuestros corazones, pero Italia tiene buena parte de ese encanto, faltándole lo que para nosotros es la inocencia con la que nos identificamos, la confianza que nos hace creer que estamos en nuestra casa. Pero Italia… Italia es sencillamente maravillosa. No hay un país que atesore tanto arte, tanto monumento, tanto ejemplo de transformación humana de elementos materiales en sensaciones espirituales. Por eso volvimos a Toscana, aunque queríamos una sensación diferente al huracán renacentista y barroco. Por eso nos dijimos: vayamos al mar. Y en el mar, vayamos a una isla, montemos en un barco, arribemos a un puerto, cenemos sobre la playa… Y nos fuimos a visitar la isla de Giglio. Y para llegar a ella teníamos que partir desde Porto Santo Stefano, a donde llegamos en coche desde el aeropuerto de Pisa.

Porto Santo Stefano, punto de partida hacia la isla de Giglio.

Porto Santo Stefano, punto de partida hacia la isla de Giglio.

Porto Santo Stefano es un lugar con el encanto de los puertos marineros que son además salida para ferries turísticos. Colores toscanos en las fachadas, mucha gente, mucho tránsito, mucho movimiento, entendiendo siempre el ‘mucho’ a una escala menor que en los lugares de turismo masivo. Llegamos por la tarde, la mejor hora en ese verano incipiente, con tiempo para un corto paseo, tomar un aperitivo al atardecer y dilatar la entrada en el hotel. Y con la predisposición perfecta para después del registro en recepción, salir a cenar algo de pescado frito, ensalada y spaghetti con almejas. ¿Se puede concebir mejor menú de recepción en Italia? En Lo Sfizio, una trattoría muy recomendable, por si acontece que pasáis por allí.

Colores en Giglio Porto.

Colores en Giglio Porto.

A la mañana siguiente, muy tempranito, tomamos el tranquilo ferry hasta Giglio. A muchos os sonará el nombre. Fue contra las rocas cercanas a la principal población de la isla, Giglio Porto, donde el capitán Schettino estrelló su crucero, el ‘Costa Concordia’, por tirarse un farol con su novia de ese momento causando decenas de muertos. El buque permaneció allí volcado durante meses y se convirtió en una atracción de primer orden. Cuando estuvimos nosotros, aún quedaban gigantescas grúas junto al puerto.

Atardecer en Giglio Porto.

Atardecer en Giglio Porto.

Aparte de eso, evidentemente, Giglio Porto tiene muchos más atractivos, el menor de los cuales no es la tranquilidad, propiciada por que tiene la capacidad hotelera que tiene. Durante el día abundan los excursionistas de unas horas llegados en ferry, pero con la noche, el ambiente se vuelve familiar y elegante a la vez, con mucho lino, mucho estilo italiano y un paseo frente al mar (lungomare) corto y gozoso. Se disfruta de la playa con la luz y se vuelve al puerto con el frescor de la ducha, el perfume y la camisa vacacional.

Camino de la Spiaggia delle Cannelle.

Camino de la Spiaggia delle Cannelle.

La estupenda playa de Giglio Campese.

La estupenda playa de Giglio Campese.

Para el baño, en dos días de estancia, se tiene la opción de dar un paseo a pie revitalizante hasta la cercana Spiaggia delle Cannelle, en una cala turquesa, con la cómoda vuelta en microbús para esa hora mágica. Y al otro día, se puede tomar ese mismo transporte público para acceder a la más amplia y turística Giglio Campese, haciendo una parada de un par de horas en el bello pueblecito amurallado que corona la isla, Giglio Castello. No se toman mucho trabajo para poner nombres a los lugares en este minúsculo trozo de tierra. Dirán ellos que para qué; no hay mucha confusión posible entre los tres enclaves.

Vista general de Giglio Castello.

Vista general de Giglio Castello.

En el interior de Castello.

En el interior de Castello.

La parada en Castello da para un recorrido entre casas de piedra enfoscadas con un gris cemento bastante mejorable, pero que encierra una belleza cierta en sus restos de pintura. Desde sus alturas se domina todo el contorno de la isla… cuando las nubes que casi siempre lo rodean lo permiten. El turismo se nota en la existencia de algunas tiendas y unas pocas trattorías interesantes a primera vista, con sus terracitas inestables y sus manteles de cuadros. El hecho de que poca gente lo visite durante el día hace muy interesante el paseo casi para ti solo. Una iglesia y un castillo completan el cuadro perfecto. Mucha gente sube a cenar en sus callejuelas al atardecer.

El 'lungomare' de Giglio Porto.

El ‘lungomare’ de Giglio Porto.

Nosotros cenamos las dos noches en Porto, procurando que fuera poco antes del ocaso, a esa hora europea que frente al mar hace que todo, incluso lo hermoso, aparezca más bello.

Homenaje

Ulyfox | 23 de abril de 2018 a las 10:11

Una cena inolvidable con Margarita en Atenas.

Una cena inolvidable con Margarita en Atenas.

 

Margarita era nuestra amiga en Atenas. Digo era no porque hayamos roto la amistad sino porque ella ya no está, desde hace dos días. Ha muerto de manera impensable, inesperable, imposible. Implacable. Y una parte de nuestra alma griega se muere, si es que el alma tiene trozos mortales.

No hacía demasiado que la conocíamos, fue un encuentro casual, propiciado sin duda por los dioses olímpicos. Pero su nombre queda asociado para nosotros por siempre a la capital eterna de los griegos y los occidentales. Fue nuestra guía allí, llevándonos por amigos y olores con su cuerpo menudo escapado de San Fernando y hecho carne en Grecia sin querer perder nunca el recuerdo de su cárcel isleña añorada. Éramos sus paisanos aquí y allí, y una llamada nos trajo la realidad de que la eternidad sólo se hace real cuando lo temporal desaparece.

Descansa en paz, Marga. En Atenas, alguien de acento homérico seguirá preparando las berzas, los gazpachos y las panizas que a tantos enseñaste con orgullo de patria chica, cuando comprendiste que enseñar español en Grecia era también aprender a comer español. Te buscaremos siempre en el aire que rodea la Acrópolis y en el sonido colorido que baña los mercados allí abajo, cerca de Monastiraki.

Sto kaló panda na pate, agapití Margaritoula!

El vuelo más corto del mundo

Ulyfox | 15 de abril de 2018 a las 18:38

El avión de Sky Express, en su escala en Kasos.

El avión de Sky Express, en su escala en Kasos.

Todo está dispuesto a bordo del avión de la línea Sky Express en el aeropuerto de Kárpathos. El avión bimotor de turbohélice con destino a Sitia, en Creta, empieza a rodar por la pista. Despega y a los dos minutos la azafata dice: “Iniciamos el descenso al aeropuerto de Kasos”.

Esta es la cortísima historia del vuelo más corto del mundo. Kasos es casi como una escala inevitable, como un pequeñísimo salto de pulga, pero seguramente le ha dado sentido y rentabilidad a un vuelo entre las islas de Kárpathos y Creta que tal vez no existiría sin esta casi broma. Los pasajeros, apenas una decena, descendimos y esperamos en la pequeña sala del aeródromo, casi sin tiempo ni para ir al servicio si alguien lo hubiera necesitado. El avión vuela a muy baja altura, claro, no tiene tiempo de subir más y uno viaja casi tocando las olas. Es cómodo, tranquilo y todo el pasaje sonríe ante lo singular de esta experiencia, duda de si merece la pena bajarse, pero ahí la tripulación es clara: todo el mundo tiene que hacerlo.

Luego sí, ya el segundo salto hasta Creta es sólo una mijita más largo, y al menos merece el nombre de vuelo. Sin embargo, no merece que se cuente nada sobre él.

Arles, para locos y genios

Ulyfox | 11 de abril de 2018 a las 13:54

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Exterior de Las Arenas de Arles, en el centro

Exterior de Las Arenas de Arles, en el centro

“Hemos estado en la Provenza”, es una frase que llevaba tiempo queriendo decir . Y ahora ya puedo, desde no hace mucho, un mes. Todos los nombres evocan cosas, para eso están. El de Provenza nos trae en seguida imágenes de campos de trigo, pueblos de piedra y otros nombres: los de pintores de colores. Uno no puede estar dentro de un cuadro, recorriendo una calle, mirando un sembrado o sentado en un café de los que pintaron hace más de un siglo los impresionistas en Francia. Estaría bien, siempre que pudiera uno salirse cuando quisiera. Pero sin duda, se puede tener una sensación parecida, con la mínima sensibilidad y un poco más de ganas, si uno pasa unos días allí, en el sureste del país vecino, entre las marismas de la Camarga, vigilados por el Mont Ventoux y asomándose al Mediterráneo, si no más azul al menos el más chic.

Vista panorámica de Arlés, con el Ródano al fondo.

Vista panorámica de Arlés, con el Ródano al fondo.

Y el impresionista (y luego postimpresionista, quién puede clasificarlo) más popular, a la vez que quizá el más desgraciado, es sin duda Vincent Van Gogh, ese loco del pelo rojo que imaginamos siempre con el rostro de Kirk Douglas y sobre un fondo amarillo. O bañado en el mismo color. Se puede decir Van Gogh o se puede decir Arles, la pequeña ciudad amurallada en tiempos romanos y tranquila en la que vivió su sueño de crear un taller para artistas; la misma en la que se cortó la oreja tras una discusión con su ya nunca más amigo Gauguin; la misma cuyos rincones y paisajes pintó tantas veces, esa que dejó para morir pocos kilómetros más allá, en un sanatorio de Saint Rémy en Provence.

El café Van Gogh, que pintó en tan famoso cuadro.

El café Van Gogh, que pintó en tan famoso cuadro.

Arles no conserva ni una sola obra de Van Gogh, pero la ciudad se quedó sin duda con su espíritu. O eso es lo que hemos querido ver cuando hemos estado, poco más de un día, al inicio de nuestra gozosa estancia en la región de la lavanda. Arles ha inventado varios frascos para guardar ese aire de Vincent. El más turístico es el café Van Gogh, en la preciosa plaza del Forum, que recrea la fachada amarilla de su famoso cuadro Café de noche. Pero los hay mucho más evocadores, como el paseo arbolado del Jardin d’Eté o la avenida de tumbas de la necrópolis de Alyscamps, o ese puente levadizo sobre un canal a las afueras. En esos sitios se han colocado reproducciones de los cuadros pintados por el pintor holandés in situ, para que podamos comparar, si nos da la gana.

Una calle de Arles.

Una calle de Arles.

El paseo funerario de los Alyscamps.

El paseo funerario de los Alyscamps.

A la memoria de uno de los artistas más grandes de la modernidad y como continuación de su intención de favorecer a los artistas principiantes se creó la Fundación Van Gogh, que alberga exposiciones temporales y siempre una obra del genial pintor que no vendió nada más que un cuadro en vida. Nosotros pudimos ver un paisaje y una carta original que escribió a Gauguin, para invitarlo a venir a lo que él quería que fuera un hogar de creación, allí en Arles.

Ante la Fundación Vang Gogh en Arles.

Ante la Fundación Vang Gogh en Arles.

Muchos siglos antes de esta explosión artística de efecto retardado provocada por un solo hombre genial e incomprendido, los romanos ya sabían que Arles y toda la zona tenían algo especial. No en vano fundaron allí su primera provincia (de ahí el nombre de Provenza) y la llenaron de ciudades, de templos, de teatros, de calzadas. El mejor testimonio es el impresionante anfiteatro que ahora se alza maravillosamente conservado en el centro de Arles, y que en estos días alberga además la primera de sus ferias taurinas, como una plaza de toros antiquísima. También hay un teatro, peor conservado y unos misteriosos criptopórticos, debajo de la plaza del Forum.

Claustro de Saint-Trophime.

Claustro de Saint-Trophime.

 

Pórtico de Saint-Trophime

Pórtico de Saint-Trophime

Los siglos no abandonaron a la pequeña ciudad, y la Edad Media dejó tesoros como la iglesia de Saint-Trophime, de espectacular pórtico principal y conmovedor claustro románico-gótico. Y está ese aire elegante y tranquilo que tienen tantas ciudades francesas…

La galería de Les Arenes.

La galería de Les Arenes.

Inerior del anfiteatro, preparado para la Feria taurina.

Inerior del anfiteatro, preparado para la Feria taurina.

En estos días, además, la primavera ya pinta de Van Gogh los campos cercanos, haciendo amarillear los trigales y provocando esas noches en las que el artista hacía bailar a las estrellas en círculos locos con los cipreses. Yo ya lo he visto.

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