Un dragón sobre Milos

Ulyfox | 27 de septiembre de 2014 a las 18:25

Penélope viendo atardecer en Plaka.

Penélope viendo atardecer en Plaka.

Milos no deja de ser una isla griega, y a las islas griegas mucha gente va a ver atardeceres. En todas ellas, sobre todo en las Cícladas infinidad de lugares, locales, bares y restaurantes se publicitan como sitios donde ver atardecer. Estoy pensando en la caldera de Santorini, en la Pequeña Venecia de Mikonos, en los barcos que salen a esa hora desde el puerto de La Canea, en la Portara de Naxos… En Milos, el observatorio oficial para contemplar lo que los griegos llaman iliovasílema está en las alturas de Plaka, la antigua capital de la isla, un primoroso pueblo blanco de calles cubiertas por buganvillas y trazado laberíntico. Y allí está el Café Utopía, que se llena a la hora de atardecer en verano.

El dragón, digo yo, que voló al atardecer.

El dragón, digo yo, que voló al atardecer.

Estar allí a esa hora supone un ejercicio de cálculo, puesto que no hay que ser meteorólogo para saber que el atardecer no tiene horario fijo. El cálculo consiste en estar al menos tres cuartos de hora antes, o una hora, para que la fila primera del café, la que está situada casi a pico sobre la ladera, tenga al menos un hueco, porque las demás mesas no están ni mucho menos tan bien situadas, aunque la merma del bello espectáculo no es muy grande. Nosotros fuimos muy bien orientados por Voula, la atenta encargada del Villa Zampeta, y conseguimos una localidad de primera para el ocaso.

Mosaicos ante una iglesia de Plaka.

Mosaicos ante una iglesia de Plaka.

Plaka en las alturas de Milos,

Plaka en las alturas de Milos,

El palco es hermoso, privilegiado: sillas cómodas y música clásica tranquila para contemplar una función que se repite desde millones de años, que llenaba de terror a nuestros primeros antepasados homínidos y que ahora fascina a los turistas. Los del Café Utopía tuvieron, al menos, la delicadeza de no aplaudir cuando el sol emitió su último rayo de ese día de primeros de septiembre.

 

El suelo de una calle en Plaka.

El suelo de una calle en Plaka.

Fue hermoso, fue apacible y fue diferente, porque desde un rato antes de la puesta de sol una gran nube se instaló sobre el islote de enfrente que daba profundidad a la escena. Y no hizo falta entregarnos a ese fascinante y divertido juego infantil de encontrar parecidos a las nubes: para mí aquello, con la luz dorada de esa hora, era claramente un dragón, con sus alas, su cola y su cabeza, rodeado de fuego. Y si no lo era, a ese juego jugué durante un montón de minutos, mientras la luz fue perdiendo brillo y ganando misterio y en el Café Utopía el público seguía con un casi silencioso respeto el desarrollo de la función. Hasta el siguiente día.

 

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El casco urbano de Plaka.

El casco urbano de Plaka.

Promesa en firme

Ulyfox | 22 de septiembre de 2014 a las 19:54

Interior de la mezquita Suleymaniye, en Estambul.

Interior de la mezquita Suleymaniye, en Estambul.

Llevamos los ojos y el equipaje llenos de lugares, amigos, sabores, momentos de casi un mes de viaje. Lluvias y soles, luces de todos los colores y todos los olores, roces de multitud y soledades de horizonte. Demasiadas cosas tal vez para aislarse un momento y ponerse a escribir. Está habiendo conversaciones, canciones de Xilouris y Theodorakis a dúo inesperadas, el despacho transparente de un imán en Estambul, encuentros con el Mediterráneo más amistoso imaginable, navegaciones de amanecida y noches frías de aeropuerto. Y muchas fotos, de las cuales tal vez la más hermosa fue la que no pudimos hacer.

Todo irá cayendo, está prometido. Pero tal vez ya para el regreso, cercano y tampoco temido.

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Sarakiniko, cartel de Milos

Ulyfox | 12 de septiembre de 2014 a las 0:22

Vista de la playa de Sarakiniko.

Vista de la playa de Sarakiniko.

Rodeada de blanco.

Rodeada de blanco.

Para cosas como esta es para las que mucha gente viene a Milos. Para acudir a ver la playa de Sarakiniko. Bañarse en ella es ya algo más complicado. En realidad, es sólo un trocito de arena, dos pasos, unos metros en los que el mar se adentra en la tierra, rodeado de piedras blancas que reflejan el sol de una manera casi tortuosa. Y tiene que soportar la visita de centenares de personas en verano, grupos de turistas de todas las nacionalidades que se sienten atraídos por esta rareza: rocas erosionadas por el viento, de un blanco casi inmaculado, con las formas que el capricho del viento modela.

En el fondo es una playita.

En el fondo es una playita.

Aunque con un camino lunar.

Aunque con un camino lunar.

Tuvo que ser un gusto venir a esta playa cuando Milos no estaba de moda. Ser de los primeros y pocos en asombrarse. Ahora es una excursión y una fila de gente, algunas de las cuales desafían las leyes de la natural tendencia que tiene el ser humano al confort, y se tiran frente al sol sin una mínima sombra. Y eso significa MUCHO calor en esta sartén de piedras que reflejan la luz del mediodía.

Los turistas la tomamos al asalto.

Los turistas la tomamos al asalto.

Tomando el sol en cualquier lado.

Tomando el sol en cualquier lado.

 

Pero es hermoso, sin duda.

Pero es hermoso, sin duda.

Pero es, admitámoslo, asombroso el paisaje. Casi como una Capadocia en el mar, pasto para fotos y para posados estrambóticos de turistas captores de imágenes. Es espléndido cómo la naturaleza se mostró de pródiga con Milos, y cómo ahora esta isla torturada durante siglos, saca ahora rentabilidad de lo que la hizo sufrir. Bienvenido sea, y aprovechemos para hacer fotos.

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En Milos, isla de moda

Ulyfox | 8 de septiembre de 2014 a las 20:09

Barcas en la bahía de Adamas.

Barcas en la bahía de Adamas.

Todas las tardes, Voula riega el patio anterior de su minicomplejo hotelero: seis habitaciones limpias y claras frente a la bahía de Adamas, en la isla de Milos. El Villa Zampeta (http://www.villazampeta.gr/)  es uno de los cientos de establecimientos que ofrecen alojamiento en este lugar famoso en todo el mundo por un personaje que ya no vive aquí, la Venus de Milo, Afroditi tis Milou para sus actuales habitantes, que no parecen añorar mucho a su ilustre vecina, tal vez orgullosos de que haya conseguido vivir nada menos que en París, en una de las salas más visitadas del Museo del Louvre. A fin de cuentas, esta, como tantas islas griegas, está acostumbrada a que sus naturales emigren, huyendo de la antigua pobreza. Ahora no, ahora quizá ya no. Milos está de moda como destino turístico, y esto da trabajo a mucha gente casi la mitad del año. Nosotros, asiduos visitantes del mundo heleno, nunca habíamos estado en esta isla, perteneciente a las Cícladas Occidentales, y que comparte todas las características de las Cícladas con sus compañeras: su origen volcánico, sus tierras más bien secas, sus casas y calles blanquísimas, las cúpulas de las iglesias, los molinos de viento… pero con la particularidad de sus extrañas formaciones rocosas en la costa, lo que atrae a miles de visitantes. Ahora estamos acabando cinco días de estancia, y nos ha sorprendido la cantidad de gente, de italianos y ¡españoles! que visitan la isla. En esta época del año, primeros de septiembre, hay muchísimos turistas, e imaginamos que en agosto debe de ser incluso incómodo.

Nosotros llegamos el último día de agosto. Fue un largo viaje que incluyó avión desde Sevilla a Barcelona, otro desde la capital de Pujol a Atenas y otro desde la capital del mundo clásico a Milos, a la que llegamos a las siete y media de la mañana. Eso significó una noche sin dormir y un sueño que nos duró todo el día, pero también la demostración de que todavía estamos en condiciones de hacerlo. Bien.

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Villa Zampeta está a un paseo de cinco minutos del puerto donde atracan los barcos de pasajeros constante y diariamente. Voula es su dueña, es charlatana y dispuesta a contar su vida al que llegue. Dice que es feliz en su trabajo, y es fácilmente creíble: recibe a la gente, las acomoda, les da indicaciones, les invita a café o fruta, les aconseja qué cosas visitar y donde comer. En septiembre, toda su familia ya está en Atenas, pero ella se queda aquí hasta que acabe la temporada, allá por octubre, y dice que le encantaría quedarse en invierno. Prefiere esta vida a la ajetreada capital donde sus hijos están en el instituto. La entendemos perfectamente.

Desde nuestra habitación en el Villa Zampeta.

Desde nuestra habitación en el Villa Zampeta.

Voula nos recomendó encarecidamente visitar el Museo de la Minería de Milos, y se lo agradecemos profundamente. Tras la visita, le dijimos que nos había encantado el sitio, que con gran claridad y amenidad expone la historia, los orígenes y el significado de la minería en esta isla horadada durante siglos y hoy todavía uno de los primeros productores mundiales de perlita. La visita al museo incluye un vídeo imprescindible en el que hombres y mujeres ya mayores cuentan su vida como mineros, su dura vida de largas horas de trabajo que daban para sudar y morir joven, pero también para coqueteos, chistes y momentos de canto. Uno de los protagonistas del documental, un hombre muy viejo con una voz agudísima y dificultosa relata sus dificultades en esa tóxica actividad, pero al final saca un cigarro, lo enciende con mano temblorosa y arroja en un gesto chulesco el encendedor al interior del bolsillo superior de su camisa, luego exhala el humo con gran satisfacción y con una risa feliz dice: “Hay que disfrutar de lo que uno tiene en su pobreza”.

Adamas, el puerto principal de Milos, muy de mañana.

Adamas, el puerto principal de Milos, muy de mañana.

Voula corrobora que era una vida difícil, y lo sabe bien. Nos cuenta que su padre es uno de los antiguos mineros que aparecen en el documental, justo el que al final canta una canción en la que dice algo así como “Si los buenos tiempos pudieran volver, yo correría en su busca”. Ahora no, ahora ya no es tan dura la vida en esta isla llena de turistas y, quién lo diría, de moda. De ella tendremos tiempo de hablar. Tranquilos, en próximos días.

Amaneciendo en el aeropuerto de Milos.

Amaneciendo en el aeropuerto de Milos.

Un día de playa en San Vito lo Capo

Ulyfox | 29 de agosto de 2014 a las 13:57

Vista general de la magnífica playa de San Vito lo Capo.

Vista general de la magnífica playa de San Vito lo Capo.

No hubo muchos, pero sí algunos señalados en la agenda como lugares y fechas para ir a la playa en nuestra última visita, allá en junio a Sicilia. Uno de ellos era sin duda San Vito lo Capo, indicada por todos como una de las mejores playas de esa isla italiana, allí casi en la punta noroeste, una flecha de rocas y una cumbre que recuerda a ciertas vistas de Gibraltar.

Salimos a visitar San Vito desde nuestra estancia en Trapani (tenemos pendiente hablar de esta curiosa y casi gaditana ciudad costera de sal y atún), más o menos a tres cuartos de hora de carretera, buena parte de ella por la costa. De esta ciudad nos interesaba, ya queda dicho, su playa, una larga media luna de arena dorada y agua increíblemente azul famosa en toda Italia. Siempre me ha llamado la atención la organización de las playas en este país. En muchos lugares es imposible acceder por tu cuenta y libremente. Sólo las más grandes habilitan lugares de instalación libre. En el resto, los espacios están ocupados por instalaciones privadas, de mayo o menor tamaño, en las que tienes que pagar por utilizar sus servicios, muy bien arreglados por otro lado, que suelen llamarse ‘lidos’, denominación que suena a Venecia y a nombres de salas de fiesta en capitales antiguas. Hamacas, sombrillas, duchas, vestidores, suelen ir incluidos en el precio de la entrada, no demasiado caro. Y además, tienen sus restaurantes. Recuerdo alguno especialmente glorioso de calidad, tamaño y servicio en Cefalú. Curiosamente, en San Vito los lidos no tenían restaurante, pero igualmente pudimos almorzar al otro lado de la carretera en la playa.

 

Con un azul infinito.

Con un azul infinito.

Los italianos adoran la playa. Y el ambiente de familias, sombrillas y sonidos les dan un aire a lo Fellini en ‘Amarcord’, como un estilo que nunca morirá. Era finales de junio, en un día entre semana, y estaba llena a rebosar. Y en su casi totalidad eran italianos, parejas con sus niños y sus suegros. Los lidos le dan un aire de uniformidad, puesto que uno se distingue de otro fundamentalmente por el color de sus sombrillas y hamacas.

San Vito lo Capo, junto al pueblo del mismo nombre,es bellísima, y el azul de su agua impresiona incluso a los más curtidos en bañarse en azules. El día empezó soleado pero desde el primer momento se vio que las nubes querían también estar presentes. Primero la más gorda se agarró a la cumbre del gran promontorio y a ella se fueron imantando las demás. Las horas más calurosas transcurrieron en un juego entre claros y grises que proporcionaba una agradable temperatura. Luego, poco a poco, la bruma se fue haciendo la dueña en las alturas.

Pobladísima a finales de junio entre semana.

Pobladísima a finales de junio entre semana.

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Leer el periódico como sea...

Leer el periódico como sea…

 

De un día de playa hay normalmente pocas cosas que contar. Durante los meses de verano aquí en Cádiz, no pisamos la arena. Se nos hace un mundo hacer los preparativos de sombrilla, nevera y sillas y sobre todo la perspectiva de buscar un lugar al coche entre tantos miles. Las cosas del trabajo hacen que sólo dispongamos de tiempo algunos fines de semana, precisamente cuando más gente toma al asalto las playas, cuando el caos y las multitudes se desordenan más. Y por eso anhelamos la tranquilidad de septiembre en las islas griegas. Ahora nos vengaremos. En San Vito, la regulación del aparcamiento en el pueblo y el orden en los lidos hacen que todo sea, curiosamente, más cómodo.

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Al final del día, se retira todo el material de playa.

Al final del día, se retira todo el material de playa.

Cuando el día se hizo demasiado oscuro por las nubes y la hora, cuando el personal de los servicios empezaba a recoger el material de playa, decidimos levantar también nosotros nuestros reales y volver a la salada, hermosa y bien surtida de gastronomía Trápani. Os contaremos próximamente, pero antes, ya mismo, nos vamos a Grecia y Turquía.

Nos vamos hablando. Felices vacaciones a los que empiecen y leve retorno a los que acaben

La punta noroeste de Sicilia es espectacular.

La punta noroeste de Sicilia es espectacular.

 

Erice, en las nubes

Ulyfox | 24 de agosto de 2014 a las 19:53

Hacia Erice, en el teleférico, abajo la soleada Trapani.

Hacia Erice, en el teleférico, abajo la soleada Trapani.

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Dicen las guías que en Erice, ese pueblo medieval amurallado y encaramado a casi 600 metros de altura junto a la costa de Trapani, el día puede empezar soleado y luminoso y sumirse de pronto en la oscuridad más absoluta a causa de las nubes, para terminar siendo un mirador privilegiado para un atardecer clarísimo. Así de cambiante es el tiempo. Lo dicen las guías y lo comprobamos nosotros, que muy dispuestos nos montamos en el práctico teleférico que sube al pueblo desde el extrarradio de Trapani. Allá abajo dejamos el coche alquilado en un aparcamiento de pago doble. Doble porque lo haces en la máquina dispuesta a tal efecto, y porque siempre hay un par de espontáneos vigilantes que se presta a explicarte (?) cómo se echa la moneda y se obtiene el ticket. Al fin y al cabo estamos en Sicilia, la patria de la Mafia, y les dejas un euro de más, no vaya a ser que se lo tomen como un asunto de negocios y nada personal.

Ante la catedral ya se empezó a cubrir el cielo... y los hombros.

Ante la catedral ya se empezó a cubrir el cielo… y los hombros.

El hermoso rosetón de la catedral, visto desde el campanario.

El hermoso rosetón de la catedral, visto desde el campanario.

Sobre los tejados de Erice.

Sobre los tejados de Erice.

Pues eso, que hicimos el espectacular ascenso colgados en la cabina transparente desde el mar y las salinas hasta las alturas de Erice, y desembocamos en la puerta amurallada. Desde el sol tenue hasta la nube más gris pasando por todos los tonos del gris. Entramos en la villa de pasado aragonés y calles de piedra, contemplamos la bella y sobria catedral de definido estilo gótico junto a la alta torre campanario, y la osada vestimenta veraniega que llevábamos se reveló enseguida como muy insuficiente, y un par de pañuelos para los hombros de las damas no bastaron. Yo quizá iba más acalorado porque había subido hasta lo alto del campanario, por una estrecha, retorcida y empinada escalera interior de caracol. De nuevo nos asombramos de la previsión de los otros turistas, que de pronto y en nutridos grupos se abrigaron contra la niebla con estupendas chaquetillas marineras. Nosotros, otra vez, pecamos de meridionales. Todo era ir subiendo las empinadas callejuelas de Erice e ir metiéndonos en la nube, hasta que ya en la plaza principal nos descubrimos rodeados como por una humareda que pasaba rauda. No era humo, sino niebla, una humedad que se metía por todos nuestros desprotegidos poros. El gris nuboso que difuminaba los colores y apagaba los sonidos le daba un aire aún más medieval al sin duda hermoso escenario, más propio de la norteña Toscana que de la sureña Sicilia.

Decoración de una fachada de Erice.

Decoración de una fachada de Erice.

La calle principal de Erice (Corso Vittorio Emmanuelle) sube siempre.

La calle principal de Erice (Corso Vittorio Emanuele) sube siempre.

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Penélope en Erice.

Penélope en Erice.

Habíamos pensado almorzar en alguna terraza o mirador de los que se aparecían ante nuestra vista, pero ciertamente la temperatura y el enjambre turístico en que se convirtió de repente el enclave, que en otros tiempos albergara templos dedicados al carnal culto de la erótica Venus, nos desanimaron un poco. La cosa se limitó a una cerveza muy fría (literalmente) bajo las sombrillas de un local para guiris. No puedo recordar nada muy especial de este pueblo, bonito sí, que figura en todas las recomendaciones sicilianas, pero que no guardaré entre mis cientos de lugares imprescindibles de esta isla singular y única. Tal vez le faltó el sol que habría dejado ver la espectacular costa desde su defensiva altura. Y le sobró humedad, sin duda.

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En una iglesia de Erice

Exterior e interior de una iglesia de Erice.

La niebla empezó a atraparnos en la plaza principal.

La niebla empezó a atraparnos en la plaza principal.

Pareció darnos una tregua...

Pareció darnos una tregua…

 

... pero era una trampa.

… pero era una trampa.

No es un parque centroeuropeo sino siciliano.

No es un parque centroeuropeo sino siciliano.

Compramos algunos recuerdos, hicimos muchas fotos, claro, cumplimos con el recorrido y visitamos iglesias y monasterios en ruinas, pero no nos acercamos al Castillo de Venus, situado en el lado más azotado por el viento y la niebla, que juntos formaban una especie de ducha que arrugaba los folletos y el mapa que nos dieron en la oficina de información, y alisaba los bellos rizos naturales de Penélope. Tal vez si hubiéramos ido hasta la fortaleza construida por los normandos habríamos contemplado ese efecto que los lugareños llaman ‘el velo de Venus’, cuando la bruma envuelve sus torres sobre el risco. Pero no. En lugar de eso, nos dirigimos al teleférico en busca de la cálida costa, allá abajo.

Últimas visiones de Erice.

Últimas visiones de Erice.

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Segesta, un templo en un valle

Ulyfox | 18 de agosto de 2014 a las 14:08

El templo de Segesta, allá arriba, pero en un valle.

El templo de Segesta, allá arriba, pero en un valle.

Fue una parada, pero necesaria, un desvío inevitable. Íbamos de Marsala a Trapani, pero antes de entrar en la capital de la Sicilia occidental, teníamos que ver Segesta, en realidad sólo el templo de Segesta, prácticamente lo único que queda de aquella ciudad antaño grandiosa, enemiga de Selinunte (ver entrada anterior) y cuyos habitantes, los élimos, afirmaban descender de los antiguos troyanos. Esa rivalidad acabó con ella, y ahora sólo (aunque ya quisiéramos) se puede ver ese hermoso templo dórico probablemente nunca acabado, y un poco más arriba, los restos del teatro.

Esplendor del dórico, de nuevo.

Esplendor del dórico, de nuevo.

Hacía un día no totalmente soleado y bastante ventoso y eso tal vez animó a demasiada gente a abandona la idea de una jornada playera y acercarse a ver una de las maravillas del rico pasado siciliano. Y estaba el yacimiento igual que una feria. Pero aun así, encontramos el hueco necesario para hacer fotos en las que pareciera que estábamos solos. No fue fácil, no creáis.  Había que subir por un camino casi sin sombra, y el calor apretaba pese a todo. Parece inevitable pasar sofoco cuando uno visita unas ruinas ¿verdad? Se imagina uno una hilera de columnas y casi empieza a sudar. Normalmente, el calor merece la pena, pero podrían colocarlas en lugares menos desolados. Está Segesta en un valle fértil, no obstante, y se imagina uno que sus habitantes deberían vivir bien, rodeados de feraces campos como los que se ven desde sus bien proporcionadas piedras.

Ante el solitario templo

Ante el solitario templo

Segesta es uno más de los numerosos ejemplos que hay en Sicilia, y repartidos por el sur de Italia, de la grandeza de la que fue llamada Magna Grecia, el producto de la expansión de un pueblo navegante y comerciante que llegó a fundar colonias en Andalucía y que puso también sus pies en la antigua Cádiz. No dejaron por aquí, desafortunadamente, ejemplos como este de Segesta, o los de Selinunte y Agrigento en la propia Sicilia, o en Paestum, allá cerca de Nápoles.

Sabían donde elegir sus ciudades.

Sabían donde elegir sus ciudades.

Tiene la arquitectura griega clásica tres órdenes, como bien sabeis, el dórico, del que este templo de Segesta es un perfecto ejemplo y cuya cumbre está en el Partenón; el jónico, por lo que sea el menos extendido, y el corintio, que fue el que más gustó a los romanos, razón por la cual lo copiaron por todo su imperio durante siglos. Para mí, el dórico es el que más se me asemeja al espíritu griego: sencillo y a la vez perfecto en sus proporciones, nada grandilocuente, directamente bello. Y da para admirarse por el genio de aquellos griegos, que inventaron una forma de construir que pervive hasta nuestros días, que fue copiada durante siglos y que todavía en el XVIII dio origen al neoclásico. Aún hoy, cualquier arquitecto podría colocar un frontón  sobre una puerta o una ventana y a nadie extrañaría. Si no, que se lo digan al catalán Ricardo Bofill, por ejemplo. Ese es el significado de clásico, claro: lo que es eterno y digno de imitación.

Líneas perfectas y milenarias.

Líneas perfectas y milenarias.

Y más líneas perfectas...

Y más líneas perfectas…

 

Veranos, los de antes

Ulyfox | 14 de agosto de 2014 a las 13:28

Sí, pero antes antes. Aquellos de juventud y de infancia, en los que las vacaciones duraban lo mismo que la estación: tres meses. ¿Ahora? ahora es imposible. El trabajo es cada vez más duro, las plantillas más cortas y encima nos dicen que tenemos que dar gracias.

Bueno, que esto es sólo como un intento de disculpa para explicar que hace semanas que no encuentro el momento de seguir con el blog en marcha. Tango pendientes varias entradas sobre el último viaje a Sicilia, descubrimientos asombrosos, y hasta algún que otro remate de cuando la visita a Bilbao en el puente del 1 de Mayo. Quizá, quién sabe, podría haber hallado el tiempo pero no he sabido. Ahora, dentro de nada, quizá esté la cosa un poco más relajadita, y tal vez pueda actualizar la tarea pendiente antes de emprender la maravillosa escapada de cada año a aquel rincón oriental del Mediterráneo donde nació todo. Iremos contando, si nos dejan. Siempre que sigáis ahí, claro.

De repente París

Ulyfox | 13 de agosto de 2014 a las 13:53

Notre Dame de París, 25 de julio de 2014 por la tarde.

Notre Dame de París, 25 de julio de 2014 por la tarde.

Este no fue un viaje pensado como de placer, aunque resultó serlo, porque siempre es el mayor placer combinar trabajo con gusto. Algunos quizá lo sepáis ya: que me tocó un viaje a París, como en los concursos antiguos, a entrevistar a una paisana que es ahora una de las mujeres más poderosas, la alcaldesa de la que ella misma llama una ‘ciudad-mundo’, la gaditana (digámosle cañaílla) Anne Hidalgo.

En la Île de la Cité, centro del centro.

En la Île de la Cité, centro del centro.

Y eso que la cosa empezó con disgusto, cuando me enteré de que tendría que ir y volver a la Ciudad de la Luz en el mismo día, enlazando madrugadas. Gran cabreo inicial, por lo que entendí como racanería empresarial innecesaria, que dio paso casi inmediatamente al lado positivo (soy así, para mi suerte): no tendría que hacer ni un mínimo equipaje. Y la cosa acabó con moraleja peliculera, al fin y al cabo fue casi como Richard Gere en ‘Pretty Woman’, tomar un jet para desayunar, almorzar y cenar en París. Cosas de ricos. Y resultó para los restos como una experiencia ya imborrable, sí. Y agradecí ser del ‘plan antiguo’, cuando en bachillerato el segundo idioma era por fuerza el francés, que pude reverdecer en algún bistrot de vins y en la lujosa antesala del Hotel de Ville (Ayuntamiento de Paris) mientras esperaba a la entrevistada.

Los 'bouquinistes' están siempre a la orilla del Sena.

Los ‘bouquinistes’ están siempre a la orilla del Sena.

Totá: que ahí estaba yo levantándome a las tres y media de la madrugada para coger el avión de las siete menos cuarto desde Sevilla a París, Vueling mediante. Tenía las tarjetas de embarque, estaba tranquilo por la hora. Pero la tranquilidad duró poco. Me dio por entrar desde la Isla en la autopista por Cádiz, y me encontré la primera desagradable sorpresa: ¡el Puente Carranza estaba cerrado! Vuelta de nuevo a San Fernando a una velocidad ya más rápida de lo aconsejado, temiendo durante todo el trayecto perder el avión. No sucedió, pero llegué a la puerta justo cuando se iniciaba el embarque. Prueba superada y cabezazo ligero en el avión.

La evocadora librería 'Shakespeare&Company'.

La evocadora librería ‘Shakespeare&Company’.

Desde el aeropuerto de Orly Ouest es muy fácil llegar al centro de París. Hay un gran mostrador de información en el que un buen número de amables muchachos te informa en casi cualquier idioma. Sólo hay que coger un tren automático lanzadera que pasa cada cinco minutos hasta la estación de metro de Antony, y luego hacer el trasbordo en la línea que transita los lugares más sonados. Yo me permití bajar un par de estaciones antes, en Saint Michel, donde el famoso boulevard estudiantil, a los pies de la Sorbona, para darme el gustazo de pasear hasta el Sena y desayunar baguette con mantequilla y croissant, zumo de naranja y café au lait en una de esas terrazas tan parisinas con sillones de mimbre. Un laaaaaargo desayuno en el que terminar de preparar las preguntas mientras los turistas pasaban apresurados en busca de la cercana Notre Dame, detrás del bateau mouche que hace los paseos por el río, agolpándose en cien idiomas alrededor de los guías, o viendo pasar a las jóvenes parejas muy pegadas atrapadas por el inevitable romanticismo del lugar, aun tan de mañana. Una de ellas se despedía con mil besos después de lo que seguro había sido una noche de amor. Refrené las ganas de disparar mi cámara como un remedo malo de Doisneau.

La antes siniestra Conciergerie, junto al Sena.

La antes siniestra Conciergerie, junto al Sena.

Tenía tiempo: la entrevista era a las tres de la tarde, cuando ya los franceses han almorzado. Así que después del petit déjeuner me dediqué a pasear, la mochila al hombro, la chaqueta sobre el brazo y la cámara de fotos preparada. Y hacía un día espléndido, y al otro lado del Sena se acercaba Notre Dame a cada paso. A este lado se me apareció la preciosa librería Shakespeare&Company con su escaparate verde, y enfrente los puestos de los bouquinistes, los famosos vendedores de libros antiguos y revistas junto al río. Pese al calor, la cola de turistas ante la Catedral desanimaba a visitar el interior, y mucho más la subida a las torres. Cuando pasaba alguien comentó a mi lado en español: “Llevamos más de una hora esperando”. Calculé que le quedaba al menos otra y me admiré de la paciencia de la gente en algunos casos. Rodeé la famosa y novelesca iglesia, paseé por los muelles frente a la antiguamente siniestra y ahora limpísima Conciergerie, convertidos en un remedo de playa con arena pero de baño imposible. Los parisinos parecían disfrutar tomando el sol de la falsa Riviera, refrescándose de vez en cuando con las duchas de agua pulverizada.

La falsa playa de los parisinos en el Sena.

La falsa playa de los parisinos en el Sena.

Una torre de verdad y otra de mentirra.

Una torre de verdad y otra de mentira.

En las puertas del Louvre...

En las puertas del Louvre…

...esplendor barroco.

…esplendor barroco.

La tranquilidad me llevó a las puertas del Louvre, la extrañamente bien conjuntada pirámide de cristal en el patio barroco. Nuevamente deseché la entrada en ese gran almacén de maravillas. Ya era pasado el mediodía y tomé una decisión sabia: me acercaría al Hotel de Ville por la muy comercial y distinguida Rue de Rivoli, y pararía con tiempo a tomar una especie de almuerzo ligero. Eso ocurrió en la Rue des Lavandières Sainte Opportune, una callecita abundante en terrazas, en un bistrot de vins (restaurante de vinos) llamado A la Tête d’Or. Bien, muy bien, los dos huevos cocotte con foie de canard, acompañados con una copa de Beaujolais. Un café con una gota de leche (avec un coup de lait), y ya estaba yo listo para encontrarme con Anne Hidalgo, esa mujer que, cosas del devenir, nació en la misma calle que yo, aunque tres años después, y en la que seguro que nos cruzaríamos de niños. Digo yo, porque la calle Dolores de San Fernando, que en menos de trescientos metros te hace descender de la señorial Plaza del Rey al pobre caño del Zaporito, es un mundo muy pequeño. De la esquina del Zaporito a la Alcaldía de París, vaya salto.

Un almuerzo frugal pero muy francés: huevos cocotte con una copa de Beaujolais.

Un almuerzo frugal pero muy francés: huevos cocotte con una copa de Beaujolais.

Ella apareció con una especie de bambito azul con pequeños dibujos en blanco, y los brazos tan abiertos como su franca sonrisa. Es una mujer atractiva a la que no en vano llaman en su ciudad La Belle de Cadix como la canción de Luis Mariano, popularísima en Francia. Y me recibió con la simpatía con la que se recibe a alguien que viene de tus orígenes. Dos besos francos y una conversación relajada. Lo mejor fue tal vez las historias que me contó de su despacho, los recuerdos de De Gaulle, la foto original de El beso de Robert Doisneau, y las evocaciones de sus calles de La Isla, de sus amigos de esa infancia cuando venía de Francia en vacaciones y descubrió la libertad de jugar en los esteros a coger camarones y cangrejos. Pocos recuerdos tan isleños. Por si no la habéis leído aún, aquí tenéis los tardíos enlaces:   http://www.diariodecadiz.es/article/provincia/1827693/aqui/me/llaman/la/belle/cadix.html

http://www.diariodecadiz.es/article/provincia/1827733/dale/recuerdos/petra/cuando/la/veas.html

El Hotel de Ville, la 'casa' de Anne Hidalgo en París.

El Hotel de Ville, la ‘casa’ de Anne Hidalgo en París.

Dos isleños en París, ante 'El beso' de Doisneau.

Dos isleños en París, ante ‘El beso’ de Doisneau.

Fue un gran rato, cerca de hora y media que la alcaldesa parisino-cañaílla dedicó a hablar de  sus dos vidas, sus dos tierras. El Hotel de Ville tiene una escalera impresionante, hecha para que cada uno que suba o baje comente lo de la grandeur de Francia. Y por ahí bajaba yo tras la entrevista, ya satisfecho y dispuesto a disfrutar de unas hora aún antes de volver al aeropuerto. Lo primero fue dirigirme a la Sainte Chapelle, una joya gótica escondida detrás del Tribunal pero muy merecidamente visitada. La única vez que entré en ella fue algunos años atrás, y en un día nublado, lo que nos impidió disfrutar en su totalidad de la luminosidad de su sorprendente interior totalmente lleno de vidrieras separadas solamente por finas columnas, sin paredes, casi suspendidas en el aire. Y el sol que lucía me hizo desear verla en todo su esplendor. Eso hice, para asombrarme de nuevo, pero no mucho más que la primera vez. La sorpresa se había diluido, pero la sensación se acrecentó con la luz divina.

Paredes de luz en la Saint Chapelle.

Paredes de luz en la Saint Chapelle.

Música para turistas.

Música para turistas.

El resto fue esperar que pasara el tiempo, cruzar puentes, oír acordeonistas puestos para la foto y el dinero del turista, y merendar, de nuevo en una terraza, en la plaza de Saint-André des Arts (¿cómo harán los franceses para poner estos nombres tan bonitos?). Ya más relajado, digamos que con la tópica sensación del deber cumplido, del trabajo realizado, me homenajeé con dos cervezas Leffe y un plato de quesos del país. Elementos que me hacían ver la vida de París como un transcurrir elegante y tranquilo de paseantes y ciclistas civilizados. Si no era así, yo disfruté pensándolo. Ni siquiera saqué el libro: miraba y pensaba, un rato que me hizo sentir único y, en cierta forma, poderoso. Efectos de la cerveza, supongo.

 

La place de Saint-André des Arts, estupendas terrazas.

La place de Saint-André des Arts, estupendas terrazas.

El largo camino de vuelta fue algo más duro, mirado objetivamente. Hasta la una y media de la madrugada no llegué de vuelta a casa, una jornada laboral de 22 horas. Y sin embargo, como diría Marcello Mastroianni, “peor es trabajar…”

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Marsala, más que un vino

Ulyfox | 29 de julio de 2014 a las 1:04

Penélope en Marsala

Penélope en Marsala

Hay nombres que identifican un lugar, un espíritu y quizá miles de historias reales o soñadas. Marsala es uno de esos lugares, y su nombre remite, claro está, a un vino tipo oporto, dulce o seco pero siempre generoso y que acompaña con una salsa a propósito, por ejemplo, a los escalopines: scalopini al marsala es una de las especialidades más suculentas que se pueden comer en esta zona oeste de Sicilia. Ese vino es, como quien dice, un invento otra vez de un inglés, John Woodhouse, que se instaló en el siglo XVIII en la isla proveniente precisamente de Jerez y que se empeñó en hacer un negocio de los vinos locales. Para que llegaran en buenas condiciones a Inglaterra le agregó un chorro de alcohol y así nació el marsala. No mucho más tarde, la Marina inglesa lo adoptó como sustituto del oporto, ya que los marineros ingleses tenían el afortunado derecho de una copa de vino al día. Así se escribe la historia de un éxito. Y el negocio sigue floreciendo hasta hoy, en las ventas de vino y en las visitas a las bodegas.

Jubilados reunidos en la plaza de la República.

Jubilados reunidos en la plaza de la República.

Ambiente de Corpus ante la fachada del Duomo.

Ambiente de Corpus ante la fachada del Duomo.

Y besos de hombre

Y besos de hombre

Pero, naturalmente y como se suele decir, Marsala es mucho más y mucho más antigua que el invento de Woodhouse, y tiene mucho que ver con la historia de nuestro Cádiz. Es decir, que tiene un origen fenicio, y de hecho una de sus joyas son los restos, escasos y necesitados de imaginación, de un barco púnico que se conserva en su Museo Arqueológico, una pieza única. Y tiene muy cerca los restos de Mothia, una antigua colonia que seguía las características de tantas como fundaron los hijos de la mítica Tiro: una isla muy cercana a tierra y unida por una carretera. Y rodeada de salinas, y con una antiquísima tradición de captura de atunes en la zona con una técnica semejante a la almadraba… tantas semejanzas que son extensibles a toda la costa suroeste siciliana. Y tiene, claro, como toda Sicilia, un intenso pasado árabe. De hecho su nombre viene de Marsa Alah (el puerto de Alá)

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La nave púnica, o lo que queda de ella, en el Museo.

La nave púnica, o lo que queda de ella, en el Museo.

La actual Marsala conserva buena parte de su pasado, y aparte de la nave púnica sobrevive en sus cercanía y a duras penas una villa romana medio abandonada, en medio de un parcho archeologico lleno de matojos, y junto a un cine art deco con aire mussoliniano. Pero también ha visto cómo se destruía su casco urbano, sobre todo por los bombardeos de la terrible II Guerra Mundial. No obstante, hay cosas indestructibles como la ligazón de un pueblo a su historia, su economía, su forma de vida. La Piazza della Republica está presidida, como mandan los cánones por la gran fachada del Duomo, barroca pero en realidad acabada en el siglo XX gracias a la generosidad de un emigrante retornado. Y en los escalones del Ayuntamiento, los viejos y los ociosos se reúnen a no hacer nada. Las calles a su alrededor son peatonales, y ello permite el paseo urbano civilizado, a la busca de los numerosos lugares donde comer bien, del patio barroco y de las huellas de Garibaldi, que desembarcó aquí precisamente para comenzar la unificación de Italia.

 

Un cine con aire mussoliniano en Marsala.

Un cine con aire mussoliniano en Marsala.

Entrando por la Porta Nuova.

Entrando por la Porta Nuova.

Dentro...

Dentro…

La Porta Garibaldi, una de las entradas.

La Porta Garibaldi, una de las entradas.

El color ocre es el fondo habitual en las ciudades de esta parte de Sicilia, en fachadas planas o salpicadas de balcones retorcidos. Paseamos, pues. Y descubrimos a la vuelta de una esquina una placita con una iglesia de fachada de columnas salomónicas, y una fuente igualmente recargada. Y vimos una procesión del Corpus, como aquí pero con una custodia mucho más modesta bajo palio, y unas enfermeras vestidas como en la primera guerra mundial. Y comimos escalopines al marsala una noche, y uno de esos antipastos crudos o marinados de mar, tan exquisitos, la otra. Incluso fuimos a la playa y descubrimos los bocadillos de panizas. ¿Conocéis las panizas? Son esa masa antigua de harina de garbanzo revuelta con agua y sal y que una vez solidificada se fríe en finas lonchas. Algo exquisito, fruto de la imaginación de los pobres gaditanos. En Sicilia existen, son iguales y se llaman panelle. Otra coincidencia. Aquí se están perdiendo, pero en esa isla los jóvenes se las comen en bocadillos. Y yo adoro las panizas.