Mil sitios tan bonitos como Cádiz

Dos playas y una taberna en Serifos

Ulyfox | 28 de noviembre de 2021 a las 20:52

La playa de Kaló Ampeli, y el cabo Kálamo, desde la carretera.

La playa de Kaló Ampeli, y el cabo Kálamo, desde la carretera.

El segundo día en Serifos de la heterogénea familia que formábamos lo dedicamos a recorrer una parte de la isla, y en consecuencia, a empezar a descubrir sus múltiples bellezas. Un poco apretados en el coche que habíamos alquilado para los seis, nos dirigimos al sur en busca de una de las playas más nombradas, la de Gánema. Costeando por la carretera avistamos panoramas hermosísimos, en los que a un lado sobresalía el fuerte contraste entre la tierra y la roca resecas con el intenso azul del mar,  y al otro se elevaban cimas pardas. Entre estos paisajes, sobresalía la playa aparentemente salvaje de Kaló Ampeli, que precede al cabo Kálamo y que nos no visitamos ese día pero que nos dejó, al paso, el deseo de visitarla, aunque fuera otro día.

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Parada en la carretera.

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La playa de Gánema.

En poco más de media hora llegamos a la playa de Gánema, una de esas medialunas azules que embellecen las islas griegas. En este caso, se trata de una de las pocas que en Serifos tiene servicios de hamacas y sombrillas. Sería por eso, o más bien porque es una costumbre que se está extendiendo, la primera y segunda filas estaban reservadas. Nos acomodamos en la tercera, tampoco es tan importante cuando tienes todo el mar para ti.

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No es que se llenara, pero al poco tiempo empezó a llegar alguna gente que nos hizo sentir, por comparación, los buenos de la playa. Algunos de los llegados eran portadores de unos ademanes de superioridad y de jet set de saldo, y en seguida, como si fuera lo distinguido, pidieron champán con una naturalidad tan fingida que, al menos, nos sirvió para divertirnos.

 

 

Los baños los alternamos con algunas bebidas que pedimos al bar que era también responsable de las tumbonas, lo que se viene llamando beach bar y que está reemplazando, para mí desafortunadamente, a las tradicionales tabernas playeras en las islas. Tanto baño y tanta charla nos trajeron un saludable apetito que no nos apetecía saciar sólo con los snacks que ofrecía en su menú el mencionado establecimiento.

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La playa de Koutalas, desde la capilla.

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Imágenes de la comida en la taberna Porto Cadena, en la playa de Koutalas.

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Precisamente junto a Ganema hay otra playa, llamada de Koutalas, en la que sí habíamos descubierto desde la carretera una de esas tabernas, con mesas y sillas en la arena, bajo los tarages. Así que todo fue recordarla, advertir al encargado de las hamacas de Gánema de que volveríamos en un rato (no puso buena cara), y acercarnos a un minuto de coche. Y fue un disfrute desde que nos sentamos en la taberna Porto Cadena, a la sombra de los árboles, hasta que terminamos con el café y el preceptivo chupito de tsípouro, pasando por las sardinas a la parrilla, las judías verdes y los calamares. Es verdad que el servicio podría haber sido más cálido, pero eso forma parte de los cambios indeseables que hemos apreciado este año en algunos lugares de Grecia.

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El antiguo muelle de descarga minera en la playa de Koutalas.

Koutalas tiene, como tantas playas en Grecia, una capilla blanca de techo azul que parece puesta allí, aparte de su natural destino religioso, para embellecer las fotografías. Agia Theodora, o sea Santa Teodora, es el nombre de estaque se sitúa en uno de los extremos. Más adelante, permanecen en buen estado los restos de uno de los muelles de hierro que sirvieron para la descarga de la riqueza minera que dio vida a esta isla hasta mediado el siglo pasado.

 

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Sagaz dirige mientras Penélope y Paciencia posan para las fotos ante la capilla de Agia Theodora.

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Agia Theodora nos sirvió para una improvisada y divertida sesión fotográfica en la que Entusiasta y yo mismo éramos los fotógrafos que dirigían sus objetivos hacia Penélope y Paciencia bajo la dirección, se diría que muy experimentada, de Sagaz. Por allí debía de andar también Adolescente, pero seguramente abducida por la pantalla de su móvil o tal vez más que preocupada por el descenso de la rayita que marca el nivel de la batería, no estaba nada interesada en quedar inmortalizada con fondo azul.

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Baños dorados en Koutalas..

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Tras esta corta escapada, volvimos a Gánema para unos baños doradamente vespertinos, y a tiempo de comprobar como los estirados vecinos se marchaban de sus hamacas dejando desordenado y lleno de restos el entorno, que en seguida otro empleado empezó a limpiar. “Todos los días es lo mismo”, se lamentó mientras él y nosotros nos mirábamos en reprobación cómplice.

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Caía la tarde ya cuando regresábamos a nuestros respectivos alojamientos, pero antes de llegar hicimos una parada en un extremo de Livadi para reservar la cena en un local que todos definían como auténtico: la taberna Margarita. La verdad es que comprobamos que era más bien dejada. Comimos bien, platos caseros que la tal Margarita y su hijo nos enseñaron a la antigua usanza en una cocina que parecía salida del túnel del tiempo y que trajera todo su poso desde la lejanía. Levantando la tapa de las cazuelas nos mostraron las especialidades tradicionales y omnipresentes, albóndigas, cabra guisada, patatas fritas, berenjenas rellenas… que acompañamos con un vino casero y turbio.

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La terraza de la taberna Margarita.

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Margarita, ante sus fogones.

Fue bastante barato, divertido aunque de ningún modo memorable, en una mesa larga sobre la tierra y afrontando un viento del norte bastante fresco: el meltemi que de una forma más o menos fuerte nos acompañó casi todos los días y a partir del siguiente…

 

Serifos, el viaje comienza

Ulyfox | 23 de noviembre de 2021 a las 21:54

 

El grupo viajero, a la sombra de un taraje en la playa de Agios Ioannis, en Sérifos.

Parte del grupo viajero, a la sombra de un taraje en la playa de Agios Ioannis, en Sérifos.

Empezábamos un viaje por Grecia en familia, algo nada habitual en nosotros, amantes como somos de la independencia de planear, transcurrir y disfrutar los dos en nuestra buena y única compañía. Si ya es difícil y afortunada casualidad que dos se pongan de acuerdo, las dificultades para que la conjunción se produzca aumentan cuanto mayor es el número de los que componen el grupo. Añádesele a esto las diferencias de sexos, caracteres, procedencias y edades y veremos la casi imposibilidad de que salga un cóctel agradable. Pues debemos de ser grandes artistas de la combinación, porque salió bien. Y lo decimos quienes somos jueces severos en esto de los viajes. Claro que en esta ocasión jugábamos con ventaja: con esta familia ya habíamos tenido una experiencia anterior, y genial, en Grecia.

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En la bodega del barco, a punto de desembarcar en Sérifos.

Muy temprano nos levantamos los seis en el hotel Phidias Piraeus, un establecimiento perfectamente situado para el viajero que vaya a embarcar hacia las islas, completamente renovado y equipado con nuestras amadas camas Cocomat. Estábamos descansados, aunque Sagaz y Adolescente yacían adormiladas en el sofá de la recepción cuando bajamos. Los mayores en cambio, sonreíamos ante la perspectiva. Pronto llegó el transporte gratis que nos trasladó al puerto, aún de noche.

Ya desembarcados.

Ya desembarcados.

En los muelles, la cola ante el ‘Champion Jet II’ era larga porque a la preceptiva recogida de las tarjetas de embarque había que sumar el rellenado de los papeles necesarios para subir a los barcos con motivo del covid 19. Todo se fue solucionando poco a poco, y por fin estuvimos a bordo a tiempo. El barco estaba lleno, puesto que aunque nosotros nos dirigíamos a la isla de Serifos, el trayecto incluía paradas en otras como Sifnos y Milos, cícladas cada vez más en auge turístico.

El puerto de Livadi, a los pies de Hora.

El puerto de Livadi, a los pies de Hora.

La amplia bahía de Livadi. Arriba, el caserío de Sérifos, o Hora.

La amplia bahía de Livadi. Arriba, el caserío de Sérifos, o Hora.

Tras un viaje tranquilo, antes de las nueve estábamos en nuestro primer destino, en una mañana reluciente en el bonito puerto de Livadi, admirando todos desde la lejanía, allá en las alturas, la blancura de Sérifos capital, que en las islas griegas suele ser nombrada como Hora. Allí nos encontramos la heterogénea familia, con dos primeras misiones: acudir a la agencia donde habíamos reservado un coche y buscar un lugar donde desayunar.

El copioso y reconfortante desayuno en el puerto de Livadi.

El copioso y reconfortante desayuno en el puerto de Livadi.

En la agencia se comportaron a la tradicional manera griega, fueron amables y nos dijeron que pagáramos cuando quisiéramos, es decir el último día. Y en el café en el que desayunamos nos resarcimos del madrugón con la variada carta. Lo que ya sabíamos era que ese primer día lo dedicaríamos a la playa, decisión que se vio reforzada en cuanto divisamos desde las alturas los casi gemelos arenales de Psili Ammos y Agios Ioannis, muy cerca de donde teníamos los alojamientos, con su aspecto solitario, sus aguas de tonos azules cambiantes y su arena bordeada de tarajes, en las que destacaba la presencia de una sola taberna bajo su sombra.

Desde nuestro hotel, el  Niovi, sobre Livadi.

Desde nuestro hotel, el Niovi, sobre Livadi.

Hora, vista desde el hotel de nuestros amigos.

Hora, vista desde el hotel de nuestros amigos.

En el asunto de los hoteles fue donde husmeamos por primera vez que algo está cambiando en el trato de los griegos hacia los turistas. Nosotros nos alojamos en el Niovi Studios, precioso con su blancura y sus habitaciones espaciosas con balcón hacia la bahía de Livadi. La recepción no tuvo ni mucho menos la calidez habitual. Sólo había dos empleadas, no griegas y atareadas con los desayunos, que nos atendieron de manera sumaria, y a las que fue difícil encontrar durante toda la estancia. Daba la impresión de que los dueños no estaban nunca por allí.

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Bajando a la playa de Agios Ioannis, junto a la capilla del mismo nombre.

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Pero nosotros veníamos a pasarlo bien, y a disfrutar de la bellísima isla. Primero probamos en la playa de Agios Ioannis, con sólo algunos  bañistas y con una fotogénica capilla blanca y azul que le da nombre, y también realce. Allí fueron unos iniciales baños e inmersiones, tan placenteros que decidimos probar la misma experiencia en la de Psili Ammos. La entrada en esta se hacía a través de la taberna sombreada, y al hacerlo, una mesa vacía nos llamó para la primera comida. Y caímos en la tentación con albóndigas, salchichas y tomates rellenos… y muchas patatas fritas!

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Las playas gemelas de Psili Ammos y Agios Ioannis.

Sagaz, con su abuelo postizo.

Sagaz, con su abuelo postizo.

La playa de Psili Ammos.

La playa de Psili Ammos.

El baño vino después, ya con abundante sombra en la arena y los primeros juegos acuáticos con la incansable Sagaz, en los que empecé a ejercer de abuelo sobrevenido y postizo, y tan a gusto. Ella tiene una edad en la que, afortunadamente, aún le puedo ganar. Los días son largos en vacaciones, los deleites más largos aún.

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La impresionante vista desde nuestra habitación en el Niovi.

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Así que después de los baños y los juegos nos dio tiempo a llegar al hotel, para asomarnos al atardecer sobre la bahía y ver cómo caía la luz del sol. El plan de esa primera noche era acercarnos a conocer el pueblo de Sérifos, es decir Hora, lo que exigía una subida a las alturas en coche y, lo más difícil, encontrar aparcamiento. Pero tuvimos suerte y atrevimiento, al buscar y encontrar un hueco, el último en el lugar dispuesto para ello, justo en el centro de Hora.

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Sérifos, o Hora, en su atalaya sobre la bahía.

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Calles de Hora, en nuestra primera noche.

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La plaza principal, con el precioso Ayuntmiento neoclásico.

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Fue nuestro primer contacto, y aunque nocturno y a la luz de las pocas lámparas, pudimos apreciar la belleza todavía auténtica del núcleo urbano que corona la isla, y nos encendió las ganas de visitarlo de día, como haríamos después. Cenamos en un lugar especial, Stou Stratou, en un rincón de la bellísima plaza principal que alberga el Ayuntamiento (en griego, Dimarjeio) y la iglesia de Agios Ioannis Chrisostomos, componiendo un conjunto de lo más llamativo y acogedor, inconfundiblemente cicládico.

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Sérifos, desconocida hasta entonces, nos enamoró a todos desde el primer día.

Los chicos del Pireo (Ta pediá tou Pirea)

Ulyfox | 6 de noviembre de 2021 a las 21:49

Los chicos del Pireo, a la espera de la cena en el mítico puerto.

Los chicos del Pireo, Sagaz, Paciencia, Ulyfox, Penélope, Entusiasta y Adolescente, a la espera de la cena en el mítico puerto.

Es una canción famosísima de Manos Hatzidakis, Ta pediá tou Pirea (Los chicos del Pireo), que obtuvo el Oscar a la mejor canción original como banda sonora de la película Nunca en domingo de Jules Dassin con una Melina Mercouri espléndida, pero también fondo musical de tantos reportajes antiguos sobre Grecia. En este caso, el título no hace referencia a ese film sino al encuentro esperado y planeado durante meses de un grupo de amigos gaditanos en el puerto de Atenas, que en realidad es un municipio enorme, muy cercano pero independiente de la capital griega.

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Llegada al puerto de Lavrio desde la cercana Kea.

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Nosotros veníamos desde Kea, en barco hasta Lavrio y luego en un taxi hasta El Pireo. Nuestros amigos, una pareja y sus dos hijas, habían hecho antes un precioso recorrido de una semana por el Peloponeso y la cita estaba programada en ese puerto de resonancias históricas, donde habíamos reservado una noche en el mismo hotel, con la gozosa intención de compartir luego siete días por islas Cícladas. Un plan por todo lo alto, que debía comenzar con una cena frente al mar, en el restaurante Ammos, en el centro de Mikrolimano, el Pequeño Puerto que hasta hace poco se llamó Tourkolimano, es decir el Puerto Turco, un pequeña muelle casi circular que ahora alberga exclusivamente barcos deportivos.

El Pireo, que ya era la salida al mar de Atenas en los tiempos antiguos y clásicos, fue hasta hace no demasiadas décadas un puerto mediterráneo clásico, en el sentido de ‘ambiente portuario': lleno de tabernas y de prostíbulos, pero eso ha cambiado mucho en los últimos años. Ahora es una zona muy bien ordenada y con numerosos restaurantes de pescado a los que acuden sus habitantes y los de Atenas regularmente. En uno de ellos, el antedicho Ammos, nos citamos los amigos, y en el fue también donde empezó una historia feliz de siete días, repleta de descubrimientos, exclamaciones de admiración, baños, comidas y risas. Dice la gran cantante Elefthería Arvanitaki : “Ta megala taxidia panda kánoume moni”, o sea “Los grandes viajes los hacemos siempre solos”. Pero este que hicimos compartiendo nuestro paraíso griego con esta familia es uno de los mayores que hemos hecho, en muchos sentidos.

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Sagaz, con su plato favorito (en realidad, uno de tantos).

No paramos de charlar, comentar y criticar con Entusiasta y Paciencia. No dejamos de bromear, enseñar y aprender con la más pequeña, Sagaz, que se quejaba de que hubiéramos quedado a cenar tan temprano, sin que le convenciera nuestro argumento de la belleza de una mesa frente a un puerto mediterráneo a la hora de la puesta de sol. Mientras, Adolescente. estaba a sus cosas de adolescente, con la indiferente distancia que se puede tener a esa edad, más pendiente del móvil y de los mensajes del novio que de las conversaciones de nosotros los mayores. Esa fue la tónica de los días posteriores, que transcurrieron tan dulcemente como esa primera noche en El Pireo.

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Dos delicias griegas, ensalada de erizos (ajinosalata) y kidonia al natural.

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El encargado del restaurante se mostró al principio inusualmente seco con ese grupo de españoles, tal vez sorprendido. Poco a poco, el intercambio de algunas palabras en griego y quizá la alegría que transmitíamos le hizo abrirse hasta convertirse en alguien verdaderamente amistoso, y después generoso a la hora de invitar a los vasos de tsípouro finales.

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El pescado a la parrilla, en el momento de ser servido por Penélope.

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El mero, antes de ser pasado por la parrilla.

Ensalada de erizos, la debilidad de Penélope, kidonia (una especie de berberechos) al natural, es decir crudas (que nos encantaron a todos); mejillones; por supuesto un buen plato de patatas fritas (patates tiganités) para que Sagaz siga acumulando su devoción y sus conocimientos sobre el idioma griego; y un mero de buen tamaño que por supuesto Penélope se negó a que le limpiaran los camareros, entre otras delicias, formaron una cena suculenta y divertida que dio para hacer planes además sobre todo lo bueno que nos esperaba y que, ya adelanto, nos llegó con creces.

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Las buenas artes de Penélope para limpiar y servir el pescado.

Por la noche, El Pireo rebosaba de vida mientras volvíamos andando al hotel. Al día siguiente, muy temprano y a bordo del ferry, comenzaría la aventura. “Aunque busco por todo el mundo, no encuentro otro puerto con la magia de El Pireo”, cantaba Melina Mercouri en . Y después de una noche con esos amigos, estoy por pensar que es así.

Karthea, una dura y bella excursión hacia la Historia

Ulyfox | 26 de octubre de 2021 a las 12:33

Ruinas del templo de Atenea, en la antigua Karthea.

Ruinas del templo de Atenea, en la antigua Karthea.

Sabíamos que iba a ser duro, muy duro, pero confiábamos en poder hacerlo. La recepcionista del hotel le había quitado importancia: sí, la bajada hasta las ruinas de la antigua Karthea era larga pero sencilla, y la vuelta por el mismo camino, bastante más dura, y todo subiendo, pero tampoco era para tanto. Bueno… quizá la recepcionista era mucho más joven y estaba más en forma, pero puedo decir que la visita al fantástico yacimiento junto a una playa de ensueño ha sido una de las más duras de nuestra vida. Y de las más gratificantes… una vez acabada.

Inicio del sendero hasta la antigua ciudad.

Inicio del sendero hasta la antigua ciudad.

La antigua Karthea era uno de nuestros lugares señalados cuando planeábamos el viaje a Kea, y en los foros de internet todo el mundo alertaba sobre la necesidad de estar preparados para el camino de vuelta. Ya sabéis: todo eso de llevar calzado apropiado, sombrero, comida y agua abundante, porque nada de eso había en el yacimiento ni en la playa que lo albergaba, ni durante el camino a pie. Así que íbamos preparados.

Una de las pocas presencias en el camino. Al fondo, el lejano mar.

Una de las pocas presencias en el camino. Al fondo, el lejano mar.

 

Temprano, aunque no demasiado porque la vida no empezaba en el hotel Keos antes de las nueve, hora del desayuno, salimos en nuestro coche hacia el lugar donde empezaba el sendero pedregoso que lleva a Karthea. Una media hora después estábamos junto al inicio del sendero. Dejamos el vehículo en el paraje solitario al lado de la carretera y frente al letrero que indicaba “Karthea 55′”. Y echamos a andar, vigilados por la mirada de un mulo curioso. Desde el principio, una pista medio asfaltada que llevaba a un par de casas, la pendiente era tan pronunciada que se iban los pies. Al poco comenzaba el camino, cuya rústica pavimentación de piedras sueltas traía imágenes del pasado y nos hacía soñar con que fuera el mismo que pisaron los griegos clásicos.

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Casi al final, el sendero se sombrea un buen trecho.

No se divisaba un árbol por los alrededores, y eso, junto con lo empinado de la estrecha vereda, nos hacía temer lo peor a la vuelta, que calculábamos sería a mediodía, es decir la hora de más calor. Pero bueno, ya no nos íbamos a volver atrás. Al cabo de unos 20 minutos empezamos a disfrutar de alguna sombra de trecho en trecho, y otros 20 después acabó el descenso y la senda transcurría fresca en llano por el cauce y sobre los cantos rodados de un arroyo ahora seco, y afortunadamente muy sombreado. Poco antes nos habiamos cruzado con una pareja mayor y un joven que hacían el camino en sentido inverso, pero a lomos de mulos. Los envidiamos.

El teatro antiguo, precioso en su soledad. Arriba, la Acrópolis dórica.

El teatro antiguo, precioso en su soledad. Arriba, la Acrópolis dórica.

Cuando salimos al claro que antecede a la playa de guijarros, en seguida encontramos a nuestra izquierda los preciosos restos del teatro griego, casi totalmente excavado, construido como era habitual aprovechando una ladera y junto al que se encuentra también el vestigio de unas termas romanas. Un poco más arriba se encuentra la acrópolis; desde abajo se divisa un muro de mármol blanco y se adivinan algunos templos.

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El templo de Atenea.

Karthea fue una de las más importantes ciudades-estado (polis) de la isla, y fue habitada desde la era arcaica hasta la época bizantina, pero después fue abandonada, hasta que a mediados del siglo pasado empezaron las excavaciones, que la han dejado hoy en casi perfecto estado de revista y como un espléndido premio para quien se atreve a visitarla. El teatro no es muy grande pero sí lo bastante impresionante por su antigüedad y su buen estado de conservación.

 

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El promontorio sobre el que asienta Karthea parte la playa en dos.

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Sudorosos por la bajada, resistimos la tentación de zambullirnos en las tentadoras aguas de la solitaria playa, sólo ocupada por una pareja con un niño, y decidimos antes subir a la acrópolis. Allí, sobre un promontorio que se adentra en el mar partiéndolo en dos playas espléndidas, lucen casi imperiales las ruinas restauradas del propileo (entrada monumental), y de los templos de Apolo Pithio y Atenea, en el que se levantan algunas columnas dóricas reconstruidas. La estampa es absolutamente evocadora y hace suspirar y decirse que sí, que valía la pena la excursión y probablemente también la que sería agotadora vuelta.

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Vistas desde la Acrópolis de Karthea.

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El propileo (puerta monumental) de la acropolis, sobre la playa.

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La belleza del conjunto se acentuaba por la soledad en la que lo disfrutábamos, pisando viejas piedras y buscando encuadres para las fotos, pero al poco tiempo esa paz se vio alterada por una de las plagas contemporáneas que acosan al viajero: los drones. Uno de ellos, manejado por una pareja (siempre es una pareja), sobrevolaba con su zumbido la explanada de columnas y mármol. Y decidimos que ahora sí, que ya era tiempo de volver a descender hacia la playa, probar sus llamativas aguas y alimentarnos un poco para el retorno.

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Bebida, alimentación y baño después del esfuerzo y como preparación para el regreso.

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Una pequeña capilla en la playa.

El baño fue delicioso, reconfortante. En la playa, una pequeña capilla y una casa en la que una mujer parecía estar arreglando para la llegada de algún visitante. Al otro lado, un hombre hacía alguna labor de mantenimiento junto a otra construcción mientras extendía una manguera a lomos de un mulo. Tomamos una fruta y un puñado de frutos secos mientras entrábamos y salíamos del agua, como resistiéndonos a la forzosa vuelta.

La vuelta fue durísima, con numerosas paradas bajo la escasa sombra.

La vuelta fue durísima, siempre subiendo, con numerosas paradas bajo la escasa sombra.

Y, al cabo de una hora aproximadamente, comenzamos el retorno, muy cómodo y sombreado al principio, pero tremendo en casi todo su recorrido, siempre subiendo. Empleamos más de dos horas y haciendo numerosas paradas a la sombra de la escasa vegetación. La pendiente era, efectivamente, muy pronunciada, y nos forzaba a ralentizar la marcha. Afortunadamente, llevábamos suficiente agua para refrescarnos por dentro y por fuera. Alguna vez pensamos que no llegaríamos, pero era sólo una broma inconsciente que nos hacíamos.

Llegamos, ¡cansaos pero contentos!

Llegamos, ¡cansaos pero contentos!

Por fin, después de numerosas vueltas y revueltas siempre hacia arriba, divisando sólo lejanas capillas en los riscos, dimos con la carretera y con el coche, que nos esperaba salvador, dándonos ya el regalo de descalzarnos las botas en su interior y emprender el camino de vuelta haciendo planes revitalizantes: ¿dónde comemos? o mejor y más imperioso aún: ¿dónde nos tomamos una cerveza? La opción que ganó fue la de buscar un restaurante en Vourkari, una zona de amarres de yates llena de establecimientos hosteleros de buena fama frente al muelle.

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El suculento almuerzo en el restaurante Aristos de Vourkari.

Ahí elegimos el Aristos (cuyo nombre en griego significa simplemente El Mejor), especializado en pescado y mariscos, con una amplísima terraza blanca y azul, sumamente atractiva. Cansados, disfrutamos de uno de los manjares preferidos de Penélope, la ensalada de erizos (ajinosalata), a la que acompañaron una ensalada de tomate y queso myzithra, un carpaccio de lubina y unas sardinas abiertas a la parrilla. Todo acompañado con vino blanco, por supuesto.

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Playa de Pisses desde las alturas de la carretera de vuelta.

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Otro baño en Gialiskari para aliñar una tarde fantástica.

El almuerzo fue tardío y muy bueno, y realmente la gloriosa tarde pedía otro baño, que fue lo que hicimos en la playa de Gialiskari, ya muy cerca de nuestro hotel. Luego, nos dirigimos al puerto de Corissia donde nos regalamos con un nescafé frappé, la bebida ideal para los atardeceres con un libro en los muelles griegos.

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Vistas en la playa y puerto de Corissia, al atardecer.

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Poco más quedaba por hacer, quizá si realizáramos otra actividad terminaríamos estropeando la jornada, así que nos volvimos al hotel para culminar el día con una cerveza y un aperitivo mientras charlábamos con la encargada del bar sobre Grecia, el idioma griego y sobre nuestro amor por todo lo que se relaciona con este país.

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Karthea, una de las grandes experiencias de la estancia en la isla de Kea.

Era la última noche en Kea y era imposible haber terminado mejor la estancia que con esta excursión a la Historia antigua. Al día siguiente volveríamos al continente para hacer una escala en el Pireo y comenzar lo que resultó ser un precioso periplo por varias islas del archipiélago de las Cícladas. Estad atentos.

Recorriendo la isla de Kea

Ulyfox | 19 de octubre de 2021 a las 14:09

Baños transparentes en la estupenda playa de Otzias.

Baños transparentes en la estupenda playa de Otzias, organizada y cómoda.

Kea es pequeña, al menos para nuestros esquemas mentales. Pero no por eso deja de encerrar bellezas. Al verla en el mapa no se esperaría que fuera tan montañosa, y el interior es especialmente salvaje. pese a que las zonas costeras, sobre todo las de las playas del oeste, estén bastante masificadas. Entiéndase, no se habla de grandes resorts ni hoteles de cientos de habitaciones, pero sí hay una saturación de viviendas y chalés, y sobre todo de piscinas, muchas piscinas, en una isla en la que el agua dulce debe de ser escasa y en la que sobra mar para bañarse. Pero esos son los patrones de la felicidad moderna, qué le vamos a hacer.

La playa de Otzias, desde las alturas.

La playa de Otzias, desde las alturas.

Alquilamos un coche para recorrer en lo posible la isla durante tres días, pero sin un ánimo excesivamente veloz ni explorador: ¡estábamos de vacaciones! Así que lo primero que hicimos fue irnos a una playa fantástica a apenas un cuarto de hora de carretera: la de Otzia, con la intención de pasar unas cuantas horas tumbados y bañándonos.

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Otra imagen de la playa de Otzias.

La playa, totalmente organizada, se reveló como ideal para esos fines. Como Kea es un lugar que vive para el descanso, aunque no llegamos demasiado temprano, había un buen número de hamacas disponibles, con un servicio esmerado. Luego, la zona se llenó, pero ya nosotros estábamos perfectamente acomodados. La mañana y buena parte de la tarde se nos fue entre la tumbona, la lectura y los baños en un agua transparente como acostumbra a ser la del Egeo. Como el ambiente lo pedía, bebimos y tapeamos en las mismas hamacas.

El monasterio de Panagia Kastriani, sobre el acantilado.

El monasterio de Panagia Kastriani, sobre el acantilado.

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Cuando el sol empezó a declinar, decidimos que era una buena hora para visitar el monasterio de Panagia Kastriani, un poco más al norte y situado sobre un acantilado. La carretera era tan difícil como se esperaba, pero mereció la pena acercarse a divisar su silueta blanca frente al mar, y adentrarse en su patio igualmente blanco con el toque azul de su cúpula y campanario. No parecía haber nadie en el monasterio, aunque se escuchaba un rumor de voces en el interior, y la limpieza del recinto y del interior de la iglesia hacía sospechar que más de una mano se ocupaba de su cuidado.

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Nos gustó la visita en solitario que nos permitió mirar al mar y hacer decenas de fotografías, tanto del monasterio como de la playa que se divisaba tentadora abajo y que lleva el mismo nombre del convento.

La playa de Kastriani, bajo el monasterio del mismo nombre.

La playa de Kastriani, bajo el monasterio del mismo nombre.

Abandonamos el lugar con la misma discreción, y nos encaminamos de vuelta al hotel, para culminar ese día con nuestra segunda subida a Ioulida y cena al atardecer. En la capital interior de la isla la luz era mágica, y presenciamos cómo los vehículos de los invitados a una boda, coincidentes con la llegada del único autobús por una estrecha y empinada calle, pueden colapsar un pueblo entero. Pero a base de paciencia y maniobras todo se resolvió en pocos minutos. Es extraordinaria la capacidad y habilidad que los griegos tienen para la conducción en los lugares más complicados.

Atardecer desde las alturas de Ioulida, con otras islas al fondo.

Atardecer desde las alturas de Ioulida, con otras islas al fondo.

El día siguiente nos dirigimos al sur, a ver otras playas famosas. Primero nos paramos en Pisses, donde estuvimos un buen rato, pero tampoco nos entusiasmó. El lugar dio para un par de cervezas y un rato tumbados, pero no nos inspiraba mucho para el baño el ligero viento que soplaba y el oleaje de la orilla, nada espantoso pero suficiente para quitarle el encanto.

Las calas de Koundouros y Kampi, las más turísticas de la isla.

Nos habían hablado de lugares turísticos como Koundouros y Kampi, no demasiado lejos de Pisses, así que decidimos ir a conocerlos. Sólo puedo decir que salimos huyendo: el tráfico intenso, los coches aparcados en las estrechas carreteras y el sonido fuerte de la música y los motores de las lanchas y motos náuticas nos hicieron comprender que no era nuestro sitio. Probablemente sí lo era para quien quisiera lucir glamour y ropa cara allí, pero ese no es nuestro caso. Demasiadas urbanizaciones sobre un mar azul, y en unas calas sin duda muy bellas, pero con un ambiente Riviera de estelas blancas de embarcaciones que hacían figuras sobre el agua. Nos fuimos.

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Atardecer junto a la capilla de Agios Georgios, en Corissia.

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La vuelta hacia el puerto de Corissia, sin embargo, fue agradable, recorriendo colinas abruptas de color terroso con el Egeo de fondo. Esa noche, además, nos vestimos de verano y paseamos hacia la ensenada, subimos hasta el promontorio presidido por la capilla blanca de Agios Georgios, y cenamos en un lugar más que recomendable, Magazés, un restaurante frente a los muelles donde dimos cuenta de un fresquísimo sargo a la parrilla, con entrantes de boquerones en vinagre y calabacines fritos, mientras veíamos llegar y salir los ferries, que se tragaban largas colas de personas y vehículos abandonando la isla en el último fin de semana de agosto, y anunciándonos que una estación más tranquila llegaba a las Cícladas.

Nos quedaba un apasionante último día, pero eso lo relataremos en otra entrada…

Kea, la sonrisa de un león lo puede curar todo

Ulyfox | 14 de octubre de 2021 a las 13:08

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El León de Kea, más de 2.700 años sonriendo frente al valle.

 

Aún no he casi empezado a contar nuestro viaje de mayo por el centro y norte de la Grecia continental y ya me urge relatar el que acabamos de terminar por las islas. Así que vamos a ello, y ya retomaremos el periplo interior, seguro, alguna vez. Este viaje empezó difícil, no por las maletas, no por los traslados ni por las incomodidades del desplazamiento, sino por algo mucho más prosaico que todo eso: dos cajeros del aeropuerto se negaron a darnos dinero, y uno de ellos incluso nos emitió un recibo por una cantidad que no nos entregó, dejándonos bastante planchados. Bueno, tras muchas llamadas con resultados y respuestas imbéciles y maquinales de algunos que tienen como supuesta misión la atención al cliente, varios días después una empleada como tiene que ser nos resolvió el asunto con una gestión que no requería más que de la buena voluntad, pero que solo por eso tendrá mi agradecimiento siempre.

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Camino de Kea, a bordo del ‘Ionis’.

 

No pudo nada de eso empañar nuestra alegría cuando a finales de agosto aterrizábamos en el aeropuerto de Atenas. Allí nos esperaba con un cartelito Mijalis, con quien habíamos concertado el transporte hasta el puerto de Lavrio, a donde llegamos después de media hora para alojarnos en el hotel Nikolakakis, modesto, agradable e ideal para pasar una noche de tránsito a la isla de Kea, que era nuestro primer destino. El recepcionista, además, puso todo su empeño en hablarnos en un español tan precario como el griego en el que yo le respondía, en un intercambio divertido de pequeñas lecciones de idioma.

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La llegada a Kea, en una luminosa y calurosa mañana.

Sólo tuvimos tiempo para buscar un lugar en el que cenar en este pueblo pequeño y sin nada destacable, que seguramente debe toda su vida al tráfico portuario con las islas cercanas, sobre todo con las Cícladas, aunque vimos algún crucero turístico atracado también, dado que no está muy lejos de Atenas. Aunque el recepcionista nos recomendó comer en Petrino, yo me dejé llevar por la intuición infalible de Penélope, que le echó el ojo a un local llamado Limani, es decir, ‘Puerto’. Y acertamos: aún recordamos el plato de patatas fritas excelsas. No es una tontería, en Grecia aún se puede comer uno unas papas fritas como está mandado, y es muy difícil que te las pongan congeladas, si no se trata de un lugar de ‘gyros’ o una hamburguesería. Estas estaban estupendas.

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Corissia, el puerto principal de la isla.

El prólogo tuvo  de todo, así que sólo quedaba embarcarse a la mañana siguiente hacia Kea, una isla que teníamos ganas de conocer, la más cercana de las Cícladas a Atenas, y por eso mismo, muy visitada sobre todo por griegos. Temprano nos subimos al ferry ‘Ionis’, y sólo una hora y cuarto después estábamos desayunando en Corissia, puerto principal de la isla, que nos recibió con un fuerte calor a pesar de que era temprano.

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Vistas del magnfíco hotel Keos Katoikíes, en Corissia.

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La playa de Gialiskari, muy cerca del hotel.

Al poco, nos trasladamos al hotel Keos Katoikies, una maravilla frente al mar. Mientras esperábamos que la habitación estuviera lista, dimos un paseo hasta la cercana playa de Gialiskari, pequeña y abarrotada. Conseguimos un lugar a la sombra, bajo los tarajes, pero fue divertido ver como los lugareños nos iban arrinconando. Aun así, logramos una cierta tranquilidad de unas horas para leer y darnos unos baños.

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El emplazamiento del León de Kea.

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Tras tomar posesión de la habitación, decidimos ir a visitar uno de los sitios más singulares de la isla, el llamado León de Kea, una gran escultura milenaria realizada casi a la entrada del pueblo más pintoresco, Ioulida, en las alturas sobre Corissia. La escultura de piedra tiene más de 2.600 años y fue realizada durante el periodo de esplendor de la isla, anterior a la época clásica. Normalmente, los leones situados a la entrada de las ciudades deberían infundir miedo, pero este luce una extraña y amplísima sonrisa.

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En el sendero que lleva a la estatua del León. Al fondo, Ioulida.

Pedimos a un taxista que nos llevara lo más cerca del León, para que nos diera así tiempo a recorrer luego el pueblo aún con luz. El conductor, bastante serio, nos dejó en un cruce de la carretera, y al pedirle indicaciones sobre cómo llegar a la escultura nos dijo un nospikinglis bastante desalentador. Así que tiré de nuevo de mi rudimentario griego, y el hombre cambió su actitud de manera inmediata, y con una gran sonrisa y movimiento de brazos vino a decirme algo así como “¡hombre, pero si usted habla griego, por qué no lo ha dicho antes! Baje por aquí y a unos 400 metros se encontrará el León a la derecha”. Este cambio de maneras lo hemos observado muchas veces en Grecia cuando dirigimos a nuestro interlocutor algunas palabras en su idioma: las actitudes formales se convierten rápidamente en amistosas.

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Ioulida, a través de un muro roto.

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La sonrisa de piedra del León.

Así que con risas y entrechocar de puños nos despedimos de él y descendimos por un sendero hasta dar con una pequeña verja de hierro azul con un rótulo “LEON”. Al final de unos escalones de piedra estaba la estatua, dándonos la espalda y mirando al valle. Sería la sonrisa pétrea o sería el precioso paisaje que lo rodeaba y la luz del cercano atardecer, pero estar junto al león, rodearlo, acercarse y tocarlo, casi charlar con él cuando conseguimos estar solos, nos produjo una extraña y gozosa sensación de felicidad, como si su presencia fuera capaz de curar muchas cosas.

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Ioulida en su promontorio.

 

Después de eso, continuamos el verde sendero que lleva hasta Ioulida. El pueblo combina callejuelas empinadas de estilo blanco cicládico con alguna placita y rincones de casas neoclásicas de colores. El entramado urbano se derrama por una ladera que mira al mar, y se ha convertido en la principal atracción de la isla.

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Ioulida, colores y cuestas.

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Por las noches, Ioulida se llena de visitantes esforzados que ocupan los arcenes de la carretera para aparcar, recorren sus cuestas sudorosos y se asientan sobre la plaza principal para tomar algo o cenar. El conjunto nocturno, aun así, no llega a ser agobiante y resulta ciertamente bonito, siempre que se opte por subir en autobús o taxi.

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En uno de esos restaurantes, To Steki, probamos uno de los mejores platos de cabra (katziki) al limón que hemos comido nunca (por supuesto con patatas fritas), que junto a unos extraordinarios rollitos de berenjena se convirtieron en el mejor colofón para nuestro primer día en Kea. El ambiente de Ioulida nos gustó tanto que al día siguiente volvimos para vivir otro atardecer dorado y para una nueva cena, esta vez en el restaurante Kylix, en la terraza con vistas al valle y con el fondo del caserío derramándose por la ladera.

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El restaurante To Steki, ante la iglesia de San Spiridon.

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Rollitos de berenjenas y tzatziki en To Steki.

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Cabra al limón, delicia de To Steki.

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Ioulida, terraza del restaurante Kylix.

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Resumen de más de un mes de gloria y un cierto dolorcito

Ulyfox | 3 de octubre de 2021 a las 20:29

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Baño azul en la playa de Kampos, en la isla de Patmos.

 

Aprovechando que aún quedan algunos lectores de este modesto blog de vivencias viajeras, comunico que hemos vuelto de más de un mes de periplo griego, de 35 días saltando de isla en isla, conociendo, descubriendo y reencontrando, certificando nuestro amor y también, por qué no decirlo, lamentando cierto cambio de ambiente. O a lo mejor somos nosotros, que simplemente envejecemos.

El viaje empezó a finales de agosto en el puerto de Lavrio, lugar de embarque para la isla de Kea, o Tzia, la más cercana de las Cícladas al continente, lo que la hace favorita de los atenienses. En ella pasamos cuatro hermosos días en los que tocamos de cerca la sonrisa de piedra de un león milenario y caminamos hacia las ruinas de una ciudad antigua, además de comprobar en sus playas y restaurantes el porqué de ser tan visitada.

Seguimos por una cita con los mejores amigos en otro puerto, El Pireo, donde embarcamos a las Cícladas ya siendo seis para probar en familia las delicias serenas de Sérifos y donde nos descubrimos como una comunidad de espíritu feliz y disfrutona, alma que nos guió durante cuatro días y otros tres más en la calmada y pequeña Kímolos, haciéndonos sabios para esquivar, capear y torear el pertinaz viento del norte.

Separados de nuevo, y ya otra vez sólo dos, tocaba la habitual visita a Creta, lugar de amigos acogedores y montañas desafiantes, donde aprovisionarnos de abrazos, baños entre palmeras en Preveli y música de la mano del didáctico Giorgos.

El siguiente salto fue a la isla más salvaje, Ikaria, llamada así por ser dónde cayó al mar el osado Íkaro. Una mole de piedra en medio del mar, con habitantes rudos y longevos y playas de caminos inciertos. Fue esta una parada corta en el norte del Egeo y desde allí el ferry nos llevó a la pequeña, íntima y casi privada Lipsí, en ese Dodecaneso que componen doce islas como su nombre indica.

Cuatro días allí y en esa calma, el último castigados por el feroz viento meltemi, nos llevaron a desear conocer islitas cercanas y de nombres prometedores como Arki, Agathonisi y Marathos, pero nos encaminamos a la de Patmos, visitada hacía tanto tiempo y tan brevemente que la recordábamos sólo a cachitos. La isla, en una cueva de la cual vivió San Juan y escribió el Apocalipsis, nos enamoró con su fortificado Monasterio de San Juan, la encalada y bellísima Hora que la rodea en la colina, sus montes suaves y sus playas azulísimas. Cinco días dieron para conocerla bastante mejor.

La última etapa, con una pequeña escala de unas horas para dormir en Syros, fue como siempre para Mikonos y nuestros amigos de la isla. Aquí el viento fue inmisericorde y el invierno parecía haber llegado de pronto, pero eso no nos importó mucho: lo esperábamos y además, con ella el objetivo es siempre estar allí, alojarnos en el Hotel Damianos y comer en los sitios acostumbrados entre abrazos, saludos e intercambio de buenos deseos para el siguiente año, que ya ha empezado como siempre en la rutina de octubre.

Todo eso iremos contando con mucho más detalle, y también el incierto dolorcito que nos ha producido detectar que Grecia está cambiando, como quizá es inevitable, y que cada vez hay que rascar más hondo para encontrar los seres humanos, el aire y la cercanía que nos enamoraron. O, como dije antes, a lo mejor es que somos nosotros…

 

Monodendri, primer contacto con Zagoria

Ulyfox | 18 de agosto de 2021 a las 22:00

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Vista de la garganta de Vikos, desde el mirador de Oxiá.

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Ante el pueblo de Vitsa, cerca de Monodendri.

Después de la impactante experiencia de Meteora, con sus picos y sus monasterios bizantinos en pleno valle de Tesalia, el siguiente día nos dirigimos a la zona denominada Zagorohoria, o Pueblos de Zagoria, una región lejos de las rutas turísticas más transitadas y situada en las estribaciones del monte Pindo, lo que es lo mismo que decir casi en el límite noroeste de Grecia, cerca de la frontera con Albania. O sea, en la histórica región de Epiro.

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Una iglesia en Vitsa, poco antes de llegar a Monodendri.

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Nuestro destino era Monodendri, un pueblecito considerado el centro de la región, y base de numerosos senderistas que acuden a recorrer la impresionante garganta de Vikos. En la fecha de nuestra visita, aquello estaba semidesierto. Después de rodear en coche la interesante Ioannina y su lago, que dejamos para más adelante, y de hacer una breve parada en Vitsa para fotografiar una bonita iglesia, llegamos al pueblo, todo de piedra gris como las montañas que lo enmarcan, y sin necesidad de reserva nos alojamos en el espléndido hotel Zagora Philoxenia, que sólo acogía a otra pareja de huéspedes con un perro.

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La entrada al corto sendero que llega al mirador de Oxiá.

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Ante la garganta de Vikos, en Oxiá.

Tras las formalidades, que en este caso fueron muy poco formales por parte del amable recepcionista, nos acercamos en coche a echar el primer vistazo a la garganta de Vikos desde el cercano mirador de Oxia, apenas un balcón de piedra sobre el abismo, cientos de metros abajo. El tajo en la piedra que forma el desfiladero es impresionante, como tendríamos ocasión de comprobar al día siguiente desde otro oteadero justo enfrente. El mirador está solo a unos doscientos metros bien pavimentados desde el lugar donde hay que dejar el coche. Estábamos solos, pero supongo que en temporada alta habrá cola para asomarse.

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El ‘bosque de piedra’ de Monodendri.

Después de la primera impresión de la garganta, volvimos al pueblo a almorzar, pero antes nos paramos junto a un cartel que indicaba un ‘Stone Forest’, es decir un bosque de piedra. En realidad, la indicación era demasiado pretenciosa aunque pudimos hacer algunas fotos bonitas de un rincón que recuerda El Torcal de Antequera.

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El almuerzo en la plaza principal de Monodendri.

Ya en Monodendri empezamos a comprobar la dificultad de comer algo fuera de temporada y con el país recién abierto al turismo. Hallamos una mesa en la plaza principal, en el local I pita tis Kikitsas, es decir, El pastel (o más bien la Empanada) de Kikitsa. Es la especialidad regional, y la que pedimos de vegetales estaba muy buena. Pero prácticamente no había nada más de lo señalado en la carta. Un filete de cerdo fue la solución. Bueno, nos dio casi igual, el trato fue muy agradable, el producto más que aceptable y el el camarero nos regaló el vino porque sí, aunque puede que fuera porque nosotros tampoco estuvimos muy desagradables e intentábamos chapurrear algo en griego.

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Vista exterior del pequeño monasterio de Agia Paraskevi, a la salida de la garganta.

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Frescos en el interior de la pequeña iglesia del monasterio.

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Después de la comida nos dirigimos al monasterio de Agia Paraskevi, una construcción dedicada a esta santa que sana a los ciegos, sobre el final del desfiladero. Fue un paseo agradable, y en el pequeño convento nos recibió una pareja joven que al parecer estaba encargada de su cuidado y habían instalado allí un pequeño taller de iconos que repetía una y otra vez la imagen de la santa venerada. Atendimos a las explicaciones de lo que ellos llamaron su “proyecto” y terminamos comprando, cómo no, un icono de Santa Paraskevi como recuerdo. El monasterio tiene también una hermosa vista sobre el barranco, y a esa hora de la tarde la luz mostraba un paisaje verde y abrupto.

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Vista desde la habitación del hotel Zagoria Filoxenia.

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Calles de piedra gris en Monodendri.

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Volvimos al hotel después de eso y con ganas de más. Para hacerlo, atravesamos de nuevo Monodendri, por calles empinadas y pavimentadas con grandes piedras entre las que crecía el verdín y la hierba. Las viviendas parecían tener todas una gran extensión y cercas de altos muros. No nos cruzamos con nadie. El recepcionista nos dio toda la información, y nos animó al decirnos que nos daba tiempo todavía esa tarde a ver algunos de los famosos puentes de piedra de Zagoria, que salpican toda la zona. Hacia ellos nos fuimos… pero eso lo contaremos otro día.

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Monodendri, al pie de la garganta de Vikos.

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Meteora, segunda peregrinación

Ulyfox | 29 de julio de 2021 a las 20:27

Ante el Monasterio Varlaam, uno de los seis que aún quedan en pie en Meteora.

Ante el Monasterio Varlaam, uno de los seis que aún quedan en pie en Meteora.

Si los musulmanes tienen la obligación de peregrinar una vez en su vida a La Meca, nosotros hemos sentido la necesidad de hacerlo al menos dos a los monasterios de Meteora, en Tesalia,  Grecia Central. No nos guiaba un interés religioso. Bueno, quién sabe, al menos no en el sentido de religión que nos enseñaron…

El pueblecito de Kastraki, junto a Kalambaka y a los pies de los impresionantes Meteora.

El pueblecito de Kastraki, junto a Kalambaka y a los pies de los impresionantes Meteora.

Acababan de abrir Grecia al turismo después de la enésima ola del Covid 19, y ese primer día ya estábamos aterrizando en el aeropuerto de Atenas para pasar (para respirar) una semana en el país de nuestros amores. Esta vez el periplo elegido era por el centro y norte del país, la parte más interior de Grecia, y la primera etapa eran los monasterios. Así que, nada más aterrizar tomamos posesión del coche alquilado y emprendimos la larga ruta hacia Kalambaka, más de cinco horas desde el ‘aerodromio’ Elefterios Venizelos hasta el pueblo más cercano a los monasterios, una aldea llamada Kastraki, al pie mismo de esas hermosas construcciones bizantinas erigidas sobre altas rocas.

Panaorámica general de las rocas de Meteora.

Panaorámica general de las rocas y el valle de Meteora.

La autopista discurría junto a un nombre tan sonoro y evocador que sentimos enormemente no tener tiempo de parar: Termópilas, el paso donde los valientes espartanos frenaron la marcha de las tropas persas de Jerjes. Habríamos agradecido esa resistencia, pero ahora nada lo impide, y como no queríamos llegar de noche a nuestro hotel, nos limitamos a saludar al paso el monumento al héroe espartano que comandó aquellas tropas, Leonidas.

Primera visión desde nuestro balcón en el hotel Doupiani House.

Primera visión desde nuestro balcón en el hotel Doupiani House.

Así que aún llegamos a tiempo de contemplar el atardecer que doraba las inmensas rocas de Meteora desde la habitación de nuestro alojamiento en Kastraki, el excelente Hotel Doupiani House. La visión era reconfortante, y a un costado del panorama ya podíamos observar la silueta del monasterio Rousanou sobre el espolón rocoso. Nos dio tiempo a poco más que dar un corto paseo hasta la aldea y tomar el primer contacto con nuestra adorada cocina griega en la taberna Bakaliarakia, como únicos clientes de la noche.

Desayuno en el Doupiani House, listos para la caminata.

Desayuno en el Doupiani House, listos para la caminata.

A la mañana siguiente  nos levantamos temprano con el ánimo de hacer el camino a pie hasta el más alto de los monasterios, el Megalo Meteoro, o Gran Meteoro, y luego hacer el descenso recorriendo algunos de los seis que aún sobreviven. Fundado el Gran Meteoro en el siglo XIV, el gran esplendor del lugar con la erección de sucesivos monasterios vino tras la expansión del imperio otomano, cuando los ermitaños cristianos buscaron refugio en lo alto de esos peñascos inaccesibles construyendo conventos a los que sólo se podía acceder por escaleras de cuerdas que se retiraban en caso de peligro. Los griegos habían dado a estas enormes rocas el nombre de Meteora, o sea, Suspendidas en el Aire, de las que suponían además que habían sido enviados desde el Cielo para permitirles retirarse a rezar lejos de todo.

El Monasterio de Agios Stefanos Anapafsa, uno de los más pequeños.

El Monasterio de Agios Nikolaos Anapausas, uno de los más pequeños.

Llegó a haber en los buenos tiempos hasta 24 monasterios, pero el tiempo y sobre todo la destrucción que se llevó a cabo durante la ocupación nazi por la colaboración y refugio que dieron los monjes a los rebeldes griegos, redujeron considerablemente su número. Aun así, lo que queda sigue siendo impresionante, y es desde los años 80 del pasado siglo Patrimonio de la Humanidad.

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Vista del monasterio Roussanou, en el camino de subida.

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Agios Nikolaos Anapausa, en su escenario.

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Monasterio Varlaam, allá arriba…

Ascendimos por la carretera un buen trecho, y habíamos dejado atrás las piedras del pequeño monasterio de San Nikolaos Anapausas, pero cuando el calor empezó a apretar nos dimos cuenta de que el ascenso podría convertirse en demasiado duro y, sobre todo, largo. En un descanso a la sombra estábamos cuando pasó un taxi y le hicimos señales para que parara. Iba a hacer un servicio, pero nos prometió que en cinco minutos estaría de vuelta por si nos interesaba que nos acercara hasta lo más alto. Cumplió su promesa y a nosotros nos dio la alegría de hacer el recorrido de la manera menos cansada, tal como habíamos hecho casi 30 años atrás, en nuestra primera visita a Grecia.

El Gran Meteoro, primero y más grande de los monasterios.

El Gran Meteoro, primero y más grande de los monasterios.

En primer término, Varlaam, y al fondo, el Gran Meteoro.

En primer término, Varlaam, y al fondo, el Gran Meteoro.

Así que nos plantamos cómodamente y en apenas cinco minutos frente a las puertas del Gran Meteoro. Desgraciadamente, este monasterio estaba cerrado. Habíamos llegado demasiado pronto, concretamente un día antes. No sé si habrá más oportunidades… nos conformamos con pasmarnos ante la fachada del monasterio sobre el acantilado, allá en lo alto, y con la decepción de no poder contemplar sus frescos.

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Ante el monasterio Varlaam.

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Dos visiones de Varlaam.

Dos visiones de Varlaam. En la de arriba se aprecia el teleférico cruzando el abismo.

Pero a partir de ahí, y una vez que nos compramos unas gorras adecuadas para el sol aunque turísticas, empezamos el gozoso descenso por la sinuosa carretera. La primera parada, muy cercana, fue en el monasterio Varlaam, llamado así por ser el nombre del monje que lo fundó a mediados del siglo XIV, aunque fue dos siglos después cuando se edificaron los principales edificios que hoy lo componen. Aún conserva la red por la que los internos y visitantes eran izados con una especie de grúa para poder acceder a él cuando no se atrevían a hacerlo por las escalas, aunque también se ha construido una especie de moderno teleférico eléctrico. Hoy en día se ha hecho una escalera y un puente de piedra, además de un túnel excavado en la roca. Incluso se accede al interior por una puerta automática de cristal. Se ve que el turismo deja mucho dinero en los conventos.

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Iglesia (katholikon) dentro del monasterio Varlaam.

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Algunos de los frescos en proceso de restauración en Varlaam.

Frescos más recientes en una capilla anexa en Varlaam.

Frescos más recientes en una capilla anexa en Varlaam.

Varlaam es un conjunto precioso en el que destacan el patio, un pequeño museo y el katholikon, es decir la iglesia bizantina. Sus frescos del siglo XV y XVI estaban siendo restaurados cuando lo visitamos, y era una maravilla verlos emerger con el brillo y el colorido de centurias atrás, en contraste con los aún por restaurar, oscuros como la mayoría de los que se pueden encontrar en las iglesias griegas. No estaba permitido fotografiarlos, nos dijo el vigilante muchacho, pero en un descuido pude sacar una apresurada foto. Creo que los cielos me perdonarán.

Vista general desde el mirador. Se puede ver a la izquierda Roussanou y a su espalda, Agios Nikolaos. En las alturas de la derecha, Varlaam y Megalo Meteoro.

Vista general desde el mirador. Se puede ver a la izquierda Roussanou y a su espalda, Agios Nikolaos. En las alturas de la derecha, Varlaam y Megalo Meteoro.

Luego de la detenida visita nos dirigimos a nuestra siguiente parada, un mirador desde el que se contempla todo el valle y una hermosa visión del conjunto de los monasterios. El mirador estaba lleno de jovencitas y jovencitos de un país balcánico vecino, Bulgaria o Macedonia del Norte, que se disparaban frenéticamente fotos unos a otros bajo la resignada mirada de sus monitores. Desde luego, el panorama es espléndido.

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Sendero a través del bosque hacia Roussanou.

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Roussanou, solitario sobre su espolón de piedra.

Roussanou, solitario sobre su espolón de piedra.

Desde ahí decidimos acortar campo a través por un sombreado, fresco y descendente sendero hasta el siguiente monasterio: Roussanou, uno de los más espectaculares por ocupar toda la parte superior de una gran masa rocosa que destaca en el centro de Meteora, a pico decenas de metros sobre la carretera. Es el único que está llevado por monjas. Es bastante más pequeño que el anterior, y su iglesia, más recoleta. Los frescos prácticamente repiten los motivos de Varlaam, pero en el tono más oscuro de los que no están restaurados.

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Grandes formaciones rocosas a lo largo del camino.

A la salida de Roussanou nos encontramos de nuevo al taxista que nos subió, que sin duda esperaba a otro cliente. Lo saludamos y le contamos nuestros siguientes planes: al día siguiente partiríamos a la zona de Zagoria. Entre una cosa y otra, se acercaba la hora de comer, y debíamos decidir si acercarnos a ver otros dos monasterios, el de la Santísima Trinidad y el de San Estéfano, o dar por acabada la excursión y dirigirnos de vuelta a Kastraki. Optamos por esto último pasando junto a imponentes formaciones rocosas, zigzagueando con la carretera, hasta que encontramos una desviación que pensamos llevaría al pueblo. Un lugareño, desde lejos y al ver nuestras dudas nos lo confirmó: “Né, geia to kentro, geia plateia!”, o sea que aquel camino empedrado que parecía el cauce seco de un arroyo conducía hasta la plaza central.

Maravillosa cocina tradicional griega en la taberna Gardenia de Kastraki.

Maravillosa cocina tradicional griega en la taberna Gardenia de Kastraki.

Y así fue, al poco tiempo aparecíamos por detrás de la iglesia y frente al mejor sitio posible: la excelente taberna Gardenia, donde reparamos nuestras cansadas piernas y aromatizamos nuestros llenos corazones con el sabor de la exquisita melitzanosalata (ensalada de berenjenas a la parrilla) unas jugosas albóndigas con patatas fritas y unas de las mejores dolmades (hojas de parra rellenas de arroz y carne picada) con avgolémono (salsa de huevo y limón) que hemos comido nunca. 

Atardecer en Meteora desde el hotel.

Atardecer en Meteora desde el hotel.

Todo eso pedía un reposo en el hotel… y luego ya veríamos. Pensamos por un momento acercarnos con el coche a ver los dos monasterios que nos restaban y contemplar el atardecer desde lo alto, pero la tarde fue transcurriendo desde el balcón de la habitación y la simple visión declinante de la luz cambiando de color sobre las paredes de los monstruos rocosos bastó para satisfacer nuestra necesidad de belleza por ese dia… hasta que se hizo de noche.

Romanos y árabes en Málaga

Ulyfox | 11 de julio de 2021 a las 19:29

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Visión nocturna del Teatro Romano y, arriba, la Alcazba de Málaga.

La guía era menuda y desenvuelta, morena y escueta, y apareció puntualmente y armada como nos dijo el día anterior: con un paraguas color naranja y a la entrada de la Alcazaba de Málaga. Teníamos concertada una visita guiada a este monumento de la dominación musulmana, combinada con un recorrido por el teatro romano, situado justo debajo del gran castillo árabe. Otra pareja debía unirse a nosotros tres para la visita, pero sencillamente no aparecieron, sin siquiera dignarse a avisar. “Es lo menos grave que te puede pasar”, nos contó resignada Candi, de Top Tour Málaga, que se convirtió por mor de la descortesía de unos clientes y para alegría nuestra, en ‘cicerone’ particular y relajada.

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El graderío y la ‘orchestra’ del Teatro Romano.

El teatro romano fue la primera etapa. El monumento, abierto y visible en pleno centro de la ciudad, da un especial y único ambiente a la calle Alcazabilla, dominando todo el paisaje urbano con su fila de gradas muy bien conservada. Construido en tiempos del Imperio y dejado de utilizar como teatro aproximadamente en el siglo III d.C., estuvo oculto para los malagueños durante centurias hasta que, en los años cincuenta del pasado siglo, se descubrió su existencia al hacer unos trabajos para la realización de un jardín público. Aún tuvo que esperar décadas, hasta 1991, para que se derribara el último edificio existente sobre él y pudiera ser contemplado en todo su esplendor. Ese edificio era precisamente la Casa de la Cultura, y la resistencia de sus administradores al derribo hizo que se la conociera en Málaga como la ‘Casa de la Incultura’.

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El ‘auditus máximus’, entrada de las gentes principales.

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Impresiona, aparte de su graderío y la zona de la orchestra, un arco lateral abovedado con sillares, que se pensó en principio que podría ser una de las puertas de la antigua muralla romana pero luego se comprobó que correspondía al auditus máximus, es decir la entrada para los ciudadanos de más alto rango, según la estricta división por clases que regía la distribución del espacio en el teatro. Las detalladas explicaciones de Candi contribuían al encanto instructivo de la visita a este lugar, que fue sucesivamente factoría de salazones e incluso lugar de enterramiento hasta que desapareció durante cientos de años bajo las mil capas de la Historia.

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A los pies de la Alcazaba, esperando a nuestra guía, Candi.

Después emprendimos el camino de subida hacia la Alcazaba, el castillo palacio que los gobernantes árabes hicieron construir para defender la valiosa plaza de Málaga, allá por el siglo XI. Durante el recorrido lo que primero se aprecia es la perfecta fortificación del lugar, con tres murallas concéntricas y varias entradas en curva, que hacían muy difícil el asalto. Preciosas puertas con arcos de herradura que utilizan algunos elementos constructivos de anteriores edificios romanos se pueden ver al paso.

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Fortificaciones dobles y triples en las murallas de la Alcazaba.

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Columnas romanas, reutilizadas en la llamada Puerta de las Columnas.

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Cuando se abandonó la utilidad militar y de residencia de los gobernadores musulmanes, la Alcazaba fue ocupada durante décadas por gente que se construyó sus casas adosadas a los muros. Candi nos enseñó algunas fotos antiguas que demuestran esa utilización como pueblo dentro de la ciudad, con sus calles. Eso sí, la vida allí no debia ser muy cómoda. Cuando a principios del siglo pasado se empezó a restaurar la fortaleza, esa gente fue desalojada.

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Vistas del palacio del gobernador, en la Alcazaba.

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El recorrido culmina en el antiguo palacio del gobernador, algunas de cuyas estancias recuerdan a una Alhambra en pequeñito, sin alcanzar el esplendor de los palacios granadinos, pero mostrando que no era una residencia cualquiera. Los siglos posteriores no la trataron con tanto cariño como a las estancias nazaríes ni su tamaño se puede comparar, pero sin duda tienen y debieron tener una gran belleza.

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Además, desde su ubicación se tiene una espléndida vista de la ciudad y su puerto. Más arriba y allá lejos se ve el castillo de Gibralfaro, que estaba unido a la Alcazaba por la llamada Coracha, dos muros paralelos que aún existen hoy y que, según los planes, algún día se restaurarán.

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Salimos de la visita tan empapados de historia que aún tuvimos ganas y tiempo de visitar brevemente la sección arqueológica del Museo de Málaga, situado en un magnífico edificio, el antiguo Palacio de la Aduana. Nos gustaron mucho las descripciones sobre el importante arte rupestre y los monumentos megalíticos en la provincia, y especialmente interesante es la llamada Tumba del Guerrero, un enterramiento donde se halló un ajuar que incluía un casco griego, por lo que se supone que mercenarios de esa procedencia servían de escolta o fuerza al servicio de los señores fenicios de la época.

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Mosaico romano en el Museo Arqueológico.

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Cerámica árabe.

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Un desagüe de piedra ibero.

Tanta historia nos llevó a abrirnos el apetito, eventualidad que combatimos de manera muy eficaz y sabrosa en el chiringuito El Cachalote, en la playa de la Malagueta, con un menú veraniego lleno de espetos, boquerones, coquinas y pimientos asados…