Felicidades, Grecia, y fuerza y suerte…

Ulyfox | 26 de enero de 2015 a las 13:19

Una iglesia bizantina, una mezquita y la Acrópolis al fondo, en la plaza Monastiraki de Atenas.

Una iglesia bizantina, una mezquita y la Acrópolis al fondo, en la plaza Monastiraki de Atenas.

Lo primero fue una gran alegría. Podéis felicitarme, como ya ha hecho algún amigo. Estoy contento por Grecia, y por los griegos. Me alegro siempre que los pueblos deciden tomar la palabra enfrentándose al miedo. Sobre todo cuando los que intentan meter el temor en el cuerpo son los mismos que nunca han tenido motivo para temer nada, para sentirse amenazados: los poderosos siempre tienen armas.

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Ha vencido la izquierda en Grecia, pero sobre todo creo que ha vencido la capacidad de ilusionarse, la esperanza en que el futuro puede depender de nosotros, y que siempre tenemos que reivindicar el derecho a equivocarnos. Hasta ahora nos han dicho “no os equivoquéis, dejadnos decidir a nosotros, que no nos equivocamos nunca”. Ahora los griegos han tomado su derecho al error, por encima de todos los que no son griegos y reclamaban para ellos la única visión certera del futuro de su y nuestro amado país.

La escondida y popular taberna Platanos, en pleno centro de Atenas.

La escondida y popular taberna Platanos, en pleno centro de Atenas.

Lo primero fue una gran alegría. Lo segundo, llamar a nuestra amiga de Atenas y comprobar que ella también estaba contenta. Lo tercero será escribir a tantos amigos en la Hélade (stin Ellada) y desearles suerte y fuerza. En nuestros numerosos y gozosos viajes a Grecia, antes y después de esta inmisericorde austeridad impuesta, nunca he sentido que los griegos me deban nada. Siempre he notado cuanto les debemos. Ya no hablo de la Europa que heredó de aquellos grandiosos seres la filosofía, el teatro, la arquitectura, el arte, la poesía, la escultura, el concepto clásico del equilibrio entre la razón y la belleza para avanzar ¡la democracia! Hablo de nosotros propiamente, de Penélope y de mí, que les debemos tantas horas, tantas vivencias, tantas alegrías, tantos sabores frente al mar, tantos atardeceres, tantas risas, tantas conversaciones, tantos proyectos, tantos amigos, tantos descubrimientos, tanta calma y tanta agitación.

Fachada clásica de la Universidad de Atenas.

Fachada clásica de la Universidad de Atenas.

No sé si el cambio de rumbo en Europa hacia la solidaridad que nunca se debió abandonar ha comenzado en Grecia ayer domingo. Sé que algo ha cambiado. Tal vez sólo el comienzo de un camino en el que la gente le diga a los supuestos expertos económicos que también el pueblo, soberano, tiene algo que decir cuando se decide sobre sus vidas. Nadie manda sobre el pueblo. Ahora, tendrán que preguntarle, al menos. Esa es la grandeza de la democracia. Por cierto, un invento griego.

El Museo Arqueológico Nacional, lleno de tesoros, y ante el cual Alexis Tsipras celebró su victoria.

El Museo Arqueológico Nacional, lleno de tesoros, y ante el cual Alexis Tsipras celebró su victoria.

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Cruceros a nuestra manera

Ulyfox | 24 de enero de 2015 a las 1:14

La salida al amanecer de la isla de Koufonisia.

La salida al amanecer de la isla de Koufonisia.

Lo primero que desaconsejamos cuando alguien nos pregunta por la forma de viajar a Grecia es que lo hagan en un crucero. No suelen hacernos caso. Bueno, es la libertad, pero un crucero por las islas griegas suele incluir muchísimas horas en el barco y muy pocas para conocer apresuradamente la isla. Hemos visto riadas de cruceristas recorriendo aprisa calles de Mikonos, cuestas de Santorini, murallas de Rodas, mientras a su lado o a su espalda el sol les gritaba quédate.

La escala en Schinousa.

La escala en Schinousa.

Por contra, y aunque parezca una contradicción, adoramos los barcos, amamos los trayectos entre islas, disfrutamos con los embarques y desembarques, con las llegadas a los puertos, las decenas de amarres y desamarres que hemos vivido en multitud de islas, los madrugones y las llegadas en plena noche a embarcaderos de todos los tamaños, nos integramos en el ajetreo, nos reímos con las viejas que se cuelan en las colas con habilidad increíble y que son capaces de coger el mejor sitio para hacer el viaje a pierna suelta. Las islas griegas se comunican todas, pero no siempre es fácil ni frecuente el enlace, las rutas pueden parecer ilógicas, y fuera de temporada pueden desaparecer. Pero son siempre emocionantes los trayectos, sean calmados o agitados. La mayor emoción suele proporcionarla el hecho de confeccionártelo tú mismo. Así nos movemos entre islas, creando nuestro propio crucero según el ánimo, el tiempo y las ganas.

Otra escala en Iraklia.

Otra escala en Iraklia.

Han sido muchos los viajes que hemos hecho así a las islas griegas. Y fue también así el pasado año, de Milos a Creta, de Paros a Koufonisia, de Koufonisia a Paros, de Paros a Mikonos, con la compañía Blue Star, nuestra estrella azul. Viendo salir el sol, haciendo escalas en las pequeñas Schinousa e Iraklia, en la fértil Naxos, recibiendo y despidiendo gente, como los hijos de la mar.

Embarque multitudinario masivo en Milos.

Embarque multitudinario nocturno en Milos.

 

El viaje empezó demasiado temprano, tal vez.

El viaje empezó demasiado temprano, tal vez.

No tenemos nada contra los cruceros, como no tenemos nada contra los viajes en grupo. Las posibilidades deben ser muchas para que cada uno elija la que más le gusta. Pero a nosotros dadnos la libertad de encontrar y perder, de intentar y fallar, de enmendar y mejorar que tiene el llegar a una oficina naviera, mirar los horarios y calcular tiempos y mareas, imaginar desayunos cuando abran los bares de a bordo, buscar el mejor lado para contemplar el perfil de aquella isla a lo lejos, y, sobre todo, la libertad de decidir que ese día no vamos a coger ningún barco porque vamos a esperar la noche en aquella mesa de aquella taberna, frente al muelle de Paros para ver cómo se acercan y se alejan las luces de los apresurados, grandes navíos con horario. Y mañana ya veremos.

Solo un vistazo a la bella Naxos.

Solo un vistazo a la bella Naxos.

Colas para embarcar en Naxos.

Colas para embarcar en Naxos.

 

La isla paraíso

Ulyfox | 20 de enero de 2015 a las 13:43

 

Un brindis desde Koufonisia.

Un brindis desde Koufonisia.

Un rincón de Koufonisia, desde nuestro apartamento.

Un rincón de Koufonisia, desde nuestro apartamento.

Ahora que el viento azota, y el frío cala y la luz es incapaz de traspasar las nubes, ahora os quiero ofrecer este rayo de esperanza en la felicidad posible de unos días, esa que es creíble en pocos sitios pero probable, siempre, en una isla en verano. “Cada uno tiene su paraíso”, sostiene Penélope, y no es un secreto que el nuestro particular está en las islas griegas. No en todas, pero sí repartido en muchas. En las grandes pero abarcables con el corazón como Creta, en las escogidas como Simi, en las turísticas como Mikonos, Santorini o Rodas, en las evocadoras como Corfú, en las exquisitas y pueblerinas como Paros, en las minúsculas y recorribles a pie como Halki. O Koufonisia, una de las perlas repartidas alrededor de Naxos conocidas como las Pequeñas Cícladas.

Una de las dos calles de Koufonisia, por la mañana.

Una de las dos calles de Koufonisia, por la mañana.

Koufonisia tiene apenas unos 300 habitantes permanentes, una anchura máxima de tres kilómetros, se puede cruzar fácilmente de un lado a otro en poco más de media hora, y se rodea en aproximadamente hora y media. Doy por supuesto que en julio y agosto todo esto se puede convertir en un infierno turístico, pero después del 15 o el 20 de septiembre, su maravilla azul y ocre queda como un verdadero paraíso casi en exclusiva para ti. Así ha sido este pasado verano, en el que la tranquilidad sin masas se sumó a un tiempo espléndido y nos sentimos mimados por el viento del norte llamado meltemi, tan inclemente otras veces.

Habíamos visitado Koufonisia hacía una quincena de años, cuando aún estábamos en nuestros inicios del enamoramiento por Grecia, y contribuyó con su transparencia y casi virginidad al crecimiento del idilio. Hemos conocido ahora una isla una mijita más dotada, más diseñada, un apreciable y digno enriquecimiento de la acogida al turista, y sine embargo, en la época en que la hemos visitado, mucho más atractiva. El último día, todos parecíamos habernos puesto de acuerdo para marcharnos. La camarera del estupendo restaurante ‘Gastronauta’ nos preguntaba a todos los clientes con aire compungido si también nosotros nos íbamos a la mañana siguiente.

Penélope ante el mar de Koufonisia.

Penélope ante el mar de Koufonisia.

Alquilamos tres noches de un muy mejorable apartamento, en Christina’s House, situado sin embargo en una inmejorable ubicación, en un extremo del pueblo, con vistas al mar por las dos terrazas. Pero con una limpieza y estado general muy descuidados. Bueno, los amaneceres y atardeceres nos compensaban de esto. Encontramos en la isla la elegancia que se adquiere con la calma, el señorío de la ausencia casi absoluta de vehículos a motor, la clase que se demuestra al ir andando a todos sitios, el placer de una cocina natural y en algunos lugares escogida e imaginativa.

Mesas a la espera de clientes.

Mesas a la espera de clientes.

En aquellos lejanos tiempos, sólo se podía llegar a las Pequeñas Cícladas desde Naxos, en el heroico y cabeceante transbordador ‘Skopeliti’, divertido si no te importa hacer toda la travesía al borde del mareo. En la actualidad, los grandes ferris ya atracan en sus diminutos puertos, conectan con Atenas y muchas islas y son capaces de desembarcar cientos de personas en un solo viaje. Nosotros llegamos casi de madrugada, el encargado de los apartamentos nos esperaba con un desvencijado coche, emprendimos un viaje de un minuto, y nos acomodamos para tres noches.

El frente marítimo del pequeño y único pueblo.

El frente marítimo del pequeño y único pueblo.

En los dos siguientes días poco teníamos que hacer: bajar a desayunar al pueblo, disponer nuestros improvisados tiestos de playa y andar a la busca del mejor rincón donde asentarlos y disfrutar de un agua como pocas. En Koufonisia no hay hamacas en las playas, y sólo un par de tabernas fuera del casco principal, pero casi cualquier lugar que linde con el mar es apto para bañarse, desde el arenal que sirve de plaza del pueblo, junto al muelle hasta la más lejana e impresionante playa de Pori, una herradura casi perfecta de arena blanca y mar esmeralda, justo detrás de un hueco natural que llaman Piscina, muy frecuentado por los barcos de excursiones. Esa fue nuestra ocupación durante dos jornadas transcurridas con la sonrisa en la boca. Al atardecer volvíamos al apartamento, nos adecentábamos lo justo para no quitarnos el aire de robinsones felices, y salíamos a cenar, porque el tamaño de Koufonisia pueblo no da ni para un paseo que merezca ese nombre. Así que era mejor la sobremesa, la conversación en la mesa al aire libre, las ojeadas a la calle feliz en la noche veraniega, y la charla tal vez con el dueño del restaurante, uno de esos cocineros empeñados en conservar los sabores dotándolos de una presencia nueva. Algo así como la isla al final del verano.

Tantas playitas como esta...

Tantas playitas como esta…

 

Baño de turistas en las piscinas naturales.

Baño de turistas en las piscinas naturales.

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Oportunidades para el baño sobran.

Oportunidades para el baño sobran.

Verde o azul, transparente

Verde o azul, transparente

 

El mejor final de la jornada.

El mejor final de la jornada.

 

Noche en la calle.

Noche en la calle desde nuestra mesa en el ‘Gastronauta’.

Ya sabéis, hay que ir en septiembre, y guardar el secreto.

Última visión de Estambul

Ulyfox | 10 de enero de 2015 a las 21:51

Un puesto en el Bazar Egipicio.

Un puesto en el Bazar Egipicio.

Una calle del barrio de Sultanahmet.

Una calle del barrio de Sultanahmet.

Para entendernos, digamos que hay ciudades inmortales y otras eternas. París, Nueva York, Barcelona, Amsterdam, Praga, Londres… podrían ser de las primeras. Nacieron una vez, hace muchos o pocos siglos, y parece que se quedarán siempre por aquí, que ningún terremoto físico o histórico será capaz de hacerlas desaparecer. Otras como Roma o Atenas parecen haber existido siempre, como si antes de ellas no hubiera habido ciudades, como si ellas hubieran inventado la urbe, la polis, casi como si hubieran sido la cuna del hombre moderno. Y luego está Estambul, nacida para resumir diríamos. Un encuentro aún vivo entre los seres humanos de todas las procedencias y épocas, un lugar en el que aún se pueden ver formas de vivir ancestrales a la vez que se asiste al alumbramiento de lo más moderno. Algo para no perderse.

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Al abrigo quizá de su extraordinario crecimiento, los barrios cercanos al aeropuerto semejan altos distritos financieros occidentales, y sus amplias avenidas marítimas acercan en poco tiempo del ajetreo de su visitado aeródromo hasta la cercanía de las murallas de Teodosio, transitando con fluidez junto al mar de Mármara. En una punta los patriarcas ortodoxos griegos repiten ritos bizantinos mientras en la otra los imanes más integristas dirigen el rezo, y en el lado opuesto los comerciantes judíos venden y compran oro, más allá el Hotel Pera Palace trae recuerdos de artistas y escritores en sus esquinas de aire europeo. A su sombra, cuestas abajo, los anticuarios exponen su mercancía en un limpio barrio de apariencia indefinible. Y por todo alrededor transbordares hiperactivos surcan, recorren, bordean y atracan sin descanso en las aguas del Bósforo y el Cuerno de Oro.

El opulento palacio Dolmabaçe, junto al Bósforo.

El opulento palacio Dolmabaçe, junto al Bósforo.

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Pasamos cinco días extraordinarios allí, entre el asombro y el disfrute, descubriendo al tiempo que nos reconocíamos en piedras antiguas, minaretes, arcos y puentes. Nosotros, siendo.

Puestos de kebab en la zona de Taksim.

Puestos de kebab en la zona de Taksim.

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Desaparecido en la gran belleza

Ulyfox | 8 de enero de 2015 a las 20:23

Fuente en el patio del Palazzo Nuovo, en el Capitolio romano.

Fuente en el patio del Palazzo Nuovo, en el Capitolio romano.

Desde que la vi en el cartel de La gran belleza, la desconcertante y hermosa película de Sorrentino, me apasionó esa colosal escultura de indudablemente un dios reclinado. Digo yo que será Neptuno o Poseidón, porque tiene una caracola en su mano derecha y está acompañado de peces. Y me preguntaba dónde estaría escondida en la eterna, inabarcable, embriagadora Roma. La he encontrado, en un recién acabado viaje a la capital italiana, donde pasamos el fin de año y unos cuantos días más, y que iremos contando a los lectores que todavía me quedan pese a la inconstancia de mi escritura. Digamos que en esta ocasión tengo algo más de justificación, ya que se nos olvidó el ordenador desde donde acostumbro a contar algunas cosas en estas escapadas a nuestra vida real.

La escultura, ante la que se sienta en el cartel el gran actor Toni Servillo en un supuesto sofá de mármol, está en el patio del Palazzo Nuovo, el lugar por donde se acaba la visita a los Museos Capitolinos, llenos de valiosísimas obras de todos los tiempos. El hallazgo fue sin quererlo, por casualidad, no sabía que estaba ahí. La imaginaba en una secreta estancia de alguno de los palacios que recorre el personaje Gambardella en buena parte de la película. No figura como destacada en las guías, no al nivel del Gálata moribundo, o del Espinario, o de la Loba Capitolina, o de la impresionante estatua ecuestre de bronce de Marco Aurelio, pero me proporcionó más alegría que ninguna de estas obras maestras capitales en esa corta visita. Y ahí os la comparto, por si os llega como a mí. Ya de regreso, salute e buon anno!

 

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Un puente para que pasen cosas

Ulyfox | 8 de enero de 2015 a las 18:37

Pescadores junto al puente Gálata, la mezquita de Rustem Pasá, la de Suleimaniye...

Pescadores junto al puente Gálata, la mezquita de Rustem Pasá, la de Suleimaniye…

Si hay una ciudad en este mundo donde la vida no muere, esa  es Estambul. En los bazares, en los mercados, en el ajetreo de los siempre repletos muelles. Sólo la llegada de la noche aplaca las calles comerciales. Si hay un lugar en esa ciudad donde la vida fluye siempre, ese es el puente Gálata, la vía que cruza el Cuerno de Oro, ese brazo de mar que se desgaja del Bósforo hacia el norte y que divide la antigua Constantinopla de lo que fue Pera, el barrio genovés y luego asentamiento de diplomáticos y artistas europeos durante el Imperio Otomano.

El puente concentra en sus alrededores terminales de transbordadores, de autobuses, pescadores, gente que entra y sale, que embarca y desembarca, turistas y lugareños. Y casi todos hacen una parada ante los puestos flotantes, dorados y brillantes donde los empleados dispensan cada día miles de bocadillos de caballa asada (balik ekmek), un sabroso y barato tentempié. Recuerdo nuestra primera vez en Estambul. Entonces comprábamos los bocadillos sobre la barandilla del muelle, alargando el brazo para cogerlo directamente de la mano del asador. Ahora, pasado el tiempo, ya no tienes que arrancarte las espinas de la boca, ni estirar el brazo. Junto a los barcos, sobre el muelle, unas casetas con luces y adornos recargados dispensan civilizadamente el producto a una cola de clientes, que luego se sientan en banquetas y disponen de mesitas. Y la caballa llega en filetes y desespinada. El progreso.

Un narguile con un té bajo el puente Gálata.

Un narguile con un té bajo el puente Gálata.

Eso ha cambiado, pero no ha variado la aglomeración ni el ambiente, ni los alrededores vigilados por las cúpulas y minaretes de las mezquitas, por la imponente Torre Gálata que levantaron los genoveses al otro lado, ni la acumulación de restaurantes y cafés de todos los precios bajo la calzada del puente. Toda la ciudad pasa por él. Es posible disfrutar de casi medio día parando a mirar desde una orilla, empapándose del paisaje humano, cruzando por arriba, dando la vuelta por debajo, volviendo a subir, tomando un té y fumando un narguile aromatizado mientras esperas a que el día caiga.

Algunas escenas frente a los puestos flotantes de bocadillos de caballa.

Algunas escenas frente a los puestos flotantes de bocadillos de caballa.

La Torre Gálata al fondo, sobre la que se dibuja la proa de uno de los barcos de caballas.

La Torre Gálata al fondo, sobre la que se dibuja la proa de uno de los barcos de caballas.

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Arriba y abajo del puente Gálata.

Arriba y abajo del puente Gálata.

Puestos flotantes de bocadillos de caballa en el Cuerno de Oro.

Puestos flotantes de bocadillos de caballa en el Cuerno de Oro.

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Estambul vende de todo

Ulyfox | 9 de diciembre de 2014 a las 13:55

Joyería resplandeciente en el Gran Bazar de Estambul.

Joyería resplandeciente en el Gran Bazar de Estambul.

Dicen los árabes que entre todos los oficios, el de comerciante es el más noble. Bueno, vale, los turcos no son árabes aunque sí musulmanes. Muchísimos de ellos incluso defienden que son europeos. Y naturalmente tienen razón porque una parte importante de su territorio, empezando por su capital histórica, Estambul, está en el viejo continente. El caso es que en Turquía existe una concepción árabe del comercio, entiendo yo. Muchísimas calles del Estambul antiguo respetan esa idea de la vía pública con casas cuyos bajos están dedicados a tiendas. La idea llega a su máximo nivel en los barrios que rodean los bazares. En ese caso toda la vecindad se convierte en un mercado oriental. Y huelga decir que eso llena de vida las horas diurnas, de la misma manera que hace más oscuras las nocturnas, cuando todo cierra al caer el sol.

Puestos variados en el Bazar Egipcio, o Bazar de las Especias.

Puestos variados en el Bazar Egipcio, o Bazar de las Especias.

Alrededores del Bazar Egipcio.

Alrededores del Bazar Egipcio.

En Estambul hay varios bazares con ese nombre, y muchos más que lo son aunque no se les conozca con esa denominación. Entre todos, los más conocidos, los preferidos por los turistas por su variedad, riqueza, y sobre todo su ubicación céntrica, son el Gran Bazar (predecesor indiscutible de las superficies comerciales) y el Bazar Egipcio, también llamado Bazar de las Especias. El primero es, ya lo sabéis, una gran extensión de tiendas bajo techado, con avenidas, calles y callejones, agrupados por gremios, joyeros, peleteros, textiles, metales preciosos… donde no faltan las tiendas de alimentación ni los cafés y restaurantes, patios donde culminar transacciones, sorpresas de todo tipo, sucedáneos de mezquitas con muecín llamando a la oración por la megafonía, mercado donde el comprador disfruta del regateo y se hace la ilusión de que engaña al vendedor. Es un lugar de techos abovedados y pintados a mano, con continuo trasiego y en el que la baratija halla su lugar de honor junto a la pieza única, la alfombra excelsa y el chándal más falso. El Bazar Egipcio es mucho más recogido y, si se quiere, más acogedor. Allí hallan su templo las miles de especias, condimentos, cafés, y frutos secos venidos de todo el mundo. En el Gran Bazar es facilísimo, y casi obligado, perderse. En este en cambio, la orientación es sencilla, tiene una forma de ‘L’ reconocible y está rodeado también de numerosas calles comerciales. Ubicado junto al bullicioso puente Gálata, al comienzo del Cuerno de Oro y casi delimitado por dos bellas mezquitas, la de Rustem Pasá y la Mezquita Nueva, tiene un gran poder de atracción, aparte de ser mucho más manejable que el monstruo comercial que es su hermano mayor.

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Largas calles comerciales.

Largas calles comerciales.

Pero casi más que estos grandes palacios de la compra total, nos gustan las calles que los rodean, donde el mercadeo más sencillo vive, con destartaladas y rebosantes tiendas de artículos repetidos, piezas de cocina de todo tipo, miniaturas al por mayor, miles de cubos de plástico, pantalones vaqueros de imitación por millones, herramientas que dimos por desaparecidas hace décadas, útiles inútiles, montones de calcetines, kilómetros de cintas… y siempre decenas de hombres y mujeres arriba y abajo empujando carros, cargando cajas, sacando y metiendo cosas de sus bolsillos, preguntas y respuestas, conversaciones con números, instrumentos musicales sacados del Pórtico de la Gloria.

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Una de las avenidas del Gran Bazar.

Una de las avenidas del Gran Bazar.

Un quiosco antiquísimo, antes cafetín, ahora joyería.

Un quiosco antiquísimo, antes cafetín, ahora joyería.

El muecín llamando a la oración dentro del Bazar.

El muecín llamando a la oración dentro del Bazar.

Andábamos ya por el cuarto día de estancia en Estambul y nuestras piernas estaban habituadas a las caminatas. No queríamos tomar ni siquiera transportes públicos. La vieja Constantinopla se disfruta, se vive y se sufre andando, subiendo y bajando sus colinas y rozándose con las multitudes. Ese día almorzamos en un restaurante cerca del Bazar Egipcio, un crujiente y sólo ligeramente picante lahmaçum (una especie de pizza turca) acompañado de unas deliciosas albóndigas de cordero y pistacho. Lamento no recordar el nombre del local, merecedor de un regreso gastronómico y, por supuesto de un largo y digestivo paseo hasta las cercanías tumultuosas de Eminonu, con su incesante tráfico de transbordadores y la aglomeración de clientes ante los barcos que preparan bocadillos de caballa… Pero eso será otro día, si siguen ustedes ahí…

Todo el barrio es un inmenso bazar.

Todo el barrio es un inmenso bazar.

Adornos para niñas, fundas de móviles...

Adornos para niñas, fundas de móviles…

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Ambiente ante el Bazar Egipcio, y la Mezquita Nueva, que domina el barrio.

Ambiente ante el Bazar Egipcio, y abajo la Mezquita Nueva, que domina el barrio.

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La foto que no pude hacer

Ulyfox | 1 de diciembre de 2014 a las 2:06

Me acerqué sigilosamente y con todo el respeto que era capaz de demostrar a aquella puerta acristalada sobre la que figuraba un pequeño rótulo con la palabra ‘imán’ y creo que un nombre a continuación. Ante ella, dos o tres hombres miraban muy interesados lo que estaba ocurriendo en el interior. Un clérigo musulmán de hábito marrón y turbante blanco estaba sentado a contraluz. La barba gris clara y el asiento señorial le daban un aire imponente pero plácido. Junto a él, en una butaca más baja, un hombre mayor con traje gris le sostenía la mano mientras le hablaba y con la otra le daba leves palmadas en el dorso. Ambos tenían esa mínima sonrisa de los que conversan en confianza sobre temas en los que están de acuerdo. No estaban ni mucho menos solos. Cuatro o cinco muchachos se sentaban en semicírculo en la alfombra frente a los dos protagonistas. Imaginé una conversación sobre temas religiosos o de doctrina, o una petición de consejo al maestro, tal vez simplemente la comunicación o el permiso para una boda.

Yo estaba allí en la puerta, con la cámara en la mano, pero a nadie le importaba mi presencia de infiel en la mezquita de Fatih de Estambul. Creo que ni siquiera repararon en mí. Veía el encuadre y la iluminación de claroscuro, y el cuadro casi como esa famosa escena de El Padrino en el que todos rendían pleitesía a don Corleone. Pero no podía disparar. En un momento determinado, el imán habló y todos escucharon con asentimientos, tras lo cual, acto seguido, dirigió una pequeña oración que siguieron con la cabeza inclinada.

Me fui, sin la foto. Estuve tentado, pero cómo romper ese momento. Habría sido una falta de respeto. Y quién sabe si me habría ganado una bronca en turco. De todas formas, habría salido mal.

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Luminosas mezquitas mejor que oscuras iglesias

Ulyfox | 27 de noviembre de 2014 a las 14:31

Grupos se fotografían en el patio de la mezquita de Fatih.

Grupos se fotografían en el patio de la mezquita de Fatih.

Una calle del barrio de Fatih.

Una calle del barrio de Fatih.

Son luminosas porque están despojadas. Exentas de recargados adornos, por supuesto, pero también libres de señales de sufrimiento. Entras en las innumerables mezquitas de Estambul y quedas siempre deslumbrado. Por fuera se parecen todas mucho, con sus cúpulas y sus minaretes, me podríais decir, e incluso por dentro. Si, pero es fascinante jugar al juego de las diferencias, por otro lado fácilmente apreciables al ojo y el alma mínimamente sensibles. También las iglesias se asemejan: con su planta de cruz, sus fachadas y sus campanarios. Hay una diferencia fundamental, no obstante, entre templos cristianos y musulmanes. Ya lo he dicho: la ausencia en estos últimos de rasgos de sufrimiento. En las iglesias te asaltan por todos lados imágenes de martirizados, crucificados, mutilados, penitentes, llagas, asaeteados, flagelados, calaveras… Nada de eso encuentras en las mezquitas turcas. Al contrario: luz, espacios amplios, alfombras para los pies obligatoriamente descalzos, paso franco a todo visitante. No se cobra la entrada en estos templos ni se impide la entrada a nadie fuera de las horas de oración, y eso que en algunas los turistas molestamos con nuestra numerosa presencia el aire místico que sin embargo se ve en las menos frecuentadas. La gente se sienta en los rincones a pensar, la oración particular es en silencio, las moquetas amortiguan los sonidos, los pies desnudos en contacto con el suelo parecen darte una comunión con el edificio. Nada ni nadie parece amenazarte con el infierno. Admiro rendidamente un claustro o una bóveda románicos pero detesto las tembladeras que parecían querer provocar ciertas representaciones del infierno o del juicio final.

El patio de las abluciones de Fatih.

Arriba y abajo, el patio de las abluciones de Fatih.

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Ya he crecido lo bastante como para no despeñarme por ninguna creencia pero mantengo la sana duda de lo trascendente, y estas mezquitas me gustan. Me gusta el inmenso patio ante ella donde la gente se lava antes de entrar a la oración, me gustan las altas cúpulas de las más grandes, los bellísimos azulejos de alguna más modesta como Rustem Pasá, me divirtió el aspecto versallesco de la decoración y las lámparas de araña de la de Ortakoy sobre el Bósforo, me impresiona la grandiosidad de Suleymaniye allá arriba dominando toda la ciudad, me emociona con qué empeño Sultanahmet rivaliza con la iglesia maestra de todas, Santa Sofía. El espacio en una mezquita invita a la reflexión antes que al arrepentimiento. Al menos es lo que me pareció en Turquía, porque en la mayoría de países musulmanes los infieles no podemos entrar.

 

Aires barrocos y versallescos junto al Bósforo en la mezquita de Ortakoy.

Aires barrocos y versallescos junto al Bósforo en la mezquita de Ortakoy.

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Rezos en Fatih

Rezos en Fatih

La casi totalidad de nuestro segundo día en Estambul lo dedicamos, de una manera impensada, en entrar en mezquitas. Una vez que bajamos del cielo de los mosaicos en San Salvador y Fethiye anduvimos a la búsqueda de la de Fatih, cruzando el barrio del mismo nombre, llamados así en honor al conquistador (fatih en turco) de la ciudad. Es un barrio fascinante, habitado por la gente más religiosa e incluso integrista de la ciudad, repleto de mujeres tapadas y hombres vistiendo a la usanza tradicional, como todos hirviendo de comercios y de vida callejera, con un aire más marcadamente musulmán que el resto de la capital turca, tan occidental en otros lugares. La mezquita es el centro del barrio, y brilla como casi ninguna porque muchos de los materiales son relativamente nuevos por la restauración que vivió no hace mucho. Tiene un patio de altos arcos apuntados impresionante y ofrece una visita calmada porque está fuera de los circuitos turísticos normales. Empezamos en ella a enamorarnos de las mezquitas, por una escena que no pude fotografiar por respeto, la foto que no pude hacer de la que hablaré en otro momento.

El azulado interior de la modesta Rustem Pasá.

El azulado interior de la modesta Rustem Pasá.

Alejándonos de Fatih, ambiente callejero.

Alejándonos de Fatih, ambiente callejero.

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Luego seguimos bajando entre puestos ambulantes, restaurantes tradicionales, acueductos romanos y tranquilas terrazas de té, hasta desembocar sin darnos cuenta en los bulliciosos alrededores del Bazar de las Especias. El azar nos llevó junto a la mezquita de Rustem Pasá, elevada sobre la calle, y la curiosidad nos impulsó dentro. Pequeña en comparación con otras, tiene unas paredes decoradas con deliciosos azulejos de motivos florales. Es una joya de tranquilidad dentro de la marabunta de voces, correteos y agitación que rodea en muchísimas calles el Bazar.

Un rincón de Rustem Pasá.

Un rincón de Rustem Pasá.

El lavatorio, antes del rezo en Suleymaniye.

El lavatorio, antes del rezo en Suleimaniye.

Suleimaniye, allá arriba.

Suleimaniye, allá arriba.

El Bósforo, tras las cúpulas de Suleimaniye.

El Bósforo, tras las cúpulas de Suleimaniye.

Aunque esta actividad nos atraía, decidimos coger un último impulso para subir las tortuosas cuestas que llevan hasta Suleimaniye, la gran maravilla hecha mezquita, la más grande, la más impresionante, un complejo enorme de templo, albergues, posadas y escuelas coránicas sobre una de las colinas de Estambul. Subíamos dejando a los lados, una tras otra, gigantescas tiendas de mayoristas que apilaban en sus aceras cantidades de artículos de plástico, metal o madera, que a esa hora del día ya estaban empezando a recoger el género. Porque ese comercio en la ciudad tiene horario continuado, pero vive con el sol, y cuando éste se ha puesto las calles se apagan también. Para cuando acabamos la visita a la mezquita y emprendíamos el camino de vuelta y de descenso, ya no quedaba luz ni gente. Asombroso el paso del gentío a la soledad en cuestión de minutos. Sólo en los barrios de hoteles y restaurantes la vida se aprestaba para unas cuantas horas aún de vida.

La monumental entrada al patio de Suleimaiye.

La monumental entrada al patio de Suleimaiye.

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Estambul cristiana y mora

Ulyfox | 23 de noviembre de 2014 a las 20:13

Sólo una pequeña parte de la maravilla que en San Salvador en Chora.

Sólo una pequeña parte de la maravilla que es San Salvador en Chora.

El precioso barrio junto a San Salvador.

El precioso barrio junto a San Salvador.

Ya, ya, ya sé que antes fue también romana y antes griega y antes… pero lo que se ve ahora en la capital turca son sobre todo ecos de las culturas musulmana y cristiana, aunque fuera un cristianismo tan propio como el bizantino y ortodoxo y el arte otomano tenga tantas diferencias con otras manifestaciones del Islam. Lo que se encontraron los turcos cuando se colaron por las bravas en Constantinopla fue una ciudad apabullante, llena de tesoros y monumentos que tenían su origen en el Imperio Romano, con muchos de ellos conservando aún el esplendor de aquellos tiempos clásicos, y que habían pasado luego por la revolución del pensamiento que supuso la doctrina de Cristo. Es verdad que había transcurrido mucho tiempo desde los tiempos de oro de Bizancio, pero el sultán Mehmet II debió de salivar de satisfacción ante la gran urbe cristiana que había vencido cuando la contemplaba desde la colina que luego se llamó del Serrallo.

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Casi inmediatamente después de que las tropas turcas vencieran la resistencia de la hermosa muralla de Teodosio, golpeando inmisericorde y continuamente un flanco con un gran cañón y por la increíble negligencia de los cristianos que se dejaron una puerta semiabierta (por favor, leed si podéis La conquista de Constantinopla, 1453 de Steven Runciman, yo lo hice gracias, una vez más, a Ricardo), el sultán apodado Fatih (el Conquistador) convirtió Santa Sofía en mezquita, y lo mismo pasó con muchas hermosas iglesias bizantinas. Algunas fueron respetadas, otras sufrieron destrozos… y algunas otras fueron reconvertidas con el paso de los siglos en museo para nuestro disfrute. El caso es que tenemos la suerte de poder contemplar obras de arte tan emocionantes como la propia Santa Sofía, o los bellísimos mosaicos de San Salvador en Chora (también llamada Kariye Camii, o mezquita Kariye), los escondidos de  la mezquita Fethiye (antigua iglesia de Pammakaristós), la iglesia del Pantocrátor (actual mezquita Zeyrek)… como si aún pudiéramos asistir a una disputa, ahora incruenta, entre los espíritus griego y turco, cristiano y musulmán.

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Las cúpulas y bóvedas de San Salvador, llenas de mosaicos.

Las cúpulas y bóvedas de San Salvador, llenas de mosaicos.

La primera visita de nuestro segundo día en Estambul fue a San Salvador en Chora, allí al norte de la antigua Constantinopla, precisamente pegada a la zona de muralla por donde más fuerte pegaron las tropas de Mehmet y por donde finalmente entraron. Demasiada historia para no caer rendidos ante su peso. Los mosaicos dorados de San Salvador son de verdad impresionantes, en su forma de contar la genealogía de Cristo o la vida de la Virgen. Miles de teselas de colores del siglo XI cubriendo techos y paredes, relatándonos historias de los personajes representados y de los propios, anónimos artistas que lo hicieron. La primera vez que fuimos a Estambul nos los perdimos, pero esta vez nos hicimos el favor, y viéndolos dimos incluso por bueno el timo del listo taxista que nos llevó hasta allí. La iglesia estaba llena de turistas, pero esta vez tanta belleza hizo que pareciera que los grupos estaban realmente interesados y atraídos por lo que veían.

Un café turco y repasar los planos y guías...

Un café turco y repasar los planos y guías…

En la muralla de Teodosio, en el lugar donde comenzó la caída de Constantinopla.

En la muralla de Teodosio, en el lugar donde comenzó la caída de Constantinopla.

Después de esa inmejorable manera de empezar el día, y tras un café turco junto al templo, teníamos que acercarnos a la muralla, a revivir la funesta jornada en que la caída de Constantinopla empezó a aterrorizar al Occidente cristiano durante un siglo, a contemplar el lugar donde ocurrió tamaño estrépito. Allí estaba, a un paso. Hay pocas cosas menos temibles que un muro vencido. Ya no inspiraban temor aquellas piedras taladradas por el cañón entonces, y ahora por las amplias avenidas por las que discurre hacia el centro el inmisericorde tránsito rodado de Estambul. Pero todavía guardan, entre los hierbajos y los grupos de borrachos, la memoria de un hecho capital. Si queréis visitar un lugar histórico para nuestra cultura, este es uno de ellos.

 

Bajando de San Salvador en busca de más mosaicos.

Bajando de San Salvador en busca de más mosaicos.

 

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Descendimos luego empinadas cuestas, no recordábamos tantos desniveles, a la busca de otro tesoro bizantino, Fethiye, y luego las subimos entre grupos nutridos de personas con gorras o velos, sorteando montones de mercancía y apartándonos de los coches para buscar las casi inexistentes aceras, alternando calles de casas de madera con abigarradas vías de edificios impersonales, preguntando por la mezquita que antes fue iglesia. La encontramos cuando ya creíamos que no lo haríamos, modesta pero hermosa en su apariencia tan griega de arcos y cúpulas, allí en un rincón tranquilo entre tanto ajetreo. Pammakaristós alberga ahora rezos musulmanes, pero una nave está abierta a las visitas que quieran contemplar otro pequeño tesoro de mosaicos, joyas brillantes bajo las cuales pasar apenas media hora de contemplación, esta vez sin gente. Los secretos a voces de Estambul, demasiado trabajosos para los grupos de turistas, ideales para paseantes que quieran concederles el tiempo que se merecen. Un reposo que necesitamos.

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Vistas del interior y el exterior de la iglesia de Pammakaristós, actual mezquita de Fethiye.

Vistas del interior y el exterior de la iglesia de Pammakaristós, actual mezquita de Fethiye.

Los días fueron largos en Estambul, plenos, y este dio mucho más de sí, apenas había comenzado a esas alturas del mediodía.