La casa africana del Sátiro

Ulyfox | 13 de julio de 2014 a las 13:26

La catedral de Mazara del Vallo, y plaza de la República.

La catedral de Mazara del Vallo, y plaza de la República.

El aire era limpio y el cielo muy azul. Llegamos a Mazara del Vallo, en el suroeste de Sicilia a una hora de turistas despistados, la verdad, un mediodía luminoso en una ciudad bastante poblada, con unos accesos en coche atestados, desordenados y con un tráfico africano. Los vehículos y los peatones salían, aparcaban y cruzaban por cualquier lado, dejando el mínimo lugar para pasar. La hábil aunque nerviosa Penélope logró hallar un lugar en el que dejar el coche, en lo que parecía una avenida principal que bordeaba el casco antiguo, según recordaba de memoria y por el plano de la ciudad visto en internet. Es llamativa la tranquilidad que se siente cuando uno por fin consigue colocar el automóvil, desprenderse de esta máquina tan útil en tantas ocasiones y que en tantas otras es como un peso que se ansía descargar cuanto antes. Y comenzamos a andar.

Un rincón de la plaza de la República.

Un rincón de la plaza de la República.

 

Dicen que Mazara es la ciudad más africana de la parte más africana de la isla italiana más africana. De hecho, una buena parte de su casco antiguo es conocida como La Kashba, el nombre que se suele dar a los recintos amurallados en el norte de África. Y gran presencia de inmigrantes procedentes de Túnez, tan cerca, acentúa este carácter. Cuando nosotros pudimos pasear por ella, entre el mediodía y la hora de la sobremesa, no pudimos observar esta presencia en unas calles casi desiertas, pero sí la de numerosos comercios con inconfundible aire magrebí. El año pasado se inauguró en ese barrio la Casa Tunisia, como testimonio de esta relación histórica. Descubrimos un barrio laberíntico y poco brillante de color amarillento, salpicado aquí y allá de iglesias y palacios barrocos, iglesias en ruinas donde se celebran bodas, y con muchas calles adornadas o rotuladas con azulejos coloridos, cerámicas que cuentan historias o relatan sucesos relacionados con esas vías, o que proclaman deseos más o menos poéticos. No sé de cuando viene esa costumbre, parece reciente y, en cualquier caso, dan sentido a muchos pasadizos, pequeños vícoli y calles estrechas, los embellecen de una cierta forma ideal, como poniendo un toque presumido en una ciudad modesta dedicada fundamentalmente al mar y la pesca.

Otro rincón.

Otro rincón.

 

De la pesca, ese oficio tan duro y de resultado tan suculento viene una de las joyas de Mazara: el Museo del Sátiro Danzante. Al entrar en la iglesia de San Egidio, que lo alberga ahora, un vídeo cuenta la historia, por partes emocionante, de unos pescadores que en 1997 atraparon en sus redes una pierna de bronce de una estatua griega, mientras faenaban cerca de Mazara. Ellos mismos relatan cómo desde entonces siempre esperaban encontrar el resto de la figura, cosa que ocurrió un año después. “Parecía que estaba esperando durante siglos ser hallada”, relata el capitán. Es verdad que le falta una pierna y un brazo, pero es perfectamente reconocible la actitud de este sátiro bailando como en éxtasis, con el pelo al viento, en lo que se llamaba danza orgiástica. El Museo está dedicado íntegramente a él, obra maestra del periodo clásico y que se cree que procede de un naufragio de un barco que podía hacer el trayecto entre Sicilia, entonces Magna Grecia, y (nuevamente) Túnez. Lamentablemente, no nos dejaron hacer fotos, pero podeis pinchar aquí si quereis haceros una idea: http://www.mazaraonline.it/satiro/museo_satiro_01.htm , aunque nada iguala la experiencia en directo.

Preparativos de una boda en la iglesia en ruinas de los jesuitas.

Preparativos de una boda en la iglesia en ruinas de los jesuitas.

 

En Mazara disfrutamos igualmente de un gran almuerzo, excelente combinación de vino blanco con un antipasto di mare crudo excelso. Si no habéis probado nunca unas cigalas pequeñas abiertas y marinadas suavemente casi al momento creedme que debéis hacerlo aquí. Y lo mismo os digo del gambero rosso, así tal cual, sin cocinar, con un suave toque de cítrico. Delicias que se sumaron al cuscús (otra vez África) de pescado típico de la zona y a la pasta fresca con hueva de atún. Y lo contento que se sale de un almuerzo así: http://www.ristorantelabettola.it/ .

Las calles de Mazara están llenas de azulejos decorados.

Las calles de Mazara están llenas de azulejos decorados.

 

El resto fue, ya os digo, deambular por unas calles casi desiertas por las que de vez en cuando circulaba algún viejo en bicicleta. Es curioso también el gran número de hombre mayores que se mueven lentamente por estas ciudades sobre dos ruedas. Había que andar con cuidado muchas veces. Nos asomamos al puerto, algo así como un brazo de mar que se adentra en el pueblo, lleno de grandes barcos de pesca. En lugares así abunda el óxido, las redes acumuladas y la falta de atractivo arquitectónico. Las casas que asoman a la ribera pasan de cualquier adorno, y recuerdan a algunas partes del Campo del Sur gaditano. Todo muy familiar y en ciertos rincones, casi viñero. Sicilia.

DSC_6152

'Salir del espacio que durante siglos han construido sobre nosotros es el acto más bello que se puede cumplir", dice el azulejo... o algo así.

‘Salir del espacio que durante siglos han construido a nuestro alrededor es el acto más bello que se puede cumplir”, dice el azulejo… o algo así.

Ribera del puerto de Mazara, entre África e Italia.

Ribera del puerto de Mazara, entre África e Italia, con un punto gaditano.

Primera hora de la tarde en Mazara.

Primera hora de la tarde en Mazara.

Cruce de esquinas en la Kashaba de Mazara, con recuerdo a los judíos expulsados de España.

Cruce de esquinas en la Kashaba de Mazara, con recuerdo a los judíos expulsados de España.

Y como estamos en Sicilia, no puede faltar el barroco.

Y como estamos en Sicilia, no puede faltar el barroco.

 

La Casa de Túnez en Mazara, testimonio de una vieja relación.

La Casa de Túnez en Mazara, testimonio de una vieja relación.

Más calles coloridas.

Más calles coloridas.

Y otros colores en la parte nueva...

Y otros colores en la parte nueva…

 

Selinunte, templos sobre el mar

Ulyfox | 5 de julio de 2014 a las 19:57

El templo E de Selinunte, dominando el terreno.

El templo E de Selinunte, dominando el terreno.

Selinunte fue llamada así por los griegos porque la ciudad estaba asentada sobre un campo donde abundaba el apio (sélinon, en griego, tendríais que probar el jirinó me sélino, cerdo con apio, que hago yo, me sale bueno ) En realidad, muchas cosas recuerdan y conmemoran a Grecia en esta costa suroeste de Sicilia, los rótulos de las calles, los nombres de hoteles y restaurantes, los apelativos de los lugares, pero lo que más evoca la gloriosa historia de la Magna Grecia son los hermosos templos dóricos en las ruinas de la ciudad, junto al mar. Y eso, pese a la destrucción que sufrió a manos de los élimos de Segesta (ya hablaremos de ella) y de las de sus aliados, los cartagineses. La borraron de la tierra. Al cabo de los siglos, los arqueólogos pusieron en pie algunas columnas, arquitrabes, frisos y metopas, de manera que ha quedado un conjunto impresionante, para quien se impresione con la historia, aunque mucho de lo hallado se encuentra ahora en el museo arqueológico de Palermo.

DSC_6069

DSC_6095

Esplendor del dórico en el templo E de Selinunte.

Esplendor del dórico en el templo E de Selinunte.

Llegamos a Marinella de Selinunte, el destartalado pueblo en cuesta que ha heredado el glorioso nombre pero no la preocupación por la arquitectura de sus antepasados, después del accidentado día que ya hemos contado (es verdad que hace demasiado tiempo, perdón) con el pinchazo en la rueda. La tarde la empleamos en el reconocimiento del terreno y en comprobar el increíble e intenso tráfico que soporta el centro de la población, casi sin aceras, y en cenar en un lugar curiosísimo, el bar Boomerang, con un excesivo y delicioso antipasto de frituras de pescado, que no te deja hueco para el pasto: gambas, pijotas, puntillitas, pulpo, spatola, sardinas… un derroche interminable e inabarcable. Pero hubo gente que se atrevió luego con un plato de espaguetis. Uf.

El tamanño de un capitel derruido...

El tamanño de un capitel derruido…

... y el de las columnas por el suelo.

… y el de las columnas por el suelo.

El día siguiente fue el de la visita a los templos, en realidad un desconsolado montón de ruinas esparcidas por una gran extensión de terreno, excepto un par de impresionantes ejemplos de arquitectura dórica levantados por los restauradores y que son majestuosos. Destaca sobre todos el llamado Templo E, señalado con una letra como todos porque la destrucción fue tal que resulta imposible adivinar siquiera a qué deidad estaban consagrados. Una fachada de columnas impresionantes y, cosa rara y afortunada, en este se puede entrar y al menos imaginar cómo sería esta ciudad en sus tiempos de esplendor. Es imperativo y gozoso rodear su peristilo y apreciar todas las perspectivas según uno se aleja y se acerca a él.

El templo C a lo lejos sobre el mar.

El templo C a lo lejos sobre el mar.

Junto al templo E se encuentran las colosales ruinas de otro que debió ser uno de los más grandes de la antigüedad, con las columnas aún sin el clásico acanalado dóricoacabar derribadas al parecer, además de la acción cartaginesa, por un terremoto. Dan unas ganas enormes de tener dinero y ponerse a levantar de nuevo estas grandes piedras, que parecen estar aguardando la mano salvadora para recuperar siquiera sea un poco de su pasado esplendor.

DSC_6116

Allá a lo lejos, sobre la línea de costa puede verse el templo C, una hilera de columnas recortadas sobre el mar y el cielo, y las murallas de la antigua acrópolis, pero no tuvimos el ánimo suficiente para acercarnos. Preferimos, como viajeros tranquilos, tomarnos con calma esto de la arqueología, sobre todo si hace calor y el recinto empieza a llenarse de grupos de turistas. Tras una granita en el bar del yacimiento, nos retiramos con una emoción clásica más en el corazón.

 

Y tanto por redescubrir...

Y tanto por redescubrir…

Il gommista (seconda parte)

Ulyfox | 24 de junio de 2014 a las 0:53

En el taller del gommista (seconda parte), cerca de Palermo.

En el taller del gommista (seconda parte), cerca de Palermo.

Este es tal vez un caso para el comisario Montalbano. Supongo que el sagaz policía siciliano diría a todo el mundo que no es que hubiera nada raro, pero que preferiría un poco mas de tiempo para estudiar el caso. Os lo cuento.

Habíamos dejado Pepa, Penélope y yo, felices, la ciudad de Cefalú reencontrada y vuelta a admirar. Era relativamente temprano y nos encaminábamos hacia la Selinunte de los templos dóricos junto al mar pero pensando en hacer una parada para admirar el Duomo de Monreale, sus mosaicos bizantinos únicos y su claustro.  Casi desde la salida, la conductora Penélope venía diciendo que notaba que el coche que habíamos alquilado, un estupendo Fiat 500L rojo, se iba para los lados, como si el viento lo empujara. De pronto, un intenso sonido como de roce se hizo presente en el interior del coche. Los tres pensamos y dijimos lo mismo: “¿Ese ruido qué es?”, y al segundo siguiente “¿No habremos pinchado?”.

Era cuestión de paciencia..

Era cuestión de paciencia..

Y es que no lo podíamos creer, aunque lo temíamos. Hace tres años, en nuestra primera visita a Sicilia, alquilamos un coche y la rueda se pinchó. Fue con Avis, y entonces mitad en serio mitad en broma pensamos que la Mafia tenía algo contra esta compañía. Esta vez lo hicimos con Budget, pero no podíamos pensar que nos pudiera ocurrir lo mismo. Paramos el coche en la autovía y salí a comprobarlo ¡y ahí estaba, otro pinchazo en la rueda trasera derecha! ¡no, otra vez no, no podía ser! ¡dos veces alquilamos un coche en Sicilia  y las dos se nos pincha! Eso no era normal, pensamos, y eso nos repetimos el uno al otro, no, no, no: Un tornillo de considerable tamaño asomaba su cabeza entre el dibujo del neumático, y la cubierta aparecía estallada por algunos lados. Increíble.

Pero era lo que había pasado. Dos días antes, la encargada del alquiler en el aeropuerto de Palermo nos había recomendado que extendiéramos el seguro para prevenir cualquier imprevisto en el auto. “Son muchos días”, nos dijo. No le hicimos caso. El caso es que intentamos telefonear a la asistencia técnica, porque la rueda estaba deshecha, pero no hubo forma de contactar con ellos. Ya había empezado la para mí cabalística tarea de cambiar la rueda cuando acertó a pasar por allí una patrulla de la policía italiana de carreteras. Nuestros salvadores. Ellos pudieron contactar con la oficina de Budget ¡que resultó ser una filial de Avis! y prometieron mandarnos una grúa. Y, oh casualidades, de una carretera paralela surgió un grito. Nos volvimos todos y era una grúa, y el gruista gritaba ofreciéndonos ayuda… y nuestras sospechas se agigantaban. Le dijimos que ya estábamos esperando a otro, y pareció conforme.

Al rato apareció el vehículo de la compañía ¡y para mí que era el mismo que nos gritaba desde la otra carretera…! Trámites, papeles y la despedida de los amables policías, con una advertencia: “Non deve pagare niente“. Montamos los tres en la grúa y nos llevaron a un escondido taller de neumáticos. Por el camino, el conductor hablaba con la oficina. Desde allí le decían: “Deve portare la máchina a una oficina vulcanizatora…“, y él respondía “Qué cosa significa oficina vulcanizatora, deve essere il gommista”. La palabra conocida resonó en nuestros oídos. En efecto, recordábamos perfectamente el incidente de hace tres años, cuando algún gommista de Agrigento no quiso atendernos al conocer que debía ser Avis la que respondiera. Aquella vez, al final lo solucionamos por nuestra cuenta buscando uno que sí quiso, y por supuesto pagando nosotros.

...pero entretuvimos la espera a la sombra.

…pero entretuvimos la espera a la sombra.

Esta vez fue mejor. El gommista de Casteldaccia, a 13 kilómetros de Palermo, aceptó trabajar para Avis, usó la rueda de repuesto oficial y no hubo más problemas. Y no tuvimos que pagar nada. Al menos de momento. Mientras trabajaba, tomamos una cerveza y un café en un quiosco estratégicamente situado a la sombra, al otro lado de la calzada. Y charlamos con el encargado, de fútbol, de crisis y de si era normal que los coches se pincharan tanto en Sicilia. Se negaba a aceptar nuestras sospechas de un sabotaje. “Non é di propósito, no, sonno le strade” defendía, achacando el incidente al mal estado de las carreteras. No nos convenció.

La llegada, por la tarde, a Selinunte.

La llegada, por la tarde, a Selinunte.

La cosa acabó, sin más problemas que el considerable retraso que hizo que nos perdiéramos la visita a Monreale. Y lo malo es que ahora no sabemos cuándo lo haremos… Llegamos mucho más tarde de lo previsto a Selinunte, y el agua del Mediterráneo nos calmó. Pero seguimos sospechando que Avis tiene un problema con la Mafia en Sicilia… o lo tenemos nosotros.

Saluti dalla Sicilia!

Ulyfox | 22 de junio de 2014 a las 0:06

Cefalú y su 'cabeza', en la tarde del 18 de junio, desde la carretera.

Cefalú y su ‘cabeza’, en la tarde del 18 de junio, desde la carretera.

Pues sí, estamos en Sicilia de nuevo. La otra noche, mientras cenábamos en la trattoria Nina Principi de Cefalú se oían los ecos de la eliminación mundialista de España en un televisor cercano. No sabíamos cómo iba el partido, así que entre los sabores del tartare de pez espada y el mantecato di riso nos daba igual, como igual fue luego mínimo el disgusto trufado de ridículo. Qué más da: estamos en esta maravillosa isla. Los tres de nuevo recorriendo rincones italianos con ecos griegos y españoles.

En la agradable  sabrosa trattoria Nina Principi, primera cena,

En la agradable sabrosa trattoria Nina Principi, primera cena,

Al día siguiente comentaba con el empleado de un puesto callejero de venta de pizza por trozos, y el hombre (gracias) decía estar triste por que la selección española estuviera fuera del Mundial, y de aquella manera. “Es una selección que ha hecho historia”, decía. Sí, el tiempo pasa. Nosotros llegamos el miércoles a Sicilia, y la primera parada ha sido en un Cefalú ventoso y no por eso menos bello. Estuvimos hace tres años y ya nos maravilló la silueta del Duomo normando, casi una fortaleza con el fondo de La Rocca, ese peñón enorme que recordaba a los griegos una cabeza humana y por eso llamaron a esta ciudad Kefali, es decir ‘cabeza’.

La noche en el puerto antiguo. Faltan las barcas y la película proyectándose para que fuera como en 'Cinema Paradiso'.

La noche en el puerto antiguo. Faltan las barcas y la película proyectándose para que fuera como en ‘Cinema Paradiso’.

Y cómo luce de día...

Y cómo luce de día…

Esta vez no pudimos almorzar en ningún ‘lido’, ni ir a la playa. El día estaba demasiado desapacible. Nos dedicamos a pasear, a rodear La Rocca porque el ánimo no nos llegaba para subir los cientos de escalones hasta su cima, ni pasar por el templo de Diana y hacer la foto que aparece en todas las guías. Me habría gustado, pero a cambio hemos andado con tranquilidad arriba y abajo, hemos almorzado estupendamente en La Locanda del Marinaio, hemos llegado hasta el puerto de los aerodeslizadores, y hemos dormido una pequeña siesta.

Un rincón de Cefalú.

Un rincón de Cefalú.

 

Pensábamos que la señora del Hotel Mediterraneo se acordaría de nosotros y de Pepa (‘María Yosé’ la llamaba ella) pero no. Da igual: sigue siendo un alojamiento agradable, bien situado junto a la estación y muy limpio. Bea, Tamara y Mari Ángeles lo conocieron hace unos meses.

La fachada del Duomo, dorada al atardecer.

La fachada del Duomo, dorada al atardecer.

De nuevo las evocaciones de Totó el de Cinema Paradiso en la Vuchiría y en la playa junto a la Porta Pescara. Volvimos a ver la película de Tornatore algunos días antes de venir, y me quitó la sensación de pastelosa que tuve la primera vez que la vi. Me gustó mucho.

El mar estaba algo furioso el jueves.

El mar estaba algo furioso el jueves.

El fuerte viento que soplaba hizo que el avión de Ryanair que nos trajo desde Sevilla llegara con adelanto. Tenemos una buena relación con esta compañía de tan mala fama. La verdad de nuestra experiencia con ella sólo tiene episodios agradables. Es puntual y como últimamente ha suavizado su política de equipaje de mano, mucho más cómoda. Además, ya no dan tanto la lata con la megafonía. Y qué quieren que les diga: me parece muy divertido ese toque de corneta con el que celebran los aterrizajes. Durante el vuelo, hemos pasado por encima de Argelia  y Túnez. Me han sorprendido los pueblos desparramados por las montañas, derramando sus casas a lo largo de as carreteras. Desde arriba, la montaña argelina parece salpicada de arañas vasculares o de neuronas formando una red en realidad de geografía humana.

La hermosa playa de Cefalú, casi desierta por el mal tiempo.

La hermosa playa de Cefalú, casi desierta por el mal tiempo.

Sí, hemos vuelto porque sabíamos que íbamos a hacerlo, por su gente, por su comida tal vez, quizá porque es tan griega… Y esta vez recorremos la parte este de Sicilia, la más africana, la de Selinunte, Mazara, Marsala la del famoso vino, Trápani… Iremos contando.

Cefalú al mediodía, al fondo el Duomo.

Cefalú al mediodía, al fondo el Duomo.

La otra cara de Cefalú.

La otra cara de Cefalú.

 

 

Etiquetas: , ,

Idas y vueltas

Ulyfox | 9 de junio de 2014 a las 13:33

La escultura 'Gure aitaren etxea' de Chillida, en Guernica.

La escultura ‘Gure aitaren etxea’ de Chillida, en Guernica.

Por lo que se ve, y según defiendo, la gente se parece en todos los sitios, se ríe con cosas muy similares y sufre cuando se les hace daño en según qué partes. Si la gente se reúne, suele acabar charlando y soltando bromas, o canciones, o preguntándose por la familia o haciendo planes o criticando a otros, ya sea esto en Creta, Andalucía, Italia o el País Vasco. Así que no me extraña que un grupo de vascos haya decidido crear una página que es una empresa y una nueva región universal llamada Euskádiz: http://www.euskadiz.com/

Le debemos a uno de sus creadores, el despierto Antxon, ese hombre cuya mirada por encima de su bigote parece estar siempre tomando partida, analizando y buscando respuestas, muchas de las buenas pistas que seguimos en nuestra reciente visita a Bilbao y San Sebastián. Él, junto con sus socios, se ha empeñado en materializar, en hacer patente el puente que desde hace siglos existe entre nuestra tierra y la suya, y que quizá se evidencie en las mismas ganas de reír, de comer y de tolerarse. Así, organizan viajes de ida y vuelta, montan excursiones y preparan convivencias entre gentes del Norte y del Sur, doblando el mapa metafóricamente para que Cádiz y Euskadi no dejen nunca de tocarse. Les oigo y me identifico con ellos, y por eso me dio tanto gusto decirles, la última vez que los vi, que nos había encantado su tierra, y que habíamos disfrutado con su gente, con ellos, que en sólo una tarde habíamos hecho un grupo de amigos, habíamos logrado tener cuadrilla en Bilbao ¿Dónde están los tópicos que dicen que la gente del norte es más reservada? Nos bastaron esas horas en Bilbao, como nos han bastado dos ratos en Cádiz con Antxon para desmontarlos. Así que a partir de ahora, esta página, este espíritu quedan enlazados desde este modesto blog ¡Aupa!

Y eskerrik asko!

Pintxos y otras cosas del comer

Ulyfox | 4 de junio de 2014 a las 13:00

Los pintxos de San Sebastián, un espectáculo.

Es que estuvimos en el País Vasco ¿sabeis? Es decir, en lo que la mayoría considera como la catedral de la gastronomía en España. Obviamente, el presupuesto no nos daba para visitar los grandes templos de Arzak, Aduriz, Berasategui o Subijana. El lujo mayor que nos permitimos fue ese almuerzo con buena comida y magnífica vista sobre la ría de Urdaibai, allá en Portuondo, junto a Mundaka. Pero nos atraía mucho el espectáculo visual y de sabores de las barras llenas de pintxos, institución que no debería morir nunca aunque tal vez terminen devorándola, en todos los sentidos, las modas turísticas.

La buena cara que se te pone.

La buena cara que se te pone.

Ya os hemos contado que tuvimos la suerte de practicar esta tradición de la mejor manera, de la mano de Verónica, su madre Carmen (desde aquí el abrazo más animoso) y toda su atenta y divertida cuadrilla, que ya es la nuestra. Pero, naturalmente, también quisimos explorarla por nuestra cuenta, antes y después. Fue una experiencia con sus luces y sus sombras. La primera noche en Bilbao llegamos algo tarde por culpa del retraso en el avión, y ya no había mucha oferta. Se veía que la marabunta de bebedores y comedores había pasado por la zona de Licenciado Pozas, y arrasado con casi todas las barras. De todas formas, pudimos probar una carne muy buena en un lugar (no lo apunté, mal periodista) de la calle García Rivero. La segunda noche, de vuelta de nuestra preciosa excursión por Mundaka, comprobamos con terror que casi todo estaba cerrado en el centro. Ya sé que era Primero de Mayo, festivo, pero extrañamos eso en una gran ciudad. El Café Iruña estaba abierto y relativamente animado, pero nos espantó un poco la ambientación de feria de Sevilla que colgaba de sus techos, y la oferta casetera escrita en sus pizarras. El caso es que sólo de vuelta al hotel, casi al lado, una tabernilla nos sirvió para una cerveza y picar algo casi de lástima. Las gildas estaban buenas.

Navaja, con su concha y todo en A Fuego Negro.

Navaja, con su concha y todo en A Fuego Negro.

El día siguiente visitábamos la meca de los pintxos: la Parte Vieja de San Sebastián. Llevábamos instrucciones claras de nuestro ya amigo Antxon Urrestarazu, preclaro eusgaditano, que nos dio una casi orden y advertencia: “No se os ocurra aceptar el plato que os ofrecerán a la entrada en los bares. Eso es de guiris. Vais comiendo los que os apetezcan y luego le decís al camarero lo que habéis consumido”. Obedientes, muy obedientes, entramos al primer bar, el brillo de cuyos pintxos llegaba casi a la calle. Una barra espectacular y un resultado más que satisfactorio. “No”, dije rotundo en cuanto que me ofrecieron un plato, y nos acomodamos en un rincón de la atestada barra. Tenía razón Antxon: los guiris molestaban continuamente metiendo sus manos por encima o junto a nuestras cabezas para ir acumulando pintxos en el plato. Nosotros hicimos como nos aconsejaron. Cuando terminamos las cervezas y el par de tapas, exquisitas de verdad las alcachofas envueltas en bacon, los fritos de bacalao y la ensaladilla de txangurro, dimos cuenta al hombre de la barra y el nos hizo la ídem. No obstante, lo confesamos, en posteriores tientos aceptamos un platito por comodidad. Buen comienzo en Donostia.

En la barra del Víctor Montes de Bilbao.

En la barra del Víctor Montes de Bilbao.

Habíamos empezado con temor de novatos, pidiendo cañas. Luego, al siguiente sitio, nos pasamos a los zuritos (cañas más pequeñas), y después ya nos lanzamos con el txakolí, que prácticamente no abandonamos. Mucha gente me dice que el txakolí es un vino más bien de batalla, pero a nosotros nos gustó. El Itsasmendi 7 que nos sirvieron en Portuondo era fantástico, y en general nos pareció excelente combinación con los pintxos, fresco, suave y de excelente pase. Tampoco me pareció peligroso porque se subiera a la cabeza. Y llena menos que la cerveza. Bueno, no soy ningún experto. En el siguiente lugar (este sí me lo sé), el Gandarias, fue otro espectáculo de barra y ambiente. De la misma forma milagrosa logramos arrimarnos pronto a la barra, para comprobar la paciencia, la organización y el buen humor de los camareros, nunca sobrepasados por la masiva presencia de hambrientos. Muy recomendable, nos pareció tradicional y representativo.

Bonito y bacalao, versión Víctor Montes.

Bonito y bacalao, versión Víctor Montes.

Ya un poco más tarde experimentamos una versión de pintxos más moderna, de unos cocineros apegados al Basque Culinary Center. Se llama A Fuego Negro, y recalamos allí por indicación también, obviamente, de nuestro Antxon. Ahí ya, quizá por la hora, no había aglomeración, y los pintxos se pedían al camarero, una forma diferente. Nos sorprendió lo divertido de las presentaciones sin perder los sabores de siempre. Lástima no haber tenido tiempo y ganas para su prometedor combinado de degustación. Unas navajas en su concha estaban buenísimas, delicadas. El pero de todos los establecimientos de este tipo: cantidad y precio siempre van por caminos opuestos. El txakolí, nuevamente, era estupendo.

Muy bien, muy contentos de esta primera inmersión en el mundo de los pintxos, una forma de comer y de relacionarse nos pareció, como una modalidad peripatética de la gastronomía tradicional. Pudimos ver en algunos casos a los cocineros en la trastienda preparando como locos esas rebanadas de pan que siempre estaban crujientes, y colocando encima las diferentes preparaciones.

La atractiva barra del Víctor Montes.

La atractiva barra del Víctor Montes.

P1030435

P1030436

Felices ante el untuoso bacalao al pil pil del Río Oja.

Felices ante el untuoso bacalao al pil pil del Río Oja.

El sábado, en Bilbao, tuvimos ocasión de desquitarnos de aquellas tres noches anteriores frustrantes en parte. Como estamos hablando de comida, dejaré para otra ocasión la descripción del paseo por el casco antiguo, el Mercado de la Ribera y otras gratas experiencias. El mediodía alumbró el encuentro con la cocina vasca más tradicional en un lugar con nombre de resonancias montañesas, el Río Oja, un local antiguo, de gran barra llena de cazuelas de aluminio con los guisos del día, algunas mesas junto a ella y un salón interior. Como una casa de comidas de toda la vida, con sus paredes de azulejos. A esa hora tan temprana sólo nos acompañaban en dos mesas cercanas una pareja de japoneses con aire de entender y querer entender de cocina, y un grupo de alemanes encantados de lo que comían. En la barra, un par de parroquianos apuraban su vino. Luego se fue llenando poco a poco, y un camarero recién llegado abrió el comedor interior. En cuanto divisamos el panorama en la barra tuvimos claro lo que íbamos a pedir: dos cazuelitas, una de bacalao al pil-pil y otra de chipirones en su tinta. Dos delicias de salsas ligadas, una negra y otra blanca amarillenta. Una auténtica inmersión ‘lingüística’ en el mundo vasco, una perdición y un ruego, que no se independicen. Sería una lata tener que enseñar el pasaporte y quién sabe si obtener visado para probar estas maravillas.

La atractiva fachada bajo los soportales de la Plaza Nueva.

La atractiva fachada bajo los soportales de la Plaza Nueva.

Los siguientes pasos nos dirigieron a un lugar totémico, recomendado por todos, rebosante, colorido, en plena plaza Nueva. Un bar, restaurante y tienda de productos alimenticios que es un monumento en muchos sentidos: el Víctor Montes, con su fachada oscura, sus adornos dorados y su decoración modernista. Y sobre todo, sus decenas de clases de pintxos preparados casi al instante y con mucha imaginación. Podría pasarse uno muchas horas allí, deseando probarlo todo, poquito a poco, sin prisa, tal vez todo el día, con las convenientes pausas entre pintxo y pintxo.

Creo que el origen de estos bocaditos, casi siempre con pan de base, es muy humilde. En realidad eran un simple acompañamiento y sostén necesario para la cantidad de bebida que tomaban los vascos cuando hacían el recorrido que ellos llaman ‘ir de potes’ de bar en bar. Pero la cantidad y calidad, así como la calidad de sus preparaciones han hecho de los pintxos la auténtica estrella. Aunque un auténtico vasco, por lo que sabemos, dará prioridad siempre a su txikito o su pote sobre esa minicomida.

Mil sitios bonitos de Cádiz

Ulyfox | 30 de mayo de 2014 a las 12:54

Ya sé, y lo proclamo, que hay más de mil sitios tan bonitos como Cádiz, en incluso más bonitos. Pero este reportaje gráfico de la revista Condé Nast Traveler corrobora también otras cosas: que estamos de moda y que tenemos millones de razones para eso. Aunque las fotos sean mejorables. Disfrutadlo: http://www.traveler.es/viajes/placeres/articulos/las-fotos-que-haran-que-quieras-veranear-siempre-en-cadiz/5379

Etiquetas: ,

Un balcón al mar y unas calles

Ulyfox | 29 de mayo de 2014 a las 14:19

Farolas y barandilla en la playa de La Concha.

Farolas y barandilla en la playa de La Concha.

Digo desde ya que vimos San Sebastián (algo, claro) en pocas horas, que ese plazo limitado nos impidió, por ejemplo, hacer algo que todos consideran imprescindible: subir al monte Igeldo y tomar la foto más famosa de la Bella Easo. Pero, ya lo he contado, la cola de grupos esperando el funicular nos hizo desistir de esa intención.

Esa barandilla...

Esa barandilla…

Así que lo que hicimos, una vez disfrutado el Peine de los Vientos, esa intervención humana en la Naturaleza, fue pasearnos el borde de las playas de Ondarreta y La Concha, con el sol escondido y el viento soplando a intervalos frescamente desde el mar. Unas cuantas gotas como amenaza de lluvia que se no se concretaron en más. La habíamos visto en muchas fotos, pero la playa nos gustó, amplia, dorada, en casi perfecto semicírculo que paseantes, corredores y perros habían tomado en ese mediodía de viernes de puente. Por arriba, en la acera marítima, cientos de donostiarras y turistas andaban tranquilamente, con ese aire colectivo de encaminarse hacia un fin de semana libre haciendo una parada antes frente a una barra de pintxos, una mesa familiar o un restaurante.

La Parte Vieja y el monte Urgull desde el paseo de La Concha.

La Parte Vieja y el monte Urgull desde el paseo de La Concha.

Más farolas.

Más farolas.

Tiene La Concha una barandilla antigua y unas farolas de hierro, pintadas de blanco, que le dan un aspecto de balneario decimonónico, como si aún no hubiera dejado de ir a tomar las aguas toda la corte de la regente María Cristina. Muchos de los edificios que se levantan frente a ella contribuyen a esta impresión urbana y civilizada, como un lugar que hubiera aspirado a encontrar su imagen hace más de un siglo y estuviera tan contento por el resultado que hubiera decidido conservarlo así para siempre. Relaja, pese al gentío paseante, como si un pasado tan espléndido no pudiera hacernos ningún daño sino más bien acomodarnos en sueños de riqueza. Tuvo que ser así.

El Monte Igeldo, al que no subimos, al fondo.

El Monte Igeldo, al que no subimos, al fondo.

Todo en esa parte de la ciudad remite a la comodidad de una vida asentada en la falta de penurias. Te vas acercando al Ayuntamiento y ante él hay un carrusel de estilo antiguo, donde las familias se arremolinan con sus niños. Acaba el paseo en el puerto viejo, ahora tomado por las embarcaciones deportivas pero que en fotos no tan añejas aparecía aún con sus barcos pesqueros. Ese nuevo aspecto de mástiles altísimos y toldillas azules le quita encanto a mi parecer, que hubiera preferido los colores netos y el aspecto rotundo de las embarcaciones que se pelean con el mar por el sustento de sus navegantes y por el nuestro.

Una calle de la Parte Vieja, con la fachada de la basílica de Santa María del Coro.

Una calle de la Parte Vieja, con la fachada de la basílica de Santa María del Coro.

Al lado del puerto, por un arco, se entra a la Parte Vieja, en realidad una zona muy pequeña y con un entramado de calles que se diría casi cuadriculado, entrecruzado y muy ambientado ese mediodía precursor del fin de semana. Nosotros, amantes de los llamados cascos antiguos, comprendimos que es muy adecuado llamar a este barrio más bien Parte Vieja. El sabor que a otros les dan los monumentos, los empedrados y los blasones se lo dan a éste la abundancia casi inverosímil de bares y restaurantes, las barras cubiertas de pintxos y los grupos arremolinados ante los camareros, tan bien organizados en el tumulto. Pero quizá dejemos esto para una próxima entrada. Esta es sólo un aperitivo.

En la plaza de la Constitución.

En la plaza de la Constitución.

Otro rincón de la Parte Vieja.

Otro rincón de la Parte Vieja.

Más tarde, al día siguiente, en Bilbao, confesamos a la cuadrilla de vizcaínos que nos acogió que su ciudad nos gustaba más que San Sebastián, y yo creo que eso terminó de ganarlos para la causa de la amistad con dos gaditanos. Pero en pintxos, esta ventaja no está tan clara.

Kiosco modernista del Boulevard.

Kiosco modernista del Boulevard.

Ante el nuevo Kursaal de Moneo y el puente Urriola.

Ante el nuevo Kursaal de Moneo y el puente Urriola.

 

Cómo peinar el viento

Ulyfox | 21 de mayo de 2014 a las 13:59

Peinando el viento en San Sebastián.

Peinando el viento en San Sebastián.

Si había alguna forma de peinar el viento, tuvo que ser Eduardo Chillida el que diera con ella. Supongo yo que este donostiarra universal conocía como todos los naturales de la bella San Sebastián la fuerza de los elementos. Tradicionalmente el viento ha llegado a Donostia desmelenado y con esos pelos. Y tal vez el escultor pensó que la elegancia de la ciudad, asomada civilizadamente al Cantábrico, merecía que a tan tenaz y antiguo visitante había que ponerlo un poco presentable, al menos peinarlo. Y se inventó el Peine del Viento, con una osadía y temeridad más propia de un bilbaíno, si hay que atender al tópico. La gente ha terminado llamando a esta sugerente escultura El Peine de los Vientos, pero a mí me gusta más su denominación original, en singular, me provoca una relación más íntima con el feroz fenómeno que es el aire en movimiento. Cosas de los románticos.

Penélope ante el Peine.

Penélope ante el Peine.

No hace falta preguntar para encontrarlo. Mirando al oeste de la playa de Ondarreta se ve una fila de gente andando hacia el extremo. Es la atracción que provoca esta fenomenal escultura, como si el hierro del que está hecha estuviera imantado. Nosotros habíamos llegado en autobús desde Bilbao, un poco más de una hora de viaje por autopista. Para aprovechar el tiempo y después del necesario café junto a la estación de autobuses, un taxi nos llevó a Ondarreta, a la distancia justa para dar un paseo admirador de La Concha, la imagen más reconocible de la ciudad, casi al pie del monte Igeldo. Por el camino, jardines y algunas mansiones, incluso una instalación que parecía un pequeño Wimbledon, caprichos que se permite San Sebastián para acentuar quizá su aire europeo.

DSC_5607

Allá, a donde se dirige la gente, de turismo grupal y familiar en este Puente del Primero de Mayo, está el Peine. A veces los monumentos, los rincones, los parajes célebres decepcionan. Y no deja uno de temer este efecto cuando se acerca a uno de estos hitos. Pero otras veces, lo mil veces contemplado en fotos o vídeo, se agranda ante tu vista. Y entonces es la gran suerte, entonces es como si los ojos quisieran abrirse más para captarlo todo, la cabeza se mueve hacia uno y otro lado y los pies buscan el encuadre mejor para la fotografía. Eso nos ocurrió con esta escultura. No sé si es que estaba haciendo la función poética para la que fue creada, el caso es que el viento soplaba en ese momento con personalidad pero sin mala educación.

DSC_5608

¿Qué me pareció esta escultura triple clavada en la dura roca vasca, luciéndose ante las olas y sabedora de su carácter invicto? Una obra maestra. Al viento, ese elemento gobernado por un dios terrible, sólo se le puede domar con esos trozos de hierro corten, perfilados como tenazas o fórceps, como un tridente también olímpico, por aquí te acaricio, por aquí te amenazo y por este hueco te dejo pasar, juguemos a eso. Al final, quizá se trate de eso, un juego entre titanes, a los que el humano Chillida regaló el juguete, como pidiendo también participar. Es hermoso. Es además interesantísimo conocer todo el proceso de construcción y la historia del monumento. Pero para eso es mejor que pinchéis aquí: http://peinedelviento.info/

DSC_5598

Para mí, fue lo mejor de la rápida visita a San Sebastián. Íbamos a subir al Monte Igeldo en el funicular, para divisar la que todo el mundo considera la mejor vista de La Concha. Pero había una cola enorme, y preferimos andar toda la playa hasta la Parte Vieja, teniendo en cuenta que no disponíamos de demasiado tiempo. Pero ya hablaremos también de La Concha, de la Parte Vieja e incluso de los pinchos pintxos.

Ola de izquierdas

Ulyfox | 19 de mayo de 2014 a las 14:19

DSC_5587

Dos vistas del puerto de Mundaka, con pleamar y bajamar.

Dos vistas del puerto de Mundaka, con pleamar y bajamar.

 

No es, como podría parecer por el título de esta entrada, el resultado deseable de las próximas elecciones europeas, aunque sólo sirviera como grito de descontento, como demostración de rebeldía ante lo que nos están haciendo desde los centros comunitarios con la servidumbre de los gobiernos nacionales. No hablo de esa izquierda, no quiero hacer metáforas ni expresar deseos; se trata de una auténtica ola, de las del mar. La ola de izquierdas más famosa del mundo, dicen los surferos, es la de Mundaka, una conjunción de vientos, mareas y fondos que hacen de esta zona una de las más deseadas por los deportistas de tabla, traje de neopreno y melena al viento, a ser posible rubia. Naturalmente, no era encontrar esa ola el objetivo de nuestra visita a ese puerto vizcaíno, sino conocer lo que nos habían dicho que era un bonito pueblo de la costa, en realidad un pueblecito empinado y derramado hacia una dársena muy pequeña, y contemplar una de las joyas del País Vasco: la espléndida ría y reserva natural de Urdaibai.

Una casa tradicional, convertida en hotel en el centro de Mundaka.

Una casa tradicional, convertida en hotel en el centro de Mundaka.

El tren recorre toda la ría desde Guernica, y mientras nos íbamos acercando veíamos un paisaje que nos recordaba al de las marismas y esteros de la Bahía de Cádiz, pero sin salinas. Abundancia de canales, algún embarcadero industrial con los pilares al aire, y grupos de aves acuáticas. Y conforme nos acercábamos a Mundaka iba creciendo una gran barra de arena dorada, con una grandiosa imagen de marea baja. Ya cerca del pueblecito, el aspecto de la ría era el de una gran playa con un riachuelo que la surcaba. La gente paseaba como pasea por la orilla atlántica de Cádiz.

Otra vista del puerto.

Otra vista del puerto.

DSC_5535

El convoy nos dejó en la parte alta del pueblo. No era difícil orientarse hacia el puerto, sólo había que enfilar las cuestas abajo. El cielo seguía nublado, y amenazando lluvia. Desembocamos en la rada, apenas un hueco en forma de ‘u’ con un par de diques de contención de lo que se adivina como fuertes embestidas del Cantábrico cuando se pone bravo. La bajamar hacía que muchas de los embarcaciones reposaran directamente en el fondo. Alrededor de esos muelles recios algunas casas de piedra vista o pintadas de blanco con toques de color marinero, rojo, azul, un pequeño hotel de aspecto cuidado, y enfrente, el mar abierto y los montes verdes. Diría que así me imaginaba yo un puerto vasco, y diría que hay muchos parecidos en toda la costa norte española, escondidos refugios de la furia del viento: aguas semitranquilas en un pequeño estanque mientras más allá y por encima de los diques todo es espuma inquieta.

La costa de Mundaka.

La costa de Mundaka.

Llegando al final del puerto, la acera sube hasta una pequeña plaza con todo lo que tiene que tener una plaza: quiosco de bebidas, un casino con restaurante de precioso balcón de hierro, una parada de autobús, una asociación de pescadores, una iglesia cuyo muro sirve de frontón y muchos niños jugando, naturalmente al balón. El límite frontal es siempre el mar, con un paseo marítimo formado por una simple barandilla de hierro blanco. Siguiéndolo, se llega a la playa, un entrante arenoso bordeado de rocas y pegado a la carretera que va hacia el interior. La vida aparecía serena en esa mañana festiva de Primero de Mayo. Sólo echábamos de menos que el sol iluminara y diera color a las escenas. Uno de sus rayos iluminaba allá al fondo el monte, enseñándonos una mancha de muestra del intenso verde vasco y diciéndonos “así soy cuando luce el astro rey”.

La ría, hacia el interior.

La ría, hacia el interior.

DSC_5552

Frente a la amplia ría.

Frente a la amplia ría.

En la oficina de turismo, una empleada derrochaba amabilidad y sonrisas, casi rogándonos que le preguntáramos cosas. Sólo queríamos saber cómo se iba al restaurante Portuondo, del que nos habían alabado la cocina y las vistas sobre la ría de Urdaibai, y en el que habíamos reservado una mesa. Se trataba de subir por la carretera unos quince minutos, nada, un paseo observando a la izquierda la ría.

La ría, con marea baja, desde Portuondo.

La ría, con marea baja, desde Portuondo.

DSC_5578

El maravilloso Asador Portuondo.

El maravilloso Asador Portuondo.

Tras la comida, la ría estaba casi cubierta por la marea.

Tras la comida, la ría estaba casi cubierta por la marea.

El Restaurante Asador Portuondo estaba lleno, allí arriba en su mirador privilegiado sobre la ría, que mostraba todavía una espléndida bajamar de meandros. La terraza rebosaba de familias. Día de fiesta. En el interior, el comedor del Portuondo tiene un ventanal maravilloso, como una pantalla en la que proyectara una película de la naturaleza para ver crecer la marea, para ver desaparecer la arena bajo el agua poco a poco pero irremediablemente. Y lo extraordinario: así está ocurriendo durante siglos dos veces al día, supongo.

Mundaka, sobre el saliente rocoso.

Mundaka, sobre el saliente rocoso.

A la singular vista le acompañó una excelente comida: tomates de la zona, revuelto de perretxikos (un hongo sabroso y pequeño), rodaballo… con un estupendo txakolí Itsasmendi 7. Buenísimo, bien servidos, bien visto. El resto de la tarde transcurre en un tranquilo descenso hacia el pueblo, un café en el puerto y en una vuelta en tren hacia Bilbao, con tiempo para dormitar apoyados en el cristal de la ventanilla del tren.

Después de Guernica, Mundaka completó un día hermoso.