Descubrimiento milagroso de un mosaico

Ulyfox | 21 de noviembre de 2017 a las 14:44

El singular mosaico con el Pantocrátor en la iglesia de Osios David de Salónica.

El singular mosaico de la Teofanía en la iglesia de Osios David de Salónica.

A veces la vida simple te brinda oportunidades sencillas e inolvidables. Como en Salónica a finales de agosto. Paseábamos por la parte alta (Anópolis)  más antigua de la capital de Macedonia. Todas las guías decían que por allí perdida entre la maraña del barrio casi turco se encontraba una joyita del arte bizantino, la iglesia de Osios David. Efectivamente, no fue muy fácil encontrarla. Había que estar pendiente de los cartelitos escritos en blanco sobre fondo rojo que en Grecia indican los sitios monumentales. Pero tras virar a derecha e izquierda, subir y bajar alguna que otra pendiente, atravesamos una pequeña cancela y aparecimos en un patio cuadrado en el que, bajo el sencillo porche blanco de columnas y tejado, se sentaban una mujer mayor y un hombre joven, junto a una puerta no demasiado monumental.

Tras saludar con el obligado ‘kalimera’ el joven entendió que queríamos visitar la iglesia y nos franqueó la entrada apartando una pesada cortina y entrando con nosotros. No había nadie más, y empezó a contarnos la historia del recinto. Se trata del templo cristiano más antiguo de Salónica, nada menos que del siglo V, y se aprecia a simple vista lo primitivo de su construcción. Nada más entrar, unos maravillosos frescos de los siglos XII y XIII que cuentan el nacimiento y la infancia de Cristo. Sobre esa visión a muchos ratos ingenua pero siempre de gran calidad pictórica, el hombre nos explicó detenidamente las diferencias entre las representaciones católicas tradicionales y las ortodoxas, resaltando muchas veces que el dogma es el mismo, pero las tradiciones difieren. Así, la Virgen aparece aquí acostada y cansada tras el parto, mientras que la figuración ‘romana’ la representa con el niño en brazos como si no hubiera pasado nada. San José se representa siempre con aspecto meditabundo y preocupado. Tenía razones el santo varón…

La pieza maestra es un mosaico del siglo V extraordinario. Se trata de la Teofanía (aparición como Dios) de Cristo y presenta muchos rasgos singulares, siendo el más llamativo de ellos que Jesucristo aparece sin barba, como un hombre joven. O tal vez como una mujer, dicen otros, ya que la comunidad que llevaba ese recinto en aquella época era un grupo de monjas… Sea como sea, es hermoso. Cristo aparece en un óvalo que se asemeja a un ojo humano, justo en el centro de lo que sería el iris, y a su alrededor los cuatro evangelistas con los animales que los representan según la tradición.

El mosaico estuvo durante siglos oculto tras un yeso con el que lo taparon durante la dominación otomana y fue, digamos ‘milagrosamente’, redescubierto tras un terremoto que a principios del siglo XX hizo caer la capa de estuco. Nosotros lo descubrimos en silencio, escuchando con deleite las explicaciones a cambio de una pequeña cantidad, solos en la iglesia, durante más de media hora, con un intercambio de preguntas y respuestas. Salimos después de casi una hora y aún disfrutábamos de la experiencia mientras bajábamos las cuestas camino hacia el mar de Salónica.

Sithonia, una Grecia verde y azul

Ulyfox | 19 de noviembre de 2017 a las 22:59

Una vista de Neos Marmaras.

Una vista de Neos Marmaras.

 

Nuestra intención es, tal vez, conocer toda Grecia. No por puro afán acaparador ni coleccionista, sino porque cada vez que damos con un territorio, una gente, un aire nuevo dentro de ese país, comprobamos que nos gusta igual que el resto. Por eso lo de nuestro periplo de este año por el Norte desconocido, y por eso seguirán otros años regiones como el Pilion, por ejemplo, donde habitan los centauros.

Playas casi vírgenes rodeadas de verde.

Playas casi vírgenes rodeadas de verde.

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El caso es que nuestra visita a Macedonia y algo de Tracia debía incluir una escapada a las playas, claro. Y nos fijamos en la península Calcídica, Halkídki para los griegos. No sé si habéis reparado en ella. Es ese gran trozo casi cuadrado que se adentra en el mar al noreste de Grecia, justo debajo de Salónica, y del que salen como tres largos dedos. No son un destino turístico popular fuera de la zona, pero son tres dedos frondosos, llenos de bosques, montes y extraordinarias playas. El más occidental, llamado península de Casandra, es el más frecuentado por los turistas griegos, antes, y a los que se han sumado reciente y masivamente los de los países balcánicos más cercanos, Bulgaria y los de la antigua Yugoslavia, Serbia sobre todo. El dedo central es la península de Sithonia, un pequeño paraíso aún visitable en temporada baja aunque no puedes huir de los serbios. El saliente más oriental es muy especial: está ocupado en su mayor parte por una especie de república eclesial independiente, gobernada por los monjes ortodoxos, la península del Monte Athos, el Monte Sagrado para los griegos, con más de una decena de grandes monasterios, frente al mar o en el montañoso y boscoso interior. Se necesita un permiso, que hay que pedir con meses de antelación, para poder entrar en ella, y sólo puedes hacerlo si eres del género masculino. Las mujeres lo tienen prohibido. Esa quedará para otra ocasión, quién sabe.

Las rocas blancas de Karidi, tomadas por los turistas.

Las rocas blancas de Karidi, tomadas por los turistas.

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Esta vez, elegimos Sithonia, la situada en medio. En esta península verde y de extraordinarias playas, el único pueblo que merece tal denominación es Neos Marmaras, un puertecito turístico en una pequeña bahía, con unas pendientes enormes y un urbanismo un tanto destartalado, pero que como casi todos los puertos griegos termina teniendo un cierto encanto. El paseo marítimo lleno de restaurantes y bares le otorga esa categoría de acogedor, y es un excelente lugar para tenerlo de base desde donde visitar la península. Ahí pasamos tres noches.

Nos alojamos en Haus Roula, unos apartamentos que debe ese nombre híbrido entre alemán y griego al hecho de que sus dueños trabajaron y vivieron muchos años en Alemania. Cuando llegamos, al hijo mayor nos lo encontramos en la puerta, con apuntes y libros de su recién estrenado curso de español. La familia es agradable y el apartamento, aunque pequeño, estaba limpio. Y el precio, imbatible.

Bañarse frente al Monte Athos, una emoción especial.

Bañarse frente al Monte Athos, una emoción especial.

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Y a eso nos dedicamos. En el primer día nos acercamos a la playa más próxima al pueblo. Los dos siguientes, a bordo de nuestro coche alquilado visitamos en una jornada la costa oeste de la península, y en la siguiente, la parte este del litoral, aquí siempre con la imponente silueta de 2.033 metros de altura del Monte Athos al otro lado del mar. Los dos días tuvimos tiempo de asombrarnos del verdor y la frondosidad de los bosques que nos acompañaron todo el camino.

Esas cenas al atardecer...

Esas cenas al atardecer…

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En la costa oeste hay algunas concentraciones hoteleras, aunque nada que se pueda llamar masificación, frente a las playas. La más popular de estas es la de Kalamitsi, un enjambre de hamacas y sombrillas en una media luna de arena casi perfecta y con un agua que, más que invitarte a entrar, te abraza cuando entras. Cientos, tal vez miles de parejas rubias con dos o tres hijos invadían el espacio. Hubo un momento de angustia cuando un padre y una madre recorrieron durante largos minutos la playa de un lado a otro gritando el nombre de su hijo extraviado, con el rostro desencajado. Cuando las llamadas desesperadas de “¡Mathia, Mathia!” cesaron al aparecer el pequeño pareció como si un suspiro de alivio generalizado ordenara tranquilidad a todos los que estábamos allí. A pesar del gentío, pasamos unas cuantas horas en la hamaca, y hasta almorzamos allí mismo sobre la arena. Un gran servicio.

Al día siguiente, dedicamos el día a litoral este de Sithonia, lleno de calas verdes y azules: Panagia, Fteroti, Lagonisi frente a un paisaje de islotes; Karidi, con sus formaciones rocosas blancas, donde tuvimos un divertido encuentro en un restaurante con el encargado Nikos Karambelas, futbolista griego que jugó varias temporadas en España y que dijo ser muy amigo de Barral, el jugador isleño que milita en el Cádiz; la llamada Orange Beach. Para los que amamos Grecia y los escritos de Patrick Leigh Fermor y Robert Byron tenía una emoción especial bañarse mirando al Monte Athos. Tal vez un día…

Las veladas las pasamos cenando al atardecer en los restaurantes sobre el mar, con buen vino, buen pescado y buenos precios. Todos ellos, elementos que nos reafirman en nuestra teoría y práctica de que las vacaciones-vacaciones se deben pasar en Grecia.

 

‘Kazánema’, el tiempo de raki en Creta

Ulyfox | 3 de noviembre de 2017 a las 19:23

En estos días me invade la nostalgia de algo que nunca he vivido: a finales de octubre y primeros de noviembre, es decir ahora, se celebra en todos los rincones de Creta la fiesta familiar de destilación del raki. El raki es una especie de licor equivalente al aguardiente u orujo español o la grappa italiana, o el eau de vie francés. Es decir, un destilado del hollejo, lo que queda de la uva después del prensado para el vino y que se guarda fermentando durante un par de meses. Anda alrededor de los 35-40 grados y en Creta es como un pasaporte a la amistad, se toma a todas horas del día, se ofrece al visitante, al invitado, se regala a mansalva en restaurantes y cafés. Puedes pasar semanas en la isla bebiendo raki y no pagando nunca por él. Sirve de aperitivo, de desayuno, de merienda y como sustituto del vino en las comidas. Como el cien por cien de lo que se consume en Creta es de producción natural, no suele dar problemas estomacales ni de resaca al día siguiente. Yo diría que incluso los cura, pero para afirmar eso hay que tener la fe cretense que uno tiene en los milagros del raki. Pero es que yo he visto esos milagros. Y os voy a contar uno de ellos, saltándome el orden cronológico de nuestro último viaje de un mes a Grecia.

 

El comienzo de la cena, con Sofía, Kyriakos, Mijalis y María.

El comienzo de la cena, con Sofía, Kyriakos, Mijalis y María.

 

Al llegar a Creta, a mediados de septiembre, hicimos una parada en Sitia, al este de la isla, con la casi única intención de reencontrarnos con Sofía y María, dos profesoras griegas a las que habíamos conocido en primavera cuando acudieron con sus alumnos a un campamento de intercambio de estudiantes, aquí en Alcalá de los Gazules. Un amigo nuestro responsable de la granja escuela donde se celebró nos avisó sabiendo de nuestra pasión cretense. Y pasamos una jornada campestre estupenda, charlando de Creta y de Cádiz con las dos. Así que era obligado (y muy deseable) devolver la visita. La primera noche Sofía nos preparó una cena deliciosa, inolvidable y laboriosa que no sé cómo le pagaremos algún día. Para la segunda, nos reunimos con unos amigos suyos en un rakádiko (local especializado en servir raki con mezes, algo así como las tapas). Y ahí viene lo que decía: yo andaba maluquillo del estómago, quizá por los sabrosos excesos de la noche anterior, y afronté con cierta prevención la noche.

En la mesa del Oinodeion, que así se llamaba el estupendo sitio, nos esperaban, además de Sofía, su marido Kyriakos, un sonriente hombre que insistía en que le llamáramos Domingo, el equivalente a su nombre en español, y sus amigos Mijalis y María (otra María diferente). Decidí la inmersión inmediata en Creta, desafiando mi malestar con una apuesta fuerte: hoy cenaríamos sólo con raki. No llevé la cuenta, es imposible en una mesa cretense en la que te van sirviendo conforme se acaba el vaso. El raki era buenísimo, suave, con un cierto dulzor, perfecto para beber. Y fueron cayendo platos cretenses buenísimos, en la animada charla que mantuvimos en nuestro precario inglés y el mucho más modesto griego. Todos hacíamos esfuerzo por entendernos, y con el raki era más fácil.

Pasaron así más de cuatro horas de cena y conversación en los que la bebida no dejó de correr. La hospitalidad cretense se mostró de nuevo: no nos dejaron pagar un euro. En la parte final de la fiesta se sumaron a la mesa el propietario del rakádiko, Dimitris, y su hijo Kostas, y su mujer, la cocinera, artista de la que lamento mucho no recordar el nombre. Eran parientes de María. Por su cuenta, ellos aportaron más raki y platos a la mesa, y abundantes postres, unas uvas sultana buenísimas. “Las mejores para hacer raki”, nos dijo Dimitris, que de esto sabe. El que tomamos durante toda la noche estaba hecho por él. Dimitris es hombre dado a la broma, y ahí nos encontramos en un terreno familiar. En un momento dado, terminamos cantando a coro una hermosa canción cretense Apojeretismós (Separación): “Mesopélaga armeniso, ki ejo plori ton kaimó, ki ejo tin agapi prima ki albouro ton jorismó…“, es decir algo así como “En medio del mar navego, y tengo por proa la pena, por vela tengo el amor y por mástil la separación…”, una preciosidad escrita por un grande: Kostas Moundakis.

Al final de la fiesta se añadieron el dueño del rakádiko, Dimitris, su hijo Kostas y su mujer.

Al final de la fiesta se añadieron el dueño del rakádiko, Dimitris, su hijo Kostas y su mujer.

Dimitris me habló de que, a la vuelta de poco más de mes y medio, se celebraba en Creta el kazánema, una explosión de fiestas familiares y vecinales en la que los congregados se reunían alrededor del kazani, el caldero donde se calienta el hollejo fermentado para que destile el precioso brebaje. Él produce anualmente unos 5.000 litros de raki. Mijalis también lo hace, pero sus cantidades son más modestas: unos cien litros. Y con ese alegre asunto por excusa se pasó a la invitación directa: “Tenéis que venir en esas fechas, a finales de octubre, hay fiesta por todos lados, y todo el mundo bebe el raki nuevo, y come de todo… yo mismo os invito para cuando podáis”. Pero esa es la clave, ¿cuándo podremos?. Hay dos fechas que figuran en nuestra agenda pendiente con Creta: las que corresponden a la Pascua ortodoxa, que es la gran fiesta griega, mucho más que la Navidad, y el Kazánema, la destilación del raki.

Esa nostalgia de lo no vivido brotó de nuevo hace unos días, cuando Sofía me envió las fotos de su particular kazánema. Allí en Exo Mouliana, en casa de Mijalis y María, en un pueblo de la grandiosa montaña cretense, cerca de Sitia se reunieron los amigos para destilar y probar el raki fresco elaborado en alambique de cobre. No pudimos estar allí, pero en cierta forma sí lo hicimos, y nos renovamos a nosotros mismos la promesa: el año que viene, a final de octubre. Ojalá. Pero aún nos cabe una esperanza pequeña, la próxima semana Sofía visitará San Fernando para otro de esos intercambios, y quién sabe, a lo mejor tiene un detalle en su maleta…

 

Preparación del raki (kazánema), hace unos días en casa de Mijalis.

Preparación del raki (kazánema), hace unos días en casa de Mijalis, con el montaje del alambique.

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Me faltaba contar el milagro. Efectivamente, al día siguiente, después de no sé cuántos vasos de raki, mi estómago estaba perfecto, mucho mejor que el día anterior. Entonces comprendí la anécdota que me contaba Sofía cuando nos conocimos. Ella no es cretense, sino de Atenas. Cuando llegó al instituto donde trabaja ahora en Sitia, observó que había botellas de raki por todas partes en las dependencias de los profesores ¡e incluso en los cajones de las mesas, en las propias aulas! “¿Pero esto cómo puede ser, esto es normal?” preguntó a sus compañeros, medio escandalizada. Uno de ellos lo contestó: “Naturalmente, lo hacemos por prescripción médica”.

Xanthi, a medias con Turquía

Ulyfox | 31 de octubre de 2017 a las 22:34

La mezquita en el barrio alto de Xantthi.

La mezquita en el barrio alto de Xantthi.

 

Por momentos nos parecía estar en Mostar, aunque faltaba el esbelto puente otomano símbolo de la ciudad bosnia. Pero en realidad llegamos a Xanthi, en el norte griego que ya casi es Bulgaria y que puede tocar con la punta de los dedos tierras turcas, aún más a oriente que Kavala, atraídos por un nombre misterioso con ecos de los libros de Patrick Leigh Fermor: los pomacos. Son estos una minoría étnica relativamente abundante en Bulgaria y presente en territorio griego sobre todo en esta ciudad y alrededores. Su religión es musulmana y su lengua, el turco. Su origen es remoto y no está todavía certificado. Algunos estudiosos dicen que son descendientes de los primitivos tracios y que en un momento dado se hicieron musulmanes para huir de las represalias cuando la zona pasó a ser dominada por el Imperio Otomano. En la Grecia actual, prefieren llamarlos griegos de religión musulmana antes que turcos para combatir un permanente sentimiento a modo de nacionalismo.

Mansiones griegas

Mansiones griegas

Casas turcas cerca del barrioi pomaco.

Casas turcas cerca del barrio pomaco.

Preparando los locales para la gran fiesta

Preparando los locales para la gran fiesta

Fachadas de color pastel en el casco antiguo.

Fachadas de color pastel en el casco antiguo.

La animación empieza a mediodía en Xanthi.

La animación empieza a mediodía en Xanthi.

El caso es que en Xanthi, un pueblo precioso de las estribaciones de los montes Ródope, hay pomacos. La población está dividida, quizá todavía a consecuencia de la discriminación. En el barrio bajo, aunque la mayoría de las casas tienen aspecto turco, abundan las mansiones de estilo neoclásico, antiguas viviendas de potentados del tabaco, producto cuyo cultivo constituyó la principal fuente de riqueza del pueblo. Muchos de estos palacios están convertidos hoy en museos o edificios públicos.

Una gran mansión tabaquera.

Una gran mansión tabaquera.

El paseo por el centro histórico necesita pronto de buenas piernas, puesto que el trazado asciende poco a poco del barrio más bajo, mayoritariamente griego ortodoxo hasta el barrio alto en el que suena la llamada del muecín desde el minarete de la pequeña y antigua mezquita. Por aquí los niños corretean y se gritan unos a otros en turco, mientras se pueden observar las numerosas parabólicas dirigidas hacia un punto cardinal que luego nos dijeron que era el Este, desde donde viene la señal de la televisión turca. La sensación era extraña puesto que parecía posible pasar en un segundo de un país a otro

El resaturante Palia Poli.

El resaturante Palia Poli.

Un establecimiento de gyros (kebab).

Un establecimiento de gyros (kebab).

Nosotros llegamos el primer viernes de septiembre, justo la víspera del inicio del Festival del Casco Antiguo, durante una semana llena las calles de actuaciones musicales y espectáculos. Por la tarde, una multitud comenzó a fluir subiendo desde la parte moderna, más llana, hasta las plazas y callejuelas empedradas. En poco tiempo, todas las terrazas estaban llenas y en la plaza alta un espectáculo con dj y luces animaba a los más jóvenes. Escaparates y vitrinas de los locales hosteleros iluminaban las animadísimas esquinas. Grupos de jóvenes, familias enteras parecían haber venido a invadir el pueblo, y el aspecto de fiesta mayor daba a todo el conjunto un aire alegre y jovial.

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Era imposible dar un paso tranquilamente y por un largo rato creíamos que no lograríamos cenar en ningún lado. Todo lleno y la gente no parecía dispuesta a dejar la sobremesa de manera rápida. Al final, casi en el sitio de comida más alejado del centro histórico, aunque ya cerca del hotel, logramos encontrar un lugar, básicamente un asador, donde tomarnos unas tsoutsoukakia y  una ensalada de tomate. Suficiente para una cena no muy exigente. Al mediodía sí, al mediodía comimos estupendamente en el precioso restaurante Palia Poli

Por esas zonas netamente balcánicas los límites, las fronteras y las lenguas han cambiado históricamente, digamos que siguen cambiando, fruto de tanta guerra, tanta dominación y tanto vaivén que por fuerza obligan a la gente a mantener sus tradiciones, para no caerse. Al menos hasta ahora, porque seguro que todo eso caerá muy pronto ante otra dominación: la de la comunicación, los móviles y las redes sociales.

 

Kavala, llegando al límite

Ulyfox | 29 de octubre de 2017 a las 20:19

Vista general de Kavala.

Vista general de Kavala.

 

En realidad, si mirábamos desde la terraza de nuestra habitación y veíamos la animación al atardecer, o si paseabas por el barrio antiguo de Panagia, camino del castillo, o pasabas bajo los arcos del impresionante acueducto que construyó Solimán el Magnífico, todo en el aire te hacía creer que estabas en un puerto turco. Pero Kavala está en Grecia todavía, aunque para llegar a ella tuvimos que cruzar casi toda Macedonia para asomarnos a las puertas de Tracia. Sí, aunque era la bandera griega de la cruz y las barras blanquiazules la que ondeaba allí arriba, en la torre del homenaje, nos habría parecido normal que en su lugar estuviera la turca de fondo rojo, la luna menguante y la estrella de cinco puntas, como si estuviéramos a orillas del Bósforo y no frente a la isla de Tasos.

 

Vista de los tejados de Panagia, desde el castillo.

Vista de los tejados de Panagia, desde el castillo. Al fondo, la isla de Tasos.

El acueducto de Kamares, mandado construir por Solimán el Magnífico.

El acueducto de Kamares, mandado construir por Solimán el Magnífico.

Pero de todas formas, el aspecto de la segunda ciudad de Macedonia tras Tesalónica es otomano, en las casas y en el conjunto urbano. No en vano, hace sólo poco más de cien años, hasta 1912, todavía pertenecía a Turquía y bajo su dominio estuvo 550 años. Por otro lado, el norte de Grecia tiene unos aromas diferentes del mundo de las islas, tan mediterráneo. Aquí todo parece más balcánico, sin dejar de ser totalmente helénico. Incluso el carácter de la gente parece más cerrado. El idioma es el mismo, la comida es idéntica, y sin embargo algo, mires hacia donde mires todo te lleva más a los Balcanes que al Egeo.

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Trazas indudablemente otomanas en el casco histórico de Kavala.

Trazas indudablemente otomanas en el casco histórico de Kavala.

La joya de Kavala, además de la vista de su puerto y del frente marítimo abarrotado de turistas, es su barrio antiguo amurallado, que lleva por nombre Panagia, algo así como el barrio de la Virgen, aunque en su trazado se conservan tanto iglesias como mezquitas. Aquí desembarcó San Pablo y, para completar la enriquecedora mezcla, el castillo lo construyeron los venecianos. En realidad, es como un resumen de la historia de Grecia en los últimos siglos.

Estuvimos sólo una jornada en Kavala, el último día de agosto. El calor era notable y a las horas en que más pegaba decidimos hacer la visita al casco viejo en lugar de acercarnos a una playa, que era a lo que invitaba la temperatura. Calles empedradas, turistas turcos y balcánicos y casas otomanas con la característica planta alta en voladizo fue lo que encontramos. Tras la ardua subida, lo agradable fue una bajada trufada de hermosas visiones, fachadas de colores vivos y recuerdos de pachás y sultanes a cada paso.  Un paseo tan largo como para que cuando vinimos a tomar un tentempié en el Paseo Marítimo fuera ya una hora tardía.

Al atardecer, la azotea del hotel brindaba una vista magnífica e ideal para un largo café frappé, tan griego…

Esperando el café en el atardecer de Kavala.

Esperando el café en el atardecer de Kavala.

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El final del día lo puso una caminata por el enorme paseo marítimo, peatonalizado en horas nocturnas, y una espléndida cena en el restaurante Apikos, donde tomamos una de las mejores tsousoukakia (albóndigas alargadas en salsa de tomate, a la manera de Esmirna) que nunca hemos probado. Y qué os vamos a decir: el precio era ridículo.

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Cita a solas con Filipo

Ulyfox | 21 de octubre de 2017 a las 17:55

Solitaria ante la tumba de Filipo II de Macedonia.

Solitaria ante la tumba de Filipo II de Macedonia.

Extrañamente, ante un testigo de la historia tan grande como ese no había nadie. El resto del museo, dispuesto y organizado modélicamente bajo el túmulo de las Tumbas Reales de Vergina, estaba lleno por un grupo de turistas, pero nadie había bajado una pequeña escalera de madera tras una abertura mediana para contemplar la tumba de Filipo II, el rey que hizo grande a Macedonia y gran estratega militar. Solos nosotros dos emocionados ante la puerta tenuemente iluminada. Casi daban ganas de rezar frente a las dos columnas falsas y el friso levemente coloreado. “Aquí estuvo Alejandro despidiendo para siempre a su padre” era obligado decir. Como pareció obligado saltarse la prohibición expresa y robar una foto para siempre. Con perdón.

Ante el túmulo de las tumbas reales de Vergina.

Ante el túmulo de las tumbas reales de Vergina.

Estábamos en Vergina, la capital de Macedonia, aquel reino que los atenienses consideraron bárbaro y ante el que, por no seguir los consejos preventivos de Demóstenes en sus Filípicas, tuvieron que rendirse en el campo de batalla para cambiar definitivamente la historia de Grecia y del mundo. Casi a continuación de su gran victoria, el rey macedonio Filipo fue asesinado y su hijo Alejandro, proclamado soberano de todos los griegos, prefirió emprender una campaña de conquista sin fin hasta su muerte en un lejano punto de su enorme imperio. La gesta sin parangón de Alejandro el Grande, Magno, O Megas, empezó y acabó con él. La cultura griega se extendió como nunca, pero tras su desaparición se dividió en un gran número de reinos, muchos de los cuales al cabo del tiempo fueron conquistados por los romanos… la Historia.

En Vergina, dentro del túmulo que alberga varias tumbas, todo era emocionante: el recuerdo de Filipo, la riqueza de los ropajes, armaduras, vajillas y adornos encontrados, la belleza de la pintura mural que se conserva… pero sobre todo estremecen las palabras del arqueólogo Manolis Andrónikos, que descubrió e investigó el el yacimiento, impresas en uno de los paneles del museo. En ellas, el investigador describe sus hallazgos con expresiones en las que se puede sentir el temblor de su voz por lo que iba encontrando y por la manera en que las coincidencias históricas le iban llevando a la conclusión de que realmente estaba ante la tumba del gran Filipo.

Restos de Pella, ciudad natal de Alejandro el Grande.

Restos de Pella, ciudad natal de Alejandro el Grande.

Disfrutamos un buen rato en ese museo, didácticamente montado con una luz tenue que realza el brillo del oro y la plata de urnas, diademas y adornos. Y sentí no tener el arrojo suficiente para fotografiar también la armadura de Filipo. Realmente, aunque muchos datos indican que es el lugar de descanso eterno del rey macedonio, aún no se ha podido determinar con absoluta certeza que así sea. Pero da igual. Para nosotros, algo que no fuera ciertamente su espíritu no podría provocar esa sensación real.

 

Una pared del palacio real en el nuevo museo de Pella.

Una pared estucada del palacio real en el nuevo museo de Pella.

 

Después de rendir homenaje al padre nos trasladamos a Pella, la que luego fue capital también de Macedonia y que tuvo el honor de ser la cuna de Alejandro. Los restos arqueológicos de la antigua ciudad tienen el encanto de los campos yermos en los que la Historia ocurrió. Unas cuantas columnas se elevan al cielo, unos pocos preciosos mosaicos parecen descuidados y lo que queda de unos baños públicos más abajo le dan realismo y realeza. No son la muestra arqueológica más bella de Grecia, pero tienen al lado un museo reluciente, flamante, con cientos de piezas maestras. Para mí, lo mejor era la distribución tan moderna del recinto y la exposición de ajuares funerarios de nobles guerreros macedonios.

Cascos y armas macedonios dentro de ajuares funerarios hallados en Pella.

Cascos y armas macedonios dentro de ajuares funerarios hallados en Pella.

Es imposible permanecer impasible. Miles de años después, la huella de grandes personajes está frente a ti. Así que contentos como pocas veces, nos dirigimos a nuestra siguiente parada, el pueblo de Veria, en el que pudimos hacer poco más que cenar (muy bien, por cierto) y dormir para continuar al día siguiente nuestro gran periplo griego, este año más grande que nunca.

Ajuar de la tumba de un noble guerrero de Pella.

Ajuar de la tumba de un noble guerrero de Pella.

 

Mosaico de 'La caza del ciervo' en una de las casas de Pella.

Mosaico de ‘La caza del ciervo’ en una de las casas de Pella.

 

Estatua del hijo más ilustre de Pella, Alejandro el Grande, en el centro del pueblo.

Estatua del hijo más ilustre de Pella, Alejandro el Grande, en el centro del pueblo.

Salónica, por fin

Ulyfox | 15 de octubre de 2017 a las 21:49

El impresionante interior de la Rotonda.

El impresionante interior de la Rotonda.

Puerta de una tumba macedonia en el Museo Arqueológico de Salónica

Puerta de una tumba macedonia en el Museo Arqueológico de Salónica

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Exquisitas coronas florales y jarrón de oro en el Museo Arqueológico.

Exquisitas coronas florales y jarrón de oro en el Museo Arqueológico.

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Tres imágenes del Museo de la Cultura Bizantina.

Tres imágenes del Museo de la Cultura Bizantina.

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Puede parecer mentira, pero no conocíamos Salónica, también llamada Tesalónica, Thessaloniki para los griegos. Imaginaos a alguien que llevara 25 años viniendo por España y no conociera Barcelona. Pues esos éramos nosotros en relación con Grecia: amantes y buenos conocedores de Atenas, disfrutadores en las islas, casi nativos en Creta, pero extraños del norte y de la segunda ciudad del país. Era como si hubiéramos empeñado nuestro afán en el mundo clásico y bizantino y renunciado al helenístico que hubo entre los dos, a ese gran periodo que impulsó la figura enorme de Alejandro y que se personifica en la tierra en la que nació y donde empezó su gran aventura planetaria: Macedonia.

La Torre Blanca preside el paseo marítimo de Salónica, Leóforos Niki.

La Torre Blanca preside el paseo marítimo de Salónica, Leóforos Niki.

La estatua de Alejandro el Grande, también en el paseo marítimo de Salónica.

La estatua de Alejandro el Grande, también en el paseo marítimo de Salónica.

 

El barrio de Ladádika, lleno de terrazas y restaurantes.

El barrio de Ladádika, lleno de terrazas y restaurantes.

El precioso nombre de Salónica resonaba en mi cabeza con dejes sefardíes, con notas de canciones en ladino y se me aparecía con la silueta de la Torre Blanca en el paseo marítimo, pero alguna otra impresión sacada de quién sabe dónde me la hacía aparecer como una ciudad demasiado moderna y sin alma.

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Murallas, casas otomanas antiguas mezquitas e iglesias bizantinas en Anópolis, el barrio alto de Salónica

Murallas, casas otomanas antiguas mezquitas e iglesias bizantinas en Anópolis, el barrio alto de Salónica

Bastó tomar la decisión por fin, emprender el viaje y caer en la cuenta de que habíamos tardado demasiado en conocer esa gran ciudad de más de un millón de habitantes, llena de vida, al borde de un mar cargado con toda nuestra historia. Pero bien está lo que bien acaba. Ya la descubrimos, a Salónica y luego Macedonia, la tierra de Alejandro… o más bien de su padre, Filipo. Porque Alejandro era griego, sí, pero no tuvo más patria que su impar ansia de conocer lo que había siempre más allá. Que le hablaran de nacionalismo a él, rendido ante la cultura y arte de sus enemigos ancestrales, los persas, por ejemplo, a los que derrotó para siempre, y respetuoso siempre con las leyes y las lenguas de las tierras que, eso sí, conquistaba previamente por las armas.

 

Vista de la Rotonda con las murallas de Anópoli al fondo.

Vista de la Rotonda con las murallas de Anópoli al fondo.

Y basta de introducción: Salónica merece definitivamente la pena. Por su gran plaza Aristotelous, centro de la vida social; por el animado barrio de Ladadika, donde se reúne la animación nocturna con terrazas y restaurantes de todo tipo; por el largo paseo frente al Glofo Termaico presidido por la Torre Blanca (encalada después de una de las muchas matanzas causadas por los turcos) y regado de esculturas como la dedicada a Aléxandros O Mégas y otras de corte contemporáneo; por su casco antiguo amurallado allá arriba, llamado Anópolis y donde más fácil es toparse con las huellas bizantinas, con un aire que recuerda a algunos barrios de Estambul; por sus huellas romanas como el Arco de Galerio y la impresionante Rotonda, con su cúpula semejante al Panteón romano pero más emocionante por sus restos de mosaicos; por sus magníficos museos Arqueológico y de la Cultura Bizantina, espléndidos y didácticos, descubridores de tantas cosas, bálsamo para nuestra ignorancia sobre el mundo macedonio.

Penélope ante los relieves del Arco de Galerio.

Penélope ante los relieves del Arco de Galerio.

El Ágora romana.

El Ágora romana.

Mosaicos en el interior de la Rotonda.

Mosaicos en el interior de la Rotonda.

El Arco de Galerio y la Rotonda al fondo

El Arco de Galerio y la Rotonda al fondo

Vista exterior de la Rotonda

Vista exterior de la Rotonda

Estuvimos dos días en los que recordamos a nuestras piernas que tienen músculos, arriba y abajo, y tratando de recordar a nuestras mentes que tienen muchos huecos que llenar. Y en los que nos quedó pendiente la visita al Museo Judío, por culpa de la falta de tiempo y los horarios. Salónica fue la gran capital sefardí, es decir del mundo hebreo que hablaba ese castellano preservado desde el siglo XVI, cuando los judíos fueron expulsados de España. Allí se asentaron y casi llegaron a ser la mayoría de la población hasta la Segunda Guerra Mundial. La ocupación nazi acabó con ellos, trasladados en masa y exterminados en los campos de concentración. Ahora, su presencia en la gran ciudad es casi anecdótica.

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Tres imágenes del Museo de la Cultura Bizantina.

Tres imágenes del Museo de la Cultura Bizantina.

Y además, Salónica es la gran y magnífica puerta de entrada para el descubrimiento y exploración de Macedonia y Tracia, regiones con tantas trazas otomanas, búlgaras… es decir, un portalón a la Historia. Y aquí amamos tanto la Historia.

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Estaba tomando cañas

Ulyfox | 14 de octubre de 2017 a las 20:25

Mosaicos en la Rotonda de Tesalónica.

Mosaicos en la Rotonda de Tesalónica.

Podría ser una excusa para deciros que no estaba muerto. Una excusa magnífica y no del todo falsa. Sí, este blog no está muerto, aunque bastante dormido, ausente o medio desaparecido. En realidad, esto no debería morir, al menos hasta que no alcance la cifra de las mil entradas que justifique el título que lleva. Pero no estaba sólo tomando cañas, sino bastante atareado, y supongo que también cansado o desengañado de que siguiera teniendo interés para ustedes. Desde luego, no hemos estado quietos ni hemos dejado de viajar. También se han sumado algunos problemas informáticos que impiden hacer comentarios, creo. Trataré de arreglarlos.

Desde la última época en que eran más o menos asiduas las entradas, hemos estado en Navarra en invierno, en el sur de Francia en primavera (aunque de este viaje pusimos aquí un apunte referente a la preciosa Albi y su catedral), en el centro de Italia a principios del verano y en Grecia, como siempre, al final de la estación. Tantas cosas hemos dejado de contar.

Es hora ya de retomar el contacto, de seguir pensando que todavía tienen interés las modestas aventuras viajeras de un par de gaditanos que a veces se convierten en un trío, de seguir hasta el objetivo de las mil. Así que ahí van. Y empezaremos por lo último, por el mes largo que hemos pasado recorriendo Grecia, del norte más fronterizo en Macedonia al sur casi africano de Creta.

Un saludo de reencuentro, y que no decaiga. Estamos en contacto.

Albi, el engaño bien llevado

Ulyfox | 24 de mayo de 2017 a las 10:20

El interior decorado de la catedral del Albi.

El interior decorado de la catedral del Albi.

Viajamos no hace mucho a Francia para encontrarnos, sin esperarlo, con un monumento bellísimo que no lo parecía. Se trata de una de las catedrales más sorprendentes del mundo, seguramente, porque por fuera semeja un altísimo granero de ladrillos rojos al que se le ha adosado un bellísimo pórtico lateral de gótico flamígero. O como un barco de proa redondeada y en el que el puente de mando fuera otra torre aún más alta. Una construcción de una sola nave, sin contrafuertes ni arbotantes, una rareza inmensamente sobria en un país, Francia, que hizo del gótico esplendoroso uno las señales de su poderío religioso. Pero la rareza de la catedral de Santa Cecilia de Albi viene de los tiempos de guerras católicas contra las herejías cátaras, una secta que creía en la igualdad de fuerzas entre Dios y Satanás y en la sobriedad y el ascetismo como manera de combatir el mal. Sus creencias fueron tildadas de herejes por Roma, y combatidas duramente. Albi, no muy lejos de Toulouse, era uno de los centros de los seguidores del catarismo, también llamados albigenses por esa población precisamente. Los herejes fueron vencidos y aniquilados, y la construcción de la iglesia quiso también desmentir las acusaciones de los cátaros contra la Iglesia oficial, a la que se reprochaba el lujo y la riqueza de sus templos. Así que lo que se ve desde fuera es sólo ladrillo austero, pilares redondos y ventanas casi sin decoración. Parece más bien una fortaleza. Era una forma de desmentir el afán suntuoso de los católicos.

El sobrio exterior de la catedral, y el palacio que es ahora Museo Toulouse Lautrec.

El sobrio exterior de la catedral, y el palacio que es ahora Museo Toulouse Lautrec.

Pero era sólo fachada, nunca mejor dicho. El choque que produce la entrada en Santa Cecilia es enorme, aunque el pórtico ya anticipa algo. Pero una vez en el interior parecería que los ojos no pueden abrirse más del asombro: una altísima bóveda de nervios y unos muros en los que no queda un hueco libre de una aplastante decoración de colores. Las columnas, paredes, arcos, bóvedas, capillas, todo está pintado con dibujos geométricos, florales y de santos, listones dorados, sobre un increíble fondo azul. Es difícil encontrar algo parecido en todo el mundo, quizá tan sólo los mosaicos de Monreale en Sicilia den una sensación parecida. Pero esto son pinturas.

La hermosa bóveda decorada.

La hermosa bóveda decorada.

Parecería difícil superar tanta belleza, pero el escalón superior está dentro de este mismo monumento, uno de los más visitados de Francia: el coro prodigioso de escultura policromada, una locura de piedra que parece retorcerse sobre sí misma de manera anárquica pero que en seguida se ve que es producto de la más racional mano humana. Está en el centro de la nave, ocupando la parte trasera, y merece la pena pagar por atravesar sus puertas labradas e imaginar los oficios cantados en los días grandes. O tal vez asistir ahora mismo a cualquier concierto de música religiosa. No pasaría el tiempo si no tuviéramos obligaciones dentro de esta catedral única.

Vista general y detalle del espléndido coro labrado en piedra y policromado.

Vista general y detalle del espléndido coro labrado en piedra y policromado.

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Sólo por visitar Sainte Cecile habría que acudir a Albi, que además es fácilmente accesible en tren desde España, dada su relativa cercanía con la frontera. Pero además, cuenta con el espléndido Museo Toulouse Lautrec, el pintor de finales del siglo XIX nacido precisamente aquí y que retrató como ninguno el ambiente de los cabarets y burdeles del efervescente París de aquella época. Muchas de sus mejores obras, sobre todo sus personales diseños para los carteles anunciadores de actuaciones en esos locales, están en este singular edificio, también medieval y perfectamente acondicionado como museo.

Calles enladrilladas de rojo en el centro histórico de Albi.

Calles enladrilladas de rojo en el centro histórico de Albi.

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Y no es el menor de los encantos de Albi su recogido casco antiguo, de espléndidas fachadas rojas del mismo ladrillo, pensado o no para pasear y descubrir rincones y placitas. Especialmente recomendable es el paseo descendente hasta el río Tarn, en busca del Pont Vieux y del otro lado de la orilla para contemplar al atardecer la silueta de la ciudad, siempre dominada por la catedral. O asomarse a los jardines del propio Museo como un mirador inigualable sobre la corriente de agua y los campos circundantes.

El río Tarn, desde el jardín del Museo Toulouse Lautrec.

El río Tarn, desde el jardín del Museo Toulouse Lautrec.

El Puente Viejo y la silueta de Albi, con la Catedral dominando el paisaje,

El Puente Viejo y la silueta de Albi, con la Catedral dominando el paisaje,

El plan ideal es hacer el viaje en tren desde Toulouse, llegar a media mañana y dedicar todo un día a callejear, visitar sus monumentos y disfrutar en sus espléndidas terrazas de la inimitable elegancia francesa, de sus cervezas, de sus vinos y de sus digestivos licores para rematar. Pocas cosas tan reconciliadoras con la vida.

La colorida calle Savene.

La colorida calle Savene.

Para qué quieres un perro

Ulyfox | 7 de mayo de 2017 a las 19:20

Aquiles

Aquiles, ese perro.

 

 

He calculado que son ochenta y tantas veces. No, esperad: muchas más al día. Sí, porque había olvidado el momento en que cojo las llaves y hacen su sonido metálico, el de subir las escaleras, el de bajarlas y mirar hacia el sofá, el de amarrarse los cordones para salir, el de salir a buscar el periódico, el de volver a casa de donde sea, el de preparar la comida, aquel momento en que te parece haber oído un ruido y esperas ver aparecer su cabeza tras la puerta… Sí, son muchas más las veces que todavía me acuerdo de Aquiles, nuestro perro, ahora que hace más de diez días que murió. Más bien, que decidimos que era mejor sacrificarlo, arrastrando como iba su cansado cuerpo con toda la energía que aún tenía cuando lo invitaba a dar sus paseos diarios.

Y desde ese mismo momento decidimos, con la fuerza que tienen ese tipo decisiones, que no tendríamos nunca más un perro. No sé ni pretendo explicar por qué, pero se sufre demasiado. Y, afortunadamente, es de los pocos sufrimientos que puedes decidir no tener más. ¿Para qué quieres un perro? ¿Para qué quiere la gente un perro? Para mí es una idiotez tener un animal de tan extraordinaria clase para convertirlo en el último de una manada de la que tú eres el jefe, según aconsejan los manuales para amos que circulan por ahí, y los veterinarios que abundan cada vez más. Tampoco se tiene un perro para darle de comer pienso de vete tú a saber qué origen y composición… Tienes un perro porque fundamentalmente, si no eres policía ni pastor, lo que quieres es su compañía, sea esta del tipo y la forma en que sea llamada. Para que esté ahí, sobre todo.  Para que se convierta, porque tú así lo quieres, en algo (¿alguien?) casi imprescindible. Y los perros tienen el instinto o la inteligencia, o tal vez el corazón, de conseguirlo. Siempre que uno sea todo lo humano que un canino espera.

Así que, de verdad, una vez que un perro entra, lo invitas a entrar, en tu casa, digo yo que deber ser tratado como un invitado. Ya pasaron los tiempos, que nosotros nunca tuvimos, de usarlos para defensa, o vigilancia o pastoreo. Y si lo invitas a ser parte de tu familia, así debe ser. Que nadie entienda que debe ser tratado como un humano, sino que siempre que sea posible, hay que entenderlo como animal del que nos hemos hecho cargo. No sé si los perros sienten cariño o quieren a sus amos. Esa categoría de sentimientos es demasiado humana para aplicarla directamente a ellos, pero de hecho no conocemos otra forma de expresarlo. Y desde luego, nosotros estamos en la obligación, una vez que los hemos acogido, de ser cariñosamente humanos con ellos.

Así creo que nos tratamos Aquiles y nosotros, él exigiendo con sus ladridos su ración diaria de comida, paseos y juegos, y nosotros condescendiendo a cada rato como el ser superior que se supone que somos. Y así fuimos construyendo una convivencia diaria de gritos, caricias, órdenes y súplicas, discusiones y reconciliaciones que quizá mucha gente no llega a tener en toda su vida.

Ya digo, tienen que ser cientos de veces al día las que lo recordamos. Aún.