Sic transit gloria mundi

Ulyfox | 6 de febrero de 2016 a las 18:45

La estatua de Onassis, en el paseo marítimo de Nydrí.

La estatua de Onassis, en el paseo marítimo de Nydrí.

 

Onassis tenía un apellido conocido universalmente. Tal vez porque sus padres no pudieron prever que llegara a esas dimensiones de fama, le pusieron un nombre compuesto difícilmente superable: Aristóteles Sócrates, como si quisieran unir la parte más racional de la sabiduría griega con la más espiritual, y ayudarle a andar por la vida. El niño eligió por propia cuenta, puesto que todo el mundo le conocía por el primero de ellos, y los que presumían de ser sus parientes, amigos o simples conocidos utilizaban el diminutivo Aris. Daba igual que hubiera nacido en la turca Esmirna, para la sociedad internacional, de la que llegó a ser el rey, era el griego de oro. Su vida, sus negocios y sobre todo sus amores con mujeres-personaje deslumbrantes, llenaron las páginas de la prensa amarilla, salmón y rosa de la Tierra entre los años 50 y 70 del pasado siglo. El hombre más rico, el más admirado, el más envidiado, el que conquistó a las bellas, desde su matrimonio con Athina Livanos, heredera de otro magnate naviero, su larga y tormentosa historia de amor no oficializada con la diva de la ópera Maria Callas, y su sonora boda con la primero novia, luego esposa y finalmente viuda de América, Jacqueline Kennedy.

Todo eso, o buena parte, terminaba ocurriendo muy cerca de donde estuvimos el pasado septiembre de 2015, a apenas unos cientos de metros de Lefkada. En la localidad de Nydrí de esta última embarcó miles de veces Aris para ir o volver a su refugio privado de Skorpios, donde vivió sus historias de amor. Ese pueblo, hoy muy turístico, con una calle principal y un paseo marítimos rebosantes de bares, restaurantes y tiendas, guarda un recuerdo especial del hombre multimillonario que jugó con muchas vidas, ayudó a otras tantas y, según parece, no fue capaz de encontrar o merecer el afecto en la suya. En el muelle de Nydrí ocupa lugar importante una estatua de bronce dedicada al naviero más famoso.

Es curioso cómo la casualidad nos había llevado, 14 años antes, a asistir de manera imprevista a la inauguración de ese monumento, una noche de septiembre de 2001. En aquella primera ocasión, llegábamos en taxi desde Lefkada capital, y con la preocupación sobre si el taxista nos había dicho que nos cobraría fifteen o fifty euros. La duda no era menor para nuestra economía, y se resolvió para la mejor de las opciones, a la vez que se abrían las puertas del coche y una banda de música empezaba a sonar. No era, claro, una ceremonia de recepción en nuestro honor sino ese acto de inauguración de una figura en memoria de la ciudad agradecida a su benefactor Onassis. Por allí no había mucha familia, no podría haber sido. Su primera mujer se había suicidado, la segunda había fallecido seis años antes, su amante y desdichada estrella de la ópera también; su hijo Alexander murió en accidente de aviación cuando era muy joven y su hija, la infeliz Christina, perdió la vida mientras se bañaba en circunstancias nada claras. Sólo estaba su única heredera, la nieta Athina, todavía una niña, para representar al apellido Onassis en la ceremonia llena de autoridades, lugareños y turistas. Y nosotros, probablemente los únicos españoles en la isla. Precisamente, esa misma Athina es la que vendió hace un par de años la preciosa isla de Skorpios, nido de amor y sueño de paparazzis en la época dorada del género, a otra rubita heredera, en esta ocasión de un magnate ruso. Cosas de las vueltas del destino.

Esa estatua de bronce puede ser, pues, el último vestigio físico en aquella zona del que fue su promotor, publicista y principal propagandista cuando culminaba o empezaba en Skorpios sus míticos cruceros rodeado de estadistas y millonarios a los que agasaba como reyes a bordo de su yate privado Christina. Ahí, con esa pose tan chula, con un nombre que imponía con sólo oírlo, Aristóteles Sócrates Onassis. Es posible que dentro de poco nadie sepa quién fue. Ningún Onassis ha vuelto por Nydrí. No digan que la historia no merece el latinajo del título.

Entre nubes y claros

Ulyfox | 24 de enero de 2016 a las 0:15

Un rincón del puertecito de Vasilikí, en Lefkada.

Un rincón del puertecito de Vasilikí, en Lefkada.

Nos levantamos los tres últimos días en Lefkada mirando al cielo. Estábamos en Vasilikí, un puertecito al sur de la isla con cierto éxito turístico por su estupenda playa, paraíso de surfistas, y por ser una de las cabezas de la línea que une la isla con la vecina Cefalonia. Un viejo ferry que conocimos hace ya muchos años, el ‘Capitán Aristides’, realiza la lentísima travesía en algo más de una hora, dependiendo de cómo se haya levantado el viento. Llovió o amenazó lluvia los tres días. Las nubes le pudieron la mayor parte del tiempo al sol. Nos alojamos en una pensión sencilla de nombre no demasiado original, la Pension Holiday, regentada por una peculiar familia, cuya cabeza ostentaba un señor ya curtidito y pasado de peso, vestido siempre como de estar por casa con amigos. Su peculiar forma de curarse una herida en la pantorrilla, con una toallita de desmaquillaje pegada con cinta aislante a modo de cataplasma, delataba su carácter más bien despreocupado. Luego resultó un personaje familiar y amable a su manera que además nos ponía unos desayunos soberbios por cinco euros sobre la mesa con el mantel de hule que miraba al mar. Le acompañaban en su buen trato la muchacha que parecía ser su hija. Y el establecimiento estaba limpio, no había problema en eso.

Vista de la playita de Agiofili, cercana a Vasilikí.

Vista de la playita de Agiofili, cercana a Vasilikí.

Vasilikí tiene encanto. Es poco más que ese muelle en forma de ele con sus barcas de pesca y de excursiones amarradas casi a las mesas de las terrazas de bares y restaurantes, algo tan habitual en el litoral griego. Unas pocas casas trepan por la ladera a pocos metros del puerto. En la parte oeste, el paseo se prolonga hacia la playa de Ponti, y en ese extremo el turismo cambia del todo: hay numerosos establecimientos y hoteles dedicados al windsurf y varias escuelas para aprender a cabalgar las olas de diferentes maneras. Fue desde este enclave desde donde fuimos el primer día a visitar la playa de Porto Katzkiki, que ya relatamos. En realidad, nuestra estancia en Vasilikí respondía a la única idea de tomar luego el barco hacia Ítaca, pero nuestras informaciones eran inexactas. No salía de allí, y nos quedamos sin llegar a la isla de Ulises. Hubo que cambiar planes, prolongar nuestra etapa en Lefkada y aumentar la siguiente en Cefalonia.

En el barco de vuelta de Agiofili a Vasilikí.

En el barco de vuelta de Agiofili a Vasilikí.

Había que buscar la forma de llenar esos días grises, y no faltaron. Cerca del pueblo, hacia el sur, brillaba en nuestros mapas una calita con nombre atractivo, Agiofili. Ideal para una pequeña excursión a pie, una hora andando junto a la costa y por senderos bordeados de pinos y cipreses. Lo hicimos, nos calzamos las botas y emprendimos el corto camino de tierra. Nos adelantaban coches con matrícula rumana, serbia y búlgara a los que no arredraban los baches. Llegamos y la vista desde arriba no quedó demasiado ensombrecida por el nublado. Soñamos con el aspecto que presentaría ese azul transparente del agua en los días soleados. Lamentamos la afluencia de gente, incrementada al poco tiempo por la llegada de varios barcos de excursiones, nos contrariamos por la ausencia de taberna, aunque nos consolamos con la cerveza Fix fresquita que vendía el hombre del tenderete. Agiofili es una playa preciosa que merece mejor suerte.

Paisaje y una calita casi privada desde el barco.

Paisaje y una calita casi privada desde el barco.

Había, de nuevo, demasiada gente charlando, discutiendo por el precio de las hamacas, lanzándose desde las rocas… En muchas playas griegas de acceso difícil es corriente que se le ofrezca al visitante la posibilidad de llegar y salir en barco. Siempre es una maniobra parecida: o hay un pequeño, minúsculo espigón de cemento donde la gente espera o la embarcación vara lentamente en la arena al tiempo que se deja caer una escala metálica por la proa. Por ella descienden los que llegan y suben los que se van. Es un transporte agradable, cómodo y habitualmente no demasiado caro. Embarcamos en el primero que llegó, después de unas dos horas en la playa.

Vasilikí, entre el mar, los olivos y los cipreses.

Vasilikí, entre el mar, los olivos y los cipreses.

Seguramente si el día hubiera estado más soleado y si el público hubiera sido más agradable habríamos permanecido más tiempo, con los baños repetidos y calmando el hambre con alguna chuchería del tenderete. Optamos por volver y comer más en serio en una de las tabernas de la playa de Ponti, sobre las mismas rocas o en la arena. Comida casera, sana, barata, con café y tsipouro (aguardiente) posterior. Y a dormir una leve siesta en la playa nublada, que de todo hay tiempo en vacaciones.

Tabernas sobre el mar en la playa de Ponti.

Tabernas sobre el mar en la playa de Ponti.

 

 

El asombro azul

Ulyfox | 18 de enero de 2016 a las 13:59

La playa de Porto Katziki, en la isla de Lefkada.

La playa de Porto Katziki, en la isla de Lefkada.

Porto Katziki significa Puerto de Cabras, o algo así en griego. El nombre suena mejor en este idioma. De la misma forma que la impresionante playa luce más vista desde lejos, desde arriba, con una larga y estrecha media luna de arena fortificada por un solo lado por un alto acantilado de caliza blanca, coronado de verde pino. Es una de las postales más difundidas de la isla de Lefkada. Su belleza paisajística es innegable, asombrosa, puesto que al sólido escenario lo complementa un agua de un azul tan intenso que se convierte en añil en muchos momentos del día. Y, además, la entrada a la playa se hace desde lo alto del acantilado en un descenso casi vertical, a menos que quieras participar en una de las numerosísimas excursiones que llegan en barco desde los enclaves turísticos cercanos.

Vistas desde el acantilado en el camino a Porto Katziki.

Vistas desde el acantilado en el camino a Porto Katziki.

Todo el que visita Lefkada va a Porto Katziki, pese a la carretera tan sinuosa, pese a las aglomeraciones en el aparcamiento que se queda pequeño en seguida, pese a la marea humana que pulula por la estrecha escalera, por la franja de arena, en la orilla atestada. Todo el mundo va porque su atractivo es como un imán, porque todo el mundo la ha visto en postales y porque todos queremos comprobar si su belleza es auténtica. Lo es. Es uno de esos espectáculos que brinda la naturaleza y que (sí, lamentablemente) la excesiva afluencia de público altera para mal. Es inevitable. Nosotros también, también fuimos a verla, y sufrimos también todos los inconvenientes que arriba se enumeran. Valió la pena la vista, aunque luego la bajada y la subida fueran un desfile lento rodeados de pareos, bañadores y mochilas. Aunque el baño en aquellas tentadoras aguas se limitara a un chapuzón por decir que nos habíamos metido al menos. Pero no se podía estar. La Naturaleza se quedó corta en el espacio que previó para los humanos, quizá porque no pudo imaginar que serían atacados por el síndrome compulsivo del turismo masivo a principios del siglo XXI. Y menos desde que a esta fiebre se han incorporado países cercanos a Grecia como son todos los del antiguamente llamado Bloque del Este.

Panorámica de la playa, con la escalera de bajada.

Panorámica de la playa, con la escalera de bajada.

Asediada por los barcos de excursiones...

Asediada por los barcos de excursiones…

DSC_3817

 

Sí, la misma playa parecía agobiada con la afluencia. Y eso era a principios de septiembre. La misma playa, con el ir y venir de sus olas, nos decía que nos fuéramos. Y le hicimos caso. Enrollamos el petate y subimos de nuevo la escalinata. Y al menos lo hicimos con una ilusión: unos kilómetros antes, en una parada panorámica que hicimos, habíamos visto un letrero anunciando una prometedora taberna, la Taberna Oasis, con un no menos ilusionante menú en el que aparecía uno de nuestros descubrimientos gastronómicos últimos en Grecia: precisamente la cabra, katziki, ya sabéis. Sí, sí, al horno. Buenísima. Y casi solos, allí en lo alto, a la sombra. Disfrutando.

Abajo el bullicio...

Abajo el bullicio…

 

Y arriba, el disfrute de la auténtica 'katziki'

Y arriba, el disfrute de la auténtica ‘katziki’

Comenzando casi de cero

Ulyfox | 10 de enero de 2016 a las 21:00

Así me siento. Tanto tiempo sin escribir nada. Casi sin lectores. Sólo unas decenas, de los que hay que descontar los despistados que pinchan sin saber. Así es el duro (ja) mundo del bloguero. Una mezcla de falta de tiempo y cierta pereza mental o senil. El caso es que aqui estamos, no sé si de nuevo o de viejo. Y es tontería porque lo que viene por delante no es época de más tiempo libre, precisamente. Pero bueno, a lo mejor todo es cuestión de voluntad, y si no empiezo a escribir se demostrará que no tengo bastante.

Bueno, que eso, que muchas gracias a los que seguís ahí.  Sí, también a los despistados. Y que no prometo nada, porque total…

Eso sí, besos a todos

 

Sivota, ese rincón

Ulyfox | 4 de diciembre de 2015 a las 13:15

Los pequeños muelles de Sivota, en Lefkada.

Los pequeños muelles de Sivota, en Lefkada.

No todo es masivo en Lefkada. Siempre es posible escapar de las multitudes. Siempre hay un rincón ahí, bajando esa cuesta sinuosa desde la carretera, donde el mar se recoge y siempre ha habido un pequeño puerto de pescadores. Eso es lo que nos llamó en principio la atención de la bahía de Sivota, apenas un entrante minúsculo del mar Jónico, casi un lago en el sur de la isla. Nos gustan especialmente estos lugares pequeños, con apenas unos apartamentos y casi más restaurantes y tabernas, en las islas griegas. Ya desde antes, era prometedora esa visión por internet, fotos y vídeos de una ensenada recogidísima entre olivos y cipreses, algo tan característico del paisaje jónico, y como siempre las barcas coloridas amarradas a sus muelles de cemento. Siempre son una promesa de tranquilidad y buenas cenas marineras junto a los barcos.

 

Característico paisaje jónico en el sur de Lefkada.

Característico paisaje jónico en el sur de Lefkada.

Por lo tanto, en nuestro recorrido por Lefkada era muy recomendable la parada de una noche. No nos defraudó, aunque pudimos comprobar que hasta aquí llegaba también, si bien en cantidades menores, la oleada de turismo joven de los países del Este, demasiado ruidosa pese a su poca cuantía. En cualquier caso, no molestaron demasiado. El plan incluía pasar una jornada de playa en una ensenada vecina, ya que Sivota carece de lugares adecuados para el baño. Mikrós Gialós, a un corto aunque retorcido paseo en coche, era la solución. Una playa de guijarros (para eso nos habíamos provisto de nuestros zapatos de goma) garantiza siempre un agua transparente aunque pueda parecer más incómoda. Nada puede competir con la arena blanca de las vecinas islas Cícladas, pero tampoco las pequeñas piedras son tan incómodas. Una buena hamaca y una taberna cercana, algo que nunca falta en las islas, son la solución.

Mikrós Gialós, o Playa Pequeña, cerca de Sivota.

Mikrós Gialós, o Playa Pequeña, cerca de Sivota.

Nada especialmente espectacular ocurrió ese día, en el que volvimos al atardecer a Sivota, cenamos en el apacible puertecito los consabidos mejillones, sardinas… con vino blanco del lugar, y  nos fuimos a la cama para soñar y vivir al día siguiente un amanecer como el soñado.

Un baño nublado en Mikrós Gialós.

Un baño nublado en Mikrós Gialós.

 

Cuando el mar se calma.

Cuando el mar se calma.

 

Sivota, al amanecer

Sivota, al amanecer

 

Para un desayuno con vistas...

Para un desayuno con vistas…

 

... como estas.

… como estas.

 

Lefkada, un cierto fenómeno

Ulyfox | 30 de noviembre de 2015 a las 13:08

El Hotel Boschetto, nuestra parada en Lefkada capital.

El Hotel Boschetto, nuestra parada en Lefkada capital.

 

Ya dijimos que Lefkada no es propiamente una isla, ya que está unida al continente por un hilo de tierra y asfalto, concretado en un estrecho itsmo arenoso y un pequeño puente. El resto es como una lágrima informe que se le derramara a Grecia sobre el odiseico mar Jónico. Verde y montañosa. Este cordón que la une a la tierra de Europa es a la vez la bendición y el problema de Lefkada. Hace de ella una isla sumamente accesible, aunque sea con atascos, y favorece que vengan miles de turistas que han dado una nueva riqueza, bien que por temporadas, a un lugar que siempre se basó sobre todo en la agricultura y la ganadería extensiva, y cada cierto tiempo azotada por los terremotos. Hace años que la pesca no es significativa, estando como está el Mediterráneo. Esta facilidad acerca sus fabulosas playas a la gran masa, y aquí está el problema. Al menos, el problema para los que gustamos de otro tipo de turismo, mucho más tranquilo y, creemos, más auténticamente griego.

Penélope, ante la playa de Pefkoulia, camino de Agios Nikitas.

Penélope, ante la playa de Pefkoulia, camino de Agios Nikitas, al fondo

 

La pequeña y visitada playa de Agios Nikitas.

La pequeña y visitada playa de Agios Nikitas.

 

La cercanía hace que en los últimos tiempos, Lefkada aparezca invadida por visitantes de los países antiguamente llamados del Este: búlgaros, infinidad de rumanos, serbios, húngaros… que al parecer disfrutan de una prosperidad repentina. No hace tanto los originarios de esos países eran inmigrantes en Grecia, ahora son turistas. Ahora hacen su aparición en grandes coches de marcas de gama alta, y llenan las playas en familia o en grupos de jóvenes ruidosos y en cierta forma prepotentes. Aunque algún camarero nos decía sonriente “Rumanía es el futuro”, otros muchos mostraban que soportaban con resignación esta invasión que no era del todo de su agrado. El dinero es el dinero, aunque no parecían gastar mucho en tabernas y sí en supermercados.

En Kathisma, el gran arenal, se empezó a nublar.

En Kathisma, el gran arenal, se empezó a nublar.

DSC_3687

No es extraño el atractivo de Lefkada. Las Islas Jónicas son verdes, llenas de olivos y cipreses que llegan hasta el mar, tienen una excelente gastronomía y sus habitantes conservan el natural hospitalario general entre los griegos. La noche que llegamos a la capital, esta aparecía rebosante de lugareños que celebraban el buen tiempo del sábado por la noche en las numerosas terrazas. A la mañana siguiente, desayunamos estupendamente en una de ellas, perteneciente al Hotel Boschetto ( http://www.boschettohotel.com/ ) , donde nos alojamos dos días. El día amaneció invitando a empezar a conocer alguna playa cercana. Así que cumplimos con el agradable ritual que nos hemos impuesto desde hace años al llegar a un país mediterráneo en verano: comprar un sombrero y unos zapatos de goma por si la costa es pedregosa o rocosa. Lefkada capital tiene comercios turísticos de sobra.

DSC_3688

Escenas en el Paseo Marítimo de Lefkada.

Escenas en el Paseo Marítimo de Lefkada.

El amable propietario del Boschetto, omnipresente pero discreto, nos recomendó la no muy lejana playa de Kathisma, un poco más allá del pueblo marinero de Agios Nikitas, que es apenas una calle que baja en cuesta hasta un minúsculo arenal. Era domingo por la mañana de principios de septiembre, con un estupendo tiempo, y la playa estaba como se podía prever. Pero encontramos sitio para el vehículo y para nuestros cuerpos, después de serpentear con el coche en descenso. En Kathisma, como en numerosos lugares de Grecia, la hamaca y la sombrilla son gratis siempre que consumas algo de los bares o restaurantes que tienen a su cargo la instalación. Me parece un estupendo sistema, de un lujo tan asequible que debería generalizarse. Así que en eso empleamos el primer día, el tiempo suficiente para empezar a broncearnos, comer en la taberna cercana, sestear hasta que, cosas de septiembre, empezó a nublarse, y volver a la capital con tiempo de tomar un frappé mientras contemplábamos el atardecer.

El atardecer (iliovasílema, en griego) en Lefkada.

El atardecer (iliovasílema, en griego) en Lefkada.

 

Fruto de esa peculiar configuración de la isla, Lefkada capital se sitúa junto a una especie de marisma, como un lago salado. Y frente a él un paseo marítimo lleno de cafés y restaurantes. Es admirable la capacidad de todos los pueblos griegos para llenar de terrazas cualquier zona que se preste a ello. Y su habilidad para hacerlos agradables y bonitos. En este caso, junto a un caño donde amarran los barcos, salvado por un puente más bien decorativo. El libro lo ponemos nosotros.

Esto es otra cosa

Ulyfox | 11 de noviembre de 2015 a las 13:26

Vista de la playa de Pefkoulia, en Lefkada.

Vista de la playa de Pefkoulia, en Lefkada.

 

Tanta diferencia como de la noche al día, o casi tanta.

Desde el aeropuerto europeo y multinacional de Basilea-Mulhouse-Friburgo, y tras cinco días por la Europa más escamondada, Alsacia, salimos con más de dos horas de retraso hacia Roma. Ese contratiempo aéreo nos impidió disfrutar como pensábamos de una tarde noche en Roma, y nos tuvimos que conformar con una cena bajo un cielo amenazante que había descargado con furia un rato antes. Bueno, fue muy agradable el reencuentro con los spaguetti alle vongole, el vino blanco en jarra y la pizza auténtica en La Gallina Bianca, una recomendable trattoria cerca del hotel, en el populoso barrio de Termini, cerca de la cinematográfica estación romana. De Francia a Grecia con una breve escala en la capital de Italia, sólo una noche como cámara de descompresión tal vez en el camino al Mediterráneo profundo.

A la mañana siguiente la lluvia volvió a castigar Roma de manera inclemente, así que no llegamos muy lejos ni en el tiempo ni en el espacio. Todo lo más, el rato libre nos alcanzó para comprar con bastante antelación el billete del tren que nos había de llevar a Fiumicino, y para ojear el tumultuoso mundo que se arremolina alrededor y dentro de una gran estación ferroviaria, con las malas pintas habituales, los locos evidentes, los buscavidas transparentes y los borrachos conocidos andando, paseando, pidiendo dinero y ofreciendo todo tipo de mercancías. Destacado papel el de los paquistaníes (por otorgarles una nacionalidad) que cambian de manera rapidísima su oferta pasando de la sombrilla y el palo de selfie al chubasquero y el paraguas a la misma velocidad que la nube decide despejar o descargar. Cerca de la Stazione Termini, unos clásicos y generosos soportales ofrecían un oportuno refugio con café para dejar que el temporal amainase.

Nos dirigíamos hacia nuestro destino y aún otro retraso nos haría llegar a deshora, ya entrada la noche, a Preveza, ciudad importante localizada enfrente de Lefkada, a apenas 20 minutos de camino de esta isla jónica, que técnicamente no debería serlo puesto que está unida al continente por un pequeñísimo puente. Lefkada fue hace una quincena de años simple escala de nuestro viaje a Itaca, no el figurado, sino uno real a la patria de Ulises, pero ahora queríamos visitarla más a fondo.

La llegada, tardía por los inconvenientes, fue agradable. Lefkada capital estaba llena. Una gran multitud recorría sus calles el sábado noche, y los restaurantes junto al mar rebosaban de público. Todo tan mediterráneo… Empezábamos nuestro enésimo encuentro con Grecia, ese cierto caos tan amable.

Y tan diferente del confort limpio que habíamos encontrado en Alsacia. Se diría que esos dos mundos representara precisamente a la antigua lucha de los clásicos griegos, la búsqueda del equilibrio entre la pasión y la razón que daría como consecuencia la virtud. Como si la razón contenida se hubiera hecho ciudadana de Europa del Norte y la pasión se hubiera enseñoreado del Sur. Tal vez, quién sabe, si alguna vez se retoma el equilibrio que se alcanzó en la Atenas de Pericles, Europa entera podría reencontrarse a gusto consigo misma. De momento, nos encantó la cita revivida con la luz explosiva, el reino del mundo familiar en las terrazas y la cocina con sabor a nuestro. De eso hablaremos a partir de ahora.

Adieu à l’Alsace (Crónicas desde el paraíso, y VII)

Ulyfox | 2 de noviembre de 2015 a las 20:26

Última visión de Colmar.

Última visión de Colmar.

Y una vez ocurrió, fue llegado el momento de despedirnos de Alsacia. El último día fue una mañana solamente, despidiéndonos de Colmar, que había sido nuestra sede durante seis jornadas, en un breve paseo. Pero en la víspera, ya con el tiempo poniéndose desapacible a ratos después de que nos hubiera tratado muy bien con un calor inesperado, aún pudimos conocer algún pueblo más de esta asombrosa región europea a caballo entre Francia y Alemania.

No es Nueva York, sino Colmar.

No es Nueva York, sino Colmar.

No sé si he hablado bastante de Colmar, que no es la capital de Alsacia, pero sí podría serlo del turismo en la zona, por su tamaño justo, por sus buenas comunicaciones, por su abundancia de restaurantes, por su aire civilizado y paseable que forman un lugar acogedor al que regresar por las tardes tras las excursiones a los asombrosos pueblos, y sentarse en alguna terraza a tomar la también buena cerveza alsaciana. No se conoce tanto, pero en sus afueras, en un cruce de caminos, en el centro de la rotonda, hay una Estatua de la Libertad idéntica a la de Nueva York, bien que a mucho menor escala. No es un homenaje gratuito, ni una réplica sin sentido. También hay otra en París, muchos lo sabéis, ya que la gigantesca escultura que dio la bienvenida a tantos migrantes esperanzados en la capital norteamericana, fue una donación del Estado francés. Esta de Colmar tiene una justificación aún más cargada de razón. Aquí nació en 1834 Frédéric Auguste Bartholdi, el escultor creador de la Estatua de la Libertad, nada más y nada menos, y aquí está el museo que recoge buena parte de su vida y su obra… y por supuesto todo el proceso de creación del gran monumento neoyorquino. O al menos eso dicen las guías porque hemos de confesaros que no entramos a verlo, ocupados como estábamos en recorrer los pueblos de alrededor. Ustedes nos lo sabrán perdonar y quizá conformarse con esta información.

Calles y casas de Obernai.

Calles y casas de Obernai.

Así pues, el penúltimo día en Alsacia lo tomamos con tranquilidad. Y luego de tomar nuestro buen desayuno como siempre en el excelente y céntrico Hotel Saint Martin, partimos a una última escapada a la región. Esta vez nos alejamos hasta Obernai, otro de esos pequeños village amurallados y llenos de casas medievales cuidadas, pintadas y adornadas con entramados de maderas y palomares. Con una calle principal que en esta ocasión no se llama Grand Rue sino Rue du Marché, o sea calle del Mercado, que desemboca en una plaza con el mismo nombre y en la que, como viene siendo desde hace siglos, se monta todavía un mercado de alimentación, ropas y enseres varios. Formas de darle sentido a las cosas, a la vida, mientras por aquí, no sabemos aún por qué, están muriendo los mercados tradicionales y nos estamos entregando con armas y bagajes a las grandes superficies, curiosamente de propiedad francesa o alemana.

La torre de 60 metros de una antigua iglesia, junto a la plaza del mercado en Obernai.

La torre de 60 metros de una antigua iglesia, junto a la plaza del mercado en Obernai.

El monumento más famoso de Obernai, junto a la preciosa Alcaldía medieval, es la torre que llaman Beffroi o Kappelturm según se diga en francés o alemán, de 60 metros de altura y visible desde las afueras del pueblo. En realidad es sólo el vestigio de una antigua iglesia del siglo XIII, pero impresiona. En el centro de la plaza del Mercado, una fuente coronada por una figura de Santa Odilia, Sainte Odile, patrona de la zona, y que tiene no demasiado lejos una abadía centro de peregrinaje y muy visitada.

La Alcaldía, la fuente de Sainte Odile y la Torre en la Place du Marché.

La Alcaldía, la fuente de Sainte Odile y la Torre en la Place du Marché.

En Obernai cumplimos por fin con un rito que habíamos ido aplazando: comer chucrut, el plato regional más renombrado. Y en realidad no sabría deciros por qué. Consiste la exquisitez en un centro de col fermentada (ese es el significado de choucroute, algo también muy reputado e igualmente sin que pueda explicaros la razón) acompañado por una guarnición de salchichas, carne y panceta ahumada, que recuerda a una de las vueltas del cocido madrileño pero sin que ese suculento sabor a grasa aparezca por ningún lado. Cumplimos con la obligación, pero no os creáis que repetiremos fácilmente. Dicen los libros que la choucroute es col cortada finamente en juliana y lactofermentada en salmuera. Después de probarla no sabemos de dónde le viene la fama. Quizá de que los alsacianos encontraron una buena forma de conservarla y de que en su tiempo quitara mucha hambre. Bueno, si vais por Alsacia, no dejéis de probarla y formar vuestra propia opinión. Con un par de buenas copas de riesling cualquier comida es buena…

Casi saliendo del pueblo, la fuente de seis caños.

Casi saliendo del pueblo, la fuente de seis caños.

 

El último día probamos la chucrut.

El último día probamos la chucrut.

 

Obernai es un pueblo amurallado.

Obernai es un pueblo amurallado.

Todo ese paseo y la comida nos ocuparon unas cuantas horas, pero luego queríamos acabar nuestra visita a la Alsacia haciendo al menos una pequeña visita a los Vosgos, esas montañas que dan nombre a una de las plazas más famosas de París y que tienen fama de misteriosas, umbrías y verdes. Fue sólo un acercamiento a la entrada a esa cordillera recorrida por multitud de caminos y según dicen un paraíso para los senderistas. La primera montaña de esa sierra es sólo una elevación de 763 metros, pero con una significación importante. En su cima se encuentra la Abadía de Sainte-Odile, que guarda y perpetúa el nombre de la santa. Su historia es larga. En el siglo VII, el duque de Alsacia construyó allí un primer convento de monjas, del cual su hija Odile llegó a ser la abadesa. Ya se sabe cómo ocurren estas cosas: numerosas muestras de caridad la hicieron merecedora de fama de santa y a su muerte su tumba se convirtió en lugar de peregrinaje. Muchos siglos dan para muchas cosas, incendios, revoluciones, persecuciones… El caso es que ahora queda allí un puñado de monjas, pero los edificios restantes son muy modernos. Lo que no ha restado a la abadía capacidad de atracción, y los visitantes se cuentan por cientos de miles durante todo el año. Desde su altura rocosa, las vistas son hermosas y el desvío merece la pena. Desde allí arriba, y divisando a lo lejos el Rin y territorio alemán dijimos, de momento adieu a l’Alsace.

En el Mont Saint'Odile primera cumbre de los Vosgos.

En el Mont Sainte-Odile primera cumbre de los Vosgos.

 

La basílica de Saint'Odile, justo en la cima.

La basílica de Sainte-Odile, justo en la cima.

 

Terminaba nuestra primera etapa de septiembre, en la civilizada y equilibrada Europa. A partir del día siguiente volvíamos al Mediterráneo, a pasar el resto del mes en nuestras amadas raíces, con una pequeña escala en Roma…

Lecciones de lo común (Crónicas desde el paraíso VI)

Ulyfox | 27 de octubre de 2015 a las 13:37

La foto más repetida de Egisheim.

La foto más repetida de Egisheim.

Esa casa tan estrecha que se ve en esta primera foto no es en realidad una casa, claro. ¿Quién podría vivir en esa estrechez? Bueno, sí, mucha gente se ve forzada, pero estamos hablando de Centroeuropa. Esa esquina tan bonita, tan espectacular, tan fotogénica de Egisheim, en la Alsacia francesa, es un palomar. Pero es una de las esquinas más fotografiadas, entre los cientos de rincones hermosos, de ese pueblo entre decenas de ellos de esa zona, privilegiada. Ahí, en Egisheim, cuando ya llevábamos varios días en Alsacia, aprendimos algunas cosas. Por ejemplo, que los restallantes colores que los distinguen, que les hacen anualmente ganar premios de embellecimiento, son una costumbre muy moderna, del pasado siglo solamente. Que evidentemente en la dura Edad Media y en los turbulentos siglos que les siguieron no había colores, sino que había lo que se podía, es decir: casas pobres para gente humilde la mayoría, y algunas casonas para los más adinerados.

Las calles de Egisheim avanzan como en espiral.

Las calles de Egisheim avanzan como en espiral.

Pero hace unas décadas, con el esplendor, con la riqueza tras las terribles guerras mundiales, ya hubo dinero, y ganas y tiempo para embellecer calles y fachadas, para recuperar murallas y pavimentar calles a la antigua usanza, para prohibir el tráfico rodado… En realidad, paseando durante toda una jornada por los tesoros que son Egisheim, Turckheim  y Kaysersberg, aprendimos más cosas y dedujimos otras. Por ejemplo, que si le quitáramos esas vistosas capas de pintura, muchas de estas poblaciones serían casi iguales a multitud de polvorientos villorrios castellanos o extremeños, en los que las casas se caen y los entramados de madera se apolillan, al menos hasta hace poco. Ahora, esos pueblos españoles se están cuidando mucho más, supongo que porque ese estallar de riqueza que hubo en Europa nos llegó a estos rincones mucho más tarde y con menos fuerza.

Y se llenan de colores.

Y se llenan de colores.

Sea como fuera, aunque repasando las fotos ahora se podría pensar que tanta madera y tanto color pastel llegaría a hartar, eso no nos ocurrió. No salimos de nuestro estado de admiración durante los cinco días en Alsacia. Aunque con el transcurso de la jornada llegáramos a pensar que algo turbio debería de esconderse de tanto jardín recortado y tanto buen acabado… no sé tal vez sólo fuera envidia de sureño que observa la despreocupación y el abandono de los territorios comunes en tanta ciudad nuestra. El amor a lo propio nunca puede ser malo, siempre que no excluya a los demás.

 

Las firmas de los propietarios, en los balcones.

Las firmas de los propietarios, en los balcones.

Sí, es verdad, todo era como de cuento, como de decorado. Y quizá lo fuera, pero en cualquier caso es un decorado cuidado por todos, y eso no deja de ser una virtud. Era nuestro penúltimo día en Alsacia, y todo lo que veíamos nos hacía exclamar para nuestros adentros la estulticia del que piensa que no quiere salir de su pueblo porque no va a encontrar nada mejor. Hay tantísima belleza…

El sol lo enriquece todo.

El sol lo enriquece todo.

En cualquier caso, el aspecto exterior de las poblaciones explica tanto del carácter de sus habitantes… Ahora bien, ¿qué es lo que forma el carácter? ¿Por qué la despreocupación y el desprecio existentes aquí por lo común?¿ Es explicable la suciedad de nuestras calles? Aunque nada más que sea para ver que las cosas se hacen y se pueden hacer de otra manera, ya veis amigos, conviene salir.

Una bodega de los cientos existentes.

Una bodega de los cientos existentes.

 

La plaza del castillo de Egisheim.

La plaza del castillo de Egisheim.

 

Y hacia el otro lado.

Y hacia el otro lado.

En el interior de Turckheim.

En el interior de Turckheim.

 

Haciendo el guiri...

Haciendo el guiri…

 

Un ayuntamiento precioso en Turckheim.

Un ayuntamiento precioso en Turckheim.

 

La muralla de Turckheim.

La muralla de Turckheim.

 

Otra de las puertas.

Otra de las puertas de Turckheim.

 

Kaysersberg es la joyita entre las joyas.

Kaysersberg es la joyita entre las joyas.

 

Fuentes, flores y colores.

Fuentes, flores y colores.

 

El esplendor de las viñas bajo el castillo de Kaysersberg.

El esplendor de las viñas bajo el castillo de Kaysersberg.

 

La plaza de la Alcaldía de Kaysersberg.

La plaza de la Alcaldía de Kaysersberg.

 

Junto al río en Kaysersberg.

Junto al río en Kaysersberg.

 

 

 

Crónicas desde el Paraíso (V) Friburgo, la escapada a Alemania

Ulyfox | 20 de octubre de 2015 a las 13:34

Fuente policromada en la Münsterplatz de Friburgo.

Fuente policromada en la Münsterplatz de Friburgo.

En Alemania, tradicionalmente, se rotula con letra gótica y supongo que eso no es casual. Estamos en Europa y ahí fue el auge de ese estilo arquitectónico que empezó apuntando hacia lo alto, y mientras seguía su carrera hacia arriba fue enredándose en curvas y revueltas durante siglos. Estábamos en Alsacia, con la preciosa Colmar como centro, muy cerca de Alemania, tan alemana ella misma. Así que uno de los destinos ineludibles estaba muy cerca, al otro lado de esa frontera física que es el Rin: la renombrada ciudad de Friburgo, alabada por tantas fotografías, recortes y recomendaciones de amigos y conocidos. Deseada también por nosotros.

La Catedral, más conocida como el Monasterio (Münster).

La Catedral, más conocida como el Monasterio (Münster).

Así que cojimos el coche desde Colmar y nos encaminamos hacia tierras germanas. Quiero decir más germanas, porque la Alsacia francesa ya lo es bastante como podeis haber visto en las anteriores entradas. Pero hay diferencias, sí, las hay. No sé cómo explicaros, algo que flota en el aire. Tal vez sea el idioma alemán, claro, tan desconocido para mí, que me muevo con alguna incomodidad pero avanzando entre las aguas del francés. Al fin y al cabo, soy hijo del plan antiguo, ese que impartía como idioma extranjero en bachillerato la lengua de Moliére y de Jacques Brel, y he cantado las canciones de Charles Aznavour y Moustaki. Pero el alemán… en todo caso a tararear imitando el acento teutón alguna melodía de ‘La flauta mágica’. El caso es que la incomodidad era un poco mayor, forzado a utilizar el inglés.

Alemania, cerveza...

Alemania, cerveza…

Aparcamos no demasiado lejos del centro, allí como pudimos, pero sabiendo hacia qué dirección tendríamos que encaminarnos. Dimos con el casco antiguo, claro, en unos diez minutos a pie. El día estaba muy nublado, pero no llegó a llover apreciablemente y la temperatura era estupenda.  Había que dirigirse a la plaza de la Catedral, pero antes pasamos por la casa donde vivió Erasmo de Rotterdam, el gran filósofo del Renacimiento que da nombre a esas becas tan deseadas por los universitarios de toda Europa, y por algunas iglesias. Observamos en una avenida principal la que al parecer es una de las aficiones de los friburgueses, sobre todo los niños: manejar barquitos de madera recorriendo los muchos canalillos de agua que recorren la ciudad, procedentes de las montañas cercanas. Cosas de europeos civilizados.

La puerta de San Martín, Martinstor, una de las antiguas entradas a la ciudad.

La puerta de San Martín, Martinstor, una de las antiguas entradas a la ciudad.

La Catedral de Friburgo es sin duda muy importante como ejemplo de arquitectura gótica alemana, con una gran torre frontal y unos vitrales de inmenso valor, pero, perdón, a mí no me impresionó. Tal vez fuera el color de la piedra o el día nublado, o que estaba cercada por un mercado repleto de sombrillas y furgonetas, que daban vida a la Münsterplatz en la que se asienta pero quitaban vista al monumento. Uno de los edificios más representativos de Friburgo de Brisgovia es el llamado Almacén Histórico, una casa roja con alto tejado y decoradísimos ventanales y pináculos que llama la atención, rodeado de casas medievales y renacentistas que no parecen tan antiguas por lo bien conservadas y pintadas que están.

El Gran Almacén Histórico ('Historiches Kaufhaus'), en rojo, uno de los edificios simbólicos de Friburgo.

El Gran Almacén Histórico (‘Historiches Kaufhaus’), en rojo, uno de los edificios simbólicos de Friburgo.

Desde esa plaza tan animada parte un recorrido por el casco histórico, que recorre primero la preciosa calle de los Caballeros, Herrenstrasse, llena de fachadas antiguas, tiendas y plantas, todo cuidadísimo y civilizado, peatonalizado… divisamos alguna entrada de la antigua muralla como la puerta de San Martín… la zona de cafés y cervecerías que desciende junto al canal, por Gerberau…

El verde rodea la ciudad.

El verde rodea la ciudad.

Yo esperaba a cada paso emocionarme más, lo digo con sentimiento como diría la canción. Es evidentemente bello, pero… veníamos de recorrer pueblos admirables, hechos y rehechos para el pasmo de colores y sensaciones infantiles. Friburgo, tal vez por eso, me dejó más frío.

La casa donde vivió Erasmus de Rotterdam, en la calle de los Franciscanos.

La casa donde vivió Erasmus de Rotterdam, en la calle de los Franciscanos.

Eso no nos impidió disfrutar de algunas imágenes, de su cerveza y de una cierta sensación de que la vida apacible y limpia es posible. Aunque no sabemos si compatible con otras formas de ser nuestras. Y hablamos de cómo podríamos conseguir el equilibrio entre la razón y la pasión, esa eterna lucha de los griegos que quizá en algún momento, allá por el siglo de Pericles, lograron encontrar. O no. Sí, nos gustaría seguir con nuestras maneras, con la diversión, con la bebida, con las terrazas, con las comidas en grupo en las que el jolgorio reinara… sin que ello tuviera que significar el ruido molesto hacia los demás o las calles llenas de suciedad, ni la despreocupación por la cultura tranquila y reflexiva. En fin, tal vez sea imposible…

Inicio de recorrido para barquitos de juguete!!

Inicio de recorrido para barquitos de juguete!!

La visita a esta ciudad de bello nombre duró sólo unas horas. Teníamos que volver a Francia y lo logramos no sin algunas dificultades. Fuera por la desubicación o porque a lo mejor los alemanes tienen algunos fallos, no nos fue fácil encontrar las señalizaciones en las carreteras y nos perdimos más de una vez, cosa que no nos pasó en Francia nunca. Tardamos más de los debido, recorriendo algún pueblo sin pretenderlo. Incluso nos cazó una fotografía de radar por algún exceso de velocidad. Aún no nos ha llegado la multa. Al final lo conseguimos, de todas formas. Y regresamos a la apacible Colmar con tiempo de recorrer de nuevo sus hermosos rincones.

Otro ángulo del Almacén Histórico.

Otro ángulo del Almacén Histórico.

La excursión a Alemania: bien, pero no inolvidable.

DSC_3324 DSC_3325

 

Vistas y detalle de la Herrenstrasse o calle de los Caballeros.

Vistas y detalle de la Herrenstrasse o calle de los Caballeros.

herren

 

Terraza junto al canal en la zona de Gerberau.

Terraza junto al canal en la zona de Gerberau.

 

Un centro agradable para pasear.

Un centro agradable para pasear.