Cita a solas con Filipo

Ulyfox | 21 de octubre de 2017 a las 17:55

Solitaria ante la tumba de Filipo II de Macedonia.

Solitaria ante la tumba de Filipo II de Macedonia.

Extrañamente, ante un testigo de la historia tan grande como ese no había nadie. El resto del museo, dispuesto y organizado modélicamente bajo el túmulo de las Tumbas Reales de Vergina, estaba lleno por un grupo de turistas, pero nadie había bajado una pequeña escalera de madera tras una abertura mediana para contemplar la tumba de Filipo II, el rey que hizo grande a Macedonia y gran estratega militar. Solos nosotros dos emocionados ante la puerta tenuemente iluminada. Casi daban ganas de rezar frente a las dos columnas falsas y el friso levemente coloreado. “Aquí estuvo Alejandro despidiendo para siempre a su padre” era obligado decir. Como pareció obligado saltarse la prohibición expresa y robar una foto para siempre. Con perdón.

Ante el túmulo de las tumbas reales de Vergina.

Ante el túmulo de las tumbas reales de Vergina.

Estábamos en Vergina, la capital de Macedonia, aquel reino que los atenienses consideraron bárbaro y ante el que, por no seguir los consejos preventivos de Demóstenes en sus Filípicas, tuvieron que rendirse en el campo de batalla para cambiar definitivamente la historia de Grecia y del mundo. Casi a continuación de su gran victoria, el rey macedonio Filipo fue asesinado y su hijo Alejandro, proclamado soberano de todos los griegos, prefirió emprender una campaña de conquista sin fin hasta su muerte en un lejano punto de su enorme imperio. La gesta sin parangón de Alejandro el Grande, Magno, O Megas, empezó y acabó con él. La cultura griega se extendió como nunca, pero tras su desaparición se dividió en un gran número de reinos, muchos de los cuales al cabo del tiempo fueron conquistados por los romanos… la Historia.

En Vergina, dentro del túmulo que alberga varias tumbas, todo era emocionante: el recuerdo de Filipo, la riqueza de los ropajes, armaduras, vajillas y adornos encontrados, la belleza de la pintura mural que se conserva… pero sobre todo estremecen las palabras del arqueólogo Manolis Andrónikos, que descubrió e investigó el el yacimiento, impresas en uno de los paneles del museo. En ellas, el investigador describe sus hallazgos con expresiones en las que se puede sentir el temblor de su voz por lo que iba encontrando y por la manera en que las coincidencias históricas le iban llevando a la conclusión de que realmente estaba ante la tumba del gran Filipo.

Restos de Pella, ciudad natal de Alejandro el Grande.

Restos de Pella, ciudad natal de Alejandro el Grande.

Disfrutamos un buen rato en ese museo, didácticamente montado con una luz tenue que realza el brillo del oro y la plata de urnas, diademas y adornos. Y sentí no tener el arrojo suficiente para fotografiar también la armadura de Filipo. Realmente, aunque muchos datos indican que es el lugar de descanso eterno del rey macedonio, aún no se ha podido determinar con absoluta certeza que así sea. Pero da igual. Para nosotros, algo que no fuera ciertamente su espíritu no podría provocar esa sensación real.

 

Una pared del palacio real en el nuevo museo de Pella.

Una pared estucada del palacio real en el nuevo museo de Pella.

 

Después de rendir homenaje al padre nos trasladamos a Pella, la que luego fue capital también de Macedonia y que tuvo el honor de ser la cuna de Alejandro. Los restos arqueológicos de la antigua ciudad tienen el encanto de los campos yermos en los que la Historia ocurrió. Unas cuantas columnas se elevan al cielo, unos pocos preciosos mosaicos parecen descuidados y lo que queda de unos baños públicos más abajo le dan realismo y realeza. No son la muestra arqueológica más bella de Grecia, pero tienen al lado un museo reluciente, flamante, con cientos de piezas maestras. Para mí, lo mejor era la distribución tan moderna del recinto y la exposición de ajuares funerarios de nobles guerreros macedonios.

Cascos y armas macedonios dentro de ajuares funerarios hallados en Pella.

Cascos y armas macedonios dentro de ajuares funerarios hallados en Pella.

Es imposible permanecer impasible. Miles de años después, la huella de grandes personajes está frente a ti. Así que contentos como pocas veces, nos dirigimos a nuestra siguiente parada, el pueblo de Veria, en el que pudimos hacer poco más que cenar (muy bien, por cierto) y dormir para continuar al día siguiente nuestro gran periplo griego, este año más grande que nunca.

Ajuar de la tumba de un noble guerrero de Pella.

Ajuar de la tumba de un noble guerrero de Pella.

 

Mosaico de 'La caza del ciervo' en una de las casas de Pella.

Mosaico de ‘La caza del ciervo’ en una de las casas de Pella.

 

Estatua del hijo más ilustre de Pella, Alejandro el Grande, en el centro del pueblo.

Estatua del hijo más ilustre de Pella, Alejandro el Grande, en el centro del pueblo.

Salónica, por fin

Ulyfox | 15 de octubre de 2017 a las 21:49

El impresionante interior de la Rotonda.

El impresionante interior de la Rotonda.

Puerta de una tumba macedonia en el Museo Arqueológico de Salónica

Puerta de una tumba macedonia en el Museo Arqueológico de Salónica

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Exquisitas coronas florales y jarrón de oro en el Museo Arqueológico.

Exquisitas coronas florales y jarrón de oro en el Museo Arqueológico.

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Tres imágenes del Museo de la Cultura Bizantina.

Tres imágenes del Museo de la Cultura Bizantina.

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Puede parecer mentira, pero no conocíamos Salónica, también llamada Tesalónica, Thessaloniki para los griegos. Imaginaos a alguien que llevara 25 años viniendo por España y no conociera Barcelona. Pues esos éramos nosotros en relación con Grecia: amantes y buenos conocedores de Atenas, disfrutadores en las islas, casi nativos en Creta, pero extraños del norte y de la segunda ciudad del país. Era como si hubiéramos empeñado nuestro afán en el mundo clásico y bizantino y renunciado al helenístico que hubo entre los dos, a ese gran periodo que impulsó la figura enorme de Alejandro y que se personifica en la tierra en la que nació y donde empezó su gran aventura planetaria: Macedonia.

La Torre Blanca preside el paseo marítimo de Salónica, Leóforos Niki.

La Torre Blanca preside el paseo marítimo de Salónica, Leóforos Niki.

La estatua de Alejandro el Grande, también en el paseo marítimo de Salónica.

La estatua de Alejandro el Grande, también en el paseo marítimo de Salónica.

 

El barrio de Ladádika, lleno de terrazas y restaurantes.

El barrio de Ladádika, lleno de terrazas y restaurantes.

El precioso nombre de Salónica resonaba en mi cabeza con dejes sefardíes, con notas de canciones en ladino y se me aparecía con la silueta de la Torre Blanca en el paseo marítimo, pero alguna otra impresión sacada de quién sabe dónde me la hacía aparecer como una ciudad demasiado moderna y sin alma.

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Murallas, casas otomanas antiguas mezquitas e iglesias bizantinas en Anópolis, el barrio alto de Salónica

Murallas, casas otomanas antiguas mezquitas e iglesias bizantinas en Anópolis, el barrio alto de Salónica

Bastó tomar la decisión por fin, emprender el viaje y caer en la cuenta de que habíamos tardado demasiado en conocer esa gran ciudad de más de un millón de habitantes, llena de vida, al borde de un mar cargado con toda nuestra historia. Pero bien está lo que bien acaba. Ya la descubrimos, a Salónica y luego Macedonia, la tierra de Alejandro… o más bien de su padre, Filipo. Porque Alejandro era griego, sí, pero no tuvo más patria que su impar ansia de conocer lo que había siempre más allá. Que le hablaran de nacionalismo a él, rendido ante la cultura y arte de sus enemigos ancestrales, los persas, por ejemplo, a los que derrotó para siempre, y respetuoso siempre con las leyes y las lenguas de las tierras que, eso sí, conquistaba previamente por las armas.

 

Vista de la Rotonda con las murallas de Anópoli al fondo.

Vista de la Rotonda con las murallas de Anópoli al fondo.

Y basta de introducción: Salónica merece definitivamente la pena. Por su gran plaza Aristotelous, centro de la vida social; por el animado barrio de Ladadika, donde se reúne la animación nocturna con terrazas y restaurantes de todo tipo; por el largo paseo frente al Glofo Termaico presidido por la Torre Blanca (encalada después de una de las muchas matanzas causadas por los turcos) y regado de esculturas como la dedicada a Aléxandros O Mégas y otras de corte contemporáneo; por su casco antiguo amurallado allá arriba, llamado Anópolis y donde más fácil es toparse con las huellas bizantinas, con un aire que recuerda a algunos barrios de Estambul; por sus huellas romanas como el Arco de Galerio y la impresionante Rotonda, con su cúpula semejante al Panteón romano pero más emocionante por sus restos de mosaicos; por sus magníficos museos Arqueológico y de la Cultura Bizantina, espléndidos y didácticos, descubridores de tantas cosas, bálsamo para nuestra ignorancia sobre el mundo macedonio.

Penélope ante los relieves del Arco de Galerio.

Penélope ante los relieves del Arco de Galerio.

El Ágora romana.

El Ágora romana.

Mosaicos en el interior de la Rotonda.

Mosaicos en el interior de la Rotonda.

El Arco de Galerio y la Rotonda al fondo

El Arco de Galerio y la Rotonda al fondo

Vista exterior de la Rotonda

Vista exterior de la Rotonda

Estuvimos dos días en los que recordamos a nuestras piernas que tienen músculos, arriba y abajo, y tratando de recordar a nuestras mentes que tienen muchos huecos que llenar. Y en los que nos quedó pendiente la visita al Museo Judío, por culpa de la falta de tiempo y los horarios. Salónica fue la gran capital sefardí, es decir del mundo hebreo que hablaba ese castellano preservado desde el siglo XVI, cuando los judíos fueron expulsados de España. Allí se asentaron y casi llegaron a ser la mayoría de la población hasta la Segunda Guerra Mundial. La ocupación nazi acabó con ellos, trasladados en masa y exterminados en los campos de concentración. Ahora, su presencia en la gran ciudad es casi anecdótica.

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Tres imágenes del Museo de la Cultura Bizantina.

Tres imágenes del Museo de la Cultura Bizantina.

Y además, Salónica es la gran y magnífica puerta de entrada para el descubrimiento y exploración de Macedonia y Tracia, regiones con tantas trazas otomanas, búlgaras… es decir, un portalón a la Historia. Y aquí amamos tanto la Historia.

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Estaba tomando cañas

Ulyfox | 14 de octubre de 2017 a las 20:25

Mosaicos en la Rotonda de Tesalónica.

Mosaicos en la Rotonda de Tesalónica.

Podría ser una excusa para deciros que no estaba muerto. Una excusa magnífica y no del todo falsa. Sí, este blog no está muerto, aunque bastante dormido, ausente o medio desaparecido. En realidad, esto no debería morir, al menos hasta que no alcance la cifra de las mil entradas que justifique el título que lleva. Pero no estaba sólo tomando cañas, sino bastante atareado, y supongo que también cansado o desengañado de que siguiera teniendo interés para ustedes. Desde luego, no hemos estado quietos ni hemos dejado de viajar. También se han sumado algunos problemas informáticos que impiden hacer comentarios, creo. Trataré de arreglarlos.

Desde la última época en que eran más o menos asiduas las entradas, hemos estado en Navarra en invierno, en el sur de Francia en primavera (aunque de este viaje pusimos aquí un apunte referente a la preciosa Albi y su catedral), en el centro de Italia a principios del verano y en Grecia, como siempre, al final de la estación. Tantas cosas hemos dejado de contar.

Es hora ya de retomar el contacto, de seguir pensando que todavía tienen interés las modestas aventuras viajeras de un par de gaditanos que a veces se convierten en un trío, de seguir hasta el objetivo de las mil. Así que ahí van. Y empezaremos por lo último, por el mes largo que hemos pasado recorriendo Grecia, del norte más fronterizo en Macedonia al sur casi africano de Creta.

Un saludo de reencuentro, y que no decaiga. Estamos en contacto.

Albi, el engaño bien llevado

Ulyfox | 24 de mayo de 2017 a las 10:20

El interior decorado de la catedral del Albi.

El interior decorado de la catedral del Albi.

Viajamos no hace mucho a Francia para encontrarnos, sin esperarlo, con un monumento bellísimo que no lo parecía. Se trata de una de las catedrales más sorprendentes del mundo, seguramente, porque por fuera semeja un altísimo granero de ladrillos rojos al que se le ha adosado un bellísimo pórtico lateral de gótico flamígero. O como un barco de proa redondeada y en el que el puente de mando fuera otra torre aún más alta. Una construcción de una sola nave, sin contrafuertes ni arbotantes, una rareza inmensamente sobria en un país, Francia, que hizo del gótico esplendoroso uno las señales de su poderío religioso. Pero la rareza de la catedral de Santa Cecilia de Albi viene de los tiempos de guerras católicas contra las herejías cátaras, una secta que creía en la igualdad de fuerzas entre Dios y Satanás y en la sobriedad y el ascetismo como manera de combatir el mal. Sus creencias fueron tildadas de herejes por Roma, y combatidas duramente. Albi, no muy lejos de Toulouse, era uno de los centros de los seguidores del catarismo, también llamados albigenses por esa población precisamente. Los herejes fueron vencidos y aniquilados, y la construcción de la iglesia quiso también desmentir las acusaciones de los cátaros contra la Iglesia oficial, a la que se reprochaba el lujo y la riqueza de sus templos. Así que lo que se ve desde fuera es sólo ladrillo austero, pilares redondos y ventanas casi sin decoración. Parece más bien una fortaleza. Era una forma de desmentir el afán suntuoso de los católicos.

El sobrio exterior de la catedral, y el palacio que es ahora Museo Toulouse Lautrec.

El sobrio exterior de la catedral, y el palacio que es ahora Museo Toulouse Lautrec.

Pero era sólo fachada, nunca mejor dicho. El choque que produce la entrada en Santa Cecilia es enorme, aunque el pórtico ya anticipa algo. Pero una vez en el interior parecería que los ojos no pueden abrirse más del asombro: una altísima bóveda de nervios y unos muros en los que no queda un hueco libre de una aplastante decoración de colores. Las columnas, paredes, arcos, bóvedas, capillas, todo está pintado con dibujos geométricos, florales y de santos, listones dorados, sobre un increíble fondo azul. Es difícil encontrar algo parecido en todo el mundo, quizá tan sólo los mosaicos de Monreale en Sicilia den una sensación parecida. Pero esto son pinturas.

La hermosa bóveda decorada.

La hermosa bóveda decorada.

Parecería difícil superar tanta belleza, pero el escalón superior está dentro de este mismo monumento, uno de los más visitados de Francia: el coro prodigioso de escultura policromada, una locura de piedra que parece retorcerse sobre sí misma de manera anárquica pero que en seguida se ve que es producto de la más racional mano humana. Está en el centro de la nave, ocupando la parte trasera, y merece la pena pagar por atravesar sus puertas labradas e imaginar los oficios cantados en los días grandes. O tal vez asistir ahora mismo a cualquier concierto de música religiosa. No pasaría el tiempo si no tuviéramos obligaciones dentro de esta catedral única.

Vista general y detalle del espléndido coro labrado en piedra y policromado.

Vista general y detalle del espléndido coro labrado en piedra y policromado.

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Sólo por visitar Sainte Cecile habría que acudir a Albi, que además es fácilmente accesible en tren desde España, dada su relativa cercanía con la frontera. Pero además, cuenta con el espléndido Museo Toulouse Lautrec, el pintor de finales del siglo XIX nacido precisamente aquí y que retrató como ninguno el ambiente de los cabarets y burdeles del efervescente París de aquella época. Muchas de sus mejores obras, sobre todo sus personales diseños para los carteles anunciadores de actuaciones en esos locales, están en este singular edificio, también medieval y perfectamente acondicionado como museo.

Calles enladrilladas de rojo en el centro histórico de Albi.

Calles enladrilladas de rojo en el centro histórico de Albi.

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Y no es el menor de los encantos de Albi su recogido casco antiguo, de espléndidas fachadas rojas del mismo ladrillo, pensado o no para pasear y descubrir rincones y placitas. Especialmente recomendable es el paseo descendente hasta el río Tarn, en busca del Pont Vieux y del otro lado de la orilla para contemplar al atardecer la silueta de la ciudad, siempre dominada por la catedral. O asomarse a los jardines del propio Museo como un mirador inigualable sobre la corriente de agua y los campos circundantes.

El río Tarn, desde el jardín del Museo Toulouse Lautrec.

El río Tarn, desde el jardín del Museo Toulouse Lautrec.

El Puente Viejo y la silueta de Albi, con la Catedral dominando el paisaje,

El Puente Viejo y la silueta de Albi, con la Catedral dominando el paisaje,

El plan ideal es hacer el viaje en tren desde Toulouse, llegar a media mañana y dedicar todo un día a callejear, visitar sus monumentos y disfrutar en sus espléndidas terrazas de la inimitable elegancia francesa, de sus cervezas, de sus vinos y de sus digestivos licores para rematar. Pocas cosas tan reconciliadoras con la vida.

La colorida calle Savene.

La colorida calle Savene.

Para qué quieres un perro

Ulyfox | 7 de mayo de 2017 a las 19:20

Aquiles

Aquiles, ese perro.

 

 

He calculado que son ochenta y tantas veces. No, esperad: muchas más al día. Sí, porque había olvidado el momento en que cojo las llaves y hacen su sonido metálico, el de subir las escaleras, el de bajarlas y mirar hacia el sofá, el de amarrarse los cordones para salir, el de salir a buscar el periódico, el de volver a casa de donde sea, el de preparar la comida, aquel momento en que te parece haber oído un ruido y esperas ver aparecer su cabeza tras la puerta… Sí, son muchas más las veces que todavía me acuerdo de Aquiles, nuestro perro, ahora que hace más de diez días que murió. Más bien, que decidimos que era mejor sacrificarlo, arrastrando como iba su cansado cuerpo con toda la energía que aún tenía cuando lo invitaba a dar sus paseos diarios.

Y desde ese mismo momento decidimos, con la fuerza que tienen ese tipo decisiones, que no tendríamos nunca más un perro. No sé ni pretendo explicar por qué, pero se sufre demasiado. Y, afortunadamente, es de los pocos sufrimientos que puedes decidir no tener más. ¿Para qué quieres un perro? ¿Para qué quiere la gente un perro? Para mí es una idiotez tener un animal de tan extraordinaria clase para convertirlo en el último de una manada de la que tú eres el jefe, según aconsejan los manuales para amos que circulan por ahí, y los veterinarios que abundan cada vez más. Tampoco se tiene un perro para darle de comer pienso de vete tú a saber qué origen y composición… Tienes un perro porque fundamentalmente, si no eres policía ni pastor, lo que quieres es su compañía, sea esta del tipo y la forma en que sea llamada. Para que esté ahí, sobre todo.  Para que se convierta, porque tú así lo quieres, en algo (¿alguien?) casi imprescindible. Y los perros tienen el instinto o la inteligencia, o tal vez el corazón, de conseguirlo. Siempre que uno sea todo lo humano que un canino espera.

Así que, de verdad, una vez que un perro entra, lo invitas a entrar, en tu casa, digo yo que deber ser tratado como un invitado. Ya pasaron los tiempos, que nosotros nunca tuvimos, de usarlos para defensa, o vigilancia o pastoreo. Y si lo invitas a ser parte de tu familia, así debe ser. Que nadie entienda que debe ser tratado como un humano, sino que siempre que sea posible, hay que entenderlo como animal del que nos hemos hecho cargo. No sé si los perros sienten cariño o quieren a sus amos. Esa categoría de sentimientos es demasiado humana para aplicarla directamente a ellos, pero de hecho no conocemos otra forma de expresarlo. Y desde luego, nosotros estamos en la obligación, una vez que los hemos acogido, de ser cariñosamente humanos con ellos.

Así creo que nos tratamos Aquiles y nosotros, él exigiendo con sus ladridos su ración diaria de comida, paseos y juegos, y nosotros condescendiendo a cada rato como el ser superior que se supone que somos. Y así fuimos construyendo una convivencia diaria de gritos, caricias, órdenes y súplicas, discusiones y reconciliaciones que quizá mucha gente no llega a tener en toda su vida.

Ya digo, tienen que ser cientos de veces al día las que lo recordamos. Aún.

 

El carácter griego, en Poros

Ulyfox | 7 de mayo de 2017 a las 18:38

Una de las barcas que atraviesan el canal de Poros.

Una de las barcas que atraviesan el canal de Poros.

 

Nunca he sabido si darle mucha credibilidad a lo que se llaman caracteres nacionales. Es decir, los ingleses son así y los franceses asá, o los españoles ya se sabe y los latinos tienen la sangre ardiente. No sé, no sé, porque no creo que haya ninguna ciencia que pueda probar que los gaditanos tienen más gracia que los catalanes, tal vez porque comen más pescado frito. Pero a la vez, supongo que algo tiene que influir el idioma que oigas, la música con la que te acunen, te despierten o festejen tus cumpleaños, los días en los que el sol te invita a ir a la playa o aquellos meses largos en los que el frío te hace buscarle las ventajas a ser hogareño. Por no hablar de quién puede disfrutar más de la comida, si el que no tiene a su alrededor más que campos helados o desiertos arenosos, o el que está acostumbrado a vivir en un vergel.

Así que sí, que los pueblos son diferentes también según el sistema de convivencia que se hayan arreglado durante siglos o los golpes que hayan sufrido en la historia. ¿Qué por qué este prólogo baratamente sociológico? Como otra forma de resumiros el chapuzón en el Mediterráneo que nos supuso la llegada a la isla de Poros, en el golfo Argosarónico, muy cerca de Atenas y casi pegados al Peloponeso. Veníamos de la plácida Croacia, hermosa tierra que comparte con Grecia la luz, buena parte del mar y cierta gastronomía centrados en el Mare Nostrum. Pero estando tan próximas y compartiendo un mismo territorio geográfico, ambos pueblos no se parecen en casi nada. Así que de nuevo viene la pregunta: ¿existen los llamados caracteres nacionales?

Vista general de Poros y su puerto. Al fondo, el Peloponeso.

Vista general de Poros y su puerto. Al fondo, el Peloponeso.

En Croacia encontramos gente muy amable y una sociedad que parecía satisfecha en muchos aspectos, con un servicio muy atento a los turistas, que no paran de llegar dentro de esa última moda que consiste en que todo el mundo viaja. Pero todos compartían lo que podríamos llamar un carácter ‘reservado’. Bajo nuestro punto de vista, muchas veces parecían estar de mal humor. Poca broma. Y de pronto, desembarcamos en Poros, muy temprano. Al principio, nada extraño ocurrió. Llegada al hotel y esas cosas. Pero en el camino la maleta se rompió, cosas que pasan. Nos vimos de pronto en la necesidad de comprar otra. En la primera tienda que parecía tener posibilidades de vender esas cosas, preguntamos. Pero no. En la siguiente, frente al puerto, el hombre nos dio la alegría: sí, la tenía. Pero no allí, en otra tienda. ¿Dónde? Bastante lejos, y no fácil de indicar. Lo intentó, pero de pronto miró a su alrededor y encontró la solución idónea. Llamó a gritos a dos muchachas que estaban por allí con sendos ciclomotores, les dio unas claras órdenes que ellas acataron no de muy buena gana, y casi sin tiempo a pensarlo estábamos Penélope y yo sentados cada uno en el sillín de una motito guiada por sendas jovencitas. Y así, a toda velocidad y recorriendo todo el paseo marítimo, vinimos a parar ante la tienda en la que encontramos una estupenda maleta, ideal para nuestras necesidades. Solución a la griega: rápida, eficaz y agradable.

Poros desde el otro lado del canal, en Galatas.

Poros desde el otro lado del canal, en Galatas.

No hubo forma más divertida de empezar nuestra visita a una de esas islas cercanas a Atenas que todo el mundo suele visitar en el curso de una excursión de un día desde la capital griega. Poros es una isla muy pequeña, muy serena, separada de tierra firme sólo por un estrecho canal que constantemente cruzan pequeñas embarcaciones para trasladar vecinos de un lado al otro, y que zarpan cuando reúnen el suficiente número de pasajeros. En apenas unos minutos pasas al continente, y viceversa, por poco no es isla. La única población lleva el mismo nombre y es un conjunto de casas de colores claros dispuestas como un espolón y que suben desde el puerto hacia la colina, en donde se encuentra la Torre del Reloj. El resto es colina verde y alguna cala más alejada, si se puede emplear ese término.

Ambiente nocturno en el puerto de Poros.

Ambiente nocturno en el puerto de Poros.

La vida transcurre de manera apacible, y el único ajetreo se produce cuando llega algún barco de excursiones o de línea al puerto. Durante el día, los escasos turistas se diseminan en muy pocas playas, y por la noche pasean por las calles y plazas recogidas, se congregan en las buenas tabernas frente al mar, y el día acaba no muy tarde. Existe la posibilidad de hacer una visita de un día a la cercana y glamurosa isla de Hydra, que tiene uno de los puertos más bellos del Mediterráneo, pero esa es otra historia. Durante nuestra corta estancia en Poros, nosotros nos dejamos llevar por ese ritmo, a fin de cuentas muy sabio: paseo, playa y tabernas. Poco más se puede (y me atrevo a decir que se debe) pedir.

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Diversiones de Poros.

Diversiones de Poros.

Dos gaditanos propagandistas de Grecia

Ulyfox | 11 de marzo de 2017 a las 20:17

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Ahí arriba tenéis la portada de la segunda edición, renovada y actualizada, de nuestra guía de Creta, publicada por la editorial Anaya. Lleva pocos días en la calle. Así que, por vuestro bien, aprovechad que aún está calentita. Para nosotros ha supuesto otra satisfacción (vale, y un orgullo) que el libro haya merecido la atención de bastante gente como para que la editorial haya considerado hacer una segunda edición. ¿Qué más os podemos contar de nuestra pasión y nuestra alegría? En la actual edición, hemos considerado algunas novedades como la maravillosa noticia de la apertura del Museo Arqueológico de Heraklion, después de años y años de obras. Para mí es uno de los grandes museos del mundo. Su colección de obras maestras del arte y la cultura minoica es única en el mundo.

No nos cansaremos de proclamar las bellezas y virtudes de esa isla grande de Grecia, cuna en tantas cosas de la humanidad, llena de gente buena y lugares bellísimos. En fin, nuestra Creta.

 

El libro de Margarita.

El libro de Margarita.

 

Pero además, tenemos otra buena noticia, relacionada con Grecia y a la vez con Cádiz. Sí, porque es una gaditana, paisana de San Fernando, la autora de una estupenda obra imprescindible para viajar a Grecia: ese libro-diccionario cuya portada veis ahí arriba. Margarita Barros se llama, es nuestra amiga y vive desde hace más de 25 años en Atenas, donde da clases de español y es además propagandista de la cocina andaluza, de la que imparte también lecciones. Ya os he hablado otras veces de ella.

Si queréis ir a Creta (lo cual demostraría vuestra inteligencia) debéis saber que decir algunas palabras en griego abre más puertas que cualquier llave, y sobre todo abre el corazón grande de los cretenses. Así que qué más queréis: pasaporte gaditano hacia Creta. Aprovechadlo.

 

Adjetivos para Hvar

Ulyfox | 4 de marzo de 2017 a las 20:17

Vista general de Hvar y su puerto.

Vista general de Hvar y su puerto.

Hay tantas ciudades bellas en el mundo que resulta difícil encontrar el adjetivo adecuado para cada una de ellas. En Croacia abundan, sobre todo en la costa dálmata, territorio de las antiguas andanzas de la república veneciana, dominadora del Adriático durante centurias. Cada isla croata es una joya. Entonces, qué decir de la llamada Hvar (pronúnciese Huar). Probablemente su capital sea la más hermosa de todas, rebosante de palacios góticos espléndidos en calles que se elevan desde el apacible puerto componiendo una pintoresca cascada de fachadas de piedra rubia y tejados rojos.

A pie de muelle, en Hvar.

A pie de muelle, en Hvar.

Intentemos un adjetivo: espléndida. Suntuosa, también podría ser. En cualquier caso, una ciudad para todos los sentidos, incluso para los no físicos. Si hubiera que elegir dos, serían la vista y el gusto. Porque los ojos se sitúan en la plaza de San Esteban, ganada al mar, y pueden explayarse mirando hacia la fachada de la Catedral con su altísima torre, o hacia el otro lado donde el muelle se encierra contra la antigua Loggia, o hacia arriba, hacia el Castillo Español al que se llega después de subir cientos de escalones. Y el gusto porque abundan los restaurantes con una cocina y unos vinos exquisitos. Croacia ha sabido digerir perfectamente la herencia italiana con la raíz eslava. Hvar, además es desde hace décadas un centro de atracción para el turismo de alto nivel, numerosos artistas y deportistas de élite incluidos.

La plaza de San Esteban, centro de la vida urbana.

La plaza de San Esteban, centro de la vida urbana.

Fachada de la Catedral de San Esteban, en la plaza del mismo nombre.

Fachada de la Catedral de San Esteban, en la plaza del mismo nombre.

Pero por supuesto que hay sitio para nosotros, siempre que vayamos en temporada baja, lo que siempre es más recomendable. Claro que hay muchos museos y lugares para visitar en la isla de Hvar, pero para mí lo más agradable es el paseo nocturno por sus calles empedradas de pavimento brillante, subir y bajar y pasear por el hermoso puerto, buscar donde tomar un aperitivo al atardecer y luego una sabrosa cena en cualquiera de los numerosos lugares entre arcos o escalinatas.

Calles del interior de la ciudad.

Calles del interior de la ciudad.

 

Desde las alturas de Hvar.

Desde las alturas de Hvar.

Siempre se sube y baja.

Siempre se sube y baja.

Trazas góticas por todos lados.

Trazas góticas por todos lados.

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La plaza de San Esteban, de forma rectangular, y los muelles cercanos concentran el mayor número de paseantes. No muy lejos, por un agradable paseo junto al mar, se llega a un esbelto monasterio franciscano ribereño a una pequeña playa de pinos. El lugar es elegido por casi todos para observar los bellísimos atardeceres del Adriático. Si la noche es tranquila, no hace falta mucho más para justificar el viaje. Cuando anochece, aunque no se queda precisamente desierta, Hvar parece adquirir otro ritmo, una vez que se han marchado las multitudes de excursionistas de un día o cruceristas. Eso sí, casi siempre es aconsejable reservar en los restaurantes más demandados.

El monasterio de San Francisco, y sus atardeceres.

El monasterio de San Francisco, y sus atardeceres.

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Pocas ciudades más bellas pueden encontrarse entre las bellas islas de Croacia. Falta quizá un adjetivo, que podría ser el de inagotable. Porque estuvimos allí hace ya mucho tiempo, tanto como quince años y desde entonces teníamos ganas de volver. Han cambiado cosas, claro, pero se puede afirmar que la belleza de Hvar no ha cambiado, aunque tenga que soportar el turismo masivo. El esplendor de sus piedras incluso ha aumentado, con el aumento de las restauraciones de edificios y, naturalmente, el aumento de la oferta gastronómica le beneficia. Allí os espera.

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Vis, el gran descubrimiento

Ulyfox | 24 de enero de 2017 a las 12:49

Vista de Vis capital desde el ferry.

Vista de Vis capital desde el ferry.

A Croacia le ocurre en buena parte como a Grecia: tiene cientos de islas y, pese a la invasión turística y a la divulgación universal de sus encantos por causa de los múltiples caminos sociales modernos, aún conserva por fortuna la posibilidad de sorprenderte en algún rincón. Nos pasó este verano en Vis, una isla no desierta, ni mucho menos, ni desconocida. Pero sí se beneficia, tal vez, de haber sido durante décadas y durante el peculiar régimen socialista de Tito, un territorio casi velado por el secreto militar. Allí se ubicaban numerosas instalaciones bélicas como bases secretas de submarinos, de esas que aparecen en las películas de James Bond, y el mismo refugio antinuclear de Josip Broz. La llanura central de la isla está ocupada por un aéródromo cuya pista es una gran extensión de hierba y pasto ahora mismo. De hecho, uno de las excursiones turísticas de más éxito es la que tiene como objetivo la visita de estos lugares militares.

Rincones del sereno casco antiguo de Vis.

Rincones del sereno casco antiguo de Vis.

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Como a tantas, se llega a Vis en barco desde la luminosa Split. Dos horas de travesía calmada y nada más al arribar al puerto te alegra la visión de piedra, torres y almenas a la orilla marinera. La capital es como una población separada levemente en dos a lo largo de la orilla, y por detrás sólo unas pequeñas elevaciones sirven de fondo. La piedra dálmata tiene aquí un color más dorado que en el continente, donde es prácticamente blanca. Al desembarcar te sorprende agradablemente que en todo el frente marítimo está prohibida la circulación motorizada. Los peatones y las bicicletas son los dueños del paseo, lleno de barcos deportivos amarrados. La consecuencia inmediata es el silencio, el ambiente sereno, la elegancia, cualidades no exaltadas precisamente en el turismo de hoy en día pero no por eso menos agradables.

Torres palaciales, defensivas y religiosas.

Torres palaciales, defensivas y religiosas.

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Es inevitable decir que también eso le da a Vis un ambiente antiguo, como de veraneo de otros tiempos, que yo no he conocido pero que es como si siempre añorara. Días en los que es posible sacarle gusto a detenerse ante una iglesia gótica en un momento y al siguiente hacer una parada para apoyarse en el muro frente al mar para hacer uso del abrazo y el beso necesarios. EnVis se diría que las cosas, los negocios, los restaurantes están a la distancia y en el número apropiados. Entre los dos pequeños y equilibrados núcleos en los que se divide la capital de la isla discurre un agradable paseo frente al mar, con recodos en los que es posible darse un baño tranquilo. No se produce aglomeración sino una conveniente distribución de los establecimientos en el espacio. La calidad de los restaurantes es ideal, aunque ya pasaron los tiempos de los precios baratos. Tiene una gastronomía exquisita, basada obviamente en el mar. El pescado y el marisco croata son excelentes y la isla cuenta además con un tesoro único, un vino blanco bajo la denominación de bugava que alcanza un magnífico nivel y acompaña estupendamente los platos. Cosas como esas hacen de los viajes un descubrimiento.

Diferentes vistas de Vis en su hermosa bahía.

Diferentes vistas de Vis en su hermosa bahía.

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Pero además, Vis posee otros muchos atractivos naturales, como la espectacular y casi inaccesible playa de Stiniva, pequeño recodo tras una gran grieta en la roca; calas como la de Stoncica, en la que es tan elogiable el paraje y el agua como el asador del mismo nombre que allí ofrece sus delicias; pueblos encantadores como el de Komiza, en el extremo oeste de la isla, con su ribera llena de encanto y su torre defensiva. En este, el turismo es mucho más apabullante y parece ser un centro de atención para el visitante más joven y ‘bohemio’. Pese a ser un lugar muy bello, con mucha más oferta hostelera y de distracción, qué queréis que os diga, antiguo que es uno, prefiero la serenidad de Vis capital. Y eso porque el ambiente es más humano, más manejable. Aquí existe un restaurante de gran éxito, de nombre y vinculación española: lleva por nombre Lola, y ahí asienta su negocio una gallega que está casada con un cocinero charlatán croata enamorado de la cocina de la tierra de su mujer. Instalado en un jardín precioso, es un lugar en verdad recomendable. Y yo diría que casi un síntoma de todo lo bueno de Vis.

La espectacular y difícil playa de Stiniva.

La espectacular y difícil playa de Stiniva.

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Vistas de la bella y animada Komiza.

Vistas de la bella y animada Komiza.

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Solta, la isla tranquila

Ulyfox | 13 de diciembre de 2016 a las 12:48

El pueblo de Stomorska, en la isla croata de Solta.

El pueblo de Stomorska, en la isla croata de Solta.

 

De Split, la gran capital de la costa dálmata, a la isla de Solta hay poco más de media hora de navegación en un ferri pequeño y lento. Pero es una agradable forma de viajar cuando el mar está en calma. En este caso una ligera brisa movía el Adriático pero no lo suficiente para que la nave se agitara mucho, y casi antes de que nos diéramos cuenta estábamos en ese trozo de tierra pequeño. Apenas una decena de pasajeros más desembarcaron. No es una isla masivamente visitada, a pesar de encerrar rincones realmente muy bellos y, sobre todo y también por eso, muy tranquilos. Sencillez, la de los grandes momentos.

Penélope, en la terraza de nuestro apartamento en Stomorska, Casa Malvina.

Penélope, en la terraza de nuestro apartamento en Stomorska, Casa Malvina.

El barco atracó en Rogac, un pequeño puerto que es más bien un abrigo elegido por tener mayor calado. Pero nosotros íbamos a alojarnos en otra reducida población, a muy pocos kilómetros de distancia y de nombre tan eslavo que para mí remite a frías y lejanas estepas: Stomorska. Un autobús también de tamaño reducido hace el recorrido circular de la isla. No tiene mucha frecuencia, pero está perfectamente adaptado al horario de los barcos. En él embarcamos nuestro pesado equipaje preparado para un mes y en otro cuarto de hora más estábamos en nuestro destino. No, no es esteparia, sino muy mediterránea Stomorska. El pueblo es apenas una ensenada estrecha, un entrante del mar que le permite albergar un muelle en forma de ‘v’ aparentemente sólo apto para barcas. Una bella estampa, que a la hora temprana de nuestra llegada estaba casi desierta y recorrida por un viento más bien fresco.

En Maslinica, el puerto más 'turístico'.

En Maslinica, el puerto más ‘turístico’.

 

Después del plazo de un café tranquilo apareció nuestra anfitriona, una mujer grande y conversadora que nos condujo al alojamiento mientras nos contaba que su marido es judío sefardí, venido de Sarajevo pero que perdió el español antiguo que sí hablaban sus abuelos. Casa Malvina, allí mismo y un escalón por encima del puerto es una gran casa con salón y dormitorio amplios y una magnífica terraza anterior con vistas al mar. Equipada con casi todo, parece ideal para pasar varios días en familia… si no fuera porque la limpieza deja un poco que desear. A partes iguales nos gustó y nos disgustó por lo que he dicho.

 

Vista panorámica de Maslinica.

Vista panorámica de Maslinica.

Teníamos el día entero por delante, y los planes nos llevaron a alquilar un coche para recorrer la manejable Solta. Penélope, como siempre, tenía el terreno estudiado, y tras coger el vehículo allí mismo, nos dirijimos directamente a la punta occidental de la isla, en busca de otro puerto de bella resonancia, Maslinica, un lugar mucho más turístico, si es que se puede aplicar aquí término tan rimbombante. Pero a pesar de los pocos kilómetros de distancia, el ambiente era muy diferente. Aunque la estampa de casas de piedra rubia y tejados rojos sobre el puerto se parece mucho a la de Stomorska, allí había barcos de recreo, sobre los muelles un mayor número de restaurantes, y sobre todo un hotel de lujo que aprovecha un antiguo convento, el hotel Martinis Marchi, que tiene además un puerto deportivo propio. Sin acercarse ni de lejos a la masificación, al menos había algunos grupos llegados en barcos de excursiones y los locales hosteleros tenían bastante público. Un lugar precioso de los que salpican toda la ribera mediterránea en tantos países, una comunión natural del hombre con el entorno marítimo.

Baños en la escondida bahía de Sesula.

Baños en la escondida bahía de Sesula.

Todo eso invitaba a relajarse y dejar el tiempo pasar. Y naturalmente, a sentarse a beber y comer. Vino blanco croata, arroz negro (un plato omnipresente en esta zona), calamares, paté de pescado en un lugar azul y blanco frente a los barcos, la Konoba Sagitta, muy agradable de comida y trato. Excelente manera de cabalgar el tiempo en vacaciones. Y ya con esa confianza cogida con el tiempo, tras la comida un corto paseo por el escaso caserío, y una visita a una bahía muy cercana, la de Sesula: un entrante estrecho del mar que se ha convertido en un apacible lugar donde fondear o amarrar un barco, y en el que darse un baño entre las rocas y las barcas, sin más compañía que la de algunos pescadores solitarios y los comensales de algún chiringuito escondido bajo los pinos.

Una playita cerca de Stomorska.

Una playita cerca de Stomorska.

Todo parecía discurrir al mismo ritmo en esa isla apartada del bullicio turístico que invade Croacia en los últimos tiempos. Y el día se alargaba… aún nos dio tiempo de, en el camino de vuelta, adentrarnos levemente en dos pequeños pueblos casi pegados el uno al otro y a la vera de la carretera principal, Donje Selo y Srednje Selo. Dos poblaciones mínimas, de calles y casas de piedra, prácticamente desiertas y con el aspecto de que muchas de sus viviendas estaban abandonadas, pero un ejemplo de arquitectura popular, que nos hizo como siempre desear habitarlas, preguntarnos como esas bellezas podían estar ahí olvidades. Con el tiempo infinito de las vacaciones, poco más adelante dejamos el coche en un cruce de caminos y echamos a andar en busca del lugar más alto de la isla, una colina donde se enclava una cruz, en la que acaba un via crucis. Nos lo habían recomendado por las vistas, pero no eran para tanto. Eso sí, la subida fue tonificante y proporcionadora de la alegría que da el ejercicio físico.

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Calles abandonadas de Donje Selo.

Calles abandonadas de Donje Selo.

 

Stomorska al atardecer.

Stomorska al atardecer.

Por la noche, en Stomorska, el pueblo se retira temprano a dormir. En el puerto, dos españoles solitarios recorrían sus escasas dimensiones, en donde el griterío de dos chavales jugando resonaba como una gran fiesta, en busca de un lugar para cenar. Lo encontramos, claro, sin tener que andar mucho, un lugar con una camarera agradable, con una comida buena (especialmente bueno el pulpo) y con aperitivos de cortesía. Poca gente más había en el local, un grupo de hombres mayores contentos con la cerveza y que animaban a otro aún mayor que amenizaba, con una vieja guitarra y sus canciones internacionales de toda la vida, la velada. Muy agradable en una noche un poco fresca. La calma como concepto de vacaciones.

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