Estambul vende de todo

Ulyfox | 9 de diciembre de 2014 a las 13:55

Joyería resplandeciente en el Gran Bazar de Estambul.

Joyería resplandeciente en el Gran Bazar de Estambul.

Dicen los árabes que entre todos los oficios, el de comerciante es el más noble. Bueno, vale, los turcos no son árabes aunque sí musulmanes. Muchísimos de ellos incluso defienden que son europeos. Y naturalmente tienen razón porque una parte importante de su territorio, empezando por su capital histórica, Estambul, está en el viejo continente. El caso es que en Turquía existe una concepción árabe del comercio, entiendo yo. Muchísimas calles del Estambul antiguo respetan esa idea de la vía pública con casas cuyos bajos están dedicados a tiendas. La idea llega a su máximo nivel en los barrios que rodean los bazares. En ese caso toda la vecindad se convierte en un mercado oriental. Y huelga decir que eso llena de vida las horas diurnas, de la misma manera que hace más oscuras las nocturnas, cuando todo cierra al caer el sol.

Puestos variados en el Bazar Egipcio, o Bazar de las Especias.

Puestos variados en el Bazar Egipcio, o Bazar de las Especias.

Alrededores del Bazar Egipcio.

Alrededores del Bazar Egipcio.

En Estambul hay varios bazares con ese nombre, y muchos más que lo son aunque no se les conozca con esa denominación. Entre todos, los más conocidos, los preferidos por los turistas por su variedad, riqueza, y sobre todo su ubicación céntrica, son el Gran Bazar (predecesor indiscutible de las superficies comerciales) y el Bazar Egipcio, también llamado Bazar de las Especias. El primero es, ya lo sabéis, una gran extensión de tiendas bajo techado, con avenidas, calles y callejones, agrupados por gremios, joyeros, peleteros, textiles, metales preciosos… donde no faltan las tiendas de alimentación ni los cafés y restaurantes, patios donde culminar transacciones, sorpresas de todo tipo, sucedáneos de mezquitas con muecín llamando a la oración por la megafonía, mercado donde el comprador disfruta del regateo y se hace la ilusión de que engaña al vendedor. Es un lugar de techos abovedados y pintados a mano, con continuo trasiego y en el que la baratija halla su lugar de honor junto a la pieza única, la alfombra excelsa y el chándal más falso. El Bazar Egipcio es mucho más recogido y, si se quiere, más acogedor. Allí hallan su templo las miles de especias, condimentos, cafés, y frutos secos venidos de todo el mundo. En el Gran Bazar es facilísimo, y casi obligado, perderse. En este en cambio, la orientación es sencilla, tiene una forma de ‘L’ reconocible y está rodeado también de numerosas calles comerciales. Ubicado junto al bullicioso puente Gálata, al comienzo del Cuerno de Oro y casi delimitado por dos bellas mezquitas, la de Rustem Pasá y la Mezquita Nueva, tiene un gran poder de atracción, aparte de ser mucho más manejable que el monstruo comercial que es su hermano mayor.

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Largas calles comerciales.

Largas calles comerciales.

Pero casi más que estos grandes palacios de la compra total, nos gustan las calles que los rodean, donde el mercadeo más sencillo vive, con destartaladas y rebosantes tiendas de artículos repetidos, piezas de cocina de todo tipo, miniaturas al por mayor, miles de cubos de plástico, pantalones vaqueros de imitación por millones, herramientas que dimos por desaparecidas hace décadas, útiles inútiles, montones de calcetines, kilómetros de cintas… y siempre decenas de hombres y mujeres arriba y abajo empujando carros, cargando cajas, sacando y metiendo cosas de sus bolsillos, preguntas y respuestas, conversaciones con números, instrumentos musicales sacados del Pórtico de la Gloria.

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Una de las avenidas del Gran Bazar.

Una de las avenidas del Gran Bazar.

Un quiosco antiquísimo, antes cafetín, ahora joyería.

Un quiosco antiquísimo, antes cafetín, ahora joyería.

El muecín llamando a la oración dentro del Bazar.

El muecín llamando a la oración dentro del Bazar.

Andábamos ya por el cuarto día de estancia en Estambul y nuestras piernas estaban habituadas a las caminatas. No queríamos tomar ni siquiera transportes públicos. La vieja Constantinopla se disfruta, se vive y se sufre andando, subiendo y bajando sus colinas y rozándose con las multitudes. Ese día almorzamos en un restaurante cerca del Bazar Egipcio, un crujiente y sólo ligeramente picante lahmaçum (una especie de pizza turca) acompañado de unas deliciosas albóndigas de cordero y pistacho. Lamento no recordar el nombre del local, merecedor de un regreso gastronómico y, por supuesto de un largo y digestivo paseo hasta las cercanías tumultuosas de Eminonu, con su incesante tráfico de transbordadores y la aglomeración de clientes ante los barcos que preparan bocadillos de caballa… Pero eso será otro día, si siguen ustedes ahí…

Todo el barrio es un inmenso bazar.

Todo el barrio es un inmenso bazar.

Adornos para niñas, fundas de móviles...

Adornos para niñas, fundas de móviles…

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Ambiente ante el Bazar Egipcio, y la Mezquita Nueva, que domina el barrio.

Ambiente ante el Bazar Egipcio, y abajo la Mezquita Nueva, que domina el barrio.

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La foto que no pude hacer

Ulyfox | 1 de diciembre de 2014 a las 2:06

Me acerqué sigilosamente y con todo el respeto que era capaz de demostrar a aquella puerta acristalada sobre la que figuraba un pequeño rótulo con la palabra ‘imán’ y creo que un nombre a continuación. Ante ella, dos o tres hombres miraban muy interesados lo que estaba ocurriendo en el interior. Un clérigo musulmán de hábito marrón y turbante blanco estaba sentado a contraluz. La barba gris clara y el asiento señorial le daban un aire imponente pero plácido. Junto a él, en una butaca más baja, un hombre mayor con traje gris le sostenía la mano mientras le hablaba y con la otra le daba leves palmadas en el dorso. Ambos tenían esa mínima sonrisa de los que conversan en confianza sobre temas en los que están de acuerdo. No estaban ni mucho menos solos. Cuatro o cinco muchachos se sentaban en semicírculo en la alfombra frente a los dos protagonistas. Imaginé una conversación sobre temas religiosos o de doctrina, o una petición de consejo al maestro, tal vez simplemente la comunicación o el permiso para una boda.

Yo estaba allí en la puerta, con la cámara en la mano, pero a nadie le importaba mi presencia de infiel en la mezquita de Fatih de Estambul. Creo que ni siquiera repararon en mí. Veía el encuadre y la iluminación de claroscuro, y el cuadro casi como esa famosa escena de El Padrino en el que todos rendían pleitesía a don Corleone. Pero no podía disparar. En un momento determinado, el imán habló y todos escucharon con asentimientos, tras lo cual, acto seguido, dirigió una pequeña oración que siguieron con la cabeza inclinada.

Me fui, sin la foto. Estuve tentado, pero cómo romper ese momento. Habría sido una falta de respeto. Y quién sabe si me habría ganado una bronca en turco. De todas formas, habría salido mal.

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Luminosas mezquitas mejor que oscuras iglesias

Ulyfox | 27 de noviembre de 2014 a las 14:31

Grupos se fotografían en el patio de la mezquita de Fatih.

Grupos se fotografían en el patio de la mezquita de Fatih.

Una calle del barrio de Fatih.

Una calle del barrio de Fatih.

Son luminosas porque están despojadas. Exentas de recargados adornos, por supuesto, pero también libres de señales de sufrimiento. Entras en las innumerables mezquitas de Estambul y quedas siempre deslumbrado. Por fuera se parecen todas mucho, con sus cúpulas y sus minaretes, me podríais decir, e incluso por dentro. Si, pero es fascinante jugar al juego de las diferencias, por otro lado fácilmente apreciables al ojo y el alma mínimamente sensibles. También las iglesias se asemejan: con su planta de cruz, sus fachadas y sus campanarios. Hay una diferencia fundamental, no obstante, entre templos cristianos y musulmanes. Ya lo he dicho: la ausencia en estos últimos de rasgos de sufrimiento. En las iglesias te asaltan por todos lados imágenes de martirizados, crucificados, mutilados, penitentes, llagas, asaeteados, flagelados, calaveras… Nada de eso encuentras en las mezquitas turcas. Al contrario: luz, espacios amplios, alfombras para los pies obligatoriamente descalzos, paso franco a todo visitante. No se cobra la entrada en estos templos ni se impide la entrada a nadie fuera de las horas de oración, y eso que en algunas los turistas molestamos con nuestra numerosa presencia el aire místico que sin embargo se ve en las menos frecuentadas. La gente se sienta en los rincones a pensar, la oración particular es en silencio, las moquetas amortiguan los sonidos, los pies desnudos en contacto con el suelo parecen darte una comunión con el edificio. Nada ni nadie parece amenazarte con el infierno. Admiro rendidamente un claustro o una bóveda románicos pero detesto las tembladeras que parecían querer provocar ciertas representaciones del infierno o del juicio final.

El patio de las abluciones de Fatih.

Arriba y abajo, el patio de las abluciones de Fatih.

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Ya he crecido lo bastante como para no despeñarme por ninguna creencia pero mantengo la sana duda de lo trascendente, y estas mezquitas me gustan. Me gusta el inmenso patio ante ella donde la gente se lava antes de entrar a la oración, me gustan las altas cúpulas de las más grandes, los bellísimos azulejos de alguna más modesta como Rustem Pasá, me divirtió el aspecto versallesco de la decoración y las lámparas de araña de la de Ortakoy sobre el Bósforo, me impresiona la grandiosidad de Suleymaniye allá arriba dominando toda la ciudad, me emociona con qué empeño Sultanahmet rivaliza con la iglesia maestra de todas, Santa Sofía. El espacio en una mezquita invita a la reflexión antes que al arrepentimiento. Al menos es lo que me pareció en Turquía, porque en la mayoría de países musulmanes los infieles no podemos entrar.

 

Aires barrocos y versallescos junto al Bósforo en la mezquita de Ortakoy.

Aires barrocos y versallescos junto al Bósforo en la mezquita de Ortakoy.

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Rezos en Fatih

Rezos en Fatih

La casi totalidad de nuestro segundo día en Estambul lo dedicamos, de una manera impensada, en entrar en mezquitas. Una vez que bajamos del cielo de los mosaicos en San Salvador y Fethiye anduvimos a la búsqueda de la de Fatih, cruzando el barrio del mismo nombre, llamados así en honor al conquistador (fatih en turco) de la ciudad. Es un barrio fascinante, habitado por la gente más religiosa e incluso integrista de la ciudad, repleto de mujeres tapadas y hombres vistiendo a la usanza tradicional, como todos hirviendo de comercios y de vida callejera, con un aire más marcadamente musulmán que el resto de la capital turca, tan occidental en otros lugares. La mezquita es el centro del barrio, y brilla como casi ninguna porque muchos de los materiales son relativamente nuevos por la restauración que vivió no hace mucho. Tiene un patio de altos arcos apuntados impresionante y ofrece una visita calmada porque está fuera de los circuitos turísticos normales. Empezamos en ella a enamorarnos de las mezquitas, por una escena que no pude fotografiar por respeto, la foto que no pude hacer de la que hablaré en otro momento.

El azulado interior de la modesta Rustem Pasá.

El azulado interior de la modesta Rustem Pasá.

Alejándonos de Fatih, ambiente callejero.

Alejándonos de Fatih, ambiente callejero.

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Luego seguimos bajando entre puestos ambulantes, restaurantes tradicionales, acueductos romanos y tranquilas terrazas de té, hasta desembocar sin darnos cuenta en los bulliciosos alrededores del Bazar de las Especias. El azar nos llevó junto a la mezquita de Rustem Pasá, elevada sobre la calle, y la curiosidad nos impulsó dentro. Pequeña en comparación con otras, tiene unas paredes decoradas con deliciosos azulejos de motivos florales. Es una joya de tranquilidad dentro de la marabunta de voces, correteos y agitación que rodea en muchísimas calles el Bazar.

Un rincón de Rustem Pasá.

Un rincón de Rustem Pasá.

El lavatorio, antes del rezo en Suleymaniye.

El lavatorio, antes del rezo en Suleimaniye.

Suleimaniye, allá arriba.

Suleimaniye, allá arriba.

El Bósforo, tras las cúpulas de Suleimaniye.

El Bósforo, tras las cúpulas de Suleimaniye.

Aunque esta actividad nos atraía, decidimos coger un último impulso para subir las tortuosas cuestas que llevan hasta Suleimaniye, la gran maravilla hecha mezquita, la más grande, la más impresionante, un complejo enorme de templo, albergues, posadas y escuelas coránicas sobre una de las colinas de Estambul. Subíamos dejando a los lados, una tras otra, gigantescas tiendas de mayoristas que apilaban en sus aceras cantidades de artículos de plástico, metal o madera, que a esa hora del día ya estaban empezando a recoger el género. Porque ese comercio en la ciudad tiene horario continuado, pero vive con el sol, y cuando éste se ha puesto las calles se apagan también. Para cuando acabamos la visita a la mezquita y emprendíamos el camino de vuelta y de descenso, ya no quedaba luz ni gente. Asombroso el paso del gentío a la soledad en cuestión de minutos. Sólo en los barrios de hoteles y restaurantes la vida se aprestaba para unas cuantas horas aún de vida.

La monumental entrada al patio de Suleimaiye.

La monumental entrada al patio de Suleimaiye.

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Estambul cristiana y mora

Ulyfox | 23 de noviembre de 2014 a las 20:13

Sólo una pequeña parte de la maravilla que en San Salvador en Chora.

Sólo una pequeña parte de la maravilla que es San Salvador en Chora.

El precioso barrio junto a San Salvador.

El precioso barrio junto a San Salvador.

Ya, ya, ya sé que antes fue también romana y antes griega y antes… pero lo que se ve ahora en la capital turca son sobre todo ecos de las culturas musulmana y cristiana, aunque fuera un cristianismo tan propio como el bizantino y ortodoxo y el arte otomano tenga tantas diferencias con otras manifestaciones del Islam. Lo que se encontraron los turcos cuando se colaron por las bravas en Constantinopla fue una ciudad apabullante, llena de tesoros y monumentos que tenían su origen en el Imperio Romano, con muchos de ellos conservando aún el esplendor de aquellos tiempos clásicos, y que habían pasado luego por la revolución del pensamiento que supuso la doctrina de Cristo. Es verdad que había transcurrido mucho tiempo desde los tiempos de oro de Bizancio, pero el sultán Mehmet II debió de salivar de satisfacción ante la gran urbe cristiana que había vencido cuando la contemplaba desde la colina que luego se llamó del Serrallo.

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Casi inmediatamente después de que las tropas turcas vencieran la resistencia de la hermosa muralla de Teodosio, golpeando inmisericorde y continuamente un flanco con un gran cañón y por la increíble negligencia de los cristianos que se dejaron una puerta semiabierta (por favor, leed si podéis La conquista de Constantinopla, 1453 de Steven Runciman, yo lo hice gracias, una vez más, a Ricardo), el sultán apodado Fatih (el Conquistador) convirtió Santa Sofía en mezquita, y lo mismo pasó con muchas hermosas iglesias bizantinas. Algunas fueron respetadas, otras sufrieron destrozos… y algunas otras fueron reconvertidas con el paso de los siglos en museo para nuestro disfrute. El caso es que tenemos la suerte de poder contemplar obras de arte tan emocionantes como la propia Santa Sofía, o los bellísimos mosaicos de San Salvador en Chora (también llamada Kariye Camii, o mezquita Kariye), los escondidos de  la mezquita Fethiye (antigua iglesia de Pammakaristós), la iglesia del Pantocrátor (actual mezquita Zeyrek)… como si aún pudiéramos asistir a una disputa, ahora incruenta, entre los espíritus griego y turco, cristiano y musulmán.

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Las cúpulas y bóvedas de San Salvador, llenas de mosaicos.

Las cúpulas y bóvedas de San Salvador, llenas de mosaicos.

La primera visita de nuestro segundo día en Estambul fue a San Salvador en Chora, allí al norte de la antigua Constantinopla, precisamente pegada a la zona de muralla por donde más fuerte pegaron las tropas de Mehmet y por donde finalmente entraron. Demasiada historia para no caer rendidos ante su peso. Los mosaicos dorados de San Salvador son de verdad impresionantes, en su forma de contar la genealogía de Cristo o la vida de la Virgen. Miles de teselas de colores del siglo XI cubriendo techos y paredes, relatándonos historias de los personajes representados y de los propios, anónimos artistas que lo hicieron. La primera vez que fuimos a Estambul nos los perdimos, pero esta vez nos hicimos el favor, y viéndolos dimos incluso por bueno el timo del listo taxista que nos llevó hasta allí. La iglesia estaba llena de turistas, pero esta vez tanta belleza hizo que pareciera que los grupos estaban realmente interesados y atraídos por lo que veían.

Un café turco y repasar los planos y guías...

Un café turco y repasar los planos y guías…

En la muralla de Teodosio, en el lugar donde comenzó la caída de Constantinopla.

En la muralla de Teodosio, en el lugar donde comenzó la caída de Constantinopla.

Después de esa inmejorable manera de empezar el día, y tras un café turco junto al templo, teníamos que acercarnos a la muralla, a revivir la funesta jornada en que la caída de Constantinopla empezó a aterrorizar al Occidente cristiano durante un siglo, a contemplar el lugar donde ocurrió tamaño estrépito. Allí estaba, a un paso. Hay pocas cosas menos temibles que un muro vencido. Ya no inspiraban temor aquellas piedras taladradas por el cañón entonces, y ahora por las amplias avenidas por las que discurre hacia el centro el inmisericorde tránsito rodado de Estambul. Pero todavía guardan, entre los hierbajos y los grupos de borrachos, la memoria de un hecho capital. Si queréis visitar un lugar histórico para nuestra cultura, este es uno de ellos.

 

Bajando de San Salvador en busca de más mosaicos.

Bajando de San Salvador en busca de más mosaicos.

 

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Descendimos luego empinadas cuestas, no recordábamos tantos desniveles, a la busca de otro tesoro bizantino, Fethiye, y luego las subimos entre grupos nutridos de personas con gorras o velos, sorteando montones de mercancía y apartándonos de los coches para buscar las casi inexistentes aceras, alternando calles de casas de madera con abigarradas vías de edificios impersonales, preguntando por la mezquita que antes fue iglesia. La encontramos cuando ya creíamos que no lo haríamos, modesta pero hermosa en su apariencia tan griega de arcos y cúpulas, allí en un rincón tranquilo entre tanto ajetreo. Pammakaristós alberga ahora rezos musulmanes, pero una nave está abierta a las visitas que quieran contemplar otro pequeño tesoro de mosaicos, joyas brillantes bajo las cuales pasar apenas media hora de contemplación, esta vez sin gente. Los secretos a voces de Estambul, demasiado trabajosos para los grupos de turistas, ideales para paseantes que quieran concederles el tiempo que se merecen. Un reposo que necesitamos.

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Vistas del interior y el exterior de la iglesia de Pammakaristós, actual mezquita de Fethiye.

Vistas del interior y el exterior de la iglesia de Pammakaristós, actual mezquita de Fethiye.

Los días fueron largos en Estambul, plenos, y este dio mucho más de sí, apenas había comenzado a esas alturas del mediodía.

Entrando por la Sublime Puerta

Ulyfox | 13 de noviembre de 2014 a las 14:25

La Mezquita de Sultanahmet, también llamada Mezquita Azul...

La Mezquita de Sultanahmet, también llamada Mezquita Azul…

... y enfrente, Santa Sofía.

… y enfrente, Santa Sofía.

La verdad es que estaba deseando escribir de Estambul. Era, fue nuestra única excursión fuera de territorios griegos en este pasado septiembre. Pese a todo, pese al gentío, pese a la invasión turística desconocida en nuestra anterior visita mucho antes de que a todo el mundo le diera por ir a todas partes, mucho antes de esta explosión viajera global de los últimos tiempos, pese a todo eso, Estambul es una ciudad asombrosa, todo un mundo felizmente inabarcable, una catarata de sensaciones, una sucesión de experiencias colectivas y a la vez íntimas, como si uno aspirara a buscar su lugar entre las multitudes y terminara descubriendo que, en esta ciudad, lo personal se desarrolla sumergiéndose en la marea humana, que en Estambul, la vieja Constantinopla, la antiquísima Bizancio, se mueve con las descomunales corrientes de la Historia.

Obelisco egipcio en el Hipódromo, ante los minaretes de Sultanahmet.

Obelisco egipcio en el Hipódromo, ante los minaretes de Sultanahmet.

Llegamos a la capital turca, la de tantos nombres, desde La Canea, en Creta, pasando por Atenas. Era una hora muy buena, a mediodía, cuando aterrizamos en el moderno aeropuerto internacional Ataturk, y poco después circulábamos por las amplias avenidas de la parte moderna, con un aspecto occidental y limpio. De pronto, poco después de las murallas, el taxista giró a la izquierda, y fue como si hubiera doblado una esquina de los siglos. Entró en el recinto histórico y lo que eran antes llanas calzadas se convirtieron en retorcidas, estrechas y empinadas callejuelas. Nos parecía imposible que el conductor supiera por dónde y a dónde iba en ese subir y bajar cuestas. Pero sí, al poco tiempo aparecimos casi en la puerta del Hotel Saphire ( http://www.hotelsapphire.com/ ) un establecimiento mejorable pero con bonitos detalles, un poco demasiado oriental en la decoración, pero con un agradable recibimiento y estupenda disposición del personal. Además, está situado en el meollo de la parte más turística, y en muchos sentidos más impresionante, de la ciudad, es decir en Sultanahmet. Allí mismo, a un paso, están el palacio de Topkapi, la Mezquita Azul, el Hipódromo, la Basílica de la Cisterna, Santa Sofía…

A las puertas de la Divina Sabiduría.

A las puertas de la Divina Sabiduría.

¡Ah, Santa Sofía!, Ayia Sophia, la iglesia de la Divina Sabiduría. Modelo de tantas cosas, asombro de muchas otras, iba a ser nuestra primera visita, pero nos demoramos haciéndola aún más interesante, paseando por la explanada de Sultanahmet, disfrutando la competencia enfrentada de siglos entre la imponente iglesia, luego templo musulmán y ahora museo, con la retadora Mezquita Azul allí al otro lado de la plaza repleta de gente. Antes había que tomar una cerveza, la riquísima Efes turca, paladeando la arrolladora atención de los camareros de ese país. Y también había que darle un margen y una satisfacción al estómago, sufriente desde la muy temprana hora en que salimos de Creta. Y de paso, darle un margen a los ingentes grupos de turistas y cruceristas que hacían unas desalentadoras colas ante los monumentos. Reparamos nuestra hambre con unas exquisitas albóndigas (köftes) en un lugar curioso y que no falla, el Sultanahamett Koftececisi, allí cerca. Prácticamente sólo se come eso, acompañado de ensalada de judías o de arroz. Ideal como tentempié barato.

Albóndigas exquisitas para coger fuerzas.

Albóndigas exquisitas para coger fuerzas.

Y ya sí, ya fue llegada la hora de aprender algo de la Divina Sabiduría, ya la cola, que aún era considerable, había disminuido. Tengo una debilidad por este templo levantado de manera casi imposible hace mil quinientos años, por su desmayante cúpula que desafía el vacío a 56 metros de altura, por sus galerías de columnas antiquísimas, por los ecos del Imperio Romano de Oriente que aún se oyen en sus espacios. Sabía lo que iba a ocurrir en cuanto traspasara su umbral, llevaba preparando el suspiro desde que aprendí de este edificio incomparable en mis libros de Historia del Arte, desde que entrené en una anterior visita hace ya tanto, y lo comprobé en cuanto entré de sus pórticos y levanté la vista. Sé que a la mayoría le impresionan más la Mezquita Azul o la de Suleimaniye, o el serrallo de Topkapi, pero yo soy un devoto admirador de este templo de Constantinopla que imitaron sin descanso todas las mezquitas de la que luego se llamó Estambul y después del imperio otomano, logrando, como mucho, acercarse al dominio de su espacio espiritual.

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Mil quinientos años después, Santa Sofía aún luce así.

Mil quinientos años después, Santa Sofía aún luce así.

Pretendíamos y logramos en ese día visitar lo imprescindible de esa área mágica, el largo Hipódromo y sus columnas, la seductora Mezquita Azul, tan amable, tan acogedora de alfombras y pies descalzos, tan luminosa del color que domina su interior y que le da nombre a pesar de que el oficial sea el de Sultanahmet, la elegancia no impertinente de sus altos alminares, la constatación de la imitación de la cúpula de Santa Sofía, la paz importunada por muchos de nosotros visitantes.

Cascada de cúpulas y semicúpulas en Sultanahmet.

Cascada de cúpulas y semicúpulas en Sultanahmet.

En el magnífico patio de Sultanahmet.

En el magnífico patio de Sultanahmet.

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Dos imágenes del magnífico interior.

Dos imágenes del espléndido interior.

Un refrescante zumo de granada a la salida de la Mezquita.

Un refrescante zumo de granada a la salida de la Mezquita.

Y también, después de tomarnos un delicioso y ácido zumo de granada, ya sin colas casi a la caída de la tarde, la bajada a la Basílica de la Cisterna, en realidad un gran aljibe construido en los tiempos de Justiniano, una belleza de cientos de columnas de todos los estilos destinada a recoger miles y miles de litros de agua para el abastecimiento de la siempre gran ciudad, algo que durante siglos fue casi un secreto y que ha caído también víctima de la voracidad turística. Hace muchos años, visitamos casi solos este inmenso manantial junto a la calle Yerebatan. Esta vez, anduvimos por las pasarelas sobre el agua acompañados de familias enteras procedentes de todos los continentes y casi de todos los planetas. No quisimos imaginar lo que habría sido este paseo subterráneo a una hora punta de agosto. Sólo puedo decir que, a diferencia de los dos casos anteriores, aquí la magia desapareció. Las dos enormes cabezas de Medusa que soportan un par de columnas, y que antes había que buscar o adivinar medio hundidas, ahora han sido señalizadas, y aisladas del agua para que se puedan fotografiar ¿mejor?

La Cisterna de Yerebatan.

La Cisterna de Yerebatan.

 

La cabeza de Medusa que sostiene una de las columnas de la Cisterna.

La cabeza de Medusa que sostiene una de las columnas de la Cisterna.

 

Nos recogimos contentos de este primer e intenso contacto con la capital turca, cansados tras un largo día que empezó a las cuatro de la mañana en Creta, llenos de promesas para las cuatro jornadas que nos esperaban en esta ciudad eterna, Bizancio, Constantinopla, Estambul, la Sublime Puerta a tantas cosas.

Descanso en la Mezquita Azul.

Descanso en la Mezquita Azul.

El monasterio invisible

Ulyfox | 7 de noviembre de 2014 a las 13:51

Entrada al monasterio Gouvernetos, cerrado por obras de restauración.

Entrada al monasterio Gouvernetos, cerrado por obras de restauración.

No es culpa del monasterio de Gouvernetos, seguramente, el que no hayamos podido todavía visitarlo en nuestras numerosas visitas a Creta. El monasterio está situado en la bella península de Akrotiri, cerca de La Canea, una zona muy interesante de visitar, por sus centros religiosos de estilo veneciano y por sus magníficas playas. Además alberga el aeropuerto y el emocionante cementerio de las tropas aliadas que participaron en la Batalla de Creta, durante la Segunda Guerra Mundial. Nos gusta recorrer la península, pero no hemos logrado entrar en ese monasterio.

Lo que pude fotografiar de la fachada de la iglesia y el patio del monasterio.

Lo que pude fotografiar de la fachada de la iglesia y el patio del monasterio.

Llegar a Gouvernetos es sencillo, está muy bien indicado aunque la parte final de la carretera discurre durante sus últimos metros por lugares muy estrechos y pegados a las rocas. Esto, simplemente, lo hace más hermoso y fuera de temporada le da un aire aún más apartado y monástico. La primera vez que lo intentamos nos encontramos con la dificultad de su restringido horario. Simplemente, llegamos tarde, y en eso los pocos monjes son estrictos. Nos quedamos fuera. La segunda vez, este pasado septiembre, íbamos con la lección aprendida, y llegamos antes de las 12 del mediodía. Pero tampoco pudo ser: el monasterio estaba en restauración y no era posible la visita. Menos mal que me atreví a saltarme la cuerda de seguridad unos metros y me acerqué a la entrada del patio. Lo suficiente para robar un par de fotos de su acogedor patio y de la hermosa fachada veneciana de su iglesia. Y para proponernos intentarlo de nuevo otra vez, porque los monasterios cretenses son amistosos y reparadores.

La capilla troglodita a mitad del descenso.

La capilla troglodita a mitad del descenso.

Es famoso también Gouverneto por dos ruinas que están en sus cercanías, siguiendo un sendero pétreo, sencillo al principio y bastante escarpado luego, hacia el mar. El camino pasa por una cueva convertida en capilla por los monjes, y continúa hasta una pequeña cala junto a la que están los restos de lo que llaman katholikon, que viene a ser como una iglesia medio escarbada en la roca y junto a un puente sobre la garganta. Nos decidimos a emprender el camino, pero sólo llegamos hasta la mitad, donde está otro ejemplo de la afición de los ortodoxos griegos por instalar iglesias en huecos naturales, aprovechando las hendiduras de las rocas o en lo alto de colinas casi inaccesibles.

Comprenderéis que prefiriésemos esto: la playa de Stavros.

Comprenderéis que prefiriésemos esto: la playa de Stavros.

Dudamos si seguir hasta el final, pero la llegada desde abajo de un hombre de mediana edad con la cara roja y el cuerpo empapado en sudor, que dijo haber hecho el camino completo y no parecía muy entusiasmado con lo visto, más la constatación de que aún quedaba más de media hora para ese punto y que luego habría que rehacer lo andado y cuesta arriba, junto con el calor que hacía a esa hora nos hicieron dejar la intentona para otra ocasión. A cambio, nos dirigimos hacia la playa de Stavros, una maravilla transparente, pero famosa, más que por eso, por haber servido de paisaje para la famosa escena final de ‘Zorba el griego’, en la que Anthony Quinn baila el conocidísimo sirtaki creado para la ocasión por Mikis Theodorakis. Allí pasamos el día, con un almuerzo no muy recordable, y numerosos baños incoloros, hasta que regresamos a la dorada Canea y su atardecer.

La auténtica playa de Zorbas.

La auténtica playa de Zorbas.

 

Y el atardecer en el puerto veneciano de La Canea.

Y el atardecer en el puerto veneciano de La Canea.

Las alegrías de la guía

Ulyfox | 2 de noviembre de 2014 a las 21:33

Una mañana radiante en Kato Zakros desde los apartamentos Terra Minoika.

Una mañana radiante en Kato Zakros desde los apartamentos Terra Minoika.

La Canea, septiembre de 2014.

La Canea, septiembre de 2014.

Antes de volver a Creta este pasado septiembre fantaseábamos con la idea de ir paseando por alguna de sus ciudades, pueblos o playas y encontrarnos de pronto con alguien que llevara nuestra guía (ya sabéis, esta: http://www.anayatouring.com/Guias/creta/ ) y presentarnos como los autores, y comentar cosas, y contar nuestra historia, y si hiciera falta dar algún consejo sobre la marcha, y preguntarles temerosos si les había gustado… ¡Pues nos pasó! Y no una sino dos veces.

 

Cenando en el Glossitses de La Canea con Isabel y Santiago, dos de nuestros lectores.

Cenando en el Glossitses de La Canea con Isabel y Santiago, dos de nuestros lectores.

Bien es verdad que una de ellas ya la teníamos preparada. Una pareja de León, Isabel y Santiago, nos escribió hace un tiempo diciéndonos que habían comprado la guía y que se iban a Creta con ella. La feliz casualidad era que coincidía su estancia con la nuestra, así que nos citamos en La Canea en lo que luego resultó una hermosa y larga velada de charla, vino, mejillones, pulpo y sardinas que empezó en una cervecería del puerto, continuó en el maravilloso restaurante Glossitses con la especial atención de su dueño, Christos, y finalizó en el hotel Helena, que coincidentemente también compartimos. Isabel y Santiago parecían encantados con Creta y excuso deciros que eso no nos sorprendía en absoluto. Comentamos la belleza de la isla, la amabilidad de sus gentes, la excelencia de su acogedora hostelería y nosotros participábamos en la conversación con la complacencia de quien oye hablar bien de los suyos. Naturalmente, de aquello derivó un gran deseo de devolver la visita en León. Seguro.

El otro encuentro fue una deliciosa sorpresa en uno de nuestros lugares favoritos de Creta, Kato Zakros, en el extremo oriental, en donde pasamos dos noches invitados por Stella e Ilías, los afortunados dueños de los aparatamentos Stella y Terra Minoika, un paraíso que es como un compendio de la isla con su playa, sus olivares, su garganta, sus tabernas y su importantísimo palacio minoico en unos pocos cientos de metros cuadrados. Esa noche habíamos ido a cenar a la Taberna Nostos porque habíamos resuelto despedirnos del lugar con una kakaviá (suprema sopa de pescado). El dueño, el charlatán Christóforo, ya nos conocía de anteriores ocasiones y había visto también la guía, al igual que sus hijos Angelikí y Kostas. Cuando la hija nos vio llegar nos dijo: “Os tenemos una sorpresa”, sin añadir nada más. Pero al entrar en la preciosa terraza junto al mar vimos en una mesa la inconfundible portada roja del libro, y sentados ante ella a una pareja muy joven. “¡Ah, mira!”” exclamó Penélope, y la argentina Alfonsina y el catalán Charli volvieron la cabeza y nos sonrieron. “¿Sois vosotros los autores?”, preguntó el joven, y nos explicó que habían estado almorzando y que Christóforo les contó que estábamos allí y que por la noche iríamos a su taberna. Y nos esperaban, y nos dieron la satisfacción de decirnos que estaban en ese pueblo y esa taberna, precisamente porque la guía lo recomendaba.

Cantando con Christóforo en su taberna, Nostos, en Kato Zakros.

Cantando con Christóforo en su taberna, Nostos, en Kato Zakros.

El zalamero dueño apareció entonces y volvió a hacer las presentaciones. Y eso dio lugar, naturalmente, a una cena enorme de sabrosísima sopa, y vasos de rakí prolongados. En un momento dado Christóforo contó que su hija se casaba en diciembre, y que había puesto dos condiciones para la boda: que, en contra de la costumbre, no hubiera pistolas ni disparos al aire, y que, otra tradición, Angelikí no tuviera que bailar con todos y cada uno de los parientes y amigos del novio. Y que a cambio, él iba a cantar en la boda. “Porque yo soy cantante -dijo- y tengo varios premios”. Ahí me vine arriba, tal vez por el abundante rakí, y le entoné un estribillo griego para ponerlo a prueba: “An zimizís t’oniró mou, se perimeno narzís…“, que no es otra que la versión original en griego del gran Mikis Theodorakis de la Luna de miel que luego cantaron en español Gloria Lasso y Paloma San Basilio: “Ya siempre unidos, ya siempre, mi corazón con tu amor…“. (Aquí os podéis hacer una idea de lo bien que suena en griego, por Yiannis Parios en el auditorio de Likabitos, casi en el cielo de Atenas:  https://www.youtube.com/watch?v=L7W_s5oZiH8  ). Christóforo recogió el guante y los dos completamos la estrofa enlazados por los hombros. Y luego siguió también un trozo de Ítane mia forá de Nikos Xylouris, y un amago de Los niños del Pireo. Por supuesto, después de los cantos regionales y de la exaltación de la amistad, nos invitó a la cena.

Otra tarde más en La Canea.

Otra tarde más en La Canea.

No habían terminado las alegrías proporcionadas por nuestra pequeña pero bienamada obra. Ya en La Canea, nos llegó que el dueño de la librería Mediterráneo, en el puerto veneciano, quería hablar con nosotros de la guía, que se vendía en su establecimiento y que le había gustado mucho. Y era verdad, puesto que después de comentar lo que él entendía como cualidades del libro, nos hizo una sorprendente propuesta: que era una pena que sólo estuviera en español, a fin de cuentas un idioma minoritario entre los visitantes de Creta, y que estaba dispuesto a traducirla a otros idiomas más usados como el inglés, el alemán, el italiano o ¡el ruso!, que la traducción y la distribución correrían por su cuenta… Lo paramos, claro, eso no dependía de nosotros, sino de la editorial. Insistió en que lo pusiéramos en contacto con ésta… y ahí estamos: la propuesta está en manos ahora del director general de Anaya Touring. No creemos que llegue a buen puerto la cosa, pero ¿quién sabe?

La Canea, veneciana y turca, la joya de Creta. Para daros las gracias.

La Canea, veneciana y turca, la joya de Creta. Para daros las gracias.

Y lo último, no os canso más, ha sido a nuestra vuelta. Nuestra querida editora Ana López nos comunicó hace unos días que la guía está ¡AGOTADA! y que están pensando en una reimpresión para finales de año. No hay ejemplares en sus almacenes, pero seguramente sí quedarán en los puntos de venta. De todas formas, según ella es algo inusual para un destino como Creta, en el que los comerciales de la compañía no confiaban. Afortunadamente, sí confiaron los que más saben: el hasta hace muy poco director de Anaya Touring, Pedro Pardo (vaya usted a saber por qué dejó en manos de un desconocido la escritura de esta guía…)  y la propia Ana. ¿Qué más podemos pedir en apenas siete meses de vida de esta modesta obrita? ¿Cómo os podemos dar las gracias?

Celebración capital

Ulyfox | 29 de octubre de 2014 a las 2:01

La Gran Vía, y debajo, la plaza de Callao y la calle Princesa.

La Gran Vía, y debajo, la plaza de Callao y la calle Princesa.

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Ha sido con un motivo lleno de 30 razones, una por año, al menos, un aniversario, 30 causas que celebrar, ya sabéis. Y nos fuimos a Madrid el fin de semana. Siempre nos ha gustado la capital, desde aquellos lejanos años de carrera, aquellos jardines de la Complutense que no he vuelto a visitar. Muchas veces es Madrid una parada de horas para nuestros viajes, muchas veces ha sido estancia corta, lo suficiente para ver a los amigos y repasear antiguos pasos, asombrarnos de los cambios, perdernos en las calles que yo creía conocer después de cinco años de estudios. Mucha gente prefiere Barcelona, y sin embargo yo me siento comodísimo en Madrid.

No sé si sabéis qué plaza es esta.

No sé si sabéis qué plaza es esta.

Y nos fuimos a Madrid, a homenajearnos y homenajearla con lo más genuino. Intentamos un restaurante moderno y premiado, Diverxo, imposible por las reservas. Y nos dijimos ¿qué nos apetece en realidad? y nos contestamos: un buen cocido madrileño. Ahí apareció la taberna La Bola como recomendación de experto tan reputado como Peluso y corroboración de quienes viven allí desde siempre.

El Hotel Victoria, entre las plazas del Ángel y de Santa Ana.

El Hotel Reina Victoria, entre las plazas del Ángel y de Santa Ana.

Una colorida Plaza del Ángel.

Una colorida Plaza del Ángel.

Es tan fácil llegar a Madrid ahora en tren… recordé aquellos viejos tiempos de expresos y rápidos de doce horas. Ahora te plantas en el centro en poco más de tres horas y media, y con una gran calidad de asientos. Apenas el rato de repasar el periódico, echar una cabezadita y tomar algo y apareces en la siempre sorprendente Glorieta de Atocha, antaño gris de scalextric y abandono, hoy espléndidamente abierta y casi acogedora. Observé con cierta extraña alegría que el Ministerio de Agricultura, el Hotel Mediodía e incluso el Hospital ahora Museo Reina Sofía tienen ahora colores y claros. Me alegré al comprobar la supervivencia de El Brillante, de sus bocadillos y sus sándwiches que tantas cenas proveyeron, aunque se han producido las evitables muertes del bar Iris y el Agustín (inolvidables morcillas de arroz para el hambre de estudiante). Casi, casi como si fuera ayer en la noche de ese viernes contemporáneo.

Aquí se imprimió por primera vez el Quijote. Un respeto.

Aquí se imprimió por primera vez el Quijote. Un respeto.

Llegamos de noche, a un Hotel Paseo del Arte ( http://www.hotelpaseodelartemadrid.com/ ) abarrotado. Bastante bien. Enfilamos, como tantas lejanas veces, calle Atocha arriba, para entre las demasiadas tiendas asiáticas nuevas, reconocer aún la ornamentada placa que conmemora que en aquella casa de la esquina estuvo la imprenta donde se hizo la primera edición del Quijote. Reverencia. Arriba, plaza del Ángel del Café Central, plaza de Santa Ana de cervecerías rebosantes y recuerdos toreros, excelente Natural Beer, asombro por la abundancia, el Teatro Español con caras célebres en sus carteles. Y luego paseo por plaza Mayor en busca del Mercado de San Miguel, centro gastronómico que nos pareció, aun su fama, bastante artificial, un poco rota la huella en mi memoria de su arquitectura de hierro decimonónica en mis deambulares estudiantiles por el barrio de los Austrias, entonces todavía un Madrid en el que se podía respirar el aire zarzuelero o galdosiano. Fue la primera noche.

Las limpias fachadas ahora de la calle Arenal.

Las limpias fachadas ahora de la calle Arenal.

El Palacio de Oriente...

El Palacio de Oriente…

Escena en la plaza de Oriente...

Escena en la plaza de Oriente…

La plaza de la Villa...

La plaza de la Villa…

El sábado era el día. Primer turno en La Bola, es decir a la una y media de la tarde. Con tiempo para repasar antes, a la luminosa luz de este otoño, lo que entrevimos de noche. Con un desvío al Callejón del Gato a mirarnos en los espejos deformantes donde el Valle Inclán que me acompañó en Madrid vio nacer el esperpento con los ojos de Max Estrella. Que ya no son los mismos espejos, pero nos valen también para la reverencia. Con una extensión a la zona de Ópera y Palacio de Oriente, peatonalizados y tomados por los viandantes ociosos y los artistas o vividores urbanos. Aire de gran ciudad con tono amable.

El homenaje esperpéntico a Valle Inclán en los espejos del Callejón del Gato.

El homenaje esperpéntico a Valle Inclán en los espejos del Callejón del Gato.

Azulejos en las tabernas del centro.

Azulejos en las tabernas del centro.

Es La Bola ( http://www.labola.es/  ) una taberna centenaria, bella de fachada roja e interior de maderas oscuras, con camareros en blanco y negro, bien alimentados y discretamente chistosos, expertos en servir y explicar la forma de comer el cocido, sabroso y recordable, en sus tres vueltas: la sopa, los garbanzos con repollo, y la carne, con sus salsas y su ritual lento. El establecimiento ofrece una interesante posibilidad, la de pedir cocidos individuales en olla, así que nos permitimos pedir aparte un arroz a la madrileña, que no es sino este cereal hecho en el caldo y con la carne del cocido. Y lo mejor que se puede decir es que no sabemos si estaba mejor el arroz o el plato primitivo. Dos horas de disfrute tradicional, con un vino tinto de la casa bastante agradable, sus cafés, su sorbete y su aguardiente final por cuenta de la casa, por un precio muy arreglado. Os lo recomiendo desde ya como fuente de inagotables recuerdos. Me hablaron también de otro sitio, Malacatín, pero ya os digo que es imposible coger un sábado de aquí a febrero.

Ante uno de los templos del cocido madrileño.

Ante uno de los templos del cocido madrileño.

Disfrutando dentro de La Bola.

Disfrutando dentro de La Bola.

La Bola, una hermosa taberna madrileña.

La Bola, una hermosa taberna madrileña.

Lo recomendable después de esto dicen que es una siesta, pero preferimos no caer en la tentación ni librarnos del mal, y para reposar el banquete nos metimos en un cine de Callao (estupenda ‘Relatos salvajes’), y luego paseamos por la calle Preciados, Puerta del Sol, aún tuvimos ganas de merendar churros en la agigantada Churrería San Ginés… sólo nos faltó acudir al espectáculo de Lina Morgan para cumplir con el decálogo del antiguo provinciano que visitaba la capital. Disfrutamos, qué queréis que os digamos. Como lo seguimos haciendo cuando esa noche nos reunimos con amigos eternos, viejos camaradas de la Facultad por cuyas risas no pasan los años como los calendarios no muerden nuestras ganas de vernos, contarnos, asombrarnos, relatarnos, abrazarnos ni planear futuros encuentros. Por los siglos de los siglos.

Al cine en Callao.

Al cine en Callao.

Churros en San Ginés.

Churros en San Ginés.

Y sí, fuimos al Prado para despedirnos de Madrid al día siguiente, para saludar también a El Bosco, a Velázquez, a Goya… para seguir echándolos de menos en nuestro duro invierno de esta tierra eternamente aprendiza y muchas veces ignorantemente arrogante.

Despedida con arte, en El Prado.

Despedida con arte, en El Prado.

 

Aniversario

Ulyfox | 24 de octubre de 2014 a las 1:48

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Bueno, qué os puedo contar. Son 30 años y no conviene darle publicidad. A fin de cuentas, son cosas privadas, lugares secretos e intransferibles, raciones para compartir como mucho entre dos, una cama de matrimonio, habitaciones dobles, asientos juntos en el avión por favor, fumador pasivo, ¿hoy viene usted solo?, dos cafés con leche aquí, dío kafedes elinikús glikús allí, tú pides yo te llevo las bolsas, ponte a mi izquierda por favor, vale, agárrame la mano y no tengas miedo, aún llenas los huecos de mis manos, ¿tú estás bien?, dos butacas en el pasillo y por la parte de arriba, Silvio y Pablo al principio, Aquileas y Stelios siguen, sí, un balcón al puerto, yo antes no comía tanto pan, tú planeas yo llevo los planos, esos dos nos caen bien, ya sabes a quién le dejarás tu herencia, ¿y si nos vamos de aquí?, yo creo que deberíamos comprarlo, ¿podremos hacerlo algún día? hagamos cálculos ¿treinta años más? es físicamente posible, lo mejor la comida tradicional, nunca un crucero por las islas griegas ¿qué ponen bueno en el cine? ¿llamamos a los Molina? tenemos que ir a Murcia, a Bilbao, a León, qué tristes esos domingos de trabajo, sí, claro que nos tiene que tocar algún día la lotería, qué bien te cae esa camiseta esmanguillá, mira a la cámara, el domingo haré arroz negro, qué brillo más bonito en los ojos, dos chupitos de orujo, de hierbas no, blanco, ¿por qué no ahora? ya falta menos para las vacaciones, te acompaño no hace falta te acompaño, llevamos algo cada uno, ¿quieres una cerveza? hoy llegaré tarde, ve comiendo, de verdad, ¿tienes el diario? eso no es nada, seguro, yo te aparco el coche, ya hace mucho que no comemos pasta, no, nada, sólo quería hablar contigo un rato…

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Esos dos rincones

Ulyfox | 17 de octubre de 2014 a las 13:10

Penélope en Mandrakia

Penélope en Mandrakia

 

Sí, los dejamos pendiente el otro día. Más colores, de los miles e intensos que tiene Milos en sus aguas, sus playas, sus casas, sus montañas, sus antiguas calderas volcánicas. Eran otro par de ejemplos de syrmata, esas casas que los pescadores utilizan a medias para alojar sus aparejos y sus barcas cuando el mal tiempo, excavadas en la roca y con puertas pintadas de un verde, rojo o azul intensos, diría yo que de los restos de pintura que no gastan en sus barcos. Así que esta entrada es casi simplemente para dejar constancia de que existen también otros ejemplos, aparte del excelso de Klima, de este tipo de arquitectura pedestre y rupestre, bellamente pobre.

Barcas en Mandrakia.

Barcas en Mandrakia.

Se trata de Mandrakia, en el norte de la isla, apenas un rincón de huecos con puertas rectangulares. Un recurso de los pescadores que ahora atrae a los turistas, tanto para hacer la foto como para comer en el restaurante que hay arriba, junto a la blanca iglesia y frente a un mar amplio y extremadamente azul. Es el Medusa, de justa fama, creemos por la pinta que tenían los platos que iban saliendo, pero en el que nosotros sólo tomamos un café.

Una vista parcial de Firopótamos.

Una vista parcial de Firopótamos, cercada por el azul.

El otro lugar es Firopótamos, de bello nombre y aún más bella vista. La sorpresa aparece después de la penúltima curva de una sinuosa carretera que muere inevitablemente allí, donde todo se acumula: de nuevo la iglesia blanquísima con sus dos pequeñas torres y su cúpula, las casas que se trepan unas a otras, la pequeña playa fácilmente atestada y otra más pequeña aún, casi privada y que estaba ocupada felizmente en ese momento por una única pareja con un bebé. Casi el día de playa ideal para ellos, a los que nadie molestaba en su rincón de colores y su orilla amiga.

El mar calmado llega a las 'syrmata'.

El mar calmado llega a las ‘syrmata’.

 

El único inconveniente es el de su misma belleza: su pequeñez aunada con la insistencia de la gente de llegar con el coche hasta la misma orilla. No queríamos ni imaginarnos lo que sería aquel lugar sombreado por los taranges en un día de agosto. A principios de septiembre, y con su encanto casi intacto, nos sirvió para un baño refrescante y una cerveza de relax en la pequeña cantina móvil, antes del almuerzo en Tripiti. Y cientos de fotos, claro.

Una pequeña playa doméstica al lado.

Una pequeña playa doméstica al lado.

Un rincón para tomar un refrigerio.

Un rincón para tomar un refrigerio.

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Dos detalles de una playa casi privada en Firopótamos.

Dos detalles de una playa casi privada en Firopótamos.