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Serifos, el viaje comienza

Ulyfox | 23 de noviembre de 2021 a las 21:54

 

El grupo viajero, a la sombra de un taraje en la playa de Agios Ioannis, en Sérifos.

Parte del grupo viajero, a la sombra de un taraje en la playa de Agios Ioannis, en Sérifos.

Empezábamos un viaje por Grecia en familia, algo nada habitual en nosotros, amantes como somos de la independencia de planear, transcurrir y disfrutar los dos en nuestra buena y única compañía. Si ya es difícil y afortunada casualidad que dos se pongan de acuerdo, las dificultades para que la conjunción se produzca aumentan cuanto mayor es el número de los que componen el grupo. Añádesele a esto las diferencias de sexos, caracteres, procedencias y edades y veremos la casi imposibilidad de que salga un cóctel agradable. Pues debemos de ser grandes artistas de la combinación, porque salió bien. Y lo decimos quienes somos jueces severos en esto de los viajes. Claro que en esta ocasión jugábamos con ventaja: con esta familia ya habíamos tenido una experiencia anterior, y genial, en Grecia.

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En la bodega del barco, a punto de desembarcar en Sérifos.

Muy temprano nos levantamos los seis en el hotel Phidias Piraeus, un establecimiento perfectamente situado para el viajero que vaya a embarcar hacia las islas, completamente renovado y equipado con nuestras amadas camas Cocomat. Estábamos descansados, aunque Sagaz y Adolescente yacían adormiladas en el sofá de la recepción cuando bajamos. Los mayores en cambio, sonreíamos ante la perspectiva. Pronto llegó el transporte gratis que nos trasladó al puerto, aún de noche.

Ya desembarcados.

Ya desembarcados.

En los muelles, la cola ante el ‘Champion Jet II’ era larga porque a la preceptiva recogida de las tarjetas de embarque había que sumar el rellenado de los papeles necesarios para subir a los barcos con motivo del covid 19. Todo se fue solucionando poco a poco, y por fin estuvimos a bordo a tiempo. El barco estaba lleno, puesto que aunque nosotros nos dirigíamos a la isla de Serifos, el trayecto incluía paradas en otras como Sifnos y Milos, cícladas cada vez más en auge turístico.

El puerto de Livadi, a los pies de Hora.

El puerto de Livadi, a los pies de Hora.

La amplia bahía de Livadi. Arriba, el caserío de Sérifos, o Hora.

La amplia bahía de Livadi. Arriba, el caserío de Sérifos, o Hora.

Tras un viaje tranquilo, antes de las nueve estábamos en nuestro primer destino, en una mañana reluciente en el bonito puerto de Livadi, admirando todos desde la lejanía, allá en las alturas, la blancura de Sérifos capital, que en las islas griegas suele ser nombrada como Hora. Allí nos encontramos la heterogénea familia, con dos primeras misiones: acudir a la agencia donde habíamos reservado un coche y buscar un lugar donde desayunar.

El copioso y reconfortante desayuno en el puerto de Livadi.

El copioso y reconfortante desayuno en el puerto de Livadi.

En la agencia se comportaron a la tradicional manera griega, fueron amables y nos dijeron que pagáramos cuando quisiéramos, es decir el último día. Y en el café en el que desayunamos nos resarcimos del madrugón con la variada carta. Lo que ya sabíamos era que ese primer día lo dedicaríamos a la playa, decisión que se vio reforzada en cuanto divisamos desde las alturas los casi gemelos arenales de Psili Ammos y Agios Ioannis, muy cerca de donde teníamos los alojamientos, con su aspecto solitario, sus aguas de tonos azules cambiantes y su arena bordeada de tarajes, en las que destacaba la presencia de una sola taberna bajo su sombra.

Desde nuestro hotel, el  Niovi, sobre Livadi.

Desde nuestro hotel, el Niovi, sobre Livadi.

Hora, vista desde el hotel de nuestros amigos.

Hora, vista desde el hotel de nuestros amigos.

En el asunto de los hoteles fue donde husmeamos por primera vez que algo está cambiando en el trato de los griegos hacia los turistas. Nosotros nos alojamos en el Niovi Studios, precioso con su blancura y sus habitaciones espaciosas con balcón hacia la bahía de Livadi. La recepción no tuvo ni mucho menos la calidez habitual. Sólo había dos empleadas, no griegas y atareadas con los desayunos, que nos atendieron de manera sumaria, y a las que fue difícil encontrar durante toda la estancia. Daba la impresión de que los dueños no estaban nunca por allí.

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Bajando a la playa de Agios Ioannis, junto a la capilla del mismo nombre.

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Pero nosotros veníamos a pasarlo bien, y a disfrutar de la bellísima isla. Primero probamos en la playa de Agios Ioannis, con sólo algunos  bañistas y con una fotogénica capilla blanca y azul que le da nombre, y también realce. Allí fueron unos iniciales baños e inmersiones, tan placenteros que decidimos probar la misma experiencia en la de Psili Ammos. La entrada en esta se hacía a través de la taberna sombreada, y al hacerlo, una mesa vacía nos llamó para la primera comida. Y caímos en la tentación con albóndigas, salchichas y tomates rellenos… y muchas patatas fritas!

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Las playas gemelas de Psili Ammos y Agios Ioannis.

Sagaz, con su abuelo postizo.

Sagaz, con su abuelo postizo.

La playa de Psili Ammos.

La playa de Psili Ammos.

El baño vino después, ya con abundante sombra en la arena y los primeros juegos acuáticos con la incansable Sagaz, en los que empecé a ejercer de abuelo sobrevenido y postizo, y tan a gusto. Ella tiene una edad en la que, afortunadamente, aún le puedo ganar. Los días son largos en vacaciones, los deleites más largos aún.

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La impresionante vista desde nuestra habitación en el Niovi.

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Así que después de los baños y los juegos nos dio tiempo a llegar al hotel, para asomarnos al atardecer sobre la bahía y ver cómo caía la luz del sol. El plan de esa primera noche era acercarnos a conocer el pueblo de Sérifos, es decir Hora, lo que exigía una subida a las alturas en coche y, lo más difícil, encontrar aparcamiento. Pero tuvimos suerte y atrevimiento, al buscar y encontrar un hueco, el último en el lugar dispuesto para ello, justo en el centro de Hora.

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Sérifos, o Hora, en su atalaya sobre la bahía.

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Calles de Hora, en nuestra primera noche.

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La plaza principal, con el precioso Ayuntmiento neoclásico.

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Fue nuestro primer contacto, y aunque nocturno y a la luz de las pocas lámparas, pudimos apreciar la belleza todavía auténtica del núcleo urbano que corona la isla, y nos encendió las ganas de visitarlo de día, como haríamos después. Cenamos en un lugar especial, Stou Stratou, en un rincón de la bellísima plaza principal que alberga el Ayuntamiento (en griego, Dimarjeio) y la iglesia de Agios Ioannis Chrisostomos, componiendo un conjunto de lo más llamativo y acogedor, inconfundiblemente cicládico.

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Sérifos, desconocida hasta entonces, nos enamoró a todos desde el primer día.

  • Avenger

    Yasas amigos que bonito lugar, algunas cosas y fotos me han hecho recordar a Mikonos, pero este lugar parece más familiar y todavía no muy masificado. Buen viaje, buena compañía y sobre todo excelente crónica. Queda pendiente mandarte cierta información, no se nos ha olvidado pero un inoportuno cólico nefrítico, bueno cuando son oportunos?, sus respectivos días de baja, el trabajo posterior que había que recuperar y luego un curso que prometí a un amigo que impartiria, han hecho que este un poco alejado de la,diversión de los viajes y sus preparativos, en estos días espero poder remitir toda la información solicitada. Un abrazo.

  • Ulyfox

    Bueno, Avenger, lo importante es que la recuperación sea total y haya llegado la normalidad. Por lo demás, no te preocupes. De todas formas, hemos aplazado esa excursión prevista.
    En cuanto a Serifos, efectivamente es un precioso lugar. Recuerda a Mikonos porque las dos son Cícladas, pero esta es mucho más tranquila, con unas playas magníficas y todavía un interior muy auténtico. Seguiré describiéndola en posteriores entradas.
    Abrazo fuerte a los dos

  • Carmen

    Hola, Ulyfox.
    Los amigos son buenos compañeros de vida y algunos de ellos, también, los mejores compañeros de viaje.
    ¡Qué casualidad! Este verano también me alojé en un Niovi, pero en Agioi Apostoloi, en Evia. Tu alojamiento es espectacular y las vistas aéreas. Impresiona de verdad.
    Saludos

  • Ulyfox

    Tienes razón, Carmen, mucha razón. Y los amigos viajeros son uno de los mejores regalos que te puede dar la vida.
    Para nosotros, todo eso fue una experiencia muy gozosa. Y Sérifos, un descubrimiento, otro más.
    Saludos


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