¿Dónde nos metemos?

Ulyfox | 26 de enero de 2012 a las 15:45

 

Dos nescafés frappés en Kato Zakros, un lugar donde meterse.

¿Dónde para soñar que esto no está ocurriendo, no ha ocurrido?  ¿Dónde para sentirnos a salvo de estos ladrones que salen indemnes y amenazan con, una vez libres, volver a robarnos? ¿Dónde para escapar de su sonrisa de “creíais que me íbais a pillar”? ¿En qué lugar sentirse a salvo de la insensibilidad social del nos da igual? ¿Dónde para ese paraíso en el que no nos sintamos agredidos cuando los delincuentes estén en la calle y a los jueces que los persiguen se les acose como a criminales?

Una vista de la playa desde la habitación en Kato Zakros.

Lo sé, lo siento, no debo hablar de estas cosas, ni debo aludir en un blog de viajes a Francisco Camps, ese hombre que ha vuelto a convertir en sospechosos sin castigo a todos los que llevan trajes a medida para esconder mejor entre sus perfectas costuras su ambición de pobre hombre. Ni debo recordar con nostalgia el papel trasgresor que se dio a los vaqueros y las camisetas ¡bah!

Un desayuno en el refugio.

Tal vez la única verdad sea que no hay en este mundo un lugar donde refugiarse de esas frustraciones y peligros. Pero como estamos entre amigos sin ganas de asentar dogmas, sólo de lanzar propuestas, os doy la mía: existe ese sueño en Creta, y se llama Kato Zakros: apenas diez o doce casas y varias tabernas con habitaciones a la orilla del mar, un arroyo que viene de la Garganta de los Muertos, y unas ruinas ruinosas de un palacio minoico, esa civilización misteriosamente perdida. La playa es de grandes piedras, no ideal para el baño, y se puede decir que tiene una grandiosa belleza.

Ahí está, en uno de los confines de Creta.

Como corresponde, es difícil llegar. Hay que proponérselo en serio. Pertenece a lo que yo llamo los confines de Creta. Esta isla fantástica parece huir de sus puntos cardinales y cada uno de ellos es como el fin del mundo, como territorios para exploradores. Pero en realidad, sus caminos han sido hollados desde hace milenios por hombres y dioses. Y se puede sentir su aliento.

Una casa en la playa.

Kato Zakros está en la costa sudeste de Creta, lo que equivale a decir que mientras se llega da tiempo a olvidar muchas cosas, puesto que hay que llegar en avión a Atenas, volar a la capital cretense, Heraklion, o mejor al menos activo aeropuerto de Sitia, y luego meterse con un coche por las particulares carreteras de la zona, subiendo y bajando montañas, costeando curvas y descendiendo luego a la bahía. Suficiente para que se nos olvide lo que aún quedaba. Y allí, ante tí, acomodado en la taberna con habitaciones unos pocos días, sólo tendrías el mar, sabiendo que enfrente pero muy lejos no hay más que mar y al final la costa libanesa que no podrás ver pero sí soñar, de nuevo. Y que si te mueves un poco hacia el norte encontrarás playas azules, algunas con palmeras, tabernas solitarias; y si hacia el oeste, te toparás, atravesando montañas y carreteras imposibles, con nuestra mítica higuera, en Pefki. Hasta que tengas que volver.

Una taberna en una playa, no demasiado lejana de Zakros.

Búscalo en el mapa: http://maps.google.es/maps/ms?msid=213662000049538835059.0004b76e7eed7196c37fc&msa=0&ll=35.131421,26.256294&spn=0.1008,0.219383

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  • Rakítico Love

    Allí nos metemos, bajo la higuera. No es mal sitio, seguro. Y si lo fuera, no cambiaría lo fundamental: de aquí hay que irse. Antes lo pensaba de los menores de 35-40, sin hijos, padres u otros familiares que les recomienden quedarse.

    Ahora lo pienso sin límite de edad, el que pueda, el que pueda largarse sin dejar tirado ni fastidiar a nadie que lo necesite, para mí, está tardando.

  • Ulyfox

    Pues eso mismo, Raki. Dan ganas de perderse, de parar el mundo y bajarse. La verdad es que no hay escapatoria, así que tendremos que, nos tocará, pelear. Pero mientras,, para coger fuerzas, Kato Zakros no está mal.