Mil sitios tan bonitos como Cádiz

Antigua Messeni (o Messini), tan nueva para mí

Ulyfox | 19 de mayo de 2020 a las 12:11

Las ruinas de la Antigua Messeni, un descubrimiento maravilloso.

Las ruinas de la Antigua Messeni, un descubrimiento maravilloso.

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La principal ventaja que conllevaba nuestro inolvidable periplo de dos meses  y medio por Grecia era la libertad de cambiar de rumbo y de planes sobre la marcha. Siempre dentro de un margen, puesto que era temporada alta y pleno verano. Pero podíamos mirar los mapas y calcular rutas y sus variantes. Dentro de esos vistazos, me topé en uno de los caminos previstos, el que nos llevaba a Koroni, con un nombre: Antigua Messeni (Palea Messini, en griego). Ya de por sí sonaba muy bien, pero haciendo averiguaciones en esa herramienta maravillosa aunque controladora que es Google, las ganas de hacer un desvío aumentaron hasta convertirse en certeza ineludible. Había que parar.

El contundente desayuno en Mavromati.

El contundente desayuno en Mavromati.

Bajo una de las pocas sombras del yacimiento.

Bajo una de las pocas sombras del yacimiento.

En la pista del estadio.

En la pista del estadio. Al fondo, Mavromati.

Salimos de Kardamili temprano y enfilamos las hermosas y resistentes carreteras del Peloponeso costero. Bordeamos la populosa Kalamata, verdadera capital de la zona. La meta final de esta etapa era Koroni, la del alto castillo, pero en el camino la ilusión nos esperaba en Messeni. Llegamos a mediodía, en un día de calor considerable, a Mavromati, el pueblo que está junto al yacimiento arqueológico, en un alto desde el que el panorama sobre las ruinas es espléndido.

Una de las entradas al teatro de Messeni (abajo)

Una de las entradas al teatro de Messeni (abajo)

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Allí mismo, a la entrada de Mavromati (que significa Ojo Negro y se llama así por un agujero del que mana una fuente en la plaza principal) nos dimos un desayuno tardío en una gran taberna con vistas a los restos. El tabernero se resistió a ponernos dos huevos fritos arguyendo que no ponían desayunos, pero al final cedió y los acompañó con rodajas de tomate y aceitunas que nos supieron a gloria. ¡Estaban buenos…! Y fue la mejor manera de coger fuerzas para emprender la visita a la Antigua Messeni.

Vista general de la Antigua Messeni desde Mavromati.

Vista general de la Antigua Messeni desde Mavromati.

Messeni fue fundada por el gran general y dirigente tebano Epaminondas tras derrotar a Esparta, y dentro de una línea fortificada construida precisamente para vigilar y mantener bajo control al gran reino espartano. La situó bien, desde luego, en ese verde valle al pie de grandes montañas, allá por el siglo IV antes de Cristo. De la importancia que tuvo dan fe los restos, pero sobre todo la imponente muralla que causaba el asombro de todo el mundo griego y de la que quedan algunos restos que dicen impresionantes. Digo eso porque no los encontramos. De nada nos valió darnos cuenta después de que sólo había que haberse acercado en coche un par de kilómetros más adelante, a pie de carretera. Lo tenemos pendiente… también.

Ante el Asclepeion, y los mosaicos de una antigua basílica.

Ante el Asclepeion, y los mosaicos de una antigua basílica.

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Pero es que los restos que pudimos ver son asombrosos. Allí en medio de la gran llanura, y ya desde lejos, se divisa una gran cantidad de columnas dóricas. Cuando te adentras en el lugar lo primero que ves es el muro exterior de un teatro. Es emocionante traspasar alguna de las estrechas puertas de piedra y acceder al graderío, aunque no es el teatro antiguo más grandioso que hemos visto.

El graderío de la cámara municipal.

El graderío de la cámara municipal.

La palestra de los atletas, cerca del estadio.

La palestra de los atletas, cerca del estadio.

Seguimos paseando los restos de la antigua ágora, de fuentes monumentales, de un grandioso Asclepeion, numerosos cimientos de templos, las gradas de una cámara municipal… Pero la fila de columnas que divisaba a lo lejos, un pórtico y una curiosa construcción de cúpula apuntada me llamaban. La columnata rodeaba como un rectángulo al que le faltara un lado el estupendamente conservado graderío de un enorme estadio. En el lado sin columnas, un templo dórico es el mausoleo de una importante familia romana. A un lado, el curioso edificio de cúpula cónica es el monumento funerario de otra familia… En un vértice, otra columnata cuadrada perteneciente a la palestra de los atletas. Todo tan antiguo, y tan nuevo para nosotros.

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Vistas del grandioso estadio, rodeado de columnas.

Vistas del grandioso estadio, rodeado de columnas.

Deambulamos durante largo rato asombrados entre tanta belleza arcaica, imaginando batallas, competiciones y ritos viejos, hasta que el calor nos aconsejó la vuelta. Una pareja insensata con un bebé en el carrito entraba a esa hora tórrida en el yacimiento. El guarda intercambió con nosotros una mirada y un gesto incrédulos por la osadía temeraria de esa familia… Retomamos el coche y nos dirigimos a Koroni. En el camino, ya en la hora de la siesta, paramos en un enorme bar de carretera de cuyo interior salió un chaval somnoliento a servirnos un par de cervezas. Los padres, seguramente, dormían. Al lado, un grupo de amigos bebía una y otra jarra de vino y discutían de política, una de las distracciones favoritas de los griegos.

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Dos vistas del mausoleo familiar en forma de templo dórico, en el fondo del estadio.

Dos vistas del mausoleo familiar en forma de templo dórico, en el fondo del estadio.

 

 

 

Románico palentino, con los cinco sentidos y alguno más

Ulyfox | 15 de mayo de 2020 a las 13:17

Santa Eufemia de Cozuelo, no tan sola en el campo palentino.

Santa Eufemia de Cozuelo, no tan sola en el campo palentino.

Una columna de piedra etérea en San Andrés del Arroyo.

Una columna de piedra etérea en San Andrés del Arroyo.

Si lo hiciéramos como una descripción mecánica, vendríamos a decir que el románico es algo así como una sucesión de arcos, arquivoltas, ventanas lobuladas, vanos y capiteles esculpidos de manera frondosa e imaginativa. Pero lo que llama la atención es la capacidad de este estilo arquitectónico que dominó toda Europa durante casi tres siglos en la Edad Media para provocar emociones desde su aparente sencillez de concepto. La belleza de un cimborrio o de un triple ábside no es fácilmente descriptible con palabras técnicas. Habría que servirse de la mejor y menos rimbombante poesía, y ahí es donde el románico conecta con el alma del contemplador que acude a él de manera forzosamente inocente.

Santa Cecilia Vallespinoso San Juan Bautista de Matamorisca Detalles en San Martín de Frómista

Detalles decorativos en San Juan de Vallespinoso, Santa Juan de Matamorisca y San Martín de Frómista.

Detalles decorativos en San Juan de Vallespinoso, Santa Juan de Matamorisca y San Martín de Frómista.

Es verdad que el románico puede llegar a ser lujoso, y ahí están algunas muestras excelsas en Alemania, Francia e Italia. Sin duda, catedrales como la de Pisa producen arrobo por su belleza, pero en cuanto a emoción, y sabiendo siempre que este sentimiento responde a cuestiones personales, preferimos las pequeñas maravillas del románico palentino, por ejemplo, tan alejado de los mármoles toscanos. Así se nos quedó el corazón cuando lo descubrimos (qué alborozo conocer esas cosas todavía, pasada la sesentena) en un reciente viaje invernal por esos viejos campos de Castilla la Vieja.

San Matín de Tours, en Frómista.

San Matín de Tours, en Frómista.

El monasterio de Santa María la Real (que aloja una fundación dedicada al estudio y promoción del románico además de un hotel del que disfrutamos) y la ermita de Santa Cecilia en Aguilar de Campoo, la del mismo nombre en Vallespinoso, la de Santa Eulalia en Barrio de Santa María, la de Santa Eufemia de Cozuelo, solitarias en lo alto de una loma o sobre una piedra recia, con apenas una nave, una portada y algunas ventanas con arcos trenzados o ajedrezados, incluso bajo la lluvia del diciembre más cerrado, son capaces de impactar al corazón dispuesto. La majestuosidad de la modélica San Martín de Frómista, canon de escultura en capiteles en sus tres naves modélicas, sus ábsides armoniosos, sus remates exteriores profusamente labrados, sus dos torres cilíndricas… son un salto hacia arriba en la escalera de la belleza.

Santa Cecilia, sobre su roca en Vallespinoso.

Santa Cecilia, sobre su roca en Vallespinoso.

Santa Eulalia en Barrio de Santa María.

Santa Eulalia en Barrio de Santa María.

Y a un nivel sublime están el asombroso claustro de columnas labradas de manera casi aérea en el monasterio de San Andrés del Arroyo, los frisos de las portadas de la iglesia de Santiago en Carrión de los Condes (maravilloso hotel en el convento de San Zoilo) y de la de San Juan Bautista en Moarves de Ojeda. Un derroche escultural semejante en ambos casos, representando al Cristo Pantocrátor rodeado de los doce apóstoles, pero que en el segundo caso añade la el llamativo color rojizo de la piedra oxidada y la excepcionalidad de que esa maravilla artística sin igual está en un pueblo de poco más de una decena de habitantes, lo que acentúa la sensación de reino divino en solitario sobre la estepa. Ya lo escribimos hace un tiempo, pero no me resisto a repetirlo aquí: el amable y septuagenario señor que tiene la llave del templo nos dijo: “Ya tienen que tener ustedes amor a esto para venir aquí desde tan lejos…” ¡Claro, pero cómo no caer rendidamente enamorado ante esa fachada de color rojizo…!

El maravilloso claustro del convento de San Andrés del Arroyo.

El maravilloso claustro del convento de San Andrés del Arroyo.

Santa Cecilia, en Aguilar de Campoo.

Santa Cecilia, en Aguilar de Campoo.

Nuestro viaje se topó con varios inconvenientes que quedaron en simples contratiempos dada la magnitud de lo contemplado. Especalmente doloroso fue no poder ver algunas pinturas al fresco en los muros de pequeñas iglesias, cerradas y sin nadie visible para que las abriera, a causa de la temporada invernal.  En Barrio de Santa María localizamos a la mujer que tiene la llave de Santa Eulalia, a las afueras del pueblo, pero era un día lluvioso y frío, y la señora se asomó a la puerta en bata y pijama, para excusarse: “Es que miren ustedes, estoy regular y con este tiempo…”. Estaría de Dios…

Monasterio de Santa María la Real en Aguilar de Campoo

Monasterio de Santa María la Real en Aguilar de Campoo

Fachada de Santa María del Camino, en Carrión de los Condes.

Fachada de Santa María del Camino, en Carrión de los Condes.

Friso de la iglesia de Santiago en Carrión de los Condes.

Friso de la iglesia de Santiago en Carrión de los Condes.

Ábsides de San Martín de Frómista

Ábsides de San Martín de Frómista

 

 

 

El camino que lleva a Kardamili

Ulyfox | 10 de mayo de 2020 a las 20:01

Una esquina de Areópoli, corazón del Mani.

Una esquina de Areópoli, corazón del Mani.

Ya lo sabía Kavafis y así nos lo escribió. Lo importante es el camino. Y para eso, el Peloponeso es especialmente adecuado. ¡Qué caminos los del Peloponeso! Luminosos y abiertos por la costa, verdescentes por el interior. Pero siempre difíciles y sinuosos. Imposible transitar por ellos y olvidarlos. Son como un inconveniente y a la vez una alegría. Tienes que conducir con precaución, algunas veces con miedo, pero nunca te dejan indiferente, son un tratamiento contra el aburrimiento. Son un regalo. Circulas entre árboles que dejan ver iglesias y pueblos colgados, calas, cabos y playas, puertos y barcos varados.

Vistas por las carreteras costeras del Peloponeso. Allí abajo, Kardamili.

Vistas por las carreteras costeras del Peloponeso. Allí abajo, Kardamili.

Nuestro camino nos llevaba aquel día de agosto desde la isla de Elafónisos hasta el pequeño pueblo turístico de Stoupa, lo cual llevaba la agradable obligación de pasar de Laconia a Mesenia, cambiando de un ‘dedo’ a otro del Peloponeso, atravesando, aunque de manera rápida, el Mani. Teníamos la ventaja de haber salido temprano de Elafónisos, con la calma del primer barco de la mañana, en un embarque tranquilo, nada que ver con la excitación y los nervios del de entrada.

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Areópoli. Lo han puesto guapo.

Areópoli. Lo han puesto guapo.

Pasamos por caminos conocidos, bordeando el amplio golfo Lacónico, saludando otra vez a la misteriosa silueta varada del ‘Dimitrios’ cerca de Githio. Paisajes ya vistos en una anterior visita, escenarios de leyendas que cuentan momentos amorosos entre Paris y Helena. Teníamos ganas de parar de nuevo en Areópoli, nombre mítico desde que leyera y disfrutara con Mani de Paddy Leigh Fermor. Cuando estuvimos en Areópoli la primera vez ya no se parecía a aquella tierra ruda que describió el inglés errante, y recibía bastantes turistas.

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Dos vistas de la iglesia principal de Areópoli.

Dos vistas de la iglesia principal de Areópoli.

Esta segunda vez, ese aspecto se había agudizado. Las preciosas fachadas rubias de piedra vista estaban más cuidadas, y alguna torre en ruinas, aun  quedando todavía muchas, había sido restaurada. Habían crecido los pequeños hoteles y restaurantes. La gran iglesia en la plaza central relucía más limpia. Su esbelta torre brillaba más.

Un detalle de la iglesia principal de Areópoli.

Un detalle de la iglesia principal de Areópoli.

Como era temprano, el pueblo aún estaba en calma. Su belleza recia es un imán. Nos dejamos envolver por ella mientras paseábamos y poco después desayunamos en un bar que estaba casi abriendo. Al poco, bajamos de las alturas del pueblo y partimos hacia Stoupa.

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Rincones de piedra y flores.

Rincones de piedra y flores.

Ahora la carretera atravesó pueblos casi fortificados, con altas torres de aspecto defensivo e iglesias pétreas y hermosas, preciosos caseríos como los de Limeni, convertido en pijada junto al mar, y núcleos salpicados de capillas admirables como el de Étilo. Poco después, la vía transcurría con el mar allí abajo a la izquierda, flanqueada a la derecha por un inmenso farallón rocoso que nos trajo el recuerdo de una impresionante tormenta de agua, la vez anterior que recorrimos estos parajes.

El pequeño caserío de Limeni, en una amplia ensenada.

El pequeño caserío de Limeni, en una amplia ensenada.

Al fin llegamos a Stoupa, que habíamos elegido para dormir simplemente porque era una parada conveniente en nuestro itinerario. Se trata de un pueblo turístico de temporada, pequeño, sin grandes edificios y una magnífica playa. Familias y familias enteras atiborraban la playa llenando la arena y la orilla de inmensos flotadores con forma de todo tipo de animales terrestres, marinos y aéreos. Nos costó varias vueltas encontrar un sitio, dos tumbonas asediadas. Pero la cerveza y los baños nos aliviaron del calor y el bullicio.

La estupenda y familiar playa de Stoupa.

La estupenda y familiar playa de Stoupa.

El público era extranjero, pero parecía ser asiduo de varios veranos por la forma de desenvolverse y de saludar a vecinos y camareros. Como suele ocurrir con los ‘guiris’, bastante antes de que empezara a caer la tarde la playa se fue despoblando, a esa hora en la que en Cádiz se suele decir “ahora es cuando se está bien aquí”. Nosotros aprovechamos el momento para estar un rato tranquilos, y un poco más tarde que la ‘extranjería’ nos volvimos paseando a esa hora mágica, hasta el apartamento que habíamos alquilado por la mañana, en Vasilikí Apartments. Al rato, ya estábamos en el concurrido paseo marítimo, buscando un lugar donde cenar. Lo encontramos, para nuestra suerte, en Akrogiali, una terraza elevada sobre la orilla, amablemente servida y deliciosamente sabrosa.

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Otras dos imágenes de Stoupa, cuando la tarde cae.

Otras dos imágenes de Stoupa, cuando la tarde cae.

Supongo que para cierto público, Stoupa es un lugar ideal para vacaciones. Tiene un aire como de ‘Verano azul’, con lo bueno y lo malo que eso supone. Como parada para los viajeros sin prisas que éramos nosotros no estaba mal. Pero además, nos permitió hacer una deliciosa visita a la mañana siguiente: de nuevo Kardamili, donde el espíritu de Paddy está más presente (si hacemos excepción de su eterna presencia en Creta). Ahí está la casa que se construyó para vivir este inglés viajero, aventurero, guerrillero contra los nazis y grandísimo escritor, que encontró su hogar en Grecia sin dejar de ser nunca un intelectual británico de su tiempo.

La calle principal de Kardamili, por donde pasa la carretera.

La calle principal de Kardamili, por donde pasa la carretera.

Ahora la casa pertenece a una fundación que se encarga de perpetuar su memoria y su legado, pero también es desde 2019 un alojamiento de lujo para estancias más que especiales. Tal vez, el sueño de cualquier admirador de su obra. No pudimos visitarla porque tiene un horario muy restringido y no coincidía con nuestra estancia, pero quién sabe, más adelante…

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Vistas generales de la 'Antigua Kardamili'

Vistas generales de la ‘Antigua Kardamili’

Cuando ya nos marchábamos, una pequeña señal en la carretera nos alertó con su indicación: “Antigua ciudad de Kardamili’. No sabíamos de su existencia, pero nos adentramos a pie en ese camino de tierra y piedra que nos llevó a un descubrimiento.

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Una torre y una fortificación que alojaba los restos de una antigua población, con una iglesia del siglo XVIII, la de San Espiridon, de campanario airoso y bellamente labrado, y el palacio de un antiguo noble y señor de la guerra, la llamada Torre Mourtzinos, uno de los cabecillas de la revolución griega contra los turcos dominantes en 1821. No nos dejaron tranquilos, puesto que una familia con un niño revoltoso llegó casi detrás de nosotros. El diablillo no paraba de dar patadas a un banco, que se vengó volcándose sobre su pie, ya que los padres no intervenían. Nadie debería atreverse a desafiar a los Mourtzinos…

 

La altiva Torre Mourtzinos, en la antigua Kardamili.

La altiva Torre Mourtzinos, en la antigua Kardamili.

 

Galaxidi, una parada camino de las Musas

Ulyfox | 2 de mayo de 2020 a las 21:58

 

Galaxidi, en su emplazamiento en el Golfo de Corinto.

Galaxidi, en su emplazamiento en el Golfo de Corinto.

El puerto de Galaxidi, con el golfo de Corinto al fondo, y más allá la cumbre nevada del Monte Parnaso.

El puerto de Galaxidi, con el golfo de Corinto al fondo, y más allá la cumbre nevada del Monte Parnaso.

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Se diría que Galaxidi, en pleno Golfo de Corinto, es poca cosa. No tiene un gran hueco en las guías de viajes. Una agrupación de viejas casas en círculos concéntricos que se derraman alrededor de una iglesia, en un promontorio entre dos pequeñas radas como puertecitos naturales. Una de las dos es realmente el puerto de Galaxidi. Casas de dos plantas, con paredes blancas o de color pastel y tejados rojizos, ventanas de maderas pintadas de azul, algunos jardines, y grandes historias de navegaciones marítimas encerradas entre sus muros. De hecho, muchos de los edificios de este pueblo de la Fócida son mansiones de antiguos capitanes y armadores, lo que da pie siempre a soñar con grandes aventuras. Algunas tienen un mascarón en la esquina.

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Casas en el centro de Galaxidi.

Casas en el centro de Galaxidi.

Llegamos a media mañana de un mes de abril, en la semana anterior a la Pascua, la fiesta mayor del calendario ortodoxo. Un mediodía a ratos nublado pero no frío, que quitaba brillo al agua y a las casas. Alguna gente, poca, por las calles, aunque no faltaban los raros turistas. No es extraño puesto que Galaxidi se halla en el camino hacia el santuario de Delfos, una de las grandes atracciones turísticas de Grecia, y la misma población debe de llenarse en temporada alta.

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Blanco y pastel en las fachadas.

Blanco y pastel en las fachadas.

Nosotros nos encontramos un lugar apacible y, según nos pareció, muy auténtico, con calles empedradas y cuestas no demasiado empinadas que bajaban hacia el muelle en forma de ‘u’ estrecha, con no demasiados barcos. Tras acomodarnos en el Hotel Galaxa Mansion, un sitio encantador con un jardín fantástico para tomar un desayuno no menos espléndido, callejeamos hacia el mar subiendo y bajando el promontorio que corona la iglesia.

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Nos encontramos un muelle casi solitario, casas a un lado, al otro un parque de pinos, y allá a su frente la imponente cumbre nevada del Monte Parnaso, la antigua morada de las Musas, cuya cima domina toda la región. Admiramos la tranquilidad, el espejo de las aguas y la luz tamizada que daba mayor presencia a la montaña sagrada. Allí el Golfo de Corinto es tan cerrado que más parece un lago suizo. Paseamos por la ribera más alejada bajo los pinos, hasta acercarnos al Monumento Internacional a las Mujeres de los Marinos.

Penélope, ante la morada de las Musas.

Penélope, ante la morada de las Musas.

El monumento a las Mujeres de los Marinos, frente al golfo.

El monumento a las Mujeres de los Marinos, frente al golfo.

A la vuelta buscamos un restaurante para almorzar, y la suerte nos llevó al Skeletovrachos, un local fantástico, con un encargado charlatán y una carta exquisita, con sorpresas deliciosas como la taramosalata con aguacate, la musaka de bacalao y la ensalada de kritamon (una hierba marina). Tanto nos gustó que más tarde repetimos para la cena y desde entonces permanecen en nuestra memoria sus linguine con trucha ahumada.

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Dos vistas del Museo Náutico de Galaxidi.

Dos vistas del Museo Náutico de Galaxidi.

Galaxidi cuenta con un precioso Museo  Náutico, en un edificio histórico, pero no pudimos verlo por no habernos enterado antes del horario de apertura. Lástima, pero tratándose de Grecia nunca podemos asegurar que no vayamos a volver. Buena parte de la tarde transcurrió en el balcón de nuestra habitación contemplando las horas tardías, entre los sabores del tsipouro y las delicias de la lectura, hasta que el apetito nos llamó a volver al Skeletovrachos…

La ensalada de Kritamon del restaurante Skeletovrachos.

La ensalada de Kritamon del restaurante Skeletovrachos.

El día siguiente sería para visitar Delfos, la morada de Apolo.

Galaxidi, desde el jardín del hotel Galaxa Mansion.

Galaxidi, desde el jardín del hotel Galaxa Mansion.

 

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Vistas desde el Galaxa Mansion.

Vistas desde el Galaxa Mansion.

Elafónisos, baños de felicidad

Ulyfox | 22 de abril de 2020 a las 13:31

La playa de Simos, en Elafónisos, para soñar libertad.

La playa de Simos, en Elafónisos, para soñar libertad.

Hacen falta ganas para llegar hasta Elafónisos. Y a nosotros nunca nos faltan para descubrir lugares en Grecia. En realidad, mucha gente acumula estas ganas para visitar cada año esta minúscula islita, a un salto del Peloponeso más meridional, y que tiene una playa única, entre las más transparentes que hemos conocido.

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A bordo del transbordador desde Pounta hacia Elafónisos.

A bordo del transbordador desde Pounta hacia Elafónisos.

Nosotros viajamos por la costa este, veníamos de Leonidio con esa meta clara, casi cuatro horas de camino por esas carreteras del Peloponeso, y tuvimos que renunciar a hacer ni siquiera una parada gozosa en el peñón y pueblo amurallado de Monenvasia, que de todas formas ya conocíamos. Elafónisos (que significa ‘isla de los ciervos’ y no hay que confundir con otra maravilla playera cretense de nombre casi igual) no es una desconocida. Para embarcar hay que dirigirse al puertecito de Pounta, en el extremo sur la región de Laconia, de donde sale el transbordador. En temporada alta, hay barcos durante todo el día y cada media hora. Era temporada alta, principios de agosto nada menos, y una larga cola de coches se extendía por la carretera. Tuvimos que hacerla también. Muchísimo más tiempo de espera que los escasos diez minutos que emplea el barco.

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El puertecito de Elafónisos.

El puertecito de Elafónisos.

La maniobra de embarque del coche fue complicada: había que meterlo por una rampa no muy ancha marcha atrás, y luego pegarlo lo más posible a los otros vehículos. Penélope se empleó a fondo y con el apoyo entusiasta de uno de los tripulantes, ya experto, que cogió desde fuera el volante y gritaba animoso: “¡Ahí, más a la derecha, ahora a la izquierda, más, bien. Usted no es una conductora, es piloto de carreras!” Las risas pudieron a los nervios, porque esas instrucciones eran ¡en griego!

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Por las callejuelas de Elafónisos pueblo.

Por las callejuelas de Elafónisos pueblo.

Elafónisos resultó lo que nos esperábamos. Apenas un asentamiento de pescadores tranquilo que se revoluciona en verano. Y tan griego: su puertecito con su iglesia blanca en el espigón, sus barcos de colores pegados al cantil, y naturalmente, sus tabernas, bares y restaurantes para los turistas. Hace años debió ser un paraíso. A pesar de todo, ahora, y lleno de familias italianas en agosto, es un lugar amable, inigualable si el tiempo y el viento se portan bien, y te ofrece el plan perfecto de descanso: mucha playa durante todo el día, y un paseo con aperitivo y cena en el puerto tras la ducha en el apartamento, hotel o pensión.

Otra vista del puerto.

Otra vista del puerto.

A pesar de la saturación, habíamos logrado reservar por teléfono un par de días antes para una noche en Anett Studios. Allí nos recibió un hombre griego mayor del que no recuerdo el nombre. Sí me acuerdo, en cambio del de la perrita que nos recibió ladrando, Lily. En seguida apareció Anett, la esposa de aquel, sudafricana y gerente real del negocio. El marido no parece que haga nada más que acompañar a la habitación a los huéspedes. Pero eran los dos muy amables, a pesar del cerrado acento que nos impedía entender muy bien su inglés.

El sublime pastel de queso de la Taberna Ourania.

El sublime pastel de queso de la Taberna Ourania.

Ese día hicimos poco más que acercarnos al casi despoblado puerto, a través de unas sencillas callejulas, y almorzar en la espléndida taberna ouzeri (lugar donde sirven ouzo con mezedes, una especie de tapas) Ourania. Memorable su empanada de queso al estilo local. Luego nos dimos un baño en la cercana playa urbana. La tarde no era especialmente hermosa, pero al poco se quedó un atardecer entre nubes y rayos de sol que aprovechamos para pedir un café frappé sobre la arena. Queríamos leer, pero esa vez la belleza de la hora atrajo más nuestra mirada que el libro.

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El primer atardecer.

El primer atardecer.

Por la noche, el puerto era un hervidero. Familias enteras ocupando todas las terrazas y locales. Casi imposible encontrar un lugar para cenar, el típico ambiente veraniego que te puede llegar a agobiar pero en el fondo de tus recuerdos te reconcilia con tantos estíos de disfrute simple. Al final de la playa urbana, allí lejos, conseguimos cenar en el restaurante Aronis un buen pescado fresco y casi con los pies sobre el mar.

No teníamos donde quedarnos para el día siguiente, pero los buenos oficios de Annett nos consiguieron un alojamiento en el local de una amiga suya: Lisa’s Place. Se lo agradecimos y, con la cama resuelta, nos lanzamos muy temprano hacia la playa de Simos, la auténtica gema de este lugar. Esta vez sí madrugamos puesto que no queríamos encontrarla atestada. Y lo conseguimos: a las ocho de la mañana estábamos tomando posesión de un par de hamacas y una sombrilla en segunda fila de playa. La primera estaba toda reservada desde el día anterior o quién sabe si por varios días.

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El espectáculo de la playa de Simos, solitaria por la mañana.

El espectáculo de la playa de Simos, solitaria por la mañana.

No nos importó: el espectáculo de esa luminosa y maravillosa playa vacía a esa hora era inigualable. Una larga franja de arena dividida en dos por un tómbolo apareció ante nuestros ojos para nosotros solos. O casi solos: una pareja italiana con dos niños armaban bastante ruido. También lo dimos por bueno. Recorrimos la maravilla de una punta a otra, subimos a la cima del tómbolo, admiramos la transparencia de sus aguas calmadas. Empleamos el día en trabajos tan bien recompensados como bañarnos una y otra y otra y otra vez, hacer fotos y fotos y fotos, regodearnos en nuestra felicidad de bañistas privilegiados en el agua más acogedora, comentar y criticar a los vecinos de playa cada vez más numerosos, leer páginas y páginas y páginas del libro, y en felicitarnos a cada momento por estar allí…

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Cuántos baños en esas aguas de cristal...

Cuántos baños en esas aguas de cristal…

Ni siquiera almorzamos, sólo pedimos unas cervezas al cercano bar, para así volvernos no demasiado tarde al pueblo, a apenas cinco minutos de carretera. Nuestro alojamiento, Lisa’s Place, está situado en una pequeña elevación de la isla, no muy lejos del ‘centro’ y, ¡oh casualidad! la dueña se llama Lisa y, quién lo iba a decir, es otra anglosajona, en este caso canadiense, casada con un griego. Y envidiamos esa situación. “Cásate con un griego, vete a vivir a su isla y pon un hotel”, deben decirse muchas. Qué buen consejo…

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Como la distancia era razonablemente corta y como la tarde estaba como estaba de bonita, fuimos de paseo feliz entre los campos dorados, y luego entre las callejuelas blancas, hasta el puerto. Y acertamos otra vez con la hora: no había mucha gente, el ambiente era delicioso, y encontramos una mesa junto a las barcas de nuevo en Ourania, y de nuevo saludamos al peculiar dueño, un joven hirsuto y barbudo llamado Petros. Salmonetes fritos, taramosalata (una crema exquisita de huevas de pescado) y ensalada griega, mejor llamada horiátiki, fueron la opípara cena mientras se iba apagando la luz del sol. No hubo posibilidad de probar nuestra idolatrada ajinosalata (ensalada de erizos de mar), puesto que Petros nos informó en susurros que su pesca estaba prohibida.

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Y cena a la caída de la segunda tarde, de nuevo en Ourania.

Y cena a la caída de la segunda tarde, de nuevo en Ourania.

A la mañana siguiente, igualmente muy temprano, esperábamos en el puerto el primer barco para volver al continente, acumulando otra promesa más de volver a un lugar en Grecia.

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En el balcón de Lisa’s Place.

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La fachada de la iglesia en el puerto.

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¡Qué disfrute infantil!

 

Mosaicos, sueño en colores en Rávena

Ulyfox | 17 de abril de 2020 a las 13:10

 

En el Baptisterio Neoniano, nuestro primer impacto emocional en Rávena.

En el Baptisterio Neoniano, nuestro primer impacto emocional en Rávena.

Nada puede superar a ese “¡ooohhh!” que salió suspirado por la boca pero que venía seguramente de un órgano no físico o de lo más profundo del cerebro. A lo mejor fue más bien un ‘¡uaaaahh!’ con los labios muy abiertos, pero seguramente fue seguido por un “¡fuuuuuuu!” que era lo mismo que admitir la incapacidad de encontrar una palabra para expresarlo, o quizá lo innecesario de hablar. Sólo esas onomatopeyas, y mirar y mirarnos, y sentir que no había agua salada de lágrimas pero sí su equivalente emocional en nuestros ojos.

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Apenas habíamos traspasado la estrecha puerta del Baptisterio Neoniano, o de los Ortodoxos, en Rávena, y ya estábamos rendidos a su belleza. Un despliegue de mosaicos en esa pequeña estancia octogonal, construida a mediados del siglo V, es decir en los últimos tiempos del Imperio Romano y perfectamente conservada, increíblemente sencilla de ladrillos por fuera y explosiva por dentro de colores en forma de figuras humanas, animales, vegetales y geométricas. Miles, probablemente millones de teselas brillantes, doradas, azules, verdes, rojas, combinadas de manera excepcional como sólo pudieron pensarla y realizarla esos precursores de Bizancio herederos de griegos y romanos cuando Rávena era capital arzobispal y sede posterior de reyes godos como Teodorico, que está enterrado en ella.

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Sabíamos que esa pequeña ciudad italiana del Véneto albergaba la mayor y mejor conservada muestra de mosaicos bizantinos, perdidos por desgracia o conservados en fragmentos muy deteriorados en tantos lugares de Grecia, Turquía y los Balcanes, machacados y maltratados en guerras y represalias o simplemente descuidados al albur del paso del tiempo, el implacable. Lo sabíamos, pero lo visto y sentido en esta ciudad superó con mucho lo imaginado.

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Rávena tiene un aire inequívoco a Norte de Italia.

Rávena tiene un aire inequívoco a Norte de Italia.

La experiencia del Baptisterio Neoniano, con sus paredes cubiertas de filigranas y su cúpula representando en piedrecitas y fragmentos de vidrio el bautismo de Cristo, fue la más impactante pero solo la primera de una sucesión de asombros y disfrutes inolvidables en esa ciudad. Fue el empeño de Pepa en ver estos mosaicos lo que finalmente nos arrojó a los pies de esta maravilla. Hacía años que venía contando sus ganas de conocer Rávena. Y a eso nos fuimos esta vez los tres, en un noviembre italiano tranquilo de multitudes y un par de días afortunadamente soleados.

El Baptisterio, tan sencillo por fuera, junto a la Catedral.

El Baptisterio, tan sencillo por fuera, junto a la Catedral.

Al lado justo del Baptisterio está la inmensa catedral, que después de la impresión de este nos pareció simplemente eso: grande. Pegado también está el Palacio Arzobispal, que alberga un interesante museo en el que destaca la cátedra de Maximiniano, es decir su trono hecho y labrado en marfil. Pero sobre todo, tiene otra joyita: la pequeña capilla de Sant’ Andrea, con la mejor bóveda celeste de mosaicos que se pudiera pensar, con unos cielos azules punteados por estrellitas blancas que superan en delicadeza a las que se pueden ver cada noche en la Tierra.

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La pequeña pero inmensa belleza de la capilla de Sant'Andrea.

La pequeña pero inmensa belleza de la capilla de Sant’Andrea.

Con estas dos impresiones del primer día ya quedaría compensada la visita a Rávena, pero la siguiente jornada nos daría muchas más alegrías. Dos nombres ya marcados en la agenda previamente, imprescindibles, nos atraían. Desde el agradable hotel Pallazzo Gabbioti Allesi se llega fácilmente andando a todos los principales monumentos de la ciudad. Nuestros pasos fueron muy temprano hacia la Basílica de San Vitale y el Mausoleo de Gala Placidia. Tan temprano que tuvimos que esperar a que abrieran.

El austero exterior de San Vitale contrasta con su apabullante interior.

El austero exterior de San Vitale contrasta con su apabullante interior.

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San Vitale es inabarcable en su esplendor.

San Vitale es inabarcable en su esplendor.

San Vitale, construida en el siglo VI, figura en todos los libros de Historia del Arte. San Vitale, San Vitale… sinónimo de mosaico bizantino, con sus representaciones del Pantocrátor con un Cristo joven y sin barba, sus hieráticos retratos de los emperadores Maximiniano y Teodora enfrentados, y sus bucólicas y naturalistas escenas del Antiguo Testamento.

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Imposible reproducir todos los detalles de San Vitales, muchos de ellos verdaderos hitos de la Historia del Arte.

Imposible reproducir todos los detalles de los mosaicos de San Vitale, muchos de ellos verdaderos hitos de la Historia del Arte.

Sólo uno de los lados de esta extraordinaria construcción octogonal está cubierto de mosaicos, pero su belleza es tal que basta para situarla como lugar de peregrinación de cualquier amante del arte.

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El Mausoleo de Gala Placidia, una tumba alegre.

El Mausoleo de Gala Placidia, una tumba alegre.

En un jardín lateral está el Mausoleo de Gala Placidia, una iglesita con planta de cruz griega que debía servir como tumba de la hija del emperador Teodosio y hermana de Honorio. No está enterrada aquí, pero es difícil imaginar mejor lugar para descansar eternamente, decorada con representaciones de los Apóstoles, los Evangelistas y otros santos. Uno de sus dibujos, el de dos palomas bebiendo en una pequeña fuente es casi un emblema de Rávena.

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El despliegue figurativo de Sant Apollinare Nuovo.

El despliegue figurativo de Sant Apollinare Nuovo.

Dejamos para después del almuerzo la visita a otro de los hitos del mosaico: Sant Apollinare Nuovo, este justo al lado del hotel. Pareceria que uno ya debería estar harto, empachado, pero es que la variedad lo impide. En esta basílica mandada construir por Teodorico a principios del siglo VI, lo llamativo son los dos grandísimos paneles laterales desplegados a lo largo de la nave central. Dos grandes procesiones de mártires y vírgenes, y con una de las primeras representaciones de los Tres Reyes Magos (los tres blancos, curiosamente), sustentan otros paneles superiores con escenas de la vida de Cristo, santos y profetas.

Exterior de Sant Apollinare Nuovo, con el característico campanario cilíndrico, llamado 'ravenense'.

Exterior de Sant Apollinare Nuovo, con el característico campanario cilíndrico, llamado ‘ravenense’.

¿Queréis más? Pues aún nos quedó la mañana siguiente para una rápida visita a otra muestra, esta más modesta pero igualmente maravillosa, como un postre ligero: el baptisterio de los Arrianos, llamado así porque servía para los seguidores de esta interpretación, considerada hereje por muchos, y que consideraba dudoso que la divinidad de Cristo fuera equiparable a Dios padre. Cosas de aquellos tiempos iniciales.

Considerar además que estos templos llevan en pie unos 1.500 años contribuye a dejarse llevar por el dulce mareo que produce el vértigo de la Historia. Y tan hermosos…

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El Baptisterio de los Arrianos, como postre ligero.

La cúpula del Baptisterio de los Arrianos, como postre ligero.

Rávena guarda otras muchas sorpresas, pero una de las más extraordinarias fue la que a finales del siglo pasado se llevaron los arqueólogos cuando, debajo de la pequeña iglesia de Santa Eufemia, descubrieron los suelos de mosaicos de una gran villa romana, que ahora se llama Domus dei Tapetti di Pietra, que es lo mismo que decir Casa de las Alfombras de Piedra, como demostración innecesaria de que la tradición viene de muy antiguo, obviamente.

En la Domus dei TApetti di Pietra.

En la Domus dei Tapetti di Pietra.

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Visitar Rávena fue cumplir uno de los anhelos más antiguos, y como recordar cómo alegra que a ciertas edades aún haya cosas que nos hagan soñar despiertos. Por eso esta entrada tenía que ser tan visual.

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Trajes y pinturas típicas en Oberammergau

Ulyfox | 8 de abril de 2020 a las 12:26

Escena en Oberammergau.

Escena en Oberammergau, en el día de Corpus.

Era la fiesta del Corpus, y se nos había olvidado que en la Baviera alemana y en Austria son católicos en su gran mayoría. Uno asocia el Corpus a esos días de las primeras calores en países del Sur, con cielos muy azules, bandas de música  y paisajes planos, ambiente mediterráneo y bullanguero, con un montón de niños y niñas desfilando con los vestidos de su primera comunión. Pero no imaginaba la fiesta que anuncia el verano en Centroeuropa, rodeado de altas cumbres.

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Casas pintadas en Oberammergau.

Casas pintadas en Oberammergau.

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Llegamos al pueblecito de Oberammergau buscando sus fachadas pintadas con numerosos motivos religiosos, de caza, históricos, florales o geométricos, y nos encontramos mucho más. Es verdad que esas pinturas son las que le dan la fama a la población, y merecidamente. Nos encontramos el orden y la limpieza tan característicos y envidiables en muchos sentidos, pero que no puedo evitar que a mí espíritu sureño y mediterráneo le infundan ciertas sospechas de que esconden algo. No sé, seguro que es mi naturaleza acostumbrada al desorden y a las sorpresas que reserva.

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Familias camino de la iglesia.

Familias camino de la iglesia.

El caso es que el resultado de esas grandes casas con tejados a dos aguas, balcones de madera, detalles barrocos y matas y matas de flores colgadas, es bellísimo sin ninguna duda. El día no era luminoso, claro, pero sí lo suficientemente amable para recorrer sus calles y placitas. La gente estaba vestida para la ocasión, lo que allí quiere decir que llevaban sus trajes regionales típicos… vamos, que iban vestidos ‘de tiroleses’, para entendernos.

Detalle del traje típico regional.

Detalle del traje típico regional.

Dos hombres a la puerta de un café.

Dos hombres a la puerta de un café.

Familias enteras vestidas a esa usanza, lo que unido a la procesión del Corpus, la música y las numerosas fachadas pintadas daba a la ocasión un aire peliculero feliz y risueño. Entre ellos se paraban a comentar sus trajes, a charlar con sus vecinos ante la puerta de la gran iglesia, engalanada para la ocasión. Todo, en un volumen tan mesurado y alejado de lo corriente por nuestras tierras que más parecía una representación teatral bien coordinada, en la que todos supieran cuál era su papel. Era agradable presenciarlo. No arrancaba vítores ni ponía el vello de punta, pero era bonito.

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Conjunción perfecta.

Conjunción perfecta.

No tiene nada de secreto ese pueblo como pudimos llegar a pensar, porque poco después nos encontramos con un gran grupo de turistas españoles que acababan de bajar de un autobús… Hay mucho que ver, y mucho que comprar en Oberammergau.

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Leonidio, el auténtico reino de la berenjena

Ulyfox | 3 de abril de 2020 a las 21:06

Leonidio, bajo la montaña.

Leonidio, bajo la montaña.

Amurallado en un flanco por un imponente farallón de piedra, la llanura de Leonidio, en la costa oeste del Peloponeso, es el reino de la berenjena. Dicho así puede parecer vulgar, verdulero, diríamos apropiada e inapropiadamente a la vez. Porque este pueblo antiguo, tiene una huerta espléndida escondida bajo un mar de plástico invernadero, sí, pero guarda a la vista y en sus calles tambén un pasado que se adivina bellísimo. Tiene además una playa familiar, modesta, local, pueblerina, partida en dos por la desembocadura de un arroyo y llena de restaurantes que llevan la fama de servir los mejores pescados frescos de la zona.

Vista general de Leonidio, con el cauce seco del río.

Vista general de Leonidio, con el cauce seco del río, al anochecer.

Podemos dar fe de casi todo eso. Partimos hacia Leonidio después de una experiencia dolorosamente frustrante en la noche de Nauplia (Nafplio en griego), una de las ciudades más bellas del país, que fue además la primera capital de Grecia tras la independencia de Turquía. Nauplia es maravillosa, pero estaba llena, rebosante de gente, por la temporada agosteña y porque ese día coincidía con el festival de teatro en Epidauro, el cercano, milenario y asombroso teatro griego de la acústica inmejorable. El caso es que esa noche allí fuimos a parar al único hotel que quedaba, una desgracia llamada Hotel Argolis, con una recepcionista mayor y desaliñada y una familia salidos todos directamente de una película de terror. De broma, llegamos a imaginar a alguno de ellos con una sierra mecánica… Y además carísimo. La dueña llegó a decirnos que si nos quedábamos un día más el precio bajaría considerablemente, porque ya habría acabado el festival de teatro… En fin.

Una de los puertecitos de la costa este del Peloponeso, camino de Leonidio.

Una de los puertecitos de la costa este del Peloponeso, camino de Leonidio.

El caso es que después de eso, el día nos compensó con un precioso recorrido en coche por la costa del Peloponeso disfrutando de olivares a la derecha y playas y calas a la izquierda. Una ruta antigua y bucólica.

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Un desayuno inolvidable servidos por dos mujeres camareras y gasolineras.

Un desayuno inolvidable servidos por dos mujeres (en la foto de arriba) camareras y gasolineras.

En el camino paramos a desayunar en un pueblo cuyo nombre no recordamos. La carretera lo atravesaba, y en un café grande y destartalado dos mujeres mayores nos sirvieron un desayuno magnífico con aceite y tomates de la zona, un pan tierno y sabroso y un huevo de campo para mojarlo como se merecía. Las mismas mujeres, orondas, servían gasolina a los conductores en el surtidor cercano, y se prestaban a la charla en un inglés impropio de su aspecto, a la vez que celebraban las pocas palabras que les lanzábamos en un griego osado. Fuimos felices en esa parada de media hora.

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Baños y almuerzo en la playa de Leonidio.

Baños y almuerzo en la playa de Leonidio.

Al llegar a Leonidio, nos vino a la mente y el alma el recuerdo de nuestra amiga Margarita, profesora y cocinera en Atenas, porque una de las últimas cosas que hizo en su demasiado corta vida fue participar en el Festival de la Berenjena de ese pueblo, una cita gastronómica y musical anual y, según contaba ella, divertidísima.

Nos dirigimos a la playa de guijarros finos. Aunque comparada con las hermosuras de Grecia no era particularmente bonita, nos gustó por su aire popular. Se veía que casi todos se conocían y saludaban, eran gente del pueblo, con sus niños y sus abuelos. Nos acomodamos en dos de las hamacas con sombrilla, que responden a un servicio muy común en el país: no cobran nada por ellas pero se supone que tienes que pedir alguna consumición al bar del que dependen.

Los baños, con la montaña al fondo, fueron agradables, y escuchar las animadas conversaciones mientras intentaba entender algo del griego rapidísimo que hablaban… El pescado fresco del restaurante no lo resultó tanto, pero dio paso a alguna anécdota. No estábamos por la labor de pedir una pieza grande, y en cambio nos apetecía algo ligero para acompañar el vino blanco. Pedimos unas berenjenas guisadas, claro, que estaban buenísimas, una ensalada griega (horiátiki)  y unos boquerones (gávros).

Al ver llegar a la mesa los boquerones con un aspecto oscuro nada apetecible los dos pusimos la misma cara de desagrado que el camarero interpretó equivocadamente: “¿No es esto lo que han pedido?”. “Sí, sí…” le dijimos sin terminar la frase, esperando a probarlos. En seguida notamos que no estaban frescos. Sí secos, así que se lo dijimos al dueño, que sabiendo que estábamos en lo cierto nos ofreció una alternativa: “Sin problema ¿les pongo unas atherina (algo parecido a los pejerreyes o chanquetes de por aquí)?” Estas sí que estaban buenísimas, y terminamos bien la comida, aunque no pudimos comprobar aquello del mejor pescado fresco…

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El magnífico Hotel Hatzi Panayotis.

El magnífico Hotel Hatzi Panayotis.

Tras el almuerzo y una pequeña estirada en la playa, nos dirigimos al pueblo, y al hotel que habíamos reservado, que resultó una sorpresa enorme, y más en comparación con el de la noche anterior. El Hotel Hatzipanayotis, instalado en una casa antigua con un precioso patio y habitaciones en dos niveles, es una preciosidad… y mucho más barato que el nefasto de Nauplia.

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Las calles de Leonidio tienen un precioso aire auténtico.

Las calles de Leonidio tienen un precioso aire auténtico.

Con la suave luz del atardecer recorrimos las calles de un pueblo tranquilo, sin turistas en plena temporada. Con sus mujeres y hombres de pueblo sentadas ante las puertas, con niños correteando, con casas que reflejaban algún pasado glorioso, pintadas de colores ocres, y otras que denotaban el paso inmisericorde del tiempo. Situado en la ladera y con el impresionante muro de roca detrás, descansa al lado de un río seco en verano y que debe correr estruendoso en invierno.

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El tranquilo paseo al atardecer

El tranquilo paseo al atardecer

De algún lado salían sonidos de una banda ensayando, y el sonido nos llevó a una vieja escuela de estilo neoclásico, muy parecida a otras que hemos visto en muchos pueblos griegos, y que deben responder a un plan nacional de enseñanza de principios del siglo XX. Es una preciosidad arquitectónica pintada en colores amarillo y azul, indudablemente griega. La escuela está muy cerca del lecho del río y eso nos permitió tener una panorámica general del pueblo.

La preciosa escuela municipal.

La preciosa escuela municipal.

 

Vida de pueblo...

Vida de pueblo…

La relajante y agradable jornada finalizó en la taberna I Metrópoli (la Catedral), situada en una amplia plaza junto al templo, y con una comida tradicional magnífica: ese cordero con berenjenas…

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Cena en I Metrópoli para rematar el día.

Cena en I Metrópoli para rematar el día.

Leonidio, con ese nombre tan bonito y ese ambiente tan rural, nos atrapó, como todo el Peloponeso, esa mal llamada ‘isla de Pélope’.

Padua sin coronavirus

Ulyfox | 24 de marzo de 2020 a las 13:03

El monumento a Gattamelata, ante la Basílica del Santo, en Padua.

El monumento a Gattamelata, ante la Basílica del Santo, en Padua.

Ante situaciones malas o graves, decía mucho un amigo mío, el gran Valdés, copiando un dicho de su madre que contradecía el aserto general, que “ya vendrán tiempos peores”. Como homenaje y recurso brillante, otro amigo, el no menos grande Pepe Landi, trasladó la oración al título de un magnífico libro generacional. Profetas de una frase que combina intermitentes optimismo y pesimismo para devenir en lo que realmente es: realismo. Creo que es una magnífica proposición para mantener el espíritu, mientras salimos de esta. O sea, que siempre se puede estar peor, así que no nos quejemos tanto. O algo así. Anímate, hombre, podría ser la conclusión.

Una calle del centro de Padua.

Una calle del centro de Padua.

Desde luego, ahora estamos mucho peor que hace cuatro meses, cuando visitamos el Véneto, e indudablemente en esa región del Norte italiano están infinitamente peor. Pero cuando estuvimos allí nada de esto era previsible, ni siquiera imaginable. Las hermosas ciudades que visitamos estaban tranquilas, fuera de las aglomeraciones turísticas estivales y primaverales, pero nada que ver con el confinamiento de ahora.

La Basílica del Santo, desde el hotel Casa del Pellegrino.

La Basílica del Santo, desde el hotel Casa del Pellegrino.

De todas, la más concurrida era Padua, por la evidente atracción que ejercen el nombre de su Patrón, San Antonio, y la basílica donde se guarda su cuerpo y que atrae a millones de turistas y peregrinos todo el año. No ahora, claro, pero entonces la gran iglesia, aun a finales de noviembre y con una lluvia fina pero incesante, estaba llena. Pudimos ver con mucha tranquilidad maravillas  como Rávena y sus mosaicos bizantinos y Vicenza con los palacios renacentistas de Palladio, pero en Padua tuvimos que hacer cola para acercarnos a la tumba del santo.

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Algunas vistas del interior de la Basílica.

Algunas vistas del magnífico interior de la Basílica.

La Basílica, sin duda, merece un viaje se sea creyente o no. Tal es la riqueza artística que guarda, tan impresionante es la capilla de mármol que alberga los restos del franciscano también patrón de Lisboa puesto que nació allí, gran predicador y taumaturgo como pocos. Los milagros que realizó están contados en relieves enormes de gran influencia clásica.

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La tumba del Santo, y la capilla que lo alberga.

La tumba del Santo, y la capilla que lo alberga.

Ya desde fuera el templo impresiona, con su gran número de cúpulas orientalizantes y sus campanarios semejando minaretes turcos. Además, ante una de las esquinas de la fachada se alza una de las más imponentes estatuas ecuestres de bronce del Renacimiento, que fue modelo para muchas otras, la del Gattamelata de Donatello. También de Donatello son las esculturas y el crucifijo del altar mayor. Además de eso, las obras maestras de escultura y pintura de numerosos artistas llenan la iglesia.

Recorrimos lenta  y detenidamente las naves, la girola, las capillas, la majestuosa tumba del Santo, incluso hicimos la cola para tocarla, nunca se sabe. Mejor, porque ahora no se puede tocar nada…

La Piazza della Frutta, con el espléndido Palazzo de la Ragione.

La Piazza della Frutta, con el espléndido Palazzo de la Ragione.

El hotel en el que nos quedamos, sólo una noche, está pegado a la basílica y se llama muy apropiadamente Casa del Pellegrino. Y efectivamente parece una de esas residencias para ejercicios espirituales, con pasillos anchos y largos y crucifijos en las habitaciones, y un precio estupendo…

Vista nocturna del Prato della Valle.

Vista nocturna del Prato della Valle.

La ciudad estaba bañada por la lluvia pero afortunadamente muchas de sus calles cuentan con soportales para pasear bien guarecidos. El conjunto es monumental y destaca especialmente el magnífico Palazzo de la Ragione, así como las plazas que bordean sus dos flancos, la Piazza della Frutta y la Piazza delle Erbe, o sea de la Fruta y de la Verdura, por cuyos nombres es fácil adivinar que siempre han servido de mercados.

Ante la Torre del Reloj en la Piazza della Frutta.

Ante la Torre del Reloj en la Piazza della Frutta.

Una pena nos quedó, aparte de la persistente lluvia que impidió el paseo normal. Y es la de no haber podido visitar la Capilla de los Scrovegni, cubierta desde el suelo hasta la bóveda por las maravillosas pinturas de Giotto, el maestro del pre Renacimiento italiano. Sólo se permiten grupos reducidos de 10 personas y cada 15 minutos. Las visitas estaban reservadas desde muchos días antes… Otra vez será

Tal vez cuando levanten la cuarentena, que precisamente empezó en el Norte de Italia…

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Lesbos, una visión inquietante

Ulyfox | 19 de marzo de 2020 a las 18:24

Vista general de Mitilene, capital de Lesbos, desde el puerto.

Vista general de Mitilene, capital de Lesbos, desde el puerto.

Hasta hace unos días, antes de la crisis mundial del coronavirus, es decir ‘antiguamente’ como ya dicen algunos, las penalidades de los huidos de la guerra de Siria en la frontera greco-turca eran noticia. Igual que lo eran el hacinamiento y el maltrato a los que han conseguido llegar hasta la isla de Lesbos, muy cerca, a una corta distancia en barco de Turquía. Y cómo me duele saber que los griegos, tan generosos siempre y hasta ahora, los estaban empezando a rechazar, y con maneras tan bruscas si no violentas.

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Escenas callejeras en Mitilene.

Escenas callejeras en Mitilene.

Hace unos meses, en el curso del verano más feliz y largo de nuestras vidas, estuvimos en Lesbos una semana. Era la segunda vez. En la primera, esta isla, una de las más próximas a Turquía en pleno Egeo Norte, nos enamoró. No fue menos en esta ocasión, pero sí estaba muy cambiada, sobre todo cerca de la capital, Mitilene, con la numerosa presencia de refugiados deambulando sobre todo por el puerto y sus cercanías. Por allí paseaban todo el día, y por la tarde la mayoría se concentraba en las paradas, a la espera de tomar el autobús de regreso al campo de refugiados de Moria, a pocos kilómetros.

Penélope, en paseo marítimo de Mitilene.

Penélope, en el paseo marítimo de Mitilene.

Por ese campo pasamos sin querer… no nos parecía un lugar para visita turística. Pero fuimos a parar a él de manera involuntaria. Regresábamos a Mitilene, tras una gira de varios días por la isla, viendo y reviviendo lugares y atardeceres maravillosos, que ya contaremos. Veníamos a la búqueda de los restos de un acueducto romano que no pudimos ver por lo intrincado del camino que llevaba a él. Y en el camino apareció Moria…

Vista de la costa cercana a Mitilene, que aparece al fondo.

Vista de la costa cercana a Mitilene, que aparece al fondo.

Empezamos a ver vehículos aparcados en los arcenes de la carretera, cuyo número iba creciendo a cada metro. Aparecía de vez en cuando alguna furgoneta con el logotipo de Cruz Roja o Médicos sin Fronteras. Y de pronto estábamos junto a la entrada del campo… miles de personas paradas ante las puertas, grupos familiares deambulando… Sentimos la preocupación y hasta un cierto miedo, por si a esas personas de piel oscura se les ocurría de pronto vengarse de dos occidentales que pasaban tan campantes buscando playas y monumentos en su coche de alquiler. Naturalmente, no sacamos fotos.

Fue una sensación desasosegante, porque la fila de seres humanos siguió durante un montón de kilómetros, más o menos dispersa, hasta llegar a la misma Mitilene. Ahora, encerrados en casa, pienso que nuestro sufrimiento no resiste la mínima comparación con el de ellos, sin ningún hogar al que acudir ni encerrarse para protegerse del virus de la insolidaridad.

Y sin nadie para nombrarlos, para mencionarlos entre tantos millones de gentes preocupados, aquí, por las décimas de fiebre y por cómo entretener nuestras horas en un piso confortable… Cuando asaltamos los supermercados, lo mismo deberíamos pensar un segundo en esos miles que están llamando a nuestras puertas y a los que no dejamos más remedio que asaltar vallas, fronteras o intentar travesías casi imposibles por mares enemigos y a bordo de embarcaciones frágiles.

Un vendedor de papel y libros viejos en la calle Ermou.

Un vendedor de papel y libros viejos, sentado antes su tienda en la calle Ermou.

Así las cosas, quizá resulte superficial hablar de las numerosas cosas interesantes que tiene la capital de Lesbos, pero esto es un blog de viajes, y parece necesario hacerlo. Las tiene, por ser una capital ciertamente fronteriza, con una comunicación constante con la costa turca y con un pasado de dominación otomana muy reciente que se hace notar en calles y barrios.

Una casa de evidente origen turco.

Una casa de evidente origen turco.

Callejuelas en el interior de Mitilene.

Callejuelas en el interior de Mitilene.

Mitilene es una población grande y viva, con un puerto animado y hermoso sobre el que destaca la cúpula de la catedral, unas calles cercanas llenas de animación y algunos barrios muy descuidados en los que parece que el tiempo se ha detenido. Comercios antiguos y que parecerían impensables en el siglo XXI, algún café señorial y restos de una mezquita que tuvo que ser espléndida. Señoreándolo todo, el castillo otomano.

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Restos de una mezquita y unos baños otomanos.

Restos de una mezquita y unos baños otomanos.

Dos cosas son famosas y con toda justicia en Lesbos: las sardinas y el ouzo, ese licor anisado que se ha convertido en la bebida nacional griega. Bueno, aparte de la gran poetisa Safos, pero de ella ya hablaremos cuando lo hagamos del pueblo donde creó su academia, Eresos.

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El señorial café Panellenion y el sabroso kafeneion O Hermis, emblemas de Mitilene.

El señorial café Panellenion y el sabroso kafeneion O Hermis, emblemas de Mitilene.

Desgraciadamente, el nombre de la isla es más conocido últimamente por la tragedia migratoria, algo de lo que por cierto también tienen experiencia muy reciente los griegos: pronto se cumplirá el centenario de la forzada salida de cientos de miles de ellos de las ciudades turcas donde llevaban asentados por generaciones desde los tiempos clásicos, tras la última guerra entre Grecia y Turquía.

Ante la Yeni Tsami o Mezquita Nueva, en ruinas.

Ante la Yeni Tsami o Mezquita Nueva, en ruinas.

Aquí, como en tantos lugares de Grecia, la Historia, sus glorias y sus tragedias se pueden palpar en cada paso, en cada respiración.