Mil sitios tan bonitos como Cádiz

Córdoba y el misterio

Ulyfox | 21 de febrero de 2021 a las 20:15

 

La entrada del mihrab de la Mezquita de Córdoba, orlada de mosaicos bizantinos.

La entrada del mihrab de la Mezquita de Córdoba, orlada de mosaicos bizantinos.

Una de las fachadas laterales de la Mezquita.

Una de las fachadas laterales de la Mezquita.

El misterio es la sal de la vida. No hay nada más atractivo,  y para los ignorantes de tantas cosas como yo cualquiera de ellas puede convertirse en misterio. O a lo mejor es que lo buscamos en todo. El caso es que estuvimos en Córdoba el pasado día de Reyes y su víspera, y nos volvimos a encontrar frente a frente con lo misterioso de una cultura que vivió y dominó en Andalucía durante siete siglos y de la que podemos decir que desconocemos casi todo: la civilización islámica.

En el patio de los Naranjos de la Mezquita.

En el patio de los Naranjos de la Mezquita.

Fue un respiro que nos permitimos con todas las precauciones por la pandemia, y poco antes de que recomenzaran los cierres de todo por aquí. No era la primera vez que visitábamos Córdoba, pero esta vez lo hicimos con la conciencia de revisitar la Mezquita (se me hace rara esa denominación postiza de Mezquita-Catedral, aunque sea más apropiada) y de conocer las ruinas de Medina Azahara, o Madinat Al-Zahra.

Ante la Puerta de Almodóvar, una de las entradas a la antigua muralla.

Ante la Puerta de Almodóvar, una de las entradas a la antigua muralla.

Adoro este tipo de turismo de invierno en el que el apresuramiento es imposible. La corta duración de los días obliga a preparar agendas cortas, y la baja temperatura anima a recogerse pronto. Llegamos cerca del mediodía a Córdoba, y apenas dejadas las mínimas maletas en el hotel Eurostars Palace, un cinco estrellas magnífico con un precio increíble por la baja temporada y supongo que la escasa demanda en estas fechas, nos dirigimos a la Mezquita, a diez minutos a pie.

 

El impresionante bosque de columnas del interior de la Mezquita.

El impresionante bosque de columnas del interior de la Mezquita.

La visita estaba reservada por internet, pero nos dio la impresión de que no hacía falta. El singular monumento estaba tranquilo en un día frío y húmedo. Preferimos coger una visita guiada en exclusiva para los tres, con una guía solícita y didáctica. Suele ser la mejor forma de conocer un monumento, a menos que uno lleve puesta la formación adecuada. Nosotros sólo llevábamos unos abrigos demasiado gruesos, y esos fueron las únicas incomodidades de la visita.

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Siempre me ha impresionado lo que es conocido como “el bosque de columnas” de la Mezquita, todas distintas y reutilizadas de anteriores edificios visigodos y romanos, pero la maestría en la construcción hace que formen una gran unidad. Hileras e hileras de ‘árboles’ pétreos dan una profundidad sin igual al templo y le proporcionan, creo yo, un gran misticismo al conjunto.

 

Cristiana y musulmana.

Cristiana y musulmana.

Para mi gusto, la catedral católica que se construyó en el centro del edificio rompe lo que debió ser una incomparable perspectiva y profundidad en los tiempos espléndidos del Califato. Se destrozó un monumento único para encastrar una catedral que no es precisamente la más bella de las que hay en nuestro país. De todas maneras, hay que reconocer que se respetó la mayor parte de la fastuosa mezquita aljama de Córdoba, lo que constituye una excepción en la actuación de las diferentes religiones.

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De hecho se respetó casi toda la estructura y, afortunadamente, se preservó la parte más bella y espectacular del monumento: el mihrab, la estancia abierta en la qibla, la pared trasera del templo que indica la dirección de La Meca, hacia la que deben volver sus miradas los fieles cuando rezan. Extrañamente, y sin que se sepa muy bien por qué, esta no está orientada hacia la ciudad santa de los musulmanes, sino más bien al sur, lo que también es habitual en otras mezquitas de Al Andalus. Podría ser que siguieran la orientación que tenían las mezquitas en Siria.

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El mihrab, auténtica joya de la Mezquita, con mosaicos bizantinos.

El mihrab, auténtica joya de la Mezquita, con mosaicos bizantinos.

De todas formas, eso no es lo importante, sino el propio mihrab: una joya hecha en estucos decorados y mosaicos bizantinos, que, mira qué hermosa casualidad y contradicción, fueron un regalo del emperador de Bizancio Nicéforo Fokas, que liberó la isla de Creta de la dominación musulmana. ¡Y qué mosaicos! Dibujos geométricos coloridos sobre un fondo dorado, como sólo podrían hacerlo los artesanos que envió el propio Fokas desde la cuna de ese arte hecho con millones de teselas.

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Vistas del muro exterior de la Mezquita.

Vistas del muro exterior de la Mezquita.

La poca asistencia de público nos permitió realizar una visita detenida y tranquila, siempre lo más deseable, y sobre todo en lugares tan singulares como este.

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El misterio nos esperaba aún más al día siguiente en Medina Azahara, la ciudad palacial fundada a unos 8 kilómetros de Córdoba por el califa Abderranmán III, y de la que sólo quedan restos, aunque magníficos y significativos del esplendor y riqueza que debió tener. Sin el reducido pero más que didáctico centro de interpretación situado a la entrada del recinto sería muy difícil de apreciar su importancia, tal es el grado de destrucción que sufrió una vez fue abandonada tras no llegar ni a cien años de vida.

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Medina Azahara, el esplendor del califato.

Medina Azahara, el esplendor del califato.

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Medina Azahara.

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El pequeño museo del yacimiento Madinat Al-Zahara merece un detenido paseo.

Pero todo eso basta para disfrutar de la visita. No entendimos cómo el poco público que tenía ese día el recinto pasaba sin parar por el museo, y perdiéndose el documental que explica la historia y significado del monumento. Formas de visitar…

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Dos detalles de la Sinagoga en la Judería.

Dos vistas de la Sinagoga en la Judería.

Mejor para nosotros. Pudimos detenernos casi ante cada piedra, cada arco, cada estucado en filigrana. La pena fue que no fue posible visitar la parte más suntuosa, el llamado Salón Rico, que está en proceso de restauración.

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En la Taberna de la Viuda.

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Calles del centro histórico de Córdoba, al mediodía de la víspera de Reyes.

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El día continuó de la mejor manera, puesto que volvimos a Córdoba capital con tiempo suficiente de pasear un rato por la judería, conocer la solitaria Sinagoga (otra joyita) y caminar por la famosa zona de los patios (cerrados todos a cal y canto) hasta la Taberna de la Viuda, donde almorzamos estupendamente.

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Y la jornada culminó muy bien, puesto que tras el almuerzo nos reencontramos con un viejo amigo y compañero de la Facultad madrileña, al que no veía desde hacía muchos años. Esta visita tuvo muchos de los ingredientes de las que nos gustan: tranquilidad, un poco de historia, mucho de arte, buena comida y ausencia total de prisas turísticas. Y un pasito, atravesando un arco de herradura, al interior del misterio hispano-musulmán.

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Esa risa en el puerto de Mikonos

Ulyfox | 4 de febrero de 2021 a las 18:09

Penélope en las alturas de Mikonos.

Penélope en las alturas de Mikonos.

Seguramente no exagero si digo que hemos paseado cientos de veces por el viejo puerto de Mikonos, apenas un par de espigones en el que ya sólo atracan los barquitos que hacen la excursión a la sagrada isla de Delos, los pesqueros y los botes que trasladan a los pasajeros de los grandes cruceros. Estos, y los ferris de todo tipo amarran desde hace pocos años en la terminal nueva, mucho más lejos del centro. El puerto viejo, al que no le falta una playita, es uno de los lugares de concentración de los turistas que visitan a millares la preciosa isla, sobre todo por la tarde y noche, pasado ya el horario habitual de playas, aunque aquí el horario playero se extiende las 24 horas del día, de manera casi siempre demasiado estruendosa.

Barcas en el puerto.

Barcas en el puerto.

El paseo en el puerto de Mikonos, inusualmente solitario.

El paseo en el puerto de Mikonos, inusualmente solitario.

Pues esa era una noche de finales de septiembre, y volvíamos de cenar por el paseo frente a la playa, extrañamente solitario por culpa del covid. De pronto, Penélope oyó algo y se paró en seco. Me miró y me dijo: “¡Ayy… esa risa, esa risa… ¿a qué te suena esa risa, a quién te recuerda?”. Era un “¡aahh,jajajaja!” jovial y continuado, y sólo podía ser de… ¡Síííí! Nos volvimos y allí estaba, charlando con un cliente y riendo, que en él es lo mismo, nuestro Vasilis. Vasilis, el guapo camarero y gerente durante años del restaurante Nautilus, en pleno corazón de Hora, como también se conoce a la capital de Mikonos.

El gran Vasilis, ahora sin melena, ante su restaurante en el puerto de Mikonos.

El gran Vasilis, ahora sin melena, ante su restaurante en el puerto de Mikonos.

Hace cinco años, el Nautilus cambió de ubicación y en ese trasiego Vasilis, con su incomparable risa, su melena, sus copiosas invitaciones a mastiha y sus músculos bajo la camiseta ajustada, desapareció de nuestras noches mikonianas. Y cada año lo echábamos de menos. Preguntamos la primera vez a su antigua socia en el nuevo local, pero no nos dio indicaciones muy precisas. De modo que lo perdimos, y creíamos que para siempre.

Vasili, con su melena y ante el Nautilus, hace siete años.

Vasili, con su melena y ante el Nautilus, hace siete años.

Pero no, Mikonos, con todo su glamour, no deja de ser un pueblo pequeño y, por el sonido de su risa inconfundible esta vez, lo reencontramos. Así que nos volvimos y allí estaba. Era el mismo, sólo que su melena había desaparecido en este tránsito. Nos acercamos y nos reconoció en seguida, y la explosión de alegría y risas fue al nivel esperado de su bien ganada fama… y amistad, diría. Entre abrazos ligeros y más risas, nos puso al día brevemente de sus últimos años, nos mostró su franca alegría por el reencuentro, y como es natural, quedamos para venir otra noche a cenar en su nuevo restaurante, instalado frente a la playa y en una zona de mucho paso: el Pelican.

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Calles solitarias en un Mikonos extraño.

Calles solitarias en un Mikonos extraño.

Y volvimos a los dos días, y volvió la excelente cocina, el trato gentil, la risa estentórea “aaahjajajaja”. Y volvió el postre de regalo y el chupito, que esta vez no era de mastija pero prometió que la próxima vez lo sería, por supuesto. En algunas noches de otros años  habíamos llegado a beber de esta manera bastantes más chupitos de los recomendables. Esta vez la cosa fue moderada en una terraza repleta.

Cerca de la Pequeña Venecia, y de noche, había un poco más de animación.

Cerca de la Pequeña Venecia, y de noche, había un poco más de animación, pero nada comparable al gentío habitual.

Recuperamos así una de nuestras citas gastronómicas anuales en la preciosa isla, que en los últimos años se habían reducido a la tradicional noche en la ‘psarotaverna’ (taberna especializada en pescado) Kounelas, otro de nuestros santuarios y refugios. Esa noche del feliz reencuentro veníamos precisamente de cenar allí. Kounelas es una taberna excelente, y con uno de los comedores más divertidos de las islas. Se trata de un patio de dimensiones reducidísimas en el que se amontonan muchas más mesas de las verosímiles, lo que hace necesario dejar constantemente paso a los que se sientan o se van de los lugares a tu lado y propicia unas conversaciones jugosas, puesto que todo el mundo allí parece ser muy comunicativo.

Con Manolito, hace dos años.

Con Manolito, hace dos años.

Entre 'Manolito' y Yiannis en 2013.

Entre ‘Manolito’ y Yiannis en 2013, junto al patio del Kounelas.

 

El público, de procedencias lejanísimas entre sí, siempre tiene muchas historias que contar y la cercanía y el ambiente festivo propician el intercambio de ellas. Hemos pasado grandes noches allí, al calor de la conversación, el pescado a la parrilla, la ensalada de erizos, la taramosalata y el vino blanco de la casa. En esta ocasión, las medidas anticovid obligaban a una mayor distancia, aparte de que la afluencia era menor. Pero volvió a producirse la cálida acogida de Yiannis, que siempre nos saluda y recibe con una graciosa mezcla de italiano y español. En todos estos años, el personal ha cambiado casi en su totalidad, pero Yiannis se mantiene al frente de Kounelas. Con alguno de los camareros entablamos un cierto conocimiento, pero sigue la amistad con uno de ellos, un albanés que ahora trabaja allí sólo por las mañanas, limpiando pescado, que nos permite llamarle ‘Manolito’ y que procuramos ver todos los años donde sea.

 

El atardecer desde nuestra habitación 27 en el Damianos Hotel.

El atardecer desde nuestra habitación 27 en el Damianos Hotel.

La misma vista, por la mañana, con la terraza donde se da el desayuno.

La misma vista, por la mañana, con la terraza donde se da el desayuno.

Pero, sin duda, nuestra ‘familia’ en Mikonos es la que regenta como propietarios el entrañable Damianos Hotel, en la zona alta del pueblo llamada Drosopésoula. Damianos es el nombre del marido de Eleni, que es la verdadera alma del establecimiento, labor en la que poco a poco la está relevando su hijo, el dispuesto Thanasis al que hemos visto crecer desde menudo casi adolescente hasta el robusto hombre de ahora. Uno u otro son los encargados de ir a recogernos siempre a nuestra llegada a la isla, bien en el puerto bien en el aeropuerto. Al principio con un coche más o menos precario, luego con una furgoneta roja que se iba destartalando y últimamente con una especie de minibus moderno, pero siempre con la misma afabilidad y cariño a unos clientes fieles de más de quince años.

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Diferentes vistas de nuestra 'casa' en Mikonos, el Damianos Hotel.

Diferentes vistas de nuestra ‘casa’ en Mikonos, el Damianos Hotel.

Con la misma fidelidad por su parte se vienen los abrazos y los besos, y es imposible que nos dejen pagar las consumiciones que hacemos en el hotel. A la hora de la marcha, se empeñan en que paguemos lo mismo que el año anterior, y así llevamos un montón. Tanto que cada cierto tiempo, nos subimos nosotros mismos el precio cuando respondemos a esa pregunta.

El Damianos, de noche.

El Damianos, de noche.

La piscina que nunca usamos, pero que merece la pena.

La piscina que nunca usamos, pero que merece la pena.

Recordamos a Eleni aquella primera vez, en el puerto de Mikonos, a la caza de posibles clientes desplegando una carpeta que era un álbum con fotografías de su hotel, cuando eso era una práctica habitual en el sector turístico de Mikonos y todas las islas. La gran afluencia de turistas y las reservas por internet han hecho desaparecer ese sistema por innecesario, pero lo que sí permanece es que los vehículos de los establecimientos siguen acudiendo a recoger a sus huéspedes de manera gratuita. En el hotel, las empleadas nos reciben también con abrazos y parabienes… una delicia.

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Distintas formas de descansar en la playa de Paranga.

Distintas formas de descansar en la playa de Paranga.

Con Petros, el encargado de las hamacas, en Paranga.

Con Petros, el encargado de las hamacas, en Paranga.

En nuestra playa favorita, la de Paranga, el encargado de alquilar las hamacas se llama Petros y este principio de otoño nos recibió con su sonrisa discreta de siempre, pero con una matización: “Ya me estaba preguntando si vendrían este año”.

En las aguas de Paranga.

En las aguas de Paranga.

Con las delicias de la taberna Tasos.

Con las delicias de la taberna Tasos.

Pues aquí estábamos otra vez, disfrutando de las atenciones de Petros, de las aguas más frescas y limpias, y comimos como siempre en la taberna Tasos, sobre la arena, sus irrepetibles mejillones al vino, y su sabrosa taramosalata. Y repetimos al día siguiente, con unas sardinas de esas mediterráneas y pequeñitas, para aprovechar el estupendo tiempo con el que Mikonos nos acogió este año para despedir, como siempre, nuestras vacaciones griegas. ¿Cómo no volver, una y otra vez?

Paseando por un belllísimo y vacío Mikonos.

Paseando por un belllísimo y vacío Mikonos.

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La desgracia del covid nos permitió, sin embargo, ver (y nunca mejor dicho) Mikonos como aquellas lejanas y primeras veces, sin multitudes. Calles solitarias y vendedores ociosos eran el panorama, triste por momentos pero tremendamente propicio para contemplar las bellezas innegables de uno de los pueblos más bonitos del mundo.

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La iglesia Panagia Paraportiani, extrañamente sola.

La iglesia Panagia Paraportiani, extrañamente sola.

Qué fácil fue hacerse una foto ante la Paraportiani.

Qué fácil fue hacerse una foto ante la Paraportiani.

Este año desaparecieron los pasos apretujados por las calles traseras de la singular iglesia Paraportiani, y ante ella no había que pelear un hueco para hacerse la foto; en la maravillosa y normalmente atestada Pequeña Venecia (Mikrí Venetía) era sencillo encontrar mesa para contemplar el atardecer.

Construcciones en la Pequeña Venecia.

Construcciones en la Pequeña Venecia.

Pocos placeres como un dry martini al atardecer en la Pequeña Venecia.

Pocos placeres como un dry martini al atardecer en la Pequeña Venecia.

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Alrededor del molino de Boni, que domina el pueblo, no había un enjambre de turistas, sino la extraña estampa de una familia griega sentada en su exterior. Uno de sus miembros, un hombre mayor, no pudo aguantarse y lanzó un grito indignado a una pareja de turistas que se había subido al tejado de una capilla cercana para hacer la típica foto ‘original': “Bastardos, ¿qué tenéis en la cabeza? (tí ejis sti kefali?) ¿cómo se os ocurre subiros encima de una iglesia (pano stin eklissía)?”, según lo que pude entender con mi precario griego.

Sólo una famiia griega en el molino de Boni.

Sólo una familia griega en el molino de Boni.

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Mil detalles en el Mikonos nocturno.

Mil detalles en el Mikonos nocturno.

Este año, por primera vez, decidimos volver al continente pasando por el puerto de Rafina, a unos 20 kilómetros del aeropuerto de Atenas. Nos apetecía cambiar la ruta.  Pasamos una agradable última velada de vacaciones con cena en una desierta taberna de un desértico puerto que seguramente estará atestado en un año normal.

El puerto de Rafina, la última noche de nuestras vacaciones.

El puerto de Rafina, la última noche de nuestras vacaciones.

Por una ruta o por otra, nunca dejaremos de volver a Mikonos.

Heel, la tienda favorita de Penélope en Mikonos.

Heel, la tienda favorita de Penélope en Mikonos.

Vista general de Mikonos.

Vista general de Mikonos.

Otra vista de la capital, Hora.

Otra vista de la capital, Hora.

Líneas y sombras de una construcción en Mikonos.

Líneas y sombras de una construcción en Mikonos.

Un alto en el camino a pie hacia la playa de Paranga.

Un alto en el camino a pie hacia la playa de Paranga.

Deliciosa sombra floral.

Deliciosa sombra floral.

En el puerto de Mikonos o Hora.

En el puerto de Mikonos o Hora.

Mejillones en Paranga, exquisitos.

Mejillones en Paranga, exquisitos.

Cosas pendientes en Siros

Ulyfox | 28 de enero de 2021 a las 13:12

 

Vista panorámica de Kini, uno de los centros veraniegos más populares de Siros.

Vista panorámica de Kini, uno de los centros veraniegos más populares de Siros.

 

Manda la creencia que las islas Cícladas (Kiklades, en griego) se llaman así por estar dispuestas en un círculo (kiklos) en torno al sagrado santuario de la isla de Delos, pero si nos ponemos quisquillosos veríamos que el centro más bien parece estar un poco más al oeste, precisamente en Siros, que es la capital del archipiélago.

Ermoúpol, desde el puerto.i

Ermoúpol, desde el puerto.i

Y es verdad que es el centro administrativo y se diría que incluso estratégico. Tras visitarla durante cuatro días, Siros aparece como un lugar ideal para vivir en las Cícladas, puesto que fuera de temporada cuenta con instalaciones, servicios y distracciones impensables en las otras Cícladas, en las que el invierno debe de ser duro. En cambio, si vives aquí tienes de todo y las mejores playas de Grecia a un tiro de catamarán. Me da a mí que es lo que hacen la mayoría de los residentes en Siros.

Playa de Finikas por la tarde.

Playa de Finikas por la tarde.

Tras pasar el primer día en Ermoúpoli, dedicamos las tres jornadas restantes a recorrer buena parte de la isla. No se distingue especialmente por las playas, sobre todo si se compara con las espléndidas de las vecinas Mikonos, Naxos, Paros, Koufonisia… pero se defiende bien en este terreno. Cuenta con arenales pequeños, recogidos y nada masificados, una ventaja en comparación con sus preciosas pero atestadas compañeras de archipiélago.

Recorriendo la isla de Siros.

Recorriendo la isla de Siros.

Así que con la práctica cabalgadura de un buen coche alquilado, y a través de carreteras inusualmente buenas para ser las de una isla griega, nos dedicamos a ir de playa en playa y pueblo en pueblo, aunque, aparte de Ermoúpoli, es difícil considerar como tales a las pocas agrupaciones de casas que se reparten por el interior y el litoral.

Playa de Megalos Yialós

Playa de Megalos Yialós

La playa de Varis.

La playa de Varis.

Como disponíamos de tiempo, lo tomamos con calma. El tiempo no acompañó en demasía, no apretaba el calor pasado mediados de septiembre y el viento, ese casi permanente meltemi que sopla desde el norte en las Cícladas, refrescaba el ambiente, pero no por eso fue imposible bañarse y disfrutar de las aguas del Egeo.

La iglesia de San Antonio, en la playa de Megalos Yialós.

La iglesia de San Antonio, en la playa de Megalos Yialós.

La playa y bahía de Gálissas.

La playa y bahía de Gálissas.

Ante la amplia bahía de Gálissas.

Ante la amplia bahía de Gálissas.

Nuestro primer día de gira fue una rápida visita a algunas playas renombradas del sur, como la popularísima Varis con su agua remansada en semicírculo y sus restaurantes sobre el agua, y Megalos Yialós, con la preciosa capilla de Agios Antonios en el promontorio, para recalar más tiempo, con baño incluido y cervezas en la amplia Gálissas, en una preciosa bahía.

Vista general de la azulada Ayios Yioannis.

Vista general de la azulada Ayios Yioannis.

Ayios Yioannis, entre los árboles.

Ayios Yioannis, entre los árboles.

Una mansión en Posidonias.

Una mansión en Posidonias.

En el segundo día, las aldeas tenían nombres tan bonitos como Posidonia y Fínikas. Esta última destaca entre la imagen seca de la isla por estar rodeada por una vegetación singularmente exuberante. Y por sus singulares edificios, algunos de ellos mansiones que parecen sacadas de regiones más nórdicas y europeas. Tiene pinta de que son lugares en los que la población pudiente de la capital se construía sus casas de veraneo. A la entrada de Posidonia llama la atención una iglesia completamente pintada de azul celeste: Agios Yioannis, o sea San Juan.

En la arreglada playa de Agathopes.

En la arreglada playa de Agathopes.

En una playa cercana, la también muy renombrada Agathopes, asentamos nuestros cuerpos por un buen rato. El bar playero y las instalaciones, así como el personal que iba llegando a sus aparatosas tumbonas, usaba apariencias de lo que se viene llamando comúnmente ‘pijerío’, pero eso no sé cómo se dice en griego.

La estrecha playa de Finikas.

La estrecha playa de Finikas.

La playa de Finikas es estrecha, y tiene partes de guijarros, pero gasta fama de tener los mejores sitios para comer pescado y otras especialidades. En uno de ellos, afamado Calmo Mare, hicimos nuestro almuerzo tardío, sin que tengamos un especial recuerdo del mismo.

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Playa de Kini.

Playa de Kini.

Antes del almuerzo en Kini.

Antes del almuerzo en Kini.

Y el último día completo decidimos pasarlo en la playa de Kini, otro centro vacacional popular. Pero hay que tener en cuenta que esto no significa aquí lo mismo que en otras islas: nada de bloques de apartamentos o grandes hoteles. Apenas unas tabernas y bares alineados a lo largo de la pequeña playa y algunos estudios salpicados por las cercanías. Ese día el viento soplaba con más fuerza, pero no nos fastidió la jornada. Comimos muy bien, y muy bien atendidos, en un sitio con nombre español, pero comida griega: Asado. El dueño nos dijo que había escogido el nombre simplemente porque le parecía sonoro y claro, y por lo que significaba, por supuesto. Unos calamaritos fritos y una ensalada jugosa fueron más que suficientes, y reconfortantes.

Restaurantes en Ermoúpoli.

Restaurantes en Ermoúpoli.

Todos los días regresábamos temprano en la tarde a Ermoúpoli, con tiempo para un café en la habitación o en alguna terraza y para un paseo por el agradable centro de la capital. Las cenas fueron también recordables. Una de ellas en un precioso local con terraza en la calle: Seariani, donde degustamos unos especiales boquerones en vinagre y unos spaghetti con atún deliciosos. Un comensal en la mesa de al lado se empeñó en darle la noche al encargado con una serie de extrañas exigencias y reclamaciones que hicieron que el resto de los clientes nos pusiéramos de inmediato del lado del sufrido encargado.

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Dos vistas nocturnas de la catedral ortodoxa de San Nicolás, Ayios Nikolaos.

Dos vistas nocturnas de la catedral ortodoxa de San Nicolás, Ayios Nikolaos.

A nuestro lado, dos iraquíes residentes en Londres nos miraban cómplices e igual de asombrados. Uno de ellos hablaba muy buen español porque lo había estudiado (sí, eso que parece imposible a los millones de jóvenes españoles que han estudiado inglés), y juntos comentamos la increíble jugada, amén de otras cosas. Eran cristianos del norte del país, y ganaron mi curiosidad y admiración cuando contaron que la lengua vernácula de su región era ¡el arameo! pero que desgraciadamente ya sólo lo hablaban con normalidad los viejos. ¡Arameo, la lengua en la que se escribió la Biblia, el idioma en el que hablaba Cristo a sus apóstoles! Una verdadera reliquia milenaria que yo creía desaparecida, pero no, aunque moribunda por lo visto.

Edificios neoclásicos en Ermoúpoli.

Edificios neoclásicos en Ermoúpoli.

 

La estancia en Siros se convirtió, pues, en una sorpresa de las agradables. Y además nos dejamos cosas pendientes. Nos hablaron de un pequeño núcleo, Agios Mijalis o San Miguel, con el mejor queso y con uno de los restaurantes más famosos, el Plakostroto, con una cocina de pueblo y situado en las alturas con una vista privilegiada. Luego conocimos de la existencia de un asentamiento prehistórico de la cultura cicládica llamado Kastri, que también quedó para una próxima visita. O ya veremos…

Adiós,  de momento, a Siros.

Adiós, de momento, a Siros.

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¿Siros es de verdad una Cíclada?

Ulyfox | 19 de enero de 2021 a las 18:59

 

La catedral ortodoxa de San Nicolás y el barrio de Vaporia en Ermoúpoli, desde las plataformas de baño.

La catedral ortodoxa de San Nicolás y el barrio de Vaporia en Ermoúpoli, desde las plataformas de baño.

 

Nadie lo diría. A nosotros por lo menos nos habría pasado que, si nos sueltan de pronto en Ermoúpoli, la señorial capital de Siros, con los ojos vendados y sin saber cómo se llega, nunca habríamos dicho que es una isla que está en el centro de las Cícladas. Sus sonidos y sus olores habrían delatado inmediatamente su carácter griego, pero por la apariencia tal vez la habríamos situado en otras latitudes, más hacia el Jónico e incluso en el continente. En esa hermosa, bien pavimentada y bien organizada ciudad no se ven fachadas cúbicas y encaladas, ni abundan las cúpulas azules, ni sus suelos tienen las uniones entre las irregulares baldosas pintadas de blanco, ni sus puertas y ventanas lucen colores netos azules y rojos.

Vista general de Ermoúpoli desde el mar.

Vista general de Ermoúpoli desde el mar.

A la llegada en ferry a Ermoúpoli (que vendría a significar ‘ciudad de Hermes’) se ven dos altas y empinadas colinas, repletas de casas y culminadas en iglesias, pero llama la atención la presencia de unos importantes astilleros junto a los muelles donde atracan los barcos de línea, así como la apariencia neoclásica de los edificios junto a los muelles. Por momentos, me recordó al frente marítimo de Mitilene, la capital de Lesbos, a un tiro de piedra de la costa turca.

Barcos en el paseo marítimo de Ermoúpoli.

Barcos en el paseo marítimo de Ermoúpoli.

La impresión oriental persiste al desembarcar y pasar con las maletas bajo las numerosas marquesinas de bares y tiendas. Poco después, es el asombro. Junto al puerto, unas calles rectas, con calzadas firmes y aceras bien dibujadas: en la mayoría de las ciudades griegas, el estado de las aceras delante de las casas parece depender de cada vecino, y solamente en los últimos tiempos ha pasado a ser una responsabilidad y un planteamiento municipal.

La plaza (plateía) Miaouli, centro de la vida social, con su imponente Ayuntamiento.

La plaza (plateía) Miaouli, centro de la vida social, con su imponente Ayuntamiento.

En la parte baja y llana de la ciudad, ganada al mar a finales del siglo XIX, una calle que sale del puerto desemboca en la impresionante plaza Miaouli, y uno parece haber cambiado de mundo hasta aterrizar en Europa continental. Pavimentada en mármol, la preside el llamativo y monumental ayuntamiento de estilo neoclásico, al que se accede por una solemne escalinata de piedra, y está rodeada por arcadas y edificios del mismo porte. Es el centro de la vida social de la urbe y en las noches de verano bulle de gente de todas las edades, con las familias que pasean, los niños que corretean y los jóvenes que se sientan en los escalones municipales.

Una placita con restaurantes, vacía a mediodía.

Una placita con restaurantes, vacía a mediodía.

Ermoúpolis no es normal en este archipiélago cicládico: tiene varios centros culturales importantes, un gran teatro con programación continua, un festival internacional de cine de animación, varios cines, y una llamativa vida social. Sus tiendas evidencian una clientela de alto poder adquisitivo.

Centro de la capital, con el Teatro al fondo.

Centro de la capital, con el Teatro al fondo.

Todo esto tiene una causa histórica. Como otra particularidad, hasta hace poco su población era de mayoría católica, una rareza en el predominio ortodoxo en todo el país y que venía de anteriores dominaciones italianas y francesas. De hecho a los católicos griegos se les conoce con el apelativo de ‘francos’. Pero a finales del XIX se produjo la venida de un gran número de griegos provenientes de Turquía, de donde fueron expulsados o de donde huyeron en uno de los cíclicos conflictos entre los dos países, después de siglos y siglos viviendo allí.

La plaza Miaouli, a mediodia.

La plaza Miaouli, a mediodia.

Los inmigrados eran personas de alto poder adquisitivo y muchos de ellos comerciantes o industriales. Y llegaron a Siros, además de con su religión ortodoxa, con todo su capital y sus ganas. De modo que en poco tiempo hicieron de la isla uno de los centros económicos de Grecia, el más importante desde el punto de vista comercial, marítimo y de construcción naval. Como nos explicó el dueño de nuestro alojamiento en la ciudad, Dimitri, “llegaron con mucho dinero y dijeron queremos un teatro, y lo hicieron, hagamos una aduana, y la hicieron, construyamos un astillero y lo hicieron, una gran catedral, y la hicieron, un casino para nuestra élite…”

La catedral de San Nicolás (Agios Nikolaos).

La catedral de San Nicolás (Agios Nikolaos).

Y en verdad todo es impresionante y desusado en la zona: las grandes y altas mansiones neoclásicas, el resistente pavimento de las calles, la decoración de las fachadas, la esbelta y colorida catedral de San Nicolás (Agios Nikolaos) que rivaliza y supera en apariencia a la Metrópolis de Atenas, el barrio de Vaporia sobre el mar, la elegancia de los escaparates, la variedad de tiendas. Siros sigue siendo la capital administrativa de las Cícladas y a ella acuden para todo tipo de gestiones gentes del archipiélago entero.

Junto a la catedral, de camino al barrio de Vaporia.

Junto a la catedral, de camino al barrio de Vaporia.

Dejamos nuestras maletas en el 5 Hermoupolis Concept Sites (el largo nombre de nuestro hotel). Antes, Tonia, la dispuesta y risueña mujer de Dimitri que subió ella sola el equipaje las tres plantas de escaleras hasta nuestra habitación, desmintiendo su apariencia delgada, nos dio una serie de informaciones sobre la isla y su capital. Y, como era mediodía y hacía calor nos dirigimos a la zona de Vaporia, donde hay una pequeña zona de baño.

Vista del frente marítimo neoclásico de Ermoúpoli.

Vista del frente marítimo neoclásico de Ermoúpoli.

Bajando a la playa de Vaporia.

Bajando a la playa de Vaporia.

Al final, no nos animamos a bañarnos, la zona parecía estar tomada por una peculiar fauna de bañistas, solitarios y estrambóticos, pero disfrutamos de la vista más famosa de Siros, la colorida de las casas neoclásicas sobre el mar culminadas por la vistosa imagen de la catedral de San Nicolás, escenario de un conocido vídeo de la cantante Eleftheria Arvanitaki.

Desde el mar de Vaporia, con el barrio al fondo.

Desde el mar de Vaporia, con el barrio al fondo.

Plataformas para el baño en Vaporia

Plataformas para el baño en Vaporia

Deambulamos un rato por la ciudad despoblada por el calor del mediodía, los comercios y el mismo mercado parecían ir cerrando a nuestro paso; el momento pedía una cerveza fresca. La ribera del muelle está llena de bares y restaurantes como ocurre siempre en Grecia. El rubio elemento nos animó a pensar en comer, puesto que ya era hora.

Terraza de 'Stoa ton Athanaton', atendidos por la 'joven' camarera.

Terraza de ‘Stoa ton Athanaton’, atendidos por la ‘joven’ camarera.

Al paso habíamos visto un sitio peculiar en una esquina cercana al puerto. Unas pocas mesas en una terraza y un pequeñísimo local pintado en azul y blanco, atendido por dos mujeres bastante mayores. Respondía al extraño nombre de ‘Stoa ton Athanaton’, que yo quise traducir como ‘Galería de los Inmortales’, quizá porque la parte superior de su mínima fachada estaba decorada con fotografías de cantantes griegos ciertamente inmortales como Stelios Kazantzidis, Dimitris Mitropanos y otros.

Una de las mujeres nos atendió y nos recitó la lista de platos disponibles, inusualmente larga para las expectativas que despertaba el local. Nos recomendó especialmente la kakaviá (una sopa de pescado suculenta), y nos apetecía mucho, pero no nos parecía la hora apropiada, aunque nos hicimos el propósito de volver una de las cuatro noches que teníamos planeadas en la isla. Al final, no volvimos. Pero no porque nos decepcionara el lugar, ni mucho menos. Pedimos un plato de atherina, unos pescaditos fritos tipo chanquetes, y una buena ración de habichuelas con verdura, riquísima y caserísima.

Vista de Ermoúpoli desde las alturas de Ano Siros.

Vista de Ermoúpoli desde las alturas de Ano Siros.

Exterior y torre de la catedral católica.

Exterior y torre de la catedral católica.

Interior de la catedral católic.

Interior de la catedral católica.

Y ese primer día también quisimos visitar el barrio todavía católico de Ano Siros (algo así como ‘Siros de arriba’), el primer núcleo de la capital, encaramado en una empinada colina y en realidad una población distinta a unos dos kilómetros. Ese sí, ese enclave parecía una isla griega, con callejuelas estrechas, intrincadas y laberínticas, cuestas casi imposibles y fachadas floreadas. Visitamos en primer lugar la catedral católica, que corona la colina y ofrece una vista espléndida de la ciudad y de las islas cercanas: Mikonos, Tinos, Naxos, Paros….

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Por las callejuelas de Ano Siros.

Por las callejuelas de Ano Siros.

Luego echamos a andar, casi a rodar, cuesta abajo, hasta tropezarnos ya anocheciendo con la calle principal, extrañamente llana y que, en tiempos normales debe estar más animada. Al pararnos y vernos dudar, una mujer sentada en una silla ante su casa nos indicó: “Ekí tragoudisa o Vamvakaris” o algo así, que yo inmediatamente me traduje como “Ahí cantaba Vamvakaris”. Se refería a Markos Vamvakaris, hijo ilustre de esta ciudad y otro más de los inmortales músicos griegos, que tiene también un museo en esa calle, y un recodo urbano pomposamente llamado ‘plaza’ dedicado a él.

Terraza de un restaurante en Ano Siros.

Terraza de un restaurante en Ano Siros.

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Las mujeres que nos dieron indicaciones.

Las mujeres que nos dieron indicaciones.

Tras un par de vueltas de inspección, volvimos a preguntarle a la misma mujer por donde se volvía a Ermoúpolis, y nos indicó una calle escalonada que empezaba allí mismo y que no acabó hasta más de media hora de descenso después. La calle típicamente griega, tras cruzar un puente y acercarnos al núcleo bajo, volvió a cambiar de aspecto y a mostrarnos altas y señoriales fachadas con puertas de piedra, amplias ventanas y balcones de rejas forjadas.

Llegando a lo más bajo...

Llegando a lo más bajo…

El sonido de un coro extraordinariamente afinado atrajo nuestra atención y nuestros pasos hacia el lugar de donde provenía: la catedral ortodoxa. La música salía de una puerta entornada, lo cual nos incitó aún más a entrar en un saloncito desierto que, unos pasos después, nos hizo aparecer en la galería superior del templo. Abajo se desarrollaba una función religiosa con la pompa y la solemnidad de los ritos ortodoxos, en el que unos sacerdotes lujosa y brillantemente ataviados de dorados entonaban sus cánticos ante los fieles. Fue un momento mágico, acentuado por la sensación de ser unos intrusos tolerados en una ceremonia ajena.

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En el exterior y el interior de la iglesia ortodoxa.

En el exterior y el interior de la iglesia ortodoxa.

Ya en la parte baja de Ermoúpoli volvimos a asombrarnos de la vida comercial de esta población que, con unos 15.000 habitantes, es la más grande de las Cícladas. Ahora sí, ahora los restaurantes, bien puestos y decorados, tenían sus terrazas llenas, iluminadas y animadas, cubiertas de flores y con aspecto invitador. Pero, frugales como nos hemos vuelto con la edad y como habíamos almorzado bien, nos contentamos con una cerveza y los abundantes aperitivos con que te obsequian por estas latitudes paradisíacas. Y hasta el siguiente día, que iríamos a recorrer la isla…

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Escaparates nocturnos en  Ermoúpoli.

Escaparates nocturnos en Ermoúpoli.

Una última curiosidad de Ermoupoli: está hermanada con El Puerto de Santa María, quién lo iba a sospechar. Siempre según Wikipedia.

Escala necesaria en una Paros íntima

Ulyfox | 15 de enero de 2021 a las 21:24

La calle principal de Parikia, solitaria como nunca. Y hermosa

La calle principal de Parikia, solitaria como nunca. Y hermosa

No sé si lo sabéis, pero Paros es una de nuestras islas favoritas, dentro del inmenso amor que profesamos a las islas griegas. Eso, y lo largo del trayecto entre Santorini y nuestro siguiente destino programado en Siros, nos aconsejó hacer una escala en este lugar, del que ya he hablado muchas veces, he visitado otras muchas más y he aconsejado a numerosos amigos. Así que uno de los buques de la magnífica compañía Blue Star Ferries nos llevó hasta los muelles de la blanca Parikia, por nuestro simple gusto de pasar una noche en la capital.

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Y nos encontramos una Parikia desconocida por lo solitaria que estaba en ese atardecer de mediados de septiembre. Nos recordó a nuestra primera vez, hace ¡26 años! Entonces, Paros era una isla casi desconocida para el turismo mundial, excepción hecha de los franceses, que siempre han tenido una predilección inusual por este lugar rico en mármol, y al llegar a mediodía encontramos un pueblo blanquísimo y desértico que por eso nos defraudó. Sólo horas más tarde comprendimos que todos estaban en la playa, al ver cómo la tarde llenaba las calles.

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La intimidad que ofrecía Parikia no la habíamos conocido antes…

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En esta ocasión, ni siquiera la caída del sol animó el ambiente. Callejones solitarios y rincones vacíos, tiendas sin clientes y restaurantes con sitio de sobra. No nos produjo ningún desaliento porque hacía tiempo que no veíamos tan detallada y tranquilamente la belleza de Parikia, que es como una Mikonos en pequeñito, mucho más auténtica y a la vez más elegante. En los últimos años, el turismo masivo había empezado a tocar Paros, lo que equivale a estropearlo, y esta vuelta forzada a lo natural por las restricciones de la pandemia nos complació por volver a recordar viejos y lejanos tiempos. La minúscula ciudad aparecía íntima y casi exclusiva para nosotros.

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La soledad hacía posibles fotos antes difíciles de realizar.

La soledad hacía posibles fotos antes difíciles de realizar.

No nos dio tiempo más que para un paseo todo lo tranquilo que os podéis imaginar y una cena en una trattoria que nos llamó la atención nada más pasar por delante, frente al mar: Bacco Paros. Donatella y Guido, triestina ella y friuliano él, una simpática y habladora pareja de italianos que conocía muy bien Cádiz y Andalucía, estaba al cargo del negocio y pasamos una estupenda velada entre conversaciones y pasta, rematada por el mejor final: una copita de grappa Nonino, la mejor del mundo probablemente.

Una cosa: con Paros nunca habrá para nosotros un final, porque volveremos siempre y mientras podamos.

Solos esperando el barco para Siros.

Solos esperando el barco para Siros, en una terminal normalmente atestada.

A los pies del acantilado volcánico

Ulyfox | 9 de enero de 2021 a las 20:16

El puertecito de Ammoudi, en su pequeña bahía. Sobre él, las casas de Oia.

El puertecito de Ammoudi, en su pequeña bahía. Sobre él, las casas de Oia.

La lubina era hermosa, llamativa, gruesa de lomos y por tanto imposible que su procedencia fuera de piscifactoría. Su apariencia era tan atractiva que, pese a mis ganas de variar de pescado, tuve que pedirla. Estábamos en la taberna Sunset (extraño nombre en inglés, qué le vamos a hacer, con lo bien que suena en griego ‘Iliovasílema’), pegaditos al mar en un día ventoso pero luminoso, en el puertecito de Ammoudi, con el pueblo de Oía (recordemos que se pronuncia Ía) situado justo encima, a 120 metros y colgado del acantilado volcánico del extremo norte de Santorini.

Una orilla plagada de tabernas.

Una orilla plagada de tabernas.

Era el segundo y último día de los programados para la estancia en la bellísima isla del Egeo, la más meridional de las Cícladas. En realidad, el almuerzo en Sunset era la principal actividad que habíamos previsto para ese día. Recordábamos otra jornada pasada allí mismo, en nuestra última visita, con otro pescado memorable, esta vez frito y que nos recomendó el encargado del restaurante.

El desayuno en el Thera Suites.

El desayuno en el Thera Suites.

Desayunamos opípara y tranquilamente en el hotel, con el desayuno servido en la terraza del apartamento, abierta a una mañana brillante y cegadora. El plan no incluía, aparte del almuerzo, mucho más que volver a repasar Oia con parsimonia.

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Gente en las terrazas, disparando sus cámaras.

Otro paseo tranquilo por Oia.

Otro paseo tranquilo por Oía.

Esa mañana el pueblo registraba un poco más de actividad. Por encima de terrazas, en callejones, en todas las esquinas había grupo de jóvenes fotografiándose ante el escenario más hermoso posible, ellos adoptando poses heroicas y ellas con actitudes seductoras. Material inigualable para instagrammers.

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Había gente, pero nada comparable con los tiempos anteriores a la pandemia de coronavirus. Se dejaba notar sobre todo la ausencia de unos visitantes habituales como los chinos, y sobre todo de chinas, que suelen traerse vestidos coloridos, y muchas de ellas su traje de novia, para hacerse la foto irrepetible sobre las terrazas blancas y con el fondo azul del mar y de las cúpulas.

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Nos dio tiempo a tomar un café en un barecito asomado al acantilado, y a presenciar un amago de pelea grave entre un cliente azuzado por su compañera y un camarero. Un cliente seguramente nacido para mediador puso paz, frágil pero efectiva, entre los dos.

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Esta capilla tiene un atractivo irresistible.

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Una vivienda neoclásica en Oía.

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La segunda parada fue en un local minúsculo con balconcito sobre la calle, ideal para ver pasar a la gente. Allí fue una cerveza la que acompañó el descanso, mientras oíamos la conversación de unos italianos que contaban al dependiente, de la misma nacionalidad, cosas de su tierra natal y comparaban precios y calidades, y unas islas con otras. Como nos gusta criticar, dedujimos que eran un grupo de pijos repelentes.

Vista de Ammoudi, desde Oía.

Vista de Ammoudi, desde Oía.

Después, por fin bajamos a Ammoudi, desde las cercanías de las ruinas del antiguo castillo veneciano, descendiendo unos 300 escalones por un camino empedrado de cantos rodados que serpentea en algunos casos con pronunciada pendiente, y en el que hay que sortear (aunque en esta ocasión no tanto) una buena ración de excrementos de mulos. Hay que mirar mucho al suelo, pues, pero si no se va con prisa, la bajada da para numerosas paradas y, por supuesto, abundantes fotos.

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Visiones bajando hacia Ammoudi.

Visiones bajando hacia Ammoudi.

Abajo, en la pequeña bahía, tampoco falta el color, sobre todo en las tabernas y en algunas casetas usadas por los pescadores. Arriba, las casas de Oia parecen a punto de caerse sobre nosotros y enfrente aparece tentadora la costa del también habitado islote de Therasia, al que se puede arribar en barco en poco más de diez minutos y que alguna vez visitaremos para quedarnos al menos una noche. Pero tampoco fue esta vez.

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Otro almuerzo inolvidable sobre el mar.

Otro almuerzo inolvidable sobre el mar.

Acomodados en primera línea, en una mesa situada prácticamente sobre el agua, disfrutamos todo el tiempo que pudimos de la comida, que acompañamos con uno de los deliciosos vinos de Santorini, en esta ocasión de la variedad Assyrtiko.

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Después, como unos señores, pedimos un taxi que nos devolviera a las alturas, y aprovechamos para disfrutar de nuevo de las vistas y del sol declinante. No eran chinos, pero vimos también a los inevitables novios que usaban el decorado natural para perpetuar tan feliz momento.

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La novia sobre un fondo irrepetible.

En momentos como esos, se tiene necesidad de pocas cosas más, así que decidimos culminar el día simplemente en la terraza del hotel, con unas cervezas y unos aperitivos que habíamos comprado en un supermercado por el camino, mientras decíamos con el iliovasílema (puesta de sol) un ‘hasta luego’ a una de las islas más bonitas del mundo.

Extraña Santorini

Ulyfox | 27 de diciembre de 2020 a las 19:35

Santorini en toda su belleza.

Santorini en toda su belleza. El islote del fondo es el volcán activo.

Santorini es la belleza.

Santorini es la belleza.

Los restos del ciclón ‘Jano’, que la tarde anterior había descargado sobre Heraklion, soplaban sobre el barc0, agitando las olas cuando salíamos del puerto de la antigua Candia rumbo a Santorini. El Egeo estaba movidito pero el Superferry, un catamarán enorme, aguantaba bien los embates camino de la isla también llamada Thira, que fue destruida hace más de 3.000 años por la catastrófica erupción de su volcán, explosión que según parece también pudo ser la causante de la desaparición de la civilización minoica en la lejana isla de Creta. A su encuentro íbamos, impulsado también por la certidumbre de que sería una de las últimas ocasiones de ver tan hermoso lugar sin las aglomeraciones insoportables de los últimos años, y con la extraña sensación de viajar en un barco casi vacío.

A bordo del Superferry, extrañamente vacío en esas fechas.

A bordo del Superferry, extrañamente vacío en esas fechas.

Poco antes de la llegada, el viento amainó bastante y, de cualquier forma, dada la forma semicircular de la isla y las altas paredes de lo que fue el cráter y ahora es un abrupto acantilado, en el interior de esta bahía las aguas siempre se calman. En medio de la bahía, el volcán todavía activo. Su última erupción ocurrió en 1956, y destruyó parte del pueblo de Imerovigli.

Llegada a Fira, que se ve en lo alto del acantilado de la Caldera de Santorini.

Llegada a Fira, que se ve en lo alto del acantilado de la Caldera de Santorini.

A punto de desembarcar en el puerto de Athinio.

A punto de desembarcar en el puerto de Athinio.

Arribamos al puerto de Athinio, el único preparado para grandes barcos, a media mañana y allí nos recogió nuestro transporte hacia el hotel Thirea Suites, en el extremo septentrional de Santorini, en Oia (pronúnciese Ía), la población más bonita de la isla. Ascendimos las curvas desde el muelle y, al cabo de media hora y de recorrer casi toda la isla, la furgoneta paró a la entrada del pueblo. El sistema funciona así: el transporte deja a los viajeros ahí, y en ese lugar los empleados de los hoteles esperan y conducen a sus clientes hasta las puertas del establecimiento, llevando además sus maletas.

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Las capillas blancas nos recibieron en las alturas de Oía.

Las capillas blancas nos recibieron en las alturas de Oía.

Se agradece porque la mayoría de los hoteles en Oia están colgados del acantilado, y eso supone que la entrada y salida de ellos se hacen por unas empinadas y muchas veces estrechas escaleras. Los diferentes establecimientos están prácticamente unos encima de otros, lo que garantiza unas vistas espléndidas sobre la caldera, como se llama a la parte de la isla que mira hacia el volcán. El trabajo de los maleteros es duro, así que lo apropiado es darles una buena propina.

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Empleados de los hoteles, esperando a sus clientes en la parte alta.

Empleados de los hoteles, esperando a sus clientes en la parte alta.

A nosotros nos tocó Aslan, un albanés fornido que manejaba las valijas de 20 kilos como si fueran portafolios. Le comentamos: hace bastante viento. “Aquí arriba sí, pero abajo no se nota”, dijo convencido. Y era verdad, el fresco que se sentía en el borde superior de la caldera se convertía en calor un poco más abajo, protegido como estaba del aire del norte por la pared volcánica.

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Hoteles colgados sobre la Caldera.

Hoteles colgados sobre la Caldera.

Habíamos elegido el Thirea Suites porque esta vez, aprovechando también la bajada de precios, queríamos conocer la forma más popular de alojarse en Santorini: el lujo. En nuestras numerosas visitas anteriores, nos habíamos quedado siempre en el mismo lugar: los apartamentos Vallas, mucho más modestos pero espléndidamente situados en un barrio algo alejado de Fira, en la apacible Firostefani, casi colgados sobre la Caldera. Atendidos por los hermanos Andonis y Vasilis, siempre había sido nuestra parada, y en su pequeño bar se toman unos desayunos con vistas incomparables. A Oia siempre habíamos ido de visita, pero ahora queríamos vivir dos días allí, y no nos movimos del pueblo.

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Dos imágenes de Oía.

Dos imágenes de Oía.

Oia es la postal de Santorini. Cuando uno piensa en esta parte de Grecia, imagina siempre sus cúpulas azules, sus campanarios blancos y sus fachadas multicolores que se derraman sobre el mar, sus cuevas habitadas y sus atardeceres admirados en todo el mundo. Todo esto es verdad, pero la estancia en el Thirea Suites nos demostró algo que ya sabíamos: que la mejor vista no está en esta incomparable y pequeña población que ha crecido enormemente al amparo del turismo, sino en Fira, la capital situada a unos kilómetros, y que por su posición central domina todo el singular panorama.

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El hotel, sin ser ni mucho menos el más lujoso de Santorini, es un derroche. En sus instalaciones sobra espacio, sobra confort, y rebosa la vista frontal sobre el mar, justo a la entrada de cada apartamento. Una bañera jacuzzi en la terraza exterior completa la sensación de placeres innecesarios. En realidad, basta con estar echado en las tumbonas mirando el horizonte.

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Lo primero que hicimos, una vez que dejamos nuestro equipaje y a la espera de que las habitaciones estuviesen listas, fue planear un paseo por el pueblo y buscar un lugar donde desayunar. El paseo se hizo lento por la imperiosidad de parar a cada momento a disfrutar del espectáculo y sacar fotos. El día no estaba muy brillante, pero, desde lo alto, la imagen de cúpulas y terrazas sobre un fondo marino azul plateado que reflejaba los rayos de sol entre las nubes componían una visión de gran belleza.

Teníamos que hacer por fuerza muchas paradas para disparar las cámaras.

Teníamos que hacer por fuerza muchas paradas para disparar las cámaras.

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Desde luego, no estaba lleno, pero la cantidad de turistas por la estrecha calle principal era mucho mayor que la que habíamos visto este año en las otras islas. Santorini sigue siendo escenario para instagrammers, influencers y todos esos nombres ingleses que se han inventado para denominar al exhibicionista fotográfico. Aunque estaba prescrito aquí, nadie llevaba mascarilla excepto nosotros y, por supuesto, los camareros y dependientes de los comercios y hoteles.

Desayuno-almuerzo en el 128.

Desayuno-almuerzo en el 128.

Así que se nos pasó la hora del desayuno y terminamos haciéndolo a esa hora intermedia para la que los sajones, expertos en flexibilidad lingüística, han llamado brunch, híbrido entre breakafast y lunch. Y fuimos a caer en un lugar, el café 218, en el que dimos cuenta, sobre el mar y frente al infinito, de un potente desayuno, inglés por supuesto.

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Como todo era tan perfecto, prolongamos el mini almuerzo y luego el paseo hasta el extremo de Oia, donde confluyen todos los ávidos de atardeceres programados del mundo. La belleza permanece intacta y aún más evidente por la ausencia de multitudes, aunque eso no quiere decir que hubiera poca gente. Era sólo que se podía andar por las calles y hacer fotos con algo más de tranquilidad.

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El hotel Thireas Suites, casi no hace falta salir...

El hotel Thireas Suites, casi no hace falta salir…

Volvimos al hotel para aprovechar las horas de la tarde en nuestro hotel de lujo: miradas al atardecer, pequeño baño por compromiso y capricho en el jacuzzi, lectura frente al mar, aseo y afeites en un cuarto de baño inmenso y salida para ver el atardecer, fotografiar su luz y sus reflejos y cenar temprano.

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Salida para la cena al atardecer.

Salida para la cena al atardecer.

Lo que parecía una tarde tranquila y sin masas se convirtió de pronto en un río de gente en sentido contrario a nuestra marcha: la gente acababa de contemplar el atardecer en el extremo de Oia, sobre las ruinas casi irreconocibles del antiguo castillo veneciano, y volvía probablemente a sus coches y autocares de excursión. Por un momento, Santorini se pareció al de los años previos al coronavirus.

 

Las calles se llenaron de gente para ver atardecer...

Las calles se llenaron de gente para ver atardecer…

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Y luego, la mini multitud llenó la calle mientras nosotros buscábamos un lugar adecuado para cenar. A lo justo encontramos un sitio y recalamos en Thalami, un restaurante  de aire moderno, con especialidades sabrosas y un servicio amable y dispuesto. Disfrutamos con la fava (especialidad de la isla, una especie de humus pero con judías), los rollitos de pasta filo rellenos de marisco y los filetes de sardina a la parrilla.

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Ya de noche, regresamos al hotel.

Ya de noche, regresamos al hotel.

El primer día fue perfecto, en una extraña Santorini sin masificar.

Creta con y sin coronavirus

Ulyfox | 14 de diciembre de 2020 a las 20:52

La calle Kondilaki de La Canea, a mediados de septiembre.

La calle Kondilaki de La Canea, a mediados de septiembre.

He hablado tantas veces de Creta que no sabía si volver a escribir una entrada sobre esta isla que es la esencia de Grecia en tantas cosas. Pero una circunstancia tan especial como la vivida en estos meses por culpa del coronavirus hace que merezca la pena describir una estancia parecida a otras, pero a la vez tan distinta.

En Creta comenzamos esta vez con nuestra habitual y gozosa cena anual con los amigos de Sitía, que ya os contamos. Allí casi no había medidas de seguridad. Como en buena parte de la Grecia que visitamos este año, no era obligatoria la mascarilla si no era para entrar en los comercios. En lo único que se notó fue en que tuvimos que levantarnos de la amistosa mesa a las doce de la noche, después de “sólo” tres horas y media de raki… La noche de viernes bullía en toda su multitud en el paseo junto al mar de Sitía, y nada hacía pensar que estábamos viviendo una crisis sanitaria mundial. En esa provincia del oeste de Creta el virus prácticamente no estaba teniendo ninguna incidencia.

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Baño en las transparentes aguas de Xerócampos.

Baño en las transparentes aguas de Xerócampos.

Al día siguiente emprendimos la sinuosa carretera que lleva a la costa oriental y a uno de nuestros rincones favoritos: las playas de Xerócampos, de maravillosas arenas casi blancas y transparentes aguas distribuidas en varias calitas en forma de media luna. La paz total encontramos en las que otras veces hemos hallado llenas, aunque no es un sitio que se masifique precisamente. El almuerzo en una casi solitaria taberna Akrogiali (La Orilla) ayudó a la sensación. El camarero se alegró tanto de tener clientes como de que habláramos español, que había empezado a estudiar en el pasado curso, y durante toda la comida intentaba palabras en nuestro idioma.

Un relajado día en las playas de Xerócampos, la mejor terapia.

Un relajado día en las playas de Xerócampos, la mejor terapia.

Habíamos elegido para pasar la noche una atractiva opción, los apartamentos Lithos Houses. Al volver de la playa comprobamos que la elección había sido más que acertada. Se trata en realidad de unas preciosas villas en dos plantas, con materiales naturales, amplias terrazas, y dotadas de todos los servicios, que nos parecieron ideales para pasar unos días. La dueña, Eleni, se reveló como una emotiva mujer que nos agradecía al borde de las lágrimas que hubiéramos elegido su establecimiento, al tiempo que nos explicaba lo que ella quería conseguir con él. “Quiero que la gente sepa como es la vida tradicional en esta parte de Creta -nos decía-, y veo que gente como ustedes son la que da sentido a esta idea mía”. Todo un homenaje. Lamentaba mucho el poco ingreso que había tenido este verano y no creía poder superar una repetición de la tragedia, pero aun así, entre sus pérdidas no figuraba la de la generosidad.

La cena que nos regaló Eleni en Lithos House.

La cena que nos regaló Eleni en Lithos House.

El rústico paisaje desde nuestra terraza.

El rústico paisaje desde nuestra terraza.

Eleni llamó a la puerta poco antes del anochecer para regalarnos una botellita de vino clarete de su propia cosecha. Debió parecerle poco porque al rato volvió a llamar con un plato de yemistá (verduras rellenas) y dolmades (exquisitas hojas de parra también rellenas). Se disculpó por anticipado: “No me han salido tan bien como siempre, pero es que hoy regresaba mi marido de toda la semana en Sitía y se me ocurrió de repente hacerlas para la cena”. Estaban buenísimas y soñamos con cómo serían cuando las cocina con más tiempo. Otro plato de frutas completó una cena insospechada y riquísima en la que no faltó el raki que, naturalmente, estaba a libre disposición en la nevera.

Agreste Kato Zakros.

Agreste Kato Zakros.

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Kato Zakros está entre los lugares imprescindibles de Creta.

Kato Zakros está entre los lugares imprescindibles de Creta.

Cuando viajamos a Creta, ya lo hacemos como el que va a su lugar de siempre, y con la sola intención de volver a los rincones conocidos y a abrazar a los amigos, aunque sigue habiendo, por fortuna, margen para sorpresas como las de Eleni y su Lithos Houses. Así que por eso la jornada siguiente nos encaminamos a Kato Zakros, muy cerca, espléndida en su pequeña bahía, con su peculiar playa que según el humor del tiempo un año tiene arena y otro sólo grandes piedras, su hilera de tabernas junto al mar y los restos de su milenario palacio de la época minoico, en cuyas piletas se bañan las tortugas.

Calma total en Kato Zakros.

Calma total en Kato Zakros.

El saludable y sabroso almuerzo en la taberna Nostos de Kristóforo.

El saludable y sabroso almuerzo en la taberna Nostos de Kristóforo.

En la calma de Kato Zakros.

En la calma de Kato Zakros.

Allí nuestra cita anual es con Kristóforos, el cantarín dueño de la magnífica taberna Nostos, y su hijo Kostas, que esta vez regalaron nuestro paladar con un guiso de cordero, una ensalada cretense y unos calabacines fritos que nos dejaron entregados de nuevo y por siempre. Kato Zakros estaba sufriendo en los últimos años un asedio turístico desbordante para su pequeño tamaño, pero en esta ocasión fue, mucho más de lo normal, el remanso que aun viviéndolo con intensidad crees imposible que exista.

Stella Traditional Apartments, un seguro de paz en Creta.

Stella Traditional Apartments, un seguro de paz en Creta.

Nuestro alojamiento en ese rincón privilegiado de Creta y  del mundo son siempre los apartamentos de Stella. Amueblados de manera rústica y con elementos fabricados en su mayoría por Ilías, el marido pensador, explorador, culturista y polifuncional, son un refugio de paz en medio de un gran jardín con apabullantes vistas al fértil valle, a la salida de la Garganta de los Muertos y la bahía de Kato Zakros. Ellos dos, que también regentan el alojamiento Terra Minoika, son con su hijo Stratis los únicos habitantes durante todo el año del enclave. Charlar con Stella mientras te pone un café, corta verduras y atiende a los clientes, siempre es un placer.

El puerto veneciano de Heraklion, con la fortaleza Koules al fondo.

El puerto veneciano de Heraklion, con la fortaleza Koules al fondo.

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La fortaleza, en primer plano.

Pasar al menos un día en Heraklion, la capital de la isla, es otro de los agradables deberes de nuestras visitas. Normalmente hay que hacerlo para entrar o salir, ya sea en barco o en avión, pero, aunque no gasta fama de bella, sería una insensatez no disfrutar de la amplia oferta cultural de la ciudad, de sus maravillosos restaurantes o simplemente de la animada vida que exhibe.

Una vendedora de piruletas y mazorcas, en las calles de Heraklion.

Una vendedora de piruletas y mazorcas, en las calles de Heraklion.

Naturalmente, acudimos a nuestra cita gastronómica con el mezedepolio (bar de entremeses) Ladókolla, y con la ouzeri (lugar para tapear con ouzo) Hipókampos, uno de los primeros locales que conocimos en Creta. Aunque, aquí sí, era obligatorio el uso de mascarilla, la despreocupación parecía la tónica dominante.

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Especialidades riquísimas en Ladókolla, de Heraklion.

Especialidades riquísimas en Ladókolla, de Heraklion.

Además, Heraklion tiene dos lugares que hay que revisitar continuamente: uno es el Museo Arqueológico, recientemente renovado y que es uno de los mejores de un país en el que en cuestión de arqueología es difícil ser el mejor. Su colección de muestras de la cultura minoica, esculturas, sarcófagos, joyas, armas, juegos de mesa y ¡los frescos! es única en el mundo. Piezas como el fresco de la Tauromaquia, el vaso de los segadores, el sarcófago de Agia Triada, el enigmático disco de Festos y la finura especial del pendiente que muestra dos abejas con una gota de miel, entre otros cientos, nos enseñan la altura de aquella civilización antigua, probablemente la primera de ese nivel del mundo occidental.

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Joyas minoicas en el Museo.

El pendiente de las abejas.

El pendiente de las abejas y la gota de miel.

Ante el disco de Festos.

Ante el disco de Festos.

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Fragmentos de los frescos de Cnosos, expuestos en el Museo de Heraklion.

Fragmentos de los frescos de Cnosos, expuestos en el Museo de Heraklion.

El otro lugar único está a apenas cuatro kilómetros: el palacio de Cnosos, el reputado como hogar del rey Minos. Aunque reconstruido en buena parte con demasiada imaginación por el arqueólogo Richard Evans, lo que le da un aire demasiado falso, es un sitio perfecto para hacerse una idea de lo que fueron esas grandiosas construcciones con las que los minoicos asombraron al mundo. Su tamaño y la cantidad de estancias intrincadas le han valido que muchos sitúen también allí el Laberinto en el que Minos encerró a un monstruo terrible mitad hombre y mitad toro: el Minotauro.

 

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El palacio de Cnosos.

El palacio de Cnosos.

Nikos Kazantzakis, el gran escritor cretense, escribió sobre este enclave en su autobiográfica Carta a El Greco': “El misterio de Creta es profundo. El que pone el pie en esta isla siente una fuerza misteriosa, cálida, llena de bondad, que se expande en sus venas y hace crecer su alma. Pero este misterio se ha hecho aún más rico y más profundo a partir del día en que se descubrió, hasta entonces oculta en la tierra, esta civilización tan abigarrada, tan distinta, tan llena de nobleza y de alegría juvenil”. Y un amigo francés, que le acompañaba, respondió cuando le preguntó en qué pensaba: “En Creta y en mi alma… Si volviera a nacer, querría ver la luz aquí, en esta tierra. Hay aqui un encanto invencible.”

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Visitamos, entonces, con tiempo y sin demasiadas aglomeraciones esos dos centros de la cultura mundial, aunque lamentablemente Cnosos tenía algunas de sus estancias más hermosas cerradas por culpa de las restricciones del covid 19. Se veían grupos de turistas, pero logramos con facilidad hacer una cosa imposible durante años: sacar fotografías de rincones sin gente.

La Mezquita Nerantzés o de los Jenízaros, desde la ventana del Hotel Helena.

La Mezquita Nerantzés o de los Jenízaros, desde la ventana del Hotel Helena.

Vista del puerto, con algunos turistas

Vista del puerto, con algunos turistas

La Canea, casi sin turistas.

La Canea, casi sin turistas.

Tiempo para la conversación ante la catedral (Mitropoleos) de La Canea.

Tiempo para la conversación ante la catedral (Mitropoleos) de La Canea.

Insólita vista de la calle Theotokopoulos de La Canea.

Insólita vista de la calle Theotokopoulos de La Canea.

Casi solos.

Casi solos.

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En el puerto veneciano de La Canea.

En el puerto veneciano de La Canea.

Y, por supuesto, por supuesto, por supuesto, pasamos varios días en La Canea, nos alojamos como casi siempre en el sencillo Hotel Helena, con la panorámica habitación de siempre y sus vistas al puerto veneciano, y la hospitalidad singular de Andonis el dueño, y de su hijo Yorgos, que tuvieron el impagable detalle de invitarnos a cenar en Kantouni, una de sus tabernas de confianza, fuera del recinto amurallado.

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Dos vistas del rincón donde se sitúa el café Meltemi, de Yiannis.

Dos vistas del rincón donde se sitúa el café Meltemi, de Yiannis.

En esa misma ciudad, la más bella de Creta, fuimos también otra vez a cenar al restaurante Glositses, que tiene las mejores tzouzoukakia que hemos comido, pero esta vez no pudimos saludar a Christos, el encargado que no apareció por allí. Y por supuesto, desayunamos cada mañana conversando con Yiannis, el de la voz susurrante, en su familiar café Meltemi, al final del puerto, en la bien llamada esquina de los Ángeles, porque así se denomina la calle, Angelou.

La playa de Molos, cerca de Kisamos.

La playa de Molos, cerca de Kisamos.

Fuimos a la fabulosa playa de Falasarna, pero ese día tocó viento y nubes, y desandamos el camino para descubrir y  quedarnos en el pequeño arenal de Molos, en las cercanías de Kisamos y no muy lejos de su viejo puerto. Curiosamente, allí el día era perfecto. Y todo esto lo hicimos sin las aglomeraciones propias de otras temporadas, viviendo el único lado bueno que ha tenido esta pandemia de coronavirus, tema central de todas las conversaciones que allí tuvimos.

Así que pensamos en cómo sería esa meca del turismo masivo en que se ha convertido la impar Santorini, en este año sin aglomeraciones. Y resolvimos hacerle una visita, pero eso lo contaremos en la siguiente entrada.

Una visita (en) pendiente

Ulyfox | 30 de noviembre de 2020 a las 20:15

El monasterio Katholikon, incrustado en una pared de la garganta.

El monasterio Katholikon, con la iglesia incrustada en una pared de la garganta.

Habíamos querido hacerla varias veces. De hecho, una de ellas incluso iniciamos el camino, pero la hora y el calor que caía nos convencieron de volvernos antes de la mitad del trayecto. Era la visita al monasterio Katholikon, escondido en las profundidades de una pequeña garganta al norte de la península de Akrotiri, cerca de la bellísima ciudad de La Canea. No hace falta entenderla para admirar la peculiar costumbre de los griegos ortodoxos de colocar muchos de sus santuarios en los lugares más difíciles e inaccesibles.

 

Los monasterios Gouvernoto y Agia Triada, casi unas fortalezas en la península de Akrotiri.

El monasterio de Agia Triada, casi una fortaleza en la península de Akrotiri.

Esta vez, por fin todo se alineó para que pudiéramos llevar a cabo la visita. Akrotiri, una meseta de forma redondeada, es un paraje sembrado de iglesias peor o mejor conservadas y monasterios fortificados, algunos de los cuales son de belleza excepcional, como los de Agia Triada (Santa Trinidad) y Kyrias ton Angelon, es decir Nuestra Señora de los Ángeles, aunque es más conocido como Gouvernetos. Para empezar la caminata a Katholikon hay que pasar por delante de Agia Triada y llegar a Gouvernetos, y dejar el coche antes de la cerca de este último. Si se quiere visitar este singular edificio de fachada con columnas labradas hay que asegurarse antes de los horarios, que son muy restringidos.

Monasterio Gouverneto, tras unos fuertes muros.

Monasterio Gouverneto, tras unos fuertes muros.

Nosotros pudimos verlo en su día, pero esta vez estaba cerrado, y pasamos por delante de su muro, casi como un castillo. El tiempo, afortunadamente, acompañaba para la caminata, puesto que el sol no era muy fuerte y además soplaba de vez en cuando un viento refrescante. El camino está bien pavimentado al principio y es siempre cuesta abajo. Se pone más incómodo llegando a la iglesia de San Antonio y la anexa cueva de Panagia Arkoudiotissa, ambos edificios casi abandonados y en ruinas aunque mantienen trazos de uso esporádico para cultos, como velas y altares improvisados.

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El inicio del camino, con el mar al fondo.

El inicio del camino, con el mar al fondo.

Ruinas de iglesias y pequeños monasterios en el camino.

Ruinas de iglesias y pequeños monasterios en el camino.

El panorama es casi desértico y pedregoso cuando empieza el pronunciado descenso por las paredes de la garganta Avlaki. Nada más comenzar a bajar se divisan algunas ruinas y cuevas que fueron habitadas por eremitas. La pendiente casi vertical hace pensar que sus moradores buscaban evitar en todo lo posible las visitas y procurarse una vida ciertamente retirada. Por fin, tras mucho descender por un sendero lleno de curvas cerradas se divisa el Katholikon. En primer lugar, el impresionante puente que se construyó para salvar la garganta y crear delante del monasterio una gran plaza o patio. El interior de los dos grandes pilares servía además de almacenes.

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Cuevas que fueron residencias de eremitas, colgadas sobre la garganta.

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Cuevas que son capillas.

Cuevas que son capillas.

El monasterio Katholikon, cuyos restos son aún impresionantes, conserva las celdas de los monjes y una iglesia excavada en la roca con un hermoso campanario. Fue erigido en el lugar en el que se encontraba la cueva donde murió San Juan el Eremita en el siglo XI, y a partir de entonces se convirtió en el centro ascético más importante de Creta y refugio de ermitaños, tanto el monasterio, con alojamiento para peregrinos, como las numerosas cuevas de las proximidades.

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Primera visión del monasterio Katholikon.

Primera visión del monasterio Katholikon.

 

Fue en el siglo XVII cuando se terminó el gran complejo cuyos restos son visibles hoy, así como el puente, y todavía admira a la vista y al ánimo cómo se pudo llevar a cabo toda la obra y cómo el centro religioso tenía tantos visitantes, si tenemos en cuenta las dificultades de su acceso. Este esplendor acabó cuando en el siglo XVIII las costas de Creta se convirtieron en objetivo de los piratas, y los monjes se vieron forzados a abandonar el monasterio y retirarse un poco más al interior, entre los muros del monasterio Gouvernetos.

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Distintas vistas de los restos del Katholikon.

Distintas vistas de los restos del Katholikon.

Si se continúa descendiendo y hacia el mar, la garganta acaba en una grieta rocosa por donde entra el mar, con los restos abovedados del que fuera puerto del monasterio. Pero eso no llegamos a verlo ni a bañarnos en sus aguas que dicen turquesas, puesto que ahí nos quedamos junto al monasterio, recorriendo el paraje con el corazón satisfecho y preparado para la ardua subida de vuelta que nos esperaba. Aunque creíamos que íbamos a estar solos, eso no fue así en ningún momento.

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Detalles del interior de la iglesia del monasterio Katholikon.

Detalles del interior de la iglesia del monasterio Katholikon, en la cueva donde murió San Juan el Eremita.

Es verdad que había muy poca gente, apenas tres parejas de andarines, y entre ellas, una armada con un dron que hicieron volar allí mismo para tomar imágenes, rompiendo con su zumbido la paz del sitio. No quisimos ni imaginar el gentío que acudiría en pasados veranos de prepandemia a este lugar, que en otro tiempo más lejano fuera centro de retiro y espiritualidad.

Sobre el puente del monasterio y ante la garganta.

Sobre el puente del monasterio y ante la garganta.

La subida fue efectivamente dura pero, tomándonos los suficientes descansos, llegamos a la cima enteros y en poco más de media hora, y con todo nuestro ser dispuesto a dirigirnos a la tranquila y familiar playa de Marathi, escenario de aguas azules en la bahía de Suda, con las cumbres de las Montañas Blancas al fondo, con un espigón de barcos pesqueros y con uno de los mejores restaurantes de Creta, el Patrelantonis, que nunca dejamos de visitar cuando estamos en La Canea. ¿Qué mejor lugar para reponerse del esfuerzo y poner en orden los recuerdos de una mañana que ya será siempre inolvidable?

Penélope, a la puerta del monasterio Gouverneto, cerrado.

Penélope, a la puerta del monasterio Gouverneto, cerrado.

 

De Préveza a Creta volando por media Grecia

Ulyfox | 24 de noviembre de 2020 a las 20:23

Ante el islote de Mochlos, frente al pueblecito del mismo nombre.

Ante el islote de Mochlos, frente al pueblecito del mismo nombre, ya en Creta.

“Es muy probable que sean ustedes los únicos pasajeros en el vuelo a Sitía”, nos dijo la taxista que nos dejó en el aeropuerto de Préveza. Era el comienzo de una singular peripecia con final feliz, que ya conté hace poco y brevemente en otra entrada. Pero merece la pena relatarlo con más detalle.

Llegamos con mucho tiempo, y en el aeropuerto estábamos efectivamente casi solos. Lo achacamos a que era demasiado temprano y que alguien más se sumaría. No fue así. Abrieron el mostrador de facturación de Sky Express más tarde de lo previsto, y sólo nos acercamos nosotros dos. Y ahí ya nos advirtieron que el vuelo saldría con un retraso de casi una hora. En estos casos, nuestra preocupación no suele ser mucha. Estamos de vacaciones y en los viajes puede ocurrir de todo…

Nuestra única inquietud era que esa misma noche habíamos quedado para cenar en Sitía, al este de Creta, con un grupo de amigos. Bueno, pensamos, aún nos da tiempo de parar en el hotel, ducharnos y poco más. Al poco tiempo, un aviso en la pantalla nos anunció que el vuelo se retrasaba de nuevo, y ya dijimos: pues nos vamos a cenar sin ducharnos.

Por fin, la azafata nos vino a buscar diciendo que podíamos pasar a la zona de embarque y que lo haríamos en media hora. Muuuucho tiempo después, cuando ya habíamos retrasado también la hora de cenar con los amigos y solos ya en una sala desolada ante la puerta de embarque, la misma azafata y otra compañera nos vinieron a buscar con cara de circunstancias. “Su vuelo se ha cancelado -nos dijeron-, hoy no saldrán hacia Sitía”.

En el hotel Holiday Inn de Atenas, la noche extra que tuvimos que pasar allí por cuenta de Sky Express.

En el hotel Holiday Inn de Atenas, la noche extra que tuvimos que pasar allí por cuenta de Sky Express.

Se nos mudó la cara. El impacto no lo mitigó de momento ninguna de las tres alternativas que nos ofreció la empleada: “Podemos devolverles el dinero, o bien darles billete para otro vuelo en otro día, o bien podemos hacer que embarquen ahora en un vuelo hacia Alexandroúpolis, y a continuación tomar otro hacia Atenas, dormir en un hotel en Atenas y mañana temprano volar hacia Heraklion (capital de Creta); después tomarían un taxi hasta Sitía, todo por cuenta de la compañia, claro”…

El plan no estaba mal, pero tenía tres graves inconvenientes: primero, la cena con los amigos, principal motivo para recalar en Sitía, se perdería, y no sabíamos si podrían reunirse con nosotros al día siguiente; segundo, habíamos reservado un coche en esa ciudad para la mañana siguiente; y tercero, teníamos contratada esa noche en un hotel, y sin cancelación gratuita. Le pedimos unos minutos a las azafatas para decidir entre las tres opciones que nos daba, y en ese intervalo nos pusimos en contacto con nuestros amigos, que no tuvieron inconveniente en cambiar el día, con la agencia de alquiler, que tampoco puso ninguna objeción en que el coche lo recogiéramos en el aeropuerto de Heraklion, y con el hotel Itanos, que aceptó sin problemas ni coste adicional cambiar la noche en Sitía.

Así que después de cinco minutos, dimos el consentimiento para la opción número tres y al poco tiempo volábamos completamente solos en un avión con dos pasajeros (nosotros), cuatro azafatas y dos pilotos. Hicimos escala en Alexandroúpolis, el otro confín de Grecia junto a la frontera con Turquía, donde se subieron varios pasajeros más, y continuamos hacia Atenas. A los pies de la misma escalerilla nos esperaba otra azafata que nos acompañó a un bar del aeropuerto a que nos aprovisionáramos de la cena. Casi se peleó con nosotros para que pidiéramos más.

Una furgoneta de lujo nos llevó al Hotel Holiday Inn, muy cerca del aeropuerto, donde pasamos la noche, y por la mañana nos devolvió de nuevo al aeródromo que lleva el nombre de Elefterios Venizelos, por fin embarcamos para Creta, nuestra amada isla, con un retraso real de medio día, pero habiendo dado una verdadera vuelta aérea por Grecia. En el aeropuerto Nikos Kazantzakis de Heraklion recogimos el coche y nos dirigimos hacia nuestro destino momentáneo: el auténtico y casi virginal este de Creta.

Vista general del pueblecito de Mochlos.

Vista general del pueblecito de Mochlos.

Por el camino pudimos comprobar los estragos que el covid-19 ha hecho en la industria turística: la inmensa mayoría de los establecimientos hosteleros de la carretera estaban cerrados. Pero el trayecto en la ruta por el norte de la alargada isla hasta Sitía encierra una parada siempre apetecible: el minúsculo puerto de Mochlos.

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Allí bajamos para hacer un alto, rememorar otros veranos y tomar una cerveza junto al mar, servidos por Giorgos, el dueño de la excelente taberna Ta Kokilia, al que nos permitimos recordar aquella otra tarde de hace años, cuando comentamos durante un buen rato la estancia de 15 días de Manolo García en el pueblo. El cantante había pasado allí 15 días un invierno, grabando parte de su álbum Salgamos a la lluvia en el estudio del cretense Stelios Petrakis. Y todas las noches, después de las sesiones de grabación, los músicos bajaban a la taberna a cenar, charlar, beber rakí y, por supuesto, seguir tocando. “Grandes noches”, nos dijo entonces.

Vista parcial de Mochlos.

Vista parcial de Mochlos.

El poblado minoico del islote de Mochlos.

Los restos del poblado minoico en el islote de Mochlos.

Esta vez, Giorgos, que sigue regentando la taberna junto al mar milenario y frente al yacimiento minoico del islote cercano, se alegró de que le recordáramos aquellos momentos, nos lo agradeció y sonrió cuando le mostramos una foto en la que aparecíamos juntos. “Eso debe ser de hace ocho años al menos, yo tenía el pelo negro, no me había dejado la barba. La tengo desde que murió mi hijo, y de eso hace siete años…”

Penélope disfrutando de la exquisita 'ajinosalata'.

Penélope disfrutando de la exquisita ‘ajinosalata’ en Ta Kokilia.

Ante el espléndido paisaje del salvaje Este de Creta.

Ante el espléndido paisaje del salvaje Este de Creta.

Era temprano, no pensábamos comer nada, pero recordábamos de otras veces la exquisita ensalada de erizos (ajinosalata) que sirve Ta Kokilia y que se ha convertido en muy difícil de encontrar en las cartas griegas. Preguntamos a Giorgos si la tenía y nos contestó: “¡Bebeos!, es decir, “por supuesto”. Penélope, gran fan del plato, no pudo resistirse a hacer de Mochlos, por un instante, un paraíso aún más agradable.

Con el cuerpo y el alma reconfortados continuamos nuestro viaje hacia Sitía. Allí celebramos cada año, por el mes de septiembre, una cena con nuestros amigos en la ciudad, casi todos profesores. Antes de caer la noche empieza un encuentro grandioso, y siempre en Inodion, un lugar fantástico con una comida natural, tradicional y exquisita elaborada por Gogo, la mujer de Dimitri, el dueño. Y todo regado con un raki destilado por él mismo de sus mismas uvas. Trasegamos grandes cantidades de este aguardiente milagroso que nunca cae mal. Y siempre, Mijalis, uno de esos amigos, nos obsequia con una buena cantidad de ese aguardiente, también hecho por él mismo. Este año vino con una ilusión muy especial porque por primera vez había envejecido su raki en un barril de vino, y nos regaló una hermosa botella. La desventura hizo que a los pocos días la botella volcara en el maletero del coche y se rompiera. Por la mañana cuando lo abrimos, un montoncito de cristales y un penetrante olor a bodega que no se fue en varios días delató el desgraciado percance. Eso sí que fue una auténtica tragedia griega. Lo sentimos, y mucho, por el licor y el por el bueno de Mijalis. Habrá otras oportunidades, espero…

La 'parea' o reunión de amigos en el Inodion. Brindando con raki, de izda a dcha, Mijalis, Ulyfox, Penélope, Gina, María, Sofía, Kyriakos y Andonis.

La ‘parea’ o reunión de amigos en el Inodion. Brindando con raki, de izda a dcha, Mijalis, Ulyfox, Penélope, Gina, María, Sofía, Kyriakos y Andonis.

En esta ocasión había también cosas nuevas que comentar. Buena parte de ese grupo de amigos está poniendo en marcha un proyecto de casa-museo de Vizentzos Kornaros, el escritor renacentista cretense, uno de los más importantes de la época en Grecia, contemporáneo de Cervantes y de Shakespeare y autor de Erotókritos, un poema épico sobre amores imposibles que aún hoy se sigue cantando, y del que no hay cantante cretense que no se precie de haber grabado una versión.

El ejemplar del 'Erotókritos', firmado y dedicado en griego por su traductor al español, José Antonio Moreno Jurado.

El ejemplar del ‘Erotókritos’, firmado y dedicado en griego por su traductor al español, José Antonio Moreno Jurado.

Pues bien, dentro de ese proyecto figura la intención de contar con las traducciones del poema al mayor número de lenguas posibles. Sofía, una de mis amigas, se enteró de que existía una versión en español, a cargo del poeta y profesor sevillano José Antonio Moreno Jurado, pero el libro está descatalogado. Me pidió ayuda, y me fue relativamente fácil dar con el profesor, pedirle su colaboración y ponerlos en contacto. José Antonio Moreno resultó una persona tremendamente amable y colaboradora. El resultado de esa gestión: mis amigos cretenses ya tienen en su poder la traducción al español de su poema nacional, firmada y dedicada por su traductor, y figurará en el futuro museo, y hemos quedado emplazados todos para el día de su inauguración. Ojalá.

Hasta ahora, nunca nos habían permitido pagar en esas largas veladas de comida, raki y charla, a pesar de nuestra insistencia (Dimitris me dijo un día: “Si acepto que pagues tú, Kyriakos me mata….”), pero esta vez Penélope se adelantó y subrepticiamente y, supongo que con la decisión que solo puede mostrar ella, convenció al dueño de Inodion, que poco después vino a contarlo a la mesa. Andonis se levantó y gritó indignadamente divertido: “¡No puede ser, Penélope ha dado un coup d’état! Os puedo asegurar que cuesta muy poco ser feliz con estos amigos.